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domingo, 2 de noviembre de 2008

From a Plymouth '57


Tengo una fotografía de un Plymouth modelo 57 en el escritorio de mi computadora. Está destartalado, realmente en un estado pésimo. Detrás de él, entre varios arbustos y árboles, se ven otros parecidos. No sé qué modelos son. Pero el que está en primer plano es un Plymouth '57. Creo que la imagen, al menos así parece, está tomada de algún bosque del sur de Estados Unidos. Ese Sur sí que existe, sí que logró existir. No puedo sacar la fotografía del escritorio. Significa un pacto con un amigo, un pacto que incluye poder llevar adelante una historia en su fase decisiva a como dé lugar, contra todo y contra todos. Y así es... Pienso en el tiempo robado... Fernanda Trías me dijo que en el sueño que titulé acá en el blog como "Pájaros de fuego" la gente que hace los trabajos al lado de la calle a esa hora de la madrugada, toda esa gente, así, soy yo. Me sacudió por completo esa lectura, porque tiene razón... Es de noche, es más de la medianoche... En cinco o seis horas me tengo que levantar para irme al liceo... En un cuaderno verde, sin que nadie se dé cuenta, escribo un poquito más de la historia... En un momento abro los ojos y releo una frase y no entiendo absolutamente nada del sentido que pueda llegar a tener... Un poco después me quedo dormido y veo un auto que se sale de una ruta y comienza a caer... Me despierto y anoto... Mi amigo me dice: si pasa cierta cosa tenemos que comprarnos un Plymouth, un Plymouth Savoy... Me acuerdo del sábado pasado, pasando en bici por la ruta 9, por un cementerio o algo así de autos clásicos... Todas las historias que contienen esas carcazas, las situaciones que habrán cubierto, el aire de otro país que les pasó por encima... Le escribo para decirle que la próxima vez que venga a Maldonado tenemos que ir hasta allí, al norte de San Carlos... Una con niñez y con autos viejos... Cuando era chico, en el Kennedy, había a una cuadra un taller entre abierto y cerrado por algunas temporadas en el año. El dueño era de Rivera, pero se iba a Montevideo cada tanto y dejaba unos perros enormes atados afuera, contra un portón enorme de chapa gris y con un amigo íbamos y le tirábamos piedra o lo toreábamos con un palo... A unos metros, debajo de unos ligustros, había un auto viejo, abandonado... Tenía los vidrios rotos y dispersos sobre el tapizado del asiento... El interior olía mal, algún borracho se quedaba a dormir ahí, quién sabe... entonces una vez llevé a mi hermana y agarramos un fierros y yo le pegué primero a una parte cualquiera, quizás al baúl. Hice un ruido espantoso y se sintió el silencio que había antes en el barrio... Le di un nuevo fierrazo y no pude parar, me vino como un ataque y cuando me quise acordar vi que a mi lado mi hermana estaba mandando fierrazo abierto por todas partes... Gritábamos o nos reíamos... ¡¡Damián y Andreaaaaaa!!, sentimos a lo lejos... Recién ahí nos dimos cuenta de lo que hacíamos... Si nuestra madre hubiera sabido nos habría dado una paliza... Corrimos hasta la esquina y recibimos un rezongo común y corriente por habernos escapado... Yo tendría 8 ó 9 y mi hermana dos años menos... Me quedo pensando en el estado de posesión... Encuentro en el cuaderno verde donde sigo con la historia una frase de Stefan Zweig, en "Amok": "Las gentes de las aldeas saben que ningún poder de este mundo es capaz de detener al que es presa de esta crisis de sanguinaria locura (...), y cuando lo ven venir, gritan desde lo más lejos que pueden, la siniestra advertencia: '¡Amok!' '¡Amok!', ante lo que todo el mundo huye. Y el poseído, sin ver nada, sin oír nada, prosigue su carrera, y continúa matando..., matando cuanto encuentra..., hasta que lo matan a él como un perro rabioso o hasta que se deja caer, exhausto, babeando espuma..."... ¿Por qué era?... Creo que hay algo de lo que quería hablar... Ese estado de suspensión en el mismo acto de la escritura, esa sensación de arrebatamiento en la que no se ve el papel, ni las letras, ni las manos que traducen en otro tipo de marca gráfica las imágenes que pasan por la mente... No sé cuánto dura, y si se produce más de una vez... Hay un momento en el que se esfuma y uno queda contemplando la página, regresando a la observación del trabajo que hay que llevar delante con cierta vigilancia... Pero uno veía la película o revivía algo de aquello que había presenciado... Y de repente se sale y aparecen todas esas letras ahí enfrente, salidas de no se sabe dónde...

lunes, 15 de setiembre de 2008

Visita de Leonardo


Un poquito de sociales.
Hoy estábamos desayunando cuando recibimos la visita extraordinaria, imprevista, de repente, de Leonardo Cabrera (LAC).
Me puse muy contento. Ya es la cuarta vez que lo veo en el año y el mes que viene, cuando venga a Maldonado invitado para el 3er Encuentro de Escrituras, va a ser la quinta.
¿Cómo es Leonardo?...
Bueno...
Leonardo es...
-Es escritor.
-Es ser humano.
-No muy alto pero tampoco tirando a bajo.
-Con lentes.
-Tenía puesto un jean, un buzo marrón y un saco al tono con lentes de armazón negrita.
-Pelo corto.
-Un pin en el saco con la frase: "¡Aguante la ficción!"
El encuentro fue muy lindo. Pero breve. Duró una hora. Franco llegó rápido en la bicicleta desde el Kennedy para verlo.
Hicimos...
-Hablamos.
-Yo tomaba café con leche en la taza de Minnie Mouse de la niña M y él miraba.
-Miramos videos de Capusotto en Youtube.
-Le preparé un desayuno a Franco; Leonardo lo entretenía.
-Franco nos sacó fotos en la entrada de la casa. A Leonardo no le gusta que yo haga poses andrógino cuando me fotografío con él porque piensa que en un futuro alguien se puede aprovechar de esas imágenes. Entonces se puso nervioso y las fotos salieron todas movidas y mal y raras, más raras.
-Se fue.


jueves, 31 de julio de 2008

Leo Ping y Leo Pong

El sábado pasado viajé a Minas. Fui a encontrarme con Leonardo Cabrera (LAC), a quien le iban a entregar la mención en el último Premio Nacional de Narrativa por "Mecanismos sensibles". Allá, obviamente, nos íbamos a ver también con Leonardo de León (LDL).
Esa mañana, al sacar pasaje, las cosas se me empezaron a complicar. No me dio el tiempo para bañarme, desayunar y aprontar las cosas. LAC quería que le llevara algunos libros, pero no pude poner ninguno en la mochila, ni los cuentos completos de Flannery O'Connor ni los de Carson Mc Cullers. Salí disparado otra vez a la terminal, pero antes le escribí un mail a LDL. Le decía que llegaba a Minas antes de las tres y que desgraciadamente me había tocado el asiento 14 y no el 15. Fue una estupidez para rellenar un poco el mail, pero la estupidez se transformó en otra cosa cuando subí al ómnibus. El asiento 14 daba al pasillo, y a mí siempre me gusta viajar contra la ventana. Pero el 15 de momento estaba vacío. Así que me tranquilicé un poco y me puse los auriculares para escuchar "Highway 61 revisited" de Dylan (clásico disco rutero para ir por las sierras, junto con el "Bringing it all back home"). La cuestión es que el ómnibus arrancó y nadie se sentó en el 15; esperé un poco más pensando en que alguien lo ocuparía al llegar a la parada de la 25 de la Mansa, pero no, el 15 siguió vacío. Entonces me moví un poco para sentarme contra la ventana y mi asiento, el 14, salió despedido hacia atrás. La parte de la cabecera le dio en el medio del pecho a una mujer que estaba detrás, pensando en cualquier cosa de su vida. Me gritó algo de forma ahogada y me miró como para pegarme con el bolso en la cabeza. Pero yo me adelanté.
-¡¡¡Está roto, señora!!! ¡¡¡Está roto!!!... -dije.
En realidad creo que grité. Fue una reacción espontánea, desmedida, producida por el volumen alto que tenía en los auriculares. Varias personas se dieron vuelta y nos miraron. Pero yo estaba de suerte. La mujer abrió un poco los ojos, miró cómo hacía el asiento cuando yo lo manipulaba de un lado a otro como si fuera una palanca, y después me sonrió. Por lo demás, el viaje fue lo más bien. El ómnibus fue directo a Pan de Azúcar, sin dar toda la vuelta por Piriápolis, y de ahí por la 60 rumbo a Minas. Había sol.
Siempre me gusta ir a Minas cuando hay sol. Es una ciudad para llegar con sol. Me recuesto en el asiento 15 con la cabeza pegada al vidrio y dejo que la luz me atraviese los párpados y me envuelva.
* * *
Me bajo en la esquina de la plaza, camino quince o veinte metros y llego al apartamento de LDL. Lo encuentro con LAC. Ambos están almorzando empanadas. En una fuente de metal, incluso, hay una partida al medio, como si la hubieran retorcido sin ningún propósito; la carne le cuelga por todos lados. Miro a LAC y a LDL, alternativamente. Con LDL no nos veíamos desde abril o mayo, cuando vino a Maldonado; con LAC, sin embargo, nos habíamos visto por última vez en las vacaciones de julio, en la presentación de la antología-achugariana "El descontento y la promesa" (ediciones Trilce), en Montevideo.
De eso, de las palabras iniciales con las que nos saludamos me acuerdo bastante. Fue más o menos normal: abrazos, intercambios de libros, complementos a algunos diálogos de messenger o a ciertos mails, etc. LAC vestía buzo beige con pantalón al tono, muy coqueto. LDL vestía con colores claros, a medio camino entre el jogging y la deconstrucción. Pero como siempre que uno se encuentra con amigos el tiempo se enrosca. De repente estamos saliendo a caminar. Con LDL conducimos a LAC a una de las catedrales de la narrativa uruguaya. Un galpón abandonado sobre la calle Sarandí, casi en la esquina con 18 de julio, en pleno centro. Las puertas del galpón son unas hojas de chapa despintada, oxidadas, entre rojizas y marrones, que tapan el espacio interior donde se dieron diálogos que quizás luego leímos. El resto de la fachada es gris. Arriba, una leyenda lleva más de medio siglo sin deteriorarse: BARRACA MOROSOLI. Por encima, contra el cielo, hay una cabeza de palmera; es lo que se llega a ver de la vereda de enfrente. Nos queda como una hora todavía para que empiece la entrega de premios. Seguimos hasta la plaza Rivera y allí LAC cuenta una historia que me hace acordar a ese momento de la película "Eraser head", de David Lynch, en la que una muchacha baila en un escenario y del techo caen como fetos. Estábamos sentados sobre el murito de protección de la fuente. El sol se iba rápido. Los únicos que lo tenían para sí antes de que se ocultara del todo tras los árboles de la plaza, esos, eran unos jubilados del lado opuesto de la fuente. Parecía una protesta. Cuando terminó la historia de LAC apareció un niño de unos tres años, con una pelota. Se internó en la plaza por una diagonal, hacia nosotros. La madre lo vigilaba desde la esquina. Parecía que la pelota se le iba a ir larga y que yo iba a poder pegarle. Pero no. El niño llegó antes. Al volver hacia su madre, pisó la pelota o hizo un movimiento raro y se cayó hacia adelante. No lloró. Incluso se cayó otra vez más y tampoco lloró. En verdad, no sé de qué más hablamos. Sé que miré alrededor y me acordé sin parar de cuando vivía a cinco o seis cuadras de allí.
Minutos después nos encontramos con Gorge, otro amigo, en la esquina del hotel donde va a ser la ceremonia. Es entonces que bajan los premios. Miro de pronto para la vereda de enfrente y aparecen como hormigas. Son muchos, demasiados, todos juntos, no llego a procesar el movimiento dentro del conjunto: Hugo Fontana, Luis Fernando Iglesias y Guillermo Álvarez Castro merodean la puerta del hotel. Iglesias nos pasa por al lado y compra fósforos o algo así en el kiosko de al lado. (No sé si eran fósforos o cigarrillos, pero queda bien literario eso del escritor fumando o por fumar... ¿Gauloises?...). Después me parece que, desde la esquina cruzada, los ojos de Fontana encuentran la línea de los míos. Es un momento raro, no sé si llegó a darse efectivamente porque nunca antes había experimentado una cosa así. Es un temblorcito raro. Me miro los zapatos y me doy cuenta de que los cordones de ambos están desatados. Cuando vuelvo la mirada hacia la esquina Fontana ya no me mira. Tal cual. Fuma La Paz. Álvarez Castro, el premiado en la ocasión, se acerca en un movimiento espiral al hall del hotel; luego aparece Heber Raviolo como una madre que llama para la comida, y cruzamos la calle.
El acto es todo lo acartonado de siempre, una especie de dialéctica surrealista á la Fellini que se da entre lo provinciano y lo capitalino (que es un provincianismo más estilizado). Se caracterizó por los siguientes acontecimientos:
1- Lectura del acta del fallo por parte de la maestra de ceremonias: todos se terminaron de acomodar en los asientos y se callaron.
2- Palabras (leídas) de la directora de cultura de la Intendencia de Lavalleja: prosodia entre conmoverdoramente escolar y geriátrica; se me humedeció el ojo derecho.
3- Palabras (inventadas) de uno de los popes de la Fundación Lolita Rubial: no me acuerdo bien de ninguna frase en especial, sólo que hablaba de lo importante que era para el interior del país que existiera este premio.
4- Palabras de Rosario Peyrou: parecido a lo del pope, pero desde Montevideo.
5- Una maestra de escuela lee un fragmento de uno de los cuentos premiados de Álvarez Castro: de lo mejor, porque no nos hizo olvidar que afuera estaba la tarde, así, tan quietecita y friíta, y que te daba ganas de dormir, y mejor era olvidarse del cuento porque lo podías leer otro día o cuando te viniera el libro cuando te lo mandara Banda Oriental por correo. Ahhh... Era de un tipo que chocaba, y la mujer se le moría, y se bajaba y ponía las valizas. Conclusión: maestras de escuela, no lean más en público, no estamos preparados.
6- Un gordo se durmió y se puso a roncar en el fondo cuando promediaba la lectura de la maestra: momento de tensión uniformemente acelerado. Gorge, que está cubriendo el evento para un diario local, me mira a través de varios asientos. Le tiro un besito a la distancia. Se tienta y la panza le sube y le baja. Es impresionante, se ríe con la panza.
7- Le dan los premios a los escritores.
8- Habla Álvarez Castro. Sobresaliente muy bueno.
9- Lo mejor... Una chica canta karaoke. Son dos temas de Patricia Sosa. Las voluntades de todos los presentes se ponen a prueba. Los labios de LAC se vuelven una sola y apretadísima línea de compostura desopilante. Peyrou se busca a sí misma en un ladrillo del techo, entre dos tirantes. Yo miro el piso. LDL, a mi lado, no me mira. Un verso que me quedó: "Aunque te duela, grita".
10- Fin del acto.
11- Cóctel: había sandwichitos y unos refuercitos de salame. Gorge nos saca fotos a los tres. (A los días, cuando me llegan por mail, me doy cuenta de que todos salimos mal, con caras de drogados o como si nos hubieran metido un gancho a la quijada; así que para ilustrar este post tuve que recurrir al asesoramiento fotoyópico de LAC. Gracias, LAC) Gorge después me acusa de que le descompuse la cámara digital cuando quise sacar mis propias fotos. Un atrevido. Lo único que hice fue cambiar la función a filmadora.
12- Nos fuimos.
Del hotel fuimos hasta una confitería a merendar. Yo pedí un capuchino, LAC un cortado y Gorge lo mismo. Pero LDL pidió un café irlandés con mucho chocolate, con cognac, no sé, con Castrol dos tiempos. La cosa es que se fue a dar una clase y con LAC nos fuimos a su apartamento a esperarlo. Al rato le llega a LAC un mensaje de texto de LDL, algo así como que se le estaba dando vuelta el mundo. No me acuerdo sobre qué era la clase que dio, pero parece que sólo había cuatro alumnos y que a LDL le parecía que los pibes subían y bajaban del techo y que él era Joyce y les decía: "la estrella, la estrella... Shakespeare... Una estrella, un halo que se le clavó entre las bragas, bien en la luna llena, a la impoluta Isabel...". Cuando regresó, casi dos horas más tarde, todo eso se le había pasado, y nos pareció bueno, porque luego de mirar algunos libros y comentar cosas de esas de Literatura nos fuimos a hacer lo que estábamos esperando: a jugar al ping-pong.
La verdad es que nos divertíamos mucho. Pero todos queríamos ganar, desde un principio. Cada uno tenía sus propias estrategias. LDL, por ejemplo, decía que los ojos le lloraban, entonces se los restregaba sacándose los lentes y te pedía tiempo para ir al baño. Entonces te sacaba de partido. Ibas ganando, es un decir, 14 a 10, y el tipo no sé qué hacía en el baño que regresaba con los ojos sanos y te hacía partido a la vuelta, porque te agarraba en frío y te tenías que cuidar de no tirarte de punta a punta así nomás, por cualquier desgarro. Lo de LAC, aunque no menos cruel, llevaba menos tiempo. Lo que hacía era, en el momento de jugar el tanto inicial para ver quién sacaba (momento más que cortés del partido), fajarte de una, así, desprevenidamente. Entonces el tipo te bajaba la autoestima y sacaba y de seguro se te iba tres o cuatro puntos de ventaja. Por mi parte, mis estretegias, se daban dentro del partido mismo y tenían que ver con mis saques, mi capacidad de reacción, etc, etc. Pero tuve complicaciones que no me permitieron acceder a la primera posición en cuanto a partidos ganados, sobre todo en los partidos contra LAC. Se trató de una hernia cerca de mi entrepiera, sobre la izquierda, hernia que me hacía ver las estrellas cada vez que la pelota me era jugada a ese lado. LAC, que tenía los lentes puestos, se dio cuenta de esa situación, y me empezó a mandar reveses cruzados para ahí y pum pam paf prammm... me revolví como pude... la cuestión es que después, de vuelta en lo de LDL, descubrí que no tenía ninguna hernia, que quizás la incomodidad se hubiera originado en una pésima elección de calzoncillo, pero el punto es que cuando uno se figura una cosa, por improbable que sea (pongamos como ejemplo eso mismo: la existencia de una hernia) el cerebro, nuestra sensibilidad toda, dirige nuestra voluntad en arreglo a esa realidad, por empíricamente indemostrable que sea. Así, yo jugué con una hernia. Bueno, las posiciones: LAC, 8 partidos ganados; DGB, 5; LDL, 0. Todo esto por una hora de ping-pong, ¿no?
A la vuelta compramos pizza, deliramos con la historia inventada de un superhéroe judío llamado Goldman (por influjo de un afiche de Ironman que vimos en la pizzería), leímos el diario de Bioy Casares sobre Borges (nos reímos mucho, sobre todo con los rótulos que les ponían a algunos libros: "curiosa ortografía"; "malo, malazo"; "entusiasta y agrícola), escuchamos la teoría de LAC de imponer una veda mundial de ficción por diez años (nadie puede publicar ficción por diez años, creo que para que podamos leer lo atrasado, no me acuerdo bien, estaba apasionado por la pizza), vimos "No country for old men" (bah! la vieron ellos dos, yo me quedé dormido a un costado en un colchón y de vez en cuando escuchaba algo, pero por suerte la película no tenía banda sonora).
Al otro día, cuando cantaban los pajaritos de la plaza, nos levantamos, desayunamos y salimos a jugar al paddle. En realidad jugaron ellos dos. Yo jugué un solo partido con LAC porque no quería ni transpirar, ni ensuciarme ni nada de eso. Además saqué una pelota al carajo y cayó como a dos casas de distancia. Pero gané un game. Los que jugaron todo el tiempo entonces fueron LDL y LAC. Yo fui hasta la terminal en una escapada a reservar el pasaje de vuelta a Maldonado, y cuando regresé los encontré cansados, dando raquetazos como si fueran monteadores dándose en las cabezas con hachas de goma hasta la extenuación total. Esa extenuación total, esa resaca de la intensidad del cuerpo fue ganando la tarde, se comió algunas milanesas napolitanas deliciosas y se disolvió con la partida de un par de ómnibus, uno para cada lado del país.

jueves, 3 de julio de 2008

Go, Leo, go (ahead)...


Hoy recibí una gran noticia.
Leonardo Cabrera fue uno de los finalistas del último Premio Nacional de Narrativa de Ediciones de la Banda Oriental. Con su libro de relatos "Mecanismos sensibles", recibió una de las menciones. La verdad es que lo siento como algo personal. Esto me deja muy feliz...
Lindos días para Leonardo, además, porque, por otra parte, su relato "El borde difuso", fue incluído en una antología de narrativa joven que publicó la editorial Trilce en esta semana.
Bueno, quiero por lo menos de momento decir una cosa de la narrativa de Leonardo, algo que siempre me ha cautivado, y que se lo he dicho más de una vez, y es la sensualidad, la sugerencia de su prosa. Me encanta, así, de una. Creo que tiene un cuidado de la palabra muy importante, pero que no se agota en eso, porque además posee un fuerte sentido de la anécdota o de lo episódico. Pero las anécdotas de sus relatos (y esto es algo que me agrada mucho) corren por debajo, pegadas al reverso de los renglones.
(Él seguramente vaya a enojarse por esto que voy a decir, pero acá va: es una de las voces originales que se vienen...)
¡Felicitaciones, Leonardo!...
(PD: Estuve buscando alguna foto suya que no fuera muy rigurosa, y encontré esta que aparece más arriba y que es muy simpática, en la que está en un cumpleaños jugando con la viola de mi hermano, con una niña llamada Julieta, hija de Valentín Trujillo.)

miércoles, 6 de febrero de 2008

Ctrl-Z


Bueno, ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí!... Anteayer llegó a pasar unos días el amigo con el que estoy escribiendo la novela a medias. Yo ya había terminado de escribir el capítulo IX en los días anteriores, y, como dije, hace unos días acá en el blog, me dediqué a escribir en un cuaderno verde "Nos cagaron a piñas". Yo tenía como tres comienzos distintos para ese relato, y por eso no podía empezar a escribirlo el 1º de febrero, como había querido. Tuve que esperar a tener ciertas revelaciones, como estar en la playa Brava en una tarde en que se vino una tormenta y los rayos caían con toda su fuerza a la altura de la Isla de Lobos, y regresar a Maldonado y encontrarme con que V. me trajo un libro de Arthur Conan Doyle. Fue un libro que de algún modo me marcó un rumbo, porque aparte tenía que ver con lo que yo iba a escribir (más bien el tema). Así que empecé con media docena de páginas en el cuaderno encontrando la voz del narrador. Al otro día me crucé en la calle con Mauricio E. Pagola (un ex-Iscariote), y cuando le dije qué estaba leyendo, me respondió: "Siempre lunático, vos... Se ve que te encantan los ingleses... Monty Python, los Beatles... Todos lunáticos...". Viniendo de Mauricio, el término "lunático" es algo más que una palabra al vuelo, así que me gustó mucho eso que dijo. Hacía años que no leía a Conan Doyle, y la verdad es que no me acordaba que fuera tan extravagante. Este libro que leí, que no es de la saga de Sherlock Holmes, me hizo reír y asombrarme mucho. Me parece que estoy en una época en que vuelvo a los ingleses. Hace un rato, acá en el Kennedy, estaba buscando algo para leer entre mis libros (los libros que todavía no me he llevado a mi casa) y saqué "The veil painted", de William Somerset Maugham, un escritor al que yo había leído creo hace cuatro veranos y me dejó sorprendido. El título era "The vessel of wrath"; lo leí en español, pero no me acuerdo de cómo era la traducción del título. Bueno, ahí había un retrato de un personaje holandés, una especie de cónsul de una colonia en el Pacífico a fines de siglo XIX. No me olvido más de la cara de ese holandés desquiciado. Lo más parecido a Humpty-Dumpty que me acuerdo. Mi amigo mientras tanto escribe sobre una mesa de planchar, al lado del baño, en mi computadora, un relato que comenzó anoche. Dice que se acostó a las cinco de la mañana. Yo llegué al Kennedy al mediodía y lo hallé durmiendo. Ayer, por ejemplo, en el mismo lugar, en la tranquilidad de la tarde luego de volver de la playa, se puso a revisar el capítulo que yo había escrito para nuestra novela, y discutimos un par de cosas interesantes y sacamos algunos pasajes para aligerar un poco la narración. Todo muy productivo. Este amigo, que por una razón de comodidad y para reservar su identidad, llamaremos LAC, tiene una teoría interesante, o más bien un deseo interesante. En la primera de las noches que pasó acá, mientras cenábamos, aclaró para los que no sabían que trabajaba de diseñador gráfico, y que había un comando que le permitía en algunos programa (o en uno, no recuerdo bien) deshacer todo lo hecho noventa y nueve pasos atrás. Es "Ctrl-Z". Entonces dijo que hay momentos en la vida de uno en que se desearía aplicarle el Ctrl-Z a la misma vida. Pero nada solemne en los ejemplos, sino situaciones graciosas. Así que de sobre mesa todos nos pusimos a pensar en los momentos más Ctrl-Z de nuestras existencias. El narrador de "Nos cagaron a piñas", sin embargo, ya resolvió desde el principio que el "Ctrl-Z" puede ser algo a la mano para analizar su vida pasada, pero no, él se la banca y va a contar todo lo que le pasó en otra parte del mundo sin pelos en la lengua. Además, eso mismo lo llevó a una historia de amor, porque creo que en el fondo "Nos cagaron a piñas" es una historia de amor. El hecho es que leyendo este libro de Conan Doyle, que es "Relatos del cuadrilátero", me pasó otra vez eso de las conexiones. Yo había dudado en el comienzo del realto acerca de determinadas conclusiones a las que podía arribar el protagonista después de ciertas experiencias, pero igual lo escribí como forzándome. Al otro día, leyendo uno de los cuentos de Conan Doyle, encontré una frase bastante similar aplicada a la misma situación, algo como la misma idea afirmada de otro modo. Así que eso fue otra piedrita más para cruzar el estanque. ¡¡Ah!! Me olvidaba de algo sobre lo que leí y escuché mucho tiempo, pero que nunca había visto, que es la pelea en que Archie Moore dejó el título a manos (a puños) de Cassius Clay. Bueno, como www.youtube.com es el aleph, ahora podemos ver cualquier cosa que se nos ocurra, y encontré este video (http://youtube.com/watch?v=qk6empXU4EA) en el que, sorteando el audio en japonés, se puede observar la pelea. Son siete minutos que valen la pena. Cuando uno ve entrar a Clay al ring de inmediato intuye que se lo come a Moore. Moore, además, mientras se agacha para quedar en guardia, queda con unos rollitos en la panza a la vista. Clay es todo un atleta. Parecen dos épocas distintas golpeándose por la supremacía de los tiempos. Le hablo de eso a LAC saliendo de un supermercado en la Cachimba del Rey la noche en que llegó, rumbo al Kennedy. Me recuerda un cuento sobre boxeo que tiene y que a mí me gusta mucho. Se llama, simplemente, "Puños". LAC me dice que lo que a él le gusta o le interesa del boxeo en sí es la narración. Yo estoy de acuerdo, el boxeo es todo narración, pero también es, en cierto modo, mitologizante. Cada pelea, hasta la más insignificante, parece la máxima expresión de un mundo, un mundo que florece para marchitarse en el barro o en un florero de cristal, según sea. Creo que eso no pasa en cada partido de fútbol. El boxeo tiene esa condición más perentoria, desesperada, apenas inicia una pelea. El caso es que yo miraba la pelea de Moore y Clay y me pareció que podía representar el fin de una era. El paso de un tipo de boxeo gallardo a otro, aunque no menos gallardo, más atlético. Vuelvo a mirar esa pelea y me parece que en realidad el video se trata de un trabajo de edición, como si hubieran pegado cuadro por cuadro un boxeador de los '30 o '40 contra otro de varias décadas después. En un momento creo que Archie Moore deseó haber tenido el Ctrl-Z a poca distancia de sus guantes. Clay (el fututo Mohammed Alí) es avasallante, por más que se come un par de piñas de Moore que quedan para la historia. Las conexiones siguen... LAC trajo a casa algunos libros de otro amigo en común, llamémosle LDL, para enviárselos a Minas desde acá en una encomienda. Son todos libros de Paul Auster. De ellos, yo sólo había leído uno, "La noche del oráculo", incluso la edición es la misma. Lo abrí y en seguida me fijé en los subrayados que LDL le había hecho. De inmediato algo me dio ciertas dudas. Fui hasta mi biblioteca y busqué mi propio ejemplar para cotejar ambos y descubrir que, como había sospechado, LDL y yo subrayamos lo mismo de la página 234, él con negro y yo con rojo: "Había descubierto que las palabras mataban. Las palabras tenían la virtud de alterar la realidad y, por tanto, eran demasiado peligrosas para que pudieran confiarse a un hombre que las amaba por encima de todas las cosas". Ni más, ni menos.

viernes, 4 de enero de 2008

Sonido concreto


Ahora que ha terminado un año todos se ponen a hacer sus listas. Lo de las listas en sí puede ser tanto una forma de la vanidad (o sea: "¡Miren cuánto conozco!", etc.) o una forma de compartir, según se vea. El caso es que por algo andan por ahí. En mi caso, vi varias por estos días. Incluso, recuerdo que hace un año para ISCARIOTE le pedí a varios colaboradores que eligieran los tres libros, las tres películas y los tres discos que más habían disfrutado en el año, subrayando por sobre todo lo del disfrute, por encima de cualquier cuestión teórica o aleccionante. Yo ahora no me voy a poner a hablar de libros, películas y ni siquiera de discos, sino, particularemente, de canciones, canciones sueltas. Son canciones que de algún modo, repasando la memoria sonora de estos últimos meses me han acompañado aun cuando no las estuviera escuchando, como si fueran una función de mi conciencia. Son canciones que han reforzado instantes de felicidad o que directamente han creado felicidad sobre la misma nada. O canciones que han ilustrado el dolor. Todo depende. Cada una recorre un camino particular. Cada una sabe a qué vino y por qué. Además, me acuerdo de algo que está escrito en "Por los tiempos de Clemente Colling", de Felisberto Hernández, y que me parece una frase bellísima para expresar por qué a veces algunas canciones se nos pegan y nos dan una mano: "(...) algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra".
En cuanto al número, creo que veinte no es ni abrumador y, bastante menos, amarrete. Así que ahí van...
1-"3 legs", Paul Mc Cartney
Esta canción, como las dos siguientes, pertenece a uno de mis descubrimientos de este año, el disco "Ram". Era una asignatura pendiente que tenía con Paul. Por acá en el blog (en junio) detallo cómo fue la noche en que me compré ese disco en Montevideo y de cómo me encontré imprevistamente con mi hermano Franco a la vuelta (el post es: "Yes, we know you're 64"). Con respecto a "3 legs", fue de esas canciones que me cautivó de inmediato. También publiqué un post sobre ella, titulado "3 patas", así que no hay mucho que agregar. Sólo que escucharla una vez más me trae el recuerdo de caminatas por la playa, siempre esperando ese momento en que Paul canta "But mine got one" y luego esa parte de "When I fly..."; entonces yo también me sentía lejos del piso.
2-"Uncle Albert - Admiral Halsey", Paul Mc Cartney
Noches, luego de la lluvia, andando en bicicleta.
3-"Long haired lady", Paul Mc Cartney
Una mañana. Yo iba en un ómnibus y me recliné hacia atrás.
4-"It takes a lot to laugh, it takes a train to cry", Bob Dylan
Una de esas canciones de Dylan que no dejan jamás de conmoverme. Una crónica de la soledad, de la plegaria hacia la amante. Amo ese instante en que la armónica domina, y por supuesto ese inicio en el que las cuerdas de la guitarra parecen demorarse un poco para empezar la canción.
5-"Deep blue", George Harrison
Hace algunos años, creo que en 2001, Felipe (Hare Krsna!) consiguió "Living in the material world" de George Harrison en la feria de Maldonado y en vinilo. No estaba en buenas condiciones; estaba como ahuevado y un lado estaba casi todo rayado. Le dimos y le dimos hasta que un día el vinilo no quiso más. Llegábamos los viernes de noche a su casa del balneario El Chorro para estudiar durante el fin de semana y casi siempre lo poníamos el sábado a la tarde. Cuando arrancaba "Give me love..." la tarde se llenaba de una paz tristona y dulce. Hace poco, una tarde muy triste de mediados de octubre, pasé por una disquería y vi el CD de "Living in the material world". Me lo llevé y las canciones me devolvieron a 2001, a aquella especie de tregua que yo había hecho con ciertos dolores, como estaba tratando de hacer en esos días. Casualmente, al otro día de comprármelo, Felipe me invitó a ir a San Carlos en su Vespa para ver un espectáculo en el teatro. No me llevaba a San Carlos en la moto desde finales de 2004, cuando yo me tomaba un día libre viniéndome de Minas e íbamos a ver al diseñador de ISCARIOTE. En esta última ocasión, una tarde espléndida de primavera, el shuffle del discman me trajo imprevistamente "Deep blue", y entonces supe que si esa canción se quedaba conmigo las cosas podrían ir mejor (y lo fueron). No podía parar de escucharla. Cuando terminaba le daba a la tecla para que empezara de nuevo. Esa noche, de madrugada, me volví solo a Maldonado, en un ómnibus que llevaba gente para los bailes de cumbia. Iba todo tipo de gente. Buena materia prima para escribir, diría un amigo. Yo estaba literalmente en otra, escuchando "Deep blue" una y otra vez, tratando de distinguir algo en los barrios por los que pasábamos o mirando en el reflejo de la ventanilla las actitudes de los otros pasajeros, pero básicamente pensando y repensando mis cosas. Frente a mi asiento, una gorda con el pelo pintado de amarillo se le fue encima a un travesti e iniciaron una serie de besos que duró bastante, como dos o tres kilómetros.
6-"The Lord loves the one (that loves the Lord)", George Harrison
7-"I'm in the mood for love", Louis Armstrong
Una canción bellísima que me vino en cierto momento al pelo para la novela que estoy escribiendo a medias con mi amigo. Yo estaba escribiendo o reescribiendo una parte del capítulo II y había puesto un disco de Louis Armstrong haciendo viejos standards, grabaciones muy viejas, con mucho siseo. El disco empieza con "Stardust". En cierto instante llegó "I'm in the mood for love" y al protagonista de la novela le pasó algo muy importante en su infancia y que estuvo relacionado con esa canción y una entrañable casa en una playa. A mi amigo por suerte le gustó la situación y pasó también a ser un amante de esa canción, que convivió también con él por mucho tiempo, según consta en varios mails o conversaciones por MSN.
8-"The lady is a tramp", Stéphane Grappelli
Un caso similar al anterior. Me tocaba empezar a escribir el capítulo V de la novela con mi amigo cuando me sentí con ciertas dudas. En ese capítulo pasan ciertas cosas o se conocen ciertas cosas sobre una mujer. Me vinieron las palabras "The lady is a tramp" a la cabeza y luego el ataque del violín de Grappelli, y allí entreví el tono de las líneas de ese capítulo, la sustancia de la que iba a estar hecho. Horas, horas de escritura en un galpón de la casa de mi padre en el Kennedy, soportando el calor, con ese disco de Grappelli dando vueltas, regresando una y otra vez al tema 1: "The lady is a tramp".
9-"Strange apparition", Beck
10-"Motorcade", Beck
11-"Don't blame me", Thelonious Monk
Estaba una tarde en la casa de Victoria, haciendo reposo por mi dedo fracturado. Ella se había dormido sobre un sillón al lado de la estufa. Yo estaba en el otro sillón, acostado también, pero leyendo algo. Desde el cuarto llegaban los temas de "Criss-cross". Oí la respiración, tal vez un suspiro de Victoria en medio de un sueño, y luego las notas del piano en "Don't blame me" y hasta la voz de Monk acompañándose. Era como una estela de gracia que cubría todas las cosas de la casa, haciéndolas más transparentes mientras afuera soplaba el viento de invierno.
12-"Five", Bill Evans
A mí hermano se le pegó tanto la melodía de este tema, que a los días yo ya la tenía en la cabeza y me acompañaba mientras bajaba las escaleras, mientras cruzaba las calles o mientras esperaba algún ómnibus, sentado en una garita a cubierto de la lluvia.
13-"Moonglow", Benny Goodman
14-"If I needed someone", The Beatles
¿Qué canción o canciones de los Beatles elegir y no ser injusto? Todos los días escucho algo de los Beatles. Suelo poner de nuevo una canción con insistencia. Los Beatles tienen, como lo tienen los compositores clásicos, esa cualidad de hacer que sus sonidos ofrezcan con inusitada regularidad una especie de conciliación con la realidad, o como si cada canción trajera consigo una explicación de una arista de algo que estamos viviendo aquí y ahora. Qué sé yo... "If I needed someone" fue la primera que me vino a la cabeza y me trajo también el recuerdo de estar yendo al liceo una mañana de invierno a las 7.30. Iba pedaleando por Avda. Lavalleja cuando el sol se levantó sobre el final de la calle y derramó una luz espesa y amarilla que yo iba atravesando como podía, perplejo, mientras sonaba esa canción. Otra epifanía de entre casa, digamos.
15-Allegro del "Concierto para corno N°3, K.447", W.A.Mozart
16-"The strange effect", The Kinks
17-"Shoot me dead", Caetano Veloso
Yo estaba en la playa, en la parada 16 de la Brava. Era a mediados de abril, pero el agua seguía estando tibia. Entre las olas, mientras nadaba, me había pasado por debajo una manta raya bastante grande. Fue un espectáculo de una precisión y una tensión casi insoportables y a la vez hermosas. Salí rápidamente. No había nadie en toda la costa en un radio de cientos y cientos de metros. Y entonces el sol, otra vez más el sol.
18-"Jockey full of bourbon", Tom Waits
Un sueño. El Toto y Morales se aproximaban por la ruta Aparicio Saravia, que une La Barra con Maldonado, en su Fiat Premio blanco. Yo los veía de frente. Doblaban a mi derecha. Iban para el lado del Club de Golf.
19-"Sentimental blues", Ray Charles
En el bar de mi padre, estoy seguro, escuché por primera vez esta canción, en una vieja radio Philips. Yo no tendría ni 10 años aún. Quizás hasta la habré escuchado más de una vez, por cómo me quedó grabada. Hace unos meses me compré un disco triple de Ray Charles y la oí por primera vez en casi veinte años. Fue como una trompada en la pera.
20-"Tatuágem", Chico Buarque
El amor, claro...

viernes, 5 de octubre de 2007

1 + 1 = 1 (ó 3)

En el epílogo a sus Obras Completas en colaboración, Borges dice lo siguiente: "El arte de la colaboración literaria es el de (...) lograr que dos sean uno. Si el experimento no marra, ese aristotélico tercer hombre suele diferir de sus componentes, que lo tienen en poco." Hace ya algunos años, cuando empecé a leer ese tomo, caí inmediatamente en la fascinación de esa frase, que se cumple, a mi entender, estrictamente en lo que Borges escribió de ficción junto a Bioy Casares, y no en lo que Borges dictó de ensayístico y sus secretarias le animaron a ordenar, etc. Borges y Bioy (Biorges...) crearon a Honorio Bustos Domecq, el genial y divertidísimo narrador de las investigaciones esencialmente quietas de uno de los grandes de los relatos de misterio policial: Isidro Parodi. Me acuerdo que me mataba de risa leyendo los diálogos de esos cuentos o ciertas descripciones de personajes, y llegaba un momento que me decía que Borges y Bioy, más allá del trabajo que lleva escribir relatos magistrales, debieron de haberse divertido muchísimo, haberse reído hasta las lágrimas. Y así fue: una vez leí en una entrevista a Bioy sobre el final de su vida estas lacónicas y sentidas palabras (más o menos): "Lo extraño. Jugábamos." Por esos tiempos yo conocía muy pocos ejemplos de escritura en colaboración, pocos en cuanto a ficción. Por supuesto que allí estaban las citas liceales de Marx y Engels (bueno, se hicieron su cuentito también, ¿no?...), o Barrán y Nahum, que eran dos, no como Batlle y Ordóñez, pero no contaban como tales. Me acuerdo, por otra parte, de que traté de escribir, quizás en 1996, un relato de fútbol con un amigo de la adolescencia y fue todo un fracaso, una frustración. Así que de chico yo tenía esa idea de querer compartir el acto creativo con alguien. Pero no fue sino hasta llegar a Borges y Bioy que supe que sí, que era posible, que la gente podía divertirse escribiendo de a dos (por supuesto, los ejemplos tienen que ser de verdaderos "monstruos", si no, no son ejemplos). Además, creo que el ejemplo de ambos autores debe ser único a nivel universal en términos literarios. Porque, ¿qué dos grandes, grandes de veras, sumaron esfuerzos, dejaron cosas de lado para producir ficción? Por supuesto que muchos me dirán que varios guionistas de cine trabajan así, pero yo me refiero a escribir cuentos, novelas, porque escribir un guión es un paso previo, se está pensando en otra cosa, no en el guión-en-sí-mismo. En nuestro país conozco el caso de Roberto de las Carreras y Julio Herrera y Reissig, quienes presuntamente empezaron a escribir juntos (¿por qué se dice "a cuatro manos", si cada uno escribe con una?) lo que Herrera y Reissig terminó dando forma y llamando "Tratado de la imbecilidad del país..."; pero tampoco es exactamente ficción. Puede que se me escape algo, pero es muy inusual lo de la colaboración literaria. Por ahí uno encuentra, sobre todo en internet, los llamados "hipertextos", o también novelas de múltiple factura, pero para mí no pasan de experimentos más o menos higiénicos. No noto ciertamente eso de remangarse y meter las manos en el barro y dejar de querer demostrar por unos minutos que uno no es tan, pero tan inteligente como le quiere hacer creer a los demás y que también tiene sus fisuras, sus limitaciones. Escribir en colaboración es deponer los egos, es, como decía Bioy: jugar. No queda otra posibilidad. Y yo lo juzgo una experiencia riquísima. Hace un par de años, le comenté a un amigo mío una idea que se me vino a la cabeza al despertar una mañana. Nos tentamos a escribir un relato largo pseudo-policial metafísico en base a esa idea y cada uno terminó redactando un párrafo. El título de trabajo era "Buscando, buscando, buscando", y de seguro él ni siquiera tiene copia de estos párrafos, los únicos, que transcribo:

"Fue evidente (o razonable) el alboroto producido desde una de las calles del barrio aquella cercana mañana; pues mientras unos pelaban papas y otros aprontaban a sus hijos para ir a la escuela o escuchaban la radio, o daban algún retoque a la limpieza de la casa, todos, sin embargo, cuando desviaron por un segundo la vista a través de las ventanas que daban hacia la calle, adquirieron la transparente certidumbre de que aquel que acababa de pasar en bicicleta por la cuadra no era otro sino Dios.
Los atravesó una comprensión tan inobjetable como la del sol que brillaba, brumoso, abriéndose paso entre la neblina matinal. En bicicleta, plato, cadena, manillar, pedales, y Dios ahí encima, atravesando la mañana. Cuando, tras la esquina de la panadería, Dios se perdió de vista, llegó el miedo. Familias enteras, reunidas a la mesa del desayuno, se quedaron inmóviles y en silencio. ¿Ahora qué?, pensaban todos. No puede ser que Dios aparezca y luego haya que ir a la escuela, al trabajo, a comprar la leche, a dictar clases, a cargar medias reses sobre los hombros cansados, pensó Miguel, que ya estiraba la mano hacia las botas de goma, el delantal de hule blanco, los cuchillos, la cofia, y ordenaba el bolso con prisa porque ya era la hora y el camión no se atrasaba nunca, aunque hoy debería atrasarse, hoy pasó Dios en bicicleta frente a mi casa, dijo Miguel, al menos el camión podría atrasarse."


La cosa no pasó de allí. Pero siempre quedó como una materia pendiente. Hace cosa de un mes, la idea vino de nuevo y comenzamos a barajar distintas posibilidades de argumentos. Al día de hoy, luego de tres o cuatro días de escritura, de mails que van y vienen con borradores, propuestas, cosas que se consideran definitivas o casi, llevamos ya unos dos capítulos redactados casi de forma completa. Y la cosa sigue... El frenesí creativo no para. Anotamos páginas enteras de ideas; en el MSN las posibles salidas a ciertas situaciones hacen chiquitita la barrita de búsqueda al costado derecho del cuadro de diálogo. Ahora... el asunto es que mi amigo decidió permanecer en el anonimato, no quiere saber nada con que se sepa quién es él. Por supuesto que algunos ya lo saben o deben saberlo. Lo que yo puedo decir hasta el momento es que (si bien la responsabilidad aumenta, porque el juez que pesa sobre uno, si uno no escribe, pasa a ser doble) me he divertido y entusiasmado como no pensé que fuera a suceder, incluso en esos instantes espinosos en los que la historia parece estancarse, cosa que ocurre poco. ¿Por qué? Por lo siguiente, por algo que me comentó mi amigo en el MSN ayer:
"Estaba mirando Discovery, un programa especial que se llama 'A prueba de todo'; un tipo se mete en terrenos difíciles y te enseña técnicas de supervivencia, cosas de esas... En un momento, queda colgando de un acantilado, en los Alpes franceses, sujeto sólo por los tiros del paracaídas... Entonces muestra cómo hacer un nudo especial, que es una especie de estribo, es decir, la misma cuerda te da un punto de apoyo, entonces ponés el pie ahí, subís por la piola, hacés otro nudo, y así vas subiendo... Bueno... escribir de a dos se parece a eso... cuando te parece que te quedaste colgando a la buena de Dios, aparece el otro y hace ese nuedo especial... que es un punto de apoyo, todo lo que necesitabas."

martes, 2 de octubre de 2007

Cansado y feliz (¡aguante la ficción!)



Es de noche. Me recuesto en el sillón. Se me pierde la cara en la oscuridad. Tengo que dormir más. No quiero, no puedo. Aparece mi hermano con la cámara de fotos. Me solicita unas morisquetas... ¡Pero cómo no! Se hace de todo... Pidan lo que quieran...
Recuerdo que hace unas semanas estuve cenando con algunos escritores nacionales luego de las actividades del reciente 2do Encuentro de Escrituras aquí en Maldonado y que en determinado instante surgió una especie de controversia amigable entre dos narradores que tenía frente a mí en la mesa en que me había sentado y yo, que estaba hojeando un libro de poemas de Washington Cucurto. Uno de los escritores, el que tenía en frente, lo supe después cuando tuve que levantarme para cederle el paso a alguien más, se pasó toda la noche sentado sobre un ejemplar de la última edición de su último libro. Yo no sabía qué conclusión sacar. Luego, cuando salí del restorán, supuse que eso tenía que ver con los famosos derechos de autor. El otro escritor, el que tenía a mi izquierda tenía más o menos la misma edad del otro. Digamos que cualquiera de los dos habría vivido unas tres o cuatro décadas más que yo. No sé por qué en determinado momento yo me vi hablando de "Mientras escribo", de Stephen King y de una idea o una frase muy linda que hay en sus páginas. La idea es más o menos lo siguiente: si uno considera que escribir es una de las cosas más hermosas que le pueden pasar en la vida, ¿por qué no ha de hacerlo todo el tiempo que pueda? Las respuestas que se pueden anteponer fácilmente son las siguientes: a) porque uno puede tener que trabajar para comer, b) porque uno puede tener familia, c) porque no se trata de cortar carne y hacer chorizos (¿es así el dicho?), d) etcétera. Incluso recuerdo que uno de los escritores, el que estaba a mi izquierda, me dijo esto: "Es que escribir todo el tiempo, forzándose a hacerlo, suena a trabajo de oficinista". Yo le recordé a Balzac, caminando como loco por llegar a su casa y sentarse a escribir o redactándole cartas a sus amantes para que lo disculparan si no lo veían por un tiempo. Las frases subieron por el aire y se hicieron humo contra el techo. Por ninguna parte encontré eco. Me pareció que me miraban como si yo viera la escritura como algo frívolo, fácil. Aunque lo cierto es que me revienta bastante ese rollo del escritor sufrido y trabajoso, no creo en absoluto que la escritura sea una actividad fácil, porque bien difícil que es... pero, si uno halla placer en eso, ¿por qué no generar todas las instancias posibles para el placer? Creo que entre esos dos escritores no llegaban a diez libros escritos o publicados. Ahora pienso que si yo me muero y dejo diez libros publicados, entonces sí, me muero de vuelta.... Y me viene a la mente otra frase, pero que se dijo en el contexto del anterior Encuentro de Escrituras, en setiembre de 2006. Yo había invitado a Pedro Peña a mi liceo para que charlara un poco con mis alumnos. Pedro había ganado el Banda Oriental hacía escasos dos o tres meses. En un momento, en medio de un mar de alumnos que escuchaban con un silencio conmovedor, un chico levantó la mano y le hizo a Pedro una pregunta que al principio puede sonar ingenua. "¿Qué siente al escribir"? Pedro dijo algo así como que le pareció una buena pregunta y después contestó que para él la vida es como si comiera arroz blanco, pero que si un día en particular escribía, entonces era como si a ese arroz blanco le agregara algo. Yo me mordía los labios. Creo que no se notó. Me pareció una frase preciosa. Me hubiera dejado arrancar dos o tres mechones de pelo por que fuera mía, en serio. Y la verdad es que yo siento lo mismo. Cuando termino de escribir al menos unas pocas líneas por día, siento que camino unos centímetros por sobre el piso, que solamente hay muy pocas cosas que me pueden "tocar" a partir de ese segundo en que pongo el último punto del día. Es que es así. A veces siento que se me vienen tantas historias arriba que no doy abasto para poder escribirlas. Hace varios meses Valentín me dijo que el día que termine todo lo que tengo a medias o a punto de terminar, va a ser como un grano que reviente, o algo así. La semana pasada, por ejemplo, terminé de retocar finalmente la novela breve que empecé a escribir antes de mi convalecencia con el dedo gordo del pie derecho quebrado. Por aquí en el blog la he titulado "Papá es un tipo bastante mentiroso". Es probable que antes de que el año termine esté publicada. La cuestión es que en estos días, más precisamente ayer, cumplí la promesa de comenzar a escribir una novela con un amigo. Y para un par de días trabajamos bien y bastante. Escribimos un primer capítulo que en líneas generales nos dejó bastante conformes. Y eso me hace feliz. No tenía previsto empezar a escribir eso en estos días, días en los que estoy bastante sobreexigido laboralmente con una suplencia que me hace duplicar mi horario habitual de trabajo, a lo que hay que sumarle un nuevo trabajo en el que me contratan para escribir algunas notas breves de forma mensual. Llego a casa, me hago el café con leche y las tostadas y me tumbo en el sillón mirando el techo. Entonces me digo: "¿por qué no?"... y voy hacia el teclado... Y cuando me acuesto duermo profundamente (si no tengo que anotar algo nuevo en una libretita verde que hay al lado de la mesa de luz). A lo que voy es que yo no sé si es necesario que el escritor, quien escribe, llámese como se llame, deba disponer de todo el tiempo libre posible para lograr su obra. A mí, por ejemplo, no me ha dado buenos resultados. Creo que los mejores períodos creativos llegan cuando uno está haciendo funcionar la cabeza en varios canales. El escritor debe ser como un impostor o un adúltero, escribió o dijo en algún lugar William Faulkner. Si no, ¿cómo hacen esos tipos que falsifican dinero o esos que llevan una familia paralela sin que nadie note nada, ni un movimiento de pestaña que denuncie la otra realidad? El escritor debe ser así, el tipo que le robe minutos a la vida y, de última, a la muerte. Estoy agotado, pero estoy feliz. Estoy escribiendo. Como decimos con mi amigo, con el que escribo la nueva novela: "¡Aguante la ficción!"... (Más datos en breve... Debo consultar con la otra parte interesada...).