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domingo, 11 de julio de 2010
Los pulpos son de palo (II)
[próximamente... sepan disculpar...]
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sábado, 10 de julio de 2010
Los pulpos son de palo (I)

Ver el partido por el tercer puesto de un Mundial es una forma de presenciar una variante de la misma final del mundo. Y es también uno de esos partidos tan importantes como poco dramáticos en los que llevarse la victoria no está nada mal, pero en los que no es ninguna desgracia mayor salir derrotado. Apenas si queda un registro anecdótico al costado del resultado de la propia final. Tampoco es que con esto le quiera quitar trascendencia a un partido que Uruguay nunca ganó en su historia, y que todos querían ganar hoy cuando apretaron los puños y los dientes en el último tiro libre del partido que Forlán estrelló en el travesaño y dejó el partido 3 a 2 a favor de los alemanes. Otra vez la bronca por el mismo resultado que nos dejó fuera de la final, y otra vez la bronca por la falta de suerte que en ambos partidos, sin despreciar que se perdió bien antes dos grandes rivales, nos torció el curso en los instantes menos indicados. Hace una semana, antes del partido contra Holanda, un amigo me confesó que sentía un miedo enorme de que hubiéramos agotado todas nuestras reservas de "fortuna" tras el partido contra Ghana, como si esto fuera un videojuego en el que se acumulan "poderes" y se los administra con mayor o menor conciencia. La verdad es que si se observa una y otra vez el penal que marra Asamoah Gyan, cumplida la hora del alargue, todavía es algo inconcebible. La presunción de mi amigo parece estar bien explicada ahora, luego de quedarnos definitivamente con el cuarto puesto; pero también todos sabemos en este país las cosas que habríamos sacrificado de nuevo por jugar una instancia semifinal. Una de ellas fue contundente: que Suárez se perdiera el partido ante Holanda.
En cambio ahora, cuando estamos más allá de las previsiones, los nervios, los cálculos y las arengas, lo que podemos sentir es un orgullo inconmensurable por la pasión que estos futbolistas demostraron en cada segundo de juego. Tan sólo la forma en que Diego Pérez va al suelo y le roba la pelota a Schweinsteiger para el empate de Cavani, pone de ejemplo una vez más la decisión de este equipo de querer llevarse el partido por delante, siempre. Ese hecho... O cada unos de los cierres de Jorge Fucile o de Diego Godín, o la corrida por derecha de Egidio Arévalo Ríos para meterle el centro a Diego Forlán en el segundo gol; todas esas incidencias de juego, como tantas otras (incluso como la desazón de Muslera y de Lugano en cada gol alemán), estuvieron para nosotros, los hinchas de Uruguay, y también para los televidentes del planeta entero, impregnadas de coraje, de amor propio. Eso. Y nada de bravuconería o de prepotencia, viendo el resultado antes de que este se manifestara. No. Nunca. Uruguay salía a cada partido sabiendo que su rival jugaba y que le podía hacer pasar malos ratos, tal como le sucedió. Sin embargo, uno de los aspectos que causan gran satisfacción de este Uruguay es la consideración extrema del rival y la aplicación de una respuesta inmediata al problema que surge ante cada equipo. Esa respuesta no está sólo marcada por el coraje, sino que a eso hay que agregarle la gran capacidad de juego. Como hoy contra Alemania, cuando Uruguay llegaba a ganar por 2 a 1 y los alemanes no encontraban la pelota por ninguna parte. Alemania es un gran equipo. Nadie se habría asombrado si le hubiera ganado a España en la semifinal y hubiera superado a Holanda en la final. Pero Uruguay demostró que se puso a la altura de esos grandes equipos porque reunió lo mismo que ellos: trabajo, temperamento y talento. Lo demás es circunstancial. El fútbol tiene mucho de circunstancial, y por eso es un deporte que amamos, porque también logra sorprendernos siempre. Pero no se llega a los lugares más altos de un torneo gracias a las circunstancias. Por eso da gusto ver a este Uruguay. Cuando se ve en la televisión que la gente regresa tranquila a sus hogares desde las pantallas gigantes ubicadas en las plazas de las ciudades, cuando se ve eso luego del partido contra Holanda y a los días contra Alemania, allí hay un equipo que logró algo igual de importante que un campeonato. Veintitrés jugadores y un cuerpo técnico alcanzaron a tocar una dimensión del espacio entre los individuos que no había sido explorada por mucho tiempo. Y lo lograron mediante una actividad tan inofensiva como el fútbol. Lo lograron trasladando un esférico de un sector a otro de un campo delimitado con líneas blancas, como si se tratara de un actividad abstracta o geométrica... Estos jugadores uruguayos no sólo le regalaron a la gente un cuarto puesto en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica en 2010. Nos otorgaron un valor que ahora es necesario trasladar a nuestras vidas sencillas, donde no hay noventa minutos que nos agobien con su carrera loca. Ese valor se coloca en un punto que está a medio camino entre nuestras preocupaciones, nuestro dolor, y lo que nosotros tenemos para ofrecer. Y como el fútbol es metafórico a un nivel muy profundo de nuestras experiencia y sensibilidad, ahora le toca a cada uno sentarse a pensar cómo se tiene que utilizar este obsequio tan especial.
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viernes, 9 de julio de 2010
lunes, 5 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
Mamá, ¿cómo sé si tengo la garra charrúa?

Puesto ante el problema de tener que definir qué es la "garra charrúa" luego de la trabajosa victoria de la Celeste ante Corea del Sur por 2 a 1, un periodista de la agencia Reuters recurre a Pablo Forlán, mítico center-half de Uruguay en los Mundiales de México '70 y Alemania '74, y, obviamente, padre de Diego Forlán. La conclusión final afirma que la garra charrúa es alcanzar el triunfo cuando parecía algo imposible. Dicha conclusión, lo sabemos los uruguayos, está un poco recortada. La garra charrúa como tal podría definirse como un estado, una actitud ante el juego por encima incluso del resultado obtenido. Y aunque la garra charrúa se ha hecho valiosa a partir de los triunfos, uno puede incluso llegar a percibirla en los partidos de los que salimos derrotados. Pero la cuestión es que de un tiempo a esta parte, de muchos años a esta parte, la gente se cansó un poco de la garra charrúa. La gente comenzó a sentir que ante el panorama del fútbol mundial de las últimas décadas, recurrir a la garra charrúa ya se estaba convirtiendo en un recurso atávico. Nadie podía dejar de estar orgulloso de su presencia tutelar, pero todos se estaban dando cuenta de que en el fútbol de hoy no se puede salir adelante solamente con la garra charrúa. A menos que se tenga algo más, claro; a menos que se proponga algo más desde el juego. Y esta selección uruguaya lo propone.
Cuando los primeros 20 ó 25 minutos del partido anunciaban un camino de rosas para Uruguay, con un gol marcado a los 8 minutos por Luis Suárez tras un pase espectacular de Diego Forlán, con un manejo del partido que recordaba a los efectuados ante Sudáfrica y ante México, cuando el sol brillaba sobre la grama y todos podíamos pensar en seguir de largo, Corea del Sur cambió de repente. Aquel equipo timorato que muchos habíamos visto perder por goleada ante Argentina desapareció para siempre del Mundial. Las subidas de Park se hicieron insoportables. Corea del Sur comenzó a complicar a la Celeste con su buen manejo de la pelota. Los defensas uruguayos ahora pasaban a resolver situaciones impensadas unos pocos minutos atrás. El medio de la cancha, donde hasta hace poco rato habían mandado Diego Pérez y Egidio Arévalo Ríos, era propiedad exclusiva de los coreanos. Así culminaba el primer tiempo, con el anuncio de que si Tabárez no proponía algún cambio drástico, el rival iba a pasar de largo.
Pero a la vuelta del partido el cambio drástico fue la salida de Diego Godín, lesionado y reemplazado en el entretiempo por Mauricio Victorino. Con la entrada de Victorino, Uruguay no perdió para el segundo tiempo nada de entrega por parte de sus zagueros, pero sí algunos centímetros. Allí donde Godín podía resolver por arriba los problemas que la altura de los coreanos causaban, Victorino hacía lo que podía, y así y todo jugó un buen partido. Pero todo complicaba. Primero la aparición de la lluvia. Segundo la persistencia de Corea del Sur, jugando exactamente igual a como lo había hecho durante toda la segunda parte del primer tiempo. La pelota se volvió escurridiza y el terreno de juego una verdadera pista de hielo. Los coreanos, con toda su velocidad y su capacidad física desplegada, comenzaron a sentirse cada vez más a gusto con la situación. Llegó un instante en el que Uruguay extrañó aquella época en que nadie le pedía justificarse para cruzar la mitad de la cancha... Así que el merecido empate llegó en el minuto 68. El mareo entre los zagueros y los laterales y Muslera fue tan grande, que cuando cayó el centro ya nadie sabía a quién de los coreanos tenía que tomar. Lugano no llega a cubrir y Muslera sale a medias. Lee Chung Yong cabecea y pone el 1 a 1... El record de Muslera pasó a ser una anécodta para revisar al día siguiente. Tras ese tanto pasó a ser el arquero uruguayo con más minutos sin la valla vencida (390) en un campeonato del mundo, superando al gran Ladislao Mazurkiewicz. Pero todo eso no tenía trascendencia si uno miraba el festejo de los coreanos. A esa altura, aquello ni siquiera tenía olor a alargue. Los fantasmas de la Eliminatoria hacían su aparición cuando menos se los esperaba.
Mucho se escribió y se habló luego del partido acerca de la gran reacción de Uruguay apenas llegó ese gol. Los más con satisfacción y admiración. Otros, un poco dormidos, con cierto aire reprobatorio, se preguntaron por qué Uruguay se había dejado hacer un gol para tener que levantar su nivel de juego. Lo concreto es que la rebeldía de Uruguay, allí donde todos vieron la garra charrúa entrando en acción, estuvo apuntalada por un aspecto nada menor que tiene este equipo: el hecho de que juega bien. ¿Qué significa en este caso "jugar bien"? No es precisamente jugar de forma vistosa, sino saber lo que el partido tiene para darle y lo que a su vez el equipo puede hacer por el partido. Esta selección uruguaya tiene una capacidad de lectura y de manejo del partido importante. Sin ella, la garra charrúa habría terminado transformándose en un berrinche.
Hay un acto clave del partido un poco antes del segundo gol de Suárez, y ese acto no tuvo una consecuencia mayor sobre la incidencia del juego en el que se manifestó, pero sí sobre el resto del partido. Consistió en lo siguiente: En uno de los ataques de Uruguay, no del todo claros, la pelota queda picando dentro del área de Corea del Sur, a medio camino entre dos defensas. Es una de esas pelotas que aunque están dentro de la zona de peligro no llevan riesgo. Los defensas saben que cuentan con la ventaja del espacio y del tiempo para demorar la acción, levantar la cabeza y elegir al compañero mejor ubicado para continuar con el juego. En una jugada así, cuando la pelota queda picando en el área coreana, lejos de cualquier jugador uruguayo, por un callejón, desde muchos, muchos metros atrás, aparece la figura de Diego Pérez peleando por esa pelota y exigiendo a los defensas a realizar un plan de último momento. Diego Pérez no tenía porqué ir a buscar esa pelota. Las probabilidades de que la jugada tuviera un final feliz eran nulas, y las de que el medio de la cancha quedara descompensado, totales. Pero el partido no fue el mismo a partir de entonces. Ese solo acto, en apariencia gratuito, marcó el desarrollo posterior del encuentro.
Y unos instantes después llegó el segundo gol de Suárez; un tiro en diagonal, enroscándose contra el segundo palo. La situación es tan dura e impactante que tiene la misma fuerza y duración de un rayo cayendo en el segundo más desesperante de la tormenta que sacudía esa tarde de Port Elizabeth. Los comentarios sobre cómo ese gol de Suárez dio de lleno en la sensibilidad de la gente van a trascender con los días. Las lágrimas de muchos se vinieron al suelo. Uruguay clasificaba luego de cuarenta años a cuartos de final, pero el hecho más sustancial era cómo lo lograba. El alma o el corazón o la gallardía (todas categorías evanescentes para hablar de fútbol) que demostró este equipo logró conmover a las personas, a las que les gusta el fútbol y a las que entienden poco y se arriman en épocas de mundiales. Ahora todos quieren saber qué más puede lograr este equipo. Muchos se animan a soñar de verdad, sin temor alguno, sin vergüenza. Porque todos confían, todos aprendieron a confiar. Por eso, cuando al final del partido el remate de un coreano pasa entre las piernas de Muslera y se dirige lentamente a la línea de gol, todos, dentro de la ansiedad imperante, entendimos que esa pelota no iba a entrar. Vimos entonces al capitán Lugano trotar hacia ella y salir jugando contra la línea, con los brazos extendidos hacia los costados en la clara señal de "no pasa nada". No pasaba nada: Uruguay había logrado apoderarse del espacio, el tiempo y sus ventajas.
Cuando los primeros 20 ó 25 minutos del partido anunciaban un camino de rosas para Uruguay, con un gol marcado a los 8 minutos por Luis Suárez tras un pase espectacular de Diego Forlán, con un manejo del partido que recordaba a los efectuados ante Sudáfrica y ante México, cuando el sol brillaba sobre la grama y todos podíamos pensar en seguir de largo, Corea del Sur cambió de repente. Aquel equipo timorato que muchos habíamos visto perder por goleada ante Argentina desapareció para siempre del Mundial. Las subidas de Park se hicieron insoportables. Corea del Sur comenzó a complicar a la Celeste con su buen manejo de la pelota. Los defensas uruguayos ahora pasaban a resolver situaciones impensadas unos pocos minutos atrás. El medio de la cancha, donde hasta hace poco rato habían mandado Diego Pérez y Egidio Arévalo Ríos, era propiedad exclusiva de los coreanos. Así culminaba el primer tiempo, con el anuncio de que si Tabárez no proponía algún cambio drástico, el rival iba a pasar de largo.
Pero a la vuelta del partido el cambio drástico fue la salida de Diego Godín, lesionado y reemplazado en el entretiempo por Mauricio Victorino. Con la entrada de Victorino, Uruguay no perdió para el segundo tiempo nada de entrega por parte de sus zagueros, pero sí algunos centímetros. Allí donde Godín podía resolver por arriba los problemas que la altura de los coreanos causaban, Victorino hacía lo que podía, y así y todo jugó un buen partido. Pero todo complicaba. Primero la aparición de la lluvia. Segundo la persistencia de Corea del Sur, jugando exactamente igual a como lo había hecho durante toda la segunda parte del primer tiempo. La pelota se volvió escurridiza y el terreno de juego una verdadera pista de hielo. Los coreanos, con toda su velocidad y su capacidad física desplegada, comenzaron a sentirse cada vez más a gusto con la situación. Llegó un instante en el que Uruguay extrañó aquella época en que nadie le pedía justificarse para cruzar la mitad de la cancha... Así que el merecido empate llegó en el minuto 68. El mareo entre los zagueros y los laterales y Muslera fue tan grande, que cuando cayó el centro ya nadie sabía a quién de los coreanos tenía que tomar. Lugano no llega a cubrir y Muslera sale a medias. Lee Chung Yong cabecea y pone el 1 a 1... El record de Muslera pasó a ser una anécodta para revisar al día siguiente. Tras ese tanto pasó a ser el arquero uruguayo con más minutos sin la valla vencida (390) en un campeonato del mundo, superando al gran Ladislao Mazurkiewicz. Pero todo eso no tenía trascendencia si uno miraba el festejo de los coreanos. A esa altura, aquello ni siquiera tenía olor a alargue. Los fantasmas de la Eliminatoria hacían su aparición cuando menos se los esperaba.
Mucho se escribió y se habló luego del partido acerca de la gran reacción de Uruguay apenas llegó ese gol. Los más con satisfacción y admiración. Otros, un poco dormidos, con cierto aire reprobatorio, se preguntaron por qué Uruguay se había dejado hacer un gol para tener que levantar su nivel de juego. Lo concreto es que la rebeldía de Uruguay, allí donde todos vieron la garra charrúa entrando en acción, estuvo apuntalada por un aspecto nada menor que tiene este equipo: el hecho de que juega bien. ¿Qué significa en este caso "jugar bien"? No es precisamente jugar de forma vistosa, sino saber lo que el partido tiene para darle y lo que a su vez el equipo puede hacer por el partido. Esta selección uruguaya tiene una capacidad de lectura y de manejo del partido importante. Sin ella, la garra charrúa habría terminado transformándose en un berrinche.
Hay un acto clave del partido un poco antes del segundo gol de Suárez, y ese acto no tuvo una consecuencia mayor sobre la incidencia del juego en el que se manifestó, pero sí sobre el resto del partido. Consistió en lo siguiente: En uno de los ataques de Uruguay, no del todo claros, la pelota queda picando dentro del área de Corea del Sur, a medio camino entre dos defensas. Es una de esas pelotas que aunque están dentro de la zona de peligro no llevan riesgo. Los defensas saben que cuentan con la ventaja del espacio y del tiempo para demorar la acción, levantar la cabeza y elegir al compañero mejor ubicado para continuar con el juego. En una jugada así, cuando la pelota queda picando en el área coreana, lejos de cualquier jugador uruguayo, por un callejón, desde muchos, muchos metros atrás, aparece la figura de Diego Pérez peleando por esa pelota y exigiendo a los defensas a realizar un plan de último momento. Diego Pérez no tenía porqué ir a buscar esa pelota. Las probabilidades de que la jugada tuviera un final feliz eran nulas, y las de que el medio de la cancha quedara descompensado, totales. Pero el partido no fue el mismo a partir de entonces. Ese solo acto, en apariencia gratuito, marcó el desarrollo posterior del encuentro.
Y unos instantes después llegó el segundo gol de Suárez; un tiro en diagonal, enroscándose contra el segundo palo. La situación es tan dura e impactante que tiene la misma fuerza y duración de un rayo cayendo en el segundo más desesperante de la tormenta que sacudía esa tarde de Port Elizabeth. Los comentarios sobre cómo ese gol de Suárez dio de lleno en la sensibilidad de la gente van a trascender con los días. Las lágrimas de muchos se vinieron al suelo. Uruguay clasificaba luego de cuarenta años a cuartos de final, pero el hecho más sustancial era cómo lo lograba. El alma o el corazón o la gallardía (todas categorías evanescentes para hablar de fútbol) que demostró este equipo logró conmover a las personas, a las que les gusta el fútbol y a las que entienden poco y se arriman en épocas de mundiales. Ahora todos quieren saber qué más puede lograr este equipo. Muchos se animan a soñar de verdad, sin temor alguno, sin vergüenza. Porque todos confían, todos aprendieron a confiar. Por eso, cuando al final del partido el remate de un coreano pasa entre las piernas de Muslera y se dirige lentamente a la línea de gol, todos, dentro de la ansiedad imperante, entendimos que esa pelota no iba a entrar. Vimos entonces al capitán Lugano trotar hacia ella y salir jugando contra la línea, con los brazos extendidos hacia los costados en la clara señal de "no pasa nada". No pasaba nada: Uruguay había logrado apoderarse del espacio, el tiempo y sus ventajas.
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viernes, 25 de junio de 2010
1 a 0 a México o ¡Bienvenidos a "Laputa"!

1:Este país está en el aire
Parece mentira. Parece un sueño. Parece una broma.
Minutos después de que termine el partido entre Uruguay y México, el relator observa la imagen de la tabla de posiciones del grupo A y pide que no lo pellizquen, que no lo sacudan si esto es un sueño. No quiere despertar. Quiere seguir contemplando la crudeza de las cifras que tiene enfrente. Uruguay 7 - México 4 - Sudáfrica 4 - Francia 1... Uruguay acaba de ganarle a México 1 a 0 su último partido por el grupo A, que se ha adjudicado, y espera al segundo del grupo B. Antes del Mundial, cualquiera, y no por pájaro de mal agüero, podía calcular que Uruguay andando bien salía segundo y, medio resignadamente, esperaba por Argentina (primera del grupo B, como resultó ser) en octavos de final, y que fuera lo que Dios quisiera.
Eso fue el martes, al mediodía. En los días siguientes nadie ha hablado de nada más en este país. Nadie ha hablado del Presidente. Nadie ha dicho mucho sobre el levantamiento del corte de Gualeguaychú. No se le da mucha importancia a la suba de precios de algunos artículos, a los hechos de violencia. Y seamos sinceros: ¡ni siquiera al fútbol! Es decir, el fútbol es un tema delicadísimo. Mejor no hablar de él que hablar mal. Mejor no hablar de la selección que hablar con apresuramiento y "secar su suerte". Este país está en el aire. El efecto es muy similar a haber saltado y de repente notar que uno ha quedado suspendido en el aire. Todo es demasiado delicado. Mejor respirar lo menos posible. Mejor no tener ningún pensamiento excedido. Estamos todos suspendidos en el aire. Miramos alrededor y vemos lo magnífico que es, pero nadie se anima a gritárselo al vecino. Calma.
La empleada de la biblioteca municipal que me atiende desde que tengo 15 años me dice siente un poco de pena por los jóvenes... Tiene entre 50 y 60 años, probablemente esté por jubilarse en un tiempo, y te da los libros como si fuera una buena abuela. Se asombra de que sea la cuarta vez que renuevo el préstamo de la novela. "No me digas que estás con todo esto del fútbol... ¿Viste qué bien que estamos jugando?"... Por supuesto, le respondo... He leído menos, he escrito sobre todo acerca del Mundial y he mirado un promedio de dos horas de fútbol por día, la cantidad de horas que suelo usar para leer. La mujer me habla de los festejos en San Carlos el día martes a la tarde. Pero tiene miedo. Tiene miedo de que los jóvenes se entusiasmen demasiado y se frustren con una derrota de Uruguay. Mejor no festejar nada por el momento: esa es su conclusión. Hacemos un par de chistes (malos) sobre Corea del Sur y nos despedimos. Regreso a casa y dejo la novela sobre la mesa del living. "Hasta otro momento, novela, ahora tengo que escuchar en la radio el partido entre Holanda y Camerún".
Pero sigo con algo de los libros en la cabeza. Esta idea del país en el aire, de todos abombados por un sentimiento demasiado placentero como para distraerse, no me parece original. Busco, busco, busco... Y claro, llego a "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift. En la tercera parte de esta novela el capitán Gulliver llega a una isla flotante, un país pequeño llamado Laputa (así en su original en inglés). Esto parece broma, también. Me acuerdo de mi padre hablándome por teléfono "¡La puta! ¡Qué partido hizo Uruguay!". Me acuerdo también de un amigo comentándome el balinazo de Guardado que pudo haber sido gol de México antes del gol de Suárez: "¡La puta! ¡Qué guascazo que sacó el mexicano!". Etcétera, etcétera. Pero prestémosle un poco de atención a la descripción que el capitán Gulliver hace de los habitantes de Laputa apenas llega: "Al parecer, las mentes de esta gente están tan absortas en intensas especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar lo que dicen los demás a menos que los despierten mediante algún contacto exterior sobre los órganos del habla y del oído"
2: La comprobación... El peso de la sangre...
Lo que se pensaba que era difícil sucedió. Uruguay confirmó contra México su brillante partido ante Sudáfrica. Controló a un rival quizás superior al conjunto africano. Se defendió muy bien y esperó hasta que Forlán agarró desacomodado el fondo de la selección azteca, tiró la pelota a la derecha para que Cavani a la carrera metiera el centro al segundo palo, bien medido para la cabeza de Luis Suárez. El arquero de México se estiró pero no llegó. No llegaba ni teletransportándose. En total, desde que la pelota fue tomada por Forlán, la jugada no duró ni cinco segundos. Suarez agita ambos dedos índices mientras corre hacia el corner, como si dijera entre su sonrisa dentuda "¡Yo les dije! ¡Yo les dije!". Antes habíamos pasado el susto de la pelota que Guardado metió contra el ángulo y que Muslera no atajaba ni en el replay. Pero también Uruguay había creado algunas buenas situaciones de gol como para merecer largamente el gol de Suárez. Y en seguida se vino el final del primer tiempo, y después el segundo, y las preocupaciones de los mexicanos, que se resistían a la suerte de tener que enfrentar a Argentina en octavos de final. Pero el partido pasó como un suspiro. Fue intenso. Pero de una intensidad mínima. Uruguay pudo haber hecho algún gol más y haber liquidado el encuentro. Incluso la posibilidad de que México empatara era casi nula, salvo un cabezazo que bien puedo haber sido el empate. Sin embargo todo era natural. Uruguay le daba la pelota a México y este equipo la hacía rodar por toda la cancha con cierta ilusión de llegar al gol. Pero nada. En realidad parecía más un juego de gato y ratón. Parecía todo irreal. No era eso el Uruguay del sufrimiento, el Uruguay de la sangre charrúa. Hasta que el peso de la sangre se reveló y lo vio todo el mundo en una reiteración. Diego Pérez salta a cabecear y su sien derecha se corta contra la cabeza de un rival. Y de ahí a la sangre, al derramamiento de sangre que alimentaba la presencia de nuestro dios particular y lo hacía fuerte. Pérez tuvo que salir del campo de juego, cambiarse de camiseta y esperar a que se le aplicara sobre la cabeza un apósito de color... ¡¡¡celeste!!! ¡De qué otro color iba a ser! Pero el color de la sangre opacaba al cabo de los minutos la claridad de la tela. La sangre estaba allí debajo, agolpándose. No había arreglo en el partido. Era lo que era. Uruguay ganaba bien. Y la sangre estaba y un pueblo lo agradeció suspirando aliviado.
Parece mentira. Parece un sueño. Parece una broma.
Minutos después de que termine el partido entre Uruguay y México, el relator observa la imagen de la tabla de posiciones del grupo A y pide que no lo pellizquen, que no lo sacudan si esto es un sueño. No quiere despertar. Quiere seguir contemplando la crudeza de las cifras que tiene enfrente. Uruguay 7 - México 4 - Sudáfrica 4 - Francia 1... Uruguay acaba de ganarle a México 1 a 0 su último partido por el grupo A, que se ha adjudicado, y espera al segundo del grupo B. Antes del Mundial, cualquiera, y no por pájaro de mal agüero, podía calcular que Uruguay andando bien salía segundo y, medio resignadamente, esperaba por Argentina (primera del grupo B, como resultó ser) en octavos de final, y que fuera lo que Dios quisiera.
Eso fue el martes, al mediodía. En los días siguientes nadie ha hablado de nada más en este país. Nadie ha hablado del Presidente. Nadie ha dicho mucho sobre el levantamiento del corte de Gualeguaychú. No se le da mucha importancia a la suba de precios de algunos artículos, a los hechos de violencia. Y seamos sinceros: ¡ni siquiera al fútbol! Es decir, el fútbol es un tema delicadísimo. Mejor no hablar de él que hablar mal. Mejor no hablar de la selección que hablar con apresuramiento y "secar su suerte". Este país está en el aire. El efecto es muy similar a haber saltado y de repente notar que uno ha quedado suspendido en el aire. Todo es demasiado delicado. Mejor respirar lo menos posible. Mejor no tener ningún pensamiento excedido. Estamos todos suspendidos en el aire. Miramos alrededor y vemos lo magnífico que es, pero nadie se anima a gritárselo al vecino. Calma.
La empleada de la biblioteca municipal que me atiende desde que tengo 15 años me dice siente un poco de pena por los jóvenes... Tiene entre 50 y 60 años, probablemente esté por jubilarse en un tiempo, y te da los libros como si fuera una buena abuela. Se asombra de que sea la cuarta vez que renuevo el préstamo de la novela. "No me digas que estás con todo esto del fútbol... ¿Viste qué bien que estamos jugando?"... Por supuesto, le respondo... He leído menos, he escrito sobre todo acerca del Mundial y he mirado un promedio de dos horas de fútbol por día, la cantidad de horas que suelo usar para leer. La mujer me habla de los festejos en San Carlos el día martes a la tarde. Pero tiene miedo. Tiene miedo de que los jóvenes se entusiasmen demasiado y se frustren con una derrota de Uruguay. Mejor no festejar nada por el momento: esa es su conclusión. Hacemos un par de chistes (malos) sobre Corea del Sur y nos despedimos. Regreso a casa y dejo la novela sobre la mesa del living. "Hasta otro momento, novela, ahora tengo que escuchar en la radio el partido entre Holanda y Camerún".
Pero sigo con algo de los libros en la cabeza. Esta idea del país en el aire, de todos abombados por un sentimiento demasiado placentero como para distraerse, no me parece original. Busco, busco, busco... Y claro, llego a "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift. En la tercera parte de esta novela el capitán Gulliver llega a una isla flotante, un país pequeño llamado Laputa (así en su original en inglés). Esto parece broma, también. Me acuerdo de mi padre hablándome por teléfono "¡La puta! ¡Qué partido hizo Uruguay!". Me acuerdo también de un amigo comentándome el balinazo de Guardado que pudo haber sido gol de México antes del gol de Suárez: "¡La puta! ¡Qué guascazo que sacó el mexicano!". Etcétera, etcétera. Pero prestémosle un poco de atención a la descripción que el capitán Gulliver hace de los habitantes de Laputa apenas llega: "Al parecer, las mentes de esta gente están tan absortas en intensas especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar lo que dicen los demás a menos que los despierten mediante algún contacto exterior sobre los órganos del habla y del oído"
2: La comprobación... El peso de la sangre...
Lo que se pensaba que era difícil sucedió. Uruguay confirmó contra México su brillante partido ante Sudáfrica. Controló a un rival quizás superior al conjunto africano. Se defendió muy bien y esperó hasta que Forlán agarró desacomodado el fondo de la selección azteca, tiró la pelota a la derecha para que Cavani a la carrera metiera el centro al segundo palo, bien medido para la cabeza de Luis Suárez. El arquero de México se estiró pero no llegó. No llegaba ni teletransportándose. En total, desde que la pelota fue tomada por Forlán, la jugada no duró ni cinco segundos. Suarez agita ambos dedos índices mientras corre hacia el corner, como si dijera entre su sonrisa dentuda "¡Yo les dije! ¡Yo les dije!". Antes habíamos pasado el susto de la pelota que Guardado metió contra el ángulo y que Muslera no atajaba ni en el replay. Pero también Uruguay había creado algunas buenas situaciones de gol como para merecer largamente el gol de Suárez. Y en seguida se vino el final del primer tiempo, y después el segundo, y las preocupaciones de los mexicanos, que se resistían a la suerte de tener que enfrentar a Argentina en octavos de final. Pero el partido pasó como un suspiro. Fue intenso. Pero de una intensidad mínima. Uruguay pudo haber hecho algún gol más y haber liquidado el encuentro. Incluso la posibilidad de que México empatara era casi nula, salvo un cabezazo que bien puedo haber sido el empate. Sin embargo todo era natural. Uruguay le daba la pelota a México y este equipo la hacía rodar por toda la cancha con cierta ilusión de llegar al gol. Pero nada. En realidad parecía más un juego de gato y ratón. Parecía todo irreal. No era eso el Uruguay del sufrimiento, el Uruguay de la sangre charrúa. Hasta que el peso de la sangre se reveló y lo vio todo el mundo en una reiteración. Diego Pérez salta a cabecear y su sien derecha se corta contra la cabeza de un rival. Y de ahí a la sangre, al derramamiento de sangre que alimentaba la presencia de nuestro dios particular y lo hacía fuerte. Pérez tuvo que salir del campo de juego, cambiarse de camiseta y esperar a que se le aplicara sobre la cabeza un apósito de color... ¡¡¡celeste!!! ¡De qué otro color iba a ser! Pero el color de la sangre opacaba al cabo de los minutos la claridad de la tela. La sangre estaba allí debajo, agolpándose. No había arreglo en el partido. Era lo que era. Uruguay ganaba bien. Y la sangre estaba y un pueblo lo agradeció suspirando aliviado.
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jueves, 17 de junio de 2010
Veinte años después

1: Yo tenía diez años. Estaba en cama, enfermo de hepatitis... De hecho estuve en cama todo lo que duró el Mundial de Italia '90. Mi padre abandonaba el mostrador del bar para verme cada tantas horas, y casi siempre me tiraba encima de la cama un par de sobres de figuritas del álbum del Mundial de Coca-Cola. Llegué a completar dos álbumes... Las imágenes del campeonato que retengo son muy vagas. Veía los partidos en un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro, pero creo que no le prestaba la debida atención. Me parece que me interesaba más esa reducción del Mundial que podía encontrar en el álbum, porque mientras los partidos se sucedían yo trataba de ubicar a los jugadores que nombraban en el álbum y memorizar sus fechas de nacimiento, los clubes en los que jugaban, etc. Me acuerdo de que había un jugador de Escocia, Roy Aitken, que era igualito, idéntico a uno de los caddies del club, Elvis Rocha, que además fue goleador de Kennedy en muchos campeonatos. Cuando me recuperé, algunas semanas después, y me encontraba al caddie en el bar de mi padre, hacía todo el esfuerzo posible por llevarle el álbum e indicarle la figurita en la que estaba Aitken y esperar a ver cómo reaccionaba. Pero la vergüenza me vencía siempre a último momento. Volviendo al Mundial en sí, al primer Mundial del que tengo conciencia de haber visto jugar a Uruguay, sé que tengo relampagueos de imágenes que me llegan atropelladas. La primera de todas es la de Maradona. Maradona ya era un nombre terrible. Su imagen, cruzada por el anti-porteñismo y el embelesamiento que producía su juego, era un problema doble. A mí no me caía mal. Por eso retengo con placer el hecho de verlo dominar la pelota minutos antes del partido inaugural contra Camerún, y también la decepción de que Argentina perdiera ese partido contra todos los pronósticos. Sin embargo, la imagen principal es la del gol de cabeza Daniel Fonseca en la hora contra Corea del Sur. Eso le permitió a Uruguay vencer por 1 a 0 y clasificar a octavos de final. Fue la última vez en veinte años que Uruguay ganó un partido por la Copa del Mundo. Hasta hace unos días. No grité el gol. No tuve ningún sentimiento específico, más allá de cierto interés de querer enterarme del todo acerca de lo que ocurría. A mis padres no les interesaba mucho el fútbol. Mejor dicho: a mi padre sí, pero su interés era relativo. Era como el amor cansado de alguien que había amado demasiado. Por eso no había en mi casa una emoción específica. Cuando unos segundos después del replay del gol de Fonseca la cámara mostraba las caras de decepción de los jugadores suplentes y del técnico de Corea del Sur, escuché un comentario piadoso de parte de mi madre y que llegaba desde algún otro lugar de la casa. Esa compasión que percibí en el aire creo que me hizo pensar que algo estaba mal, de todos modos; algo no estaba bien a partir del gol de Fonseca, más allá de que nosotros ganáramos. Entre el comentario de mi madre y la imagen de los jugadores uruguayos festejando, yo no sabía bien qué tenía que sentir.
2: Como el Mundial se mostraba a la inversa de lo que todo el mundo esperaba, tal como incluso aconteció con la derrota de la tan esperada presentación de España en el turno anterior, ahora los acontecimientos revelan que si algo se da vuelta, necesariamente lo que estaba del otro lado, ignorado, aparece.
3: Creo que va a haber que buscar bastante para encontrar un partido en el que Uruguay haya jugado tan bien en un Mundial. Algunos quizás propongan que ese partido fue el Uruguay 0 - España 0 de Italia '90. Pero ese partido fue precisamente un 0 a 0. Si Uruguay jugó fenomenal, el resultado en realidad no te dice nada al respecto. Quizás los más veteranos puedan decir que la última gran actuación fue en México '70. No sé... Habrá que ver. Probablemente también muchos sostengan que Sudáfrica no era un rival tan exigente como se esperaba, y que haberle ganado por 3 a 0 fue justo. Pues bien... ¡Pero cuántas veces hemos jugado contra rivales supuestamente inferiores en rendimiento o plantel y no hemos sabido sacar ventaja de eso! Muchísimas veces. Contra Sudáfrica, Uruguay se vio absorbido por la lógica, o interpretó la lógica y se entregó a ella. Forlán jugó un poco más retrasado, de enganche, y reiterando lo que había hecho contra Francia cada vez que arrancaba a jugar desde ese sector: Retuvo la pelota, la administró pasándola con precisión, remató, supo jugar notablemente sin pelota... Forlán hizo un partido perfecto. Pero su actuación fue la parte visible del iceberg, porque todo el equipo uruguayo realizó un trabajo estupendo en cada una de las líneas. Se notaba que había una columna vertebral que ordenaba el juego uruguayo: en la defensa, Godía; en el mediocampo, Arévalo Ríos; y en la delantera, Forlán, y, sobre todo en el sugundo tiempo, Luis Suárez. Si no se nombra al arquero, Fernando Muslera, es porque el trabajo de Uruguay fue tan perfecto, que recién en el segundo tiempo Muslera tuvo que intervenir, sin demasiado apuro. De hecho, para Muslera fue un día soñado. Cumplir años atajando en un Mundial en Uruguay, y que tu equipo logre justo ese día la primera victoria en veinte años, y que no te hagan ni un gol, es más, que ni la toques, te convierte en un miembro privilegiado de esta República. Uruguay jugó tan bien (mezclando la omnipresente "garra" con una gran claridad para "leer" el partido), que eso se puede ver en algunos aspectos precisos de los que quizás no haya muchos antecedentes propios en competencias importantes (me refiero a esos aspectos todos juntos). Primero: cuando convirtió el 1 a 0 (golazo de Forlán) no le dio la pelota a su rival, o no se dejó avasallar, ni siquiera ante un equipo que era nada menos que el local. Segundo: cuando en el complemento Sudáfrica, con bastante amor propio más que fútbol, comenzó a dominar el juego buscando el empate, Uruguay aumentó la diferencia. Y tercero: cuando Sudáfrica se quedó con un jugador menos tras la expulsión del arquero Khune, Uruguay supo aprovecharlo y convirtió así el tercer gol, que ahora le permite liderar por saldo de goles el grupo. Con sólo un empate ante México, que a segunda hora sopapeó bien sopapeado a Francia, nuestra selección puede clasificarse como la ganadora del grupo A y esperar al segundo del B, que con toda probabilidad esté entre Corea del Sur y Grecia. Extraño, ¿no?...
4: El silencio del estadio de Pretoria era contundente. Tanto, que podía sentirse sobre el pecho a través incluso de una transmisión televisiva. Los baches entre las palabras de los comentaristas tenían algo de antinatural. Las vuvuzelas, de las que tan largamente se han quejado todos desde los pocos días que llevamos de competencia, esos cornetazos que se suman uno a uno y forman un sonido ominoso, desaparecieron. Así, de pronto. Las cámaras empezaban entonces a mostrar lo que nunca ha sucedido en un Mundial: los simpatizantes de la selección local se retiran apesadumbrados, decepcionados tras el segundo juego de la ronda inicial. Cada vez que Forlán, o Suárez, o Cavani corren tras una pelota y la dominan y levantan la cabeza para encontrar al compañero que está mejor ubicado, el silencio, o esa parte del ruido general que es sólo silencio duro y pesado, baja como el gesto de asentimiento de un terrible verdugo. Ahora nosotros somos el terrible verdugo. Y eso nos gusta. Se siente bien. Pero nos desacomoda. Al final de la transmisión de canal 4, cuando desde estudios aguardan unos minutos para entrevistar vía satélite a Diego Forlán y a Luis Suárez desde el mismo campo de juego, Mario Bardanca baja las revoluciones. Para Bardanca ahora es necesario que este triunfo no oculte la realidad, la realidad de que hay que seguir trabajando y y que hay que tranquilizarse porque esto es un Mundial y en pocos días más enfrentamos a México y eso nos puede doler. El festejo debe existir, pero el festejo debe ser amortiguado por un aire de mesura que todos debemos mostrar. Nada de emociones fuertes por ahora, parecieran decir las palabras de Bardanca. Nada de impulsos bárbaros ante la estructura racional de las inscripciones de los resultados y las posibilidades del fixture.
5: Al día siguiente anduve entre Maldonado y San Carlos e hice todo lo posible por hablar con personas de todo tipo sobre el partido. En dos liceos, en un bar donde almorcé en San Carlos, en las paradas del ómnibus, en una estación de servicio, en un quiosco, etc. Estoy seguro de que todos estaban orgulloso, verdaderamente felices de lo que hizo la selección de su país. Pero al final siempre había algo que le daba un tono nuevo a la felicidad. Y ese tono convertía a la felicidad en algo un poco turbador. El chico de quince años que me mira en el patio de un liceo me pide que no me deje llevar del todo por la emoción, que nos cuidemos de México y que tengamos en cuenta que no estamos clasificados aún. Un hombre mayor sentado en el banco de la parada de ómnibus que está sobre una de las avenidas de San Carlos, respira hondo y da la impresión de que se quiere hundir en medio de toda la luz de ese jueves de sol brillante y cielo celeste. "El verdadero Mundial", me dice "arranca en octavos, m'hijo". La muchacha del bar que me toma el pedido mientras mira de reojo cómo Grecia acaba de hacerle el segundo gol a Nigeria, está feliz. Pero ve los rostros de los jugadores nigerianos antes de que se reanude el partido y parece que eso le hace saltar un fusible: "¡Ay!... ¿Pero no te dio pena ver a todos lo negros tristes ayer?". Yo hago silencio como para darle a entender que me interesa que siga hablando. "Eso me partió el alma, al final".
2: Como el Mundial se mostraba a la inversa de lo que todo el mundo esperaba, tal como incluso aconteció con la derrota de la tan esperada presentación de España en el turno anterior, ahora los acontecimientos revelan que si algo se da vuelta, necesariamente lo que estaba del otro lado, ignorado, aparece.
3: Creo que va a haber que buscar bastante para encontrar un partido en el que Uruguay haya jugado tan bien en un Mundial. Algunos quizás propongan que ese partido fue el Uruguay 0 - España 0 de Italia '90. Pero ese partido fue precisamente un 0 a 0. Si Uruguay jugó fenomenal, el resultado en realidad no te dice nada al respecto. Quizás los más veteranos puedan decir que la última gran actuación fue en México '70. No sé... Habrá que ver. Probablemente también muchos sostengan que Sudáfrica no era un rival tan exigente como se esperaba, y que haberle ganado por 3 a 0 fue justo. Pues bien... ¡Pero cuántas veces hemos jugado contra rivales supuestamente inferiores en rendimiento o plantel y no hemos sabido sacar ventaja de eso! Muchísimas veces. Contra Sudáfrica, Uruguay se vio absorbido por la lógica, o interpretó la lógica y se entregó a ella. Forlán jugó un poco más retrasado, de enganche, y reiterando lo que había hecho contra Francia cada vez que arrancaba a jugar desde ese sector: Retuvo la pelota, la administró pasándola con precisión, remató, supo jugar notablemente sin pelota... Forlán hizo un partido perfecto. Pero su actuación fue la parte visible del iceberg, porque todo el equipo uruguayo realizó un trabajo estupendo en cada una de las líneas. Se notaba que había una columna vertebral que ordenaba el juego uruguayo: en la defensa, Godía; en el mediocampo, Arévalo Ríos; y en la delantera, Forlán, y, sobre todo en el sugundo tiempo, Luis Suárez. Si no se nombra al arquero, Fernando Muslera, es porque el trabajo de Uruguay fue tan perfecto, que recién en el segundo tiempo Muslera tuvo que intervenir, sin demasiado apuro. De hecho, para Muslera fue un día soñado. Cumplir años atajando en un Mundial en Uruguay, y que tu equipo logre justo ese día la primera victoria en veinte años, y que no te hagan ni un gol, es más, que ni la toques, te convierte en un miembro privilegiado de esta República. Uruguay jugó tan bien (mezclando la omnipresente "garra" con una gran claridad para "leer" el partido), que eso se puede ver en algunos aspectos precisos de los que quizás no haya muchos antecedentes propios en competencias importantes (me refiero a esos aspectos todos juntos). Primero: cuando convirtió el 1 a 0 (golazo de Forlán) no le dio la pelota a su rival, o no se dejó avasallar, ni siquiera ante un equipo que era nada menos que el local. Segundo: cuando en el complemento Sudáfrica, con bastante amor propio más que fútbol, comenzó a dominar el juego buscando el empate, Uruguay aumentó la diferencia. Y tercero: cuando Sudáfrica se quedó con un jugador menos tras la expulsión del arquero Khune, Uruguay supo aprovecharlo y convirtió así el tercer gol, que ahora le permite liderar por saldo de goles el grupo. Con sólo un empate ante México, que a segunda hora sopapeó bien sopapeado a Francia, nuestra selección puede clasificarse como la ganadora del grupo A y esperar al segundo del B, que con toda probabilidad esté entre Corea del Sur y Grecia. Extraño, ¿no?...
4: El silencio del estadio de Pretoria era contundente. Tanto, que podía sentirse sobre el pecho a través incluso de una transmisión televisiva. Los baches entre las palabras de los comentaristas tenían algo de antinatural. Las vuvuzelas, de las que tan largamente se han quejado todos desde los pocos días que llevamos de competencia, esos cornetazos que se suman uno a uno y forman un sonido ominoso, desaparecieron. Así, de pronto. Las cámaras empezaban entonces a mostrar lo que nunca ha sucedido en un Mundial: los simpatizantes de la selección local se retiran apesadumbrados, decepcionados tras el segundo juego de la ronda inicial. Cada vez que Forlán, o Suárez, o Cavani corren tras una pelota y la dominan y levantan la cabeza para encontrar al compañero que está mejor ubicado, el silencio, o esa parte del ruido general que es sólo silencio duro y pesado, baja como el gesto de asentimiento de un terrible verdugo. Ahora nosotros somos el terrible verdugo. Y eso nos gusta. Se siente bien. Pero nos desacomoda. Al final de la transmisión de canal 4, cuando desde estudios aguardan unos minutos para entrevistar vía satélite a Diego Forlán y a Luis Suárez desde el mismo campo de juego, Mario Bardanca baja las revoluciones. Para Bardanca ahora es necesario que este triunfo no oculte la realidad, la realidad de que hay que seguir trabajando y y que hay que tranquilizarse porque esto es un Mundial y en pocos días más enfrentamos a México y eso nos puede doler. El festejo debe existir, pero el festejo debe ser amortiguado por un aire de mesura que todos debemos mostrar. Nada de emociones fuertes por ahora, parecieran decir las palabras de Bardanca. Nada de impulsos bárbaros ante la estructura racional de las inscripciones de los resultados y las posibilidades del fixture.
5: Al día siguiente anduve entre Maldonado y San Carlos e hice todo lo posible por hablar con personas de todo tipo sobre el partido. En dos liceos, en un bar donde almorcé en San Carlos, en las paradas del ómnibus, en una estación de servicio, en un quiosco, etc. Estoy seguro de que todos estaban orgulloso, verdaderamente felices de lo que hizo la selección de su país. Pero al final siempre había algo que le daba un tono nuevo a la felicidad. Y ese tono convertía a la felicidad en algo un poco turbador. El chico de quince años que me mira en el patio de un liceo me pide que no me deje llevar del todo por la emoción, que nos cuidemos de México y que tengamos en cuenta que no estamos clasificados aún. Un hombre mayor sentado en el banco de la parada de ómnibus que está sobre una de las avenidas de San Carlos, respira hondo y da la impresión de que se quiere hundir en medio de toda la luz de ese jueves de sol brillante y cielo celeste. "El verdadero Mundial", me dice "arranca en octavos, m'hijo". La muchacha del bar que me toma el pedido mientras mira de reojo cómo Grecia acaba de hacerle el segundo gol a Nigeria, está feliz. Pero ve los rostros de los jugadores nigerianos antes de que se reanude el partido y parece que eso le hace saltar un fusible: "¡Ay!... ¿Pero no te dio pena ver a todos lo negros tristes ayer?". Yo hago silencio como para darle a entender que me interesa que siga hablando. "Eso me partió el alma, al final".
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