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lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti (1920-2009)

Yo creo que a lo último había un sentimiento de contrariedad cada vez que salía un nuevo libro de Benedetti. Llegaban las novedades a la librería y te decían: "¡Ah! También otro de Benedetti..." Es decir, había algo que incomodaba en ese ritmo de publicación anual que llevaba desde hacía años, una alianza resistida entre lo prolífico y el requerimiento editorial. Una noche, va a ser tres años ya, enganché una entrevista que le hacían en una radio para saludarlo por el medio siglo de "Poemas de la oficina" (1956). La verdad es que me sorprendió mucho escuchar a Benedetti reprochándole a los periodistas que lo hubieran llamado para felicitarlo por eso, para requerirle una reflexión más sobre ese libro, etc. Hasta insinuó, con ironía, que su escritura había continuado un poco después de esa obra. Quiero tomar esto último, algo bien aislado, para expresar una cosa que también he sentido viéndolo en muchas entrevistas (como en el documental tan entrañable que le dedica Ricardo Casas), y que es esto: había una cosa que podías sentir en Benedetti y era que era auténtico, que él era así y que no te estaba dando gato por liebre. Podía no gustarte, pero bueno, él era así... De todos modos, a veces suele haber cierta injusticia. Si existió una especie de deporte intelectual llamado "péguele a Benedetti", esa actitud en muchas oportunidades borroneó la faceta del Benedetti de las primeras épocas, el de Asir, el de Marcha, un intelectual, un crítico literario que, como si se dijera bajo el ala de los popes de la crítica como Real de Azúa, Ángel Rama, Rodríguez Monegal, o también José Pedro Díaz, supo ofrecer, a diferencia de estos, un tipo de discurso llamémosle más aireado, más coloquial o sencillo, y no por eso poco fermental.
Estoy escribiendo esto en la madrugada del domingo. Hace unas horas, en la tarde, mi padre me llamó para darme la noticia. Un poco después mirando el resumen de la fecha de fútbol en TV Española, me encuentro con el hecho de que al final del informativo han dedicado unos largos, largos instantes a pasar imágenes suyas. Esto se sabe, en España Benedetti tiene una gran acogida. Aquí también, pero sabemos que cierto sector no se lo tragaba, quizás por eso de que a los uruguayos la popularidad, o más abiertamente la fama (porque Benedetti era famoso, y punto) les parece algo como una culpa muy grande que hay que cargar.
Quiero terminar con algo que siempre me ha tocado de Benedetti. No es algo para la razón, no es algo para la crítica literaria, ni nada de eso, y tiene que ver con su origen, con su infancia humilde, con su manera de sentir la pobreza. Pero no es eso en sí, sino que es el tratamiento que le dio, lejos del lloriqueo o de la demagogia. Cuando lo escuchaba hablar y contar cómo leía de niño, o cuando pensaba en que quería escribir, yo percibía algo así como una convicción, una pasión en sí. Y a eso iba, podía no gustarme algo que había escrito, como me han gustado varias otras cosas (los cuentos "Puntero izquierdo" e "Inocencia", por ejemplo, muchas de sus reseñas críticas para Marcha), pero siempre sentía que más allá de eso él tenía la convicción, la seguridad de lo que estaba haciendo, y que por sobre todo era lo primero que te transmitía, porque había logrado alcanzar un tono; y eso no es poca cosa, nada que ver... Es decir, si no es de mis autores uruguayos favoritos, ¿por qué razón me pongo tan triste en esta madrugada cuando pienso en que se murió?