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martes, 6 de octubre de 2009

Amoxicilina blues (II, intermedio)

Mientras andaba por el centro de San José con Leonardo y Pedro este fin de semana, se me dio por sacar una foto de un afiche de campaña política del lugar, más llevado por un ánimo de registrar que por algo en especial. Es cierto que quizás los rostros, ese idioma facial que atraviesa a cada político, pudo haber sido el real interés de que yo tomara esta foto. Como sea. El caso es que recién cuando la vi en la computadora caí en la cuenta de un detalle impresionante. Y es, precisamente, el tilde de la palabra "quién", que, como es obvio, no debería figurar. Sabido es que los pronombres como "que" o "quien" al llevar tilde se transforma en interrogativos o, por lo menos, enfáticos. En el caso de este afiche que promociona a Juan Chiruchi (el de la derecha, actual intendente de San José) junto a un "notable" del mismo pago, un solo tilde tiene la misma fuerza de toda una decidida impugnación. La verdad, para los que (aún los hay) siguen considerando que poner tildes de forma correcta no tiene importancia, casos como este son una verdadera réplica y un buen pasaje al humor.

lunes, 5 de octubre de 2009

Amoxicilina blues (I)


1: Salida desde Maldonado. Consigo el último asiento disponible de un ómnibus que está a punto de salir en el instante en que llego a la terminal. Avanzo por el pasillo. Una señora de unos sesenta años ocupa el dichoso asiento 42 que llegó a salvarme justo a tiempo de viajar parado. Como no sé si en realidad el número del asiento se corresponde con el del pasillo o el de la ventana, donde viajaba un hombre joven, digo tímidamente: "Asiento cuarenta y dos". La mujer entonces salta hacia el piso y se sienta recostando su espalda contra la puerta del baño. Es una demostración de ascetismo que me conmueve. En un segundo paso a tener a la mujer a mis pies, con sus bolsos, su muselina y una revista de crucigramnas entreverándose entre los brazos cruzados sobre las rodillas. Algunas personas se dan vuelta y miran la escena. No quedo bien parado moralmente. Me inclino por lo tanto un poco hacia la mujer y le digo: "No, señora, tampoco usted va a viajar sentada en el piso... Por favor, tome asiento." La mujer se incorpora casi de un salto y vuelve a sentarse. "Voy hasta la entrada de Pan de Azúcar, nomás", me contesta. Yo hago un gesto de asentimiento y me acomodo contra el baño y miro como sin ganas el último tramo de las calles de Maldonado antes de llegar a la playa Mansa.
En el resto de los últimos asientos viajan repartidos cinco tipos de diversas edades. Uno de ellos es el que viaja al lado de la señora, contra la ventanilla. Otros dos están sentados delante, y el resto del lado derecho del pasillo. A uno de ellos, de cabeza rapada y rubia, con la remera remangada enseñando los bíceps, se le cae el termo y el agua hirviendo desata de repente una carrera pasillo abajo, hacia el punto en el que se acerca el guarda, requiriendo los pasajes a un lado y otro. El hombre de cabeza rapada se lamenta en voz alta, recoge el termo y mira como varios pasajeros más el curso del agua humeante torciendo su paso hacia la izquierda casi sobre los pies del guarda. El guarda, si llegó a ver lo que ocurrió, hizo como si no fuera gran cosa. El hombre de la cabeza intercambia unas palabras con su acompañante, luego mira hacia atrás y les dice algo a los que van juntos del otro lado del pasillo. El quinto hombre, que va junto a la mujer, sin embargo, se desentiende de inmediato de todo el asunto. Se ha reclinado hacia atrás y ha bajado la visera de su gorra sobre sus ojos. "Murió", dice el de la cabeza rapada. Los otros tres se ríen y comienza la rueda del mate. Cada vez que ceba y reparte, el de la cabeza rapada se lleva la mano izquierda de la nuca a la frente y recorre al menos dos o tres veces todo el espacio. Parece un gesto de autocomplacencia luego de entregar el mate, una confirmación de que él está ahí para sí mismo, un acto medio masturbatorio como otros lo tienen tocándose otras partes del cuerpo, etcétera. Me parece que los cinco hombres vuelven de trabajar. Observo al que tengo inmediatamente sobre la izquierda, un hombre de unos sesenta años, con una gorra de visera con la bandera de Canadá. Lleva el pantalón vaquero desgastado y con algunas manchas de pintura. Pero hay una cosa más que puede unirlos. Llevan entre sí un aire común de rito de masculinidad compartida fuera de sus propias casas. Es algo que los recorta y los aleja en las últimas luces del atardecer.
Una chica llega desde la parte delantera tomándose de las cabeceras. Se acerca a la puerta del baño, la golpea suavemente con la base del puño y entra. Cinco minutos después la puerta se vuelve a abrir y la chica regresa otra vez más tomándose de las cabeceras. El hombre que lleva la gorra de Canadá saca su cabeza al pasillo como si fuera una tortuga. Mira cómo la cola se aleja en el silencio del fondo del ómnibus. Su cabeza se balancea con los bandazos suaves del ómnibus. Los ojos entornados miran fijamente la curvatura amplia de las nalgas y de pronto es como si mirara un deseo fijado en un tramo ya perdido de su propia vida.
-Están viniendo las toninas... -dice suavemente.
El de la cabeza rapada se masajea el cuero cabelludo una vez más y se ríe.

2: En la terminal de Tres Cruces, en Montevideo. Antes de subir al ómnibus que me lleve a San José espero sentado entre un montón de gente. A mi derecha tengo un matrimonio adulto. Frente a mí a una pareja joven. Ella sonríe todo el tiempo y esconde a media un pequeño cachorro de labrador. Él se sonríe también, pero un poco como si su mujer fuera una niña con un capricho que él trata de explicar como sea para los demás. En las pantallas colocadas sobre las columnas o contra las paredes pasan cosas para entretener. Cosas graciosas como "cámaras ocultas" donde un cocinero en un stand de desgustación de un supermercado trata de cortar un tomate y se entierra medio estúpidamente el cuchillo de punta sobre el envés de la mano; las personas se vuelven asqueadas o miran con los ojos llenos de horror. Está bien. Me río y de vez en cuando mi mirada se encuentra con la de alguien más riéndose de lo mismo y entonces bajo mi vista hacia mis zapatos. Pero pasan más cosas en la pantalla: el estado del tiempo, el cambio de la moneda, el horóscopo y hasta una trivia. Del otro lado, a unos diez metros, varios miembros de una familia esperan el instante en que llega la trivia a la pantalla y apuestan entre ellos. Varias preguntas son bastante tontas, pero en dos oportunidades pasan preguntas literarias que no sé contestar y siento una vergüenza enorme de mí mismo y me juro no volver a mirar la pantalla. Aunque en realidad, una de las preguntas era del tipo: "¿De qué color era la camisa de Faulkner el día en que empezó a escribir "Absalón, Absalón"?...
Un muchacho se levanta de su asiento y comienza a caminar entre la gente. Parece que está buscando a alguien en particular. Hasta que se detiene sobre una mujer y le habla bajo. Hay en la mujer un aire de duda que da de inmediato paso a la acción de rebuscar en su cartera. El muchacho extiende la mano y recoge un par de monedas. Después avanza hacia otro asiento y repite el procedimiento ante un viejo. El viejo se estira hacia adelante, saca pecho y busca en un bolsillo del pantalón. El muchacho vuelve a recoger algunas monedas. Por una causa que se me escapa, el muchacho no tiene itinerario definido. Parece ir entre los asientos y elegir a quien lo pueda ayudar de manera aleatoria. Como sea. En cierto momento empieza a desear que se me acerque a pedirme dinero para poder conversar con él. Tiene algo afable en la cara que me cae bien. Me intriga saber si necesita el dinero para tomarse un ómnibus a algún departamento. De repente tengo un deseo irreprimible por saber a qué departamento en particular puede ir, o a qué ciudad, más precisamente. Cuando llega al pasillo en el que estoy sentado se acerca a la pareja del cachorro. Ella le da una moneda sacada de su bolso y él agradece y se da vuelta. En ese preciso instante nuestras miradas se juntan y digo "Sí, señor, voy a saber quién es". Pero cuando lo único esperable era que iniciara el diálogo, una especie de duda lo toma por completo al mirarme de arriba hacia abajo y sigue de largo.

3: En el ómnibus hacia San José. Llega el dolor. El ómnibus describe una suave curva en un tramo de Bulevar Artigas. Voy acurrucado contra la ventanilla escuchando en los auriculares "Live at the half note", de Lee Konitz. Todo es prácticamente maravilloso. La ciudad con sus sombras y sus pliegues de luz halógena pasando frente a la ventana como un televisor vital. Los sonidos caen sobre las imágenes y explican dentro de mi cabeza algo como la importancia de todo ese movimiento, o algo así de entreverado. Pero llega la puntada en lo profundo del oído derecho, y casi en seguida un dolor menor que se queda como un animal mordiendo a intervalos un hueso con muchas vueltas. Y todavía falta mucho para llegar a San José. Entonces la música se va. El zumbido amortiguado del motor del ómnibus se amplía como un viento descomunal esperando allá afuera. Todo es insoportable. Las preguntas de una niña de cinco o seis años varios asientos más atrás. Las conversaciones de los adolescentes que suben en Libertad rumbo a los bailes de San José. Los ring tones de los celulares. La conversación cómplice y suave de dos novios adultos...

4: En la terminal de San José están esperándome Leonardo Cabrera y Pedro Peña. La alegría de verlos, de saber que me ofrecen un recibimiento feliz me hace sentir un poco menos el dolor. Nos subimos después al Opel de Pedro y buscamos una farmacia abierta donde compro unas aspirinas. Pero a lo largo de la noche las aspirinas no me van a hacer nada. Lo único capaz de alejar el dolor es la conversación espiralada, interminable y a veces caótica con Pedro y con Leonardo mientras cenamos en una parrillada del centro. Hablamos de varios temas: nuestras familias y nuestros amigos, libros recientemente leídos, la siempre ambigua nueva narrativa uruguaya, los hermanos Saravia y la guerra del '04, Eduardo Acevedo Díaz, Carlos Maggi, Capusotto, Juan Ramón Carrasco, Cumbio (de reciente aparición en la feria del libro de San José y de beatlemaníacas repercusiones), etc. Pero gran parte de la charla está ocupada por la figura de Mario Arregui. Pedro, que trabaja como profesor de Literatura en el liceo de Ismael Cortinas, nos cuenta sobre un proyecto en el que sus alumnos han tenido que investigar y entrevistar posteriormente a Carlos Maggi acerca de su relación con el escritor de Flores. Hay un par de anécdotas sorprendentes en las que vemos con nostalgia otro Uruguay, o más bien un Uruguay pasado con relacionamientos humanos que hoy en día son extraños. Cosas de antes de la dictadura del '73, parecería. Pero hay una anécdota que se lleva mi corazón: La madre de Mario Arregui ha muerto. Su padre ha partido por la ruta sin saber que su esposa ha fallecido hace unos minutos. Mario Arregui, joven todavía, en compañía de Carlos Maggi, consigue prestado un automóvil y, sin que ninguno de los dos supiera cómo manejar, salen por la ruta en persecución de Arregui padre con la infausta noticia. Creo que Pedro recuerda una de las preguntas de sus alumnos: ¿Estuvieron a punto de chocar en algún momento?". Maggi simplemente responde: "Estuvimos a punto de chocar varias veces, todo el tiempo".

5: En la casa de Leonardo Cabrera. Un rato después de que Pedro se fuera hacia su casa Leonardo y yo discutimos un poco sobre lo que podría ser el antepenúltimo capítulo de la novela que escribimos entre ambos desde octubre 2007. Luego el cansancio comienza a ganarme. A cada instante en que logro tener conciencia de lo que estoy haciendo pierdo la referencia de continuidad entre un hecho y otro. De repente estamos hablando sobre una novela de Cormac Mc Carthy, de pronto estoy viendo una foto que Leonardo me ha sacado en blanco y negro con un sombrero puesto y en la que parezco Harpo Marx, bien con cara de desgraciado. Poco después veo una pelota de golf en un rincón de la sala de estar. Leonardo me cuenta que la encontró mientras caminaba con Fernanda Trías e Inés Bortagaray, cerca de la cancha de Punta Carretas. Iban charlando y ¡pum! la pelota pegó contra el árbol. Leonardo la recogió y siguieron andando. Entonces tomo la pelota y me fijo en que es una Ultra, de la marca Wilson. Es una pelota de mierda, le digo, la que usan los chambones de 24 de handicap para arriba. Un cascote sofisticado. Hay que jugar con otro tipo de pelota, tipo una Titleist de cubierta blanda que se "descorchaba" si le dabas un filazo con un hierro. Soy consciente ahí nomás de que estoy divagando, sobre todo cuando le digo que el hecho de que cayera la pelota mientras él y Fernanda e Inés pasaban por allí fue una prueba de que se estaba manifestando mi espíritu o mi conciencia para acompañarlos, y de ahí pasamos a hablar de Mario Levrero, creo... Pero no sé cuánto dura, porque abro y cierro los ojos y veo a Leonardo parado en un extremo de la sala de estar, entre la mesa de la computadora y el sillón, y a mí parado en frente, con la cocina a mis espaldas y con la puerta sobre la izquierda. Tengo a mis pies una pelota de tennis y le doy una patada y rebota entre las patas de unas sillas. Leonardo la va a buscar y trata de dominarla como si fuera una número cinco de fútbol. Hay algunos intentos pobres de ambos por dominarla, pero al final terminamos jugando una especie de partido de penales, él defendiendo el hueco entre la mesa de la computadora y el sillón, yo defendiendo el mundo que está detrás de mí. En un momento, no sé cuándo, esa competición se diluye y nos ponemos de acuerdo en que cuando vayamos al Encuentro Nacional de Escritores, en Montevideo, la semana próxima, vamos a poner a Rodolfo Santullo al fondo de uno de los pasillos del hotel y le vamos a tirar con la pelota de tennis a fundir a ver cuánto ataja. Entonces nos damos cuenta de que son las cuatro de la mañana y recordamos también que había que adelantar la hora, con lo que ya son las cinco: hora más que adecuada para ir a dormir.

6: No duermo. El dolor en el oído derecho se hace más intenso que nunca y me despierto antes de las seis de la mañana. Me quedo escuchando los sonidos previos al amanecer impactado a cada tanto por una puntada de las fuertes. Espero a que sean las nueve y me levanto para ir a despertar a Leonardo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (II)


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EXTRAÑO SAN CRISTÓBAL. Cierro los ojos y puedo sentir la lluvia de la mañana. Veo el incendio de las nubes asomándose tras los cerros. La ciudad es una olla siempre a punto del hervor. No puedo decir que sea bonita desde un punto de vista arquitectónico o urbanístico, pero tiene al menos dos formas de estar viva: una alborotada, tumultuosa; la otra, más emparentada con la insondable quietud de las montañas y el verde.
En la crónica anterior prometí que hablaría de los talleres y del trabajo que allí realizamos, pero la verdad es que me da mucha pereza, y prefiero dedicar este tiempo de escritura sólo al disfrute, y no tanto a la información de rigor. Así que avancemos.
El lunes, Chávez visitó San Cristóbal para apoyar a su candidato en Táchira, Leonardo Salcedo. La ciudad se vistió de rojo y la gente colmó la avenida. Yo estuve un rato ahí. Después me escapé. Caminé por las calles casi desiertas, entre comercios cerrados y vigilancia militar. La poca gente que no participaba de la marcha, seguía con sus actividades de un modo casi empecinado, hostil. La verdad es que si algo he notado es que las posiciones políticas en Venezuela están tan alejadas que parecen irreconciliables. Y, tengo que decirlo, no estoy seguro de que ninguna de las partes tenga intención de reconciliarlas. He hablado con venezolanos pro-Chávez y anti-Chávez. No he logrado hablar con ninguno que quede fuera de estas categorías. Acá, o se es acérrimo defensor o acérrimo opositor, y de alguna manera eso me provoca espanto. Trato de ver el futuro de una sociedad que juega en esos términos, donde una parte apuesta todo a una visión casi mesiánica de un particularísimo tipo de socialismo, que exige un compromiso casi devoto e incondicional. La otra, dispuesta a abrazar para siempre el actual orden de las cosas, una mirada ciega que busca negar la enorme parte podrida del mundo actual. No comulgo con ninguna de esas dos miradas: desconfío de la incondicionalidad, ese es mi problema, y desconfío porque no creo que exista la infalibilidad.
Ahora estoy en Caracas, en el Hotel Alba Caracas (ex Hilton), miro por la ventana de la habitación y veo torres (dato: en el hotel Jardín me alojé en la habitación 87, ahora en la 807, caballeros, hagan juego). Extraño San Cristóbal.

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NOSOTROS SOMOS COMPATRIOTAS. El domingo conocí uno de los barrios más peligrosos del sur de San Cristóbal, según la municipalidad, que lo catalogó como zona roja. Allí, el vecino Asdrúbal Ortíz iba a presentar su libro "Mi comunidad tiene lengua", una recopilación con relatos de sucesos y personajes de su barrio, editado a través de la Red Nacional de Imprentas, mediante el sello editor El perro y la rana, cuya gente hace una labor de inmensa generosidad. Llegamos a las 3 de la tarde. Había miembros del Consejo Comunal esperándonos. Nos pusimos a armar los toldos, las mesas y las sillas, porque el acto sería en el medio de la calle. Una calle, a propósito, que se deslizaba como un tobogán hasta darse de cara con el cerro, que se elevaba desde allí como una pared de vegetación. "Este es nuestro pulmón", me dijo un vecino.
Forramos las sillas de plástico con unas fundas blancas, y luego les atamos listones color salmón, de modo que el moño quedara hacia atrás. La tarea se me daba bien, así que pronto tuve alrededor un pequeño grupo de niños con sus madres, que querían aprender cómo hacerlo, para ayudar. Uno de los niños tenía puesta una camiseta de River de Montevideo (¿cómo había llegado a sus manos? Imposible saberlo). Otro nos tomaba fotos y después salía corriendo, muerto de risa. Y de a poco los vecinos se fueron acercando.
Antes de comenzar quisimos ir a comprar agua. Yo había visto un almacén a la vuelta de la esquina. Me dijeron que mejor no fuera. "Hay tres tipos armados", advirtieron. "¿Armados?", pregunté, "¿Están asaltando?". "No, no, están armados nomás, y tomando, así que mejor no ir". Quizá sea bueno aclarar ahora que esta zona de Venezuela está a apenas una hora de viaje de Cúcuta, en Colombia, y que los paramilitares van y vienen casi sin control, funcionando de acuerdo a una lógica mafiosa de cobro de tasas de protección. Algunos, incluso, regentean clubes de salsa.
Me quedé muy nervioso. Luego comenzó la actividad, mis compañeros (un chileno y un colombiano) hablaron primero, y luego vino mi turno. Dije un par de palabras, leí un fragmento de una novela en proceso, y nada más. Durante todos estos días he estado mucho más propenso a escuchar que a hablar, a observar que a ser observado. Lentamente todos nos emocionamos, y la gente se sorprendió, primero, para luego emocionarse con nosotros también. Yo estaba viendo un acto de verdad revolucionario, sin multitudes, sin marchas, sin discursos de puño agitado al cielo. Sesenta personas de su barrio, escuchando a tres extranjeros, llorando un poco con ellos, antes de oír a su vecino contarles por qué escribió ese libro, por qué era necesario no dejar morir la historia de su pedacito de tierra y de la gente que vivió allí, y luego, llamándolos a todos y cada uno por su nombre, para entregarles el libro en la mano.
Ese libro había salido dos días antes de la Librería del Sur de San Cristóbal, un pequeño y hermosísimo local donde un grupo reducido de personas trabajó con devoción, de modo casi artesanal para poder hacer realidad esa diminuta maravilla que al final cuajó en esa tarde de agobio y de lluvia bajo los toldos, en Genaro Méndez. Y yo tuve la suerte de estar allí para verlo.
Nos dieron abrazos y nos hicieron firmarles los libros, nos presentaron a sus hijos e hijas y nos sonrieron con toda la amplitud de sus bocas. Nos pidieron nuestras direcciones de correo. Nos hablaron de Artigas, de O’Higgins, de San Martín. Nos invitaron a volver y a quedarnos en sus casas. Nos hicieron sentir en casa. Hicieron que entendiéramos, con la absoluta elocuencia de los hechos sencillos, que es verdad, que debajo del continente corre la misma sangre. "Ustedes no son extranjeros acá", decían, "nosotros somos compatriotas". Les creí.

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PERIBECA. Luego de lloriquear como nenitas, nos llevaron a un pueblito turístico al norte de San Cristóbal. Peribeca. Muy bello. Construcciones antiguas, callejuelas empedradas, una iglesia rústica con un mural que parecía haber sido pintado en chiste, puestos de "buhoneros" (vendedores ambulantes), artesanías, dulces y licores. Bebí ponche de huevo, licor de café. Atardeció mientras estábamos en una especie de fonda, tomando cerveza Polar Solera (etiqueta verde, la que más se parece a nuestra Patricia). La noche se fue derramando sobre los cerros como si la oscuridad fuera una niebla líquida que tenía una sola misión, cubrirlo todo el tiempo suficiente para que el nuevo día se preparase. Cuando apenas quedaba una última franja de luminosidad cobriza sobre la tierra, yo pensé: "De esto ya no me olvido".

13

SUPERMAN. Tras un día de trabajo agotador, mis compañeros poetas iban a hacer una lectura abierta en la Plaza Bolívar de San Cristóbal. Fueron subiendo de cinco en cinco a la tarima en la que estaban la mesa, las sillas, los micrófonos. Yo estaba cansado y no me sentía muy bien. El clima cambiante, el desayuno demasiado pesado (¡ah, las arepas!), el ron. Nada, el caso es que estaba a punto de dormirme, la cabeza me bailaba sobre los hombros, sin control de mi voluntad. En eso estaba cuando, al mirar a mi derecha, vi a Superman. Era así: negro, pelo corto con motas, 1.60 de altura, botas de cuero, traje azul con una gran "S" en el pecho, capa roja, calzoncillo –también rojo- por encima de los pantalones, anillos en todos los dedos de la mano derecha, un enorme reloj, una mochila a la espalda, sonrisa indescriptible, mirada inquietante. "Estoy peor de lo que pensé", recuerdo haberme dicho a mí mismo. Entonces comencé a oír la conversación. Horacio (Cavallo, el otro uruguayo), hablaba con Superman:
-¿Y tú de dónde eres? –preguntó Superman.
-De Uruguay –respondió Horacio.
-Ah, ¿y él de dónde es? –insistió nuestro incansable héroe.
-De Uruguay, también…
Yo a estas alturas ya entendía claramente que Superman, por algún motivo que seré incapaz de dilucidar, estaba haciendo lo posible por agregarme a la charla. Me hice el dormido. Superman entendió el mensaje.
-¿Y cómo se llama él? –preguntó.
Horacio me miró y sonrió. Una maldita idea le cruzó por la cabeza.
-Él es Clark Kent –dijo el muy desgraciado.
Los ojos de Superman se iluminaron. Ya nada podía detenerlo. Habían aceptado el juego y ahora las reglas las ponía él. Yo dije para mis adentros: "Ay, no", y me dispuse a hacerle frente a la adversidad.
-¿De veras tú eres Clark Kent? –preguntó el bizarro héroe mientras, maravillado, observaba mis lentes y un jopo rebelde que me caía sobre la frente.
-Ajá –respondí, lacónico.
-¿Y también eres Superman?
-No. Abandoné, era mucho laburo… me quedé sólo con el curro del diario.
Superman me miró sin entender. ¿Qué loco podría renunciar a ser el héroe más grande de todos los tiempos?, parecía estarse preguntando. Yo volví a mi letargo, y aunque Superman se quedó a mi lado un buen rato más, mientras la gente le tomaba fotos, al final se cansó y se fue.
Pero claro que eso no fue todo, porque al rato, Superman volvió. Había estado meditando y tenía nuevas inquietudes, además de algunas interesantes revelaciones, datos que le habrían servido a un profesional de la psiquiatría para comprender su verdadero estado mental.
-Sabes que yo soy el hijo de Superman –dijo.
-Ajá –dije yo-. El hijo de Superman.
Y acá todo adquirió ribetes de un onirismo ciertamente alucinado.
-Yo conocí a mi padre en Estados Unidos. Él está en una silla de ruedas que vuela.
"Cartón lleno", pensé.
-Así que tu padre se llama Christopher, ¿no? –completé.
-Claro, ese es mi padre.
"Misterios de la genética", me dije. Pero vean ustedes qué raro era todo: este muchacho no sólo jugaba (supongamos, de momento, que no estaba en verdad demente) a ser un superhéroe, sino que alegaba tener una relación filial, no ya con el superhéroe (¡que no existe!), sino con el actor que lo hizo famoso en el cine, un actor que ya falleció (dato que nuestro amigo venezolano omite), y que pasó sus últimos años parapléjico. Eso es lo que yo llamo tener dos corsos a contramano en el marote.
Cuando yo pensé que todo había llegado al fin, Superman volvió a la carga.
-¿Cómo dejaste de ser Superman? –preguntó.
-Kriptonita roja –respondí de inmediato. Y entonces sí, me erguí en mi asiento, lo miré fijamente, esforzándome por lograr la mirada de Marlon Brando (cuando interpretó a Jor-el), y le dije-: Todos hablan de la kriptonita verde, pero esa no te hace gran cosa, la que de verdad te liquida es la roja.
Superman se alejó, pensativo. Mientras, yo me quedé pensando en lo que había dicho, seguramente una idea que me venía de lejos, de los días más profundos de mi infancia, en los que devorar historietas era mi placer más sofisticado. "Kriptonita roja", dije, mientras veía en mi memoria la marea roja del día anterior, durante el acto de Chávez.

14

NO SOMOS LATINOS. Los uruguayos –al menos Horacio y yo- no tenemos sentido del ritmo y nos aterra el ridículo –bah, nos aterra nuestra idea del ridículo-. ¿Por qué digo esto? Bueno… el autobús que nos trasladaba de un lado a otro en San Cristóbal se llamaba El Bandido, y no era un autobús, sino un club de salsa. Aquí los autobuses tienen nombres: El Renegado, El Poderoso, El Clandestino, El Convicto... y así está el tránsito, como ya dije antes. Pero hablemos del ritmo. Fernando, de Colombia, se compró un bongó. William, de Venezuela, tiene maracas. Hace un par de noches el grupo se quedó hasta el amanecer en la entrada del hotel, dale que te dale. Los guardias de seguridad primero ordenaron que cesara el alboroto. Luego instaron al diálogo. Más tarde suplicaron. Al final se rindieron. Desde mi habitación, en el tercer piso, escuché la Guantanamera más larga de la historia, y aprovecho este artículo para proponerla al Libro Guiness y para denunciarla ante el Tribunal Internacional de Derechos Humanos, todo junto.

15

HABRÁ GATORADE PA’ TODOS O PA’ NAIDES. Al final llegó el día del acto de cierre del Encuentro. Luego de cinco días de trabajo, de haber elaborado un manifiesto y un documento con propuestas y programas bastante concretos, nos llevaron al Teatro Luis Gilberto Mendoza para participar de una reunión con el Ministro de Cultura. Se trataba de una reunión abierta al público, y si bien es cierto que estas son épocas electorales en Venezuela, yo fui demasiado ingenuo como para prever lo que habría de ocurrir.
El acto se convirtió, de un momento a otro, en un acto político. Pero eso no me molesta, nuestro manifiesto era muy político, en el sentido amplio y profundo del término. No. Me refiero a que la presencia del Ministro respondió a necesidades proselitistas muy evidentes, y que en el fondo la presencia de los "poetas y escritores por el Alba", fue una excusa. Eso es lo que pensé en el preciso momento en que estaba ocurriendo aquello, y eso pienso todavía ahora, dos días después, con tiempo para la reflexión y la calma.
Un par de detalles me parecieron interesantes y elocuentes. No diré que son demasiado importantes, pero sí son significativos. En cierto momento el Ministro dijo algo así (siempre gritando, claro está): "¡Hemos generado conciencia crítica! ¡Ahora uno va y habla con uno de nuestros campesinos, y si le pregunta quién es el responsable de la situación de los pueblos de América, él responde: El imperialismo yanqui!". Vaya, vaya, vaya. Para empezar, me gustaría saber cómo sabe el Ministro que ese campesino llegó a esa conclusión a través de una conciencia crítica diferente a la que impuso, hace unas décadas, la idea de que todo era culpa del comunismo. Cambiar "comunismo" por "imperialismo yanqui" en el casillero de los monstruos a los que hay que odiar, sin que se procese una verdadera reflexión crítica autónoma, no asegura nada. Es una mera cuestión de forma, una práctica de conductismo. Yo hago sonar la campana. El perro babea. Yo grito: "enemigo". Él dice: "imperialismo yanqui". Algo no me suena bien en esta idea.
Otro detalle. A todos los que estábamos sentados a la mesa con forma de herradura nos sirvieron agua sin gas (marca "Nevada", para más datos). Los jerarcas y autoridades de la mesa central fueron los primeros en quitarle la etiqueta a las botellas, y luego todos los imitamos, como niños bien educados en casa ajena. Pero más tarde, esos mismos jerarcas y autoridades recibieron sus botellitas de Gatorade, y no sólo no le quitaron las etiquetas, sino que el color naranja de la bebida energizante (que acá se toma como si fuera Jugolín), marcó claramente la diferencia entre los más importantes y los menos importantes.
¿Estoy quejándome porque no me dieron Gatorade? ¡Claro que no! ¡Si no me gusta el Gatorade! Y no sólo eso: me parece un asco. Estoy señalando un modo de pensar que me parece errado. Y ya dije que no era importante, pero sí lo considero significativo: ¿era tan difícil para los jerarcas beber agua, igual que todos los demás? ¿Era tan difícil quitarle la etiqueta al Gatorade igual que se la habían quitado al agua Nevada? ¿Era tan difícil mostrar una voluntad socialista también en los detalles? Como diría Paco: ¡Qué lástima!

16

CARACAS. Es una ciudad vertical. La gente ha ganado las laderas de los cerros. Siempre recuerdo que en la escuela nos hablaban de los cultivos en terrazas de los Incas. Bueno, acá se hacen terrazas para hacer viviendas, casas que parecen, todas, haberse quedado detenidas en algún punto intermedio de su construcción. No hay revoque, apenas ladrillo (nuestro viejo y querido ticholo), bloque, chapa, formando laberintos en la montaña, como un manto precario que trepa hacia la cumbre sin mayor convicción.
Eso pasa en la periferia, mientras, en el centro, la verticalidad se manifiesta en su forma más agobiante: edificios altísimos, de metal, cemento y cristal, como lanzas. Imponentes. Faraónicos. El mismo hotel en el que estoy hospedado ahora es, a todas luces, excesivo. Denme un momento. Voy a contar los pisos de la torre norte. Hecho: veintinueve. Hay gente que dice que se podría acostumbrar a vivir así, en hoteles de lujo, con servicio a la habitación y toallas limpias todos los días. Bueno, es algo así como lo que decía en la crónica anterior, hablando de la perspectiva de la mirada de alguien que se ha acostumbrado a volar: ver el mundo desde el piso veintinueve, rodeado de calefacción central, alfombra, tv por cable y sales de baño, puede desorientar hasta al más socialista. Yo hubiera preferido que nos alojaran en algún sitio menos lujoso, más a nivel de hombre, por decirlo de algún modo.

17

DESCONECTADO. Con acceso restringido a Internet; con dificultades monetarias -¡es carísimo!- para comunicarme por teléfono con mi familia, amigos o trabajo; sin ganas de ver televisión –pero sé que en EEUU ganó el negro-, me está dando curiosidad saber qué ha pasado en Uruguay. Igual, me voy a contener. No voy a entrar a la página web de los periódicos, no me voy a enterar de nada. Prefiero sorprenderme. Además, no quiero llegar y tener que hablar sólo yo, prefiero que todos tengamos cosas que contar. Así que me voy, con mis dudas a cuestas. Pero antes, una confesión: no saben lo hermoso que es escuchar Guitarra negra, estando lejos de casa. Sólo por eso ya valió la pena el viaje. Saludos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (I)

Leonardo Cabrera está en Venezuela por estos días, invitado a un congreso internacional de escritores. Días antes de su partida surgió la idea de que escribiera algunas crónicas sobre el viaje y las publicara en Tartatextual. Ayer domingo 2 me llegó la primera parte, que hoy llega a los lectores... Espero que la disfruten. DGB.

EL VUELO, LA LLEGADA, EL COMIENZO DEL ENCUENTRO
Escueta crónica de una experiencia intensa -1-
Leonardo Cabrera

1
NO TENGO MIEDO. Me subo al avión y no dejo de ver la enorme turbina que ya zumba y sisea. En el centro tiene un cono que parece un barreno, un taladro que se apronta a perforar el aire. Hace calor en Carrasco, el cielo está bastante azul y los nervios de los días previos al vuelo han ido diluyéndose hasta desaparecer. Estoy contento de haber pedido ventanilla. Entro y ocupo mi asiento, 17F, en medio no va nadie; sobre el pasillo, un brasilero. El avión va a San Pablo y la aerolínea es TAM, de modo que allí dentro reina el portugués. Practico mentalmente la única palabra que pienso pronunciar de modo más o menos decente en las próximas 15 horas: "Obrigado". Finalmente el avión se mueve, pienso que de un momento a otro llegará el miedo, y después del miedo las náuseas. De niño no podía viajar en ómnibus sin vomitar. Era terrible. Igual, peor que el vómito era la inminencia del vómito. Todo comenzaba con el aumento de temperatura de la saliva y entonces ya el proceso era indetenible, no había marcha atrás: iba a vomitar sin importar lo que hiciera. Recuerdo el gusto de los ácidos gástricos en la boca. No es agradable. No quiero vomitar. De todos modos, por si acaso, busco una bolsita en la gaveta del asiento: "bolsa para mareos", dice. Piensan en todo.
Rutina. Las aeromozas y el capitán hablan, indican, aconsejan, ordenan. El avión se pone en marcha. Acelera, desarrolla una velocidad que se me ocurre insuficiente, no es, ni por asomo, lo que esperaba: "Así, esto no va a despegar", me digo, y apenas pienso eso, la nave abandona el suelo con tal suavidad que me cuesta mucho contener la risa, ya no una sonrisa, sino una verdadera risa de júbilo -que es algo así como una alegría bíblica-, de sorpresa, de fascinación. Nos elevamos y la tierra se empequeñece, todo parece de juguete y pienso que a alguien que viaje demasiado le ha de costar recordar que las casas y los hombres que se mueven allá abajo no son juguetes, que no están hechos de plástico y de cartón pintado. Desde esa altura todo adquiere una dimensión irreal.
El brasilero está muy silencioso, con los ojos cerrados y se toma la cara con las manos. No sé si está rezando, pero me parece que es así. Pobre. Me gustaría decirle algo que lo tranquilizara, pero sería un atrevimiento de mi parte, yo, que soy apenas un novato que lleva diez minutos de vuelo y ya por eso se cree que domina las alturas.
Miro el ala. Se sacude con unas turbulencias leves. Parece fragilísima, esa es la verdad. Tiene una inscripción, dice: Do not walk overside this area, es decir: No camine sobre esta área. Me da gracia. De verdad que no se me habría ocurrido intentarlo, pero nunca se sabe, la gente es muy loca.
2
EL RESTO DEL VIAJE transcurre sobre una alfombra de nubes. Lo siguiente son 8 horas de espera en San Pablo. Es la primera vez que estoy en un lugar así, basta afinar el oído para percibir el inglés, el español –en todas sus variantes-, el francés, el alemán, y otras lenguas que no soy capaz de identificar, superpuestas, enroscándose hasta formar un bullicio digno de Babel. Veo a un niño de no más de 13 ó 14 años. Está vestido de riguroso negro. Un largo saco, pantalones hasta las rodillas, medias, grandes zapatos –enormes, enormísimos-, un sombrero de ala muy ancha, redondo. Lleva arrastrando una gran maleta también negra. Está solo. Camina entre la gente, rumbo a la salida, y arrastra la maleta, que –quizá por lo inmaculado del luto- se me ocurre una pequeña urna donde van los restos de alguien muy querido. Veo también a cuatro señores musulmanes de impecables túnicas blancas y celestes, largas hasta el piso, con sandalias en los pies y algo así como gorros turcos, también blancos. Todos llevan largas barbas grises que les llegan al pecho, barbas de profetas. Se sientan a esperar un vuelo. Casi no hablan.
Miro el reloj. La hora no pasa, el tiempo no transcurre. No tengo nada para hacer. Leer es prácticamente imposible, dado que a cada un minuto –o menos- suenan avisos por los altoparlantes llamando a los pasajeros que deben tomar el próximo vuelo a Milán, Paris, Ámsterdam, Nueva York, Atlanta. Todos esos lugares están allí, detrás de la puerta de embarque, basta dar un paso y poner pie en Italia, Francia, Holanda, Estados Unidos. Por un momento el mundo parece pequeñísimo, del tamaño de una manzana, no más que eso, a la que basta tomar en una mano y dar un gran mordisco. Eso me parece que piensan muchas de las personas que están haciendo fila para abordar, creer que van a devorarse el mundo. Y quizá lo hagan. Peor. Quizá ya lo están haciendo. Eliminemos el condicional. Ya lo están haciendo. Ahora quitemos la tercera personal del plural y probemos con la primera: Ya lo estamos haciendo.
3
PIENSO EN CUÁNTA GENTE nunca, jamás de los jamases, va a pisar este suelo lustrado, brillante, espejado. Este es un lugar restringido. Hay tantos así, pero este lo es especialmente. Si yo estoy aquí es por casualidad, por una maravilla del azar, yo no pertenezco a este lugar, y quizá por eso me siento un intruso, alguien que será expulsado sin miramientos cuando se descubra mi condición de infiltrado.
Me llaman a embarcar. Presento el pasaje y el pasaporte. Me miran. Sellan el documento y me permiten pasar. Ya es la medianoche del miércoles, estoy en esta aventura hace poco más de diez horas. Mentira. Antes de un viaje así, de un primer viaje de las características de éste, uno es un hombre proyectado al futuro. Eso lo logra la ansiedad, que nos arranca de nuestro cuerpo, aventándonos hacia delante. En el asiento del vuelo 8050 rumbo a Manaus, esa ansiedad al final se derrite y se pierde en la oscuridad impenetrable del cielo del Amazonas.
Llegar a Manaus a las 2:30 de la madrugada es como asomarse lánguidamente al alhajero de la abuela, donde ella ha dejado desperdigadas sus modestas joyas, que titilan sobre el terciopelo negro de la caja. Eso es Manaus ahora, un colosal montón de collares y prendedores y pulseras y caravanas y medallitas, desparramadas sobre la fina tela de la nada más oscura, un pozo negro abierto en medio de la selva. Descendemos con suavidad. El capitán bromea por los altoparlantes, todos ríen, también yo. Al entrar al avión, con mi gran mochila en la espalda, el hombre –un gordito de gestos amables y risueños- me dijo algo así: ¿Pero usted se trae ya su paracaídas? Qué poca confianza en mí, hombre, que no lo va a necesitar.
Volvemos a despegar. ¿Llevan la cuenta? Sí, ya son tres despegues. Esta vez me cuesta percibir el momento en el que abandonamos la pista. Mis compañeros de asiento han descendido en Manaus, de modo que puedo acostarme en los tres asientos. Pido una manta y duermo casi hasta llegar a Caracas. Será el mejor sueño que voy a disfrutar en 48 horas. Tengo que aprovecharlo.

4
LLEGO A CARACAS, finalmente, a las 5:30 de la mañana. Está amaneciendo. Para aterrizar el avión viró hacia el mar y luego hizo otro giro descendente que nos depositó en la colosal mole que es el aeropuerto, una obra digna de la época de Akenathon. Paso por todos los trámites de inmigración y recupero mi maleta –a la que, si he de ser sincero, ya consideraba irremediablemente perdida, y lo peor es que era prestada-. Pero la recupero. Qué felicidad. Salgo al hall central. Nadie está esperándome. Tranquilo, me digo, ya llegarán; pero los que llegan son los buitres, es decir, gente que ofrece taxis apenas uno ha puesto fuera del área restringida, gente que quiere que uno le dé dólares a cambio de bolívares, una transacción por demás beneficiosa, e ilegal. Y parecen buitres, de verdad. Huyo de ellos y subo hasta una cafetería, a esperar que me vayan a buscar para llevarme al hotel. Al final llegan, aunque la aventura no ha terminado, Adolfo, el chofer, tiene mi foto y la de otro compañero, Ernesto, un paraguayo que debía llegar junto conmigo, en el mismo vuelo. Le digo que lo vi en el avión, pero ya no sé dónde está. Tememos lo peor: que haya cambiado dólares, que haya tomado un taxi, que se lo hayan llevado a algún lugar para robarlo, todo eso. Hacemos que pasen su nombre por los altoparlantes, yo salgo con su foto y digo cosas como ¿Ha visto usted a esta persona? –esas frases que uno cree que jamás pronunciará-, pero nadie lo ha visto. Empiezo a dudar de haberlo visto en el avión, así que vamos a las oficinas de TAM para que nos informen si venía o no en el vuelo. No pueden darnos esa información, dicen. Pasamos tres horas dando vueltas en el aeropuerto. Al final nos vamos. Son las 8:30 de la mañana y estoy realmente cansado y hambriento. Vamos a un hotel en La Guaira, porque mi siguiente vuelo –sí, señores, el cuarto- parte a las 11 rumbo a San Cristóbal, en el estado de Táchira, donde se realizará el encuentro.
Ah, para que no se queden preocupados les diré que el amigo paraguayo al final apareció. Había tomado una puerta mal y se había quedado encerrado haciendo trámites que no le correspondía hacer. O sea, un cuento de Kafka.

5
SI USTEDES CREEN que nosotros tenemos problemas con el tránsito, los invito a ver lo que es el tráfico que circunda la capital venezolana. Creo que la palabra caos ha adquirido el verdadero sentido para mí recién ahora, que he presenciado –y sufrido- esto. Viajar en taxi sólo es recomendable para los de gran coraje y entereza, los débiles de corazón, abstenerse. Yo pasé más miedo ahí que en todos los aviones juntos. Altas velocidades. Autopistas de hasta seis carriles abarrotados de autos, camiones, camionetas 4x4 del tamaño de un elefante mediano, motociclistas jugando a esquivar los grandes vehículos, y peatones en continua lucha por la supervivencia. Confiar en semáforos y cebras es una ingenuidad que a uno bien podría costarle la vida. Las cebras están pintadas en todo el sentido de la palabra, como cuando alguien dice de otro: Ese está pintado, es decir, está ahí pero nadie le da bola. Bueno, es igual con esto. Le pregunté a mi guía que si siempre era así. Me dijo: Hoy es un día tranquilo. Temía que esa iba a ser la respuesta. Lo que más me preocupa es que entre el 6 y el 10 de noviembre vamos a estar en Caracas, para actividades en el marco de la FILVEN –la Feria Internacional del Libro de Venezuela-, y esto va a ser cosa de todos los días. Para no hablar de que los mismos venezolanos presentan a su ciudad capital como: Una de las ciudades más violentas e inseguras del continente. No es algo de lo que uno pueda jactarse, de modo que les creo a pie juntillas. Así que la consigna allí será no andar nunca solos –porque uno es extranjero y eso se huele de lejos-, y tener precaución, nada más.

6
LLEGAMOS AL AEROPUERTO de Santo Domingo. Podría tratar de describirles el calor, pero sería en vano. Es calor selvático. No he sentido nada igual, se trata de un calor que no deja margen al alivio, un calor que llena con su presencia cada espacio libre entre la ropa y uno, y además es muy cariñoso, porque todo el tiempo está abrazándonos y abrasándonos.
De camino a San Cristóbal –más o menos una hora de viaje en taxi, a 110 km-h por debajo de la pata, empieza a llover. Torrencialmente. Voy viendo el paisaje y todo son montes cubiertos de verdor, de un verdor espeso y profundo que tiene la consistencia de un ser vivo, como si cada árbol fuera parte de la misma cosa, vegetación con espíritu animal. La ruta es estrechísima y la selva se abalanza desde los bordes, como en continua amenaza de recuperar el terreno que el asfalto le ha quitado. Y ahora que la lluvia empeora y se vuelve más intensa, es como si el verdor se alimentase, cobrando fuerza.
Ya en San Cristóbal, el agua que baja de la montaña es roja, y corre por las calles como sangre diluida en barro. Querría poder decirles que el diluvio logró atemperar el calor, pero mentiría. Apenas dejó de llover el agua se hizo vapor y cuando yo pensé que ya nada podía ponerse peor –climáticamente hablando- caí en la cuenta de mi error estrepitoso. Esta es la época húmeda, me dijeron, aquí puede llover todos los días con esta intensidad, y luego nada, simplemente las nubes se abren y el sol sale y cocina todo, porque aunque estamos en otoño, la temperatura difícilmente baje de los 25º, y eso que estamos a 1.500 metros sobre el nivel del mar. A propósito de la altura, no he sentido mareos ni nada de eso, excepto el primer día, pero se lo atribuyo al cansancio antes que al mal de altura. En los próximos días tenemos pensado subir más, de modo que ya les contaré.

7
ESTAMOS ALOJADOS en el Hotel Jardín de San Cristóbal. Escribo esto a las 2 de la mañana del viernes. Hoy, en Uruguay, fue el cumpleaños de mi padre, y aunque estuve todo el día acordándome, no pude llamar para saludarlo. Fue un día complicado, de verdad verdaíta, como dicen acá. Tendré que solucionar eso con un buen regalo, ¿verdad? Se escuchan sugerencias. Una camiseta del Deportivo Táchira es buena opción. Mi padre es hincha de Peñarol, y el Deportivo tiene los mismos colores del carbonero. Y esto me lleva a otra cosa que quiero dejar anotada: ayer fuimos a cenar a Kandomblé. El dueño del local es uruguayo. Vive acá hace 30 años. Saco cuentas mentales y pienso en 1978, el año en que nací, un buen año para abandonar Uruguay, pero no hago comentarios. A Horacio Cavallo –el otro representante oriental en el Encuentro- y a mí, nos agasajan. Charlamos del Carnaval, de Zitarrosa, de carne bien asada, del mate, de fútbol, de Juventud de Las Piedras, y entonces nos muestra cómo era la camiseta del Deportivo Táchira hace 20 años, cuando él vino: toda amarilla. Cosa rara. En Uruguay, él jugó en Nacional, a pesar de ser hincha de Peñarol, pero una vez en Venezuela se dio el gusto de transformar la camiseta amarilla del Táchira, mediante el agregado de unas anchas franjas negras, en un sucedáneo de la casaca oficial del manya. Si la historia es cierta o no, poco me importa –y no pienso ponerme a corroborarla-, pero no me van a decir que no es una buena historia. Así que después de todo sí estaría muy bien llevarle a mi padre una camiseta del Táchira, porque algo hay en ella del Peñarol de sus amores –y de mis odios, porque yo soy bolsilludo, pero antes que eso soy hijo, no hay nada que hacerle-.

8
DESCUBRÍ QUE LO DEL JET-LAG no es chiste. Aquí hay dos horas y media menos que en Uruguay. Puede parecer poco, pero esa diferencia me ha dado vuelta el sueño y el sistema digestivo. Hoy abrí los ojos a las 6 de la mañana. Pensaba que eran las 8 o las 9, pero no, las 6 y yo, que no soy un gran madrugador, con los ojos como una lechuza chistadora. No pude volver a dormirme, así que me puse a leer una Antología de jóvenes narradores uruguayos –editada recientemente por el Ministerio de Relaciones Exteriores- y algunas páginas más de la novela de Horacio, Oso de trapo. También quise escribir algo, pero no funciono por las mañanas en el rol creativo. Al final me levanté y bajé a desayunar a las 7:50, cuando todos mis compañeros todavía dormían. Ahora mismo, que ya son las 2 y pico, y yo estoy tratando de ponerme al día con la crónica, todos los demás se fueron en un bus rumbo a alguna jarana, porque tras el recital de poesía y narrativa que abrió el Encuentro, en el Ateneo frente a la plaza Bolívar, los ánimos habían quedado demasiado acelerados como para aquietarse con facilidad. Yo no fui no porque no tuviera ganas, sino porque al fin conseguí que alguien –el gran Chucho Ñáñez- me prestase una laptop, y como soy un niño muy responsable, señorita maestra, estoy aquí, cumpliendo con mi autoimpuesta tarea domiciliaria. Y lo estoy disfrutando, espero que ustedes también, o esto habrá sido en vano –aunque suene mucho mejor decir al pedo-.
Tras el desayuno comenzó el Encuentro. Nos reunimos en la sala de conferencias del hotel, todos los poetas y narradores, somos casi 50 -19 de nosotros, extranjeros-, por lo que imaginarán lo difícil que es ponerse de acuerdo. Hoy dejamos planteado el temario de las mesas de trabajo que se desarrollarán a partir de mañana. Nos dividiremos en equipos de siete integrantes para tratar los siguientes temas: 1- el compromiso del escritor en el siglo XXI, 2- estrategias de promoción del libro y la lectura, y 3- estructura y objetivos de la red de escritores del ALBA –y es que, como dijo hoy Andrés Mejía, de Monte Ávila Editores, las soluciones son soluciones continentales, y suena lógico, pero vaya si eso implicará trabajo. Ganas no faltan.

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LOS COMPAÑEROS. Aquí hay gente de Argentina, Chile, Paraguay, Perú, Colombia, Ecuador, México, Guatemala, El Salvador, Cuba, Venezuela y Uruguay. La verdad es que más que ganas de hablar, lo que yo siento son deseos de quedarme callado y ser todo oídos, pero eso es egoísta, porque los demás también quieren saber cosas de Uruguay, y para eso estamos. Lo sorprendente –y no tanto- es que cuando comenzamos a contraponer realidades nos damos cuenta de que nuestros problemas –políticos, sociales, económicos, culturales- son muy parecidos, como si fueran síntomas de un mismo mal. Y es extraño que a pesar de esas similitudes, que en ocasiones son más fuertes que nuestras diferencias, todavía el continente esté divido en islas. Pensar el continente desde la literatura es pensarlo como un montoncito de parcelas bien compartimentadas, sin comunicación posible. Da mucha vergüenza –lo juro- que a uno le pregunten qué conoce de poesía o narrativa ecuatoriana, por ejemplo, y la respuesta sea nada. Pasa, incluso, con los nuevos escritores argentinos, que están editando a través de pequeñas editoriales independientes que no logran vencer la resistencia del río –o los piquetes-. No los conocemos. Y ellos no nos conocen. No hay comunicación, en la era de la comunicación estamos ciegos y sordos y mudos. Por eso este Encuentro tiene un valor inocultable, el de tender puentes concretos entre medio centenar de personas, y luego ya se verá a dónde nos llevan esos puentes, pero lo primero es lo primero, y lo primero es abrir la puerta y dejar que el que estaba afuera pase. Pero esto será materia de los talleres de los próximos días. Los mantendré al tanto.

-Esta crónica continuará-

miércoles, 17 de setiembre de 2008

Visita a Leonardo


Más sociales...
Como el lunes cumplía años Leonardo de León (LDL), el domingo a la tarde me tomé un ómnibus en la parada 25 de la Mansa rumbo a Minas. Era una tarde helada, gris y ventosa, con algo de llovizna insustancial y al mismo tiempo molesta.
A la ida no pasó mucha cosa. No pude escuchar mucha cosa tampoco. Me coloqué los auriculares y empecé a escuchar "Modern guilt", el último disco de Beck. En los intervalos entre las canciones, o haciendo pausa para hablar con el guarda, oía las voces de los asientos de atrás. Un montón de adolesentes que formaban una banda de rock más algunos amigos. Todos rumbo a Pan de Azúcar. Uno dice algo sobre escuchar a los Doors haciendo carretera. Yo tengo apretado en la mochila el disco de carretera de mis últimos tiempos: "Highway 61 revisited", de Dylan. Está ahí agazapado para cuando Beck deje de ser una novedad.
Llegué a Minas a eso de las nueve de la noche. Charlamos algunas horas con Leonardo y Estefanía, más tarde con Gorge y Rosa, y después nos fuimos a comprar algunas hamburguesas para la cena.
Al otro día, cuando me levanté y me encontré solo en el apartamento, sabiendo que los dueños de casa estarían trabajando hasta el mediodía, bajé a la calle y fui hasta la librería de Gorge a desayunar. Entonces me di cuenta de que de a poco comenzaba a bajar sobre mí, muy lentamente, como una sábana leve que se aboveda, una manera de sentir el aire y las cosas a mi alrededor. Ahí pensé que ese era uno de los viajes más raros que había hecho a Minas en mucho tiempo. No supe qué lo produjo, pero eso estaba ahí. Era un modo de recibir las palabras de los demás y de considerarlas más allá de todo, sin necesidad de replicarlas.
Almorzamos con los padres de Leonardo, más la abuela paterna y Gorge. Es un estado entre la somnolencia y la claridad más dura. Nos quedamos de sobremesa un par de horas. Sonrío. Hago comentarios. Me siento bien. Volvemos al centro. Damos algunas vueltas. Saco el pasaje de vuelta, compro chocolate para V. y silvapenes para la niña M, hablo con Leonardo de literatura, de los Beatles, de la noche perpleja en que fuimos a ver a Dylan, quizás hablamos de muchas cosas más, pero no lo recuerdo. Sí recuerdo estar en el medio de esa sensación, una sensación que me revelaba las cosas del entorno como suficientes. Leonardo me pregunta qué me gusta de Minas, o esa cuestión surge de mí mismo, no me acuerdo bien. Respondo que Minas me recuerda a los años 80. Miro hacia arriba en la estructura de hierro del techo de la terminal; observo la cartelería de los comercios, las esquinas, la gente que llega del campo o del agún pueblo del interior del departamento. Eso ya no existe en Maldonado. Todo eso fue borrado acá para bien y para mal. En Minas los ochenta están ahí y veo cosas, cosas del pasado, cosas que comienzan como a pasar por primera vez. (Una noche, en el invierno de 2004, salía del liceo nocturno de Minas, sería pasada la medianoche, y me quedé solo en la vereda esperando algo, no sé, quizás a algún alumno para acompañarlo a pie hasta su casa; sé que de repente miré el cielo y me dije: "las cosas pasan como si no hubieran pasado"... Yo estaba empezando una novela que nunca terminé y no quiero terminar, que se llamaba en el comienzo "El primero de todos los días", y ahí había encontrado la esencia de lo que el narrador trataba de decir al llegar a un pueblo que no conocía y lo atraía, como a mí). Vamos de la terminal hasta la librería de Gorge, así nos despedimos. En el camino nos cruzamos con Ana María, la hija menor de Morosoli. Lleva un montón de libros apretados en un bolsito de lana, sobre un costado. Me da un beso y un abrazo. Dice que nos vemos en seguida en la librería. Cuando llega allí, yo estoy sentado en una silla de plástico sin mayor reacción posible a lo que me rodea, o más bien entregado. Sé que me voy a despedir, sé que voy a prometer regresar en breve, sé que me voy a subir a ese ómnibus. Ana María me habla sobre la pasión de su padre por las obras de Curzio Malaparte. Leonardo me pregunta en la calle qué hago cuando voy en el ómnibus. Me sorprende la pregunta. Pienso que es una de esas cosas de las que no hemos hablado en mucho tiempo de amistad. No sé, digo, nunca me duermo, salvo que esté muy cansado. A veces, sigo, busco hablar con la persona que tengo en el asiento de al lado. Si es una señora mejor, porque las mujeres tienen una capacidad de desenvoltura en el discurso en ese tipo de situaciones que los hombres carecen por completo. Y le cuento de una mujer de edad que me habló una vez de la historia de su familia en el campo. Todo muy interesante. Me despido de Leonardo, subo los primeros peldaños del ómnibus y veo su espalda desapareciendo tras un muro. Después dejo de verlo. Unos niños con túnicas y moñas andan por todo el ómnibus. Hay olor fuerte. Uno se orinó. Ocupo mi asiento. No hay nadie al lado. me pongo los auriculares. El ómnibus arranca y comienza a sonar "Like a rolling stone". La tormenta se ha retirado. Minas es ahora un cuenco gris que recoge la luz cálida del sol del fin del invierno. Un sol que aparece y desaparece por las calles. Un sol que dora las cimas de los cerros donde terminan los caminos de la ciudad contra el arroyo. Suena "Tombstone's blues". Salimos de la ciudad. Entramos en el campo. Hay unas nubes bajas y alargadas sobre los cerros, como otra cuchilla suspendida en el aire. El sol pasa en el medio de ambas. A veces se eclipsa. Miro hacia mi izquierda. Las caras de los otros pasajeros están rojas. Una niña me mira, me sostiene la mirada varios segundos. Seguro que le parece un espectáculo raro mi cabeza aureolada, sacándole el sol. Nadie se sentó al final en el asiento de al lado. Unos minutos después empieza "It takes a lot to laugh, it takes a train to cry". Retengo los primeros versos. Es el muchacho que cruza los campos. Soy el que lleva el correo en el tren, nena... soy el que no se puede comprar ninguna emoción. Hacia Maldonado la tormenta sigue instalada. En unos minutos llegaremos a una parte en la que el sol dejará de verse. Podría dormirme en cualquier segundo. Pero no quiero.

jueves, 31 de julio de 2008

Leo Ping y Leo Pong

El sábado pasado viajé a Minas. Fui a encontrarme con Leonardo Cabrera (LAC), a quien le iban a entregar la mención en el último Premio Nacional de Narrativa por "Mecanismos sensibles". Allá, obviamente, nos íbamos a ver también con Leonardo de León (LDL).
Esa mañana, al sacar pasaje, las cosas se me empezaron a complicar. No me dio el tiempo para bañarme, desayunar y aprontar las cosas. LAC quería que le llevara algunos libros, pero no pude poner ninguno en la mochila, ni los cuentos completos de Flannery O'Connor ni los de Carson Mc Cullers. Salí disparado otra vez a la terminal, pero antes le escribí un mail a LDL. Le decía que llegaba a Minas antes de las tres y que desgraciadamente me había tocado el asiento 14 y no el 15. Fue una estupidez para rellenar un poco el mail, pero la estupidez se transformó en otra cosa cuando subí al ómnibus. El asiento 14 daba al pasillo, y a mí siempre me gusta viajar contra la ventana. Pero el 15 de momento estaba vacío. Así que me tranquilicé un poco y me puse los auriculares para escuchar "Highway 61 revisited" de Dylan (clásico disco rutero para ir por las sierras, junto con el "Bringing it all back home"). La cuestión es que el ómnibus arrancó y nadie se sentó en el 15; esperé un poco más pensando en que alguien lo ocuparía al llegar a la parada de la 25 de la Mansa, pero no, el 15 siguió vacío. Entonces me moví un poco para sentarme contra la ventana y mi asiento, el 14, salió despedido hacia atrás. La parte de la cabecera le dio en el medio del pecho a una mujer que estaba detrás, pensando en cualquier cosa de su vida. Me gritó algo de forma ahogada y me miró como para pegarme con el bolso en la cabeza. Pero yo me adelanté.
-¡¡¡Está roto, señora!!! ¡¡¡Está roto!!!... -dije.
En realidad creo que grité. Fue una reacción espontánea, desmedida, producida por el volumen alto que tenía en los auriculares. Varias personas se dieron vuelta y nos miraron. Pero yo estaba de suerte. La mujer abrió un poco los ojos, miró cómo hacía el asiento cuando yo lo manipulaba de un lado a otro como si fuera una palanca, y después me sonrió. Por lo demás, el viaje fue lo más bien. El ómnibus fue directo a Pan de Azúcar, sin dar toda la vuelta por Piriápolis, y de ahí por la 60 rumbo a Minas. Había sol.
Siempre me gusta ir a Minas cuando hay sol. Es una ciudad para llegar con sol. Me recuesto en el asiento 15 con la cabeza pegada al vidrio y dejo que la luz me atraviese los párpados y me envuelva.
* * *
Me bajo en la esquina de la plaza, camino quince o veinte metros y llego al apartamento de LDL. Lo encuentro con LAC. Ambos están almorzando empanadas. En una fuente de metal, incluso, hay una partida al medio, como si la hubieran retorcido sin ningún propósito; la carne le cuelga por todos lados. Miro a LAC y a LDL, alternativamente. Con LDL no nos veíamos desde abril o mayo, cuando vino a Maldonado; con LAC, sin embargo, nos habíamos visto por última vez en las vacaciones de julio, en la presentación de la antología-achugariana "El descontento y la promesa" (ediciones Trilce), en Montevideo.
De eso, de las palabras iniciales con las que nos saludamos me acuerdo bastante. Fue más o menos normal: abrazos, intercambios de libros, complementos a algunos diálogos de messenger o a ciertos mails, etc. LAC vestía buzo beige con pantalón al tono, muy coqueto. LDL vestía con colores claros, a medio camino entre el jogging y la deconstrucción. Pero como siempre que uno se encuentra con amigos el tiempo se enrosca. De repente estamos saliendo a caminar. Con LDL conducimos a LAC a una de las catedrales de la narrativa uruguaya. Un galpón abandonado sobre la calle Sarandí, casi en la esquina con 18 de julio, en pleno centro. Las puertas del galpón son unas hojas de chapa despintada, oxidadas, entre rojizas y marrones, que tapan el espacio interior donde se dieron diálogos que quizás luego leímos. El resto de la fachada es gris. Arriba, una leyenda lleva más de medio siglo sin deteriorarse: BARRACA MOROSOLI. Por encima, contra el cielo, hay una cabeza de palmera; es lo que se llega a ver de la vereda de enfrente. Nos queda como una hora todavía para que empiece la entrega de premios. Seguimos hasta la plaza Rivera y allí LAC cuenta una historia que me hace acordar a ese momento de la película "Eraser head", de David Lynch, en la que una muchacha baila en un escenario y del techo caen como fetos. Estábamos sentados sobre el murito de protección de la fuente. El sol se iba rápido. Los únicos que lo tenían para sí antes de que se ocultara del todo tras los árboles de la plaza, esos, eran unos jubilados del lado opuesto de la fuente. Parecía una protesta. Cuando terminó la historia de LAC apareció un niño de unos tres años, con una pelota. Se internó en la plaza por una diagonal, hacia nosotros. La madre lo vigilaba desde la esquina. Parecía que la pelota se le iba a ir larga y que yo iba a poder pegarle. Pero no. El niño llegó antes. Al volver hacia su madre, pisó la pelota o hizo un movimiento raro y se cayó hacia adelante. No lloró. Incluso se cayó otra vez más y tampoco lloró. En verdad, no sé de qué más hablamos. Sé que miré alrededor y me acordé sin parar de cuando vivía a cinco o seis cuadras de allí.
Minutos después nos encontramos con Gorge, otro amigo, en la esquina del hotel donde va a ser la ceremonia. Es entonces que bajan los premios. Miro de pronto para la vereda de enfrente y aparecen como hormigas. Son muchos, demasiados, todos juntos, no llego a procesar el movimiento dentro del conjunto: Hugo Fontana, Luis Fernando Iglesias y Guillermo Álvarez Castro merodean la puerta del hotel. Iglesias nos pasa por al lado y compra fósforos o algo así en el kiosko de al lado. (No sé si eran fósforos o cigarrillos, pero queda bien literario eso del escritor fumando o por fumar... ¿Gauloises?...). Después me parece que, desde la esquina cruzada, los ojos de Fontana encuentran la línea de los míos. Es un momento raro, no sé si llegó a darse efectivamente porque nunca antes había experimentado una cosa así. Es un temblorcito raro. Me miro los zapatos y me doy cuenta de que los cordones de ambos están desatados. Cuando vuelvo la mirada hacia la esquina Fontana ya no me mira. Tal cual. Fuma La Paz. Álvarez Castro, el premiado en la ocasión, se acerca en un movimiento espiral al hall del hotel; luego aparece Heber Raviolo como una madre que llama para la comida, y cruzamos la calle.
El acto es todo lo acartonado de siempre, una especie de dialéctica surrealista á la Fellini que se da entre lo provinciano y lo capitalino (que es un provincianismo más estilizado). Se caracterizó por los siguientes acontecimientos:
1- Lectura del acta del fallo por parte de la maestra de ceremonias: todos se terminaron de acomodar en los asientos y se callaron.
2- Palabras (leídas) de la directora de cultura de la Intendencia de Lavalleja: prosodia entre conmoverdoramente escolar y geriátrica; se me humedeció el ojo derecho.
3- Palabras (inventadas) de uno de los popes de la Fundación Lolita Rubial: no me acuerdo bien de ninguna frase en especial, sólo que hablaba de lo importante que era para el interior del país que existiera este premio.
4- Palabras de Rosario Peyrou: parecido a lo del pope, pero desde Montevideo.
5- Una maestra de escuela lee un fragmento de uno de los cuentos premiados de Álvarez Castro: de lo mejor, porque no nos hizo olvidar que afuera estaba la tarde, así, tan quietecita y friíta, y que te daba ganas de dormir, y mejor era olvidarse del cuento porque lo podías leer otro día o cuando te viniera el libro cuando te lo mandara Banda Oriental por correo. Ahhh... Era de un tipo que chocaba, y la mujer se le moría, y se bajaba y ponía las valizas. Conclusión: maestras de escuela, no lean más en público, no estamos preparados.
6- Un gordo se durmió y se puso a roncar en el fondo cuando promediaba la lectura de la maestra: momento de tensión uniformemente acelerado. Gorge, que está cubriendo el evento para un diario local, me mira a través de varios asientos. Le tiro un besito a la distancia. Se tienta y la panza le sube y le baja. Es impresionante, se ríe con la panza.
7- Le dan los premios a los escritores.
8- Habla Álvarez Castro. Sobresaliente muy bueno.
9- Lo mejor... Una chica canta karaoke. Son dos temas de Patricia Sosa. Las voluntades de todos los presentes se ponen a prueba. Los labios de LAC se vuelven una sola y apretadísima línea de compostura desopilante. Peyrou se busca a sí misma en un ladrillo del techo, entre dos tirantes. Yo miro el piso. LDL, a mi lado, no me mira. Un verso que me quedó: "Aunque te duela, grita".
10- Fin del acto.
11- Cóctel: había sandwichitos y unos refuercitos de salame. Gorge nos saca fotos a los tres. (A los días, cuando me llegan por mail, me doy cuenta de que todos salimos mal, con caras de drogados o como si nos hubieran metido un gancho a la quijada; así que para ilustrar este post tuve que recurrir al asesoramiento fotoyópico de LAC. Gracias, LAC) Gorge después me acusa de que le descompuse la cámara digital cuando quise sacar mis propias fotos. Un atrevido. Lo único que hice fue cambiar la función a filmadora.
12- Nos fuimos.
Del hotel fuimos hasta una confitería a merendar. Yo pedí un capuchino, LAC un cortado y Gorge lo mismo. Pero LDL pidió un café irlandés con mucho chocolate, con cognac, no sé, con Castrol dos tiempos. La cosa es que se fue a dar una clase y con LAC nos fuimos a su apartamento a esperarlo. Al rato le llega a LAC un mensaje de texto de LDL, algo así como que se le estaba dando vuelta el mundo. No me acuerdo sobre qué era la clase que dio, pero parece que sólo había cuatro alumnos y que a LDL le parecía que los pibes subían y bajaban del techo y que él era Joyce y les decía: "la estrella, la estrella... Shakespeare... Una estrella, un halo que se le clavó entre las bragas, bien en la luna llena, a la impoluta Isabel...". Cuando regresó, casi dos horas más tarde, todo eso se le había pasado, y nos pareció bueno, porque luego de mirar algunos libros y comentar cosas de esas de Literatura nos fuimos a hacer lo que estábamos esperando: a jugar al ping-pong.
La verdad es que nos divertíamos mucho. Pero todos queríamos ganar, desde un principio. Cada uno tenía sus propias estrategias. LDL, por ejemplo, decía que los ojos le lloraban, entonces se los restregaba sacándose los lentes y te pedía tiempo para ir al baño. Entonces te sacaba de partido. Ibas ganando, es un decir, 14 a 10, y el tipo no sé qué hacía en el baño que regresaba con los ojos sanos y te hacía partido a la vuelta, porque te agarraba en frío y te tenías que cuidar de no tirarte de punta a punta así nomás, por cualquier desgarro. Lo de LAC, aunque no menos cruel, llevaba menos tiempo. Lo que hacía era, en el momento de jugar el tanto inicial para ver quién sacaba (momento más que cortés del partido), fajarte de una, así, desprevenidamente. Entonces el tipo te bajaba la autoestima y sacaba y de seguro se te iba tres o cuatro puntos de ventaja. Por mi parte, mis estretegias, se daban dentro del partido mismo y tenían que ver con mis saques, mi capacidad de reacción, etc, etc. Pero tuve complicaciones que no me permitieron acceder a la primera posición en cuanto a partidos ganados, sobre todo en los partidos contra LAC. Se trató de una hernia cerca de mi entrepiera, sobre la izquierda, hernia que me hacía ver las estrellas cada vez que la pelota me era jugada a ese lado. LAC, que tenía los lentes puestos, se dio cuenta de esa situación, y me empezó a mandar reveses cruzados para ahí y pum pam paf prammm... me revolví como pude... la cuestión es que después, de vuelta en lo de LDL, descubrí que no tenía ninguna hernia, que quizás la incomodidad se hubiera originado en una pésima elección de calzoncillo, pero el punto es que cuando uno se figura una cosa, por improbable que sea (pongamos como ejemplo eso mismo: la existencia de una hernia) el cerebro, nuestra sensibilidad toda, dirige nuestra voluntad en arreglo a esa realidad, por empíricamente indemostrable que sea. Así, yo jugué con una hernia. Bueno, las posiciones: LAC, 8 partidos ganados; DGB, 5; LDL, 0. Todo esto por una hora de ping-pong, ¿no?
A la vuelta compramos pizza, deliramos con la historia inventada de un superhéroe judío llamado Goldman (por influjo de un afiche de Ironman que vimos en la pizzería), leímos el diario de Bioy Casares sobre Borges (nos reímos mucho, sobre todo con los rótulos que les ponían a algunos libros: "curiosa ortografía"; "malo, malazo"; "entusiasta y agrícola), escuchamos la teoría de LAC de imponer una veda mundial de ficción por diez años (nadie puede publicar ficción por diez años, creo que para que podamos leer lo atrasado, no me acuerdo bien, estaba apasionado por la pizza), vimos "No country for old men" (bah! la vieron ellos dos, yo me quedé dormido a un costado en un colchón y de vez en cuando escuchaba algo, pero por suerte la película no tenía banda sonora).
Al otro día, cuando cantaban los pajaritos de la plaza, nos levantamos, desayunamos y salimos a jugar al paddle. En realidad jugaron ellos dos. Yo jugué un solo partido con LAC porque no quería ni transpirar, ni ensuciarme ni nada de eso. Además saqué una pelota al carajo y cayó como a dos casas de distancia. Pero gané un game. Los que jugaron todo el tiempo entonces fueron LDL y LAC. Yo fui hasta la terminal en una escapada a reservar el pasaje de vuelta a Maldonado, y cuando regresé los encontré cansados, dando raquetazos como si fueran monteadores dándose en las cabezas con hachas de goma hasta la extenuación total. Esa extenuación total, esa resaca de la intensidad del cuerpo fue ganando la tarde, se comió algunas milanesas napolitanas deliciosas y se disolvió con la partida de un par de ómnibus, uno para cada lado del país.

sábado, 31 de mayo de 2008

Harry Dickson, el psicólogo sin igual

(Revolviendo en algunas carpetas de la computadora con la finalidad de borrar archivos inútiles, me encontré con una copia de un mail que le envié a Valentín hace dos años exactos. Era por los días en que yo había hecho el segundo viaje más largo de mi vida, un viaje a Paysandú. Publico el mail porque me hizo reír, además de que ni me acordaba de algunas cosas, y de algunas otras sigo sin acordarme... Los poemas de Carneiro que transcribo al final los saqué seguramente de una edición de Brecha que me fui leyendo en el tramo final del viaje, Montevideo-Maldonado; si mal no me acuerdo estaban como material adjunto a una nota de Alicia Migdal sobre la poeta.)

Valentín:

VIAJE DESDE PAYSANDÚ

Acá va la primera parte de los escritos que Llarvi hiciera cuando volvía de Paysandú.
“Hemos pasado por Young (We’re in Young... Where were when we’re in Young...). En honor a un conocido que vende libros y que es de este pueblo pongo un disco de Dizzie Gillespie. Una mujer sentada un par de asientos más adelante saca cosas de su bolso, y lo que haya para leer en ellas. Es hermosa, tiene algunos rasgos de raza negra y las pestañas largas. En cierto momento saca una cámara digital y trata de enfocar algo a su alrededor: pudo ser el final del pasillo del ómnibus (por donde descenderemos), o un par de hombres conversando a su derecha. Ahora ha sacado un discman y escucha (escuchará, me digo yo) música. Sobre su pelo, una luna creciente sale entre la resolana de los campos de Río Negro. Muchos aprovechan para dormir. Yo no me aguanto en el asiento porque ahora Dizzie hace con su banda ‘Sometimes I’m happy’ y me dan ganas de salir corriendo. A lo lejos surgen tras las lomas unos árboles encorvados como caballos de Figari. Cruzamos el Río Negro. Ahora el relieve es más accidentado. Hay unos campos con lomas cargadas de granos a punto de recoger. A lo alto, recortándose amarilla contra el cielo celeste, muy lejos, una segadora sin apuro avanza con un hombre que va sentado en su interior un sábado a la tarde, recibiendo la tibieza del sol a través de los cristales.” (...)
Ahora que transcribo este texto me doy cuenta de que no es tan bueno... Pensé que había escrito otra cosa, aunque falte referir lo que pasó después que dejamos Florida y llegábamos a Santa Lucía y escuché cuatro o cinco asientos más adelante que alguien decía algo sobre Winston Churchill... Será para otra oportunidad.
Estoy leyendo una novela policial (mala) que una alumna del liceo 3 me prestó, se trata de “El castigo de los Foyle”, de Jean Ray... es una de esas novelas del investigador Harry Dickson... me muero de risa con algunas situaciones insoportablemente mal narradas que siempre viene muy bien leer... Te alcanzo estas dos entre varias, que hasta me dan la pauta de poder escribir algo así sobre un personaje con un sesgo irónico...
 “Harry Dickson examinaba la pieza con esa inteligente celeridad que lo caracteriza.”
 “Y, de pronto, a partir de esos fragmentos, todo un sórdido y lamentable romance se reveló a Harry Dickson, el psicólogo sin igual.”


POEMAS DE CRISTINA CARNEIRO
(de Para simplificar)

vigilia I

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
del sueño de que tengo madre.
Apenas despierto me pongo a soñar que tengo madre
y creo que la sueño despierta
creyéndola apenas despertar soñada.
Ella pasó en esta tierra sus días, yo
toqué su cuerpo de carne.
De ahí mis confusiones.
No intento engañar a nadie.
Estoy sinceramente equivocado.

vigilia II
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
hasta que un día no despierte
para que ella se retracte.

vigilia III
Me le rendí a causa del viejo de la bolsa
amniótica. Luz, oscuridad rojiza
en la pared interior del párpado,
esperan al ojo al volver de ver.

vigilia IV
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre.
Si seré necio.

vigilia V
Hurgón de alcantarillas,
modesto mercader de huesos,
todos los días
soy el viejo duelo entre mi cirujano y mi gozador
y mastico el habitual narcótico con la prótesis del habitual amor.
El príncipe del mundo no me sobresalta.
Todo es, por desgracia, inteligible.
Y despierto creyéndome y me duermo sin haber creído.

vigilia VI
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre,
soñando que al caer la noche tengo por fin madre.
Comida caliente. Comida caliente y ropa limpia
para el bruto que vuelve de ganar el día a tiniebla y
crujir de dientes, comida en la mesa
para el duro traficante que llega del osario,
comida para resistir la noche,
comida, comida caliente me esperará al caer la noche, pues
la vida humana es aún sagrada, si no me confundo,
si estoy sinceramente confundido.

vigilia VII
Todos los días, todos los días, todos los días.

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Bueno, un abrazo y mandame esos textos... ¡Venga!
D.

domingo, 16 de marzo de 2008

Mientras espero a Zimmerman


"Tombstone blues", de Bob Dylan


Uno de mis amigos me dice: "Que no se te caiga el blog ahora que empezaron las clases...". No, querido amigo, por supuesto que no... ¿Te parece que eso va a suceder? Yo creo que tengo cada cosa en su lugar... Sí, sí, sí, seguro... Aunque en verdad no sé por dónde arrancar, para qué lado ir en mis horas libres. Los chicos tienen que tener alguna idea de qué es eso que llaman Literatura, antes de empezar a leer a Horacio Quiroga. A ver, quién encontró información acerca de lo que puede ser la Literatura. Yo, yo, yo... La Literatura es un conjunto de textos y... ¿Y qué más?... No sé, no encontré nada más... Bueno, la cosa no es tan fácil, mis queridos... Planifico una clase un jueves de noche... ¿Qué decía Jonathan Culler sobre el asunto? Tenía un libro donde le daba para hacerse el gracioso, también, y le salía bien al tipo... "¿Qué es la literatura y qué importa lo que sea?" (o algo así, se llamaba un capítulo...). Bueno, este señor, Mr. Culler, terminaba diciendo que todas los cuestionamientos que uno le pudiera hacer a un texto literario se los podía hacer a cualquier texto. No había reglas que determinaran la literariedad... ¿Y qué es la "literariedad", profe"... La literariedad, claro, ¡¡y también estaba la "Literaturidad"!!... ¡Había unos rusos, ¿saben?, como a comienzos del siglo XX! Unos tipos que metían miedo... No, no, no... Me llaman de la cocina, me piden media docena de huevos... Camino hacia el almacén... ¡Ah, sí! Estaba aquello de Foucault sobre el aspecto definitorio de la Literatura... En el comienzo, cuando estaba el Verbo y todo eso, quién iba a decir, no había Literatura... Los griegos no tenían ni la más pálida idea de que existía la Literatura Griega, y los italianos del Renacimiento lo mismo... La Literatura aparece como conciencia de un lenguaje o del lenguaje... ¿Era eso?... La Literatura venía después... La Literatura socavaba el lenguaje... ¿Qué es "socavar", profe?... ¿Es cómo escarbar?... ¿Es como soplar y escarbar al mismo tiempo?... No está el almacenero de siempre, está la madre, que demora todavía un poquito más... Tengo media docena de huevos en mis palmas. La doña saca una bolsa, pero no la puede abrir. "¡Ay, pero la bolas para los huevos no se abre!"... La Literatura, chicos... ¿Vieron cuando van al almacén y la bolsita que el almacenero les da no se abre... Bueno, el lenguaje es la bolsa pegada, vieron, toda una institución así y asá... Y cuando uno pensaba que se le caían los huevos vino la Literatura, loco, y sopló o escarbó o se quedó por ahí en el medio o en un rincón y todo se abrió. ¡Ese Foucault! En realidad tengo ganas de otra cosa... ¿Saben lo que es la Literatura? No le hagan caso a los libros y los diccionarios... ¿Vieron cuando se sientan a escribir y las nalgas les quedan como llenas de hormigas? Bueno, una cosa así... Luego las pruebas diagnósticas, hay que corregir las pruebas diagnósticas. Claro... ¿Te gusta leer o no te gusta leer?... Alguien me decía: "los adolescentes no leen"... Era un choto, claro... Profe, ¿leyó "Rocanrol", de Roy Berocay?... Sí, le digo... Pero el libro que más me gustó es uno que se llama "Dejen todo en mis manos". No me acuerdo del nombre del escritor, pero me hizo reír mucho... Mario Levrero, digo, falleció hace muy poco... "Los adolescentes no leen"... Profe, ¿vamos a ver una película de Chaplin?... Profe, esto, profe lo otro... Vuelvo a casa... Me acuerdo de algo... Un crítico uruguayo de renombre me envió un breve ensayo inédito sobre la actualidad de la literatura uruguaya, algo que se va a publicar dentro de poco en una publicación especializada... Lo abro en el notebook, trato de leerlo... No puedo, ahora no puedo, se me pega la tortilla... Será para otra vez, quizás para la semana de vacaciones de Tursimo, estimado... Lo hojeo muy por arriba, veo que al final junta dos o tres palabras como "kitsch" o "Dani Umpi"... Dani Umpi... Me acuerdo del lunes, en el concierto de Andrés Calamaro en el Estadio Charrúa... Umpi fue el telonero. Mucha gente lo abucheó. Otros se reían y se dejaban llevar por su música. Umpi saltaba entre sus "amigas". Pero la homofobia crecía en el público. Hasta que Umpi, entre tema y tema, dijo al micrófono, casi riéndose: "¿Qué te pasa? ¿Nunca viste un puto?". Más críticos uruguayos... Antes de ir al concierto me compré en una librería de Tristán Narvaja el ensayo "Vivientes. Latitud de Juan José Morosoli", de Óscar Brando. Merendando con V. en una cafetería lo miro por arriba. Luego veo que por la ventana de mi lado pasa otro crítico importante, de esos de renombre. Lo conozco de hace tiempo, hasta es amigo del padre de uno de mis mejores amigos. Golpeo la ventana con mis nudillos. Me ve, se sonríe y regresa sobre sus pasos hacia el lado de la esquina de Tristán y 18. Le digo que me compré el libro de Brando y sale el tema de Morosoli. Morosoli nunca pudo superar ese nativismo, es aburrido, tendría que haber escrito sobre Ticino, sobre todo eso que traía atrás, y no lo hizo, me dice. Discutimos apenas. V. me espera, mi café con leche se enfría. Nos despedimos, y cuando regreso a la mesa le cuento a V. lo que charlamos sobre Morosoli. Es lo mismo de siempre con los montevideanos, le digo, la mirada crítica no puede salir plenamente de las murallas. No puede, parece que no podrá, aunque lo intente. Morosoli. Minas. Decido viajar hasta allá el viernes a la tarde para ver a Leonardo de León. No lo veo desde diciembre. Me subo al ómnibus y le doy play al "Highway 61 revisited", de Bob Dylan. Es un lindo día de finales de verano. El viento fresco entra por la ventanilla abierta y me da de frente en la cara y me levanta el cabello. En la Interbalnearia los cerros al norte se levantan como una promesa de felicidad. Siempre me gusta ir a Minas en las estaciones intermedias, cuando no hace ni mucho frío ni mucho calor. El ómnibus acelera en una recta, antes de doblar hacia Piriápolis. Comienza "Tombstone blues"... Mama is in the factory She ain't got no shoes Dad is in the atic He's looking for food I'm in the kitchen with this Tombstone blues... Me suena el celular. Es Valentín. Le pongo un auricular para que escuche lo que tengo en el discman. Se viene Bob... Todo un tiempo escuchándolo hasta que un día te dicen que va a tocar en tu barrio, o en algo que puede ser como tu barrio. Valentín se va a subir en uno de los balcones de los edificios linderos al estacionamiento del hotel donde Dylan va a cantar. Es así, una tarde te levantás de la siesta y Bobby te toca y te canta "Rainy day women # 12 & 35" tipo serenata... Hablamos muy poco más porque el ómnibus se mete en un abra y la señal se debilita. Sigue el viaje. No tengo nadie en el asiento de al lado hasta que cerca del castillo Pittamiglio sube una chica con un libro apretado contra el regazo. Luego de un rato me doy cuenta de que es "Paula", de Isabel Allende, y que va por la página 18. Empieza otra canción, de otro disco."Gates of Eden". Lo recuerdo bien. Voy entreviendo la falda del Cerro Pan de Azúcar. El ómnibus lo rodea hasta tomar de nuevo la Interblanearia y entrar en Pan de Azúcar. Miro las nubes. Casi siempre me doy cuenta de que al comienzo del otoño, o un poco después, llegan unas nubes pequeñas de norte a sur, como una dispersión de copos de algodón que sobrevuelan con sigilo, como si no quisieran se vistas, o como si su paso no tuviera la más mínima importancia para la gente que va debajo. Yo iba escuchando "Gates of Eden" observando esas nubes camino del mar. El ómnibus deja atrás Pan de Azúcar y entra en la ruta 60 para el tramo final hacia Minas. Ya lo dije, lo digo cada vez que puedo. El viaje a Minas para mí es el viaje a Morosoli. El viaje en el que puedo recoger un poco más de esa esencia de lo morosoliano. El viaje donde puedo ver unos niños caminando por el medio del campo y entender algo de lo que ocurre allí. Leyendo algunas páginas más del ensayo de Brando, veo unas críticas previas que el autor resume, por ejemplo una de Carina Blixen. Me llama la atención que, incluso dándole mérito al proyecto narrativo de Morosoli, tenga una mirada del campo como algo sencillo, o al menos como una "mateia prima" que comporta más sencillez que la de la ciudad. Incluso, aunque está bien escrito y es atento, el libro de Brando se me figura una mirada de vuelo rasante sobre la narrativa en conjunto del escritor minuano. Esto es algo que noto habitualmente. Los mismo tópicos comunes. Las mismas citas de "La soledad y la creación literaria". Quizás Brando vaya un poco más allá que otros, como cuando estudia el aspecto de la sexualidad en varios cuentos, pero no más. Falta todavía una mirada que desenvuelva algo más del misterio de Morosoli. El fenómeno de Morosoli escribiendo desde Minas, mirando a esa gente e intuyendo sus conflictos, superando todas las anteriores propuestas de escribir sobre el campo, todo eso es muy raro, o una expresión de lo más natural. Leonardo de León me va a decir que hace poco Mario Delgado Aparaín estuvo en Minas y dijo: "Ese tipo era un animal". Se refería a todo lo que escribía, al impulso con que lo hacía. A dejar un cuento terminado casi de una antes de marchar para trabajar en su barraca. En realidad, quiero decir esto: para conocer a Morosoli (como me supongo que hay que hacer para conocer mejor a tipos como Faulkner) es necesario dejar de mirar el texto como una entidad autónoma y andar, andar por ahí. El paisaje, el mismo paisaje está todavía allí y dice cosas. Se puede leer. Hay algo de Morosoli que todavía está suelto y que tampoco pasa por una crítica romanticona, en la que por supuesto no hay que caer. Pero también Morosoli fue (es) la piedra de la literatura uruguaya que zafó de la arquitectura montevideana. ¿La única? Creo que sí. Morosoli sigue siendo un misterio crítico porque la literatura en este país, la misma crítica, pasa por Montevideo.... Un rato después, cuando llegamos a Minas, me fijo en la página de "Paula" que la chica está leyendo: la 24.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Highways # 60 & 12 revisited


(Gracias a Leonardo, Roberto y G(e)orge & Rose)
A) Amigos: muy hermoso volver a verlos a todos y haber pasado esos breves aunque vibrantes momentos de conversación y cariño. Hare Krsna!!...
B) Bob Dylan: Gracias Bobby... ¡Qué se te puede decir! Cantaste para nosotros a la ida y a la vuelta... Lo tuyo es realmente muy bueno, eh... "Highway 61 revisited", "From a Buick 6", "It takes a lot to laugh, it takes a train to cry", "Tombstone's blues" y, sobre todo, "Dirty road blues". Shalom!!...
C) Conejos blancos: caminábamos en la hora muerta de la noche sobre el pasto, en la falda del cerro. Dijo Victoria: "¡Los conejos!". Y allí estaban, al lado de un árbol, quietos, con sus ojos rojos prendidos en la noche como botones.
D) Duchas femeninas: un cartel decía *NO MALGASTE EL AGUA. SOLAMENTE TRES MINUTOS EN LAS DUCHAS *RETÍRESE VESTIDA DE LAS DUCHAS *NO GOLPEE LAS PUERTAS *CUIDE SU VOCABULARIO *GRACIAS.
E) Elefante de cemento gris: Estaba en un jardín en Piriápolis. Daban ganas de bajarse y abrazarlo.
F) Fotografías: lindas, pero pocas. Nos olvidamos del cargador de las baterías y las que llevábamos se agotaron.
G) Guanaco: Había una llama... ¿Pero el otro era un guanaco?...
H) Historias de amor: cuando llegamos a la administración del camping, interrumpimos a la encargada, que leía sobre el escritorio, con el pelo oloroso de recién lavado cayendo hacia ambos costados, una novelita de Corín Tellado sosteniendo un cigarrillo en alto, como esperando un desenlace.
I) Inglés:
-I don't wanna climb...
-Yes, you must...
J) Julepe: el de Victoria con una araña pollito del tamaño de su mano, bajando del cerro. Las briznas de pasto crujían bajo sus patitas.
K) Kilómetros: 250.
L) Lagarto: Medía quizás un poco más de medio metro. Estaba tomando sol sobre una piedra gris en la cima del cerro Arequita. Nosotros nos acercamos y sentimos el sacudón en la hierba seca de la cumbre, la oscilación enojosa de la cola; todo rumbo a lo profundo del monte. Victoria gritó. Yo también, pero me las ingenié para que el "¡¡¡Ah!!!" se continuara en un "¡¡¡Ah!!! ¡El lagaaaartooo! ¡Qué lindoooo!...". (Shhhh...)
M) Minas: Minas es una ciudad que me sigue fascinando. No sé bien por qué; creo que me trae siempre, me actualiza, una suerte de pasado indefinido, ni feliz ni triste, anterior a mi existencia, como una marca de cómo era todo antes de que yo naciera o cuando yo era muy niño. Es la ciudad de Morosoli, también. Morosoli sigue vigente más allá de los cambios que uno pueda suponer. Allá están los conflictos íntimos de esa gente del pueblo que el escritor transmitió en muchos cuentos (me acuerdo de "Mujeres"), allá están los cerros al final de cada calle.
N) Nubes: pinceladas de abajo hacia arriba. Había una con la forma de una trompeta.
Ñ) "Ñ": del diario Clarín del sábado pasado. Muy buena la nota de tapa, la entrevista a Josefina Ludmer.
O) Ómnibus: El de ida, por la 60: lento, ruidoso, se llovió en el asiento de Victoria luego de que la lluvia terminó. El de vuelta, por la 12. rápido, con el ruido imprescindible, con el panorama del atardecer a todo lo largo, esquivando vacas sueltas, con muchas interrupciones en el discman por los mensajes de texto de los celulares.
P) Palmera: la palmera perdía sus palmas... Un petizo saltaba con machete y en el aire hacía "¡¡¡Iiiiaaaahhh!!!! a lo ninja y cortó un par de palmas.
Q) ¡Qué liga!: encontramos un peso tirado...
R) Ravioles: riquísimos... Como Victoria no los pudo terminar yo fui solidario.
S) Sol: el primer día no. El segundo sí: glorioso, sobre todo llegando a Minas. ¡Vamos por más!...
T) Terminal: la gente se despide, se va a trabajar, regresa... Siempre es interesante mirar las caras por la ventanilla del ómnibus.
U) Unicornios: no había. (No existen)
V) Vecinos: unos con un auto azul y con un niño que pasó corriendo una vez. Después otros, en otra cabaña más alejada, pero sólo vimos el mantel amarillo que habían dejado en la mesa de afuera. "¡Hay gente que trae mantel!". No más.
W) Wi-fi: no había. (No necesitábamos) Lo más parecido era cuando uno de los que se encargaban de cuidar los animales te gritaba "¡Guay! ¡Ay!", cuando algún bicho se enloquecía.
X) Xuxa: en la administración del camping había una biblioteca improvisada con libros y revistas de todo tipo para que los turistas puedan pasar sus horas. Había una revista de chimentos con Xuxa en la tapa. ¿Hace cuánto que Xuxa fue por última vez tapa de GENTE?
Y) Yogur: Conaprole, de frutilla, 500 cm, de desayuno. Más o menos el 58% de la dosis diaria recomendad de calcio por día.
Z) Zzzzzzzz...: (de dormir, de estar cansado a la vuelta y caer rendido...)