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lunes, 5 de octubre de 2009

Amoxicilina blues (I)


1: Salida desde Maldonado. Consigo el último asiento disponible de un ómnibus que está a punto de salir en el instante en que llego a la terminal. Avanzo por el pasillo. Una señora de unos sesenta años ocupa el dichoso asiento 42 que llegó a salvarme justo a tiempo de viajar parado. Como no sé si en realidad el número del asiento se corresponde con el del pasillo o el de la ventana, donde viajaba un hombre joven, digo tímidamente: "Asiento cuarenta y dos". La mujer entonces salta hacia el piso y se sienta recostando su espalda contra la puerta del baño. Es una demostración de ascetismo que me conmueve. En un segundo paso a tener a la mujer a mis pies, con sus bolsos, su muselina y una revista de crucigramnas entreverándose entre los brazos cruzados sobre las rodillas. Algunas personas se dan vuelta y miran la escena. No quedo bien parado moralmente. Me inclino por lo tanto un poco hacia la mujer y le digo: "No, señora, tampoco usted va a viajar sentada en el piso... Por favor, tome asiento." La mujer se incorpora casi de un salto y vuelve a sentarse. "Voy hasta la entrada de Pan de Azúcar, nomás", me contesta. Yo hago un gesto de asentimiento y me acomodo contra el baño y miro como sin ganas el último tramo de las calles de Maldonado antes de llegar a la playa Mansa.
En el resto de los últimos asientos viajan repartidos cinco tipos de diversas edades. Uno de ellos es el que viaja al lado de la señora, contra la ventanilla. Otros dos están sentados delante, y el resto del lado derecho del pasillo. A uno de ellos, de cabeza rapada y rubia, con la remera remangada enseñando los bíceps, se le cae el termo y el agua hirviendo desata de repente una carrera pasillo abajo, hacia el punto en el que se acerca el guarda, requiriendo los pasajes a un lado y otro. El hombre de cabeza rapada se lamenta en voz alta, recoge el termo y mira como varios pasajeros más el curso del agua humeante torciendo su paso hacia la izquierda casi sobre los pies del guarda. El guarda, si llegó a ver lo que ocurrió, hizo como si no fuera gran cosa. El hombre de la cabeza intercambia unas palabras con su acompañante, luego mira hacia atrás y les dice algo a los que van juntos del otro lado del pasillo. El quinto hombre, que va junto a la mujer, sin embargo, se desentiende de inmediato de todo el asunto. Se ha reclinado hacia atrás y ha bajado la visera de su gorra sobre sus ojos. "Murió", dice el de la cabeza rapada. Los otros tres se ríen y comienza la rueda del mate. Cada vez que ceba y reparte, el de la cabeza rapada se lleva la mano izquierda de la nuca a la frente y recorre al menos dos o tres veces todo el espacio. Parece un gesto de autocomplacencia luego de entregar el mate, una confirmación de que él está ahí para sí mismo, un acto medio masturbatorio como otros lo tienen tocándose otras partes del cuerpo, etcétera. Me parece que los cinco hombres vuelven de trabajar. Observo al que tengo inmediatamente sobre la izquierda, un hombre de unos sesenta años, con una gorra de visera con la bandera de Canadá. Lleva el pantalón vaquero desgastado y con algunas manchas de pintura. Pero hay una cosa más que puede unirlos. Llevan entre sí un aire común de rito de masculinidad compartida fuera de sus propias casas. Es algo que los recorta y los aleja en las últimas luces del atardecer.
Una chica llega desde la parte delantera tomándose de las cabeceras. Se acerca a la puerta del baño, la golpea suavemente con la base del puño y entra. Cinco minutos después la puerta se vuelve a abrir y la chica regresa otra vez más tomándose de las cabeceras. El hombre que lleva la gorra de Canadá saca su cabeza al pasillo como si fuera una tortuga. Mira cómo la cola se aleja en el silencio del fondo del ómnibus. Su cabeza se balancea con los bandazos suaves del ómnibus. Los ojos entornados miran fijamente la curvatura amplia de las nalgas y de pronto es como si mirara un deseo fijado en un tramo ya perdido de su propia vida.
-Están viniendo las toninas... -dice suavemente.
El de la cabeza rapada se masajea el cuero cabelludo una vez más y se ríe.

2: En la terminal de Tres Cruces, en Montevideo. Antes de subir al ómnibus que me lleve a San José espero sentado entre un montón de gente. A mi derecha tengo un matrimonio adulto. Frente a mí a una pareja joven. Ella sonríe todo el tiempo y esconde a media un pequeño cachorro de labrador. Él se sonríe también, pero un poco como si su mujer fuera una niña con un capricho que él trata de explicar como sea para los demás. En las pantallas colocadas sobre las columnas o contra las paredes pasan cosas para entretener. Cosas graciosas como "cámaras ocultas" donde un cocinero en un stand de desgustación de un supermercado trata de cortar un tomate y se entierra medio estúpidamente el cuchillo de punta sobre el envés de la mano; las personas se vuelven asqueadas o miran con los ojos llenos de horror. Está bien. Me río y de vez en cuando mi mirada se encuentra con la de alguien más riéndose de lo mismo y entonces bajo mi vista hacia mis zapatos. Pero pasan más cosas en la pantalla: el estado del tiempo, el cambio de la moneda, el horóscopo y hasta una trivia. Del otro lado, a unos diez metros, varios miembros de una familia esperan el instante en que llega la trivia a la pantalla y apuestan entre ellos. Varias preguntas son bastante tontas, pero en dos oportunidades pasan preguntas literarias que no sé contestar y siento una vergüenza enorme de mí mismo y me juro no volver a mirar la pantalla. Aunque en realidad, una de las preguntas era del tipo: "¿De qué color era la camisa de Faulkner el día en que empezó a escribir "Absalón, Absalón"?...
Un muchacho se levanta de su asiento y comienza a caminar entre la gente. Parece que está buscando a alguien en particular. Hasta que se detiene sobre una mujer y le habla bajo. Hay en la mujer un aire de duda que da de inmediato paso a la acción de rebuscar en su cartera. El muchacho extiende la mano y recoge un par de monedas. Después avanza hacia otro asiento y repite el procedimiento ante un viejo. El viejo se estira hacia adelante, saca pecho y busca en un bolsillo del pantalón. El muchacho vuelve a recoger algunas monedas. Por una causa que se me escapa, el muchacho no tiene itinerario definido. Parece ir entre los asientos y elegir a quien lo pueda ayudar de manera aleatoria. Como sea. En cierto momento empieza a desear que se me acerque a pedirme dinero para poder conversar con él. Tiene algo afable en la cara que me cae bien. Me intriga saber si necesita el dinero para tomarse un ómnibus a algún departamento. De repente tengo un deseo irreprimible por saber a qué departamento en particular puede ir, o a qué ciudad, más precisamente. Cuando llega al pasillo en el que estoy sentado se acerca a la pareja del cachorro. Ella le da una moneda sacada de su bolso y él agradece y se da vuelta. En ese preciso instante nuestras miradas se juntan y digo "Sí, señor, voy a saber quién es". Pero cuando lo único esperable era que iniciara el diálogo, una especie de duda lo toma por completo al mirarme de arriba hacia abajo y sigue de largo.

3: En el ómnibus hacia San José. Llega el dolor. El ómnibus describe una suave curva en un tramo de Bulevar Artigas. Voy acurrucado contra la ventanilla escuchando en los auriculares "Live at the half note", de Lee Konitz. Todo es prácticamente maravilloso. La ciudad con sus sombras y sus pliegues de luz halógena pasando frente a la ventana como un televisor vital. Los sonidos caen sobre las imágenes y explican dentro de mi cabeza algo como la importancia de todo ese movimiento, o algo así de entreverado. Pero llega la puntada en lo profundo del oído derecho, y casi en seguida un dolor menor que se queda como un animal mordiendo a intervalos un hueso con muchas vueltas. Y todavía falta mucho para llegar a San José. Entonces la música se va. El zumbido amortiguado del motor del ómnibus se amplía como un viento descomunal esperando allá afuera. Todo es insoportable. Las preguntas de una niña de cinco o seis años varios asientos más atrás. Las conversaciones de los adolescentes que suben en Libertad rumbo a los bailes de San José. Los ring tones de los celulares. La conversación cómplice y suave de dos novios adultos...

4: En la terminal de San José están esperándome Leonardo Cabrera y Pedro Peña. La alegría de verlos, de saber que me ofrecen un recibimiento feliz me hace sentir un poco menos el dolor. Nos subimos después al Opel de Pedro y buscamos una farmacia abierta donde compro unas aspirinas. Pero a lo largo de la noche las aspirinas no me van a hacer nada. Lo único capaz de alejar el dolor es la conversación espiralada, interminable y a veces caótica con Pedro y con Leonardo mientras cenamos en una parrillada del centro. Hablamos de varios temas: nuestras familias y nuestros amigos, libros recientemente leídos, la siempre ambigua nueva narrativa uruguaya, los hermanos Saravia y la guerra del '04, Eduardo Acevedo Díaz, Carlos Maggi, Capusotto, Juan Ramón Carrasco, Cumbio (de reciente aparición en la feria del libro de San José y de beatlemaníacas repercusiones), etc. Pero gran parte de la charla está ocupada por la figura de Mario Arregui. Pedro, que trabaja como profesor de Literatura en el liceo de Ismael Cortinas, nos cuenta sobre un proyecto en el que sus alumnos han tenido que investigar y entrevistar posteriormente a Carlos Maggi acerca de su relación con el escritor de Flores. Hay un par de anécdotas sorprendentes en las que vemos con nostalgia otro Uruguay, o más bien un Uruguay pasado con relacionamientos humanos que hoy en día son extraños. Cosas de antes de la dictadura del '73, parecería. Pero hay una anécdota que se lleva mi corazón: La madre de Mario Arregui ha muerto. Su padre ha partido por la ruta sin saber que su esposa ha fallecido hace unos minutos. Mario Arregui, joven todavía, en compañía de Carlos Maggi, consigue prestado un automóvil y, sin que ninguno de los dos supiera cómo manejar, salen por la ruta en persecución de Arregui padre con la infausta noticia. Creo que Pedro recuerda una de las preguntas de sus alumnos: ¿Estuvieron a punto de chocar en algún momento?". Maggi simplemente responde: "Estuvimos a punto de chocar varias veces, todo el tiempo".

5: En la casa de Leonardo Cabrera. Un rato después de que Pedro se fuera hacia su casa Leonardo y yo discutimos un poco sobre lo que podría ser el antepenúltimo capítulo de la novela que escribimos entre ambos desde octubre 2007. Luego el cansancio comienza a ganarme. A cada instante en que logro tener conciencia de lo que estoy haciendo pierdo la referencia de continuidad entre un hecho y otro. De repente estamos hablando sobre una novela de Cormac Mc Carthy, de pronto estoy viendo una foto que Leonardo me ha sacado en blanco y negro con un sombrero puesto y en la que parezco Harpo Marx, bien con cara de desgraciado. Poco después veo una pelota de golf en un rincón de la sala de estar. Leonardo me cuenta que la encontró mientras caminaba con Fernanda Trías e Inés Bortagaray, cerca de la cancha de Punta Carretas. Iban charlando y ¡pum! la pelota pegó contra el árbol. Leonardo la recogió y siguieron andando. Entonces tomo la pelota y me fijo en que es una Ultra, de la marca Wilson. Es una pelota de mierda, le digo, la que usan los chambones de 24 de handicap para arriba. Un cascote sofisticado. Hay que jugar con otro tipo de pelota, tipo una Titleist de cubierta blanda que se "descorchaba" si le dabas un filazo con un hierro. Soy consciente ahí nomás de que estoy divagando, sobre todo cuando le digo que el hecho de que cayera la pelota mientras él y Fernanda e Inés pasaban por allí fue una prueba de que se estaba manifestando mi espíritu o mi conciencia para acompañarlos, y de ahí pasamos a hablar de Mario Levrero, creo... Pero no sé cuánto dura, porque abro y cierro los ojos y veo a Leonardo parado en un extremo de la sala de estar, entre la mesa de la computadora y el sillón, y a mí parado en frente, con la cocina a mis espaldas y con la puerta sobre la izquierda. Tengo a mis pies una pelota de tennis y le doy una patada y rebota entre las patas de unas sillas. Leonardo la va a buscar y trata de dominarla como si fuera una número cinco de fútbol. Hay algunos intentos pobres de ambos por dominarla, pero al final terminamos jugando una especie de partido de penales, él defendiendo el hueco entre la mesa de la computadora y el sillón, yo defendiendo el mundo que está detrás de mí. En un momento, no sé cuándo, esa competición se diluye y nos ponemos de acuerdo en que cuando vayamos al Encuentro Nacional de Escritores, en Montevideo, la semana próxima, vamos a poner a Rodolfo Santullo al fondo de uno de los pasillos del hotel y le vamos a tirar con la pelota de tennis a fundir a ver cuánto ataja. Entonces nos damos cuenta de que son las cuatro de la mañana y recordamos también que había que adelantar la hora, con lo que ya son las cinco: hora más que adecuada para ir a dormir.

6: No duermo. El dolor en el oído derecho se hace más intenso que nunca y me despierto antes de las seis de la mañana. Me quedo escuchando los sonidos previos al amanecer impactado a cada tanto por una puntada de las fuertes. Espero a que sean las nueve y me levanto para ir a despertar a Leonardo.

domingo, 30 de noviembre de 2008

I'm in the mood for love



Hace dos días que llueve más o menos sin parar. Como siempre que la lluvia reaparece después de varias semanas de ausencia, el mundo parece tender a la detención, o al menos los momentos en los que uno puede estarse quieto se profundizan de una manera inigualable. Encontré en la web ese video de un disco de vinilo girando y me pareció que podía ilustrar algo de lo que ha pasado. Ayer de tarde llegué a mi casa del 33, donde escribo y leo, y noté que mi gato Percy no estaba. Abrí la puerta y las otras dos gatas, Molly y Cecilia, corrieron hasta la cocina esperando que les diera de comer. Pero Percy no aparecía. Lo busqué por todo el terreno y el galpón, hablé con unos niños de los vecinos del fondo y nada. Finalmente entró a mi casa un vecino que me vio llegar y me dijo que Percy se había muerto la madrugada anterior. Había pasado por debajo del portón y los perros de la casa de frente lo atacaron. Fue como a las cuatro de la madrugada, y mi vecino salió de su casa apenas sintió los ladridos, pero llegó tarde. Después me describió como quedó el gato, el largo que adquirió su cuerpo tendido en el asfalto. Aparto el rostro hacia un costado para que no siga. Esa nueva imagen me repugna y deja de lado la de todos los días, la del brillo del pelaje negro y las patas blancas. Entré otra vez a la casa y me senté en costado de la cama. En el piso del cuarto tengo una bandeja de vinilos. En ese momento tenía la tapa levantada. Un disco de Benny Goodman, con el centro de papel naranja, giraba. Giraba.
¿Por qué "I'm in the mood for love"? Casualmente encontré también esa canción en una versión de Fats Domino. Es un pieza que significa mucho en mi relación con uno de mis amigos. Digamos que cierto día esa canción, cantada por Louis Armstrong, resignificó algunas cosas, afianzó otras y nos alivió un poco del dolor que cada uno cargaba a cuestas por esa época.
Justo hace unos días estaba pensando en algo por el estilo. Hacía cualquier cosa, como lavar los platos o barrer, y me vino el pensamiento de que cuando uno cree que todo está bien, a veces ignora, sólo lo ignora desde una pura ingenuidad, que hay un tornillo que se ha aflojado bastante. Y que algo está por saltar. Justo cuando le había dicho a V., como si fuera una reflexión aislada: "Siempre me pasan cosas en los pies". Me estaba mirando una ampolla que se me hizo caminando y un par más de un partido de fútbol de la semana anterior. Me quedé observando el pie izquierdo el viernes a la tarde, en una calle de Montevideo, adonde no tenía ni pensado ir tres o cuatro horas antes. Pero allí estaba. Éramos varios para subir al taxi. En un instante el chofer no vio que yo me había bajado desde la puerta trasera derecha para volver a subir por la trasera izquierda. Simplemente no lo vio. No hubo nada de malicia ni de lo que llamamos inconsciencia. Ya dije, éramos varios en el taxi, cada uno hablando con quien tenía que hablar. El taxi arrancó con la puerta de mi lado abierta y con mi pierna izquierda fuera del automóvil. Un segundo después sentí la presión sobre mi talón y mi tobillo izquierdos, una presión que se contenía apenas sobre el costado de la pantorrilla. Luego lo esperable. Mi grito, el taxi dando marcha atrás, la gente aproximándose, yo sacándome el zapato y pisando las asperezas de la vereda. Pero nada más. Quizás sólo un susto. Sólo mi mente unos minutos más tarde imaginándose veinte o quince centímetros más en el avance de la rueda. Dicen que las heridas se hacen sentir más con las tormentas. Pues bien, el talón me ha dolido ayer y me dolido hoy... Aunque... ni siquiera es eso, un dolor completo como dolor. Parece más bien una idea fastidiosa alojada en un rincón de mi cuerpo.
Sigue la lluvia. Hablo con amigo y familiares por messenger. Leo, escribo, hago de comer para la niña M y para mí, miro un poco del DVD que ella está viendo, arreglo algunas cosas de la cocina, atiendo llamadas telefónicas que no son para mí...
La niña M se ha parado sobre la cama y observa hacia la calle por la ventana. La lluvia se hizo más intensa. Me dice que con esa lluvia no se va a poder salir a pasear, que está aburrida. "A ver", le digo, "Vamos a inventar un juego". Tomo los dos tomos del diccionario de la RAE. Le paso uno y yo me quedo con el otro. "Cada uno tiene que elegir sin mirar una palabra y prenguntarle al otro lo que quiere decir. Después cambiamos de diccionario...". La niña M tiene cuatro años y sólo reconoce algunas letras en mayúscula, pero abre el diccionario con decisión, pone el dedo sobre cualquier lugar de la página mirando hacia el techo y me dice una palabra. Contesto y luego viene mi turno. Y así. Ella me dice que yo pierdo, que no digo bien lo que significan las palabras que me propone. Yo, sin embargo, le digo que todos los significados que me dice están bien, y anoto varios, de entre los que se destacan estos:
OBRA = MIRAR
CAÑADA = ESTAR CALLADO
NEONAZI = JUEGA AL FÚTBOL
MESURAR = CORTAR LAS UÑAS
COLISIONAR = TRABAJAR, DEMORAR Y DORMIR UNA SIESTA LARGA
APLICACIÓN = DEMORAR UN POQUITO
COMUNIDAD = UNA PALABRA CORTA
MISA = ES IR A MONTEVIDEO

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

33


Me mudo de nuevo. Ahora vuelvo al barrio "Treinta y Tres", donde viví en los años 2005 y 2006, luego de vivir en Minas (2004). Así que en estos días he estado bastante atareado con las cuestiones vinculadas a los pasos previos a la mudanza, por ejemplo el de la limpieza. No he escrito mucho y no he podido leer tanto como he querido. Me urge mi amigo con el que estoy escribiendo una novela: él quiere seguir escribiendo, y es lógico, porque yo siempre quiero seguir después de que él escribe. Me urgen también el Toto y Morales, a quienes dejé corriendo en medio de la noche de Cerro Pelado, lo que, como sabemos, hay que pensárselo. Es que, una vez que abrí la puerta de la casa donde voy a vivir, para comprobar cómo estaba, descubrí tal desorden, tal deterioro y tal cantidad de mugre, que me he tenido que poner en campaña para dejar todo lo más habitable posible antes de traer los muebles. Ayer, por ejemplo, llegamos muy temprano con Felipe y comenzamos a pasarle brocha con agua y cloro a las paredes y a los techos del cuarto y del baño. Ordenamos luego algunas cosas más hasta que al mediodía Felipe se tuvo que ir a San Carlos. Vi que de a poco en la casa se estaba respirando otro aire, que se sentía más el olor a limpio y que se hacía más habitable. La casa del Treinta y Tres, como yo le llamo, puede ser muy acogedora. Recuerdo algunas semanas en mi infancia cuando mi abuela materna me iba a buscar a la escuela 50 del barrio San Martín, el barrio de al lado, y me traía a esta casa. Nos levantábamos muy temprano y veíamos la salida del sol sobre el arroyo Maldonado, a través de la ventana de la puerta de la cocina, mientras desayunábamos. Después salíamos a caminar hacia esa parte y pasábamos por un aljibe abandonado en la mitad del campo. Anteayer, al bajar por la calle en la camioneta con Felipe & Patricia, vimos que al fondo de la calle los árboles de ese campo ya no estaban. Todo había sido arrasado para la construcción de un complejo de viviendas. La tierra removida se veía de lejos. Pero regreso a la casa y a su irradiación de bienestar. Ahora mismo, al escribir este texto, me encuentro en una habitación vacía. Las baldosas son claras. La luz del comienzo de la mañana (digamos que son algo más de las 9) entra por un ventanal a mi derecha. En la habitación no hay mucho. Hasta hace un rato estaba completamente vacía. Ahora hay una mesa azul muy pequeña, toda despintada. Sobre esa mesa está mi notebook, desde el que además salen las notas de unas grabaciones de Bix Beiderbecke del año 1928. A la izquierda de la computadora está mi pañuelo marrón, lleno de mocos. A la derecha están el teléfono celular, una libretita de apuntes, una lapicera negra, un yogur de frutilla CONAPROLE de medio litro y un paquete de galletitas de copos y fibras. Me olvidaba de decir que la mesa está renga y tuve que poner una fotocopia de un capítulo de un libro. La encontré en una caja que tenía las únicas pertenencias que dejé aquí en mi ausencia, fuera de algunos pocos muebles. Es una fotocopia de un capítulo llamado "INÉDITOS DE G. GARCÍA MÁRQUEZ. De cómo el joven Gabriel descubrió al coronel Aureliano Buendía y a la novela juntamente", del libro "La riesgosa navegación del escritor exiliado". Gracias, Ángel Rama. Las otras cosas que hay en la habitación son la silla medio descuajerigada en la que estoy sentado, y, sobre su izquierda, en el piso, mis zapatos, los suplementos culturales "Ñ" y "adnCULTURA" del sábado pasado y el libro de cuentos "El exilio y el reino", de Albert Camus, lo que estoy leyendo ahora. Hace un rato Molly, mi gata de dos años, entró por el ventanal y cruzó la habitación rumbo al living buscando su tarrito con la ración. (Paro con la desciripción de la habitación porque si no esto va a parecer un elogio a Robbe-Grillet).
Cuando ayer se fue Felipe también me puse a escuchar a Bix Beiderbecke. Tengo una colección de catorce discos y me propuse agotarlos mientras me dedicaba a terminar de pasarle brocha al resto de la casa. Pero me ocurrió que barriendo y sacando telas de araña de la cocina, me vino un ataque de asma. Fue el primer ataque de asma del año. El último había sido, creo, a fines de 2005 o comienzos de 2006. Literalmente, quedé doblado. Me tendí unos minutos sobre una frazada vieja, en el piso y esperé en vano que se me pasara. Salí al fondo y tampoco hubo alivio. Como estaba solo y no tenía carga en el celular para llamar a mi padre para que me llevara al sanatorio, seguí esperando. Pensé en acudir hasta alguno de mis vecinos y pedirles ayuda. Pero conozco tan sólo a un par y parecían no estar, o durmiendo la siesta de la tarde del domingo, vaya uno a saber... El caso es que me parecía también bastante engorroso todo el trámite de tener que explicar qué me pasaba y ver cómo a mi alrededor se formaba un pequeño revuelo. Esperé más aún y maldije todo ese tiempo en que estuve por comprarme el inhalador y no me lo compré. Hasta que decidí salir en la bicicleta. Junté algunas cosas en la mochila y subí el repecho del comienzo del camino con la bici a un costado. Durante todo el trayecto, haciendo todo lo posible por dar la menor cantidad de pedalazos, sentí que había avanzado en mi vida medio siglo. Sé que cuando tenga entre 75 y 80 años me voy a sentir como me sentí ayer al querer ir al sanatorio.
Pero lo más interesante, como tenía que ser, ocurrió en el sanatorio, donde me tuvieron retenido un par de horas. Recuerdé que hacía un par de días había ido hasta allí, por otra complicación. (Olvidé decir que estoy con otitis en el oído derecho) Pero fue recién ayer cuando se me hizo bastante clara la idea de que ir al sanatorio con una crisis asmática no es lo mismo que ir por cualquier otra cosa. En mi caso, tiene que ver con la seguridad, porque cuando tengo una crisis asmática me vuelvo, me siento un ser absolutamente vulnerable. Pierdo la confianza en todo. Esa sensación me comunica inmediatamente con mi niñez. Yo tenía cinco años cuando enfermé de neumopatía aguda en el pulmón izquierdo. Pasé mucho tiempo internado. En esa época el sanatorio Mautone estaba sobre la calle que hoy es Joaquín de Viana (antes Avenida Artigas). Me acuerdo bien de algún domingo en que me abrían la cortina de la habitación y veía a poca distancia el ajetreo de la feria. Algunos sonidos traspasaban el vidrio y me ponían contento. Había sol. Recuerdo también una noche en que mi hermana Andrea fue con mi padre a visitarme y mi madre le pedía que no hiciera ruido porque me iba a despertar. Mi hermana tenía tres años. Trataba de llegar a una mesita en la que había algún juguete mío, creo que un autito. Cada tanto, mientras mis padres hablaban, mi hermana se movía, decía alguna cosa y volvía a intentar llegar hasta ese juguete. Entonces mi madre le repetía a mi hermana la advertencia. Tenía miedo de que yo me despertara. Lo que ninguno sabía era que yo estaba bien despierto y me hacía el dormido. Debe de ser el primer momento de mi vida del que tengo conciencia de haber ejercido esa práctica. Lo otro que me quedó bien fijado en la memoria, fue la noche que me desperté y me senté de golpe repitiendo "No me quiero morir... no me quiero morir". Mi madre, que dormía sentada al lado, se despertó también y me abrazó diciéndome que yo no me iba a morir, que ella estaba allí conmigo y que me iba a cuidar mucho. Ella creía que todo era producto de una pesadilla. Pero el hecho es que yo recuerdo muy puntualmente que sentía la angustia de la posibilidad de morir. No era una frase hecha o algo aprendido hacía unos días y que yo ponía en práctica para ver cómo era. Cuando vi "Annie Hall", de Woody Allen, me llamó la atención, aparte de reírme muchísimo, esa escena en que aparece el Woody Allen chiquito sentado en un banco de escuela y empieza a reflexionar sobre el valor de la muerte en nuesta cultura, o a preguntárselo, que es más o menos lo mismo. Yo era muy chico cuando pasó aquello, pero ya tenía esa conciencia, sabía que un día me iba a morir y que no iba a haber vuelta atrás, que después de morir no iba a pasar más nada, que todo se iba a ir o a perder, y que al menos necesitaba de la presencia de alguien a quien amaba para mitigar esa sensación. Veintidós años después no puedo cambiar mucho esa visión. De esa experiencia de la neumopatía me quedaron al menos, dos secuelas más. La primera fue el dejar de ser el niño más o menos rollizo de papá y mamá y transformarme en un flaquito enfermizo. La segunda fue un asma a veces furiosa, que me dejaba morado, al borde de la asfixia, y que hacía que mis padres agotaran recursos para poder tratármela o curármela, en el mejor de los casos. Gran parte de mi infancia es como una especie de tortuosa peregrinación hacia la soledad de verme a mí mismo esperando en salas con sillones que yo examinaba puntillosamente, o esperando que tras una puerta apareciera un doctor. Pero no sólo médicos vi, sino también, y esto creo que fue de las experiencias más extrañas de mi vida, toda una serie de expertos en sanación. Ya la palabra "sanación" tiene un reverso que es la palabra "curandero". Mis padres estaban verdaderamente despesperados. Yo casi ni podía respirar el aire del exterior. Cuando me llevaban a la escuela me envolvían en un montón de bufandas y los niños me miraban a la entrada como si llegara un emisario de Oriente. Allí mismo, en la escuela, yo tenía que pasar muchas veces los recreos dentro del salón. Había un par de maestas que me decían que yo era un niño muy imaginativo, que bajara de la luna por un rato. A mí esas palabras siempre me sonaron un poco injustas, quizás peyorativas. Como sea, para mí la imaginación estaba al alcance de la mano, y esta idea me viene de haber mencionado recién a los "sanadores" o "curanderos". Porque, ¿quién le puede explicar a un niño qué es la realidad, qué es lo normal y lo que no, cuando pasa por una experiencia como la que sigue?... Una vez mis padres me llevaron a un campo donde vivía uno de estos curanderos. El hombre tomó una "hoja" de tuna, le sacó las espinas y la abrió en dos mitades como si fuera un pan felipe. Luego colocó ambas mitades en el suelo y me pidió que me parara con los pies desnudos sobre cada mitad, como si fuean unas chancletas. Después de eso el hombre tomó las tunas, las santiguó y se las dio a mis padres con la instrucción de que las colgaran a los pies de mi cama durante determinado tiempo. No sé cuánto tiempo fue. Ahora arriesgo que fue un año, quizás. Lo cierto es que durante todo ese período yo me despertaba y veía a los pies de la cama, colgando de un piolín, a las dos tunas amarronadas, resecándonse, enroscándose la una con la otra en un abrazo cuya fuerza era la fuerza de querer hacerme algo o quitarme algo.
Vuelvo de nuevo al día de ayer, porque cuando el médico de guardia me examinó me vino súbitamente la vulnerabilidad. Y más cuando muy extrañado, el doctor me pidió que repitiera el número 33 indefinidamente mientras se fijaba con el estetoscopio en mi pulmón izuqierdo. La extrañeza le venía de que al revisarme ese pulmón, no lo escuchaba. La conclusión era medio obvia: no lo estaba utilizando. Así que me pasaron a otro consultorio para hacerme nebulizaciones y prepararme para una placa. Ese consultorio, que en realidad eran dos paredes de yeso que partían de otra de material, cuyo frente era un cortinado, era el "B3", que, ahora que lo pienso, es un 33, pero con el ceño fruncido. Inevitablemente, la concentación de la nebulización me comunicó otra vez con las experiencias previas. Otra vez esas horas de estar siempre mirando lo mismo, de saberme de memoria la variedad y las formas de los enchufes, las conexiones para el oxígeno. Otra vez ese tiempo muerto. La aguja del medidor de oxígeno y yo. Siempre. Y en seguida la certidumbre de la limpieza. La asepsia. Creo que por eso me gusta tanto la asepsia, la limpieza total en una casa. A mí el polvo me destroza, me deja como ayer. Cuando me voy tanquilizando, cuando salgo de mi vulnerabilidad en el sanatorio, entro como en una ensoñación en la que la asepsia es su marca. Ayer, entre las nebulizaciones y los varios disparos con Ventolín, el ritmo cardíaco me empezó a subir, las manos me hormiguearon y se pusieron a temblar. Un dulce mareo me hizo recostar en la camilla y dejar la vista en cualquier lugar del techo, tan blanco... Y entonces me di cuenta de una cosa que me gustaba de tener asma, cuando era chico. Eran las historias que comenzaban a llegar. Porque ayer también llegaron. Yo recostaba mi cabeza y miraba el techo mientras el suero goteaba sin apuro, y escuchaba las voces que llegaban de los otros consultorios, voces que le hablaban al mismo médico que me había atendido a mí hacía unos instantes, y que en ese momento empezaban a construir vidas, otras vidas muy distintas que se reunían con la mía a lo largo de los consultorios. Eran vidas que yo iba sintiendo a través de las paredes de yeso y que lo disgregaban al punto de que yo hacía un esfuerzo y lograba ver los rostros de esas voces. Pasaba a vivir las vidas de los otros a partir de esas voces y lo poco o mucho que le contaban al médico. Yo no lo podía evitar ni ocultar, era como si me saliera un grano en la cara. Mi madre me hablaba y yo no le daba bolilla. Y así se iban las horas de internación. Ayer había dos niños. Uno había pasado corriendo y se había hecho algunos cortes muy profundos en la cara al darse contra algo. El otro se había caído de la bicicleta. El médico y sus padres estaban a la espera de unas placas o no que confirmaran o no la fractura. Luego llegó un hombre de unos cincuenta años, quizás. Un obrero que salía de la construcción y empezaba sentir un dolor muy intenso en el brazo. Cuando llegaba a la casa no podía más. Como ayer era domingo y no trabajó, no le dolía tanto. Después llegó el cirujano para coser la cara del primer niño. Apenas dijo unas palabras ya me vi venir el resto de la historia, lo que pasaría en cinco minutos más. "Hola. Vos y yo somos amigos y vamos a estar juntos y tranquilos ahora. Vas a ver que no te va a doler nada". Yo me preguntaba por qué el hombre hablaba gritando. Cuando le fue diciendo al niño cosas como "Mi vida" o "Mi amor", me pareció una versión más o menos científica de Susana Giménez. No había duda de lo que iba a suceder. Lo primero en que pensé fue un pasaje de la primera parte de "Mientras escribo", de Stephen King. Allí King habla de su infancia y de su detestable experiencia con los doctores, y en especial con la frase "Esto no te va a doler". El autor entonces cuenta que luego de una frase como esa le metieron la aguja de una jeringa dentro de un oído y sintió cómo le reventaba todo dentro de su cabeza. Se ve que estaba para acordarme de libros. Cuando empecé a sentir los gemidos del niño me imaginé al doctor aplicando sus intrumentos sobre aquel rostro ante la mirada permisiva de los padres. Y entonces me acordé de "La isla del Dr. Moreau", de H.G. Wells, en la parte en que el protagonista siente a través de las paredes los gemidos lastimeros de los animales al ser operados sin anestesia e injertados con partes de otros animales.
Cuando pude respirar normalmente me hicieron la placa. Al final, resultó que todo estaba bien en el pulmón.
Salí del sanatorio, me subí a mi Ondina y pedalée lentamente hasta el Kennedy. Allí estaba mi padre.

miércoles, 11 de abril de 2007

La lectura de los necios

Hace ya más de una semana estaba yo en una clase leyendo en voz alta “El primer suplicio”, un cuento de Eduardo Acevedo Díaz, cuando de pronto sentí que mi garganta no daba para más. Me ardía. Me raspaba cada vez que quería darle a mi voz algún matiz. El protagonista del cuento, Ramón Montiel, un negro corpulento y resuelto de casi mi edad, decía cosas que yo no podía reproducir sino con una voz casi de cacatúa desflorada. Entonces consideré que dos horas más de clase en esas condiciones serían nefastas, sobre todo porque había llegado al límite de mi resistencia luego de dos semanas de no ir al médico, luego de que los desajustes de temperatura de la llegada del otoño, el polvo de tiza y el tener que acostumbrarme a colocar la voz pasadas las vacaciones me inflamaran las amígdalas a tal punto que entre ellas se dan la mano y a veces hasta le hacen un cerco a la comida.
En la sala de espera del sanatorio, traté de leer algún pasaje de la novela “El bastardo”, de Carlos María Domínguez, pero me llamaron tan pronto que me vi en seguida ante un médico de unos cuarenta o cuarenta y cinco años que me examinaba. Por los papeles que estaban sobre el escritorio me di cuenta de que ese médico de guardia tenía nombre de futbolista uruguayo (uno que juega en España... no voy a dar más datos) Me preguntó si trabajaba con la voz. Y cuando le dije que daba clases de literatura los ojos se le iluminaron y me miró con un aire mitad búsqueda de confianza y mitad confesión. En realidad estaba indignado porque a su hijo, que está en 5º años del liceo, su profesora de literatura le hizo leer las primeras clases un texto de Jorge Bucay. Yo ya tenía conocimiento de que había profesoras de literatura que incurrían en estas prácticas (sí, todos los ejemplos que conozco son de mujeres), así que me sonreí socarronamente entregando mi porción de la torta de la confianza. Pero el doctor comenzó a subir la voz. No podía entender cómo un docente era capaz de llevar a clase de literatura un texto de Bucay. Yo le dije que hasta el día de hoy me hago la misma pregunta, que no comprendo cómo, teniendo los autores que se tienen en cualesquiera de los programas vigentes, las profesoras (ellas, sí) no encuentren verdaderos modelos textuales para resaltar la importancia de determinados valores, si es que ese es el objetivo. Y la verdad es que por más fuerza que hago sigo sin entenderlo, es algo tan inconcebible y fantasmagórico como ver la reproducción de los eunucos; en este caso eunucos mentales. El doctor matizaba su preocupación explicando que no teme por el ejercicio crítico de su hijo, un chico que vivió más de seis años en la Madre Patria (EE.UU.) y que lee a Hemingway directamente del inglés. Pero se preocupaba (lo mismo que yo) por aquellos chicos cuyo nivel de criticidad y sensibilidad puede sufrir ante la exposición de textos como los de Bucay o ante una persona que a todo le busca la dosis diaria de moralina y el lugar común de los buenos sentimientos ciudadanos tipo Winnie Pooh. “Ya me la veo a esa mina”, decía el doctor “Debe ser una de esas histeriquitas que además de leer al gordo plagiario ese, prenden un incienso por aquí, ponen unas bolitas para el Feng-Shui más allá y se miran las series y las películas del COSMOPOLITAN.” Yo no paraba de reírme. “Porque si a mí me decís que vamos a dar un autor fuera del programa y me traés, qué sé yo... a Borges, vamo’ arriba... O, no sé si la conocés, una obra como “La conjura de los necios”...” “Sí, claro...” dije “De John Kennedy Toole. Lo conozco. Murió muy joven, además”. Ahí nomás nos pusimos a hablar de Kennedy Toole y de su perseverante madre hasta que una enfermera golpeó la puerta llamándolo. Él se levantó, me hizo un certificado por las horas de clase que no dicté y me extendió el reposo por 24 horas más. “¡Qué hincha huevos!”, dijo, y se fue después de darme la mano.