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domingo, 5 de diciembre de 2010

Verano XXIII (cosas en el aire)


No me llevo bien con los rituales, pero es preciso dejar que unos pocos actúen, o que se manifiesten en una parte disimulada de la experiencia diaria. Por ejemplo: el primer instante del verano en el que el cuerpo hiende la superficie del agua y se adentra confiado e impreciso en el mar. Durante todo el resto del año trato de evocar la múltiple sensación que define a la primera zambullida: el cambio brusco de la temperatura como si se tratara de un acceso de fiebre, o la ondulación, la confusión y la diversa cualidad de la luz. También lo sueño. En las más frías noches de invierno, apremiado por lo que me separa del comienzo del día siguiente, sueño que me hundo en el mar. Y es un sueño feliz. Por lo general no hay orillas, sólo algún muelle precario con algunas personas que no prestan demasiada atención a lo que sucede. La luz traspasa la superficie y puede observarse sobre la arena del fondo todo lo que hay. Algunas veces hay jaulas o pelotas de golf perdidas; otras veces se ven las cosas comunes y corrientes de toda casa: vasos, sillas, papeles, etcétera. Volver a entrar en el mar en cada comienzo del verano es perder una sensación del tiempo y obtener otra más delicada. Saber que la posibilidad de reiterar ese acto está allí, y que no puede ser negada por toda una temporada, ordena los días y los sueños de otra manera.
Nado un poco, leo, escribo algún apunte, miro las cosas que hay en la arena, nado, leo, escribo algún otro apunte si algo de lo que estoy leyendo o de lo que tengo alrededor me interesa un poco más...
Es una tarde gris. Hace mucho calor, pero no hay atisbo del sol. Algunas arañas diminutas suben y bajan por una estela de restos de caracoles que el mar dejó la noche anterior. También hay un tábano. Sólo uno. Llega, se posa sobre una pierna, es espantado y regresa a un punto en particular del largo conjunto de caparazones molidas. Quizás allí tiene algo que lo entretiene: lo que queda de un cangrejo perdido, por ejemplo. Hay poca gente a esta altura de la playa Mansa. No hay oleaje. No pasa nadie caminando. Tampoco parece que alguien se haya interesado en salir a navegar por la bahía. Ni siquiera se sabe bien qué hora es. Puede ser el mediodía o una de las horas del final de la tarde.
Leo un cuento de Erskine Caldwell: "La mosca en el ataúd". Es el primer cuento del libro; un exordio grato y delirante de cuatro o cinco páginas, un jirón febril de la imaginación truculenta de Caldwell.
"Sólo habían transcurrido un día y una noche desde que Dose intentara dar caza a una mosca a través de la sierra circular de la serrería. Esa sierra circular había cortado en dos a Dose, y él había muerto furioso como un loco porque la mosca había logrado escapar sana y viva. Pero eso no habría tenido importancia alguna para Dose si hubiese podido resucitar por un minuto, o digamos dos para ser más generosos. Si hubiera podido hacer eso, le habría dado un golpe tan violento a esa molesta mosca que no habría quedado de ella ni una mota.
-¡Tú, Woodrow, tú! -dijo tía Marty -. Ve a ver si algunas moscas molestan a Dose.
-Jamás podrás verme matando moscas sobre un hombre muerto -replicó Woodrow.
-No las mates entonces -repuso tía Marty -. Espántalas."
Yo también sé que el tábano está allí. Puedo sentirlo posado a muy pocos centímetros de mi rodilla derecha. Entonces sacudo un poco la pierna porque doy por hecho que el movimiento lo va a espantar.
"En la parte trasera de la casa estaban tratando de construir para Dose un ataúd provisional. Hacían un montón de intentos y muy poco, muy poco trabajo. Aquellos perezosos individuos no se hallaban en lo más mínimo predisupuestos al trabajo. El empresario de pompas fúnebres no vendría a traer un ataúd porque deseaba sesenta dólares, veinticinco al contado. Nadie tenía sesenta dólares, veinticinco al contado."
Por supuesto, en seguida siento el escozor insoportable. Suelto el libro de cualquier manera y golpeo la palma de la mano contra mi pantorrilla. El tábano levanta el vuelo de inmediato y se pierde otra vez más en el aire.
Apunto una pregunta: ¿Por qué insistir en la playa una vez que uno ya logró calmar el malestar del calor?
Trato de apuntar una respuesta que no se entrometa con los desmayos de la celebración de la belleza del paisaje y esas cosas. Al menos no de entrada... Porque es la excusa, empiezo a responder, para desplegar un catálogo de cosas perfectamente inútiles. Uno puede decir "estoy en la playa", y está eximido de ser considerado un holgazán, o algo menos que un holgazán.
Cosas inútiles: a) estirar el pie y acomodar su talón encajándolo suavemente en la arena de manera que la embarcación que se recorta apenas sobre el horizonte, del lado derecho de la isla, parezca estar bogando sobre la punta del dedo gordo. b) observar la isla, y después observarla de nuevo, pero ahora reparando en el grupo de pinos que está más separado del resto del follaje, sobre la derecha. c) luego, uno se da cuenta de que sí, estaba observando la isla y no había caído en la total realidad de lo que estaba haciendo o pensando. d) dejar la mirada fija en el desplazamiento de un par de garzas pequeñas que cruzan toda la bahía desde la costa hasta la isla... dos puntos negros desparejos que se recortan contra el cielo gris en un doble zigzagueo, como si alternativamente cada garza apareciera debajo, se borrara y reapareciera encima un segundo más tarde... una sí, una no, una sí, una no... e) el fondo del cielo, con los grises repartidos de forma colosal, como una piedra de los orígenes recién partida al medio y anunciando para los que la ven el desastre inminente de la tormenta que han anunciado para las primeras horas de la noche. f) y así, sin conclusiones...

martes, 23 de febrero de 2010

Verano XXII (oy gut)

Esto ocurrió hace un par de sábados, por los días en que estaba leyendo "A guerra no Bom Fim", de Moacyr Scliar. Lo que importa para el caso de esa lectura es que en algunos pasajes un par de personajes (judíos, pues la novela se centra en un barrio judío de Porto Alegre) podían volar. De repente Nathan se levanta de noche y sale por la ventana y vuela como en un cuadro de Chagall, con violín y todo. Leyendo eso me dije en un instante: "¡Ay! ¿Está repitiendo una fórmula de realismo-mágico? ¿Está rindiendo Scliar en su primera novela (año '71) cuentas a su propia época?". No lo sé. Quizás ni siquiera termine siendo algo importante. Moacyr Scliar es un autor que me gusta, y la novela por esos días me estaba entreteniendo bastante de todos modos.
La tarde del sábado del que quería hablar hacía un calor húmedo y pegajoso. No había casi viento y el cielo estaba apenas gris. En la parada 1 de la Mansa, frente a la Liga de Fomento, uno podía ver desde la orilla la tonalidad verde oliva del agua, y más allá la isla Gorriti apagada en una única línea sombría. Y aun más allá, el Pan de Azúcar, como una cresta absolutamente negra a punto de rasgar las curvas de las nubes también oscuras. Me quedé nadando, yendo y viniendo, hasta que se me hizo posible. Las primeras gotas que llegaban desde la tormenta entrevista tras la isla agujereaban la superficie del agua y formaban unas breves coronitas, como si fuera la marca de algún animal tímido y minúsculo que regresa arrepentido y a toda velocidad hacia la arena del fondo. Los primeros rayos entonces se desplegaron sobre la bahía con la misma forma del esqueleto de un abanico. No hay tiempo para un rayo único.
El guardavidas abandona su casilla de un salto y corre hacia la orilla. Comienza a hacer sonar el silbato. Casi toda la gente se ha ido, pero aún quedamos algunos. Sin embargo el guardavidas está preocupado por alguien en particular. A cien o ciento cincuenta metros hay un hombre buceando. El guardavidas se mete hasta las rodillas en el agua como si ese detalle le diera una ventaja extra sobre el buzo. Al final, no puedo saber cómo termina la escena. El viento se vuelve cada vez más imponente, recojo mis cosas y salgo corriendo hacia la rambla. Los rayos caen del otro lado del puerto, contra la isla, por todas partes. Las nubes negras se acercan en unos pocos segundos y el viento aumenta y empieza a transformarse en una turbonada. Corro hacia una calle de las que desembocan en la rambla. La lluvia se vuelve gruesa y me meto de inmediato en el garage de un edificio cuyo portón está abierto. Miro hacia todas partes para ver si el portero se encuentra cerca. Pero no hay nadie. Me quedo en un rincón, del lado de un sitio vacío que corresponde al coche del apartamento 103. Por suerte los del 103 no están en casa, pero contra la viga que divide el 103 del 104 hay atada una bicicleta muy similar a la que yo tenía cuando era niño. Una bicicleta muy de los '70 o los '80. Esas son las pequeñas cosas que me encantan de Punta del Este. Con toda posibilidad los del 103 deben de tener esa bicicleta desde un par de décadas, reciclada cada tantos veranos para sus hijos, sus nietos, qué sé yo... Afuera el viento y la lluvia forman una materia densa, casi imposible de atravesar con la mirada. Resuenan junto con los truenos y los zumbidos del viento varillas de aluminio que caen sobre la vereda desde los cortinados de los balcones y también varios vidrios. Estoy absolutamente empapado, tratando de calentarme un poco con la toalla, un poco menos húmeda que mi ropa. Pienso que si llegaran los del 103, o el mismo portero, tendría que dar explicaciones acerca de lo que estoy haciendo allí, pero es muy probable que la lluvia me ayude un poco y vuelva más tolerables a todos. Aunque no puedo decir lo mismo si el portón del garage se baja y me quedo a oscuras allí adentro.
Estaba en eso, pensando en una cosa y otra, prestándole atención a intervalos a las roturas de los vidrios o a los gritos de algunas personas cuando veo en la vereda de enfrente a un rabino apretándose su sombrero y cruzando contra el pecho su otro brazo, por encima de la abertura desabotonada del sobretodo. Si uno aislara el viento de toda esa situación y lo colocara en otra parte del mundo, por sobre unas montañas de Asia Central, por ejempo, podría ver la tranquilidad con la que el rabino caminaba mientras los vidrios repiqueteaban por todos lados y unos pocos turistas salían de sus automóviles cubriéndose la cabeza con el grueso Clarín del sábado y se tiraban casi de paloma hacia la recepción de los edificios vecinos. La sinagoga de Punta del Este queda muy cerca de allí, casi contra la terminal. Al rabino le quedaba menos de media cuadra para llegar. Era una figura agrisada recortada a medias entre el aguacero. Una figura que se deslizaba a una velocidad creciente, con el viento empujándolo sobre su nuca, su espalda, sus asentaderas, sus piernas, sus tobillos, hasta que la turbonada arremetió por última vez antes de la tregua final y los pies del rabino (que había tropezado) en tan sólo un segundo, quizás dos, se despegaron del embaldosado y patalearon en la nada. Pudo haber sido nada más que un desvarío de la percepción. El rabino tocó tierra una vez más y se reacomodó con dignidad y presteza, recuperando el paso de siempre. No tenía porqué importarle nada. Sólo la fe, que lo estaba llevando adonde tenía que ir.

Cuando la tormenta siguió de largo hacia al lado del océano, atravesando finalmente toda la península, abandoné el garage y caminé hacia el lado de la terminal para llegar a la rambla de la Brava. Apenas pasé frente a la sinagoga miré hacia adentro. El rabino no estaba por allí a la vista por supuesto. Solamente había una niña de unos siete u ocho años, apoyada contra la puerta de la entrada y mirándome con su pequeña Torá de páginas con bordes dorados, apoyada contra su boca.

martes, 12 de enero de 2010

Verano XXI (todos los pequeños milagros)


En el último día del año pasado, temprano por la mañana, recibí la visita de uno de esos amigos que veo cada tanto, quizás dos o tres veces por año, pero con los que es fácil entablar en seguida un diálogo ameno y franco que salva desairado el tiempo transcurrido en el que cada uno sabe muy poco o nada sobre el otro.
Yo estaba terminando de desayunar y leyendo "Bullet park", de John Cheever, cuando golpearon a la puerta. Era S. Con S. hablamos mucho de cine, así que casi de inmediato comenzamos a discutir acerca de las cosas que nos habían parecido de lo mejor en el año. Yo, de pronto, empecé a insistir en que "Ordet" (1955), de Carl Theodor Dreyer, había sido la película que más me había conmovido de todo lo que había visto. No estaba hablando de lo mejor ("Ordet" es, en mi opinión, excelente, sin dudas), de lo logrado en cuestiones técnicas (que poco manejo), etc. Estaba hablando de la posibilidad de que una película te quede en la cabeza unas cuantas horas después de vista. Y una mañana o una tarde sale uno de trabajar y se encuentra con una secuencia de esa misma película pasándose una y otra vez. Y en la semana esa secuencia de repente atraviesa todas las preocupaciones y los diversos sentimientos y pensamientos y se instala como una gaza cayendo desde el cielo y posándose con extremada lentitud sobre todos los objetos familiares. Estás comiendo con tu gente, girás a la izquierda y te das cuenta de que el espacio entre ambos está ocupado por una serie de pensamientos que despertaron las imágenes y los diálogos de una película. Es un ambiente rural de Dinamarca. El padre de familia (padre de tres hijos, uno adulto casado, otro adulto que enloqueció y se cree Jesucristo, y un tercero bastante mozo y en edad de casarse) se sienta en el galpón donde están encerrados los cerdos. Los mira solazarse tras la cerca. Su nuera, esposa de su hijo mayor y mujer de la casa se le acerca. En realidad quiere convencer desde hace rato al viejo para que consienta el casamiento de su hijo menor con una chica que pertenece a una familia ortodoxa. En cierto instante, hablan de lo imposible. O de las cosas que damos por imposibles. El viejo es testarudo, pero tampoco se come los mocos. Ambos saben que los milagros cercan nuestras vidas. El hecho está en cómo entendemos la dimensión de los milagros. La nuera se muestra muy esclarecida en lo que quiere dar a discutir. Todo el tiempo hay milagros, dice, los milagos nos pasan a cada rato bajo nnuestras narices. El problema es que buscamos los milagros siempre como algo parecido a un ángel que baja en lo peor de todo el asunto y nos pide que nos comamos un libro. El milagro no debe ser siempre (o nunca) algo como la última revelación de todo un proceso. Existen los pequeños milagros. La vida es imposible sin los pequeños milagros, y nuestra gran desgracia es no percibirlos, dejar a esos pequeños milagros desamparados. El tema, por supuesto, es tener una idea más o menos clara de qué constituye un pequeño milagro. ¿La mismísima salida del sol y, en consecuencia, cada parte del mecanismo que hace que el día se cumpla y logre su cometido? Una rama levantándose al viento, como una persona que saca pecho, te puede herir de pasión.

Ahora es de tarde. Continúa siendo el último día del año 2009. Estoy sentado en la playa Kennedy leyendo "Bullet park" luego de haber nadado un rato. A veces detengo la lectura, hago alguna anotación sobre un hecho que sucede a mi alrededor o cualquiera otra cosa. Por ejemplo escribo en la libreta: "Algo de viento fresco; el agua también un poco fresca, pero se necesita que alguien ponga un poco de uno mismo para que las cosas sean como tienen que ser o como uno hubiera querido que fueran." Sinceramente, más allá de lo que pueda interpretar ahora, no entiendo bien qué significa y no recuerdo con exactitud a raíz de qué escribí esas líneas en la libreta. Pero, de todos modos, estamos en la última tarde de 2009. Un par de adolescentes se acercan a la orilla con una pelota de fútbol. Uno de ellos, el de la izquierda intenta hacer con la pelota ese tipo de pavadas que hace Cristiano Ronaldo. No le sale nada. Tiene los pechos de una niña de 11 ó 12 años y se sacuden histéricos con cada pisada o con cada movimiento que le permita lograr el equilibrio adecuado para poder dejar la pelota trabada entra la parte posterior de su pantorrilla izquierda y el empeine de su pie derecho. Repito: no le sale nada. Creo que podría probar con ser certero en los pases de más de cinco metros. Como sea... Sigo leyendo a Cheever y subrayo una frase: "Es cierto que la sanación milagrosa es lo único que no hemos intentado, pero no sé si estoy dispuesto a arriesgarme." Después termino esa página, sigo con la otra, doy vuelta hacia la siguiente, etc. El argumento y sus manifestaciones, o cómo reaccionan los personajes ante esa manifestación argumental me atrapa cada vez más. Pero algo no funciona ahora a mi alrederor. Siempre prefiero leer en la playa Brava antes que en la Mansa simplemente porque me es más fácil concentrarme. El ruido continuo del oleaje neutraliza las conversaciones ajenas y todos los otros ruidos. Pero resulta que a partir de cierto instante no hay mucho que neutralizar. La gente se ha levantado de sus sillas, ha abandonado el agua o sus juegos de pelota o sus lecturas de diarios, libros o soluciones de sudoku y se ha apiñado en un sector de la orilla, a unos veinte metros a la derecha. Las olas traen lentamente el cuerpo oscuro y reluciente de un pequeño lobo de mar. Al principio me parece que está muerto, pero no... El lobito, que tiene un poco más de medio metro, se deja arrastrar y revolcar a medias por las olas. Hasta que llega a la orilla con su paso tambaleante y simpático. La resaca del agua que regresa le amontona arena contra la parte baja del pecho. Hay un montón de niños expectantes que comienzan a formar un semicírculo sobre el animal. Los padres están a muy poca distancia de sus hijos, como si fueran los custodios de una emoción escondida que le tenían preparada a sus hijos para esas vacaciones. Casi nadie habla. Algunas personas sacan sus teléfonos o sus cámaras y sacan las primeras fotos. Me pongo a hablar con un hombre que también es de Maldonado y rápidamente llegamos a la conclusión de que es algo bastante raro que los lobos marinos salgan así como si nada y se instalen entre la gente en la playa Brava. Uno puede verlos, enormes, en el puerto, queriendo ligar un poco de las carcazas que los pescadores arrojan desde los muelles cuando filetean lo que han recogido, pero esto es algo inusual. En seguida alguien sale corriendo hasta el puesto del guardavidas y lo hace bajar y acercarse a la multitud. El guardavidas pide con cierto tono enérgico que nadie toque al animal, que puede ser peligroso sobre todo para los niños. Luego disca un número en su celular y pasa el comunicado de la aparición . A decir verdad, al animal parece importarle muy poco lo que se suscita a su alrededor. Tuerce la cabeza entrecerrando los ojos bajo el sol y se rasca un costado con una aleta. La situación se asemeja a una pequeña muestra de adiestramiento. En unos pocos minutos llega alguien de una asociación protectora de animales marinos e intenta hacer que el animal entre a una jaula de color crema. El animal se desvía hacia la orilla. La persona hace un último intento de atrapar al animal pero este gana de inmediato la orilla y pasa por debajo de una ola y comienza a alejarse con lentitud. Su lomo azabache reluce a intervalos descubierto en la superficie. Yo sigo leyendo. Los chicos regresan con su pelota e intentan una vez más que les salga algún truco de esos que aparecen en las publicidades de ropa deportiva o en las presentaciones de los futbolistas a estadio lleno. Una mujer a mi izquierda retoma la lectura de "Elizabeth Costello", de Coetzee. Está tostándose boca abajo y pasa las páginas con rapidez. A la salida, a punto de cruzar la rambla, mientras ella vigila de cerca a sus hijos, me pregunta qué estaba leyendo.
-"Bullet park", de John Cheever -contesto.
-¡Ah, no la leí! Pero, ¿leíste "Esto es el paraíso" de él mismo? Me gustó mucho.
-No...
Yo ya sabía lo que ella estaba leyendo, pero se lo pregunté para no interrumpir la cortesía.
-"Elizabeth Costello", de Coetzee... -responde, y me da cierta buena impresión que haya pronunciado el apellido en afrikaans, es decir: "Cutsía".
-¿La leíste?...
-No...
-Me gustó mucho "Desgracia". ¿La leyó?...
-¡Ah!... Esa no...
Luego el tráfico permite una brecha por la que podemos ganar el cantero del medio de la rambla y la siguiente vereda. Ellos se acercan a su camioneta. Yo me subo a la bicicleta y me alejo ya por la calle Montecarlo rumbo al barrio Kennedy.

Y ahora es la cena de Fin de Año, en la casa del Kennedy. De un lado de la mesa está mi padre. En el lado opuesto estoy yo. Somos dos. Es una cena entre el padre y su hijo mayor para despedir a sus propios modos el año al que le queda poco más de una hora. Comemos unas milanesas al pan, y él no tiene ya problemas con que yo ponga la música que quiero para cenar. Entonces escuchamos una antología de Benny Goodman y no miramos como otros fines de año u otras Navidades esos programas de la tele abierta del tipo "Nochebuena o Fin de Año con las estrellas" (donde te dan los mismos videos de Ricky Martin o Shakira o Luis Miguel y por allá a las tres de la mañana medio dormido pescás "Ticket to ride", de los Beatles) o no escuchamos cumbias en alguna FM local. Mi padre consiente esta vez escuchar jazz de Chicago. Hasta sigue el ritmo golpeando con la palma de su mano el borde de la mesa y mirando a través del ventanal el resplandor de algún fuego artificial adelantado a la medianoche. Ya hemos llamado o escrito a Valencia, a Sicilia y a Amsterdam para saludar a una parte de nuestra familia que ya está en 2010. Para un poco más tarde queda la llamada a Estados Unidos para saludar a mi madre. Cuando se hacen las 00:00, me levanto y le doy un beso a mi padre y le digo "Feliz año nuevo, papá". Él agradece, me dice otro tanto y me da a su vez su beso y me pone una de sus grandes mano sobre un hombro. Los vecinos comienzan su media hora ininterrumpida de fuegos de artificio y explosiones. El resplandor invade la cocina. La música de Benny Goodman se escucha sólo a intervalos. Me levanto, me acerco a la computadora y respondo o hago algunos saludos a través del MSN. Cuando regreso a la mesa mi padre está ya dormido. No lleva puesta remera. El ventilador le da directo sobre el pecho, donde tiene colgada su placa metálica que indica su tipo sanguíneo y la advertencia de que es alérgico a la penicilina. Esa placa le salvó la vida en su accidente de tránsito de 1996. Ahora es 2010. Pasó una década y media. Mi padre está algo avejentado y tiene una panza alarmante. Lo contemplo mientras continúa con la cabeza pendiendo sobre su pecho, a pocos centímetros de su panza calzada contra el borde de la mesa. Suenan los últimos temas de la antología de Benny Goodman. No puedo dejar de mirar a mi padre y de pensar también qué hay exactamente o qué depara la porción de aire que nos separa al uno del otro. Me quedo allí, con ese espectáculo pensando por unos pocos segundos qué será o significará 2010 para mí. Pregunta banal para algunos asuntos y no tanto para otros. Podría suceder ahora algo que cambiara el curso de las cosas. Algo que diera un poco más de luz sobre este fragmento de vida que traemos. Pero no pasa nada. O al menos eso no se nota. Nada... De pronto las explosiones recrudecen y mi padre se despierta, parpadea rápidamente y me observa.
-Parece un ataque con explosivos... -le digo.
-Ah, sí... -responde con voz ronca.
-¿Te imaginás lo que debe ser estar bajo un bombardeo?... -vuelvo a decir.
Es una pregunta que me hago a veces cuando escucho las detonaciones de la pirotecnia.
-Y sí... -dice mi padre, pero lo dice como si respondiera a una tontería o a alguna cuestión improcedente.
Entonces su cabeza cae inerte sobre su pecho y retoma su sueño.
Recuerdo rápidamente una historia con mi padre a los 9 ó 10 años. Yo estaba sentado o acurrucado en su falda una tarde de tormenta en verano y escuchamos la explosión de la caída de un rayo, que al final resultó ser, lo supimos unos cuantos minutos después, la detonación de un explosivo que mató a un par de personas. Es una historia que un día tengo que contar. Una historia que un día, seguramente, me haga sentir en la obligación de traerla de allá para acá.
Al final, me levanto y doy un par de pasos hacia mi padre. Lo sacudo suavemente por el hombro.
-Vamos un rato hasta afuera... -le digo.
Empieza a desperezarse, bosteza y se levanta trabajosamente.
Salimos a la calle y contemplamos hasta el final los fuegos artificiales del lado del club de golf.

domingo, 22 de febrero de 2009

Verano XX (poder escribir)


Hoy me encontré en el blog de Cristian Piazza con una frase de Fogwill sobre la escritura que es de esas que nos dejan pensando, por decirlo de algún modo. Eso me llevó a recordar que, revisando cosas que habían quedado a medio acomodar de la reciente mudanza, me topé con viejos números de la revista ISCARIOTE, de cuando salía como suplemento mensual del diario SERRANO, de la ciudad de Minas. En las contratapas de cuatro números distintos que por lo menos conservo, encontré entrevistas a escritores. Las preguntas eran esencialmente las mismas, y las habíamos armado con Valentín sacando ejemplos de por aquí y por allá. Hubo una pregunta en especial que la sacamos de "Mientras escribo", de Stephen King. En realidad se la hace el propio King a sí mismo: ¿Por qué escribo? Es más, el autor de "Misery" estaba intrigado por saber las posibles respuestas de varios de sus colegas, y le reprochaba a la prensa cultural en general (de su país) que no fuera tan directa como para hacer ese tipo de interrogantes con más asiduidad. Ahora, repasando las contratapas de ISCARIOTE, leo lo que algunos contestaron ante "¿Por qué decidió escribir lo que ha escrito?"...

MILTON FORNARO: "Porque todavía nadie me había contado esas historias que tenía deseos de leer".

FERNANDO BUTAZZONI: "No lo decidí yo".

HENRY TRUJILLO: "(...) me vería obligado a confesar que soy masoquista. O remitirlos a mi psiquiatra. O las dos cosas juntas. O admitir que no tengo la más pálida idea, como decía Onetti cuando le preguntaban esto, que por cierto es lo más sincero."

Lo que yo sentía a menudo ante estos ejemplos era que la pregunta se tornaba ingenua o pueril (no porque lo fueran las contestaciones de los escritores, precisamente), y más de una vez me venía la idea de retirarla del cuestionario. Sin embargo, ahí quedaba...
El verano pasado leí un libro que me pareció de lo mejor que publicaron los narradores uruguayos el año pasado en ese género híbrido que se les da a veces entre lo narrativo, lo testimonial y lo ensayístico. Me refiero a "El escritor y el otro", de Carlos Liscano (dentro de esa categoría, ya que estoy, me gustaría recalcar el valor de un libro como "Se hizo de noche", de Roberto Apratto). Allí Liscano da con una respuesta que hasta llegó a conmoverme. Yo siempre había intuído que se escribía porque escribir es una manera de interceder de algún modo en nuestro entorno, de generar ciertas consecuencias que son de índole evanescente, y que están después en todas las cosas que vemos. Pensaba cosas por el estilo, nada unívocas, quizás, pero estas palabras de Liscano resumen gran parte del asunto: "Una noche en Colonia, con Henry Trujillo y Elder Silva, mucho vino, a la una de la madrugada, en casa de Helena Corbellini, sin Helena, llegamos al asunto: por qué escribimos. Los tres compartimos algo: salimos de la nada. Mi padre era almacenero, mi madre fue sirvienta, obrera textil, de a ratos costurera. ¿Por qué nos dedicamos a escribir?
Yo ensayé una respuesta: escribo para tener poder. Hacia el poder los caminos son múltiples, pero no infinitos. La plata, la política, los conocimientos, la creación artística. Más preciso: no hay poder en la creación artística, sino independencia, libertad, la ilusión de pensar el mundo, y recrearlo. Destacarse en la sociedad, figurar, saltarse las barreras económicas y sociales. Eso he querido, dije aquella noche en Colonia. He intentado escapar del lugar que se me asignó en el mundo".

viernes, 20 de febrero de 2009

Verano XIX (anti Bergman)


Anoche mi hermano vio "La sed", de Ingmar Bergman. Cuando terminó se conectó al messenger y se puso a hablar conmigo. Me dijo que había quedado profundamente tocado por la historia. No es para menos. "La sed" es una película hermosa y amarga, y cuando terminé de verla quedó dándome vueltas y vueltas horas enteras. Así que más o menos me podía hacer una idea de lo que le pasaba a mi hermano en las primeras horas de la madrugada. Por suerte me tiene a mí. Porque en seguida le pasé el antídoto para borrar cualquier recuerdo doloroso o rastro de spleen que pueda generar "La sed". En su momento lo probé y me dio resultado. Así que por messenger le pasé la dirección y él también pudo recuperarse para dormir un poco mejor.
Se trata del anti-Bergman, más conocido como Klaus Vera, un individuo que se licenció en la especialidad de filosofía del siglo XX en la univerdidad de Upsala a fines de los '80, y que buscó por años una respuesta plausible al dolor del "ser" que atraviesa todo el pensamiento desde Sartre para adelante. Al final lo encontró, en Guayaquil. Hizo esto que aparece en el video, y fue una gran contribución para la Humanidad toda.



jueves, 19 de febrero de 2009

Verano XVIII (memoria)


Íbamos esta tarde en mi bicicleta con la niña M por el camino de la perrera, cruzando unos campos aledaños al arroyo Maldonado en el que ella podía ver a sus adorados caballos. El recorrido era largo e incluía pasar por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la 16 de la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. De lado del barco roto que hay en la curva de la perrera aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas y unos toros con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. La niña M quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca, y eso me hizo perder un poco la noción de ciertas proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté a la niña M qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante me preguntó:
-¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto?


lunes, 16 de febrero de 2009

Verano XVII (McCarthy)


He aquí un libro magistral, uno que me hizo darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía nada que me llegara tanto hasta incomodarme los huesos. Me refiero a "Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy. No sólo hablo de una prosa excelente (desconozco el original inglés, pero creo que esas cosas se transfieren a través de al menos una traducción aceptable, y esta de Luis Murillo Fort debe ser por lo menos eso), hablo de páginas y páginas ante las que me detengo y me veo sofrenando el impulso de avanzar y retrocediendo para releer una o dos veces pasajes que me parecen bellísimos. Y vuelvo a ellos intrigado por la naturaleza de su belleza, y así... Ahora sólo quiero dejar una cita de un pasaje que se puede encontrar pasando la mitad de la novela. No podía parar de exclamar, no podía...
Ahora voy a hacer dos cosas: una advertencia y una "introducción"
La Advertencia: absténganse de leer quienes: tengan una sensibilidad extrema para con el dolor de los perros / vayan a leer esta novela / no gusten de Cormac McCarthy / piensen que los microcuentos son lo mejor y más refinado de la narrativa / tengan menos de cinco años de edad...
La "Introducción": el pasaje trata sobre una cacería de perros, perros que se comen terneros enteros en los campos ásperos de Nuevo México. Una partida de vaqueros, que trabaja para un propietario que ya ha perdido varias cabezas, sale cabalgando hasta cercar a los perros con las primeras luces del alba en una especie de meseta. Y así los van enlazando para evitar que sigan comiéndose a los terneros... Es una forma de decir... Hasta que solamente quedan dos perros... A lo que voy es que me sorprendió y conmovió tanto cómo un narrador puede transmutar algo horrendo en algo simplemente hermoso y elemental (y después, otra vez lo terrible), que quedé en esa suerte de ataraxia emocional que nos llega cuando estamos en presencia de un maestro. Va...

"Alcanzó el primero a los perros y lanzó el lazo sobre el perro amarillo que iba en cabeza. El moteado atajó casi por debajo de las patas del caballo y corrió hacia el borde. El amarillo rodó y rebotó en el suelo y se levantó otra vez y continuó corriendo con el nudo en torno al cuello. John Grady llegó a la altura de Billy y lanzó su cuerda y atrapó al amarillo y cuarteó a su caballo con el extremo doblado de la cuerda y luego dio un tirón. El cabo flojo del cabestro de Billy silbó por el suelo y se detuvo y el perro grande amarillo se alzó repentinamente del suelo volando hacia adelante atrapado entre las dos cuerdas y las cuerdas vibraron con una sola nota breve y apagada y luego el perro explotó.
El sol había salido hacía menos de una hora y en la travesía de la luz sobre la
mesa la sangre que saltó en el aire delante de ellos fue tan brillante y tan inesperada como una aparición. Algo surgido de la nada y absolutamente inexplicable. La cabeza del perro dio varias volteretas, las cuerdas recularon en el aire, el cuerpo del perro aterrizó en tierra con un golpe sordo.
Maldita sea, dijo Billy."

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.

viernes, 6 de febrero de 2009

Verano XV (Cheever)


¿Qué era? ¡Ah, sí!...
Estoy terminando de leer una anotología de relatos de John Cheever titulada "La geometría del amor" (la selección es de Rodrigo Fresán). En realidad su lectura, al menos la lectura de estos relatos, me genera ciertos sentimientos encontrados. Es decir, me han parecido magistrales los siguientes ejemplos: "Las joyas de los Cabot", "Las casas a la orilla del mar", "El ladrón de Shady Hill" y "El nadador", y evidentemente Cheever es un narrador de esos pocos que tocan y dominan esa sustancia que atraviesa todas las cosas, pero también es cierto (sigo hablando de mi lectura, desde luego) que hay explicitaciones acerca de lo que los personajes sienten y que estas no me gustan tanto. Se me dirá: pero los escritores no escriben ciertas cosas esperando todo el tiempo que a uno le gusten o no, las escriben en arreglo a una imagen del mundo que ellos poseen. Está bien. Hablemos entonces de representaciones del mundo y de las relaciones entre sus distintos casos... Como sea... Lo curioso es que eso que a veces me disgusta un poquitín de algunos relatos de Cheever, en otros se vuelve algo arrasador... A continuación dejo dos momentos de su prosa que me parecieron hermosos...
"Recorrí las calles, preguntándome qué papel haría en la profesión de carterista y ladrón de bolsos, y todos los arcos y los campanarios de San Patricio me recordaban las colectas para los pobres. Tomé el tren de costumbre para volver a casa, y por la ventanilla contemplé el paisaje apacible y la tarde de primavera, y me pareció que los pescadores y los bañistas solitarios y los guardabarreras y los jugadores de pelota en los baldíos y los amantes que no se avergüenzan de su propia actividad, y los dueños de pequeños veleros y los viejos que juegan naipes en los cuarteles de bomberos eran las personas que zurcían los grandes desgarrones que los hombres como yo dejaban en el mundo." (El ladrón de Shady Hill)

"Estamos en otoño. Las hojas cambiaron de color. No hay viento esta mañana, pero las hojas caen por centenares. Creo que si uno quiere ver algo -una hoja o una mata de pasto- tiene que conocer el perfil del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi esposa no está, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo de la ciudad) rara vez está de humor estos días, de modo que tengo la impresión de que no alcanzo a percibir una parte de la mañana, como si el momento tuviese un umbral o una serie de umbrales, y ya no pudiera franquearlos. Jugar entre dos a la pelota podría ser eficaz, pero Peter es demasiado pequeño y el único vecino a quien le interesa el juego asiste a la iglesia." (La cuarta alarma)

lunes, 2 de febrero de 2009

Verano XIV (hierro 2)

Anteayer, cuando íbamos en el ómnibus con la niña M de regreso de la casa de su abuela, por el centro de Maldonado, subió el hombre que me regaló mi primer palo de golf. En realidad, suelo verlo seguido, y en cada oportunidad se agrega un rasgo más de derrumbamiento que nunca puedo llegar a identificar del todo. Esta última vez estaba un poco borracho, pero los ojos traslucían también una dificultad para ver. Su ropa era prolija, y hasta se podía decir que llevaba buena ropa, pero toda ella iba acomodada en el cuerpo del hombre como de mala gana, como si se sacudiera para todos lados tratando de zafar del contacto con aquella piel. El pelo estaba canoso en su mayoría, algo revuelto en la parte superior. Este hombre ya mayor ha sido caddie durante toda su vida en el club de golf, y fue también cliente del bar que primero tuvo mi abuelo y que después fue de mi padre, en el Kennedy. Ayer, sin embargo, no me reconoció, quizás por esa especie de ceguera espontánea que viene de la mínima timidez que nos da subir a un ómnibus, y que nos hace pasar por alto rostros familiares. La niña M y yo íbamos en los primeros asientos, sobre la puerta de subida, así que el hombre no nos vio. Nos dio la espalda para pagarle al chofer y un instante después siguió hasta el fondo del pasillo. En cuanto a mí, creo que podría haberlo saludado. Podría haberle tocado con la mano el brazo para ver de inmediato cómo sonreiría al identificarme. Pero no lo hice. Dejé que continuara. Así que toda la situación se transformó de golpe en una exposición, un desfile de una parte de mi vida. Una figura que pasaba de derecha a izquierda en un puesto de kermés para despertar un tiro de la memoria que podría dar en el blanco o no. Todo justo ahora, cuando estoy escribiendo un cuento sobre golf que me hace volver a por lo menos diez o quince años atrás.
El palo era un hierro 2, con la vara de grafito. El grafito estaba pelándose, igual que la goma del grip. Lo interesante, lo que lo hacía agradable, era que tenía le tamaño propio para un niño. Nunca recuerdo el instante en que me lo regalaron. Un día le pregunté a mi padre de dónde había salido el palo, y él me lo explicó: "Te lo regaló 'Fulano'...". En definitiva, el palo resultó muy útil como divertimento. En cierto modo, para los niños del Kennedy, un palo de golf es uno de los juguetes más usuales, o al menos lo fue en una época. Siempre había alguien que tenía uno, y los demás se acercaban para tirar con él. En determinada época me tocó entonces ser uno de los que tenía un palo de golf. No me dejaban salir seguido de casa, pero cuando eso ocurría me ponía a tirar pelotas hacia el monte de enfrente y al rato comenzaban a llegar vecinos de mi edad. Pero el palo tenía también otras utilidades. Causaba accidentes, por ejemplo, y al mismo tiempo, protagonizaba incidentes. Un accidente: cierta vez se lo persté a Rafael o a Mauro (no me acuerdo cuál de los hermanos fue), este hizo un swing y yo, que estaba detrás distraído, recibí la cabeza de hierro entre el pómulo y el arco superciliar del lado derecho. Un incidente: cuando venía Javier siempre buscaba lío... Una vez estaba yo con alguien más y apareció él y amagó con pegarnos o meternos la pesada. No sé por qué, pero en determinado momento sentí que la mejor solución posible era reventarle la cabeza del palo en medio de la frente, y eso hice, por supuesto. A partir de allí empezó una vida furtiva. No tenía muy claro cómo me podía ir peleando contra él, pero lo cierto era que si llegaba a ganar a la vuelta me las iba a ver con Esteban, que era el hermano mayor, con el que ya me había agarrado a trompadas dos o tres (en mi mente ambas peleas son el frente de mi casa y en ambas yo trataba de darle desde el piso una patada en la cara... una pura ilusión, lo de la patada digo, porque era bastante alto...), como digo, dos o tres me fui a las manos con Esteban y las dos o tres veces salí bastante mal, incluso con una de las peores cosas que te podía llegar a pasar, que era que tu padre saliera a defenderte, a espantar al otro. Por todas esas cosas yo trataba de no encontrarme con Javier. Si me mandaban al almacén y lo veía en la calle corría hasta mi casa. Una vez yo iba en bicicleta hasta El Jagüel y él salió del monte y comenzó a perseguirme. En cierto instante tuve la seguridad de que me iba a alcanzar. Yo daba pedal, miraba hacia adelante y de inmediato miraba hacia atrás. Una vez y otra vez. Una y una. Javier apretaba los dientes y resoplaba y le saltaba la baba por los costados de la boca con cada exhalación. Pero cuando llegó el repecho, no sé por qué, la distancia se amplió y él quedó atrás. Esa fue la última corrida que yo recuerdo. Después de eso tuvo que haberse cansado, porque una vez estábamos jugando al fútbol al lado de la capilla y se me acercó y me dijo: "¿Qué rajás? ¡Si ya no te voy a cagar a patadas!"...
Al fin y al cabo, la vida del hierro 2 llegó hasta que yo tenía unos 12 ó 13 años, no más. Estábamos en el driving range del club de golf en otoño o en invierno (cuando el driving quedaba un poco abandonado y nadie nos podía echar) y yo hice un swing y a la vuelta sentí el palo más liviano, luego vi algo moverse sobre mí y supe que la cabeza del palo se había separado y que caía como un meteorito. Éramos cuatro o cinco esa vez, y todos intentamos correr hacia lados distintos, chocándonos. Pero no pasó nada. La cabeza cayó y se hundió en la gramilla húmeda. A los días no sabíamos qué hacer sin el palo. Íbamos al driving por costumbre y fuimos descubriendo otras maneras de pasar el tiempo, como cuando desagotamos un tanque de aceite que se usaba para acumular agua para lavar los palos y las pelotas en la temporada. Al principio lo volteamos un poco movidos por ver el efecto de toda esa agua derramándose en estampida. Más tarde le encontramos otra vuelta al asunto y convencimos a R. para que se acostara adentro. Llevamos rodando el tanque hasta la altura del tee con el niño dentro y eso nos entretuvo un rato al llevarlo para un lado y para otro. Pero después quisimos probar algo más y miramos hacia el resto del driving. Por allí el terreno baja unos ciento cincuenta metros. Sin decir nada empujamos el tanque hacia la bajada y de inmediato nos asustamos. Apenas rodó un par de metros nos dimos cuenta de que aquello no iba a ser divertido. El tanque dio dos o tres tumbos grandes y el cuerpo que iba dentro rebotó contra las paredes. El niño empezó a chillar. No sé cómo ocurrió lo siguiente, pero cuando pensábamos que el tanque iba a pasar de largo ya el cartel de las cincuenta yardas, fue describiendo una curva hacia la izquierda y se frenó contra el alambrado que separaba el driving del hoyo 1. Corrimos hasta allí y sacamos al niño tirándolo de los brazos. Uno que estaba a mi lado se puso a llorar: "Lo matamos", dijo, y ahí vimos que la cosa era grave. Pero el niño no hablaba porque estaba blanco. Cuando se pudo parar nos empezó a decir que éramos unos hijos de puta, pero ni siquiera tenía la fuerza necesaria para decirlo, así que era como si no hablara. Después se levantó el buzo, mostró un par de magullones y murmuró que le iba a decir a sus padres. Entonces cada uno se fue para su casa esperando cualquier catástrofe, al menos yo. Sin embargo, los padres del niño ni se preocuparon por lo que le habíamos hecho o le había pasado.
Todas estas cosas me vienen a la cabeza a partir de haber visto a aquel hombre. Su deterioro no deja de parecerme el deterioro de algo más. Había un tiempo en que las cosas eran de una manera, y no digo que mejor, no quiero caer en ese facilismo. No eran peores ni mejores. El cuento que estoy escribiendo ahora es parte de eso, ir también hacia un mundo que me sigue pareciendo incomprensible. Y todo tiene que ver con el relacionamiento de la gente, más que con el cambio del paisaje o la ida o la llegada de alguien.


domingo, 1 de febrero de 2009

Verano XIII (el techo de los Beatles)

Siempre me acuerdo de esa afirmación de John Lennon ante Jan Wenner, para la revista Rolling Stone, a comienzos de los años '70. Lennon decía algo así como que lo mejor de los Beatles nunca había sido grabado, nunca había sido atrapado en un disco. Esa idea, a la que bien se le puede atribuir algo de obvio resentimiento, probablemente encierre algo más. Cosas como el mito de que de adolescentes, antes de que saliera "Please please me", John y Paul habrían compuesto más de mil canciones... Está bien... Pero el discurso de Lennon giraba en esa entrevista entre la bipolaridad "sincero" - "no sincero"... Yo creo que el ex-beatle trataba de hablar de algo como lo fermentales que eran sus sesiones, antes de cualquier retoque o arreglo. Creo que Lennon trataba de hacer entender que el verdadero fenómeno creativo de los Beatles (¿como con todo artista?) estaba en el material bruto, aquello que era inaccesible para los que se aplicaban a oír a la banda desde el mito que brindaba la industria musical, o para los que la oían, así sin más. Por ahí pasa lo de entender qué quería decir Lennon en esa entrevista cuando sostenía que al final lo que él deseaba era bajarles los pantalones a los cuatro beatles.O: ¿cómo hacían para seguir siendo fieles a sí mismos y no ceder ante una imagen fosilizada? Lo novedoso del proyecto de las sesiones de "Let it be", prescindiendo de George Martin como productor y de cualquier efecto de sonido que arrastraran de la psicodelia, dándole forma a canciones casi en una toma sola, fue eso mismo, una búsqueda de sus raíces musicales. Me quedo con lo de lo fermental y recuerdo una declaración de Billy Preston (a quien los Beatles habían invitado para acompañar a la banda con el fin de que... No, no, no... Nunca dejo de asombrarme... ¡¡Ese tipo fue un elegido!!) en la que refería que el momento cumbre de su carrera habían sido todas aquellas horas pasadas en los ensayos de las sesiones de "Let it be".
Ayer se cumplieron cuarenta años del último día en el que los Beatles se presentaron en público, justamente en el centro de Londres, en un concierto improvisado sobre el techo de su casa de negocios, la Apple. Ese es el final también de la película "Let it be", y para muchos seguidores de la banda la misma resulta un poco amarga. A mí en cambio me parece un documento increíble acerca del proceso creativo. Hasta me causa euforia. En mi casa tengo una copia de la película y cada tanto la coloco en el DVD y la dejo correr mientras me dedico a la vida doméstica y pedestre. "Let it be" es una película de una fuerza abrumadora. Muestra cómo una banda, "la banda" arquetípica, se desmorona, es cierto (para eso está, como sola muestra, la discusión agria entre Paul y George por unas líneas de guitarra en "I've got a feeling"), pero muestra asimismo que ese grupo de personas no puede parar de componer y de, por si fuera poco, sentirse unidos y felices aunque más no sea en el plano musical, en una cápsula de tres minutos de duración que los separa del bien y del mal. Quizás por eso a John y a Paul se los ve tan contentos entre sí.
Una cosa que siempre me llamó la atención es la aparición de los policías. Los Beatles, esos que le hicieron ganar tanto en impuestos y exportaciones al Reino Unido, son silenciados por la fuerza del orden lo mismo que cualquier grupo de escandalosos. Ahí hay algo. Donde uno hubiera esperado la permisividad, la excepción que confirmaba la regla de la flema inglesa, llega nomás el golpe de gracia del orden superior. De hecho, una de las fantasías de Lennon antes del concierto era la posibilidad de que los llevaran detenidos... Así que al fin y al cabo, los Beatles apagan sus equipos y son conminados a descender del escenario, como si los bajaran de un retablo de mala muerte en Hamburgo o como si los hubieran obligado a hacer silencio en la adolescencia de Liverpool. Es ese tipo raro de pasión que te despierta que los demás no puedan soportar ciertas cosas tuyas, y que por eso mismo, esas cosas, se te pegan y te definen.

(Y los Beatles siempre nos redimen)

domingo, 18 de enero de 2009

Verano XII (soñar)

Hoy debe ser el primer día del año en el que llueve en esta parte del país. Creo que todo comenzó unos momentos después del amanecer, cuando escuché a través de los postigos cómo las gotas susurraban al amortiguarse sobre las hojas de las plantas. Atrás quedó la tarde extraña de ayer, cuando estábamos con Franco en la Mansa, que se había vuelto más honda y verde, y observábamos a lo lejos la tormenta eléctrica que se extendía sobre el lado norte del departamento, mientras que del lado opuesto el sol mordía nuestras espaldas... Así que hoy llueve y está fresco. Y me la he pasado leyendo y esperando a salir a la calle para alquilar alguna película...
Hace tiempo, quizás desde hace un par de meses, que me viene preocupando el hecho de que no sueñe seguido.
Es decir, siempre estuve acostumbrado a despertarme y repasar de inmediato las imágenes de lo que soñé mientras doy vueltas por el baño o por la cocina.
Y la verdad es que ya no es lo mismo. Si tengo algún sueño las imágenes son difusas, carentes de interés y hasta desprovistas de secuencias. A veces me da por pensar también que cuando algo así sucede, al menos en mi caso, es porque atravieso períodos de tranquilidad. No sé... Quizás sea algo pasajero...
Hoy soñé con una fotografía en la que aparecía la abuela de un ex-alumno. Era una fotografía tomada en una fábrica textil de San Carlos, y en ella una mujer de unos cincuenta o sesenta años tenía en brazos, sobre la mesa de trabajo, a un bebé de pocos meses, que era mi ex-alumno. De pronto miraba hacia la derecha de la imagen y veía a mi abuela Elcira (la madre de mi madre) concentrada en su trabajo. Lo cierto es que esa fotografía se terminó transformando en la prueba crucial de una investigación, a tal punto que alguien me la robó, o me robó la imagen de mi abuela, dejando la fotografía donde estaba. El sueño era algo así, pero después se transformaba en otra cosa, algo medio estúpido como unos muchachos imitando a Led Zeppelin y bajando por la calle Tristán Narvaja de Montevideo, cambiando poco a poco el ritmo por algo más candombero. Al final los muchachos acabaron por sacudir las caderas, y creo que eso me hizo darme cuenta de que ya era la hora de despertar.
Como sea, todo eso me pareció bastante austero.
Hoy de mañana leí un cuento de Truman Capote titulado "Profesor Miseria". Es la historia de un hombre, Mr. Revercomb, que se dedica a comprar los sueños de varias personas. Las hace pasar a una habitación y las deja hablar mientras su secretaria, Miss Mozart, comienza a mecanografiar cada palabra. En realidad el relato está centrado en Sylvia, una muchacha que, como varios más, cambia su sueño del día por unos pocos dólares...
"-Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma."

(Nota: Franco se aprovechó de mi inocencia de dormido y me sacó esa foto hace un par de veranos)

jueves, 15 de enero de 2009

Verano XI (decimonónico total)

a) Extraño el siglo XIX. Es más, creo que el siglo XIX terminó demasiado pronto.
b) Tengo ganas de volver a leer a Julio Verne.
c) Leí en internet que el gobierno de Australia hizo un llamamiento para ofrecer un trabajo por el que pagará 100.000 dólares en seis meses. El postulante sólo tiene que saber nadar y bucear, porque el trabajo consiste en pasar todo ese tiempo en la isla Hamilton. El elegido deberá además dar cuenta semanalmente mediante un blog, u otro espacio similar, de lo que vive día a día. O sea, además debe saber escribir bien y hacer buenos encuadres con la cámara digital, porque la secretaría de turismo de Australia (o un entidad por el estilo) está bastante preocupada por la caída del turismo en esa zona y por lo tanto ha decidido lanzar esta propuesta. Esto me hace acordar a esos otros trabajos que hay por el mundo, en los que te pagan una fortuna, pero que tienen como contrapartida el riesgo de muerte o de locura. Una vez, un cantinero de un liceo me mostró un anuncio en un diario. Se necesitaban hombres mayores de 20 años para trabajar en plataformas petroleras en medio del mar. "Pero hay que aguantar, pibe", me decía el tipo. Pagaban mucho, realmente mucho por día, pero no era cuestión de pasar una semanita a lo avivado. Te dejaban ahí entre todos esos fierros asediados por las mareas y aguantate hasta que se te termine el contrato. Creo que fue Paul Auster el escritor que trabajó en algo por el estilo. Así que apenas uno lo piensa comienzan a vérselas las contras a toda la cuestión: la soledad (si llegado un momento uno no la resiste), la lejanía, la desolación y (que me perdonen acá) los compañeros que empiezan a ponerse mimosos. Tengo algunos conocidos que han estado en la cárcel varias veces y que de seguro me dirán: "¿Y eso qué? Por lo menos sabés que ahí te están pagando..."
d) Una vez escribí para una nota algo así como que la saturación de información, hoy en día, o la posibilidad de llegar a saber sobre cualquier cosa tan alejada (internet) hacía que el mundo se hiciera pequeño. No es la gran revelación. Todo el mundo lo dice. Pero en esa nota yo hablaba de eso en relación con el mundo que uno percibe en las novela de Julio Verne o de Emilio Salgari, en algunos relatos de Stevenson, también, y, posteriormente, en Somerset Maugham. El mundo era prácticamente inconmensurable porque aquello que daba la sensación de cercanía entre un punto y otro, y que es una noticia o una carta, era algo que demoraba o era incompleto o pasible de deteriorarse. Sin embargo, ahora me pongo a pensar en si no volverá a pasar lo de antes, que el mundo se agigante una vez más, que el hecho de disponer de cualquier tipo de información en el instante se transforme en una especie de sensación vacía, en un pasaje del "es-como-estar-ahí-mismo" a otra cosa. Por supuesto, el mundo está allí afuera, y con sólo salir se ve lo grande que es.
Esto me lleva también a pensar una y otra vez en una de mis grandes aficiones: viajar. Una afición que por otra parte siempre se vio frustrada. Los lugares más lejanos que he visitado son Salto y Chuy. Creo que por eso me emocionan tanto aquellas novelas del siglo XIX.
e) Pero sí que hay gente que viaja a la vieja usanza. Gente solitaria en un velero. Ayer estábamos en la playa, luego de muchísimo tiempo sin reunirnos, Valentín, Felipe, Rodrigo y yo (más tarde llegaron V y Franco). Felipe contó sobre un conocido de él que se dedica solamente a navegar en solitario. Un día el tipo le dijo a su familia que se iba por ahí, por el mundo en su velero. Atravesó huracanes, fue asediado por piratas, y sólo le da noticias de cómo está a su familia cuando toca puerto de vez en cuando... ¿Piratas? ¡Sí! Yo ya había oído algo sobre los piratas somalíes hace unos meses, pero ahí Valentín empezó a hablar de las "ratas de agua" brasileras, unos piratas que se apostan en el Amazonas esperando a aquellos que remontan el delta. Así murió Peter Blake, dice Valentín. No Peter Blake el que andaba con los Beatles, sino aquel que ganó la regata Whitbread cuando nosotros éramos chicos, cuando la Whitbread pasaba por Punta del Este, el único lugar de la regata donde las embarcaciones tocaban puerto dos veces. Me acuerdo de eso, fue en el '91. Las maestras andaban como locas y nos regalaron a todos unas revistas en inglés que explicaban la historia de la regata y presentaban a cada uno de los equipos. Después creo que trajeron bombones, o que en el turno de la mañana varios de los navegantes habían pasado a dar una charla con un intérprete y luego regalaron bombones, o que eso había sido sucedido en otra escuela, o en esa y además otra, y otra... No me acuerdo bien. Bueno, Peter Blake navegaba hacia Manaos, o por ahí, y fue interceptado por las ratas de agua, que andaban en motos acuáticas. Blake se resistió y fue acuchillado en el vientre. Murió unas horas después en un hospital de Belem.

sábado, 10 de enero de 2009

Verano X (intimidad)

Antes que nada creo que es conveniente no matar a las aguavivas.
Iba cruzando unos semáforos por Roosevelt hace un rato, de camino a la compra de un paquete de hamburguesas para la cena, cuando sorprendí la intimidad de alguien. Y ahí me di cuenta de que eso fue lo distintivo hoy: ser sorprendido o ser asediado por las intimidades de los demás. Hace un rato, como decía, fue un hombre, que esperaba ante el semáforo en rojo. Era un obrero que habría estado haciendo horas extras, que volvía agotado en su bicicleta a su hogar. Yo crucé haciendo una U frente a él y de golpe nuestras miradas se tocaron, justo en el instante en el que él se hurgaba la nariz con ferocidad. Hubo algo ahí. De repente mi mirada significaba yo paso casi sobre la medianoche, entre todas estas luces y sombras de la avenida y tú te sacas los mocos como lo podrías hacer en la soledad del descanso en la hora de trabajo o frente al espejo muy temprano en la mañana, pero ahora paso yo y tú no te aguantas y controlas al menos ese placer, el único placer que podrías tener hasta caer rendido en tu casa igual que un animal que se regodea con las primeras mordidas de lo que ha cazado ante la vista de sus competidores. Todo por un par de mocos, me dirán. Está bien. Pero por un momento yo tuve que mirarlo y darle un poco más de conciencia a eso de todos los días. Así que de esa forma te sacas los mocos. No sé nada de tu vida, quizás no te cruce nunca más en el resto de mis días, pero ya sé cómo es que haces con la boca cuando entra el dedo índice. El labio superior se repliega, se tuerce un tanto a la derecha y luego aparecen los dientes de arriba hasta las encías...
Tengo que reconocer que me encanta escuchar conversaciones ajenas. En la playa a veces uno lo hace sin que se lo proponga, las voces llegan solas... Pero también esto ocurre con el uso de los celulares. Así, hoy al mediodía, en la cola para pagar una factura de Antel me entero con el señor que hablaba por celular a mis espaldas que el afiche de la maratón San Fernando, que es auspiciada por Reebok, tiene en realidad la figura de un atleta que está suspendido en medio de una zancada llevando ropa Nike. Pero también me entero de que la última película de vampiros que están dando en un cine de Punta del Este "se puede ver", y que en una óptica de allí mismo están en ofertas los anteojos de sol Nike. Con esto de los celulares me parece que a veces pierdo el interés por lo que pueda sacar de pre-literario (por si se pudiera rescatar algo en cierto modo), ya que no pasa un minuto de escuchar una charla en cualquier lugar público cuando comienzo a sentir vergüenza ajena, como una vergüenza de ser yo mismo el que está hablando por ese teléfono y desnudándose así ante los demás, dándole rienda suelta a las vanidades de curso común... Una chiquilina, a la tarde en la playa, salta jugando con sus amigas y un seno se escapa del corpiño. En cierto modo, más allá de que mis anteojos oscuros pudieran hacerla dudar, sabe que yo tuve que haber visto la escena. Y así fue. Y lo mismo, la sensación bastante duradera de que nadie sino yo había visto eso en toda la playa. ¿Para qué? ¿Para qué soprender de nuevo la intimidad de alguien? Un hecho, una imagen imprecisa que al final se borró igual que las huellas que dejan los que caminan junto al agua. No hay modo. La intimidad de los otros nos llega de una manera u otra, y nosotros mismos dejamos por ahí las marcas de nuestra propia intimidad como huellas dactilares sobre un vidrio empañado. ¿Y qué hacer? ¿Seguir el juego? ¿Superponerlo a otro juego?
A las aguavivas todo esto les interesa un pepino. Y ni siquiera saben lo que es un pepino. Ellas sí que saben lo que es la intimidad. En realidad, si la intimidad está dada por algo con lo que confrontarla o distinguirla, creo que de las aguavivas se puede decir casi-casi que de ellas no emana algo que los demás podríamos reconocer como "intimidad". Ellas son la INTIMIDAD. El aguaviva es un misterio total. Hoy había un hombre sacando del mar con el baldecito de sus hijos un montón de aguavivas del tamaño de una pelota de fútbol. Las dejaba tiradas cerca de la orilla y el sol empezaba su lento trabajo de resecamiento. Tuve ganas de agarrarlas una por una y devolverlas al agua, pero eso iba a traer problemas para los que yo no estaba preparado (entiéndase que el tipo pesaba el doble que yo, por ejemplo). Era lo que hacíamos hace un par de años con Felipe en el muelle de la parada 3. La gente las sacaba y nosotros las llevábamos de nuevo al agua. Un tipo se nos acercó y nos insultó invocando las salud de su hija. Nos hicimos los tontos y seguimos. La cuestión fue que unos minutos después subimos al muelle y observamos la superficie del mar desde allí. Era como ver una nube calada. Cientos, miles de circunferencias blanquecinas flotaban por todas partes. Por eso decía, es conveniente no matarlas. Ni siquiera se justifica desde el punto de vista práctico. Pero el padre-que-demuestra-en-verano-en-el-balneario-que-él-es-el-padre-antipeligro seguía sacándolas, y así vine a ver un prodigio. Uno de esos cangrejos que habitan a veinte o más metros de profundidad en lo más oscuro de la bahía se hamacaba colgando de una de sus pinzas de los tentáculos de un aguaviva. Entonces se formó el gentío, porque es raro ver un cangrejo de esos de La Barra hacia el oeste. Un ser agrisado, pinchudo y chato que no quedaba bien bajo la luz del sol. Pero al final el cangrejo pudo recuperar su libertad. Era algo demasiado extraño, demasiado impropio como para poder contemplarlo por mucho más tiempo. Era algo que quizás no teníamos que haber visto, que había salido de un sitio que no era el nuestro; ni siquiera las patas arquéandose dejaban de transmitir la idea de que aquello no encajaba con nada. Entonces el padre lo puso en el baldecito y lo aventó unos metros más allá. La niña M había mirado todo el tiempo por entre el círculo de piernitas que habían formado todos los otros niños que sí se habían animado a acercársele. Me pregunta por qué los cangrejos tienen "agarraderas" (por las pinzas) y salimos caminando hacia donde tenemos las cosas. Trato de seguir con la lectura pero después un hombre habla con la familia de su hermana sobre los últimos días del divorcio de su última esposa. La llamaba una tarde y ella le decía: "Estoy en el shopping". La llamaba al día siguiente y ella respondía: "Estoy en las uñas". Imitaba la voz chillona de la mujer mientras su hermana y su cuñado y los hijos más grandes lo miraban simular con la mano la forma irrenunciable de un teléfono.

jueves, 8 de enero de 2009

Verano IX (quehacer)

Bueno... Terminé hace una hora más o menos un relato largo que empecé casi a mediados de diciembre. Es el primer borrador y todo eso, pero ya cacé la mariposa (supongo). Ahora tengo que sacarla del calderín y etcétera, etcétera. Así que me siento muy feliz. Y al mismo tiempo ya no sé si quedan a veces ganas de permitirse la ilusión de una completa felicidad. Prendo la tele y veo las mismas cosas de mierda que siguen ocurriendo. No estoy queriendo ser demagógico. Estoy tratando de conciliar dos estados de ánimo puntuales que se encuentran esta noche. Acabo de terminar un relato que por algún punto se toca con cosas que pasan hoy en día. Así que me sucedió esto... Puse el reproductor de la computadora, con la función de que hiciera una selección aleatoria de todos los temas que hay en el disco duro, y salió primero "All I really want to do", de Bob Dylan. Me partió al medio. Ni felicidad, ni tristeza. Un estado piadoso. Algo que se mira a sí mismo y que dice: ¿Y a qué viene todo esto?... Me estoy durmiendo. Pasan algunas motos por el Camino a la Laguna, el ventilador del techo zumba. Ya no hay ruidos de pasos de nadie en la casa. Tengo la noche por delante, puedo dormir, puedo leer, puedo ir a tomar un vaso de agua en la cocina. Tantas cosas. Todo eso es normal, completamente normal. Me doy cuenta.

lunes, 5 de enero de 2009

Verano VIII (Spielberg)

Ayer salimos a dar un paseo largo con la niña M, y al volver a casa, mientras nos disponíamos a esperar a V y preparar la merienda, nos encontramos con que en el cable estaban pasando "Parque jurásico" (1993), de Steven Spielberg. En realidad la que la encontró fue la niña M, que se puso a hacer zapping y salteó sus canales de dibujitos animados cuando vio la escena en que aparece un tiranosaurio amenazando a los ocupantes de dos camionetas. Me fui a la cocina a preparar algo y luego regresé para ver lo mismo que veo cada vez que me sale al cruce esta película en el cable: la escena en que los niños llegan a la cocina y son acechados por los velociraptors. Es una escena que me fascina, es más fuerte que yo, a tal punto que, cuando termina, ni siquiera sigo mirando el resto.
Mientras merendábamos miraba la cara de la niña M, absolutamente arrebatada por algunas escenas. ¡¡Eso es alienación!!, dijera cierto escritor nacional. ¡¡Ja!!... Luego llegó la escena de la cocina, un muy buen ejemplo de montaje y de tensión. Los niños escapan, entran y cierran la puerta, pero el velociraptor que los persigue logra abrirla e ingresar junto a otro más.
Esta escena me hace acordar siempre a una más reciente que aparece en otra película de Spielberg, "La guerra de los mundos" (2005). Se trata de la secuencia en la que uno de los "tentáculos" de los trípodes de los marcianos ingresa en el sótano en el que están escondidos el padre (Tom Cruise) y su hija (Dakota Fanning) junto a su desequilibrado anfitrión (Danny Boyle). Creo que en realidad Spielberg repitió el mismo procedimiento que en la secuencia de "Parque jurásico" (incluso aparece el recurso del engaño a través del reflejo). Pero no es que me moleste, todo lo contrario, porque el resultado sigue siendo interesante; de hecho, "La guerra de los mundos" es una muy buena película que le hace honor a la novela de H.G. Wells.
Otra cosa en común: las actuaciones de las niñas...
Dejo aquí debajo las escenas en cuestión...




sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

jueves, 1 de enero de 2009

Verano VI (Salinger: un subrayado)

Me enteré hoy a través del blog de Martín Bentancor que en el día de la fecha Jerome David Salinger llega a los 90 años de edad. Algo me dice, no sé qué, y es probable que le erre de medio a medio, que Salinger va por el lado de los longevos de veras: Ernst Jünger, Juan Filloy, Francisco Ayala... Con Filloy, sin embargo, hay otra cosa más en cuanto a las semejanzas. Se trata del tema de los libros inéditos. En el escritor argentino permanecer inédito, y reescribiendo con tenacidad algunos de sus libros, era una cuestión cercana a su arte poética. En Salinger, que se retiró de la escena pública si no mal recuerdo a fines de los '60, el valor de lo inédito radica en que no quiere que lo fastidien. Creo que vive en los bosques de New Hampshire y que los paparazzi mueren por una foto suya, más que la última de Britney Spears sin bombacha. Por ahí, una ex mujer despechada reveló que no ha dejado nunca de escribir, y que cada libro nuevo es guardado con celo en una caja fuerte. Así que el asunto de la longevidad acá me lleva a olisquear también el morbo que podrían tener algunos lectores obsesivos, esos que están deseando que un día de estos aparezca un Max Brod que traiga las buenas nuevas de las narraciones inéditas de Salinger. Pero no, como decía, algo me dice que el hombre va a aguantar mucho tiempo todavía y le va a aguar la fiesta a más de uno. Hay mucho de vampirismo siempre en todo lector "fanático". Por eso, mientras pensaba en eso de las relaciones de lector y escritor, me fijé en uno de los subrayados que tengo en la edición de "Seymour: una introducción". Es la primera frase del libro, fuera de las dos citas que aparecen al comienzo, no como epígrafes, sino como disparadores directos del relato. Se trata además de una frase que tengo como grabada a fuego desde hace tres o cuatro años, cuando leí ese libro, y que trato de seguir letra por letra. Va...
"A veces, para ser sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cincuenta años considero a mi viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de los artesanos públicos más interesantes y menos fatuos que he conocido me insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para seguir y llegar a la cuestión -y no creo que sean de las que sobreviven a una construcción interminable-, descubrí hace una buena cantidad de años prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero decir tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros."

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano V (Dumplings)

Ayer vi una película que literalmente me afectó. Pero su influencia se dio más allá de determinados logros técnicos, más allá de la temática o más bien la cuestión ética que suscitaba. Lo que me dejó reflexionando hasta la madrugada, lo que me dejó dándome vueltas en la cama pensando en cosas y cosas fue la elaboración del argumento, un argumento que a primera vista parece innovador, pero que si se lo mira entrecerrando los ojos deja aparecer una referencia antigua, anclada en el seno de nuestra cultura.
La película es "Dumplings" (2004), del chino Fruit Chan y trata acerca de una ex actriz y modelo casada con un magnate. Esa es la señora Lee, una mujer que entra en la madurez repudiando lo que el tiempo pueda hacer con su cuerpo, sobre todo porque de fondo están el rechazo y la infidelidad de su marido. Es así que la Sra. Lee busca ser joven de nuevo y contrata los servicios de una mujer que le prepara unos platos con un ingrediente secreto que no falla para mantenerse joven: fetos humanos. Lo repugnante sobrevuela toda la película, pero la historia no se queda en actualizar la repugnancia, lo que habría hecho de la misma un producto más de tantos (por más que ese efecto de lo repugnante aumente hasta el final). Hay otra cosa que viene a ser lo repugnante mayor, algo que está por encima del canibalismo y que tiene que ver con el hombre ignorando su debilidad ante el tiempo, instalándose en un sitio de la experiencia que genera sofocamiento.
Lo primero que me impactó de esta película estuvo en el desarrollo del argumento. El relato no se queda en la resolución convencional, sigue un poco más, y ese es su valor, el valor de la vuelta de tuerca.
Lo segundo también estuvo en el argumento, pero en cómo la forma del mismo disimula un argumento conocido: el del mito del dios Cronos, o al menos un solo episodio de todo el mito, el momento en el que el dios devora a sus hijos, como muchos recordarán que aparece plasmado en la pintura de Goya. La Sra. Lee se traga los dumplings en su carrera por detener el tiempo, porque en el tiempo, en esos niños no nacidos, está el signo de la muerte, lo que está por venir y desplazar a lo anterior; así como para Cronos devorar su descendencia es asegurarse a sí mismo. Y esto me lleva a una de tantas aseveraciones de Borges (ya no sé de dónde, Borges es como una internet en sí mismo), una que sostiene que, al igual que las metáforas, las historias que se pueden contar son siempre las mismas, no pasan de un número acotado de proposiciones. A veces, por más que los estructuralistas, Lévi-Strauss y Joseph Campbell hayan demostrado la validez de esa idea, yo me resisto a pensar que sea del todo así, aunque más no sea para que la imaginación siga ilusa e ingenuamente, pero andando al fin. Me digo: no puede ser que todas las historias sean en el fondo griegas o judías, pero en fin... Lo que me llegó de "Dumplings" tan profundamente es que me hizo olvidar por un buen rato cualquier intención de comparación y posterior constatación. Creo que una buena historia te hace olvidar del modelo original, o lo vuelve parcialmente innecesario, o lo disimula tanto que lo borronea de la memoria arquetípica de cada cual. ¿Por qué di tantas vueltas en la cama como escribí al comienzo? Porque Fruit Chan me pegó directo donde más me dolía, en una parte de mí mismo que está hace días y días escribiendo un cuento largo y que se ha dado cuenta ahora de que esa historia no sólo debe tener otra vuelta de tuerca, sino que se parece mucho a una historia de esas arquetípicas, tanto, que con cada vuelta en la cama pensaba en una variante distinta.
(Una curiosidad: por la web me encontré con que Fruit Chan nació un 15 de abril, igual que yo, igual que Henry James, el patrón de la tuerca.)

Verano IV (elección de horas)

Ayer fue la elección de horas docentes de Literatura para el departamento de Maldonado. Uno puede ver a varios colegas conocidos y queridos, ex-compañeros de generación, ex compañeros de otros años en ciertos liceos... Hasta ahí todo lo más bien, pero después están el calor, los celulares sonando sin parar, las carcajadas en las que te muestra qué tan torcida tienen la campanilla de la garganta algunas grado 7, la impaciencia y más tarde la indecisión y la carga de tener que resolver los horarios que uno tendrá el año que viene. Por suerte me encuentro, año a año, con Felipe. Nos apartamos, tomamos o comemos algo en alguna mesa del patio, hablamos de literatura, de cine, de lugares con playas, etc. Este año Felipe se apareció con un panamá con un listón negro en la base de la copa. Parecía una foto que vi de Truman Capote.
Voy a ser sincero (¿?)... Si hay otra cosa que me llama la atención o me incomoda (no sé cómo precisarlo), es cierto vacío que se forma en la montonera. Lleno, llenito de profesores de literatura, y lo que más escucho son quejas sobre el precio del kilo de cordero a fin de año, o sobre los reglamentos de elección de horas o pasaje de grado, o lamentaciones sobre el marido o la esposa de turno... Cosas por el estilo... Pero muy pocas veces me topo con alguien que me hable de lo que está leyendo. Tampoco me quiero pasar para el otro lado y terminar con una actitud snob del intelectual que atomiza con actitudes imprescindibles y perentorias acerca de que no leer mata, causa impotencia, lo que sea... Nada que ver... Pero... Así que me gusta preguntar, con toda la discreción del caso, qué es lo que andan leyendo, no por que eso represente un tipo de "contienda del intelecto", sino por ese cierto voyeurismo que todos los que leemos tenemos. Al final de la elección de horas sólo tres profesores me hablaron de lo que estaban leyendo. El profesor F(elipe) leía una serie de artículos de Homero Alsina Thevenet sobre la censura en Hollywood. De ahí pasamos a hablar de la casa de brujas del comunismo, pasando por la censura a una película de Howard Hughes por mostrar demasiado los pechos de su actriz principal (lo que se puede ver en "El aviador", de Scorsese), volviendo de nuevo al comunismo y, en especial, a las películas de Chaplin, sus cortos para la Keystone y un dato que yo no conocía: "Candilejas" (Limelight) estuvo casi veinte años sin ser estrenada en Estados Unidos porque los notables del comité de censura no la habían considerado apta hasta entonces. El profesor F(elipe) es mi amigo, y esto me da cierta confianza para juzgar que dos por tres me sale con cualquier exageración, pero quizás sea así nomás... El profesor S. más tarde me comenta que está leyendo "Descanso de caminantes", una selección de los diarios de Adolfo Bioy Casares. "¡Qué putero era el viejo!", dice. "¿Viste?", dice el otro. Más tarde el profesor G. me habla de que terminó de leer dos cosas casi en simultáneo. Por un lado "Mascaró, el cazador americano", de Haroldo Conti, y destaca lo guimaraesiano de esa narración. Y por otro lado "Didáctica de la liberación" (editado por HUM), de Luis Camnitzer. De este libro se habló mucho hace un par de meses, cuando trascendió que en sus páginas se homologaban las acciones tupamaras como la toma de Pando con acciones performáticas propias del arte conceptual. Como se vio, a algunos (¿ex?) tupamaros la idea les desagradó de entrada, y a otros les pareció bastante pertinente. Para pensarlo, me parece, porque si sos o fuiste guerrillero y luego vienen y te dicen que lo que hiciste es un "como si" artístico, bueno, entonces es para pensarlo, como digo...
En cuanto a mí, me llevé para leer tanto el tomo con las primeras Novelas Ejemplares como "Agua viva", de Clarice Lispector; sin embargo terminé leyendo "Espacios de la memoria", de Fernando Aínsa, un libro que me compré en un puesto instalado dentro del liceo. Me pasa algo raro con la lectura de ensayos. Si estoy en medio de una multitud, como era ayer el caso, me es casi imposible leer ficción. No puedo, cierro el libro en seguida. Pero no me sucede lo mismo con los ensayos, que a mí parecen de lectura más complicada; puedo leer un ensayo con tres docenas de voces alrededor y es como si esas voces formaran al final un muro que me aísla. Creo que llegué, después de todo, a la lectura de este ensayo de Aínsa porque la noche anterior en la casa del 33, mientras esperaba que hirviera el arroz que le hacía a los perros, estuve releyendo algunas de las primeras páginas de "Las vueltas de César Aira", de Sandra Contreras. Allí Contreras habla de esa larga convención de la narrativa argentina de personajes que van al desierto, al sur, a la frontera donde está el "otro", el gaucho, la cautiva o el salvaje, en definitiva. Pero sobre todo, explica Contreras, esa construcción de ese espacio se hizo desde el exotismo, desde esa mirada de los extranjeros, en su mayoría ingleses (Darwin, Hudson, etc.). Eso le da pie para comentar qué es lo que hace Aira con novelas como "La liebre". Eso, a su vez, me dio para pensar cómo se dio aquí en Uruguay la cuestión. Para esta literatura, en principio, no había sur, sino norte. Es cierto que tuvimos las miradas foráneas (la de Hudson, también, en "La tierra purpúrea", y un siglo después la de Copi en "El uruguayo"), pero me quedé pensando en si pesaron más que las visiones "más uruguayas", como las casi inaugurales de Eduardo Acevedo Díaz, por ejemplo en esa entrada hacia el norte del país, levemente romantizada, que hace el protagonista de "Nativa". Esta lectura de Aínsa me cae en el mejor momento. Vuelvo a la cuestión una vez más antes de pasar a otra cosa. Hay una manera en que los textos literarios nos hacen sentir un espacio, un lugar que incluso no hayamos visitado nunca, de tal manera que esa construcción luego es irremovible. (Sigo pensando al vuelo, a los teclazos...) Si en Argentina la mirada exótica pesó de forma crucial en la construcción de un espacio, ¿ocurrió igual en Uruguay?... Me parece que un punto de partida hipotético puede ser pensar que no, que la construcción exótica no fue determinante, lo que me lleva a preguntarme sobre qué bases se dio entonces (porque, del mismo modo... ¿no estuvo siempre "el otro europeo" antes que el criollo?). (Ahora me digo, ¿tengo que dejar fuera de discusión el nacimiento mismo de un país que queda entre Argentina y Brasil, como un algodón entre dos vidrios colocado por un inglés?...) Hace poco leí una entrevista a Beatriz Sarlo en la que hablaba de la asombrosa semejanza que existe entre Argentina y Uruguay y cómo, al mismo tiempo, hay aspectos determinantes (en lo político partidario, por ejemplo) que los diferencian a simple vista. Bueno, ahí tengo un tema como para darle algunas vueltas con varias lecturas.
Esto anterior me lleva a unas cosas que conversamos con Felipe sobre los Beatles. Él dice que en una entrevista vio a Mike Myers (sus padres son de Liverpool) asegurar que los Beatles hicieron de su ciudad natal un lugar más alegre en el que poder vivir, que Liverpool no era así antes de ellos. Diría Aínsa según lo que estoy leyendo, que los Beatles lograron trocar la memoria del espacio del que surgieron. ¿Y qué tanto más se le puede pedir a un artista? Así que yo le conté a Felipe que hace un par de días se me dio por escuchar solamente canciones de los primeros discos y dejar de lado un poco la experimentación más manifiesta que se da desde "Rubber soul" (?¿) hacia el final. Para algunos las canciones de los primeros discos son más simples, para otros los Beatles no dejaron de hacer lo mismo, sólo que cambiaron en la parte arreglística, como sea... A lo que voy es que la alegría que se desprende de esos primeros discos es una cosa que no era de este planeta. Y para mí, lo bueno en arte, cuando además alegra, dos veces bueno. Ahí nomás, mientras hablábamos de esas cosas, Felipe sacó un ogo, que viene a ser un aparatito que tiene teléfono, internet y que tiene MSN y te sirve para saber la temperatura, recordarte todo en una agenda y avisarte cada cuántos segundos nace un poeta en Tacuarembó. Y también se puede oír música en él... Pusimos el disco "Love" y entre tema y tema empezamos a intercambiar anécdotas. Felipe me comenta una declaración de Paul sobre la época de la beatlemanía, cuando las cosas se salieron de curso y los Beatles comenzaron a entender que tocar el cielo con las manos costaba lo suyo. En un concierto de tantos, creo que tocando "I'm down", a Paul se le da por mirar a John tocando el piano y descubre que había algo que no encajaba, que John era presa de una alteración que ni siquiera tenía que ver con el frenesí rockero. Cruzó un par de miradas con George y Ringo y descubrió en los otros la misma sorpresa. Para Paul, eso no sólo fue un indicio de que cierto tiempo había llegado a su fin, sino de que John no iba a ser el mismo a partir de allí. Eso me recuerda un video de esos años en el que prácticamente todo el tiempo aparecen John y Paul en un mismo plano. Están tocando "We can work it out" en evidente y hasta grosero playback, pero el resultado está lejos de la seriedad de la anécdota de Felipe. Basta con ver el esfuerzo que hace Paul por no mirar a John.