Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (II)


10

EXTRAÑO SAN CRISTÓBAL. Cierro los ojos y puedo sentir la lluvia de la mañana. Veo el incendio de las nubes asomándose tras los cerros. La ciudad es una olla siempre a punto del hervor. No puedo decir que sea bonita desde un punto de vista arquitectónico o urbanístico, pero tiene al menos dos formas de estar viva: una alborotada, tumultuosa; la otra, más emparentada con la insondable quietud de las montañas y el verde.
En la crónica anterior prometí que hablaría de los talleres y del trabajo que allí realizamos, pero la verdad es que me da mucha pereza, y prefiero dedicar este tiempo de escritura sólo al disfrute, y no tanto a la información de rigor. Así que avancemos.
El lunes, Chávez visitó San Cristóbal para apoyar a su candidato en Táchira, Leonardo Salcedo. La ciudad se vistió de rojo y la gente colmó la avenida. Yo estuve un rato ahí. Después me escapé. Caminé por las calles casi desiertas, entre comercios cerrados y vigilancia militar. La poca gente que no participaba de la marcha, seguía con sus actividades de un modo casi empecinado, hostil. La verdad es que si algo he notado es que las posiciones políticas en Venezuela están tan alejadas que parecen irreconciliables. Y, tengo que decirlo, no estoy seguro de que ninguna de las partes tenga intención de reconciliarlas. He hablado con venezolanos pro-Chávez y anti-Chávez. No he logrado hablar con ninguno que quede fuera de estas categorías. Acá, o se es acérrimo defensor o acérrimo opositor, y de alguna manera eso me provoca espanto. Trato de ver el futuro de una sociedad que juega en esos términos, donde una parte apuesta todo a una visión casi mesiánica de un particularísimo tipo de socialismo, que exige un compromiso casi devoto e incondicional. La otra, dispuesta a abrazar para siempre el actual orden de las cosas, una mirada ciega que busca negar la enorme parte podrida del mundo actual. No comulgo con ninguna de esas dos miradas: desconfío de la incondicionalidad, ese es mi problema, y desconfío porque no creo que exista la infalibilidad.
Ahora estoy en Caracas, en el Hotel Alba Caracas (ex Hilton), miro por la ventana de la habitación y veo torres (dato: en el hotel Jardín me alojé en la habitación 87, ahora en la 807, caballeros, hagan juego). Extraño San Cristóbal.

11

NOSOTROS SOMOS COMPATRIOTAS. El domingo conocí uno de los barrios más peligrosos del sur de San Cristóbal, según la municipalidad, que lo catalogó como zona roja. Allí, el vecino Asdrúbal Ortíz iba a presentar su libro "Mi comunidad tiene lengua", una recopilación con relatos de sucesos y personajes de su barrio, editado a través de la Red Nacional de Imprentas, mediante el sello editor El perro y la rana, cuya gente hace una labor de inmensa generosidad. Llegamos a las 3 de la tarde. Había miembros del Consejo Comunal esperándonos. Nos pusimos a armar los toldos, las mesas y las sillas, porque el acto sería en el medio de la calle. Una calle, a propósito, que se deslizaba como un tobogán hasta darse de cara con el cerro, que se elevaba desde allí como una pared de vegetación. "Este es nuestro pulmón", me dijo un vecino.
Forramos las sillas de plástico con unas fundas blancas, y luego les atamos listones color salmón, de modo que el moño quedara hacia atrás. La tarea se me daba bien, así que pronto tuve alrededor un pequeño grupo de niños con sus madres, que querían aprender cómo hacerlo, para ayudar. Uno de los niños tenía puesta una camiseta de River de Montevideo (¿cómo había llegado a sus manos? Imposible saberlo). Otro nos tomaba fotos y después salía corriendo, muerto de risa. Y de a poco los vecinos se fueron acercando.
Antes de comenzar quisimos ir a comprar agua. Yo había visto un almacén a la vuelta de la esquina. Me dijeron que mejor no fuera. "Hay tres tipos armados", advirtieron. "¿Armados?", pregunté, "¿Están asaltando?". "No, no, están armados nomás, y tomando, así que mejor no ir". Quizá sea bueno aclarar ahora que esta zona de Venezuela está a apenas una hora de viaje de Cúcuta, en Colombia, y que los paramilitares van y vienen casi sin control, funcionando de acuerdo a una lógica mafiosa de cobro de tasas de protección. Algunos, incluso, regentean clubes de salsa.
Me quedé muy nervioso. Luego comenzó la actividad, mis compañeros (un chileno y un colombiano) hablaron primero, y luego vino mi turno. Dije un par de palabras, leí un fragmento de una novela en proceso, y nada más. Durante todos estos días he estado mucho más propenso a escuchar que a hablar, a observar que a ser observado. Lentamente todos nos emocionamos, y la gente se sorprendió, primero, para luego emocionarse con nosotros también. Yo estaba viendo un acto de verdad revolucionario, sin multitudes, sin marchas, sin discursos de puño agitado al cielo. Sesenta personas de su barrio, escuchando a tres extranjeros, llorando un poco con ellos, antes de oír a su vecino contarles por qué escribió ese libro, por qué era necesario no dejar morir la historia de su pedacito de tierra y de la gente que vivió allí, y luego, llamándolos a todos y cada uno por su nombre, para entregarles el libro en la mano.
Ese libro había salido dos días antes de la Librería del Sur de San Cristóbal, un pequeño y hermosísimo local donde un grupo reducido de personas trabajó con devoción, de modo casi artesanal para poder hacer realidad esa diminuta maravilla que al final cuajó en esa tarde de agobio y de lluvia bajo los toldos, en Genaro Méndez. Y yo tuve la suerte de estar allí para verlo.
Nos dieron abrazos y nos hicieron firmarles los libros, nos presentaron a sus hijos e hijas y nos sonrieron con toda la amplitud de sus bocas. Nos pidieron nuestras direcciones de correo. Nos hablaron de Artigas, de O’Higgins, de San Martín. Nos invitaron a volver y a quedarnos en sus casas. Nos hicieron sentir en casa. Hicieron que entendiéramos, con la absoluta elocuencia de los hechos sencillos, que es verdad, que debajo del continente corre la misma sangre. "Ustedes no son extranjeros acá", decían, "nosotros somos compatriotas". Les creí.

12

PERIBECA. Luego de lloriquear como nenitas, nos llevaron a un pueblito turístico al norte de San Cristóbal. Peribeca. Muy bello. Construcciones antiguas, callejuelas empedradas, una iglesia rústica con un mural que parecía haber sido pintado en chiste, puestos de "buhoneros" (vendedores ambulantes), artesanías, dulces y licores. Bebí ponche de huevo, licor de café. Atardeció mientras estábamos en una especie de fonda, tomando cerveza Polar Solera (etiqueta verde, la que más se parece a nuestra Patricia). La noche se fue derramando sobre los cerros como si la oscuridad fuera una niebla líquida que tenía una sola misión, cubrirlo todo el tiempo suficiente para que el nuevo día se preparase. Cuando apenas quedaba una última franja de luminosidad cobriza sobre la tierra, yo pensé: "De esto ya no me olvido".

13

SUPERMAN. Tras un día de trabajo agotador, mis compañeros poetas iban a hacer una lectura abierta en la Plaza Bolívar de San Cristóbal. Fueron subiendo de cinco en cinco a la tarima en la que estaban la mesa, las sillas, los micrófonos. Yo estaba cansado y no me sentía muy bien. El clima cambiante, el desayuno demasiado pesado (¡ah, las arepas!), el ron. Nada, el caso es que estaba a punto de dormirme, la cabeza me bailaba sobre los hombros, sin control de mi voluntad. En eso estaba cuando, al mirar a mi derecha, vi a Superman. Era así: negro, pelo corto con motas, 1.60 de altura, botas de cuero, traje azul con una gran "S" en el pecho, capa roja, calzoncillo –también rojo- por encima de los pantalones, anillos en todos los dedos de la mano derecha, un enorme reloj, una mochila a la espalda, sonrisa indescriptible, mirada inquietante. "Estoy peor de lo que pensé", recuerdo haberme dicho a mí mismo. Entonces comencé a oír la conversación. Horacio (Cavallo, el otro uruguayo), hablaba con Superman:
-¿Y tú de dónde eres? –preguntó Superman.
-De Uruguay –respondió Horacio.
-Ah, ¿y él de dónde es? –insistió nuestro incansable héroe.
-De Uruguay, también…
Yo a estas alturas ya entendía claramente que Superman, por algún motivo que seré incapaz de dilucidar, estaba haciendo lo posible por agregarme a la charla. Me hice el dormido. Superman entendió el mensaje.
-¿Y cómo se llama él? –preguntó.
Horacio me miró y sonrió. Una maldita idea le cruzó por la cabeza.
-Él es Clark Kent –dijo el muy desgraciado.
Los ojos de Superman se iluminaron. Ya nada podía detenerlo. Habían aceptado el juego y ahora las reglas las ponía él. Yo dije para mis adentros: "Ay, no", y me dispuse a hacerle frente a la adversidad.
-¿De veras tú eres Clark Kent? –preguntó el bizarro héroe mientras, maravillado, observaba mis lentes y un jopo rebelde que me caía sobre la frente.
-Ajá –respondí, lacónico.
-¿Y también eres Superman?
-No. Abandoné, era mucho laburo… me quedé sólo con el curro del diario.
Superman me miró sin entender. ¿Qué loco podría renunciar a ser el héroe más grande de todos los tiempos?, parecía estarse preguntando. Yo volví a mi letargo, y aunque Superman se quedó a mi lado un buen rato más, mientras la gente le tomaba fotos, al final se cansó y se fue.
Pero claro que eso no fue todo, porque al rato, Superman volvió. Había estado meditando y tenía nuevas inquietudes, además de algunas interesantes revelaciones, datos que le habrían servido a un profesional de la psiquiatría para comprender su verdadero estado mental.
-Sabes que yo soy el hijo de Superman –dijo.
-Ajá –dije yo-. El hijo de Superman.
Y acá todo adquirió ribetes de un onirismo ciertamente alucinado.
-Yo conocí a mi padre en Estados Unidos. Él está en una silla de ruedas que vuela.
"Cartón lleno", pensé.
-Así que tu padre se llama Christopher, ¿no? –completé.
-Claro, ese es mi padre.
"Misterios de la genética", me dije. Pero vean ustedes qué raro era todo: este muchacho no sólo jugaba (supongamos, de momento, que no estaba en verdad demente) a ser un superhéroe, sino que alegaba tener una relación filial, no ya con el superhéroe (¡que no existe!), sino con el actor que lo hizo famoso en el cine, un actor que ya falleció (dato que nuestro amigo venezolano omite), y que pasó sus últimos años parapléjico. Eso es lo que yo llamo tener dos corsos a contramano en el marote.
Cuando yo pensé que todo había llegado al fin, Superman volvió a la carga.
-¿Cómo dejaste de ser Superman? –preguntó.
-Kriptonita roja –respondí de inmediato. Y entonces sí, me erguí en mi asiento, lo miré fijamente, esforzándome por lograr la mirada de Marlon Brando (cuando interpretó a Jor-el), y le dije-: Todos hablan de la kriptonita verde, pero esa no te hace gran cosa, la que de verdad te liquida es la roja.
Superman se alejó, pensativo. Mientras, yo me quedé pensando en lo que había dicho, seguramente una idea que me venía de lejos, de los días más profundos de mi infancia, en los que devorar historietas era mi placer más sofisticado. "Kriptonita roja", dije, mientras veía en mi memoria la marea roja del día anterior, durante el acto de Chávez.

14

NO SOMOS LATINOS. Los uruguayos –al menos Horacio y yo- no tenemos sentido del ritmo y nos aterra el ridículo –bah, nos aterra nuestra idea del ridículo-. ¿Por qué digo esto? Bueno… el autobús que nos trasladaba de un lado a otro en San Cristóbal se llamaba El Bandido, y no era un autobús, sino un club de salsa. Aquí los autobuses tienen nombres: El Renegado, El Poderoso, El Clandestino, El Convicto... y así está el tránsito, como ya dije antes. Pero hablemos del ritmo. Fernando, de Colombia, se compró un bongó. William, de Venezuela, tiene maracas. Hace un par de noches el grupo se quedó hasta el amanecer en la entrada del hotel, dale que te dale. Los guardias de seguridad primero ordenaron que cesara el alboroto. Luego instaron al diálogo. Más tarde suplicaron. Al final se rindieron. Desde mi habitación, en el tercer piso, escuché la Guantanamera más larga de la historia, y aprovecho este artículo para proponerla al Libro Guiness y para denunciarla ante el Tribunal Internacional de Derechos Humanos, todo junto.

15

HABRÁ GATORADE PA’ TODOS O PA’ NAIDES. Al final llegó el día del acto de cierre del Encuentro. Luego de cinco días de trabajo, de haber elaborado un manifiesto y un documento con propuestas y programas bastante concretos, nos llevaron al Teatro Luis Gilberto Mendoza para participar de una reunión con el Ministro de Cultura. Se trataba de una reunión abierta al público, y si bien es cierto que estas son épocas electorales en Venezuela, yo fui demasiado ingenuo como para prever lo que habría de ocurrir.
El acto se convirtió, de un momento a otro, en un acto político. Pero eso no me molesta, nuestro manifiesto era muy político, en el sentido amplio y profundo del término. No. Me refiero a que la presencia del Ministro respondió a necesidades proselitistas muy evidentes, y que en el fondo la presencia de los "poetas y escritores por el Alba", fue una excusa. Eso es lo que pensé en el preciso momento en que estaba ocurriendo aquello, y eso pienso todavía ahora, dos días después, con tiempo para la reflexión y la calma.
Un par de detalles me parecieron interesantes y elocuentes. No diré que son demasiado importantes, pero sí son significativos. En cierto momento el Ministro dijo algo así (siempre gritando, claro está): "¡Hemos generado conciencia crítica! ¡Ahora uno va y habla con uno de nuestros campesinos, y si le pregunta quién es el responsable de la situación de los pueblos de América, él responde: El imperialismo yanqui!". Vaya, vaya, vaya. Para empezar, me gustaría saber cómo sabe el Ministro que ese campesino llegó a esa conclusión a través de una conciencia crítica diferente a la que impuso, hace unas décadas, la idea de que todo era culpa del comunismo. Cambiar "comunismo" por "imperialismo yanqui" en el casillero de los monstruos a los que hay que odiar, sin que se procese una verdadera reflexión crítica autónoma, no asegura nada. Es una mera cuestión de forma, una práctica de conductismo. Yo hago sonar la campana. El perro babea. Yo grito: "enemigo". Él dice: "imperialismo yanqui". Algo no me suena bien en esta idea.
Otro detalle. A todos los que estábamos sentados a la mesa con forma de herradura nos sirvieron agua sin gas (marca "Nevada", para más datos). Los jerarcas y autoridades de la mesa central fueron los primeros en quitarle la etiqueta a las botellas, y luego todos los imitamos, como niños bien educados en casa ajena. Pero más tarde, esos mismos jerarcas y autoridades recibieron sus botellitas de Gatorade, y no sólo no le quitaron las etiquetas, sino que el color naranja de la bebida energizante (que acá se toma como si fuera Jugolín), marcó claramente la diferencia entre los más importantes y los menos importantes.
¿Estoy quejándome porque no me dieron Gatorade? ¡Claro que no! ¡Si no me gusta el Gatorade! Y no sólo eso: me parece un asco. Estoy señalando un modo de pensar que me parece errado. Y ya dije que no era importante, pero sí lo considero significativo: ¿era tan difícil para los jerarcas beber agua, igual que todos los demás? ¿Era tan difícil quitarle la etiqueta al Gatorade igual que se la habían quitado al agua Nevada? ¿Era tan difícil mostrar una voluntad socialista también en los detalles? Como diría Paco: ¡Qué lástima!

16

CARACAS. Es una ciudad vertical. La gente ha ganado las laderas de los cerros. Siempre recuerdo que en la escuela nos hablaban de los cultivos en terrazas de los Incas. Bueno, acá se hacen terrazas para hacer viviendas, casas que parecen, todas, haberse quedado detenidas en algún punto intermedio de su construcción. No hay revoque, apenas ladrillo (nuestro viejo y querido ticholo), bloque, chapa, formando laberintos en la montaña, como un manto precario que trepa hacia la cumbre sin mayor convicción.
Eso pasa en la periferia, mientras, en el centro, la verticalidad se manifiesta en su forma más agobiante: edificios altísimos, de metal, cemento y cristal, como lanzas. Imponentes. Faraónicos. El mismo hotel en el que estoy hospedado ahora es, a todas luces, excesivo. Denme un momento. Voy a contar los pisos de la torre norte. Hecho: veintinueve. Hay gente que dice que se podría acostumbrar a vivir así, en hoteles de lujo, con servicio a la habitación y toallas limpias todos los días. Bueno, es algo así como lo que decía en la crónica anterior, hablando de la perspectiva de la mirada de alguien que se ha acostumbrado a volar: ver el mundo desde el piso veintinueve, rodeado de calefacción central, alfombra, tv por cable y sales de baño, puede desorientar hasta al más socialista. Yo hubiera preferido que nos alojaran en algún sitio menos lujoso, más a nivel de hombre, por decirlo de algún modo.

17

DESCONECTADO. Con acceso restringido a Internet; con dificultades monetarias -¡es carísimo!- para comunicarme por teléfono con mi familia, amigos o trabajo; sin ganas de ver televisión –pero sé que en EEUU ganó el negro-, me está dando curiosidad saber qué ha pasado en Uruguay. Igual, me voy a contener. No voy a entrar a la página web de los periódicos, no me voy a enterar de nada. Prefiero sorprenderme. Además, no quiero llegar y tener que hablar sólo yo, prefiero que todos tengamos cosas que contar. Así que me voy, con mis dudas a cuestas. Pero antes, una confesión: no saben lo hermoso que es escuchar Guitarra negra, estando lejos de casa. Sólo por eso ya valió la pena el viaje. Saludos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (I)

Leonardo Cabrera está en Venezuela por estos días, invitado a un congreso internacional de escritores. Días antes de su partida surgió la idea de que escribiera algunas crónicas sobre el viaje y las publicara en Tartatextual. Ayer domingo 2 me llegó la primera parte, que hoy llega a los lectores... Espero que la disfruten. DGB.

EL VUELO, LA LLEGADA, EL COMIENZO DEL ENCUENTRO
Escueta crónica de una experiencia intensa -1-
Leonardo Cabrera

1
NO TENGO MIEDO. Me subo al avión y no dejo de ver la enorme turbina que ya zumba y sisea. En el centro tiene un cono que parece un barreno, un taladro que se apronta a perforar el aire. Hace calor en Carrasco, el cielo está bastante azul y los nervios de los días previos al vuelo han ido diluyéndose hasta desaparecer. Estoy contento de haber pedido ventanilla. Entro y ocupo mi asiento, 17F, en medio no va nadie; sobre el pasillo, un brasilero. El avión va a San Pablo y la aerolínea es TAM, de modo que allí dentro reina el portugués. Practico mentalmente la única palabra que pienso pronunciar de modo más o menos decente en las próximas 15 horas: "Obrigado". Finalmente el avión se mueve, pienso que de un momento a otro llegará el miedo, y después del miedo las náuseas. De niño no podía viajar en ómnibus sin vomitar. Era terrible. Igual, peor que el vómito era la inminencia del vómito. Todo comenzaba con el aumento de temperatura de la saliva y entonces ya el proceso era indetenible, no había marcha atrás: iba a vomitar sin importar lo que hiciera. Recuerdo el gusto de los ácidos gástricos en la boca. No es agradable. No quiero vomitar. De todos modos, por si acaso, busco una bolsita en la gaveta del asiento: "bolsa para mareos", dice. Piensan en todo.
Rutina. Las aeromozas y el capitán hablan, indican, aconsejan, ordenan. El avión se pone en marcha. Acelera, desarrolla una velocidad que se me ocurre insuficiente, no es, ni por asomo, lo que esperaba: "Así, esto no va a despegar", me digo, y apenas pienso eso, la nave abandona el suelo con tal suavidad que me cuesta mucho contener la risa, ya no una sonrisa, sino una verdadera risa de júbilo -que es algo así como una alegría bíblica-, de sorpresa, de fascinación. Nos elevamos y la tierra se empequeñece, todo parece de juguete y pienso que a alguien que viaje demasiado le ha de costar recordar que las casas y los hombres que se mueven allá abajo no son juguetes, que no están hechos de plástico y de cartón pintado. Desde esa altura todo adquiere una dimensión irreal.
El brasilero está muy silencioso, con los ojos cerrados y se toma la cara con las manos. No sé si está rezando, pero me parece que es así. Pobre. Me gustaría decirle algo que lo tranquilizara, pero sería un atrevimiento de mi parte, yo, que soy apenas un novato que lleva diez minutos de vuelo y ya por eso se cree que domina las alturas.
Miro el ala. Se sacude con unas turbulencias leves. Parece fragilísima, esa es la verdad. Tiene una inscripción, dice: Do not walk overside this area, es decir: No camine sobre esta área. Me da gracia. De verdad que no se me habría ocurrido intentarlo, pero nunca se sabe, la gente es muy loca.
2
EL RESTO DEL VIAJE transcurre sobre una alfombra de nubes. Lo siguiente son 8 horas de espera en San Pablo. Es la primera vez que estoy en un lugar así, basta afinar el oído para percibir el inglés, el español –en todas sus variantes-, el francés, el alemán, y otras lenguas que no soy capaz de identificar, superpuestas, enroscándose hasta formar un bullicio digno de Babel. Veo a un niño de no más de 13 ó 14 años. Está vestido de riguroso negro. Un largo saco, pantalones hasta las rodillas, medias, grandes zapatos –enormes, enormísimos-, un sombrero de ala muy ancha, redondo. Lleva arrastrando una gran maleta también negra. Está solo. Camina entre la gente, rumbo a la salida, y arrastra la maleta, que –quizá por lo inmaculado del luto- se me ocurre una pequeña urna donde van los restos de alguien muy querido. Veo también a cuatro señores musulmanes de impecables túnicas blancas y celestes, largas hasta el piso, con sandalias en los pies y algo así como gorros turcos, también blancos. Todos llevan largas barbas grises que les llegan al pecho, barbas de profetas. Se sientan a esperar un vuelo. Casi no hablan.
Miro el reloj. La hora no pasa, el tiempo no transcurre. No tengo nada para hacer. Leer es prácticamente imposible, dado que a cada un minuto –o menos- suenan avisos por los altoparlantes llamando a los pasajeros que deben tomar el próximo vuelo a Milán, Paris, Ámsterdam, Nueva York, Atlanta. Todos esos lugares están allí, detrás de la puerta de embarque, basta dar un paso y poner pie en Italia, Francia, Holanda, Estados Unidos. Por un momento el mundo parece pequeñísimo, del tamaño de una manzana, no más que eso, a la que basta tomar en una mano y dar un gran mordisco. Eso me parece que piensan muchas de las personas que están haciendo fila para abordar, creer que van a devorarse el mundo. Y quizá lo hagan. Peor. Quizá ya lo están haciendo. Eliminemos el condicional. Ya lo están haciendo. Ahora quitemos la tercera personal del plural y probemos con la primera: Ya lo estamos haciendo.
3
PIENSO EN CUÁNTA GENTE nunca, jamás de los jamases, va a pisar este suelo lustrado, brillante, espejado. Este es un lugar restringido. Hay tantos así, pero este lo es especialmente. Si yo estoy aquí es por casualidad, por una maravilla del azar, yo no pertenezco a este lugar, y quizá por eso me siento un intruso, alguien que será expulsado sin miramientos cuando se descubra mi condición de infiltrado.
Me llaman a embarcar. Presento el pasaje y el pasaporte. Me miran. Sellan el documento y me permiten pasar. Ya es la medianoche del miércoles, estoy en esta aventura hace poco más de diez horas. Mentira. Antes de un viaje así, de un primer viaje de las características de éste, uno es un hombre proyectado al futuro. Eso lo logra la ansiedad, que nos arranca de nuestro cuerpo, aventándonos hacia delante. En el asiento del vuelo 8050 rumbo a Manaus, esa ansiedad al final se derrite y se pierde en la oscuridad impenetrable del cielo del Amazonas.
Llegar a Manaus a las 2:30 de la madrugada es como asomarse lánguidamente al alhajero de la abuela, donde ella ha dejado desperdigadas sus modestas joyas, que titilan sobre el terciopelo negro de la caja. Eso es Manaus ahora, un colosal montón de collares y prendedores y pulseras y caravanas y medallitas, desparramadas sobre la fina tela de la nada más oscura, un pozo negro abierto en medio de la selva. Descendemos con suavidad. El capitán bromea por los altoparlantes, todos ríen, también yo. Al entrar al avión, con mi gran mochila en la espalda, el hombre –un gordito de gestos amables y risueños- me dijo algo así: ¿Pero usted se trae ya su paracaídas? Qué poca confianza en mí, hombre, que no lo va a necesitar.
Volvemos a despegar. ¿Llevan la cuenta? Sí, ya son tres despegues. Esta vez me cuesta percibir el momento en el que abandonamos la pista. Mis compañeros de asiento han descendido en Manaus, de modo que puedo acostarme en los tres asientos. Pido una manta y duermo casi hasta llegar a Caracas. Será el mejor sueño que voy a disfrutar en 48 horas. Tengo que aprovecharlo.

4
LLEGO A CARACAS, finalmente, a las 5:30 de la mañana. Está amaneciendo. Para aterrizar el avión viró hacia el mar y luego hizo otro giro descendente que nos depositó en la colosal mole que es el aeropuerto, una obra digna de la época de Akenathon. Paso por todos los trámites de inmigración y recupero mi maleta –a la que, si he de ser sincero, ya consideraba irremediablemente perdida, y lo peor es que era prestada-. Pero la recupero. Qué felicidad. Salgo al hall central. Nadie está esperándome. Tranquilo, me digo, ya llegarán; pero los que llegan son los buitres, es decir, gente que ofrece taxis apenas uno ha puesto fuera del área restringida, gente que quiere que uno le dé dólares a cambio de bolívares, una transacción por demás beneficiosa, e ilegal. Y parecen buitres, de verdad. Huyo de ellos y subo hasta una cafetería, a esperar que me vayan a buscar para llevarme al hotel. Al final llegan, aunque la aventura no ha terminado, Adolfo, el chofer, tiene mi foto y la de otro compañero, Ernesto, un paraguayo que debía llegar junto conmigo, en el mismo vuelo. Le digo que lo vi en el avión, pero ya no sé dónde está. Tememos lo peor: que haya cambiado dólares, que haya tomado un taxi, que se lo hayan llevado a algún lugar para robarlo, todo eso. Hacemos que pasen su nombre por los altoparlantes, yo salgo con su foto y digo cosas como ¿Ha visto usted a esta persona? –esas frases que uno cree que jamás pronunciará-, pero nadie lo ha visto. Empiezo a dudar de haberlo visto en el avión, así que vamos a las oficinas de TAM para que nos informen si venía o no en el vuelo. No pueden darnos esa información, dicen. Pasamos tres horas dando vueltas en el aeropuerto. Al final nos vamos. Son las 8:30 de la mañana y estoy realmente cansado y hambriento. Vamos a un hotel en La Guaira, porque mi siguiente vuelo –sí, señores, el cuarto- parte a las 11 rumbo a San Cristóbal, en el estado de Táchira, donde se realizará el encuentro.
Ah, para que no se queden preocupados les diré que el amigo paraguayo al final apareció. Había tomado una puerta mal y se había quedado encerrado haciendo trámites que no le correspondía hacer. O sea, un cuento de Kafka.

5
SI USTEDES CREEN que nosotros tenemos problemas con el tránsito, los invito a ver lo que es el tráfico que circunda la capital venezolana. Creo que la palabra caos ha adquirido el verdadero sentido para mí recién ahora, que he presenciado –y sufrido- esto. Viajar en taxi sólo es recomendable para los de gran coraje y entereza, los débiles de corazón, abstenerse. Yo pasé más miedo ahí que en todos los aviones juntos. Altas velocidades. Autopistas de hasta seis carriles abarrotados de autos, camiones, camionetas 4x4 del tamaño de un elefante mediano, motociclistas jugando a esquivar los grandes vehículos, y peatones en continua lucha por la supervivencia. Confiar en semáforos y cebras es una ingenuidad que a uno bien podría costarle la vida. Las cebras están pintadas en todo el sentido de la palabra, como cuando alguien dice de otro: Ese está pintado, es decir, está ahí pero nadie le da bola. Bueno, es igual con esto. Le pregunté a mi guía que si siempre era así. Me dijo: Hoy es un día tranquilo. Temía que esa iba a ser la respuesta. Lo que más me preocupa es que entre el 6 y el 10 de noviembre vamos a estar en Caracas, para actividades en el marco de la FILVEN –la Feria Internacional del Libro de Venezuela-, y esto va a ser cosa de todos los días. Para no hablar de que los mismos venezolanos presentan a su ciudad capital como: Una de las ciudades más violentas e inseguras del continente. No es algo de lo que uno pueda jactarse, de modo que les creo a pie juntillas. Así que la consigna allí será no andar nunca solos –porque uno es extranjero y eso se huele de lejos-, y tener precaución, nada más.

6
LLEGAMOS AL AEROPUERTO de Santo Domingo. Podría tratar de describirles el calor, pero sería en vano. Es calor selvático. No he sentido nada igual, se trata de un calor que no deja margen al alivio, un calor que llena con su presencia cada espacio libre entre la ropa y uno, y además es muy cariñoso, porque todo el tiempo está abrazándonos y abrasándonos.
De camino a San Cristóbal –más o menos una hora de viaje en taxi, a 110 km-h por debajo de la pata, empieza a llover. Torrencialmente. Voy viendo el paisaje y todo son montes cubiertos de verdor, de un verdor espeso y profundo que tiene la consistencia de un ser vivo, como si cada árbol fuera parte de la misma cosa, vegetación con espíritu animal. La ruta es estrechísima y la selva se abalanza desde los bordes, como en continua amenaza de recuperar el terreno que el asfalto le ha quitado. Y ahora que la lluvia empeora y se vuelve más intensa, es como si el verdor se alimentase, cobrando fuerza.
Ya en San Cristóbal, el agua que baja de la montaña es roja, y corre por las calles como sangre diluida en barro. Querría poder decirles que el diluvio logró atemperar el calor, pero mentiría. Apenas dejó de llover el agua se hizo vapor y cuando yo pensé que ya nada podía ponerse peor –climáticamente hablando- caí en la cuenta de mi error estrepitoso. Esta es la época húmeda, me dijeron, aquí puede llover todos los días con esta intensidad, y luego nada, simplemente las nubes se abren y el sol sale y cocina todo, porque aunque estamos en otoño, la temperatura difícilmente baje de los 25º, y eso que estamos a 1.500 metros sobre el nivel del mar. A propósito de la altura, no he sentido mareos ni nada de eso, excepto el primer día, pero se lo atribuyo al cansancio antes que al mal de altura. En los próximos días tenemos pensado subir más, de modo que ya les contaré.

7
ESTAMOS ALOJADOS en el Hotel Jardín de San Cristóbal. Escribo esto a las 2 de la mañana del viernes. Hoy, en Uruguay, fue el cumpleaños de mi padre, y aunque estuve todo el día acordándome, no pude llamar para saludarlo. Fue un día complicado, de verdad verdaíta, como dicen acá. Tendré que solucionar eso con un buen regalo, ¿verdad? Se escuchan sugerencias. Una camiseta del Deportivo Táchira es buena opción. Mi padre es hincha de Peñarol, y el Deportivo tiene los mismos colores del carbonero. Y esto me lleva a otra cosa que quiero dejar anotada: ayer fuimos a cenar a Kandomblé. El dueño del local es uruguayo. Vive acá hace 30 años. Saco cuentas mentales y pienso en 1978, el año en que nací, un buen año para abandonar Uruguay, pero no hago comentarios. A Horacio Cavallo –el otro representante oriental en el Encuentro- y a mí, nos agasajan. Charlamos del Carnaval, de Zitarrosa, de carne bien asada, del mate, de fútbol, de Juventud de Las Piedras, y entonces nos muestra cómo era la camiseta del Deportivo Táchira hace 20 años, cuando él vino: toda amarilla. Cosa rara. En Uruguay, él jugó en Nacional, a pesar de ser hincha de Peñarol, pero una vez en Venezuela se dio el gusto de transformar la camiseta amarilla del Táchira, mediante el agregado de unas anchas franjas negras, en un sucedáneo de la casaca oficial del manya. Si la historia es cierta o no, poco me importa –y no pienso ponerme a corroborarla-, pero no me van a decir que no es una buena historia. Así que después de todo sí estaría muy bien llevarle a mi padre una camiseta del Táchira, porque algo hay en ella del Peñarol de sus amores –y de mis odios, porque yo soy bolsilludo, pero antes que eso soy hijo, no hay nada que hacerle-.

8
DESCUBRÍ QUE LO DEL JET-LAG no es chiste. Aquí hay dos horas y media menos que en Uruguay. Puede parecer poco, pero esa diferencia me ha dado vuelta el sueño y el sistema digestivo. Hoy abrí los ojos a las 6 de la mañana. Pensaba que eran las 8 o las 9, pero no, las 6 y yo, que no soy un gran madrugador, con los ojos como una lechuza chistadora. No pude volver a dormirme, así que me puse a leer una Antología de jóvenes narradores uruguayos –editada recientemente por el Ministerio de Relaciones Exteriores- y algunas páginas más de la novela de Horacio, Oso de trapo. También quise escribir algo, pero no funciono por las mañanas en el rol creativo. Al final me levanté y bajé a desayunar a las 7:50, cuando todos mis compañeros todavía dormían. Ahora mismo, que ya son las 2 y pico, y yo estoy tratando de ponerme al día con la crónica, todos los demás se fueron en un bus rumbo a alguna jarana, porque tras el recital de poesía y narrativa que abrió el Encuentro, en el Ateneo frente a la plaza Bolívar, los ánimos habían quedado demasiado acelerados como para aquietarse con facilidad. Yo no fui no porque no tuviera ganas, sino porque al fin conseguí que alguien –el gran Chucho Ñáñez- me prestase una laptop, y como soy un niño muy responsable, señorita maestra, estoy aquí, cumpliendo con mi autoimpuesta tarea domiciliaria. Y lo estoy disfrutando, espero que ustedes también, o esto habrá sido en vano –aunque suene mucho mejor decir al pedo-.
Tras el desayuno comenzó el Encuentro. Nos reunimos en la sala de conferencias del hotel, todos los poetas y narradores, somos casi 50 -19 de nosotros, extranjeros-, por lo que imaginarán lo difícil que es ponerse de acuerdo. Hoy dejamos planteado el temario de las mesas de trabajo que se desarrollarán a partir de mañana. Nos dividiremos en equipos de siete integrantes para tratar los siguientes temas: 1- el compromiso del escritor en el siglo XXI, 2- estrategias de promoción del libro y la lectura, y 3- estructura y objetivos de la red de escritores del ALBA –y es que, como dijo hoy Andrés Mejía, de Monte Ávila Editores, las soluciones son soluciones continentales, y suena lógico, pero vaya si eso implicará trabajo. Ganas no faltan.

9
LOS COMPAÑEROS. Aquí hay gente de Argentina, Chile, Paraguay, Perú, Colombia, Ecuador, México, Guatemala, El Salvador, Cuba, Venezuela y Uruguay. La verdad es que más que ganas de hablar, lo que yo siento son deseos de quedarme callado y ser todo oídos, pero eso es egoísta, porque los demás también quieren saber cosas de Uruguay, y para eso estamos. Lo sorprendente –y no tanto- es que cuando comenzamos a contraponer realidades nos damos cuenta de que nuestros problemas –políticos, sociales, económicos, culturales- son muy parecidos, como si fueran síntomas de un mismo mal. Y es extraño que a pesar de esas similitudes, que en ocasiones son más fuertes que nuestras diferencias, todavía el continente esté divido en islas. Pensar el continente desde la literatura es pensarlo como un montoncito de parcelas bien compartimentadas, sin comunicación posible. Da mucha vergüenza –lo juro- que a uno le pregunten qué conoce de poesía o narrativa ecuatoriana, por ejemplo, y la respuesta sea nada. Pasa, incluso, con los nuevos escritores argentinos, que están editando a través de pequeñas editoriales independientes que no logran vencer la resistencia del río –o los piquetes-. No los conocemos. Y ellos no nos conocen. No hay comunicación, en la era de la comunicación estamos ciegos y sordos y mudos. Por eso este Encuentro tiene un valor inocultable, el de tender puentes concretos entre medio centenar de personas, y luego ya se verá a dónde nos llevan esos puentes, pero lo primero es lo primero, y lo primero es abrir la puerta y dejar que el que estaba afuera pase. Pero esto será materia de los talleres de los próximos días. Los mantendré al tanto.

-Esta crónica continuará-