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domingo, 24 de agosto de 2008

Grácil


Hace algunos días leí lo siguiente: "Acabó por recordar bruscamente que en su primera infancia, cuando preguntaba de dónde había venido, su madre le mostraba siempre el pozo cercano a la casa como la fuente primera de su existencia. Desde entonces, cada vez que oía pronunciar las palabras 'pozo' o 'fuente', nacía en su alma esa singular sensación que solemos experimentar cuando recordamos algún objeto de nuestra infancia más remota." Dicho pasaje corresponde a "Andreas Hartknopf", de Karl Philipp Moritz.
En cierto modo, leerlo me devolvió la intención de escribir una serie de textos que serían algo así como unas etimologías personales. De vez en cuando me sucede que escucho una palabra aislada, o incluso si esa palabra se aísla sonoramente dentro de un discurso, y empieza a abrirse ante mí el recuerdo de la primera ocasión en que la oí, soldado para siempre. Tuve la consciencia de que eso me sucedía justamente con la palabra "grácil", que escuché, que yo sepa, por primera vez, en 1994. Esa deriva de la palabra "grácil" no sólo se establece en ese año, sino que lleva a dos palabras más: "Cecilia Bolocco". Explico.
Durante 1994, al menos, dieron de lunes a viernes en el canal 7 de Maldonado una especie de periodístico chileno (¿o mexicano?) amarillista llamado "Ocurrió así". Había un conductor general, otro más encargado de ciertas noticias especializadas o de último momento, y Cecilia Bolocco, que conducía como un micro fashion o farandulero de unos pocos minutos. En uno de esos micros, Bolocco habló de una colección de zapatos que se había presentado en un desfile de un diseñador. Los zapatos eran todos estrafalarios, muy kitsch. Por ahí venía la noticia y las sonrisas cómplices de Bolocco como pidiendo perdón y regodeándose en el mamarracho de la noticia que presentaba. Entonces la cámara vuelve al conductor principal, que juzga mal esa colección de zapatos y dice que prefiere el modelo clásico y "grácil" de siempre para los zapatos de las mujeres. Hay un nuevo cambio de plano y Bolocco, quizás con el micrófono ya inhabilitado, sonríe como una reina. Reaparece el rostro del conductor y el programa sigue su curso normal. Allí apareció en mi vida la palabra "grácil", por lo tanto.
Pero todo esto me ha traído más recuerdos. Porque el televisor en el que yo miraba "Ocurrió así" estaba en la parte más alejada de la casa, y a la hora en que lo pasaban ya mis padres y mis dos hermanos se habian ido a dormir, por lo que me tenía que quedar solo. Y eso no estaba tan bien, porque "Ocurrió así" trataba de cosas que me causaban terror, principalmente de avistamientos de ovnis y encuentros con extraterrestres. Claro, yo miraba cada una de esas noticias con un placer morboso, porque en realidad era un tema que me interesaba desde muy niño. El hecho de vivir, además, rodeado de bosques, hacía que ese miedo fuera más allá de lo meramente psicológico: era, en efecto, una posibilidad que estaba allí, detrás de cualquiera de todos aquellos pinos o eucaliptos. Morbosa también era la delectación con la que yo tomaba los vasos de jugolín que me preparaba. Mi madre me tenía prohibido agregarle más azúcar de la que ella le colocaba a cada jugolín que hacía. Entonces yo, a escondidas, consumido por los nervios que me generaba el programa cuando anunciaban para después de la pausa comercial una noticia sobre un extraterrestre o el chupa-cabras, agarraba un vaso de jugolín y le vaciaba dentro por lo menos una cucharada sopera de azúcar, a veces dos, creo. Obviamente la solución quedaba saturada y en el fondo del vaso quedaba un colchón de azúcar anaranjada o enrojecida que luego apuraba garganta abajo. Recuerdo también que hacía frío y que prefería tomarme un vaso tras otro de jugolín en vez de un buen café con leche. Y otra cosa: tomaba el jugolín con la misma cuchara sopera, como si fuera, evidentemente, sopa. Así quedaba yo después de todo ese cóctel de sensaciones. El programa finalizaba y me veía con la televisión encendida ya sin ninguna utilidad, y con la casa en un silencio insoportable, a varias habitaciones de distancia de mi cama. Yo, por ejemplo, para llegar hasta mi cuarto, tenía que atravesar el almacén que tenían mis padres. Al comienzo caminaba normal, dándome ánimos, pero de pronto se me instalaba en la mente algún croquis de un extraterrestre aparecido en el programa, o la filmación de la autopsia en el caso Roswell, y apuraba cada vez más el paso hasta que ya me llevaba por delante, a oscuras, paquetes de harina, envases vacíos de refrescos o casilleros, escobas, palas, etc. La otra consecuencia era que dormía poco, porque al otro día me tenía que levantar a las siete de la mañana para ir al liceo. A mis padres les empezaba a fastidiar por lo tanto que me quedara mirando televisión, porque me costaba despertarme. Pero así y todo yo iba, no faltaba nunca, tengo esa seguridad. En invierno, a la hora en que sacaba la bicicleta y salía, aún era de noche. Salía del Kennedy por la calle Francisco Salazar y me adentraba en todos aquellos bosques hasta llegar más o menos a la periferia de la ciudad de Maldonado. Era un viaje de unos quince o veinte minutos, pero atormentador. A veces había niebla y parecía que había cosas moviéndose en el aire. Una de esas mañanas con niebla yo pedaleaba en un repecho con la idea fija en la aparición de un chupacabras. En determinado momento, vi un par de manchas pequeñas y negras que se agitaban en el aire, casi a la altura de mi pecho, a unos tres o cuatro metros. Al principio la visión me dejó sin respuesta, y continué avanzado, pero cuando estuve a una distancia menor me di cuenta de que eran dos ojos. Primero sentí que la piel se me erizaba y que mi cuerpo se calentaba rápidamente. Después vi las formas de un caballo con unas pocas manchas marrones y sentí cómo el aire a mi alrededor se alteraba con la fuerza de su reacción al dar un respingo. Escuché los cascos chocando sobre el asfalto y en seguida, al alejarse, sobre la tierra húmeda del monte. El corazón me daba vueltas enteras dentro del pecho. No podía dejar de pedalear cada vez más fuerte. Era como si el caballo hubiera resuelto andar tras de mí. Y un sabor entre amargo y picante se me había instalado entre la lengua y el paladar. Ese era el sabor de la adrenalina.


viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Phil y su cama del tiempo

Luis Alberto Lacalle reflexiona acerca del paso del tiempo, en exclusiva para tartatextual

Como Felipe (Phil, para los íntimos) está convaleciente, ha hecho de su habitación una especie de búnker del niño mediático medio de estos tiempos, una suerte de versión en miniatura de su casa allí en su cuarto, siempre con la audaz ayuda de su mujer, Patricia. Destaca principalmente el hecho de que se llevó la computadora y la conectó al televisor. Así que este texto trata de esa relación de la computadora y el televisor, porque entra en escena la página www.youtube.com
Hace unos días, el jueves, luego de almorzar en la cama, nos tiramos a ver algunos videos. Empezamos por Peter Capusotto y luego seguimos con algunas cosas de Paul Mc Cartney, en especial unos videos raros, todos con el mismo formato, en los que Paul toca en su guitarra, sentado en un taburete sobre un fondo blanco, temas de su último disco:"Memories almoust full"... (Pero cómo nos emocionamos también con el video de "Mull of Kintyre"... Es sencillamente hermoso.) Los recuerdos casi completos pertenecían a nosotros dos cuando nos dimos cuenta de que youtube tenía más y más para darnos. Es decir, pasamos a recuperar una parte del pasado, a completar algunos vacíos. Curiosamente, la mayoría de ellos se colmaron viendo propagandas políticas para la campaña presidencial de 1989, que terminó ganando Luis Alberto Lacalle. Eran tiempos raros. De a poco, con cada video nos hizo sumirnos en un silencio en el que las cosas cambiaban de forma, la gente que nos rodeaba era otra. He aquí algunas ideas sueltas a propósito de ciertos videos, seguidas de los links respectivos.
Empecemos con este:
http://youtube.com/watch?v=QS0y6hvh36I&feature=related
Es la primavera de 1989... Puede ser un día cualquiera de calor... Felipe y yo no nos conocemos, no tenemos ni idea el uno del otro; tenemos 10 y 9 años. Yo estoy en el Kennedy, probablemente haya vuelto de la escuela y haya dado una vuelta hasta el campo de golf con mi hermana Andrea. Quizás estuviéramos cuidando a Franco. Podemos estar también en el cuarto de nuestros padres, donde estaba el único televisor y ver esta propaganda, subidos en la cama matrimonial, porque no había ni sillas ni sillones. Era así, nos sentábamos en la cama para ver la tele. Felipe está en una casa de la calle San Carlos, muy cerca del centro de Maldonado. Está en el patio dando vueltas bajo la parra, mientras sus abuelos maternos sacan el televisor hasta allí mismo y se sientan a tomar mate. La propaganda en cuestión nos hizo (ahora, 2007) reír mucho, no sólo por lo que dice Lacalle, a todas luces ingenuo (sobre todo eso de cómo incluir a los chicos en la lucha contra la drogadicción), sino por ese comienzo "in media res", como si ya estuvieran charlando del tema antes de que el director dijera "¡Acción!" y el Cuqui sacudiera su pelito accediendo al primer plano.
Sigamos con este otro:
http://youtube.com/watch?v=dsFKAwppuU8&feature=related
Millor acompaña a Pacheco. No hay mucho que decir al respecto. Millor da su palabra de honor... Pero fíjense en la escasa luminosidad de la filmación. Con Felipe terminamos heridos de pasión melancólica. Millor parece una especie de Petrus onettiano, un tipo que quiere convencer cuando al mismo tiempo todos sabemos que no, así, a secas.
Volvamos a Lacalle, a la misma elección...
http://youtube.com/watch?v=RNf1RfjEV3Q&feature=related
Sin duda, el que se roba la película es el camionero. Con Felipe vimos esta propaganda varias veces. Mezcla imprecisa entre el Zorro, el Herrerismo y las tecnologías inminentes.
Dejemos ahora la política de lado. Pasemos a las marcas que dejaron una huella en nuestro inconsciente colectivo post-dictarorial. Veamos las cosas que nos podían hacer unos niños superados, niños que estaban más allá de la bolita, los trompos y las cometas, niños más sofisticados. Por ejemplo: uno tenía que tener los armatodos de Pepsi y toda la colección de vasos de esa bebida que salió de forma paralela: http://youtube.com/watch?v=iKZfqbtKkl8&feature=related
Además, si te agarrabas piojos, soñabas con que no te pasaran querosén y te raparan y que, en cambio, te aplicaran QUITOSO y tu mamá fuera como la de esta publicidad para que nuestra pulsión edípica no se fuera al traste:
http://youtube.com/watch?v=MFkuWu6iF2Q&feature=related
Por otra parte, estaba el tema de los championes... Los chicos de hoy se pueden matar de la risa. Pero si teníamos championes FLECHA, nuestras posibilidades de hacer terapia psicoanalítica dentro de veinte años disminuían considerablemente, aún más que poniéndonos los TOPSY: http://youtube.com/watch?v=sGrEQH3GC6Q&feature=related
Éramos unos pibes y no fumábamos (bueno, a Felipe por esa época no le faltaba mucho), pero acá está esta publicidad de CORONADO LIGHT en donde vemos a un futuro sex-symbol argentino de telenovelas (¡a ver si adivinan quién es!), en una puesta en escena que nos recuerda un borrador de la taberna de Moe en los Simpson.
¡¡Los televisores SAMSUNG!! ¿Quién no tenía un televisor SAMSUNG? Bueno, yo no conocí a nadie con uno y Felipe sabía de un niño solo cuyos padres se habían comprado uno. De esta publicidad me acuerdo porque la pasaban incansablemente en los días previos al Mundial de Italia '90, evento que le daba cierta razón de ser a esta publicidad. Fíjense lo galán que era Humberto de Vargas por esa época. ¡Dios mío! Las décadas pasaron y desperdiciamos uno de nuestros mejores super-hombres tan sólo por la ineptitud de no tener una industria de telenovelas establecida. Y encima tuvimos el orgullo de no venderlo Buenos Aires para que fuera una especie de Osvaldo Laport adelantado. Bueno, yo veía esta publicidad varias veces de tarde y de mañana, creo que en canal 9 (hoy, canal 7), que retransmitía del 10 de Montevideo. Yo tenía hepatitis y me miraba todo el Mundial acostado frente a un televisor blanco y negro Philips, chiquito y de ciertas mañas. Una de las mañas era la de demorar para encenderse. Dice mi madre que eso se debía a que una vez entré desde el patio con una manguera y lo regué. Afortunadamente estaba apagado, desafortunadamente, el surrealismo ya había sido inventado. Ahora me acuerdo también de que a esa tele yo le debo mi formación en westerns. Me levantaba los sábados de mañana y ponía el canal 11. A veces lloraba porque me despertaba solo en la habitación. Mis padres estaban trabajando en el bar, al frente de la casa. Entonces ocurría que venía mi madre y hacía girar la perilla hasta el 11. Un día me desperté y pensé que lo podía hacer yo solo, pero la tele estaba desenchufada. Cuando traté de enchufarla, recibí la primera descarga eléctrica de la que tengo memoria. Fue muy fuerte. Así que a mí no me vengan con eso de que nadie se olvida de su primera relación sexual... ¡Pavadas! Esa patada que me dio el enchufe me dio la dimensión de lo que era el mundo. Así que bueno, gracias Humberto de Vargas por hacerme recordar tantas cosas. Sos la vainilla que uno hunde en la tacita. Algunas cosas más de esta publicidad de los televisores SAMSUNG. 1: En definitiva, es una publicidad de una casa de electrodomésticos que se llamaba CENTRO ELÉCTRICO... A Felipe y a mí casi se nos pone la piel de gallina. 2: Fíjense la pista que esta publicidad nos da de nuestra economía... ¡En cuotas de 26.300 pesos!... 3: El cabezazo y la sonrisa de de Vargas, o sea, lo que le faltó al Chengue en el Mundial de Japón y Corea 2002. ¡Ah!... Acá está el link: http://youtube.com/watch?v=t9KE8SoisjA&feature=related
En fin, pasaron los años y nos hicimos adolescentes. Entonces quisimos demostar que éramos jóvenes y que nos llevábamos el barrio por delante. Teníamos nuestra TARJETA JOVEN. Dicen que hay gente que la ha usado de forma constante. A mí siempre me pareció un poco patotero sacarla a relucir en un comercio. Nunca lo hice. Dice Felipe que él dos veces. Pero el tema acá es otro. ¿Por qué las publicidades que se refieran a los jóvenes suelen mostrarnos como boluditos? Porque eso es lo que veo en esta publicidad de hace quince años o menos... Miren la chica vestida de tenista y con las trencitas al lado. ¿Los padres le pegaban con una raqueta en las nalgas? Esta cuestión no se detiene. Me trae a la memoria una vez que leí en un diario algo así como una cobertura de una "movida de arte joven" que se hizo en Montevideo. Y ahí estaba el lugar común, parece que en la "inteligencia" de los medios las palabras "arte" y "joven" pronunciadas una al lado de la otra significan aptitud para tirar pelotitas para arriba en cualquier semáforo o pararse hecho una estatua viviente. Ok... Respetable. Pero, ¿no hay jóvenes que hagan otras cosas?... http://youtube.com/watch?v=r1IYNqDoi14&feature=related
Ahora regresemos a la política con los tres últimos ejemplos del youtube. Para comenzar esta propaganda de Jorge Batlle con el ya consabido lema de que Batlle "le canta la justa". Lo que me llama la atención es que el formato de dicha propaganda hoy en día, aparte de obsoleto, es en realidad el formato que se utiliza en cualquier programa televisivo de humor para reírse de un político. ¿Lo sabría Batlle? ¿Una autocrítica lúcida? Que el lector juzgue en: http://youtube.com/watch?v=uYhdu_IW37Q&feature=related
Esta que viene a continuación me gusta mucho. Despidamos a Lacalle con esta presentación de su familia bastante reciente. Pero no se pierdan por favor la reacción del perrito cuando el ex-presidente empieza a hablar sobre los valores de su familia, como tampoco dejen de apreciar y valorar en su justa medida el denodado esfuerzo de su hijo por hacer que el chicho siga dentro del encuadre: http://youtube.com/watch?v=EuvUIQIsGJ0&feature=related
Y como dijo Bob, "los tiempos están cambiando". La política que fue a finales de los '80 ya no es la misma que ven nuestros hijos. No adelanto nada de este último video: http://youtube.com/watch?v=P_Sja_O3kCU&feature=related