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domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

Para seguir leyendo, hacer click aquí.

martes, 23 de febrero de 2010

Verano XXII (oy gut)

Esto ocurrió hace un par de sábados, por los días en que estaba leyendo "A guerra no Bom Fim", de Moacyr Scliar. Lo que importa para el caso de esa lectura es que en algunos pasajes un par de personajes (judíos, pues la novela se centra en un barrio judío de Porto Alegre) podían volar. De repente Nathan se levanta de noche y sale por la ventana y vuela como en un cuadro de Chagall, con violín y todo. Leyendo eso me dije en un instante: "¡Ay! ¿Está repitiendo una fórmula de realismo-mágico? ¿Está rindiendo Scliar en su primera novela (año '71) cuentas a su propia época?". No lo sé. Quizás ni siquiera termine siendo algo importante. Moacyr Scliar es un autor que me gusta, y la novela por esos días me estaba entreteniendo bastante de todos modos.
La tarde del sábado del que quería hablar hacía un calor húmedo y pegajoso. No había casi viento y el cielo estaba apenas gris. En la parada 1 de la Mansa, frente a la Liga de Fomento, uno podía ver desde la orilla la tonalidad verde oliva del agua, y más allá la isla Gorriti apagada en una única línea sombría. Y aun más allá, el Pan de Azúcar, como una cresta absolutamente negra a punto de rasgar las curvas de las nubes también oscuras. Me quedé nadando, yendo y viniendo, hasta que se me hizo posible. Las primeras gotas que llegaban desde la tormenta entrevista tras la isla agujereaban la superficie del agua y formaban unas breves coronitas, como si fuera la marca de algún animal tímido y minúsculo que regresa arrepentido y a toda velocidad hacia la arena del fondo. Los primeros rayos entonces se desplegaron sobre la bahía con la misma forma del esqueleto de un abanico. No hay tiempo para un rayo único.
El guardavidas abandona su casilla de un salto y corre hacia la orilla. Comienza a hacer sonar el silbato. Casi toda la gente se ha ido, pero aún quedamos algunos. Sin embargo el guardavidas está preocupado por alguien en particular. A cien o ciento cincuenta metros hay un hombre buceando. El guardavidas se mete hasta las rodillas en el agua como si ese detalle le diera una ventaja extra sobre el buzo. Al final, no puedo saber cómo termina la escena. El viento se vuelve cada vez más imponente, recojo mis cosas y salgo corriendo hacia la rambla. Los rayos caen del otro lado del puerto, contra la isla, por todas partes. Las nubes negras se acercan en unos pocos segundos y el viento aumenta y empieza a transformarse en una turbonada. Corro hacia una calle de las que desembocan en la rambla. La lluvia se vuelve gruesa y me meto de inmediato en el garage de un edificio cuyo portón está abierto. Miro hacia todas partes para ver si el portero se encuentra cerca. Pero no hay nadie. Me quedo en un rincón, del lado de un sitio vacío que corresponde al coche del apartamento 103. Por suerte los del 103 no están en casa, pero contra la viga que divide el 103 del 104 hay atada una bicicleta muy similar a la que yo tenía cuando era niño. Una bicicleta muy de los '70 o los '80. Esas son las pequeñas cosas que me encantan de Punta del Este. Con toda posibilidad los del 103 deben de tener esa bicicleta desde un par de décadas, reciclada cada tantos veranos para sus hijos, sus nietos, qué sé yo... Afuera el viento y la lluvia forman una materia densa, casi imposible de atravesar con la mirada. Resuenan junto con los truenos y los zumbidos del viento varillas de aluminio que caen sobre la vereda desde los cortinados de los balcones y también varios vidrios. Estoy absolutamente empapado, tratando de calentarme un poco con la toalla, un poco menos húmeda que mi ropa. Pienso que si llegaran los del 103, o el mismo portero, tendría que dar explicaciones acerca de lo que estoy haciendo allí, pero es muy probable que la lluvia me ayude un poco y vuelva más tolerables a todos. Aunque no puedo decir lo mismo si el portón del garage se baja y me quedo a oscuras allí adentro.
Estaba en eso, pensando en una cosa y otra, prestándole atención a intervalos a las roturas de los vidrios o a los gritos de algunas personas cuando veo en la vereda de enfrente a un rabino apretándose su sombrero y cruzando contra el pecho su otro brazo, por encima de la abertura desabotonada del sobretodo. Si uno aislara el viento de toda esa situación y lo colocara en otra parte del mundo, por sobre unas montañas de Asia Central, por ejempo, podría ver la tranquilidad con la que el rabino caminaba mientras los vidrios repiqueteaban por todos lados y unos pocos turistas salían de sus automóviles cubriéndose la cabeza con el grueso Clarín del sábado y se tiraban casi de paloma hacia la recepción de los edificios vecinos. La sinagoga de Punta del Este queda muy cerca de allí, casi contra la terminal. Al rabino le quedaba menos de media cuadra para llegar. Era una figura agrisada recortada a medias entre el aguacero. Una figura que se deslizaba a una velocidad creciente, con el viento empujándolo sobre su nuca, su espalda, sus asentaderas, sus piernas, sus tobillos, hasta que la turbonada arremetió por última vez antes de la tregua final y los pies del rabino (que había tropezado) en tan sólo un segundo, quizás dos, se despegaron del embaldosado y patalearon en la nada. Pudo haber sido nada más que un desvarío de la percepción. El rabino tocó tierra una vez más y se reacomodó con dignidad y presteza, recuperando el paso de siempre. No tenía porqué importarle nada. Sólo la fe, que lo estaba llevando adonde tenía que ir.

Cuando la tormenta siguió de largo hacia al lado del océano, atravesando finalmente toda la península, abandoné el garage y caminé hacia el lado de la terminal para llegar a la rambla de la Brava. Apenas pasé frente a la sinagoga miré hacia adentro. El rabino no estaba por allí a la vista por supuesto. Solamente había una niña de unos siete u ocho años, apoyada contra la puerta de la entrada y mirándome con su pequeña Torá de páginas con bordes dorados, apoyada contra su boca.

domingo, 21 de junio de 2009

La calle hacia el mar


El viernes pasado salimos a andar en bicicleta con un amigo y pasamos por la calle Juan José Morosoli, que atraviesa Rincón del Indio y desemboca en la rambla de la playa Brava, más o menos en la parada 26. Verla y empezar a sacarnos fotos fue cosa de un segundo. Después, sin embargo, empecé a pensar en la delicadeza de la ubicación de esta calle, quizás (ojalá que no) desatendida por quienes manejaron en aquel momento la nomenclatura de Punta del Este. La calle Morosoli es una de tantas de las de Rincón del Indio: estrecha hasta el punto de hacerse íntima en la proximidad con los bosques y las casas de jardines apretados, hecha con un pedregullo trasegado hasta el cansancio y levemente poceada. Su particularidad, en cambio, viene del nombre que convoca y de una pequeña historia. La historia me la contó una vez una nieta de Morosoli... Cuando el escritor minuano fallece a fines de 1957 dejó, como se sabe, interrumpidas varias aspiraciones. Una de ellas era la continuación de Muchachos (1950). Las otras dos (u otras dos) estaban ligadas de forma directa con el mar. Una era visitar por fin Ticino, el cantón suizo del que sus padres eran originarios. Era un viaje hacia el mar que lo llevaría a sus propias raíces. La otra era vivir, o pasar bastante tiempo del año, cerca del mar, en una casa en La Floresta. De ahí que me guste tanto la ubicación de la calle Morosoli en Punta del Este.

(Y, bueno, ahora que estoy escribiendo todo esto, me doy cuenta de otra cosa... Más o menos por allí, en la misma orilla de la playa Brava, acontece un episodio de El increíble Springer que es bastante crucial.)

sábado, 27 de diciembre de 2008

Verano I (sebos)

Estoy en la playa Mansa con la niña M. Es Navidad y trajimos su flamante pelota verde de los Backyardigans para estrenarla. Hay algo de viento, y cuando la sacamos de la mochila se nos escapa de las manos y empieza a rodar hacia la orilla. La niña M se despespera y sale tras ella. Es su tesoro, es su vida. Corre y corre y no le importa nada. La pelota da uno tras otro tumbos cortos a ras del suelo y tumbos altos al pegar en la parte alta que dejó alguna huella. Yo la sigo con una actitud más moderada. Sé que el la pelota va a llegar al agua y que la ola la va a devolver. La niña M continúa pese a todo. Ya lleva diez o quince metros esquivando sillas, bolsos y toallas. En los últimos metros hay una mujer joven tomando sol, boca arriba. La niña M le pasa a menos de medio metro y la llena de arena. La mujer se levanta y mira con cara de que la hubieran cacheteado. Yo le paso por al lado sin darme por enterado de nada. En ese momento la niña M llega casi sobre la el agua y se inclina sobre la pelota, pero la resaca de la ola vuelve al mar, se la saca casi de las manos y la niña M cae al agua con su remera y short todavía puestos. Después regresamos de la mano. La mujer está sentada observándonos, yo pongo cara de circunstancia con una media sonrisa un poco hipócrita. Pero la niña M la ignora olímpicamente con la pelota asegurada contra la curva de su barriguita.
-¿Por qué me caí cuando fui a agarrar la pelota?
-Porque el mar te la sacó...
-¿Por qué el mar me la sacó?
(...)
Tratamos luego de jugar a pasarnos la pelota pero la niña M se aburre porque el viento es bastante molesto. Así que vamos al agua. Tiro la pelota hacia adentro y cuando la ola la devuelve la niña M va chapoteando y tropezando tras ella. Eso le parece más divertido, y también cansador. Así que volvemos adonde tenemos las cosas y le prometo que si se porta bien le compro un helado. Ella se sienta y juega a hacer tortitas con arena. Yo saco un libro de Clarice Lispector y trato de leer algo, pero no me concentro, el viento sigue firme y alrededor pasan cosas que me quitan el interés por la lectura, nada extraordinario, sólo la gente viviendo su vida común de todos los días en un feriado de playa. Familias numerosas, familias pequeñas, amigos adolescentes, adultos, niños. Novios, esposos, futuros novios. Una chica le pide fuego a un muchacho que pasa con sus amigos en busca de un lugar libre para jugar al fútbol. Él parece estar desinteresado más allá del favor. Ella lo mira todo el tiempo. Se da vuelta más tarde en su reposera y continúa observándolo. Tendrá 17 ó 18 años, y uno de sus hermanos le dice al padre o a la madre que la hermana gusta de fulano, etc. El fulano va al agua a buscar la pelota y el chico tiene una nueva oportunidad para acusar a su hermana.
-¡Ese malandro! -dice la madre apretando los dientes al hablar.
Pasan muy pocos minutos, levantan sus cosas y se van, como si hubieran recibido una orden o como si hubieran alquilado su parcela de playa hasta cierta hora, o como si se hubieran enterado en ese instante que el sol hace mucho daño, demasiado daño, etcétera.
Vuelvo a la única frase de Lispector que me quedó clara, aunque con ese libro ("Agua viva") no importa que haya cosas que tengan que quedar claras. Hay aspectos que corren por ríos demasiado subterráneos como para que uno pueda pescar todo. La frase estaba realcionada con la pesca, de hecho. No tengo el libro a la mano, pero decía algo así como que escribir es utilizar palabras, palabras que son sebos para pescar lo que no son las palabras. La frase era más larga y tenía algunas vueltas más, pero en esencia es esa. Me parece haber escuchado o leído algo similar en alguna otra parte y también se me vienen a la cabeza las palabras Ernest Hemingway. Así que me pongo a pensar qué sebos estoy tirando. Bueno, al menos tiro mil sebos por día para intentar pescar algunas no palabras. En este caso las no palabras son algo del comienzo de la adolescencia de mi padre, cuando Punta del Este era algo más pueblerino de lo que es ahora. Hablo de medio siglo justo hacia atrás. Estoy imaginándome a mi padre andando en una bicicleta regalada por Rincón del Indio. Estoy haciendo un esfuerzo por penetrar en algo que se vuelve un contorno indefinido a partir de las pocas cosas que sé de la relación entre mi padre y el suyo, algo que tiene capítulos, que tiene un capítulo que tengo que abordar con otros sebos distintos más adelante en el verano, porque la historia se hace otra historia veinte años después, con policías y ladrones.
Me tiendo boca abajo y con la cabeza hacia el lado en el que juega la niña M. Estoy por quedarme adormilado, pero sé que no puedo prolongar mucho la sensación con ella bajo mi cuidado. Entonces siento algo que retumba, hondo, muy hondo, pero de una hondura que parece más temporal que física. Y luego otro sonido similar, más alargado, que le responde. La niña M se quedó suspendida.
-¿Qué es eso?
Miro hacia el lado de la isla Gorriti y veo dos cruceros. Uno estaba cuando habíamos llegado, pero el otro, el que está más cerca, no. De pronto noto que el que está más sobre la isla está dando la vuelta para alejarse de la bahía. Y siguen los saludos. Son sonidos cansados. Parecen dos bestias colosales, inmemoriales, saludándose más allá del bien y del mal, por encima de la amplitud del tiempo, resignados a un próximo encuentro para el que saben que tendrán que hacer ese saludo, para que sea oído por la gente que desde la costa se imagina esa otra vida flotando allí a un par de kilómetros.
El heladero nunca apareció.
Subimos a la rambla y dimos unas vuelta en la bicicleta hasta llegar a una panadería cerca de casa. En el camino nos cruzamos con uno de tantos ómnibus que pasan hacia Montevideo.
-Ese ómnibus pero con otro sonido -dice la niña M.
Ella prefirió un helado vasito de crema y chocolate, y yo me compré un sandwich triple. Nos sentamos bajo el toldo de la panadería, viendo el tránsito de la avenida y fijándonos en las personas que entraban a comprar. Hacía tiempo que no sentía el sabor de la oblea contra la crema. Siempre hay un flash cuando reincido en alguna experiencia placentera luego de mucho tiempo. Y eso ocurre allí mismo. Recuerdo algo difuso, cualquier cosa de hace muchos años estando en casa con mis padres, también en verano. Y listo, creo que una cosa así, que me llena el pecho de aire, cierra bien la tarde de playa.

viernes, 7 de abril de 2006

El desfile de Roberto Giordano. Punta del Este. Enero de 2006.


De los textos que escribí en el último verano, al del viaje a La Paloma se agrega este que presento hoy, en el que jugueteo un tanto sobre las representaciones que se ofrecían del más famoso de los peluqueros argentinos tanto en la televisión como en los diarios. Roberto Giordano es un personaje inusual, a veces mal interpretado y mal odiado por los "opinadores" de buena moral pública. Si Giordano fue o va a ser procesado por un delito efectivamente cometido, eso es harina de otro costal. Pero en cuanto al fenómeno en sí, las opiniones dejan mucho que desear, sobre todo si entran a analizarse las ideologías que se agazapan en los discursos.

Yo, Roberto

En alguno de sus ensayos Borges deslizaba la convicción de una tradición argentina que consiste en situar determinadas pasiones en la Banda Oriental. Algunos de sus propios cuentos son buenos ejemplos, también lo son La tierra purpúrea, de William H. Hudson o El uruguayo, de Copi. Hoy en día esta religión persiste con ejecuciones más modestas y se sitúa en Punta del Este.
Charly García le metió una piña a un fotógrafo de la revista New Men en un boliche de La Barra. Cuando la denuncia fue formulada, el músico ya había declarado “Me chupa un huevo” y se había subido al primer avión que encontró hacia Argentina. Ahora es un prófugo de la justicia uruguaya hasta que la denuncia prescriba recién dentro de cuatro años según la legislación.
No obstante, los capítulos más interesantes y recientes del verano son autoría del pope de la peluquería en el Río de la Plata: Roberto Giordano. Su tradicional desfile, efectuado el día domingo 15 de enero, fue uno de los acontecimientos más interesantes de la temporada si se lo observa como la asunción de una personalidad que pareció llegar a su punto de máxima revelación y / o evolución; algo que ameritaría la realización de un documental que no muchos (ya sea por prejuicio o por incapacidad) se animarían a rodar.
Los antecedentes, las declaraciones de Giordano y las distintas notas que se le dedicaban en la prensa, auguraban un espectáculo imperdible, pleno de tensión entre instituciones más o menos tangibles pertenecientes a ambas orillas del Plata. De un lado estaba la legislación uruguaya para los menores (concentrada en el INAU: Instituto del Niño y del Adolescente del Uruguay), por el otro lado todo el glamour argentino (Giordano, por supuesto). El conflicto se desató cuando el INAU tomó conocimiento de que en el evento se emplearía a una adolescente de 14 años, algo ilegal. A esto se le debe sumar la bronca de los titulares del INAU ante el tradicional uso del nombre de la institución que ha hecho Giordano para promover sus desfiles con supuestos fines benéficos. En una nota aparecida en El País el 13/1, Roberto Arévalo, titular de INAU Maldonado, no ahorró comentarios al respecto: “(...) no hubo ninguna negociación , ni ninguna conversación para el uso del nombre del instituto”. “En el año 2003 entregó algunos cuadernitos, unos lápices de colores y algunas cositas”.
(Al mismo tiempo, alrededor de cuatro mil personas se preparaban para una marcha convocada por FUCVAM (Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda de Ayuda Mutua) desde La Mano hasta la Plaza de los Artesanos de Punta del Este, reclamándole al gobierno de Vázquez la supresión del 7% de interés por las viviendas sociales).
Pero la lluvia que cayó a lo largo de todo el día sábado obligó a que el espectáculo fuera suspendido para el día siguiente. Hubo que esperar veinticuatro horas más para conocer al nuevo Giordano. Porque esa era una de las novedades del desfile. El peluquero pasó de un estado a otro rompiendo la crisálida glamorosa en la que ayer nomás se revolvía. En el verano de 2005 el desfile había tenido por escenario las instalaciones del hotel Conrad, a lo que se debe agregar la milimétrica adecuación que el contexto requería. Giordano asumía allí una suerte de ética torremarfilista, preciosista y etérea por demás
i. Pero algo ha ocurrido. Giordano se está haciendo a sí mismo. En unas breves declaraciones aparecidas en la edición del diario Clarín de Buenos Aires del 14/1, afirma: “Antes hacía desfiles en lugares limitados, pero este será para todos”. “Volví a lo natural, me fui a vivir a las sierras uruguayas y lo que importa son los afectos.” (En esos días el canal 11 de Punta del Este emitía un spot publicitario en el que Giordano exhortaba a la población de todos los barrios de Maldonado a asistir a su desfile llevando una prenda de color azul, el color de su vida...)
Como todo discurso, fenómeno o mito, Roberto Giordano admite ser segmentado en dos. Existe el Roberto Giordano superficial y existe el Roberto Giordano profundo. El superficial está constituido por la imagen que él brinda y vende de sí mismo, esa imagen que algunos comunicadores de audacia a corto plazo se tragan como un caramelo en el que se han relamido con excesiva delectación. Cosa que ocurre en el caso de la entrevista aparecida en la prensa local, en el Estediario del 13/1, firmada por Soledad Bauzá, quien se despacha con una larga introducción previa al diálogo con Giordano y en la que lo somete a una maratón de epítetos del tipo “comunicador fallido”, “peluquero poco activo”, “esteta poco probable e indudable buen negociante”, “figura (...) ridícula”, “falaz benefactor de la belleza” y “dudoso promotor de Punta del Este”. Ya casi como gritando, y como no parece tener más nada que agregar, Bauzá pega más bajo algunas líneas más adelante: “Por momentos su mirada nerviosa y paranoica incapaz de posarse en los ojos del interlocutor da lástima y parece que fuera a brotar de sus labios un angustiado ‘no me peguen, soy Giordano’”... Todo esto constituye finalmente, y no más que eso, una celebración del Giordano superficial, en el que la periodista pasa a creer punto por punto. Giordano pasa a tener todas las de ganar; las preguntas, a priori provocativas, caen sobre el entrevistado y este se las sacude como si fuera caspa en sus hombros (imagen indigna para Giordano, pero imagen al fin). El sumo ejemplo son las dos últimas preguntas y respuestas; la indisposición latente de la periodista le impide continuar la charla justo llega al centro neurálgico del asunto: Bauzá: “Punta del Este, entonces, nuevamente le dará el escenario y ganancias de su desfile . ¿Qué le da Giordano a Punta del Este? Giordano: “No, yo no le doy nada. Es grande, y tiene lo suyo. Lo que yo hago es disfrutarlo porque es muy grande , es la celebración de la belleza.” Bauzá: ¿La celebración de la belleza o de los números? Giordano: “Los números cuando tenía veinte años me importaban, ahora tengo sesenta y me importa mi familia. ¡Te quiero mucho, hasta siempre!”. La frase “Lo que yo hago es disfrutarlo (a Punta del Este)” es importante porque sitúa a Giordano como un turista más que como un empresario.
Bastó ver sólo algunos minutos el desfile de este año para apreciar qué poca relación mantenía con cualquier otro desfile que se pueda encontrar en la televisión. La diferencia era, obviamente, Giordano. Cerca de la hora de comienzo, aún con la amenaza cierta de tener que suspender por lluvia, las cámaras registraban los últimos detalles previos a la fiesta. Una cámara fija, a lo lejos, como si hubiera sido encendida por descuido, captaba un Giordano histérico que comenzaba a dar órdenes a un sector del público, demandando al acción inminente de los funcionarios de la prefectura. “¡¡Prefectura!! ¡¡Prefectura!! ¡A ver los de Prefectura! ¡A trabajar! ¡A trabajar aquí! Si no se sienta esta gente no empiezo el desfile... ¡A ver, vos, te sentás! ¡Te sentááááás, te digo! ¡Sí, a vos, te sentás! ¡¡¡Te sentás!!! ¡Vamos que está lloviendo en Punta Ballena y en cinco minutos llueve acá”. Cuando el desfile pudo comenzar, lo que se vio a continuación fue una fiesta, pero la fiesta exclusiva de Giordano en la que este se había dignado invitar al pueblo. Las modelos pasaban por la pasarela, pero la cámara recogía su imagen una y otra, y su voz se escuchaba dando rienda suelta a su improvisación (la suya). parecía un desfile de los años anteriores, pero algo empezó a cambiar, algo se puso extraño. Primero fue la abierta provocación al INAU (cuyos inspectores habían tratado en vano de realizar sus funciones previo al inicio gracias al séquito del peluquero) cuando la tan mentada adolescente de 14 años cruzó por primera vez la pasarela con la unción de Giordano: “¡La nueva Valeria Mazza!”. Después fueron los cortes continuos, irreverentes y disparatados con que cortaba el desfile para realizar una mini-entrevista a alguna modelo... “Pará, pará la música”, decía... Luego estuvo la tradicional pasada de las modelas vestidas con los colores del club de los amores de Giordano: Boca Jrs. Nuevamente deja su lugar junto a Teté Coustarot y se abandona en un arrebato de talud en medio de la pasarela, agitando una bandera del club argentino. “¡Sos lo más grande, Boca!”. Le alcanzan una bolsa con pelotas y empieza a lanzarlas hacia el público. Pasa la lluvia de pelotas; ahora Giordano, mientras pasan una canción de Juanes, dice que si todo el mundo no se para y se pone a bailar se termina todo, que hay que divertirse. Algunos invitados bailan, la mayoría se miran un poco perplejos y se mueven un poco con cada frase de aliento / advertencia que llega de la pasarela. Pero el momento más llamativo se da cuando le acercan un botellón de Chandon; lo agita empapando a las modelos y algunos técnicos y bebe, luego lo pasa hacia la parte más VIP del público, donde el Chandon comienza un curso imprevisto en el que cada cual a su turno se lleva el botellón a la boca y bebe brevemente. Los primeros planos de las tomas muestran a algunos notables con el champagne chorréandole por las comisuras de los labios.
¿A qué hemos asistido? ¿A un desfile? No, tanto... Asistimos a una fiesta personal, a la fiesta personal de Giordano, que, a diferencia de otras de Punta del Este, es abierta al público; una fiesta que no se realiza en la privacidad de ningún jardín de San Rafael, Rincón del Indio o La Barra y que tiene como fin único celebrar la figura de Giordano, satisfacer todos sus caprichos y convicciones, hacer que lo miremos solamente a él. Una orgía en clave para la televisión y en la que las modelos son meros bufones en la corte de este peluquero.
Se ha hablado a menudo, realizando determinadas interpolaciones, del carácter surrealista de Giordano, quizás por lo divagante. Pero donde más cómoda queda su figura es en la imagen ligeramente romántica, plena de ideal, capricho y persecución de sí mismo, con la que parece hacer lo que quiere llevándose todo por delante, desarrollando un impulso de voluntad que lo afirma una y otra vez. Y este es el Roberto Giordano profundo, un tipo que se hace pasar por tonto para pasarla bien, para crear a su alrededor aquello lo haga vivir su fantasía. (La búsqueda del dinero no es suficiente, no lo puede ser llegado un momento)
La tensión con la Justicia es un índice de apoteosis en el camino que ha trazado. Porque, como si fuera poco, como una entidad que se manifiesta y se deja ver a su sola voluntad, Giordano desapareció inmediatamente después de terminado el desfile. Los inspectores de INAU lo acechaban y no pudieron dar con él. Ahora tendrá que responder a algunas denuncias que han sido formuladas en su contra. Giordano ha rozado los límites que le imponía la sociedad, ahora la provocación que ha hecho a las instituciones lo erige como un verdadero “maldito”. Y no se trata solamente de emplear a menores para trabajar en el desfile. Otra nota de Estediario, del día 17/1, deja entrever algo más abominable, algo que quien firma la nota no se atreve a nombrar: “¿Por qué las niñas permanecen tanto tiempo en Uruguay si el desfile se realiza durante una sola jornada? ¿Dónde se alojan? ¿Quién es responsable por ellas durante su permanencia en el país?” En su breve espacio televisivo del mismo día (emitido a través de canal 4 y retransmitido por canal 11 de Punta del Este), Roberto Giordano comenzó diciendo: “Ustedes se preguntarán dónde estoy, qué está haciendo Giordano. Bueno, estoy con la modelo...”, luego dice el nombre de la modelo y pasa a hablar de ella. Pero sus palabras sonaron como un eco de Bin Laden, como una bravata contra aquellos que no pueden acceder a él, como esas transmisiones en que los villanos toman por asalto la televisión desde un lugar ignoto para transmitir su voluntad. Y por allí debe andar Roberto, flotando y brillando en algún lugar inaccesible para las convenciones y las razones. Un puro gusto.