Mostrando las entradas con la etiqueta Pedro Peña. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pedro Peña. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de agosto de 2010

Segundo partido entre escritores (resumen)

[Maldonado festeja uno de sus goles. González Bertolino alumbró los goles de su equipo luego de que Trujillo los preparara.]


Fecha:
Sábado 28 de agosto de 2010, hora 11:00

Cancha: Calle Treinta y Tres entre Lois y Centenario, Minas, Lavalleja.
Condiciones climáticas: Cielo cubierto. Tormentoso. Temperatura media: 22º. Humedad 94%
Árbitro: (sin árbitro)

Maldonado 12: Damián González Bertolino (5); Ignacio di Tullio (3); Ignacio Fernández de Palleja (1); Valentín Trujillo (1); Leonardo Cabrera (en contra) y Horacio Cavallo (en contra)
San José 6: Pedro Peña (4); Leonardo de León (1) y Leonardo Cabrera (1)

Tarjetas amarillas: Ignacio Fernández de Palleja (M); Ignacio di Tullio (M); Rodolfo Santullo (SJ).

Tarjetas rojas: No hubo.

PRIMER TIEMPO (Maldonado 3 - San José 1)

'1 GOL: González Bertolino, definiendo de primera tras pase al segundo palo (1 - 0)
'2 Intento de Cavallo
'3 Intento de Trujillo
'4 Intento de González Bertolino. Contragolpe: intento de Peña
'5 GOL: de León, con disparo cruzado y bajo (1 - 1)
'9 Tiro al arco de González Bertolino. Atajada de Santullo
'11 Tiro al arco de Trujillo, sale desviado. Tiro al arco de Cabrera, da en el palo. Remate de Trujillo desde la mitad de la cancha: ataja Santullo
'12 San José presiona buscando el segundo gol
'12 Remate de González Bertolino. Santullo rechaza al corner.
'13 Tiro de González Bertolino: ataja Santullo
'14 Intento desde media cancha de di Tullio: tiro de esquina
'14 Intento de Cavallo
'15 Dos llegadas de San José
'16 Tiro al arco González Bertolino
'17 Tiro al arco de di Tullio
'18 Tiro al arco de Peña: pega en el palo
'20 Llegada de Maldonado. Intento de González Bertolino
'21 Llegada peligrosa de Maldonado: tiro de González Bertolino: ataja Santullo
'22 Se salva Maldonado de nuevo: Remate desde lejos de Leonardo Cabrera: pega en el poste derecho del arco de Muniz.
'23 Dos llegadas consecutivas de San José, con remates de Cabrera y Cavallo, son atajadas por Muniz
'24 Llegada de Maldonado: sin peligro.
'25 Dos tiros de esquina seguidos para Maldonado: finalmente contiene Santullo.
'27 Tiro al arco de di Tullio, desviado.
'27 GOL: González Bertolino roba una pelota y define cayéndose y de puntín por entre las piernas de Santullo (2 - 1).
'28 Una llegada para cada lado. Los remates de González Bertolino y de Cavallo sin éxito.
'29 Tiro desde media distancia de Cabrera
'29 GOL: jugada conlectiva entre González Bertolino, Trujillo y di Tullio. Pase de di Tullio desde la izquierda al medio, González Bertolino remata de derecha y de primera con cara interna, la pelota da en el ángulo. González Bertolino captura el rebote y fusila a Santullo (3 - 1)
'30 Tiro peligroso de de León.
'31 Llegada de San José sin peligro.
'32 Llegada de Maldonado: tiro de Trujillo.
'32 Tiro de Cabrera y fin del primer tiempo

ENTRETIEMPO: Fernández de Palleja con serios problemas de descompostura.

SEGUNDO TIEMPO: (Maldonado 9 - San José 5)

'1 Tiro de Peña. Ataja Muniz.
'2 GOL: Peña recupera una pelota y encara a la defensa. Elude a un par y la pone contra un palo ante la salida de Muniz. (3 - 2)
'2 GOL: Nueva corrida y enganche de Peña para batir a Muniz. (3 - 3)
'3 Llegada de Maldonado: intento de cabeza de González Bertolino. Se va por encima del travesaño.
'4 GOL: Peña recibe la pelota, la frena, la pisa, mira el arco y patea alto y contra el travesaño fusilando a Muniz. Peña redondea en dos minutos una gran actuación personal, haciendo tres goles consecutivos y adelantando a su equipo. (3 - 4)
'4 GOL: di Tullio define suave y bajo ante la salida de Santullo. (4 - 4)
'5 Llegada de González Bertolino, remate desviado.
'6 Tiro de di Tullio
'6 GOL: Gol en contra de Leonardo Cabrera, no puede retener el balón y descoloca a Santullo. (5 - 4)
'8 GOL: Fernández de Palleja trepa por el lateral izquierdo y define bajo contra el pie de apoyo de Santullo. (6 - 4)
'9 Tiro al arco de di Tullio
'10 Intento de de León.
'11 GOL: di Tullio (7 - 4)
'11 GOL: Vistoso gol. González Bertolino recibe la pelota y la jopea sobre un costado de Leonardo Cabrera cuando este sale a marcarlo. González Bertolino la va a buscar por el otro lado y ajusta el remate hacia abajo ante la salida de Santullo. Estalla el equipo de Maldonado. (8 - 4) González Bertolino se lo dedica a su señora mamá en claro gesto. [Se siente el impacto del gol]
'13 Jugada personal de Trujillo: atajada de Santullo
'14 Tiro de di Tullio
'15 Jugada personal de González Bertolino. Elude dos jugadores y luego a Santullo. Define luego de zurda. La pelota da en el travesaño, baja, pica sobre la línea y sale.
'18 GOL: Gran jugada de Trujillo llevando la pelota desde su área casi hasta la rival, sacándose un par de hombres de encima. Pase al vacío para González Bertolino, que define picando la pelota para darse un autopase y eludir a Santullo, definiendo fuerte con el arco vacío. Quinto gol de González Bertolino, con el que se transforma en el goleador del partido. (9 - 4)
'19 Leonardo de León se retira extenuado del campo de juego. Sustituído por Agustín García (amigo, jugador invitado).
'21 GOL: Foul sobre Pedro Peña. Mientras algunos jugadores rivales se preocupan por la salud del jugador de San José, García saca rápidamente hacia atrás el tiro libre. Cabrera llega a la carrera y remata desde casi la mitad de la cancha. Es un golazo. El remate es violento y se cuela contra el palo ante la mirada atónita de los jugadores de Maldonado. (9 - 5)
'22 GOL: San José reacciona. Gran gol de Pedro Peña, dribbleando y definiendo ante salida de Muniz. (9 - 6)
'24 GOL: Cavallo en contra. (10 - 6)
'26 Sale lesionado Cabrera tras golpe de di Tullio (que recibe tarjeta amarilla). Entra de León de nuevo a la cancha.
'27 GOL: di Tullio (11 - 6)
'29 GOL: Trujillo (12 - 6)
'30: Fin del partido.

-----
Entrega de premios:

Mejor jugador del partido: Pedro Peña
Goleador: Damián González Bertolino (5)
Mejor arquero: Fabián Muniz



(*) Agradezco profundamente a Agustín García, quien tomó la gran base de estas notas mientras el partido se jugaba y me las cedió con total generosidad.

miércoles, 25 de agosto de 2010

¡Mamá, ese escritor está jugando al fútbol!

En la imagen (arriba, de izq. a der.): Ignacio di Tullio, Pedro Peña, Ignacio Fernández de Palleja, Leonardo de León, Rodolfo Santullo, Valentín Trujillo, Martín Bentancor (cronista del partido); (debajo, de izq. a der.) Agustín García (jugador invitado), Gastón Brito (jugador invitado), Leonardo Cabrera, Damián González Bertolino y Fabián Muniz.

La obtención por parte de Leonardo de León del XVII Premio Nacional de Narrativa, por su libro "No vi la luna", es la causa perfecta, más que perfecta, para la revancha del encuentro fútbolístico del año pasado en Minas, cuando el representativo de escritores de Maldonado venció a su similar de San José por un ajustado 8 a 7.
La revancha se va a realizar en el mismo lugar de Minas: la cancha de fútbol-5 de la calle Treinta y Tres, a una cuadra de Avenida Centenario, el sábado 28 de agosto, a las 11 de la mañana.
Seguramente muchos de los asistentes y de los jugadores tienen todavía el recuerdo exacto de varias de las incidencias del cotejo anterior: la temprana salida por lesión de Leonardo de León que dejó a su equipo con el agua al cuello; los potentes remates de media distancia de Ignacio di Tullio; las atajadas estupendas de Rodolfo Santullo; el despliegue fervoroso de Leonardo Cabrera en el mediocampo; las pizarreadas de Valentín Trujillo; el estupendo gol de taco de Pedro Peña... No es poca cosa lo que se jugará el sábado 28, a pocas horas de la entrega de la Medalla Morosoli de Oro.
Las alineaciones son casi las mismas del año pasado, y en algunos casos presentan a jugadores invitados que defenderán con todo su honor los colores del departamento por el que jueguen. Ese es el caso de Ignacio di Tullio, poeta argentino que sin embargo vive en la localidad bonaerense de San Fernando (lo que lo acerca sin lugar a dudas a Maldonado). También ocurre algo similar en la formación de San José con Horacio Cavallo y Rodolfo Santullo, montevideanos, y con Leonardo de León, minuano.

Los equipos, ya confirmados, son los siguientes.

Maldonado: Fabian Muniz; Ignacio Fernández de Palleja, Ignacio di Tullio; Valentín Trujillo y Damián González Bertolino.

San José: Rodolfo Santullo; Horacio Cavallo; Leonardo de León, Leonardo Cabrera y Pedro Peña.

domingo, 17 de enero de 2010

Los catadores


Hace algo más de un año Leonardo Cabrera tuvo la idea de que varios de los que andábamos "en la vuelta" reuniéramos nuestras impresiones sobre lo que estábamos leyendo (sea recién editado o no) en un blog colectivo. Esta idea ya pasó desde ayer a la realidad. Los lectores pueden acceder a www.clubdecatadores.wordpress.com y entrar a un índice de lecturas bien personales de, por el momento, Leonardo Cabrera, Pedro Peña y quien escribe. Quedan invitados. Un abrazo.


(*) Foto: Leonardo Cabrera; Playa Kennedy, Punta del Este, 9/1/2010

lunes, 5 de octubre de 2009

Amoxicilina blues (I)


1: Salida desde Maldonado. Consigo el último asiento disponible de un ómnibus que está a punto de salir en el instante en que llego a la terminal. Avanzo por el pasillo. Una señora de unos sesenta años ocupa el dichoso asiento 42 que llegó a salvarme justo a tiempo de viajar parado. Como no sé si en realidad el número del asiento se corresponde con el del pasillo o el de la ventana, donde viajaba un hombre joven, digo tímidamente: "Asiento cuarenta y dos". La mujer entonces salta hacia el piso y se sienta recostando su espalda contra la puerta del baño. Es una demostración de ascetismo que me conmueve. En un segundo paso a tener a la mujer a mis pies, con sus bolsos, su muselina y una revista de crucigramnas entreverándose entre los brazos cruzados sobre las rodillas. Algunas personas se dan vuelta y miran la escena. No quedo bien parado moralmente. Me inclino por lo tanto un poco hacia la mujer y le digo: "No, señora, tampoco usted va a viajar sentada en el piso... Por favor, tome asiento." La mujer se incorpora casi de un salto y vuelve a sentarse. "Voy hasta la entrada de Pan de Azúcar, nomás", me contesta. Yo hago un gesto de asentimiento y me acomodo contra el baño y miro como sin ganas el último tramo de las calles de Maldonado antes de llegar a la playa Mansa.
En el resto de los últimos asientos viajan repartidos cinco tipos de diversas edades. Uno de ellos es el que viaja al lado de la señora, contra la ventanilla. Otros dos están sentados delante, y el resto del lado derecho del pasillo. A uno de ellos, de cabeza rapada y rubia, con la remera remangada enseñando los bíceps, se le cae el termo y el agua hirviendo desata de repente una carrera pasillo abajo, hacia el punto en el que se acerca el guarda, requiriendo los pasajes a un lado y otro. El hombre de cabeza rapada se lamenta en voz alta, recoge el termo y mira como varios pasajeros más el curso del agua humeante torciendo su paso hacia la izquierda casi sobre los pies del guarda. El guarda, si llegó a ver lo que ocurrió, hizo como si no fuera gran cosa. El hombre de la cabeza intercambia unas palabras con su acompañante, luego mira hacia atrás y les dice algo a los que van juntos del otro lado del pasillo. El quinto hombre, que va junto a la mujer, sin embargo, se desentiende de inmediato de todo el asunto. Se ha reclinado hacia atrás y ha bajado la visera de su gorra sobre sus ojos. "Murió", dice el de la cabeza rapada. Los otros tres se ríen y comienza la rueda del mate. Cada vez que ceba y reparte, el de la cabeza rapada se lleva la mano izquierda de la nuca a la frente y recorre al menos dos o tres veces todo el espacio. Parece un gesto de autocomplacencia luego de entregar el mate, una confirmación de que él está ahí para sí mismo, un acto medio masturbatorio como otros lo tienen tocándose otras partes del cuerpo, etcétera. Me parece que los cinco hombres vuelven de trabajar. Observo al que tengo inmediatamente sobre la izquierda, un hombre de unos sesenta años, con una gorra de visera con la bandera de Canadá. Lleva el pantalón vaquero desgastado y con algunas manchas de pintura. Pero hay una cosa más que puede unirlos. Llevan entre sí un aire común de rito de masculinidad compartida fuera de sus propias casas. Es algo que los recorta y los aleja en las últimas luces del atardecer.
Una chica llega desde la parte delantera tomándose de las cabeceras. Se acerca a la puerta del baño, la golpea suavemente con la base del puño y entra. Cinco minutos después la puerta se vuelve a abrir y la chica regresa otra vez más tomándose de las cabeceras. El hombre que lleva la gorra de Canadá saca su cabeza al pasillo como si fuera una tortuga. Mira cómo la cola se aleja en el silencio del fondo del ómnibus. Su cabeza se balancea con los bandazos suaves del ómnibus. Los ojos entornados miran fijamente la curvatura amplia de las nalgas y de pronto es como si mirara un deseo fijado en un tramo ya perdido de su propia vida.
-Están viniendo las toninas... -dice suavemente.
El de la cabeza rapada se masajea el cuero cabelludo una vez más y se ríe.

2: En la terminal de Tres Cruces, en Montevideo. Antes de subir al ómnibus que me lleve a San José espero sentado entre un montón de gente. A mi derecha tengo un matrimonio adulto. Frente a mí a una pareja joven. Ella sonríe todo el tiempo y esconde a media un pequeño cachorro de labrador. Él se sonríe también, pero un poco como si su mujer fuera una niña con un capricho que él trata de explicar como sea para los demás. En las pantallas colocadas sobre las columnas o contra las paredes pasan cosas para entretener. Cosas graciosas como "cámaras ocultas" donde un cocinero en un stand de desgustación de un supermercado trata de cortar un tomate y se entierra medio estúpidamente el cuchillo de punta sobre el envés de la mano; las personas se vuelven asqueadas o miran con los ojos llenos de horror. Está bien. Me río y de vez en cuando mi mirada se encuentra con la de alguien más riéndose de lo mismo y entonces bajo mi vista hacia mis zapatos. Pero pasan más cosas en la pantalla: el estado del tiempo, el cambio de la moneda, el horóscopo y hasta una trivia. Del otro lado, a unos diez metros, varios miembros de una familia esperan el instante en que llega la trivia a la pantalla y apuestan entre ellos. Varias preguntas son bastante tontas, pero en dos oportunidades pasan preguntas literarias que no sé contestar y siento una vergüenza enorme de mí mismo y me juro no volver a mirar la pantalla. Aunque en realidad, una de las preguntas era del tipo: "¿De qué color era la camisa de Faulkner el día en que empezó a escribir "Absalón, Absalón"?...
Un muchacho se levanta de su asiento y comienza a caminar entre la gente. Parece que está buscando a alguien en particular. Hasta que se detiene sobre una mujer y le habla bajo. Hay en la mujer un aire de duda que da de inmediato paso a la acción de rebuscar en su cartera. El muchacho extiende la mano y recoge un par de monedas. Después avanza hacia otro asiento y repite el procedimiento ante un viejo. El viejo se estira hacia adelante, saca pecho y busca en un bolsillo del pantalón. El muchacho vuelve a recoger algunas monedas. Por una causa que se me escapa, el muchacho no tiene itinerario definido. Parece ir entre los asientos y elegir a quien lo pueda ayudar de manera aleatoria. Como sea. En cierto momento empieza a desear que se me acerque a pedirme dinero para poder conversar con él. Tiene algo afable en la cara que me cae bien. Me intriga saber si necesita el dinero para tomarse un ómnibus a algún departamento. De repente tengo un deseo irreprimible por saber a qué departamento en particular puede ir, o a qué ciudad, más precisamente. Cuando llega al pasillo en el que estoy sentado se acerca a la pareja del cachorro. Ella le da una moneda sacada de su bolso y él agradece y se da vuelta. En ese preciso instante nuestras miradas se juntan y digo "Sí, señor, voy a saber quién es". Pero cuando lo único esperable era que iniciara el diálogo, una especie de duda lo toma por completo al mirarme de arriba hacia abajo y sigue de largo.

3: En el ómnibus hacia San José. Llega el dolor. El ómnibus describe una suave curva en un tramo de Bulevar Artigas. Voy acurrucado contra la ventanilla escuchando en los auriculares "Live at the half note", de Lee Konitz. Todo es prácticamente maravilloso. La ciudad con sus sombras y sus pliegues de luz halógena pasando frente a la ventana como un televisor vital. Los sonidos caen sobre las imágenes y explican dentro de mi cabeza algo como la importancia de todo ese movimiento, o algo así de entreverado. Pero llega la puntada en lo profundo del oído derecho, y casi en seguida un dolor menor que se queda como un animal mordiendo a intervalos un hueso con muchas vueltas. Y todavía falta mucho para llegar a San José. Entonces la música se va. El zumbido amortiguado del motor del ómnibus se amplía como un viento descomunal esperando allá afuera. Todo es insoportable. Las preguntas de una niña de cinco o seis años varios asientos más atrás. Las conversaciones de los adolescentes que suben en Libertad rumbo a los bailes de San José. Los ring tones de los celulares. La conversación cómplice y suave de dos novios adultos...

4: En la terminal de San José están esperándome Leonardo Cabrera y Pedro Peña. La alegría de verlos, de saber que me ofrecen un recibimiento feliz me hace sentir un poco menos el dolor. Nos subimos después al Opel de Pedro y buscamos una farmacia abierta donde compro unas aspirinas. Pero a lo largo de la noche las aspirinas no me van a hacer nada. Lo único capaz de alejar el dolor es la conversación espiralada, interminable y a veces caótica con Pedro y con Leonardo mientras cenamos en una parrillada del centro. Hablamos de varios temas: nuestras familias y nuestros amigos, libros recientemente leídos, la siempre ambigua nueva narrativa uruguaya, los hermanos Saravia y la guerra del '04, Eduardo Acevedo Díaz, Carlos Maggi, Capusotto, Juan Ramón Carrasco, Cumbio (de reciente aparición en la feria del libro de San José y de beatlemaníacas repercusiones), etc. Pero gran parte de la charla está ocupada por la figura de Mario Arregui. Pedro, que trabaja como profesor de Literatura en el liceo de Ismael Cortinas, nos cuenta sobre un proyecto en el que sus alumnos han tenido que investigar y entrevistar posteriormente a Carlos Maggi acerca de su relación con el escritor de Flores. Hay un par de anécdotas sorprendentes en las que vemos con nostalgia otro Uruguay, o más bien un Uruguay pasado con relacionamientos humanos que hoy en día son extraños. Cosas de antes de la dictadura del '73, parecería. Pero hay una anécdota que se lleva mi corazón: La madre de Mario Arregui ha muerto. Su padre ha partido por la ruta sin saber que su esposa ha fallecido hace unos minutos. Mario Arregui, joven todavía, en compañía de Carlos Maggi, consigue prestado un automóvil y, sin que ninguno de los dos supiera cómo manejar, salen por la ruta en persecución de Arregui padre con la infausta noticia. Creo que Pedro recuerda una de las preguntas de sus alumnos: ¿Estuvieron a punto de chocar en algún momento?". Maggi simplemente responde: "Estuvimos a punto de chocar varias veces, todo el tiempo".

5: En la casa de Leonardo Cabrera. Un rato después de que Pedro se fuera hacia su casa Leonardo y yo discutimos un poco sobre lo que podría ser el antepenúltimo capítulo de la novela que escribimos entre ambos desde octubre 2007. Luego el cansancio comienza a ganarme. A cada instante en que logro tener conciencia de lo que estoy haciendo pierdo la referencia de continuidad entre un hecho y otro. De repente estamos hablando sobre una novela de Cormac Mc Carthy, de pronto estoy viendo una foto que Leonardo me ha sacado en blanco y negro con un sombrero puesto y en la que parezco Harpo Marx, bien con cara de desgraciado. Poco después veo una pelota de golf en un rincón de la sala de estar. Leonardo me cuenta que la encontró mientras caminaba con Fernanda Trías e Inés Bortagaray, cerca de la cancha de Punta Carretas. Iban charlando y ¡pum! la pelota pegó contra el árbol. Leonardo la recogió y siguieron andando. Entonces tomo la pelota y me fijo en que es una Ultra, de la marca Wilson. Es una pelota de mierda, le digo, la que usan los chambones de 24 de handicap para arriba. Un cascote sofisticado. Hay que jugar con otro tipo de pelota, tipo una Titleist de cubierta blanda que se "descorchaba" si le dabas un filazo con un hierro. Soy consciente ahí nomás de que estoy divagando, sobre todo cuando le digo que el hecho de que cayera la pelota mientras él y Fernanda e Inés pasaban por allí fue una prueba de que se estaba manifestando mi espíritu o mi conciencia para acompañarlos, y de ahí pasamos a hablar de Mario Levrero, creo... Pero no sé cuánto dura, porque abro y cierro los ojos y veo a Leonardo parado en un extremo de la sala de estar, entre la mesa de la computadora y el sillón, y a mí parado en frente, con la cocina a mis espaldas y con la puerta sobre la izquierda. Tengo a mis pies una pelota de tennis y le doy una patada y rebota entre las patas de unas sillas. Leonardo la va a buscar y trata de dominarla como si fuera una número cinco de fútbol. Hay algunos intentos pobres de ambos por dominarla, pero al final terminamos jugando una especie de partido de penales, él defendiendo el hueco entre la mesa de la computadora y el sillón, yo defendiendo el mundo que está detrás de mí. En un momento, no sé cuándo, esa competición se diluye y nos ponemos de acuerdo en que cuando vayamos al Encuentro Nacional de Escritores, en Montevideo, la semana próxima, vamos a poner a Rodolfo Santullo al fondo de uno de los pasillos del hotel y le vamos a tirar con la pelota de tennis a fundir a ver cuánto ataja. Entonces nos damos cuenta de que son las cuatro de la mañana y recordamos también que había que adelantar la hora, con lo que ya son las cinco: hora más que adecuada para ir a dormir.

6: No duermo. El dolor en el oído derecho se hace más intenso que nunca y me despierto antes de las seis de la mañana. Me quedo escuchando los sonidos previos al amanecer impactado a cada tanto por una puntada de las fuertes. Espero a que sean las nueve y me levanto para ir a despertar a Leonardo.

viernes, 3 de julio de 2009

Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta...


La idea comenzó con un post en el que Pedro Peña establecía ciertas analogías (que estarán por comprobarse, de todos modos) entre la manera de narrar y la forma de jugar al fútbol. Días después, charlando por messenger con Ignacio Fernández, se nos vino la idea de que una buena manera de reencontrarnos, para algunos, y de vernos por primera vez, para otros, sería la de jugar un partido de fútbol 5 en la ciudad de Minas el mismo día de la premiación del Premio Nacional de Narrativa. Ese fue el inicio, digamos... Con el correr de las horas me puse a sondear las distintas posibilidades de asistencia al partido. Y resultó que muchos podían jugarlo. Algunos días más tarde, Valentín comentó el asunto en Banda Oriental y a Heber Raviolo lo entusiasmó de tal manera que no sólo quiere ser espectador del match entre escritores, sino que ofreció que la editorial lo auspiciara. Y en esas estamos... Lo cierto es que Banda Oriental puso ciertas condiciones. Primero: que el partido se juegue de mañana para que más tarde haya un almuerzo de camaradería. Segundo: que el encuentro sea entre San José y Maldonado. Esto último, sobre todo, encauzó de forma más o menos indiscutible las alineaciones. Pero como cada equipo no llega a completar con naturales de cada departamento, se hizo la excepción de permitir jugadores "extranjeros".
Acá van las alineaciones:

MALDONADO: Ignacio di Tullio (invitado desde Buenos Aires), Ignacio Fernández de Palleja, Damián González Bertolino, Alfonso Larrea y Valentín Trujillo.

SAN JOSÉ: Leonardo Cabrera, Leonardo de León (invitado desde Minas), Gastón (apellido a confirmar), Pedro Peña y Rodolfo Santullo (invitado desde Montevideo).
Veedor del partido: Martín Bentancor (representante de la liga de árbitros de fútbol-cinco de Los Cerrillos)

(Nota: la imagen de ilustración de este texto es obra de Leonardo Cabrera, y fue pensada en un momento para la tapa de "El increíble Springer". En ella se puede ver, además, la alineación de un equipo en particular: La Barra, categoría 9 años, de 1962. La fotografía tiene un aspecto emotivo para mí, porque en ella se ve a mi padre, que es el tercero de derecha a izquierda, mirando a un niño un poco separado del resto. Esto tiene que ver con el hecho de que el cuento "El increíble Springer" está, justamente, dedicado a mi padre, por cosas que los lectores del mismo ya sabrán o calcularán)


lunes, 11 de febrero de 2008

"El mejor juego posible"

Debo esta entrevista a la amabilidad de Pedro Peña, quien me la realizó para TALÓN DE ULISES, el suplemento cultural que él dirige en el diario Primera Hora de San José. Debido a su extensión salió en dos partes en el pasado mes de enero. Incluso Pedro tuvo que retirarle una pregunta y editar algunas respuestas porque era más extensa. Como ahora está de moda eso de que cuando algo aparece de nuevo aparezca con una especie de "bonus track", acá va la entrevista (previo permiso al editor) tal como la envié... Una especie de versión extendida, digamos. La foto también es la misma que salió en la primera entrega. Además, decidí dejarle el nombre con el que Pedro tituló la entrevista, que es el nombre que lleva este post. La segunda parte, dicho sea de paso, tenía un título que, yo no me acordaba ya, está extraído de una de mis respuestas: "No puedo dejar de ver nuestra narrativa como algo monocorde". Por supuesto que me refiero a la narrativa uruguaya actual, o a gran parte de la misma. Ahora que lo releo suena medio patotero, pero bueno... supongo que por algo sentí necesario responder así en ese momento. Va la entrevista...

por Pedro Peña

¿Qué es la literatura para vos?
En este instante me gustaría que fuera mía la definición que da Stephen King en el comienzo de "Mientras escribo". Porque allí dice que la literatura es telepatía. Pero yo tengo ganas de decir que a mí la literatura me parece magia. Sé que puede sonar poco previsible o poco original una respuesta de ese tipo, pero en realidad creo que la actividad literaria, el escribir o el leer, dependiendo de qué lado del mostrador uno se ponga, no se diferencia mucho de aquello que nosotros consideramos como magia. Porque, ¿qué es, radicalmente, la literatura, si se lo tuviéramos que explicar a un niño? Y bueno, digamos que por lo menos es un montón de manchitas de varias formas sobre un papel, y que cuando la gente se fija en eso se hace "la película", como dicen los adolescentes. Allí, en el papel que uno tiene en frente cuando lee, hay un montaje, una puesta en escena, una pura ilusión, y la gente proyecta sobre todo eso sus expectativas, temores, deseos, etcétera. Aparte, es necesario creer. Si voy a ver a un mago y no me creo nada de lo que hace, si me parece trucho, me voy porque no me ilusiona. Bueno, con los libros pasa lo mismo. Uno tiene que creer, y si no, no pasa nada; entonces la literatura no sucede, no ocurre. Y es así porque la literatura es algo personal. A veces, por ejemplo, me conmueven los esfuerzos de la teoría literaria por desentrañar qué es la literatura, pero en el fondo, la cuestión va a ser siempre íntima. El misterio de la literatura, o ella misma, va a ser eso: el hecho de que a alguien una obra no le mueva un pelo, mientras que al de al lado ya no le quedan pelos de arrancárselos debido a la emoción que está viviendo. Creo que ahora se me pueden empezar a ocurrir algunas preguntas como para complicar más lo que estoy diciendo, pero de última, el estatuto de la literatura no es algo que me esté replanteando todo el tiempo: simplemente escribo y leo, como mucha gente, en base a un recorrido que me es dictado por los intereses o las emociones de turno. Y tampoco es que los magos me gusten mucho. Si miro tele y ponen algún espectáculo de magia, seguro que cambio de canal. Más bien esas cosas me aburren; por eso quiero que lo de la magia se entienda sobre todo en un sentido más primitivo. Otra cosa que quiero decir de la literatura es que, para mí, es un lugar. Si bien me parece importante y he hecho de ella uno de los puntos en los que se apoya mi vida, también tengo que decir que no lo es todo. Porque obviamente está la vida, que es otra cosa. En la vida están las cosas más importantes. Así que la literatura se transforma en un lugar al que puedo ir, una especie de "vientre de la ballena" o un espacio de meditación mientras el mundo sigue esperando allí afuera. Es como cuando uno era chico y se enojaba con sus padres o se peleaba con otros niños y entonces se iba corriendo a una parte del patio que quedaba oculta tras un montón cachivaches. Algo así.
¿Cuándo fue que decidiste dedicarte a escribir?
De niño yo quería llegar a dedicarme a dos cosas. La primera tenía que ver con la zoología. Más tarde supe que la rama de la zoología que más me hubiera interesado era la entomología, la rama que se dedica al estudio de los insectos. En la época de la escuela yo tenía una libretita donde dibujaba los insectos que veía tanto en mi casa como en un monte que quedaba en frente, y anotaba debajo de cada dibujo observaciones acerca de las conductas de esos animales. La segunda cosa a la que me quería dedicar ya estaba presente también en esas libretitas, y era contar historias. Si miro más detenidamente hacia los recuerdos de mi infancia me veo a mí mismo sabiendo que siempre iba a estar tratando de inventar historias. Las escribía o se las contaba a mis compañeros de clase, que se las creían de la misma manera en que yo me creía las mentiras que ellos contaban. Porque yo era bastante ingenuo y crédulo. En realidad, creo que hoy en día sigo siéndolo, y que eso puede ser tanto un defecto como una virtud. La cuestión es que llegó un día en el que en la escuela dijeron que iba a aparecer una revista y pidieron que alguien se animara a escribir un cuento. Yo escribí un relato que hasta el día de hoy me causa gracia, porque no sé si al momento de escribirlo era consciente de lo disparatado que era. Se trataba de un tipo que estaba aburrido en la casa y salía de Maldonado con un perro y una escopeta rumbo a África para cazar un tití pigmeo, para cazarlo a balazos, una cosa que si uno se pone a pensar en las proporciones debe ser como querer matar a un hombre golpeándolo con una heladera. Bueno, el cuento se publicó, las maestras me dijeron algunas cosas elogiosas, mi madre se puso contenta, etcétera... Cuando salió el segundo y último número de esa revista yo ya tenía pronta mi siguiente entrega. Recuerdo que entonces una maestra me dijo que el mío no iba a salir, que iba a salir el cuento de otro niño. Me puse furioso y rompí mi cuento. Fue un berretín, pero a mí me parece que yo ya tenía esa idea fija, la de escribir, la de saber que mis textos no estaban completos hasta que no llegaban a alguien. A diferencia de la mayoría de los niños y los adolescentes, yo no tenía ninguna vergüenza de que se leyeran las cosas que escribía. Pero a lo que quiero llegar es que recuerdo estar sentado y tener el sentimiento claro y contundente de que siempre iba a estar escribiendo, de que eso no se acababa más. Así que por eso digo que no hubo un momento preciso en el que decidí escribir. Simplemente las cosas iban de ese modo. A todo esto hay que sumarle lo que yo experimenté en todo momento que escribía: placer. Un placer que no se deterioraba cuando una profesora de Idioma Español en segundo del liceo me tiró casi en la cara, y sin leer ni un renglón, un cuento de casi treinta páginas y con dos partes, la primera ambientada en Tanzania y la segunda en Rusia. El argumento de la docente fue que ella había pedido de tarea domiciliaria un cuento, no eso. Bueno, "eso" era lo que yo había pasado escribiendo dos noches seguidas en un estado febril y emocionado. Tenía trece años. Mi madre sacó plata de un monedero y me compró unas hojas de esas de escrito. La frustración que sentí luego de esa clase no pudo deteriorar lo que yo sentía. Yo sentía un impulso, algo parecido al síntoma de una enfermedad. Además, yo pasé una infancia y una adolescencia con muchas privaciones. No tenía casi juguetes, no tenía muchas cosas que muchos otros tenían. Pero cuando me encerraba en mi cuarto y escribía yo sentía que no podía ser más feliz, porque aquello era el mejor juego posible. Por eso digo que quizás el mejor regalo, o el regalo más determinante que me hicieron en la vida fue un pequeño diccionario de bolsillo que mis padres pudieron comprar cuando cumplí ocho años. Era increíble. Me parecía mentira que yo pudiera tener uno. Como todo niño obviamente busqué a escondidas palabras como "puto" o "culo", pero después de eso me leí toda la letra A.
¿Con qué otras actividades coexiste la escritura?
Por esta época reparto el tiempo entre la escritura, la lectura, nadar en el mar con mi novia o con mi hermano, andar en bicicleta y hacer algunos ajustes luego de mi reciente mudanza, como subirme a algunos árboles y podarlos o conseguir a alguien que me pueda pintar la casa. Cosas comunes y corrientes.
Muchas veces, en tu blog, repetís el concepto de diversión asociado a la labor artística (la literatura, la música). ¿El arte es sólo lo que divierte?
Por supuesto que no. En mi blog, cuando menciono esa idea, hablo de mi propia experiencia, como dije hace un momento. A mí escribir me genera placer, diversión. Hay veces en las que paro de escribir y me río de alguna cosa que se me ocurre, me levanto de la silla, doy unas vueltas por la casa y me vuelvo a sentar. Sin embargo, creo que lo de la diversión no es algo que se produzca instantáneamente, porque antes tiene que haber algunas cosas que estén definidas. Voy a poner un ejemplo cercano, que es el de mi hermano. Él es músico, toca la viola y siempre ha preferido la música de cámara a la orquestal. Quienes conviven con un músico saben que es todo un esfuerzo preparar la interpretación de una obra y que, también, ese trabajo puede ser un verdadero fastidio para el resto de la gente de la casa. Una cosa es escuchar un cuarteto de Haydn, pero otra cosa es tener a tu hermano comenzando y recomenzando una frase de ese cuarteto hasta dar con la forma adecuada en la sucesión de las notas. Eso cuesta mucho, pero hasta que eso no está definido no puede pasar lo que sigue. De hecho, mi hermano suele enojarse bastante cuando algo no le sale; pero después, al tocar en público, lo veo divertirse, cruzar alguna que otra mirada con uno de los violinistas sabiendo que está gozando, sintiendo que todo encaja. Para mí, en la escritura hay algo similar. Pensar en un problema y en la solución para ese problema puede llevar horas, pero cuando escribo el camino se allana y no puedo evitar ponerme feliz o satisfecho, porque, como dije, me encanta escribir, aunque a veces escriba sobre cosas tristes. Claro está que no quiero dejar de lado que la escritura también tiene que ver con otros procesos, distintos a la diversión. ¿Cómo desconocer y no entender el dolor? Todos, en algún momento de la vida, tenemos nuestra "temporada en el infierno", en mayor o menor medida. A todos nos alcanza el dolor del mundo. Como los judíos, escribiendo a pesar de y por la Shoah, o como James Ellroy, escribiendo de forma insufrible sobre una actriz que fue violada y descuartizada, tal como le pasó a su propia madre.
Carpentier manejaba la idea de que el escritor debía también dominar las nociones básicas de alguna otra manifestación creativa, pues eso le afinaría la sensibilidad estética. En tu caso, ¿cómo es la relación entre la música y la escritura?
Antes que nada tengo que decir que temo dejar en mi blog, cuando hablo de música, la idea equívoca de que soy un músico aficionado. Es un error. El músico de la familia es mi hermano. Yo, a lo sumo, soy un melómano, o algo similar. A veces agarro la guitarra, armo con tres o cuatro acordes una canción que canto desafinado sin darme cuenta, cierro los ojos y digo "¡Oh, sí! Soy George Harrison...". Luego viene mi hermano, me palmea el hombro y me dice: "Tranquiliza esos nervios". O mi novia: "Se te enfría el café con leche". Por eso no puedo hablar de que en lo que escribo haya correspondencias con nociones musicales, como cuando se dice de algunos pasajes de "Rayuela" que tienen recursos jazzísticos.. Me parece que no... Quizás en un género como la poesía pueda notarse en mayor medida. De todos modos, cada rama del arte tiene su propia sustancia, su propia lógica, y creo que desplazar recursos o aspectos de un campo a otro es algo que debe hacerse con demasiado cuidado, porque uno puede caer presa de las incompatibilidades. Es cierto que si uno mira, por poner un caso, la pintura y la literatura barrocas, encuentra correspondencias en los recursos que utilizan, pero eso se debe al espíritu de un tiempo. Hacer algo por el estilo de forma deliberada es peligroso. En cuanto a mi narrativa, no persigo ninguna emulación de recursos musicales de forma decidida, aunque el armado de la frase debe demostrar siempre un cierto "oído" que haga que se pueda pasar de una frase a la otra con naturalidad y no con esfuerzo, lo cual, como sabemos, bloquea la atención del lector. Creo que el caso más notable que me ha tocado leer es el de la prosa de "Cien años de soledad". La concatenación de sus frases me parece una proeza en nuestra lengua.
Hablemos concretamente de tus trabajos más recientes. Entre ellos se cuenta la novela "Los trabajos del amor", que aparece por entregas en tu blog. ¿Cómo surge la idea de una novela de esas características?
Primero que nada hay que aclarar que "Los trabajos del amor" empezó a ser publicada en la revista La Letra Breve entre agosto y diciembre de 2006. Cuando La Letra Breve dejó de salir tuve la idea de continuar la novela en mi blog, publicándola desde el primer capítulo. En principio, la historia surgió en una noche en que iba en bicicleta con mi hermano hasta el barrio Kennedy (el lugar donde me crié). Era una noche de invierno, y atravesábamos unos bosques cerrados y oscuros. Para reírnos un poco nos pusimos a contar anécdotas graciosas sobre malandros, cosas que escuchábamos en el barrio. Entonces salió la primera idea para "Los trabajos del amor". La idea de dos tipos que tienen el encargo de transportar un cadáver. Eso fue en julio de 2006 y yo estaba viviendo del lado de Maldonado. Así que cuando regresé a mi casa estuve hasta bien entrada la madrugada haciendo notas para trabajar la historia. Al comienzo pensé que era un cuento. Yo había publicado en los dos meses previos en La Letra Breve "El clavo en la cruz", un relato que había aparecido en dos entregas. Esa forma de hacer llegar un texto al público me había interesado. Sobre todo la expectativa que se había generado en muchos lectores acerca de lo que iba a hacer el protagonista, porque al final de la primera entrega yo lo había dejado en una encrucijada. Por lo tanto, eso me había entusiasmado de tal forma que me imaginé que "Los trabajos del amor" podía ser otra oportunidad de vivir una experiencia similar. Le escribí a Leonardo Cabrera, el editor de la revista, diciéndole que tenía otro cuento para publicar en un par de entregas, y la idea le gustó. Pero ocurrió que una tarde, unos días antes de enviar la primera de las entregas, salí a caminar por la playa con Valentín Trujillo y le conté el argumento total de "Los trabajos del amor". Me dijo algo que quizás yo no había querido aceptar. Que eso no era un cuento, era una novela. Y tenía razón. Cuando envié la segunda entrega ya era obvio que había muchas cosas por cerrar en la historia, y que una tercera parte iba a ser insuficiente. Entonces le dije a Leonardo que eso era una novela. Casi se tomó el primer ómnibus que salía a Maldonado para estrangularme. Fue muy cómico. Aunque lo cierto es que la idea le encantó y le deparó también ciertos desafíos como editor, desafíos que tomó de buena gana. Si uno se fija en las tapas de esos números, se puede dar cuenta de que "Los trabajos..." pasa de ser anunciado como cuento a ser anunciado como novela. Entonces emepezaron a pasarme cosas muy emotivas. Pero la principal fue estar disfrutando de ese modo de escritura que se extendió sobre todo en el siglo XIX, y me refiero básicamente a una relación entre el autor y el lector que termina influyendo decisivamente en la misma construcción del relato. Dickens, Tolstoi y Dumas, que son escritores que me apasionan, publicaron novelas por entregas e hicieron patente un vínculo con el público que llega a ser muy especial, ya que el autor está prácticamente mostrando la obra en el tiempo real de escritura. Eso tiene tantos encantos como riesgos. El mayor de los encantos está vinculado con lo que los lectores suponen que va a suceder, porque a quien escribe, esas opiniones le permiten conocer lo que sería el ingenio o la sabiduría popular para el relato, que es la manera que tenemos de articular la realidad. Todos tenemos, seamos personas dedicadas a la literatura o no, una noción de relato, en el sentido de que esa noción nos permite tener determinadas expectativas acerca de lo que nos va a pasar; es algo genético. "Los trabajos del amor" surgió, por lo tanto, mediante la puesta en práctica de un procedimiento específico derivado del hecho de que es publicada por entregas. Ese procedimiento consiste en tener en cuenta las reacciones de los lectores, de tal modo que el curso de la narración pueda estar supeditado a las mismas. Y eso ha sido así, efectivamente. Algunas apariciones o reacciones de los personajes las he tomado o creado a partir de cosas que me plantearon algunos lectores. Hace poco tiempo Leonardo de León, que también fue colaborador de La Letra Breve, me escribió en un mail que para él el Toto va a matar a Morales. Quizás decir esto sea una infidencia. Leonardo me lo dice al término del décimo capítulo, y la verdad es que no sé qué pensar de esa especulación. La tengo en cuenta, la guardo, la estudio, pero el caso es que siempre va a estar regida por algunos aspectos que de todos modos son inamovibles, y que tienen que ver con el final de la historia.
Los personajes, particularmente el Toto y Morales, son básicamente impredecibles, y el fluir de los hechos que tienen lugar en la novela es avasallante. Supongo que uno de los riesgos a la hora de escribirla tienen que ver con la incongruencia. ¿Cuál es el proceso de escritura de cada capítulo?
A las consideraciones de los lectores que tenga en cuenta o no, tengo que sumar en el proceso de armado de cada capítulo un par de cosas. Antes que nada una estricta coherencia con ciertas tensiones o cosas pendientes que se generaron en los capítulos anteriores. Porque cada capítulo nuevo tiene que ser solidario con los previos. Otra cosa que nunca quiero descuidar es, como decís, el carácter sorpresivo de los hechos, eso de que el lector no pueda asegurar con contundencia qué va a pasar, por más que muchos ya saben cuál es el final que les espera al Toto y a Morales. Pero lo que yo me propongo es que en cada nuevo capítulo pase algo nuevo, algo que no esté dentro del horizonte de expectativa generado por el capítulo precedente y que, al mismo tiempo, sea coherente con todo el conjunto. Es difícil, sí. Muchas veces he estado al borde de la incongruencia, si no es que en algún pasaje caí en ella. En cuanto a algo específico como lo imprevisible de las acciones del Toto y Morales, debo reconocer que son personajes que suelen ser contradictorios o, mejor dicho, poco consecuentes. Y eso es algo que he hecho a conciencia. Lo de las conductas de los personajes en el género novelístico ya pasa a ser todo un tema. Hace unos días leía una entrevista a Julian Barnes en LA NACIÓN. Barnes decía que, a la luz de los nuevos descubrimientos en neuro-psicología que están haciendo tambalear lo que pensábamos acerca la conducta humana, la novela por venir iba a tener que ponerse a la altura de esas revelaciones al momento de presentar sus personajes, porque cabe la pregunta de si un individuo puede ser reducido a un patrón uniforme. La preocupación no es nueva, pero parece que se acentúa cada vez más. Leyendo esa entrevista fue que me acordé de estos amigos nuestros que tienen que llevar un cadáver, porque yo creo que para algunos lectores son algo así como entrañables, cuando en sí no hay que olvidar que son dos verdaderos hijos de puta. Otra cosa que no dejo de tener en cuenta cuando escribo un capítulo es el final del mismo, para que funcione como puente al siguiente, manteniendo la tensión en la lectura. Lo que pasa es que para algunos eso es insoportable. Tengo amigos que se han disculpado diciéndome que no piensan leer un solo capítulo hasta que la novela tenga el punto final, porque sencillamente no aguantan la duda o la espera. Mientras tanto almacenan cada capítulo puntillosamente, aguardando la publicación del último. Eso es gracioso, ¿no?...
A través del humor presente en la novela, de determinados giros inesperados, incluso del lenguaje, es posible encontrar un cierto aire de picaresca española. Pienso, por ejemplo, en "Rinconete y Cortadillo". ¿Qué influencias reconocés a la hora de analizar tu trabajo?
Lo de la picaresca puede ser. De hecho, mencionás una de las Novelas Ejemplares de Cervantes que a mí más me gusta, junto con "El coloquio de los perros". En algún instante, de hecho, escribiendo "Los trabajos..." me acordé de algunas cosas de "Rinconete y Cortadillo", pero la leí hace muchos años y no la recuerdo toda. Si entendemos por picaresca un género en el que prevalece la noción de abrirse paso en el mundo orillando o directamente franqueando los límites de la ley y la moral, ya sea para ganarse el pan como para asegurarse una cierta comodidad de vida, agregando lo jocoso, entonces "Los trabajos..." puede tener que ver, aunque más no sea ligeramente, con eso. Siguiendo con las influencias, un amigo me apuntó que algo le hacía acordarse a Jules y Vincent, dos de los personajes principales de la película "Pulp-fiction", de Tarantino. Y puede ser, porque es una de mis películas favoritas. Hubo un tiempo en que tenía una copia en DVD, y hasta la colocaba cuando me iba a la cocina a lavar los platos, sintiendo los diálogos solamente. Así que como quien no quiere la cosa creo que tuve que haberla visto más de treinta veces. Otra cosa, los diálogos me parecen el principal prodigio de esa película. Porque, ¿a quién le importan las banalidades que Jules y Vincent comentan acerca de la droga en Holanda o acerca de los masajes de pies? Pero cómo quedamos enganchados de esas palabras, como si fueran las buenas nuevas. Lograr eso es dificilísimo, y Tarantino lo hizo. Siguiendo con el cine, creo que habría otro ejemplo de supuesta influencia o afinidad. Es la película "Bajo el peso de la ley", de Jim Jarmusch. Hace un par de semanas volví a verla y al otro día ya estaba con el frenesí de querer seguir escribiendo. Lo que pasa es que siempre me pareció afín con la atmósfera de "Los trabajos..." la visión que se muestra de la noche y de los problemas con la ley en esa película. Sin embargo, por sobre todas estas supuestas influncias, creo que hay que rastrear la principal en la vida misma, en las cosas que viví o que he sentido que otros han vivido. No es que haya hecho una copia fotográfica, pero cuando pienso en "Los trabajos del amor" pienso que sus hechos formen parte de una realidad que he frecuentado de algún u otro modo. No hay mucho misterio en decir que viví veinticuatro de mis veintisiete años en un asentamiento, el "famoso" barrio Kennedy, de Punta del Este. Es obvio que escribo sobre cosas que he conocido, que podría haber conocido o que voy a conocer. Voy a contar una anécdota... Hace un tiempo alguien me dijo que era una exageración o un error de apreciación el hecho de que a un personaje le llamaran "Cara con semen". Sobre todo porque quienes lo llamaban así eran el Toto y Morales, personajes que, por su procedencia social, utilizarían la palabra "leche" antes que la palabra "semen". Bueno, queridos amigos, tengo algo para contarles: "Cara con semen" existió. Cuando yo era niño había un hombre al que le decían así, vaya uno a saber por qué, y los que lo llamaban de esa manera no eran egresados de la carrera de filología, sino los caddies del club de golf que queda al lado de mi casa. Lo que sucede es que hay que tener mucho cuidado, porque si uno subestima la realidad se le cruzan todos los cables. Yo conocí delincuentes, malandros o como se los quiera llamar que sabían poemas de Benedetti de memoria. Me acuerdo de uno que era fanático de "El conde de Montecristo", de Dumas, y otro que solamente leía la novela "Papillón", una y otra vez, la terminaba y al otro día la comenzaba una vez más.
Hoy por hoy el Toto y Morales están metidos en un problema bastante serio. Cualquier error les puede costar caro. ¿Qué podemos esperar para el final?
¿Puedo prometer algo?... No sé... Cuando esta entrevista se publique es probable que me vaya a arrepentir de esto que voy a decir... Así que acá va... Dejen toda esperanza...
¿Qué reflexión te merece la literatura uruguaya actual?
¿Qué querés decir con "literatura uruguaya actual"? Yo por eso entiendo "literatura montevideana". Y mi reflexión es que me parece bastante triste. Aunque en realidad me parece que en mi caso tengo que sustituir la palabra "literatura" por "narrativa", que es lo que más sigo. Generalmente no suelo estar al tanto de qué se está publicando en poesía en este país como sí lo estoy de la narrativa, al menos por esta época. En cuanto a la dramaturgia, lamentablemente, menos que menos. Así que hablemos de narrativa para volver a decir que me parece "bastante triste". Hay narradores que me gustan, que respeto y que sigo, como Lissardi, Fornaro, Carlos Mª Domínguez o Henry Trujillo, quizás Juan Carlos Mondragón. Pero en general siento que hay cierta falta de fuerza en la narrativa y una cierta repetición en los enfoques o los procedimientos. No puedo dejar de ver nuestra narrativa como algo monocorde. Además, a todo esto hay que sumar el factor crítica. Uno lee los suplementos culturales montevideanos y en seguida nota entre líneas las rencillas provincianas de aquel lado, los favores, los compromisos adquiridos. Eso da como resultado un ambiente en el que la discusión se hace difícil. En estas últimas dos semanas las notas de Ignacio Bajter y de Roberto Echavarren aparecidas en BRECHA, a partir de una novela de Ercole Lissardi, dan la pauta de toda la tierra que estaba escondida debajo de la alfombra. Entonces esa disusión me pareció valiosa. Hay que recordar también el tema de los "levreristas", los seguidores de Levrero que llevan a cabo una especie de apostolado publicando libros que son una falsa sombra de la obra del maestro. La muerte de Levrero, entendida como la clausura del crecimiento de su obra, trajo consigo un rompecabezas que las nuevas generaciones tienen que armar, porque cierto tipo de relato se agotó con el autor de "La novela luminosa". Y me estaba olvidando de la narrativa que revisa el último proceso dictatorial, que es poco generosa con el lector, ya que se deshace en otros cometidos que dejan lo literario por el camino. La novela sobre la dictadura que a mí me parece una obra maestra, y que debe ser insuperable en cuanto al abordaje de ese tema en nuestras letras, es la novela "Las ventanas del silencio", de Amílcar Leis Márquez. Pero estamos hablando de un libro que debe ser de 1983, creo. Por eso digo que la actual narrativa uruguaya, con las excepciones que hice, me parece aburrida, poco original. Me parece que esa abstracción llamada "literatura uruguaya actual" en algún momento va a tener que reventar, es preciso que así sea. O saltar por los aires, a ver qué baja...
Cinco libros que te gustaría recomendar a los lectores de T. de U. ...
Bueno, van cinco libros que se me ocurren ahora, sin ningún propósito canónico ni nada de eso. Son obras que se me vienen a la cabeza en este instante, como mañana pueden venírseme cinco distintas... De todos modos, son libros que yo aprecio considerablemente. La balada del café triste, de Carson Mc Cullers; La costurera y el viento, de César Aira; "Confesiones", de San Agustín; "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift, y "Naufragios", de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

sábado, 27 de octubre de 2007

¿Novísimos nuevos?

Leonardo Cabrera, por Larry (Alfonso Larrea)

Ayer a la tarde escuché una entrevista a Juan Rodríguez Laureano (Melo, 1980), Leonardo Cabrera (San José, 1978) y Pedro Peña (San José, 1975) en AM 1050 SODRE. El programa se transmitió desde la Feria del Libro de San José y, por lo que pude notar, al aire libre. Me gustó mucho, aunque me quedé con ganas de escuchar mucho más, porque al ser tres los entrevistados, y con el grado de locuacidad que tenían, el tiempo fue muy poco.
De inmediato los conductores, Alfredo Fonticelli y Pablo Silva Olazábal, destacaron el aspecto juvenil de los escritores, digamos que entre los 25 y los 30 años. Incluso en un momento, no sé si en serio o en broma (¡bah!, creo que en broma), Peña habló de "generación 2007" (¿porque en este año se hizo un programa sobre escritores jóvenes?). Como sea, lo cierto es que en el fondo me pareció un programa muy importante y por eso lo grabé. Creo que pudieron verse, siempre dirigidos por lo conductores en sus preguntas, algunos aspectos básicos de interés entre los entrevistados. Por ejemplo el tema, quizás puesto sobre la mesa por Leonardo Cabrera, de la relación entre la juventud y el impulso creativo, los orígenes de un narrador, y por qué se empieza antes con los relatos breves que con la novela. También el tema de los micro-cuentos (tan alentados desde las páginas de la revista La Letra Breve)... Pero algo que me pareció importante y que se rozó apenas fue la relación entre los narradores jóvenes y el mercado; por ahí fue Pedro Peña el que puso un énfasis, algo agregó Rodríguez Laureano y después Cabrera pasó a hablar de "una ética del narrar". Si se quería dar una idea de corte generacional, creo que también los entrevistados con sus respuestas dieron una idea cabal de diferencias precisas, de puntos de partida diversos, de disimilitudes dentro de ciertas supuestas similitudes. Creo que algo de eso se nota cuando hablan de sus relatos favoritos. Va ahora la transcripción de algunos pasajes...
Cabrera: Cuando uno es joven no tiene idea del largo aliento, digamos, ni tampoco un conocimiento y una experiencia de determinadas cosas que exigirían el envase de una novela, que exigirían desenvolverse de otra manera y con otra complejidad. Sin embargo, una idea que puede ser más o menos modesta, o un par de ideas se pueden articular en un cuento que tal vez no ocupe más de diez páginas con un éxito...
Fonticelli: ¿Ninguno de los tres arranca a escribir sin saber para dónde va?
Peña: Yo sí, dos por tres arranco a escribir sin saber adónde voy. Últimamente por ejemplo empecé a escribir una cuestión que tenía que ver más con el realismo y resulta que uno de los personajes, de tanto no saber adónde voy, se me terminó convirtiendo en un hombre-lobo, no sé, de buenas a primeras...
Fonticelli: Abandonando el realismo...
Peña: Sí, claro... Era... una especie de estudiante...
Cabrera: ¡Es un hombre-lobo realista!...
Fonticelli: ¡Ah, bien!...
Peña: Me parece que en determinado momento, si bien me ha pasado de todo, de repente una idea de un final te lleva a elaborar un cuento más logrado donde vos podés divertirte en la escritura. Si no, de lo contrario, sufrís mucho, porque tenés una idea o un personaje o una serie de cuestiones filosóficas que vos querés desarrollar y de repente eso se te trastoca, o va y viene... en el camino leíste algo que te motivó a hacer tal cosa o escuchaste una canción o te pasó algo en la vida cotidiana que influyó en la forma en la que vos estás escribiendo y el que paga el pato es...
Fonticelli: El lector...
Peña: No... y el cuento que estás haciendo...
Fonticelli: Juan, ¿cómo es tu vínculo con eso de escribir un cuento? ¿Sos de armar una idea, sos de arrancar y de ir retocando, cuál es tu camino?
Rodríguez Laureano: Me molestan algunas ideas a veces... La idea está ahí, y llevarla a un cuento, llevarla a un desarrollo es lo más difícil porque a veces ni siquiera tenés el desarrollo... Me pasó con este cuento del "Paco Espícola" [se refiere al cuento "La forma del Infierno", con el que ganó el reciente Primer Premio Paco Espínola de relatos breves], o sea la idea era en una nada de tiempo una secuencia de sufrimientos infernales para cualquier tipo...Escribirlo fue lo más difícil: soportar la idea hasta que estuviese el cuento terminado. Eso fue lo más difícil.
Silva Olazábal: Con respecto al cuento, Pedro Peña decía que él iba escribiendo y que iba cambiando, pero al final,cuando se termina el cuento, ¿ustedes creen la idea de que un cuento apunta a un solo lado, apunta al final como una flecha?
Peña: Bueno, a mí sí me gustaría que apuntara para el lado que yo quiero... El tema es que está el viento, la pericia del arquero, hay una serie de cosas que trastocan el lugar y el objetivo. Cuando tengo un objetivo claro a veces le erro. Hay una serie de cosas que se atraviesan en el medio, como te decía... Pero cuando le das, cuando ves que te quedó y le das al objetivo, empieza una satisfacción muy grande, tanto que te cuesta mucho volver a ese cuento porque no lo querés retocar en un principio, entonces lo que está bueno hacer, lo que yo he aprendido a hacer, un poco conversando con algunos, con Leonardo, por ejemplo, como con algunas otras personas cercanas a mí en el plano literario, es dejar las cosas dormitar un rato y después volver a ellas a ver qué tal, y resulta que después a los dos o tres meses "el gran cuento que llegó al objetivo" se deshace, se deshace un poco. Más si tenemos la constancia de ser autocríticos, que me parece que es lo que el lector se merece.
Cabrera: Yo creo que sí, que el cuento persigue un efecto, por lo menos el cuento como lo concibo yo. El tema es que, por ejemplo, cuando empecé escribiendo cuentos era extremadamente efectista. Perseguía un efecto... aunque la metáfora del box de Cortázar está extremadamente utilizada, la de que el cuento gana por knock-out y la novela te gana por puntos, creo que así, no porque sea muy utlizada y se haya repetido tanto, ha perdido verdad. A mí me pasa que considero que tiene que cumplir un efecto. Porque en ese tiempo la intensidad y el vértigo del cuento es lo que para mí le da la fuerza.Por eso el cuento hay que trabajarlo tanto como si fuera un mecanismo de relojería. El que lee un cuento tiene que decir: "Bueno, pero acá todo tiene que estar en un lugar por algo".
Fonticelli: ¿Un ejemplo de cuento?
Cabrera: "Por un bistec", de Jack London. Es uno de los mejores cuentos que he leído. Yo lo estaba leyendo, me acuerdo, en un verano, una noche en Atlántida, sentado en la playa mientras mis amigos revoloteaban, y yo decía: "No... Que no pierda, por favor... Que no vaya a perder este hombre". Y llega un punto en el que me digo: "Va a perder. Va a perder". Y perdió nomás.
Rodríguez Laureano: Un relato un poco más largo que un cuento: "Bartleby, el escribiente", de Melville... "Bartleby...". El personaje es lo menos efectista posible, es la negación total de las cosas. El cuento termina como un puch, pero la historia de Bartleby es justamente la más perfecta historia del anti-héroe. Todo el cuento es la relación que se establece por la falta de voluntad de Bartleby en sus acciones, en su cabeza y en la ignorancia del otro personaje de lo que le está pasando al tipo que tiene al lado, hacen que el personaje del cuento no sea ninguno de los dos sino la relación establecida, la relación vaga que al final tienen...
Silva Olazábal: Pedro Peña: ¿un cuento?
Peña: ¿Tres cuentos dijeron que se podía decir? (Risas)
Fonticelli: Vamos a ver si lo dejamos...
Peña: Uno es "Luvina", de Rulfo, que me parece un cuento notable... Después, hay un cuento que me impacta siempre que lo leo, que es "La tercera expedición", de Ray Bradbury, incluso me emociona y me hace llorar en algunas partes. Y el otro que siempre me gusta recomendar es "María del Carmen", de Paco Espínola, que ya que estamos en la tierra de Paco, "María del Carmen" es un de esos cuentos perfectos, donde además hay un gran papel del humor metido en toda esa situación morbosa de un casamiento entre una muerta y un pretendiente que la ha dejado embarazada.
Fonticelli: Pedro... Ustedes cuando hacían La Letra Breve, ¿alguna vez recibieron mini cuentos, micro relatos? ¿Qué opinan de ese género?
Peña: Recibimos. Más que nada el que los recibía era Leonardo, que era el que se encargaba de esa parte. Eran a mi entender un gran aporte a la revista. Eran como perlas que nosotros poníamos en el medio de las páginas, sobre todo siguiendo los criterios de edición de Leonardo que tenían que ver con facilitar la lectura de la revista, como una especie de descanso tras el artículo largo o el cuento largo. Sería injusto no mencionar también cuentos que he leído recientemente, inéditos, que salieron en la revista o de gente conectada con la revista. Por ahí hay un cuento que se llama "Matrimonio", de Damián González Bertolino, que es muy bueno y que es un cuento que está inédito, y en la revista no dio el tiempo para publicarlo porque la cerramos antes. Y por ahí otro cuento de un amigo de Leonardo, de Minas... Es un cuento que se llama "El tala de los angelitos", de Leonardo de León.
Cabrera: A mí el micro cuento me gusta mucho. Yo recuerdo que cuando empezamos a sacar micro cuentos en la revista algunas profesoras de literatura de acá los utilizaban en las clases y analizaban los micro cuentos y alentaban a escribirlos y a diferenciar que no era una adivinanza, no era que algo se escondía, era una historia a la que le faltaban partes y que estimulaba y que era más lo que no se decía que lo que se decía.
Rodríguez Laureano: Es difícil la diferencia me parece entre el micro relato y la poesía que hacen algunos relatos. Por ejemplo en Pizarnik. Hay cosas de Pizarnik que me parece mucho de los micro relatos: la presencia de lo ausente. Y eso es quizás la esencia del micro relato. En un micro relatos qué entrarán. ¿Dieciséis palabras, veinte palabras? No mucho más... Con veinte palabras encarar una situación, desarrollarla y terminarla es muy difícil. Entonces lo que me parece es que el micro relato lo que tiene que ser es un paréntesis.
(...)
Silva Olazábal: ¿Cómo ven ustedes el futuro o el presente en este momento en que la industria editorial casi que no publica cuentos?
Peña: Eso tiene que ver con difusión... Yo la verdad que reniego del cuento ahora mismo, quiero escribir una novela, en lo posible que se trate de la dictadura o que tenga que ver con alguna figura histórica del pasado, y voy a ver si me dedico a eso a ver si puedo hacer plata, porque escribir cuentos de ciencia-ficción me parece que en ningún momento me va a dejar. No, en serio... Creo que el ambiente editorial uruguayo casi que es pésimo con el tema de los cuentos. Quisiera pensar que el último libro de Ricardo Prieto es de cuentos. No lo tengo muy claro. El otro día estuvo en la Feria y habló un poco de ese tema. Pero se editan muy pocos. Los escribimos cuentos estamos casi que ninguneados. Hay una literatura que transita por lugares muy comunes. Y bueno, apelamos al morbo y a la figura conocida y escribimos algo como lo de Paco [Casal]. De todas formas, lo que a mí parece plantear es que es difícil, es raro que salgan cuentos, porque se aspira a otra cosa. Los libros más vendidos son de cocina o tienen que ver con esta especie de fenómeno de investigar una personalidad. Los formalistas rusos que hablan de la literariedad como designadora de la obra de arte literaria se arrancarían los pelos.
Rodríguez Laureano: Pensar en el cuento y en la venta masiva, por lo menos acá en Uruguay, es estar un tanto errado. Después buscar sus motivos, te lleva a una conclusión fácil: se edita poco. A todo el mundo cuando llega a una editorial [le dicen]: "No, cuentos no. Pensá mejor en una novela, o pensá mejor en un ensayo. Eso es lo que más se vende". El último libro de Ricardo Prieto es de cuentos... Hay pocos escritores que como Ricardo Prieto se hayan empecinado en editar libros de cuentos, que no son escritores que vendan muchísimo. Pero yo no recuerdo a cuentistas uruguayos que no hayan logrado una venta que no sea por los canales del boca a a boca o la del librero que leyó y que le gustó. Los canales de difusión de los cuentistas están cerrados, o por lo menos no están visibles.
Cabrera: El tema ahí está en la responsabilidad ética del creador, en ese empecinamiento del que hablaba Juan recién. Ese empecinamiento tiene que existir, porque no puede ser que el mercado a mí me marque qué es lo que yo tengo que hacer. Si yo voy a una editorial y me dicen "Escribite una novela", yo les voy a decir: "Yo voy a escribir una novela si me surge". El punto es que yo quiero ser leído por mis lectores. Pero bueno, habrá que seguir contra la pared. Habrá que esperar que surjan otras revistas como la que teníamos nosotros, y que de repente vuelve.
Peña: A ver, vamos a aclarar un tema. Yo soy crítico con el tema literario y con el tema editorial. Pero también no está en que sea una novela de dictadura... La literatura es buena o mala. No hay otra cosa. Así como hay novelas históricas como "¡Bernabé, Bernabé!", que es notable, me imagino que debe haber otras que no lo son tanto. El tema no es atacar el género, sino atacar cuando alguien persigue el éxito después de que uno lo colocó como arquetipo, y cuando aparece una novela histórica que logró un éxito determinado y después viene atrás alguien esperando el éxito y pensando con una mente comercial dice: "Voy a repetir esta fórmula". Eso es lo que yo critico. Yo tengo por ejemplo ahora las memoria de Damiani, una cosa así, después del éxito de Paco... de Paco Casal estoy hablando... Discriminar es muy bueno también, es saber qué es bueno y qué es malo, qué literatura de la dictuadura es muy buena, "El furgón de los locos", se me ocurre, y qué literatura es más advenediza. Ese es el tema.