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domingo, 5 de diciembre de 2010

Verano XXIII (cosas en el aire)


No me llevo bien con los rituales, pero es preciso dejar que unos pocos actúen, o que se manifiesten en una parte disimulada de la experiencia diaria. Por ejemplo: el primer instante del verano en el que el cuerpo hiende la superficie del agua y se adentra confiado e impreciso en el mar. Durante todo el resto del año trato de evocar la múltiple sensación que define a la primera zambullida: el cambio brusco de la temperatura como si se tratara de un acceso de fiebre, o la ondulación, la confusión y la diversa cualidad de la luz. También lo sueño. En las más frías noches de invierno, apremiado por lo que me separa del comienzo del día siguiente, sueño que me hundo en el mar. Y es un sueño feliz. Por lo general no hay orillas, sólo algún muelle precario con algunas personas que no prestan demasiada atención a lo que sucede. La luz traspasa la superficie y puede observarse sobre la arena del fondo todo lo que hay. Algunas veces hay jaulas o pelotas de golf perdidas; otras veces se ven las cosas comunes y corrientes de toda casa: vasos, sillas, papeles, etcétera. Volver a entrar en el mar en cada comienzo del verano es perder una sensación del tiempo y obtener otra más delicada. Saber que la posibilidad de reiterar ese acto está allí, y que no puede ser negada por toda una temporada, ordena los días y los sueños de otra manera.
Nado un poco, leo, escribo algún apunte, miro las cosas que hay en la arena, nado, leo, escribo algún otro apunte si algo de lo que estoy leyendo o de lo que tengo alrededor me interesa un poco más...
Es una tarde gris. Hace mucho calor, pero no hay atisbo del sol. Algunas arañas diminutas suben y bajan por una estela de restos de caracoles que el mar dejó la noche anterior. También hay un tábano. Sólo uno. Llega, se posa sobre una pierna, es espantado y regresa a un punto en particular del largo conjunto de caparazones molidas. Quizás allí tiene algo que lo entretiene: lo que queda de un cangrejo perdido, por ejemplo. Hay poca gente a esta altura de la playa Mansa. No hay oleaje. No pasa nadie caminando. Tampoco parece que alguien se haya interesado en salir a navegar por la bahía. Ni siquiera se sabe bien qué hora es. Puede ser el mediodía o una de las horas del final de la tarde.
Leo un cuento de Erskine Caldwell: "La mosca en el ataúd". Es el primer cuento del libro; un exordio grato y delirante de cuatro o cinco páginas, un jirón febril de la imaginación truculenta de Caldwell.
"Sólo habían transcurrido un día y una noche desde que Dose intentara dar caza a una mosca a través de la sierra circular de la serrería. Esa sierra circular había cortado en dos a Dose, y él había muerto furioso como un loco porque la mosca había logrado escapar sana y viva. Pero eso no habría tenido importancia alguna para Dose si hubiese podido resucitar por un minuto, o digamos dos para ser más generosos. Si hubiera podido hacer eso, le habría dado un golpe tan violento a esa molesta mosca que no habría quedado de ella ni una mota.
-¡Tú, Woodrow, tú! -dijo tía Marty -. Ve a ver si algunas moscas molestan a Dose.
-Jamás podrás verme matando moscas sobre un hombre muerto -replicó Woodrow.
-No las mates entonces -repuso tía Marty -. Espántalas."
Yo también sé que el tábano está allí. Puedo sentirlo posado a muy pocos centímetros de mi rodilla derecha. Entonces sacudo un poco la pierna porque doy por hecho que el movimiento lo va a espantar.
"En la parte trasera de la casa estaban tratando de construir para Dose un ataúd provisional. Hacían un montón de intentos y muy poco, muy poco trabajo. Aquellos perezosos individuos no se hallaban en lo más mínimo predisupuestos al trabajo. El empresario de pompas fúnebres no vendría a traer un ataúd porque deseaba sesenta dólares, veinticinco al contado. Nadie tenía sesenta dólares, veinticinco al contado."
Por supuesto, en seguida siento el escozor insoportable. Suelto el libro de cualquier manera y golpeo la palma de la mano contra mi pantorrilla. El tábano levanta el vuelo de inmediato y se pierde otra vez más en el aire.
Apunto una pregunta: ¿Por qué insistir en la playa una vez que uno ya logró calmar el malestar del calor?
Trato de apuntar una respuesta que no se entrometa con los desmayos de la celebración de la belleza del paisaje y esas cosas. Al menos no de entrada... Porque es la excusa, empiezo a responder, para desplegar un catálogo de cosas perfectamente inútiles. Uno puede decir "estoy en la playa", y está eximido de ser considerado un holgazán, o algo menos que un holgazán.
Cosas inútiles: a) estirar el pie y acomodar su talón encajándolo suavemente en la arena de manera que la embarcación que se recorta apenas sobre el horizonte, del lado derecho de la isla, parezca estar bogando sobre la punta del dedo gordo. b) observar la isla, y después observarla de nuevo, pero ahora reparando en el grupo de pinos que está más separado del resto del follaje, sobre la derecha. c) luego, uno se da cuenta de que sí, estaba observando la isla y no había caído en la total realidad de lo que estaba haciendo o pensando. d) dejar la mirada fija en el desplazamiento de un par de garzas pequeñas que cruzan toda la bahía desde la costa hasta la isla... dos puntos negros desparejos que se recortan contra el cielo gris en un doble zigzagueo, como si alternativamente cada garza apareciera debajo, se borrara y reapareciera encima un segundo más tarde... una sí, una no, una sí, una no... e) el fondo del cielo, con los grises repartidos de forma colosal, como una piedra de los orígenes recién partida al medio y anunciando para los que la ven el desastre inminente de la tormenta que han anunciado para las primeras horas de la noche. f) y así, sin conclusiones...

martes, 23 de febrero de 2010

Verano XXII (oy gut)

Esto ocurrió hace un par de sábados, por los días en que estaba leyendo "A guerra no Bom Fim", de Moacyr Scliar. Lo que importa para el caso de esa lectura es que en algunos pasajes un par de personajes (judíos, pues la novela se centra en un barrio judío de Porto Alegre) podían volar. De repente Nathan se levanta de noche y sale por la ventana y vuela como en un cuadro de Chagall, con violín y todo. Leyendo eso me dije en un instante: "¡Ay! ¿Está repitiendo una fórmula de realismo-mágico? ¿Está rindiendo Scliar en su primera novela (año '71) cuentas a su propia época?". No lo sé. Quizás ni siquiera termine siendo algo importante. Moacyr Scliar es un autor que me gusta, y la novela por esos días me estaba entreteniendo bastante de todos modos.
La tarde del sábado del que quería hablar hacía un calor húmedo y pegajoso. No había casi viento y el cielo estaba apenas gris. En la parada 1 de la Mansa, frente a la Liga de Fomento, uno podía ver desde la orilla la tonalidad verde oliva del agua, y más allá la isla Gorriti apagada en una única línea sombría. Y aun más allá, el Pan de Azúcar, como una cresta absolutamente negra a punto de rasgar las curvas de las nubes también oscuras. Me quedé nadando, yendo y viniendo, hasta que se me hizo posible. Las primeras gotas que llegaban desde la tormenta entrevista tras la isla agujereaban la superficie del agua y formaban unas breves coronitas, como si fuera la marca de algún animal tímido y minúsculo que regresa arrepentido y a toda velocidad hacia la arena del fondo. Los primeros rayos entonces se desplegaron sobre la bahía con la misma forma del esqueleto de un abanico. No hay tiempo para un rayo único.
El guardavidas abandona su casilla de un salto y corre hacia la orilla. Comienza a hacer sonar el silbato. Casi toda la gente se ha ido, pero aún quedamos algunos. Sin embargo el guardavidas está preocupado por alguien en particular. A cien o ciento cincuenta metros hay un hombre buceando. El guardavidas se mete hasta las rodillas en el agua como si ese detalle le diera una ventaja extra sobre el buzo. Al final, no puedo saber cómo termina la escena. El viento se vuelve cada vez más imponente, recojo mis cosas y salgo corriendo hacia la rambla. Los rayos caen del otro lado del puerto, contra la isla, por todas partes. Las nubes negras se acercan en unos pocos segundos y el viento aumenta y empieza a transformarse en una turbonada. Corro hacia una calle de las que desembocan en la rambla. La lluvia se vuelve gruesa y me meto de inmediato en el garage de un edificio cuyo portón está abierto. Miro hacia todas partes para ver si el portero se encuentra cerca. Pero no hay nadie. Me quedo en un rincón, del lado de un sitio vacío que corresponde al coche del apartamento 103. Por suerte los del 103 no están en casa, pero contra la viga que divide el 103 del 104 hay atada una bicicleta muy similar a la que yo tenía cuando era niño. Una bicicleta muy de los '70 o los '80. Esas son las pequeñas cosas que me encantan de Punta del Este. Con toda posibilidad los del 103 deben de tener esa bicicleta desde un par de décadas, reciclada cada tantos veranos para sus hijos, sus nietos, qué sé yo... Afuera el viento y la lluvia forman una materia densa, casi imposible de atravesar con la mirada. Resuenan junto con los truenos y los zumbidos del viento varillas de aluminio que caen sobre la vereda desde los cortinados de los balcones y también varios vidrios. Estoy absolutamente empapado, tratando de calentarme un poco con la toalla, un poco menos húmeda que mi ropa. Pienso que si llegaran los del 103, o el mismo portero, tendría que dar explicaciones acerca de lo que estoy haciendo allí, pero es muy probable que la lluvia me ayude un poco y vuelva más tolerables a todos. Aunque no puedo decir lo mismo si el portón del garage se baja y me quedo a oscuras allí adentro.
Estaba en eso, pensando en una cosa y otra, prestándole atención a intervalos a las roturas de los vidrios o a los gritos de algunas personas cuando veo en la vereda de enfrente a un rabino apretándose su sombrero y cruzando contra el pecho su otro brazo, por encima de la abertura desabotonada del sobretodo. Si uno aislara el viento de toda esa situación y lo colocara en otra parte del mundo, por sobre unas montañas de Asia Central, por ejempo, podría ver la tranquilidad con la que el rabino caminaba mientras los vidrios repiqueteaban por todos lados y unos pocos turistas salían de sus automóviles cubriéndose la cabeza con el grueso Clarín del sábado y se tiraban casi de paloma hacia la recepción de los edificios vecinos. La sinagoga de Punta del Este queda muy cerca de allí, casi contra la terminal. Al rabino le quedaba menos de media cuadra para llegar. Era una figura agrisada recortada a medias entre el aguacero. Una figura que se deslizaba a una velocidad creciente, con el viento empujándolo sobre su nuca, su espalda, sus asentaderas, sus piernas, sus tobillos, hasta que la turbonada arremetió por última vez antes de la tregua final y los pies del rabino (que había tropezado) en tan sólo un segundo, quizás dos, se despegaron del embaldosado y patalearon en la nada. Pudo haber sido nada más que un desvarío de la percepción. El rabino tocó tierra una vez más y se reacomodó con dignidad y presteza, recuperando el paso de siempre. No tenía porqué importarle nada. Sólo la fe, que lo estaba llevando adonde tenía que ir.

Cuando la tormenta siguió de largo hacia al lado del océano, atravesando finalmente toda la península, abandoné el garage y caminé hacia el lado de la terminal para llegar a la rambla de la Brava. Apenas pasé frente a la sinagoga miré hacia adentro. El rabino no estaba por allí a la vista por supuesto. Solamente había una niña de unos siete u ocho años, apoyada contra la puerta de la entrada y mirándome con su pequeña Torá de páginas con bordes dorados, apoyada contra su boca.

domingo, 17 de enero de 2010

Los catadores


Hace algo más de un año Leonardo Cabrera tuvo la idea de que varios de los que andábamos "en la vuelta" reuniéramos nuestras impresiones sobre lo que estábamos leyendo (sea recién editado o no) en un blog colectivo. Esta idea ya pasó desde ayer a la realidad. Los lectores pueden acceder a www.clubdecatadores.wordpress.com y entrar a un índice de lecturas bien personales de, por el momento, Leonardo Cabrera, Pedro Peña y quien escribe. Quedan invitados. Un abrazo.


(*) Foto: Leonardo Cabrera; Playa Kennedy, Punta del Este, 9/1/2010

domingo, 1 de noviembre de 2009

Vicaría


No tengo nada contra el e-book, pero creo que lo que me sucedió esta noche difícilmente me pueda llegar a ocurrir con ese aparato.
Hace semanas que he estado leyendo "En la frontera" (The crossing), de Cormac Mc Carthy, lentamente, casi diría yo de forma cautelosa. Es una novela larga, torrencial, áspera, dura y al mismo tiempo de un lirismo arrasador. Es una novela, como en otras de Mc Carthy, donde el recurso del "ser-haciendo" es indivisible. Los personajes hacen cosas. Los vemos haciéndolas. Por encima están sus preocupaciones, el destino que espera, etc. Pero tenemos que saber en largas tiradas de líneas cómo Billy Parham (el protagonista de esta historia) prepara el ronzal para su caballo Niño, cómo lo prepara, cómo le habla, cómo hace la cuerda cuando corre y se ajusta. Tenemos que compartir cada noche al costado del camino en ese recorrido por los devastados pueblitos mexicanos de mediados de siglo. Hay que prestar atención a cómo el personaje toma las ramas, como sus dedos se reparten cada aspecto de la tarea, cómo nace la llama y cómo sus figuran hienden la noche y cómo el chico Parham se mira las suelas de las botas y después observa las brasas y más allá la forma insinuada de un caballo aguardando hacia la noche.

"Tú quieres atrapar esa loba, dijo el viejo. Quizá quieres la piel para conseguir un poco de dinero. Quizá para comprarte unas botas o algo así. Eso puedes hacerlo. ¿Pero dónde está el lobo? El lobo es como un copo de nieve.
Un copo de nieve.
Tú atrapas un copo de nieve pero cuando te miras la mano ya no está. Puede que veas este dechado. Pero antes de que puedas verlo ha desaparecido. Si quieres verlo tienes que verlo en su propio terreno. Si lo atrapas lo pierdes. Y a donde va no hay camino de vuelta. Ni el mismo Dios puede devolverle la vida.
El chico miró la delgada y fibrosa garra que le sujetaba la mano. La luz de la ventana alta había palidecido, el sol se había puesto.
Escúchame, joven, jadeó el viejo. Si tu aliento fuera lo bastante poderoso podrías apagar de un soplo al lobo. Como se sopla un copo de nieve. Como se sopla una vela para apagarla. El lobo está hecho a imagen del mundo. No puedes tocar el mundo. No puedes cogerlo con la mano porque es una emanación, un soplo.
Para pronunciar esa proclama se había incorporado ligeramente, y ahora se hundía de nuevo en la almohada y sus ojos parecían absortos en el entramado del techo. Aflojó el delgado y frío apretón. ¿Dónde está el sol?, dijo.
Se ha ido.
Ay. Ándale pues. Ándale joven.
El chico retiró la mano y se levantó. Se puso el sombrero y se llevó una mano al ala.
Vaya con Dios.
Y tú, joven."

Cuando llegué al párrafo final (que no es lo que acabo de citar más arriba), que leí y releí, como me sucede con los libros que me terminan gustando, cuatro, cinco, seis veces, cerré el libro y lo apreté contra mi pecho. Lo estreché hacia mí presionándolo contra el frente de mi jaula de costillas, tal como pudiera haber sucedido con las pertenencias de un familiar muerto que se han ido a buscar más allá y se han recuperado. Quería a Billy Parham contra mi pecho y lo tuve acotado en un bloque de páginas resguardadas de un cartón laminado. Difícilmente, pienso, el e-book me daría esa chance, eso otro sería más bien la sensación de un sueño borgeano realizado.
Así estuve, minutos enteros con el libro contra mi pecho, respirando en medio de la noche; pensando, también, cómo gusta de vibrar en nuestros espíritus lectores el hecho de saber que los personajes sufren tanto o más que nosotros.

lunes, 16 de febrero de 2009

Verano XVII (McCarthy)


He aquí un libro magistral, uno que me hizo darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía nada que me llegara tanto hasta incomodarme los huesos. Me refiero a "Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy. No sólo hablo de una prosa excelente (desconozco el original inglés, pero creo que esas cosas se transfieren a través de al menos una traducción aceptable, y esta de Luis Murillo Fort debe ser por lo menos eso), hablo de páginas y páginas ante las que me detengo y me veo sofrenando el impulso de avanzar y retrocediendo para releer una o dos veces pasajes que me parecen bellísimos. Y vuelvo a ellos intrigado por la naturaleza de su belleza, y así... Ahora sólo quiero dejar una cita de un pasaje que se puede encontrar pasando la mitad de la novela. No podía parar de exclamar, no podía...
Ahora voy a hacer dos cosas: una advertencia y una "introducción"
La Advertencia: absténganse de leer quienes: tengan una sensibilidad extrema para con el dolor de los perros / vayan a leer esta novela / no gusten de Cormac McCarthy / piensen que los microcuentos son lo mejor y más refinado de la narrativa / tengan menos de cinco años de edad...
La "Introducción": el pasaje trata sobre una cacería de perros, perros que se comen terneros enteros en los campos ásperos de Nuevo México. Una partida de vaqueros, que trabaja para un propietario que ya ha perdido varias cabezas, sale cabalgando hasta cercar a los perros con las primeras luces del alba en una especie de meseta. Y así los van enlazando para evitar que sigan comiéndose a los terneros... Es una forma de decir... Hasta que solamente quedan dos perros... A lo que voy es que me sorprendió y conmovió tanto cómo un narrador puede transmutar algo horrendo en algo simplemente hermoso y elemental (y después, otra vez lo terrible), que quedé en esa suerte de ataraxia emocional que nos llega cuando estamos en presencia de un maestro. Va...

"Alcanzó el primero a los perros y lanzó el lazo sobre el perro amarillo que iba en cabeza. El moteado atajó casi por debajo de las patas del caballo y corrió hacia el borde. El amarillo rodó y rebotó en el suelo y se levantó otra vez y continuó corriendo con el nudo en torno al cuello. John Grady llegó a la altura de Billy y lanzó su cuerda y atrapó al amarillo y cuarteó a su caballo con el extremo doblado de la cuerda y luego dio un tirón. El cabo flojo del cabestro de Billy silbó por el suelo y se detuvo y el perro grande amarillo se alzó repentinamente del suelo volando hacia adelante atrapado entre las dos cuerdas y las cuerdas vibraron con una sola nota breve y apagada y luego el perro explotó.
El sol había salido hacía menos de una hora y en la travesía de la luz sobre la
mesa la sangre que saltó en el aire delante de ellos fue tan brillante y tan inesperada como una aparición. Algo surgido de la nada y absolutamente inexplicable. La cabeza del perro dio varias volteretas, las cuerdas recularon en el aire, el cuerpo del perro aterrizó en tierra con un golpe sordo.
Maldita sea, dijo Billy."

viernes, 6 de febrero de 2009

Verano XV (Cheever)


¿Qué era? ¡Ah, sí!...
Estoy terminando de leer una anotología de relatos de John Cheever titulada "La geometría del amor" (la selección es de Rodrigo Fresán). En realidad su lectura, al menos la lectura de estos relatos, me genera ciertos sentimientos encontrados. Es decir, me han parecido magistrales los siguientes ejemplos: "Las joyas de los Cabot", "Las casas a la orilla del mar", "El ladrón de Shady Hill" y "El nadador", y evidentemente Cheever es un narrador de esos pocos que tocan y dominan esa sustancia que atraviesa todas las cosas, pero también es cierto (sigo hablando de mi lectura, desde luego) que hay explicitaciones acerca de lo que los personajes sienten y que estas no me gustan tanto. Se me dirá: pero los escritores no escriben ciertas cosas esperando todo el tiempo que a uno le gusten o no, las escriben en arreglo a una imagen del mundo que ellos poseen. Está bien. Hablemos entonces de representaciones del mundo y de las relaciones entre sus distintos casos... Como sea... Lo curioso es que eso que a veces me disgusta un poquitín de algunos relatos de Cheever, en otros se vuelve algo arrasador... A continuación dejo dos momentos de su prosa que me parecieron hermosos...
"Recorrí las calles, preguntándome qué papel haría en la profesión de carterista y ladrón de bolsos, y todos los arcos y los campanarios de San Patricio me recordaban las colectas para los pobres. Tomé el tren de costumbre para volver a casa, y por la ventanilla contemplé el paisaje apacible y la tarde de primavera, y me pareció que los pescadores y los bañistas solitarios y los guardabarreras y los jugadores de pelota en los baldíos y los amantes que no se avergüenzan de su propia actividad, y los dueños de pequeños veleros y los viejos que juegan naipes en los cuarteles de bomberos eran las personas que zurcían los grandes desgarrones que los hombres como yo dejaban en el mundo." (El ladrón de Shady Hill)

"Estamos en otoño. Las hojas cambiaron de color. No hay viento esta mañana, pero las hojas caen por centenares. Creo que si uno quiere ver algo -una hoja o una mata de pasto- tiene que conocer el perfil del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi esposa no está, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo de la ciudad) rara vez está de humor estos días, de modo que tengo la impresión de que no alcanzo a percibir una parte de la mañana, como si el momento tuviese un umbral o una serie de umbrales, y ya no pudiera franquearlos. Jugar entre dos a la pelota podría ser eficaz, pero Peter es demasiado pequeño y el único vecino a quien le interesa el juego asiste a la iglesia." (La cuarta alarma)

sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano IV (elección de horas)

Ayer fue la elección de horas docentes de Literatura para el departamento de Maldonado. Uno puede ver a varios colegas conocidos y queridos, ex-compañeros de generación, ex compañeros de otros años en ciertos liceos... Hasta ahí todo lo más bien, pero después están el calor, los celulares sonando sin parar, las carcajadas en las que te muestra qué tan torcida tienen la campanilla de la garganta algunas grado 7, la impaciencia y más tarde la indecisión y la carga de tener que resolver los horarios que uno tendrá el año que viene. Por suerte me encuentro, año a año, con Felipe. Nos apartamos, tomamos o comemos algo en alguna mesa del patio, hablamos de literatura, de cine, de lugares con playas, etc. Este año Felipe se apareció con un panamá con un listón negro en la base de la copa. Parecía una foto que vi de Truman Capote.
Voy a ser sincero (¿?)... Si hay otra cosa que me llama la atención o me incomoda (no sé cómo precisarlo), es cierto vacío que se forma en la montonera. Lleno, llenito de profesores de literatura, y lo que más escucho son quejas sobre el precio del kilo de cordero a fin de año, o sobre los reglamentos de elección de horas o pasaje de grado, o lamentaciones sobre el marido o la esposa de turno... Cosas por el estilo... Pero muy pocas veces me topo con alguien que me hable de lo que está leyendo. Tampoco me quiero pasar para el otro lado y terminar con una actitud snob del intelectual que atomiza con actitudes imprescindibles y perentorias acerca de que no leer mata, causa impotencia, lo que sea... Nada que ver... Pero... Así que me gusta preguntar, con toda la discreción del caso, qué es lo que andan leyendo, no por que eso represente un tipo de "contienda del intelecto", sino por ese cierto voyeurismo que todos los que leemos tenemos. Al final de la elección de horas sólo tres profesores me hablaron de lo que estaban leyendo. El profesor F(elipe) leía una serie de artículos de Homero Alsina Thevenet sobre la censura en Hollywood. De ahí pasamos a hablar de la casa de brujas del comunismo, pasando por la censura a una película de Howard Hughes por mostrar demasiado los pechos de su actriz principal (lo que se puede ver en "El aviador", de Scorsese), volviendo de nuevo al comunismo y, en especial, a las películas de Chaplin, sus cortos para la Keystone y un dato que yo no conocía: "Candilejas" (Limelight) estuvo casi veinte años sin ser estrenada en Estados Unidos porque los notables del comité de censura no la habían considerado apta hasta entonces. El profesor F(elipe) es mi amigo, y esto me da cierta confianza para juzgar que dos por tres me sale con cualquier exageración, pero quizás sea así nomás... El profesor S. más tarde me comenta que está leyendo "Descanso de caminantes", una selección de los diarios de Adolfo Bioy Casares. "¡Qué putero era el viejo!", dice. "¿Viste?", dice el otro. Más tarde el profesor G. me habla de que terminó de leer dos cosas casi en simultáneo. Por un lado "Mascaró, el cazador americano", de Haroldo Conti, y destaca lo guimaraesiano de esa narración. Y por otro lado "Didáctica de la liberación" (editado por HUM), de Luis Camnitzer. De este libro se habló mucho hace un par de meses, cuando trascendió que en sus páginas se homologaban las acciones tupamaras como la toma de Pando con acciones performáticas propias del arte conceptual. Como se vio, a algunos (¿ex?) tupamaros la idea les desagradó de entrada, y a otros les pareció bastante pertinente. Para pensarlo, me parece, porque si sos o fuiste guerrillero y luego vienen y te dicen que lo que hiciste es un "como si" artístico, bueno, entonces es para pensarlo, como digo...
En cuanto a mí, me llevé para leer tanto el tomo con las primeras Novelas Ejemplares como "Agua viva", de Clarice Lispector; sin embargo terminé leyendo "Espacios de la memoria", de Fernando Aínsa, un libro que me compré en un puesto instalado dentro del liceo. Me pasa algo raro con la lectura de ensayos. Si estoy en medio de una multitud, como era ayer el caso, me es casi imposible leer ficción. No puedo, cierro el libro en seguida. Pero no me sucede lo mismo con los ensayos, que a mí parecen de lectura más complicada; puedo leer un ensayo con tres docenas de voces alrededor y es como si esas voces formaran al final un muro que me aísla. Creo que llegué, después de todo, a la lectura de este ensayo de Aínsa porque la noche anterior en la casa del 33, mientras esperaba que hirviera el arroz que le hacía a los perros, estuve releyendo algunas de las primeras páginas de "Las vueltas de César Aira", de Sandra Contreras. Allí Contreras habla de esa larga convención de la narrativa argentina de personajes que van al desierto, al sur, a la frontera donde está el "otro", el gaucho, la cautiva o el salvaje, en definitiva. Pero sobre todo, explica Contreras, esa construcción de ese espacio se hizo desde el exotismo, desde esa mirada de los extranjeros, en su mayoría ingleses (Darwin, Hudson, etc.). Eso le da pie para comentar qué es lo que hace Aira con novelas como "La liebre". Eso, a su vez, me dio para pensar cómo se dio aquí en Uruguay la cuestión. Para esta literatura, en principio, no había sur, sino norte. Es cierto que tuvimos las miradas foráneas (la de Hudson, también, en "La tierra purpúrea", y un siglo después la de Copi en "El uruguayo"), pero me quedé pensando en si pesaron más que las visiones "más uruguayas", como las casi inaugurales de Eduardo Acevedo Díaz, por ejemplo en esa entrada hacia el norte del país, levemente romantizada, que hace el protagonista de "Nativa". Esta lectura de Aínsa me cae en el mejor momento. Vuelvo a la cuestión una vez más antes de pasar a otra cosa. Hay una manera en que los textos literarios nos hacen sentir un espacio, un lugar que incluso no hayamos visitado nunca, de tal manera que esa construcción luego es irremovible. (Sigo pensando al vuelo, a los teclazos...) Si en Argentina la mirada exótica pesó de forma crucial en la construcción de un espacio, ¿ocurrió igual en Uruguay?... Me parece que un punto de partida hipotético puede ser pensar que no, que la construcción exótica no fue determinante, lo que me lleva a preguntarme sobre qué bases se dio entonces (porque, del mismo modo... ¿no estuvo siempre "el otro europeo" antes que el criollo?). (Ahora me digo, ¿tengo que dejar fuera de discusión el nacimiento mismo de un país que queda entre Argentina y Brasil, como un algodón entre dos vidrios colocado por un inglés?...) Hace poco leí una entrevista a Beatriz Sarlo en la que hablaba de la asombrosa semejanza que existe entre Argentina y Uruguay y cómo, al mismo tiempo, hay aspectos determinantes (en lo político partidario, por ejemplo) que los diferencian a simple vista. Bueno, ahí tengo un tema como para darle algunas vueltas con varias lecturas.
Esto anterior me lleva a unas cosas que conversamos con Felipe sobre los Beatles. Él dice que en una entrevista vio a Mike Myers (sus padres son de Liverpool) asegurar que los Beatles hicieron de su ciudad natal un lugar más alegre en el que poder vivir, que Liverpool no era así antes de ellos. Diría Aínsa según lo que estoy leyendo, que los Beatles lograron trocar la memoria del espacio del que surgieron. ¿Y qué tanto más se le puede pedir a un artista? Así que yo le conté a Felipe que hace un par de días se me dio por escuchar solamente canciones de los primeros discos y dejar de lado un poco la experimentación más manifiesta que se da desde "Rubber soul" (?¿) hacia el final. Para algunos las canciones de los primeros discos son más simples, para otros los Beatles no dejaron de hacer lo mismo, sólo que cambiaron en la parte arreglística, como sea... A lo que voy es que la alegría que se desprende de esos primeros discos es una cosa que no era de este planeta. Y para mí, lo bueno en arte, cuando además alegra, dos veces bueno. Ahí nomás, mientras hablábamos de esas cosas, Felipe sacó un ogo, que viene a ser un aparatito que tiene teléfono, internet y que tiene MSN y te sirve para saber la temperatura, recordarte todo en una agenda y avisarte cada cuántos segundos nace un poeta en Tacuarembó. Y también se puede oír música en él... Pusimos el disco "Love" y entre tema y tema empezamos a intercambiar anécdotas. Felipe me comenta una declaración de Paul sobre la época de la beatlemanía, cuando las cosas se salieron de curso y los Beatles comenzaron a entender que tocar el cielo con las manos costaba lo suyo. En un concierto de tantos, creo que tocando "I'm down", a Paul se le da por mirar a John tocando el piano y descubre que había algo que no encajaba, que John era presa de una alteración que ni siquiera tenía que ver con el frenesí rockero. Cruzó un par de miradas con George y Ringo y descubrió en los otros la misma sorpresa. Para Paul, eso no sólo fue un indicio de que cierto tiempo había llegado a su fin, sino de que John no iba a ser el mismo a partir de allí. Eso me recuerda un video de esos años en el que prácticamente todo el tiempo aparecen John y Paul en un mismo plano. Están tocando "We can work it out" en evidente y hasta grosero playback, pero el resultado está lejos de la seriedad de la anécdota de Felipe. Basta con ver el esfuerzo que hace Paul por no mirar a John.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Verano III (siesta)

Anoche dormí poco y mal... Poco, primero, porque me quedé hasta bien entrada la madrugada leyendo y escribiendo. Poco y mal, en segundo término, porque el calor era insoportable, y la tormenta que llegó a las cuatro o las cuatro y media de la mañana no ayudó a refrescar el aire que entraba por la ventana. Así que hoy, después de almorzar, me acosté a leer y me quedé durmiendo una siesta impensada en la que soñé lo que sigue... Estaba en el patio de la casa de mis padres, pero al mismo tiempo ese patio era como una calle peatonal, con un montón de cahivaches tirados sobre la vereda, pero no exactamente basura. En eso veo venir hacia mí a tres personas, dos de ellas son niños varones, que sostienen a alguien más. Es decir, había que mirar con cierta atención para determinar lo que era en realidad ese "alguien más": otro niño, pero uno al que le ha sucedido una cosa que le cambió el aspecto físico de manera increíble. Lo que me hace acordar (en el mismo sueño) a lo que estaba escribiendo la noche anterior. Entonces les pregunto a los niños que van a los costados si ese que está en el medio es el que yo creo que es, o sea el personaje principal de mi cuento. Los dos niños abren los ojos demostrando no sólo sorpresa, sino algo de vergüenza ajena.
-¿En serio no te diste cuenta? -preguntan.
Y siguen de largo como ignorándome.
Cuando me desperté volví a la lectura de "La gitanilla", de Cervantes, y marqué en seguida un párrafo que me ha sorprendido por el cambio de la perspectiva del narrador. No se trata ya del narrador pudiendo opinar sobre cual o tal pensamiento o acción de un personaje, sino otra cosa que muchos podrán juzgar "cinematográfica", cuando sabemos que es al contrario: muchos recursos del cine son hallables en la literatura, si es que se puede dar hasta cierto punto eso de homologar recursos de un lenguaje a otro. Cuando el futuro Andrés Caballero, quien se sacrificará por lograr el amor de la gitanilla, lee por azar un soneto que le ha sido dedicado a esta por un paje, Preciosa no deja pasar el tiempo para infundir celos.
"-No es poeta, señor, sino un paje muy galán y muy hombre de bien -dijo Preciosa."
Hasta acá parece que vamos a encontrar la respuesta de Andrés o la reacción que tienen en él esas palabras. No del todo. Viene un aparte entre el narrador y Preciosa que crea una atmósfera de detención, como si todos los demás personajes se hubieran petrificado y sólo la gitanilla tuviera el don del movimiento. Parece ser un recurso que recuerda vagamente algo de la tragedia griega, pero acá es bastante cómico y no menos original. Dice el narrador a continuación:
"Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hiera y sobresalte el menor de vuestros descuidos. (...)"
Lo mejor, viene luego, cuando la cinta vuelve a rodar y el narrador ya nos presenta un Andrés distinto: "Todo esto pasó así como se ha dicho: que Andrés, en oyendo el soneto, mil celosas imaginaciones le sobresaltaron. No se desmayó pero perdió la color (...)"



sábado, 27 de diciembre de 2008

Verano II (Cervantes)

Estoy también con las "Novelas ejemplares", de Cervantes. Releyendo algunas y leyendo por primera vez otras. Con Cervantes me pasa que debe ser el único dentro de todos los clásicos que me vuelve frenético. Simplemente no puedo jamás dejar de asombrarme del nivel de creación que desplegó en toda su vida. No hablo siquiera de la cantidad que escribió, sino de lo variado de sus argumentos y de las escenas que ha imaginado. En eso está lo prolífico. Pero además en lo apasionantes que se vuelven esas creaciones. ¡Mire que ocurrírsele a un escritor un personaje que de repente se cree que está hecho de vidrio! ¡Vaya! Cosas así, puntos de partida de ese tipo con sus subsiguientes desarrollos son los que me conmueven y me dejan, como ya dije, en un estado de frenesí inigualable. Pensar en Cervantes es pensar en escribir. Como me pasa con otro autor que, más allá de las obvias diferencias, yo junto con Cervantes en las afinidades de mi cabeza lectora: César Aira. A Aira va a haber que leerlo un día como a Cervantes se lo lee hoy en tomos de Aguilar. Yo creo que ahí, cuando se recopile todo Aira, se va a tener la muestra cabal de lo que es su poder de imaginación.
Volviendo a Cervantes, quiero terminar sin embargo este apunte copiando algunas frases que aparecen en el prólogo a las "Novelas ejemplares", y que se me han pegado como un chorro de helado derretido entre las uniones de los dedos:
"Y así te digo (otra vez, lector amable) que destas novelas que te ofrezco en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca (...)"
"Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.
Sí, que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean: horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse."


jueves, 11 de diciembre de 2008

El sur del norte




El siguiente diálogo se produce en el cuarto para fumadores de un tren que cruza el estado de Louisiana:
-Entonces, ¿usted quiere que vuelva? ¿La recibiría? -Pero no necesitó mirar la cara del otro; dijo rápidamente. -Disculpe, retiro eso. Es más de lo que cualquier hombre puede contestar.
-Dios mío -dijo el otro -. ¡Dios mío! Debía abofetearlo. -Y añadió con un tono de atónita incredulidad: -¿Por qué no lo hago? ¿Puede decírmelo? ¿No entiende que un médico, cualquier médico, es una autoridad en glándulas humanas?

---Cuando estaba en segundo del liceo una profesora pidió que estudiáramos algo sobre blues y jazz. Éramos el peor segundo del año '93. Nos cambiaban de salón a cada mes. Hasta los otros grupos se quejaban de nosotros. Terminamos en el último piso, en el único salón que tenía el último piso. No sé por qué, quizás por hacer un buen papel delante de mi madre al verme estudiando, me puse a leer algo sobre los orígenes del blues. Allí se hablaba de una canción de Bessie Smith, no me acuerdo cuál. Lo único que recuerdo es que se comentaba la letra, y se decía que en ella Bessi Smith se quejaba de dolor de muelas. ¡Buena!, me dije. Eso era distinto. No era nada parecido a "Jugate conmigo", con Cris Morena y su corte de adolescentes pavotes. Llegó el día del oral. Nadie levantó la mano. Sólo yo. Eso era raro. Hablé de lo que había leído y me encargué de que quedara claro de que hablaba una canción de Bessie Smith. Dolor de muelas. Eso era real.---

De pronto Wilbourne oyó su propia voz hablando con asombrada y quieta incredulidad. Le pareció que los dos estaban alineados en orden de batalla y sentenciados y perdidos, ante el entero principio femenino:
-No sé. Tal vez le haría bien.

Me ocurre leyendo a Faulkner, a Carson Mc Cullers, a Flannery O'Connor... Hay una intención de no querer mostrar todo el mundo, de reservar la porción de misterio ajustada... ¿Para qué? ¿Para condescender con cierta idea literaria acerca del alcance limitado de la representación? Creo que algo más... Para decir que estamos ante el misterio de un mundo que ya no existe, que dejó de existir o existía a impulsos ciegos cuando ellos escribieron sobre el sur. Nunca voy a entender "Enoch y el gorila", de Flannery O'Connor, y ni quiero entenderlo. O quizás el único entendimiento que me satisfaga esté en un nivel subterráneo, lejos de lo mensurable... Un par de hombres se escapan de la cárcel. Hay algo mítico. Esa fuga es de algún modo la primera fuga de dos hombres en la historia. La siento así.

Pero pasó el momento. Rittenmeyer se dio vuelta y extrajo un cigarrillo del bolsillo y sacó a tientas un fósforo de la caja pegada a la pared. Wilbourne lo miró - la espalda elegante; se sorprendió preguntándose si el otro deseaba que se quedara y lo acompañara hasta que el tren llegara a Hammond. Pero de nuevo Rittenmeyer pareció adivinar su pensamiento.

---Como en el período Gótico, muchos siglos antes, en el Sur de entre el XIX y el XX ya no hubo una Verdad; la Verdad única fue desplazada por una verdad laica, o sea múltiple. Los valores religiosos y patriarcales cedieron ante los cambios económicos y sociales instalados a partir de la Guerra Civil. La mansión del patriarca protector, iracundo o no, se transformó en la casa del heredero gangrenado. (Ese es el drama faulkneriano, duro, pero no tan novedoso, de "Manderlay", de Lars von Trier) bla bla bla---

-Vaya -le dijo-. Váyase al demonio y déjeme solo.

A veces pienso qué veo en los viajes por el campo nuestro, en las lecturas de Morosoli. ¿Hay alguna relación entre aquello del sur del norte y el campo de este sur que aparece en las narraciones de Morosoli, donde vemos los efectos de la modernización luego de una Guerra Civil, donde vemos que un tiempo que ya no volverá aparece evocado como en "Muchachos" (1950)? ¿O es sólo un ready-made que me invento para pasarla bien y sentirme una especie de Monsieur Bovary gótico mientras miro el paisaje a través de la ventanilla del ómnibus?

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Duerme o no duerme


Quedaban dos chicos por terminar la prueba de fin de año. Eran K y Á. Estaban sentados muy cerca. El viento caliente pasaba entre la puerta y las ventanas de ese salón del segundo piso. Todo me estaba resultando incómodo o penoso... la ansiedad de que a los chicos les fuera bien, las partículas de tiza que se desprendían del pizarrón y que me llovían sobre la cabeza, el resplandor del lado del ventanal, la silla, las patas alternando de un lado a otro por el desnivel del piso de portland... En realidad había una explicación un poco más simple.
-¡Profe!... ¡No se duerma, profe!... -dice de pronto K.
Entonces me sacudo y los miro, ambos con los lápices apenas levantados de sus hojas. Me sonríen, les sonrío y cada cual regresa a lo suyo. Ellos, quizás, al final de la respuesta 3, yo, seguro, a bambolear la cabeza.
-¿No durmió?...
Hago un gesto como para que no se preocupe y siga escribiendo. K sacude la cabeza como diciendo: "¡Qué cosa!".
Si le contara le tendría que señalar antes la novela que tengo sobre el escritorio y cuya lectura no quiero continuar: "En busca del Rey", de Gore Vidal. La madrugada anterior estaba leyéndola en la cama, luchando con el cansancio, y cuando creí que me quedaba dormido del todo, surgió algo, una cosa que me hizo estar despabilado cinco minutos más hasta que concluí el pasaje.
"En busca del Rey" está ambientada a finales de siglo XII y trata acerca de la vuelta de Ricardo Corazón de León desde las Cruzadas. Lo acompaña su fiel Blondel, el trovador que se termina transformando en el personaje principal del libro. En un reparto de botines en Palestina, Ricardo ha afrentado a otro monarca y, consecuentemente, es acusado del asesinato de otro. Esto lleva a que el Rey se cuide las espaldas en la vuelta a Francia, dejando de lado atravesar todo el Mediterráneo y haciendo tierra en el Adriático para atravesar Austria a pie. Hasta ahí no echo a perder ninguna expectativa, porque eso es lo que ocurre en las tres o cuatro primeras páginas, sino antes. Pero lo que pronto cautivó mi atención, más allá de las reflexiones de los personajes y sus conflictos, es la constante narración de su desplazamiento por los bosques, día y noche. Los bosques protegen a los personajes de muchos peligros, pero al mismo tiempo los exponen a otros, a ciertos peligros propios de la Naturaleza y a otros que estaban instalados en las creencias o supersticiones del hombre medieval. De hecho, la representación de uno de esos temores asociados con lo supersticioso es lo que me hizo relegar el sueño esa noche. A lo que quiero llegar es que hay narraciones que solamente me han atrapado por la descripción del bosque, de un bosque en el que un hombre o un grupo de hombres se cuidan de algo. Me sucedió con "La comunidad del anillo" de JRR Tolkien, sobre todo con el final del mismo y el pasaje a "Las dos torres", cuando los protagonistas , un poco antes de separarse, pasan una noche junto a un río, sintiendo el acecho terrible de las criaturas enviadas por Sauron. Es más, no me olvido jamás del momento en que sienten una oscuridad que aletea en medio de la oscuridad de la noche y Legolas levanta su arco, apunta y dispara. Y luego la preciosa tensión del paso de las palabras que no termina de definir qué sucedió, hasta que sí, terminamos por saberlo.
Es lo que me gustó de "La chica que amaba a Tom Gordon", de Stephen King; lo que me fascinó de "El río dos corazones" de Ernest Hemingway, en el que Nick Adams simplemente hace cosas comunes y corrientes para alguien que acampa y busca pescar algunas buenas truchas. Pero allí cerca, detrás de todo aquel ramaje, hay algo que late, que permanece innominado y que sin embargo intuimos, porque lo conocemos de larga data. Es un temor ancestral, emparentado quizás con las leyes más elementales que aseguran nuestra supervivencia, pero también vinculado con algún anhelo terrible. Copio un fragmento de "En busca del Rey" que me parece relacionado con esto: "Cuatro figuras blancas, despojadas de sus recuerdos y sus historias, moviéndose en las negras aguas negras de un bosque encantado donde no gorjeaba ningún pájaro, donde no se movía criatura alguna salvo ellos y las imágenes creadas por la magia. Esto era mejor que la vida, y tal vez era semejante a la muerte". Aquí aparece la idea de la detención y el peligro como orillas donde finaliza la vida, y, por el contrario, donde la vida se hace más intensa ante la proximidad de la muerte.
Esto me hace acordar a mi infancia en el Kennedy. Yo crecí en un barrio que estaba (está) rodeado de bosques. Quizás hoy los bosques no sean tan profundos como antes, pero si alguien pasa por el Kennedy puede hacerse una idea de lo que digo. Antes en el Kennedy había mucha menos gente. Uno podía meterse en un bosque y pasar toda una tarde sin siquiera escuchar algún sonido vinculado con lo humano. Yo no tendría diez años cuando me escapaba de mi casa y me iba a un monte corría todo a lo largo de los fairways de los hoyos 12 y 13 del campo de golf. A veces, si uno no se dejaba ver, se podía cruzar esa parte del campo de golf y pasar a otro monte de pinos mucho más profundo, que terminaba en algún sitio de Rincón del Indio. En mis caminatas, muchas veces tratando de encontrar pelotas de golf perdidas para venderlas luego en el estacionamiento del club, empezaba a conocer cosas que no estaban en los libros, que no estaban en la televisión y ni siquiera en las charlas de los adultos. Con el tiempo mis padres se escandalizaban de que yo anduviera tan solo por esos lugares. Al principio, digamos que los primeros años, yo pasaba maravillado entre los árboles o las trabazones que formaban los arbustos y las enredaderas, pasaba extasiado por las galerías que se hacían naturalmente entre la vegetación. Me tiraba en medio de un pastizal y disfrutaba minutos enteros el ruido que me envolvía. Por eso me emocioné casi hasta las lágrimas muchos años después cuando leí "Andrada" de Morosoli. Si sentía algún paso, simplemente me quedaba quieto. El pasto era tan alto que yo me quedaba sentado y no se me veía un pelo. Y una sensación extraña, única, me recorría la espalda. Eso era lo mejor. Sentir que yo estaba ahí y de algún modo no lo estaba. Pero un día eso se terminó. No sé por qué y cuándo. Sé que una tarde percibí algo que no era bueno. Algo que ya no tenía nada que ver con el placer de siempre. Había una cosa que no encajaba, o que me acechaba. Desde entonces caminar solo por los montes me da generalmente pánico, y el pánico quizás se transmute en placer, al fin y al cabo, pero es una cosa que no puedo resistir por mucho tiempo. La única vez que me pasó algo por el estilo fue leyendo un cuento: "El pueblo blanco", de Arthur Machen.
Hubo otra época, sin embargo, cuando yo tendría 20 ó 21 años, en que salía a caminar por los montes en plena noche, y en verano. Eso fue en Minas, en ciertas vacaciones. Llegaba un momento en el que no me importaba si me mordía una víbora o me sucedía alguna otra desgracia. Sólo salía de la casa de mis anfitriones y daba unos pasos hasta el alambrado, después pasaba a través de los hilos y seguía rumbo a un monte de eucaliptos. Cuando llegaba a un eucalipto donde un hombre se había ahorcado quince años atrás, me detenía y me quedaba un rato. El eucalipto parecía una pluma negra recortándose contra el cielo de la noche. Nunca crecía demasiado, me decían, porque los vecinos lo podaban cada tanto. Después de unos minutos junto a ese eucalipto continuaba mi trayecto. Es cierto que me daba algún arranque de romanticismo bobalicón y escribía en seguida un poema que describía las sensaciones que juntaba en el camino, pero hasta el día de hoy no puedo traducir lo irresistible de esa experiencia.
Finalizo recordando el mito del dios Pan. De hecho, del nombre del dios deriva la palabra "pánico", que expresa la sensación de temor que nos invade en determinadas circunstancias, sobre todo si nos sentimos perdidos. Se dice que el dios Pan siempre estaba al tanto de lo que hacían los que visitaban un bosque (en especial si eran doncellas); pero lo que más me gusta de su conducta es que se retiraba a lo profundo para dormir, y que si alguien lo sorprendía en ese estado y lo despertaba, eso significaba la muerte. Por eso dejo para el final "The Pan piper", de Miles Davis, tema que pertenece al disco "Sketches of Spain". Esto me lleva asimismo al final de "La flauta", un hermosísimo soneto de "Los éxtasis de la montaña", de Julio Herrera y Reissig: "Upilio se confía dulcemente a su flauta / sin saber que de amores, tras un álamo, incauta, / contemplándole Fílida muere como un cordero".
¿No es como el "anhelo terrible" del que hablaba más arriba? En los bosques somos Fílida. Nos dejamos llevar, arrebatar por algo que, como en ese caso el amor, nos arroja con toda nuestra inocencia de cordero a lo fatal.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Comedia divina (II)


Mientras terminaba de leer "El lamento de Portnoy", de Philip Roth, me encontré con un fragmento en el que se habla del humor entre los judíos, tema que toqué en una entrada anterior. Publico el pasaje entero, por lo tanto, como complemento no sólo de la entrada referida, sino de los comentarios que algunos lectores dejaron.

"-¡La forma en que desapruebas tu vida! ¿Por qué haces eso? No le sirve de nada a un hombre desaprobar su vida como lo haces tú. Pareces experimentar cierto placer, encontrar cierto orgullo, convirtiéndote a ti mismo en blanco de tu peculiar sentido del humor. No creo que quieras realmente mejorar tu vida. Todo lo que dices está siempre retorcido, de una manera u otra, para que resulte 'divertido'. Todo el día lo mismo. En un sentido o en otro, todo es irónico, o autodepreciador. ¿Autodepreciador?
-Autodeprecador.
-¡Exactamente! Y eres un hombre muy inteligente, eso es lo que lo hace aún más desagradable. ¡La aportación que tú podías hacer!¡Esa estúpida autodeprecación! ¡Qué desagradable!
-Oh, no sé -dije -, la autodeprecación es, después de todo, una forma clásica de humor judío.
-¡Humor judío, no! ¡Humor de ghetto!
Le aseguro que no había mucho amor en aquella observación. Para el amanecer, se me había hecho comprender que yo era el epítome de lo más vergonzoso que existía en 'la cultura de la Diáspora'. Aquellos siglos y siglos de apatridia habían producido hombres tan desagradables como yo, aterrorizados, defensivos, afeminados y corrompidos por la vida en el mundo gentil".


viernes, 14 de noviembre de 2008

Comedia divina


No tenía mucho sobre lo que escribir o desarrollar para este texto. Sólo decir que me sentí impulsado a escribirlo por haber leído algunas cosas de Woody Allen que me hicieron reír hasta las lágrimas, principalmente el relato "Los pergaminos". El hallazgo de unos antiquísimos rollos de pergamino por parte de un pastor le da pie a Allen para deslizar versiones apócrifas de algunas de las historias de la Biblia. Esto me llevó a volver a pensar una vez más en lo que me fascina el humor de los judíos, sean mucho o poco ortodoxos. Creo que poseen una especie de humor que no se da en los católicos o los cristianos. ¿Cómo explicarlo? No lo sé a ciencia cierta. Creo que mejor será decir que me llega más, que me he reído con algunos pasajes del Antiguo Testamento y que sin embargo no he sentido nada similar con el Nuevo Testamento. Hay un pasaje de Números, ahora no sé con precisión qué capítulo es, en el que Yahvé se pregunta a sí mismo por qué ha escogido para guiar a ese pueblo tan testarudo que se deja llevar por cualquier tipo de idolatrías. No sé cómo pudo haberse interpretado eso hace algunos milenios. Pero a mí me hace reír, como me hace reír por momentos Jonás. Eso es Woody Allen. Dios se pega en la frente con la palma de la mano y exclama: "¡No puede ser!"; o Jonás dice: "¿Por qué yo?... ¡Cuando esos tipos escuchen lo que tengo para decirles me van a dar la tunda de mi vida!"... El comienzo de la lectura americana del sacrificio de Isaac que hace Dylan en "Highway 61 revisited": "Dios dijo a Abraham, 'Mátame un hijo' / Abe dice: '¡Hombre, me estás tomando el pelo!' / Dios dice: 'No' / Abe dice: '¿Qué?' / Dios dice: 'Haz lo que quieras, pero / la próxima vez que me veas llegar mejor empieza a correr' / Entonces Abe dice: '¿Dónde quieres que sea el sacrificio?' / Dios dice: 'Fuera, en la ruta 61'."... O el momento en que el patriarca mira la cámara en el musical "El violinista en el tejado", de Norman Jewison, y dice "¡Tradición!"... La mejor explicación que encuentro son ejemplos como esos, que me vinieron a la mente a la primera. Y, por supuesto, el fragmento del texto de Woody Allen del que salió esta reflexión al pasar:

"Y en cierta ocasión el Señor, mientras enviaba calamidades a su fiel siervo, se acercó demasiado y Job le asió por el cuello, gritando:
-¡Ajá! ¡Ahora te tengo! ¿Por qué se las estás haciendo pasar moradas a Job, eh? ¿Eh? ¡Habla!
Y el Señor respondió:
-Ejem, mira... es mi cuello lo que estás agarrando. ¿Puedes soltarme?
Pero Job no tuvo compasión y replicó:
-Me iba muy bien hasta que Tú viniste. Tenía mirra e higueras en abundancia y una chaqueta de muchos colores con dos pares de pantalones de muchos colores. Ahora mira.
Y el Señor habló y su voz retumbó como un trueno:
-¿Yo, que he creado los cielos y la tierra, te he de dar cuenta de mis caminos a ti? ¿Qué has creado tú que así osas interrogarme?
-Respuesta denegada -contestó Job -. Y para ser omnipotente, permíteme que te lo diga, 'tabernáculo' se escribe con una sola 'l'.
Luego Job cayó de rodillas y gritó al Señor:
-Tuyo es el reino y el poder y la gloria. Has hecho un buen trabajo. No lo fastidies".

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

domingo, 18 de mayo de 2008

¡Pero mire qué Sabor!


Tengo serias sospechas de que César Aira me está persiguiendo... De hecho han pasado cosas muy extrañas, tanto como que él se ma ha aparecido... Pero todo a su tiempo.
En un texto anterior ("Los malabarismos de un irresponsable") había mencionado la recurrencia que hacía Aira de la cotidianidad argentina, sobre todo los conflictos sociales. No me quedé muy conforme con lo que dije. Dije algo así como que Aira borraba todo rastro de ello. En realidad me parece que no es tan así. Me acordé del telón de fondo que es la Argentina pre-menemista en la novela "Embalse", pero también me topé con la tercera parte de "Las aventuras de Barbaverde", llamada "Los juguetes", y en donde puede leerse esto: "Un consorcio de laboratorios multinacionales había construído en medio del río un complejo de alta tecnología para la producción de células madre, por un acuerdo con los gobiernos de las dos provincias que compartían la jurisdicción de las islas. Los trabajos se habían hecho con poca publicidad, y fue la investigación de periodistas de El Orden la que sacó a la luz las implicancias del proyecto en términos de contaminación del medio y peligros para la salud de la población. La opinión pública se había movilizado, y el asunto no tardó en volverse una causa nacional". Suena muy conocido, ¿no? Bueno, el punto es que ahora me parece que Aira no toma un elemento de la realidad social para discutirlo, enfrentarlo, sino que lo usa como segundo o tercer plano, como un cañamazo alucinado donde va tejiendo la descripción de unos personajes. En el fondo, eso es, como había dicho, algo político, una réplica. Pero una réplica tan irónica, tan indirecta, que es difícil clasificarla como una toma de posición ante un conflicto social (en este caso el de las papeleras entre Argentina y Uruguay); más bien parece la intención de borronear algo. Sigo citando: "No tardaron en surgir disensiones en el seno de la resistencia. Se dividieron en res bandos: Asambleístas Duros, que exigían el desmantelamiento inmediato de las plantas, sin atender razones; Asambleístas Dialoguistas, que dejaban abierta la posibilidad de la instalación y la permanencia de las plantas, aunque mediando estudios fehacientes realizados por un comité científico independiente; y Ambientalistas, aliados con Greenpeace. Unos y otros se acusaban de connivencia con el gobierno y el consorcio, y los tres estaban infiltrados por militantes de distintos partidos políticos. Una buena docena de líderes de las distintas facciones habían alcanzado una notoriedad estelar." Por supuesto que el punto de lo que yo estaba diciendo radica en qué pasa con la narración luego de esta situación de partida. Y ahí está eso de que Aira lo toma para acomodar sus piezas según le convenga, ya que no le importa proseguir con las implicancias de ese supuesto conflicto, sino que termina siendo el lugar, el imperio de las causas y las consecuencias de uno más de los capítulos de la lucha entre Barbaverde y el profesor Frasca. Por ahí viene el borroneo.
Hace una semana, dentro del marco de mi asistencia anual a un cumpleaños de 15, estábamos con V. sentados a una mesa mientras charlábamos entre nosotros o con algunos conocidos, mirando el desarrollo del evento. De vez en cuando jugábamos a encontrar gente parecida a alguien. Llegado un momento de la noche o de la madrugada encontramos a un tipo muy parecido a Julio Ramón Ribeyro y a una viejita casi llevada en andas que se parecía a Marguerite Duras. Hasta que pasó lo que pasó. Se me acercó un mozo ofreciéndome algo, no me acuerdo qué. Era César Aira. Aira es muy polifacético, eso todo el mundo lo sabe. Y además es un burlón de primera. Por lo que esto de hacer de mozo en un cumpleaños de 15 de un pueblo perdido del Uruguay, para burlarse de un joven más o menos traumado con sus obras, esto, esto mismo, es muy de él. V. no lo vio. Me dijo que ya no jodiera más con lo mismo. Yo sabía que algo iba a tener que pasar. El mozo era demasiado parecido a César Aira como para no ser él mismo. Y lo que sucedió fue que en la vuelta siguiente se me aparecía con una bandeja enorme y me dijo:
-¿Salmón?...
En efecto, en la bandeja había algunas decenas de bocadillos de salmón. Todo ese color rosa era como el color de una broma.
Me acordé del primero de los capítulos de "Las aventuras de Barbaverde", que se llama "El gran salmón". Luego Aira, pensando en que yo dudaba mucho, dijo:
-¡Pero mire que tienen rico sabor, eh!...
Pronunció la palabra "sabor" de una forma demasiado evidente. Aldo Sabor es el protagonista de esta última novela.
Me seguí negando. Aira frunció el ceño y luego se encogió de hombros dirigiéndose hacia otro lugar de la mesa. V. me preguntó si no me gustaba el salmón. En realidad creo que nunca lo probé o que no tengo memoria de haberlo probado. Tendría que preguntarle a mi madre.
Después de esa vez, Aira no pasó más por mi mesa ni se vio más en el cumpleaños. Y yo me puse a pensar que había pifiado algo en mi texto del blog sobre su última obra.