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martes, 15 de junio de 2010

Apuntes del tipo "lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar"


1: Mi padre es un tipo muy peculiar. Suele enviarme mensajes de textos en cualquier momento del día, y esos mensajes a veces me llegan en situaciones absolutamente irreconciliables. Por ejemplo: estás saliendo de la presentación de un libro, o llegás del supermercado con todas las bolsas cortándote los dedos, te suena el celular y recibís el siguiente mensaje: "Ajax para Lodeiro guacho bien". En momentos de cansancio por las actividades a lo largo de la jornada, esos mensajes son pequeños oasis de alegría, aun cuando el mensaje diga: "Pakistán terrible 5 muertos". Lo que posee esa especie de parte o telegrama deportivo, político o policial que se desarrolla día a día es simplemente la presencia de mi padre, que está ahí pensando en mí. No tiene nada de misterioso. Esta tarde, mientras caminaba por un pasillo del liceo yendo a buscar a un estudiante que no había asistido en toda la semana pasada, suena el celular: "paraguay 1 italia 0". Y me sentí dos veces contento.

2: No hincho nunca por Italia. No me simpatiza la selección de Italia. No me gusta cómo juega, y si me gustara, creo que el caso no sería distinto. Pocos de sus jugadores admiré (Roberto Baggio, Alessandro del Piero...). De niño yo ya escuchaba a mi madre hablar en italiano, mis bisabuelos eran italianos, mi abuelo era italiano, mi hermano vive en Italia y es ciudadano italiano, su pareja es italiana, admiro profundamente, hasta los huesos, a Federico Fellini, de niño en el club me llevaba de maravilla con cuatro o cinco italianos que llegaban cada verano, ansío conocer Mioglia, un pequeño pueblo de Savona cuya población es cada vez menor, hasta lo alarmante, y en donde nació en 1874 mi bisabuelo Giuseppe Bertolino. Giuseppe Bertolino fue uno de los primeros inmigrantes que se asentaron en el barrio Nuevo París, de Montevideo. Hoy en día Nuevo París es un sitio donde la mayoría de los hijos y los nietos de esos inmigrantes italianos, judíos, polacos, yugoslavos, armenios, continúan sus días en esas calles que demarcan los puntos absorbentes de las curtiembres de la zona. Incluso allí está establecida la editorial La Propia Cartonera, que publicó el año pasado mi relato "Los alienados", a tan sólo dos cuadras de la casa de la calle Triunfo en donde creció mi madre, rodeada de fincas con quintitas en el patio y con vides, y discusiones de viejos borrachines de vino dominguero gritando a sus hijos "Mascalzooooone!!!" como todos unos personajes de una novela de John Fante. Una cosa así es impactante. Parece que tengo motivos de sobra para hacer de Italia mi segunda selección del Mundial, luego de Uruguay, lógicamente.
Sólo una vez vibré y me emocioné con Italia, pero fue porque el rival, Alemania, me resultaba un tanto más insoportable. Fue durante una de las semifinales de Alemania 2006, cuando los italianos enfrentaron a los locales y los dejaron afuera. Mi hermano Franco vivía en Nuevo París porque por esa época cursaba una licenciatura en composición en la Facultad de Música. Yo había ido a visitarlos a él y a nuestra abuela Elcira (Devitta), aprovechando mis vacaciones de invierno. Cuando Grosso convierte aquel gol tan duro e inesperado casi al final del segundo tiempo del alargue, Franco y yo saltamos de la alegría. Y unos minutos después, cuando del Piero cierra la clasificación definiendo con calidad extraordinaria ante la salida de Lehman, abriendo la cara interna de su pie derecho y mandando el envío con comba al palo más alejado, en ese instante saltamos cantando "Iiiiitaaaaaaaalia... Iiitaaaalia...". El encuentro duró poco minutos más, y después salimos a la calle a escuchar los ruidos de los petardos que tiraban varios de los vecinos del barrio para festejar el pasaje a la final. Pero fue la única vez. Al siguiente partido, en plena final, ya estabábamos hinchando por Francia, totalmente fascinados por la reaparición merecida y sorprendente de Zinedine Zidane a partir de su partido de octavos de final ante España, un acontecimiento sobre el que ya escribí algunas cuantas líneas. Y por ahí queda la cuestión. No puedo, no puedo hacerlo. Me aburre excesivamente el calcio, no puedo soportar los compactos de goles de la liga italiana donde el 102.5 % de los goles (porque los replays son insufribles) son de jugadas surgidas desde amontonamientos, o rebotes, o tiros libres con forcejeos extremos en el área, etcétera, etcétera... Por eso un jugador como Ronaldinho Gaúcho terminó por no ir al Mundial. Pudo haber descollado en el fútbol español, acorde a sus movimientos, pero no en el Milan. ¿Una respuesta final?... No tengo idea. ¿Es la aversión al catenaccio una explicación? ¿Es lo prosaico y oportunista? No, nada de eso. Quizás lo sepa mucho después.

3: Consigo llegar a ver el segundo tiempo del partido....
Minuto 59. Sale Marchisio e ingresa Mauro Camoranesi en la selección italiana. Acapara el medio del terreno, convierte en un poco más ágil el trabajo de los volantes italianos. Es dinámico, despierto, inteligente, de buena técnica. Corre, marca, llega a las pelotas casi perdidas, pasa la pelota, se libera de la marca. La recibe, la distribuye de nuevo. Traba, llega a tiempo. No llega a tiempo. Se gana la amarilla. Algunos minutos después quizás merezca otra amarilla, pero el juez mexicano la deja pasar y sólo cobra foul. Italia ya ha logrado empatar el partido. Camoranesi es de los que sienten atravesando la lluvia que el partido puede ser ganado. Paraguay se repliega y busca el contragolpe milagroso para un gol de Vera o de Santacruz. Mauro Camoranesi....
Mauro Camoranesi. 33 años. Nacido en Tandil, provincia de Buenos Aires. Cada vez que lo veo jugando por Italia o por la Juventus, se me hace difícil no pensar en la pobreza de gran parte de nuestro fútbol y partir de allí hacia la impotencia. Mauro Camoranesi se consagró campeón del mundo en Alemania 2006. En 1997, había jugado toda la temporada en Wanderers, de Montevideo, y sus asentaderas tan cotizadas hoy en día calentaron las maderas despintadas de más de un banco de suplentes en muchos barrios de Montevideo. Camoranesi, sea por lo que sea, pasó de Wanderers a Banfield. No jugó ni en Peñarol ni en Nacional. Lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar.

4: Bueno, hoy Japón le ganó a Camerún 1 a 0. El gol de Japón lo hizo un japonés. Y también Holanda le ganó a Dinamarca 2 a 0...

5: Desplazamientos. Uruguay. Paraguay. Charrúas. Guaraníes... Guaraníes. Guaraníes... Es ya sabido que la selección paraguaya, que empató con justicia hoy ante el último campeón del mundo, ocupó de por lo menos quince años a esta parte el lugar que Uruguay ocupaba en el concierto del grupo de los sudamericanos, es decir el lugar del telonero que a veces es invitado a subir al estrado donde cantan Brasil y Argentina. Ahora está allí Paraguay. Y Paraguay le pasó su sino a Uruguay. Viéndolo jugar a Paraguay como hoy lo vi jugar contra Italia, se me vino a la cabeza que quizás ofrezca un ideal de cómo tendría que ser en parte el juego de nuestra selección, o cómo podría evocar un pasado más o menos inmediato de la Celeste. Tiene fortaleza, decisión, cierta precisión y cierta contundencia que acá parecen haberse difuminado entre los elogios de la prensa, los negocios de Casal y las políticas de selección improvisadas o enclenques hasta, posiblemente, esta política de trabajo de Tabárez. Pero nosotros somos los charrúas, y ellos son los guaraníes. Si, como dice Daniel Vidart en su libro "La trama de la identidad nacional", no hay una presencia aún todavía debidamente documentada de esa tribu en nuestro territorio, como sí lo hay sobre la guaranítica, el mote de nuestra selección es un artificio, casi casi como lo podía ser la figura de Martín Fierro para Borges. O como sostiene Carlos Maggi en una nota de Marcha que el mismo Vidart recoge para otro de sus ensayos ("Sobre la identidad nacional"): "Hay quienes sostienen que tenemos sangre charrúa porque no tenemos charrúas". Desplazamientos... Los paraguayos son los guaraníes. De hecho, hablan la lengua guaraní: la sangre siempre caliente del lenguaje los nutre por igual.

6: Dudas. Iusiones. Dudas.... Dicen que Forlán va a jugar de enganche contra Sudáfrica, y que le cede su lugar en la cancha a Cavani. Más desplazamientos... Sacrificamos a los mejores por inaptitudes ajenas, nivelamos para abajo...

7: Messenger mental:
Xavi: "Si ganamos, me tiño el pelo con los colores de España." (en El País, de Madrid)
Yo: Te entiendo.

martes, 5 de enero de 2010

El secreto de Hugo, seguido de Sun king


[Este es el otro sueño que tuve antes de Navidad. Son dos sueños, o un sueño que se continúa en otro, o una matiné onírica, como sea...]

1: Me encontré con Leonardo Cabrera en San José. Lo primero que me dijo, con mucho entusiasmo, fue que había terminado de rodar un cortometraje titulado "El secreto de Hugo".
-¡Ah! ¿Sí?... -le dije -¿Y de qué es?
-Es sobre Hugo Fontana -me respondió.
Entonces, de golpe, comenzó a transcurrir el cortometraje, tanto como si yo me hubiera introducido en su mundo ficticio o tanto como si el relato adquiriera de pronto todas las características propias de una representación teatral. Entre tanto, Leonardo me informó que todos los personajes estaban encarnados por amigos suyos de San José, entre los que reconocí a algunos.
El cortometraje era breve. Había obviamente una leyenda al comienzo: "EL SECRETO DE HUGO", seguida de otra que decía DIRECCIÓN: LEONARDO CABRERA, y comenzaba así. Yo estaba parado en un baldío y Hugo Fontana llegaba corriendo atravesando una calle y se me paraba en frente como si fuera presa de un nerviosismo que lo mantenía crispado. De repente abría grandes los ojos, tomaba aire y extendía sus manos hacia adelante retorciendo los dedos como si estrangulara un par de gallinas en cada una.
-Todo, todo, TODO... -dijo -¡¡¡¡¡Todo debe ser... TENSO!!!!!...
Mientras tanto, más abajo, a nuestros pies, más precisamente, estaba la tumba de Ernest Hemingway. En realidad no estaba muy bien enterrado. Tenía un ramo de flores de plástico, con más hojas que flores, sobre su regazo, y una botella de whisky con poco contenido sobre su pecho... Hemingway habia estado observando y escuchando todo lo que acontecía a un metro y medio por encima de su nivel, y cuando Fontana terminó de hablar, se sacudió y gritó con una voz agrietada:
-Naaaaaaaaaa... Andá a cagar... Me voy a la mierda...
La tierra empezó a deslizarse por los costados de su cuerpo y Hemingway terminó de ponerse en pie y se alejó un poco tambaleante a la derecha. Desaparecía así de la escena.
En el final, una mujer que manejaba un Volvo sedán de color azul se detenía en la esquina al observar que Fontana estaba en el baldío. La mujer iba con su propio marido en el asiento del acompañante, y este por lo visto se sintió molesto ante el interés de su esposa por el escritor uruguayo, así que le gritó que se apurara. La mujer se sacudió asustada y giró el volante hacia la izquierda, pero el hombre volvió a gritarle y ella pareció entender que no se dirigían hacia ese lado, sino hacia la derecha.
Así terminaba el cortometraje.

2: Mi hermana Andrea y yo éramos niños. Estábamos subidos al techo de nuestra casa en el Kennedy y observábamos el cielo en la madrugada. Todo el tiempo se veían estrellas fugaces, pero Andrea no podía verlas. Cada vez que yo le decía: "¡Mira! ¡Una estrella fugaz!", ella preguntaba: "¿Dónde?... ¿Dónde?" y giraba rápidamente la cabeza hacia un lado y otro tratando de encontrarla, pero la luminosidad siempre se desvanecía en el preciso instante en el que encontraba el sitio que yo le señalaba. Así que el único que podía ver las estrellas fugaces era yo, y eso no sólo me generaba cierta contrariedad, sino una especie de amargura por que no pudiéramos ver las mismas cosas.
La luna estaba en cuarto menguante, un poco sobre el noroeste, rodeada de unas pequeñas nubes que adquirían una incandescencia amarilla.
-Mira la luna, Andrea... -decía yo -Ahora es cuando todo se pone rosado.
Observábamos la luna y las nubes a su alrededor y todo ese fragmento del cielo se encendía cada vez más.
Entonces sentimos los sonidos de una guitarra. Observamos hacia el este y supimos en seguida que lo que se venía era el inicio del día. Las primeras notas de "Sun king", de los Beatles se derramaban sobre el mundo todo, pasaban por encima de nosotros y seguían su viaje hacia el horizonte opuesto. El este adquiría un tono grisáceo y celestino y la canción continuaba. Empezaba la parte de los coros y en seguida también las primeras palabras "Here comes... the sun king..." Estábamos presenciando algo más que el comienzo de un nuevo día. Sentíamos lo que hacía la diferencia. Y eso era que nos sabíamos los poseedores de una situación o de un objeto intangible que preservábamos o cuidábamos para los demás. Era la sensación de que alguien tenía que estar observando todo aquello para que eso mismo pudiera acontecer, y acontecer para que los demás lo recibieran. QUANDO PARAMUCHO MI AMORE DEFELICE CORAZON / MUNDO PARARAZZI MI AMORE CHICKA FERDY PARASOL / CUESTO OBRIGADO TANTA MUCHO QUE CAN EAT IT CAROUSEL...
Bajamos del techo y fuimos a despertar a nuestro hermano Franco, que sería un niño de seis o siete años.
-¡Salió el sol! ¡Salió el sol! -le decíamos.


viernes, 20 de febrero de 2009

Verano XIX (anti Bergman)


Anoche mi hermano vio "La sed", de Ingmar Bergman. Cuando terminó se conectó al messenger y se puso a hablar conmigo. Me dijo que había quedado profundamente tocado por la historia. No es para menos. "La sed" es una película hermosa y amarga, y cuando terminé de verla quedó dándome vueltas y vueltas horas enteras. Así que más o menos me podía hacer una idea de lo que le pasaba a mi hermano en las primeras horas de la madrugada. Por suerte me tiene a mí. Porque en seguida le pasé el antídoto para borrar cualquier recuerdo doloroso o rastro de spleen que pueda generar "La sed". En su momento lo probé y me dio resultado. Así que por messenger le pasé la dirección y él también pudo recuperarse para dormir un poco mejor.
Se trata del anti-Bergman, más conocido como Klaus Vera, un individuo que se licenció en la especialidad de filosofía del siglo XX en la univerdidad de Upsala a fines de los '80, y que buscó por años una respuesta plausible al dolor del "ser" que atraviesa todo el pensamiento desde Sartre para adelante. Al final lo encontró, en Guayaquil. Hizo esto que aparece en el video, y fue una gran contribución para la Humanidad toda.



domingo, 23 de noviembre de 2008

Volaaaba


Sucedió el viernes, en el cumpleaños de mi hermano Franco.
Habían venido desde Montevideo nuestra abuela materna, Elcira, y nuestro primo Mateo, y, desde el corazón del Kennedy mismo, nuestra abuela paterna, Nélida.
Parecía un momento cualquiera de la conversación, hasta que un comentario quizás relacionado con las palabras "enfermedad" o "fiebre" desató el recuerdo de la abuela Nélida.
Ocurrió hace pocas semanas, mientras estaba haciendo reposo en su cuarto. Antes que nada, sin embargo, había aparecido la fiebre. Hacía bastante rato que la temperatura le había subido y estaba esperando que se mantuviera o que comenzara a bajar de una buena vez. Estaba pensando en cualquier cosa cuando sintió el temblor debajo de la cama. Ahí vi que un gato no era... Eso es una cosa más grande dije en seguida... Y entonces vio que algo salía de debajo de la cama, lentamente. Primero vio el brazo y después, poco a poco, el torso y la cabeza, y ahí se dio cuenta de que era Cristo. Volaba bajito a pocos centímetros del suelo, con los brazos extendidos a ambos lados. Cuando salió del todo, se elevó, se elevó casi hasta la mitad del cuarto. Después empezó a girar para agarrar rumbo, pero muy despacio para no tirar ninguno de los adornos de las paredes. La abuela lo miraba. Escúchame una cosa... Yo sé lo que es tener fiebre... Pero también sé darme cuenta cuando el que está adelante es Jesús... Luego, sin ningún movimiento brusco, con la misma paz, atravesaba el umbral del cuarto hacia el otro lado de la casa. La abuela se sentó en la cama y se estiró para poder ver. La puerta de entrada a la casa de mi abuela es pequeña, muy estrecha. Cristo iba hacia allí, y como no pasaba sin chocarse con el marco, fue girando hasta dar con la posición indicada para salir al jardincito. Hizo así así y entonces pasó para afuera y desapareció.

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


viernes, 2 de mayo de 2008

Porro 2.0


¡No lo puedo creer! ¡Qué atavismo más grande! Dicen, según leí en algunos mails que me llegaron, que mañana sábado 3 de mayo en Montevideo, en el Molino de Pérez (¿?), habrá una marcha por la legalización de la marihuana. Yo, desde mi humilde lugar en la web, desde este blog que mal o bien es leído por 15 ó 20 gatos sueltos de todo el mundo, por el bien de esta pauperizada república, yo, Damián González Bertolino, cédula número tal, domiciliado en la ciudad de Maldonado, yo, cabeza abierta de par en par y pensante, coco fecundo que partiose expeliendo la leche de la razón, yo, el que suscribe arriba y también abajo, yo digo: NO, NO VAYAN A LA MARCHA, DÍGANLE NO A LA LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA. No lo saben, pero todo esto es un plan secreto de las potencias del primer mundo para estupidizar a los humanoides del tercer mundo (nosotros) y dejarlos fuera de combate para el día en que la polución gane aquellas patrias. Ese día, el tercer mundo, intacto, será en Nuevo Edén y nosotros, o nuestros hijos, o nuestros nietos, si es que nos queda la capacidad de la descendencia con los aparatos obturados por el humo, nosotros, entonces, seremos la ceniza del ayer más irredento. ¿Se imaginan lo que podría pasar de aquí en más si todos fumaran por todas partes libremente (ya fuman por todas partes libremente, pero bueno, la marcha vendría a ser una representación, hacer idea, manifiesto puro, una práctica, o sea lo contrario de las revoluciones del XIX para acá, lo que no es novedoso, tampoco...). ¡Dios mío! Bob Marley sería ya indiscutiblemente el patrono del humo y nadie lo escucharía (nadie lo escucha en realidad, es como el Che Guevara, que pasó a ser un dibujo que queda bastante bueno en las remeras de manga corta, y en las de manga larga también). ¿Se imaginan a nuestra juventud a nuestra senectud toda, caminando con los ojos rojos? La Patria Boba se avecina. Rodó nunca imaginó un cosmos más caótico que este. Una Patria del "to'o bien", el "arriba, vo" y la polivalente interjección "¡¡ehhhh!!". (Entre otras cosas: ya nadie leería a Herrera y Reissig, todos se pensarían que son Herrera y Reissig, o lo que es más, todos tendrían la imperturbabilidad, de pocos, de Danilo Astori, por ejemplo). ¿Qué más? Bueno, nadie se pelearía, todos escucharían todo el tiempo No Te Va Gustar o La Vela Puerca o ese tipo de música. Los policías fumarían en sus horas de trabajo y ya no habría material para escribir buenas novelas. En suma, el poco sentido crítico que nos quedaba se neutralizaría y quedaríamos medio tarados del todo y todo nos parecería bueno, como un Adán medio boludón que toca esto y lo otro y le parece buenísimo porque no conoce otra cosa, porque justo lo agarró Yahvé y se lo chupó. Más todavía, todos nos pasaríamos hablando de libros como "Las puertas de la percepción" o "El almuerzo desnudo" sin tener que haberlo leído (en realidad la mayoría no los leyó, la mayoría de los que fuman marihuana, porque arrancan a leerlo y ya les da ganas de fumar y dejan de leer, y luego no se acuerdan de lo leído y van otra vez al principio del libro y así ad infinitum). Todos nos creeríamos medio inteligentes e hipersensibles y proclives no sólo a opinar de cualquier arte, sino a practicar cualquier arte; como ahora, pero peor. ¿Qué más? Sí, las primaveras ya no serían lo mismo. El olor insoportable de los porros inundaría los jardines y las plazas y adiós a los azahares, adiós... Pero bueno, no vayan, no vayan por lo que más quieran a esa marcha. Es una cuestión estética. Piénsenlo. Además, yo, el que escribe todo esto, pienso que no hay mejor crítica que la que ofrece una alternativa. Por eso quiero recomendar a mis lectores algo que está mucho mejor que la marihuana (o debe estar, qué sé yo), mejor que la "cannabis sativa", y es la "chondrocanthus chamissoi", más conocida entre los habitantes del Pacífico Este como la "cochayuyo". Es cierto que parece joda, pero está buenísima. Con mi hermano menor hace por lo menos tres o cuarto años que conocemos la "cochayuyo" y que hemos visto cómo nuestra ha vida ha cambiado sensiblemente. De veras, cada vez estamos mejor y nos sentimos más aptos para los desafíos que se vienen. Una buena forma de consumir la "cochayuyo" es con leche, que es una mezcla bastante nutritiva al fin y al cabo. Mi hermano, por ejemplo, se pega un saque de "cochayuyo" early-in-the-morning y el pibe no para de sacar standards de jazz con la viola. Todo el día pium-pium-pium, meta glissandi y staccato y esas cosas. Yo, por mi parte, le encuentro un gustito, un qué sé yo a la literatura uruguaya actual que no sé cómo expresar. Soy feliz. Principalmente lo que hago es tomarme la "cochayuyo" con un buen café con leche hecho con tres cucharadas soperas de azúcar, o si no directamente la masco con unas galletitas de ceral y miel o de canela y manzana. El otro día terminé de leer la última novela de Milton Fornaro y me voló la cabeza. Lo que me pasó fue que en la tapa había una foto de Hemingway, y yo giraba el libro y la cabeza Pappa Hem también giraba y en una me dice: "Pará, tarado, pará de darme vueltas que voy a vomitar, que ya tengo bastante con estar acá". Y después me dijo esto: "Está bien lo del IRPF a los jubilados, que les saquen la guita, si se la terminan quemando al Kini o al 5 de Oro". Otras cosas zarpadas que hacemos con mi hermano luego del "cochayuyo" son: andar en bicicleta, hacer la plancha en la 16 de la Brava y más cosas. Está bueno el "cochayuyo", pruébenlo, no vayan a esa marcha-paloma de mañana allá en Montevideo, quédense en Uruguay. Piensen en el país. Lean a Rodó. Estudien. Sepan la letra entera del Himno. Y así...

viernes, 30 de noviembre de 2007

Todos los niños mimosos van a Umpilandia


Hoy, en el día de la fecha, día en el que Ignacio estás llegando a los 30 años y sabemos que no es changa, no, no lo es, hoy, digo, seguimos posteando la vida...
Llegué como a las 9:20 del supermercado con el pan, la leche, un paquete de Vascolet y un litro de leche Conaprole para empezar el día lo más salvajemente posible con Franco. Franco estab durmiendo, no quería saber nada con levantarse temprano; estuvo hasta tarde mirando "New York, New York", de Scorsese, y antes había estado en lo de Felipe, que está en plena convalecencia por su operación reciente. Hoy va a ser un día complicado, y eso que ni siquiera he pensado en qué momento voy a ir a visitarte, Nacho. Dentro de un par de horas doy mi última hora de clase de apoyo y paso a estar desligado de la actividad docente hasta marzo del año que viene (sí, creo que del año que viene, a no ser que ahora me llamen de la Fundación Guggenheim para darme una beca, quién sabe, pasa de todo en la vida...). Luego me voy a almorzar con Felipe, y más tarde, después de que Franco salga de una prueba de sonido porque toca esta noche en la presentación en sociedad del nuevo (primero) disco de Wellington Prates, nos vamos a la playa a nadar. Hablando de playa... ayer hice un viaje en bicicleta uniendo el Upper side of Kennedy town con el neo-cheto bucolicismo de José Ignacio. Se me ocurrieron algunas cosas, pero no va a dar el tiempo para contarlo en esta oportunidad.
Cuando Franco se levantío al fin a desayunar (ahora ya está acostado de nuevo, mimoseando bajo el aire fresco que se cuela por la cortina oscura, mientras suena "Warm valley" de Duke Ellington, nada menos) me preguntó: "Che, ¿conocés el fotolog de Dani Umpi?". Le dije que no, pero entramos en seguida y encontramos un texto que pueden leer en esta dirección http://www.fotolog.com/umpilandia/9665212
La verdad es que hace mucho tiempo tengo ganas de escribir algo sobre Dani Umpi, y no para llover sobre mojado con la pregunta "¿Es o se hace?" Me parece un tipo sumamente respetable que no tiene un pelo de tonto o de ingenuo, en cuyo caso cualquier cosa naïf es una pose, una parte de un sistema que incluye hacer de la vida una puesta en escena. Por algo tiene que tener también su fotolog, ¿no? El medio ideal. Bueno, espero que lean estas consideraciones de Umpi sobre Empédocles y Sócrates que recomiendo.
(¡Ah!... La foto de más arriba la saqué de su fotolog también... Todos los derechos reservados y no tanto de Dani Umpi)

miércoles, 13 de junio de 2007

Yes, we know you're 64


Hace un par de semanas, a propósito del 40 aniversario del disco "Sgt. Pepper’s", leí en el diario Clarín unas declaraciones de Charly García acerca de Paul Mc Cartney que me dejaron satisfecho, sobre todo porque admiten lo que a veces a costado mucho reconocer o, directamente, no se ha reconocido: "En realidad, es un disco de Paul: hace poco Ringo dijo que era una basura, y a John tampoco le gustaba. Lo que pasa es que cuesta reconocer que Paul es un genio. Odio cuando hablan de Lennon y no se dan cuenta de lo genio que es Mc Cartney; es que uno siempre idolatra al rebelde. Quizás no es tan inteligente, pero Paul es mucho más músico que John.". Estas palabras me parecen encomiables porque, si vamos al caso, Charly ha exhibido siempre un toque más o menos "lennoniano" y ha sabido jugar de "rebelde".
Recuerdo también una charla con Valentín hace también un par de semanas. Íbamos caminando un sábado de madrugada por Avenida España rumbo a su casa. Me decía que había visto la película "Let it be". "Let it be" debe ser, de toda las películas de los Beatles, aquella en que menos están los Beatles, es más, es el manual, para muchos, de cómo desarmar una banda. Por allí se ve a George y a Paul discutir por una línea de guitarra de "I’ve got a feeling". La cosa es que le pregunté a Valentín si él compartía algo que siempre se me hace presente cada vez que veo esa película. Y es que, fuera de la lucha de egos tan publicitada entre John y Paul, lo que se percibe todo el tiempo es la voluntad que tiene Paul para colaborar y tocar lo que sea y hacer lo que haya que hacer en los temas de George y de John. Es algo que casi no tiene parangón entre los otros Beatles y que quizás se deba a que Paul es multiinstrumentista (hay que recordar que en sus primeros discos solistas él tocaba absolutamente todos los instrumentos). Y no sólo se percibe esa voluntad que lo distingue de los otros, sino que es palpable que el único que está o sigue comprometido y tiene ganas (muchas ganas) de estar allí es Paul. Hay que ver la pasión que pone al hacerle los coros de "I me mine" a George, por ejemplo; o verlo tocar el piano en ese medley de rock de los ’50 al que se suma también Billy Preston (que tiene cara de no-me-puedo-creer-ni-que-me-maten-a-palos-lo-que-estoy-viviendo), mientras calientan motores. La energía de Paul en "Let it be" es altamente contagiosa. Mientras George canta mantras atrasados, mientras Ringo espera una seña y John y Yoko se juntan a hacer dibujitos debajo de un piano, Paul desborda energía por lo que está haciendo. No se aguanta. Creo que eso se nota también en su primer disco solista, el "Mc Cartney". Por cosas como estas yo he llegado a admirar a Paul, aunque algo tardíamente; y eso sin desmedro de mi pasión por las figuras de los otros.
Bueno, el caso es que, por los días en que me entero de que volvió a sacar otro disco, todavía con 64 años de edad, a poco de un gran trabajo como el "Chaos and creation in the backyard", veo en una disquería de Montevideo el disco "Ram". Así es que, después de tantas veces de verlo y desearlo y terminar por comprar otra cosa, lo sumo a lo otro que me llevaba. Antes pedí para escucharlo en una de las compacteras. Nunca había escuchado una sola canción del "Ram". Y la verdad es que me empezó a sacudir. Otra vez esa energía.
Estaba en Montevideo porque mi hermano Franco tenía que tocar como músico invitado en un espectáculo de Juventudes Musicales, en la sala Zitarrosa. Tocaba junto al compositor y guitarrista Vladimir Guicheff Bogasz una obra para guitarra, viola y marimba llamada "Ah". "Ah", de "Ah! Me olvidaba de algo", explica Guicheff en el escenario, más tarde. Por culpa de Paul, por quedarme prendido escuchando "Ram", llegaba tarde al espectáculo, por culpa de Paul, por pasar el disco a mi discman y caminar escuchándolo, me pasé por alto la sala Zitarrosa y llegué hasta la Plaza Independencia casi sin darme cuenta. Al final llegué en hora. Al comienzo hubo un recital de una pianista y una soprano haciendo cosas de Bellini, Donizetti, Mozart, Häendel y Serebrier. Después vino Guicheff, solo, con su guitarra, ejecutando piezas de Villa-Lobos, Leo Brower y también suyas. Al final subieron, para el cierre, mi hermano y la muchacha que tocaba la marimba. La obra "Ah" es, de algún modo, un tributo a los devaneos vanguardistas, a Varése y a Brower. Los instrumentos abrieron tocando segundas, produciendo un fuerte batimento en las ondas. Y así siguió todo. Cualquiera podía entrar y, como en muchas expresiones del arte moderno, percibir que "hacían que tocaban mal". En eso podría estar (en eso, o en la tranquilidad de saberse soportado por el sonido ambiente) el hombre que al fondo se echó su buen soñito y empezó a roncar cada vez más estridentemente. En un pasaje Franco tenía en la partitura un calderón (algo así como la posibilidad del interpretante de jugar a piacere con el silencio) y comenzó a dejar entrar el ronquido entre su solo, para que se acomodara de a poquito. Risas. Al final, una chica no lo soportó más. Se levantó casi desde el centro de la sala, estirándose en la oscuridad, y literalmente expulsó al hombre del recinto. A la calle.
A la calle tenía que irme yo. Eran las 21:55. La obra no había terminado y mi último ómnibus para Maldonado salía a las 22:15, para llegar a las 00:15, para acostarme a la 1:00, para levantarme a las 7:00, para entrar a clase a las 7:40. Me quedé con las ganas de conversar un rato con Franco. Hacía días que no lo veía. A una cuadra de la sala encontré un taxi que me llevó a Tres Cruces. El chofer quería saber de dónde era. Le dije que de Maldonado. Luego me dijo que él, antes de la crisis (¿qué crisis? Yo interpreté que hablaba del año 2002) había vivido en Cerro Pelado y cerca del centro. En verano vendía pareos en la playa. Hablamos de la conveniencia de vender en la Mansa y no en la Brava. "Hay gente con más guita del lado de la Brava. Pero en la Mansa no tenés tanto viento y la arena no es tan pesada, ¿viste?" Luego me habló algo más de si iban a sacar de su puesto a la Jefa de Policía de Maldonado y me bajé en la terminal. Serían ya las 22:05. No tenía tiempo de ir al baño. Me lamentaba no haber ido antes de entrar en la sala, tres horas antes. Saqué el pasaje y compré algo para comer en el camino. Un juguito multifruta y un alfajor Milka… Bueno, no sé por qué, pero me dieron ganas de comprar otro más. Subí al ómnibus. Asiento 30. Pasillo. En el asiento del lado de la ventanilla un hombre que chupaba un chupa chupa. Arranca el ómnibus. No, no. Se detiene. Sube un muchacho. Es mi hermano. Se va hasta el fondo. Recién en ese instante me ve. Me pregunta qué ando haciendo arriba de ese ómnibus. "Te vine a ver", le digo con aire de madre. Tiene asiento 42. Nos vamos para el fondo. Viene una mujer buscando el 43 y mirándome con cara de descolocada. Le hago el canje de asiento. Abro mi alfajor y le paso el otro a Franco. Dos alfajores. La vuelta a Maldonado era perfecta. No podía pedir nada más. Terminamos de compartir el juguito y me metí en el baño. Nunca había usado el baño de un ómnibus. Fue mi primera experiencia. Y bastante particular, por cierto. La ventana estaba abierta y digamos que la frescura que entraba me parecía algo sofisticado. Hasta que en unos semáforos paró al lado de mi ómnibus otro de pasajeros, uno departamental, un Cutcsa, creo, y a la señora que miró por el recuadro de la ventana, iluminado por los focos de la vía pública, no le pareció nada sofisticado lo que yo hacía. Vuelvo al asiento. Le pongo a Franco los auriculares para que escuche al menos un minuto de cada tema del "Ram". Un minuto, nada más. Lo controlo. Franco empieza a reírse, a sacudirse en el asiento. Es la energía de Paul que llega. Delante hay una pareja, más o menos adulta. Piden silencio, Quieren dormirse. Pero en realidad, se la pasan dándose besos. Y más cuando apagan las luces. Un policía, parado al lado del baño, nos observa de tanto en tanto. No entiende mucho. Le cuesta meternos el rótulo, me parece. Luego es mi turno. Me coloco los auriculares. Franco estira su asiento hacia atrás. Y yo entro en el resto de la noche mientras Paul canta "Too many people".