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martes, 8 de junio de 2010

Aira, el Mago, realidad, ¡blup!

(César Aira y Diego Recoba; Nuevo París, mayo de 2010)


A las nueve de la noche en punto había cuatro tipos en el bar.
Uno había estado apoyado contra el mostrador, mirando a la distancia el informativo en un televisor 14 pulgadas y cuidando el lugar hasta que llegara el dueño. En un pocos minutos aparecieron entonces el dueño y un tercero, ambos cargando media docena de bolsas de supermercado que terminaron desparramando encima del mostrador. El que había estado cuidando el bar separó hacia su lado una bolsa con algunos kilos de chorizo. Después apareció el cuarto hombre, y entre los cuatro comenzaron a quejarse del frío. Luego se pusieron a hablar del partido que Nacional había perdido contra Cruzeiro el miércoles anterior por la Copa Libertadores. De ahí pasaron a comentar cómo había jugado el "Tito" Ferro, y eso los llevó a un retorcido y poco inteligible repaso de algunas campañas del Salus FC... Jugadores que habían surgido del club y que ahora estaban en el extranjero; jugadores que no habían llegado a tanto; jugadores de los que uno se acordaba y otros no... A los minutos uno rechazó un vaso de whisky y se puso a hablar de que había dejado la bebida. Después se levantó la camisa y se palpó la panza. "Mirá todo lo que me falta ahora", dijo.
Eso fue a las nueve de la noche, a un costado de la calle Santa Lucía, en el barrio Nuevo París, de Montevideo.
Una hora más tarde, apareció allí el escritor argentino César Aira. Todas las miradas saltaron en seguida sobre ese hombre de algo más de un metro ochenta de altura, andar cansino y gestos lentos y benevolentes, enfundado en una gruesa campera de nylon verde. Era el escritor que habían estado esperando.
César Aira. Nacido en Coronel Pringles en 1949. Autor de más de medio centenar de libros. Considerado uno de los autores más influyentes de la actualidad en lengua española. Lo mismo polémico que indiferente al parloteo intelectual. Lo mismo afectuoso que encarnizado en sus juicios. Lo mismo simpático que levemente ausente. Ese es el punto. De Aira, incluso desde su alrededor, surge cualquier cosa. Ese es, de nuevo, el punto.
Visto desde una altura de uno o dos kilómetros, en medio de una de las noches más frías en lo que va del año, el sitio en el que se halla el bar Clase A, de Nuevo París, apenas si puede ser visible, desplazado como está por la luminosidad del centro de la capital. Sin embargo, se está produciendo allí un acontecimiento que con los años podrá ser recordado como una curiosidad extraordinaria de las tantas que aparecen dispersas en la historia de la cultura uruguaya... 7 de mayo de 2000. César Aira presenta su libro "Mil gotas" en el bar Clase A de Nuevo París, también taller de la editorial cartonera La Propia.
Aira da unos pasos sobre el piso de portland del amplio salón del bar del Armenio, observa la mesa en donde hablará en un rato, el aparador con los libros de La Propia, los adornos del otro lado del mostrador: una foto de Gardel vestido de criollo, una boa de cartón con el nombre de la editorial, una camiseta de Danubio... En esos minutos previos Aira termina apoyándose contra una de las dos mesas de pool del sector izquierdo del bar y charlando con las personas que de a poco están llegando. Cuando se le pregunta si es la primera vez que viene a Uruguay, Aira abre bien los ojos como si se lo hubiera acusado de algo vergonzoso. "No", responde, "Vengo por lo menos dos veces al año". Entonces la pregunta se afina: "¿Es la primera vez que presenta un libro en Uruguay?". Ahí el escritor baja la guardia y asiente con una melancolía visible. "Sí. La primera vez...". El tema, a partir de allí, es Uruguay...
-¿Sigue pensando que, como dijo en su ensayo sobre Copi, Uruguay es una extrañeza en sí misma, un "objeto artístico a priori"?
-Es que es como un país de juguete... -dice, y se sonríe muy despacio, como si no hubiera apuro, y la sonrisa se queda fija en su rostro -Una vez estuve en México -continúa -en un congreso sobre literatura argentina y uruguaya, y dije que en Uruguay no había regionalismo, porque era tan pequeño que no había región... A la salida me agarró Pablo Rocca y uuuuuhhhhhh, me dijo de todo... que Tacuarembó, que esto y que lo otro... -y vuelve a sonreírse.
Aira continúa con las anécdotas y con el tema de la relación entre su país y el nuestro, el tema de esa tradición argentina que consiste en ubicar gran parte de sus pasiones en este lado del río Uruguay, desde Hudson, pasando por Borges y hasta el mismo Copi. Como ejemplo, entonces, relata un encuentro entre Enrique Estrázulas y Borges. El escritor uruguayo llega al apartamento de Borges para entrevistarlo. La charla se extiende por horas, y en un momento dado Estrázulas se permite corregirle a Borges que en uno de sus cuentos ubicado en nuestro país, donde un personaje dice: "Viva el Presidente de la Nación", debería decir "Viva el Presidente de la República", porque los uruguayos no utilizan el término "Nación". Borges se alarma y le pide a Estrázulas el teléfono para avisar urgentemente a la correctora de la editorial Emecé. "Maestro", le responde Estrázulas, "son las tres de la mañana" (*)
En eso llega el perro del Clase A, también mascota de La Propia. Es un perro negro, robusto y con ojos bonachones que se lo queda mirando a Aira como si estuviera a punto de explicarle algo. Aira se queda concentrado en la mirada del perro y pregunta cómo se llama "Mago", responden. El "Mago" es un perro tan tranquilo como enorme, apenas si huele un poco a cualquiera que entre al bar. Pero basta tan sólo el amague de que le van a arrojar algo por delante para que se adueñe de él la excitación más descontrolada. Cualquier cosa que le lancen él la va a buscar. Una botella de plástico, un bollo de papel, un cascote. Lo que sea. Cuando lo captura empieza a sacudir la cabeza hacia ambos costados y a veces la baba salta en todas direcciones. Algunas veces no se aguanta y arremete contra las tapas de los libros que se están secando en el patio del Clase A y las deshace con furia mientras los chicos corren detrás de él. Pero eso sólo algunas veces. Muy de vez en cuando. Es un perro que necesita algo más de lo que precisa cualquier otro. Pero el "Mago" es, esencialmente, un perro bueno. Así que Aira se queda sorprendido un instante después cuando alguien le recuerda que el animal se llama igual a una novela suya ("El mago", 2000). Casi parece que está a punto de decir algo al respecto, pero entonces lo llaman porque la presentación está por comenzar.
Una vez que Diego Recoba (uno de los editores responsables de La Propia) dijo unas palabras sobre el escritor argentino, Aira se dedicó a hacer aquello que le sale tan bien y que ratifica siempre en cada una de las entrevistas que se le han hecho: la capacidad de escandalizar, romper con los prejuicios de sus espectadores y al mismo tiempo dejar en ellos una huella profunda de humanidad y de pasión por el oficio de la escritura.
Mientras el aroma de los chorizos en la parrilla llegaba hasta el público y el ruido de los ómnibus pasando por Santa Lucía superaba la capacidad del cubo Samick al que estaba conectado el micrófono, la voz de Aira se desgranaba en el Clase A con su suavidad gangosa, tanto para aquellos que lo habían ido a ver, escritores, periodistas, estudiantes (o todo al mismo tiempo), como también los desprevenidos clientes habituales del Clase A que llegaban para el inicio de la madrugada de sábado a puro alcohol y cumbia.
Luego de leídas las dos primeras página de "Mil gotas", fueron un capítulo aparte sus opiniones sobre el nuevo cine argentino ("habría que hacer una pila con todo ese celuloide y prenderlo fuego"), la literatura política ("vivir de reivindicaciones y de desaparecidos no es ya honesto, creo...") o Cortázar:
-Cortázar es un escritor de iniciación, que releído treinta años después descubrimos que es una bazofia y que no renunciamos a ello por no defraudar esa juventud... Cortázar inventó el cuento del vaciado de información y eso fue una mala influencia para los nuevos cuentistas argentinos. Es muy fácil retacear información: queda una cosa miesteriosa, sugerente, barata...
Un periodista entre el público le pregunta si Levrero, a quien acababa de elogiar, no lo había hecho también.
-No -contesta Aira -él lo arreglaba por otro lado... "París" es una cumbre de la novela del siglo XX.
Así es Aira. Parece que entre una afirmación incómoda y otra gratificante para el público no hubiera mediado ninguna clase de esfuerzo retórico. Las frases salen con la misma suavidad, con la misma prosodia de un oráculo perezoso.
Cuando se le interroga, incluso, sobre su reciente fascinación por la lógica imaginativa del relato de hadas (visible en su novela "Yo era una niña de siete años") y en la distancia que media con el gusto por la forma narrativa tomada del modelo decimonónico de sus primeras novelas, simplemente rsponde:
-Es una evolución...
Cuando se le pregunta por qué reivindica las vanguardias sin tomar su componente político, la voz que sale de esa cabeza tenuemente iluminada por una lámpara colgada a poca distancia responde que quizás no sea entonces un vanguardista, luego cita una frase de Baudelaire y hace que todos se rían. El oráculo prosigue. Los ademanes se hacen lentos, el aire se espesa y se hace disfrutable. Todos consultan sobre lo que sea ya a determinada altura de la noche. Es probable que alguien tenga la pregunta de si Argentina ganará el Mundial de Sudáfrica y, consecuentemente, se acabará el mundo tal cual lo conocemos... El oráculo responde con dureza, con liviandad, con frases a medias, con interjecciones, y, súbitamente, se hace el silencio.
-Bueno, sugiero que comamos y bebamos... -dice por último la voz.
Aira se levanta y da por terminada así la presentación.
A partir de entonces empieza a salir la cumbia de la rocola, la bebida circula en mayor cantidad , los chorizos salen de la parrilla, Aira firma libros, firma la camiseta de Danubio, charla con todos los que se le acercan y siempre tiene un gesto de sincero agradecimiento y felicidad por todo lo que esa noche ha traído.
En un alto de la firma de autógrafos, uno de los muchachos de La Propia le acerca un choripán. Aira se apoya de espaldas al mostrador y comienza a comer. De pronto una mirada se coloca sobre él. Es el Mago. Está parado de frente a Aira, con la boca cerrada y apenas sin parpadear. Aira se sonríe, comenta alguna cosa y le suelta al perro un pedazo de chorizo con algo de pan. El "Mago" lo ataja con su boca antes de que llegue al suelo y lo engulle y vuelve a quedarse observando igual que si no le hubieran dado nada.
-¡Quiere más!... ¡Pobrecito!... -dice Aira.
Entonces lo convida de nuevo. Y luego otra vez, y otra vez, y otra... Así hasta que lo único que Aira tiene para ofrecerle es un trozo de pan con una desfallecida rodaja de tomate, pero casi completa.
-No sé si se comerá esto también... No le debe gustar el tomate...
Error.
El "Mago" deja caer el tomate al suelo, lo olfatea un poco y en seguida comienza a masticarlo.
-¡¡¡¡¡SE COME TODOOOOOO!!!!!
Es ahora cuando el "Mago" tiene uno de sus ataques de insatisfacción y salta sobre el escritor y empieza a devorarlo poco a poco. La desazón recorre los rostros de todos los presentes como en un dominó prematuro. Las reacciones se vuelven demasiado lentas. Parece que todo sucede en otra instancia del mundo. Así que cuando el perro se termina lo poco que le queda de César Aira ("Coronel Pringles, 1949... muchísimos libros publicados, muchos muy, muy buenos, y... y pienso que nunca me va a dejar de gustar "Una novela china" o "La costurera y el viento", porque, bueno, ahora no me acuerdo bien...")... así que cuando el perro se termina lo que queda de César Aira, continúa con cada uno de los presentes. No se salva nadie, ni siquiera el dueño, que le dice: "Atrás, chiquito... Soy papá...". Luego vienen todos los chorizos restantes, las botellas, el mostrador, las mesas de pool con sus respectivos tacos y bolas, la rocola, la misma música que queda perviviendo falsamente en el eco de los rincones... entonces la realidad hace así: ¡BLUP! y sólo queda el perro quieto, bien negro, quieto, con sus ojos sin parpadeo, en medio de la noche fría, quieta, alejada, de Nuevo París, apenas recortado, como flotando, esa misma noche en que pasó por allí César Aira.




(*) El cuento es "Avelino Arredondo".

martes, 11 de diciembre de 2007

Gusto a perro

El domingo, creo, tuvo que haber sido uno de los días más importantes de mis últimos cuarenta años... Todo aconteció en un taller de bicicletas y motos de Punta del Este, uno que queda al lado del liceo. Quienes pasan a esa altura de Bulevar Artigas tienen que conocerlo, y tienen que haber visto alguna que otra vez el perrazo enorme que hay allí. Se trata de un gran danés negro casi de mi tamaño. Si lo ponen en dos patas yo creo que termina siendo más alto que yo, que mido un metro ochenta y cuatro. El asunto es que yo tenía mi ONDINA con una pinchadura en la rueda trasera y con los tacos de los frenos de ambas ruedas totalmente gastados. Cuando llegué ese domingo al mediodía, la bici todavía no estaba pronta, así que me tuve que aguantar por ahí mientras un chico me la arreglaba. Tenía un ensayo de Montesquieu sobre el tema del gusto, así que me apoyé en una barra de hierro que aguantaba el techo de chapa que luego al cerrar se transforma en portón, algo de eso. Yendo a lo del libro de Montesquieu, ¿verdad que es una reverenda estupidez esa frase que dice que "Sobre gustos no hay nada escrito"? Porque sobre gustos, sobre gusto, hay mucho escrito, camiones de camiones. El tema es que Montesquieu escribió ese ensayo para la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, y yo lo estaba leyendo lo más bien, porque se nota que Montesquieu andaba volando, ¿no?, la rompía el pibe... Estaba en eso digo, cuando con mi vista periférica detecté una especie de tormenta al nivel del suelo que se aproximaba ni muy rápida ni muy lenta. Recuerdo que muchas veces yo pasaba en bicicleta por Bulevar Artigas y miraba hacia la calle lateral adonde da el taller y me detenía a observar a ese perro inmenso, durmiendo en medio de la callecita, ocupando todo, y me asombraba de que la gente le pasara por al lado como si fuera de bronce. A mí me daba cierta envidia esa gente. Hasta que me llegó el momento. El perro se me acercaba. Noté que ya no era joven, porque caminaba como si tuviera las extremidades flojas. O a lo mejor las tenía entumecidas de tanto dormir... y se levantaba con ganas de comer algo o de pura acción. Yo hice como que seguía leyendo, y de pronto sentí que me tocaba el muslo derecho con su nariz húmeda. Me dejó una mancha del tamaño de una aceituna en mi pantalón claro. A mí se me aflojó todo. Pensé que si esa situación se prolongaba un poco más, me iba a terminar desmayando, y ahí sí, el perro me iba a apretar el cuello y me lo iba a desgarrar. Pero el perro empezó a mirar hacia los costados como buscando algo más y se alejó. ¡¡¡Se alejó!!! ¿¿¿Entienden lo que eso significa??? ¡Que no me hizo nada! ¡No me mordió!... Bueno, más tarde le conté todo a Victoria y me dijo que en realidad no había ningún mérito en lo que había pasado, porque lo que suele ocurrir cuando uno se queda quieto ante un perro es eso: lograr la indiferencia del animal. Yo entonces le expliqué que eso no era así, que los perros tienen un mecanismo en su capacidad de olfatear que les permite detectar no sé qué reacciones químicas que se producen en nuestro cuerpo cuando sentimos miedo. Además, agregué que es mentira eso de que para que a uno no lo muerda un perro, tiene que quedarse parado. Mi madre me hizo ese mismo consejo cuando era chico, y la primera vez que lo puse en práctica, tendría yo unos 8 ó 9 años, no más, terminé con los colmillos de una perra hundidos en mi nalga izquierda. Y todo por ir a buscar una pelota al fondo de lo de unos vecinos. Todo por meterme sin permiso, a lo malandro, pero bueno, no era ese el punto después de todo... Para mí lo del domingo fue un hecho que me va a cambiar la vida, lo sé...
Después siguieron las cuestiones con los perros... Por ejemplo, ayer me encontré con Felipe y lo acompañé junto con Franco al supermercado. En el camino, a la vuelta, me contó que casi lo corrieron de un cumpleaños más o menos íntimo de un tipo que no era tan conocidio suyo. Es decir, Felipe se rio de algo y al parecer no tenía tanta confianza como para reírse así, de la forma en que él se ríe. Porque quienes conocen a Felipe saben que en determinado instante le viene como un acceso y se queda literalmente "trancado". La risa se le congela, los ojos se le contraen, la frente se le arruga y empieza a quedar del color de una zanahoria. En medio de todo ese cuadro se escucha una risa como de hiena. Al final, a Felipe le dio uno de esos accesos al enterarse de la triste vida de un perrito caniche (mini-toy) que era epiléptico y estaba medicado de continuo. Hasta ahí era sólo el anuncio de lo que estaba por venir, pero cuando los dueños comenzaron a detallar los distintos aspectos emocionales de su mascota y las situaciones en las que le llega la epilepsia, Felipe no pudo más. Explotó. Se imaginó al bicho dándose vuelta y cayendo de espaldas, metiéndose la lengua contra la garganta y convulsionándose. El resultado, en un caniche, sí, es conmovedor. Todo esto me recuerda dos cosas más de Felipe en relación con los perros. Ambas de los primeros tiempos de nuestra amistad, cuando éramos estudiantes. La primera tiene que ver con un librito que yo había encontrado en la casa de otro amigo, y que era un manual para adiestrar perritos pequineses, que son unos perros muy feos con cara de integrante del Foro Batllista que se pueden ver en las casas de algunos jubilados. Resulta que el libro era de una lectura apasionante. Cuando teníamos la revista MAT y hacíamos vanguardia fotocopiada, nos reuníamos también a leer cosas, de todo... Una de esas cosas que nos causó mucha gracia en un tiempo fue ese librito, porque leído con un mínimo de malicia, cada enunciado parecía contribuir a la formación de un mini-tratado de zoofilia. Era increíble, pero era así. La ambigüedad de las proposiciones y las formulaciones era tal, que me acuerdo de ver a Felipe "trancado" por minutos y minutos. ¡Ojalá pudiera encontrar yo ese libro entre varios de los cahivaches que hay acá en el Kennedy! O también está la posibilidad de que yo pueda conseguir un ejemplar del número del MAT en el que reprodujimos una página de ese manual. Esto me trae a la memoria otro episodio de la vida de Felipe fuertemente vinculado a su relación con los caninos. Un día su madre se apareció con una perra que a Felipe, con los días, le pareció absolutamente insoportable. Entonces llegó un día en que encontró una foto que la madre le había sacado al animal. Felipe había estado comiendo y tenía a mano un cuchillo, y, medio en broma o medio en serio, le hizo una cruz en cada ojo a la imagen de la perra. A los pocos días desapareció. Nunca se supo cómo ni qué fue de su vida. Esos fueron los inicios de Felipe en la macumba.
Otra cosa más, y esto lo voy a decir por puro interés de divulgación, por el hecho de que este blog no olvida nunca su función de mantener informada y al tanto a la comunidad. Hace algunas semanas, mi padre me consiguió un perro. Es un pastor catalán al que le puse Bob. Con los días notamos que Atenea, la perra de mi hermana, que también está acá (la perra, no mi hermana), se le sube encima a Bob como para hacer cachorritos. ¿Podrán creer?... Bueno, ayer una profesora de química (lo de química no tiene nada que ver, es sólo una cuestión de identidad) me dijo en el liceo que en su casa pasa lo mismo. Y entonces me explicó que el veterinario, a su vez, le dijo que eso significaba que la hembra trataba de dominar al macho. ¡Qué tierno! ¿No?... Sólo que lo que le causaba más ternura a esta profesora era el hecho de que su perrita cimarrona, pobrecita, era muy chiquita, y no le daba la altura para subírsele al perro de la casa. ¡Pero qué ambiciosa!, ¿no?... Tan chiquita y ya con la idea fija.

miércoles, 26 de setiembre de 2007

El perro negro que miraba el cielo

Lo mismo que con la gente, los animales que se nos acercan también tienen sus propias historias. Esta es la historia que oculta Ramón, el perro negro, simpático, hiperactivo y curioso que me encontré ayer mientras caminaba por la calle San Pablo, casi llegando a la rambla de la Brava. En realidad no me lo encontré. Él me encontró a mí. Porque yo iba totalmente alelado escuchando en mi discman el concierto para piano número 22 de Mozart cuando de pronto me llevé el tal susto (porque le tengo terror a los perros de más de quince kilos): Ramón ya estaba trotando a mi lado. Este hecho forma parte de una constante de mi vida desde hace unos dos meses: el hecho de que invariablemente vaya por San Rafael en bicicleta o a pie y algún perro me salga al paso y comience a seguirme. Siempre pasa lo mismo. Los perros me siguen un trecho, me acompañan unas horas y luego siguen, corazones solitarios a la deriva, hacia otras compañías.
Había sol. Era la tarde perfecta para caminar luego del mediodía. Ramón tenía un collar verde hecho de lona. En la rambla nos encontramos con una niña que pasaba por allí y Ramón fue corriendo hasta ella. La niña lo vio llegar y empezó a abrir la boca toda rectangular para soltar un grito o el inicio de un llanto. Yo le grité que no tuviera miedo, que el perro lo único que quería era jugar. ¡Yo qué sabía! De entrada el perro me pareció bastante raro, pero era lo más humano que podía gritar a treinta metros. Y de hecho fue así. Ramón se puso a dar vueltas alrededor de la niña y esta se alejó riéndose y diciéndome "Es bueno, señor... Es bueno...".
Creo que con Ramón fui feliz. Y también creo que a él le encantaba estar conmigo. Cuando bajamos a la playa el viento que venía del este me llevaba casi en el aire y me daba en la nuca. Y estaba fresco y se llevaba festones de espuma que la resaca de las olas dejaba en la arena. Ramón correteaba enloquecido la espuma cuando el viento la liberaba de la arena y se la llevaba desgastándola. Pero Ramón, y en este punto me di cuenta de que sí, de que era muy parecido a Jonathan Swift, Ramón era misántropo. Fue al llegar a la calle Gorlero que me di cuenta del todo, cuando él no podía seguir a mi lado porque cada persona que le pasaba por al lado o veía llegar de lejos lo espantaba terriblemente. Yo lo iba a buscar y me lo traía casi a rastras. Pero para él el esfuerzo no valía la pena. Y se fue corriendo por una calle lateral para el lado de la Brava sin que yo pudiera ya alcanzarlo, con la desazón que ya no iba a ver a mis amigos y mostrarles ese perro con el que me llevaba tan bien. Ahora repaso algunas fotos que le fui tomando en la playa antes de llegar a la península. Me quedo embelesado observando unas en que aparece extasiado con la vista fija en el cielo purísimo y azul, mirando no sé qué cosa que haya encontrado o haya recordado. Estaba sobre un médano y se había quedado quieto. La cosa venía del cielo. No se movía. A veces torcía los ojitos como para saber si yo todavía estaba allí. Pero no se movía. Quería saber si yo también estaba sintiendo eso que caía sobre la tierra en la tarde. Eso era la inmensidad compartida. Eso que está ahí para salir a atacar. Porque la consigna antes de salir a caminar para mí había sido: si el día no llega hasta ti, tienes que salir a buscarlo. Peter Handke puro. Salir a buscar el día logrado.
Al rato ya estaba yo con Valentín. Nos teníamos que encontrar en un pequeño teatro a las tres y media para ver actuar a su hija Julieta junto con sus compañeritos del jardín de infantes. De entrada me encantó lo que vi. Una maestra narraba y los niños iban representando el cuento. No importaba de qué trataba el cuento, que quizás pueda ser una ingenuidad ecologista, pero el caso es que cuando llegó el "Había una vez..." caí como entregado en mi butaca. Miré alrededor. Los hermanos, los padres, los abuelos y los tíos, todos empezaron a quedar suspendidos. Los niños representaban a unos animalitos con una gracia y una entrega para sus cinco años que me dejó emocionado.En varios noté lo mismo: no eran niños con un sombrerito que les confería el poder de representar a un pez, no, ellos "eran" el pez. Pero lo mejor aún estaba por llegar. La maestra colocó unas láminas en el suelo. En cada una de ellas había dibujados distintos animales. Los niños tenían que pasar alternativamente al frente, tomar una lámina cualquiera e inventar una historia. Me quedo con tres historias que me dejaron arrobado de cuantas escuché... La primera me hizo saltar de la risa de mi asiento. Valentín me miró con cara de ojo-que-nos-corren-de-acá-al-toque... Y era así. Porque una niña tomó una lámina con tres mariposas azules y dijo que las mariposas se hacían (en vez de "se daban") vacunas. Y que volaban y se seguían dando vacunas entre ellas. Y eran felices y colorín colorado este cuento se ha acabado. Clap. Clap. Clap. Morite de la envidia John Lennon... La siguiente historia también tiene como protagonistas a las tres mariposas azules, y las encontraba masticando chicle todo el día. Y la última fue estrictamente mítica. Ahora morite vos de la envidia, Horacio Quiroga... Resulta que los peces jugaban a la escondida, pero como el que tenía que contar sólo sabía contar hasta dos, todos se aburrían porque los encontraban antes de que se escondieran. Entonces llegó un día en que los peces se enojaron del todo y se fueron al mar. ¡Pum! Ya está. Colorín colorado, este cuanto (también) se ha acabado.
Adriana, la madre de Valentín, hizo un desvío antes de que llegaran a Maldonado y me dejó en mi casa. Yo iba en el asiento de atrás con Julieta y ella miraba las fotos que yo había sacado mientras me contaba cómo se habían sentido ella y sus compañeritos actuando. Me bajé y los saludé cuando ya abría el portón. Tenía ganas de que Ramón estuviera allí y se pusiera a mirar el cielo del atardecer sobre los árboles del Kennedy.

martes, 4 de setiembre de 2007

3 patas

Hace mucho tiempo, semanas, que no me puedo sacar de la cabeza un tema de Paul Mc Cartney. La canción se llama "3 legs" ("3 piernas"). Aparte de ser uno de esos temas de Paul que insuflan en quien lo escucha un sentimiento casi de euforia, tengo que decir que tiene una letra muy intersante, una letra que trata muy veladamente de una historia de amor y odio, y que puede ser también la historia de Paul y John. Ese perrito de tres patas que se nombra en "3 legs" me parece demasiado sospechoso como para dejar de ser una metáfora. Es entonces que percibo una cierta bronca en la manera en que Paul canta, una cierta desazón por algo que no pudo prosperar. En un principio está eso de "Mi perro tiene tres patas, / pero no puede correr". Pero luego, quizás revisando cómo pudo haber salido de la situación cada una de las partes, viene eso de la bronca: "Mi perro tiene tres patas / El tuyo no tiene ninguna". Va la letra en inglés...

"3 legs"
Well, when I walk, when I walk / on my horse upon the hill / (When I walk the horse upon a hill). / Well, when I walk, walk, walk, walk, / on my horse upon the hill / (When I walk the horse upon a hill). / And I lay me down, / will my lover, love me still. / A dog is here, (A dog is here). / A dog is there (A dog is there). / My dog he got three legs / but he can't run. / Well, when I thought, when I thought / when I thought you was my friend / (When I thought I could call you my friend). / When I thought, when I thought / When I thought you was my friend / (When I thought I could call you my friend). / But you laid me down, put my heart around the bend. / A fly flies in (A fly flies in). / A fly flies out (A fly flies out). / Most flies they got three legs / but mine got one. / Well, when I fly, when I fly, when I fly, / when I fly above the cloud / (When I fly above the man in the crowd). / Well, when I fly, when I fly, when I fly, / when I fly above the crowd / (When I fly above the man in the crowd). / You can knock me down with a / feather, yes you could. / But you know it's not allowed / (But you know it's not allowed) / A dog is here, (A dog is...) / My dog he got three legs. / Your dog he got none. / My dog he got three legs. / Your dog he got none. / My dog he got three legs / Your dog he got none.

Si alguien quiere escuchar el tema directamente de la web en este momento, puede hacerlo en www.youtube.com Aunque el sonido no es de lo mejor... El link es http://youtube.com/watch?v=cmGblSMH8Ug

*APÉNDICE*

Otro perro de tres patas (I)

Cuando yo tenía 16 años me encontré un perro negro de tres patas. Y tengo que decir en su honor que fue el perro más fiel de cuantos tuve. Una tarde me fui en bicicleta hasta la casa de Felipe en El Chorro (entre 10 y 15 kilómetros desde el Kennedy) y al rato de que llegué, digamos a la media hora o más, se apareció el perro. Nosotros nos asombramos de cómo pudo haber hecho una cosa así. Pero allí estaba, mirándonos, con la cola de un lado para el otro y con la lengua colgando medio muerta entre los colmillos. Había llegado cansado y sediento. A la vuelta, yo tuve que salir haciendo que Felipe encerrara al perro, porque si no la escena se iba a repetir. O no. La vuelta habría sido la muerte para el perro. También ya era de noche. Una hora después Felipe y su madre aparecieron con su automóvil por mi casa y me lo dejaron. Eso fue en el año 2000. A principios del año siguiente se murió. Yo estaba por unos días en Minas cuando una mañana mi padre me llamó y me dijo que lo encontraron muerto. Era un perro muy raro. Cuando íbamos a la playa, lo primero que hacía era correr hasta donde rompían las olas, frenar de golpe clavando su única pata delantera en la arena húmeda y comenzar a ladrar desaforadamente al agua. A lo primero yo me reía, pero luego empezaba a darme rabia que no se comportara como todos los otros perros. Todas las otras personas que llevaban perros en otoño, invierno y primavera (en verano es más complicado) caminaban y los perros los seguían olisqueando por aquí y por allá palitos, pingüinos muertos o simplemente la basura. Pero mi perro no, me seguía casi por compromiso porque le ladraba a las olas y eso le parecía mucho más importante. Entonces yo me volvía a casa y él se aparecía al rato y no me miraba porque sabía que había estado mal, que me había dejado de lado. Sin embargo, aparte de esa, tenía otras costumbres más raras. Costumbres que a mí, como dueño, y ante el resto de la gente, me dejaban mal parado. Como lo que pasó una vez que me siguió hasta Maldonado (eso era moneda corriente, porque a él le encantaba ir hasta Maldonado), cuando yo era estudiante de profesorado. Me acuerdo que en la zona de Cachimba del Rey, donde yo estudiaba, había suelto un rottweiler gigantesco. Yo les tengo terror a los rottweiler, y eso me parecía un peligro mayor. Cuando vi que mi perro, ya a lo lejos, se le arrimaba para comenzar con el olfateo mutuo, temí lo peor. Era obvio que si el rottweiler lo mordía me lo mataba. Yo tenía que entrar a clase de Teoría Gramatical así que apenas vi el comienzo de la escena. Y como vi que no pasaba nada más, me quedé tranquilo, porque el comienzo fue amistoso. Y qué amistoso que terminó siendo cuando salí de clase dos horas después y los que habían estado allí afuera porque había faltado algún profesor, o algo por el estilo, me decían que mi perro era un sodomita. Parece que fue la diversión del barrio en esas horas. El rottweiler era obviamente macho, por lo que se escabullía cuando mi perro le fue buscando la vuelta. Hasta que el rottweiler se puso a llorar ante la insistencia del otro y apareció el dueño y lo entró a la casa. Hubo otro caso similar una vez que fui a ver jugar al Kennedy a la cancha de Alianza, en la zona de Beverly Hills. Jugaba la tercera. En el entretiempo, los jugadores estiraban sentados llevándose las manos hasta la punta de los pies. En eso se apareció mi perro cruzando la cancha vacía, se frenó detrás de uno de esos jugadores, apoyó su única patita delantera en un hombro del tipo y comenzó a arremeter contra la espalda sudada. En seguida lo apartaron y se burlaron del hombre una y otra vez. Luego empezó el segundo tiempo y hubo que corretear a mi perro para que dejara jugar en paz. Yo estaba del otro lado de la cancha comiendo un choripán cuando sentí que un jugador me gritó: "¡Vo, Damián!... ¡Sacá a tu perro puto de acá!..." En fin... Mucha vergüenza después. Llamándolo. Mostrándole un choripán para coaccionarlo. Corriéndolo de atrás. Amagando con tirarle alguna piedra, luego con acariciarlo. Ese sábado el Kennedy perdió. Pero eso no tiene nada que ver.

Otro perro de tres patas (II)

En el buscador de Google me enteré de que Sandra Bullock había adoptado un perrito de tres patas. ¡¡¡Qué tierno!!!