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jueves, 11 de octubre de 2007

El payaso tendrá su día (El código Cacho)

¡Sí, señores!... Los lectores de tartatextual lo eligieron como el individuo con el perfil ideal como para poder dirigir nuestro país en el próximo lustro. Se trata nada más y nada menos que de Pelusita, el famoso payaso de Cacho Bochinche, quien se llevó el 41 % de los votos contra el 25 % de su más cercano perseguidor, el performer tropical Gerardo Nieto. Un verdadero payaso será el que se encargue del Uruguay en lo venidero, o así parece que lo quieren decir nuestros lectores... Porque si se analiza de cerca la opción de voto, se descubrirá a poco que al elegir a Pelusita, los tartatextualeros, sin duda dignatarios de una o varias generaciones que se deleitaron de niños con las mañanas sabatinas de canal 12, están reconociendo indirectamente la mano de alguien que calladamente, sábado a sábado, ha ido urdiendo un plan para gobernar el país de aquí en más... Ese alguien es... Es... (redoblantes)... ¡¡¡¡CACHO DE LA CRUZ!!!!... Sí, el mismo que le pagaba el sueldo a Pelusita, el mismo que los domingos en El Show del Mediodía se escondía bajo el disfraz de Chichita en la versión vernácula de Mirtha Legrand. Aceptémoslo. Ya nada pueden hacer Sanguinetti, Batlle o Bordaberry para salvar al Partido Colorado y conseguir 56 votos más... Ya nada puede hacer el Herrerismo; ni Lacalle, ni Heber, ni Gallinal, ni aun la imberbe pericia de Federico Casaretto harán que el Partido Nacional llegue al Gobierno. Ya nada podrá hacer que el Frente Amplio sienta el gusto de un nuevo lustro al mando... Bye, bye Mujica... Nin Novoa, que acarició la Presidencia de oficio cuando viajaba el Dr. Vázquez, ya no será Presidente realmente elegido si es candidato en 2009... No... el terrible sino de Cacho de la Cruz se cierne como una nube aceitosa sobre el territorio nacional. Y no es para menos, porque hubiera sido una lástima que ese verdadero "masterplan" que arrancó con las primeras transmisiones de Cacho Bochinche allá por inicios de los '70, sufra un revés idiota. De aquí en más, por espacio de algunas décadas, por ejemplo, Chávez tendrá un camarada a su altura en Cacho de la Cruz... ¡JA JA JA JA JA! ¡Y pensar que los ingenuos lectores de tartatextual pensaban que votaban a Pelusita, el payaso!... ¡JA JA JA JA JA JA!...
Ahora, las claves de este ascenso inminente...

a) El factor golero de Cacho Bochinche

Lo que le aconteció a la selección uruguaya de fútbol en la pasada Copa América de Venezuela, precisamente en el partido contra Brasil por semifinales, ratifica algo que viene de largo tiempo: no podemos embocarla más de dos veces seguidas en una definición desde el punto penal. ¿Culpables?... Bueno, no se busque a los culpables en los jugadores, los técnicos o los formadores de inferiores... El culpable es Cacho de la Cruz. Las estadísticas revelan que tanto la selección como los clubes uruguayos en partidos internacionales han ganado el 17, 56 % de los encuentros en que han ido a penales. La curva descendente de la gráfica que muestra la acentuación de las derrotas se percibe notoriamente sobre comienzos de los años '90. Es lógico. Si se hace un mínimo de memoria se recordará que la última victoria importante por penales es del año '88 (Nacional ante el PSV Eindhoven, en Tokyo). ¿Por qué no ganamos casi partidos por penales desde esa fecha?... Porque los jugadores que los disputaban, de promedio de edad de 24 años y algunos meses, estuvieron formados en el ideal de pegarle al golero antes de meter el gol, propio del famoso juego de Cacho Bochinche, donde, sábado a sábado, como recordarán los lectores, no había que hacer el gol, sino tratar de descabezar de un puntazo al macaco con la pelota Cubilla, esa pelota cuyo eslogan decía: "Para hacer goles de maravilla"... Una maravilla era que alguno de los pibes algún sábado no reventara alguno de los focos del estudio de canal 12. Sin duda, la audacia de Cacho de la Cruz es superlativa. Demostró que caló hondo en el inconsciente colectivo de los chicos que miraban su programa infantil allá por la década del '80, y la cosa seigue... No es más que el primer paso de un plan que tiene como objetivo arrastrar y poner bajo el fango la seguridad añeja de nuestros pobladores, con el fin de que, conociendo lo más bajo, los uruguayos estén preparados para la recompensa, el día en que Cacho de la Cruz cabalgue por los cielos junto con los otros tres jinetes, soplando su trombón y llamando al pueblo al inicio de una nueva era. (Los otros tres jinetes son Laura, Fermín, el de los títeres, y, por supuesto, Pelusita).

b) El factor Ultratón

Verdadero superyó de los nuevos uruguayos, Ultratón, quien venía de la inmensidad del espacio exterior, es el elemento represor de los vestigios infantiloides de este pueblo que deberá madurar, le guste o no le guste.

c) El factor Laura

Miremos nuestro entorno. ¿Qué mujer no se parece ya a Laura? Verdadero arquetipo de la nuova donna, esta madonna que apila nota tras nota los fines de semana, es el perfecto ejemplo de la construcción de la Belleza. Nuestras madres, nuestras hermanas, primas y novias saben de lo que hablamos. Llegará el día en que todas las uruguayas luzcan como si hubieran nacido en Gotebörg o Upsala y vayan al spa y saquen sus propios discos de karaoke.

d) El factor Pelusita (por supuesto...)

Especie de Krusty avant-la-léttre, es, en última instancia uno de los elementos más solemnes del programa, el que demuestra que tras la terrible capa de pintura, algo más serio se cierne sobre el individuo. Bienaventurados de aquellos que puedan trascender los colores del cutis de Pelusita, porque aquellos verán la verdadera cara, y serán salvos.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Feliz cumpleaños, Romina (je, je, je)



Don Carlitos Baudelaire dijo en una época que la condición misma del ser humano era la de debatirse entre dos movimientos, uno ascendente y el otro descendente.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi sobrina Romina (5 años), y fue una ocasión propicia para desarrollar esos dos sentimientos. Primero, al llegar, todo deseos de ascenso. Fui el tío ese que llegó con su novia y con la hija de esta (3 años), el tío que se dedicó a ayudar a todos los compañeritos del jardín a subir a las hamacas y a esperarlos al final del tobogán mientras tragaba empanadas de carne como un animal (no había almorzado) y tomaba Coca-Cola. Fui el tío que se juntó en la canchita de cemento que quedaba al lado del quincho a jugar al fútbol con otros tíos y alguno padres sudorosos, corriendo al sol todavía fuerte de comienzos de otoño. Fui el tío que metió un golazo infamante de pecho, pero también ese tío que quiso fundir de un guascazo a su cuñado (el padre de la cumpleañera) cuando este se puso en el arco, viendo cómo la pelota finalmente se elevaba a cuatro o cinco metros de altura del ángulo derecho, pegaba a unos diez metros de altura en el tronco de un pino y caía en el jardín de un chalet, tras una cerca de alambre y ligustros trabados.
Pero también fui ese otro (je suis l’autre) que recibió de repente, de manos de su hermana (la madre de la niña) una nariz de payaso. Ese otro al que no le bastó sentarse a la mesa cuando cortaban la torta y, con la nariz ya colocada, golpearse histriónicamente con su restante hermano, robando viejos gags de películas mudas y haciendo reír a los niños que cantaban el “quelocumplafeliz”. No. No. ¡No! No bastó ser ese tío (siempre haciendo de payaso) que llevaba en andas a los niños hasta el castillo inflable. ¡No! De pronto era otro. Otro que sentía, sabía el mal que esa nariz podía otorgar. La nariz roja y redonda de payaso es un punto de partida, inaugura un sistema de propuestas y respuestas. Pero si el sistema se rompe en algún punto hasta un niño sabría verlo... (¡je! ¡je! ¡je!...). Estaba descansando, tomando otro vaso más de Coca-Cola cuando me encuentro con el rostro de un niño que me miraba extrañado. Un segundo después entendí que el niño no sabía cómo reaccionar. Yo tenía una nariz de payaso pero estaba serio, era distinto, y el niño estaba esperando una confirmación inquietante o angustiosa o un acto que lo hiciera recaer en la ilusión más reconfortante. Entonces vino el otro, y, con el otro, el mal...
Al principio, a los otros adultos les causaba gracia ver cómo yo corría a tres o cuatro niños alrededor del castillo inflable, los amenaza con mi cara y les golpeaba las caras con un globo. Los niños se reían, pero contenidamente. Y fue entonces que la cosa empezó a gustarme, como quien mira una persona que se va acercando de a poco desde el fondo de una calle. Y todo se hizo un poco más elaborado. Yo me escondía entre los árboles del parque y los sorprendía saltando de improviso y poniendo la misma cara de seriedad y amargura tras la nariz roja. Y los niños corrían, se escondían bajo las mesas. Algunos otros niños, y todos los adultos, comenzaron a mirarme detenidamente, pero para ese momento yo no me daba cuenta, y si me hubiera dado cuenta igual no habría podido parar. Había algo absolutamente placentero en encarnar el mal, disfrazarme del mal o resumir todas las fuerzas oscuras e incontrolables para aquello niños aun en pleno día, aun cuando los adultos de confianza estaba allí (sin hacer nada). Seguía corriendo, gritando, mostrando los dientes rabioso.
El final lo trajo mi hermana cuando vino a decirme que me dejara de joder porque a una niña le había venido un ataque de llanto y pedía que llamaran a su madre para que la fuera a buscar. Me metí la nariz en un bolsillo del pantalón y me fui hasta el sector de las hamacas donde estaban mi novia y su hija. Después me saqué la nariz del bolsillo porque me di cuenta de que quedaba grosera. Más tarde cruzamos varios saludos, até a la parrilla de mi bicicleta cuatro globos (dos rosados y dos violetas) y no fuimos por Avenida Roosevelt.
Ahora escribo esto y veo a la nariz encima de la mesa de luz. Me recuerda un domingo de sol; me recuerda el acecho de un fauno; me recuerda la voz de mi hermana diciéndome que me deje de joder.