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domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

Para seguir leyendo, hacer click aquí.

miércoles, 27 de enero de 2010

Una entrevista

[Con motivo de la reciente nota aparecida en el semanario Brecha (nº 1261, 22/1/2010) acerca de la nueva narrativa uruguaya, su autor, Matías Núñez, me hizo llegar un cuestionario que también había enviado a los otros escritores mencionados en el trabajo. Por una cuestión de tiempos, cuando lo respondí ya era demasiado tarde: la nota ya estaba escrita. Sin embargo, publico aquí mis respuestas como complemento a las que en nota aparte aparecieron de Rodolfo Santullo, Pedro Peña, Matías Paparamborda, Jorge Alfonso y Ramiro Sanchiz.]

¿Qué importancia tiene en su obra ser joven y uruguayo? (es decir, más allá de lo que dice el pasaporte, ¿recurre a dicha circunstancia como sustrato creativo?)

No, no es algo que me importe a la hora de escribir o de considerar mi trabajo. No me veo escribiendo historias para entrar en un diálogo con una tradición narrativa (por más que pueda considerar alguno de sus aspectos, de forma consciente o no...) o con un horizonte de expectativa generacional o nacional. No me siento delimitado por la condición de "joven" o por la de "uruguayo". De hecho, no creo que sea tan joven. A mi edad mi padre tenía tres hijos y salía hacer las cosas que un hombre hace para mantener a una familia. La vida no le imponía la condición de "joven" para nada. Había que hacer cosas y punto. Lo mismo considero yo. Hay historias que tengo y que quiero contar, pero eso no tiene que ver con el apremio de observarme dentro de una determinada franja de edad. Y en cuanto a lo de "uruguayo", no creo que sea algo que a uno le deba pesar; ni siquiera creo que pese. Es decir, no escribo pensando en un "main stream" de temáticas o recursos que puedan refrendar una idea de la siempre evanescente "identidad nacional". Además, tampoco nadie se mata por leer narrativa uruguaya en el exterior, que a mí me parezca. Así que, bueno... a escribir tranquilos.

¿Lee a sus coetáneos? ¿Reconoce alguna inquietud generacional común?

Sí, los he leído a casi todos. En general reconozco la inquietud generacional de quererse ver como generación con inquietudes generacionales. A veces percibo un cierto pudor (o subestimación) por caer en la anécdota pura, o en el factor episódico, y entonces aparece la recursividad del referente de la narración, o algo como una meta-narrativa, etc., y eso me aburre un poco.

¿Ve surgir algún aspecto novedoso en la narrativa de su generación? (ya sea en tanto innovación formal, la construcción de un lenguaje diferente, cambio de contenidos o lo que sea)

Creo que todavía no hay una cantidad de obra suficiente como para observarlo. Estamos hablando de autores que tienen tan sólo uno o dos libros publicados...

¿Cuáles son sus influencias y cómo es su relación con las mismas a partir de las nuevas perspectivas en torno a la parodia, el homenaje, la cita o incluso el plagio?

No sé si hablar de influencias en el sentido de mencionar a autores o propuestas narrativas generales que de algún modo dirijan mi creación. Trato de que los autores que me gustan o me deslumbran no pesen tanto, en el sentido de que eso puede imposibilitar la concreción de mi propia voz como narrador. Por supuesto que uno se hace deudor de otras sensibilidades que lo cautivaron a través de la lectura. A mí, por ejemplo, me fascina el realismo de Juan José Morosoli, pero no veo motivo alguno para imitar sus tipos de historias. Y sí, como él bien lo hizo, para hacer llegar al lector el pequeño e imponente mundo del alma de un personaje como si ese mundo de pronto fuera el nuestro. Eso es un objetivo, y a los objetivos, a diferencia de los recursos o los argumentos, no está tan mal copiarlos.

¿Cuál cree que debe ser la función de la crítica literaria? (si debe emitir juicios de valor o no y si tiene alguna utilidad para los creadores)

Por supuesto que emitir juicios de valor, o sea realzar el mismo oficio de la crítica literaria no sólo introduciendo a un futuro lector a un libro, sino manifestándose de acuerdo o no con ciertas propuestas. Esto es: no caer en hacer pequeñas reseñas sobre el argumento de una novela o un conjunto de cuentos. Es lo mejor que les puede suceder a los grupos editoriales. ¿Qué tiene de malo jugársela y dar una opinión si la opinión está realizada con entereza y dedicación profesional? Y al que le duela, que le duela. Si a alguien no le gustan mis libros y me dice por qué, en una de esas podré sacar algo en claro y mejorar, ¿no? ¿A alguien le dijeron que por escribir libros le iban a tirar pétalos por la calle? ¿Y quién lo necesita, por otra parte? Escribir ya de por sí es una actividad maravillosa que te renueva la vida cuando estás contigo mismo.


(*) Foto: Ignacio di Tullio

sábado, 24 de octubre de 2009

Contra el viento

Porque la mente es inquieta, turbulenta, obstinada y muy fuerte, ¡oh Krsna!, y someterla, creo yo, es más difícil que controlar el viento. (Bhagavad-Gita; cap. VI, texto 34)

Hace mucho tiempo que tenía ganas de volver a sumergirme en la escritura de un cuento largo. Y ese impulso hizo su propio negocio con ciertos problemas que surgieron en mi vida y que me dieron a la vez, con idéntico estrépito, el tiempo y el temor del tiempo. Lo raro es que el cuento me fue pedido para ser editado en otra lengua, una lengua de la que no sé descifrar más que una docena de palabras o de giros: o sea nada. El mail que me conminaba esta mañana a entregar el cuento en un determinado plazo hacía hincapié en que por favor (¡por favor!) fuera un cuento muy mío, bien de mí. Digamos que ya desde hace unos meses tenía una historia anotada por alguna libreta de apuntes... Así que cuando ya llevaba un par de páginas del cuento empecé a temer la aparición de lo pintoresco. o lo mecánico. Y ahí paré. Todo era: este es el momento en que tiene que pasar esto; este otro instante está pensado para que el lector se dé cuenta de esto otro, y así... Me subí a la bicicleta y salí rumbo a la playa Brava. Pasé por el Kennedy, no me detuve en lo de mi padre y terminé cruzando el puente de La Barra hasta llegar a la zona de Montoya, donde me perdí varios minutos paseando dentro de un local en el que vendían deidades de África y de Asia. En la entrada había una enorme de Krsna. Pedí permiso para sacarle algunas fotografías. y me fui... Y todo sin saber que esa noche íbamos a hablar del Gita con Felipe comiendo entre los dos un metro de muzzarella, cosa que ahora sucede menos de media docena de veces al año.
Tengo ahora a mi personaje decidido a saltar desde lo alto de un alambrado, en el pleno trance de escapar de una cárcel. Mañana, luego de que desayune, me va a estar esperando para que lo anime hacia donde debe ir. Y eso va a ser una pequeña forma de felicidad.

Las complejidades de la acción son muy difíciles de entender. Por consiguiente, uno debe saber bien lo que es la acción, lo que es la acción prohibida y lo que es la inacción." (Bhagavad-Gita; cap. IV, texto 17).

viernes, 31 de julio de 2009

Cristina y el viento

(Con mi hermana Andrea; Kennedy, 1989)

[Mientras preparo un texto sobre lo ocurrido el sábado pasado en Minas, mencionando lo sucedido desde el partido de fútbol hasta las horas posteriores a la premiación, publico aquí este pequeño texto que escribí en una libreta la noche previa]

(I) Estoy en Minas. Son las 2:50 de la mañana del sábado en que voy a recibir el premio nacional de narrativa... mmm... V. duerme, los anfitriones de la casa duermen... Estaba tratando de anotar algunas frases de Morosoli en un papel para poder tenerlas en cuenta mañana cuando me toque hablar en el acto...

(II) Me acuerdo de mi primer viaje a Minas, en 1989. Yo tenía 9 años. Fue un viaje con mi grupo de cuarto año de la escuela. Observaba todo el tiempo fascinado el paisaje de las sierras. Sentía que era el único que le prestaba atención a eso más allá de la vibración especial del viaje. Trataba de entender lo diferente. Cuando yo tenía 9 años quería ser escritor. Escribía historias de aventuras en el espacio...

(III) Pero también historias que acontecían en Uruguay. Tomaba un mapa, me fijaba en los departamentos, en los ríos, y entonces ideaba un itinerario para un relato. "¡Ay! ¡Pero que imaginación tiene este Damián!", decía la maestra de quinto. Se llamaba Cristina, y por las tardes, cuando ya se aproximaba la noche, se cambiaba la túnica y salía de su casa para trabajar de telefonista en Antel. Yo me la imaginaba...

(IV) Me la imaginaba sola, en una habitación con una solitaria consola ante la que ella estaba sentada metiendo cablecitos en unos huequitos para comunicar una llamada del norte de Rusia con Uruguay, pongamos por caso. Me la imaginaba sola, pensando en sus cosas, lo que iba a hacer el día siguiente en la escuela, lo que prepararía para comer el domingo. La maestra Cristina no tenía ni hijos ni marido. No los tenía...

(V) No los tenía porque yo me imaginaba que era así. Y punto.

(VI) Una vez yo iba en el asiento de atrás de la camioneta. Mi padre manejaba por la calle Florida y yo observaba hacia atrás. Y ahí vi a la maestra Cristina, manejando su Honda 70 azul a muy pocos metros de la camioneta nuestra. Pero no me veía, y yo tampoco quise hacer señas para que me viera. Podía observarla de una forma en que no la había visto nunca, y no iba a dejar escapar ese momento.

(VII) Seguramente estaba yendo hasta su casa, para salir de inmediato hacia la oficina de Antel. En esa oficina de Antel, cuando era invierno, podías sentir el viento rampante contra las paredes del edificio y sentir también cómo sacudía los ventanales.

(VIII) En la escuela siempre estaba cansada. Me encantaba cuando hacía una lectura y nosotros la seguíamos mirando el texto en nuestros libros del alumno. La maestra Cristina se equivocaba de vez en cuando sustituyendo una palabra por otra distinta. Entonces resonaba mi voz chillona corrigiéndola. Un día de esos sentí que no existían los demás niños. Éramos sólo la maestra Cristina y yo, jugando un tipo de juego que para cada uno de los dos era distinto.

(IX) Era niño, ¿no?

(X) Hace unas horas, cuando el ómnibus atravesaba con su haz de luces la soledad fría y áspera del campo y de las sierras, cuando sentía que casi todos los pasajeros dormían, cuando yo también estaba a punto de dormirme, me puse a mirar el costado derecho del camino iluminado permanentemente por el ómnibus. Voy a Minas, exactamente veinte años después de aquel primer viaje, me decía.

(XI) A veces, me ocurrió esta noche, envuelto en la soledad y en el silencio, me sucede que quiero comunicarle algo aquel niño, y creo que puedo. Otras veces tengo la sensación de que es una especie de pariente muerto al que trato de honrar.

jueves, 14 de mayo de 2009

do / don't



Ya casi es el mediodía. Camino por Roosevelt aguantando el viento y las oleadas de lluvia. Tal vez me quedan como seis o siete cuadras para llegar a la casa de la abuela materna de la niña M, cuando empiezo a pensar en el resto del día. Cruzo la rotonda, paso por una estación de servicio, saludo en los semáforos a un conocido que me saluda a su vez desde el interior de su auto (¡Ah! Ahora tiene auto, me digo...) y de inmediato veo el supermercado en la manzana siguiente. Me anoto mentalmente las cosas que hay que comprar, pero no ahora, más tarde, en algún huequito de la tarde. Sigo pensando... Ir a buscar a la niña M, subir a un ómnibus con ella, llegar a casa, prender las estufas, poner a calentar algo para el almuerzo, esperar a V., corregir escritos, leer un poco, después sí, ir al supermercado en una escapada en bicicleta a través de la tormenta, planear un par de clases, cosas por el estilo. Pero allá al final queda un espacio más o menos elástico... Hay un momento de la noche en el que puedo apartar lo que haya encima de la cocina y llevarme el cuaderno, una lapicera y la computadora, después prendo la lámpara portátil. Ahí puedo escribir aunque sea una página hasta que digo está bien, el día tiene que terminar. Y me está pasando en estos últimos tiempos que me doy cuenta de que tengo en la vuelta al menos un par de historias que se están terminando, que se juntan con otras historias que ya fueron terminadas. No va a venir aquí el lloriqueo de no haber publicado y todo eso. Esas cosas pasan. Estaba pensando en lo otro, en lo inalterable: que uno escribe, más allá de ser leído por dos o por quinientos, que uno sabe que llega un momento del día en el que ya se terminó con las obligaciones y que otro asunto queda aguardando allí, a un costado... Llego a la rotonda siguiente con ese pensamiento fijo: si hay ciertas cosas, dispuestas de tal manera que al final, y a través de todo eso, puedo encontrar algo mío, entonces, me digo, entonces está bien. No me molesta la repetición, el tema no es con la repetición. Siempre tengo en la vuelta una frase de Orhan Pamuk que me encontré en verano y que reescribí en mi diario: "¿Es un defecto ser feliz? (...) De vez en cuando también he pensado que ser feliz no es un defecto, sino una muestra de inteligencia. Cuando mi hija Rüya y yo vamos a bañarnos al mar soy el hombre más feliz del mundo. ¿Qué puede pretender el hombre más feliz del mundo? Seguir siéndolo. Y uno comprende que para conseguirlo debe hacer siempre las mismas cosas. Aquí nosotros siempre hacemos lo mismo". (Al margen, bastante al margen: Esto me recuerda una vez más a cuando viví en Minas, a algo que pensaba continuamente cuando vivía allí. Yo no conocía a Pamuk ni de nombre, desde luego, pero yo intuía que mucha gente que conocí en ese lugar había alcanzado cierto tipo de felicidad que les llegaba de la repetición de ciertas acciones simples y al mismo tiempo elementales, simples en su superficie, claro... Esa especie de felicidad dentro de un ciclo que nunca se cortaba, que era como ver que un viento que anunciaba una nueva estación determinaba cambios en la vida, esa especie de felicidad, digo, me fascinaba. No era la mía, la que yo buscaba, pero eso no la hacía menos que otras).
"Terminé mi historia número 65", dice la entrevistada. Estoy sentado en el sillón esperando que pare un poco la lluvia para poder salir con la niña M hacia la parada. Ella y el niño B están sentados en la silla mecedora y miran dibujitos. Yo leo en una revista Paula que saqué del revistero de mi suegra una entrevista a Amélie Nothomb. El periodista se pone zalamero, le dice que es fiel a otro belga prolífico: Georges Simenon. ¿Va a llegar a las doscientas novelas?... Mmmm... Ella no sabe, no, ¡qué pregunta! Pero por ahora escribe y sabe que tiene muchas historias todavía por escribir. De todos modos está contenta porque terminó la 65. El periodista pregunta: ¿y cuántas ha publicado hasta ahora?... Diecisiete, responde Nothomb... Y entonces viene la pregunta de cajón: ¿Y por qué no las publica todas?... Hay historias que no son importantes como para publicar, que son más para mí, responde la escritora. No termino la entrevista. La tormenta amaina y salimos. Llegamos a la terminal y el ómnibus aparece en seguida. Viene lleno de estudiantes. Subimos. Tengo un lío con la niña M cargada sobre un brazo, la mochila asida de un lado solo, el paraguas y el cambio y el boleto y el arranque... Un chico se levanta de su asiento y me lo cede... Me siento con la niña M en la falda, dejo el paraguas y la mochila en el piso y miro hacia afuera a través del vidrio empañado pensando que es grandioso viajar con niños, que es como tener un boleto con comodín o como imponer una suerte de fuero inapelable. El viaje se hace corto. Suben alumnos, me ven sentado tras el chofer y me saludan. La niña M pregunta por el nombre de cada uno. La chica que está sentada a nuestro lado se pone de pie y le cede el asiento a una mujer más o menos cincuentona, algo baja. Tiene el pelo de un color amarillo que me hace acordar al pelo de algunas muñecas. Después me fijo en sus championes revestidos de charol negro y pienso que todo encaja. La niña M va concentrada en cada cosa del camino, en el estadio, en el cuartel de bomberos, en un pegotín de Bugs Bunny que ve detrás de una camioneta, etc., pero cada vez que se da vuelta y mira hacia la puerta del ómnibus, la mujer del pelo de muñeca hace lo posible por llamarle la atención. Hasta que lo logra, por supuesto.
-¡Hola, linda! -le dice.
La niña M la mira de reojo, pestañeando.
-¡Hola! -vuelve a decir la mujer -¿No te reís?...
La niña M sacude la cabeza.
-No, no me río... -contesta, y se da vuelta para seguir mirando por la ventana.
Yo también giro y me hago el que de repente vi a un conocido cruzando en una esquina, o algo por el estilo. Me muerdo los labios para no soltar la carcajada. No puedo parar. Y entonces empiezo a llorar pegado al pelo de la niña M. Hasta que la tentación pasa.
Más tarde... La niña M duerme sobre el sillón al lado de la estufa. V., a un costado, termina de leer un libro. Yo estoy navegando en internet, sobrevolando algunos blogs vecinos y pensando en escribir algo para el mío, pero con aquellas palabras de la entrevista a Nothomb presentes. Hoy es jueves 14 de mayo, me digo. Miro hacia la biblioteca en la que están los diarios de Virginia Woolf y los reviso buscando justamente una anotación que no corresponda solamente a un 14 de mayo, sino a un jueves 14 de mayo. Y la encuentro en el año 1925:
"Oh qué día de campo -y algunos de mis amigos están leyendo ahora La señora Dalloway en el campo. Pero lo curioso es esto: honestamente, apenas si estoy nerviosa respecto a La sra. D. ¿Por qué será? La verdad es que escribir es el placer profundo y ser leído, el superficial."
Y así es como de verdad empezó este texto.

lunes, 16 de marzo de 2009

Este león acá


Cada vez que me sucede algo así el orden de los sentimientos es el siguiente: 1- euforia 2- desengaño 3-desazón 4-¿simpatía? 5-oquedad 6-mansedumbre 7-pena 8-vuelta al 2...
La policía colombiana confiscó ayer (u hoy, no sé) varios bienes a un narcotraficante, entre los que se hallaba un león... ¿Para qué?... Cito: "El león fue hallado en una de las haciendas pertenecientes a 'Macaco' ubicada en Caucasia, en el departamento de Antioquía (noroeste), en donde según testigos, 'al parecer era usado por el extraditado para ajustar cuentas con sus enemigos', indica el comunicado."
En seguida me acordé de mi querido don Gallet, de "Los trabajos del amor". En el capítulo VIII el Toto, uno de los protagonistas, recuerda una noche en particular, una de las pocas noches en las que visitaron a su jefe en su casa. Sobre el final, y antes creo que también, se insinuaba la existencia de un león en la hacienda de don Gallet. Era algo que quedaba para cerrar justamente sobre el final de la novela. Ahora mientras estoy ya calculando el día en que voy a retomar "Los trabajos del amor" hasta terminarla, luego de finalizar o estar por finalizar otras cosas, el león se me adelanta. Me dice "Te gané", o sale corriendo más rápido de lo que esperaba.
Cosas que me suceden.

domingo, 22 de febrero de 2009

Verano XX (poder escribir)


Hoy me encontré en el blog de Cristian Piazza con una frase de Fogwill sobre la escritura que es de esas que nos dejan pensando, por decirlo de algún modo. Eso me llevó a recordar que, revisando cosas que habían quedado a medio acomodar de la reciente mudanza, me topé con viejos números de la revista ISCARIOTE, de cuando salía como suplemento mensual del diario SERRANO, de la ciudad de Minas. En las contratapas de cuatro números distintos que por lo menos conservo, encontré entrevistas a escritores. Las preguntas eran esencialmente las mismas, y las habíamos armado con Valentín sacando ejemplos de por aquí y por allá. Hubo una pregunta en especial que la sacamos de "Mientras escribo", de Stephen King. En realidad se la hace el propio King a sí mismo: ¿Por qué escribo? Es más, el autor de "Misery" estaba intrigado por saber las posibles respuestas de varios de sus colegas, y le reprochaba a la prensa cultural en general (de su país) que no fuera tan directa como para hacer ese tipo de interrogantes con más asiduidad. Ahora, repasando las contratapas de ISCARIOTE, leo lo que algunos contestaron ante "¿Por qué decidió escribir lo que ha escrito?"...

MILTON FORNARO: "Porque todavía nadie me había contado esas historias que tenía deseos de leer".

FERNANDO BUTAZZONI: "No lo decidí yo".

HENRY TRUJILLO: "(...) me vería obligado a confesar que soy masoquista. O remitirlos a mi psiquiatra. O las dos cosas juntas. O admitir que no tengo la más pálida idea, como decía Onetti cuando le preguntaban esto, que por cierto es lo más sincero."

Lo que yo sentía a menudo ante estos ejemplos era que la pregunta se tornaba ingenua o pueril (no porque lo fueran las contestaciones de los escritores, precisamente), y más de una vez me venía la idea de retirarla del cuestionario. Sin embargo, ahí quedaba...
El verano pasado leí un libro que me pareció de lo mejor que publicaron los narradores uruguayos el año pasado en ese género híbrido que se les da a veces entre lo narrativo, lo testimonial y lo ensayístico. Me refiero a "El escritor y el otro", de Carlos Liscano (dentro de esa categoría, ya que estoy, me gustaría recalcar el valor de un libro como "Se hizo de noche", de Roberto Apratto). Allí Liscano da con una respuesta que hasta llegó a conmoverme. Yo siempre había intuído que se escribía porque escribir es una manera de interceder de algún modo en nuestro entorno, de generar ciertas consecuencias que son de índole evanescente, y que están después en todas las cosas que vemos. Pensaba cosas por el estilo, nada unívocas, quizás, pero estas palabras de Liscano resumen gran parte del asunto: "Una noche en Colonia, con Henry Trujillo y Elder Silva, mucho vino, a la una de la madrugada, en casa de Helena Corbellini, sin Helena, llegamos al asunto: por qué escribimos. Los tres compartimos algo: salimos de la nada. Mi padre era almacenero, mi madre fue sirvienta, obrera textil, de a ratos costurera. ¿Por qué nos dedicamos a escribir?
Yo ensayé una respuesta: escribo para tener poder. Hacia el poder los caminos son múltiples, pero no infinitos. La plata, la política, los conocimientos, la creación artística. Más preciso: no hay poder en la creación artística, sino independencia, libertad, la ilusión de pensar el mundo, y recrearlo. Destacarse en la sociedad, figurar, saltarse las barreras económicas y sociales. Eso he querido, dije aquella noche en Colonia. He intentado escapar del lugar que se me asignó en el mundo".

jueves, 8 de enero de 2009

Verano IX (quehacer)

Bueno... Terminé hace una hora más o menos un relato largo que empecé casi a mediados de diciembre. Es el primer borrador y todo eso, pero ya cacé la mariposa (supongo). Ahora tengo que sacarla del calderín y etcétera, etcétera. Así que me siento muy feliz. Y al mismo tiempo ya no sé si quedan a veces ganas de permitirse la ilusión de una completa felicidad. Prendo la tele y veo las mismas cosas de mierda que siguen ocurriendo. No estoy queriendo ser demagógico. Estoy tratando de conciliar dos estados de ánimo puntuales que se encuentran esta noche. Acabo de terminar un relato que por algún punto se toca con cosas que pasan hoy en día. Así que me sucedió esto... Puse el reproductor de la computadora, con la función de que hiciera una selección aleatoria de todos los temas que hay en el disco duro, y salió primero "All I really want to do", de Bob Dylan. Me partió al medio. Ni felicidad, ni tristeza. Un estado piadoso. Algo que se mira a sí mismo y que dice: ¿Y a qué viene todo esto?... Me estoy durmiendo. Pasan algunas motos por el Camino a la Laguna, el ventilador del techo zumba. Ya no hay ruidos de pasos de nadie en la casa. Tengo la noche por delante, puedo dormir, puedo leer, puedo ir a tomar un vaso de agua en la cocina. Tantas cosas. Todo eso es normal, completamente normal. Me doy cuenta.

jueves, 1 de enero de 2009

Verano VI (Salinger: un subrayado)

Me enteré hoy a través del blog de Martín Bentancor que en el día de la fecha Jerome David Salinger llega a los 90 años de edad. Algo me dice, no sé qué, y es probable que le erre de medio a medio, que Salinger va por el lado de los longevos de veras: Ernst Jünger, Juan Filloy, Francisco Ayala... Con Filloy, sin embargo, hay otra cosa más en cuanto a las semejanzas. Se trata del tema de los libros inéditos. En el escritor argentino permanecer inédito, y reescribiendo con tenacidad algunos de sus libros, era una cuestión cercana a su arte poética. En Salinger, que se retiró de la escena pública si no mal recuerdo a fines de los '60, el valor de lo inédito radica en que no quiere que lo fastidien. Creo que vive en los bosques de New Hampshire y que los paparazzi mueren por una foto suya, más que la última de Britney Spears sin bombacha. Por ahí, una ex mujer despechada reveló que no ha dejado nunca de escribir, y que cada libro nuevo es guardado con celo en una caja fuerte. Así que el asunto de la longevidad acá me lleva a olisquear también el morbo que podrían tener algunos lectores obsesivos, esos que están deseando que un día de estos aparezca un Max Brod que traiga las buenas nuevas de las narraciones inéditas de Salinger. Pero no, como decía, algo me dice que el hombre va a aguantar mucho tiempo todavía y le va a aguar la fiesta a más de uno. Hay mucho de vampirismo siempre en todo lector "fanático". Por eso, mientras pensaba en eso de las relaciones de lector y escritor, me fijé en uno de los subrayados que tengo en la edición de "Seymour: una introducción". Es la primera frase del libro, fuera de las dos citas que aparecen al comienzo, no como epígrafes, sino como disparadores directos del relato. Se trata además de una frase que tengo como grabada a fuego desde hace tres o cuatro años, cuando leí ese libro, y que trato de seguir letra por letra. Va...
"A veces, para ser sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cincuenta años considero a mi viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de los artesanos públicos más interesantes y menos fatuos que he conocido me insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para seguir y llegar a la cuestión -y no creo que sean de las que sobreviven a una construcción interminable-, descubrí hace una buena cantidad de años prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero decir tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros."

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano V (Dumplings)

Ayer vi una película que literalmente me afectó. Pero su influencia se dio más allá de determinados logros técnicos, más allá de la temática o más bien la cuestión ética que suscitaba. Lo que me dejó reflexionando hasta la madrugada, lo que me dejó dándome vueltas en la cama pensando en cosas y cosas fue la elaboración del argumento, un argumento que a primera vista parece innovador, pero que si se lo mira entrecerrando los ojos deja aparecer una referencia antigua, anclada en el seno de nuestra cultura.
La película es "Dumplings" (2004), del chino Fruit Chan y trata acerca de una ex actriz y modelo casada con un magnate. Esa es la señora Lee, una mujer que entra en la madurez repudiando lo que el tiempo pueda hacer con su cuerpo, sobre todo porque de fondo están el rechazo y la infidelidad de su marido. Es así que la Sra. Lee busca ser joven de nuevo y contrata los servicios de una mujer que le prepara unos platos con un ingrediente secreto que no falla para mantenerse joven: fetos humanos. Lo repugnante sobrevuela toda la película, pero la historia no se queda en actualizar la repugnancia, lo que habría hecho de la misma un producto más de tantos (por más que ese efecto de lo repugnante aumente hasta el final). Hay otra cosa que viene a ser lo repugnante mayor, algo que está por encima del canibalismo y que tiene que ver con el hombre ignorando su debilidad ante el tiempo, instalándose en un sitio de la experiencia que genera sofocamiento.
Lo primero que me impactó de esta película estuvo en el desarrollo del argumento. El relato no se queda en la resolución convencional, sigue un poco más, y ese es su valor, el valor de la vuelta de tuerca.
Lo segundo también estuvo en el argumento, pero en cómo la forma del mismo disimula un argumento conocido: el del mito del dios Cronos, o al menos un solo episodio de todo el mito, el momento en el que el dios devora a sus hijos, como muchos recordarán que aparece plasmado en la pintura de Goya. La Sra. Lee se traga los dumplings en su carrera por detener el tiempo, porque en el tiempo, en esos niños no nacidos, está el signo de la muerte, lo que está por venir y desplazar a lo anterior; así como para Cronos devorar su descendencia es asegurarse a sí mismo. Y esto me lleva a una de tantas aseveraciones de Borges (ya no sé de dónde, Borges es como una internet en sí mismo), una que sostiene que, al igual que las metáforas, las historias que se pueden contar son siempre las mismas, no pasan de un número acotado de proposiciones. A veces, por más que los estructuralistas, Lévi-Strauss y Joseph Campbell hayan demostrado la validez de esa idea, yo me resisto a pensar que sea del todo así, aunque más no sea para que la imaginación siga ilusa e ingenuamente, pero andando al fin. Me digo: no puede ser que todas las historias sean en el fondo griegas o judías, pero en fin... Lo que me llegó de "Dumplings" tan profundamente es que me hizo olvidar por un buen rato cualquier intención de comparación y posterior constatación. Creo que una buena historia te hace olvidar del modelo original, o lo vuelve parcialmente innecesario, o lo disimula tanto que lo borronea de la memoria arquetípica de cada cual. ¿Por qué di tantas vueltas en la cama como escribí al comienzo? Porque Fruit Chan me pegó directo donde más me dolía, en una parte de mí mismo que está hace días y días escribiendo un cuento largo y que se ha dado cuenta ahora de que esa historia no sólo debe tener otra vuelta de tuerca, sino que se parece mucho a una historia de esas arquetípicas, tanto, que con cada vuelta en la cama pensaba en una variante distinta.
(Una curiosidad: por la web me encontré con que Fruit Chan nació un 15 de abril, igual que yo, igual que Henry James, el patrón de la tuerca.)

domingo, 28 de diciembre de 2008

Verano III (siesta)

Anoche dormí poco y mal... Poco, primero, porque me quedé hasta bien entrada la madrugada leyendo y escribiendo. Poco y mal, en segundo término, porque el calor era insoportable, y la tormenta que llegó a las cuatro o las cuatro y media de la mañana no ayudó a refrescar el aire que entraba por la ventana. Así que hoy, después de almorzar, me acosté a leer y me quedé durmiendo una siesta impensada en la que soñé lo que sigue... Estaba en el patio de la casa de mis padres, pero al mismo tiempo ese patio era como una calle peatonal, con un montón de cahivaches tirados sobre la vereda, pero no exactamente basura. En eso veo venir hacia mí a tres personas, dos de ellas son niños varones, que sostienen a alguien más. Es decir, había que mirar con cierta atención para determinar lo que era en realidad ese "alguien más": otro niño, pero uno al que le ha sucedido una cosa que le cambió el aspecto físico de manera increíble. Lo que me hace acordar (en el mismo sueño) a lo que estaba escribiendo la noche anterior. Entonces les pregunto a los niños que van a los costados si ese que está en el medio es el que yo creo que es, o sea el personaje principal de mi cuento. Los dos niños abren los ojos demostrando no sólo sorpresa, sino algo de vergüenza ajena.
-¿En serio no te diste cuenta? -preguntan.
Y siguen de largo como ignorándome.
Cuando me desperté volví a la lectura de "La gitanilla", de Cervantes, y marqué en seguida un párrafo que me ha sorprendido por el cambio de la perspectiva del narrador. No se trata ya del narrador pudiendo opinar sobre cual o tal pensamiento o acción de un personaje, sino otra cosa que muchos podrán juzgar "cinematográfica", cuando sabemos que es al contrario: muchos recursos del cine son hallables en la literatura, si es que se puede dar hasta cierto punto eso de homologar recursos de un lenguaje a otro. Cuando el futuro Andrés Caballero, quien se sacrificará por lograr el amor de la gitanilla, lee por azar un soneto que le ha sido dedicado a esta por un paje, Preciosa no deja pasar el tiempo para infundir celos.
"-No es poeta, señor, sino un paje muy galán y muy hombre de bien -dijo Preciosa."
Hasta acá parece que vamos a encontrar la respuesta de Andrés o la reacción que tienen en él esas palabras. No del todo. Viene un aparte entre el narrador y Preciosa que crea una atmósfera de detención, como si todos los demás personajes se hubieran petrificado y sólo la gitanilla tuviera el don del movimiento. Parece ser un recurso que recuerda vagamente algo de la tragedia griega, pero acá es bastante cómico y no menos original. Dice el narrador a continuación:
"Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hiera y sobresalte el menor de vuestros descuidos. (...)"
Lo mejor, viene luego, cuando la cinta vuelve a rodar y el narrador ya nos presenta un Andrés distinto: "Todo esto pasó así como se ha dicho: que Andrés, en oyendo el soneto, mil celosas imaginaciones le sobresaltaron. No se desmayó pero perdió la color (...)"



sábado, 27 de diciembre de 2008

Verano I (sebos)

Estoy en la playa Mansa con la niña M. Es Navidad y trajimos su flamante pelota verde de los Backyardigans para estrenarla. Hay algo de viento, y cuando la sacamos de la mochila se nos escapa de las manos y empieza a rodar hacia la orilla. La niña M se despespera y sale tras ella. Es su tesoro, es su vida. Corre y corre y no le importa nada. La pelota da uno tras otro tumbos cortos a ras del suelo y tumbos altos al pegar en la parte alta que dejó alguna huella. Yo la sigo con una actitud más moderada. Sé que el la pelota va a llegar al agua y que la ola la va a devolver. La niña M continúa pese a todo. Ya lleva diez o quince metros esquivando sillas, bolsos y toallas. En los últimos metros hay una mujer joven tomando sol, boca arriba. La niña M le pasa a menos de medio metro y la llena de arena. La mujer se levanta y mira con cara de que la hubieran cacheteado. Yo le paso por al lado sin darme por enterado de nada. En ese momento la niña M llega casi sobre la el agua y se inclina sobre la pelota, pero la resaca de la ola vuelve al mar, se la saca casi de las manos y la niña M cae al agua con su remera y short todavía puestos. Después regresamos de la mano. La mujer está sentada observándonos, yo pongo cara de circunstancia con una media sonrisa un poco hipócrita. Pero la niña M la ignora olímpicamente con la pelota asegurada contra la curva de su barriguita.
-¿Por qué me caí cuando fui a agarrar la pelota?
-Porque el mar te la sacó...
-¿Por qué el mar me la sacó?
(...)
Tratamos luego de jugar a pasarnos la pelota pero la niña M se aburre porque el viento es bastante molesto. Así que vamos al agua. Tiro la pelota hacia adentro y cuando la ola la devuelve la niña M va chapoteando y tropezando tras ella. Eso le parece más divertido, y también cansador. Así que volvemos adonde tenemos las cosas y le prometo que si se porta bien le compro un helado. Ella se sienta y juega a hacer tortitas con arena. Yo saco un libro de Clarice Lispector y trato de leer algo, pero no me concentro, el viento sigue firme y alrededor pasan cosas que me quitan el interés por la lectura, nada extraordinario, sólo la gente viviendo su vida común de todos los días en un feriado de playa. Familias numerosas, familias pequeñas, amigos adolescentes, adultos, niños. Novios, esposos, futuros novios. Una chica le pide fuego a un muchacho que pasa con sus amigos en busca de un lugar libre para jugar al fútbol. Él parece estar desinteresado más allá del favor. Ella lo mira todo el tiempo. Se da vuelta más tarde en su reposera y continúa observándolo. Tendrá 17 ó 18 años, y uno de sus hermanos le dice al padre o a la madre que la hermana gusta de fulano, etc. El fulano va al agua a buscar la pelota y el chico tiene una nueva oportunidad para acusar a su hermana.
-¡Ese malandro! -dice la madre apretando los dientes al hablar.
Pasan muy pocos minutos, levantan sus cosas y se van, como si hubieran recibido una orden o como si hubieran alquilado su parcela de playa hasta cierta hora, o como si se hubieran enterado en ese instante que el sol hace mucho daño, demasiado daño, etcétera.
Vuelvo a la única frase de Lispector que me quedó clara, aunque con ese libro ("Agua viva") no importa que haya cosas que tengan que quedar claras. Hay aspectos que corren por ríos demasiado subterráneos como para que uno pueda pescar todo. La frase estaba realcionada con la pesca, de hecho. No tengo el libro a la mano, pero decía algo así como que escribir es utilizar palabras, palabras que son sebos para pescar lo que no son las palabras. La frase era más larga y tenía algunas vueltas más, pero en esencia es esa. Me parece haber escuchado o leído algo similar en alguna otra parte y también se me vienen a la cabeza las palabras Ernest Hemingway. Así que me pongo a pensar qué sebos estoy tirando. Bueno, al menos tiro mil sebos por día para intentar pescar algunas no palabras. En este caso las no palabras son algo del comienzo de la adolescencia de mi padre, cuando Punta del Este era algo más pueblerino de lo que es ahora. Hablo de medio siglo justo hacia atrás. Estoy imaginándome a mi padre andando en una bicicleta regalada por Rincón del Indio. Estoy haciendo un esfuerzo por penetrar en algo que se vuelve un contorno indefinido a partir de las pocas cosas que sé de la relación entre mi padre y el suyo, algo que tiene capítulos, que tiene un capítulo que tengo que abordar con otros sebos distintos más adelante en el verano, porque la historia se hace otra historia veinte años después, con policías y ladrones.
Me tiendo boca abajo y con la cabeza hacia el lado en el que juega la niña M. Estoy por quedarme adormilado, pero sé que no puedo prolongar mucho la sensación con ella bajo mi cuidado. Entonces siento algo que retumba, hondo, muy hondo, pero de una hondura que parece más temporal que física. Y luego otro sonido similar, más alargado, que le responde. La niña M se quedó suspendida.
-¿Qué es eso?
Miro hacia el lado de la isla Gorriti y veo dos cruceros. Uno estaba cuando habíamos llegado, pero el otro, el que está más cerca, no. De pronto noto que el que está más sobre la isla está dando la vuelta para alejarse de la bahía. Y siguen los saludos. Son sonidos cansados. Parecen dos bestias colosales, inmemoriales, saludándose más allá del bien y del mal, por encima de la amplitud del tiempo, resignados a un próximo encuentro para el que saben que tendrán que hacer ese saludo, para que sea oído por la gente que desde la costa se imagina esa otra vida flotando allí a un par de kilómetros.
El heladero nunca apareció.
Subimos a la rambla y dimos unas vuelta en la bicicleta hasta llegar a una panadería cerca de casa. En el camino nos cruzamos con uno de tantos ómnibus que pasan hacia Montevideo.
-Ese ómnibus pero con otro sonido -dice la niña M.
Ella prefirió un helado vasito de crema y chocolate, y yo me compré un sandwich triple. Nos sentamos bajo el toldo de la panadería, viendo el tránsito de la avenida y fijándonos en las personas que entraban a comprar. Hacía tiempo que no sentía el sabor de la oblea contra la crema. Siempre hay un flash cuando reincido en alguna experiencia placentera luego de mucho tiempo. Y eso ocurre allí mismo. Recuerdo algo difuso, cualquier cosa de hace muchos años estando en casa con mis padres, también en verano. Y listo, creo que una cosa así, que me llena el pecho de aire, cierra bien la tarde de playa.

martes, 11 de noviembre de 2008

¿Y qué pasó con las tortugas?


El sábado pasado encontré en La Nación de Buenos Aires esta foto recientemente aparecida de Julio Cortázar junto a su amigo Julio Silva (pintor que diseñó por ejemplo la tapa de la primera edición de "Rayuela"). Es una imagen que me sensibilizó de inmediato, no sólo por Cortázar en esa pose entre el boxeo, la complicidad amistosa y la sorna, sino también por el entorno en el que se realiza todo eso. Sentí por un momento ciert emoción que me llegaba no sólo de Cortázar hace años, sino por todo lo que estaba aparejado con sus textos, la imagen pregnante de lo autoral. Igual... Tengo idas y vueltas con Cortázar. Por una parte es el autor con el que me vi deslumbrado cuando tenía 20 años, especialmente con "Rayuela". Me acuerdo de que por esa época sólo quería escribir cosas fragmentadas, elementalmente trascendentales desde lo cotidiano, etc. Había adaptado algunos relatos anteriores para formar una "rayuelita". Tenía, por ejemplo, un texto que había escrito en 1999 y se llamaba "Anna y la tortuga de patas plásticas"... Una muchacha llorando en un bosque luego de una tala + Un enamorado que va a la casa de los padres de ella, alemanes + Una mujerona cocinando repollos; la cocina llena de vapor de agua + Un hombre macizo aburrido esperando el amuerzo + Tortugas de juguete + "Tannhäuser", de Wagner... Algo por el estilo. La novela se llamaba "Pregusto de la muerte" (por un verso de Borges: "el sueño, ese pregusto de la muerte") y había muchas tortugas. Me costó mucho en realidad desprenderme de esa lógica y esa sintaxis o manera de afrontar los fenómenos de la "realidad" propia de Cortázar. Esas pueden ser las idas. Después están las vueltas, como sentir que a veces Cortázar se volvió una imagen de sí mismo o, así como él decía de los surrealistas, que se colgaron de las palabras, él se colgó de sí mismo o, mejor dicho, lo colgaron de sí mismo. Hace un par de años apareció una entrevista muy polémica en el suplemento Ñ del diario Clarín de Buenos Aires en la que César Aira decía algo similar, o sea que no es nuevo. La entrevista se llamaba algo así como "El mejor Cortázar es un mal Borges". Más allá de la boutade, creo que hay algo cierto. Hay una formulación de Cortázar que se ha vuelto rígida. Va de la caída en el sentimentalismo de terminar escuchando "Toco tu boca..." con música melosa en un video cualquiera de Youtube a algo más intelectual como estar todo el tiempo dando vuelta las cosas, viendo el más allá de todo, separando cronopios de famas, etc. Ese el problema, justamente: las reducciones. Y muchas veces veo con cierto fastidio como Cortázar queda atrapado de forma irresoluble en determinados enfoques, procedimientos muy suyos. Lo noto en los relatos de sus imitadores, lo noto en sus fanáticos, cuando todo se vuelve en su contra y termina en una serie de conceptos comunes y trabajados en exceso. Para mí las cosas salen o no salen. No siempre estamos del otro lado o nos tenemos que instalar sensiblemente en ese otro espacio; hacerlo sería traicionarlo, gastarlo como una moneda que va y viene. ¿Soy claro? Me parece que no, porque... ¿y qué pasó con las tortugas?... Bueno, por esa época había muchas tortugas en la vuelta, las de lo que yo quería escribir, las de mis sueños y las que andaban en la casa del Kennedy. Era el fin de la adolescencia y había algo en las tortugas que me dejaba perplejo. Teníamos una llamada Óscar, que un día desapareció misteriosamente. De veras. No dejó ni rastro. Fue como si hubiera entrado a la casa un ladrón de tortugas... Porque para los chinos era importante. Decían que tenía una parte chata y otra parte en forma de bóveda, tal como vemos con la tierra y el cielo. Eso estaba bien. Después leí que la tortuga era un mero símbolo de la realidad existencial, no de las cosas trascendentes, y que se la contraponía a menudo con lo alado... Hace unos días retomé un libro que había dejado sin terminar del verano. No sé por qué, pero se me había perdido entre otros libros y me olvidé de que lo había estado leyendo, todos estos meses. Se trata de las crónicas que Clarice Lispector escribió a fines de los '60 y a comienzos de los '70 para el Jornal do Brasil. Y me topé una vez más con las tortugas. Dice Lispector: "Se me olvidó decir que la tortuga me parece completamente inmoral (...) no me interesa: demasiado estúpido, no se relaciona con nadie, ni consigo mismo. Es una abstracción. (...) ¿Cómo comprender una tortuga?" Así que me quedé prendido de esas frases de Lispector, que es una autora de la intuición más sorprendente, cosa que respeto como pocas en este mundo. Sin embargo me quedo pensando en las tortugas, en esa perseverancia que parecen tener o que tienen. Algunas mañanas me despertaba y mientras me quedaba restregándome los ojos y bostezando para esperar la decisión de levantarme, veía a Óscar salir caminando de debajo de la cama con una indiferencia total. Lo seguía con la vista hasta que desaparecía y me iba convenciendo de que debía empezar el día, como se dice... Una vez fui hasta un campo donde había una vieja casona. El dueño era un hombre rico que entre otras cosas, más allá de la riqueza, había heredado de su padre una tortuga terrestre. Era bastante grande. En un momento nos quedamos todos callados viéndola pasar de pronto a nuestro lado y alejarse como si nada. El dueño de casa se quedó ensimismado, y unos segundos después dijo: "Pensar que en un tiempo yo me muero y esta va a seguir todavía en pie". Nos quedamos sintiendo todo nuestro cuerpo de una manera terrible. Allá se iba la tortuga al otro extremo del campo, apartándose como un día se va a apartar el mundo material.

domingo, 2 de noviembre de 2008

From a Plymouth '57


Tengo una fotografía de un Plymouth modelo 57 en el escritorio de mi computadora. Está destartalado, realmente en un estado pésimo. Detrás de él, entre varios arbustos y árboles, se ven otros parecidos. No sé qué modelos son. Pero el que está en primer plano es un Plymouth '57. Creo que la imagen, al menos así parece, está tomada de algún bosque del sur de Estados Unidos. Ese Sur sí que existe, sí que logró existir. No puedo sacar la fotografía del escritorio. Significa un pacto con un amigo, un pacto que incluye poder llevar adelante una historia en su fase decisiva a como dé lugar, contra todo y contra todos. Y así es... Pienso en el tiempo robado... Fernanda Trías me dijo que en el sueño que titulé acá en el blog como "Pájaros de fuego" la gente que hace los trabajos al lado de la calle a esa hora de la madrugada, toda esa gente, así, soy yo. Me sacudió por completo esa lectura, porque tiene razón... Es de noche, es más de la medianoche... En cinco o seis horas me tengo que levantar para irme al liceo... En un cuaderno verde, sin que nadie se dé cuenta, escribo un poquito más de la historia... En un momento abro los ojos y releo una frase y no entiendo absolutamente nada del sentido que pueda llegar a tener... Un poco después me quedo dormido y veo un auto que se sale de una ruta y comienza a caer... Me despierto y anoto... Mi amigo me dice: si pasa cierta cosa tenemos que comprarnos un Plymouth, un Plymouth Savoy... Me acuerdo del sábado pasado, pasando en bici por la ruta 9, por un cementerio o algo así de autos clásicos... Todas las historias que contienen esas carcazas, las situaciones que habrán cubierto, el aire de otro país que les pasó por encima... Le escribo para decirle que la próxima vez que venga a Maldonado tenemos que ir hasta allí, al norte de San Carlos... Una con niñez y con autos viejos... Cuando era chico, en el Kennedy, había a una cuadra un taller entre abierto y cerrado por algunas temporadas en el año. El dueño era de Rivera, pero se iba a Montevideo cada tanto y dejaba unos perros enormes atados afuera, contra un portón enorme de chapa gris y con un amigo íbamos y le tirábamos piedra o lo toreábamos con un palo... A unos metros, debajo de unos ligustros, había un auto viejo, abandonado... Tenía los vidrios rotos y dispersos sobre el tapizado del asiento... El interior olía mal, algún borracho se quedaba a dormir ahí, quién sabe... entonces una vez llevé a mi hermana y agarramos un fierros y yo le pegué primero a una parte cualquiera, quizás al baúl. Hice un ruido espantoso y se sintió el silencio que había antes en el barrio... Le di un nuevo fierrazo y no pude parar, me vino como un ataque y cuando me quise acordar vi que a mi lado mi hermana estaba mandando fierrazo abierto por todas partes... Gritábamos o nos reíamos... ¡¡Damián y Andreaaaaaa!!, sentimos a lo lejos... Recién ahí nos dimos cuenta de lo que hacíamos... Si nuestra madre hubiera sabido nos habría dado una paliza... Corrimos hasta la esquina y recibimos un rezongo común y corriente por habernos escapado... Yo tendría 8 ó 9 y mi hermana dos años menos... Me quedo pensando en el estado de posesión... Encuentro en el cuaderno verde donde sigo con la historia una frase de Stefan Zweig, en "Amok": "Las gentes de las aldeas saben que ningún poder de este mundo es capaz de detener al que es presa de esta crisis de sanguinaria locura (...), y cuando lo ven venir, gritan desde lo más lejos que pueden, la siniestra advertencia: '¡Amok!' '¡Amok!', ante lo que todo el mundo huye. Y el poseído, sin ver nada, sin oír nada, prosigue su carrera, y continúa matando..., matando cuanto encuentra..., hasta que lo matan a él como un perro rabioso o hasta que se deja caer, exhausto, babeando espuma..."... ¿Por qué era?... Creo que hay algo de lo que quería hablar... Ese estado de suspensión en el mismo acto de la escritura, esa sensación de arrebatamiento en la que no se ve el papel, ni las letras, ni las manos que traducen en otro tipo de marca gráfica las imágenes que pasan por la mente... No sé cuánto dura, y si se produce más de una vez... Hay un momento en el que se esfuma y uno queda contemplando la página, regresando a la observación del trabajo que hay que llevar delante con cierta vigilancia... Pero uno veía la película o revivía algo de aquello que había presenciado... Y de repente se sale y aparecen todas esas letras ahí enfrente, salidas de no se sabe dónde...

sábado, 2 de agosto de 2008

Jetattore

"Jetattura" es el nombre de una obra de Gregorio de Laferrére que fui a ver al teatro hace un par de noches. Cuando en el transcurso de la misma vi de qué iba a la cosa, empecé a entender que ciertas suposiciones que yo tuve sobre algunas personas en particular también fueron sostenidas por otros. Siempre me había parecido (vanidad de vanidades) más o menos original y mía la idea de que cierta gente era capaz de generar en su entorno hechos desgraciados. En fin, más que "idea" en sí, era una especie de ensoñación. Aunque, desde luego, sí tenía en cuenta que ciertas personas eran consideradas "causantes de mala suerte". En el fútbol es bastante común. Pero ese es otro asunto. Porque "Jetattura", la obra, gira en torno al tema de una persona que es considerada como terriblemente influyente en sus seres allegados. Es una comedia muy divertida, pero cuando salí del teatro me quedé pensando en un cuento que escribí hace más de cinco años. En seguida, en el estacionamiento, me encontré con una conocida que me preguntó en broma si yo había conocido alguna vez un "jetattore". Respondí que sí, en serio, y eso motivó algunas risas, y muchas más cuando me di vuelta hacia donde estaba mi bicicleta y me pegué en la cabeza con uno de los espejos del ómnibus que transportaba a los actores. Cosas que "pasan".
Mi cuento, en definitiva, se llama (o se llamó, o se llamaba) "Los que están ahí". Sin embargo, lo que me importa es que ese cuento está basado en una experiencia real, porque yo, como dije, conocí un "jetattore".
Hace muchos años mi hermana tenía un novio que, llegado un momento, empezó a llamarme la atención por algo en particular. Un día llegaba y decía que había presenciado un accidente. Otro día se aparecía y decía que había estado cerca de un incendio donde alguien había muerto. Otra vez comentaba que un vecino o un conocido se había matado. Cosas por el estilo. En un principio eso era llamativo. Pero acá va algo más. Estamos hablando del año '99, y por esa época yo ya llevaba un diario personal. Un día pasó algo desgraciado, y recuerdo que lo comenté a varias personas y al final del día lo consigné en el diario. Al poco tiempo, otra cosa similar. Y así de nuevo a los pocos días. Y, más adelante, un par de veces la misma historia. Entonces se me vino una idea a la cabeza. Los hechos desgraciados se continuaban en una serie ininterrumpida porque mi discurso lo permitía. Es decir, cada vez que yo le comentaba a alguien un episodio desgraciado, esa sola enunciación generaba un vacío a posteriori que iría a ser colmado por otra enunciación. Era como pensar que el mismo discurso estaba creando otra realidad, idea por demás borgiana, por otra parte, ¿no? El punto es que se me ocurrió que si yo podía resistirme a comunicar el hecho infausto, de inmediato la serie se interrumpiría. Y eso era todo un tema, porque, que yo sepa, hay en el ser humano una innata fascinación por lo lúgubre o lo triste, lo que, como sabemos, estira bastante bien muchos resortes narrativos. Creo que resolví aguantarme y no manifestar lo último de lo que me había enterado. Así que el ciclo se interrumpió. O eso creo que pasó para que todo esto que cuento quede lindo. Lo siguiente a todo eso fue entender (¿entender?) que aquel novio de mi hermana alimentaba al mundo de hechos penosos porque tenía la capacidad de crearlos con su habla, porque realmente, el maldito disfrutaba contándolos, lo juro.
Por todo esto escribí aquel cuento titulado "Los que están ahí", que empezaba con una cita que, para mí, en aquellos años, era más de Borges que de su propio autor, Chesterton: "A cloud that is larger than the world / And a monster made of eyes". A mí siempre me gustó Chesterton y llegué a él antes de haber leído a Borges, lo cual es toda una suerte, pero no conocía la "Balada de Santa Bárbara" donde están esos versos y la citaba derecho de alguna conferencia de Borges. En mi historia, que integró un libro de relatos llamado "Historia de la agresión", un escritor más o menos fracasado o por fracasar entraba en contacto con una persona que gustaba de narrar sucesos desgraciados. De ahí en más el relato se disparaba hacia una trama de sectas con poderes que excedían cualquier entendimiento humano. Hasta que el propio narrador se daba cuenta de que generaba desastres en su entorno y en sus propios seres queridos. Los integrantes de la secta se denominaban "los incidentalistas", y se extendían por todo el globo como una especie de causa de aquellas cosas que se tenían que dar para que el mundo siguiera siendo mundo, por triste que fuera... Me acuerdo de que lo comencé a escribir en un cuaderno en el Kennedy mientras mi madre y mi hermano miraban la entrega del Oscar el 24 de marzo de 2002. No tengo cómo olvidarme, porque en la madrugada entrante nació mi sobrina, única hija de mi hermana. Cuando le ponía el punto final a la reescritura inmediata del cuento en la máquina de escribir, sonó el teléfono. Mi madre me decía que Romina había llegado al mundo. Colgué y me apronté para ir al sanatorio mientras se acercaba un nuevo amanecer.

domingo, 29 de junio de 2008

El Toto y Morales cabalgan de nuevo


A partir del mes de julio, con el capítulo XII, comienza la segunda temporada de "Los trabajos del amor", la que irá hasta fin de año, con el final de la novela.
A continuación va la transcripción de una nota aparecida en la prensa fernandina en el correr de la semana pasada.

REALIDAD DE LA SEMANA (Maldonado, 23 de julio de 2008)
Especial, por Mariano Durango

El 15 de enero había sido publicado el último de los capítulos, el XI. Con la resucitación del Toto, varios lectores habían quedado esperando saber en qué quedaba la historia. Pues bien, uno de los secretos más guardados de las letras de Maldonado empezará a ver la luz con el correr de los próximos meses.
Quienes han seguido uno a uno los distintos capítulos de la novela "Los trabajos del amor", que el escritor Damián González Bertolino ha ido publicando en su blog, www.tartatextual.blogspot.com, han sabido darse cuenta de que no se sabe para dónde va la historia. Muchos de ellos han hecho hacer llegar su decepción tanto al blog del autor como a otras fuentes, o entre ellos. Lo cierto es que a partir del mes de julio el autor va a tener la posibilidad de, a través de su obra, desmentir los rumores y los comentarios que lo acusaban de falta de carácter o de rumbo en su creación.
Así lo afirmó González Bertolino en una rueda de prensa improvisada que se realizara el miércoles próximo pasado en el quinto piso del edificio comunal. Ante la pregunta de si van a aparecer personajes nuevos, respondió que: "Sí".
Por otra parte, la ocasión fue propicia para que se anunciara también la entrega al autor del premio Flaco de Oro a su trayectoria, aunque breve no por eso menos tayectoria, premio que instituye la Comuna a los realizadores con algo de suceso en el departamento. González Bertolino, sinceramente emocionado, agradeció ante las autoridades la entrega de la estatuilla y se la llevó para su hogar, como es de recibo, por otra parte, en este tipo de oportunidades.
González Bertolino habló con el micrófono de REALIDAD DE LA SEMANA y expresó lo siguiente en los términos que siguen:
¿Está contento por la obtención de este premio?:
La verdad que mucho. Sinceramente no me lo esperaba. Es una satisfacción muy grande. Uno piensa en la familia, en toda esa gente que estuvo al lado de uno y lo apoyó de una manera o de otra, pero siempre apoyándolo, de última.
¿Cuántos capítulos más se esperan de "Los trabajos del amor"?:
Bueno, creo que serán unos nueve o diez capítulos. Con eso creo yo que se terminaría la novela.
¿Qué mensaje tiene para todos aquellos escritores que están empezando y que quizás vean en usted y su blog una fuente de inspiración?:
Bueno, que principalmente se sigan inspirando, porque la inspiración es lo primero que se pierde, y después no se encuentra más, nunca más en la vida. Además, les diría que no empiecen por los blogs, y mucho menos escribiendo novelas para blogs. Lleva mucho trabajo, uno está muy expuesto, y también se corre el riesgo, como me ha pasado, de parecer un incoherente. Ya hay muchas novelas en blogs. Mejor esperar a que esa gran editorial nos ponga el ojo encima, nunca tenemos que resistir nuestros sueños.
¿Nunca se ha sentido trabado? ¿Nunca ha sentido ese vacío ante la página en blanco? Parece que usted escribe demasiado a veces... ¿Qué mensaje tiene para aquellos que sienten que no tienen palabras que poner en la página, incluso para aquellos escritores que no escriben?
Bueno, son varias preguntas todas juntas, así que voy a tratar de responderlas con una sola respuesta, y para eso me acuerdo de algo de un escritor norteamericano que decía algo como esto: Si un escritor dice que no puede escribir o que está trabado ante la página en blanco, la mejor solución sería que se incline un poco para adelante apoyándose las manos en las rodillas. Entonces viene uno por atrás y le mete una buena patada en el culo. De este modo este escritor dará paso a veintitrés tipos más con ganas de escribir.
Así finalizó la entrevista con Damián González Bertolino, siempre tan polémico, tan loco, tan haciéndose ver. Un montón de gente lo acompañó a la salida, donde tomó el ascensor y fue recibido en la explanada del edificio comunal por un grupo importante de niños que lo vitoreaban, fruto de una excursión escolar repentina para ir a verlo.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Hacia el primero de todos los días (I)


Benny Goodman: Clouds

Es cierto que hace mucho tiempo que estoy debiendo lo de publicar ficción en el blog. Por eso quiero decir que lo que publico ahora no se tome como un remedo.
Resulta que he estado mirando cosas viejas que dejé a medio hacer y que quizás podría haber seguido, pero ya no siento las ganas de hacerlo. En todo caso, me parece que el hecho de resistirme a continuar algunos comienzos de novelas me ratifica la pérdida de un estilo que yo trataba de tener. Quizás las ideas de las que partí no me parezcan mal, pero la ejecución de las mismas me parece ya de otra persona. ¿Por qué hacer conocer estas cosas que para muchos pueden asimilarse con secretos inconfesables? No lo sé... Supongo que tampoco me cae muy en gracia tener esto tanto tiempo en una carpeta del disco duro. Esto que viene tenía un título de trabajo, absolutamente provisorio, que era "Hacia el primero de todos los días". Lo empecé a escribir a finales de 2004, cuando aún vivía en Minas. Lo que haré en estos días, entonces, va a ser publicar tres fragmentos de ese texto, más o menos todos de la misma extensión.



Todas las mañanas, si se miraba solamente con mucha atención lo más alto del pueblo, se podía ver que tres nubes se encontraban allá donde muchas otras de distinto tipo no querían llegar. Como no tenían un horario fijo para hacerlo, uno a veces las podía sorprender en medio del recorrido hacia el lugar del cielo en el que se encontraban con exactitud; pero lo desconcertante era que no se sabía de dónde podían venir. No eran volutas de humo de una fábrica (el pueblo no tenía fábricas y no había otros pueblos cerca ni lejos; de hecho, el pueblo más cercano estaba muy, muy lejos). Cuando una de las nubes parecía atrasarse las otras le hacían señas o burlas amistosas para que se apurara. Entonces, una vez juntas, hacían una ronda y ya era muy difícil saber cuál era cuál. Todo era pura adivinanza, incluido lo que irían a hacer las nubes unos segundos después. Seguirles los pasos a cada momento era casi imposible, siempre llegaba un punto en el que los ojos comenzaban a irritarse y la visión se borroneaba con la concentración de las lágrimas. Así las nubes podían aprovechar para hacer varias cosas que sólo quedaban claras después de que se estudiaban las consecuencias. Por ejemplo: si a uno de los cerros que rodeaban siempre al pueblo le faltaba la punta era seguro que las nubes hubieran elegido jugar un juego que consistía en extenderse todo lo posible sin perder su esencia de nubes y formar una levísima gasa. Yo había visto muchas veces cómo lo hacían, pero no pude entender todas sus fases con los primeros casos. En los días nublados el juego de las nubes se hacía complicado para el observador, pues sólo se las podía notar si hacían algún tipo de movimiento brusco, y esto no ocurría nunca, salvo las veces en que sin querer se iba una encima de la otra por perder el control del juego; entonces se apartaban entre sí como si llegara de pronto un viento terrible. Yo había comprendido que de todas las pocas reglas que tenían sus juegos esa era una que ellas siempre respetaban y hacían respetar: la regla de no tocarse nunca. Cuando hacían sus rondas desde cualquier cerro hasta el pueblo o atravesando los campos, se acercaban lo imprescindible como para que el juego anduviera, y luego giraban con esa mínima separación entre ellas todo el resto de la mañana hasta que el viento del mediodía cambiaba los aires y llegaban otras nubes que cubrían el resto de las cosas del pueblo; entonces se iban.
El día que decidí irme del pueblo para no volver jamás las tres nubes aparecieron juntas desde el sur, hacia donde yo seguiría mi rumbo. Pero no fue un augurio porque recién me di cuenta a los días de haberme ido. El pueblo estaba escondido entre una cadena de cerros cambiante y con la forma de un pañuelo arrugado, en cuyo hondo centro vivía la gente.
El día que llegué al pueblo lo primero que vi fueron centenares de pequeñitas nubes que pasaban como caballos escapados por sobre los cerros de los alrededores. El pueblo fue invisible hasta que el ómnibus tomó la última de las bajadas y una cruz comenzó a flotar a la distancia trayendo consigo el resto de las naves de la iglesia, y, con ella, todas las otras casas con su calles y sus personas. Pero las nubes estaban jugando un juego que yo descubriría muchos días después. Sucedía algunas veces en el año, al comienzo del otoño o en el último mes de primavera. El juego era hacer como esas plantas silvestres que diseminan por el aire las pelusas que el viento dejará estancadas en cualquier lado. Pero había un matiz emotivo, y era que las nubes no querían dejarse ver, corrían lentamente con la ambición de no ser notadas por quienes transitaban el pueblo a esas horas. “A las nubes les gusta pasar como si no estuvieran pasando”, me repetía a mí mismo en una de esas oportunidades.
Para lograr la máxima emotividad en el juego de las tres nubes que estaba comentando era obligatorio que otras nubes vinieran a jugar con las tres nubes de todos los días. De ahí la escasez del espectáculo. Pero en el primero de todos los días que yo pasé allí no lo pude notar del todo. Sólo sabía que estaba viendo una parte del pueblo que nadie estaría mirando en ese instante, pero no mucho más que eso. Hablo del primero de todos los días para referirme a todos los días que se dejan agrupar sin escándalo en el mismo lugar de un recuerdo. Ahora escribo estas palabras y hablo del primero de todos los días porque el pueblo acaba de cambiar, me enteré esta tarde. Y esto para mí no deja de ser doloroso; lo que aparezca de aquí en más es la historia en que hay que hacer algo con el dolor. El primero de todos los días es un día que puede ser llamado “el suceso”. Era una cosa, un objeto que yo manipulaba hasta que ocurrió lo de esta tarde, cuando supe que a partir de mañana empiezan otros días, que son “la mentira”. Porque esta historia, siempre que no trate del primero de todos los días, es mentira. Partamos de un punto que consiste en que me he mudado a un pueblo que, en cierta forma, desconocía. Antes de venir, antes de saber que los imprevistos de mi trabajo me conducirían a este lugar, yo consideraba que se trataba de un lugar como cualquier otro, es decir: visto en un mapa o averiguando dónde quedaba al conversar con algún amigo, el pueblo parecía ser uno de tantos, un punto como tantos otros que, apretado contra las marcas de unos accidentes, aparece en el fondo de un papel. Pero estar viviendo ahí es una cosa muy distinta porque uno empieza a descubrir que el punto empieza a tomar otras formas, y el pasar de los días se transforma en el ejercicio sin descanso de conectar aquello de lo cual a uno le hablaron con lo que está viviendo. Supuestamente, a determinada persona le han dicho que el lugar era de una particular manera y que se encontraría con un grupo más o menos reconocible de momentos y personas; cuando se llega, en los primeros días lo único que se hace es comenzar a vivir como si todo allí fuera como lo anunciado; después, las cosas tienden a ser un poco rebeldes, como si no quisieran ser del modo en que tienen que ser, y uno se queda días y días pensando, actuando y viendo como se le ha dicho, sobre todo porque hay una certeza de que de repente hay otras cosas, pero uno no sabe organizar sus actos con respecto a esas novedades y lo mejor que se puede hacer en esos casos es mirar como todos habían dicho que había que mirar. Pero eso se soporta por un período de tiempo que depende de la resistencia de cada uno y de cómo era uno antes de llegar al lugar.
Los primeros tres o cuatro días dormí en dos pensiones distintas, esperando con el correr de las horas la satisfacción de un buen precio por un alquiler. En la inmobiliaria definitiva, después de algunas preguntas solapadas con un desinterés permanente y hasta simpático, que me pareció característico de los pobladores por esos días, di a entender que yo no era de la ciudad, por lo que habría que guiarme. Tenía que elegir una casa inmediatamente porque a los días llegarían mis pertenencias. [REESCRIBIR]
A los días, quizás a las semanas, comprendí que la mujer de la inmobiliaria mostraba todo lo que me pasaría en la ciudad. Al comienzo, digamos hasta firmar el contrato, parecía honradísima por contar con mi presencia y me hacía sentir como si los demás habitantes compartieran esa sensación; yo era como el embajador de un lugar que ellos admiraban y que además se había sentido interesado por ellos. Mientras firmaba me hablaba todo el tiempo sobre actividades que se hacían en invierno y de cómo la gente se reunía en esos días en que las nubes bajaban sobre las casas y se apretaban contra los cerros de los alrededores. Y las fiestas de primavera, según ella, eran especialmente recomendables; llegaba gente desde todos los lugares del país y ya me daría cuenta de lo que era vivir allí y ver la ciudad, que, aunque era pequeña, siempre estaba bonita.
Cuando mis pertenencias me fueron enviadas a la casa que elegí, me acomodé sin querer hacer mucho esfuerzo porque el calor que había empezado a apretar en esos días me había extenuado ya sacando las cajas y los muebles del camión. Donde había vivido antes, que fue la ciudad en que había transcurrido toda mi vida, uno podía bajar a la playa en las tardes de calor y pasar el tiempo sin notarlo. Mi nuevo hogar se encontraba en una ciudad mediterránea que no tenía más que un arroyo; la época en que la gente se bañaba en ese arroyo era muy anterior a los días que me tocaron vivir allí. El escritor del pueblo (hubo en ese lugar un escritor venerado del que tendré que ocuparme más adelante; pero por ahora basta saber que hay alguien llamado “escritor”, así, a secas, en esta historia), el escritor que los niños de las escuelas recitaban y recordaban como a un abuelo lejano entrevisto en la bruma de los primeros recuerdos, había celebrado muchos años atrás el transparente y limpio flujo del arroyo en una de sus obras de madurez. Cuando mucho tiempo después un intendente de turno convenció a todos sobre las virtudes del saneamiento, el arroyo que estaba en la obra del escritor había dejado de ser algo parecido a una copia para transformarse en el ideal. Pero el escritor ya estaba felizmente muerto. Día y noche el arroyo recibía bajo su superficie un pujante alud de sustancias variadas que llegaba impulsado desde la parte alta de la ciudad. Yo no sabía todo eso cuando me acerqué al agua en aquella tarde de calor y contemplé las bolsas y las botellas que atestaban las orillas, las delgadas láminas multicolores que cubrían de a trechos las partes más reposadas del curso. Lo único que pude hacer en la primera tarde fue darme una ducha de agua fría, pero el agua salía tibia porque los caños deberían haber estado recalentándose entre las piedras de la ciudad al sol de la mañana.
Como aún no tenía cocina el día en que me instalé, tuve que salir con el sol muy en alto para conseguir algo de comer; pero me encontré con que la mayoría de los comercios estaban cerrados y tuve que hacer muchas cuadras más de lo previsto para comprar unos chorizos al pan cuya carne parecía menos consistente que lo que uno puede esperar de un chorizo; al llegar a casa, lejos de haberse enfriado, los chorizos habían perdido toda su gracia con el aire caliente de la calle. Y como todavía no tenía una mesa para comer y mucho menos un escritorio donde poder trabajar, apilé algunas cajas con libros y extendí sobre ellas algunas páginas de diarios. La compra de los chorizos me había facilitado repentinamente un conocimiento inmediato de algunas calles de la ciudad que no había visto antes; así vi cómo algunas calles terminaban abruptamente en baldíos que se abrían al amplio campo, que se abandonaba muriendo a la falda de unos cerros. Hablar de cosas como “pueblos fantasmas” para referirse a lugares que parecen olvidados por la mano de Dios es algo que no es interesante para mí en este momento, algo que puede ser evitado sin lástima. En la ciudad en que viví el primero de todos los días uno puede decir que suceden todas las cosas habituales que suceden en todas partes (las mismas que pasaban en la ciudad en donde nací), salvo que aquí hay un cierto ritmo lento para todas las cosas; tampoco se trata de que la gente se demore a propósito en la ejecución de diversas actividades, pues eso supondría que existiría un nudo de víctimas y victimarios que se atacan con el empleo indiscriminado del tiempo. Si las cosas son más lentas es porque hay como un acuerdo común, que ellos desconocen, para que lo sean así. En un primer momento yo pensé que las cosas aquí se daban lentamente, como resbalando antes que penetrando, porque no me había habituado y miraba todo con el orgullo propio del que llega de otra parte; pero esta idea me abandonó para pensar después que cada cosa tiene un propio ciclo de creación, desarrollo y acabamiento, y que es independiente del lugar en que se realice. Y así, sin que yo supiera cuándo, la ciudad ha cambiado una tarde. El hecho de cómo cambió de repente es lo más importante de todo lo que voy a tratar de decir en el comienzo. Antes que nada, había pensado que todo podría explicarse con el ejemplo de un vecino con el cual yo hablaba todas las mañanas en la vereda; imprevistamente, sin que me diera cuenta de la causa, ya no teníamos tanto de qué hablar. Sin embargo, todo esto ocurrió hace muchas semanas después de la mudanza y del comienzo de mi trabajo en uno de los diarios locales.
Los primeros días después de la mudanza también pueden reducirse a uno solo en otro sentido: el día en que hacía tanto calor que el aire, cuando abría de par en par las ventanas para poder dormir, corría como una sorda onda de caramelo líquido, volviéndose todo trabajoso de hacer e imposible de observar sin que se perdieran las líneas fundamentales que componían las cosas. Así, con esa sensación de que lo que estaba haciendo era el recuerdo de algo hecho, también en esos días empezó mi trabajo en el diario. Había dicho que mi trabajo siempre fue imprevisto, pero no lo suficiente como para mudarme de ciudad. En mi ciudad, después de que un diario quebraba, o simplemente porque tenía que irme, encontraba a los pocos días ya algún pequeño empleo en otro medio, aunque fuera empezando por cobrar la publicidad y después por encargarme del tedio de tener que redactar los horóscopos o las necrológicas. La posibilidad de trabajar en el diario de la otra ciudad se dio porque a veces hay cosas que suceden no por casualidad, sino porque parecería que mucha gente tuviera un interés en ello. El director del diario era muy conocido en mi ciudad por algunos de sus colegas y había llegado hasta allá, aunque de pasada, buscando alguien con experiencia para renovar la plana de su medio; la cuestión es que nadie, en instantes ineludibles, sabe decir “no” hasta que alguien dice “sí”; y el que dijo “Sí” fui yo. La circunstancia de cómo se dio la situación no es interesante ahora (y no sé si lo será cuando siga la narración), pero el hecho es que muchos agradecieron mi gesto como una forma de sentir el alivio de no quedar mal con el amigo de la otra ciudad. Aunque el sueldo no era bueno, y aun cuando era inferior a algunos bajos que tuve, yo había pensado que cambiar de ambiente era necesariamente crecer.
(Entre el día en que llegué a la ciudad y el día en que la ciudad cambió pasaron, como dije, muchas semanas, o quizás muchos meses, porque fue desde luego algo que no se pudo notar de un día para el otro; pero todo fue más claro cuando tuve la sensación que sentimos cuando hemos entrado a un lugar y la gente que hay allí ha dejado de discutir cruelmente hace algunos segundos, así que cuando uno toma la palabra aprecia en los demás una reticencia inexplicable, como cuando las paredes se descascaran y muestran los colores de otras épocas.)
El trabajo que me tocaba hacer fue el mejor en muchos aspectos. Como el verano se extendió inusualmente llevando un calor de enero hasta marzo, no me costaba mucho abandonar mi casa a la entrada de la noche para ir a la redacción del diario; dejaba la casa cuyos techos ya liberaban el calor del día y me internaba en unas calles oscuras algo más frescas donde venían de algún lugar los aromas de los jazmines. Lo único que me había pedido el director había sido que me encargara de la sección internacionales, tenía una página que llenar cada día de lunes a sábado; pero me advirtió que solo fueran noticias que la gente de la ciudad necesitara, de tal modo que no les hiciera falta comprar un diario de la capital del país. Lo que hacía era despertarme antes del mediodía y escuchar los noticieros de varias radios sin levantarme de la cama; allí seleccionaba las noticias que me interesaban y hacía breves esquemas de los puntos destacables de cada una, tomando a veces alguna nota veloz sobre una cifra que no podría retener jamás en mi mente. Después, casi sin variaciones, iba hasta el baño, desayunaba y llevaba la máquina de escribir hasta la cama; allí escribía siempre entre mil y mil quinientas palabras. Más tarde apartaba la máquina de escribir hacia abajo de la cama y colocaba algún disco, ya que leer era imposible en esos primeros días, la atención que le daba a la lectura se me mezclaba con el sopor de la llegada de la tarde y la vista me lloraba si es que no volvía a dormirme. Recuerdo también los primeros días por escuchar afanosamente los únicos discos que tenía: uno de jazz, en el que Chet Baker cantaba canciones de amor, y otro con los conciertos para piano números 21 y 22 de Mozart.

viernes, 29 de febrero de 2008

Sleepy time Dam


Sigue lloviendo, hace días que llueve.
Parece que el verano ya nos dejó. Y eso me da un poco de tristeza.
Estos días han sido todos muy parecidos. Luego de alguna de las comidas me viene una pesadez extrema. Miró por la ventana y veo la gente pasando por la calle, con paraguas o con un pilot echado sobre la cabeza. Me siento como el gato Tom en ese capítulo de Tom & Jerry que se llama "Sleepy time Tom". Hace cuatro o cinco días los niños lo estaban mirando en DVD y y me sentí feliz. Tom todo lo que quiere es dormir, ya no le importa Jerry ni lo que diga la negra cascarrabias. La noche anterior salió de parranda con otros gatos y volvió sobre el amanecer. Me acuerdo de alguna vez en que sentía lo mismo cuando era estudiante, o me había pasado toda la noche leyendo o escuchando música o había estado conversando con algún amigo. Al otro día en la clase los párpados se me caían solos. es extraña esa sensación, como si la voluntad de uno se partiera. Está la voluntad que pretende demostrarle cierto interés a los otros, y está la otra más sensual, más entregada al sueño. Me gusta mucho entonces ese pasaje en que Tom baja los párpados y se pinta unos círculos con pintura amarilla encima de ellos. La negra pasa y piensa que Tom, que está parado al lado del agujero de Jerry, está haciendo bien las cosas. Pero el gato ni se entera. De momento el artilugio ha dado resultado. Estaba acostado en la cama viendo esas imágenes cuando me sonreí. Creo que todos en la vida, en algún momento de dificultad, queremos encontrar ese exacto artilugio que haga notar en los demás que estamos en guardia. Es una tentación fuerte. Depende para qué se use, claro está. Los políticos saben de esas cosas un montón.
Pero bueno, el "sleepy time" que viene en estos largos días de lluvia tiene que ver con otras cosas. Es la forma en que uno ve que el mundo pasa por la ventana.
He estado escribiendo mucho y leyendo poco. Llevo unas 45 páginas del primer capítulo de "Nos cagaron a piñas". Y anteayer, casi insospechadamente, escribí un cuento más. Se trata de un cuento muy breve, de menos de dos mil palabras, ambientado en algún lugar del límite entre Lavalleja y Maldonado. La única persona que lo leyó hasta el momento es mi hermano Franco. Me dijo que le pareció muy Morosoli y que el final era lo más flojo. Creo que tiene razón en las dos cosas. Para empezar, el final está un tanto endeble. Anoche lo estuve retocando y va en camino de ser un final más o menos presentable, acorde con lo que lo precede en el argumento. Lo otro en lo que tiene razón es lo de Morosoli. Cada vez que me propongo escribir un cuento breve siento esa pasión por lo elíptico que me viene de Morosoli. Trato de desmarcarme todo lo posible de su "huella", digamos. Pero aparte hay otra cuetión, que es la del campo. El campo (ayer casualmente estuve leyendo algo sobre el campo en el imaginario del uruguayo "medio" [¿existe ese fantasma?]) es una especie de lugar virtual donde se juegan muchas de nuestras pasiones. Digamos que la pleitesía que solemos rendirle al campo viene del hecho de que nuestro país (más allá de que subsista económicamente por él) fue hecho en el campo. En el campo se hizo un país que terminó quedando más al sur, donde hoy es Montevideo. Es parecido a cuando uno iba a la escuela y un problema que se suscitaba en ella era resuelto no allí, sino en un campito a la vuelta. Yo nunca viví en el campo, apenas si he pasado algunos días de mi vida. Pero mi familia, una parte grande de ella, viene de allí, y siento que en el campo se abre un misterio que es muy mío, o que puede ser mío el día en que lo asuma. Algo así ya me había pasado con otro cuento que había publicado en este blog el año pasado, en abril, y que se llama "Matrimonio". Esto también me hace acordar a lo que impugnaban los críticos del '45, diciendo que era poco menos que insustancial aquella narrativa o poesía uruguaya que tenía como motivo el campo y que sin embargo era escrita por gente letrada de la capital que se iba a una estancia un fin de semana y quedaba arrebatada de romanticismo tardío. Uno de los que decía eso era Mario Benedetti. Claro, el tema es que Morosoli se murió, Espínola se murió, Julio C. da Rosa se murió... y el campo dejó de tener una representación honda en nuestra narrativa y hecha por gente que lo conocía desde adentro. Cuando aparece, está filtrado por otras cosas. Es la novela histórica, o es el doblez irónico (Julio César Castro) o el estertor de lo mágico (¿Delgado Aparaín?). ¿Y hoy dónde está el campo desnudo, crudo, realista? ¿Existirá?
Lo que he estado leyendo son cuentos de Hemingway. En la edición que tengo, hay unas palabras de García Márquez al comienzo, y sobre todo unas citas que rescata del escritor norteamericano que me infunden cierto placer y ánimo extra para escribir. "Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, sólo la muerte puede ponerle fin." Estoy escribiendo en la mesa de la cocina de mi casa del barrio 33, por ejemplo, y aparto el libro de Hemingway y lo dejo a un costado. En la tapa hay una foto suya, tomada por John Bryson. Está también en una cocina, sentado a una mesa. Pero en la mesa hay tres cosas. un vaso que es rodeado por los dedos de su mano derecha. Sin embargo, lo principal es un pato muerto. Y al lado del pato un cortaplumas. Hemingway está ya en Idaho y le quedan por delante nada más de un par de años de vida. Pero me mira insistentemente mientras escribo. Pongo un disco de jazz, uno cualquiera, uno de tantos, y Molly, mi gata, viene desde el living, al lado, donde estaba durmiendo sobre un acolchado tirado en el suelo, y se acerca y me roza los pies. Estoy presumiendo que a esta gata el jazz le gusta de veras. A veces algunos músicos la ponen especialmente feliz. Jelly Roll Morton, Fats Waller, por ejemplo. Sigo escribiendo entonces. Levanto la vista y miro por la ventana a través del jardín y veo las casas de algunos vecinos, y más allá el campo en la zona del arroyo Maldonado.