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domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

Para seguir leyendo, hacer click aquí.

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Volaaaba


Sucedió el viernes, en el cumpleaños de mi hermano Franco.
Habían venido desde Montevideo nuestra abuela materna, Elcira, y nuestro primo Mateo, y, desde el corazón del Kennedy mismo, nuestra abuela paterna, Nélida.
Parecía un momento cualquiera de la conversación, hasta que un comentario quizás relacionado con las palabras "enfermedad" o "fiebre" desató el recuerdo de la abuela Nélida.
Ocurrió hace pocas semanas, mientras estaba haciendo reposo en su cuarto. Antes que nada, sin embargo, había aparecido la fiebre. Hacía bastante rato que la temperatura le había subido y estaba esperando que se mantuviera o que comenzara a bajar de una buena vez. Estaba pensando en cualquier cosa cuando sintió el temblor debajo de la cama. Ahí vi que un gato no era... Eso es una cosa más grande dije en seguida... Y entonces vio que algo salía de debajo de la cama, lentamente. Primero vio el brazo y después, poco a poco, el torso y la cabeza, y ahí se dio cuenta de que era Cristo. Volaba bajito a pocos centímetros del suelo, con los brazos extendidos a ambos lados. Cuando salió del todo, se elevó, se elevó casi hasta la mitad del cuarto. Después empezó a girar para agarrar rumbo, pero muy despacio para no tirar ninguno de los adornos de las paredes. La abuela lo miraba. Escúchame una cosa... Yo sé lo que es tener fiebre... Pero también sé darme cuenta cuando el que está adelante es Jesús... Luego, sin ningún movimiento brusco, con la misma paz, atravesaba el umbral del cuarto hacia el otro lado de la casa. La abuela se sentó en la cama y se estiró para poder ver. La puerta de entrada a la casa de mi abuela es pequeña, muy estrecha. Cristo iba hacia allí, y como no pasaba sin chocarse con el marco, fue girando hasta dar con la posición indicada para salir al jardincito. Hizo así así y entonces pasó para afuera y desapareció.

domingo, 2 de noviembre de 2008

From a Plymouth '57


Tengo una fotografía de un Plymouth modelo 57 en el escritorio de mi computadora. Está destartalado, realmente en un estado pésimo. Detrás de él, entre varios arbustos y árboles, se ven otros parecidos. No sé qué modelos son. Pero el que está en primer plano es un Plymouth '57. Creo que la imagen, al menos así parece, está tomada de algún bosque del sur de Estados Unidos. Ese Sur sí que existe, sí que logró existir. No puedo sacar la fotografía del escritorio. Significa un pacto con un amigo, un pacto que incluye poder llevar adelante una historia en su fase decisiva a como dé lugar, contra todo y contra todos. Y así es... Pienso en el tiempo robado... Fernanda Trías me dijo que en el sueño que titulé acá en el blog como "Pájaros de fuego" la gente que hace los trabajos al lado de la calle a esa hora de la madrugada, toda esa gente, así, soy yo. Me sacudió por completo esa lectura, porque tiene razón... Es de noche, es más de la medianoche... En cinco o seis horas me tengo que levantar para irme al liceo... En un cuaderno verde, sin que nadie se dé cuenta, escribo un poquito más de la historia... En un momento abro los ojos y releo una frase y no entiendo absolutamente nada del sentido que pueda llegar a tener... Un poco después me quedo dormido y veo un auto que se sale de una ruta y comienza a caer... Me despierto y anoto... Mi amigo me dice: si pasa cierta cosa tenemos que comprarnos un Plymouth, un Plymouth Savoy... Me acuerdo del sábado pasado, pasando en bici por la ruta 9, por un cementerio o algo así de autos clásicos... Todas las historias que contienen esas carcazas, las situaciones que habrán cubierto, el aire de otro país que les pasó por encima... Le escribo para decirle que la próxima vez que venga a Maldonado tenemos que ir hasta allí, al norte de San Carlos... Una con niñez y con autos viejos... Cuando era chico, en el Kennedy, había a una cuadra un taller entre abierto y cerrado por algunas temporadas en el año. El dueño era de Rivera, pero se iba a Montevideo cada tanto y dejaba unos perros enormes atados afuera, contra un portón enorme de chapa gris y con un amigo íbamos y le tirábamos piedra o lo toreábamos con un palo... A unos metros, debajo de unos ligustros, había un auto viejo, abandonado... Tenía los vidrios rotos y dispersos sobre el tapizado del asiento... El interior olía mal, algún borracho se quedaba a dormir ahí, quién sabe... entonces una vez llevé a mi hermana y agarramos un fierros y yo le pegué primero a una parte cualquiera, quizás al baúl. Hice un ruido espantoso y se sintió el silencio que había antes en el barrio... Le di un nuevo fierrazo y no pude parar, me vino como un ataque y cuando me quise acordar vi que a mi lado mi hermana estaba mandando fierrazo abierto por todas partes... Gritábamos o nos reíamos... ¡¡Damián y Andreaaaaaa!!, sentimos a lo lejos... Recién ahí nos dimos cuenta de lo que hacíamos... Si nuestra madre hubiera sabido nos habría dado una paliza... Corrimos hasta la esquina y recibimos un rezongo común y corriente por habernos escapado... Yo tendría 8 ó 9 y mi hermana dos años menos... Me quedo pensando en el estado de posesión... Encuentro en el cuaderno verde donde sigo con la historia una frase de Stefan Zweig, en "Amok": "Las gentes de las aldeas saben que ningún poder de este mundo es capaz de detener al que es presa de esta crisis de sanguinaria locura (...), y cuando lo ven venir, gritan desde lo más lejos que pueden, la siniestra advertencia: '¡Amok!' '¡Amok!', ante lo que todo el mundo huye. Y el poseído, sin ver nada, sin oír nada, prosigue su carrera, y continúa matando..., matando cuanto encuentra..., hasta que lo matan a él como un perro rabioso o hasta que se deja caer, exhausto, babeando espuma..."... ¿Por qué era?... Creo que hay algo de lo que quería hablar... Ese estado de suspensión en el mismo acto de la escritura, esa sensación de arrebatamiento en la que no se ve el papel, ni las letras, ni las manos que traducen en otro tipo de marca gráfica las imágenes que pasan por la mente... No sé cuánto dura, y si se produce más de una vez... Hay un momento en el que se esfuma y uno queda contemplando la página, regresando a la observación del trabajo que hay que llevar delante con cierta vigilancia... Pero uno veía la película o revivía algo de aquello que había presenciado... Y de repente se sale y aparecen todas esas letras ahí enfrente, salidas de no se sabe dónde...

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


sábado, 13 de setiembre de 2008

Kennedy truffle


Cada vez que voy al Kennedy a visitar a mi padre o a mi hermano escarbo. Escarbo buscando trufas pasadas, porque sólo las trufas pueden sacar ciertas cosas de uno.

Mediodía gris en el Kennedy... Almuerzo con mi padre... ¡Bah! Papá no come: recién desayunó... Taladra en la pared encima de la cocina para instalar un nuevo extractor de aire... Como panchos con mostaza... 1, 2, 3, 4, 5... ffffffssssssssss Cumbia en la FM... ffffffssssssssssssssss Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí ffffffffffssssssssssss chi chi chí... Alguien me pregunta por MSN qué hago... Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... Papá toma una maceta y una punta y le entra a dar a la pared... Salta cascoterío fino para todos lados pla-pla-pla-clanck-pla-clanck Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí... pla... La voz del locutor... Mensajes... "Un saludo para Norberto del Kennedy que va por el quinto pancho"...


Hay un patio... La pastor catalán de mi padre... Un parrillero derruido... Había musgo esponjoso y muy verde... Las uñas de los dedos se me ennegrecían... O desenterraba lombrices... Las lombrices bailaban en el fondo de una botella de grappa ANCAP llena de agua. Bailaban enormes minutos... Llegaban más lombrices y era un ballet enorme... De repente mi madre me llamaba y a las horas me acordaba que había dejado a las lombrices bailando... Regresaba... Las lombrices hinchadas y reventadas como panchos recién hervidos... Después vivió allí una coneja gris que tenía su vivienda en cuevas prolongadas bajo toda la casa, a una profundidad que a nosotros se nos escapaba en los cálculos. Un día llegó una gatita blanca. Dormía en el parrillero. Pero le daba mucho frío y se arrimaba de a poco a la coneja para calentarse. La coneja la adoptó. Lentamente... Hasta que la dejó un día subírsele en el lomo. Eran dos esfinges superpuestas... La gata creció y se hizo más grande, pero el orden era siempre el mismo... Los ojos de la coneja, muy debajo, entrecerrados de amor... El patio tiene dos puertas... Algunas mañanas se perseguían entrando por una y saliendo por la otra, así un par de minutos... La coneja delante, la gata detrás demorándose a propósito... "Algún día la va a matar de un ataque cardíaco", decía mi madre. Oscar estaba debajo de la heladera y se escondía rápidamente en el caparazón cuando veía todo eso... Oscar se murió un domingo cuando jugaban Peñarol y Nacional... Se fue al otro patio, cruzó por debajo del portón y lo pasó un camión por arriba... ¡plaf!




Llega Karen, una amiga entrañable de la familia. Vamos a sacar fotos a la calle. El viento se vuelve cada vez más frío. El cielo gris parece comenzar a bajar poco a poco y apretarse contra los techos gastados de las casas.




Hay una cerca blanca... Siempre estuvo... Significaba poder escaparse... Significaba más allá de todo... El pasaje al club de golf... Una cerca bien sureña delimitando el terreno de una mansión... A la mansión fue cada vez menos gente después de una desgracia grande a finales de los '80... Hoy está casi abandonada... Un hombre de edad la cuida como puede... Mis mansiones abandonadas no son todas de Faulkner... El gótico estuvo siempre a cien pasos...





Más gótico... La iglesia de al lado de casa, con la gruta para la Virgen de Lourdes al lado... Con Andrea nos escapábamos de casa y nos íbamos hasta el monte que había tras la gruta... Las monjas tiraban cosas raras... No pasaba mucho el basurero... La basura era agradable... Bollones vacíos... Perros de porcelanda sin cabeza, llenos de caracoles... Mamá llamándonos... Y la misma iglesia... Entro luego de dos décadas... siempre ahí y dejándola de lado... El padre se está colocando la sotana, solo, muy solo, concentrado en el cordón que le va a ceñir la vestimenta a la cintura... Pido permiso... La iglesia es más pequeña... Están los mismos cuadritos representando la Pasión en colores pasteles... Los numeraron mal, dice el padre... Busco la Anunciación... No hay Anunciación... ¡¡¡Es la Pasión!!!, me digo... Con Andrea levantábamos cada cuadrito con la punta de un palo de escoba buscando lo que estaba oculto, aquello oscuro que esperábamos salir volando del reverso... Murciélagos... Muerciélagos desconcertados revoloteando contra el techo hasta que pasaban a media altura y les íbamos acertando escobazos y deribando poco a poco... Era el Diablo...
El Diablo era derrotado una vez más... Dios nos iba a querer... Los muerciélagos tenían su Pasión... Los íbamos llevando a las arrastradas hasta la mitad de la calle y nos sentábamos en las escaleras a adivinar cuántos autos tenían que pasar para que los aplastaran del todo... El padre termina de ajustarse el cordón... Va a haber Celebración... Entran tres mujeres viejas... Y como siete u ocho niños... Son los primeros en sentarse, como si esperaran que se encendiera un televisor... Tengo ganas de quedarme... Me da vergüenza y salgo... Karen esperaba fuera... Vuelvo a mirar la tarde invernal de sábado en todas las cosas que nos rodean... Esa es la fe, le digo a Karen... Ella me mira como para que me explique más... No tengo idea de qué decir... La sensación de que esa hora fue hecha para eso... Quiero ver detrás de los cuadritos... El padre sale entonces y tira de la cuerda de la campana... Es una campana para casi nadie, o para nadie más. Todos los que tienen que ir esa tarde ya lo están aguardando en los asientos... Me voy...






viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

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Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

miércoles, 16 de abril de 2008

28


Así fue. Ayer cumplí 28 años. Los festejé en el Upper Side of Kennedy town ("El Quénide", en la lengua vernácula). Hubo pan casero. Coca-cola. Canilla libre de capítulos de La Pantera Rosa, videos de los Beatles, conciertos de Led Zeppelin y algunos fragmentos de "¿Qué he hecho para merecer esto?", de Pedro Almodóvar. Mi padre se sentó en una silla, entre tanto, y como un Buda de la memoria empezó a recitar anécdotas de los tempranos años '80, cuando yo había venido al mundo. Luego trajo fotos que su madre le había traído, fotos en las que él aparece de niño en el Kennedy o en Punta del Este, con gente que conocí de vieja, fotos en las que está con mi madre. El túnel del tiempo se ensancha. Esas fotos me vinculan, veo mi cara en la de mi padre, ya sea sonriendo o posando para la circunstancia social que era la foto a mediados de los '60 en muchos casos. Y voy más atrás, y el misterio también se ensancha y deja lugar para más espacio. Mi padre trajo hace unos días un árbol genealógico de su familia, algo que un lejano pariente suyo realizó hace algunos años. Es la historia de la familia Barrios. Barrios es el segundo apellido de mi padre. Hay varios Barrios ilustres, todos salidos de San Carlos. Todos ligados entre sí por uniones intrafamiliares... Los padres de mi padre eran primos... Los cuatro apellidos de mi padre son González Barrios Barrios González. Siguen los Barrios. Leo el árbol, escucho las precisiones y las anécdotas que agrega mi padre. Ceferino Barrios, su abuelo, que peleó junto a todos los varones de sus dieciséis hermanos en la Revolución de 1904; algunos del bando colorado, como él, otros del bando de Aparicio Saravia. Ceferino Barrios, nacido en 1877, representa, como represantaron tantos otros individuos, el paso del Uruguay de la barbarie al del civilizamiento. Antes del '04 Ceferino (Ceferino es el segundo nombre de mi padre) era un matón sanguinario, después del '04, cobrados los favores de guerra, fue el tenaz comisario de la séptima sección del departamento de Maldonado, desde las costas de José Ignacio hasta casi Aiguá, en los años en que por esos campos cercanos al límite con Rocha y Lavalleja tiraba de un carro el padre de mi abuela materna, Don Devitta; pero esa es la otra parte del asunto. Siguen las historias... Una hermana se Ceferino se casa con un tal Ferrer y se va a Buenos Aires. A Ceferino y a dos hermanos más ese Ferrer no les gusta nada. Hablamos de antes de 1900. Los tres hermanos conjurados cruzan el Río de la Plata y pasan a cuchillo a varios, entre ellos a su propio cuñado, devolviendo a San Carlos el premio de la hermana recuperada. Un hermano, el más joven, murió en una de esas contiendas. Pero el honor se había restablecido. Mi padre me muestra fotos de Ceferino Barrios, posando de uniforme o de paisano. Fotos patriarcales en las que aparece sentado y con las hijas y su mujer paradas a los costados. Hay algo en los ojos. Un brillo, una manera de cerrarlos. Ceferino Barrios, hijo de Carlos Rafael, a su vez hijo de Carlos Manuel, quien fue hijo de Antonio del Barrio, el primero en llegar a Uruguay, nacido en Piedralba, España, e hijo de Domingo del Barrio, natural de Astorga, cerca de León, que nació a mediados del siglo XVIII. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué decisiones tomó? ¿Qué decisiones tomó su hijo? ¿Qué vida llevó? ¿Por qué cruzó el océano? Las preguntas parecen ingenuas de tan transitadas, pero no son superfluas, nunca. Tengo 28 años, mi vida va hacia ese futuro apenas calculado; pero quiere ir a ese pasado, a esos pasados posibles, también apenas calculados, un pasado que devuelve el futuro...
¿Regalos?... Un buzo de hilo, color oliva; el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde"; un documental en DVD sobre algunas cantantes de jazz (Besse Smith, Billie Holiday, etc.); una nueva guitarra (la cuarta), en realidad bastante chiquita, más tirando a ukelele que a guitarra, y un par de tazas.