Mostrando las entradas con la etiqueta no ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta no ficción. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de abril de 2010

Kennedy '09 (VII)

El momento preciso en el que el "Chala" Richard Pereyra va hacia la pelota para convertir con un corto cabezazo ante el arquero de Perlita, ya superado por la serie de rebotes.


-Sábado 22 de agosto de 2009. 7ª fecha: Kennedy vs Barrio Perlita-


¿Podía llegar a darse la posibilidad de que ganáramos un partido? Ya no era una cuestión que tuviera que ver con el ánimo o el amor de un hincha. No. Era algo relacionado con la natural desenvoltura de lo que tiene que ser cada uno de los episodios que constituyen al gran relato que es eso llamado "campeonato". Es decir, si uno puede seguir un campeonato exigiéndole el mismo rigor de entrega que se le puede pedir a una serie televisiva, a las telenovelas de las tardes que todas nuestras madres nos olbigaron indirectamente a presenciar y a degustar, casi podría decirse que lo que esperamos de forma radical muchos de los que vamos al fútbol, y quizás más quienes lo siguen por televisón, es una realización de un argumento. Esperamos un relato consecuente con lo que establece para nosotros y nuestra cultura el hecho de que haya un relato. Hay algo que arranca a andar, y los espectadores de ese fenómeno quieren que se cumpla lo que se tiene que cumplir. (De hecho, qué cosa más amargante resulta un campeonato trunco o un campeonato cuyo campeón cambia después de finalizado debido a problemas de sobornos, como ocurrió con Juventus de Italia hace unos años)...
¿Pero a quién le puede interesar un debate de tipo mitodológico, pseudo-estructuralista o como se le quiera llamar a toda esta disquicición histérica, hipodérmica, exaltada, ansiosa por demostrar que alguien ha leído cientos y cientos o miles de millones de páginas para exámenes de facultad o de profesorado y que ahora quiere hacer algo con todo eso que le queda dando vueltas en la cabeza. Ya tenemos un montón de críticos que mueren por explicarnos que pasa por nuestras mentes cuando vemos una telenovela o cuando observamos ese partido para llegar al Mundial, tan importante para confirmar nuestra identidad nacional, o cuando vemos distraídamente un anuncio de un cepillo de dientes con cinco filas diferentes de cerdas. O pongan a Rafael Bayce o a Hugo Achugar a patear un corner o a María Inés Obaldía a patear un penal y van a saber de qué estamos hablando. ¿A quién carajo le pueden importar las circunvoluciones de tu cerebro o todo tu ADN cultural cuando Bengoechea acaba de errar un gol debajo del arco contra la selección de Perú y, calamidad de calamidades, el tipo que lo levanta del suelo para tratar de restituirle un poco de dignidad es nada más ni nada menos que Álvaro Recoba? No es algo que te interese una explicación de ese momento cuando lo estás mirando incluso en un replay: algo como una ecuación donde aparecen términos como "ídolo caído" o "hijo pródigo". Eso no es el fútbol.
Sin embargo, para volver ya de alguna manera a la idea del comienzo, tenía que plantear la incógnita de si en ese prolongado relato que es un torneo existía la posibilidad de que Kennedy llegara a salir trinufante de algún otro partido o revolcadero plural.
Si alguien necesita la respuesta de entrada, podría decirse que luego de vistos los primeros minutos esa respuesta es, precisamente, "NO"... Los jugadores de Perlita, vestidos de pies a cabeza de verde cotorra, se pararon en el inestable piso húmedo y barroso de la cancha de Kennedy y se adueñaron de la situación como si hubieran llegado hasta allí a buscar de una vez por todas algo que les habían sacado. No era algo muy agradable de ver. Con Alexander, con quien habíamos presenciado la derrota (1-3) frente a Nacional de San Carlos, nos encontramos y nos paramos junto al alambrado del lado de la perrera municipal, justo con el sol de frente. Hacía bastante frío, pero el cielo se mantenía despejado. La parte de la cancha de nuestro sector, sin embargo, estaba poco menos que inundada por las lluvias de entre semana. Cada vez que la pelota caía allí, no sólo quedaba muerta, sino que una salpicadura inmensa y feroz de barro salía expresa en todas direcciones. Así que a cada rato todos los que estábamos de ese lado nos aprontábamos y nos dábamos vuelta. Por eso, al final del partido, terminamos todos con una especie de doble identidad higiénica. Los que no querían jugar mucho la pelota por ese sector, obviamente, eran los jugadores de Perlita. En los primeros minutos aprovecharon toda la fuerza de su ataque sobre el sector derecho, y aunque sobre ese sector el lateral Hernán Crespo defendía bastante bien, no era mucho lo que se podía esperar del partido. Antes de los quince minutos Perlita ya había tenido dos ocasiones bastante claras de gol que habían sido anuladas por off-side. De a poco empezamos a mirarnos entre los que estábamos junto al alambrado. Había algo cíclico e insoportable en lo que estábamos observando. Si bien Kennedy realizó una buena jugada que culminó con un remate casi sin fuerza alguna el "Chango", el número 5, ya estaba bastante claro quién era el dueño del partido.
Los jugadores de Perlita, principalmente sus puntas, su número 10 y un par de volantes centrales, enloquecieron a los de Kennedy. ¿Qué es enloquecer en este caso? Bueno, que al rival le salga con comodidad llegar a los quince o veinte pases seguidos, y que cuando uno quiere probar a ver cómo es eso sólo puede contar hasta tres, cuatro como posibilidad rara.
Poco después, a eso de los 20 minutos, Perlita redobló sus recursos y empezó a atacar también por la izquierda. Ahí vimos que la cosa se complicaba. Los volantes de contención y los laterales ya no estaban parando a nadie. Con todo, como Kennedy siempre puede sorprender, hubo un par de jugadas interesantes derivadas de pelotazos tirados a la cancha rival con tal de alejar el peligro. En la primera, el "Chala" Pereyra encuentra una pelota, corre con ella, driblea a un zaguero, encara al arquero y remata. Pero el arquero la saca al corner. En la segunda jugada de riesgo, Nicolás Pereyra elude dos jugadores en el área y lo tocan desde abajo. Todo el mundo (Kennedy) pide penal. Y creo que escucho al Gordo Nene gritar incluso por el reclamo de un penal y de hasta una tarjeta amarilla. Lo de pedir amarilla junto con un penal en realidad me parece un poco de gula. Pero en fin, sigamos... Porque todo eso fue un mero divertimento antes de lo que más iba a importar. Mientras todos protestaban por el penal no cobrado, a los 30 minutos, en un centro desde el corner de la izquierda, llega el gol de Perlita. Hay algunos cabezazos cerca del área chica y Alfredo Rodríguez llega a taparla a medias. Pero por detrás entra el 9 de Perlita y marca el 0-1.
A partir de ese instante nos miramos, solamente nos miramos con Alexander y supimos que la goleada se venía. Cualquier cosa que no fuera eso era tan poco discutible como que el Gordo Nene de pronto viera hacia el cielo pasar una bandada de patos rumbo al Arroyo Maldonado, levantara vuelo y se fuera con ellos a una vida mejor. Tan sólo cinco minutos después Perlita estuvo a punto de marcar el segundo gol, pero lo que lo impidió fue una volada espectacular de Alfredo Rodríguez, enviando con un manotazo la pelota a un costado del arco. La cosa fue realmente insoportable. Entre el 10 y el 7 de Perlita hicieron lo que quisieron: metieron caños, tiraron paredes, apilaron jugadores, dieron pases de taco, pararon un rato a tomar el mate, etcétera. Incluso, si repaso mis anotaciones, encuentro cada tantas líneas la palabra "centro". Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Parecía el típico movimiento de calentamiento en un entrenamiento, cuando los jugadores se van arrimando, se saludan y juegan a embocar algunos cabezazos mientras el técnico o el preparador físico preparan el trabajo. Incluso el "Canario" Fabián, el 16 de Kennedy, tan dado a medir su pierna derecha con cualquiera otra de un rival, tan sólo pudo meter una plancha más o menos prolija al 10, que siguió jugando como si nada. Con esto quiero decir: era como cuando en una película tiran la bomba pensando que van a matar a todos los monstruos y de repente se dan cuenta de que no sucede nada y de que ni siquiera hay plan B... Era imposible... Era... Pero bueno, qué sería de los relatos sin sus vueltas de tuerca, ¿no?...
Pasados ya los 30 minutos de juego, Nicolás Pereyra captura una pelotazo que le llega desde lo más remoto de la cancha. Trata de dominarla, la puntea y luego un defensor intenta desestabilizarlo. Pero Pereyra continúa hacia adelante. Logra dominar la pelota del todo y pasa otro defensa de Perlita y entrevé la posibilidad de la entrada al área mayor en diagonal, de izquierda a derecha, por un camino que pasa por el punto en el que se unen el área y la media luna. Luego de un par de zancadas, cuando parece que el delantero de Kennedy se va a meter en un túnel que lo llevará de inmediato al gol, llega una de las dos o tres acciones que cambiarán por primera vez el partido. Nicolás Pereyra es barrido desde atrás. La pelota sigue por sí misma un metro o un metro y medio más hasta que algún otro defensa de Perlita la saca de primera hacia el medio de la cancha. Pero el cuerpo del jugador locatario ya está rodando por el pasto ralo. El juez pita y acorta en un sprint esforzado la distancia con el lugar de la incidencia. Después rebusca con su mano derecha en uno de los bolsillos de su short y saca la tarjeta roja.
Para Alexander y para mí, que estábamos a unos cuarenta metros de todo eso, ver surgir de repente aquella tarjeta roja con la misma velocidad de todo lo que la precedió, fue como ver el surgimiento de un puñal escurriendo sangre y metiéndose contra la altura celeste de un cielo indiferente. Los jugadores de Perlita se tomaban las cabezas con ambas manos, se apretujaban contra el juez y le gritaban en la cara. A nuestro lado los suplentes y el técnico puteaban a pesar de la mirada del juez de línea. Del otro lado, el Gordo Nene hacía un gesto cualquiera, como ajustarse la gorra tironeándola de la visera hacia abajo. Un minuto después, cuando el mismo Nicolás Pereyra pateó el tiro libre y el arquero tuvo que hacer un esfuerzo considerable para sacarle al corner, sólo un minuto después, nos quedamos tranquilos... El juego se emparejaba. Con uno menos del lado de Perlita, parecía ahora que presenciábamos el encuentro de dos fuerzas similares, igual que dos imanes enfrentando sus campos, repeliéndose con un asco sincero. Pero las consecuencias estaban destinadas al segundo tiempo...

Para los últimos cuarenta y cinco minutos el Gordo Nene hace un cambio más o menos obvio. Saca a Fabián (el número 16) y coloca un delantero más: Walter Melo. Kennedy comienza entonces a jugar con una determinación similar a la que tuvo en el partido anterior contra Alianza Cinco, salvo que aquella vez fue una determinación, sólo una determinación. Las condiciones eran las mismas. Íbamos perdiendo por 1 a 0 y jugábamos con un hombre de más desde el final del primer tiempo contra un equipo notoriamente superior. En este caso, se podía saber que el equipo de Perlita estaba herido, pero lo lograban hacer todavía los números 10 y 7 cuando conectaban entre sí luego de cruzar hacia los últimos veinte o veinticinco metros daba para suponer que la tranquilidad podía ser pasajera. De todos modos, los volantes centrales de Kennedy empezaron a atender uno por uno a los visitantes, tal como es la regla de oro de la hospitalidad en la querida divisional B. Los jugadores de Perlita se quejaban cada vez más ante el juez, pero este no les daba mayor importancia.
En esos primeros minutos, todos pudimos ser testigos de un verdadero milagro futbolístico. Uno de esos milagros que se dan de vez en cuando en alguna cancha y que son el deleite de los cierres de los compactos de goles en la televisión. Me refiero a esa quimera que es "el gol de culo".Si el fútbol suele ser la encarnación de la masculinidad más pérfida, el campo de concentración de la homofobia, si el fútbol es un patriarcado duro en el que dos tribus se disputan el lugar en el mundo, y donde el gol es la eyaculación en la puerta de origen de la tribu rival (o sea el avasallamiento de un grupo sobre otro), entonces el gol de culo parecería ser el "anti-gol", es decir un gol impropio de este deporte. Pero no. En ese ancestral sueño sodomita que es el fútbol el gol de culo el gran gol, el gol más humillante.
Fue así. Muy poco antes de los 10 minutos del segundo tiempo, Nicolás Pereyra, una vez más, sale a buscar un pelotazo aislado sobre la derecha del ataque. Lo acompaña de cerca un defensa que ha quedado como último hombre. La carrera es encarnizada. Los jugadores se codean, se agarran y se sueltan y se vuelven a agarrar. Pero por una razón u otra, no hay foul. La jugada continúa con la pelota bajando y picando rumbo al área. En unos pocos metros más Pereyra ha logrado adelantarse a su rival. Ahora ya no hay casi último hombre. Entonces el arquero se adelanta y empieza a correr a su vez hacia la pelota. Es muy probable que no le dé el tiempo como para poder atraparla, pero sí para despejarla de un derechazo. Y eso es lo que hace. A un segundo de que el delantero de Kennedy pudiera tocarla y desviarla al fondo del arco, el arquero estira su pierna y en un salto despeja hacia cualquier lado. Nicolás Pereyra, por su parte, hace lo que se hace siempre en ese tipo de jugadas: saltar, saltar con toda la fuerza posible deseando en el medio del vuelo que la pelota rebote en él por azar. Y así, Pereyra salta enroscándose en el aire. La pelota pega contra su culo y de pronto comienza a subir y a describir una curva ascendente hacia el arco de Perlita. Es posible que el jugador de Kennedy no haya visto ni la mitad de la jugada, porque, como siempre en esos casos, la pelota cae muy lentamente, pero al mismo tiempo rápido... Al final, la pelota no entra. Baja del todo y pasa a unos centímetros por detrás del travesaño. Todo los de Kennedy suspiramos. El arquero de Perlita, a su vez, le grita una indicación al defensa, el defensa le grita a otro defensa, ese defensa le grita a otro compañero, y el técnico le grita al arquero. Nos miramos con Alexander y sacamos una conclusión instantánea: "Hubiera estado bueno empatar con un gol de culo".
Los jugadores de Kennedy ya no pueden hacer nada más por el partido salvo meter la pelota en el arco. Y así pasan una detrás de otras las oportunidades. Primero una del "Chala" que pasa muy cerca tras haber ido a buscar una pelota peinada. Después, a los 15 minutos, una definición desviada de Nicolás Pereyra tras pasar entre tres jugadores. Pero también, como suele suceder en este tipo de circunstancias, tanto un cuadro ataca sin hacer goles que le llega una réplica que congela todos los corazones. Alguien de Perlita levanta un centro perdido, por si acaso, y quiere el destino que un compañero la cabecee solo, pero quiere también ese destino que la pelota pase apenas por encima del travesaño. Es entonces el momento en que Alfredo Rodríguez toma la pelota y la coloca con sumo cuidado sobre la línea del área chica. Desde unos metros por atrás ya viene tomando carrera Carlos Miguélez para levantarla de zurda hacia la mitad de la cancha. Alguien peina la pelota, otro la va a buscar y gana la posición y logra dominarla. Es, cuándo no, el "Chala". Los rivales no pueden detener su carrera, su manera de pasar tan rápido entre todos los que se le cruzan. Parece un niño bastante fastidioso con su cuerpo menudo y quebradizo moviéndose por todo el frente del ataque. Por eso puede prácticamente lograr la audacia de tirar el centro y de ir a buscar la segunda incidencia que tiene como consecuencia ese centro. Algo similar pasa a los 20 minutos. Hay un centro desde la derecha, luego una serie de cabeceos tanto de jugadores de Kennedy como de Perlita dentro del área. El arquero no logra atraparla por dos ocasiones, sólo despeja a medias con el puño o con la palma un par de veces. Ahora la pelota está sobre la izquierda y vuelve a ser enviada al área chica. Al arquero ya no le da el tiempo para retroceder. La pelota lo supera y empieza a caer tras su espalda, sobre la derecha del arco. El tiro da contra el palo y regresa como si quisiera volver por el mismo camino. Pero a un metro de la línea de gol, habilitado por un defensa de Perlita parado contra el otro palo, el "Chala" se queda quieto para que la pelota le dé contra la cabeza y marque el empate. Es cierto que es uno de esos goles más difíciles de errar que de hacer, porque el "Chala" cabecea contra el arco como si este fuera la misma bóveda del cielo, pero lo verdaderamente importante era que ese jugador tenía que estar allí en ese sitio y allí estuvo.
El "Chala" corre ahora hacia el corner de la derecha y se abraza con varios de sus compañeros. En el área de Perlita los visitantes se quedan mirando hacia todas partes y discutiéndose entredientes todos los errores de atención en esa última jugada.
Con el partido empatado, aun sigue pareciendo algo desproporcionado el asunto. Da la impresión de que en algún instante los jugadores intercambiaron las camisetas o de que hubo algún tipo de pacto siniestro, o de que simplemente ocurre lo que está ocurriendo por defectos de unos y méritos de otros: a Kennedy le salen todas las jugadas, y a Perlita, que parecía la Holanda del '74 en el primer tiempo, ahora la pelota le parece un objeto extraño del que no se puede hacer una idea de cómo es porque no se lo dejan ver. Y eso lleva obviamente a las patadas. Unos pocos minutos más tarde, con Kennedy sacudiendo la última línea rival, llega una falta dura sobre el "Chala". Entonces hay un par de empujones, nada más que un par de empujones de esos que se dan los jugadores como tanteándose o como repeliéndose hacia sus propios territorios. Pero luego de unos segundos el número 10 de Perlita, el único jugador que, a juzgar por lo que había hecho en el primer tiempo, podía amargarnos lo que quedaba de la tarde, empieza a correr hacia un jugador en particular de Kennedy: Jorge Rodríguez. No el "Popo" Jorge Rodríguez, sino el "Maragato" Jorge Rodríguez, uno de los mediocampistas de contención. Hay un par de corridas. Entre el 10 de Perlita y el "Maragato" se gritan de todo. Saco mi cámara para tomar alguna foto de la pelea, pero la situación se resume en un par de corridas tanto de un jugador como de otro, siempre retenidos ambos a último momento por dos o tres compañeros.
-¡Ya está! -dice Alexander a mi lado -¡Ya está! Lo sacó del partido al diez...
Termina siendo así. Por lo que queda del partido el 10 de Perlita entra en una profunda contradicción entre su pensamiento y la articulación de sus tobillos. Es decir: se arrastra por el resto de segundo tiempo.
Eliminado ese problema, reducido un rival peligroso a una especie de autismo insaciable, queda sin embargo la posibilidad de una larga carrera contra el tiempo. Los minutos transcurren con los jugadores de Kennedy jugando bastante bien, pero cuando eso es algo que perdura sin generar nada más, da lo mismo ya cómo tenga que ser el gol de la victoria. Kennedy tuvo el gol del partido en una corrida solitaria del "Mono" Melo. Al principio parecía off-side, incluso para el propio jugador que llevaba la pelota; pero cuando sintió la voz del árbitro que le gritaba "¡¡¡Siga, siga, siga!!!..." no tuvo más remedio que tirar. Y la mandó a la mierda.
Sin embargo, este capítulo tiene un final feliz. El gol de Kennedy llega con la misma claridad con que de repente sabemos que ha llegado algo como la primavera (aunque en rigor estemos todavía en lo más duro del invierno). Palacio hace un cambio de frente desde la izquierda, luego hacen el centro desde la derecha y la pelota cae sobre el segundo palo. De pronto se ve al "Chala" corriendo hacia atrás, ganando distancia para poder cabecear aprovechando el descenso del esférico. El arquero entonces sale a ahogar al delantero de Kennedy, pero la apuesta le sale bastante mal. El "Chala" toca la pelota de un frentazo suave y la coloca dentro del arco por encima del arquero. Suenan los bocinazos. Saltamos. La gente que está subida en el terraplén del lado opuesto observando el partido de San Martín se da vuelta y ve sobre el mismo corner un festejo muy parecido al de unos quince minutos antes. Kennedy da vuelta por fin el partido, pasa a ganar un partido después de muchos minutos en el campeonato. Los compañeros se cierran en un abrazo múltiple sobre la diminuta figura del "Chala". Es simplemente emocionante. El rostro del "Chala", que se ha igualado al mismo recuerdo de este día, parece no expresar nada, como si estuviera bastante conmovido con todo hasta el punto de avergonzarse de ser el centro mismo de los movimientos. Pero más emocionante es ver a Gaidú, uno de los zagueros, tan eficiente como pasado de peso. Gaidú ha cruzado toda la cancha queriendo formar parte de la efervescencia sutil de ese abrazo de gol, pero cuando ya le quedan pocos metros para llegar hasta el "Chala" el resto de los jugadores ya está de regreso en la mitad de la cancha. Incluso el mismo "Chala" apenas si le retribuye el agradecimiento con alguna palmada en la espalda. Gaidú recoge lo que le dan y de inmediato regresa con la misma intensidad de su tranco corto hasta su parcela en el fondo de Kennedy. Allí juega los últimos minutos que le quedan al partido, colaborando en alejar el peligro a como dé lugar, sacrificando lo que sea para sostener lo que otros levantaron por allá adelante, del otro lado de aquel mundo, donde es hacia uno hacia donde corren los demás.
Con esas pequeñas expresiones individuales de la vida, como la de Gaidú, como la del "Mono" Melo estrellando desde afuera del área un remate en el ángulo sobre la hora; con esas pequeñas expresiones individuales de la vida dije, a propósito, se va esta tarde feliz, en la que algunos hombres tientan con unos elementos geométricos bastante elementales como una esfera y un rectángulo una cierta suerte de verse a sí mismos entre los demás hombres, para acaparar hacia la noche quién sabe qué alegrías o qué desdichas que están aguardando en los hogares, algo que está esperando tras el polvo anaranjado del atardecer que levantan las motos o los autos de los propios jugadores de vuelta a la ciudad.
Kennedy 2 - Perlita 1

lunes, 12 de octubre de 2009

Kennedy '09 (VI)


-Sábado 15 de agosto de 2009. 6ª fecha: Alianza Cinco vs Kennedy-

Para este partido de Kennedy me doy el gusto... Logro que dos amigos, Leonardo Cabrera y Valentín Trujillo, me acompañen en la cancha de Alianza Cinco, situada entre los bosques de los barrios Beverly Hills y Lugano para ver el sexto partido de Kennedy.
Se trata de un encuentro importante. El local buscará una victoria que le permita llegar a 9 puntos y colocarse de inmediato como escolta de los líderes del certamen: Barrio Rivera, Peñarol de San Carlos y Nacional de San Carlos. Para Kennedy ganar le podría permitir escapar de la undécima posición para, en el mejor de los casos, igualar a algún otro equipo en puntaje en el octavo lugar. Todos lo sabemos... La octava colocación se ha transformado en el primer objetivo para el club. Después se verá. Pero llegar hasta allí significa poder jugar el torneo Clausura. Nada menos... En medio de toda esa especulación nos instalamos con Leonardo Cabrera en uno de los tantos terraplenes de greda endurecida que están sobre uno de los costados de la cancha. En cierto modo, ese sector parece el recorte de un paisaje lunar levemente estetizado. Hace un calor pesado y húmedo, y la reverberación se hace insoportable. Sin embargo, nos instalamos con el sol en contra un poco a propósito. O más bien debo decir que la intención es mía. Del lado de la cancha en donde estamos podemos ver desde cerca al Gordo Nene, caminando contra la raya de cal y aguardando el comienzo del partido en muy pocos minutos. Por delante y por detrás pasan los jugadores de tercera de Kennedy y de Alianza. Caminan en silencio, exhaustos, sudorosos. Pasa mi primo Pablo, que juega en Kennedy. Le pregunto cómo salió el partido y me dice que ganaron 3 a 2, pero que estuvo muy picado, que casi hubo piña. No sé si llego a desearlo, pero tengo de pronto en mi interior algo así como la presunción de que algo similar suceda en el partido de fondo. Y no es por desearle el mal a nadie, pero es que tanto le he hablado a Leonardo (lo mismo a Valentín) acerca de lo especiales que son los partidos en los que juega el Kennedy, que ahora tengo miedo de que el partido contra Alianza termine siendo un intercambio de pases a la manera de un encuentro de veteranas del Rotary o del Club de Leones que tironean medio remilgadas de sus propios orgullos en una tarde de té. Me preocupa que tanto Leonardo como Valentín, un poco hartos de mis anécdotas grotescas de lo que pasa sábado a sábado, vayan a pensar que, de haber algo, sucede en el espacio de mi imaginación; o peor: en el espacio del deseo de una imaginación. Así es que cuando empieza el partido, mientras los equipos se olfatean en esos primeros segundos, llego a agradecer que Valentín no haya aparecido.
Con los primeros minutos del partido notamos en seguida la gran superioridad de Alianza para armar jugadas de ataque y llegar con hombres libres de toda marca sobre el fondo de la cancha, prontos a desbordar por la derecha. Otra vez la derecha, me digo, nuestro talón de Aquiles, o uno de ellos. Bueno, en realidad, si se mira a Kennedy en estos primeros minutos parece todo un talón entero, con Aquiles desprendido y andando victoriosamente por cualquier otra parte de la vida. Como sea; observo las subidas del lateral derecho, las incursiones de los delanteros hacia ese rincón de la cancha y me salta el recuerdo de los goles que nos hicieron Nacional y Peñarol de San Carlos para ganarnos en aquellos primeros partidos. Por otra parte, cuando algún forcejeo de los delanteros de Kennedy (sobre todo los dos Pereyra: Nicolás y el "Chala") logra que alguna pelota se vaya al corner, las jugadas resultantes sobre el arco de Alianza carecen de claridad. Por ejemplo: Nicolás Pereyra cabecea un centro desde el corner y el golero de Alianza recibe la pelota sin mucho esfuerzo en la mitad del arco y se apresta a alejarla. Parece que el golero acaba de cobrarle un viejo favor a su rival. El partido avanza minuto a minuto demostrando de forma apabullante la superioridad física y táctica de Alianza. Hay que decir la verdad: del mediocampo hacia abajo los jugadores de Kennedy no pueden hacer nada. Cualquier esfuerzo realizado relega o niega de forma afrentosa la verdad única de que Alianza va a hacer un gol. Y así ocurre. El golazo de Alianza llega aproximadamente a la mitad del primer tiempo. Carlos Baiz, un joven profesor de matemáticas que juega de lateral derecho, mete una pelota por elevación y al vacío sobre la misma línea del ataque. En principio, parece una pelota para nadie. Pero un delantero, librado ya de su marca, corta desde el centro a la derecha y se la lleva hacia la raya de fondo. Luego pone un fuerte pase hacia atrás, rasante, rumbo a la media luna. Allí la va a buscar uno de los volantes, que le pega como viene, con la cara interna del zapato derecho. El tiro es difícil, la cancha no está en muy buenas condiciones y por un momento Leonardo y yo, como muchos de los presentes, tenemos la sensación de que se va camino a lo alto de los pinos que están a diez metros detrás del arco. Pero no. El esférico sale escupido con una curva de adentro hacia afuera, alejándose desde el centro del arco al palo derecho de Alfredo Rodríguez. El arquero de Kennedy salta entonces y la pelota entra por el ángulo superior y abomba la parte lateral de la red. Y menos de una décima de segundo después el brazo derecho de Rodríguez ocupa el mismo espacio por el que acaba de transitar la pelota. Todo el cuerpo del hombre se suspende una fracción de segundo y entonces cae como si en ese preciso instante la ley de gravedad reaccionara furiosa, cae como abandonado por todo, por las fuerzas que lo hicieron llegar hasta allí arriba, por sus compañeros, que se ocupan de comprender la realidad de la pelota rebotando en el interior del arco. Los jugadores de Alianza, mientras tanto, se abrazan a pocos metros de la media luna.
En ese momento llega Valentín Trujillo, resoplando y ajustándose la montura de los anteojos en la parte más alta de la nariz. Nos saludamos y en seguida comenta que pudo ver el gol de Alianza desde el lado opuesto de la cancha, justo en el instante en que el remate había salido.
A partir de entonces el partido comienza a ponerse difícil. Los jugadores de Alianza juegan cada pelota buscando no sólo el segundo gol, sino el tercero y hasta el cuarto. La goleada, si se dilatara esta parte del encuentro, parece una cosa inminente. Los jugadores de Kennedy hacen lo que pueden. Hay algunas arremetidas de Nicolás o de Richard Pereyra, el "Chala", buscando pelotazos desesperados y frontales, pero por lo general los visitantes se dedican a cortar todo lo posible el juego del rival.
Llegado un momento oigo algo que dice Leonardo, o que dice Valentín, o es una cosa que bien pudieron haber afirmado ambos en distintas oportunidades y de forma variada. Sea como sea, podría resumirse en la siguiente expresión: "Yo pensé que el partido (o "esto que vine a ver") iba a ser cualquier cosa; pero no, la verdad que es un partido normal, bien jugado". Apenas soy consciente de a opinión de mis amigos siento que estamos viviendo en un profundo error. Es decir: sé que lo que pueda parecer un partido normal, de trámite regular, como dicen los periodistas deportivos, es algo impropio, y que en cierto modo los invité a Leonardo y a Valentín con una idea diferente de lo que sería finalmente el encuentro. Voy a sincerarme más todavía: quería que ya en esa oportunidad les fuera revelada a ellos esa condición del aire que existe en los partidos de Kennedy, esa forma en la que se imprime a la realidad con un valor distinguido, diverso.
Y ahí, un poco después, sucede, simplemente sucede... Es la figura del 16, el "Canario" Fabián (el causante de los dos penales en contra en el partido pasado, el cobrado y el no cobrado), que crece, crece y contagia de a poco a todos su compañeros de un ímpetu nuevo... Lo del "Canario" es vistoso, pero no debido a que su falta de timing y de control de pelota rayen en lo nulo. No. Es preciso observarlo un poco más de cerca. Es un hombre alto, pero no muy corpulento, y que está a medio camino entre los treinta años y los cuarenta. Tiene el pelo negro, lacio y con un par de entradas de calvicie en cada costado. Hay sufrimiento en su rostro cada vez que persigue un rival o cuando se le planta enfrente, siempre, invariablemente. Sin embargo, es un sufrimiento insólito, como si tuviera la revelación súbita, casi de oráculo, de lo que va a ocurrir en los próximos segundos, y eso se le hiciera insoportable. Es como si le doliera la ignorancia del otro acerca de lo que le sucederá en los próximos dos o tres segundos. Y es que no queda otra. El "Canario" Fabián, con su torso endurecido por la respiración contenida y con los brazos presas de un impulso eléctrico, va al frente, mete la pierna, topa, arrastra, arrasa, y el rival termina dando una serie de volteretas por el aire. El "Canario" Fabián ha sembrado entonces la semilla del mal sobre el campo de juego, y aunque la cancha de Alianza Cinco está levantada sobre un promontorio arenoso y el pasto arraiga allí con grandes esfuerzos, la semilla de la destrucción prende en seguida. Así es que empieza a pasar algo que no pasaba unos minutos antes. Gruesas cortinas de polvo se levantan desde el suelo y barren amplios sectores de la cancha bajo el contundente sol. Los jugadores de ambos equipos comienzan a sentir los primeros efectos fuertes del calor. En cada pelota detenida varios de ellos se arriman hacia los costados de la cancha reclamando un poco de agua. Frente a nosotros, en la parte por la que va y viene el técnico de Alianza, hay contra el alambrado un bidón transparente casi repleto de agua. En su superficie flota media docena de gajos de limón. La luz del sol ciega la superficie entre los espacios donde bogan los fragmentos de fruta.
Marcelo Bilar, uno de los laterales de Kennedy, aparece tirado al borde del área tomándose la pantorrilla derecha. Lo rodean un par de jugadores de ambos equipos. De pronto algunos hacen una seña inequívoca hacia el lugar en que está el Gordo Nene y este se da por enterado de que Bilar no va a seguir jugando. Bilar comienza a incorporarse con lentitud. Alfredo Rodríguez lo ayuda poniéndole el hombro para acompañarlo hasta el borde de la cancha, justo en el lugar en que están el técnico de Alianza y sus ayudantes. Bilar atina allí mismo a aflojar su cuerpo y dejarse caer ya fuera del campo de juego. Alfredo Rodríguez acompaña el descenso de todo ese montón casi sin voluntad propia. Alguien pregunta desde el otro lado del alambrado que sucedió. Bilar está demasiado dolido como para responder. Aprieta los ojos y respira de forma entrecortada. Entonces el arquero de Kennedy mira al frente y responde:
-Mirá que yo le digo todos los días: Dejá el fútbol que esto no es para vos... Siempre le digo lo mismo.
Bilar, mientras tanto, sigue en algún rincón de su propio mundo doloroso. Rodríguez continúa, sonriéndose.
-Pero él no entiende; es terco, el hombre...
Hay algunas risas disimuladas y un instante más tarde el arquero vuelve la espalda hacia el público y retorna trotando hacia su puesto. En uno de esos momentos en que el partido se detiene un jugador de Kennedy se acerca y señala el bidón.
Un momento antes de que el juego se reanude, mientras se hace el cambio, otro jugador de Kennedy se acerca hasta donde están los ayudantes del técnico de Alianza y pide agua. Entonces uno de los ayudantes le extiende el bidón de agua con gajos de limón. El jugador de Kennedy lo levanta con ambos brazos en un movimiento curvo hacia su boca y engulle el líquido mientras la luz fuerte se establece por unos largos segundos sobre la frente sudorosa y sucia. El jugador de Kennedy agradece y regresa en una veloz corrida a su propia área. Valentín se me acerca un poco.
-Che... Yo quiero probar eso a ver qué tiene... -dice.
El técnico de Alianza se inclina y termina de acomodar el bidón junto al alambrado. Aunque casi no le ha sacado la vista de encima a sus jugadores, está muy pendiente del árbitro. Camina al lado de la línea de cal nervioso y de vez en cuando le protesta algún fallo al cuarto árbitro. El partido está yéndosele de su control. Ve a sus propios jugadores recibiendo una patada tras otra, también obligados a tener que golpear para no ser menos. Las nubes de polvo vuelven difuso el contorno de la pelota a lo lejos. Entonces se da vuelta y camina hacia el otro lado una vez más. Se nota que está haciendo un esfuerzo supremo por no perder la compostura, por no caer en la grosería, por no romper la línea de prolijidad que va desde su corte de pelo (corto) hasta su impecable ropa deportiva al tono con su calzado, pasando por algo del tratamiento de pelota que ha infundido en sus jugadores. Cuando al fin sale la protesta, es del tipo:
-¿Hasta cuándo van a seguir pegando, señor?...
O:
-¡Uno trata de jugar al fútbol y los jueces nunca defienden eso! ¡Nunca!...
A unos escasos diez metros, cruzando apenas la línea central de la cancha, está el Gordo Nene. Su cabello alargado contra la nuca, liberado apenas de la gorra, se agita suavemente con la brisa. Si se intentara una comparación rápida y mínima con su técnico rival, el Gordo Nene parece alguien que ha llegado recién, avisado por la proximidad de una desgracia, vestido con lo primero que encontró a mano y sin obedecer paletas ni simetrías. Él no se dedica a recordarle nada al árbitro, puede hacer un comentario que sacuda la autoestima de cualquiera de sus futbolistas hasta revelar un trauma infantil, pero con el árbitro ha preferido no discutir. El Gordo Nene resopla al borde de la línea oteando en la distancia el ajetreo polvoroso. Los brazos separados apenas del tronco terminan de darle forma a una sensación de Far-West, con todo ese polvo volando y ese inhóspito sol. Las palmas abiertas y oscilando sobre los costados de ambos muslos. Así, y sin que Alianza pudiera conseguir su segundo gol, siempre a punto de llegar, con un par de tímidas incursiones de los delanteros de Kennedy hacia el arco defendido por un hombre un poco relleno y veterano, así, se termina el primer tiempo.

La situación parece ser penosa para Kennedy en los segundos cuarenta y cinco minutos. Pero apenas se retoma el partido llega un acontecimiento que lo cambia todo. Luego de una falta en un salto uno de los volantes de Alianza recibe la tarjeta roja de forma directa. Al lado de todas las infracciones previas, esta última parece cosa de risa, algo así como parte indispensable del roce mínimo entre los jugadores. Pero el juez no duda. Corre hasta el jugador ya con la roja en alto. Algunos jugadores locales se arremolinan. En el centro de esa fuerza va el jugador expulsado. Unos pocos jugadores de Kennedy se encargan de ayudar a pacificar los ánimos y el partido se encauza.
A partir de entonces se ve con claridad la gran oportunidad de la que dispone Kennedy para remontar el partido. De a poco el "Chala" Richard Pereyra se conecta con sus compañeros y empieza a hacer su típico juega de recibir una pelota, sacarse un jugador de encima en ese preciso instante y encarar hacia el área apilando a veces o soltando la pelota otras veces para buscar un centro al vacío. Pasan los minutos y Richard Pereyra enloquece literalmente a la defensa de Alianza moviéndose por todo el frente del ataque. El partido pasa a ser realmente bueno. Kennedy juega alrededor del área rival y en cada uno de los ataques existe cierta premonición de empate. Alianza, en cambio, se conforma con apostar al contragolpe tirándole pelotas a su 9, Guillermo Arcidiaco. Arcidiaco es un centro delantero alto y fuerte y no pierde por alto ni una sola de las pelotas que le ha enviado su arquero. En algunas ocasiones logra peinarla para alguno de sus compañeros y dejarlo de camino hacia el área, pero la jugada se resuelve en seguida por la acción de los centrales de Kennedy: Miguélez y Gaidú.
Cuando faltan unos veinte minutos para el final del partido y la insistencia de Kennedy es prácticamente insoportable, el "Chala" entra al área, driblea del medio a la punta derecha y es tocado claramente sin pelota. El penal es bastante obvio. Los jugadores de Alianza se dejan llevar resignados y todos los de Kennedy levantamos los brazos. El "Chala" da su última voltereta sobre la arena y queda un santiamén exánime antes de volver a recobrar su sentido del espacio y el tiempo. Pero el juez señala hacia el lugar de la incidencia hacia para abajo y para arriba con un brazo. El gesto es claro: el "Chala" debe levantarse y dejar de simular. Entonces, cuando el público de Kennedy está por soltar la catarata de puteadas, cuando los jugadores de amarillo están por volcarse sobre la figura oscura del hombre que pese a todo trata de estar atento al desplazamiento de la pelota, cuando la atención estaba signada sobre un punto especial dentro del campo de juego, resuena un grito infernal, como surgido de un lugar secreto y terrible de la historia oculta de la Humanidad, una Verdad revelada desde lo más profundo de la tierra con la fuerza de dos terremotos juntos y expresando la insoportable certeza del advenimiento de un Apocalipsis cebado furiosamente con gases y humores de perdición y apetito de carne.
-¡¡¡HIJO DE PUTA, TE VOY A MATAR!!!...
El Gordo Nene atraviesa la línea de cal que lo separa de la conformidad y lo acerca a la defensa ciega de sus hijos postizos, que reclaman el penal rodeando al árbitro y no han percibido la fuerza que arremete ahora en su auxilio. El Gordo Nene balancea sus brazos separados ostensiblemente de su torso y se impulsa hacia el centro de la cancha. Sus pasos hunden la tierra arenosa y abren su resonancia entre el bullicio general de tal forma que la persistencia de ese sonido constante saca a todos de sí mismos. La figura enorme que ha iniciado su arremetida congela los gestos y los movimientos. Es la ataraxia ante la visión insospechada. Los policías aún no han reaccionado cuando el Gordo Nene lleva ya dos metros (a lo sumo) dentro del campo de juego dejando adivinar bajo su ropa la agitación de la carne furibunda. El Gordo Nene da un paso con el pie izquierdo, se impulsa, luego otro con el pie derecho, unas nubes compactas de polvo arenoso se forman alrededor de los tobillos, y el ciclo de repite, un paso con el pie izquierdo y otro con el derecho, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro y el Gordo Nene ya avanza un metro más. Ya ha descontado tres metros entre él y el árbitro, que ahora se desentiende de la pelota y ve pasar su vida por delante.
Dejemos ahora que el Gordo Nene continúe con su avance metro tras metro e intentemos entrar en su propia cabeza... Hay momentos en la vida en los que uno se lanza tras algo y cuando nos queremos dar cuenta de lo que está ocurriendo nos encontramos en medio del envión del impulso ciego. Y ahí aparece, de pronto, como un signo de amargura, la parte razonable de nosotros mismos que nos ofrece un panorama lúcido de lo que acontece. Y a veces, sencillamente, o casi siempre, ese panorama no nos gusta. Eso es lo que sucedió dentro de la cabeza del Gordo Nene cuando, digamos, le quedaba por recorrer poco menos de la mitad del trecho que lo separaba del árbitro, unos buenos segundos después del momento en que lo dejamos corriendo, en el párrafo anterior. En ese trance de lucidez, llega entonces la duda. Hay un punto del continuo en el que está la posibilidad del regreso y también la del avance definitivo. Ambos aspectos pesan lo mismo, y algo, de lo que todavía está por saberse qué es, hace el resto e inclina el platillo de la balanza de manera irresoluble. En el caso del Gordo Nene pesó más el seguir avanzando, pero sólo porque se trataba de una vergüenza menor. Las caras de sus jugadores, olvidados ya de los reclamos, mirando alelados a su técnico, expresan todo el resto del asunto.
Unos segundos antes de que el Gordo Nene pudiera acercarse al árbitro, sus propios jugadores se le oponen y forman entre varios una barrera, inclinados hacia adelante y prontos a amortiguar lo que se viene. Es entonces cuando los dos policías, con las cachiporras tensas a los costados, entran en el cuadro y se acoplan a la figura del árbitro. Finalmente, cuatro o cinco jugadores logran disuadir al técnico de Kennedy, que termina de salir con la escolta de los policías. Los ojos del Gordo Nene permanecen ocultos bajo la visera. Atraviesa un poco después la portera y apoya ambos brazos sobre el alambrado desde el lado exterior, observando la continuación del partido por el espacio que se forma entre las cabezas de los agentes. Ahora sí, Valentín, Leonardo y yo tenemos que hacer un esfuerzo muy grande para que no se note que no podemos parar de reírnos. Pero, por mi parte, estoy satisfecho. Lo que sea que es eso que define en la cabeza de varios lo que es un partido de Kennedy se ha manifestado de una forma imponente e incuestionable.
Mientras tanto, todos los hinchas de Kennedy que estaban apostados contra el alambrado opuesto, han caminado hasta donde estamos nosotros para darle el espaldarazo al Gordo Nene. Comienzan a putear al árbitro y a amenazar con dársela bien dada a la salida. Uno de los policías, el de la derecha, observa por encima de su hombro a la muchachada. Sabe que está brava. Levanta el handy y susurra unas breves palabras que se pierden entre el griterío de la breve muchedumbre. Poco después el mismo policía se inclina un tanto hacia atrás, sobre la izquierda, y, asegurándose que el técnico de Kennedy puede oírlo, dice:
-Bruto penal, fue...
El Gordo Nene inclina la cabeza hacia un lado y la baja cortando en una línea oblicua la verticalidad de su cuerpo. Pone cara de "me cacho" y niega para sí mismo en silencio.
Mientras tanto el partido está lejos de perder la tensión de los minutos previos a la corrida del Gordo Nene. Todo lo contrario. Alianza apenas puede pasar la mitad de la cancha. Los minutos se consumen. Hay una pelota en el palo del arco de Alianza. Los jugadores de Kennedy se toman la cabeza con ambas manos. Los golpes ya se propinan entre los jugadores sin ningún tipo de pudor. Faltan las pelotas. Vuelven las pelotas. Sigue atacando Kennedy en busca del empate hasta en los mismísimos descuentos. Primero un par de remates francos que el arquero contiene o rechaza a medias. Más tarde un corner del lado derecho. Un jugador de Kennedy que no puedo reconocer entre la montonera se eleva y aplicando un recurso fabuloso elabora una suerte de cabriola en el aire para conectar de taco. La pelota sale despedida como un estornudo, da contra el primer palo y se va hacia los eucaliptos del fondo. Es imposible hacer un gol. El partido parece ir a su final con la amenaza creciente de una gresca total, pero una vez que suena el silbatazo y que la pelota deja de rodar, como si se hubieran desconectado a un dispositivo, todos los hinchas de Kennedy y el Gordo Nene desaceleran sus corazones y sus lenguas y se encaminan a saludar y a alentar a sus propios jugadores rumbo al vestuario, bajo el aire húmedo y sofocante que adelanta la tormenta.
Con Leonardo nos despedimos de Valentín, destrancamos las bicicletas y nos acercamos hacia la salida. De pronto me detengo al cruzarme con Jorge "Popo" Rodríguez, uno de los delanteros. Leonardo sigue de largo y me espera en la calle mientras converso un par de minutos. Recién en ese momento caigo en la cuenta de que Rodríguez no ha jugado el partido, y cuando le pregunto por qué comienza a señalarse la ceja, el cuero cabelludo y la parte interior del muslo derecho. Me dice que entre semana chocó con su moto contra una camioneta. Y me habla también de la bronca que le dio cuando el Gordo Nene le dijo que sería mejor que no jugara este partido y que esperara a recuperarse. Observo la ceja izquierda cosida. Sobresale por encima del hueso como algo mal embutido.
-Yo quería jugar este partido, ¿me entendés?... -repite cada tanto.
Alianza Cinco 1 - Kennedy 0

APÉNDICE: ¿Qué me dejó el partido?

Leonardo Cabrera: "Una nueva noción acerca del deber, la responsabilidad y lo que hace cierta gente que sabe que es un ejemplo para el resto. El Gordo Nene dudó un par de largos segundos antes de desatar la pachorrienta furia de su carrera. ¿El Gordo quería hacerlo? No. Hacía mucho calor. Ni siquiera los jugadores querían correr, mucho menos él, que pesa como cuatro jugadores juntos."

Posiciones (6ª fecha):

Barrio Rivera 33 - 16
Peñarol de San Carlos - 16
Nacional de San Carlos - 15
Huracán - 12
San Martín - 9
Alianza Cinco - 9
Neptuno - 8
Barrio Perlita - 7
Punta del Este - 7
Círculo Policial - 5
Peñarol de Maldonado - 4
San Lorenzo - 4
Deportivo Kennedy - 4
Hipódromo El Peñasco - 3

viernes, 11 de setiembre de 2009

Kennedy '09 (V)

Nicolás Pereyra, delantero de Kennedy, intenta convertir ante la salida del arquero de Neptuno

-Sábado 8 de agosto de 2009. 5ª fecha: Kennedy vs. Neptuno-

¡Por fin estrenamos cancha propia!
Me paro sobre un terraplén de tierra sucia y escombros y del otro lado de la cancha puedo ver los postes del alambrado pintados con los colores de la Institución Atlética Deportivo Kennedy. El rojo... El azul... El verde... El amarillo... Los cuatro colores del equipo repartidos todo a lo largo del costado aquel de la cancha, suspendidos verticalmente entre los hilos del alambre. Hacia un costado, cerca del corner derecho, está colgada la bandera del club. Es cierto lo que me dijo un amigo: parece la bandera del orgullo gay. Cada uno de los colores del club se repite por lo menos dos veces. De tanto verla de chico no había caído en la cuenta de que la similitud es bastante real, pero el orgullo está...
Parado sobre el terraplén, con la cancha de San Martín (donde jugamos los primeros partidos de local en lo que va del Apertura) a mis espaldas, a punto de comenzar San Martín - Círculo Policial, con el panorama de la vieja casa de la curandera a más de doscientos metros, encaramada en una loma que oculta del otro lado los interminables caniles de la perrera municipal y, más allá, la pista de aterrizaje donde sobrevuelan todo el tiempo avionetas privadas y helicópteros; con todo ese panorama, observo lo nuevo. Observo el vestuario con los bloques aún vírgenes que contiene en sí mismo el anhelo agazapado de los jugadores de Kennedy, a punto de salir a la cancha, de una victoria que levante el ánimo. Miro hacia el lado opuesto y reconozco el vestuario destinado al equipo visitante. Tampoco ha sido pintado, y es tan pequeño que es de dudar que pueda caber allí la mitad. Es más. Me pongo a pensar que el técnico, en una de esas, también puede entrar allí, pero si está dispuesto a dejar de lado la posibilidad de mover los brazos al hacer las indicaciones.
Ahora voy a decir una cosa que no quiero que sea tomada a mal... No le presté mucha atención, o al menos toda la atención que se merecía, al primer tiempo de Kennedy contra el equipo que llegaba desde San Carlos: Neptuno. Sé que Kennedy entró a la cancha alentado por las voces de siempre, que se sacó una foto a un costado del círculo central y que en los primeros minutos hubo un par de jugadas de riesgo tanto para un equipo como para el otro, pero no se puede hacer mucho si uno está parado al lado de algunos hinchas de Kennedy que se desempeñan como dealers o que han tenido problemas gruesos con la ley y a nuestras espaldas, en la cancha de San Martín, está jugando Círculo Policial, cuyos jugadores son, justamente, LOS REPRESENTANTES DE LA LEY Y EL ORDEN...
Así que, al este: Kennedy-Neptuno; y al oeste: San Martín-Círculo Policial.

Al este: El partido comienza a destrabarse en los primeros minutos. Los visitantes se sueltan y asedian de a poco el arco de Kennedy. Nuestros defensas logran por el momento alejar el peligro, pero la pelota no puede ir mucho más lejos. Nuestros volantes la toman y tratan de hacerla llegar a los delanteros, pero no sucede nada de importancia. O sea: regresamos una vez más al viejo deseo de poder entrar al área con la pelota dominada.

Dramatis malandrae:

(por orden de importancia)

Maschio: El líder. Unos 30 años de edad. Gorra de visera con la inicial de un equipo de la NBA. Lentes negros, manchados de huellas digitales algo grasosas. Varios dientes de menos. Tirando a gordo, por lo que se ve que le ha ido mejor en la vida en los últimos tiempos. La recibe de los grandes distribuidores, la prepara, a veces la adultera, y la vende a buen precio. Tiene buen humor, aunque no le gusta que lo jodan.
Cedrón: Es el número dos. No llega a treinta años. Su cara, vista de frente, es como un triángulo: la base es la línea superior de su frente, en el otro extremo está su barbilla afinada, con la boca diminuta y recta. No le interesan los espacios naturales que hay entre las palabras cuando tiene que hablar. Posiblemente tenga mayor facilidad para desenfundar que Maschio.
Marcelito: Es el más alto de los tres, pero el de menor importancia en cuanto a decisiones que haya que tomar. Lleva lentes de sol y una gorra como la de Maschio. Se dejó crecer la barba hace como un mes. Es obvio que depende de Machio para muchas cosas, y en menor medida de Cedrón. Marcelito no habla. Marcelito hace que sí o que no con la cabeza cuando Maschio o Cedrón dicen algo. Está sentado en el terraplén, pero un poco más abajo, a la altura de los pies de los otros dos.

Maschio: ¡¡Vamo' el Quénide, vaaaamo!!
Cedrón: ¡¡Vamo' ehhhh!!
Marcelito: (hace que sí con la cabeza)
Hay una jugada en la que el árbitro estima que debe cobrar falta a favor de Neptuno.
Cedrón: (hacia el árbitro) ¡No empecés a hacerte el fantasma, eh! ¡Tranquilito!
Maschio: ¡Dale suave, bichicome!
Marcelito: (asiente de forma eléctrica)
El tiro libre de Neptuno cae sobre el área de Kennedy. Uno de los zagueros cabecea la pelota de frente y la devuelve hacia la mitad de la cancha.
Maschio: ¡Bien, Lito! ¡Bien! (varias gotitas de saliva salen hacia adelante, terraplén abajo, como un montón de nadadores lanzándose en una competencia contrarreloj)
Cedrón: (aparte, al ayudante técnico de Kennedy) ¡Hay que darle motivación a los chicos, hay que darle! ¡El club se tiene que poner dándoles de premio una noche con el Gaby!
[Aclaración: el/la Gaby es un popular y querido travesti del Kennedy]
Maschio: El Raúl estuvo con la Gaby el otro día...
Cedrón: Me dijo, boludo... Dice que la Gaby de repente se puso a gritar: "Dame suave que soy un hombre no un animal".
Maschio: ¡Ah! ¡Pero está exquisita, ahora!
Risas.
Marcelito: (Se da vuelta, mira hacia arriba y se ríe con ellos).
Resuenan gritos y aplausos del lado opuesto.

Al oeste.

Un tiro de uno de los jugadores de Círculo Policial ha pasado rozando el palo derecho del arco de San Martín.
Cedrón: ¡Vamo' el Policial, vamo'!
Risas.
Maschio: ¡Mirá el pelao, el diez! Ese es de la GEO.
Ambos siguen con la mirada a un jugador calvo que corre como si en realidad fuera un jugador de fútbol americano, metido dentro de la parafernalia de protecciones y hombreras que se usan en ese deporte.
Cedrón: ¿Y ese juega de diez?
Maschio: (hacia la cancha) ¡Vamo' GEO, eh! ¡Estamos contigo a muerte!
Risas.
El jugador de Círculo Policial vuelve trotando suave hacia el centro de la cancha sin atender a los gritos.
Marcelito se da vuelta y pasa a observar también el partido entre San Martín y Círculo Policial.
Los ataques de Policial son más incisivos que los del equipo local. Los jugadores de San Martín parecen desorientados. Los de Policial no resultan especialmente habilidosos cuando se los ve dos veces seguidas, pero allí están, asediando de continuo el área rival.
Un volante de contención de Policial juega la pelota por alto hacia una punta. Cedrón y Maschio se lo quedan mirando.
Cedrón: ¿Ese no fue el del relajo en la calle 5?
Maschio: ¿Cuál?
Cedrón: El que me cagó a patadas y me metió de cabeza en el patrullero, boludo...
Maschio: ¿Ese es?
Cedrón: Ese, boludo...
Maschio: Lo más sorete...
Cedrón: ¡Vamo' San Martín, vamo!...
De repente hay un centro del 10, el de la GEO, y uno de los defensas de Policial, culminando brillantemente su incursión en terreno rival, salta, conecta el esférico de cabeza y la manda al fondo del arco. Cuando el arquero de San Martín toca el suelo y levanta polvareda las esposas y las novias y los hijos de los policías empiezan a saltar detrás del alambrado. Unos momentos después, cuando el abrazo múltiple de los jugadores de Policial se deshace al borde del área, enviando a cada jugador a su puesto respectivo, surge la figura del defensor goleador, corriendo con la cabeza gacha, casi indiferente a la ovación particular que lo reviste de un aura única, todo él humildad y esfuerzo. Maschio lo sigue con la mirada y de golpe hace sonar una palma de su mano con la otra; es un gesto como el de quien se acuerda de la existencia de un pariente lejano.
Maschio: ¡Mirá quién es!
Cedrón: (hundiendo sus manos en los bolsillos de la campera y encorvándose hacia adelante) ¡Noooooo!
Maschio: El que anda de noche, boludo, en la moto...
Cedrón: (gritando hacia el jugador) ¡Bien! ¡Bien! ¡Ahora sí! ¡Esta noche vas a estar calentito adentro del Corsa! ¡Felicitaciones! ¡Zafaste de la motito! ¡Vas a estar acomodado en el Corsa, calentito!...

Al este.

La gente protesta. El partido se ha detenido quizás en el mejor instante de Neptuno. Neptuno parece ser, hasta este punto, el rival más prolijo que enfrentó Kennedy desde su partido de la primera fecha contra Barrio Rivera.
El árbitro corre hasta la banda más cercana a nosotros, sostiene una breve conferencia con el juez de línea y de inmediato sale disparado hacia el área de Kennedy. Se para frente a Marcos, el número 3 de Kennedy, y le muestra la roja directa. El defensa no puede creer lo que ve. Trata de ir primero sobre el árbitro y sus compañeros lo contienen. Luego intenta lo mismo trotando hacia el sitio donde el juez de línea observa todo impertérrito.
Cedrón: ¡No seas malo, muchacho! ¡No podés ser tan botón!
Maschio: ¡Qué lambeta que saliste!
Línea: (encongiéndose de hombros, casi inaudible) ¡Qué querés que haga!
El número 3 de Kennedy se retira por el lado opuesto del campo de juego y el partido, una vez más, se le complica a Kennedy por una expulsión más que sorpresiva que obliga al Gordo Nene a hacer un sinfín de piruetas desde el sector donde comienzan a calentar los suplentes. El rival crece de una forma insoportable, entonces. Los defensas se ven desbordados, los volantes no colaboran como se debe en la recuperación de pelota. Los delanteros juegan de este lado de la línea media de la cancha.
Maschio: ¡Vamo' a meter huevo, carajo!
Voz anónima desde detrás del arco de Kennedy: ¡Callate la boca, negro!
Maschio: ¡Pagame lo que me debés, hijo de puta!
La voz anónima no responde.
Los últimos minutos del primer tiempo se vuelven angustiosos. Considerándolo bien, lo mejor que pueden hacer los jugadores de Kennedy es revolear la pelota hacia el primer lugar que se les ocurra, y con toda la fuerza posible. Y es lo que hacen, en efecto.
Cuando suena el silbato los jugadores de Kennedy se reúnen a medias contra el banderín del corner esperando cada uno su turno para pasar a través de los hilos del alambrado. Van hacia la primera charla de entretiempo que el Gordo Nene va a dar en el nuevo vestuario. Eso es algo.
Maschio: (caminando hacia el lado de la calle) Bueno... Voy en la moto a buscar vino... (a Cedrón y a Marcelito) Demen plata...
Marcelito saca algunas monedas y un billete y se lo entrega a Maschio.
Cedrón: ¡Pa! No tengo nada, boludo...
Maschio: ¿Nunca tenés plata, pelotudo? ¿Siempre te tengo que dar todo yo? (luego se dirige hacia mí) ¡Damián! Dame plata pare el vino...
Yo, que me iba alejando hacia el mismo lado, también, me entreparo y trato de decirle algo, pero meto una mano en un bolsillo del pantalón y lo revuelvo evitando los billetes, separándolos con el meñique y el anular hacia un rincón donde no abulten. Miro el cielo y pongo cara de estar fabricando el dinero, precisamente. Saco dos monedas, una de un peso y otra de dos y se las ofrezco a Maschio. Son las únicas monedas que tengo.
Maschio: ¿Otro más que no tiene nada? ¡Dejate de joder!... Si no fuera por mí estos boludos se mueren de hambre...

Para el segundo tiempo me paré detrás del arco que daba sobre la calle. Primero porque era el arco sobre el que atacaba Kennedy, y quería sacar algunas fotos. Y segundo porque del lado del terraplén Maschio, Cedrón y Marcelito empezaron a pasarse las botellas de vino y a ponerse pesados con los milicos que jugaban del lado de la cancha de San Martín.
En el segundo tiempo, en este sábado 8 de agosto de 2009, se da la conversión de Kennedy en un equipo distinto. Es algo que ni el hincha más entusiasta esperaba. Aclaremos: no se trata tampoco de que el equipo haya superado la dificultad de hacer goles. Pero la entrega, el corazón que puso cada uno de los jugadores en cada jugada fue algo que, teniendo en cuenta que se tenía un hombre de menos, fue algo que parecía sacado de otro partido. Jugadores como el Richard "Chala" Pereyra o Nicolás Pereyra o Néstor Silvera comienzan a destacarse. A esto hay que sumar el gran partido de Gaidú, que entra al partido con la difícil misión otorgada por el Gordo Nene de cubrir los huecos que dejó la expulsión. Gaidú es un jugador de la tercera y no es, que se diga, bastante atlético. Es retacón y bastante subido de kilogramos. Si en algún momento hubiera un gol de Kennedy, Gaidú, desde su humilde posición detrás de la mitad de la cancha, no llegaría a tiempo al festejo del gol, llegaría cuando la alegría sería un conjunto de retazos dispersos que él mismo tendría que tomar de alguno de sus compañeros que corren de vuelta a su propia cancha. Pero Gaidú tiene una cualidad que define a ciertos jugadores que rinden a pesar de todo: la pelota parece dirigirse siempre hacia él, con un margen de error de más o menos cero coma cinco metros. Así, a medida que avanzan los minutos y los jugadores de Neptuno se observan perplejos preguntándose qué había sido de su superioridad numérica, Gaidú va abriendo un surco desde la zona izquierda a la mitad de la cancha, algunas veces apilando un par de jugadores, otras veces logrando una buena combinación de pases a la "tuya-y-mía" que nos deja a todos con la boca abierta. Y una a una, como un goteo que abre de a poco un pequeño hoyo en la tierra, las pelotas empiezan a llegar a los dos Pereyra de la delantera de Kennedy. Tanto el "Chala" como Nicolás prueban una y otra vez al arquero de Neptuno anunciando la caída inminente de la valla. Pero el número 1 de Neptuno está en su tarde. Y el número 16 de Kennedy también. Más conocido como el "Canario", este defensa de Kennedy, también ascendido desde la tercera, es una especie de maestro de la destemplanza hecha disciplina. Porque uno sabe que es fácil de vez en cuando errarle a una pelota y pifiarla o reventar de una patada al rival, pero que eso se transforme en algo que ocurre siempre, cuando lo fácil de repente es lo otro, lo de cortar bien una pelota o entregarla a un compañero en condiciones o no pegarle a un rival, entonces estamos hablando de otra cosa muy especial. Ver al "Canario" jugando es como ver a una persona que se da cuenta de que el mundo vive en permanente alergia y que entiende que él es el único elemento capaz de contrarrestarla. Rasca, muerde, raspa, sutura, cose, descose... Ninguna faceta de la fricción le es ajena. Así que cuando el partido es más favorable a Kennedy y un delantero de Neptuno hace una expedición no del todo convincente sobre el área de Kennedy, soñando con patearle a Alfredo Rodríguez, el "Canario" hace una entrada fantasmagórica y se lleva por delante al rival como si lo estuviera invitando a pelear a la salida de un bar. El delantero pierde el equilibrio y cae hacia un costado. Los jugadores de Neptuno levantan los brazos y gritan "¡Penal". Los de Kennedy miran hacia abajo e inician el típico gesto que se continúa en una negación con la cabeza. Pero al árbitro nadie le viene con cosas raras. Grita "¡Siga! ¡Siga!" y de pronto la película vuelve a adquirir su velocidad real y Alfredo Rodríguez se adelanta un par de pasos y embolsa la pelota contra su pecho. Sin embargo, al "Canario" nadie le desconoce el mérito. Si el primer penal no le fue suficientemente convincente al árbitro, cuando el mismo jugador comete otro al árbitro no le queda más que reconocerlo sacudiendo la cabeza a uno y otro lado. No sé si se trató del mismo delantero de Neptuno, pero el agresor fue el mismo, de eso no hay duda. Esta vez el delantero abandonó la verticalidad en menos de un segundo como en una escena de Mortal Kombat y giró sobre sí mismo al menos unas dos veces paralelo al piso. El juez pita y señala el punto penal. Los jugadores de Neptuno levantan de nuevo los brazos, pero de contentos. El Gordo Nene también los levanta, pero lo que hace es una especie mímica de estrangulamiento. Entonces la cancha se vacía de sonidos. Un jugador de Neptuno acomoda la pelota sobre el punto blancuecino, retrocede cuatro o cinco pasos y casi de inmediato comienza una breve carrera hacia la pelota, casi sin mirar a Alfredo Rodríguez. El tiro sale fuerte al medio del arco y se levanta cada vez más. Rodríguez vigila la trayectoria y llega a tocar la pelota en el instante en que parecía irse por encima del travesaño. Entonces empezamos a saltar y el golero de Neptuno, a un par de metros de donde estoy, se golpea los muslos con ambas palmas de las manos y grita "¡La puta que los parió!". Luego llega el corner, alguien de Kennedy cabecea hacia afuera del área y el peligro se diluye otra vez. El partido se acerca a su final. Hay un par de intentos, uno de Nicolás Pereyra que termina invalidado por off-side cuando el gol estaba prácticamente convertido, y otro de Gaidú, llegando a las puertas del área y rematando apenas pasada la media luna. Incluso con una nueva expulsión, en este caso de uno de los defensas de Neptuno, el partido no varía. Es decir, Kennedy no encuentra la manera de convertir el gol. Ya no basta con que pase completamente por arriba a su rival en todos los otros aspectos. El partido se acaba con el 0 a 0. Los jugadores de Kennedy se miran entre sí o se concentran en el pasto como si allí buscaran un tipo de explicación. Pero nosotros nos quedamos contentos. Apareció una actitud diferente, un camino a seguir que nos puede sacar del fondo de la tabla donde nos han sepultado los últimos resultados.
Del otro lado, en la cancha de San Martín, resuenan las voces y los bocinazos de los automóviles y las motos que festejan la victoria del visitante.
Kennedy 0 - Neptuno 0.
San Martín 2 - Círculo Policial 3

Posiciones (5ª fecha):

1º Barrio Rivera - 13 pts. (+9)
2º Peñarol de San Carlos - 13 pts. (+4)
3º Nacional de San Carlos - 12 pts.
4º Huracán - 9 pts.
5º Neptuno - 8 pts.
6º Barrio Perlita - 7 pts.
7º Alianza Cinco - 6 pts. (+2)
8º San Martín - 6 pts. (-2)
9º San Lorenzo - 5 pts. (-1)
10º Círculo Policial - 5 pts. (-3)
11º Deportivo Kennedy - 4 pts. (-1)
12º Punta del Este - 4 pts. (-6)
13º Peñarol de Maldonado - 4 pts. (-7)
14º Hipódromo El Peñasco - 3 pts.

(*) Nota: Recordemos que los ocho primeros equipos clasifican para el torneo Clausura.

martes, 1 de setiembre de 2009

Kennedy '09 (IV)


"Piringo-Zidane", 10 de Nacional de San Carlos, se lleva la pelota ante la marca de Hernán Cerspo.


-Sábado 1º de agosto de 2009. 4ª fecha: Kennedy vs. Nacional de San Carlos-

(Vuelta a la localía o Queremos sumar tres puntos más o Meditación trascendental con el Gordo Nene o Dame el significado ahora o ¿Por qué carajo juegan diferente, Padre Nuestro? o ¿Sueñan los delanteros de Kennedy con los goleros con hemorroides?)

El partido, como quien dice, empezó en el segundo tiempo. O, para darle mayor precisión a todo el asunto, habría que agregar que en el segundo tiempo se revelaron o se hicieron entendibles los significados profundos que fueron anunciados en el entretiempo. Y si cabe, aún, la idea de querer resumir el trámite del primer tiempo, entonces sería esto: A) Imposibilidad de meter bien el último pase… B) [En el caso curioso en que A no era un impedimento] Imposibilidad de poder patear bien ante la oportunidad de gol… C) Imposibilidad de frenar el escaso avance de los rivales D) Imposibilidad de poder superar a los rivales de Nacional de San Carlos tanto en promedio de edad como en promedio kilogramos… E) Otras imposibilidades… F) Las frases del Gordo Nene… Ejemplo: “Hay que meterla adentro, ¿no?...” G) La confirmación de que la cancha de San Martín (donde Kennedy juega de local hasta la habilitación de su nueva cancha) ya no es lo que era… Ejemplo: el parche de arena del tamaño del círculo central… H) El poco público presente. I) El frío intenso que muerde las extremidades como un animal enloquecido… J) La melancolía del línea del lado para el que atacaba Kennedy…
Cuando termina el primer tiempo, el Gordo Nene da un primer paso hacia el interior de la cancha y con el brazo señala un sector. Los jugadores se amontonan sobre el lado izquierdo y forman un círculo callados. Saben que lo que han jugado en los últimos cuarenta y cinco minutos no tiene ningún parecido con el partido pasado, en el que le ganaron 4 a 0 a Peñarol de Maldonado. Saben que hay algo que está andando mal de nuevo. El Gordo Nene se mueve de un lado al otro del círculo, como si fuera una imagen golpeando en cada uno de los extremos en un protector de pantalla de una computadora. Hasta que los jugadores, abatidos, jadeantes, sudorosos, sienten caer sobre sí el flujo aguardado. El Gordo Nene, tronante, deja caer entonces sus palabras sin ninguna introducción: “Si no les ganamos a estos somos una pijas.”

Con la ventaja de saber que se está empatando 0 a 0, comienza el segundo tiempo. Sin embargo, cualquier sentimiento de tranquilidad se disipa en seguida. Nacional de San Carlos ha entrado a la cancha como un verdadero vendaval. Los volantes de Kennedy no logran retener la pelota y una y otra vez la zona izquierda de la defensa sufre los embates del puntero derecho y del 10 de Nacional de San Carlos, un tipo muy parecido a Zidane al que todos sus compañeros le gritan “Piringo”. Es más, si cabe la comparación con el jugador francés (puesto que estamos hablando en realidad a escala), el jugador de Nacional de San Carlos tiene de Zinedine Zidane ese doble ritmo entre la parsimonia y la resolución rápida, que tan bien lo caracterizaba. Como sea… “Piringo” Zidane, el 10, hace estragos por el lado izquierdo de Kennedy, donde el lateral Hernán Crespo no da abasto y tiene que enfrentar de a dos y de a tres rivales. Para complementar el problema, los despejes son malos, siempre a medias: unas veces a causa del viento y otras veces porque el barro no permite que los jugadores se afirmen bien al golpear la pelota, aunque también hay que hacer mención de alguna que otra mínima indispensable impericia. Como sea: el “Mono” Melo se va porque no ha hecho nada y entra Jorge “Popo” Rodríguez. Pero el problema sigue atrás. Por izquierda, Hernán Crespo está siempre solo contra dos y hasta tres rivales. Hasta que se instala en todos una única pregunta: ¿Cuándo va a ser el gol de Nacional de San Carlos?... Y… En seguida, en una jugada iniciada por “Piringo-Zidane” desde el medio hacia la punta izquierda. Uno de los delanteros desborda sobre la línea de fondo y la pelota atraviesa el área como saliendo hacia el lado de la media luna. Llega entonces otro delantero y la toca suave como un penal. Es un gol muy, pero muy parecido al gol que en ese mismo arco le hizo a Kennedy el equipo de Peñarol de San Carlos hace dos fechas.
Pese a todo, pese a que uno podía creer en lo peor, llega de inmediato, en la jugada siguiente, el gol del empate de Kennedy. Y la verdad es que es un gol como tenía que ser, teniendo en cuenta las diferencias de juego entre los dos equipos. El 6, Néstor Silvera, le da de lleno a una pelota que quedó picando de frente al arco, un poco antes de la media luna, y le sale un tiro tipo parábola, una cosa que no termina más de bajar, que entra al arco incluso un segundo después de que el golero se haya estirado en el aire y haya tocado el suelo. Cuatro o cinco compañeros corren hasta Silvera y se forma un abrazo sentido, apretado. La pelota vuelve al centro del campo y el partido se pone 1 a 1.
En los minutos que siguieron, quizás a causa del impulso que da el gol, Kennedy logra detener el avance impetuoso de su rival. Pero hablar de eso es como hablar de un veranillo, de algo breve y hermoso que en cierto modo termina siendo algo antinatural, un desequilibrio que finaliza en una tormenta. La patada aislada, innecesaria, que le da Jorge “Popo” Rodríguez al lateral derecho, y por la que se hace acreedor de una roja directa, restituye un orden que sólo un acto fuera de lugar como el remate de Néstor Silvera había podido relegar. El partido se complica, y mucho… Crespo sigue sin poder hacer nada por la izquierda, y Palacio, por el sector derecho, lo mismo. A veinte minutos del final la defensa de Kennedy da un rebote hacia el medio y llega un rival y le da a colocar de zurda, hacia el palo derecho de Alfredo Rodríguez. Es el segundo gol de Nacional de San Carlos. La pelota entra mansa y toca de aire la red del fondo del arco y se queda dormida unos instantes hasta que la revolean hasta el centro de la cancha.
De ahí en más el partido se vuelve angustiante. Los esfuerzos de Kennedy por lograr el empate, con un hombre menos, son demasiado débiles. Basta en cierta manera aguardar que no lleguen más goles del rival.
En eso llega, Alexander, un conocido del barrio, uno de esos jugadores que les hemos dado a clubes como Ituzaingó o Deportivo Maldonado. Un jugador que, de no ser por un problema incurable en la rodilla, habría terminado defendiendo la camiseta tetracolor de Kennedy. Intercambiamos algunas frases sueltas sobre un par de jugadas y de pronto tratamos de roer con nuestras mentes el nudo de lo que está sucediendo allí dentro, a unos pocos metros. Y como encontramos la respuesta muy fácilmente, nos quedamos con cierta duda. Y la respuesta es esta: los rivales simplemente se pasan la pelota entre ellos. Es decir, si uno analizara el juego de Nacional de San Carlos de forma aislada, como si se tratara de ratones corriendo dentro de unos laberintos en un laboratorio, podría decir que ese equipo juega de una forma que hace que el fútbol se parezca a una coreografía de danza contemporánea. ¡Pero qué tal! ¡Van ganando!... Y eso es lo que le cuesta hacer a Kennedy: pasar la pelota. A los jugadores de Nacional de San Carlos les basta con eso, pasarle la pelota al jugador más cercano y moverse un poco para ser un buen candidato a recibirla de nuevo. A esta certeza, observando los últimos minutos del partido, le sigue la bronca, y a la bronca, la sensación de irrelevancia de todo, de lo que está en juego y lo que no, del sudor bajando por las sienes de los jugadores, de las puteadas del Gordo Nene desde el otro lado del alambrado, de los tapones surcando el barro. Nada importa y todo se vuelve un motivo más encontrar el humor resignado con el que podamos regresar a casa. Por eso mismo, creo, cuando la realidad no da para más, es que termina reventando por algún lado. Veamos el siguiente caso, si no…
Es el último minuto del partido, o el último minuto de los descuentos, mejor dicho. La situación es agónica, realmente. Kennedy apuesta en un tiro de esquina, en una jugada que sabemos que va a ser insufrible, a lograr el tan ansiado empate que no lo hunda en lo más bajo de la tabla de posiciones. El arquero, Alfredo Rodríguez, observa apenas hacia el costado de la cancha. El Gordo Nene levanta el pulgar y entonces Rodríguez corre a toda velocidad hacia el área rival a buscar ese milagro que es ver a un golero hacer un gol de cabeza. De ahí la frase “El día del golero”. Unos segundos después el árbitro pita y el jugador de Kennedy encargado de patear el corner inicia su breve trote hacia la pelota. El centro es malo, bastante defectuoso. Un defensa lo rechaza hacia la mitad de la cancha y uno de los volantes de contención de Nacional de San Carlos, un gordito de poco más de metro y medio de altura, ve caer a sus pies, como si fuera una sorpresa de esas que la vida le da a uno en el día menos pensado, una pelota corriendo suave, sin ningún tipo de efecto o direccionalidad que complique lo que se pueda hacer con ella. El único escollo es un volante de Kennedy mal parado que el jugador de Nacional de San Carlos logra sortear con una gambeta larga. Y nada, nada más que lo separe del gol. Alfredo Rodríguez corre como un desquiciado al que se le prende fuego la casa, pero está muy lejos de poder alcanzarlo. Cuando el jugador cruza la mitad de la cancha, notamos con Alexander que algo no anda bien. Es decir, parecería que la única parte del jugador que está convencida de esa situación, que cree en la posibilidad del gol, es su torso. Lo demás, los brazos y, muy principalmente, las piernas, tienen como ciertas dudas, pero igual contribuyen a la carrera como de mala gana, por el sólo hecho de quedar bien. Dos o tres mujeres, inclinadas sobre el alambrado que queda tras el arco de Kennedy, comienzan a saltar.
-¡¡¡¡Gol, Poroto!!! ¡¡¡Gol!!! –gritan -¡¡¡¡Gol, Poroto!!! ¡¡¡Gol!!!...
Y luego se sienten unas voces masculinas que se suman. Es una melopea magnífica. Poroto acorta definitivamente la distancia con el arco rival, pisa el área, acomoda el cuerpo, siente sobre todo su cuerpo un aire nuevo que lo envuelve. Se trata de la gloria soñada. El arco libre es irreal, pero está ahí, y sólo hay una cosa para hacer al respecto.
-¡¡¡¡Gol, Poroto!!! ¡¡¡Gol!!!...
La pierna derecha de Poroto se recoge sobre sí misma, prepara el tiro de gracia. Entonces la velocidad vuelve a hacerse normal, y todo sucede tan rápido que los cerebros circundantes necesitan un provisión extra de neuronas para integrar la información exacta. El tiro de Poroto sale dando tumbos, sobre la derecha, y la pelota da en el palo y se va más hacia ese extremo. Hay unos gritos ahogados, hay un par de insultos, pero Poroto no se rinde. Corre hacia la pelota, que ha quedado picando a un costado como una mascota esperando una nueva instrucción de su dueño. Mientras tanto Alfredo Rodríguez llega al arco y se instala sobre la línea. Poroto no ve la posibilidad del gol, observa a uno de sus compañeros que entra por el medio y se la cede. El golero de Kennedy no puede atinar a ningún movimiento. Es el tercer gol de los visitantes. El árbitro señala la validez del gol y al instante, con otra serie de pitazos, anuncia el final del partido mientras sacude la cabeza hacia ambos lados. Alexander y yo estamos casi abrazados, más bien como si el cuerpo de cada tratara de impedir que el del otro se vaya al suelo. Estamos riéndonos de una manera enfermiza y en un segundo se nos empiezan a salir las lágrimas. Nunca un gol en un partido del Kennedy nos había hecho llorar tanto.
Kennedy 1 – Nacional de San Carlos 3.

Posiciones (4ª fecha): Barrio Rivera -12 Peñarol de San Carlos -10 Huracán -9 Nacional de San Carlos -9 Neptuno -7 San Martín -6 Barrio Perlita -4 Punta del Este -4 Peñarol de Maldonado -4 San Lorenzo -3 Deportivo Kennedy -3 Alianza Cinco -3 Hipódromo El Peñasco -3 Círculo Policial -2

Jorge "Popo" Rodríguez es expulsado minutos después de que su equipo lograra el empate.



lunes, 24 de agosto de 2009

Kennedy '09 (III)


-Sábado 11 de julio de 2009. 3ª fecha: Peñarol de Maldonado vs. Kennedy-

Cuando yo iba al liceo, quince años atrás, en un aparte en una clase, una profesora de física me explicó una ley o un fenómeno que me dejó pensando. Apuntó con uno de sus dedos a su bolso de calle, que estaba sobre el escritorio, y me dijo que sobre ese objeto en cuestión interactuaba un montón de fuerzas que llegaban desde todos lados, y que al tener esas fuerzas todas el mismo valor, eso hacía que el bolso no se moviera para ningún lado. Es decir, el bolso de mano de la profesora de física, el escritorio, ella misma (lo cual hacía más curiosa la ley), cualquier cosa estaba sujeta todo el tiempo a una especie de pulseada magnífica y secreta. Hasta que, claro está, una fuerza levemente mayor influía desde cierta dirección y desajustaba la situación. Entonces nacía el movimiento. Por años, esa anécdota se transformó en lo que más recuerdo de las clases de física de tercero, y así y todo nunca pude sustraer lo que tenía de fantasmal.

Luego de haber caído ante Peñarol de San Carlos, Kennedy tenía que enfrentarse en la tercera fecha de la Divisional Ascenso ante el otro Peñarol, el Peñarol de Maldonado. Pero transcurrió mucho tiempo para que ese partido se disputara. El sábado 27 de junio, fecha que correspondía naturalmente a la tercera del campeonato, la actividad fue suspendida por la venia electoral. Al otro día fueron las elecciones internas de los partidos políticos. El siguiente sábado, el 4 de julio, se suspendió la fecha debido a la ausencia de policías que cumplieran con el servicio de 222 en las canchas de San Carlos.

Cuando llego a la cancha de Peñarol de Maldonado el partido apenas ha comenzado y me entero de que en esos primeros minutos Kennedy ha convertido su primer gol del campeonato. Lo hizo Olivera, el 5, con un remante desde afuera del área que el golero trató de retener en vano. El técnico de la tercera me describe la jugada de forma intermitente, con subidas y bajadas abruptas en el volumen de su voz. Me habla del viento a favor, pero también del arquero de Peñarol de Maldonado.
-Se lo comió al gol... Era una pelota fácil...
Observo entonces el cielo azul y límpido, el sol brillando suavemente y acariciando los números en las espaldas de los jugadores de Kennedy, los rostros de los visitantes, excitados en la búsqueda del segundo gol. Corre también un viento fuerte y helado que en ese primer tiempo favorece a Kennedy. Los pelotazos y los centros sorprenden continuamente a los jugadores de Peñarol. La pelota anuncia su caída en un sitio, pero el viento la frena o la lanza de pronto un metro o dos más allá o más acá. Los defensas de Peñarol se rezongan entre sí, pierden las referencias de las marcas, chocan entre ellos o tratan de alejar la pelota con un rechazo frontal y entonces la pelota sube y se detiene un par de segundos embolsada por el viento hasta que empieza a caer casi de forma vertical sin haber pasado la mitad de la cancha. Los delanteros de Kennedy se muestran más rápidos y atentos. Parece que el segundo gol es una realidad incuestionable. En un corner desde la derecha, por ejemplo, Nicolás Pereyra encuentra una pelota cerca del punto penal . Le da de aire, con la cara interna del zapato derecho. El tiro sale fuerte y cruzado y pasa por delante del ángulo superior derecho. Unos segundos después el golero coloca la pelota en el borde del área chica y se aparta hacia el lado del arco para que uno de los zagueros, que viene a la carrera, la reviente hacia el otro sector de la cancha. El zaguero es un muchacho moreno, alto y corpulento, que trabaja de reponedor en el supermercado al que voy siempre. Lo veo casi todos los días subido a un montacarga, surcando el espacio entre las góndolas y elevando varios metros fundas gigantescas de papel higiénico.
-¡Vamos! ¡Vamos, carajo! -grita, y corre algunos metros más luego del impacto como si se le ocurriera perseguir a la pelota, pero esta parece dar contra una barrera de goma invisible y empieza a caer en picada casi sobre el círculo central.
Y otra vuelta lo mismo. Las jugadas de peligro para el arco de Peñarol no terminan nunca, y el próximo gol de Kennedy seguro llega pronto. Pero para que eso ocurra va a pasar algo de tiempo y va a haber una interrupción de por lo menos dos o tres minutos debido a la ausencia de pelotas.
Cuando se está jugando la mitad del primer tiempo una pelota rechazada por un volante de Peñarol se pierde tras unas casillas en un terreno lindero. El juez solicita una pelota de repuesto y de repente todos comienzan a mirarse entre sí: los jugadores entre ellos, los espectadores entre sí y luego con los jugadores, los delegados y los técnicos con los jueces y los jugadores, y los jugadores otra vez con los espectadores. A los policías no los mira nadie. Ninguna de las pelotas reaparece. Desde detrás del arco de Peñarol oigo el inicio de una discusión entre el árbitro y el técnico del equipo local. No distingo bien lo que se dicen, pero si se tratara de una familia, el juez sería una madre avergonzada.
Para tratar de captar algo camino hasta el costado de la cancha, pero cuando llego ha aparecido una de las pelotas y el juego se reanuda. Por ahí veo a un muchacho trepado sobre el muro de una de las viviendas que dan sobre ese lado de la cancha. Desde la otra parte se escuchan ladridos. La gente, allí casi todos son de Peñarol, le dice que salte hacia adentro.
-No puedo, muchacho -contesta -Está lleno de perros... pero de acá se ven las dos pelotas.
El técnico de Peñarol se da vuelta.
-¿Y la mujer? -le grita -¿No está la mujer?
El muchacho responde que no y se queda haciendo equilibrio en la cima del muro, sobre la protección de alambre de púa.
El técnico vuelve a observar el partido y dispara un par de palabras de aliento para sus jugadores. Es un hombre de unos 65 años, algo gordo, vestido con cierta apariencia de paseo y con las manos siempre en los bolsillos. No saca las manos de los bolsillos ni siquiera para las indicaciones, que no son más que muestras de un afecto casi paternal, antes que ideas que los jugadores deben plasmar. Nada que ver al Gordo Nene, de quien está separado por algo menos de diez metros. El Gordo Nene está parado sobre la línea de cal y tiene los brazos tensos y levemente separados del torso, como si estuviera a punto de desenfundar un par de pistolas y arreglar todo eso del partido a su manera. Pero volviendo al técnico de Peñarol, es que, observando su rostro, me doy cuenta de una situación mayor. Se trata de los propios jugadores de Peñarol. La primera impresión que tengo al verlos, así tan de cerca y sin la molestia del sol de hace un rato, es múltiple y desordenada. Por eso necesito no dejarme llevar por la idea de que en cierto modo esos jugadores no parecen los de la primera, sino los de la reserva. Es algo más que eso. Algo más profundo. Es una cosa que puede apreciarse un segundo antes de que uno de los volantes por el sector izquierdo reciba la pelota e intente bajarla de pecho. Y ni siquiera es esa típica expresión del jugador apremiado que afronta su tiempo con el esférico como si se tratara de un compromiso engorroso. No. Es la forma en que los jugadores de Peñarol miran el balón como fenómeno físico, pero también con todo lo de abstrato o de planteamiento geométrico puede tener la cuestión. Y entonces lo sé... Eso que les está ocurriendo a los jugadores de Peñarol de Maldonado, eso que sienten cada vez que reciben la pelota sucedió hace algunos miles de años en la Humanidad, y es el mismo asombro que el Hombre tuvo cuando descubrió la rueda. Es la posibilidad de alternar con un objeto cuyas posibilidades se entrevén como magníficas, pero que todavía no sale del dominio de lo sagrado, de lo que sólo pocos elegidos pueden hacer con él. Eso elegidos vendrían a ser hoy (hoy, nomás) los jugadores de Kennedy.
A unos pocos minutos del final de primer tiempo llega el segundo gol de Kennedy. Hay un tiro libre al borde del área, del lado izquierdo de la media luna. Melo se adelanta y remata, ni fuerte ni a colocar, no llego a apreciarlo bien. Pero la pelota golpea entre las piernas de los jugadores de la barrera como en un flipper y entra suavemente, a los saltitos, contra el palo izquierdo, bajo la atenta mirada del golero, que se ha quedado clavado sobre la línea. Acá regresa la idea de las fuerzas que son ejercidas sobre los objetos. Quiero decir, nadie podía evitar que esa pelota entrara como guiada por una voluntad particular: algo antinatural.
El segundo tiempo no fue más que un estiramiento excesivo e innecesario de todos esos aspectos que afloraron entre un equipo y el otro en el primer tiempo. Aunque me perdí el tercer gol de Kennedy (de Nicolás Pereyra) por ir a buscar algo para tomar en un almacén de la zona, y aunque no pude obtener una información más o menos precisa de cómo fue el gol (porque resultó un poco imprevisto, al parecer), la forma en que me lo imagino es perfecta. Es decir, me imagino un gol bastante abstracto y que por eso mismo se aviene bien con la idea de la presencia de una fuerza (casi fantasmal). En el gol de Pereyra la pelota ha entrado, entra sola, entra porque tiene que entrar y eso corresponde justamente al curso de las cosas. Ingresa al arco rival arrastrada por aquella fuerza que ha roto el equilibrio, y las figuras de todos los jugadores y los técnicos y los jueces y el público se desvanecen y queda la verdadera representación del acto como el movimiento frío y matemático de los astros en el cielo nocturno.
El sentimiento se intensifica. La temperatura desciende y no es sólo que el sol esté bajando, es también el frío húmedo que pasa atravesando las suelas hasta entumecer las piernas. Además hay algo de todo eso que está en la manera en que el técnico de Peñarol se dirige a sus jugadores.
-Vamo', vamo'...
Pasan unos segundos.
-Meta, meta...
Pasan unos segundos.
-Ahí, ahí...
Pasan unos segundos.
-Arriba, arriba...
Es el habla de un paternalismo resignado, vivido como un dolor que le ha sido arrojado desde sus hijos.
Más tarde llega el último gol del partido, con el que Kennedy termina goleando 4 a 0 a su rival. Es el merecido gol del "Chala", un puntero interesantísimo, pequeño, movedizo y de gran corazón, que lo mismo juega por izquierda que por derecha. La jugada fue rápida. Un pase en profundidad, entra el "Chala" a buscar la pelota y gol.

El árbitro hace sonar el silbato para dar por terminado el encuentro. Algunos jugadores de Peñarol dejan caer sus brazos y estos golpean contra sus caderas, otros jugadores hacen pucheros y se lamentan entre dientes o patean el suelo. Los jugadores de Kennedy levantan los brazos y se arraciman y se gritan cosas entre sí. Es la primera victoria de Kennedy en el torneo, y es una victoria contundente, clara, incuestionable, amplia, lógica, obvia y, sin embargo, no del todo propia.
Peñarol de Maldonado 0 - Kennedy 4

Posiciones (3ª fecha): Barrio Rivera - 9 Peñarol de San Carlos - 7 Huracán - 6 Nacional de San Carlos - 6 San Martín - 6 Neptuno - 6 Barrio Perlita - 3 Alianza Cinco - 3 San Lorenzo - 3
Preñarol de Maldonado - 3 Deportivo Kennedy - 3 Punta del Este - 3 Hipódromo El Peñasco - 3 Círculo Policial - 1

lunes, 17 de agosto de 2009

Kennedy '09 (II)



-Sábado 20 de junio de 2009. 2ª fecha: Kennedy vs. Peñarol de San Carlos-

"Kennedy deberá mejorar mucho si pretende pelear arriba".
Encontré esa frase en una página de internet buscando algunas repercusiones sobre el partido del sábado anterior entre Barrio Rivera y Kennedy. Recién cuando terminé de leer la nota me di cuenta de que el que la había escrito era Rodolfo, justamente. Está bien: necesitaba alguna mirada más o menos alejada o imparcial acerca de cómo se veía el equipo de Kennedy jugando.
Con esos pensamientos fui el sábado siguiente a una de las tres canchas que están en la zona de la vieja perrera, en un entorno similar al de la cancha de Barrio Rivera, aunque algo más al sur y más al borde del arroyo Maldonado. De hecho, una de las canchas, la que queda más hacia el lado de la perrera, cuando llueve mucho, es prácticamente uno de los lugares más privilegiados del departamento para la práctica del water-polo o, en su defecto, para las peleas de mujeres en lodo pegajoso, tan desacostumbradas por estas zonas, al menos en cuanto a su modalidad deportiva. Esa es la cancha de Nacional, o Nacional La Barra, ya no tengo claro si ambos equipos siguen fusionados o si se separaron o si siguen involucrados en la liga o si están esperando a que un viejo harto de pasar los domingos de mañana en su casa oyendo los últimos ronquidos de su esposa se decida a mover algunos dólares sepultados en el banco para resucitar un club en el que puedan jugar muchachos como sus nietos, los amigos de sus nietos y los amigos de los amigos de esos nietos. Lo que sí sé es que yo jugué muchos partidos en esa cancha porque estuve en ese club en los años '97 y '98. Entrabas a un partido o a una práctica en invierno, luego de unos días de lluvia, y y el agua helada comenzaba a meterse por dentro de los botines como una enfermedad infecciosa, cabeceabas una pelota y estallaba alrededor un cosmos de barro y fragmentos de pasto, etcétera. Era una cosa llena de gracia, sin embargo. No era nada que te pudiera dar asco ni causar desazón. Quiero decir, todo estaba compuesto por un ingrediente que podríamos llamar ligeramente como "libertad". Los partidos con lluvia o después de la lluvia nos encantaban. Podías encontrar en ellos algo nuevo, que se agregaba a lo habitual. Es cierto que las posibilidades de las lesiones aumentaban. Una barrida perdida de un jugador podía transformarse más fácilmente en la lesión de un rival. Un resbalón de lo más bobo se volvía un esguince de tobillo. La pelota se hinchaba con la humedad y se volvía el enemigo más odiado. Era ideal para desarmar una barrera en un tiro libre, para dejar semi inconsciente a un arquero luego de un remate justo en el medio de la cara, para aflojarte las posibilidades de descendencia y otras cosas por el estilo. Pero cuando terminaba el partido sentías que se había producido una ablución múltiple, más allá del barro, el agua y hasta a veces los restos de bosta de caballo o de vaca, que solía a haber. Supongo que muchos hoy en día buscarán algo parecido en los centros de spa: una buena sacudida de músculos, un poco de agua, otro poco de barro y algunas que otras palabras de aliento.
La cancha que está del lado opuesto, como si uno se volviera hacia Maldonado, es la cancha de un equipo de la liga senior. Está bastante más levantada con respecto al nivel del arroyo y por lo tanto el pasto crece un poco más, como lo que se esperaría de una cancha de fútbol. Entre esta cancha y la que era de Nacional La Barra y que describí más arriba está la cancha de San Martín, que utiliza ahora Kennedy para sus partidos como local. ¿Y por qué tuvo que utilizar Kennedy una cancha ajena para su primer partido como local en el campeonato? Es una pregunta de lo más sencilla de responder: porque no tiene cancha propia. Aunque, si nos pusiéramos estrictos, cabría decir que esa no es la respuesta más ajustada que se pudiera ofrecer. Porque la cancha existe. Cualquiera puede ir hasta el mismo barrio Kennedy, internarse hacia el corazón de ese lugar unas tres o cuatro cuadras y dar con los restos de lo que fue, más o menos hasta principios de los '90, la cancha de la Institución Atlética Deportivo Kennedy. Allí están colocados mis primeros recuerdos del equipo. Una tarde de fines de los '80 mi madre me manda con una canasta llena de tortas fritas. Un amigo me acompaña. Cuando estoy a unos pocos metros de la cancha no puedo creer la cantidad de gente que hay, el ajetreo nunca visto en el barrio. No pude ver mucho. La gente se me venía encima con el dinero y terminé vendiendo todo en unos pocos minutos. Pero tengo presente hasta el día de hoy la excitación del ambiente, las expresiones desencajadas y apasionadas junto al alambrado de personas que veía a diario y que por lo general manifestaban una emoción y un entusiasmo un poco por encima del promedio de un ladrillo. No sé por qué motivos ahora esa cancha dejó de utilizarse. Sí tengo memoria de un intento de recuperación. Fue como en el año '96, cuando un joven dirigente se ofreció a hacer unos arreglos del terreno de juego con una retroexcavadora propia en sus horas libres. El primer día, luego de salir del liceo, fui a ver el trabajo con un amigo. La gente de las casas que rodeaban la cancha observaba el recorrido de la máquina con algo de indiferencia y también de subestimación. Cuando fuimos al día siguiente la retroexcavadora no estaba. Más tarde me crucé con el dirigente en el club de golf (él trabajaba allí) y le pregunté qué había pasado con los arreglos. "Problemas con los vecinos", contestó. Según él, varios se le habían quejado: ¿Dónde iban a hacer pastar los caballos? ¿Dónde iban a vaciar el agua de los lavarropas? Etcétera... Hace un tiempo, un profesor amigo, que jugó hace muchos años en el equipo de La Barra, me hizo tener presente algo que era parte fundamental de jugar en la cancha del Kennedy: el fácil ingreso y la difícil salida. Es que para entrar, antes había una sola posibilidad, y era desde la calle Isabel de Castilla (ex Francisco Salazar). El camino lleno de cascotes, con la cañada siempre a un costado, se iba cerrando en un efecto casi de embudo hasta finalizar en un alambrado que corría por la parte posterior de uno de los arcos, el arco sur. Lo difícil, decía mi amigo, era la salida, si ganabas, obviamente. Si el Kennedy no ganaba, jugaras en la categoría que jugaras, te quedabas mirando todo el tiempo toda aquella gente que a un lado y otro había estado observando el partido subida a los techos. Le pregunté si una vez lo habían lastimado. No, me respondió, pero metía respeto una cosa así.

Apenas entré a la cancha de San Martín me llamó la atención que no hubiera nadie cobrando entradas; así que pasé por encima de un sector estrecho de tierra, donde la zanja al costado de la calle se interrumpía, y me quedé parado entre los vehículos estacionados detrás del arco. Estuve un par de minutos mirando para todos lados hasta que se me acercó uno de los jugadores de Kennedy. Vamos a llamarle J. Tiene unos veinticinco años y es un delantero alto, fuerte, escurridizo y con cierta delicada renuencia a la conversión, mal que le pesa a los hinchas y a los amigos. Nos saludamos, y luego de un par de comentarios más o menos insignificantes voy directo a lo que quiero saber: "El Kennedy va a subir este año?". J. me responde que sí, que le parece que hay posibilidades, y que en el partido pasado contra Barrio Rivera simplemente no hubo suerte. Me recuerda entonces un partido amistoso que jugaron hace más de un mes, en la pre-temporada, contra Punta Ballena, y en el que estuvieron cerca de ganar. "Ellos estaban entrenando desde el verano y trajeron buenos jugadores", me dice. Mientras me cuenta algunos pormenores del partido de los que tengo que concluir que Kennedy se pasó por las pelotas toda la parafernalia de pre-temporada de Punta Ballena, yo voy asintiendo en silencio. En eso llega un grupo de jugadores y J. intenta hacerlos entrar en la conversación:
-¿No es verdad que en el amistoso aquel le hicimos partido y todo a Punta Ballena y ellos venían con terrible preparación física?
Un jugador responde dos o tres palabras difíciles de recordar, como para reafirmar ante mí lo que J. dice, más que para querer agregar algo nuevo. Otro jugador gruñe y mira para el lado de la cancha, donde transcurren los últimos minutos del partido de reserva que gana Kennedy. El resto de los jugadores hace silencio y continúa su camino hacia el vestuario, que todavía, hasta nuevas reparaciones, no pasa de ser un levantamiento de bloques desnudos a la espera del techo. J. se va con ellos y vuelvo a quedarme solo. Saludo a la distancia a un par de conocidos, observo en el arco más próximo una jugada que estuvo a poco de ser otro gol de Kennedy en reserva, y me encamino de a poco hasta el costado oeste de la cancha. Allí hay una sola opción para sentarse, y es un talud de tierra y escombros. Saludo a las únicas dos o tres personas que están en ese lugar y busco un espacio donde los cascotes no me molesten demasiado en las asentaderas y donde la humedad no me traspase la tela del pantalón.
Cuando termina el preliminar se me acerca un vecino que también ha venido a ver a Kennedy y hablamos vagamente de otras épocas del club o de jugadores que se destacaron por alguna u otra razón. Hasta que en cierto instante mi vecino deja caer la siguiente observación: "Igual, ¿qué va a hacer este cuadro si sube a la A?... No le conviene. Con lo que le cuesta jugar en la A, sube y se funde... Aparte, mirá esto (señala con un brazo los alrededores): ¿Dónde están los hinchas?". Se hace un silencio y me quedo observando hacia el lugar en que están estacionados los automóviles. Después distingo a lo lejos los ejericios de calentamiento de los equipos de Kennedy y Peñarol de San Carlos, en la cancha que queda del lado de la perrera. Por un momento tengo la sensación de que hay más automóviles que personas en la cancha. Miro para otra parte y me quedo pensando.

El técnico de Kennedy, Walter Lemos (aka "El Gordo Nene") se para a pocos metros de la raya de cal y cruza las manos por detrás. Tiene los dedos rollizos y las uñas perfectamente recortadas. En la mano izquierda está apresado un encendedor Bic, en la derecha un paquete de Nevada casi terminado. El Gordo Nene tiene el pelo corto, excepto sobre la nuca, desde donde cae llovido bajo una gorra imitación Kangol. El Gordo Nene se queda quieto, separa apenas las piernas, como si estuviera en cualquier momento por sonar un himno. El que se mueve es su ayudante. Pero el Gordo Nene está muy quieto, repito. El Gordo Nene ve venir la cosa...

Comienza el partido.
De entrada, si hay algo que notamos como una verdad divina, es el cambio en el esquema ofensivo de Kennedy con respecto al partido anterior. La línea de ataque pasa a estar formada por tres jugadores, entre ellos Walter Melo, de puntero izquierdo. En los primeros minutos se percibe claramente que hay una intención del equipo de ser más incisivo de lo que fue en el partido anterior, pero cada jugada de ataque está a, como mínimo, dos o tres pases de poder ser concluída con éxito. Los defensas de Peñarol de San Carlos hacen bastante bien su labor, más allá de la idea de prolijidad que tengan, y logran hacer que sus compañeros en el mediocampo manejen la pelota intentando acercarse al último cuarto de cancha. Pero esto no sucede a menudo. Los defensas y los volantes de Kennedy recuperan por lo general cada pelota, alejan el peligro, y buscan, con cierta insistencia desmedida, a Melo. Sin embargo, pasan los minutos y Melo no pega una, ni siquiera sabe cómo encontrar a algún compañero para entregársela con claridad ante las puertas del área rival. Cada pelota que recibe termina desperdiciada, y la mayoría de las veces eso pasa porque está lento, descoordinado. Trata de hacer un caño, no le sale y protesta si el defensor le gana luego la posición. Intenta hacerse un autopase y no llega a tiempo y pierde la cuerpeada. No llega a una pelota y se tira al suelo y simula una infracción. Todo eso vendría a ser un ejemplo. El Gordo Nene comienza entonces a impacientarse. No parece un hombre que tenga ganas de verse en la situación de decir dos veces alguna cosa importante. La verdad es que no... Cada vez que el partido se detiene aprovecha para darle alguna indicación precisa, fuerte y breve a alguno de los delanteros. Melo, entre ellos, escucha o se hace el desentendido o trata de ofrecer alguna explicación a la mano, hasta que sobre mi derecha un jugador de la reserva pasa la cabeza por entre los hilos del alambrado y se asoma al interior de la cancha y grita:
-¡Mono! ¡Poné más huevos, hermano!...
Algunos minutos después, cuando comenzaba a verse que cuando Peñarol de San Carlos atacaba menos pero mejor que el local, el árbitro detiene el juego. Va hacia el lugar en que está el Gordo Nene y exige que se le entregue alguna pelota que esté bien inflada. Los ayudantes se agachan sobre un par de pelotas acumuladas contra la base del alambrado y las tantean haciéndoles presión a un lado y otro con ambas palmas.
-Están iguales... -dice uno.
-Bueno, la menos desinflada, entonces... -replica el árbitro.
Mientras tanto algunos jugadores de Kennedy se acercan y toman y reciben palabras de aliento e indicaciones del Gordo Nene. Luego se acerca también un jugador rival y pide que le den a él un poco de agua.
-Estoy hecho mierda del pedo que me agarré anoche... -comenta.
Los ayudantes de Kennedy sonríen y le ofrecen al rival una botella en la que queda un resto de agua que los jugadores han dejado. Un hincha de Kennedy de los que están a mi lado (bueno, en realidad no éramos más de cuatro o cinco en ese costado de la cancha) le hace algún tipo de broma sobre el alcohol y el jugador lo mira, se ríe justo cuando devuelve la botella vacía. Uno de los ayudantes tira la botella a un lado y el juez pita y el partido se reanuda.
Cuando recomienza el juego siguen las muestras de esa especie de camaradería. Es explicable. Hace frío. El cielo gris se cierra cada vez más y se oscurece. En un corner a favor de Kennedy que va a ejecutar el Mono Melo, por ejemplo, el línea de nuestro lado se da vuelta un par de segundos, suspendiendo su atención sobre el lado opuesto de la cancha, y nos dice lo siguiente:
-¡Si será como un gurí chico este Mono! Hace la cagada y luego me mira a mí a ver si me di cuenta. Se piensa que no vi que puso la pelota afuera del círculo...
Después la pelota se levanta y cae llovida sobre el área de Peñarol de San Carlos y es rechazada en seguida hacia el medio de la cancha.
Es preciso que vaya ahora al conflicto central del encuentro. En realidad puede sintetizarse como algo que recuerda al partido anterior. La línea delantera de Kennedy parece como una fuerza de choque. Pocas ideas, poca sorpresa en espacios reducidos, poca movilidad cerca del área. El rival llega menos, pero cuando lo hace el gol parece inminente. Por ahí, en alguna jugada, se ve a Nicolás Pereyra. Cuando pasa la mitad del primer tiempo resulta obvio que Pereyra tendría que jugar un poco más adelantado y dejar de colaborar tanto en la recuperación de la pelota y dejarle ese asunto a alguien más idóneo, aunque él también marca de forma aceptable. De pronto, por Pereyra pasa una jugada que pudo haber sido el gol de Kennedy. La pelota va hacia la izquierda, hay un par de intentos de centros o de pases quizás en profundidad, varios rebotes y pifias, hasta que alguien en la montonera le da con fuerza y el esférico pega en el brazo de un defensor de Peñarol de San Carlos. Todo pedimos penal. Algunos pasan sus brazos a través del alambrado. El juez entonces se palmea a nuca y corre siguiendo el avance de la jugada. Los insultos no son muchos porque somos pocos y porque además yo he dejado a edad muy temprana de putear en ocasiones así. El línea se da vuelta y nos entrega la expresión neutra de su rostro. Pero los jugadores de Kennedy empiezan a írsele al humo al juez en cada jugada. El juez, por su parte, es un tipo fogueado. Cuando un jugador de Peñarol de San Carlos le protesta una decisión de forma dura, el tipo se da vuelta, afloja el silbato en los labios y lo deja caer y responde:
-¡A mí vos no me metés la pesada! ¿Te queda claro?
Eso le gusta mucho a uno de los hinchas de Kennedy que están conmigo, y grita:
-¿Viste, Mono? ¡Eso es tener huevos!...

El partido se complica de a poco. Peñarol de San Carlos toma fuerza en cada jugada y Kennedy no mete tres pases seguidos. Sin embargo, al jugarse por momentos tanto en la mitad de la cancha, se hace sentir esa extrañeza o esa engañosa paridad que se plantea si uno toma una jugada aislada. Aíslo mentalmente una secuencia cualquiera y se parece mucho a cuando uno pasa por algún sitio donde hay una estructura a medio montar: lo mismo pudieran estar desarmándola que armándola.
Otra secuencia aislada: la pelota deriva a media altura hacia el lado derecho del ataque de Peñarol de San Carlos. Uno de los delanteros la captura, la domina y se va con ella hasta cerca de un metro de la línea de fondo. Luego, cuando le sale al encuentro un zaguero de Kennedy, hace algo como una doble gambeta: la pasa de su pie derecho al izquierdo y en eso el defensa estira hasta allí su pierna derecha y pierde movilidad cuando el atacante, en la misma continuidad de movimiento, hace la inversa, es decir otra gambeta, pero del pie izquierdo al derecho, y el defensa opone sólo el pie de apoyo, que se clava contra el barro, y el pase va hacia adentro del área, como saliendo, desgarrando el espacio hasta encontrar un jugador aurinegro que toca la pelota hacia el interior del arco de Kennedy como si se tratara de un penal. Los brazos del árbitro se tensan igual que las agujas de un reloj. Termina el primer tiempo y los jugadores de Kennedy ubican de a poco la distancia que los separa del Gordo Nene, porque en un minuto él va a dar inicio a la charla del entretiempo.

(En el entretiempo, los que estaban a mi lado se retiran hacia atrás del arco donde va a atacar Kennedy en el segundo tiempo. Poco después aparece un conocido del barrio de hace muchos años, ex-jugador de Kennedy, también. Vamos a llamarle Vladi. Primero que nada, Vladi se asombra de verme allí y me pregunta qué me ha dado por ir a ver al cuadro. Le recuerdo que soy del barrio, que jugué en el equipo, cosa que él sabe, y un segundo más tarde me muerdo la lengua. Entro en una lógica de discusión en la que no veo salida.
-¿Pero qué hacés acá, si nunca venís? ¿Me vas a decir que sos hincha del Kennedy ahora?
-Bueno... -respondo -hace años que no venía a ver ningún partido, pero era porque no podía, estaba ocupado...
-¿Ocupado? -Vladi no me mira a los ojos cuando me habla, jamás -Si vieras a los partidos que yo he ido, en la motito, bajo cada lluvia torrencial... ¡Eso es ser hincha!
No le respondo. Me concentro en los jugadores sentados en el pasto, haciendo un círculo en cuyo centro se mueve el Gordo Nene agitando los brazos.
Como ve que no sigo la conversación Vladi se acerca un poco más.
-¿Te puedo preguntar algo? -me dice.
Le respondo que sí.
-¿Tenés licuadora?
-¿Yo?...
-Sí, a vos te estoy hablando...
-Tengo... ¿Por?...
Vladi me mira a los ojos.
-¿Seguro tenés? ¿O me estás mintiendo?
-...
-Porque ando vendiendo números de rifa de una licuadora... Si tenés, no importa, igual... Se la regalás a alguien.
Le pregunto entonces cuánto cuesta el número y me responde una cifra que me deja asombrado; no puedo recordar cuánto era, pero sí me puedo acordar de mi asombro. Además, yo no había llevado ni de cerca esa cantidad de plata, sólo lo necesario para la entrada y algunas monedas más.
-No tengo... -digo al final.
Vladi echa la cabeza hacia atrás, abre grandes los ojos y extiende ambos brazos a los costados.
-¡Pero no podés ser tan machete! ¡Es una rifa para el cuadro, muchacho!
Le repito que no tengo tanta plata encima y se aleja gruñendo y me quedo solo.
Muy poco antes del inicio del segundo tiempo observo que Vladi se acerca de nuevo.
-Me meo... -me dice.
Pero el comtario, apenas yo había apreciado en él una mera transferencia de información, me implica. Vladi sube al terraplén, pasa hacia el otro lado y se acomoda semioculto tras mi figura.
-No te vayas a levantar que si no quedo regalado...
En seguida escucho el ruido del chorro a mis espaldas. Es un instante sin fin. El mundo todo se congela hasta que las últimas gotas se deshacen en el barro pedregoso. Entonces los jugadores de ambos equipos se distribuyen por toda la cancha y Vladi deja salir un suspiro de complacencia.)

Para el segundo tiempo el Gordo Nene dispuso algunos cambios que mejoraron desde los primeros minutos de forma notoria el juego de Kennedy. La situación, de hecho, se prolongó hasta la mitad del segundo tiempo. Walter Melo fue sustituido por Jorge Rodríguez, que pasó a jugar moviéndose por todo el frente de ataque a gran velocidad, más allá de no encontrar a veces la precisión adecuada en los remates o de no haber recibido pelotas claras como para encarar hacia el arco rival con posibilidades ciertas de gol. La salida de un volante, por otra parte, dio paso a la entrada de un volante joven y rápido: Hernán Crespo, que pasó a colaborar en la recuperación de pelota por el sector izquierdo. Este cambio, creo, permitió principalmente cierto desplazamiento de las líneas en algunas situaciones buenas del ataque de Kennedy, como cuando cubría el lado derecho de la defensa para que Palacio, un lateral derecho alto, rápido y fuerte, pudiera hacer incursiones muy interesantes hacia el último cuarto de cancha.
Es también el tiempo en el que Nicolás Pereyra pudo despreocuparse de la marca en el medio de la cancha y tener más aire para dedicarse a hacer lo que es su verdadero juego, que es recibir pelotas, aguantarlas con su cuerpo fornido, o pasarlas de primera y luego salir disparado hacia la búsqueda de la devolución. Nicolás Pereyra es un jugador extraño. Extraño porque, a primera vista, parece un jugador algo menos diestro que el común de los jugadores. Pero después de verlo durante algunos minutos, tanto con la pelota como sin ella, uno cae en la cuenta de que tiene una aptitud que muy pocos jugadores poseen, y es la de volver fácil lo complicado, la capacidad de convertir situaciones cerradas en posibilidades de ataque con una economía de movimientos realmente apreciable. Un giro, un solo segundo de más le basta a Pereyra para hacer que de pronto las piezas del campo de juego se reacomoden y determinada instancia dé paso a otra más favorable.
Con todos estos cambios se empareja el partido. Peñarol de San Carlos ya no llega tanto, y Kennedy sueña con el empate. Hay cabezazos tras desbordes, tiros libres bien ejecutados, pelotas perdidas tras un corner que exigen lo mejor del arquero visitante; Jorge Rodríguez patea incómodo, casi de espaldas, tras un corner y la pelota es sacada por un defensa cuando entraba. Parece que el empate es algo que está por llegar en cualquier instante... Peñarol de San Carlos, en cambio, se repliega a la esperanza de algún contragolpe.

Varios minutos más tarde, el partido no tiene vuelta. Un defensa suplente de Kennedy que ya no tiene posibilidad de ingresar al juego se sienta sobre el terraplén y se apresta a mirar resignado lo que queda del encuentro. Es un hombre no muy joven, pero ya completamente calvo. Está abrigado con una campera desteñida y vieja y lleva puesto por encima del short y las medias un pantalón de jean manchado y desgastado que seguramente usó también en su trabajo en la construcción entre semana, lo mismo que los zapatos amarillos con refuerzo de plomo en la punta.
Mientras tanto la tormenta se ha armado sigilosamente. Hay una tensión en el ambiente como la que puede existir en lo previo a la rotura de un dique. La temperatura ha subido un poco, el viento ha cambiado y un cinturón negro de nubes avanza desde atrás del arco de Peñarol de San Carlos como la avanzada furiosa de unos emisarios con malas noticias.

Hay una pelota que llega a los pies del lateral derecho, Palacio. Este hace un dribbling, una gran jugada. La pelota va ahora hacia Nicolás Pereyra, que la hace correr hacia la punta derecha donde la recibe otra vez más el mismo Palacio. Llega el centro. Saltan varios. Hay un posible penal. Los jugadores de Kennedy, los suplentes al lado del alambrado, el Gordo Nene, sus ayudantes, todos levantamos los brazos. El árbitro sacude un brazo, niega con la cabeza y sigue el desarrollo posterior de la jugada. El suplente que está sentado a mi lado escupe al frente, se levanta y se me acerca.
-¡Flaco! -me dice -Voy a echar una meada ahí atrás. Aguantame sentado.
Yo me quedo quieto. Hago que sí con la cabeza y trato de poner atención en los últimos instantes del encuentro. De repente empieza a sonar a mis espaldas un chorro suave y se sienta cómo penetra en el barro formando una pequeña hoyita. Dura poco, pero dura. Unos segundos después el jugador reaparece. Pasa a mi lado y se queda parado casi en lo más alto del terraplén observando lo que queda. El equipo no encuentra acomodo. Los últimos minutos se van de forma angustiosa y ya no importa el método para acercarse al área rival. La pelota debe caer en ese lugar sea de la manera que sea. Pero Hernán Crespo rechaza a medias una pelota y la tira sobre la mitad de la cancha, donde la reciben los atacantes rivales. El Gordo Nene levanta los brazos y los bajan con fuerza. Las palmas de sus manos resuenan contra sus muslos. Agacha la cabeza y grita:
-¡¡¡Esto no es baby-fútbol!!!...
Los jugadores tratan de reacomodarse. El juez, por su parte, afloja su carrera y mira solamente un punto impreciso del piso. Sus brazos se levantan y resuena duro y claro cada uno de los solbatazos. El arquero suplente de Kennedy se levanta y patea el suelo. Unas esquirlas de barro vuelan hacia donde está el Gordo Nene.
-Siempre lo mismo... -grita el arquero suplente.
Empiezan a caer las primeras gotas. Llegó la tormenta.
Kennedy 0, Peñarol de San Carlos 1

Posiciones (2ª fecha): ALIANZA CINCO - 6 BARRIO RIVERA - 6 SAN MARTÍN - 6NACIONAL (San Carlos) - 4 PEÑAROL (San Carlos) - 4 SAN LORENZO - 3 BARRIO PERLITA 3 HURACÁN - 3 PEÑAROL (Maldonado) - 3 PUNTA DEL ESTE - 1 DEP. KENNEDY - 0NEPTUNO - 0CIRC. POLICIAL - 0HIP. EL PEÑASCO - 0