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viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

sábado, 22 de setiembre de 2007

¡Llegó la abuela!

Ayer a la tarde recibimos con Franco a nuestra abuela, la madre de nuestra madre. Se llama Elcira Devitta y a nosotros nos parece todo un personaje. Tiene 85, una memoria y una lucidez implacables y un rasgo que la hace sobresalir entre la gente de su edad: cada vez que la vemos, jamás (pero jamás) nos cuenta las mismas cosas. Aunque hable de achaques, los achaques ni siquiera son los mismos. Elcira nació en Cebollatí y se crió en un lugar llamado Rincón de Aparicio, cerca de Aiguá, cerca del triple límite de Lavalleja, Maldonado y Rocha. Después, como mucha gente del campo en la primera mitad del siglo XX, fue a Montevideo con la esperanza de encontrar una salida económica. Allí se quedó por el resto de su vida (salvo algunos años pasados en Maldonado) porque conoció a mi abuelo, Ángel Bertolino. Elcira hizo sólo un par de años de escuela rural. Siempre dice que le hubiera gustado seguir estudiando, pero las cosas no daban como para eso. Pero de lo que sí se sacó las ganas en la vida fue de leer lo que le cayera en las manos. Cuando era niña o adolescente, y como no había casi qué leer en su entorno, correteaba cualquier papel que el viento llevara para ver qué tenía escrito. Hoy sigue siendo más o menos así. Si yo llego a tener en mi mesa de luz un libro, ella se acerca y me pregunta si me parece interesante. Cuando yo me voy a dormir, resulta siempre que no encuentro el libro, que fue invariablemente secuestrado por mi abuela. Voy hasta donde está ella y la encuentro acostada. Entonces me mira, me hace una sonrisita como disculpándose y me dice: "¡Dale, prestámelo un ratito! Si vos sabés que yo me duermo en seguida..." ¡Qué mentirosa! La escena se repite cada vez que viene. Así, por ejemplo, me acuerdo de que no pude terminar de leer "El gran Meaulnes", de Alain-Fournier, hace como cuatro años. Cuando me quedaban pocos capítulos para acabarlo, llegó mi abuela, me lo sacó y siguió con él viaje hacia Montevideo. Pero fuera de estas cosas, abstrayéndome un poco (¿?), caigo ahora en la cuenta de que cuando yo tenía unos diez años llegué a la conclusión de que era la única persona que yo conocía que me hablaba de libros o que veía leer. Ella, y no otra persona, fue quien me regaló "Don Juan el zorro", de Serafín J. García para que yo pasara mis días de hepatitis. Y si tengo que hacerle justicia, debo decir que en esta oportunidad me trajo de vuelta el libro que se había llevado hacía unos meses, una recopilación de relatos breves de William Henry Hudson. Anoche, antes de irse a dormir, comenzó de nuevo con el ritual de acercarse a donde están mis libros y preguntarme por ediciones con tipografía grande. Yo estaba en el cuarto de Franco, donde está la computadora, y a mi lado tenía una edición de "Jaula de costillas", de Valentín Trujillo, que había estado revisando a causa de la reseña publicada sobre el mismo ayer en El País Cultural y firmada por Carlos María Domínguez. "Abuela, ¿te acordás de Valentín?". "Sí, ¡cómo no me voy a acordar!", me contestó. Entonces le expliqué que Valentín había ganado el Premio Banda Oriental y que ese era su primer libro. Luego me fui a mi cuarto a leer. Resta decir también que cada vez que la abuela viene Franco le cede su cuarto y duerme en el sillón del living o en la casa de papá (al lado). Eso fue lo que pasó ayer. Franco tuvo un ensayo con su amigo el violinista y después siguió de largo con una sesión de billar de varias horas en algún club de Maldonado. Yo terminé de leer El País Cultural y seguí con la edición de la revista Granta en español dedicada a los nuevos jóvenes novelistas estadounidenses. De lo que leí hasta ahora (unos siete de los veintiún autores de la selección) disfruté muchísimo de los relatos "Periquitos", de Kevin Brockmeier, "La reclamación", de Judy Budnitz y "Donde se encuentran el Este y el Oeste", de Nell Freudenberger. ¡Qué bueno ver que en un país como Estados Unidos se sigue escribiendo tan bien y que los nuevos no tendrán nada que envidiar a muchos de sus predecesores! Yo leía algunas cosas y me repetía a mí mismo cuánto me gustaba la narrativa norteamericana. El relato de Brockmeier, por ejemplo, me hizo acordar tanto al poder de sugerencia y concisión de Carson Mc Cullers, que me conmovió. Es más, sentí eso inasible, mitad ternura mitad desgarramiento piadoso, que sentí en las primeras páginas de "El corazón es un cazador solitario". A eso de las cinco de la mañana llegó Franco y traté de dormir; pero ya estaba tan desvelado que poco me costó levantarme antes de las siete para desayunar con mi abuela, que ya andaba entre el cuarto y el baño. Cuando ya estábamos en medio del desayuno, me soltó una frase como si recién se acordara de algo: "¡Ah! Estuve leyendo el libro de Valentín anoche, m'hijo!". "Buenísimo", le dije "¿Y qué te pareció?". "Y... está muy lindo la verdad. Ahora... ¡Mierda que tu amigo ha tenido experiencias sexuales de todo tipo! ¿Eh?". "¿Cómo, abuela?". Yo no entendía muy bien el punto. Me parecía raro que ella confundiera ya no autor con narrador, sino autor con personaje o personajes. Pero ella seguía con su explicación: "Me asombró mucho, mirá, todas las cosas que pasó con homosexuales, para decirte la verdad...". "¿Eh? ¿Estás loca? ¿Qué estuviste leyendo?". Entonces fuimos al cuarto. Cuando le alcancé "Jaula de costillas" lo colocó de inmediato sobre la mesa de luz de Franco, donde además estaba "Desgracia", de Coetzee, y el libro con el que ella se había confundido el libro de Valentín, nada más ni nada menos que las "Confesiones", de Rousseau. Fiel a su costumbre, había leído varias partes de la obra al azar. Entonces empezó a reírse. "¡Ya me parecía a mí que un muchacho tan joven no podría haber tenido tanta experiencia!". Me gustaría dejar en este instante unos puntos suspensivos como reclamando la ayuda de algún lector, pero los voy a dejar ahora, cuando comento que mi abuela, dando la excusa de que al final con la confusión no había podido leer una sola línea de "Jaula de costillas", me pidió para llevárselo a Montevideo. "..."

martes, 8 de mayo de 2007

La cocoa mecánica

Era un mediodía frío, quizás de uno de los días más fríos en lo que va del año. Pero al sol, en el patio del fondo de la casa, se podía leer. Contra una pared blanca puse una silla y, frente a esta, otra más para apoyar los pies. Leía unos ensayos sobre la poesía erótica en el 900 uruguayo. Desde dentro de la casa sale muy tenuemente el sonido de un clavicordio. Franco ha puesto “El arte de la fuga”, de Bach. Por momento el sonido del clavicordio se pierde en el rumor que hace el viento al pasar por las enredaderas. Unos gorriones muy atrevidos empezaron a bajar de la higuera y a remover con sus picos la tierra apenas húmeda. A través de las ramas de la higuera, que ya no tienen hojas y que parecen los brazos retorcidos de un muerto implorando, la luz tibia bajaba y hacía brillar todo, también el plumaje de los gorriones. Eran varios. Unos siete u ocho, quizás algunos más del otro lado del galpón. Todos removiendo bajo las hojas podridas de la higuera.
Luego de almorzar me acosté para seguir leyendo. La luz seguía entrando en mi cuarto. A veces se oscurecía todo cuando una nube pequeña pasaba por el barrio. A través de la pared podía sentir a Franco haciendo unas escalas en su viola.
Después de algunas horas me levanté para ir a comprar algunas cosas para la merienda: pan, leche, cocoa y una nueva lamparita de 40 watts para la portátil que tengo al lado de la cama, imprescindible para poder seguir leyendo en el resto del día. Antes de salir estuve unos minutos tratando de elegir un disco para llevar en el discman. Como a esa hora no había ningún almacén abierto en todo el Kennedy, tenía que ir hasta Tienda Inglesa, lo más cerca que tenía, sacando algún que otro comercio de San Rafael. Pero tenía ganas de hacer un trayecto de cierta extensión en la bicicleta. Así que tenía que elegir un buen disco como para el trayecto, acorde al clima, a mi estado de ánimo (el estado de ánimo era cierta melancolía), etc…
La 9ª sinfonía de Ludwig van Beethoven, ejecutada por la Sinfónica de Berlín y dirigida por Herbert von Karajan. Me preguntaba hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª de Beethoven y también cualquiera de sus otras sinfonías. Mucho tiempo. Creo que lo más que he escuchado de Beethoven en los últimos tiempos ha sido todo de música de cámara. Me alejé del Kennedy por San Pablo rumbo al mar. Uno hace ese trayecto y cruza mo0ntes de eucaliptos, luego el club de golf y después más montes de eucaliptos y más tarde montes de pinos. San Rafael, como muchos otros lugares de Maldonado, está metido dentro de un bosque. Parece un sitio levemente europeo. Tiene una torre de nombre francés y estilo normando que sobresale varios metros por sobre los pinos. Tiene una iglesia que parece una iglesia de las afueras de Londres. Tiene una calle llamada Brighton. Tiene largas calles flanqueadas por cipreses y álamos. ¿Hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª? El primero movimiento… Siempre me conmovió el patetismo del primer movimiento… Recordaba aquellos fines de semana en que con Felipe nos íbamos a su casa del balneario El Chorro. Estábamos estudiando profesorado. Llevábamos las cosas para estudiar. Y yo llevaba una caja con las nueve sinfonías de Beethoven en vinilo, dirigidas todas por Karajan. Me acuerdo de que subíamos del todo el volumen del equipo cuando la madre de Felipe se iba a La Barra a hacer algún mandado y nos preguntábamos si alguna vez alguna banda de rock pudo provocar un estruendo tal como el del primer movimiento de la 9ª. Doblé en la calle San Remo, que desemboca en la Avenida Roosevelt, a la altura de la parada 8 de la Brava. En la calle San Remo me acordé de que por esos años nació mi pasión por el Romanticismo. Sentía el rigor frío del viento que llegaba desde algún lado del sur. Desde esa época viene también mi promesa incumplida hasta el día de hoy de estudiar alemán. El rigor del invierno que se aproxima. Me acordé de una edición bilingüe, alemán-español, de “El viaje en invierno”, de Müller y de lo que significó para los poetas, artistas y pensadores románticos intuir en la cifrada superficie de la Naturaleza la presencia de un signo oculto. Lo que significó ver el poderío inconmensurable del destino y de la Naturaleza en las expresiones más adversas de la Naturaleza, como en las tempestades que se van comiendo los barcos en las pinturas de Turner, como en la pintura “Monje junto al mar”, de Friedrich, como en el caso del poeta inglés William Wordsworth, mirando los insondables abismos de los Alpes en su “Preludio”. Y recordé también a Rousseau. Simplemente a Rousseau caminando. ¿Por qué los románticos se replegaban en la Naturaleza? ¿Por qué ese énfasis? ¿Una nostalgia de Dios buscándolo en su más firme creación? ¿El paso previo al reconocimiento de su abandono?... Cuando entré a Tienda Inglesa yo también empecé a caminar. Como llevaba el discman en la campera, no escudaba a la gente que hacía sus compras, no escuchaba el audio del supermercado. Había empezado el segundo movimiento de la sinfonía, el molto vivace. En ese momento vino a mí la imagen de Alex, el protagonista de “La naranja mecánica”, en la versión de Stanley Kubrick. Sobre todo aquel momento en que está en la tienda donde compra una golosina y mira algunos discos. La tienda en donde conoce a las dos muchachas que se llevará a su casa. A mí, como a Alex, mientras paso por las góndolas del supermercado, nada me toca, todo me pasa por los costados; vivo la exaltación de la tarde en que Beethoven está conmigo, en que he sentido estrechamente a la Naturaleza en la medida de mis posibilidades. Pasé por la sección panadería. Una mujer elegía pan lacteado. Doblé hacia la parte de lácteos. Vi a una profesora que hacía sus compras. No me vio. De haberlo hecho me habría interceptado y me habría hablado insostenibles minutos. Di la vuelta haciendo un rodeo hasta llegar a la parte de lácteos por el lado opuesto. Estuvo eso que me mostró mi padre en el diario El País del día de ayer. En realidad me pasó todas las secciones para que las vichara. Había una pregunta del formulario Proust realizada a una periodista deportiva uruguaya. Algo así como “¿Si viviera de vuelta, que vida tendría?” La mujer tiene la imaginación suficiente como para contestar que sería la misma persona. Yo habría contestado eso si me hubiera llamado Walt Whitman… pero no es el caso… Yo habría contestado que me hubiera gustado una vida en algún lugar del sur de Alemania o de Suiza, más o menos a mediados o fines del siglo XVIII.
(Pip… Pip… Apenas sentí a la cajera… Pip… Pip… Setenta y cinco pesos. Pip... Se llamaba Claudia la chica.)
Cuando salí del estacionamiento puse intencionadamente el último movimiento. Salteándome el comienzo del tercero y el cuarto. Yo hacía ese recorrido en bicicleta hacía siete u ocho años. Y escuchaba también a Beethoven y su 9ª. No conocía tanto a la gente. Yo salía a caminar por los bosques de pinos y eucaliptos en invierno y bajaba hasta el mar. Y sí, podía suceder que todo, aunque fuera la ilusión de una ilusión, estuviera unido.
Cuando llegó la merienda me hice una leche con cocoa, hirviendo. Me preparé también un trozo de pan con manteca y repuse la lamparita de la portátil. Saqué de la biblioteca las “Confesiones”, de Rousseau, uno de mis libros más queridos. No lo he leído todo, me tomo su buen tiempo, pero lo quiero. Lo abrí al azar y descubrí las siguientes palabras, prácticamente al inicio del Libro Sexto, correspondiente al año 1736: “Me levantaba con el sol y era dichoso; me paseaba y era dichoso; veía a mamá y era dichoso; me apartaba de ella y era dichoso; recorría los bosques, las cuestas, divagaba por los valles, leía, estaba ocioso, trabajaba en el jardín, cogía la fruta, ayudaba al arreglo de la casa y por todas partes me seguía la felicidad; no se hallaba ésta en ningún objeto determinado; estaba toda en mí mismo sin poder abandonarme un solo instante. “Nada de cuanto me sucedió en aquella grata época, nada de cuanto hice, dije o pensé en todo el tiempo de su duración se ha borrado de mi memoria. Los tiempos anteriores y posteriores se reproducen en ella por intervalos; los recuerdo desigual y confusamente; pero a éste lo tengo tan presente como si durase todavía. Mi imaginación, que en mi juventud iba sin cesar adelante y ahora retrocede, compensa con estos dulces recuerdos la esperanza que he perdido para siempre. Nada veo ya en lo porvenir; sólo las excursiones a lo pasado son capaces de halagarme, y estos recuerdos tan vivos y verdaderos de la época a que me remonto me hacen vivir frecuentemente feliz a pesar de mis infortunios.”