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lunes, 26 de octubre de 2009

(M)


¿Vas a recordarlo, hermosa?
Algo de lo que vibró en tu endeble cuerpecito cuando pronunciaste esas seis palabras va a quedar y se va a abrir como el viento de una tormenta de verano muchos años después.
Y va a encontrar su paso y habrá dos mundos que retomarán un viejo pacto.
La última merienda.
¿Recordarás ese primer disco de Ringo Starr, tan suave, tan hecho con la soledad de no tener a sus amigos de siempre?
Me pediste que no me olvidara de la armónica para tu seis años.
¿Recordarás aquella merienda en que nos dimos cuenta de que al otro lado del vidrio el viento le estaba contando a los nuevos retoños del sauce lo que es la primavera?
Aquella polera a rayitas blancas y violetas horizontales.
Una pregunta sobre mi hermano y otra sobre el tuyo no nacido aún.
Cómo podía saberse que a los días me despedirías con un beso sobre mi pómulo derecho, dejándome el azúcar babeado del chupetín contra el hueso, a través de los barrotes del portón, y cómo podía saberse que esa frase, esa pregunta con la fuerza de una línea de un guión para la vida entera me iba a caer en medio de la calle cuando parecía que todo seguía del mismo modo.
"¡Buena suerte en la vida, amigo!"
Y a partir de entonces nacieron las últimas cosas.

lunes, 13 de julio de 2009

Génesis 3:7

(dibujo: niña M)


Voy con la niña M en bicicleta. Cruzamos como casi todos los mediodías por la calle 25 de Mayo hacia el lado del centro. Este, en particular, es un mediodía frío y algo ventoso, pero el sol tibio hace bastante disfrutable el recorrido. Ella va sentada sobre un almohadón colocado en el cuadro. Mira hacia adelante, se aferra al manubrio y está atenta siempre a mi voz, que resuena a su alrededor sin que ella pueda girar para verme directamente a los ojos.
-¿Por qué estaban tan ricos los fideos de anoche? -pregunta la niña M.
-Mmm... Porque les puse un ingrediente secreto.
-No empieces ya con esas cosas... Tú sabes que el ingrediente secreto no existe en este país...

jueves, 14 de mayo de 2009

do / don't



Ya casi es el mediodía. Camino por Roosevelt aguantando el viento y las oleadas de lluvia. Tal vez me quedan como seis o siete cuadras para llegar a la casa de la abuela materna de la niña M, cuando empiezo a pensar en el resto del día. Cruzo la rotonda, paso por una estación de servicio, saludo en los semáforos a un conocido que me saluda a su vez desde el interior de su auto (¡Ah! Ahora tiene auto, me digo...) y de inmediato veo el supermercado en la manzana siguiente. Me anoto mentalmente las cosas que hay que comprar, pero no ahora, más tarde, en algún huequito de la tarde. Sigo pensando... Ir a buscar a la niña M, subir a un ómnibus con ella, llegar a casa, prender las estufas, poner a calentar algo para el almuerzo, esperar a V., corregir escritos, leer un poco, después sí, ir al supermercado en una escapada en bicicleta a través de la tormenta, planear un par de clases, cosas por el estilo. Pero allá al final queda un espacio más o menos elástico... Hay un momento de la noche en el que puedo apartar lo que haya encima de la cocina y llevarme el cuaderno, una lapicera y la computadora, después prendo la lámpara portátil. Ahí puedo escribir aunque sea una página hasta que digo está bien, el día tiene que terminar. Y me está pasando en estos últimos tiempos que me doy cuenta de que tengo en la vuelta al menos un par de historias que se están terminando, que se juntan con otras historias que ya fueron terminadas. No va a venir aquí el lloriqueo de no haber publicado y todo eso. Esas cosas pasan. Estaba pensando en lo otro, en lo inalterable: que uno escribe, más allá de ser leído por dos o por quinientos, que uno sabe que llega un momento del día en el que ya se terminó con las obligaciones y que otro asunto queda aguardando allí, a un costado... Llego a la rotonda siguiente con ese pensamiento fijo: si hay ciertas cosas, dispuestas de tal manera que al final, y a través de todo eso, puedo encontrar algo mío, entonces, me digo, entonces está bien. No me molesta la repetición, el tema no es con la repetición. Siempre tengo en la vuelta una frase de Orhan Pamuk que me encontré en verano y que reescribí en mi diario: "¿Es un defecto ser feliz? (...) De vez en cuando también he pensado que ser feliz no es un defecto, sino una muestra de inteligencia. Cuando mi hija Rüya y yo vamos a bañarnos al mar soy el hombre más feliz del mundo. ¿Qué puede pretender el hombre más feliz del mundo? Seguir siéndolo. Y uno comprende que para conseguirlo debe hacer siempre las mismas cosas. Aquí nosotros siempre hacemos lo mismo". (Al margen, bastante al margen: Esto me recuerda una vez más a cuando viví en Minas, a algo que pensaba continuamente cuando vivía allí. Yo no conocía a Pamuk ni de nombre, desde luego, pero yo intuía que mucha gente que conocí en ese lugar había alcanzado cierto tipo de felicidad que les llegaba de la repetición de ciertas acciones simples y al mismo tiempo elementales, simples en su superficie, claro... Esa especie de felicidad dentro de un ciclo que nunca se cortaba, que era como ver que un viento que anunciaba una nueva estación determinaba cambios en la vida, esa especie de felicidad, digo, me fascinaba. No era la mía, la que yo buscaba, pero eso no la hacía menos que otras).
"Terminé mi historia número 65", dice la entrevistada. Estoy sentado en el sillón esperando que pare un poco la lluvia para poder salir con la niña M hacia la parada. Ella y el niño B están sentados en la silla mecedora y miran dibujitos. Yo leo en una revista Paula que saqué del revistero de mi suegra una entrevista a Amélie Nothomb. El periodista se pone zalamero, le dice que es fiel a otro belga prolífico: Georges Simenon. ¿Va a llegar a las doscientas novelas?... Mmmm... Ella no sabe, no, ¡qué pregunta! Pero por ahora escribe y sabe que tiene muchas historias todavía por escribir. De todos modos está contenta porque terminó la 65. El periodista pregunta: ¿y cuántas ha publicado hasta ahora?... Diecisiete, responde Nothomb... Y entonces viene la pregunta de cajón: ¿Y por qué no las publica todas?... Hay historias que no son importantes como para publicar, que son más para mí, responde la escritora. No termino la entrevista. La tormenta amaina y salimos. Llegamos a la terminal y el ómnibus aparece en seguida. Viene lleno de estudiantes. Subimos. Tengo un lío con la niña M cargada sobre un brazo, la mochila asida de un lado solo, el paraguas y el cambio y el boleto y el arranque... Un chico se levanta de su asiento y me lo cede... Me siento con la niña M en la falda, dejo el paraguas y la mochila en el piso y miro hacia afuera a través del vidrio empañado pensando que es grandioso viajar con niños, que es como tener un boleto con comodín o como imponer una suerte de fuero inapelable. El viaje se hace corto. Suben alumnos, me ven sentado tras el chofer y me saludan. La niña M pregunta por el nombre de cada uno. La chica que está sentada a nuestro lado se pone de pie y le cede el asiento a una mujer más o menos cincuentona, algo baja. Tiene el pelo de un color amarillo que me hace acordar al pelo de algunas muñecas. Después me fijo en sus championes revestidos de charol negro y pienso que todo encaja. La niña M va concentrada en cada cosa del camino, en el estadio, en el cuartel de bomberos, en un pegotín de Bugs Bunny que ve detrás de una camioneta, etc., pero cada vez que se da vuelta y mira hacia la puerta del ómnibus, la mujer del pelo de muñeca hace lo posible por llamarle la atención. Hasta que lo logra, por supuesto.
-¡Hola, linda! -le dice.
La niña M la mira de reojo, pestañeando.
-¡Hola! -vuelve a decir la mujer -¿No te reís?...
La niña M sacude la cabeza.
-No, no me río... -contesta, y se da vuelta para seguir mirando por la ventana.
Yo también giro y me hago el que de repente vi a un conocido cruzando en una esquina, o algo por el estilo. Me muerdo los labios para no soltar la carcajada. No puedo parar. Y entonces empiezo a llorar pegado al pelo de la niña M. Hasta que la tentación pasa.
Más tarde... La niña M duerme sobre el sillón al lado de la estufa. V., a un costado, termina de leer un libro. Yo estoy navegando en internet, sobrevolando algunos blogs vecinos y pensando en escribir algo para el mío, pero con aquellas palabras de la entrevista a Nothomb presentes. Hoy es jueves 14 de mayo, me digo. Miro hacia la biblioteca en la que están los diarios de Virginia Woolf y los reviso buscando justamente una anotación que no corresponda solamente a un 14 de mayo, sino a un jueves 14 de mayo. Y la encuentro en el año 1925:
"Oh qué día de campo -y algunos de mis amigos están leyendo ahora La señora Dalloway en el campo. Pero lo curioso es esto: honestamente, apenas si estoy nerviosa respecto a La sra. D. ¿Por qué será? La verdad es que escribir es el placer profundo y ser leído, el superficial."
Y así es como de verdad empezó este texto.

jueves, 19 de febrero de 2009

Verano XVIII (memoria)


Íbamos esta tarde en mi bicicleta con la niña M por el camino de la perrera, cruzando unos campos aledaños al arroyo Maldonado en el que ella podía ver a sus adorados caballos. El recorrido era largo e incluía pasar por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la 16 de la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. De lado del barco roto que hay en la curva de la perrera aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas y unos toros con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. La niña M quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca, y eso me hizo perder un poco la noción de ciertas proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté a la niña M qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante me preguntó:
-¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto?


lunes, 5 de enero de 2009

Verano VIII (Spielberg)

Ayer salimos a dar un paseo largo con la niña M, y al volver a casa, mientras nos disponíamos a esperar a V y preparar la merienda, nos encontramos con que en el cable estaban pasando "Parque jurásico" (1993), de Steven Spielberg. En realidad la que la encontró fue la niña M, que se puso a hacer zapping y salteó sus canales de dibujitos animados cuando vio la escena en que aparece un tiranosaurio amenazando a los ocupantes de dos camionetas. Me fui a la cocina a preparar algo y luego regresé para ver lo mismo que veo cada vez que me sale al cruce esta película en el cable: la escena en que los niños llegan a la cocina y son acechados por los velociraptors. Es una escena que me fascina, es más fuerte que yo, a tal punto que, cuando termina, ni siquiera sigo mirando el resto.
Mientras merendábamos miraba la cara de la niña M, absolutamente arrebatada por algunas escenas. ¡¡Eso es alienación!!, dijera cierto escritor nacional. ¡¡Ja!!... Luego llegó la escena de la cocina, un muy buen ejemplo de montaje y de tensión. Los niños escapan, entran y cierran la puerta, pero el velociraptor que los persigue logra abrirla e ingresar junto a otro más.
Esta escena me hace acordar siempre a una más reciente que aparece en otra película de Spielberg, "La guerra de los mundos" (2005). Se trata de la secuencia en la que uno de los "tentáculos" de los trípodes de los marcianos ingresa en el sótano en el que están escondidos el padre (Tom Cruise) y su hija (Dakota Fanning) junto a su desequilibrado anfitrión (Danny Boyle). Creo que en realidad Spielberg repitió el mismo procedimiento que en la secuencia de "Parque jurásico" (incluso aparece el recurso del engaño a través del reflejo). Pero no es que me moleste, todo lo contrario, porque el resultado sigue siendo interesante; de hecho, "La guerra de los mundos" es una muy buena película que le hace honor a la novela de H.G. Wells.
Otra cosa en común: las actuaciones de las niñas...
Dejo aquí debajo las escenas en cuestión...




sábado, 27 de diciembre de 2008

Verano I (sebos)

Estoy en la playa Mansa con la niña M. Es Navidad y trajimos su flamante pelota verde de los Backyardigans para estrenarla. Hay algo de viento, y cuando la sacamos de la mochila se nos escapa de las manos y empieza a rodar hacia la orilla. La niña M se despespera y sale tras ella. Es su tesoro, es su vida. Corre y corre y no le importa nada. La pelota da uno tras otro tumbos cortos a ras del suelo y tumbos altos al pegar en la parte alta que dejó alguna huella. Yo la sigo con una actitud más moderada. Sé que el la pelota va a llegar al agua y que la ola la va a devolver. La niña M continúa pese a todo. Ya lleva diez o quince metros esquivando sillas, bolsos y toallas. En los últimos metros hay una mujer joven tomando sol, boca arriba. La niña M le pasa a menos de medio metro y la llena de arena. La mujer se levanta y mira con cara de que la hubieran cacheteado. Yo le paso por al lado sin darme por enterado de nada. En ese momento la niña M llega casi sobre la el agua y se inclina sobre la pelota, pero la resaca de la ola vuelve al mar, se la saca casi de las manos y la niña M cae al agua con su remera y short todavía puestos. Después regresamos de la mano. La mujer está sentada observándonos, yo pongo cara de circunstancia con una media sonrisa un poco hipócrita. Pero la niña M la ignora olímpicamente con la pelota asegurada contra la curva de su barriguita.
-¿Por qué me caí cuando fui a agarrar la pelota?
-Porque el mar te la sacó...
-¿Por qué el mar me la sacó?
(...)
Tratamos luego de jugar a pasarnos la pelota pero la niña M se aburre porque el viento es bastante molesto. Así que vamos al agua. Tiro la pelota hacia adentro y cuando la ola la devuelve la niña M va chapoteando y tropezando tras ella. Eso le parece más divertido, y también cansador. Así que volvemos adonde tenemos las cosas y le prometo que si se porta bien le compro un helado. Ella se sienta y juega a hacer tortitas con arena. Yo saco un libro de Clarice Lispector y trato de leer algo, pero no me concentro, el viento sigue firme y alrededor pasan cosas que me quitan el interés por la lectura, nada extraordinario, sólo la gente viviendo su vida común de todos los días en un feriado de playa. Familias numerosas, familias pequeñas, amigos adolescentes, adultos, niños. Novios, esposos, futuros novios. Una chica le pide fuego a un muchacho que pasa con sus amigos en busca de un lugar libre para jugar al fútbol. Él parece estar desinteresado más allá del favor. Ella lo mira todo el tiempo. Se da vuelta más tarde en su reposera y continúa observándolo. Tendrá 17 ó 18 años, y uno de sus hermanos le dice al padre o a la madre que la hermana gusta de fulano, etc. El fulano va al agua a buscar la pelota y el chico tiene una nueva oportunidad para acusar a su hermana.
-¡Ese malandro! -dice la madre apretando los dientes al hablar.
Pasan muy pocos minutos, levantan sus cosas y se van, como si hubieran recibido una orden o como si hubieran alquilado su parcela de playa hasta cierta hora, o como si se hubieran enterado en ese instante que el sol hace mucho daño, demasiado daño, etcétera.
Vuelvo a la única frase de Lispector que me quedó clara, aunque con ese libro ("Agua viva") no importa que haya cosas que tengan que quedar claras. Hay aspectos que corren por ríos demasiado subterráneos como para que uno pueda pescar todo. La frase estaba realcionada con la pesca, de hecho. No tengo el libro a la mano, pero decía algo así como que escribir es utilizar palabras, palabras que son sebos para pescar lo que no son las palabras. La frase era más larga y tenía algunas vueltas más, pero en esencia es esa. Me parece haber escuchado o leído algo similar en alguna otra parte y también se me vienen a la cabeza las palabras Ernest Hemingway. Así que me pongo a pensar qué sebos estoy tirando. Bueno, al menos tiro mil sebos por día para intentar pescar algunas no palabras. En este caso las no palabras son algo del comienzo de la adolescencia de mi padre, cuando Punta del Este era algo más pueblerino de lo que es ahora. Hablo de medio siglo justo hacia atrás. Estoy imaginándome a mi padre andando en una bicicleta regalada por Rincón del Indio. Estoy haciendo un esfuerzo por penetrar en algo que se vuelve un contorno indefinido a partir de las pocas cosas que sé de la relación entre mi padre y el suyo, algo que tiene capítulos, que tiene un capítulo que tengo que abordar con otros sebos distintos más adelante en el verano, porque la historia se hace otra historia veinte años después, con policías y ladrones.
Me tiendo boca abajo y con la cabeza hacia el lado en el que juega la niña M. Estoy por quedarme adormilado, pero sé que no puedo prolongar mucho la sensación con ella bajo mi cuidado. Entonces siento algo que retumba, hondo, muy hondo, pero de una hondura que parece más temporal que física. Y luego otro sonido similar, más alargado, que le responde. La niña M se quedó suspendida.
-¿Qué es eso?
Miro hacia el lado de la isla Gorriti y veo dos cruceros. Uno estaba cuando habíamos llegado, pero el otro, el que está más cerca, no. De pronto noto que el que está más sobre la isla está dando la vuelta para alejarse de la bahía. Y siguen los saludos. Son sonidos cansados. Parecen dos bestias colosales, inmemoriales, saludándose más allá del bien y del mal, por encima de la amplitud del tiempo, resignados a un próximo encuentro para el que saben que tendrán que hacer ese saludo, para que sea oído por la gente que desde la costa se imagina esa otra vida flotando allí a un par de kilómetros.
El heladero nunca apareció.
Subimos a la rambla y dimos unas vuelta en la bicicleta hasta llegar a una panadería cerca de casa. En el camino nos cruzamos con uno de tantos ómnibus que pasan hacia Montevideo.
-Ese ómnibus pero con otro sonido -dice la niña M.
Ella prefirió un helado vasito de crema y chocolate, y yo me compré un sandwich triple. Nos sentamos bajo el toldo de la panadería, viendo el tránsito de la avenida y fijándonos en las personas que entraban a comprar. Hacía tiempo que no sentía el sabor de la oblea contra la crema. Siempre hay un flash cuando reincido en alguna experiencia placentera luego de mucho tiempo. Y eso ocurre allí mismo. Recuerdo algo difuso, cualquier cosa de hace muchos años estando en casa con mis padres, también en verano. Y listo, creo que una cosa así, que me llena el pecho de aire, cierra bien la tarde de playa.

domingo, 30 de noviembre de 2008

I'm in the mood for love



Hace dos días que llueve más o menos sin parar. Como siempre que la lluvia reaparece después de varias semanas de ausencia, el mundo parece tender a la detención, o al menos los momentos en los que uno puede estarse quieto se profundizan de una manera inigualable. Encontré en la web ese video de un disco de vinilo girando y me pareció que podía ilustrar algo de lo que ha pasado. Ayer de tarde llegué a mi casa del 33, donde escribo y leo, y noté que mi gato Percy no estaba. Abrí la puerta y las otras dos gatas, Molly y Cecilia, corrieron hasta la cocina esperando que les diera de comer. Pero Percy no aparecía. Lo busqué por todo el terreno y el galpón, hablé con unos niños de los vecinos del fondo y nada. Finalmente entró a mi casa un vecino que me vio llegar y me dijo que Percy se había muerto la madrugada anterior. Había pasado por debajo del portón y los perros de la casa de frente lo atacaron. Fue como a las cuatro de la madrugada, y mi vecino salió de su casa apenas sintió los ladridos, pero llegó tarde. Después me describió como quedó el gato, el largo que adquirió su cuerpo tendido en el asfalto. Aparto el rostro hacia un costado para que no siga. Esa nueva imagen me repugna y deja de lado la de todos los días, la del brillo del pelaje negro y las patas blancas. Entré otra vez a la casa y me senté en costado de la cama. En el piso del cuarto tengo una bandeja de vinilos. En ese momento tenía la tapa levantada. Un disco de Benny Goodman, con el centro de papel naranja, giraba. Giraba.
¿Por qué "I'm in the mood for love"? Casualmente encontré también esa canción en una versión de Fats Domino. Es un pieza que significa mucho en mi relación con uno de mis amigos. Digamos que cierto día esa canción, cantada por Louis Armstrong, resignificó algunas cosas, afianzó otras y nos alivió un poco del dolor que cada uno cargaba a cuestas por esa época.
Justo hace unos días estaba pensando en algo por el estilo. Hacía cualquier cosa, como lavar los platos o barrer, y me vino el pensamiento de que cuando uno cree que todo está bien, a veces ignora, sólo lo ignora desde una pura ingenuidad, que hay un tornillo que se ha aflojado bastante. Y que algo está por saltar. Justo cuando le había dicho a V., como si fuera una reflexión aislada: "Siempre me pasan cosas en los pies". Me estaba mirando una ampolla que se me hizo caminando y un par más de un partido de fútbol de la semana anterior. Me quedé observando el pie izquierdo el viernes a la tarde, en una calle de Montevideo, adonde no tenía ni pensado ir tres o cuatro horas antes. Pero allí estaba. Éramos varios para subir al taxi. En un instante el chofer no vio que yo me había bajado desde la puerta trasera derecha para volver a subir por la trasera izquierda. Simplemente no lo vio. No hubo nada de malicia ni de lo que llamamos inconsciencia. Ya dije, éramos varios en el taxi, cada uno hablando con quien tenía que hablar. El taxi arrancó con la puerta de mi lado abierta y con mi pierna izquierda fuera del automóvil. Un segundo después sentí la presión sobre mi talón y mi tobillo izquierdos, una presión que se contenía apenas sobre el costado de la pantorrilla. Luego lo esperable. Mi grito, el taxi dando marcha atrás, la gente aproximándose, yo sacándome el zapato y pisando las asperezas de la vereda. Pero nada más. Quizás sólo un susto. Sólo mi mente unos minutos más tarde imaginándose veinte o quince centímetros más en el avance de la rueda. Dicen que las heridas se hacen sentir más con las tormentas. Pues bien, el talón me ha dolido ayer y me dolido hoy... Aunque... ni siquiera es eso, un dolor completo como dolor. Parece más bien una idea fastidiosa alojada en un rincón de mi cuerpo.
Sigue la lluvia. Hablo con amigo y familiares por messenger. Leo, escribo, hago de comer para la niña M y para mí, miro un poco del DVD que ella está viendo, arreglo algunas cosas de la cocina, atiendo llamadas telefónicas que no son para mí...
La niña M se ha parado sobre la cama y observa hacia la calle por la ventana. La lluvia se hizo más intensa. Me dice que con esa lluvia no se va a poder salir a pasear, que está aburrida. "A ver", le digo, "Vamos a inventar un juego". Tomo los dos tomos del diccionario de la RAE. Le paso uno y yo me quedo con el otro. "Cada uno tiene que elegir sin mirar una palabra y prenguntarle al otro lo que quiere decir. Después cambiamos de diccionario...". La niña M tiene cuatro años y sólo reconoce algunas letras en mayúscula, pero abre el diccionario con decisión, pone el dedo sobre cualquier lugar de la página mirando hacia el techo y me dice una palabra. Contesto y luego viene mi turno. Y así. Ella me dice que yo pierdo, que no digo bien lo que significan las palabras que me propone. Yo, sin embargo, le digo que todos los significados que me dice están bien, y anoto varios, de entre los que se destacan estos:
OBRA = MIRAR
CAÑADA = ESTAR CALLADO
NEONAZI = JUEGA AL FÚTBOL
MESURAR = CORTAR LAS UÑAS
COLISIONAR = TRABAJAR, DEMORAR Y DORMIR UNA SIESTA LARGA
APLICACIÓN = DEMORAR UN POQUITO
COMUNIDAD = UNA PALABRA CORTA
MISA = ES IR A MONTEVIDEO

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

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Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.