Mostrando las entradas con la etiqueta papá. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta papá. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de octubre de 2010

Apuntes de fútbol (V)


Esta es la hora en que los niños se agarran con fuerza de una de las ramas más bajas de un árbol al que han estado subidos. Ahora tiran de ellos porque quieren llevarlos de una vez por todas a sus casas, a hacer lo que tienen que hacer en el mundo.
Más o menos a mediados de 1995 (después de la Copa América jugada aquí en Uruguay) empecé a interesarme con cierta seriedad por el fútbol. Escuchaba, por ejemplo, las campañas del Peñarol del Quinquenio de Oro a través de Radio Carve, de Montevideo, en la voz de Carlos Muñoz. En ese mismo 1995, luego de la excitación común que había dejado la obtención de la Copa América en todos nosotros, las autoridades de la AUF habían dispuesto que en la primera fecha del Campeonato Clausura, es decir el torneo inmediatamente posterior a la final de Uruguay contra Brasil en el Centenario, hubiera, nada más ni nada menos que un clásico. Un notorio golpe comercial. Esa tarde, una tarde de agosto, con sol pero mucho frío, me enojé con mi padre. Yo tenía quince años y aquello podía ser una cosa corriente. Pero a mi padre le sorprendió mucho el motivo. Quería quedarme en casa escuchando en la radio el partido entre Peñarol y Nacional. Mi padre, en cambio, me obligó a acompañarlo a recoger leña a un monte de eucaliptos que quedaba del otro lado del hoyo 15 del club de golf. Era un monte profundo que tenía, sin embargo, un inmenso claro donde entraba el sol y donde algunos muchachos de mi barrio que iban a soltar caballos a ese lugar habían encontrado personas ahorcadas en lo más alto de aquellos follajes. Al final, estuvimos algunas horas recogiendo leña y cortándola y acomodándola en el carro, y ninguna cosa de lo que había alrededor me comunicaba nada sobre actividad humana alguna, mucho menos con lo que podía estar sucediendo en un partido de fútbol jugado a 130 kilómetros. Cuando regresé a casa me enteré de que el clásico había sido un fiasco, un 0 a 0 que parecía devolvernos a las apuradas a nuestra cotidianeidad sin brillo. En Nacional, por ejemplo, jugaba Álvaro Gutiérrez un muy buen número cinco, aficionado a coleccionar guitarras y más recordado por no haber errado el penal en la final contra Brasil que por haberlo convertido. En Peñarol, desde luego, la estrella era Pablo Bengoechea, el autor del increíble gol de tiro libre que terminó poniendo el 1 a 1 en aquella final.
Pero también seguía muy de cerca, en los relatos de Víctor Hugo Morales, para Radio Continental de Buenos Aires, las campañas de River Plate y de Vélez Sársfield, que fueron los equipos más existosos y vistosos de por esos años. Esto, de forma curiosa, me unía profundamente a mi padre. Porque en el fútbol argentino él era hincha de esos dos clubes. Antes de conocer a mi madre, mi padre pasó una época en Buenos Aires. A él no le gusta o directamente, de pura pereza, no le dan ganas de hablar sobre su pasado. Es más, en el caso de esa temporada en Buenos Aires, ya ni siquiera recuerda de qué años se trata. Así que hay conformarse con que de vez en cuando en una conversación aislada suelte alguna perla un poco sucia a la que uno debe lustrar con paciencia para hallar, sea como sea, el brillo de toda una historia. Un día cayeron las pistas: los fines de semana iba al Monumental o algún otro estadio a ver a River Plate. Mi padre estaba fascinado con un jugador de River Plate que se terminó transformando uno de los más trascendentes de toda su historia: Norberto Alonso. Pero si un domingo River jugaba en algún lugar alejado al que mi padre no podía llegar con facilidad, entonces iba a ver a otro jugador que admiraba: Carlos Bianchi. Bianchi, más conocido hoy en día por su carrera como director técnico, fue en su época de jugador un goleador espectacular. De hecho, hasta el día de hoy, es el jugador argentino que más goles ha convertido en partidos oficiales en cualquier liga del mundo (385). Eso hacía mi padre cuando ver a Norberto Alonso se le hacía difícil: ir a entusiasmarse con el juego certero de aquel centrodelantero prematuramente calvo, como él mismo. También quizás le causara gracia que al salir del estadio de Vélez tuviera que pasar por un barrio llamado Kennedy, al igual que el lugar de Punta del Este donde se crió. Gracias a estos datos pude al final determinar más o menos la época en la que mi padre vivió en Buenos Aires. No fue más allá de 1973, ya que en ese año Bianchi fue traspasado al fútbol francés, al Stade de Reims. En 1975 mis padres se conocen y en 1976 se casan en Maldonado. En 1976, casualmente, Norberto Alonso es transferido a Francia, al Olimpique. En 1980 nazco yo y, a escondidas de mi madre, que seguía convaleciente en el sanatorio, mi padre rompe el pacto que ambos habían realizado de colocarme un solo nombre. En el registro, pronuncia para su primer hijo un segundo nombre que en esos años seguía revelando una pasión: Norberto. Tanto en la escuela como en el liceo, traté de ocultar mi "Norberto". Cuando aparecía llegaban las risas y la vergüenza. Después hice una especie de pacto y hasta lo terminé adoptando en un seudónimo con el que publiqué mis primeras cosas. De vez en cuando, al hacer zapping, veo a Norberto Alonso en uno de esos programas de opinión que hay en los canales deportivos del cable y no le presto mucha atención a lo que dice en un principio porque me llega de nuevo toda esa historia familiar. Así es cómo terminé más o menos acostumbrándome al nombre "Norberto", como quien al final se acostumbra a un pariente fastidioso que se va poniendo viejo y requiere, después de todo, algo de nuestra capacidad para la piedad. Hace muy poco, encontré un dato que revela otra interesante coincidencia entre Alonso y Bianchi. Cuando ambos regresaron del fútbol francés, fueron compañeros en Vélez Sársfield en las temporadas del '82 y el '83. No sé si mi padre lo sabe. En esos años él ya tenía 30 y estaba criando a sus primeros dos hijos.
Yo tenía quince o dieciséis años, entonces, cuando empezaba a descubrir que el fútbol me conectaba además con otros asuntos que lo excedían. En aquellos veranos escuchaba a Víctor Hugo Morales, y a veces la noche me agarraba en el club de golf sin que hubiera terminado de trabajar. Cuando llegaba a mi casa me podía encontrar con mi padre, que había escuchado también él el mismo partido. Una noche de un calor tormentoso, a mediados de diciembre, me sorprendí con la euforia de mi padre por un partido que había acabado de oír en Continental y en el que Vélez Sársfield (con Bianchi ahora como director técnico) había derrotado a Boca Juniors para coronarse como campeón. Mi padre me hablaba de lo que había jugado José Basualdo como si lo hubiera visto. Como no había podido escuchar ese partido, al otro día en el club corroboré todo en las páginas de Clarín y me apoderé del poster de Vélez que el diario traía. Ahora, cuando hago memoria de cómo era mi cuarto, veo aquel poster con jugadores como Patricio Camps o Fernando Pandolfi, y, por supuesto, el gran José Luis Chilavert, un arquero que en esos torneos terminaba siempre a la mitad en la tabla de goleadores y que le contagió las ganas de hacer goles a otros colegas del arco como Ignacio González, de Racing, o Bossio, de Estudiantes de la Plata. Pero junto a aquel poster de Vélez Sársfield estaba el del Peñarol campeón uruguayo de 1997, el que había jugado las finales ante Defensor Sporting. Ahí estaban grandes glorias como Pablo Bengoechea, Carlos Aguilera, pero también jugadores jóvenes como Antonio Pacheco o Marcelo Zalayeta.
Hace varias semanas, un miércoles de noche, vi por televisión un partido atrasado entre Peñarol y Wanderers que me hizo actualizar varios de esos viejos gustos y sentimientos de los '90 que describí más arriba. En el partido, que terminó ganando Peñarol por 2 a 1, pude observar a Antonio Pacheco, trece años más tarde desde que fue tomada la fotografía que terminó contra la pared de mi cuarto. Ya no tiene aquellos arranques explosivos de velocidad sobre la última zona del campo rival. Ni se lo ve tanto en el área para esos típicos remates ajustados forzando la pierna hacia abajo; entonces el gol se aseguraba, porque donde otros jugadores enviaban la pelota a las nubes, el mismo cuerpo de Pacheco anticipaba la trayectoria del balón, que picaba en el césped y salía disparado ya hacia la red. Ahora Pacheco juega un poco ocupando la estética y el criterio que Bengoechea dejó vacante en el equipo con su retiro. Pacheco arranca desde más atrás, lanza pases al vacío y definitivamente es el dueño de todos los corners y los tiros libres. Hay algo que se perdió, pero al mismo tiempo hay algo que hizo su aparición.
En el descanso de ese partido entre Peñarol y Wanderers, me dediqué a hacer un recorrido por los otros canales deportivos, y me quedé definitivamente en uno de esos compactos de goles de todas las ligas. La verdad es que lo que observé se me juntó con la conciencia de saber cómo estaba jugando Pacheco y el resultado fue como una especie de malestar impreciso.
Primero fue un gol de Michael Owen para el Manchester United. La voz en off del periodistas dijo algo así como "Michael Owen... el niño maravilla... Ya tiene treinta años el niño maravilla". Fue un comentario al pasar, pero me caló hondo. ¿En qué quedó para el fútbol inglés toda aquella promesa que incluía al mismo Owen haciéndole un gol espectacular a Argentina en Francia '98?, pensé. Me di cuenta de que ya estábamos viendo los últimos goles de Owen, y no ya los goles que anticipaban todos los que vendrían en un futuro... Hace goles ahora entre semana por la Carling Cup, pero nos quedamos con ganas de ver sus goles en el Mundial de Sudáfrica 2010... Después hubo un par de resúmenes más y tuve ante mí a Hernán Crespo, en su reciente nueva etapa en el Parma italiano, convirtiendo por fin su tan esperado gol en ese regreso. Cuando pasan el replay, se nota que es un gol realizado con un esfuerzo imponente. Crespo anticipa a los zagueros, estira la pierna y desvía casi sin ángulo hacia el fondo del arco la pelota que han desbordado. Unos segundos más tarde llegó Matías Almeyda, el mediocampista de River Plate, pero en este caso declarando algo acerca del próximo rival de su equipo.
Hernán Crespo y Matías Almeyda no son ni de lejos ya esas caritas repletas de lozanía y candidez que uno podía ver en las fotos de El Gráfico a mediados de los '90, cuando ambos formaban parte de aquel extraordinario equipo de River Plate que ganó la Copa Libertadores de 1996 y que en 1997 obtuvo en el campeonato argentino números como los de la histórica máquina de los años '40, cuyos delantera tenía a Moreno, Pedernera, Di Stéfano, Labruna y Loustau. En el ataque de aquel River del '96/'97, dirigido por Ramón Díaz estaban Francescoli, Berti, Ortega, Crespo y Cruz, y además iban y venían Gallardo (hoy en Nacional), Salas y Solari (hoy en Peñarol). Aquellos jugadores fueron parte de los primeros que comencé a admirar cuando me interesé de verdad por el fútbol. Cada martes, me subía a la bicicleta y llegaba hasta un quiosco a la altura de la parada 2 de la Brava para comprarme el último número de El Gráfico. Allí estaban todos esos jugadores.
Hace poco estaba hojeando El Gráfico del mes de setiembre (ahora que esta revista sale, desafortunadamente, de forma mensual). En la tapa vemos a Matías Almeyda y muy cerca de su pera la frase del titular: "Señor Milagro"... El año pasado, jugando en el equipo senior de River Plate, Enzo Francescoli se fijó en lo bien que seguía jugando uno de sus compañeros de equipo: Matías Almeyda. Le propuso de inmediato algo: que, teniendo en cuenta la pobre campaña del club en Primera División, sería de mucha ayuda que regresara al fútbol. Y así lo hizo. Hoy Almeyda tiene 37 años, una edad en la que muchos futbolistas están retirados de hace tiempo, y no sólo es titular en River, sino que es el líder espiritual que busca sobreponer a todo el mundo de una campaña final en 2009 que dejó al club al borde del descenso. La entrevista de El Gráfico está atravesada por el tema del tiempo. Almeyda, que ya no es hoy aquel "Pibe de Azul", como lo llamó Víctor Hugo Morales en sus comienzos, sabe que lo que está viviendo es un regalo, una última postergación antes del fin total. Dice que sus hijos están sorprendidos de que a la salida del colegio le pidan autógrafos, y que, incluso una de sus hijas, se niega rotundamente a acompañarlo al estadio para verlo jugar. Almeyda sabe que una lesión a su edad puede ser el final. Pero sabe también que hay una tensión mayor que lo afecta en su vida, en un nivel más amplio.
Fijándome de nuevo en las declaraciones de Almeyda para esa entrevista, puedo distinguir un poco mejor en qué consistía el "malestar impreciso" de esa noche en que pasé del partido de Peñarol a los goles de Owen y Crespo. El caso de Almeyda sintetiza en realidad bastante bien el conflicto del jugador que se resiste al abandono del juego, porque es abandonar al mismo tiempo un mundo mágico e infantil, un mundo donde el rigor de las referencias de la adultez o lo que llamamos la "cruda realidad" quedan suspendidos, postergados. Sin embargo, ese malestar no es ajeno. Me concierne. Estoy siendo testigo, en realidad, del agotamiento de las figuras que aparecieron junto con mi interés por este deporte. Y lo que es más importante: estos jugadores tienen más o menos mi edad. Ya no cuentan tanto las jugadas aisladas, ya no son tan determinantes los goles esforzados. Estos jugadores transmiten con sus movimientos eclipsados el fin de una época, el anuncio de la salida del universo ficcional que es el reducto del campo de juego, para entrar en el espacio abierto y de reglas más difusas de la propia vida.

martes, 15 de junio de 2010

Apuntes del tipo "lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar"


1: Mi padre es un tipo muy peculiar. Suele enviarme mensajes de textos en cualquier momento del día, y esos mensajes a veces me llegan en situaciones absolutamente irreconciliables. Por ejemplo: estás saliendo de la presentación de un libro, o llegás del supermercado con todas las bolsas cortándote los dedos, te suena el celular y recibís el siguiente mensaje: "Ajax para Lodeiro guacho bien". En momentos de cansancio por las actividades a lo largo de la jornada, esos mensajes son pequeños oasis de alegría, aun cuando el mensaje diga: "Pakistán terrible 5 muertos". Lo que posee esa especie de parte o telegrama deportivo, político o policial que se desarrolla día a día es simplemente la presencia de mi padre, que está ahí pensando en mí. No tiene nada de misterioso. Esta tarde, mientras caminaba por un pasillo del liceo yendo a buscar a un estudiante que no había asistido en toda la semana pasada, suena el celular: "paraguay 1 italia 0". Y me sentí dos veces contento.

2: No hincho nunca por Italia. No me simpatiza la selección de Italia. No me gusta cómo juega, y si me gustara, creo que el caso no sería distinto. Pocos de sus jugadores admiré (Roberto Baggio, Alessandro del Piero...). De niño yo ya escuchaba a mi madre hablar en italiano, mis bisabuelos eran italianos, mi abuelo era italiano, mi hermano vive en Italia y es ciudadano italiano, su pareja es italiana, admiro profundamente, hasta los huesos, a Federico Fellini, de niño en el club me llevaba de maravilla con cuatro o cinco italianos que llegaban cada verano, ansío conocer Mioglia, un pequeño pueblo de Savona cuya población es cada vez menor, hasta lo alarmante, y en donde nació en 1874 mi bisabuelo Giuseppe Bertolino. Giuseppe Bertolino fue uno de los primeros inmigrantes que se asentaron en el barrio Nuevo París, de Montevideo. Hoy en día Nuevo París es un sitio donde la mayoría de los hijos y los nietos de esos inmigrantes italianos, judíos, polacos, yugoslavos, armenios, continúan sus días en esas calles que demarcan los puntos absorbentes de las curtiembres de la zona. Incluso allí está establecida la editorial La Propia Cartonera, que publicó el año pasado mi relato "Los alienados", a tan sólo dos cuadras de la casa de la calle Triunfo en donde creció mi madre, rodeada de fincas con quintitas en el patio y con vides, y discusiones de viejos borrachines de vino dominguero gritando a sus hijos "Mascalzooooone!!!" como todos unos personajes de una novela de John Fante. Una cosa así es impactante. Parece que tengo motivos de sobra para hacer de Italia mi segunda selección del Mundial, luego de Uruguay, lógicamente.
Sólo una vez vibré y me emocioné con Italia, pero fue porque el rival, Alemania, me resultaba un tanto más insoportable. Fue durante una de las semifinales de Alemania 2006, cuando los italianos enfrentaron a los locales y los dejaron afuera. Mi hermano Franco vivía en Nuevo París porque por esa época cursaba una licenciatura en composición en la Facultad de Música. Yo había ido a visitarlos a él y a nuestra abuela Elcira (Devitta), aprovechando mis vacaciones de invierno. Cuando Grosso convierte aquel gol tan duro e inesperado casi al final del segundo tiempo del alargue, Franco y yo saltamos de la alegría. Y unos minutos después, cuando del Piero cierra la clasificación definiendo con calidad extraordinaria ante la salida de Lehman, abriendo la cara interna de su pie derecho y mandando el envío con comba al palo más alejado, en ese instante saltamos cantando "Iiiiitaaaaaaaalia... Iiitaaaalia...". El encuentro duró poco minutos más, y después salimos a la calle a escuchar los ruidos de los petardos que tiraban varios de los vecinos del barrio para festejar el pasaje a la final. Pero fue la única vez. Al siguiente partido, en plena final, ya estabábamos hinchando por Francia, totalmente fascinados por la reaparición merecida y sorprendente de Zinedine Zidane a partir de su partido de octavos de final ante España, un acontecimiento sobre el que ya escribí algunas cuantas líneas. Y por ahí queda la cuestión. No puedo, no puedo hacerlo. Me aburre excesivamente el calcio, no puedo soportar los compactos de goles de la liga italiana donde el 102.5 % de los goles (porque los replays son insufribles) son de jugadas surgidas desde amontonamientos, o rebotes, o tiros libres con forcejeos extremos en el área, etcétera, etcétera... Por eso un jugador como Ronaldinho Gaúcho terminó por no ir al Mundial. Pudo haber descollado en el fútbol español, acorde a sus movimientos, pero no en el Milan. ¿Una respuesta final?... No tengo idea. ¿Es la aversión al catenaccio una explicación? ¿Es lo prosaico y oportunista? No, nada de eso. Quizás lo sepa mucho después.

3: Consigo llegar a ver el segundo tiempo del partido....
Minuto 59. Sale Marchisio e ingresa Mauro Camoranesi en la selección italiana. Acapara el medio del terreno, convierte en un poco más ágil el trabajo de los volantes italianos. Es dinámico, despierto, inteligente, de buena técnica. Corre, marca, llega a las pelotas casi perdidas, pasa la pelota, se libera de la marca. La recibe, la distribuye de nuevo. Traba, llega a tiempo. No llega a tiempo. Se gana la amarilla. Algunos minutos después quizás merezca otra amarilla, pero el juez mexicano la deja pasar y sólo cobra foul. Italia ya ha logrado empatar el partido. Camoranesi es de los que sienten atravesando la lluvia que el partido puede ser ganado. Paraguay se repliega y busca el contragolpe milagroso para un gol de Vera o de Santacruz. Mauro Camoranesi....
Mauro Camoranesi. 33 años. Nacido en Tandil, provincia de Buenos Aires. Cada vez que lo veo jugando por Italia o por la Juventus, se me hace difícil no pensar en la pobreza de gran parte de nuestro fútbol y partir de allí hacia la impotencia. Mauro Camoranesi se consagró campeón del mundo en Alemania 2006. En 1997, había jugado toda la temporada en Wanderers, de Montevideo, y sus asentaderas tan cotizadas hoy en día calentaron las maderas despintadas de más de un banco de suplentes en muchos barrios de Montevideo. Camoranesi, sea por lo que sea, pasó de Wanderers a Banfield. No jugó ni en Peñarol ni en Nacional. Lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar.

4: Bueno, hoy Japón le ganó a Camerún 1 a 0. El gol de Japón lo hizo un japonés. Y también Holanda le ganó a Dinamarca 2 a 0...

5: Desplazamientos. Uruguay. Paraguay. Charrúas. Guaraníes... Guaraníes. Guaraníes... Es ya sabido que la selección paraguaya, que empató con justicia hoy ante el último campeón del mundo, ocupó de por lo menos quince años a esta parte el lugar que Uruguay ocupaba en el concierto del grupo de los sudamericanos, es decir el lugar del telonero que a veces es invitado a subir al estrado donde cantan Brasil y Argentina. Ahora está allí Paraguay. Y Paraguay le pasó su sino a Uruguay. Viéndolo jugar a Paraguay como hoy lo vi jugar contra Italia, se me vino a la cabeza que quizás ofrezca un ideal de cómo tendría que ser en parte el juego de nuestra selección, o cómo podría evocar un pasado más o menos inmediato de la Celeste. Tiene fortaleza, decisión, cierta precisión y cierta contundencia que acá parecen haberse difuminado entre los elogios de la prensa, los negocios de Casal y las políticas de selección improvisadas o enclenques hasta, posiblemente, esta política de trabajo de Tabárez. Pero nosotros somos los charrúas, y ellos son los guaraníes. Si, como dice Daniel Vidart en su libro "La trama de la identidad nacional", no hay una presencia aún todavía debidamente documentada de esa tribu en nuestro territorio, como sí lo hay sobre la guaranítica, el mote de nuestra selección es un artificio, casi casi como lo podía ser la figura de Martín Fierro para Borges. O como sostiene Carlos Maggi en una nota de Marcha que el mismo Vidart recoge para otro de sus ensayos ("Sobre la identidad nacional"): "Hay quienes sostienen que tenemos sangre charrúa porque no tenemos charrúas". Desplazamientos... Los paraguayos son los guaraníes. De hecho, hablan la lengua guaraní: la sangre siempre caliente del lenguaje los nutre por igual.

6: Dudas. Iusiones. Dudas.... Dicen que Forlán va a jugar de enganche contra Sudáfrica, y que le cede su lugar en la cancha a Cavani. Más desplazamientos... Sacrificamos a los mejores por inaptitudes ajenas, nivelamos para abajo...

7: Messenger mental:
Xavi: "Si ganamos, me tiño el pelo con los colores de España." (en El País, de Madrid)
Yo: Te entiendo.

domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

Para seguir leyendo, hacer click aquí.

martes, 12 de enero de 2010

Verano XXI (todos los pequeños milagros)


En el último día del año pasado, temprano por la mañana, recibí la visita de uno de esos amigos que veo cada tanto, quizás dos o tres veces por año, pero con los que es fácil entablar en seguida un diálogo ameno y franco que salva desairado el tiempo transcurrido en el que cada uno sabe muy poco o nada sobre el otro.
Yo estaba terminando de desayunar y leyendo "Bullet park", de John Cheever, cuando golpearon a la puerta. Era S. Con S. hablamos mucho de cine, así que casi de inmediato comenzamos a discutir acerca de las cosas que nos habían parecido de lo mejor en el año. Yo, de pronto, empecé a insistir en que "Ordet" (1955), de Carl Theodor Dreyer, había sido la película que más me había conmovido de todo lo que había visto. No estaba hablando de lo mejor ("Ordet" es, en mi opinión, excelente, sin dudas), de lo logrado en cuestiones técnicas (que poco manejo), etc. Estaba hablando de la posibilidad de que una película te quede en la cabeza unas cuantas horas después de vista. Y una mañana o una tarde sale uno de trabajar y se encuentra con una secuencia de esa misma película pasándose una y otra vez. Y en la semana esa secuencia de repente atraviesa todas las preocupaciones y los diversos sentimientos y pensamientos y se instala como una gaza cayendo desde el cielo y posándose con extremada lentitud sobre todos los objetos familiares. Estás comiendo con tu gente, girás a la izquierda y te das cuenta de que el espacio entre ambos está ocupado por una serie de pensamientos que despertaron las imágenes y los diálogos de una película. Es un ambiente rural de Dinamarca. El padre de familia (padre de tres hijos, uno adulto casado, otro adulto que enloqueció y se cree Jesucristo, y un tercero bastante mozo y en edad de casarse) se sienta en el galpón donde están encerrados los cerdos. Los mira solazarse tras la cerca. Su nuera, esposa de su hijo mayor y mujer de la casa se le acerca. En realidad quiere convencer desde hace rato al viejo para que consienta el casamiento de su hijo menor con una chica que pertenece a una familia ortodoxa. En cierto instante, hablan de lo imposible. O de las cosas que damos por imposibles. El viejo es testarudo, pero tampoco se come los mocos. Ambos saben que los milagros cercan nuestras vidas. El hecho está en cómo entendemos la dimensión de los milagros. La nuera se muestra muy esclarecida en lo que quiere dar a discutir. Todo el tiempo hay milagros, dice, los milagos nos pasan a cada rato bajo nnuestras narices. El problema es que buscamos los milagros siempre como algo parecido a un ángel que baja en lo peor de todo el asunto y nos pide que nos comamos un libro. El milagro no debe ser siempre (o nunca) algo como la última revelación de todo un proceso. Existen los pequeños milagros. La vida es imposible sin los pequeños milagros, y nuestra gran desgracia es no percibirlos, dejar a esos pequeños milagros desamparados. El tema, por supuesto, es tener una idea más o menos clara de qué constituye un pequeño milagro. ¿La mismísima salida del sol y, en consecuencia, cada parte del mecanismo que hace que el día se cumpla y logre su cometido? Una rama levantándose al viento, como una persona que saca pecho, te puede herir de pasión.

Ahora es de tarde. Continúa siendo el último día del año 2009. Estoy sentado en la playa Kennedy leyendo "Bullet park" luego de haber nadado un rato. A veces detengo la lectura, hago alguna anotación sobre un hecho que sucede a mi alrededor o cualquiera otra cosa. Por ejemplo escribo en la libreta: "Algo de viento fresco; el agua también un poco fresca, pero se necesita que alguien ponga un poco de uno mismo para que las cosas sean como tienen que ser o como uno hubiera querido que fueran." Sinceramente, más allá de lo que pueda interpretar ahora, no entiendo bien qué significa y no recuerdo con exactitud a raíz de qué escribí esas líneas en la libreta. Pero, de todos modos, estamos en la última tarde de 2009. Un par de adolescentes se acercan a la orilla con una pelota de fútbol. Uno de ellos, el de la izquierda intenta hacer con la pelota ese tipo de pavadas que hace Cristiano Ronaldo. No le sale nada. Tiene los pechos de una niña de 11 ó 12 años y se sacuden histéricos con cada pisada o con cada movimiento que le permita lograr el equilibrio adecuado para poder dejar la pelota trabada entra la parte posterior de su pantorrilla izquierda y el empeine de su pie derecho. Repito: no le sale nada. Creo que podría probar con ser certero en los pases de más de cinco metros. Como sea... Sigo leyendo a Cheever y subrayo una frase: "Es cierto que la sanación milagrosa es lo único que no hemos intentado, pero no sé si estoy dispuesto a arriesgarme." Después termino esa página, sigo con la otra, doy vuelta hacia la siguiente, etc. El argumento y sus manifestaciones, o cómo reaccionan los personajes ante esa manifestación argumental me atrapa cada vez más. Pero algo no funciona ahora a mi alrederor. Siempre prefiero leer en la playa Brava antes que en la Mansa simplemente porque me es más fácil concentrarme. El ruido continuo del oleaje neutraliza las conversaciones ajenas y todos los otros ruidos. Pero resulta que a partir de cierto instante no hay mucho que neutralizar. La gente se ha levantado de sus sillas, ha abandonado el agua o sus juegos de pelota o sus lecturas de diarios, libros o soluciones de sudoku y se ha apiñado en un sector de la orilla, a unos veinte metros a la derecha. Las olas traen lentamente el cuerpo oscuro y reluciente de un pequeño lobo de mar. Al principio me parece que está muerto, pero no... El lobito, que tiene un poco más de medio metro, se deja arrastrar y revolcar a medias por las olas. Hasta que llega a la orilla con su paso tambaleante y simpático. La resaca del agua que regresa le amontona arena contra la parte baja del pecho. Hay un montón de niños expectantes que comienzan a formar un semicírculo sobre el animal. Los padres están a muy poca distancia de sus hijos, como si fueran los custodios de una emoción escondida que le tenían preparada a sus hijos para esas vacaciones. Casi nadie habla. Algunas personas sacan sus teléfonos o sus cámaras y sacan las primeras fotos. Me pongo a hablar con un hombre que también es de Maldonado y rápidamente llegamos a la conclusión de que es algo bastante raro que los lobos marinos salgan así como si nada y se instalen entre la gente en la playa Brava. Uno puede verlos, enormes, en el puerto, queriendo ligar un poco de las carcazas que los pescadores arrojan desde los muelles cuando filetean lo que han recogido, pero esto es algo inusual. En seguida alguien sale corriendo hasta el puesto del guardavidas y lo hace bajar y acercarse a la multitud. El guardavidas pide con cierto tono enérgico que nadie toque al animal, que puede ser peligroso sobre todo para los niños. Luego disca un número en su celular y pasa el comunicado de la aparición . A decir verdad, al animal parece importarle muy poco lo que se suscita a su alrededor. Tuerce la cabeza entrecerrando los ojos bajo el sol y se rasca un costado con una aleta. La situación se asemeja a una pequeña muestra de adiestramiento. En unos pocos minutos llega alguien de una asociación protectora de animales marinos e intenta hacer que el animal entre a una jaula de color crema. El animal se desvía hacia la orilla. La persona hace un último intento de atrapar al animal pero este gana de inmediato la orilla y pasa por debajo de una ola y comienza a alejarse con lentitud. Su lomo azabache reluce a intervalos descubierto en la superficie. Yo sigo leyendo. Los chicos regresan con su pelota e intentan una vez más que les salga algún truco de esos que aparecen en las publicidades de ropa deportiva o en las presentaciones de los futbolistas a estadio lleno. Una mujer a mi izquierda retoma la lectura de "Elizabeth Costello", de Coetzee. Está tostándose boca abajo y pasa las páginas con rapidez. A la salida, a punto de cruzar la rambla, mientras ella vigila de cerca a sus hijos, me pregunta qué estaba leyendo.
-"Bullet park", de John Cheever -contesto.
-¡Ah, no la leí! Pero, ¿leíste "Esto es el paraíso" de él mismo? Me gustó mucho.
-No...
Yo ya sabía lo que ella estaba leyendo, pero se lo pregunté para no interrumpir la cortesía.
-"Elizabeth Costello", de Coetzee... -responde, y me da cierta buena impresión que haya pronunciado el apellido en afrikaans, es decir: "Cutsía".
-¿La leíste?...
-No...
-Me gustó mucho "Desgracia". ¿La leyó?...
-¡Ah!... Esa no...
Luego el tráfico permite una brecha por la que podemos ganar el cantero del medio de la rambla y la siguiente vereda. Ellos se acercan a su camioneta. Yo me subo a la bicicleta y me alejo ya por la calle Montecarlo rumbo al barrio Kennedy.

Y ahora es la cena de Fin de Año, en la casa del Kennedy. De un lado de la mesa está mi padre. En el lado opuesto estoy yo. Somos dos. Es una cena entre el padre y su hijo mayor para despedir a sus propios modos el año al que le queda poco más de una hora. Comemos unas milanesas al pan, y él no tiene ya problemas con que yo ponga la música que quiero para cenar. Entonces escuchamos una antología de Benny Goodman y no miramos como otros fines de año u otras Navidades esos programas de la tele abierta del tipo "Nochebuena o Fin de Año con las estrellas" (donde te dan los mismos videos de Ricky Martin o Shakira o Luis Miguel y por allá a las tres de la mañana medio dormido pescás "Ticket to ride", de los Beatles) o no escuchamos cumbias en alguna FM local. Mi padre consiente esta vez escuchar jazz de Chicago. Hasta sigue el ritmo golpeando con la palma de su mano el borde de la mesa y mirando a través del ventanal el resplandor de algún fuego artificial adelantado a la medianoche. Ya hemos llamado o escrito a Valencia, a Sicilia y a Amsterdam para saludar a una parte de nuestra familia que ya está en 2010. Para un poco más tarde queda la llamada a Estados Unidos para saludar a mi madre. Cuando se hacen las 00:00, me levanto y le doy un beso a mi padre y le digo "Feliz año nuevo, papá". Él agradece, me dice otro tanto y me da a su vez su beso y me pone una de sus grandes mano sobre un hombro. Los vecinos comienzan su media hora ininterrumpida de fuegos de artificio y explosiones. El resplandor invade la cocina. La música de Benny Goodman se escucha sólo a intervalos. Me levanto, me acerco a la computadora y respondo o hago algunos saludos a través del MSN. Cuando regreso a la mesa mi padre está ya dormido. No lleva puesta remera. El ventilador le da directo sobre el pecho, donde tiene colgada su placa metálica que indica su tipo sanguíneo y la advertencia de que es alérgico a la penicilina. Esa placa le salvó la vida en su accidente de tránsito de 1996. Ahora es 2010. Pasó una década y media. Mi padre está algo avejentado y tiene una panza alarmante. Lo contemplo mientras continúa con la cabeza pendiendo sobre su pecho, a pocos centímetros de su panza calzada contra el borde de la mesa. Suenan los últimos temas de la antología de Benny Goodman. No puedo dejar de mirar a mi padre y de pensar también qué hay exactamente o qué depara la porción de aire que nos separa al uno del otro. Me quedo allí, con ese espectáculo pensando por unos pocos segundos qué será o significará 2010 para mí. Pregunta banal para algunos asuntos y no tanto para otros. Podría suceder ahora algo que cambiara el curso de las cosas. Algo que diera un poco más de luz sobre este fragmento de vida que traemos. Pero no pasa nada. O al menos eso no se nota. Nada... De pronto las explosiones recrudecen y mi padre se despierta, parpadea rápidamente y me observa.
-Parece un ataque con explosivos... -le digo.
-Ah, sí... -responde con voz ronca.
-¿Te imaginás lo que debe ser estar bajo un bombardeo?... -vuelvo a decir.
Es una pregunta que me hago a veces cuando escucho las detonaciones de la pirotecnia.
-Y sí... -dice mi padre, pero lo dice como si respondiera a una tontería o a alguna cuestión improcedente.
Entonces su cabeza cae inerte sobre su pecho y retoma su sueño.
Recuerdo rápidamente una historia con mi padre a los 9 ó 10 años. Yo estaba sentado o acurrucado en su falda una tarde de tormenta en verano y escuchamos la explosión de la caída de un rayo, que al final resultó ser, lo supimos unos cuantos minutos después, la detonación de un explosivo que mató a un par de personas. Es una historia que un día tengo que contar. Una historia que un día, seguramente, me haga sentir en la obligación de traerla de allá para acá.
Al final, me levanto y doy un par de pasos hacia mi padre. Lo sacudo suavemente por el hombro.
-Vamos un rato hasta afuera... -le digo.
Empieza a desperezarse, bosteza y se levanta trabajosamente.
Salimos a la calle y contemplamos hasta el final los fuegos artificiales del lado del club de golf.

lunes, 20 de julio de 2009

Una pequeña forma de la vida

(dibujo: niña M)

Soñé esto...
Iba caminando de noche por mi casa y me caía al suelo y me rompía el brazo derecho. De pronto alguien me levantaba y me sostenía hasta que podía tenerme en pie.
Había sido mi padre. Pero era distinto. Tenía la misma edad que yo, era delgado, llevaba un vaquero bastante usado y una camisa roja a cuadros metida por dentro. El pelo era negro y empezaba a verse el comienzo de la calvicie. Estuve un momento largo mirándolo y entonces sentí que no podía ser más feliz.

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.