domingo, 23 de diciembre de 2007

A tarta regalada...


A tarta regalada no se le ven las cremas... (¿?)
Mañana, con motivo de la llegada de una nueva Navidad, tartatextual le regala a sus lectores otro capítulo nuevo de "Los trabajos del amor", el número diez, para que no haya que esperar hasta enero.
Que el espíritu de Cristo descienda implacable y certero sobre todos nosotros.
¡Feliz Navidad!...

jueves, 20 de diciembre de 2007

De pesado


Hace ya algunos días, en estas vueltas del blog, un lector señalaba que yo le estaba dando muchas vueltas en mis textos a lo que pasa actualmente en las letras uruguayas, quizás dándole demasiada importancia. Creo que es bastante cierto. Además, el comentario viene de una persona cuyo trabajo, que sigo de vez en cuando, estimo mucho, alguien en quien tengo ciertas esperanzas. De paso, en ese comentario del que hablo, se me citaba a Roberto Bolaño y su obra póstuma "2666". Esa cita representaba de algún modo, trasladándola a nuestro ambiente, una crítica certera. Hoy casualmente, estaba tirado en la cama leyendo otro de los volúmenes póstumos del escritor chileno: "El secreto del mal", un libro que recoge relatos que el escritor dejó a medio hacer o a medio revisar o a poco de publicar. Como sea, algunos son de lectura bastante interesante, como el caso de "El hijo del coronel", pero también hay textos en los que los aspectos ficcional o de género son sacudidos, como es el caso de "Derivas de la pesada", un texto sin desperdicio que en once páginas funciona como una especie de compresión de las virtudes y las miserias de la literatura argentina del siglo XX, una especie de compendio o metonimia tan lúcida como hilarante sobre las letras del vecino país, y nada menos que a manos de un chileno. Allí encontré unos pasajes que creo también se pueden aplicar (mutatis mutandis) a algunos detallecitos de nuestras letras. Por ejemplo esto, a partir de Arlt: "La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura. O lo que es lo mismo: la literatura de la pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba."
En sí, creo que esta frase puede muy bien ser un punto a considerar para quienes pretenden (lectores, críticos especializados, etc.) ascender a veces a un autor o a una obra en particular hacia determinado lugar en un supuesto canon. Porque el resultado puede ser a veces bastante forzado y el escritor en cuestión quedar como un monigote prendido con alfileres de un cañamazo que se deshilacha en ciertas partes. (Claro, ahora me acuerdo de que el texto de Bolaño arranca con el asombro [falsamente ingenuo] de cómo determinado cúmulo de intelectuales porteños aristócratas y burgueses entronizaron al Martín Fierro de José Hernández.) El caso de Levrero, acá, se le parece bastante, por lo de ese apresuramiento que se tiene de que quede resplandeciente como una placa de bronce. Y no tengo porque tirar la piedra y esconder la mano: hace varias semanas escribí en mi columna para la revista Freeway de Montevideo una nota sobre Levrero, su novela luminosa y sus epígonos (http://blogs.freeway.com.uy/noviembre2007/pozo/). Como es una columna en la que tengo que hablar de lo que me gusta leer, así, sin aspavientos y yendo al fondo visceral de mis gustos de lector de cada día, recuerdo que empecé jugueteando con la idea de que en nuestra literatura había como una inversión, algo así como que la "rareza" (eso que quizás sembramos en el impoluto corazón de un poeta que le regalamos a Francia) se transforma en "norma", en lo "intelectualmente bien visto", en lo "común". Bueno, la frase de Bolaño de más arriba, creo que hace pensar que, como en el fútbol, hay escritores que tienen que jugar en su puesto y no salir de ahí, o no considerárselos con valoraciones que son más pertinentes para otros escritores.
Lo otro, leyendo "Derivas de la pesada", es esa confirmación incesante de la riqueza y variedad de las letras argentinas. Bolaño habla de parejas de autores como Borges-Soriano, Arlt-Piglia y O. Lamborghini-Aira y uno se da cuenta de que allí pasa algo, de que la literatura es además un campo de batalla. Así, se me ocurrió que la literatura uruguaya hoy, según leo hasta en los suplementos culturales (quizás digo "literatura uruguaya", cuando debo decir "narrativa uruguaya", mayormente) es como una especie de casa grande heredada en sucesión y habitada por muchos futuros beneficiarios. Todos comparten los espacios de todos, duermen bastante cerca. Unos roncan, otros hacen el amor, otros se masturban, y siempre, indefectiblemente, eso se siente a través de las paredes. Si alguna chispa de discordia saltara entre ellos, si eso sucediera, ellos creen que la pelea haría que la misma casa, incluso, se viniera abajo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

33


Me mudo de nuevo. Ahora vuelvo al barrio "Treinta y Tres", donde viví en los años 2005 y 2006, luego de vivir en Minas (2004). Así que en estos días he estado bastante atareado con las cuestiones vinculadas a los pasos previos a la mudanza, por ejemplo el de la limpieza. No he escrito mucho y no he podido leer tanto como he querido. Me urge mi amigo con el que estoy escribiendo una novela: él quiere seguir escribiendo, y es lógico, porque yo siempre quiero seguir después de que él escribe. Me urgen también el Toto y Morales, a quienes dejé corriendo en medio de la noche de Cerro Pelado, lo que, como sabemos, hay que pensárselo. Es que, una vez que abrí la puerta de la casa donde voy a vivir, para comprobar cómo estaba, descubrí tal desorden, tal deterioro y tal cantidad de mugre, que me he tenido que poner en campaña para dejar todo lo más habitable posible antes de traer los muebles. Ayer, por ejemplo, llegamos muy temprano con Felipe y comenzamos a pasarle brocha con agua y cloro a las paredes y a los techos del cuarto y del baño. Ordenamos luego algunas cosas más hasta que al mediodía Felipe se tuvo que ir a San Carlos. Vi que de a poco en la casa se estaba respirando otro aire, que se sentía más el olor a limpio y que se hacía más habitable. La casa del Treinta y Tres, como yo le llamo, puede ser muy acogedora. Recuerdo algunas semanas en mi infancia cuando mi abuela materna me iba a buscar a la escuela 50 del barrio San Martín, el barrio de al lado, y me traía a esta casa. Nos levantábamos muy temprano y veíamos la salida del sol sobre el arroyo Maldonado, a través de la ventana de la puerta de la cocina, mientras desayunábamos. Después salíamos a caminar hacia esa parte y pasábamos por un aljibe abandonado en la mitad del campo. Anteayer, al bajar por la calle en la camioneta con Felipe & Patricia, vimos que al fondo de la calle los árboles de ese campo ya no estaban. Todo había sido arrasado para la construcción de un complejo de viviendas. La tierra removida se veía de lejos. Pero regreso a la casa y a su irradiación de bienestar. Ahora mismo, al escribir este texto, me encuentro en una habitación vacía. Las baldosas son claras. La luz del comienzo de la mañana (digamos que son algo más de las 9) entra por un ventanal a mi derecha. En la habitación no hay mucho. Hasta hace un rato estaba completamente vacía. Ahora hay una mesa azul muy pequeña, toda despintada. Sobre esa mesa está mi notebook, desde el que además salen las notas de unas grabaciones de Bix Beiderbecke del año 1928. A la izquierda de la computadora está mi pañuelo marrón, lleno de mocos. A la derecha están el teléfono celular, una libretita de apuntes, una lapicera negra, un yogur de frutilla CONAPROLE de medio litro y un paquete de galletitas de copos y fibras. Me olvidaba de decir que la mesa está renga y tuve que poner una fotocopia de un capítulo de un libro. La encontré en una caja que tenía las únicas pertenencias que dejé aquí en mi ausencia, fuera de algunos pocos muebles. Es una fotocopia de un capítulo llamado "INÉDITOS DE G. GARCÍA MÁRQUEZ. De cómo el joven Gabriel descubrió al coronel Aureliano Buendía y a la novela juntamente", del libro "La riesgosa navegación del escritor exiliado". Gracias, Ángel Rama. Las otras cosas que hay en la habitación son la silla medio descuajerigada en la que estoy sentado, y, sobre su izquierda, en el piso, mis zapatos, los suplementos culturales "Ñ" y "adnCULTURA" del sábado pasado y el libro de cuentos "El exilio y el reino", de Albert Camus, lo que estoy leyendo ahora. Hace un rato Molly, mi gata de dos años, entró por el ventanal y cruzó la habitación rumbo al living buscando su tarrito con la ración. (Paro con la desciripción de la habitación porque si no esto va a parecer un elogio a Robbe-Grillet).
Cuando ayer se fue Felipe también me puse a escuchar a Bix Beiderbecke. Tengo una colección de catorce discos y me propuse agotarlos mientras me dedicaba a terminar de pasarle brocha al resto de la casa. Pero me ocurrió que barriendo y sacando telas de araña de la cocina, me vino un ataque de asma. Fue el primer ataque de asma del año. El último había sido, creo, a fines de 2005 o comienzos de 2006. Literalmente, quedé doblado. Me tendí unos minutos sobre una frazada vieja, en el piso y esperé en vano que se me pasara. Salí al fondo y tampoco hubo alivio. Como estaba solo y no tenía carga en el celular para llamar a mi padre para que me llevara al sanatorio, seguí esperando. Pensé en acudir hasta alguno de mis vecinos y pedirles ayuda. Pero conozco tan sólo a un par y parecían no estar, o durmiendo la siesta de la tarde del domingo, vaya uno a saber... El caso es que me parecía también bastante engorroso todo el trámite de tener que explicar qué me pasaba y ver cómo a mi alrededor se formaba un pequeño revuelo. Esperé más aún y maldije todo ese tiempo en que estuve por comprarme el inhalador y no me lo compré. Hasta que decidí salir en la bicicleta. Junté algunas cosas en la mochila y subí el repecho del comienzo del camino con la bici a un costado. Durante todo el trayecto, haciendo todo lo posible por dar la menor cantidad de pedalazos, sentí que había avanzado en mi vida medio siglo. Sé que cuando tenga entre 75 y 80 años me voy a sentir como me sentí ayer al querer ir al sanatorio.
Pero lo más interesante, como tenía que ser, ocurrió en el sanatorio, donde me tuvieron retenido un par de horas. Recuerdé que hacía un par de días había ido hasta allí, por otra complicación. (Olvidé decir que estoy con otitis en el oído derecho) Pero fue recién ayer cuando se me hizo bastante clara la idea de que ir al sanatorio con una crisis asmática no es lo mismo que ir por cualquier otra cosa. En mi caso, tiene que ver con la seguridad, porque cuando tengo una crisis asmática me vuelvo, me siento un ser absolutamente vulnerable. Pierdo la confianza en todo. Esa sensación me comunica inmediatamente con mi niñez. Yo tenía cinco años cuando enfermé de neumopatía aguda en el pulmón izquierdo. Pasé mucho tiempo internado. En esa época el sanatorio Mautone estaba sobre la calle que hoy es Joaquín de Viana (antes Avenida Artigas). Me acuerdo bien de algún domingo en que me abrían la cortina de la habitación y veía a poca distancia el ajetreo de la feria. Algunos sonidos traspasaban el vidrio y me ponían contento. Había sol. Recuerdo también una noche en que mi hermana Andrea fue con mi padre a visitarme y mi madre le pedía que no hiciera ruido porque me iba a despertar. Mi hermana tenía tres años. Trataba de llegar a una mesita en la que había algún juguete mío, creo que un autito. Cada tanto, mientras mis padres hablaban, mi hermana se movía, decía alguna cosa y volvía a intentar llegar hasta ese juguete. Entonces mi madre le repetía a mi hermana la advertencia. Tenía miedo de que yo me despertara. Lo que ninguno sabía era que yo estaba bien despierto y me hacía el dormido. Debe de ser el primer momento de mi vida del que tengo conciencia de haber ejercido esa práctica. Lo otro que me quedó bien fijado en la memoria, fue la noche que me desperté y me senté de golpe repitiendo "No me quiero morir... no me quiero morir". Mi madre, que dormía sentada al lado, se despertó también y me abrazó diciéndome que yo no me iba a morir, que ella estaba allí conmigo y que me iba a cuidar mucho. Ella creía que todo era producto de una pesadilla. Pero el hecho es que yo recuerdo muy puntualmente que sentía la angustia de la posibilidad de morir. No era una frase hecha o algo aprendido hacía unos días y que yo ponía en práctica para ver cómo era. Cuando vi "Annie Hall", de Woody Allen, me llamó la atención, aparte de reírme muchísimo, esa escena en que aparece el Woody Allen chiquito sentado en un banco de escuela y empieza a reflexionar sobre el valor de la muerte en nuesta cultura, o a preguntárselo, que es más o menos lo mismo. Yo era muy chico cuando pasó aquello, pero ya tenía esa conciencia, sabía que un día me iba a morir y que no iba a haber vuelta atrás, que después de morir no iba a pasar más nada, que todo se iba a ir o a perder, y que al menos necesitaba de la presencia de alguien a quien amaba para mitigar esa sensación. Veintidós años después no puedo cambiar mucho esa visión. De esa experiencia de la neumopatía me quedaron al menos, dos secuelas más. La primera fue el dejar de ser el niño más o menos rollizo de papá y mamá y transformarme en un flaquito enfermizo. La segunda fue un asma a veces furiosa, que me dejaba morado, al borde de la asfixia, y que hacía que mis padres agotaran recursos para poder tratármela o curármela, en el mejor de los casos. Gran parte de mi infancia es como una especie de tortuosa peregrinación hacia la soledad de verme a mí mismo esperando en salas con sillones que yo examinaba puntillosamente, o esperando que tras una puerta apareciera un doctor. Pero no sólo médicos vi, sino también, y esto creo que fue de las experiencias más extrañas de mi vida, toda una serie de expertos en sanación. Ya la palabra "sanación" tiene un reverso que es la palabra "curandero". Mis padres estaban verdaderamente despesperados. Yo casi ni podía respirar el aire del exterior. Cuando me llevaban a la escuela me envolvían en un montón de bufandas y los niños me miraban a la entrada como si llegara un emisario de Oriente. Allí mismo, en la escuela, yo tenía que pasar muchas veces los recreos dentro del salón. Había un par de maestas que me decían que yo era un niño muy imaginativo, que bajara de la luna por un rato. A mí esas palabras siempre me sonaron un poco injustas, quizás peyorativas. Como sea, para mí la imaginación estaba al alcance de la mano, y esta idea me viene de haber mencionado recién a los "sanadores" o "curanderos". Porque, ¿quién le puede explicar a un niño qué es la realidad, qué es lo normal y lo que no, cuando pasa por una experiencia como la que sigue?... Una vez mis padres me llevaron a un campo donde vivía uno de estos curanderos. El hombre tomó una "hoja" de tuna, le sacó las espinas y la abrió en dos mitades como si fuera un pan felipe. Luego colocó ambas mitades en el suelo y me pidió que me parara con los pies desnudos sobre cada mitad, como si fuean unas chancletas. Después de eso el hombre tomó las tunas, las santiguó y se las dio a mis padres con la instrucción de que las colgaran a los pies de mi cama durante determinado tiempo. No sé cuánto tiempo fue. Ahora arriesgo que fue un año, quizás. Lo cierto es que durante todo ese período yo me despertaba y veía a los pies de la cama, colgando de un piolín, a las dos tunas amarronadas, resecándonse, enroscándose la una con la otra en un abrazo cuya fuerza era la fuerza de querer hacerme algo o quitarme algo.
Vuelvo de nuevo al día de ayer, porque cuando el médico de guardia me examinó me vino súbitamente la vulnerabilidad. Y más cuando muy extrañado, el doctor me pidió que repitiera el número 33 indefinidamente mientras se fijaba con el estetoscopio en mi pulmón izuqierdo. La extrañeza le venía de que al revisarme ese pulmón, no lo escuchaba. La conclusión era medio obvia: no lo estaba utilizando. Así que me pasaron a otro consultorio para hacerme nebulizaciones y prepararme para una placa. Ese consultorio, que en realidad eran dos paredes de yeso que partían de otra de material, cuyo frente era un cortinado, era el "B3", que, ahora que lo pienso, es un 33, pero con el ceño fruncido. Inevitablemente, la concentación de la nebulización me comunicó otra vez con las experiencias previas. Otra vez esas horas de estar siempre mirando lo mismo, de saberme de memoria la variedad y las formas de los enchufes, las conexiones para el oxígeno. Otra vez ese tiempo muerto. La aguja del medidor de oxígeno y yo. Siempre. Y en seguida la certidumbre de la limpieza. La asepsia. Creo que por eso me gusta tanto la asepsia, la limpieza total en una casa. A mí el polvo me destroza, me deja como ayer. Cuando me voy tanquilizando, cuando salgo de mi vulnerabilidad en el sanatorio, entro como en una ensoñación en la que la asepsia es su marca. Ayer, entre las nebulizaciones y los varios disparos con Ventolín, el ritmo cardíaco me empezó a subir, las manos me hormiguearon y se pusieron a temblar. Un dulce mareo me hizo recostar en la camilla y dejar la vista en cualquier lugar del techo, tan blanco... Y entonces me di cuenta de una cosa que me gustaba de tener asma, cuando era chico. Eran las historias que comenzaban a llegar. Porque ayer también llegaron. Yo recostaba mi cabeza y miraba el techo mientras el suero goteaba sin apuro, y escuchaba las voces que llegaban de los otros consultorios, voces que le hablaban al mismo médico que me había atendido a mí hacía unos instantes, y que en ese momento empezaban a construir vidas, otras vidas muy distintas que se reunían con la mía a lo largo de los consultorios. Eran vidas que yo iba sintiendo a través de las paredes de yeso y que lo disgregaban al punto de que yo hacía un esfuerzo y lograba ver los rostros de esas voces. Pasaba a vivir las vidas de los otros a partir de esas voces y lo poco o mucho que le contaban al médico. Yo no lo podía evitar ni ocultar, era como si me saliera un grano en la cara. Mi madre me hablaba y yo no le daba bolilla. Y así se iban las horas de internación. Ayer había dos niños. Uno había pasado corriendo y se había hecho algunos cortes muy profundos en la cara al darse contra algo. El otro se había caído de la bicicleta. El médico y sus padres estaban a la espera de unas placas o no que confirmaran o no la fractura. Luego llegó un hombre de unos cincuenta años, quizás. Un obrero que salía de la construcción y empezaba sentir un dolor muy intenso en el brazo. Cuando llegaba a la casa no podía más. Como ayer era domingo y no trabajó, no le dolía tanto. Después llegó el cirujano para coser la cara del primer niño. Apenas dijo unas palabras ya me vi venir el resto de la historia, lo que pasaría en cinco minutos más. "Hola. Vos y yo somos amigos y vamos a estar juntos y tranquilos ahora. Vas a ver que no te va a doler nada". Yo me preguntaba por qué el hombre hablaba gritando. Cuando le fue diciendo al niño cosas como "Mi vida" o "Mi amor", me pareció una versión más o menos científica de Susana Giménez. No había duda de lo que iba a suceder. Lo primero en que pensé fue un pasaje de la primera parte de "Mientras escribo", de Stephen King. Allí King habla de su infancia y de su detestable experiencia con los doctores, y en especial con la frase "Esto no te va a doler". El autor entonces cuenta que luego de una frase como esa le metieron la aguja de una jeringa dentro de un oído y sintió cómo le reventaba todo dentro de su cabeza. Se ve que estaba para acordarme de libros. Cuando empecé a sentir los gemidos del niño me imaginé al doctor aplicando sus intrumentos sobre aquel rostro ante la mirada permisiva de los padres. Y entonces me acordé de "La isla del Dr. Moreau", de H.G. Wells, en la parte en que el protagonista siente a través de las paredes los gemidos lastimeros de los animales al ser operados sin anestesia e injertados con partes de otros animales.
Cuando pude respirar normalmente me hicieron la placa. Al final, resultó que todo estaba bien en el pulmón.
Salí del sanatorio, me subí a mi Ondina y pedalée lentamente hasta el Kennedy. Allí estaba mi padre.

martes, 11 de diciembre de 2007

Gusto a perro

El domingo, creo, tuvo que haber sido uno de los días más importantes de mis últimos cuarenta años... Todo aconteció en un taller de bicicletas y motos de Punta del Este, uno que queda al lado del liceo. Quienes pasan a esa altura de Bulevar Artigas tienen que conocerlo, y tienen que haber visto alguna que otra vez el perrazo enorme que hay allí. Se trata de un gran danés negro casi de mi tamaño. Si lo ponen en dos patas yo creo que termina siendo más alto que yo, que mido un metro ochenta y cuatro. El asunto es que yo tenía mi ONDINA con una pinchadura en la rueda trasera y con los tacos de los frenos de ambas ruedas totalmente gastados. Cuando llegué ese domingo al mediodía, la bici todavía no estaba pronta, así que me tuve que aguantar por ahí mientras un chico me la arreglaba. Tenía un ensayo de Montesquieu sobre el tema del gusto, así que me apoyé en una barra de hierro que aguantaba el techo de chapa que luego al cerrar se transforma en portón, algo de eso. Yendo a lo del libro de Montesquieu, ¿verdad que es una reverenda estupidez esa frase que dice que "Sobre gustos no hay nada escrito"? Porque sobre gustos, sobre gusto, hay mucho escrito, camiones de camiones. El tema es que Montesquieu escribió ese ensayo para la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, y yo lo estaba leyendo lo más bien, porque se nota que Montesquieu andaba volando, ¿no?, la rompía el pibe... Estaba en eso digo, cuando con mi vista periférica detecté una especie de tormenta al nivel del suelo que se aproximaba ni muy rápida ni muy lenta. Recuerdo que muchas veces yo pasaba en bicicleta por Bulevar Artigas y miraba hacia la calle lateral adonde da el taller y me detenía a observar a ese perro inmenso, durmiendo en medio de la callecita, ocupando todo, y me asombraba de que la gente le pasara por al lado como si fuera de bronce. A mí me daba cierta envidia esa gente. Hasta que me llegó el momento. El perro se me acercaba. Noté que ya no era joven, porque caminaba como si tuviera las extremidades flojas. O a lo mejor las tenía entumecidas de tanto dormir... y se levantaba con ganas de comer algo o de pura acción. Yo hice como que seguía leyendo, y de pronto sentí que me tocaba el muslo derecho con su nariz húmeda. Me dejó una mancha del tamaño de una aceituna en mi pantalón claro. A mí se me aflojó todo. Pensé que si esa situación se prolongaba un poco más, me iba a terminar desmayando, y ahí sí, el perro me iba a apretar el cuello y me lo iba a desgarrar. Pero el perro empezó a mirar hacia los costados como buscando algo más y se alejó. ¡¡¡Se alejó!!! ¿¿¿Entienden lo que eso significa??? ¡Que no me hizo nada! ¡No me mordió!... Bueno, más tarde le conté todo a Victoria y me dijo que en realidad no había ningún mérito en lo que había pasado, porque lo que suele ocurrir cuando uno se queda quieto ante un perro es eso: lograr la indiferencia del animal. Yo entonces le expliqué que eso no era así, que los perros tienen un mecanismo en su capacidad de olfatear que les permite detectar no sé qué reacciones químicas que se producen en nuestro cuerpo cuando sentimos miedo. Además, agregué que es mentira eso de que para que a uno no lo muerda un perro, tiene que quedarse parado. Mi madre me hizo ese mismo consejo cuando era chico, y la primera vez que lo puse en práctica, tendría yo unos 8 ó 9 años, no más, terminé con los colmillos de una perra hundidos en mi nalga izquierda. Y todo por ir a buscar una pelota al fondo de lo de unos vecinos. Todo por meterme sin permiso, a lo malandro, pero bueno, no era ese el punto después de todo... Para mí lo del domingo fue un hecho que me va a cambiar la vida, lo sé...
Después siguieron las cuestiones con los perros... Por ejemplo, ayer me encontré con Felipe y lo acompañé junto con Franco al supermercado. En el camino, a la vuelta, me contó que casi lo corrieron de un cumpleaños más o menos íntimo de un tipo que no era tan conocidio suyo. Es decir, Felipe se rio de algo y al parecer no tenía tanta confianza como para reírse así, de la forma en que él se ríe. Porque quienes conocen a Felipe saben que en determinado instante le viene como un acceso y se queda literalmente "trancado". La risa se le congela, los ojos se le contraen, la frente se le arruga y empieza a quedar del color de una zanahoria. En medio de todo ese cuadro se escucha una risa como de hiena. Al final, a Felipe le dio uno de esos accesos al enterarse de la triste vida de un perrito caniche (mini-toy) que era epiléptico y estaba medicado de continuo. Hasta ahí era sólo el anuncio de lo que estaba por venir, pero cuando los dueños comenzaron a detallar los distintos aspectos emocionales de su mascota y las situaciones en las que le llega la epilepsia, Felipe no pudo más. Explotó. Se imaginó al bicho dándose vuelta y cayendo de espaldas, metiéndose la lengua contra la garganta y convulsionándose. El resultado, en un caniche, sí, es conmovedor. Todo esto me recuerda dos cosas más de Felipe en relación con los perros. Ambas de los primeros tiempos de nuestra amistad, cuando éramos estudiantes. La primera tiene que ver con un librito que yo había encontrado en la casa de otro amigo, y que era un manual para adiestrar perritos pequineses, que son unos perros muy feos con cara de integrante del Foro Batllista que se pueden ver en las casas de algunos jubilados. Resulta que el libro era de una lectura apasionante. Cuando teníamos la revista MAT y hacíamos vanguardia fotocopiada, nos reuníamos también a leer cosas, de todo... Una de esas cosas que nos causó mucha gracia en un tiempo fue ese librito, porque leído con un mínimo de malicia, cada enunciado parecía contribuir a la formación de un mini-tratado de zoofilia. Era increíble, pero era así. La ambigüedad de las proposiciones y las formulaciones era tal, que me acuerdo de ver a Felipe "trancado" por minutos y minutos. ¡Ojalá pudiera encontrar yo ese libro entre varios de los cahivaches que hay acá en el Kennedy! O también está la posibilidad de que yo pueda conseguir un ejemplar del número del MAT en el que reprodujimos una página de ese manual. Esto me trae a la memoria otro episodio de la vida de Felipe fuertemente vinculado a su relación con los caninos. Un día su madre se apareció con una perra que a Felipe, con los días, le pareció absolutamente insoportable. Entonces llegó un día en que encontró una foto que la madre le había sacado al animal. Felipe había estado comiendo y tenía a mano un cuchillo, y, medio en broma o medio en serio, le hizo una cruz en cada ojo a la imagen de la perra. A los pocos días desapareció. Nunca se supo cómo ni qué fue de su vida. Esos fueron los inicios de Felipe en la macumba.
Otra cosa más, y esto lo voy a decir por puro interés de divulgación, por el hecho de que este blog no olvida nunca su función de mantener informada y al tanto a la comunidad. Hace algunas semanas, mi padre me consiguió un perro. Es un pastor catalán al que le puse Bob. Con los días notamos que Atenea, la perra de mi hermana, que también está acá (la perra, no mi hermana), se le sube encima a Bob como para hacer cachorritos. ¿Podrán creer?... Bueno, ayer una profesora de química (lo de química no tiene nada que ver, es sólo una cuestión de identidad) me dijo en el liceo que en su casa pasa lo mismo. Y entonces me explicó que el veterinario, a su vez, le dijo que eso significaba que la hembra trataba de dominar al macho. ¡Qué tierno! ¿No?... Sólo que lo que le causaba más ternura a esta profesora era el hecho de que su perrita cimarrona, pobrecita, era muy chiquita, y no le daba la altura para subírsele al perro de la casa. ¡Pero qué ambiciosa!, ¿no?... Tan chiquita y ya con la idea fija.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Highways # 60 & 12 revisited


(Gracias a Leonardo, Roberto y G(e)orge & Rose)
A) Amigos: muy hermoso volver a verlos a todos y haber pasado esos breves aunque vibrantes momentos de conversación y cariño. Hare Krsna!!...
B) Bob Dylan: Gracias Bobby... ¡Qué se te puede decir! Cantaste para nosotros a la ida y a la vuelta... Lo tuyo es realmente muy bueno, eh... "Highway 61 revisited", "From a Buick 6", "It takes a lot to laugh, it takes a train to cry", "Tombstone's blues" y, sobre todo, "Dirty road blues". Shalom!!...
C) Conejos blancos: caminábamos en la hora muerta de la noche sobre el pasto, en la falda del cerro. Dijo Victoria: "¡Los conejos!". Y allí estaban, al lado de un árbol, quietos, con sus ojos rojos prendidos en la noche como botones.
D) Duchas femeninas: un cartel decía *NO MALGASTE EL AGUA. SOLAMENTE TRES MINUTOS EN LAS DUCHAS *RETÍRESE VESTIDA DE LAS DUCHAS *NO GOLPEE LAS PUERTAS *CUIDE SU VOCABULARIO *GRACIAS.
E) Elefante de cemento gris: Estaba en un jardín en Piriápolis. Daban ganas de bajarse y abrazarlo.
F) Fotografías: lindas, pero pocas. Nos olvidamos del cargador de las baterías y las que llevábamos se agotaron.
G) Guanaco: Había una llama... ¿Pero el otro era un guanaco?...
H) Historias de amor: cuando llegamos a la administración del camping, interrumpimos a la encargada, que leía sobre el escritorio, con el pelo oloroso de recién lavado cayendo hacia ambos costados, una novelita de Corín Tellado sosteniendo un cigarrillo en alto, como esperando un desenlace.
I) Inglés:
-I don't wanna climb...
-Yes, you must...
J) Julepe: el de Victoria con una araña pollito del tamaño de su mano, bajando del cerro. Las briznas de pasto crujían bajo sus patitas.
K) Kilómetros: 250.
L) Lagarto: Medía quizás un poco más de medio metro. Estaba tomando sol sobre una piedra gris en la cima del cerro Arequita. Nosotros nos acercamos y sentimos el sacudón en la hierba seca de la cumbre, la oscilación enojosa de la cola; todo rumbo a lo profundo del monte. Victoria gritó. Yo también, pero me las ingenié para que el "¡¡¡Ah!!!" se continuara en un "¡¡¡Ah!!! ¡El lagaaaartooo! ¡Qué lindoooo!...". (Shhhh...)
M) Minas: Minas es una ciudad que me sigue fascinando. No sé bien por qué; creo que me trae siempre, me actualiza, una suerte de pasado indefinido, ni feliz ni triste, anterior a mi existencia, como una marca de cómo era todo antes de que yo naciera o cuando yo era muy niño. Es la ciudad de Morosoli, también. Morosoli sigue vigente más allá de los cambios que uno pueda suponer. Allá están los conflictos íntimos de esa gente del pueblo que el escritor transmitió en muchos cuentos (me acuerdo de "Mujeres"), allá están los cerros al final de cada calle.
N) Nubes: pinceladas de abajo hacia arriba. Había una con la forma de una trompeta.
Ñ) "Ñ": del diario Clarín del sábado pasado. Muy buena la nota de tapa, la entrevista a Josefina Ludmer.
O) Ómnibus: El de ida, por la 60: lento, ruidoso, se llovió en el asiento de Victoria luego de que la lluvia terminó. El de vuelta, por la 12. rápido, con el ruido imprescindible, con el panorama del atardecer a todo lo largo, esquivando vacas sueltas, con muchas interrupciones en el discman por los mensajes de texto de los celulares.
P) Palmera: la palmera perdía sus palmas... Un petizo saltaba con machete y en el aire hacía "¡¡¡Iiiiaaaahhh!!!! a lo ninja y cortó un par de palmas.
Q) ¡Qué liga!: encontramos un peso tirado...
R) Ravioles: riquísimos... Como Victoria no los pudo terminar yo fui solidario.
S) Sol: el primer día no. El segundo sí: glorioso, sobre todo llegando a Minas. ¡Vamos por más!...
T) Terminal: la gente se despide, se va a trabajar, regresa... Siempre es interesante mirar las caras por la ventanilla del ómnibus.
U) Unicornios: no había. (No existen)
V) Vecinos: unos con un auto azul y con un niño que pasó corriendo una vez. Después otros, en otra cabaña más alejada, pero sólo vimos el mantel amarillo que habían dejado en la mesa de afuera. "¡Hay gente que trae mantel!". No más.
W) Wi-fi: no había. (No necesitábamos) Lo más parecido era cuando uno de los que se encargaban de cuidar los animales te gritaba "¡Guay! ¡Ay!", cuando algún bicho se enloquecía.
X) Xuxa: en la administración del camping había una biblioteca improvisada con libros y revistas de todo tipo para que los turistas puedan pasar sus horas. Había una revista de chimentos con Xuxa en la tapa. ¿Hace cuánto que Xuxa fue por última vez tapa de GENTE?
Y) Yogur: Conaprole, de frutilla, 500 cm, de desayuno. Más o menos el 58% de la dosis diaria recomendad de calcio por día.
Z) Zzzzzzzz...: (de dormir, de estar cansado a la vuelta y caer rendido...)

lunes, 3 de diciembre de 2007

Phil y su cama del tiempo

Luis Alberto Lacalle reflexiona acerca del paso del tiempo, en exclusiva para tartatextual

Como Felipe (Phil, para los íntimos) está convaleciente, ha hecho de su habitación una especie de búnker del niño mediático medio de estos tiempos, una suerte de versión en miniatura de su casa allí en su cuarto, siempre con la audaz ayuda de su mujer, Patricia. Destaca principalmente el hecho de que se llevó la computadora y la conectó al televisor. Así que este texto trata de esa relación de la computadora y el televisor, porque entra en escena la página www.youtube.com
Hace unos días, el jueves, luego de almorzar en la cama, nos tiramos a ver algunos videos. Empezamos por Peter Capusotto y luego seguimos con algunas cosas de Paul Mc Cartney, en especial unos videos raros, todos con el mismo formato, en los que Paul toca en su guitarra, sentado en un taburete sobre un fondo blanco, temas de su último disco:"Memories almoust full"... (Pero cómo nos emocionamos también con el video de "Mull of Kintyre"... Es sencillamente hermoso.) Los recuerdos casi completos pertenecían a nosotros dos cuando nos dimos cuenta de que youtube tenía más y más para darnos. Es decir, pasamos a recuperar una parte del pasado, a completar algunos vacíos. Curiosamente, la mayoría de ellos se colmaron viendo propagandas políticas para la campaña presidencial de 1989, que terminó ganando Luis Alberto Lacalle. Eran tiempos raros. De a poco, con cada video nos hizo sumirnos en un silencio en el que las cosas cambiaban de forma, la gente que nos rodeaba era otra. He aquí algunas ideas sueltas a propósito de ciertos videos, seguidas de los links respectivos.
Empecemos con este:
http://youtube.com/watch?v=QS0y6hvh36I&feature=related
Es la primavera de 1989... Puede ser un día cualquiera de calor... Felipe y yo no nos conocemos, no tenemos ni idea el uno del otro; tenemos 10 y 9 años. Yo estoy en el Kennedy, probablemente haya vuelto de la escuela y haya dado una vuelta hasta el campo de golf con mi hermana Andrea. Quizás estuviéramos cuidando a Franco. Podemos estar también en el cuarto de nuestros padres, donde estaba el único televisor y ver esta propaganda, subidos en la cama matrimonial, porque no había ni sillas ni sillones. Era así, nos sentábamos en la cama para ver la tele. Felipe está en una casa de la calle San Carlos, muy cerca del centro de Maldonado. Está en el patio dando vueltas bajo la parra, mientras sus abuelos maternos sacan el televisor hasta allí mismo y se sientan a tomar mate. La propaganda en cuestión nos hizo (ahora, 2007) reír mucho, no sólo por lo que dice Lacalle, a todas luces ingenuo (sobre todo eso de cómo incluir a los chicos en la lucha contra la drogadicción), sino por ese comienzo "in media res", como si ya estuvieran charlando del tema antes de que el director dijera "¡Acción!" y el Cuqui sacudiera su pelito accediendo al primer plano.
Sigamos con este otro:
http://youtube.com/watch?v=dsFKAwppuU8&feature=related
Millor acompaña a Pacheco. No hay mucho que decir al respecto. Millor da su palabra de honor... Pero fíjense en la escasa luminosidad de la filmación. Con Felipe terminamos heridos de pasión melancólica. Millor parece una especie de Petrus onettiano, un tipo que quiere convencer cuando al mismo tiempo todos sabemos que no, así, a secas.
Volvamos a Lacalle, a la misma elección...
http://youtube.com/watch?v=RNf1RfjEV3Q&feature=related
Sin duda, el que se roba la película es el camionero. Con Felipe vimos esta propaganda varias veces. Mezcla imprecisa entre el Zorro, el Herrerismo y las tecnologías inminentes.
Dejemos ahora la política de lado. Pasemos a las marcas que dejaron una huella en nuestro inconsciente colectivo post-dictarorial. Veamos las cosas que nos podían hacer unos niños superados, niños que estaban más allá de la bolita, los trompos y las cometas, niños más sofisticados. Por ejemplo: uno tenía que tener los armatodos de Pepsi y toda la colección de vasos de esa bebida que salió de forma paralela: http://youtube.com/watch?v=iKZfqbtKkl8&feature=related
Además, si te agarrabas piojos, soñabas con que no te pasaran querosén y te raparan y que, en cambio, te aplicaran QUITOSO y tu mamá fuera como la de esta publicidad para que nuestra pulsión edípica no se fuera al traste:
http://youtube.com/watch?v=MFkuWu6iF2Q&feature=related
Por otra parte, estaba el tema de los championes... Los chicos de hoy se pueden matar de la risa. Pero si teníamos championes FLECHA, nuestras posibilidades de hacer terapia psicoanalítica dentro de veinte años disminuían considerablemente, aún más que poniéndonos los TOPSY: http://youtube.com/watch?v=sGrEQH3GC6Q&feature=related
Éramos unos pibes y no fumábamos (bueno, a Felipe por esa época no le faltaba mucho), pero acá está esta publicidad de CORONADO LIGHT en donde vemos a un futuro sex-symbol argentino de telenovelas (¡a ver si adivinan quién es!), en una puesta en escena que nos recuerda un borrador de la taberna de Moe en los Simpson.
¡¡Los televisores SAMSUNG!! ¿Quién no tenía un televisor SAMSUNG? Bueno, yo no conocí a nadie con uno y Felipe sabía de un niño solo cuyos padres se habían comprado uno. De esta publicidad me acuerdo porque la pasaban incansablemente en los días previos al Mundial de Italia '90, evento que le daba cierta razón de ser a esta publicidad. Fíjense lo galán que era Humberto de Vargas por esa época. ¡Dios mío! Las décadas pasaron y desperdiciamos uno de nuestros mejores super-hombres tan sólo por la ineptitud de no tener una industria de telenovelas establecida. Y encima tuvimos el orgullo de no venderlo Buenos Aires para que fuera una especie de Osvaldo Laport adelantado. Bueno, yo veía esta publicidad varias veces de tarde y de mañana, creo que en canal 9 (hoy, canal 7), que retransmitía del 10 de Montevideo. Yo tenía hepatitis y me miraba todo el Mundial acostado frente a un televisor blanco y negro Philips, chiquito y de ciertas mañas. Una de las mañas era la de demorar para encenderse. Dice mi madre que eso se debía a que una vez entré desde el patio con una manguera y lo regué. Afortunadamente estaba apagado, desafortunadamente, el surrealismo ya había sido inventado. Ahora me acuerdo también de que a esa tele yo le debo mi formación en westerns. Me levantaba los sábados de mañana y ponía el canal 11. A veces lloraba porque me despertaba solo en la habitación. Mis padres estaban trabajando en el bar, al frente de la casa. Entonces ocurría que venía mi madre y hacía girar la perilla hasta el 11. Un día me desperté y pensé que lo podía hacer yo solo, pero la tele estaba desenchufada. Cuando traté de enchufarla, recibí la primera descarga eléctrica de la que tengo memoria. Fue muy fuerte. Así que a mí no me vengan con eso de que nadie se olvida de su primera relación sexual... ¡Pavadas! Esa patada que me dio el enchufe me dio la dimensión de lo que era el mundo. Así que bueno, gracias Humberto de Vargas por hacerme recordar tantas cosas. Sos la vainilla que uno hunde en la tacita. Algunas cosas más de esta publicidad de los televisores SAMSUNG. 1: En definitiva, es una publicidad de una casa de electrodomésticos que se llamaba CENTRO ELÉCTRICO... A Felipe y a mí casi se nos pone la piel de gallina. 2: Fíjense la pista que esta publicidad nos da de nuestra economía... ¡En cuotas de 26.300 pesos!... 3: El cabezazo y la sonrisa de de Vargas, o sea, lo que le faltó al Chengue en el Mundial de Japón y Corea 2002. ¡Ah!... Acá está el link: http://youtube.com/watch?v=t9KE8SoisjA&feature=related
En fin, pasaron los años y nos hicimos adolescentes. Entonces quisimos demostar que éramos jóvenes y que nos llevábamos el barrio por delante. Teníamos nuestra TARJETA JOVEN. Dicen que hay gente que la ha usado de forma constante. A mí siempre me pareció un poco patotero sacarla a relucir en un comercio. Nunca lo hice. Dice Felipe que él dos veces. Pero el tema acá es otro. ¿Por qué las publicidades que se refieran a los jóvenes suelen mostrarnos como boluditos? Porque eso es lo que veo en esta publicidad de hace quince años o menos... Miren la chica vestida de tenista y con las trencitas al lado. ¿Los padres le pegaban con una raqueta en las nalgas? Esta cuestión no se detiene. Me trae a la memoria una vez que leí en un diario algo así como una cobertura de una "movida de arte joven" que se hizo en Montevideo. Y ahí estaba el lugar común, parece que en la "inteligencia" de los medios las palabras "arte" y "joven" pronunciadas una al lado de la otra significan aptitud para tirar pelotitas para arriba en cualquier semáforo o pararse hecho una estatua viviente. Ok... Respetable. Pero, ¿no hay jóvenes que hagan otras cosas?... http://youtube.com/watch?v=r1IYNqDoi14&feature=related
Ahora regresemos a la política con los tres últimos ejemplos del youtube. Para comenzar esta propaganda de Jorge Batlle con el ya consabido lema de que Batlle "le canta la justa". Lo que me llama la atención es que el formato de dicha propaganda hoy en día, aparte de obsoleto, es en realidad el formato que se utiliza en cualquier programa televisivo de humor para reírse de un político. ¿Lo sabría Batlle? ¿Una autocrítica lúcida? Que el lector juzgue en: http://youtube.com/watch?v=uYhdu_IW37Q&feature=related
Esta que viene a continuación me gusta mucho. Despidamos a Lacalle con esta presentación de su familia bastante reciente. Pero no se pierdan por favor la reacción del perrito cuando el ex-presidente empieza a hablar sobre los valores de su familia, como tampoco dejen de apreciar y valorar en su justa medida el denodado esfuerzo de su hijo por hacer que el chicho siga dentro del encuadre: http://youtube.com/watch?v=EuvUIQIsGJ0&feature=related
Y como dijo Bob, "los tiempos están cambiando". La política que fue a finales de los '80 ya no es la misma que ven nuestros hijos. No adelanto nada de este último video: http://youtube.com/watch?v=P_Sja_O3kCU&feature=related

viernes, 30 de noviembre de 2007

Todos los niños mimosos van a Umpilandia


Hoy, en el día de la fecha, día en el que Ignacio estás llegando a los 30 años y sabemos que no es changa, no, no lo es, hoy, digo, seguimos posteando la vida...
Llegué como a las 9:20 del supermercado con el pan, la leche, un paquete de Vascolet y un litro de leche Conaprole para empezar el día lo más salvajemente posible con Franco. Franco estab durmiendo, no quería saber nada con levantarse temprano; estuvo hasta tarde mirando "New York, New York", de Scorsese, y antes había estado en lo de Felipe, que está en plena convalecencia por su operación reciente. Hoy va a ser un día complicado, y eso que ni siquiera he pensado en qué momento voy a ir a visitarte, Nacho. Dentro de un par de horas doy mi última hora de clase de apoyo y paso a estar desligado de la actividad docente hasta marzo del año que viene (sí, creo que del año que viene, a no ser que ahora me llamen de la Fundación Guggenheim para darme una beca, quién sabe, pasa de todo en la vida...). Luego me voy a almorzar con Felipe, y más tarde, después de que Franco salga de una prueba de sonido porque toca esta noche en la presentación en sociedad del nuevo (primero) disco de Wellington Prates, nos vamos a la playa a nadar. Hablando de playa... ayer hice un viaje en bicicleta uniendo el Upper side of Kennedy town con el neo-cheto bucolicismo de José Ignacio. Se me ocurrieron algunas cosas, pero no va a dar el tiempo para contarlo en esta oportunidad.
Cuando Franco se levantío al fin a desayunar (ahora ya está acostado de nuevo, mimoseando bajo el aire fresco que se cuela por la cortina oscura, mientras suena "Warm valley" de Duke Ellington, nada menos) me preguntó: "Che, ¿conocés el fotolog de Dani Umpi?". Le dije que no, pero entramos en seguida y encontramos un texto que pueden leer en esta dirección http://www.fotolog.com/umpilandia/9665212
La verdad es que hace mucho tiempo tengo ganas de escribir algo sobre Dani Umpi, y no para llover sobre mojado con la pregunta "¿Es o se hace?" Me parece un tipo sumamente respetable que no tiene un pelo de tonto o de ingenuo, en cuyo caso cualquier cosa naïf es una pose, una parte de un sistema que incluye hacer de la vida una puesta en escena. Por algo tiene que tener también su fotolog, ¿no? El medio ideal. Bueno, espero que lean estas consideraciones de Umpi sobre Empédocles y Sócrates que recomiendo.
(¡Ah!... La foto de más arriba la saqué de su fotolog también... Todos los derechos reservados y no tanto de Dani Umpi)

domingo, 25 de noviembre de 2007

Los desaparecidos

Es curioso cómo a veces las lecturas se cruzan y se conectan. Hace unas semanas estuve leyendo "La noche del oráculo", de Paul Auster, que me pareció una buena novela, quizás no tanto a la altura de "El palacio de la luna", que hasta el momento me parece lo mejor del autor de lo que he leído, pero, quiero decir, "La noche del oráculo" está muy bien escrita y atrapa al lector. En ella se cuenta la historia de un escritor que sobrevive inceríblemente a una enfermedad terminal. En los primeros días de su vuelta a casa se afronta con la realidad de que no puede escribir... hasta que, claro, ocurre algo. Y eso es que compra un cuaderno que lo fascina y en el que decide, aunque más no sea para trazar algunas líneas cada día, proseguir con una historia que se comenta tangencialmente en "El halcón maltés" de Dashiell Hammett, la historia de Flitcraft. Un día Flitcraft va caminando cuando ¡zas!, se le cae al lado un andamio. En ese instante se da cuenta de que bien podría ser hombre muerto. Así que en un segundo ve su vida y se da cuenta de que no ha hecho lo que ha querido hacer, o que su vida en realidad carece de sentido. "Flitcraft concluye que no tiene más remedio que someterse a esa fuerza aniquiladora, que debe destruir su vida mediante algún gesto sin sentido, totalmente arbitrario, de negación de sí mismo." (en "La noche del oráculo"). Entonces se toma el primer autobús (o tren, no me acuerdo) y se va a otra ciudad cualquiera a comenzar con otra vida desde cero. El protagonista de la novela de Auster, Sidney Orr, va sobre esa veta para poder escribir. Ese tema, el de la persona que deja todo atrás, sin siquiera dar cuenta de su acción a sus seres "queridos", para comenzar una nueva vida, es un tema que creo que ha estado presente, en mayor o menos medida, en la cabeza de todo ser humano al menos una vez en la vida. Es parte de esa fascinación por lo otro, o por la posibilidad de saber cómo seríamos en otros contextos, qué habría sido de nuestra existencia de no haber mediado aquellos hechos que creemos que fueron influyentes. Es como para repensar también el asunto de la gente desaparecida que se termina transformando en una foto que un día aparece en un informativo. ¿Alguien se ha puesto a pensar si algunos de esos de los que no se supo nunca nada más no están, en definitiva, mejor de lo que estaban antes de desaparecer? ¿Habrá que pensar siempre que cuando desaparece una mujer tenga que estar en un harén en Arabia Saudita? El asunto es complejo. Todo se sume en un misterio. No recuerdo del todo bien, pero tengo como la sensación de que alguien me contó una vez una cosa que le pasó a una mujer conocida. Resulta que esta mujer, cuando era adolescente vivió la desaparición de su padre. Una tarde se quedaron en su casa esperando que regresara del trabajo y el hombre no apareció. Lo esperaron al día siguiente y luego al otro y al otro y nada. Hicieron la denuncia y eso tampoco ayudó mucho. Esa adolescente creció, se hizo mujer, se casó, tuvo hijos. Pasaron muchos años. Un día, de viaje por una ciudad más o menos olvidada del país, cruza una plaza y ve a su padre sentado en un banco, con un par de niños grandes en la vuelta. La mujer no dice nada. Quién sabe si el hombre llegó a verla y, en definitiva, reconocerla. A mí siempre me fascinó esa situación. ¿Qué fue lo que faltó para que esas dos líneas de vida (la del hombre y la de su hija) que un día estuvieron cercanas, volvieran a acercarse? ¿Qué fue lo que detuvo a la mujer de pararse frente a su padre y pedirle explicaciones?... Y hay otra historia que conozco casi de primera mano porque se dio en el Kennedy, cuando yo era adolescente. Un vecino que se dedicaba a la pesca en embarcación, desapareció junto con otros compañeros en medio de una tormenta casi en alta mar. La embarcación no resistió el oleaje y se dio vuelta de inmediato. Yo conocía a varios de sus familiares, algunos jugaban al fútbol conmigo, y pude enterarme de cómo sintió la falta la familia. Pero se dio una situación muy extraña que hizo que todo se hiciera un poco más angustiante. Los cadáveres de cada uno de los pescadores fueron apareciendo en el correr de las semanas, pero el de mi vecino no apareció nunca. Jamás. Sé que suena morboso, pero desde esos días tuve la idea siguiente: ¿qué habría pasado si mi vecino en realidad fuera el único que se hubiera salvado? La ausencia del cuerpo, la ausencia de algo tangible sobre lo que colocar el duelo por la muerte, puede estimular ese tipo de pensamientos. Seguramente ahora esté olvidándome de ejemplos similares al de Flitcraft que haya leído o visto en películas. Sé que debe haber decenas. Sin embargo, recuerdo que Gabriel García Márquez comenta en "Vivir para contarla" sobre un terremoto en Colombia o Centroamérica que le permitió a varios individuos desaparecer, abandonar sus mujeres, sus hijos y sus trabajos para comenzar otra vida. De hecho, en mi caso, a comienzos de 2006 empecé a escribir una novela (que pienso terminar este verano) y en la que cuento la historia de un individuo que abandona principalmente sus obligaciones laborales, ya que no tiene mayores vínculos familiares, y desparece en un extraño viaje a Brasil, pero con la idea de llegar un día a un cierto bosque de una localidad de Inglaterra sobre la cual leyó en varios libros a lo largo de su vida. Hay un episodio que me parece muy divertido, y es la parte en que el protagonista está casualmente frente a un televisor y ve en un informativo la noticia de que ha desaparecido. Entonces ve, con una perplejidad que da paso a las carcajadas más desaforadas, como varias personas que le expresaron el mayor de los repudios, hablan ante cámaras como si lo hubieran amado profundamente.
Escribí más arriba lo de las lecturas conectadas porque en estos días estoy terminando de leer lo último que publicó la editorial Planeta (filial Uruguay): "El hombre perdido", de Horacio Bernardo. En realidad, la historia de "El hombre perdido" gira alrededor de lo mismo. Un muchacho de 18 ó 19 años abandona a su familia sin motivos aparentes. Parece que la vida es perfecta, que nada le falta, pero a él eso no le satisface. Entonces se toma el primer ómnibus que sale a cualquier ciudad (¿Flitcraft?) y desaparece. Y luego hace eso un par de veces más. La cuestión es que la lectura se me ha hecho tan cuesta arriba que terminar el libro ha sido dificilísimo. Además, creo que ya estoy cansado de que en nuestras letras haya tantos ejemplos de historias como estas, plagadas de espíritu de grandilocuencia, seriedad e intelectualidad, historias que terminan siendo bastante aburridas, hostiles al lector. El narrador de "El hombre perdido" está todo el tiempo mencionándonos cómo se siente, cómo ve el mundo, en vez de hacérnoslo sentir. La prosa, finalmente, se contamina de la insustancialidad de la vida del personaje del que quiere tratar. Era el riesgo... Aparte, con esta novela, la editorial Planeta insiste de nuevo en una idea: la de la presencia ya real en el mercado editorial de una "renovación de la narrativa uruguaya", la aparición de una narrativa joven. Todo empezó con la publicación de "Pendejos", de Patricia Turnes (que, como dijo oprtunamente un crítico en Brecha, ya no me acuerdo si fue Ignacio Bajter, es un ejercicio de banalidad). Luego de "Pendejos" llegó "El hombre perdido". En una de las solapas aparece (como pope literario ya indiscutido) Tomás de Mattos diciendo que Horacio Bernardo es "uno de los autores más promisorios de la generación joven de la narrativa uruguaya". Si yo sumo el caso de Bernardo al de Turnes lo único que encuentro es autocomplacencia, cero renovación y una apuesta por lo seguro, como lo es del algún modo ese punto de partida en común que tienen sus obras: la dedicatoria al maestro ya ausente físicamente: Mario Levrero. ¿Dónde está el imperio de la imaginación que predicó el autor de "La ciudad"? Y no me vengan con que la imaginación es también ese juego (que quizás en algún momento Levrero sí supo hacer bien, pero sólo él) de pasar de una situación y luego a otra totalmente "desconectada", quizás la primera que viniera a colación... porque ese ejercicio de la imaginación es bastante conformista, jugar a la ilógica por la ilógica es fácil. ¿Qué es más difícil que hacer entrar a la ilógica dentro de una lógica precisa, a la manera de los sueños de Fellini? Sé que tanto la novela de Turnes como la de Bernardo no entran en esta última discusión, pero tenía ganas de decirlo.
Si esta es la nueva guardia de la narrativa uruguaya yo ya empiezo a tramitar la ciudadanía argentina, o en su defecto me hago un hara-kiri con una cuchara (Wow! ¡Qué loco lo que dije!...)

jueves, 8 de noviembre de 2007

Mientras tanto

Es cierto lo que me dicen. tartatextual pareció caer en la apatía existencial.
En realidad, mientras me tomo un tiempo para ponerme al día con la vida en algunas cosas, comento en un breve índice que no todo ha sido ni dolce far niente, ni ob-la-di ob-la-da... porque...
a) he estado corrigiendo mucho
b) continúo escribiendo a medias con mi amigo la novela... sobre todo con entusiasmo, con mucho entusiasmo... cuatro capítulos en un mes...
c) indignadísimo por lo mala leche y berreta de una crítica aparecida en Brecha al libro de Valentín, "Jaula de costillas", y firmada por una tal María Nélida Riccetto...
d) leo lo que un estudiante me escribe en un trabajo comentando una frase de una ensayo de Borges sobre la poesía... algo así como que, me dice el chico, la poesía puede dividirse en tres ramas: la que juega con las palabras, la romántica y la aburrida...
e) apasionado con la lectura de "El oráculo de la noche", de Paul Auster...
f) andando en bicicleta y pensando en Walt Whitman (dijera un conocido que una vez me vio pasar por la rambla un soleado domingo de mañana...
g) empezando a sentir cómo la temperatura del agua del mar se hace cada vez más invitante...
h) otras cosas más...
i) "Lo importante es competir": Pierre de Coubertin...

sábado, 27 de octubre de 2007

¿Novísimos nuevos?

Leonardo Cabrera, por Larry (Alfonso Larrea)

Ayer a la tarde escuché una entrevista a Juan Rodríguez Laureano (Melo, 1980), Leonardo Cabrera (San José, 1978) y Pedro Peña (San José, 1975) en AM 1050 SODRE. El programa se transmitió desde la Feria del Libro de San José y, por lo que pude notar, al aire libre. Me gustó mucho, aunque me quedé con ganas de escuchar mucho más, porque al ser tres los entrevistados, y con el grado de locuacidad que tenían, el tiempo fue muy poco.
De inmediato los conductores, Alfredo Fonticelli y Pablo Silva Olazábal, destacaron el aspecto juvenil de los escritores, digamos que entre los 25 y los 30 años. Incluso en un momento, no sé si en serio o en broma (¡bah!, creo que en broma), Peña habló de "generación 2007" (¿porque en este año se hizo un programa sobre escritores jóvenes?). Como sea, lo cierto es que en el fondo me pareció un programa muy importante y por eso lo grabé. Creo que pudieron verse, siempre dirigidos por lo conductores en sus preguntas, algunos aspectos básicos de interés entre los entrevistados. Por ejemplo el tema, quizás puesto sobre la mesa por Leonardo Cabrera, de la relación entre la juventud y el impulso creativo, los orígenes de un narrador, y por qué se empieza antes con los relatos breves que con la novela. También el tema de los micro-cuentos (tan alentados desde las páginas de la revista La Letra Breve)... Pero algo que me pareció importante y que se rozó apenas fue la relación entre los narradores jóvenes y el mercado; por ahí fue Pedro Peña el que puso un énfasis, algo agregó Rodríguez Laureano y después Cabrera pasó a hablar de "una ética del narrar". Si se quería dar una idea de corte generacional, creo que también los entrevistados con sus respuestas dieron una idea cabal de diferencias precisas, de puntos de partida diversos, de disimilitudes dentro de ciertas supuestas similitudes. Creo que algo de eso se nota cuando hablan de sus relatos favoritos. Va ahora la transcripción de algunos pasajes...
Cabrera: Cuando uno es joven no tiene idea del largo aliento, digamos, ni tampoco un conocimiento y una experiencia de determinadas cosas que exigirían el envase de una novela, que exigirían desenvolverse de otra manera y con otra complejidad. Sin embargo, una idea que puede ser más o menos modesta, o un par de ideas se pueden articular en un cuento que tal vez no ocupe más de diez páginas con un éxito...
Fonticelli: ¿Ninguno de los tres arranca a escribir sin saber para dónde va?
Peña: Yo sí, dos por tres arranco a escribir sin saber adónde voy. Últimamente por ejemplo empecé a escribir una cuestión que tenía que ver más con el realismo y resulta que uno de los personajes, de tanto no saber adónde voy, se me terminó convirtiendo en un hombre-lobo, no sé, de buenas a primeras...
Fonticelli: Abandonando el realismo...
Peña: Sí, claro... Era... una especie de estudiante...
Cabrera: ¡Es un hombre-lobo realista!...
Fonticelli: ¡Ah, bien!...
Peña: Me parece que en determinado momento, si bien me ha pasado de todo, de repente una idea de un final te lleva a elaborar un cuento más logrado donde vos podés divertirte en la escritura. Si no, de lo contrario, sufrís mucho, porque tenés una idea o un personaje o una serie de cuestiones filosóficas que vos querés desarrollar y de repente eso se te trastoca, o va y viene... en el camino leíste algo que te motivó a hacer tal cosa o escuchaste una canción o te pasó algo en la vida cotidiana que influyó en la forma en la que vos estás escribiendo y el que paga el pato es...
Fonticelli: El lector...
Peña: No... y el cuento que estás haciendo...
Fonticelli: Juan, ¿cómo es tu vínculo con eso de escribir un cuento? ¿Sos de armar una idea, sos de arrancar y de ir retocando, cuál es tu camino?
Rodríguez Laureano: Me molestan algunas ideas a veces... La idea está ahí, y llevarla a un cuento, llevarla a un desarrollo es lo más difícil porque a veces ni siquiera tenés el desarrollo... Me pasó con este cuento del "Paco Espícola" [se refiere al cuento "La forma del Infierno", con el que ganó el reciente Primer Premio Paco Espínola de relatos breves], o sea la idea era en una nada de tiempo una secuencia de sufrimientos infernales para cualquier tipo...Escribirlo fue lo más difícil: soportar la idea hasta que estuviese el cuento terminado. Eso fue lo más difícil.
Silva Olazábal: Con respecto al cuento, Pedro Peña decía que él iba escribiendo y que iba cambiando, pero al final,cuando se termina el cuento, ¿ustedes creen la idea de que un cuento apunta a un solo lado, apunta al final como una flecha?
Peña: Bueno, a mí sí me gustaría que apuntara para el lado que yo quiero... El tema es que está el viento, la pericia del arquero, hay una serie de cosas que trastocan el lugar y el objetivo. Cuando tengo un objetivo claro a veces le erro. Hay una serie de cosas que se atraviesan en el medio, como te decía... Pero cuando le das, cuando ves que te quedó y le das al objetivo, empieza una satisfacción muy grande, tanto que te cuesta mucho volver a ese cuento porque no lo querés retocar en un principio, entonces lo que está bueno hacer, lo que yo he aprendido a hacer, un poco conversando con algunos, con Leonardo, por ejemplo, como con algunas otras personas cercanas a mí en el plano literario, es dejar las cosas dormitar un rato y después volver a ellas a ver qué tal, y resulta que después a los dos o tres meses "el gran cuento que llegó al objetivo" se deshace, se deshace un poco. Más si tenemos la constancia de ser autocríticos, que me parece que es lo que el lector se merece.
Cabrera: Yo creo que sí, que el cuento persigue un efecto, por lo menos el cuento como lo concibo yo. El tema es que, por ejemplo, cuando empecé escribiendo cuentos era extremadamente efectista. Perseguía un efecto... aunque la metáfora del box de Cortázar está extremadamente utilizada, la de que el cuento gana por knock-out y la novela te gana por puntos, creo que así, no porque sea muy utlizada y se haya repetido tanto, ha perdido verdad. A mí me pasa que considero que tiene que cumplir un efecto. Porque en ese tiempo la intensidad y el vértigo del cuento es lo que para mí le da la fuerza.Por eso el cuento hay que trabajarlo tanto como si fuera un mecanismo de relojería. El que lee un cuento tiene que decir: "Bueno, pero acá todo tiene que estar en un lugar por algo".
Fonticelli: ¿Un ejemplo de cuento?
Cabrera: "Por un bistec", de Jack London. Es uno de los mejores cuentos que he leído. Yo lo estaba leyendo, me acuerdo, en un verano, una noche en Atlántida, sentado en la playa mientras mis amigos revoloteaban, y yo decía: "No... Que no pierda, por favor... Que no vaya a perder este hombre". Y llega un punto en el que me digo: "Va a perder. Va a perder". Y perdió nomás.
Rodríguez Laureano: Un relato un poco más largo que un cuento: "Bartleby, el escribiente", de Melville... "Bartleby...". El personaje es lo menos efectista posible, es la negación total de las cosas. El cuento termina como un puch, pero la historia de Bartleby es justamente la más perfecta historia del anti-héroe. Todo el cuento es la relación que se establece por la falta de voluntad de Bartleby en sus acciones, en su cabeza y en la ignorancia del otro personaje de lo que le está pasando al tipo que tiene al lado, hacen que el personaje del cuento no sea ninguno de los dos sino la relación establecida, la relación vaga que al final tienen...
Silva Olazábal: Pedro Peña: ¿un cuento?
Peña: ¿Tres cuentos dijeron que se podía decir? (Risas)
Fonticelli: Vamos a ver si lo dejamos...
Peña: Uno es "Luvina", de Rulfo, que me parece un cuento notable... Después, hay un cuento que me impacta siempre que lo leo, que es "La tercera expedición", de Ray Bradbury, incluso me emociona y me hace llorar en algunas partes. Y el otro que siempre me gusta recomendar es "María del Carmen", de Paco Espínola, que ya que estamos en la tierra de Paco, "María del Carmen" es un de esos cuentos perfectos, donde además hay un gran papel del humor metido en toda esa situación morbosa de un casamiento entre una muerta y un pretendiente que la ha dejado embarazada.
Fonticelli: Pedro... Ustedes cuando hacían La Letra Breve, ¿alguna vez recibieron mini cuentos, micro relatos? ¿Qué opinan de ese género?
Peña: Recibimos. Más que nada el que los recibía era Leonardo, que era el que se encargaba de esa parte. Eran a mi entender un gran aporte a la revista. Eran como perlas que nosotros poníamos en el medio de las páginas, sobre todo siguiendo los criterios de edición de Leonardo que tenían que ver con facilitar la lectura de la revista, como una especie de descanso tras el artículo largo o el cuento largo. Sería injusto no mencionar también cuentos que he leído recientemente, inéditos, que salieron en la revista o de gente conectada con la revista. Por ahí hay un cuento que se llama "Matrimonio", de Damián González Bertolino, que es muy bueno y que es un cuento que está inédito, y en la revista no dio el tiempo para publicarlo porque la cerramos antes. Y por ahí otro cuento de un amigo de Leonardo, de Minas... Es un cuento que se llama "El tala de los angelitos", de Leonardo de León.
Cabrera: A mí el micro cuento me gusta mucho. Yo recuerdo que cuando empezamos a sacar micro cuentos en la revista algunas profesoras de literatura de acá los utilizaban en las clases y analizaban los micro cuentos y alentaban a escribirlos y a diferenciar que no era una adivinanza, no era que algo se escondía, era una historia a la que le faltaban partes y que estimulaba y que era más lo que no se decía que lo que se decía.
Rodríguez Laureano: Es difícil la diferencia me parece entre el micro relato y la poesía que hacen algunos relatos. Por ejemplo en Pizarnik. Hay cosas de Pizarnik que me parece mucho de los micro relatos: la presencia de lo ausente. Y eso es quizás la esencia del micro relato. En un micro relatos qué entrarán. ¿Dieciséis palabras, veinte palabras? No mucho más... Con veinte palabras encarar una situación, desarrollarla y terminarla es muy difícil. Entonces lo que me parece es que el micro relato lo que tiene que ser es un paréntesis.
(...)
Silva Olazábal: ¿Cómo ven ustedes el futuro o el presente en este momento en que la industria editorial casi que no publica cuentos?
Peña: Eso tiene que ver con difusión... Yo la verdad que reniego del cuento ahora mismo, quiero escribir una novela, en lo posible que se trate de la dictadura o que tenga que ver con alguna figura histórica del pasado, y voy a ver si me dedico a eso a ver si puedo hacer plata, porque escribir cuentos de ciencia-ficción me parece que en ningún momento me va a dejar. No, en serio... Creo que el ambiente editorial uruguayo casi que es pésimo con el tema de los cuentos. Quisiera pensar que el último libro de Ricardo Prieto es de cuentos. No lo tengo muy claro. El otro día estuvo en la Feria y habló un poco de ese tema. Pero se editan muy pocos. Los escribimos cuentos estamos casi que ninguneados. Hay una literatura que transita por lugares muy comunes. Y bueno, apelamos al morbo y a la figura conocida y escribimos algo como lo de Paco [Casal]. De todas formas, lo que a mí parece plantear es que es difícil, es raro que salgan cuentos, porque se aspira a otra cosa. Los libros más vendidos son de cocina o tienen que ver con esta especie de fenómeno de investigar una personalidad. Los formalistas rusos que hablan de la literariedad como designadora de la obra de arte literaria se arrancarían los pelos.
Rodríguez Laureano: Pensar en el cuento y en la venta masiva, por lo menos acá en Uruguay, es estar un tanto errado. Después buscar sus motivos, te lleva a una conclusión fácil: se edita poco. A todo el mundo cuando llega a una editorial [le dicen]: "No, cuentos no. Pensá mejor en una novela, o pensá mejor en un ensayo. Eso es lo que más se vende". El último libro de Ricardo Prieto es de cuentos... Hay pocos escritores que como Ricardo Prieto se hayan empecinado en editar libros de cuentos, que no son escritores que vendan muchísimo. Pero yo no recuerdo a cuentistas uruguayos que no hayan logrado una venta que no sea por los canales del boca a a boca o la del librero que leyó y que le gustó. Los canales de difusión de los cuentistas están cerrados, o por lo menos no están visibles.
Cabrera: El tema ahí está en la responsabilidad ética del creador, en ese empecinamiento del que hablaba Juan recién. Ese empecinamiento tiene que existir, porque no puede ser que el mercado a mí me marque qué es lo que yo tengo que hacer. Si yo voy a una editorial y me dicen "Escribite una novela", yo les voy a decir: "Yo voy a escribir una novela si me surge". El punto es que yo quiero ser leído por mis lectores. Pero bueno, habrá que seguir contra la pared. Habrá que esperar que surjan otras revistas como la que teníamos nosotros, y que de repente vuelve.
Peña: A ver, vamos a aclarar un tema. Yo soy crítico con el tema literario y con el tema editorial. Pero también no está en que sea una novela de dictadura... La literatura es buena o mala. No hay otra cosa. Así como hay novelas históricas como "¡Bernabé, Bernabé!", que es notable, me imagino que debe haber otras que no lo son tanto. El tema no es atacar el género, sino atacar cuando alguien persigue el éxito después de que uno lo colocó como arquetipo, y cuando aparece una novela histórica que logró un éxito determinado y después viene atrás alguien esperando el éxito y pensando con una mente comercial dice: "Voy a repetir esta fórmula". Eso es lo que yo critico. Yo tengo por ejemplo ahora las memoria de Damiani, una cosa así, después del éxito de Paco... de Paco Casal estoy hablando... Discriminar es muy bueno también, es saber qué es bueno y qué es malo, qué literatura de la dictuadura es muy buena, "El furgón de los locos", se me ocurre, y qué literatura es más advenediza. Ese es el tema.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Anales de la literatura uruguaya (I)

Una temprana imagen de Ronnie "Chelo" Martinelli (Durazno, 1960-2004), entre la halterofilia y la conversión al eto-ecologismo

Con este texto de hoy se da por inaugurada la serie ANALES DE LA LITERATURA URUGUAYA, un esfuerzo a fondo que trae por detrás el otro esfuerzo, el de varios colaboradores de tartatextual todos desparramados por el país y que no se cansan de buscar y de también encontrar lo que se podría llamar "el otro canon", o sea: esos escritores que han quedado desplazados de la historia de nuestra literatura debido a múltiples factores como la política, el centralismo montevideano o la inteligencia. Porque, ¿cuántos verdaderos valores han quedado al costado del camino sin que los lectores comunes y corrientes los conozcan o sin que los profesores de Literatura puedan poner sobre ellos pruebas sorpresas cuando no tienen ganas de dar clases y así poder entrar con sus celulares a salas de chateo porno para aficionados a los perritos pekineses? Autores de los que el "Diccionario de autores uruguayos" no refleja nada y que es un libro que como hemos visto consiste en realidad en dos tomos de color verde, uno que dice "uno" y el otro que dice "dos"; autores de los que los dos tomos de "Literatura uruguaya contemporánea", dirigidos por Raviolo y Rocca tampoco
dicen nada, porque la colección menciona autores que eran deudores del BPS; autores de los que tampoco dice nada la última edición del "Diccionario de la cultura uruguaya", de Miguel Ángel Campodónico, que es un libro con una tapa espantosa. ¡Sí! ¡Atención estudiantes y amantes de la literatura en general, atención profesores de literatura y empleados del Banco República que escriben después de las cinco de la tarde! Porque ahora llega la Historia de la Literatura Uruguaya a la que nadie le había dado bolilla, y no sólo en la Dictadura... Llegan los ANALES DE LA LITERATURA URUGUAYA, porque no hay mejor literatura que una literatura bastante abierta...


Vida y muerte de Ronnie "Chelo" Martinelli (Durazno, 1960-2004)

"Porque la gente se muere...",
Juan José Morosoli (en una carta a Santiago Dosetti)

Conocido en sus inicios como el "Mario Barakus pelado" de la poesía del sur del Río Negro, Ronnie "Chelo" Martinelli, de padre genovés y de madre judío-polaca hija de etíopes, destacó ya prontamente antes de salir del liceo por dos motivos: el primero fue la publicación de su primer libro de sonetos, titulado: "La pluma, por ser pluma, no es menos pesada ni menos dura; al contrario: es bastante dura", libro que le valió de inmediato el premio de la Asociación de Escritores del Interior al título que repetía más palabras. El segundo motivo de su notoriedad en sus años mozos fue la formidable paliza que le impuso a su profesora de Derecho de 6to año cuando la escuchó decir que Martin Luther King era un "negro mafia y bufarrón", cuestión que se aclaró luego, cuando desde el hospital la profesora, con todas las costillas, menos tres, fisuradas, envió un fax a la dirección liceal aclarando que había dicho en realidad "Don King" y no "Martin Luther King". Todo esto llevó a que un equipo multidisciplinario del Liceo Departamental de Durazno sometiera a Ronnie a diversos estudios, de los que quedó en claro que el joven poeta en realidad sufría de sordera completa en el oído izquierdo, cosa que aclaraba por ejemplo el hecho de por qué Ronnie no entendía nada cuando se sentaba contra la pared derecha del salón, además de su completa negación para la rima asonante. Completamente abatido, en su segundo libro de poemas, "Soy negro, y me la banco de hasta con cuatro", deja un verso memorable sobre este período de su vida: "Adiós oído, adiós a mí, adiós al jazz / Pero me queda, no obstante, / la dicha / de no ser disléxico". Sin embargo, la carrera poética de Ronnie "Chelo" Martinelli, si bien meteórica, se detuvo en ese período, cuando, dicho sea de paso, conoció la halterofilia, que le cambió la vida para siempre. Los años '80 lo vieron compitiendo a nivel nacional, batiendo récords por todas partes y representando al país en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en el año 1984, justamente cuando tiene el famoso accidente que ya lo hará volver a la poesía y los cambios de visión creativa que ya se conocen y se estudian a fondo, por ejemplo, en la "Sociedad Martinelli de Durazno", dirigida por el Coronel (R) Egidio Sasmundi. Famosa fue la noche en que compitiendo por un pasaje a la semi-final de 560 kilos, a Ronnie se le resbalan las pesas y sufre la caída de las mismas sobre su pie derecho. El dolor de la fractura es tan grande que en ese mismo instante, antes de que lo trasladaran al Hospital de Los Ángeles, el deportista y sonetista pierde el conocimiento y tiene una visión que le va a cambiar la vida, pues en medio de una nebulosa de color rosado que salía de un boliche funk de una calle de New York, se encuentra con Rodolfo Tálice, que le encomienda la misión de salvar a los jóvenes y al mundo a través de su poesía. Una vez recuperado y vuelto a su país, Ronnie publica ininterrumpidamente, ya habiendo abandonado la práctica activa de la halterofilia, una serie de libros entre lo místico y lo eto-ecologista, en consonancia con los libros que Tálice iba sacando por esos años. El culto naciente a la Naturaleza tuvo muchas repercusiones nuevas en su vida, como por ejemplo irse a vivir a un bosque nativo luego del resonado escándalo en el que una prostituta en un pasquín duraznense lo acusaba de tener los testículos "chiquitos y arrugados como nueces" luego de un presunto abuso con hormonas durante casi una década; así como su adaptación libre y teatral de "Hojas de hierba", de Walt Whitman, en la que Ronnie recitaba su traducción libre de los versos de "Canto a mí mismo" mientras en escena la mitad más uno de los ediles de la Junta Departamental se fumaban un porro de 62 kilos armado para la ocasión. De ahí nace la pronta y fructífera relación entre Ronnie y el actual intendente de Durazno: Vidalín. Y es de Ronnie justamente la idea de crear el Pilsen Rock, para que los jóvenes de todo el país recorrieran la verde patria en procura de la música. Ignacio Fernández de Palleja, cubriendo el primero de estos festivales (casualmente el único que llegó a ver Ronnie en vida) para la revista ISCARIOTE de Maldonado, llegó a entrevistar al poeta: "¿Cree que el rock y la poesía todavía pueden hacer una mezcla tan potente como la de hace cuarenta años?", preguntaba Fernández de Palleja; a lo que Ronnie contestaba: "Mirá, pelado, no te me hagás el loco porque te levanto para arriba". Lamentablemente Ronnie no vivió muchas horas más, ya que un inadaptado que había llegado de Montevideo, luego de vaciarse un litro entero de cerveza de un trago, arroja la botella hacia atrás; botella que entra de una en la jeta de Ronnie, que se disponía en ese preciso instante a recitar uno de sus últimos sonetos del libro "Ehhh... Todo bien...", un soneto que en definitiva terminaría siendo musicalizado por No te va gustar en su disco homenaje. El pico de la botella al final se incrusta a través de la garganta del poeta en la columna vertebral. Ronnie "Chelo" Martinelli muere luego de agonizar algunos minutos. Al morir va directamente al Infierno, donde justo se estaba armando un partido de fútbol para probar un nuevo modelo de pelota con la forma de la cabeza de Eduardo Galeano. Pero Ronnie tiene la mala suerte de pararse en el área rival y hacerle sin querer un gol de cabeza por los caños al demonio que atajaba para el cuadro del Tercer Círculo, que era nada menos que el hijo preferido del Diablo, hijo que había tenido con Delmira Agustini. La humillación del hijo es tan grande que le pide al padre que haga algo. Entonces el Diablo devuelve a Ronnie a la Tierra, reencarnado en un profesor de taller literario de Minas, taller literario que era sólo para maestras jubiladas y que pesaran más de 160 kilos.

martes, 16 de octubre de 2007

Querido Damián...

No me queda otra que compartir con mis lectores de tartatextual la profunda emoción que me causó leer esta mañana una carta que me fue dirigida desde Barracas, Buenos Aires, y que el cartero depositó gentilmente en mi portón para que después la perra de mi hermana se la masticara y la dejara hecha una albóndiga al lado de un cantero. Pero en fin... La emoción está más cerca del lado de quien me escribiera la carta, nadie más ni nadie menos que el prestigioso musicólogo argentino Peter Capusotto, cronista del rock más allá del Río de la Plata y analista eximio de la lírica enchufada a 220 vatios. Es importante que yo transcriba la carta para que se entienda la misión que me toca cumplir de un tiempo a esta parte y que los lectores de este blog conocerán bajo el nombre (o la etiqueta) de "ANALES DE LA LITERATURA URUGUAYA". Dice así...

Querido Damián:

Querido Damián, ¡oh, sí!, veo y leo que estás muy ocupado con tus clases y tus cosas de escribir de a uno, de a dos y de aquí para allá para este o aquel, ocupado leyendo cosas que te parecen a veces una pelotudez total... ¡Oh, sí! Lo veo... ¿Cómo no lo voy a ver si saturás tu precioso blog con esas boludeces? Antes que nada quiero pedirte disculpas por no poder enviarte un mail y sí esta carta más tradicional, pero escrita en papel de maní y con tinta violeta. El motivo de esta (la carta) no es otro que decirte que he encontrado con algunos de mis colaboradores un rastro de hechos interesantes de escritores uruguayos que darían para una investigación más extensa que por obvias razones yo no puedo hacer. Estas razones son que, como lo sabés, el programa en canal 7 (de acá) me lleva mucho tiempo, y la otra razón: que de la literatura uruguaya no entiendo una mierda... Por lo tanto desearía mucho que te dedicaras a eso y me tuvieras al tanto de lo que hacés.
Ahora me despido excusándome con dos razones, la primera es que tengo que terminar de escribir la carta, y la segunda es que en este café donde estoy sentado a una mesa escribiéndote puedo ver salir del baño al vocalista de Miranda, que tiene el cierre de la bragueta trancado en medio del pirulín, y que grita "Miren, miren, no me duele, no me pasa nada..."; lo cual, como bien sabemos, es verdad.
Un fuerte abrazo.
Tuyo... Peter Capusotto.


jueves, 11 de octubre de 2007

El payaso tendrá su día (El código Cacho)

¡Sí, señores!... Los lectores de tartatextual lo eligieron como el individuo con el perfil ideal como para poder dirigir nuestro país en el próximo lustro. Se trata nada más y nada menos que de Pelusita, el famoso payaso de Cacho Bochinche, quien se llevó el 41 % de los votos contra el 25 % de su más cercano perseguidor, el performer tropical Gerardo Nieto. Un verdadero payaso será el que se encargue del Uruguay en lo venidero, o así parece que lo quieren decir nuestros lectores... Porque si se analiza de cerca la opción de voto, se descubrirá a poco que al elegir a Pelusita, los tartatextualeros, sin duda dignatarios de una o varias generaciones que se deleitaron de niños con las mañanas sabatinas de canal 12, están reconociendo indirectamente la mano de alguien que calladamente, sábado a sábado, ha ido urdiendo un plan para gobernar el país de aquí en más... Ese alguien es... Es... (redoblantes)... ¡¡¡¡CACHO DE LA CRUZ!!!!... Sí, el mismo que le pagaba el sueldo a Pelusita, el mismo que los domingos en El Show del Mediodía se escondía bajo el disfraz de Chichita en la versión vernácula de Mirtha Legrand. Aceptémoslo. Ya nada pueden hacer Sanguinetti, Batlle o Bordaberry para salvar al Partido Colorado y conseguir 56 votos más... Ya nada puede hacer el Herrerismo; ni Lacalle, ni Heber, ni Gallinal, ni aun la imberbe pericia de Federico Casaretto harán que el Partido Nacional llegue al Gobierno. Ya nada podrá hacer que el Frente Amplio sienta el gusto de un nuevo lustro al mando... Bye, bye Mujica... Nin Novoa, que acarició la Presidencia de oficio cuando viajaba el Dr. Vázquez, ya no será Presidente realmente elegido si es candidato en 2009... No... el terrible sino de Cacho de la Cruz se cierne como una nube aceitosa sobre el territorio nacional. Y no es para menos, porque hubiera sido una lástima que ese verdadero "masterplan" que arrancó con las primeras transmisiones de Cacho Bochinche allá por inicios de los '70, sufra un revés idiota. De aquí en más, por espacio de algunas décadas, por ejemplo, Chávez tendrá un camarada a su altura en Cacho de la Cruz... ¡JA JA JA JA JA! ¡Y pensar que los ingenuos lectores de tartatextual pensaban que votaban a Pelusita, el payaso!... ¡JA JA JA JA JA JA!...
Ahora, las claves de este ascenso inminente...

a) El factor golero de Cacho Bochinche

Lo que le aconteció a la selección uruguaya de fútbol en la pasada Copa América de Venezuela, precisamente en el partido contra Brasil por semifinales, ratifica algo que viene de largo tiempo: no podemos embocarla más de dos veces seguidas en una definición desde el punto penal. ¿Culpables?... Bueno, no se busque a los culpables en los jugadores, los técnicos o los formadores de inferiores... El culpable es Cacho de la Cruz. Las estadísticas revelan que tanto la selección como los clubes uruguayos en partidos internacionales han ganado el 17, 56 % de los encuentros en que han ido a penales. La curva descendente de la gráfica que muestra la acentuación de las derrotas se percibe notoriamente sobre comienzos de los años '90. Es lógico. Si se hace un mínimo de memoria se recordará que la última victoria importante por penales es del año '88 (Nacional ante el PSV Eindhoven, en Tokyo). ¿Por qué no ganamos casi partidos por penales desde esa fecha?... Porque los jugadores que los disputaban, de promedio de edad de 24 años y algunos meses, estuvieron formados en el ideal de pegarle al golero antes de meter el gol, propio del famoso juego de Cacho Bochinche, donde, sábado a sábado, como recordarán los lectores, no había que hacer el gol, sino tratar de descabezar de un puntazo al macaco con la pelota Cubilla, esa pelota cuyo eslogan decía: "Para hacer goles de maravilla"... Una maravilla era que alguno de los pibes algún sábado no reventara alguno de los focos del estudio de canal 12. Sin duda, la audacia de Cacho de la Cruz es superlativa. Demostró que caló hondo en el inconsciente colectivo de los chicos que miraban su programa infantil allá por la década del '80, y la cosa seigue... No es más que el primer paso de un plan que tiene como objetivo arrastrar y poner bajo el fango la seguridad añeja de nuestros pobladores, con el fin de que, conociendo lo más bajo, los uruguayos estén preparados para la recompensa, el día en que Cacho de la Cruz cabalgue por los cielos junto con los otros tres jinetes, soplando su trombón y llamando al pueblo al inicio de una nueva era. (Los otros tres jinetes son Laura, Fermín, el de los títeres, y, por supuesto, Pelusita).

b) El factor Ultratón

Verdadero superyó de los nuevos uruguayos, Ultratón, quien venía de la inmensidad del espacio exterior, es el elemento represor de los vestigios infantiloides de este pueblo que deberá madurar, le guste o no le guste.

c) El factor Laura

Miremos nuestro entorno. ¿Qué mujer no se parece ya a Laura? Verdadero arquetipo de la nuova donna, esta madonna que apila nota tras nota los fines de semana, es el perfecto ejemplo de la construcción de la Belleza. Nuestras madres, nuestras hermanas, primas y novias saben de lo que hablamos. Llegará el día en que todas las uruguayas luzcan como si hubieran nacido en Gotebörg o Upsala y vayan al spa y saquen sus propios discos de karaoke.

d) El factor Pelusita (por supuesto...)

Especie de Krusty avant-la-léttre, es, en última instancia uno de los elementos más solemnes del programa, el que demuestra que tras la terrible capa de pintura, algo más serio se cierne sobre el individuo. Bienaventurados de aquellos que puedan trascender los colores del cutis de Pelusita, porque aquellos verán la verdadera cara, y serán salvos.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Centenario de Álvaro Figueredo (wordsworthian journey)


"A Life, a Presence like the Air,
Scattering thy gladness without care"
William Wordsworth (The green linnet)

Digamos que era el mediodía de un brillante lunes de octubre.
Yo salía del liceo cuando recibí un mensaje de texto de Valentín. Estaba en Maldonado y me decía que había arreglado su bicicleta. Eso quería decir, tácitamente, cumplir una promesa.
Lo encontré unos veinte minutos después en la casa de sus padres, y de inmediato salimos en las bicis hacia Rincón de Olivera.
Se cumplen cien años del nacimiento del poeta Álvaro Figueredo. Con Valentín, desde hacía un buen tiempo, estaba la idea de hacer una especie de peregrinación hacia alguno de los sitios que representaran al poeta. El elegido fue Rincón de Olivera, un paraje rural atorado entre el mar y la ruta Interbalnearia, a unos diez o quince kilómetros de Pirápolis. Figueredo frecuentaba Rincón de Olivera en los veranos.
¿Cómo restarle fanatizante ingenuidad al acto que queríamos llevar a cabo?... Simplemente diciendo que se trataba ni más ni menos que de dos amigos que salieron a andar en bicicleta un día de sol, con el viento este a favor, yendo hacia el corazón del día y buscando en él lo que cada uno, pretextando, y no tanto, el nombre de un poeta y la tan venerada Naturaleza, buscaba: llegar a pensamientos para uno mismo, para uno mismo pero en el acompañamiento con el otro.
A Valentín la rueda trasera se le pinchó unos kilómetros después de pasar el aeropuerto de Laguna del Sauce. Tenía que suceder. No nos importó mucho. Tenía que suceder porque si no el viaje no era "viaje". Pinchada, igual daba lo suyo.
La Naturaleza no es un frasco cuya tapa uno pueda desenroscar para que salga una sensación de bienestar acompañada de olores, como en las publicidades de suavizantes de ropa en la televisión. Destapar la Naturaleza, encontrar el doblez, ese resquicio por el que se llega a determinados signos ocultos, intransmisibles y que nos colman de perplejidad eléctrica, es otra cosa. Saber, como decía Percy Shelley, que en determinado punto las cosas familiares pasan a ser como si no fueran familiares. ¿Quién dice que puede hacerlo cuando quiera? ¿Quién lo ha hecho completamente? Acaso si a veces nos podemos contentar en la placidez de un aire fresco, con un perfume o con la acritud de la bosta fresca que eleva su sopor; acaso si a veces el tacto se revela en el pelaje trémulo, acaso si la vista descubre el peso del arco del cielo y todas las cosas debajo se reúnen y dicen una sola cosa emparejándose. Pero, ¿qué es que el signo del día caiga sobre uno como una estrella dirigida? ¿Qué es ver el otro rostro, el alma inquieta del mundo visitándonos? Me pregunto qué buscábamos mientras hacíamos crujir por kilómetros el pedregullo caliente, dejando atrás una cinta naranja y quebrada, un camino que quizás no volvamos a transitar. ¿Pensar a Figueredo una mañana cualquiera de inicios de los '50, yendo hacia el mar, mirando los caballos paciendo y descansando la vista en esos árboles que llevan décadas y décadas siendo la fuerza de un tallo, una fuerza misteriosa que los lleva arriba para qué? Quizás muy pocas, realmente muy pocas cosas hayan cambiado en el paisaje que Figueredo vio y que nosotros vimos el lunes. Algunas construcciones nuevas y suntuosas, montes que han aparecido y desaparecido contra los cerros, un pequeñito barrio cuyas casas son vagones de tren emplazados sobre fragmentos de vías (una visión casi del sur norteamericano; y nadie en la vuelta, las casas con índices de vida, pero cerradas, como recién abandonadas)...
Tuvo que haber sucedido en un instante de esos, tuvo que haber sucedido. Éramos tres. Y lo sabíamos. Pero ninguno lo decía. Éramos tres y también ya no éramos ninguno; y entonces el aire se balanceó una vez más y dejó caer como monedas pesadas los signos nuevos sobre los pechos.

NATURALEZA
"Vi también la pezuña el ceniciento / antidiós de pie hendido / hollaba el aire / la memoria su página el absorto / color hollaba hollábase / terrible y no y él solo / era tan dulce y más / que lo pensado y que / lo creído y que la / puerta en su ahí vi el rastro / vi el ojo de la bestia / mirándome vi el hueso / con las alas plegadas / pero no vi la burla caminando / desatinadamente vi lo puro / lo vi lo vi sin perdición lo puro / vi lo que siempre y antes / vi pero vi / Dios hizo la pezuña / la puerta y todavía..."
Álvaro Figueredo (del libro "Mundo a la vez")