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martes, 20 de julio de 2010

El regreso (II)


Había que quedarse unos minutos parado luego del paso del ómnibus que transportaba a la Selección Uruguaya por Avenida del Libertador para captar de otra forma lo que este equipo generó en las personas. No se trata ya de las imágenes repetidas una y otra vez por la televisión y los diarios, esos momentos de contacto mínimo en los que los jugadores reciben del pueblo la ofrenda justa y puntual de todos los que se les acercan.
Esto es sobre ese espacio, testigo de tanta intensidad, que el ómnibus ya ha dejado atrás, acortando las cuadras que lo separan en la recta final hacia el Palacio Legislativo. Papelitos picados, invariablemente con los colores blanco y celeste, amontonados contra el cordón de la vereda por el viento gélido que llega desde el Río de la Plata. La histeria beatlemaníaca repartida en pequeños grupos de trémulas adolescentes sentadas contra los edificios repitiendo frases como "¡¡Me miró!!... ¡¡Me miró!!" o "¡¡Lo toqué!!... ¡¡Lo toqué, boluda!!". Los rostros todavía traspasados por la emoción de los empleados que han abandonado la oficina o los comercios por unos instantes y que demoran en regresar a sus puestos. Una mujer que podría ser la hermana mayor de Washington Tabárez maldiciendo por los jugadores más "pendejos" que no le dejaron ver bien a Diego Forlán. Otra mujer, de unos 35 años, que le grita papito a Diego Lugano ante la mirada de su hijo adolescente que de pronto redescubre a su madre. Parejas besándose en las esquinas. Viejos conocidos que se reencuentran y se abrazan después de tanto tiempo en esas cuadras, porque hasta allí ha ido a parar todo el mundo. Las mejillas coloradas de una niña de cinco o seis años que ondula entre la multitud sobre los hombros de su padre. Hace demasiado frío en esa tarde del martes 13 de julio de 2010.
El ómnibus sube por Avenida del Libertador. La gente forma un remolino y busca el instante de la fotografía precisa, o el contacto con las manos de los jugadores o una mirada cómplice. Pero de todo eso se eleva el agradecimiento. Las fachadas de los edificios sobre la avenida exhiben hasta dedicatorias especiales para cada jugador del plantel celeste: BUENA LODEIRO... GRACIAS MAESTRO... TREMENDO CAVANI... MUCHO FUCI... GRANDE PALITO... HEROICO RUSO... SOBERBIO CACHA... ÍDOLO LOCO... GENIAL LUISITO... IMPECABLE MAURI... Todo es de dos colores, o tres, si se suma el amarillo del sol de nuestra bandera. Un simple paño que diga gracias con unos pocos trazos está expresando un sentido que se dispara hacia todas partes. Lo que hay que agradecer puede ser la totalidad de la campaña que terminó en el cuarto puesto, pero también algunos actos que representaron esa totalidad: la mano de Suárez, la picada en el penal de Abreu, alguno de los goles de Forlán o algún trancazo de Diego Pérez o un cierre de Diego Godín o Jorge Fucile... El ómnibus sigue de largo. Detrás queda el frente gris e impertérrito del IPA, con una pintada en negro en su parte superior reclamando coparticipación y reforma en el sistema educativo, casi como la idea de un país que esta tarde se ha esfumado. ENORME DIEGO... FENOMENAL MUSLERA... GLORIOSO TOTA... GRANDE PALITO... El duro viento golpea las lonas celestes contra las ventanas. Permanecen dadas vueltas hasta que el viento afloja y entonces las mayúsculas reaparecen otra vez más como los gritos salvadores de los hinchas que se cuelan en los momentos de silencio...
La ola de frío polar refuerza en realidad la idea del cariño que la gente quiere expresar. Nadie se echa atrás por el frío, salvo aquellos padres que ya deben guardar a sus hijos pequeños. Pero los otros, los que son más, perciben que el frío es la materia indicada por la que todos deben moverse para llegar hasta los jugadores, tal como si fuera una prueba de lealtad, o como si fuera el mínimo requisito para igualarse en algo al heroísmo de la entrega propio del medio campo integrado por Diego Pérez y Egidio Arévalo Ríos. A la gente le está gustando una cierta manera de padecer el frío cuando el ómnibus está cada vez más cerca del Palacio Legislativo, a eso de las tres y media de la tarde. Desde las ocho de la mañana cientos, y luego miles, se han agolpado contra las rejas colocadas frente al escenario y han esperado, esperado y esperado, apenas acicateados por los conductores y los grupos folklóricos o murgueros de turno. Y sin embargo el agradecimiento no es algo que sólo se pueda medir en horas o en kilómetros. Cada uno de los casi ochenta mil individuos que estuvieron presentes en el acto, o cada uno de los quinientos mil que formaron parte de la caravana por la rambla de Montevideo, quieren que el agradecimiento no sea medido por algo en especial. El agradecimiento debe ser algo que puedan renovar a cada segundo que transcurre.
¿Qué es lo que la gente ve en estos jugadores para causar tanta devoción, más allá de la estricta satisfacción deportiva? Puede encontrarse una respuesta en la gente que desanda el camino por la misma Avenida del Libertador una vez concluido el acto. No se puede ver a nadie que no se sienta feliz, en una ciudad que se caracteriza por sus caras largas en los ómnibus o en la extensa procesión que es 18 de Julio. Nadie que se tropiece con alguien deja de pedir disculpas y de sonreír, de mostrarse atento con el otro. Esto es algo para considerar. El Presidente Mujica, en el comienzo del acto, señaló de forma muy oportuna que la felicidad que se estaba viviendo era una cosa única, una cosa cuya propiedad no se la podía reservar ningún partido político, ningún club, nadie. Y eso se veía en la sorprendente escasez de banderas de Nacional o de Peñarol que había colgadas en los balcones, y en la apabullante presencia del Pabellón Nacional. Miles de Pabellones Nacional. El mismo Pabellón Nacional que se resignifica otra vez más, se carga de una fuerza nueva y hace ver el de la Plaza de la Bandera, levantado por el último gobierno militar, ahora como algo inédito... De hecho, una doble presencia de poderío como lo fue el paso de homenaje de dos jets de combate A37B, del Escuadrón de Caza de la Fuerza Aérea, que ensordecieron al público y que obligaron al "Maestro" Tabárez a interrumpir su discurso, fueron tomados por el público casi con el ánimo fascinado de un niño. O más: el mismo canto del Himno Nacional por miles y miles de personas al unísono expresó una unión que no se hallaba en este país desde hace mucho tiempo, y que los jugadores trajeron desde África con su capacidad para sacrificarse por un ideal, aspecto cuya expresión más ilustrativa sea quizás la "mano de Suárez" ante Ghana. Sin embargo, en esa desbandada por Avenida del Libertador, toda la gente tiene la sensación de haber asistido al reencuentro con personas queridas desde hace mucho tiempo... Y esto son los jugadores de Uruguay: buenas personas. De algún modo u otro llegaron a convencer al pueblo uruguayo de ello; algo tan simple y a la vez tan difícil de demostrar. Cuando Sebastián Abreu toma el micrófono y la conducción del acto, sorprendiendo a todos, y afirma que recibe la medalla de la Presidencia de la República como "mejor suplente del mundo" por ser el sustituto de Diego Forlán, las carcajadas estallan. Es preciso que haya un grupo humano muy muy bien consolidado, en el que cada uno sabe cuál es su sitio dentro del conjunto, para que una frase así sea leída sin doble interpretación. No hay líderes negativos en esta selección uruguaya, no hay un asomo de rencillas ni de lucha de identidades. La gente lo sabe de forma profunda. Y por eso, como en los grandes ciclos míticos, los jugadores de este equipo regresaron del otro continente y cumplieron con el único objetivo que les quedaba pendiente: el de derramar sobre su propio pueblo la certidumbre de una temporalidad nueva.

domingo, 11 de julio de 2010

sábado, 10 de julio de 2010

Los pulpos son de palo (I)



Ver el partido por el tercer puesto de un Mundial es una forma de presenciar una variante de la misma final del mundo. Y es también uno de esos partidos tan importantes como poco dramáticos en los que llevarse la victoria no está nada mal, pero en los que no es ninguna desgracia mayor salir derrotado. Apenas si queda un registro anecdótico al costado del resultado de la propia final. Tampoco es que con esto le quiera quitar trascendencia a un partido que Uruguay nunca ganó en su historia, y que todos querían ganar hoy cuando apretaron los puños y los dientes en el último tiro libre del partido que Forlán estrelló en el travesaño y dejó el partido 3 a 2 a favor de los alemanes. Otra vez la bronca por el mismo resultado que nos dejó fuera de la final, y otra vez la bronca por la falta de suerte que en ambos partidos, sin despreciar que se perdió bien antes dos grandes rivales, nos torció el curso en los instantes menos indicados. Hace una semana, antes del partido contra Holanda, un amigo me confesó que sentía un miedo enorme de que hubiéramos agotado todas nuestras reservas de "fortuna" tras el partido contra Ghana, como si esto fuera un videojuego en el que se acumulan "poderes" y se los administra con mayor o menor conciencia. La verdad es que si se observa una y otra vez el penal que marra Asamoah Gyan, cumplida la hora del alargue, todavía es algo inconcebible. La presunción de mi amigo parece estar bien explicada ahora, luego de quedarnos definitivamente con el cuarto puesto; pero también todos sabemos en este país las cosas que habríamos sacrificado de nuevo por jugar una instancia semifinal. Una de ellas fue contundente: que Suárez se perdiera el partido ante Holanda.
En cambio ahora, cuando estamos más allá de las previsiones, los nervios, los cálculos y las arengas, lo que podemos sentir es un orgullo inconmensurable por la pasión que estos futbolistas demostraron en cada segundo de juego. Tan sólo la forma en que Diego Pérez va al suelo y le roba la pelota a Schweinsteiger para el empate de Cavani, pone de ejemplo una vez más la decisión de este equipo de querer llevarse el partido por delante, siempre. Ese hecho... O cada unos de los cierres de Jorge Fucile o de Diego Godín, o la corrida por derecha de Egidio Arévalo Ríos para meterle el centro a Diego Forlán en el segundo gol; todas esas incidencias de juego, como tantas otras (incluso como la desazón de Muslera y de Lugano en cada gol alemán), estuvieron para nosotros, los hinchas de Uruguay, y también para los televidentes del planeta entero, impregnadas de coraje, de amor propio. Eso. Y nada de bravuconería o de prepotencia, viendo el resultado antes de que este se manifestara. No. Nunca. Uruguay salía a cada partido sabiendo que su rival jugaba y que le podía hacer pasar malos ratos, tal como le sucedió. Sin embargo, uno de los aspectos que causan gran satisfacción de este Uruguay es la consideración extrema del rival y la aplicación de una respuesta inmediata al problema que surge ante cada equipo. Esa respuesta no está sólo marcada por el coraje, sino que a eso hay que agregarle la gran capacidad de juego. Como hoy contra Alemania, cuando Uruguay llegaba a ganar por 2 a 1 y los alemanes no encontraban la pelota por ninguna parte. Alemania es un gran equipo. Nadie se habría asombrado si le hubiera ganado a España en la semifinal y hubiera superado a Holanda en la final. Pero Uruguay demostró que se puso a la altura de esos grandes equipos porque reunió lo mismo que ellos: trabajo, temperamento y talento. Lo demás es circunstancial. El fútbol tiene mucho de circunstancial, y por eso es un deporte que amamos, porque también logra sorprendernos siempre. Pero no se llega a los lugares más altos de un torneo gracias a las circunstancias. Por eso da gusto ver a este Uruguay. Cuando se ve en la televisión que la gente regresa tranquila a sus hogares desde las pantallas gigantes ubicadas en las plazas de las ciudades, cuando se ve eso luego del partido contra Holanda y a los días contra Alemania, allí hay un equipo que logró algo igual de importante que un campeonato. Veintitrés jugadores y un cuerpo técnico alcanzaron a tocar una dimensión del espacio entre los individuos que no había sido explorada por mucho tiempo. Y lo lograron mediante una actividad tan inofensiva como el fútbol. Lo lograron trasladando un esférico de un sector a otro de un campo delimitado con líneas blancas, como si se tratara de un actividad abstracta o geométrica... Estos jugadores uruguayos no sólo le regalaron a la gente un cuarto puesto en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica en 2010. Nos otorgaron un valor que ahora es necesario trasladar a nuestras vidas sencillas, donde no hay noventa minutos que nos agobien con su carrera loca. Ese valor se coloca en un punto que está a medio camino entre nuestras preocupaciones, nuestro dolor, y lo que nosotros tenemos para ofrecer. Y como el fútbol es metafórico a un nivel muy profundo de nuestras experiencia y sensibilidad, ahora le toca a cada uno sentarse a pensar cómo se tiene que utilizar este obsequio tan especial.

jueves, 1 de julio de 2010

Mamá, ¿cómo sé si tengo la garra charrúa?


Puesto ante el problema de tener que definir qué es la "garra charrúa" luego de la trabajosa victoria de la Celeste ante Corea del Sur por 2 a 1, un periodista de la agencia Reuters recurre a Pablo Forlán, mítico center-half de Uruguay en los Mundiales de México '70 y Alemania '74, y, obviamente, padre de Diego Forlán. La conclusión final afirma que la garra charrúa es alcanzar el triunfo cuando parecía algo imposible. Dicha conclusión, lo sabemos los uruguayos, está un poco recortada. La garra charrúa como tal podría definirse como un estado, una actitud ante el juego por encima incluso del resultado obtenido. Y aunque la garra charrúa se ha hecho valiosa a partir de los triunfos, uno puede incluso llegar a percibirla en los partidos de los que salimos derrotados. Pero la cuestión es que de un tiempo a esta parte, de muchos años a esta parte, la gente se cansó un poco de la garra charrúa. La gente comenzó a sentir que ante el panorama del fútbol mundial de las últimas décadas, recurrir a la garra charrúa ya se estaba convirtiendo en un recurso atávico. Nadie podía dejar de estar orgulloso de su presencia tutelar, pero todos se estaban dando cuenta de que en el fútbol de hoy no se puede salir adelante solamente con la garra charrúa. A menos que se tenga algo más, claro; a menos que se proponga algo más desde el juego. Y esta selección uruguaya lo propone.
Cuando los primeros 20 ó 25 minutos del partido anunciaban un camino de rosas para Uruguay, con un gol marcado a los 8 minutos por Luis Suárez tras un pase espectacular de Diego Forlán, con un manejo del partido que recordaba a los efectuados ante Sudáfrica y ante México, cuando el sol brillaba sobre la grama y todos podíamos pensar en seguir de largo, Corea del Sur cambió de repente. Aquel equipo timorato que muchos habíamos visto perder por goleada ante Argentina desapareció para siempre del Mundial. Las subidas de Park se hicieron insoportables. Corea del Sur comenzó a complicar a la Celeste con su buen manejo de la pelota. Los defensas uruguayos ahora pasaban a resolver situaciones impensadas unos pocos minutos atrás. El medio de la cancha, donde hasta hace poco rato habían mandado Diego Pérez y Egidio Arévalo Ríos, era propiedad exclusiva de los coreanos. Así culminaba el primer tiempo, con el anuncio de que si Tabárez no proponía algún cambio drástico, el rival iba a pasar de largo.
Pero a la vuelta del partido el cambio drástico fue la salida de Diego Godín, lesionado y reemplazado en el entretiempo por Mauricio Victorino. Con la entrada de Victorino, Uruguay no perdió para el segundo tiempo nada de entrega por parte de sus zagueros, pero sí algunos centímetros. Allí donde Godín podía resolver por arriba los problemas que la altura de los coreanos causaban, Victorino hacía lo que podía, y así y todo jugó un buen partido. Pero todo complicaba. Primero la aparición de la lluvia. Segundo la persistencia de Corea del Sur, jugando exactamente igual a como lo había hecho durante toda la segunda parte del primer tiempo. La pelota se volvió escurridiza y el terreno de juego una verdadera pista de hielo. Los coreanos, con toda su velocidad y su capacidad física desplegada, comenzaron a sentirse cada vez más a gusto con la situación. Llegó un instante en el que Uruguay extrañó aquella época en que nadie le pedía justificarse para cruzar la mitad de la cancha... Así que el merecido empate llegó en el minuto 68. El mareo entre los zagueros y los laterales y Muslera fue tan grande, que cuando cayó el centro ya nadie sabía a quién de los coreanos tenía que tomar. Lugano no llega a cubrir y Muslera sale a medias. Lee Chung Yong cabecea y pone el 1 a 1... El record de Muslera pasó a ser una anécodta para revisar al día siguiente. Tras ese tanto pasó a ser el arquero uruguayo con más minutos sin la valla vencida (390) en un campeonato del mundo, superando al gran Ladislao Mazurkiewicz. Pero todo eso no tenía trascendencia si uno miraba el festejo de los coreanos. A esa altura, aquello ni siquiera tenía olor a alargue. Los fantasmas de la Eliminatoria hacían su aparición cuando menos se los esperaba.
Mucho se escribió y se habló luego del partido acerca de la gran reacción de Uruguay apenas llegó ese gol. Los más con satisfacción y admiración. Otros, un poco dormidos, con cierto aire reprobatorio, se preguntaron por qué Uruguay se había dejado hacer un gol para tener que levantar su nivel de juego. Lo concreto es que la rebeldía de Uruguay, allí donde todos vieron la garra charrúa entrando en acción, estuvo apuntalada por un aspecto nada menor que tiene este equipo: el hecho de que juega bien. ¿Qué significa en este caso "jugar bien"? No es precisamente jugar de forma vistosa, sino saber lo que el partido tiene para darle y lo que a su vez el equipo puede hacer por el partido. Esta selección uruguaya tiene una capacidad de lectura y de manejo del partido importante. Sin ella, la garra charrúa habría terminado transformándose en un berrinche.
Hay un acto clave del partido un poco antes del segundo gol de Suárez, y ese acto no tuvo una consecuencia mayor sobre la incidencia del juego en el que se manifestó, pero sí sobre el resto del partido. Consistió en lo siguiente: En uno de los ataques de Uruguay, no del todo claros, la pelota queda picando dentro del área de Corea del Sur, a medio camino entre dos defensas. Es una de esas pelotas que aunque están dentro de la zona de peligro no llevan riesgo. Los defensas saben que cuentan con la ventaja del espacio y del tiempo para demorar la acción, levantar la cabeza y elegir al compañero mejor ubicado para continuar con el juego. En una jugada así, cuando la pelota queda picando en el área coreana, lejos de cualquier jugador uruguayo, por un callejón, desde muchos, muchos metros atrás, aparece la figura de Diego Pérez peleando por esa pelota y exigiendo a los defensas a realizar un plan de último momento. Diego Pérez no tenía porqué ir a buscar esa pelota. Las probabilidades de que la jugada tuviera un final feliz eran nulas, y las de que el medio de la cancha quedara descompensado, totales. Pero el partido no fue el mismo a partir de entonces. Ese solo acto, en apariencia gratuito, marcó el desarrollo posterior del encuentro.
Y unos instantes después llegó el segundo gol de Suárez; un tiro en diagonal, enroscándose contra el segundo palo. La situación es tan dura e impactante que tiene la misma fuerza y duración de un rayo cayendo en el segundo más desesperante de la tormenta que sacudía esa tarde de Port Elizabeth. Los comentarios sobre cómo ese gol de Suárez dio de lleno en la sensibilidad de la gente van a trascender con los días. Las lágrimas de muchos se vinieron al suelo. Uruguay clasificaba luego de cuarenta años a cuartos de final, pero el hecho más sustancial era cómo lo lograba. El alma o el corazón o la gallardía (todas categorías evanescentes para hablar de fútbol) que demostró este equipo logró conmover a las personas, a las que les gusta el fútbol y a las que entienden poco y se arriman en épocas de mundiales. Ahora todos quieren saber qué más puede lograr este equipo. Muchos se animan a soñar de verdad, sin temor alguno, sin vergüenza. Porque todos confían, todos aprendieron a confiar. Por eso, cuando al final del partido el remate de un coreano pasa entre las piernas de Muslera y se dirige lentamente a la línea de gol, todos, dentro de la ansiedad imperante, entendimos que esa pelota no iba a entrar. Vimos entonces al capitán Lugano trotar hacia ella y salir jugando contra la línea, con los brazos extendidos hacia los costados en la clara señal de "no pasa nada". No pasaba nada: Uruguay había logrado apoderarse del espacio, el tiempo y sus ventajas.

viernes, 25 de junio de 2010

1 a 0 a México o ¡Bienvenidos a "Laputa"!


1:Este país está en el aire

Parece mentira. Parece un sueño. Parece una broma.
Minutos después de que termine el partido entre Uruguay y México, el relator observa la imagen de la tabla de posiciones del grupo A y pide que no lo pellizquen, que no lo sacudan si esto es un sueño. No quiere despertar. Quiere seguir contemplando la crudeza de las cifras que tiene enfrente. Uruguay 7 - México 4 - Sudáfrica 4 - Francia 1... Uruguay acaba de ganarle a México 1 a 0 su último partido por el grupo A, que se ha adjudicado, y espera al segundo del grupo B. Antes del Mundial, cualquiera, y no por pájaro de mal agüero, podía calcular que Uruguay andando bien salía segundo y, medio resignadamente, esperaba por Argentina (primera del grupo B, como resultó ser) en octavos de final, y que fuera lo que Dios quisiera.
Eso fue el martes, al mediodía. En los días siguientes nadie ha hablado de nada más en este país. Nadie ha hablado del Presidente. Nadie ha dicho mucho sobre el levantamiento del corte de Gualeguaychú. No se le da mucha importancia a la suba de precios de algunos artículos, a los hechos de violencia. Y seamos sinceros: ¡ni siquiera al fútbol! Es decir, el fútbol es un tema delicadísimo. Mejor no hablar de él que hablar mal. Mejor no hablar de la selección que hablar con apresuramiento y "secar su suerte". Este país está en el aire. El efecto es muy similar a haber saltado y de repente notar que uno ha quedado suspendido en el aire. Todo es demasiado delicado. Mejor respirar lo menos posible. Mejor no tener ningún pensamiento excedido. Estamos todos suspendidos en el aire. Miramos alrededor y vemos lo magnífico que es, pero nadie se anima a gritárselo al vecino. Calma.
La empleada de la biblioteca municipal que me atiende desde que tengo 15 años me dice siente un poco de pena por los jóvenes... Tiene entre 50 y 60 años, probablemente esté por jubilarse en un tiempo, y te da los libros como si fuera una buena abuela. Se asombra de que sea la cuarta vez que renuevo el préstamo de la novela. "No me digas que estás con todo esto del fútbol... ¿Viste qué bien que estamos jugando?"... Por supuesto, le respondo... He leído menos, he escrito sobre todo acerca del Mundial y he mirado un promedio de dos horas de fútbol por día, la cantidad de horas que suelo usar para leer. La mujer me habla de los festejos en San Carlos el día martes a la tarde. Pero tiene miedo. Tiene miedo de que los jóvenes se entusiasmen demasiado y se frustren con una derrota de Uruguay. Mejor no festejar nada por el momento: esa es su conclusión. Hacemos un par de chistes (malos) sobre Corea del Sur y nos despedimos. Regreso a casa y dejo la novela sobre la mesa del living. "Hasta otro momento, novela, ahora tengo que escuchar en la radio el partido entre Holanda y Camerún".
Pero sigo con algo de los libros en la cabeza. Esta idea del país en el aire, de todos abombados por un sentimiento demasiado placentero como para distraerse, no me parece original. Busco, busco, busco... Y claro, llego a "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift. En la tercera parte de esta novela el capitán Gulliver llega a una isla flotante, un país pequeño llamado Laputa (así en su original en inglés). Esto parece broma, también. Me acuerdo de mi padre hablándome por teléfono "¡La puta! ¡Qué partido hizo Uruguay!". Me acuerdo también de un amigo comentándome el balinazo de Guardado que pudo haber sido gol de México antes del gol de Suárez: "¡La puta! ¡Qué guascazo que sacó el mexicano!". Etcétera, etcétera. Pero prestémosle un poco de atención a la descripción que el capitán Gulliver hace de los habitantes de Laputa apenas llega: "Al parecer, las mentes de esta gente están tan absortas en intensas especulaciones, que no pueden hablar ni escuchar lo que dicen los demás a menos que los despierten mediante algún contacto exterior sobre los órganos del habla y del oído"

2: La comprobación... El peso de la sangre...

Lo que se pensaba que era difícil sucedió. Uruguay confirmó contra México su brillante partido ante Sudáfrica. Controló a un rival quizás superior al conjunto africano. Se defendió muy bien y esperó hasta que Forlán agarró desacomodado el fondo de la selección azteca, tiró la pelota a la derecha para que Cavani a la carrera metiera el centro al segundo palo, bien medido para la cabeza de Luis Suárez. El arquero de México se estiró pero no llegó. No llegaba ni teletransportándose. En total, desde que la pelota fue tomada por Forlán, la jugada no duró ni cinco segundos. Suarez agita ambos dedos índices mientras corre hacia el corner, como si dijera entre su sonrisa dentuda "¡Yo les dije! ¡Yo les dije!". Antes habíamos pasado el susto de la pelota que Guardado metió contra el ángulo y que Muslera no atajaba ni en el replay. Pero también Uruguay había creado algunas buenas situaciones de gol como para merecer largamente el gol de Suárez. Y en seguida se vino el final del primer tiempo, y después el segundo, y las preocupaciones de los mexicanos, que se resistían a la suerte de tener que enfrentar a Argentina en octavos de final. Pero el partido pasó como un suspiro. Fue intenso. Pero de una intensidad mínima. Uruguay pudo haber hecho algún gol más y haber liquidado el encuentro. Incluso la posibilidad de que México empatara era casi nula, salvo un cabezazo que bien puedo haber sido el empate. Sin embargo todo era natural. Uruguay le daba la pelota a México y este equipo la hacía rodar por toda la cancha con cierta ilusión de llegar al gol. Pero nada. En realidad parecía más un juego de gato y ratón. Parecía todo irreal. No era eso el Uruguay del sufrimiento, el Uruguay de la sangre charrúa. Hasta que el peso de la sangre se reveló y lo vio todo el mundo en una reiteración. Diego Pérez salta a cabecear y su sien derecha se corta contra la cabeza de un rival. Y de ahí a la sangre, al derramamiento de sangre que alimentaba la presencia de nuestro dios particular y lo hacía fuerte. Pérez tuvo que salir del campo de juego, cambiarse de camiseta y esperar a que se le aplicara sobre la cabeza un apósito de color... ¡¡¡celeste!!! ¡De qué otro color iba a ser! Pero el color de la sangre opacaba al cabo de los minutos la claridad de la tela. La sangre estaba allí debajo, agolpándose. No había arreglo en el partido. Era lo que era. Uruguay ganaba bien. Y la sangre estaba y un pueblo lo agradeció suspirando aliviado.

jueves, 17 de junio de 2010

Naaa, piensa que...


1) Hay que atacar a Argentina. Péguenle al arco de lejos. Apuren a de Michelis, etcétera.
2) No lo puedo superar. Cada vez que veo jugar a Corea del Sur o a Japón y hay un plano medio, o algo así, y el jugador se queda quieto, como pensando algo, se me viene a la cabeza "Super campeones". Mi teoría es: el fútbol asiático va a llegar a la cumbre el día en que puedan separar del todo el tiempo cronológico, que es el tiempo predominante en este deporte, del tiempo del relato, es decir todo lo que duran en su cabeza las cosas que se imaginan que van a hacer con la pelota mientras Argentina y Brasil les hacen los goles.
3) Sin embargo, un sin embargo como de aquí a la Luna, parece que Argentina se está durmiendo la terrible siesta del fauno. O, en términos de mecánica, tiene el motor en moderación. O está ganando como un boxeador que va volteando sparrings rumbo a la pelea final. Elíjase la comparación que se desee. O ninguna.
4) Si los cálculos no me fallan, Messi todavía está en un 68,373634 % de sus posibilidades como jugador, lo que quiere decir mucho.
5) ¡¡Anelka no puede ser el centrodelantero de Francia!! Henry sigue jugando al fútbol con los pies...
6) Francia, lamentablemente, ya parece una selección de patovicas recolectados en boliches de la Costa Azul, más algún buen jugador como Toulalan o Ribéry.
7) Por ende: ¡Viva México!
8) Si los cálculos no me fallan, estaríamos enfrentando a Corea del Sur en octavos de final. Y en cuartos jugaríamos contra Inglaterra. ¿Alguien quiere más? Bueno... ¿A quién no le gustaría una final entre sudamericanos?
9) Ver 10.
10) Díganme la verdad... ¿Quién no sintió miedo, miedo de verdad, miedo elemental, arcaico, cuando vio a Suárez regresar a la cancha con un algodón en la boca? Parecía que sus paletas se habían desarrollado de pronto o que, fruto de los tantos golpes que recibió, se le estiraron un cacho más desde la mandíbula. Me asusté tanto... Pensé que era la morsa.

martes, 15 de junio de 2010

Apuntes del tipo "lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar"


1: Mi padre es un tipo muy peculiar. Suele enviarme mensajes de textos en cualquier momento del día, y esos mensajes a veces me llegan en situaciones absolutamente irreconciliables. Por ejemplo: estás saliendo de la presentación de un libro, o llegás del supermercado con todas las bolsas cortándote los dedos, te suena el celular y recibís el siguiente mensaje: "Ajax para Lodeiro guacho bien". En momentos de cansancio por las actividades a lo largo de la jornada, esos mensajes son pequeños oasis de alegría, aun cuando el mensaje diga: "Pakistán terrible 5 muertos". Lo que posee esa especie de parte o telegrama deportivo, político o policial que se desarrolla día a día es simplemente la presencia de mi padre, que está ahí pensando en mí. No tiene nada de misterioso. Esta tarde, mientras caminaba por un pasillo del liceo yendo a buscar a un estudiante que no había asistido en toda la semana pasada, suena el celular: "paraguay 1 italia 0". Y me sentí dos veces contento.

2: No hincho nunca por Italia. No me simpatiza la selección de Italia. No me gusta cómo juega, y si me gustara, creo que el caso no sería distinto. Pocos de sus jugadores admiré (Roberto Baggio, Alessandro del Piero...). De niño yo ya escuchaba a mi madre hablar en italiano, mis bisabuelos eran italianos, mi abuelo era italiano, mi hermano vive en Italia y es ciudadano italiano, su pareja es italiana, admiro profundamente, hasta los huesos, a Federico Fellini, de niño en el club me llevaba de maravilla con cuatro o cinco italianos que llegaban cada verano, ansío conocer Mioglia, un pequeño pueblo de Savona cuya población es cada vez menor, hasta lo alarmante, y en donde nació en 1874 mi bisabuelo Giuseppe Bertolino. Giuseppe Bertolino fue uno de los primeros inmigrantes que se asentaron en el barrio Nuevo París, de Montevideo. Hoy en día Nuevo París es un sitio donde la mayoría de los hijos y los nietos de esos inmigrantes italianos, judíos, polacos, yugoslavos, armenios, continúan sus días en esas calles que demarcan los puntos absorbentes de las curtiembres de la zona. Incluso allí está establecida la editorial La Propia Cartonera, que publicó el año pasado mi relato "Los alienados", a tan sólo dos cuadras de la casa de la calle Triunfo en donde creció mi madre, rodeada de fincas con quintitas en el patio y con vides, y discusiones de viejos borrachines de vino dominguero gritando a sus hijos "Mascalzooooone!!!" como todos unos personajes de una novela de John Fante. Una cosa así es impactante. Parece que tengo motivos de sobra para hacer de Italia mi segunda selección del Mundial, luego de Uruguay, lógicamente.
Sólo una vez vibré y me emocioné con Italia, pero fue porque el rival, Alemania, me resultaba un tanto más insoportable. Fue durante una de las semifinales de Alemania 2006, cuando los italianos enfrentaron a los locales y los dejaron afuera. Mi hermano Franco vivía en Nuevo París porque por esa época cursaba una licenciatura en composición en la Facultad de Música. Yo había ido a visitarlos a él y a nuestra abuela Elcira (Devitta), aprovechando mis vacaciones de invierno. Cuando Grosso convierte aquel gol tan duro e inesperado casi al final del segundo tiempo del alargue, Franco y yo saltamos de la alegría. Y unos minutos después, cuando del Piero cierra la clasificación definiendo con calidad extraordinaria ante la salida de Lehman, abriendo la cara interna de su pie derecho y mandando el envío con comba al palo más alejado, en ese instante saltamos cantando "Iiiiitaaaaaaaalia... Iiitaaaalia...". El encuentro duró poco minutos más, y después salimos a la calle a escuchar los ruidos de los petardos que tiraban varios de los vecinos del barrio para festejar el pasaje a la final. Pero fue la única vez. Al siguiente partido, en plena final, ya estabábamos hinchando por Francia, totalmente fascinados por la reaparición merecida y sorprendente de Zinedine Zidane a partir de su partido de octavos de final ante España, un acontecimiento sobre el que ya escribí algunas cuantas líneas. Y por ahí queda la cuestión. No puedo, no puedo hacerlo. Me aburre excesivamente el calcio, no puedo soportar los compactos de goles de la liga italiana donde el 102.5 % de los goles (porque los replays son insufribles) son de jugadas surgidas desde amontonamientos, o rebotes, o tiros libres con forcejeos extremos en el área, etcétera, etcétera... Por eso un jugador como Ronaldinho Gaúcho terminó por no ir al Mundial. Pudo haber descollado en el fútbol español, acorde a sus movimientos, pero no en el Milan. ¿Una respuesta final?... No tengo idea. ¿Es la aversión al catenaccio una explicación? ¿Es lo prosaico y oportunista? No, nada de eso. Quizás lo sepa mucho después.

3: Consigo llegar a ver el segundo tiempo del partido....
Minuto 59. Sale Marchisio e ingresa Mauro Camoranesi en la selección italiana. Acapara el medio del terreno, convierte en un poco más ágil el trabajo de los volantes italianos. Es dinámico, despierto, inteligente, de buena técnica. Corre, marca, llega a las pelotas casi perdidas, pasa la pelota, se libera de la marca. La recibe, la distribuye de nuevo. Traba, llega a tiempo. No llega a tiempo. Se gana la amarilla. Algunos minutos después quizás merezca otra amarilla, pero el juez mexicano la deja pasar y sólo cobra foul. Italia ya ha logrado empatar el partido. Camoranesi es de los que sienten atravesando la lluvia que el partido puede ser ganado. Paraguay se repliega y busca el contragolpe milagroso para un gol de Vera o de Santacruz. Mauro Camoranesi....
Mauro Camoranesi. 33 años. Nacido en Tandil, provincia de Buenos Aires. Cada vez que lo veo jugando por Italia o por la Juventus, se me hace difícil no pensar en la pobreza de gran parte de nuestro fútbol y partir de allí hacia la impotencia. Mauro Camoranesi se consagró campeón del mundo en Alemania 2006. En 1997, había jugado toda la temporada en Wanderers, de Montevideo, y sus asentaderas tan cotizadas hoy en día calentaron las maderas despintadas de más de un banco de suplentes en muchos barrios de Montevideo. Camoranesi, sea por lo que sea, pasó de Wanderers a Banfield. No jugó ni en Peñarol ni en Nacional. Lo veo a Camoranesi y me dan ganas de llorar.

4: Bueno, hoy Japón le ganó a Camerún 1 a 0. El gol de Japón lo hizo un japonés. Y también Holanda le ganó a Dinamarca 2 a 0...

5: Desplazamientos. Uruguay. Paraguay. Charrúas. Guaraníes... Guaraníes. Guaraníes... Es ya sabido que la selección paraguaya, que empató con justicia hoy ante el último campeón del mundo, ocupó de por lo menos quince años a esta parte el lugar que Uruguay ocupaba en el concierto del grupo de los sudamericanos, es decir el lugar del telonero que a veces es invitado a subir al estrado donde cantan Brasil y Argentina. Ahora está allí Paraguay. Y Paraguay le pasó su sino a Uruguay. Viéndolo jugar a Paraguay como hoy lo vi jugar contra Italia, se me vino a la cabeza que quizás ofrezca un ideal de cómo tendría que ser en parte el juego de nuestra selección, o cómo podría evocar un pasado más o menos inmediato de la Celeste. Tiene fortaleza, decisión, cierta precisión y cierta contundencia que acá parecen haberse difuminado entre los elogios de la prensa, los negocios de Casal y las políticas de selección improvisadas o enclenques hasta, posiblemente, esta política de trabajo de Tabárez. Pero nosotros somos los charrúas, y ellos son los guaraníes. Si, como dice Daniel Vidart en su libro "La trama de la identidad nacional", no hay una presencia aún todavía debidamente documentada de esa tribu en nuestro territorio, como sí lo hay sobre la guaranítica, el mote de nuestra selección es un artificio, casi casi como lo podía ser la figura de Martín Fierro para Borges. O como sostiene Carlos Maggi en una nota de Marcha que el mismo Vidart recoge para otro de sus ensayos ("Sobre la identidad nacional"): "Hay quienes sostienen que tenemos sangre charrúa porque no tenemos charrúas". Desplazamientos... Los paraguayos son los guaraníes. De hecho, hablan la lengua guaraní: la sangre siempre caliente del lenguaje los nutre por igual.

6: Dudas. Iusiones. Dudas.... Dicen que Forlán va a jugar de enganche contra Sudáfrica, y que le cede su lugar en la cancha a Cavani. Más desplazamientos... Sacrificamos a los mejores por inaptitudes ajenas, nivelamos para abajo...

7: Messenger mental:
Xavi: "Si ganamos, me tiño el pelo con los colores de España." (en El País, de Madrid)
Yo: Te entiendo.

sábado, 12 de junio de 2010

0 a 0 con Francia, o cómo hacer para que no me pisen los huevos


Lo vio todo el mundo. En el segundo tiempo el juez Nushimura paró una acción de la selección francesa. Entre los cambios de cámara y que el problema aparentemente se resolvió de inmediato, quizás se haya demorado un poco en entender qué era lo que pasaba. Nada más que lo que se llama un "objeto extraño" en el campo de juego. En este caso dos globos celestes unidos por sus nudos. El replay definitivo muestra a los globos celestes en un primerísimo primer plano, recortados con perfección sobre el verde flamante del césped del estadio Green Point de Ciudad del Cabo. De repente, en cámara lenta, aparece un botín amarillo y pisa el globo de la izquierda y lo hace estallar. La cámara es tan, pero tan lenta que vemos el curso de la goma contrayéndose y algún que otro pedazo despistado saltando a la nada. Luego, de forma muy anunciada y terrible, el botín reaparece, una vez más de arriba hacia abajo, y revienta el globo de la derecha. Chau, globos celestes.
Ahora, ahora mismo, pensemos por un momento que esos globos celestes, ya que estamos, ya que eran celestes, en fin, representan el "carácter" de Uruguay, los "huevos", lo-que-hay-que poner-cuando-hay-que-poner-lo-que-hay-que-poner", todo eso. Es una metáfora demasiado evidente, pero da lástima dejarla seguir de largo. Así que ahora tenemos el botín amarillo, que aparece súbitamente desde arriba hacia abajo y manda a la miércoles los dos "huevos".
Uno puede pensar que en el minuto 81 Nicolás Lodeiro cometió una de las tonterías más grandes de lo que va de su corta trayectoria profesional. La jugada no admite réplica. Lodeiro va con la suela hacia adelante y la calza contra el cuello del pie de apoyo de Bakary Sagna. Cualquier otro jugador que no hubiera sido Sagna, que parece esculpido en bronce, terminaba fracturado o por lo menos bastante sentido como para terminar abandonando el campo de juego. Cuando el árbitro japonés es enfocado, corriendo hacia el centro de la acción, la tarjeta amarilla en su mano parece más bien una delicadeza exagerada. Lodeiro ya había recibido una tarjeta amarilla cuando ya llevaba poco tiempo como reemplazante de Ignacio González. Su expulsión ya va camino de ser uno de esos detalles que se recuerdan de Uruguay en los Mundiales, del tipo del cabezazo del "Chengue" Morales que pudo haber sido el cuarto gol contra Senegal en Japón y Corea del Sur 2002, o el penal errado por Rúben Sosa contra España en Italia '90 o, de forma algo similar, la expulsión inmediata, a los 56 segundos de ingresar al campo de juego, de José Batista, contra Escocia en México '86. Sin embargo, el problema no es de Lodeiro. Si bien su falta fue desmedida, estaba en sintonía con algo mayor, expresaba un estado de cosas que era muy superior a él en ese instante del juego. Por eso cargar sobre sus espaldas el hecho de que Uruguay se viera al borde de la derrota es en cierto modo una especie de canallada. Porque no hay que exigirle mucho a un chico de 20 años que es un muy buen jugador y al que se lo insertó en la selección en los partidos de repechaje ante Costa Rica como alternativa de algo que en realidad ni siquiera existe en la selección: un conductor del juego, un armador de jugadas. El vacío que Lodeiro dejó con su expulsión en realidad ya estaba en la cancha desde el inicio del partido. Estaba presente en la imposibilidad de Ignacio González de poder concretar alguna jugada clara que abasteciera a Forlán o a Suárez. Por eso Forlán hizo un muy buen partido, y por eso Suárez hizo un muy mal partido. El primero de ambos tuvo que bajar varios metros para poder encontrar la pelota, pasársela a alguien, pedir que se la devolvieran y generar con alguna gambeta el espacio necesario como para sacar un remate franco al arco: cosa que hizo en el primer tiempo cuando Lloris, el arquero francés, no tuvo más remedio que rechazar a un costado el tiro. En el caso de Suárez, sus intentos fueron vanos. No pudo retener la pelota, no estuvo claro para pasarla, etcétera, etcétera...
Casualmente, Francia sufrió el mismo mal: no tener a alguien que pudiera armar el juego, alguien que hiciera que sus compañeros se mostraran como opciones de pase, libres por completo de marca. Ribéry tuvo algunas incursiones muy buenas por la izquierda, pero en todos los casos la defensa uruguaya, mal o bien, lo resolvió, sobre todo con un gran juego de Diego Godín y con la seguridad en el arco que presentó Muslera. Además, el hecho de jugar con Anelka y no con Henry como delantero nos alivió bastante. En mi memoria de espectador de fútbol por televisión, tengo a Anelka como el jugador que más goles claros ha errado en la Premier League. Así que verlo jugar me causó una gran satisfacción.
Lo otro que reveló la expulsión de Lodeiro en realidad estuvo siempre visible en las Eliminatorias, y es la escasa posibilidad de recambio de esta selección dirigida por Washington Tabárez. Y ni siquiera pasa porque se dude de que pueda tener buenos resultados. Es simplemente que nos hemos acostumbrado a los equilibrios precarios. Y cuando el equilibrio es precario, lo que hay que tener es temple, carácter, y Uruguay es un equipo que lo tiene de sobra, hasta el punto de que nos ha hecho conmover sinceramente a sus hinchas. Así que lo terminó demostrando en esos quince minutos finales en los que Francia nos metió contra el arco y buscó romper de una vez por todas el 0 a 0 que en cierto modo reflejaba bastante bien lo que había sido el encuentro. Si uno no fuera hincha de Uruguay, ni de Francia, con toda probabilidad este partido hubiera sido un aburrimiento total.
Pero atendamos un poco a esos minutos finales. Sebastián Abreu, que había entrado por Suárez y que era la opción de encontrar en una pelota aérea el gol de la victoria, terminó siendo un pilar de la defensa. Forlán jugó pegado a los volantes centrales. Cada envío que llovía buscando la cabeza de Henry era un fastidio. Lugano y Godín volaban, cabeceaban, se tiraban al suelo. El "Palito" Pereira jugó hasta el borde de sus capacidades físicas. Todo fue el sufrimiento total. Si a Francia le quedó la amargura de no haber podido obtener el triunfo, creo que a nosotros nos quedó el sabor en cierto modo dulce de comprobar que nuestra "garra" estaba presente. Lo de Lodeiro, en sí, fue la expresión extrema de ese sentimiento, que llevó a su vez a sus compañeros a redoblar la actitud.
Ahora quiero decir por qué este partido me dejó feliz...
Uruguay no va a ser nunca más campeón del mundo. Admitámoslo... No sólo pesa sobre nosotros el hecho de ser un país con pocos atractivos y poco peso para el resto del mundo, sino que el hecho de que ganemos otra vez un Mundial debe estar entre las opciones de menor rédito para la FIFA. Y por si fuera poco, el tiempo es breve y está el asunto del calentamiento global, o de la bomba atómica en poder de Irán o de Corea del Norte... Es decir, ¿qué nos queda por hacer ante tan aplastante panorama? Simplemente molestar. Molestar todo lo posible contra los intereses, aún considerando que nosotros mismos entremos de vez en cuando en el concierto de esos intereses. Pero como nuestras chances siempre son mínimas, siempre seremos una molestia, un dolor de cabeza, una pateadura en el culo. Como lo fuimos ahora para Francia, una de las supuestas potencias del fútbol, último vice-campeón mundial, un candidato, sino de primera, de segunda línea para ganar el Mundial. Va de nuevo: admitámoslo, y entonces va a ser más divertido, quizás el juego nos dé verdaderas satisfacciones, como la de ayer. Los franceses haciendo lo posible por regresar al pedestal del que han descendido, contra sus periodistas, contra su afición... Había que verlos, era muy gracioso. Y si uno ponía el televisor en "mute" y encima colocaba algún disco de Chayanne o de Ricky Martin, todo era mucho más gracioso. En serio. Y nosotros, nosotros que pudimos haber sido descalificados por Costa Rica, pusimos una piedra más en el camino. Esas cosas...
Pocas horas después del partido, me encontré con que un amigo en facebook había publicado las siguientes palabras: "Estos modernos futbolistas metrosexuales... ¡hay que lijar, pasarlos por lo carpido!, ¡basta de efectos comerciales, hay que ser URUGUAY!! Huevo, garra, codo, rodillazo, paralítica; palabras suplantadas por segunda pelota, galácticos, show, ser cautos... ¿Qué calculadora?... Sacá el ábaco y partíselo en la cabeza". Aparte de conmovedoras, estas frases son todo un dechado de capacidad de síntesis de instinto tribal, como vemos... Y aunque la verdad es que hay que decir que algunos de nuestros futbolistas pueden pasar por galácticos, sobre todo los goleadores de Europa Forlán y Suárez, y aunque algunos otros tengan algo de metrosexual, caso de Lugano o de Muslera... la verdad, continúo, es que hay que decir que estamos muy lejos de que esa sea nuestra norma o nuestra necesidad. Y creo que nos gusta mucho que se libere en los partidos todo lo que no tiene que ver con eso: ver a Arévalo Ríos, petizo, morocho, surgido como de las profundidades de la tierra, por fuera de todo el artificio de la prensa y el manejo de la imagen, trancando y llevándose por delante a todos, ver a todos esos sabuesos del medio campo repartiéndola a diestra y siniestra, atendiendo por número; ver esas cosas que nos hacen también distintivos, y saber que están otra vez más allí en un Mundial y que las cámaras se lo muestran a todas las personas del planeta, eso, todo eso es embriagador, y para todo lo demás está Master Card.
Las estadísticas del partido dirán, sin embargo, que Francia cometió más faltas que Uruguay. Pero sus infracciones y su juego brusco no podrían hacer asomar lo mismo que en nuestro caso. Por eso, ahora que recién empezó el Mundial, pensémoslo bien: ¿qué vamos a hacer con el poco tiempo que nos queda? Aguar la fiesta... Es lo que nos encanta, como cuando nos cuentan que Jules Rimet tuvo que improvisar su discurso al entregarle la copa a Obdulio Varela. Quizás la escala hoy sea otra y Maracaná ya se ha convertido en un modelo arquetípico. Pero ante un tipo de fútbol que difícilmente podamos alcanzar por el beneficio de los modelos económicos que nos agobian hoy, ¿qué más podemos ofrecer sino el carácter? Eso de pronto explique por qué en algún lugar donde se halla nuestra información genética los globos celestes aplastados por el botín amarillento-dorado, a un nivel así de profundo, nos dolieron.

martes, 8 de junio de 2010

Aira, el Mago, realidad, ¡blup!

(César Aira y Diego Recoba; Nuevo París, mayo de 2010)


A las nueve de la noche en punto había cuatro tipos en el bar.
Uno había estado apoyado contra el mostrador, mirando a la distancia el informativo en un televisor 14 pulgadas y cuidando el lugar hasta que llegara el dueño. En un pocos minutos aparecieron entonces el dueño y un tercero, ambos cargando media docena de bolsas de supermercado que terminaron desparramando encima del mostrador. El que había estado cuidando el bar separó hacia su lado una bolsa con algunos kilos de chorizo. Después apareció el cuarto hombre, y entre los cuatro comenzaron a quejarse del frío. Luego se pusieron a hablar del partido que Nacional había perdido contra Cruzeiro el miércoles anterior por la Copa Libertadores. De ahí pasaron a comentar cómo había jugado el "Tito" Ferro, y eso los llevó a un retorcido y poco inteligible repaso de algunas campañas del Salus FC... Jugadores que habían surgido del club y que ahora estaban en el extranjero; jugadores que no habían llegado a tanto; jugadores de los que uno se acordaba y otros no... A los minutos uno rechazó un vaso de whisky y se puso a hablar de que había dejado la bebida. Después se levantó la camisa y se palpó la panza. "Mirá todo lo que me falta ahora", dijo.
Eso fue a las nueve de la noche, a un costado de la calle Santa Lucía, en el barrio Nuevo París, de Montevideo.
Una hora más tarde, apareció allí el escritor argentino César Aira. Todas las miradas saltaron en seguida sobre ese hombre de algo más de un metro ochenta de altura, andar cansino y gestos lentos y benevolentes, enfundado en una gruesa campera de nylon verde. Era el escritor que habían estado esperando.
César Aira. Nacido en Coronel Pringles en 1949. Autor de más de medio centenar de libros. Considerado uno de los autores más influyentes de la actualidad en lengua española. Lo mismo polémico que indiferente al parloteo intelectual. Lo mismo afectuoso que encarnizado en sus juicios. Lo mismo simpático que levemente ausente. Ese es el punto. De Aira, incluso desde su alrededor, surge cualquier cosa. Ese es, de nuevo, el punto.
Visto desde una altura de uno o dos kilómetros, en medio de una de las noches más frías en lo que va del año, el sitio en el que se halla el bar Clase A, de Nuevo París, apenas si puede ser visible, desplazado como está por la luminosidad del centro de la capital. Sin embargo, se está produciendo allí un acontecimiento que con los años podrá ser recordado como una curiosidad extraordinaria de las tantas que aparecen dispersas en la historia de la cultura uruguaya... 7 de mayo de 2000. César Aira presenta su libro "Mil gotas" en el bar Clase A de Nuevo París, también taller de la editorial cartonera La Propia.
Aira da unos pasos sobre el piso de portland del amplio salón del bar del Armenio, observa la mesa en donde hablará en un rato, el aparador con los libros de La Propia, los adornos del otro lado del mostrador: una foto de Gardel vestido de criollo, una boa de cartón con el nombre de la editorial, una camiseta de Danubio... En esos minutos previos Aira termina apoyándose contra una de las dos mesas de pool del sector izquierdo del bar y charlando con las personas que de a poco están llegando. Cuando se le pregunta si es la primera vez que viene a Uruguay, Aira abre bien los ojos como si se lo hubiera acusado de algo vergonzoso. "No", responde, "Vengo por lo menos dos veces al año". Entonces la pregunta se afina: "¿Es la primera vez que presenta un libro en Uruguay?". Ahí el escritor baja la guardia y asiente con una melancolía visible. "Sí. La primera vez...". El tema, a partir de allí, es Uruguay...
-¿Sigue pensando que, como dijo en su ensayo sobre Copi, Uruguay es una extrañeza en sí misma, un "objeto artístico a priori"?
-Es que es como un país de juguete... -dice, y se sonríe muy despacio, como si no hubiera apuro, y la sonrisa se queda fija en su rostro -Una vez estuve en México -continúa -en un congreso sobre literatura argentina y uruguaya, y dije que en Uruguay no había regionalismo, porque era tan pequeño que no había región... A la salida me agarró Pablo Rocca y uuuuuhhhhhh, me dijo de todo... que Tacuarembó, que esto y que lo otro... -y vuelve a sonreírse.
Aira continúa con las anécdotas y con el tema de la relación entre su país y el nuestro, el tema de esa tradición argentina que consiste en ubicar gran parte de sus pasiones en este lado del río Uruguay, desde Hudson, pasando por Borges y hasta el mismo Copi. Como ejemplo, entonces, relata un encuentro entre Enrique Estrázulas y Borges. El escritor uruguayo llega al apartamento de Borges para entrevistarlo. La charla se extiende por horas, y en un momento dado Estrázulas se permite corregirle a Borges que en uno de sus cuentos ubicado en nuestro país, donde un personaje dice: "Viva el Presidente de la Nación", debería decir "Viva el Presidente de la República", porque los uruguayos no utilizan el término "Nación". Borges se alarma y le pide a Estrázulas el teléfono para avisar urgentemente a la correctora de la editorial Emecé. "Maestro", le responde Estrázulas, "son las tres de la mañana" (*)
En eso llega el perro del Clase A, también mascota de La Propia. Es un perro negro, robusto y con ojos bonachones que se lo queda mirando a Aira como si estuviera a punto de explicarle algo. Aira se queda concentrado en la mirada del perro y pregunta cómo se llama "Mago", responden. El "Mago" es un perro tan tranquilo como enorme, apenas si huele un poco a cualquiera que entre al bar. Pero basta tan sólo el amague de que le van a arrojar algo por delante para que se adueñe de él la excitación más descontrolada. Cualquier cosa que le lancen él la va a buscar. Una botella de plástico, un bollo de papel, un cascote. Lo que sea. Cuando lo captura empieza a sacudir la cabeza hacia ambos costados y a veces la baba salta en todas direcciones. Algunas veces no se aguanta y arremete contra las tapas de los libros que se están secando en el patio del Clase A y las deshace con furia mientras los chicos corren detrás de él. Pero eso sólo algunas veces. Muy de vez en cuando. Es un perro que necesita algo más de lo que precisa cualquier otro. Pero el "Mago" es, esencialmente, un perro bueno. Así que Aira se queda sorprendido un instante después cuando alguien le recuerda que el animal se llama igual a una novela suya ("El mago", 2000). Casi parece que está a punto de decir algo al respecto, pero entonces lo llaman porque la presentación está por comenzar.
Una vez que Diego Recoba (uno de los editores responsables de La Propia) dijo unas palabras sobre el escritor argentino, Aira se dedicó a hacer aquello que le sale tan bien y que ratifica siempre en cada una de las entrevistas que se le han hecho: la capacidad de escandalizar, romper con los prejuicios de sus espectadores y al mismo tiempo dejar en ellos una huella profunda de humanidad y de pasión por el oficio de la escritura.
Mientras el aroma de los chorizos en la parrilla llegaba hasta el público y el ruido de los ómnibus pasando por Santa Lucía superaba la capacidad del cubo Samick al que estaba conectado el micrófono, la voz de Aira se desgranaba en el Clase A con su suavidad gangosa, tanto para aquellos que lo habían ido a ver, escritores, periodistas, estudiantes (o todo al mismo tiempo), como también los desprevenidos clientes habituales del Clase A que llegaban para el inicio de la madrugada de sábado a puro alcohol y cumbia.
Luego de leídas las dos primeras página de "Mil gotas", fueron un capítulo aparte sus opiniones sobre el nuevo cine argentino ("habría que hacer una pila con todo ese celuloide y prenderlo fuego"), la literatura política ("vivir de reivindicaciones y de desaparecidos no es ya honesto, creo...") o Cortázar:
-Cortázar es un escritor de iniciación, que releído treinta años después descubrimos que es una bazofia y que no renunciamos a ello por no defraudar esa juventud... Cortázar inventó el cuento del vaciado de información y eso fue una mala influencia para los nuevos cuentistas argentinos. Es muy fácil retacear información: queda una cosa miesteriosa, sugerente, barata...
Un periodista entre el público le pregunta si Levrero, a quien acababa de elogiar, no lo había hecho también.
-No -contesta Aira -él lo arreglaba por otro lado... "París" es una cumbre de la novela del siglo XX.
Así es Aira. Parece que entre una afirmación incómoda y otra gratificante para el público no hubiera mediado ninguna clase de esfuerzo retórico. Las frases salen con la misma suavidad, con la misma prosodia de un oráculo perezoso.
Cuando se le interroga, incluso, sobre su reciente fascinación por la lógica imaginativa del relato de hadas (visible en su novela "Yo era una niña de siete años") y en la distancia que media con el gusto por la forma narrativa tomada del modelo decimonónico de sus primeras novelas, simplemente rsponde:
-Es una evolución...
Cuando se le pregunta por qué reivindica las vanguardias sin tomar su componente político, la voz que sale de esa cabeza tenuemente iluminada por una lámpara colgada a poca distancia responde que quizás no sea entonces un vanguardista, luego cita una frase de Baudelaire y hace que todos se rían. El oráculo prosigue. Los ademanes se hacen lentos, el aire se espesa y se hace disfrutable. Todos consultan sobre lo que sea ya a determinada altura de la noche. Es probable que alguien tenga la pregunta de si Argentina ganará el Mundial de Sudáfrica y, consecuentemente, se acabará el mundo tal cual lo conocemos... El oráculo responde con dureza, con liviandad, con frases a medias, con interjecciones, y, súbitamente, se hace el silencio.
-Bueno, sugiero que comamos y bebamos... -dice por último la voz.
Aira se levanta y da por terminada así la presentación.
A partir de entonces empieza a salir la cumbia de la rocola, la bebida circula en mayor cantidad , los chorizos salen de la parrilla, Aira firma libros, firma la camiseta de Danubio, charla con todos los que se le acercan y siempre tiene un gesto de sincero agradecimiento y felicidad por todo lo que esa noche ha traído.
En un alto de la firma de autógrafos, uno de los muchachos de La Propia le acerca un choripán. Aira se apoya de espaldas al mostrador y comienza a comer. De pronto una mirada se coloca sobre él. Es el Mago. Está parado de frente a Aira, con la boca cerrada y apenas sin parpadear. Aira se sonríe, comenta alguna cosa y le suelta al perro un pedazo de chorizo con algo de pan. El "Mago" lo ataja con su boca antes de que llegue al suelo y lo engulle y vuelve a quedarse observando igual que si no le hubieran dado nada.
-¡Quiere más!... ¡Pobrecito!... -dice Aira.
Entonces lo convida de nuevo. Y luego otra vez, y otra vez, y otra... Así hasta que lo único que Aira tiene para ofrecerle es un trozo de pan con una desfallecida rodaja de tomate, pero casi completa.
-No sé si se comerá esto también... No le debe gustar el tomate...
Error.
El "Mago" deja caer el tomate al suelo, lo olfatea un poco y en seguida comienza a masticarlo.
-¡¡¡¡¡SE COME TODOOOOOO!!!!!
Es ahora cuando el "Mago" tiene uno de sus ataques de insatisfacción y salta sobre el escritor y empieza a devorarlo poco a poco. La desazón recorre los rostros de todos los presentes como en un dominó prematuro. Las reacciones se vuelven demasiado lentas. Parece que todo sucede en otra instancia del mundo. Así que cuando el perro se termina lo poco que le queda de César Aira ("Coronel Pringles, 1949... muchísimos libros publicados, muchos muy, muy buenos, y... y pienso que nunca me va a dejar de gustar "Una novela china" o "La costurera y el viento", porque, bueno, ahora no me acuerdo bien...")... así que cuando el perro se termina lo que queda de César Aira, continúa con cada uno de los presentes. No se salva nadie, ni siquiera el dueño, que le dice: "Atrás, chiquito... Soy papá...". Luego vienen todos los chorizos restantes, las botellas, el mostrador, las mesas de pool con sus respectivos tacos y bolas, la rocola, la misma música que queda perviviendo falsamente en el eco de los rincones... entonces la realidad hace así: ¡BLUP! y sólo queda el perro quieto, bien negro, quieto, con sus ojos sin parpadeo, en medio de la noche fría, quieta, alejada, de Nuevo París, apenas recortado, como flotando, esa misma noche en que pasó por allí César Aira.




(*) El cuento es "Avelino Arredondo".

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Otro de Suárez


[Mientras se van los últimos días de 2009 algunos amigos y familiares (¡oh, mamma!) me han insistido en que está todo bien con eso de la ballena, pero, vamos, Jonás, escríbete algo de vez en cuando... Así que para los queridos insistentes van por lo menos en estos días un par de textos que me anoté en la libreta de los sueños. Uno de ellos, el que sigue, relacionado con una noticia deportiva de por estas jornadas. Abrazos.]

Soñé antes de Navidad que la selección de Portugal llegaba a Uruguay para una serie de cinco partidos ante nuestra selección al mejor estilo play-offs. Antes del primero de los encuentros hubo algunos comentarios cruzados entre los técnicos de ambas selecciones y se supo también que Cristiano Ronaldo no iba a estar por lo menos para el primero de los partidos, pero sí Figo, Simao y Deco. Entre esos cruces de noticias pequeñitas que los diarios iban recogiendo para matar el tiempo hubo una declaración del técnico de Portugal, que manifestaba que el hecho de jugar contra Uruguay tenía un componente tan especial como el de enfrentarse a un combinado de aliens. Al parecer las palabras fueron tomadas como irónicas por la afición uruguaya.
En fin, el asunto es que el primer partido iba 0 a 0 hasta pasada la mitad del segundo tiempo. En ese momento Luis Suárez abandona el campo de juego y se acerca a Tabárez pidiéndole algo. El técnico uruguayo revuelve el interior de un bolso y le alcanza de inmediato algo al jugador. Cuando Suárez retorna corriendo al área de Portugal se ve claramente que se coloca una máscara de alienígena. Es en el preciso instante en el que hay un corner para Uruguay. Forlán lo patea pasado sobre el segundo palo y entonces Suárez cabecea por encima de varios, entrando desde atrás, y pone el 1 a 0. Los jugadores uruguayos salen corriendo detrás del goleador en el festejo. Pero Suárez se adelanta bastante y llega hasta el sector en que las cámaras fotográficas pueden tomarlo de cerca. Se señala con ambas manos la cabeza cubierta con la máscara y grita:
-¡Marciano! ¡Marciano!...

(El siguiente partido se iba a jugar en Canelones).

sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

lunes, 4 de agosto de 2008

USB + Uruguay


La verdad sea dicha: el famoso puerto usb de las computadoras nos está cambiando la vida. A través de él no sólo podemos introducir en una máquina determinada información, y, obviamente, realizar el proceso inverso... No, no se trata de eso solamente, ya que en realidad el verdadero potencial está en lo que puede generar el puerto usb hacia el exterior. Por ejemplo, recuerdo hace más de un año haber escuchado la noticia de que se había inventado un dispositivo que permitía a cualquier oficinista tipo poder mantener su café o té caliente con la ayuda de un cable usb especial para el caso. Era sencillo: era un cable que se vendía a bajo costo y que se conectaba a la computadora, por un extremo, y se dejaba caer hacia el fondo de la taza por el otro. Y listo, la bebia siempre caliente.
Navegando en la web el otro día me encontré con un nuevo invento. Se trata de un cable usb que termina en una especie de circulito o espiral que se aplica debajo del nudo de la corbata. ¿Cuántas veces hemos sentido, tras horas y horas de trabajo y decorosa vestimenta, que el cuello palpita queriendo liberarse de cualquier tipo de plus valía? Pero acá está la solución. Como se puede apreciar en la imagen que encabeza esta entrada, este nuevo dispositivo emite determinadas ondas que mitigan la presión que se concentra en la zona de contacto con el nudo de la corbata, haciendo de cualquier oficinista medio un ser humano más light.
En fin, movido por mi curiosidad, que me llevó a preguntarme hasta dónde llegaría este tipo de aplicaciones de los USB, y sobre todo en nuestro país, entré a la página líder en software nacional (www.softwareuruguayo.com). Y la verdad es que quedé sorprendido, porque me topé con creaciones de interés 100% charrúa. De entre todas las que vi detallo las siguientes.
Cabe resaltar, en primera instancia, dos tipos de cables USB de carácter doméstico. El primero de ellos, incluso, está recomendado hasta para los estudiantes. Se trata del USB-Mucus V-2. ¿Cuántas veces hemos estado en alguna reunión familiar importante o en alguna clase silenciosa y hemos sentido que la nariz está a punto de gotearnos como una catarata? Es una situación decepcionante que todos hemos vivido en mayor o menor medida. Entre el miedo a la vergüenza de que nos vean sacando un pañuelo (a veces hasta medio sucio) y el terror de no tener con qué limpiarnos y tragarnos los mocos así nomás, el nuevo cable USB ofrece un un mecanismo de succión con dos cañitos, uno para cada narina, que extraen cualquier secreción de manera rápida y discreta. Se puede utilizar desde un i-pod o MP3.
El siguiente cable USB, de uso estrictamente masculino, termina en una especie de red más o menos dura y consistente. Es el USB Andros-H2, y se coloca directamente en el interior del calzoncillo evitando todo tipo de estrangulamiento ante una mala elección de la talla de dicha ropa interior. Está altamente recomendado para jugadores de ping-pong y de los clubes grandes del país.
Por otra parte, la literatura, y en particular nuestra narrativa, no podía escapar a todos estos progresos. Banda Oriental, Planeta Uruguay y Alfaguara ya firmaron contratos para aplicar en sus ediciones las ventajas de la tecnología USB. En todos los casos el cable USB irá desde la computadora hasta una entrada ubicada en la parte baja del lomo de cada ejemplar. Alfaguara ya adelantó que los próximos libros de Milton Fornaro y Andrea Blanqué vendrán con un función especial para el caso, con palabras que se subrayarán y brillarán automáticamente mientras el lector esté leyendo para que se pueda dar cuenta de por donde puede estar el significado de lo que lee. Planeta, por su parte, anunció que la próxima novela de Mercedes Vigil, "La olla podrida", saldrá al mercado con una función USB que le permitirá al lector no tener que leer el libro. Simplemente tendrá que conectar el ejemplar al puerto USB de su computadora para que el libro se "lea solo", ya que la propia voz de la autora comenzará a leerlo de principio a fin. Los lectores, además, van a poder elegir entre tres versiones distintas de entonación: 1-Hot; 2-Monja y 3-Tupamara enojada. En tanto Ediciones de la Banda Oriental ya dejó entender a través de Heber Raviolo que el próximo libro de cuentos de Valentín Trujillo incluirá imágenes interactivas del autor haciendo nudismo en playa Chihuahua con algunos de sus admiradores más cercanos.
Pasando a lo periodístico, hay dos novedades interesantes. Tenfield firmó con www.softwareuruguayo.com para la distribución de un cable que una computadora con televisor en las emisiones en directo de partidos del fútbol uruguayo, particularmente importantes para los relatos de Rodrigo Romano y los comentarios de Juan Carlos Scleza. El cable permitirá eliminar y de inmediato sustituir las frases hechas de Romano ("Frutilla", "Baja"; "T.Z.: Terrible zapatazo"; "S.P. Sin palabras"; "Está calenchu", etc. etc.) y los comentarios perifrásticos de Scelza (El partido está vibrante... Vibrante por el trámite, vibrante por la hinchada, vibrante por la entrega de los futbolistas, vibrante por todo lo que está en juego, vibrante por todo lo que significa este partido, etc. etc.) por opciones más elaboradas.
El otro medio de comunicación que ofrecerá a sus usuarios la novedad USB va a ser el diario La República. Con una mínima conexión a internet y entrando en la página web del citado medio, el cable USB indicado será uno que termina en una especie de círculo de tela de unos veinte centímetros de diámetro. Fasano, director de La República, indicó que en un comienzo este dispositivo está pensado para ser ubicado bajo los platos de sopa de letras, con la finalidad de que las mismas puedan ser acomodadas mediante una señal desde la redacción, ofreciendo en tiempo real a los comensales servicios como el horóscopo, resúmenes diarios de los discursos de Chávez, aforismos de Eduardo Galeano y, desde luego, los principales titulares que se podrán leer en la edición impresa de la fecha.
Por último, www.softwareuruguayo.com da la primicia de dos bandas uruguayas que darán beneficios en sus próximos discos. El dispositivo USB indicado será tan simple como un cable que se pegará en un extremo sobre la carátula del CD, permitiendo, en todos los casos, consecuencias distintas e interesantes para los adolescentes de hoy. El próximo disco de Trosky Vengarán tendrá como novedad que, una vez conectada su tapa al USB, esta se abrirá dejando ver cómo el mismo cd comienza a girar vertiginosamente hasta tomar cada vez mayor altura y volar al carajo. En cuanto a La Vela Puerca, su nuevo disco desprenderá en cuestión de sólo segundos una bruma de auténtico humo de marihuana, que se formará a partir de una reacción química entre el plástico de la tapa y la corriente entregada por el USB. Teseyra, el líder del grupo, explica que los fanáticos además escucharán en el instante un bonus track con un número cómico realizado especialmente para el disco por Jorge Batlle y José Mujica, titulado: "Dos en uno: Vos la metiste y yo no".

viernes, 2 de mayo de 2008

Porro 2.0


¡No lo puedo creer! ¡Qué atavismo más grande! Dicen, según leí en algunos mails que me llegaron, que mañana sábado 3 de mayo en Montevideo, en el Molino de Pérez (¿?), habrá una marcha por la legalización de la marihuana. Yo, desde mi humilde lugar en la web, desde este blog que mal o bien es leído por 15 ó 20 gatos sueltos de todo el mundo, por el bien de esta pauperizada república, yo, Damián González Bertolino, cédula número tal, domiciliado en la ciudad de Maldonado, yo, cabeza abierta de par en par y pensante, coco fecundo que partiose expeliendo la leche de la razón, yo, el que suscribe arriba y también abajo, yo digo: NO, NO VAYAN A LA MARCHA, DÍGANLE NO A LA LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA. No lo saben, pero todo esto es un plan secreto de las potencias del primer mundo para estupidizar a los humanoides del tercer mundo (nosotros) y dejarlos fuera de combate para el día en que la polución gane aquellas patrias. Ese día, el tercer mundo, intacto, será en Nuevo Edén y nosotros, o nuestros hijos, o nuestros nietos, si es que nos queda la capacidad de la descendencia con los aparatos obturados por el humo, nosotros, entonces, seremos la ceniza del ayer más irredento. ¿Se imaginan lo que podría pasar de aquí en más si todos fumaran por todas partes libremente (ya fuman por todas partes libremente, pero bueno, la marcha vendría a ser una representación, hacer idea, manifiesto puro, una práctica, o sea lo contrario de las revoluciones del XIX para acá, lo que no es novedoso, tampoco...). ¡Dios mío! Bob Marley sería ya indiscutiblemente el patrono del humo y nadie lo escucharía (nadie lo escucha en realidad, es como el Che Guevara, que pasó a ser un dibujo que queda bastante bueno en las remeras de manga corta, y en las de manga larga también). ¿Se imaginan a nuestra juventud a nuestra senectud toda, caminando con los ojos rojos? La Patria Boba se avecina. Rodó nunca imaginó un cosmos más caótico que este. Una Patria del "to'o bien", el "arriba, vo" y la polivalente interjección "¡¡ehhhh!!". (Entre otras cosas: ya nadie leería a Herrera y Reissig, todos se pensarían que son Herrera y Reissig, o lo que es más, todos tendrían la imperturbabilidad, de pocos, de Danilo Astori, por ejemplo). ¿Qué más? Bueno, nadie se pelearía, todos escucharían todo el tiempo No Te Va Gustar o La Vela Puerca o ese tipo de música. Los policías fumarían en sus horas de trabajo y ya no habría material para escribir buenas novelas. En suma, el poco sentido crítico que nos quedaba se neutralizaría y quedaríamos medio tarados del todo y todo nos parecería bueno, como un Adán medio boludón que toca esto y lo otro y le parece buenísimo porque no conoce otra cosa, porque justo lo agarró Yahvé y se lo chupó. Más todavía, todos nos pasaríamos hablando de libros como "Las puertas de la percepción" o "El almuerzo desnudo" sin tener que haberlo leído (en realidad la mayoría no los leyó, la mayoría de los que fuman marihuana, porque arrancan a leerlo y ya les da ganas de fumar y dejan de leer, y luego no se acuerdan de lo leído y van otra vez al principio del libro y así ad infinitum). Todos nos creeríamos medio inteligentes e hipersensibles y proclives no sólo a opinar de cualquier arte, sino a practicar cualquier arte; como ahora, pero peor. ¿Qué más? Sí, las primaveras ya no serían lo mismo. El olor insoportable de los porros inundaría los jardines y las plazas y adiós a los azahares, adiós... Pero bueno, no vayan, no vayan por lo que más quieran a esa marcha. Es una cuestión estética. Piénsenlo. Además, yo, el que escribe todo esto, pienso que no hay mejor crítica que la que ofrece una alternativa. Por eso quiero recomendar a mis lectores algo que está mucho mejor que la marihuana (o debe estar, qué sé yo), mejor que la "cannabis sativa", y es la "chondrocanthus chamissoi", más conocida entre los habitantes del Pacífico Este como la "cochayuyo". Es cierto que parece joda, pero está buenísima. Con mi hermano menor hace por lo menos tres o cuarto años que conocemos la "cochayuyo" y que hemos visto cómo nuestra ha vida ha cambiado sensiblemente. De veras, cada vez estamos mejor y nos sentimos más aptos para los desafíos que se vienen. Una buena forma de consumir la "cochayuyo" es con leche, que es una mezcla bastante nutritiva al fin y al cabo. Mi hermano, por ejemplo, se pega un saque de "cochayuyo" early-in-the-morning y el pibe no para de sacar standards de jazz con la viola. Todo el día pium-pium-pium, meta glissandi y staccato y esas cosas. Yo, por mi parte, le encuentro un gustito, un qué sé yo a la literatura uruguaya actual que no sé cómo expresar. Soy feliz. Principalmente lo que hago es tomarme la "cochayuyo" con un buen café con leche hecho con tres cucharadas soperas de azúcar, o si no directamente la masco con unas galletitas de ceral y miel o de canela y manzana. El otro día terminé de leer la última novela de Milton Fornaro y me voló la cabeza. Lo que me pasó fue que en la tapa había una foto de Hemingway, y yo giraba el libro y la cabeza Pappa Hem también giraba y en una me dice: "Pará, tarado, pará de darme vueltas que voy a vomitar, que ya tengo bastante con estar acá". Y después me dijo esto: "Está bien lo del IRPF a los jubilados, que les saquen la guita, si se la terminan quemando al Kini o al 5 de Oro". Otras cosas zarpadas que hacemos con mi hermano luego del "cochayuyo" son: andar en bicicleta, hacer la plancha en la 16 de la Brava y más cosas. Está bueno el "cochayuyo", pruébenlo, no vayan a esa marcha-paloma de mañana allá en Montevideo, quédense en Uruguay. Piensen en el país. Lean a Rodó. Estudien. Sepan la letra entera del Himno. Y así...

jueves, 11 de octubre de 2007

El payaso tendrá su día (El código Cacho)

¡Sí, señores!... Los lectores de tartatextual lo eligieron como el individuo con el perfil ideal como para poder dirigir nuestro país en el próximo lustro. Se trata nada más y nada menos que de Pelusita, el famoso payaso de Cacho Bochinche, quien se llevó el 41 % de los votos contra el 25 % de su más cercano perseguidor, el performer tropical Gerardo Nieto. Un verdadero payaso será el que se encargue del Uruguay en lo venidero, o así parece que lo quieren decir nuestros lectores... Porque si se analiza de cerca la opción de voto, se descubrirá a poco que al elegir a Pelusita, los tartatextualeros, sin duda dignatarios de una o varias generaciones que se deleitaron de niños con las mañanas sabatinas de canal 12, están reconociendo indirectamente la mano de alguien que calladamente, sábado a sábado, ha ido urdiendo un plan para gobernar el país de aquí en más... Ese alguien es... Es... (redoblantes)... ¡¡¡¡CACHO DE LA CRUZ!!!!... Sí, el mismo que le pagaba el sueldo a Pelusita, el mismo que los domingos en El Show del Mediodía se escondía bajo el disfraz de Chichita en la versión vernácula de Mirtha Legrand. Aceptémoslo. Ya nada pueden hacer Sanguinetti, Batlle o Bordaberry para salvar al Partido Colorado y conseguir 56 votos más... Ya nada puede hacer el Herrerismo; ni Lacalle, ni Heber, ni Gallinal, ni aun la imberbe pericia de Federico Casaretto harán que el Partido Nacional llegue al Gobierno. Ya nada podrá hacer que el Frente Amplio sienta el gusto de un nuevo lustro al mando... Bye, bye Mujica... Nin Novoa, que acarició la Presidencia de oficio cuando viajaba el Dr. Vázquez, ya no será Presidente realmente elegido si es candidato en 2009... No... el terrible sino de Cacho de la Cruz se cierne como una nube aceitosa sobre el territorio nacional. Y no es para menos, porque hubiera sido una lástima que ese verdadero "masterplan" que arrancó con las primeras transmisiones de Cacho Bochinche allá por inicios de los '70, sufra un revés idiota. De aquí en más, por espacio de algunas décadas, por ejemplo, Chávez tendrá un camarada a su altura en Cacho de la Cruz... ¡JA JA JA JA JA! ¡Y pensar que los ingenuos lectores de tartatextual pensaban que votaban a Pelusita, el payaso!... ¡JA JA JA JA JA JA!...
Ahora, las claves de este ascenso inminente...

a) El factor golero de Cacho Bochinche

Lo que le aconteció a la selección uruguaya de fútbol en la pasada Copa América de Venezuela, precisamente en el partido contra Brasil por semifinales, ratifica algo que viene de largo tiempo: no podemos embocarla más de dos veces seguidas en una definición desde el punto penal. ¿Culpables?... Bueno, no se busque a los culpables en los jugadores, los técnicos o los formadores de inferiores... El culpable es Cacho de la Cruz. Las estadísticas revelan que tanto la selección como los clubes uruguayos en partidos internacionales han ganado el 17, 56 % de los encuentros en que han ido a penales. La curva descendente de la gráfica que muestra la acentuación de las derrotas se percibe notoriamente sobre comienzos de los años '90. Es lógico. Si se hace un mínimo de memoria se recordará que la última victoria importante por penales es del año '88 (Nacional ante el PSV Eindhoven, en Tokyo). ¿Por qué no ganamos casi partidos por penales desde esa fecha?... Porque los jugadores que los disputaban, de promedio de edad de 24 años y algunos meses, estuvieron formados en el ideal de pegarle al golero antes de meter el gol, propio del famoso juego de Cacho Bochinche, donde, sábado a sábado, como recordarán los lectores, no había que hacer el gol, sino tratar de descabezar de un puntazo al macaco con la pelota Cubilla, esa pelota cuyo eslogan decía: "Para hacer goles de maravilla"... Una maravilla era que alguno de los pibes algún sábado no reventara alguno de los focos del estudio de canal 12. Sin duda, la audacia de Cacho de la Cruz es superlativa. Demostró que caló hondo en el inconsciente colectivo de los chicos que miraban su programa infantil allá por la década del '80, y la cosa seigue... No es más que el primer paso de un plan que tiene como objetivo arrastrar y poner bajo el fango la seguridad añeja de nuestros pobladores, con el fin de que, conociendo lo más bajo, los uruguayos estén preparados para la recompensa, el día en que Cacho de la Cruz cabalgue por los cielos junto con los otros tres jinetes, soplando su trombón y llamando al pueblo al inicio de una nueva era. (Los otros tres jinetes son Laura, Fermín, el de los títeres, y, por supuesto, Pelusita).

b) El factor Ultratón

Verdadero superyó de los nuevos uruguayos, Ultratón, quien venía de la inmensidad del espacio exterior, es el elemento represor de los vestigios infantiloides de este pueblo que deberá madurar, le guste o no le guste.

c) El factor Laura

Miremos nuestro entorno. ¿Qué mujer no se parece ya a Laura? Verdadero arquetipo de la nuova donna, esta madonna que apila nota tras nota los fines de semana, es el perfecto ejemplo de la construcción de la Belleza. Nuestras madres, nuestras hermanas, primas y novias saben de lo que hablamos. Llegará el día en que todas las uruguayas luzcan como si hubieran nacido en Gotebörg o Upsala y vayan al spa y saquen sus propios discos de karaoke.

d) El factor Pelusita (por supuesto...)

Especie de Krusty avant-la-léttre, es, en última instancia uno de los elementos más solemnes del programa, el que demuestra que tras la terrible capa de pintura, algo más serio se cierne sobre el individuo. Bienaventurados de aquellos que puedan trascender los colores del cutis de Pelusita, porque aquellos verán la verdadera cara, y serán salvos.