lunes, 28 de junio de 2010

Con la Voluntad no se juega


UN PULPO "VIDENTE" SE INCLINÓ POR ALEMANIA

Berlín (AP). - Un pulpo de dos años con poderes de "adivino" predijo que Alemania eliminará a Inglaterra en el choque de mañana. Tanja Munzig, vocera del acuario berlinés Sea Life, explicó que Paul (tal su nombre) escogió un mejillón del vaso que tenía la bandera germana por sobre el que llevaba la inglesa. Créase o no, el molusco ya predijo los éxitos alemanes ante Australia y Ghana, y la derrota frente a Serbia.


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Las cosas ya no son lo que solían ser... O al menos no como lo fueron una vez, una vez sola.
La noche anterior al partido entre Inglaterra y Alemania me puse a leer algo sobre lo que era de la vida de Huster, uno de esos típicos casos de jugadores que irrumpen en un Mundial contra todos los pronósticos, saltando del banco de suplentes para revelar una personalidad sorprendente donde otros estaban llamados a hacer las grandes cosas. Y así fue. Huster saltó a la cancha en la selección de Inglaterra en 1966 y, entre otros goles, anotó el tanto con el que Inglaterra se aventajó a Alemania en el alargue de la final, el recordado gol que no fue gol, porque la pelota pegó en el travesaño, bajó contra la línea y regresó a la cancha. Pero como el línea lo validó, y como esto es lo que tiene el fútbol, terminó siendo gol. Con la Segunda Guerra Mundial terminada en la vuelta de esquina anterior, un hecho así se cargó de un sentido insoslayable.
Un poco por eso me dio gracia escuchar "I should have know better", de los Beatles, cuando anunciaron la formación de Inglaterra ante Alemania en Radio Oriental, de Montevideo, y mucho más ver después en el compacto de la noche que Mick Jagger estuvo presente en el palco entonando "God save the Queen", minutos antes del comienzo del partido. Había que ver las arrugas de la cara de Jagger para leer allí lo que fue, lo que pudo haber sido y, sin ningún lugar a dudas, lo que nunca más va a ser. El esplendor de una Inglaterra irrecuperable. La Reina aún bien entrada en carnes saludando a los jugadores y entregándole la copa Jules Rimet a Bobby Moore, los Beatles grabando "Revolver", la sonrisa socarrona de Winston Churchill presente en la conciencia de todos como la del mismísimo Gato de Cheshire, un misterio fugaz como el de una pelota apareciendo y desapareciendo. El gol de Huster fue el momento culminante de la múltiple perspectiva lunática que uno puede hallar en un diálogo de "Alicia en el país de la maravillas". Los alemanes se metieron a jugar al fútbol en un jardín inglés y quedaron patas arriba.
Pero el mundo ha cambiado. Por eso quedaron un poco anacrónicas algunas comparaciones históricas antes del partido hechas por algún que otro periodista deportivo trasnochado con el deseo fijo en la cabeza de dar un par de materias de Ciencias Sociales. Es más, si Churchill llegaba a ver lo que fue la paliza por 4 a 1 de Alemania a Inglaterra, seguro que la sonrisa socarrona se transformaba en la expresión de la constipación más dolorosa. Y qué decir de esta selección germana en la que, sin llegar a mencionar que hay un africano y un turco, los dos delanteros son polacos; es decir, una pesadilla común y corriente de Hitler.
Y, sin embargo, hay cosas que no parecen modificarse. Como la voluntad. O la Voluntad, con mayúscula.
Recordemos. Pese a las dudas antes del partido, Alemania, con un juego práctico, que parece engañosamente sencillo, de manual de principiante, logra ponerse encima por 2 a 0. Hay que ver el primer gol, de Miroslav Klose, por ejemplo. La defensa de Inglaterra hace todo mal. Saca Neuer, el arquero teutón, y la pelota pica una vez casi a las puertas del área inglesa. Klose seguido de un par de defensores sigue el curso de la pelota aguardando el segundo pique, y cuando este se produce en el área inglesa, James, la calamidad de arquero inglés, sale a destiempo y no logra impedir el gol. Ayudados por las diversas cámaras lentas de la televisación de este Mundial, podemos apreciar con un detallismo épico la embestida de Klose. Nada podía impedir que ese fuera su gol. Y, aún así, la Voluntad no sólo es eso.
Hay que aguardar a que Inglaterra se ponga 2 a 1 y atropelle en busca del empate con más de orgullo herido que de claridad. A unos pocos minutos del final del primer tiempo Lampard saca un disparo desde afuera del área. La pelota da en el travesaño, pica dentro del arco y luego se aleja otra vez hacia el interior de la cancha. Lampard comienza a gritar el gol, pero ni Larrionda, el árbitro uruguayo, ni Espinosa, el línea de ese sector, validan el gol. Los jugadores alemanes tuvieron un gran mérito: seguir jugando como si nada hubiera sucedido, como si dentro de su información genética estuviera ya registrada esa secuencia y supieran lo que hacer en consecuencia. Lampard observa entonces la repetición en la pantalla gigante y no puede dar crédito a lo que ve. Le han negado a Inglaterra el empate que de forma más que lícita había obtenido. Como decimos en el barrio: "Hoy por ti, mañana por mí".
En el segundo tiempo a Alemania le bastaron cinco minutos para ampliar la diferencia con dos goles de Mueller. Pero dos goles en los que el peso de la decisión, la conciencia del grupo y del ideal fue tan aplastante, que poco más podía hacer Inglaterra sino aguantar los embates de la marea aferrándose al madero carcomido de su propia improvisación en defensa. Como ocurrió con el tercer gol, que nació en un tiro libre de riesgo a favor de Inglaterra. La pelota da en la barrera y comienza el contragolpe alemán. La frialdad con la que Özil lleva la pelota por la izquierda lo hace casi todo. Sólo corre y observa al otro sector del campo esperando por la subida de Mueller. Después la pelota al medio y gol. Esa frialdad de daga tallada en algún lugar esquivo del próximo Oriente ilustra mucho de lo que tiene para ofrecer esta selección alemana de la que se tenían algunos reparos cuando cayó derrotada ante Serbia. Hay una convicción en cada uno de esos sencillos y pequeños movimientos que mete miedo. Algo como el destino golpeando para que lo atiendan.

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UN PULPO DE ACUARIO ALEMÁN VATICINA LA DERROTA DE ARGENTINA EN CUARTOS

OBERHAUSEN, Alemania (AFP) - Paul, el pulpo del acuario de Oberhausen (oeste de Alemania) célebre por sus aciertos en las predicciones de los resultados del Mundial, dio este martes a Alemania como vencedor en el duelo de cuartos ante Argentina, previsto para el sábado.
Según un ritual bien establecido, dos cajas con los colores de los dos equipos fueron situadas en el fondo del acuario y Paul se dirigió de nuevo a la negra, roja y amarilla, dejando de lado a la azul y blanca de los sudamericanos.
El 'pitoniso' de los tentáculos mantiene hasta el momento un pleno de aciertos, incluyendo la caída inglesa en octavos... aunque él nació en Gran Bretaña.

Maradona: partes I, II y III


Luego de una primera fase prácticamente de paseo (1 a 0 a Nigeria; 4 a 1 a Corea del Sur; 2 a 0 a Grecia) parecía que en su partido de octavos de final Argentina iba a encontrar en México al primer rival que iba a salir a atacarlo. El día anterior, en una nota aparecida en La Nación, de Buenos Aires, el periodista Christian Leblebidjian sostenía: "Es lógico que el hincha esté entusiasmado y se contagie con las posibilidades del equipo, pero hay un ítem con puntos suspensivos: el funcionamiento defensivo. ¿Por qué? Simplemente porque todavía no la (sic) atacaron (...) Pero aun llegando poco, Nigeria, Corea y Grecia, con simples avisos, desnudaron sus falencias en el retroceso." Era así. Lo que valía para Alemania y para Brasil, valía también para la selección de Diego Armando Maradona.
Al principio del partido, pareció que México iba a proponerle un partido de cierta exigencia a Argentina. Es que México probablemente tenga un funcionamiento de conjunto algo superior al de Argentina, y eso desorientó a la albiceleste. El desarrollo del juego de la selección de Maradona está basado nada más que en hacerle llegar la pelota a ese triángulo mortal conformado por Messi, Tévez e Higuaín. Y con eso mismo, haciéndolo más o menos bien, a la Argentina le alcanzó y le sobró.
Algunas horas después, observando con un amigo las jugadas más destacadas que pasaban en la televisión, sacamos la conclusión de que debe de haber algún tipo de misterio alquímico en estos partidos de Argentina. O bien los equipos contra los que ha jugado son poca cosa, o bien, con el solo rendimiento de su ataque, transforma a los rivales en poca cosa. Lo cierto es que Argentina le ganó 3 a 1 a México casi sin despeinarse. Y aunque encontró en una jugada de off-side notorio de Carlos Tévez el primer gol, en un momento más o menos parejo, nunca se sintió que el equipo estuviera con el agua al cuello. Los ataques mexicanos en su mayoría fueron sólo intentos desde media distancia de Salcido o de Guardado, sobrecargados de intención, pero nada más que eso, como quien se conforma tirando besos desde lejos porque no puede acercarse a besar.
Ahora que su selección está entre las ocho mejores del Mundial y se enfrenta en unos días con Alemania, que sí la va a atacar, para todos los argentinos Maradona se ha anunciado. Maradona parece estar por regresar y manifestarse incluso dentro del mismo campo de juego.
Si Maradona es Dios, o digamos más bien el Padre, el designio arbitrario e indescifrable, Tévez es ahora el Hijo. Tévez es la encarnación más terrenal de ese Padre terrible, el Hijo dilecto que se sacude en el mundo pecaminoso y se siente a gusto en él. En cambio Messi es, a todas luces, el Espíritu Santo. Es esa presencia alejada del ruido mundanal, que con la etérea liviandad del vuelo de una paloma pasa por donde nadie pasa.
O de forma más deportiva... Maradona ha vuelto, pero en dos partes. Messi es la abstracción técnica más pura, lo inatrapable. Tévez es la villa, el potrero, la picardía, lo comprobable. No es raro que en el primer gol contra México cada uno haya representado su parte. Luego de que la pelota rebota en el arquero, Messi se eleva, se suspende un segundo y la toca con la cara interna de su pie izquierdo hacia el arco casi desprotegido. Entonces Tévez, en ese evidente off-side que todos vieron, la desvía apenas un poco de cabeza y la manda al fondo del arco. Los defensores mexicanos que retrocedían recién se pusieron en su línea en el instante del cabezazo. Algo debe haber intuido Tévez cuando observa hacia el otro lado para saber si el línea ha levantado el banderín. Pero el línea no hace nada. Tévez corre hacia el sector opuesto y se queda arrodillado, mordiendo su camiseta en la parte del escudo de la AFA. Sus compañeros corren hacía allí. Llega Messi. Se abrazan... Maradona sacude sus brazos y grita, grita por Argentina. Tévez corre ahora hacia él. Se abrazan. La figura se ha completado.

sábado, 26 de junio de 2010

Querido Cristiano Ronaldo:


Querido Cristiano Ronaldo:

Te voy a decir un par de cosas y no te las tomes a mal, ¿eh?... Porque, la verdad sea dicha, ya estuvo bueno, ¿no?... Ya está. Ya entendimos todos que eres un gran jugador, que puedes hacer el 99% de todas las variedades de taquitos. Ya sabemos que que sabes bajar una pelota que viene con la velocidad de un cometa, ya hemos visto tus bicicletitas, lo fuerte que le pegas a la pelota, las novias que tienes, todas esas cosas. Está bien. Hagamos un pacto. A partir de hoy haré de cuenta de que estás predestinado en serio, pero en serio, ¿eh?, a hacer algo grande por el fútbol mundial. Pero no me hagas más lo mismo de hoy, cuando salí corriendo del trabajo para ver el segundo tiempo contra Brasil y me encuentro con que cada vez que te enfocaban estabas protestando como una magdalena porque Lucio o Juan o el que fuera te había rozado y te obligaba a dejar una estela involuntaria del perfume de tu gel en el aire africano. Está bien, puedes dejar el rastro del perfume donde quieras y no donde te obliguen. Pero qué esperabas de los defensas de Brasil... ¿Que te prestaran a la hermana? ¿Que te mandaran una tarjeta por un agente para sacar consulta contigo? Entérate de esto: si ellos hubieran podido, de ser el fútbol la realización real, bien real, de los deseos, te habrían puesto una buena patada en tu culito modelado y hubieras terminado en medio de una de las tribunas atragantado con una vuvuzela y pronto para retirarte del fútbol y dar clases por señas a niños de siete años fascinados por aprender a pasar la pelota a la salida de la escuela en una tarde de fines de mayo en Lisboa. No, no son tipos amigables los defensas de Brasil. En realidad, tengo para mí que no quisieran ser ellos mismos a menos que lleguen a la final y se les termine el suplicio y levanten la Copa y se vuelvan a su casa con sus mujeres (de tenerlas) y sus hijos (de tenerlos con sus mujeres). Ellos son los primeros detractores del "jogo bonito". Una taradez que se manden y listo, el "jogo bonito" no sirve para nada, pasó a ser algo como un chiste de Lula que nadie entiende. Así que no vas a venir tú a amargarles la existencia con esas fintas y esos requiebros de caderas. Lo que tienes que hacer es solamente tomar esa pelotita y avanzar contra ellos y pasársela por la cara. Usa ese precioso cuello de becerro de oro que tienes y embiste contra ellos con toda tu fuerza, y no lo gastes girándolo para un lado y para otro como un periscopio salido de las profundidades de tu charco de Narciso, buscando la pantalla gigante en la que pasan tus primeros planos y tus piruetas en el aire o tu cara de póker o tu sonrisa de tapa de revista "¡Hola!".
Así que hazme el bien, muchacho, y haz alguna cosa por la vida contra España y tápame la boca con un gol, con una jugada, con algo que, aunque nadie lo recuerde ni a nadie se le ocurra presentarlo en la Bienal de Arte de Venecia, sirva para algo.

Atentamente...

Un amante del fútbol con caspa

viernes, 25 de junio de 2010

1 a 0 a México o ¡Bienvenidos a "Laputa"!


1:Este país está en el aire

Parece mentira. Parece un sueño. Parece una broma.
Minutos después de que termine el partido entre Uruguay y México, el relator observa la imagen de la tabla de posiciones del grupo A y pide que no lo pellizquen, que no lo sacudan si esto es un sueño. No quiere despertar. Quiere seguir contemplando la crudeza de las cifras que tiene enfrente. Uruguay 7 - México 4 - Sudáfrica 4 - Francia 1... Uruguay acaba de ganarle a México 1 a 0 su último partido por el grupo A, que se ha adjudicado, y espera al segundo del grupo B. Antes del Mundial, cualquiera, y no por pájaro de mal agüero, podía calcular que Uruguay andando bien salía segundo y, medio resignadamente, esperaba por Argentina (primera del grupo B, como resultó ser) en octavos de final, y que fuera lo que Dios quisiera.
Eso fue el martes, al mediodía. En los días siguientes nadie ha hablado de nada más en este país. Nadie ha hablado del Presidente. Nadie ha dicho mucho sobre el levantamiento del corte de Gualeguaychú. No se le da mucha importancia a la suba de precios de algunos artículos, a los hechos de violencia. Y seamos sinceros: ¡ni siquiera al fútbol! Es decir, el fútbol es un tema delicadísimo. Mejor no hablar de él que hablar mal. Mejor no hablar de la selección que hablar con apresuramiento y "secar su suerte". Este país está en el aire. El efecto es muy similar a haber saltado y de repente notar que uno ha quedado suspendido en el aire. Todo es demasiado delicado. Mejor respirar lo menos posible. Mejor no tener ningún pensamiento excedido. Estamos todos suspendidos en el aire. Miramos alrededor y vemos lo magnífico que es, pero nadie se anima a gritárselo al vecino. Calma.
La empleada de la biblioteca municipal que me atiende desde que tengo 15 años me dice siente un poco de pena por los jóvenes... Tiene entre 50 y 60 años, probablemente esté por jubilarse en un tiempo, y te da los libros como si fuera una buena abuela. Se asombra de que sea la cuarta vez que renuevo el préstamo de la novela. "No me digas que estás con todo esto del fútbol... ¿Viste qué bien que estamos jugando?"... Por supuesto, le respondo... He leído menos, he escrito sobre todo acerca del Mundial y he mirado un promedio de dos horas de fútbol por día, la cantidad de horas que suelo usar para leer. La mujer me habla de los festejos en San Carlos el día martes a la tarde. Pero tiene miedo. Tiene miedo de que los jóvenes se entusiasmen demasiado y se frustren con una derrota de Uruguay. Mejor no festejar nada por el momento: esa es su conclusión. Hacemos un par de chistes (malos) sobre Corea del Sur y nos despedimos. Regreso a casa y dejo la novela sobre la mesa del living. "Hasta otro momento, novela, ahora tengo que escuchar en la radio el partido entre Holanda y Camerún".
Pero sigo con algo de los libros en la cabeza. Esta idea del país en el aire, de todos abombados por un sentimiento demasiado placentero como para distraerse, no me parece original. Busco, busco, busco... Y claro, llego a "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift. En la tercera parte de esta novela el capitán Gulliver llega a una isla flotante, un país pequeño llamado Laputa (así en su original en inglés). Esto parece broma, también. Me acuerdo de mi padre hablándome por teléfono "¡La puta! ¡Qué partido hizo Uruguay!". Me acuerdo también de un amigo comentándome el balinazo de Guardado que pudo haber sido gol de México antes del gol de Suárez: "¡La puta! ¡Qué guascazo que sacó el mexicano!". Etcétera, etcétera. Pero prestémosle un poco de atención a la descripción que el capitán Gulliver hace de los habitantes de Laputa apenas llega: "Al parecer, las mentes de esta gente están tan absortas en intensas especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar lo que dicen los demás a menos que los despierten mediante algún contacto exterior sobre los órganos del habla y del oído"

2: La comprobación... El peso de la sangre...

Lo que se pensaba que era difícil sucedió. Uruguay confirmó contra México su brillante partido ante Sudáfrica. Controló a un rival quizás superior al conjunto africano. Se defendió muy bien y esperó hasta que Forlán agarró desacomodado el fondo de la selección azteca, tiró la pelota a la derecha para que Cavani a la carrera metiera el centro al segundo palo, bien medido para la cabeza de Luis Suárez. El arquero de México se estiró pero no llegó. No llegaba ni teletransportándose. En total, desde que la pelota fue tomada por Forlán, la jugada no duró ni cinco segundos. Suarez agita ambos dedos índices mientras corre hacia el corner, como si dijera entre su sonrisa dentuda "¡Yo les dije! ¡Yo les dije!". Antes habíamos pasado el susto de la pelota que Guardado metió contra el ángulo y que Muslera no atajaba ni en el replay. Pero también Uruguay había creado algunas buenas situaciones de gol como para merecer largamente el gol de Suárez. Y en seguida se vino el final del primer tiempo, y después el segundo, y las preocupaciones de los mexicanos, que se resistían a la suerte de tener que enfrentar a Argentina en octavos de final. Pero el partido pasó como un suspiro. Fue intenso. Pero de una intensidad mínima. Uruguay pudo haber hecho algún gol más y haber liquidado el encuentro. Incluso la posibilidad de que México empatara era casi nula, salvo un cabezazo que bien puedo haber sido el empate. Sin embargo todo era natural. Uruguay le daba la pelota a México y este equipo la hacía rodar por toda la cancha con cierta ilusión de llegar al gol. Pero nada. En realidad parecía más un juego de gato y ratón. Parecía todo irreal. No era eso el Uruguay del sufrimiento, el Uruguay de la sangre charrúa. Hasta que el peso de la sangre se reveló y lo vio todo el mundo en una reiteración. Diego Pérez salta a cabecear y su sien derecha se corta contra la cabeza de un rival. Y de ahí a la sangre, al derramamiento de sangre que alimentaba la presencia de nuestro dios particular y lo hacía fuerte. Pérez tuvo que salir del campo de juego, cambiarse de camiseta y esperar a que se le aplicara sobre la cabeza un apósito de color... ¡¡¡celeste!!! ¡De qué otro color iba a ser! Pero el color de la sangre opacaba al cabo de los minutos la claridad de la tela. La sangre estaba allí debajo, agolpándose. No había arreglo en el partido. Era lo que era. Uruguay ganaba bien. Y la sangre estaba y un pueblo lo agradeció suspirando aliviado.

miércoles, 23 de junio de 2010

Un drama


Terminada la segunda fecha de los partidos de cada grupo observamos dos cosas notables. Primero (lo que nos incumbe directamente) el invicto de los países sudamericanos. Tanto Uruguay, como Argentina, Paraguay, Brasil y Chile han ganado y mantienen sus chances de clasificar intactas. Y segundo: la decepción que han causado algunas selecciones, al menos sus primeros dos partidos. Se trata de Francia, Inglaterra e Italia, a las que se podría sumar Alemania con su traspié ante Serbia. Todos campeones del mundo en su momento, estos equipos tradicionales no terminan de convencer. Francia porque su nivel de juego es malísimo, y porque a eso hay que agregar sus problemas internos, como la expulsión de Anelka del equipo por un supuesto insulto al técnico Domenech. En Inglaterra, que empató 0 a 0 con la débil Argelia, parece seguir pesando el error de Robert Green (que fue reemplazado por "Calamity" James para ese partido) contra Estados Unidos, así como esa presión de ser largamente destinada a recuperar el trono que una vez ocupó en su propio país en 1966, y quizás también por esa insinuación del destino de que la Copa tendría que regresar una vez más a las manos de aquellos que inventaron este deporte (?¿). A Italia, por su parte, le duele, le duele muchísimo cuando la atacan. Le tocó esta vez contra la más cenicienta que blanca selección de Nueva Zelanda, y tras ir perdiendo por un sorpresivo gol al comienzo del partido, encontró una ayudita del juez y convirtió un penal tímido (de los que hay más o menos veinte por partido) en un gol de Iaquinta. Y terminó siendo un 1 a 1 penoso. Alemania cayó ante Serbia 1 a 0 con un gol que le convierten apenas es expulsado Miroslav Klose. Si bien tuvo la oportunidad de empatar de penal (Alemania no erraba un penal en un partido desde 1974), se encontró ante un equipo duro. Y lo que es más: luego de su rutilante presentación ganándole por 4 a 0 a Australia, Alemania parece ahora una selección que está en la cuerda floja de sus impedimentos: poco recambio, un plantel joven y la ausencia de Ballack por lesión. Miroslav Klose, que aspiraba en este Mundial a superar la histórica marca de Ronaldo como máximo goleador de la historia de los mundiales, va a tener que esperar hasta octavos para hacer algo al respecto.
Ante un cuadro así hay algo seguro: vamos a tener en octavos a equipos que no esperábamos en los sitios de clasificación que tampoco esperábamos. Las excepciones hasta el momento parecen ser la silenciosa Holanda (eterna aspirante al trono), que ya se clasificó, y Argentina y Brasil, selecciones estas dos que en realidad suelen hacer un tour por el Mundial previo a su paso por octavos de final. Lo de Argentina está más que comentado: es más una suma de individualidades que un equipo. La cohesión, la sustancia que parece unir todas las partes en el corazón de sus hinchas está asegurada por la presencia tutelar de Maradona, a quien esperan de vuelta en Argentina con la Copa, en el año del Bicentenario, casi con la misma expectación mesiánica con la que se aguardaba a Perón a fines de los '60. Brasil, por su lado, no juega tan bonito pero, dicen, se muestra más seguro en defensa. Como siempre, Brasil es una incógnita cuyo misterio recién desaparece en octavos de final, cuando tenga en frente a un equipo que le salga a patearle al arco.
Por cosas como estas sabemos que en este Mundial no se puede decir mucha cosa sobre el futuro. Y eso lo ha vuelto un Mundial más interesante de lo que se podía prever. Incluso, la tan elogiada defensa de Corea del Norte, que hizo un "gran" partido frenando al "scratch" brasilero en su debut, se comió siete goles contra Portugal. Hasta Cristiano Ronaldo hizo un gol. La pelota le quedó rebotando en la cabeza luego de trabar con el arquero y, como no tenía ni un miligramo de caspa en el coco, le cayó ante sus pies para aumentar la goleada con el arco libre.
Y nada ha ilustrado mejor lo angustiante y lo vano de estas caídas de ídolos como las vuvuzelas y las cámaras lentas de las reiteraciones.
Las vuvuzelas representan ese corneterío con algo de enjambre maligno que inunda el espacio de cada estadio desde los altoparlantes... Las vuvuzelas son las trompas llamando a cada cual a su propio destino. Nadie que vaya perdiendo u obteniendo un resultado inconveniente puede sentirse inmune al sonido de las vuvuzelas, que aportan el elemento de tragedia insoportable que el perdedor debe padecer. Las vuvuzelas son para los perdedores. Son la amarga verdad revelándose, el final de los tiempos llamando. Las vuvuzelas son lo perentorio. Las vuvuzelas atronan el relato del partido, igual que en una película de Hitchcock, cuando el protagonista descubre el peligro que estaba allí agazapado. Y entonces a correr o a hacer algo por tu vida.
Las cámaras lentas, las interminables reiteraciones en las que un segundo se siente a veces como una temporada en la cola de pagos de UTE o ANTEL, aportan a su vez lo cómico, y, en ciertas ocasiones, lo verdaderamente grotesco o lo que no teníamos intención de observar, como por ejemplo la pierna de Elano, sacudida por el planchazo de un defensa de Costa de Marfil. Tomemos ese mismo partido en el que Brasil ganó por 3 a 1. Primero gol de Luis Fabiano: los jugadores brasileros forman un racimo a un costado del arco. Kaká se acerca y queda cara a cara con el autor del gol. En la reiteración en cámara lenta, Kaká le expresa su alegría a Luis Fabiano y más se parece a una loca suelta, o cuando menos una drag queen, que a un jugador de fútbol. Lo mismo acontece cuando más tarde en otro replay observamos el rostro de Lucio, increpándole algo quizás a Juan. Parece que el partido hubiera sido guionado por Almodóvar o Manuel Puig. Es un poco ridículo. ¿Alguien avisó antes del Mundial que íbamos a tener que auscultar la campanilla de cada uno de los goleadores?
Sin embargo, las cámaras lentas completan el relato, porque le otorgan su faz descriptiva, ahondan donde la prisa por el seguimiento de la jugada no puede hacer nada. Es algo como decir: y bueno... mientras el pequeño Marcel hunde su magdalena en su taza de leche, pasa todo esto, toooooodo esto... ¡Por favor!... Si es como dicen, que Dios está atento a cada detalle de las acciones humanas, y hacerlo le lleva ver los acontecimientos de esta forma, pues bien, nadie va a querer saber nada con un tipo tan carente del mínimo sentido del pudor.

domingo, 20 de junio de 2010

Bardanca en el área con tulipanes


Y anoche soñé con Mario Bardanca... Atajaba en un equipo que podía ser Peñarol o Danubio, y ese equipo enfrentaba a Nacional por la final del Campeonato Uruguayo. Sobre la hora, en una jugada de ataque de Nacional, y con el resultado a favor, Bardanca sale a cortar un centro pasado casi sobre el extremo derecho de su área. Es una jugada arriesgada, aunque no hay jugadores rivales muy cerca. En pleno vuelo Bardanca sostiene entre sus manos el balón y se nota claramente que se sale del área; pero justo en ese momento el árbitro señala el final del partido. Sus compañeros comienzan a correr hacia todos lados y los hinchas de Peñarol o Danubio se meten en la cancha. Los jugadores de Nacional corren hacia el túnel. De pronto me doy cuenta de que en el área de Bardanca está lleno de tulipanes. Los jugadores y los fanáticos corren de un lado a otro, pero los tulipanes siempre permanecen sanos. Pareciera que todo el mundo los respeta. En la transmisión los comentaristas empiezan a analizar la victoria del equipo campeón. Uno de los comentaristas es el propio Mario Bardanca, que, pese a alguna sugerencia de sus colegas en el estudio televisivo, se muestra reticente a querer hablar de su actuación en el partido. Sus comentarios le ponen un freno a la emoción por el campeonato obtenido e intentan analizar algunos aspectos técnicos. Mientras tanto las cámaras enfocan a los hinchas de Nacional retirándose de las tribunas y cantando por su equipo. La voz de Bardanca, de fondo, vuelve sobre los conceptos de "mesura" o "tranquilidad". Y el sueño se termina.

viernes, 18 de junio de 2010

Bardanca me dice cosas


Veo los partidos del Mundial en canal 11 de Punta del Este, que retransmite a su vez la programación de canal 4, de Montevideo. Es el único canal que puedo ver en mi televisor. Para llegar a hacerlo, uso un cable que generalmente utilizo para conectar la computadora al equipo de audio. Conecto en el huequito donde va la antena, detrás del televisor, esa salida del cable similar a la de los auriculares, y dejo colgado contra la ventana el otro extremo, que se divide en dos conexiones de colores rojo y negro. Esas conexiones, mientras realizan su función de antena, se parecen bastante a las cabezas inclinadas de dos personas un poco tristes que cumplen un horario. Por eso es que veo todos los partidos del Mundial en el mismo canal, porque es imposible sintonizar con ese sistema los otros canales de Maldonado: el 7 y el 2. Eso quiere decir además que escucho a los mismos comentaristas del canal 4: a Federico Paz o a Eduardo Ribas en el relato; a Mario Uberti con sus detalles desde la misma Sudáfrica; a Santiago Ostolaza y Fernando Morena, como las voces de los ex-jugadores que pueden aportar aquello que el periodista deportivo no sabe porque no lo vivió; y, por último, a Mario Bardanca, que, si no me equivoco, ha sido un fichaje especial del canal 4 para la cobertura del Mundial. Bardanca es la voz principal en cada transmisión, sea con el relato de Eduardo Ribas o con el de Federico Paz. Bardanca es la voz de la conciencia, un poco como Pepe Grillo. Bardanca es el analista de las jugadas. Bardanca es el hombre que se da cuenta de lo que nadie parecía haberse dado cuenta mientras todos corren excitados de un lado para el otro con las estadísticas, los goles, las patadas, las mujeres en las tribunas. Bardanca es... Bardanca me dice cosas...
Desde hace dos noches, cuando los partidos de las 8 y de las 11 de la mañana, más el de las 3 de la tarde, son un eco tenue, Bardanca me dice cosas... Cuando la noche se hace profunda, cuando estoy ya en la cama solo con mis propios pensamientos, Bardanca me dice cosas...
La primera noche fue solamente su voz, como si su voz fuera el instrumento por el que yo tocaba mis pensamientos o las divagaciones previas al sueño profundo. Las palabras que recorrían mi cabeza, vívidas como un susurro, me las dijo todas Mario Bardanca, atravesadas por su manera de armar las frases.
Anoche estaba acostado, leyendo la biografía de Morosoli escrita por Óscar Brando, cuando me sorprendo ante la siguiente frase: "De manera que, aún sin remontarse como hace Bajtin a la antigüedad para ver los antecedentes, en este corto período de dos siglos cabe observar las variaciones de la clave de aprendizaje en el héroe novelesco." Juro que la representación sonora de todas esas palabras, en mi mente, estaba realizada por la voz de Bardanca...
Ahora Bardanca no sólo me dice cosas, sino que me las lee... Bardanca me pareció de repente tan bueno, tan dulce...
Y sin embargo, de golpe, como si alguien me hubiera gritado, cerré el libro, lo aparté, y busqué en la mesa de luz el fixture del Mundial y me fijé en la fecha de la final. 11 de julio. Entonces apagué la luz de la portátil y me acomodé para quedarme dormido. Pero en ese silencio expectante, con la insistencia de vuvuzelas, la voz de Bardanca, en varios canales, atravesaba el aire de mi habitación: las referencias de los laterales... / presión constante... / llama también poderosamente la atención... / por las bandas...

jueves, 17 de junio de 2010

Naaa, piensa que...


1) Hay que atacar a Argentina. Péguenle al arco de lejos. Apuren a de Michelis, etcétera.
2) No lo puedo superar. Cada vez que veo jugar a Corea del Sur o a Japón y hay un plano medio, o algo así, y el jugador se queda quieto, como pensando algo, se me viene a la cabeza "Super campeones". Mi teoría es: el fútbol asiático va a llegar a la cumbre el día en que puedan separar del todo el tiempo cronológico, que es el tiempo predominante en este deporte, del tiempo del relato, es decir todo lo que duran en su cabeza las cosas que se imaginan que van a hacer con la pelota mientras Argentina y Brasil les hacen los goles.
3) Sin embargo, un sin embargo como de aquí a la Luna, parece que Argentina se está durmiendo la terrible siesta del fauno. O, en términos de mecánica, tiene el motor en moderación. O está ganando como un boxeador que va volteando sparrings rumbo a la pelea final. Elíjase la comparación que se desee. O ninguna.
4) Si los cálculos no me fallan, Messi todavía está en un 68,373634 % de sus posibilidades como jugador, lo que quiere decir mucho.
5) ¡¡Anelka no puede ser el centrodelantero de Francia!! Henry sigue jugando al fútbol con los pies...
6) Francia, lamentablemente, ya parece una selección de patovicas recolectados en boliches de la Costa Azul, más algún buen jugador como Toulalan o Ribéry.
7) Por ende: ¡Viva México!
8) Si los cálculos no me fallan, estaríamos enfrentando a Corea del Sur en octavos de final. Y en cuartos jugaríamos contra Inglaterra. ¿Alguien quiere más? Bueno... ¿A quién no le gustaría una final entre sudamericanos?
9) Ver 10.
10) Díganme la verdad... ¿Quién no sintió miedo, miedo de verdad, miedo elemental, arcaico, cuando vio a Suárez regresar a la cancha con un algodón en la boca? Parecía que sus paletas se habían desarrollado de pronto o que, fruto de los tantos golpes que recibió, se le estiraron un cacho más desde la mandíbula. Me asusté tanto... Pensé que era la morsa.

Veinte años después


1: Yo tenía diez años. Estaba en cama, enfermo de hepatitis... De hecho estuve en cama todo lo que duró el Mundial de Italia '90. Mi padre abandonaba el mostrador del bar para verme cada tantas horas, y casi siempre me tiraba encima de la cama un par de sobres de figuritas del álbum del Mundial de Coca-Cola. Llegué a completar dos álbumes... Las imágenes del campeonato que retengo son muy vagas. Veía los partidos en un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro, pero creo que no le prestaba la debida atención. Me parece que me interesaba más esa reducción del Mundial que podía encontrar en el álbum, porque mientras los partidos se sucedían yo trataba de ubicar a los jugadores que nombraban en el álbum y memorizar sus fechas de nacimiento, los clubes en los que jugaban, etc. Me acuerdo de que había un jugador de Escocia, Roy Aitken, que era igualito, idéntico a uno de los caddies del club, Elvis Rocha, que además fue goleador de Kennedy en muchos campeonatos. Cuando me recuperé, algunas semanas después, y me encontraba al caddie en el bar de mi padre, hacía todo el esfuerzo posible por llevarle el álbum e indicarle la figurita en la que estaba Aitken y esperar a ver cómo reaccionaba. Pero la vergüenza me vencía siempre a último momento. Volviendo al Mundial en sí, al primer Mundial del que tengo conciencia de haber visto jugar a Uruguay, sé que tengo relampagueos de imágenes que me llegan atropelladas. La primera de todas es la de Maradona. Maradona ya era un nombre terrible. Su imagen, cruzada por el anti-porteñismo y el embelesamiento que producía su juego, era un problema doble. A mí no me caía mal. Por eso retengo con placer el hecho de verlo dominar la pelota minutos antes del partido inaugural contra Camerún, y también la decepción de que Argentina perdiera ese partido contra todos los pronósticos. Sin embargo, la imagen principal es la del gol de cabeza Daniel Fonseca en la hora contra Corea del Sur. Eso le permitió a Uruguay vencer por 1 a 0 y clasificar a octavos de final. Fue la última vez en veinte años que Uruguay ganó un partido por la Copa del Mundo. Hasta hace unos días. No grité el gol. No tuve ningún sentimiento específico, más allá de cierto interés de querer enterarme del todo acerca de lo que ocurría. A mis padres no les interesaba mucho el fútbol. Mejor dicho: a mi padre sí, pero su interés era relativo. Era como el amor cansado de alguien que había amado demasiado. Por eso no había en mi casa una emoción específica. Cuando unos segundos después del replay del gol de Fonseca la cámara mostraba las caras de decepción de los jugadores suplentes y del técnico de Corea del Sur, escuché un comentario piadoso de parte de mi madre y que llegaba desde algún otro lugar de la casa. Esa compasión que percibí en el aire creo que me hizo pensar que algo estaba mal, de todos modos; algo no estaba bien a partir del gol de Fonseca, más allá de que nosotros ganáramos. Entre el comentario de mi madre y la imagen de los jugadores uruguayos festejando, yo no sabía bien qué tenía que sentir.

2: Como el Mundial se mostraba a la inversa de lo que todo el mundo esperaba, tal como incluso aconteció con la derrota de la tan esperada presentación de España en el turno anterior, ahora los acontecimientos revelan que si algo se da vuelta, necesariamente lo que estaba del otro lado, ignorado, aparece.

3: Creo que va a haber que buscar bastante para encontrar un partido en el que Uruguay haya jugado tan bien en un Mundial. Algunos quizás propongan que ese partido fue el Uruguay 0 - España 0 de Italia '90. Pero ese partido fue precisamente un 0 a 0. Si Uruguay jugó fenomenal, el resultado en realidad no te dice nada al respecto. Quizás los más veteranos puedan decir que la última gran actuación fue en México '70. No sé... Habrá que ver. Probablemente también muchos sostengan que Sudáfrica no era un rival tan exigente como se esperaba, y que haberle ganado por 3 a 0 fue justo. Pues bien... ¡Pero cuántas veces hemos jugado contra rivales supuestamente inferiores en rendimiento o plantel y no hemos sabido sacar ventaja de eso! Muchísimas veces. Contra Sudáfrica, Uruguay se vio absorbido por la lógica, o interpretó la lógica y se entregó a ella. Forlán jugó un poco más retrasado, de enganche, y reiterando lo que había hecho contra Francia cada vez que arrancaba a jugar desde ese sector: Retuvo la pelota, la administró pasándola con precisión, remató, supo jugar notablemente sin pelota... Forlán hizo un partido perfecto. Pero su actuación fue la parte visible del iceberg, porque todo el equipo uruguayo realizó un trabajo estupendo en cada una de las líneas. Se notaba que había una columna vertebral que ordenaba el juego uruguayo: en la defensa, Godía; en el mediocampo, Arévalo Ríos; y en la delantera, Forlán, y, sobre todo en el sugundo tiempo, Luis Suárez. Si no se nombra al arquero, Fernando Muslera, es porque el trabajo de Uruguay fue tan perfecto, que recién en el segundo tiempo Muslera tuvo que intervenir, sin demasiado apuro. De hecho, para Muslera fue un día soñado. Cumplir años atajando en un Mundial en Uruguay, y que tu equipo logre justo ese día la primera victoria en veinte años, y que no te hagan ni un gol, es más, que ni la toques, te convierte en un miembro privilegiado de esta República. Uruguay jugó tan bien (mezclando la omnipresente "garra" con una gran claridad para "leer" el partido), que eso se puede ver en algunos aspectos precisos de los que quizás no haya muchos antecedentes propios en competencias importantes (me refiero a esos aspectos todos juntos). Primero: cuando convirtió el 1 a 0 (golazo de Forlán) no le dio la pelota a su rival, o no se dejó avasallar, ni siquiera ante un equipo que era nada menos que el local. Segundo: cuando en el complemento Sudáfrica, con bastante amor propio más que fútbol, comenzó a dominar el juego buscando el empate, Uruguay aumentó la diferencia. Y tercero: cuando Sudáfrica se quedó con un jugador menos tras la expulsión del arquero Khune, Uruguay supo aprovecharlo y convirtió así el tercer gol, que ahora le permite liderar por saldo de goles el grupo. Con sólo un empate ante México, que a segunda hora sopapeó bien sopapeado a Francia, nuestra selección puede clasificarse como la ganadora del grupo A y esperar al segundo del B, que con toda probabilidad esté entre Corea del Sur y Grecia. Extraño, ¿no?...

4: El silencio del estadio de Pretoria era contundente. Tanto, que podía sentirse sobre el pecho a través incluso de una transmisión televisiva. Los baches entre las palabras de los comentaristas tenían algo de antinatural. Las vuvuzelas, de las que tan largamente se han quejado todos desde los pocos días que llevamos de competencia, esos cornetazos que se suman uno a uno y forman un sonido ominoso, desaparecieron. Así, de pronto. Las cámaras empezaban entonces a mostrar lo que nunca ha sucedido en un Mundial: los simpatizantes de la selección local se retiran apesadumbrados, decepcionados tras el segundo juego de la ronda inicial. Cada vez que Forlán, o Suárez, o Cavani corren tras una pelota y la dominan y levantan la cabeza para encontrar al compañero que está mejor ubicado, el silencio, o esa parte del ruido general que es sólo silencio duro y pesado, baja como el gesto de asentimiento de un terrible verdugo. Ahora nosotros somos el terrible verdugo. Y eso nos gusta. Se siente bien. Pero nos desacomoda. Al final de la transmisión de canal 4, cuando desde estudios aguardan unos minutos para entrevistar vía satélite a Diego Forlán y a Luis Suárez desde el mismo campo de juego, Mario Bardanca baja las revoluciones. Para Bardanca ahora es necesario que este triunfo no oculte la realidad, la realidad de que hay que seguir trabajando y y que hay que tranquilizarse porque esto es un Mundial y en pocos días más enfrentamos a México y eso nos puede doler. El festejo debe existir, pero el festejo debe ser amortiguado por un aire de mesura que todos debemos mostrar. Nada de emociones fuertes por ahora, parecieran decir las palabras de Bardanca. Nada de impulsos bárbaros ante la estructura racional de las inscripciones de los resultados y las posibilidades del fixture.

5: Al día siguiente anduve entre Maldonado y San Carlos e hice todo lo posible por hablar con personas de todo tipo sobre el partido. En dos liceos, en un bar donde almorcé en San Carlos, en las paradas del ómnibus, en una estación de servicio, en un quiosco, etc. Estoy seguro de que todos estaban orgulloso, verdaderamente felices de lo que hizo la selección de su país. Pero al final siempre había algo que le daba un tono nuevo a la felicidad. Y ese tono convertía a la felicidad en algo un poco turbador. El chico de quince años que me mira en el patio de un liceo me pide que no me deje llevar del todo por la emoción, que nos cuidemos de México y que tengamos en cuenta que no estamos clasificados aún. Un hombre mayor sentado en el banco de la parada de ómnibus que está sobre una de las avenidas de San Carlos, respira hondo y da la impresión de que se quiere hundir en medio de toda la luz de ese jueves de sol brillante y cielo celeste. "El verdadero Mundial", me dice "arranca en octavos, m'hijo". La muchacha del bar que me toma el pedido mientras mira de reojo cómo Grecia acaba de hacerle el segundo gol a Nigeria, está feliz. Pero ve los rostros de los jugadores nigerianos antes de que se reanude el partido y parece que eso le hace saltar un fusible: "¡Ay!... ¿Pero no te dio pena ver a todos lo negros tristes ayer?". Yo hago silencio como para darle a entender que me interesa que siga hablando. "Eso me partió el alma, al final".

miércoles, 16 de junio de 2010

Un problema medio barroco


Creo que es una realidad bastante comprobable: a la gente por acá no sólo le encantó que España perdiera hoy 1 a 0 ante Suiza, sino que se lo tomó como una cuestión moral. Hice la encuesta en el liceo, más tarde en la calle con los conocidos que me crucé, luego en el almacén, después por messenger y por facebook. Sólo un chico, vestido con una campera con el escudo de River Plate argentino, me dijo algo distinto en el almacén: "Me da lo mismo... Que se la den entre ellos.", y pidió medio kilo de galleta de campaña. En todos los casos tuve en cuenta el apellido paterno de cada una de las personas (cuando no lo sabía lo preguntaba un poco indiscretamente) y el resultado me dio que todos eran de origen español, menos uno, que era italiano. Al principio me pareció que llevar la cuenta de los apellidos podía ser algo anecdótico, inútil, pero un poco más tarde me quedé con la duda de que fuera realmente así.
El primer tiempo, fue aburrido, confirmando la sensación media de este Mundial, que es la de estar siempre esperando que las cosas sucedan. Pero ni siquiera eso. Se esperaron los goles de España y se vio muy poco. Suiza se paró muy firme y tampoco hizo mucho por llegar de forma clara al área rival. Me parece que del primer tiempo se puede rescatar la salida del jugador suizo Senderos. Este hombre perdió el rumbo: lo cruzó de una patada a uno de sus compañeros y terminó saliendo lesionado, aun cuando el que llevó la peor parte fue el otro. Es decir, si en vez de un compañero, Senderos talaba a un rival, por lo menos se ganaba la amarilla. Pero terminó saliendo lesionado. Y salir lesionado por pegarle una patada a un compañero, y que el jugador que te reemplace se apellide von Bergen, no es algo que puedas olvidar fácilmente. De ahí, saltemos al segundo tiempo...
España se dormía... Intentaba mediante todos los recursos posibles entrar al área suiza, pero se encontraba con una defensa bastante buena. Su rival entonces tentó un ataque más, apenas uno más de esos tímidos que había realizado hasta el momento. Y le salió de maravillas. Metieron la pelota al medio, frente a la media luna, en un hueco que se formó en la defensa española por una falta de referencias, por un error de relevos... Uno de los delanteros suizos la recibe y es ahogado inmediatamente por la salida de Casillas, que de forma literal lo levanta en peso. Para mí fue penal, pero como la pelota deriva hacia la izquierda el juego sigue. Entrando en el área chica remata Gelson Fernandes y la pelota es contenida por los brazos de Piquet, que caía al césped en su esfuerzo de llegar. Otro penal. Pero no interesa, porque penal y gol, es gol. A Fernandes la Jabulani le queda servida, y así Suiza convierte el gol de la victoria. A partir de ese instante, que fue sin duda una cachetada durísima, la selección española cumplió al pie de la regla con uno de los pedidos más recurrentes que suelen realizar los periodistas deportivos: demostrar tranquilidad. Y España demostró tranquilidad. Se agarró a su método de juego vistoso y ante la mirada de todos intentó hacer notar que no era para tanto el gol suizo, porque España no dejaba de ser España. Y a eso iban los jugadores, pues, a hacer que España siguiera siendo España. ¿Pero qué España, qué idea de España? En eso se le fue el partido. Hubo en el medio algunas ofensivas que con un poco de suerte le pudieron haber otorgado el empate, así como también se salvó de que Suiza ampliara la diferencia con un gol que de no haber sido por Casillas se habría transformado en el más impresionante de lo que va del Mundial.
Eso fue el partido, más o menos.
A la salida del liceo, un profesor me comenta su alegría por el resultado. Me comenta que vivió un tiempo en España, y que desde que este país entró en el Mercado Común Europeo sus habitantes son intratables en algunos aspectos, cambiaron... El profesor me habla de una sociedad que de pronto se volvió soberbia y consumista. En realidad, tanto en las palabras del profesor como en las de otras personas, percibí otra cuestión, y es la de las raíces desacomodadas. Por eso afirmo más arriba que lo de los apellidos no es un dato inútil. Creo que hay cierto malestar en todo el asunto de la inmigración latinoamericana en España, en el hecho de que sus leyes de migración sean tan duras con los hijos y los nietos de las personas de ese país que buscaron refugio y paz en esta parte del mundo y lo obtuvieron. En cierto modo es un problema de criollos: nuestras raíces no van solamente hacia el suelo que nos ve crecer, sino que se extienden a la narración de la vida de las personas que llegaron del otro mundo para formarnos, y ese otro mundo es también el nuestro, en definitiva.
Sea por lo que sea, todos en realidad critican la soberbia, la autosuficiencia, la imagen que quieren extender de sí mismos los españoles. Pero el tema se va más lejos; no es un asunto explicable solamente por la velocidad de las cosas de hoy en día, no es explicable este caso español por la explotación de la imagen de un equipo para generar más dinero a través de sponsors. En realidad es un tema español, bien español, un tema entre España y cómo lo mira ya no Europa, sino el resto del mundo. Porque para los españoles esta de hoy fue una caída a la española, una caída en la que se podía apreciar, que es decir lo mismo, su intención de dejar de ser españoles, o al menos de serlo en otro sentido, en un sentido nuevo. Creo que se me ocurrió esto leyendo la brillante crónica del partido escrita por José Sámano para el diario El País de Madrid. Transcribo un fragmento realmente iluminador: "(...) ante Suiza se creyó que los partidos se ganan solo por estilo. Y no. El estilo es el punto de partida. La exclusividad del balón no garantiza el éxito si su sustento no resulta dañino. La pelota se abrocha con mala intención. No la tuvo España, que durante una hora fue más ancha que larga. Cada futbolista se sentía complacido por el mero hecho de masajear el balón. No hubo atrevimiento, rupturas en vertical, alguien intrépido que citara en el mano a mano a un adversario. Al frente solo llegaban Ramos y Capedevila, dos laterales al fin y al cabo. España jugaba con cierta atrofia de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Suiza, siempre precavida ante el rango de su rival, poco a poco se sintió en el paraíso".
No hay vuelta. El fragmento no sólo está resuelto de forma admirable, sino que da en la tecla del verdadero problema que tuvo hoy en la cancha España, y que es un problema demasiado viejo, más viejo para ellos que el propio fútbol.
¿Alguien recuerda las reyertas verbales que sostuvieron en las primeras décadas del siglo XVII los poetas españoles Lope de Vega y Góngora, y algo después, el joven Quevedo contra el mismo Góngora? Es interesante para el caso, porque allí se puede apreciar el desgarro cultural español entre lo que España tiene que ser para sí misma y lo que España quiere mostrar de sí misma al exterior... Hagamos entonces un resumen aunque sea primitivo de cierto momento de la poesía barroca española. Para poetas como Lope de Vega, la poesía de Góngora, que se calificaba de "cultista" o "culterana", era una poesía despreciada por oscura, extranjerizante, artificiosa, de "puro ruido y colores", una poesía en definitiva que por un uso del lenguaje excesivo, olvidaba, para sus detractores, lo concreto, el concepto, lo que había que decir: terminaba perdiendo el objetivo, su vínculo con la realidad. Si se lo mira ahora desde el lado de Góngora se podría decir que este poeta buscó trascender, superar los límites que su propia cultura le ofrecía para mejorarla, para crear una nueva realidad del lenguaje y, por lo tanto, una nueva instancia de su cultura.
¿Qué tiene que ver todo esto con un partido de fútbol? Pues con lo que sigue: España fue a lo largo de todo el partido "gongorista". "Masajeó" (como dice Sámano) demasiado la pelota, intentó embellecer extremadamente el partido en el momento menos indicado, y eso le costó caro, murió con los ojos abiertos, observando cómo los suizos ya habían entendido todo. Le faltó a España la prédica ejemplar, lo que tenía para decir, para concretar: el gol. No en vano Sámano tituló su crónica "Le puede la retórica". España sucumbió ante esa preocupación tan propia de su historia cultural que es hacer lo posible para estar a la altura de los demás. En este caso, seguir demostrando por qué es la selección número uno en el ranking de FIFA. No le basta ser la número uno, le basta tener claro su destino, y como no lo tiene, como pierde el rumbo y todos la miran, se aferra a lo que queda bien demostrar mientras todos observan: el lujo. Y en la reverberación del lujo se desfigura.
Es por esa cosa del destino que en su momento José Ortega y Gasset se apoyó en el Quijote para realizar sus famosas meditaciones. El Quijote era el esplendor de la cultura española, era aquel salvavidas del que tomarse en el mar de la duda existencial, ante el problema de la contradicción de la realidad española, ante el golpeteo constante de "la magna pregunta: Dios mío, ¿qué es España?", una pregunta que bien pudo haber andado de un lado para otro dentro de la cabeza de cada uno de los jugadores antes de irse a la cama (¡Bah! Esto último puede ser otro acto poético...)

martes, 15 de junio de 2010

Cristiano Ronaldo + Cristiano Ronaldo = 0


Sigo esperando por el Mundial que nos vendió la prensa, la FIFA, la publicidad. El Mundial que nosotros mismos nos vendimos, en esa emoción histérica medio finisecular que nos llega uno o dos meses antes de su inicio. En el fin de una era, pensamos cómo va a ser la siguiente.
Un amigo me escribe diciéndome que a medida que ve más partidos del Mundial la mediocridad del juego uruguayo se le hace bastante relativa. Creo que tiene razón.
Acabo de ver Costa de Marfil y Portugal. Y salvo unos 15 ó 20 minutos del segundo tiempo en los que creo que Costa de Marfil se dio cuenta de que Portugal no era ningún cuco y lo empezó a atacar por todos lados, me pareció todo bastante aburrido. Demasiadas jugadas donde la pelota llega justa, muy justa y en el forcejeo un puntero o un lateral intenta sacar el centro, y el centro sale trabado y al corner, o mordido y fácil para el arquero u otro defensor, o simplemente se va lejos, sin que nadie pueda hacer nada por esa pelota.
Habíamos dejado de esperar a Didier Drogba en Costa de Marfil... Drogba se había fracturado un brazo en una jugada ridícula de un amistoso ante Japón hace menos de quince días, quizás. Pero la medicina, y el dinero, mejor dicho, hoy lo pueden todo. Drogba fue operado y hoy, con la precaución de haber aguardado todo el primer tiempo en el banco de suplentes, saltó a la cancha como una pantera con el orgullo herido. Su camiseta era de manga larga, así que no se podía ver qué era lo que revestía su brazo. De todos modos, pudo conectar un par de pelotas que causaron algo de peligro en el área portuguesa, sobre todo un pase al medio que nadie fue a buscar y que pudo haber sido perfectamente el gol de la victoria que rompiera con el segundo encuentro que ha terminado 0 a 0 en este Mundial. Por lo menos habría que decir que esperábamos al brazo de Drogba, y que apareció. Quizás, como muchas otras cosas que se aguardan de este campeonato, todo sea poco a poco, en capítulos. Hoy un brazo, mañana una cabeza, otro día una pierna respondiendo bien. Y así.
Y sigo esperando a Cristiano Ronaldo. Creo que me voy a poner a ver una compilación de publicidades suyas en internet; porque salvo ese gran disparo que metió en el palo en el primer tiempo, Cristiano Ronaldo volvió a jugar para el otro Cristiano Ronaldo, el que tiene que sostener día a día en las publicidades, en las revistas cuando aparece en un yate con alguna modelo en la Costa Azul, en los repasos de los informativos. Cristiano Ronaldo es una deriva de sí mismo. Un jugador que hace una buena jugada y al instante busca su imagen en la pantalla gigante, o que se saca un moco sabiendo de antemano cuál cámara lo capta. Cristiano Ronaldo, el que juega para otro, para un ser mefistofélico que busca ser saciado en su propio interior, que le pide bicicletitas, enganches intrascendentes. Es un gran jugador, sin duda, y un gran atleta. Dos por tres realiza una proeza de juego que te obliga a replantearte lo que estabas pensando de él. Y sin embargo, el problema persiste. El fútbol no necesita necesariamente a los grandísimos jugadores. O mejor dicho, los grandísimos jugadores no son los que nos deslumbran sólo con sus cualidades técnicas. Basta que ese tipo de jugadores puedan salir de sí mismos alumbrados, no encandilados, por su talento, y repartirlo entre los demás. Y entonces todos serán salvos. Por eso el ejemplo de Cristiano Ronaldo es monstruoso. Se asemeja en todo a un animal mitológico que, fascinado por su propia carne, se devora a sí mismo, hasta que la saciedad trae la misma consecuencia que el hecho de no haberse alimentado: la desaparición absoluta.

Apuntes del tipo "lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar"


1: Mi padre es un tipo muy peculiar. Suele enviarme mensajes de textos en cualquier momento del día, y esos mensajes a veces me llegan en situaciones absolutamente irreconciliables. Por ejemplo: estás saliendo de la presentación de un libro, o llegás del supermercado con todas las bolsas cortándote los dedos, te suena el celular y recibís el siguiente mensaje: "Ajax para Lodeiro guacho bien". En momentos de cansancio por las actividades a lo largo de la jornada, esos mensajes son pequeños oasis de alegría, aun cuando el mensaje diga: "Pakistán terrible 5 muertos". Lo que posee esa especie de parte o telegrama deportivo, político o policial que se desarrolla día a día es simplemente la presencia de mi padre, que está ahí pensando en mí. No tiene nada de misterioso. Esta tarde, mientras caminaba por un pasillo del liceo yendo a buscar a un estudiante que no había asistido en toda la semana pasada, suena el celular: "paraguay 1 italia 0". Y me sentí dos veces contento.

2: No hincho nunca por Italia. No me simpatiza la selección de Italia. No me gusta cómo juega, y si me gustara, creo que el caso no sería distinto. Pocos de sus jugadores admiré (Roberto Baggio, Alessandro del Piero...). De niño yo ya escuchaba a mi madre hablar en italiano, mis bisabuelos eran italianos, mi abuelo era italiano, mi hermano vive en Italia y es ciudadano italiano, su pareja es italiana, admiro profundamente, hasta los huesos, a Federico Fellini, de niño en el club me llevaba de maravilla con cuatro o cinco italianos que llegaban cada verano, ansío conocer Mioglia, un pequeño pueblo de Savona cuya población es cada vez menor, hasta lo alarmante, y en donde nació en 1874 mi bisabuelo Giuseppe Bertolino. Giuseppe Bertolino fue uno de los primeros inmigrantes que se asentaron en el barrio Nuevo París, de Montevideo. Hoy en día Nuevo París es un sitio donde la mayoría de los hijos y los nietos de esos inmigrantes italianos, judíos, polacos, yugoslavos, armenios, continúan sus días en esas calles que demarcan los puntos absorbentes de las curtiembres de la zona. Incluso allí está establecida la editorial La Propia Cartonera, que publicó el año pasado mi relato "Los alienados", a tan sólo dos cuadras de la casa de la calle Triunfo en donde creció mi madre, rodeada de fincas con quintitas en el patio y con vides, y discusiones de viejos borrachines de vino dominguero gritando a sus hijos "Mascalzooooone!!!" como todos unos personajes de una novela de John Fante. Una cosa así es impactante. Parece que tengo motivos de sobra para hacer de Italia mi segunda selección del Mundial, luego de Uruguay, lógicamente.
Sólo una vez vibré y me emocioné con Italia, pero fue porque el rival, Alemania, me resultaba un tanto más insoportable. Fue durante una de las semifinales de Alemania 2006, cuando los italianos enfrentaron a los locales y los dejaron afuera. Mi hermano Franco vivía en Nuevo París porque por esa época cursaba una licenciatura en composición en la Facultad de Música. Yo había ido a visitarlos a él y a nuestra abuela Elcira (Devitta), aprovechando mis vacaciones de invierno. Cuando Grosso convierte aquel gol tan duro e inesperado casi al final del segundo tiempo del alargue, Franco y yo saltamos de la alegría. Y unos minutos después, cuando del Piero cierra la clasificación definiendo con calidad extraordinaria ante la salida de Lehman, abriendo la cara interna de su pie derecho y mandando el envío con comba al palo más alejado, en ese instante saltamos cantando "Iiiiitaaaaaaaalia... Iiitaaaalia...". El encuentro duró poco minutos más, y después salimos a la calle a escuchar los ruidos de los petardos que tiraban varios de los vecinos del barrio para festejar el pasaje a la final. Pero fue la única vez. Al siguiente partido, en plena final, ya estabábamos hinchando por Francia, totalmente fascinados por la reaparición merecida y sorprendente de Zinedine Zidane a partir de su partido de octavos de final ante España, un acontecimiento sobre el que ya escribí algunas cuantas líneas. Y por ahí queda la cuestión. No puedo, no puedo hacerlo. Me aburre excesivamente el calcio, no puedo soportar los compactos de goles de la liga italiana donde el 102.5 % de los goles (porque los replays son insufribles) son de jugadas surgidas desde amontonamientos, o rebotes, o tiros libres con forcejeos extremos en el área, etcétera, etcétera... Por eso un jugador como Ronaldinho Gaúcho terminó por no ir al Mundial. Pudo haber descollado en el fútbol español, acorde a sus movimientos, pero no en el Milan. ¿Una respuesta final?... No tengo idea. ¿Es la aversión al catenaccio una explicación? ¿Es lo prosaico y oportunista? No, nada de eso. Quizás lo sepa mucho después.

3: Consigo llegar a ver el segundo tiempo del partido....
Minuto 59. Sale Marchisio e ingresa Mauro Camoranesi en la selección italiana. Acapara el medio del terreno, convierte en un poco más ágil el trabajo de los volantes italianos. Es dinámico, despierto, inteligente, de buena técnica. Corre, marca, llega a las pelotas casi perdidas, pasa la pelota, se libera de la marca. La recibe, la distribuye de nuevo. Traba, llega a tiempo. No llega a tiempo. Se gana la amarilla. Algunos minutos después quizás merezca otra amarilla, pero el juez mexicano la deja pasar y sólo cobra foul. Italia ya ha logrado empatar el partido. Camoranesi es de los que sienten atravesando la lluvia que el partido puede ser ganado. Paraguay se repliega y busca el contragolpe milagroso para un gol de Vera o de Santacruz. Mauro Camoranesi....
Mauro Camoranesi. 33 años. Nacido en Tandil, provincia de Buenos Aires. Cada vez que lo veo jugando por Italia o por la Juventus, se me hace difícil no pensar en la pobreza de gran parte de nuestro fútbol y partir de allí hacia la impotencia. Mauro Camoranesi se consagró campeón del mundo en Alemania 2006. En 1997, había jugado toda la temporada en Wanderers, de Montevideo, y sus asentaderas tan cotizadas hoy en día calentaron las maderas despintadas de más de un banco de suplentes en muchos barrios de Montevideo. Camoranesi, sea por lo que sea, pasó de Wanderers a Banfield. No jugó ni en Peñarol ni en Nacional. Lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar.

4: Bueno, hoy Japón le ganó a Camerún 1 a 0. El gol de Japón lo hizo un japonés. Y también Holanda le ganó a Dinamarca 2 a 0...

5: Desplazamientos. Uruguay. Paraguay. Charrúas. Guaraníes... Guaraníes. Guaraníes... Es ya sabido que la selección paraguaya, que empató con justicia hoy ante el último campeón del mundo, ocupó de por lo menos quince años a esta parte el lugar que Uruguay ocupaba en el concierto del grupo de los sudamericanos, es decir el lugar del telonero que a veces es invitado a subir al estrado donde cantan Brasil y Argentina. Ahora está allí Paraguay. Y Paraguay le pasó su sino a Uruguay. Viéndolo jugar a Paraguay como hoy lo vi jugar contra Italia, se me vino a la cabeza que quizás ofrezca un ideal de cómo tendría que ser en parte el juego de nuestra selección, o cómo podría evocar un pasado más o menos inmediato de la Celeste. Tiene fortaleza, decisión, cierta precisión y cierta contundencia que acá parecen haberse difuminado entre los elogios de la prensa, los negocios de Casal y las políticas de selección improvisadas o enclenques hasta, posiblemente, esta política de trabajo de Tabárez. Pero nosotros somos los charrúas, y ellos son los guaraníes. Si, como dice Daniel Vidart en su libro "La trama de la identidad nacional", no hay una presencia aún todavía debidamente documentada de esa tribu en nuestro territorio, como sí lo hay sobre la guaranítica, el mote de nuestra selección es un artificio, casi casi como lo podía ser la figura de Martín Fierro para Borges. O como sostiene Carlos Maggi en una nota de Marcha que el mismo Vidart recoge para otro de sus ensayos ("Sobre la identidad nacional"): "Hay quienes sostienen que tenemos sangre charrúa porque no tenemos charrúas". Desplazamientos... Los paraguayos son los guaraníes. De hecho, hablan la lengua guaraní: la sangre siempre caliente del lenguaje los nutre por igual.

6: Dudas. Iusiones. Dudas.... Dicen que Forlán va a jugar de enganche contra Sudáfrica, y que le cede su lugar en la cancha a Cavani. Más desplazamientos... Sacrificamos a los mejores por inaptitudes ajenas, nivelamos para abajo...

7: Messenger mental:
Xavi: "Si ganamos, me tiño el pelo con los colores de España." (en El País, de Madrid)
Yo: Te entiendo.

domingo, 13 de junio de 2010

Green goes to the bottom


1: Hey!... ¡También te apareció un agujero a ti!

Desde hace unas dos o tres semanas antes del Mundial, vengo pensando que a Inglaterra le puede ocurrir algo muy similar a lo de Italia en el campeonato pasado. No me refiero tanto a que vaya a ganar la copa (es una posibilidad), sino a que silenciosamente pueda acercarse a las instancias de definición gracias a las características de los rivales de su grupo (Estados Unidos, Argelia y Eslovenia) y a los posibles cruzamientos que se le presenten a partir de octavos de final. En Alemania 2006, cuando nos quisimos dar cuenta, la azurra estaba jugando la semifinal contra el dueño de casa y metiéndole esos dos goles sorpresivos en el alargue. Por otra parte, Inglaterra es lo que se parece, de entre todos los supuestos candidatos, junto con España, a un equipo con buen funcionamiento, donde no existe tanto la necesidad de esperar la aparición de alguna supernova. Y además, Inglaterra tiene, como Uruguay, una deuda pendiente con su historia. Desde que obtuvo el título del '66 jugando como local se terminó alejando, salvo alguna aislada ocasión, de las instancias de definición. Por supuesto, Inglaterra no es Uruguay. Aunque tiene un título mundial menos que nuestra selección, a Inglaterra le sobran recursos como para que nadie se asombre demasiado si lo gana de nuevo. Con todo ese panorama, el partido debut contra Estados Unidos revestía no poca importancia.

Hace un par de días un amigo estadounidense nos escribió a varios bromeando un poco y diciendo que si Estados Unidos le ganaba a Inglaterra el deporte tendría que dejar de llamarse "football" para pasar a ser "soccer". Luego hubo un par de mensajes de ida y de vuelta y alguien terminó indicando que, pese a lo que se cree, "soccer" es en realidad un término británico, así como existe también la alternativa británica "rugger" para "rugby", ejemplos que ya se podían ver bastante antes de finalizar el siglo XIX. Pero el tono de los comentarios en las subsiguientes respuestas se volvió un poco más ácido con las horas. Mi amigo escribe: "¿Y qué tal si se abren un agujero para ellos en el Mar del Norte luego de perder?"... Es que para él, las bondades del final de la primavera en el estado de Oregon no lo podían distraer del desastre ecológico que se vive en la costa del Sur profundo de su país, luego de que sobre finales de abril a la compañía petrolera británica BP se le fuera de las manos el control de un pozo en el fondo del Golfo de México. Como en el ejemplo casi más recurrente en este tipo de cuestiones, que es la actuación de Maradona ante Inglaterra en México '86, muchas veces los campeonatos mundiales intentan restituir por una vía menos que indirecta una porción del orgullo nacional herido por otra nación. En el caso de Argentina, los goles de Maradona fueron una reivindicación de la gallardía de la Nación ante el conflicto por las Islas Malvinas. El propio Estados Unidos lo sufrió cuando en el Mundial de Francia '98 fue derrotado 2 a 1 por Irán. Ambos equipos ya estaban eliminados antes del encuentro, pero para los musulmanes eso fue como castigar al mismo Diablo. Sin embargo, la incidencia de un partido entre Estados Unidos e Inglaterra, en lo previo, no podía agregar mucho al asunto de una supuesta restitución del "orgullo", por la obvia razón de que el fútbol, el soccer, es seguido por una minoría de la población, sobre todo la latina. De todos modos la abrumadora mayoría de los estadounidenses se haría llevar por la lógica y atendería a los resultados de la reunión que Obama sostuvo el mismo día del partido con David Cameron, el primer ministro inglés. En dicha reunión, el presidente de Estados Unidos indicó que su país no tiene ningún tipo de resentimiento hacia el Reino Unido tras el desastre ambiental del Golfo de México.
Por todo lo anterior, para los estadounidenses, sean los que sean que crean que en este partido un tropezón de Inglaterra les daría una suerte de indemnización moral, para ellos, luego de una serie de interminables acontecimientos azarosos de la vida, fue creado Robert Green. A sus 30 años, la carrera deportiva de Robert Green, arquero de esta selección inglesa, no es lo que se dice un recorrido exitoso. Más bien parece ser una larga preparación, demasiado larga, hacia la espera de un premio de esos que la vida suele dar al esfuerzo o a la constancia. Sus logros fueron... 1: 18 partidos preservando el arco invicto en una de sus últimas temporadas en el Norwich City y 2: el reconocimiento de mejor jugador del West-Ham United en la temporada 2007-2008 de la Premier League. Nada de títulos obtenidos. Sólo eso. Y sus momentos más penosos hasta llegar a Sudáfrica fueron... 1: una lesión de aductores en un amistoso contra Bielorrusia que lo dejó fuera del plantel que Inglaterra llevó a Alemania 2006, y 2: en las Eliminatorias europeas para Sudáfrica 2010 se convirtió en el primer arquero de la historia de la selección inglesa en ser expulsado; fue contra Ucrania en octubre de 2009, e Inglaterra perdió por 1 a 0.
Su reaparición en el arco inglés en el debut del Mundial, en el partido entre los gringos, era el momento de su carrera, visto desde el ángulo que se lo observe. Desconfiado de todos los otros arqueros que había probado, entre ellos "Calamity" James, Capello resolvió darle otra oportunidad. Era su momento. No había más vuelta que darle...
Antes de los 5 minutos de juego, Gerard, el capitán de Inglaterra, va a buscar una pelota a la entrada del área entregada de primera por Heskey y define de forma sutil con la cara externa de su pie derecho, como bien lo haría un 9 goleador, sólo que Gerard es un jugador completo, un jugador de dos áreas como los hay contados en el mundo. En la transmisión televisiva un comentarista agrega el dato de que Gerard es uno de los diez jugadores de la Premier League que más distancia recorren por partido, algo así como 18 kilómetros, 600 metros de promedio. Todo era perfecto en ese primer tiempo para Inglaterra. Aunque Rooney no encontraba todavía su oportunidad de gol, aunque Lampard estaba casi a tiro, el equipo funcionaba bien. El entrenador Favio Capello seguía las jugadas con cierta reticencia a dejarse llevar por los impulsos emocionales. A un costado, y enfocado por las cámaras cada tanto, David Beckham, que no jugará el Mundial, aplaudía y alentaba a sus compañeros con simpatía, parado con una elegancia propia de un festival de cine, con su traje gris calzado a la perfección, con una estampa que tiene más de ese aplomo inglés que de la producción para la cámara de hoy en día.
A los 40 minutos, Clint Dempsey entra por el medio con la pelota dominada ante varios defensas ingleses. La acomoda, se da vuelta, la acomoda otra vez y vuelve a girar, siempre ante el mismo marcador, hasta que saca desde detrás de la media luna un remate frontal. El tiro no tiene mucha fuerza, y hasta se podría parecer bastante a uno de esos pases que los defensas en apuros suelen enviarle a sus arqueros. Robert Green se agacha y espera la llegada de la pelota casi sobre la línea de gol. Hay algo extraño en cómo Green coloca su cuerpo, sin embargo. Esta como clavado y envía sus manos hacia el costado derecho como si fueran dos sirvientes saliendo a recibir a un huésped un poco fastidioso y a deshora. Pero los sirvientes son perezosos o tienen mala voluntad. No reciben al huésped, o apenas lo saludan. Green, o sea el otro lado donde está la verdadera parte de Robert Green, no puede creer lo que ve. La pelota roza sus palmas y se manda sola hacia el fondo del arco. Por más que salte e intente dar un último manotazo, el tiempo no le da. Estados Unidos logra así empatar el partido. Green retira la pelota del arco y la avienta hacia adelante de un patadón. Después levanta una mano con la palma extendida hacia sus compañeros en señal de disculpa. Todos saben íntimamente que la jugada no tiene nada que ver con las críticas que antes del Mundial ha recibido la pelota "Jabulani" por sus movimientos imprevisibles, que han hecho que se le desprestigie como a una "pelota de playa".Sus compañeros regresan a sus ubicaciones antes del silbatazo que reanude el juego. Parece que nadie de Inglaterra ha tenido que hacer el trayecto hasta lo profundo del área para cruzar al menos dos o tres palabras de aliento con Green. No, nada... nada de nada. La discreción y el aplomo ingleses han bajado como una bruma repentina y cada uno se aviene con sus propios pensamientos. Hay que mirar un poco más a Green ahora, o recordarlo un poco más. Aunque en el segundo tiempo, con el partido nivelado, vaya a evitar con un manotazo lo que pudo haber sido el gol del triunfo de Estados Unidos. Eso no agrega o cambia nada. Lo que queda, la imagen que a la mañana siguiente van a hurgar los diarios ingleses, varios de ellos crueles(*), es la de Green parado de espaldas a pocos metros del arco, la de su rostro recuadrado por la cámara ultralenta que lo muestra con su nariz apenas enrojecida por el frío de la noche en Rustenberg, con la superficie lisa y frágil de sus ojos celestes enfrentados hacia la nada, iguales a un cartel colgado en la puerta de un comercio con las palabras "Regreso en seguida". Green, que logró su objetivo de poder llegar a atajar en un Mundial, ahora está entendiendo que ese lugar no lo lleva a un futuro, sino que lo devuelve una y otra vez a un pasado de postergaciones. Y es por eso que va a tener que llevar ese peso por mucho tiempo, porque sabe que son sólo los niños buenos los que se van al cielo.


2: De la inteligencia de nuestros relatores y comentaristas televisivos

Desde su ubicación de comentarista en el estadio, Mario Uberti es el encargado de agregar datos anecdóticos, curiosos y hasta, en algunas ocasiones, poco funcionales al juego que el espectador observa por la pantalla de canal 4. Pero todo eso es bienvenido ante el habitual bodrio de los comentarios mayormente reiterativos, carentes de agudeza o de respeto por la lengua española a que nos tienen acostumbrados en la televisión uruguaya, tanto sea en TV abierta como en cable.
La voz de Uberti se cuela entre las palabras de Federico Paz y Mario Bardanca y destaca la figura de Gerard unos minutos después de su gol indicando que además ha publicado un libro de memorias deportivas que recibió el premio a la mejor publicación en esa categoría en Inglaterra. Uberti utiliza el término "ilustrado" para referirse al futbolista inglés. Paz replica si entonces Gerard será "tan ilustrado como valiente". ... Zzzzz zzz zzzz...
Varios minutos después, posiblemente en el segundo tiempo, Uberti comenta algunos aspectos de la vida de Favio Capello, cosas como que es católico practicante, que con su esposa de toda la vida se conocen desde los 12 años de edad, que posee una colección de arte tasada en unos 25 millones de dólares... Paz se orienta hacia la necesidad de reflexionar, o de insinuar, más bien, si desde los 12 años ya habría habido algo parecido al coito, o algo así. Bardanca, por su parte, se asombra de que Capello, siendo un hombre tan metódico, calculador y disciplinado, deje librada a Dios la suerte de lo que le va acontecer. Bardanca, evidentemente, confunde "religión" con "horóscopo", ignora, u olvida, quizás por la prisa de tener que decir algo al aire, que la misma práctica de una religión exige a su fiel la constancia, el método y la disciplina como pruebas de fe, de una fe que está hecha de la seguridad de que ciertas cosas suceden.



(*) El Sunday Mirror nombró el hecho como "the hand of clod" (la mano del tonto), aludiendo irónicamente a la famosa expresión que los toca de cerca: "the hand of God" (la mano de Dios), con la que Maradona les hace un gol ilícito en México '86.

sábado, 12 de junio de 2010

0 a 0 con Francia, o cómo hacer para que no me pisen los huevos


Lo vio todo el mundo. En el segundo tiempo el juez Nushimura paró una acción de la selección francesa. Entre los cambios de cámara y que el problema aparentemente se resolvió de inmediato, quizás se haya demorado un poco en entender qué era lo que pasaba. Nada más que lo que se llama un "objeto extraño" en el campo de juego. En este caso dos globos celestes unidos por sus nudos. El replay definitivo muestra a los globos celestes en un primerísimo primer plano, recortados con perfección sobre el verde flamante del césped del estadio Green Point de Ciudad del Cabo. De repente, en cámara lenta, aparece un botín amarillo y pisa el globo de la izquierda y lo hace estallar. La cámara es tan, pero tan lenta que vemos el curso de la goma contrayéndose y algún que otro pedazo despistado saltando a la nada. Luego, de forma muy anunciada y terrible, el botín reaparece, una vez más de arriba hacia abajo, y revienta el globo de la derecha. Chau, globos celestes.
Ahora, ahora mismo, pensemos por un momento que esos globos celestes, ya que estamos, ya que eran celestes, en fin, representan el "carácter" de Uruguay, los "huevos", lo-que-hay-que poner-cuando-hay-que-poner-lo-que-hay-que-poner", todo eso. Es una metáfora demasiado evidente, pero da lástima dejarla seguir de largo. Así que ahora tenemos el botín amarillo, que aparece súbitamente desde arriba hacia abajo y manda a la miércoles los dos "huevos".
Uno puede pensar que en el minuto 81 Nicolás Lodeiro cometió una de las tonterías más grandes de lo que va de su corta trayectoria profesional. La jugada no admite réplica. Lodeiro va con la suela hacia adelante y la calza contra el cuello del pie de apoyo de Bakary Sagna. Cualquier otro jugador que no hubiera sido Sagna, que parece esculpido en bronce, terminaba fracturado o por lo menos bastante sentido como para terminar abandonando el campo de juego. Cuando el árbitro japonés es enfocado, corriendo hacia el centro de la acción, la tarjeta amarilla en su mano parece más bien una delicadeza exagerada. Lodeiro ya había recibido una tarjeta amarilla cuando ya llevaba poco tiempo como reemplazante de Ignacio González. Su expulsión ya va camino de ser uno de esos detalles que se recuerdan de Uruguay en los Mundiales, del tipo del cabezazo del "Chengue" Morales que pudo haber sido el cuarto gol contra Senegal en Japón y Corea del Sur 2002, o el penal errado por Rúben Sosa contra España en Italia '90 o, de forma algo similar, la expulsión inmediata, a los 56 segundos de ingresar al campo de juego, de José Batista, contra Escocia en México '86. Sin embargo, el problema no es de Lodeiro. Si bien su falta fue desmedida, estaba en sintonía con algo mayor, expresaba un estado de cosas que era muy superior a él en ese instante del juego. Por eso cargar sobre sus espaldas el hecho de que Uruguay se viera al borde de la derrota es en cierto modo una especie de canallada. Porque no hay que exigirle mucho a un chico de 20 años que es un muy buen jugador y al que se lo insertó en la selección en los partidos de repechaje ante Costa Rica como alternativa de algo que en realidad ni siquiera existe en la selección: un conductor del juego, un armador de jugadas. El vacío que Lodeiro dejó con su expulsión en realidad ya estaba en la cancha desde el inicio del partido. Estaba presente en la imposibilidad de Ignacio González de poder concretar alguna jugada clara que abasteciera a Forlán o a Suárez. Por eso Forlán hizo un muy buen partido, y por eso Suárez hizo un muy mal partido. El primero de ambos tuvo que bajar varios metros para poder encontrar la pelota, pasársela a alguien, pedir que se la devolvieran y generar con alguna gambeta el espacio necesario como para sacar un remate franco al arco: cosa que hizo en el primer tiempo cuando Lloris, el arquero francés, no tuvo más remedio que rechazar a un costado el tiro. En el caso de Suárez, sus intentos fueron vanos. No pudo retener la pelota, no estuvo claro para pasarla, etcétera, etcétera...
Casualmente, Francia sufrió el mismo mal: no tener a alguien que pudiera armar el juego, alguien que hiciera que sus compañeros se mostraran como opciones de pase, libres por completo de marca. Ribéry tuvo algunas incursiones muy buenas por la izquierda, pero en todos los casos la defensa uruguaya, mal o bien, lo resolvió, sobre todo con un gran juego de Diego Godín y con la seguridad en el arco que presentó Muslera. Además, el hecho de jugar con Anelka y no con Henry como delantero nos alivió bastante. En mi memoria de espectador de fútbol por televisión, tengo a Anelka como el jugador que más goles claros ha errado en la Premier League. Así que verlo jugar me causó una gran satisfacción.
Lo otro que reveló la expulsión de Lodeiro en realidad estuvo siempre visible en las Eliminatorias, y es la escasa posibilidad de recambio de esta selección dirigida por Washington Tabárez. Y ni siquiera pasa porque se dude de que pueda tener buenos resultados. Es simplemente que nos hemos acostumbrado a los equilibrios precarios. Y cuando el equilibrio es precario, lo que hay que tener es temple, carácter, y Uruguay es un equipo que lo tiene de sobra, hasta el punto de que nos ha hecho conmover sinceramente a sus hinchas. Así que lo terminó demostrando en esos quince minutos finales en los que Francia nos metió contra el arco y buscó romper de una vez por todas el 0 a 0 que en cierto modo reflejaba bastante bien lo que había sido el encuentro. Si uno no fuera hincha de Uruguay, ni de Francia, con toda probabilidad este partido hubiera sido un aburrimiento total.
Pero atendamos un poco a esos minutos finales. Sebastián Abreu, que había entrado por Suárez y que era la opción de encontrar en una pelota aérea el gol de la victoria, terminó siendo un pilar de la defensa. Forlán jugó pegado a los volantes centrales. Cada envío que llovía buscando la cabeza de Henry era un fastidio. Lugano y Godín volaban, cabeceaban, se tiraban al suelo. El "Palito" Pereira jugó hasta el borde de sus capacidades físicas. Todo fue el sufrimiento total. Si a Francia le quedó la amargura de no haber podido obtener el triunfo, creo que a nosotros nos quedó el sabor en cierto modo dulce de comprobar que nuestra "garra" estaba presente. Lo de Lodeiro, en sí, fue la expresión extrema de ese sentimiento, que llevó a su vez a sus compañeros a redoblar la actitud.
Ahora quiero decir por qué este partido me dejó feliz...
Uruguay no va a ser nunca más campeón del mundo. Admitámoslo... No sólo pesa sobre nosotros el hecho de ser un país con pocos atractivos y poco peso para el resto del mundo, sino que el hecho de que ganemos otra vez un Mundial debe estar entre las opciones de menor rédito para la FIFA. Y por si fuera poco, el tiempo es breve y está el asunto del calentamiento global, o de la bomba atómica en poder de Irán o de Corea del Norte... Es decir, ¿qué nos queda por hacer ante tan aplastante panorama? Simplemente molestar. Molestar todo lo posible contra los intereses, aún considerando que nosotros mismos entremos de vez en cuando en el concierto de esos intereses. Pero como nuestras chances siempre son mínimas, siempre seremos una molestia, un dolor de cabeza, una pateadura en el culo. Como lo fuimos ahora para Francia, una de las supuestas potencias del fútbol, último vice-campeón mundial, un candidato, sino de primera, de segunda línea para ganar el Mundial. Va de nuevo: admitámoslo, y entonces va a ser más divertido, quizás el juego nos dé verdaderas satisfacciones, como la de ayer. Los franceses haciendo lo posible por regresar al pedestal del que han descendido, contra sus periodistas, contra su afición... Había que verlos, era muy gracioso. Y si uno ponía el televisor en "mute" y encima colocaba algún disco de Chayanne o de Ricky Martin, todo era mucho más gracioso. En serio. Y nosotros, nosotros que pudimos haber sido descalificados por Costa Rica, pusimos una piedra más en el camino. Esas cosas...
Pocas horas después del partido, me encontré con que un amigo en facebook había publicado las siguientes palabras: "Estos modernos futbolistas metrosexuales... ¡hay que lijar, pasarlos por lo carpido!, ¡basta de efectos comerciales, hay que ser URUGUAY!! Huevo, garra, codo, rodillazo, paralítica; palabras suplantadas por segunda pelota, galácticos, show, ser cautos... ¿Qué calculadora?... Sacá el ábaco y partíselo en la cabeza". Aparte de conmovedoras, estas frases son todo un dechado de capacidad de síntesis de instinto tribal, como vemos... Y aunque la verdad es que hay que decir que algunos de nuestros futbolistas pueden pasar por galácticos, sobre todo los goleadores de Europa Forlán y Suárez, y aunque algunos otros tengan algo de metrosexual, caso de Lugano o de Muslera... la verdad, continúo, es que hay que decir que estamos muy lejos de que esa sea nuestra norma o nuestra necesidad. Y creo que nos gusta mucho que se libere en los partidos todo lo que no tiene que ver con eso: ver a Arévalo Ríos, petizo, morocho, surgido como de las profundidades de la tierra, por fuera de todo el artificio de la prensa y el manejo de la imagen, trancando y llevándose por delante a todos, ver a todos esos sabuesos del medio campo repartiéndola a diestra y siniestra, atendiendo por número; ver esas cosas que nos hacen también distintivos, y saber que están otra vez más allí en un Mundial y que las cámaras se lo muestran a todas las personas del planeta, eso, todo eso es embriagador, y para todo lo demás está Master Card.
Las estadísticas del partido dirán, sin embargo, que Francia cometió más faltas que Uruguay. Pero sus infracciones y su juego brusco no podrían hacer asomar lo mismo que en nuestro caso. Por eso, ahora que recién empezó el Mundial, pensémoslo bien: ¿qué vamos a hacer con el poco tiempo que nos queda? Aguar la fiesta... Es lo que nos encanta, como cuando nos cuentan que Jules Rimet tuvo que improvisar su discurso al entregarle la copa a Obdulio Varela. Quizás la escala hoy sea otra y Maracaná ya se ha convertido en un modelo arquetípico. Pero ante un tipo de fútbol que difícilmente podamos alcanzar por el beneficio de los modelos económicos que nos agobian hoy, ¿qué más podemos ofrecer sino el carácter? Eso de pronto explique por qué en algún lugar donde se halla nuestra información genética los globos celestes aplastados por el botín amarillento-dorado, a un nivel así de profundo, nos dolieron.

martes, 8 de junio de 2010

Aira, el Mago, realidad, ¡blup!

(César Aira y Diego Recoba; Nuevo París, mayo de 2010)


A las nueve de la noche en punto había cuatro tipos en el bar.
Uno había estado apoyado contra el mostrador, mirando a la distancia el informativo en un televisor 14 pulgadas y cuidando el lugar hasta que llegara el dueño. En un pocos minutos aparecieron entonces el dueño y un tercero, ambos cargando media docena de bolsas de supermercado que terminaron desparramando encima del mostrador. El que había estado cuidando el bar separó hacia su lado una bolsa con algunos kilos de chorizo. Después apareció el cuarto hombre, y entre los cuatro comenzaron a quejarse del frío. Luego se pusieron a hablar del partido que Nacional había perdido contra Cruzeiro el miércoles anterior por la Copa Libertadores. De ahí pasaron a comentar cómo había jugado el "Tito" Ferro, y eso los llevó a un retorcido y poco inteligible repaso de algunas campañas del Salus FC... Jugadores que habían surgido del club y que ahora estaban en el extranjero; jugadores que no habían llegado a tanto; jugadores de los que uno se acordaba y otros no... A los minutos uno rechazó un vaso de whisky y se puso a hablar de que había dejado la bebida. Después se levantó la camisa y se palpó la panza. "Mirá todo lo que me falta ahora", dijo.
Eso fue a las nueve de la noche, a un costado de la calle Santa Lucía, en el barrio Nuevo París, de Montevideo.
Una hora más tarde, apareció allí el escritor argentino César Aira. Todas las miradas saltaron en seguida sobre ese hombre de algo más de un metro ochenta de altura, andar cansino y gestos lentos y benevolentes, enfundado en una gruesa campera de nylon verde. Era el escritor que habían estado esperando.
César Aira. Nacido en Coronel Pringles en 1949. Autor de más de medio centenar de libros. Considerado uno de los autores más influyentes de la actualidad en lengua española. Lo mismo polémico que indiferente al parloteo intelectual. Lo mismo afectuoso que encarnizado en sus juicios. Lo mismo simpático que levemente ausente. Ese es el punto. De Aira, incluso desde su alrededor, surge cualquier cosa. Ese es, de nuevo, el punto.
Visto desde una altura de uno o dos kilómetros, en medio de una de las noches más frías en lo que va del año, el sitio en el que se halla el bar Clase A, de Nuevo París, apenas si puede ser visible, desplazado como está por la luminosidad del centro de la capital. Sin embargo, se está produciendo allí un acontecimiento que con los años podrá ser recordado como una curiosidad extraordinaria de las tantas que aparecen dispersas en la historia de la cultura uruguaya... 7 de mayo de 2000. César Aira presenta su libro "Mil gotas" en el bar Clase A de Nuevo París, también taller de la editorial cartonera La Propia.
Aira da unos pasos sobre el piso de portland del amplio salón del bar del Armenio, observa la mesa en donde hablará en un rato, el aparador con los libros de La Propia, los adornos del otro lado del mostrador: una foto de Gardel vestido de criollo, una boa de cartón con el nombre de la editorial, una camiseta de Danubio... En esos minutos previos Aira termina apoyándose contra una de las dos mesas de pool del sector izquierdo del bar y charlando con las personas que de a poco están llegando. Cuando se le pregunta si es la primera vez que viene a Uruguay, Aira abre bien los ojos como si se lo hubiera acusado de algo vergonzoso. "No", responde, "Vengo por lo menos dos veces al año". Entonces la pregunta se afina: "¿Es la primera vez que presenta un libro en Uruguay?". Ahí el escritor baja la guardia y asiente con una melancolía visible. "Sí. La primera vez...". El tema, a partir de allí, es Uruguay...
-¿Sigue pensando que, como dijo en su ensayo sobre Copi, Uruguay es una extrañeza en sí misma, un "objeto artístico a priori"?
-Es que es como un país de juguete... -dice, y se sonríe muy despacio, como si no hubiera apuro, y la sonrisa se queda fija en su rostro -Una vez estuve en México -continúa -en un congreso sobre literatura argentina y uruguaya, y dije que en Uruguay no había regionalismo, porque era tan pequeño que no había región... A la salida me agarró Pablo Rocca y uuuuuhhhhhh, me dijo de todo... que Tacuarembó, que esto y que lo otro... -y vuelve a sonreírse.
Aira continúa con las anécdotas y con el tema de la relación entre su país y el nuestro, el tema de esa tradición argentina que consiste en ubicar gran parte de sus pasiones en este lado del río Uruguay, desde Hudson, pasando por Borges y hasta el mismo Copi. Como ejemplo, entonces, relata un encuentro entre Enrique Estrázulas y Borges. El escritor uruguayo llega al apartamento de Borges para entrevistarlo. La charla se extiende por horas, y en un momento dado Estrázulas se permite corregirle a Borges que en uno de sus cuentos ubicado en nuestro país, donde un personaje dice: "Viva el Presidente de la Nación", debería decir "Viva el Presidente de la República", porque los uruguayos no utilizan el término "Nación". Borges se alarma y le pide a Estrázulas el teléfono para avisar urgentemente a la correctora de la editorial Emecé. "Maestro", le responde Estrázulas, "son las tres de la mañana" (*)
En eso llega el perro del Clase A, también mascota de La Propia. Es un perro negro, robusto y con ojos bonachones que se lo queda mirando a Aira como si estuviera a punto de explicarle algo. Aira se queda concentrado en la mirada del perro y pregunta cómo se llama "Mago", responden. El "Mago" es un perro tan tranquilo como enorme, apenas si huele un poco a cualquiera que entre al bar. Pero basta tan sólo el amague de que le van a arrojar algo por delante para que se adueñe de él la excitación más descontrolada. Cualquier cosa que le lancen él la va a buscar. Una botella de plástico, un bollo de papel, un cascote. Lo que sea. Cuando lo captura empieza a sacudir la cabeza hacia ambos costados y a veces la baba salta en todas direcciones. Algunas veces no se aguanta y arremete contra las tapas de los libros que se están secando en el patio del Clase A y las deshace con furia mientras los chicos corren detrás de él. Pero eso sólo algunas veces. Muy de vez en cuando. Es un perro que necesita algo más de lo que precisa cualquier otro. Pero el "Mago" es, esencialmente, un perro bueno. Así que Aira se queda sorprendido un instante después cuando alguien le recuerda que el animal se llama igual a una novela suya ("El mago", 2000). Casi parece que está a punto de decir algo al respecto, pero entonces lo llaman porque la presentación está por comenzar.
Una vez que Diego Recoba (uno de los editores responsables de La Propia) dijo unas palabras sobre el escritor argentino, Aira se dedicó a hacer aquello que le sale tan bien y que ratifica siempre en cada una de las entrevistas que se le han hecho: la capacidad de escandalizar, romper con los prejuicios de sus espectadores y al mismo tiempo dejar en ellos una huella profunda de humanidad y de pasión por el oficio de la escritura.
Mientras el aroma de los chorizos en la parrilla llegaba hasta el público y el ruido de los ómnibus pasando por Santa Lucía superaba la capacidad del cubo Samick al que estaba conectado el micrófono, la voz de Aira se desgranaba en el Clase A con su suavidad gangosa, tanto para aquellos que lo habían ido a ver, escritores, periodistas, estudiantes (o todo al mismo tiempo), como también los desprevenidos clientes habituales del Clase A que llegaban para el inicio de la madrugada de sábado a puro alcohol y cumbia.
Luego de leídas las dos primeras página de "Mil gotas", fueron un capítulo aparte sus opiniones sobre el nuevo cine argentino ("habría que hacer una pila con todo ese celuloide y prenderlo fuego"), la literatura política ("vivir de reivindicaciones y de desaparecidos no es ya honesto, creo...") o Cortázar:
-Cortázar es un escritor de iniciación, que releído treinta años después descubrimos que es una bazofia y que no renunciamos a ello por no defraudar esa juventud... Cortázar inventó el cuento del vaciado de información y eso fue una mala influencia para los nuevos cuentistas argentinos. Es muy fácil retacear información: queda una cosa miesteriosa, sugerente, barata...
Un periodista entre el público le pregunta si Levrero, a quien acababa de elogiar, no lo había hecho también.
-No -contesta Aira -él lo arreglaba por otro lado... "París" es una cumbre de la novela del siglo XX.
Así es Aira. Parece que entre una afirmación incómoda y otra gratificante para el público no hubiera mediado ninguna clase de esfuerzo retórico. Las frases salen con la misma suavidad, con la misma prosodia de un oráculo perezoso.
Cuando se le interroga, incluso, sobre su reciente fascinación por la lógica imaginativa del relato de hadas (visible en su novela "Yo era una niña de siete años") y en la distancia que media con el gusto por la forma narrativa tomada del modelo decimonónico de sus primeras novelas, simplemente rsponde:
-Es una evolución...
Cuando se le pregunta por qué reivindica las vanguardias sin tomar su componente político, la voz que sale de esa cabeza tenuemente iluminada por una lámpara colgada a poca distancia responde que quizás no sea entonces un vanguardista, luego cita una frase de Baudelaire y hace que todos se rían. El oráculo prosigue. Los ademanes se hacen lentos, el aire se espesa y se hace disfrutable. Todos consultan sobre lo que sea ya a determinada altura de la noche. Es probable que alguien tenga la pregunta de si Argentina ganará el Mundial de Sudáfrica y, consecuentemente, se acabará el mundo tal cual lo conocemos... El oráculo responde con dureza, con liviandad, con frases a medias, con interjecciones, y, súbitamente, se hace el silencio.
-Bueno, sugiero que comamos y bebamos... -dice por último la voz.
Aira se levanta y da por terminada así la presentación.
A partir de entonces empieza a salir la cumbia de la rocola, la bebida circula en mayor cantidad , los chorizos salen de la parrilla, Aira firma libros, firma la camiseta de Danubio, charla con todos los que se le acercan y siempre tiene un gesto de sincero agradecimiento y felicidad por todo lo que esa noche ha traído.
En un alto de la firma de autógrafos, uno de los muchachos de La Propia le acerca un choripán. Aira se apoya de espaldas al mostrador y comienza a comer. De pronto una mirada se coloca sobre él. Es el Mago. Está parado de frente a Aira, con la boca cerrada y apenas sin parpadear. Aira se sonríe, comenta alguna cosa y le suelta al perro un pedazo de chorizo con algo de pan. El "Mago" lo ataja con su boca antes de que llegue al suelo y lo engulle y vuelve a quedarse observando igual que si no le hubieran dado nada.
-¡Quiere más!... ¡Pobrecito!... -dice Aira.
Entonces lo convida de nuevo. Y luego otra vez, y otra vez, y otra... Así hasta que lo único que Aira tiene para ofrecerle es un trozo de pan con una desfallecida rodaja de tomate, pero casi completa.
-No sé si se comerá esto también... No le debe gustar el tomate...
Error.
El "Mago" deja caer el tomate al suelo, lo olfatea un poco y en seguida comienza a masticarlo.
-¡¡¡¡¡SE COME TODOOOOOO!!!!!
Es ahora cuando el "Mago" tiene uno de sus ataques de insatisfacción y salta sobre el escritor y empieza a devorarlo poco a poco. La desazón recorre los rostros de todos los presentes como en un dominó prematuro. Las reacciones se vuelven demasiado lentas. Parece que todo sucede en otra instancia del mundo. Así que cuando el perro se termina lo poco que le queda de César Aira ("Coronel Pringles, 1949... muchísimos libros publicados, muchos muy, muy buenos, y... y pienso que nunca me va a dejar de gustar "Una novela china" o "La costurera y el viento", porque, bueno, ahora no me acuerdo bien...")... así que cuando el perro se termina lo que queda de César Aira, continúa con cada uno de los presentes. No se salva nadie, ni siquiera el dueño, que le dice: "Atrás, chiquito... Soy papá...". Luego vienen todos los chorizos restantes, las botellas, el mostrador, las mesas de pool con sus respectivos tacos y bolas, la rocola, la misma música que queda perviviendo falsamente en el eco de los rincones... entonces la realidad hace así: ¡BLUP! y sólo queda el perro quieto, bien negro, quieto, con sus ojos sin parpadeo, en medio de la noche fría, quieta, alejada, de Nuevo París, apenas recortado, como flotando, esa misma noche en que pasó por allí César Aira.




(*) El cuento es "Avelino Arredondo".