Mostrando las entradas con la etiqueta Valentín Trujillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Valentín Trujillo. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de agosto de 2010

Segundo partido entre escritores (resumen)

[Maldonado festeja uno de sus goles. González Bertolino alumbró los goles de su equipo luego de que Trujillo los preparara.]


Fecha:
Sábado 28 de agosto de 2010, hora 11:00

Cancha: Calle Treinta y Tres entre Lois y Centenario, Minas, Lavalleja.
Condiciones climáticas: Cielo cubierto. Tormentoso. Temperatura media: 22º. Humedad 94%
Árbitro: (sin árbitro)

Maldonado 12: Damián González Bertolino (5); Ignacio di Tullio (3); Ignacio Fernández de Palleja (1); Valentín Trujillo (1); Leonardo Cabrera (en contra) y Horacio Cavallo (en contra)
San José 6: Pedro Peña (4); Leonardo de León (1) y Leonardo Cabrera (1)

Tarjetas amarillas: Ignacio Fernández de Palleja (M); Ignacio di Tullio (M); Rodolfo Santullo (SJ).

Tarjetas rojas: No hubo.

PRIMER TIEMPO (Maldonado 3 - San José 1)

'1 GOL: González Bertolino, definiendo de primera tras pase al segundo palo (1 - 0)
'2 Intento de Cavallo
'3 Intento de Trujillo
'4 Intento de González Bertolino. Contragolpe: intento de Peña
'5 GOL: de León, con disparo cruzado y bajo (1 - 1)
'9 Tiro al arco de González Bertolino. Atajada de Santullo
'11 Tiro al arco de Trujillo, sale desviado. Tiro al arco de Cabrera, da en el palo. Remate de Trujillo desde la mitad de la cancha: ataja Santullo
'12 San José presiona buscando el segundo gol
'12 Remate de González Bertolino. Santullo rechaza al corner.
'13 Tiro de González Bertolino: ataja Santullo
'14 Intento desde media cancha de di Tullio: tiro de esquina
'14 Intento de Cavallo
'15 Dos llegadas de San José
'16 Tiro al arco González Bertolino
'17 Tiro al arco de di Tullio
'18 Tiro al arco de Peña: pega en el palo
'20 Llegada de Maldonado. Intento de González Bertolino
'21 Llegada peligrosa de Maldonado: tiro de González Bertolino: ataja Santullo
'22 Se salva Maldonado de nuevo: Remate desde lejos de Leonardo Cabrera: pega en el poste derecho del arco de Muniz.
'23 Dos llegadas consecutivas de San José, con remates de Cabrera y Cavallo, son atajadas por Muniz
'24 Llegada de Maldonado: sin peligro.
'25 Dos tiros de esquina seguidos para Maldonado: finalmente contiene Santullo.
'27 Tiro al arco de di Tullio, desviado.
'27 GOL: González Bertolino roba una pelota y define cayéndose y de puntín por entre las piernas de Santullo (2 - 1).
'28 Una llegada para cada lado. Los remates de González Bertolino y de Cavallo sin éxito.
'29 Tiro desde media distancia de Cabrera
'29 GOL: jugada conlectiva entre González Bertolino, Trujillo y di Tullio. Pase de di Tullio desde la izquierda al medio, González Bertolino remata de derecha y de primera con cara interna, la pelota da en el ángulo. González Bertolino captura el rebote y fusila a Santullo (3 - 1)
'30 Tiro peligroso de de León.
'31 Llegada de San José sin peligro.
'32 Llegada de Maldonado: tiro de Trujillo.
'32 Tiro de Cabrera y fin del primer tiempo

ENTRETIEMPO: Fernández de Palleja con serios problemas de descompostura.

SEGUNDO TIEMPO: (Maldonado 9 - San José 5)

'1 Tiro de Peña. Ataja Muniz.
'2 GOL: Peña recupera una pelota y encara a la defensa. Elude a un par y la pone contra un palo ante la salida de Muniz. (3 - 2)
'2 GOL: Nueva corrida y enganche de Peña para batir a Muniz. (3 - 3)
'3 Llegada de Maldonado: intento de cabeza de González Bertolino. Se va por encima del travesaño.
'4 GOL: Peña recibe la pelota, la frena, la pisa, mira el arco y patea alto y contra el travesaño fusilando a Muniz. Peña redondea en dos minutos una gran actuación personal, haciendo tres goles consecutivos y adelantando a su equipo. (3 - 4)
'4 GOL: di Tullio define suave y bajo ante la salida de Santullo. (4 - 4)
'5 Llegada de González Bertolino, remate desviado.
'6 Tiro de di Tullio
'6 GOL: Gol en contra de Leonardo Cabrera, no puede retener el balón y descoloca a Santullo. (5 - 4)
'8 GOL: Fernández de Palleja trepa por el lateral izquierdo y define bajo contra el pie de apoyo de Santullo. (6 - 4)
'9 Tiro al arco de di Tullio
'10 Intento de de León.
'11 GOL: di Tullio (7 - 4)
'11 GOL: Vistoso gol. González Bertolino recibe la pelota y la jopea sobre un costado de Leonardo Cabrera cuando este sale a marcarlo. González Bertolino la va a buscar por el otro lado y ajusta el remate hacia abajo ante la salida de Santullo. Estalla el equipo de Maldonado. (8 - 4) González Bertolino se lo dedica a su señora mamá en claro gesto. [Se siente el impacto del gol]
'13 Jugada personal de Trujillo: atajada de Santullo
'14 Tiro de di Tullio
'15 Jugada personal de González Bertolino. Elude dos jugadores y luego a Santullo. Define luego de zurda. La pelota da en el travesaño, baja, pica sobre la línea y sale.
'18 GOL: Gran jugada de Trujillo llevando la pelota desde su área casi hasta la rival, sacándose un par de hombres de encima. Pase al vacío para González Bertolino, que define picando la pelota para darse un autopase y eludir a Santullo, definiendo fuerte con el arco vacío. Quinto gol de González Bertolino, con el que se transforma en el goleador del partido. (9 - 4)
'19 Leonardo de León se retira extenuado del campo de juego. Sustituído por Agustín García (amigo, jugador invitado).
'21 GOL: Foul sobre Pedro Peña. Mientras algunos jugadores rivales se preocupan por la salud del jugador de San José, García saca rápidamente hacia atrás el tiro libre. Cabrera llega a la carrera y remata desde casi la mitad de la cancha. Es un golazo. El remate es violento y se cuela contra el palo ante la mirada atónita de los jugadores de Maldonado. (9 - 5)
'22 GOL: San José reacciona. Gran gol de Pedro Peña, dribbleando y definiendo ante salida de Muniz. (9 - 6)
'24 GOL: Cavallo en contra. (10 - 6)
'26 Sale lesionado Cabrera tras golpe de di Tullio (que recibe tarjeta amarilla). Entra de León de nuevo a la cancha.
'27 GOL: di Tullio (11 - 6)
'29 GOL: Trujillo (12 - 6)
'30: Fin del partido.

-----
Entrega de premios:

Mejor jugador del partido: Pedro Peña
Goleador: Damián González Bertolino (5)
Mejor arquero: Fabián Muniz



(*) Agradezco profundamente a Agustín García, quien tomó la gran base de estas notas mientras el partido se jugaba y me las cedió con total generosidad.

miércoles, 25 de agosto de 2010

¡Mamá, ese escritor está jugando al fútbol!

En la imagen (arriba, de izq. a der.): Ignacio di Tullio, Pedro Peña, Ignacio Fernández de Palleja, Leonardo de León, Rodolfo Santullo, Valentín Trujillo, Martín Bentancor (cronista del partido); (debajo, de izq. a der.) Agustín García (jugador invitado), Gastón Brito (jugador invitado), Leonardo Cabrera, Damián González Bertolino y Fabián Muniz.

La obtención por parte de Leonardo de León del XVII Premio Nacional de Narrativa, por su libro "No vi la luna", es la causa perfecta, más que perfecta, para la revancha del encuentro fútbolístico del año pasado en Minas, cuando el representativo de escritores de Maldonado venció a su similar de San José por un ajustado 8 a 7.
La revancha se va a realizar en el mismo lugar de Minas: la cancha de fútbol-5 de la calle Treinta y Tres, a una cuadra de Avenida Centenario, el sábado 28 de agosto, a las 11 de la mañana.
Seguramente muchos de los asistentes y de los jugadores tienen todavía el recuerdo exacto de varias de las incidencias del cotejo anterior: la temprana salida por lesión de Leonardo de León que dejó a su equipo con el agua al cuello; los potentes remates de media distancia de Ignacio di Tullio; las atajadas estupendas de Rodolfo Santullo; el despliegue fervoroso de Leonardo Cabrera en el mediocampo; las pizarreadas de Valentín Trujillo; el estupendo gol de taco de Pedro Peña... No es poca cosa lo que se jugará el sábado 28, a pocas horas de la entrega de la Medalla Morosoli de Oro.
Las alineaciones son casi las mismas del año pasado, y en algunos casos presentan a jugadores invitados que defenderán con todo su honor los colores del departamento por el que jueguen. Ese es el caso de Ignacio di Tullio, poeta argentino que sin embargo vive en la localidad bonaerense de San Fernando (lo que lo acerca sin lugar a dudas a Maldonado). También ocurre algo similar en la formación de San José con Horacio Cavallo y Rodolfo Santullo, montevideanos, y con Leonardo de León, minuano.

Los equipos, ya confirmados, son los siguientes.

Maldonado: Fabian Muniz; Ignacio Fernández de Palleja, Ignacio di Tullio; Valentín Trujillo y Damián González Bertolino.

San José: Rodolfo Santullo; Horacio Cavallo; Leonardo de León, Leonardo Cabrera y Pedro Peña.

domingo, 11 de abril de 2010

miércoles, 2 de diciembre de 2009

American patrol

Me tuve que venir por unos días a Montevideo para hacer unos trámites y atender ciertas invitaciones. Salí de Maldonado de noche. Llovía. Me acomodé contra la ventanilla y le di play al disco que tenía colocado en el discman, que era una antología de Glenn Miller. De pronto, cuando arranca "American patrol", comienzo a reírme. Me doy vuelta y apoyo mi frente contra la ventanilla fría, pero es evidente que la persona que va sentada en el asiento de al lado tiene que percibir cómo me sacudo. No puedo parar de reírme. Y acá viene una anécdota. Una anécdota muy a tono con estos aires de bonanza futbolístico-política previos al clásico de Peñarol y Nacional del próximo domingo.
Una noche de verano en Maldonado, fuimos con Valentín, y nuestras respectivas novias de esa época, a ver un clásico en el estadio del Campus. En Peñarol dirigía Garisto, jugaba el haitiano Jean Jacques; en Nacional estaba el "Loco" Abreu, etc. Se jugaba la final de la Copa Ricard, si mal no me acuerdo. Es probable que el partido lo haya empezado ganando Peñarol. (Valentín recuerda que el empate lo hizo Abreu). Como sea, hubo empate 1 a 1 y fueron a penales y el haitiano erró un penal definitorio justo en el día de su cumpleaños y Nacional ganó. Hasta ahí lo más estadístico. Pero algo de lo mejor había empezado en el entretiempo, con un muy provinciano anuncio del entretiempo, en el que se publicitaba a un sanatorio de Punta del Este con "American patrol" sonando libremente por varios segundos. Con Valentín (con quien adoramos a Glenn Miller) nos empezamos a reír por ese agujero negro que se formó entre el maremágnum cumbiero de los otros avisos. Pero el partido se reanudó y con él las ganas de los jugadores de imponerse de una manera u otra. En un momento de ese segundo tiempo hubo una serie de faltas muy duras tanto de un lado como de otro, luego unos empujones, unos manotazos y al final dos o tres piñas perdidas. Mientras la gente puteaba y alentaba según el caso, algo sucedió en la cabina de control del audio del estadio que comenzó a irradiarse la canción de Glenn Miller. Las corridas, las separaciones, los ingresos de los policías con los escudos al frente ilustraban los compases del conjunto de Miller y precedían las palabras del locutor recomendando los servicios del sanatorio. En un instante, entonces, aislados de la furia del resto de los parciales, aun de nuestras novias, que empezaron a mirarnos con cara de querer una explicación de lo que nos sucedía, Valentín y yo cruzamos nuestras miradas y nos reconocimos riendo, pero riendo a un nivel de parálisis en el que todo se iba al diablo. La trifulca se disipó de a poco y en nuestros sonidos se continuaban los ataques de los vientos de los muchachos de Miller. Entonces empezamos a llorar, a llorar de la risa. Las chicas nos miraban a punto de levantárseles una sonrisa. Otras personas se daban vuelta y nos observaban sin disimulo.
Por eso, cada vez que escucho "American patrol" termino llorando de la risa, pero de la risa histérica de un recuerdo desquiciado. Formamos con Valentín una burbuja una vez más y esa burbuja es lo que puedes sentir a veces bajo el término de "amistad".
Llegué a Montevideo casi a la medianoche. Dejó de llover. Hay un poco de viento fresco. Saqué el celular para avisarle a Valentín que llegué y de pronto me lo encuentro casi encima de mí, preparándose para el abrazo. No contaba con que me fuera a buscar a la terminal.
-¿Te acordás de "American patrol"? -le pregunto entonces.

lunes, 12 de octubre de 2009

Kennedy '09 (VI)


-Sábado 15 de agosto de 2009. 6ª fecha: Alianza Cinco vs Kennedy-

Para este partido de Kennedy me doy el gusto... Logro que dos amigos, Leonardo Cabrera y Valentín Trujillo, me acompañen en la cancha de Alianza Cinco, situada entre los bosques de los barrios Beverly Hills y Lugano para ver el sexto partido de Kennedy.
Se trata de un encuentro importante. El local buscará una victoria que le permita llegar a 9 puntos y colocarse de inmediato como escolta de los líderes del certamen: Barrio Rivera, Peñarol de San Carlos y Nacional de San Carlos. Para Kennedy ganar le podría permitir escapar de la undécima posición para, en el mejor de los casos, igualar a algún otro equipo en puntaje en el octavo lugar. Todos lo sabemos... La octava colocación se ha transformado en el primer objetivo para el club. Después se verá. Pero llegar hasta allí significa poder jugar el torneo Clausura. Nada menos... En medio de toda esa especulación nos instalamos con Leonardo Cabrera en uno de los tantos terraplenes de greda endurecida que están sobre uno de los costados de la cancha. En cierto modo, ese sector parece el recorte de un paisaje lunar levemente estetizado. Hace un calor pesado y húmedo, y la reverberación se hace insoportable. Sin embargo, nos instalamos con el sol en contra un poco a propósito. O más bien debo decir que la intención es mía. Del lado de la cancha en donde estamos podemos ver desde cerca al Gordo Nene, caminando contra la raya de cal y aguardando el comienzo del partido en muy pocos minutos. Por delante y por detrás pasan los jugadores de tercera de Kennedy y de Alianza. Caminan en silencio, exhaustos, sudorosos. Pasa mi primo Pablo, que juega en Kennedy. Le pregunto cómo salió el partido y me dice que ganaron 3 a 2, pero que estuvo muy picado, que casi hubo piña. No sé si llego a desearlo, pero tengo de pronto en mi interior algo así como la presunción de que algo similar suceda en el partido de fondo. Y no es por desearle el mal a nadie, pero es que tanto le he hablado a Leonardo (lo mismo a Valentín) acerca de lo especiales que son los partidos en los que juega el Kennedy, que ahora tengo miedo de que el partido contra Alianza termine siendo un intercambio de pases a la manera de un encuentro de veteranas del Rotary o del Club de Leones que tironean medio remilgadas de sus propios orgullos en una tarde de té. Me preocupa que tanto Leonardo como Valentín, un poco hartos de mis anécdotas grotescas de lo que pasa sábado a sábado, vayan a pensar que, de haber algo, sucede en el espacio de mi imaginación; o peor: en el espacio del deseo de una imaginación. Así es que cuando empieza el partido, mientras los equipos se olfatean en esos primeros segundos, llego a agradecer que Valentín no haya aparecido.
Con los primeros minutos del partido notamos en seguida la gran superioridad de Alianza para armar jugadas de ataque y llegar con hombres libres de toda marca sobre el fondo de la cancha, prontos a desbordar por la derecha. Otra vez la derecha, me digo, nuestro talón de Aquiles, o uno de ellos. Bueno, en realidad, si se mira a Kennedy en estos primeros minutos parece todo un talón entero, con Aquiles desprendido y andando victoriosamente por cualquier otra parte de la vida. Como sea; observo las subidas del lateral derecho, las incursiones de los delanteros hacia ese rincón de la cancha y me salta el recuerdo de los goles que nos hicieron Nacional y Peñarol de San Carlos para ganarnos en aquellos primeros partidos. Por otra parte, cuando algún forcejeo de los delanteros de Kennedy (sobre todo los dos Pereyra: Nicolás y el "Chala") logra que alguna pelota se vaya al corner, las jugadas resultantes sobre el arco de Alianza carecen de claridad. Por ejemplo: Nicolás Pereyra cabecea un centro desde el corner y el golero de Alianza recibe la pelota sin mucho esfuerzo en la mitad del arco y se apresta a alejarla. Parece que el golero acaba de cobrarle un viejo favor a su rival. El partido avanza minuto a minuto demostrando de forma apabullante la superioridad física y táctica de Alianza. Hay que decir la verdad: del mediocampo hacia abajo los jugadores de Kennedy no pueden hacer nada. Cualquier esfuerzo realizado relega o niega de forma afrentosa la verdad única de que Alianza va a hacer un gol. Y así ocurre. El golazo de Alianza llega aproximadamente a la mitad del primer tiempo. Carlos Baiz, un joven profesor de matemáticas que juega de lateral derecho, mete una pelota por elevación y al vacío sobre la misma línea del ataque. En principio, parece una pelota para nadie. Pero un delantero, librado ya de su marca, corta desde el centro a la derecha y se la lleva hacia la raya de fondo. Luego pone un fuerte pase hacia atrás, rasante, rumbo a la media luna. Allí la va a buscar uno de los volantes, que le pega como viene, con la cara interna del zapato derecho. El tiro es difícil, la cancha no está en muy buenas condiciones y por un momento Leonardo y yo, como muchos de los presentes, tenemos la sensación de que se va camino a lo alto de los pinos que están a diez metros detrás del arco. Pero no. El esférico sale escupido con una curva de adentro hacia afuera, alejándose desde el centro del arco al palo derecho de Alfredo Rodríguez. El arquero de Kennedy salta entonces y la pelota entra por el ángulo superior y abomba la parte lateral de la red. Y menos de una décima de segundo después el brazo derecho de Rodríguez ocupa el mismo espacio por el que acaba de transitar la pelota. Todo el cuerpo del hombre se suspende una fracción de segundo y entonces cae como si en ese preciso instante la ley de gravedad reaccionara furiosa, cae como abandonado por todo, por las fuerzas que lo hicieron llegar hasta allí arriba, por sus compañeros, que se ocupan de comprender la realidad de la pelota rebotando en el interior del arco. Los jugadores de Alianza, mientras tanto, se abrazan a pocos metros de la media luna.
En ese momento llega Valentín Trujillo, resoplando y ajustándose la montura de los anteojos en la parte más alta de la nariz. Nos saludamos y en seguida comenta que pudo ver el gol de Alianza desde el lado opuesto de la cancha, justo en el instante en que el remate había salido.
A partir de entonces el partido comienza a ponerse difícil. Los jugadores de Alianza juegan cada pelota buscando no sólo el segundo gol, sino el tercero y hasta el cuarto. La goleada, si se dilatara esta parte del encuentro, parece una cosa inminente. Los jugadores de Kennedy hacen lo que pueden. Hay algunas arremetidas de Nicolás o de Richard Pereyra, el "Chala", buscando pelotazos desesperados y frontales, pero por lo general los visitantes se dedican a cortar todo lo posible el juego del rival.
Llegado un momento oigo algo que dice Leonardo, o que dice Valentín, o es una cosa que bien pudieron haber afirmado ambos en distintas oportunidades y de forma variada. Sea como sea, podría resumirse en la siguiente expresión: "Yo pensé que el partido (o "esto que vine a ver") iba a ser cualquier cosa; pero no, la verdad que es un partido normal, bien jugado". Apenas soy consciente de a opinión de mis amigos siento que estamos viviendo en un profundo error. Es decir: sé que lo que pueda parecer un partido normal, de trámite regular, como dicen los periodistas deportivos, es algo impropio, y que en cierto modo los invité a Leonardo y a Valentín con una idea diferente de lo que sería finalmente el encuentro. Voy a sincerarme más todavía: quería que ya en esa oportunidad les fuera revelada a ellos esa condición del aire que existe en los partidos de Kennedy, esa forma en la que se imprime a la realidad con un valor distinguido, diverso.
Y ahí, un poco después, sucede, simplemente sucede... Es la figura del 16, el "Canario" Fabián (el causante de los dos penales en contra en el partido pasado, el cobrado y el no cobrado), que crece, crece y contagia de a poco a todos su compañeros de un ímpetu nuevo... Lo del "Canario" es vistoso, pero no debido a que su falta de timing y de control de pelota rayen en lo nulo. No. Es preciso observarlo un poco más de cerca. Es un hombre alto, pero no muy corpulento, y que está a medio camino entre los treinta años y los cuarenta. Tiene el pelo negro, lacio y con un par de entradas de calvicie en cada costado. Hay sufrimiento en su rostro cada vez que persigue un rival o cuando se le planta enfrente, siempre, invariablemente. Sin embargo, es un sufrimiento insólito, como si tuviera la revelación súbita, casi de oráculo, de lo que va a ocurrir en los próximos segundos, y eso se le hiciera insoportable. Es como si le doliera la ignorancia del otro acerca de lo que le sucederá en los próximos dos o tres segundos. Y es que no queda otra. El "Canario" Fabián, con su torso endurecido por la respiración contenida y con los brazos presas de un impulso eléctrico, va al frente, mete la pierna, topa, arrastra, arrasa, y el rival termina dando una serie de volteretas por el aire. El "Canario" Fabián ha sembrado entonces la semilla del mal sobre el campo de juego, y aunque la cancha de Alianza Cinco está levantada sobre un promontorio arenoso y el pasto arraiga allí con grandes esfuerzos, la semilla de la destrucción prende en seguida. Así es que empieza a pasar algo que no pasaba unos minutos antes. Gruesas cortinas de polvo se levantan desde el suelo y barren amplios sectores de la cancha bajo el contundente sol. Los jugadores de ambos equipos comienzan a sentir los primeros efectos fuertes del calor. En cada pelota detenida varios de ellos se arriman hacia los costados de la cancha reclamando un poco de agua. Frente a nosotros, en la parte por la que va y viene el técnico de Alianza, hay contra el alambrado un bidón transparente casi repleto de agua. En su superficie flota media docena de gajos de limón. La luz del sol ciega la superficie entre los espacios donde bogan los fragmentos de fruta.
Marcelo Bilar, uno de los laterales de Kennedy, aparece tirado al borde del área tomándose la pantorrilla derecha. Lo rodean un par de jugadores de ambos equipos. De pronto algunos hacen una seña inequívoca hacia el lugar en que está el Gordo Nene y este se da por enterado de que Bilar no va a seguir jugando. Bilar comienza a incorporarse con lentitud. Alfredo Rodríguez lo ayuda poniéndole el hombro para acompañarlo hasta el borde de la cancha, justo en el lugar en que están el técnico de Alianza y sus ayudantes. Bilar atina allí mismo a aflojar su cuerpo y dejarse caer ya fuera del campo de juego. Alfredo Rodríguez acompaña el descenso de todo ese montón casi sin voluntad propia. Alguien pregunta desde el otro lado del alambrado que sucedió. Bilar está demasiado dolido como para responder. Aprieta los ojos y respira de forma entrecortada. Entonces el arquero de Kennedy mira al frente y responde:
-Mirá que yo le digo todos los días: Dejá el fútbol que esto no es para vos... Siempre le digo lo mismo.
Bilar, mientras tanto, sigue en algún rincón de su propio mundo doloroso. Rodríguez continúa, sonriéndose.
-Pero él no entiende; es terco, el hombre...
Hay algunas risas disimuladas y un instante más tarde el arquero vuelve la espalda hacia el público y retorna trotando hacia su puesto. En uno de esos momentos en que el partido se detiene un jugador de Kennedy se acerca y señala el bidón.
Un momento antes de que el juego se reanude, mientras se hace el cambio, otro jugador de Kennedy se acerca hasta donde están los ayudantes del técnico de Alianza y pide agua. Entonces uno de los ayudantes le extiende el bidón de agua con gajos de limón. El jugador de Kennedy lo levanta con ambos brazos en un movimiento curvo hacia su boca y engulle el líquido mientras la luz fuerte se establece por unos largos segundos sobre la frente sudorosa y sucia. El jugador de Kennedy agradece y regresa en una veloz corrida a su propia área. Valentín se me acerca un poco.
-Che... Yo quiero probar eso a ver qué tiene... -dice.
El técnico de Alianza se inclina y termina de acomodar el bidón junto al alambrado. Aunque casi no le ha sacado la vista de encima a sus jugadores, está muy pendiente del árbitro. Camina al lado de la línea de cal nervioso y de vez en cuando le protesta algún fallo al cuarto árbitro. El partido está yéndosele de su control. Ve a sus propios jugadores recibiendo una patada tras otra, también obligados a tener que golpear para no ser menos. Las nubes de polvo vuelven difuso el contorno de la pelota a lo lejos. Entonces se da vuelta y camina hacia el otro lado una vez más. Se nota que está haciendo un esfuerzo supremo por no perder la compostura, por no caer en la grosería, por no romper la línea de prolijidad que va desde su corte de pelo (corto) hasta su impecable ropa deportiva al tono con su calzado, pasando por algo del tratamiento de pelota que ha infundido en sus jugadores. Cuando al fin sale la protesta, es del tipo:
-¿Hasta cuándo van a seguir pegando, señor?...
O:
-¡Uno trata de jugar al fútbol y los jueces nunca defienden eso! ¡Nunca!...
A unos escasos diez metros, cruzando apenas la línea central de la cancha, está el Gordo Nene. Su cabello alargado contra la nuca, liberado apenas de la gorra, se agita suavemente con la brisa. Si se intentara una comparación rápida y mínima con su técnico rival, el Gordo Nene parece alguien que ha llegado recién, avisado por la proximidad de una desgracia, vestido con lo primero que encontró a mano y sin obedecer paletas ni simetrías. Él no se dedica a recordarle nada al árbitro, puede hacer un comentario que sacuda la autoestima de cualquiera de sus futbolistas hasta revelar un trauma infantil, pero con el árbitro ha preferido no discutir. El Gordo Nene resopla al borde de la línea oteando en la distancia el ajetreo polvoroso. Los brazos separados apenas del tronco terminan de darle forma a una sensación de Far-West, con todo ese polvo volando y ese inhóspito sol. Las palmas abiertas y oscilando sobre los costados de ambos muslos. Así, y sin que Alianza pudiera conseguir su segundo gol, siempre a punto de llegar, con un par de tímidas incursiones de los delanteros de Kennedy hacia el arco defendido por un hombre un poco relleno y veterano, así, se termina el primer tiempo.

La situación parece ser penosa para Kennedy en los segundos cuarenta y cinco minutos. Pero apenas se retoma el partido llega un acontecimiento que lo cambia todo. Luego de una falta en un salto uno de los volantes de Alianza recibe la tarjeta roja de forma directa. Al lado de todas las infracciones previas, esta última parece cosa de risa, algo así como parte indispensable del roce mínimo entre los jugadores. Pero el juez no duda. Corre hasta el jugador ya con la roja en alto. Algunos jugadores locales se arremolinan. En el centro de esa fuerza va el jugador expulsado. Unos pocos jugadores de Kennedy se encargan de ayudar a pacificar los ánimos y el partido se encauza.
A partir de entonces se ve con claridad la gran oportunidad de la que dispone Kennedy para remontar el partido. De a poco el "Chala" Richard Pereyra se conecta con sus compañeros y empieza a hacer su típico juega de recibir una pelota, sacarse un jugador de encima en ese preciso instante y encarar hacia el área apilando a veces o soltando la pelota otras veces para buscar un centro al vacío. Pasan los minutos y Richard Pereyra enloquece literalmente a la defensa de Alianza moviéndose por todo el frente del ataque. El partido pasa a ser realmente bueno. Kennedy juega alrededor del área rival y en cada uno de los ataques existe cierta premonición de empate. Alianza, en cambio, se conforma con apostar al contragolpe tirándole pelotas a su 9, Guillermo Arcidiaco. Arcidiaco es un centro delantero alto y fuerte y no pierde por alto ni una sola de las pelotas que le ha enviado su arquero. En algunas ocasiones logra peinarla para alguno de sus compañeros y dejarlo de camino hacia el área, pero la jugada se resuelve en seguida por la acción de los centrales de Kennedy: Miguélez y Gaidú.
Cuando faltan unos veinte minutos para el final del partido y la insistencia de Kennedy es prácticamente insoportable, el "Chala" entra al área, driblea del medio a la punta derecha y es tocado claramente sin pelota. El penal es bastante obvio. Los jugadores de Alianza se dejan llevar resignados y todos los de Kennedy levantamos los brazos. El "Chala" da su última voltereta sobre la arena y queda un santiamén exánime antes de volver a recobrar su sentido del espacio y el tiempo. Pero el juez señala hacia el lugar de la incidencia hacia para abajo y para arriba con un brazo. El gesto es claro: el "Chala" debe levantarse y dejar de simular. Entonces, cuando el público de Kennedy está por soltar la catarata de puteadas, cuando los jugadores de amarillo están por volcarse sobre la figura oscura del hombre que pese a todo trata de estar atento al desplazamiento de la pelota, cuando la atención estaba signada sobre un punto especial dentro del campo de juego, resuena un grito infernal, como surgido de un lugar secreto y terrible de la historia oculta de la Humanidad, una Verdad revelada desde lo más profundo de la tierra con la fuerza de dos terremotos juntos y expresando la insoportable certeza del advenimiento de un Apocalipsis cebado furiosamente con gases y humores de perdición y apetito de carne.
-¡¡¡HIJO DE PUTA, TE VOY A MATAR!!!...
El Gordo Nene atraviesa la línea de cal que lo separa de la conformidad y lo acerca a la defensa ciega de sus hijos postizos, que reclaman el penal rodeando al árbitro y no han percibido la fuerza que arremete ahora en su auxilio. El Gordo Nene balancea sus brazos separados ostensiblemente de su torso y se impulsa hacia el centro de la cancha. Sus pasos hunden la tierra arenosa y abren su resonancia entre el bullicio general de tal forma que la persistencia de ese sonido constante saca a todos de sí mismos. La figura enorme que ha iniciado su arremetida congela los gestos y los movimientos. Es la ataraxia ante la visión insospechada. Los policías aún no han reaccionado cuando el Gordo Nene lleva ya dos metros (a lo sumo) dentro del campo de juego dejando adivinar bajo su ropa la agitación de la carne furibunda. El Gordo Nene da un paso con el pie izquierdo, se impulsa, luego otro con el pie derecho, unas nubes compactas de polvo arenoso se forman alrededor de los tobillos, y el ciclo de repite, un paso con el pie izquierdo y otro con el derecho, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y otro y el Gordo Nene ya avanza un metro más. Ya ha descontado tres metros entre él y el árbitro, que ahora se desentiende de la pelota y ve pasar su vida por delante.
Dejemos ahora que el Gordo Nene continúe con su avance metro tras metro e intentemos entrar en su propia cabeza... Hay momentos en la vida en los que uno se lanza tras algo y cuando nos queremos dar cuenta de lo que está ocurriendo nos encontramos en medio del envión del impulso ciego. Y ahí aparece, de pronto, como un signo de amargura, la parte razonable de nosotros mismos que nos ofrece un panorama lúcido de lo que acontece. Y a veces, sencillamente, o casi siempre, ese panorama no nos gusta. Eso es lo que sucedió dentro de la cabeza del Gordo Nene cuando, digamos, le quedaba por recorrer poco menos de la mitad del trecho que lo separaba del árbitro, unos buenos segundos después del momento en que lo dejamos corriendo, en el párrafo anterior. En ese trance de lucidez, llega entonces la duda. Hay un punto del continuo en el que está la posibilidad del regreso y también la del avance definitivo. Ambos aspectos pesan lo mismo, y algo, de lo que todavía está por saberse qué es, hace el resto e inclina el platillo de la balanza de manera irresoluble. En el caso del Gordo Nene pesó más el seguir avanzando, pero sólo porque se trataba de una vergüenza menor. Las caras de sus jugadores, olvidados ya de los reclamos, mirando alelados a su técnico, expresan todo el resto del asunto.
Unos segundos antes de que el Gordo Nene pudiera acercarse al árbitro, sus propios jugadores se le oponen y forman entre varios una barrera, inclinados hacia adelante y prontos a amortiguar lo que se viene. Es entonces cuando los dos policías, con las cachiporras tensas a los costados, entran en el cuadro y se acoplan a la figura del árbitro. Finalmente, cuatro o cinco jugadores logran disuadir al técnico de Kennedy, que termina de salir con la escolta de los policías. Los ojos del Gordo Nene permanecen ocultos bajo la visera. Atraviesa un poco después la portera y apoya ambos brazos sobre el alambrado desde el lado exterior, observando la continuación del partido por el espacio que se forma entre las cabezas de los agentes. Ahora sí, Valentín, Leonardo y yo tenemos que hacer un esfuerzo muy grande para que no se note que no podemos parar de reírnos. Pero, por mi parte, estoy satisfecho. Lo que sea que es eso que define en la cabeza de varios lo que es un partido de Kennedy se ha manifestado de una forma imponente e incuestionable.
Mientras tanto, todos los hinchas de Kennedy que estaban apostados contra el alambrado opuesto, han caminado hasta donde estamos nosotros para darle el espaldarazo al Gordo Nene. Comienzan a putear al árbitro y a amenazar con dársela bien dada a la salida. Uno de los policías, el de la derecha, observa por encima de su hombro a la muchachada. Sabe que está brava. Levanta el handy y susurra unas breves palabras que se pierden entre el griterío de la breve muchedumbre. Poco después el mismo policía se inclina un tanto hacia atrás, sobre la izquierda, y, asegurándose que el técnico de Kennedy puede oírlo, dice:
-Bruto penal, fue...
El Gordo Nene inclina la cabeza hacia un lado y la baja cortando en una línea oblicua la verticalidad de su cuerpo. Pone cara de "me cacho" y niega para sí mismo en silencio.
Mientras tanto el partido está lejos de perder la tensión de los minutos previos a la corrida del Gordo Nene. Todo lo contrario. Alianza apenas puede pasar la mitad de la cancha. Los minutos se consumen. Hay una pelota en el palo del arco de Alianza. Los jugadores de Kennedy se toman la cabeza con ambas manos. Los golpes ya se propinan entre los jugadores sin ningún tipo de pudor. Faltan las pelotas. Vuelven las pelotas. Sigue atacando Kennedy en busca del empate hasta en los mismísimos descuentos. Primero un par de remates francos que el arquero contiene o rechaza a medias. Más tarde un corner del lado derecho. Un jugador de Kennedy que no puedo reconocer entre la montonera se eleva y aplicando un recurso fabuloso elabora una suerte de cabriola en el aire para conectar de taco. La pelota sale despedida como un estornudo, da contra el primer palo y se va hacia los eucaliptos del fondo. Es imposible hacer un gol. El partido parece ir a su final con la amenaza creciente de una gresca total, pero una vez que suena el silbatazo y que la pelota deja de rodar, como si se hubieran desconectado a un dispositivo, todos los hinchas de Kennedy y el Gordo Nene desaceleran sus corazones y sus lenguas y se encaminan a saludar y a alentar a sus propios jugadores rumbo al vestuario, bajo el aire húmedo y sofocante que adelanta la tormenta.
Con Leonardo nos despedimos de Valentín, destrancamos las bicicletas y nos acercamos hacia la salida. De pronto me detengo al cruzarme con Jorge "Popo" Rodríguez, uno de los delanteros. Leonardo sigue de largo y me espera en la calle mientras converso un par de minutos. Recién en ese momento caigo en la cuenta de que Rodríguez no ha jugado el partido, y cuando le pregunto por qué comienza a señalarse la ceja, el cuero cabelludo y la parte interior del muslo derecho. Me dice que entre semana chocó con su moto contra una camioneta. Y me habla también de la bronca que le dio cuando el Gordo Nene le dijo que sería mejor que no jugara este partido y que esperara a recuperarse. Observo la ceja izquierda cosida. Sobresale por encima del hueso como algo mal embutido.
-Yo quería jugar este partido, ¿me entendés?... -repite cada tanto.
Alianza Cinco 1 - Kennedy 0

APÉNDICE: ¿Qué me dejó el partido?

Leonardo Cabrera: "Una nueva noción acerca del deber, la responsabilidad y lo que hace cierta gente que sabe que es un ejemplo para el resto. El Gordo Nene dudó un par de largos segundos antes de desatar la pachorrienta furia de su carrera. ¿El Gordo quería hacerlo? No. Hacía mucho calor. Ni siquiera los jugadores querían correr, mucho menos él, que pesa como cuatro jugadores juntos."

Posiciones (6ª fecha):

Barrio Rivera 33 - 16
Peñarol de San Carlos - 16
Nacional de San Carlos - 15
Huracán - 12
San Martín - 9
Alianza Cinco - 9
Neptuno - 8
Barrio Perlita - 7
Punta del Este - 7
Círculo Policial - 5
Peñarol de Maldonado - 4
San Lorenzo - 4
Deportivo Kennedy - 4
Hipódromo El Peñasco - 3

viernes, 3 de julio de 2009

Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta...


La idea comenzó con un post en el que Pedro Peña establecía ciertas analogías (que estarán por comprobarse, de todos modos) entre la manera de narrar y la forma de jugar al fútbol. Días después, charlando por messenger con Ignacio Fernández, se nos vino la idea de que una buena manera de reencontrarnos, para algunos, y de vernos por primera vez, para otros, sería la de jugar un partido de fútbol 5 en la ciudad de Minas el mismo día de la premiación del Premio Nacional de Narrativa. Ese fue el inicio, digamos... Con el correr de las horas me puse a sondear las distintas posibilidades de asistencia al partido. Y resultó que muchos podían jugarlo. Algunos días más tarde, Valentín comentó el asunto en Banda Oriental y a Heber Raviolo lo entusiasmó de tal manera que no sólo quiere ser espectador del match entre escritores, sino que ofreció que la editorial lo auspiciara. Y en esas estamos... Lo cierto es que Banda Oriental puso ciertas condiciones. Primero: que el partido se juegue de mañana para que más tarde haya un almuerzo de camaradería. Segundo: que el encuentro sea entre San José y Maldonado. Esto último, sobre todo, encauzó de forma más o menos indiscutible las alineaciones. Pero como cada equipo no llega a completar con naturales de cada departamento, se hizo la excepción de permitir jugadores "extranjeros".
Acá van las alineaciones:

MALDONADO: Ignacio di Tullio (invitado desde Buenos Aires), Ignacio Fernández de Palleja, Damián González Bertolino, Alfonso Larrea y Valentín Trujillo.

SAN JOSÉ: Leonardo Cabrera, Leonardo de León (invitado desde Minas), Gastón (apellido a confirmar), Pedro Peña y Rodolfo Santullo (invitado desde Montevideo).
Veedor del partido: Martín Bentancor (representante de la liga de árbitros de fútbol-cinco de Los Cerrillos)

(Nota: la imagen de ilustración de este texto es obra de Leonardo Cabrera, y fue pensada en un momento para la tapa de "El increíble Springer". En ella se puede ver, además, la alineación de un equipo en particular: La Barra, categoría 9 años, de 1962. La fotografía tiene un aspecto emotivo para mí, porque en ella se ve a mi padre, que es el tercero de derecha a izquierda, mirando a un niño un poco separado del resto. Esto tiene que ver con el hecho de que el cuento "El increíble Springer" está, justamente, dedicado a mi padre, por cosas que los lectores del mismo ya sabrán o calcularán)


domingo, 17 de mayo de 2009

Examen de filosofía


Toda la situación comenzaba y se desarrollaba en el liceo al que fuimos de adolescentes. Valentín estaba del lado de la secretaría y yo estaba en frente, junto a la puerta de la cantina. Entre uno y otro estaba el patio, y eso era más o menos una distancia de treinta metros. Entonces empecé a correr hacia él y en ese instante se formó un pasillo, con pequeños bancos de cemento hacia ambos costados. Se parecía, sacando lo del pasillo, al liceo de hace diez o quince años atrás, antes de la reforma. Pero yo seguía corriendo, y sin embargo, cuando tenía ya recorrida la mitad del trecho, llegaba a la conclusión de que no tenía mucho sentido apurarme. Corría con bastante lentitud para el esfuerzo que estaba haciendo, y comencé a pensar en esas parodias que a veces se hacen de "Carros de fuego". De hecho creo que escuchaba o llegué a tararearme la melodía de Vangelis hasta que todo aquello se hizo insoportable, primero porque las piernas ya me dolían, segundo porque estaba seguro de que me estaban mirando desde las puertas de los salones de la izquierda. Así y todo llegué hasta donde estaba Valentín y le pregunté qué estaba haciendo. Me contestó que estaba por dar el examen de Filosofía, y que esa era la única materia que le quedaba para terminar el liceo. Ahí me vino una sensación de malestar en el pecho. No por él, sino por mí mismo. Yo también tenía una materia pendiente para terminar bachillerato, pero me lo callaba. La materia era Derecho, y había entrado a hacer profesorado y lo había culminado sin que nadie se hubiera enterado. Sentí una vergüenza indescriptible por él y por mí, pero también entendí que él estaba enmendándose y que yo, lejos de hacer algo así, andaba dando vueltas en el liceo sin ningún propósito. Pensaba en esas cosas cuando de pronto me vi un poco alejado, ya más cerca de la puerta de entrada, y vi a Valentín aguardando el llamado al examen junto con media docena de estudiantes. Pero pasaba algo. Valentín observaba hacia todas partes y un segundo después espiaba a través de la cerradura de la secretaría como si allí encontrase algún tipo de secreto que pudiera ser usado con éxito a la hora de la prueba. Los estudiantes lo miraban, se sonreían entre ellos y lo alentaban a continuar espiando. Cuando él se daba vuelta y les decía lo que veía se ponían serios y simulaban escucharlo con atención. Entonces se agachó de nuevo para poner el ojo en la cerradura y descubrí por fin lo que funcionaba mal. Valentín no sólo tenía el pantalón roto en la parte de atrás, sino también el calzoncillo. El hecho era que cuando se inclinaba sobre la puerta los desperfectos se alineaban y las carcajadas comenzaban a sacudir a los estudiantes. Tenía la intención de caminar hasta allí para poner las cosas en su lugar cuando se me acercó una profesora de edad ya madura y empezó a hablarme de cualquier cosa. Yo quería sacármela de encima con la vista fija en lo que pasaba en la secretaría, pero de golpe me di cuenta de que se me arrimaba tanto que ya podía sentir la presión de sus senos sobre mi pecho. Para salir del paso le dije lo siguiente:
-¡Qué día para pasárselo tomando exámenes de filosofía!...
Y ella me respondió:
-¡Ay, sí! ¡Horrible!...
Y ahí se me tiró arriba. Fue una situación que me avergonzó.
-¿Qué está haciendo? -dije en voz alta.
La mujer se separó, hizo un amague de recomponerse y me miró con un poco de desprecio. Fue entonces que recordé que su marido estaba postrado en silla de ruedas.
"¡Pobre!", me dije, "Es medio Lady Chatterley, lo que pasa".


lunes, 7 de julio de 2008

Twice Dylan


Hoy soñé esto.
Bob Dylan volvía a tocar una vez más en Uruguay, y lo hacía de nuevo en Maldonado.
El concierto me había tomado bastante de sorpresa. Me enteré muy pocos minutos antes de que empezara. Pasé por la Cachimba del Rey, en la periferia de Maldonado, y vi cientos y cientos de personas amontonadas. Mi hermano apareció de pronto en lo alto de una escalera de los accesos al espectáculo. Yo empecé a acercarme y me encaramé sobre un talud o un muro. Bob Dylan aparecía muy a lo lejos, a más de cien metros, sobre la parte derecha del escenario, apartado de sus músicos y sentado al órgano. Estaba vestido de blanco y llevaba un sombrero texano. Sentía que no podía dar crédito todavía al hecho de ver a Dylan una vez más. Estaba como tratando de acostumbrarme a la realidad. Pero no dio para más. Hubo una desbandada de gente, que corría hacia mí. Detrás de ellos venía un vendaval de piedras y cascotes. Yo retrocedí rápidamente y me resguardé tras un muro, pero de a poco entendí que tenía que seguir corriendo, siguiendo la marea de personas. Alguien gritaba por ahí que las piedras era porque Dylan estaba cantando "Rainy day women # 12 & 35". Alguien más se puso a explicar, dando resoplidos por la carrera, algo sobre lo literal y lo metafórico. En eso la policía tomó cierta importancia. No sé cuál, pero yo me metí en un automóvil que estaba arrancando con dos o tres tipos más. El automóvil tomó gran velocidad, y de a poco fui observando por la ventanilla que estábamos por abandonar el límite del departamento. Yo no quería alejarme tanto, así que pedí para bajarme. Los tipos pusieron mala cara, pero no me dijeron nada, ni siquiera se despidieron. El automóvil desapareció hacia el norte y yo caminé en la dirección opuesta. Tenía la intención de regresar cuanto antes al concierto. Estaba en un tramo de la ruta 12 flanqueado de eucaliptos oscuros. Sin embargo no tuve que andar mucho a pie. Hice dedo al primer atomóvil que pasó y se detuvo. Era una mujer como de unos cuarenta años, viajando sola. Cuando subí en el asiento del acompañante y le dije que iba hasta Maldonado, me di cuenta de que se detuvo para de algún modo evitar cierta soledad o cierto temor que se le hacían molestos en el recorrido. Parecía como si estuviera escapando de algo. Y creo que tenía razón. Entrando a la ciudad, por uno de los barrios de la periferia, se atravesó en medio de la calle un niño de unos tres o cuatro años. Cuando estábamos a unos treinta o veinte metros tuve la seguridad de que la mujer iba a disminuir la velocidad y a clavar los frenos. Pero no se daba por enterada de nada, o sí, pero sentía que era imposible detenerse. El niño se quedó clavado en el mismo lugar y escuché en seguida el golpe de su torso contra el paragolpes y lo vi desaparecer por debajo. Luego miré hacia atrás y vi el niño tendido boca abajo. La mujer se puso más nerviosa, y entonces me habló de que tenía que ir de inmediato a ocultarse en la casa de unos amigos que estaban ausentes, de viaje o algo así. La mujer frenó y me hizo bajar, y yo caminé hasta llegar al concierto. Todo estaba más ordenado. En la entrada había una mujer fortachona que vigilaba y pedía las entradas. Le rogué que me dejara pasar, o le inventé que era periodista y que querías entrevistar a Dylan, pero la mujer se reía de mí y casi en seguida se ponía seria. Yo tenía la idea de que dentro me iba a encontrar con Valentín y nos íbamos a abir paso hasta llegar a Dylan. Algunas veces yo daba un rodeo y lograba colarme, pero la vigilante o alguno de sus compañeros me sacaban a la calle en unos pocos segundos. Mientras tanto el concierto llegaba a su fin. Hasta que apareció una niña y me condujo por un bosque que terminaba casi en el Kennedy, en un barrio cercano que se llama Beverly Hills. Había algunas personas a medias escondidas que parecían estar en la misma situación que nosotros, más algunos policías que parecían ver nada y un par de ovejas. Creo que habíamos entrado a una zona de exclusión, y por eso lo policías pensaban que ya estábamos habilitados a andar por allí. La compañía no me duró mucho, sin embargo. Un lobo enorme salió desde una parte espesa del bosque. Algunos corrieron, entre ellos la niña y algunas otras ovejas. Pero yo avancé hacia el lobo y lo sujeté por el hocico cerrándoselo. No sé cómo, pero de pronto el lobo desapareció y llegué a una parte del bosque, bastante oscura, en la que había estacionado un automóvil blanco, un Cadillac o un Plymouth de los '50. Había algunos otros policías en la vuelta custodiando el coche. Así que fui caminando semiagachado por detrás de algunos pinos hasta llegar a la parte trasera del vehículo. A través del parabrisas trasero pude ver el perfil de Dylan, sentado en la parte de atrás, y, a su derecha, vi a Valentín. En los asientos delanteros había algunas personas que me parecían grupies o algo por el estilo. Quise hacer algún ruido para entrar, pero un policía pasó muy cerca y tuve que alejarme.


sábado, 31 de mayo de 2008

Harry Dickson, el psicólogo sin igual

(Revolviendo en algunas carpetas de la computadora con la finalidad de borrar archivos inútiles, me encontré con una copia de un mail que le envié a Valentín hace dos años exactos. Era por los días en que yo había hecho el segundo viaje más largo de mi vida, un viaje a Paysandú. Publico el mail porque me hizo reír, además de que ni me acordaba de algunas cosas, y de algunas otras sigo sin acordarme... Los poemas de Carneiro que transcribo al final los saqué seguramente de una edición de Brecha que me fui leyendo en el tramo final del viaje, Montevideo-Maldonado; si mal no me acuerdo estaban como material adjunto a una nota de Alicia Migdal sobre la poeta.)

Valentín:

VIAJE DESDE PAYSANDÚ

Acá va la primera parte de los escritos que Llarvi hiciera cuando volvía de Paysandú.
“Hemos pasado por Young (We’re in Young... Where were when we’re in Young...). En honor a un conocido que vende libros y que es de este pueblo pongo un disco de Dizzie Gillespie. Una mujer sentada un par de asientos más adelante saca cosas de su bolso, y lo que haya para leer en ellas. Es hermosa, tiene algunos rasgos de raza negra y las pestañas largas. En cierto momento saca una cámara digital y trata de enfocar algo a su alrededor: pudo ser el final del pasillo del ómnibus (por donde descenderemos), o un par de hombres conversando a su derecha. Ahora ha sacado un discman y escucha (escuchará, me digo yo) música. Sobre su pelo, una luna creciente sale entre la resolana de los campos de Río Negro. Muchos aprovechan para dormir. Yo no me aguanto en el asiento porque ahora Dizzie hace con su banda ‘Sometimes I’m happy’ y me dan ganas de salir corriendo. A lo lejos surgen tras las lomas unos árboles encorvados como caballos de Figari. Cruzamos el Río Negro. Ahora el relieve es más accidentado. Hay unos campos con lomas cargadas de granos a punto de recoger. A lo alto, recortándose amarilla contra el cielo celeste, muy lejos, una segadora sin apuro avanza con un hombre que va sentado en su interior un sábado a la tarde, recibiendo la tibieza del sol a través de los cristales.” (...)
Ahora que transcribo este texto me doy cuenta de que no es tan bueno... Pensé que había escrito otra cosa, aunque falte referir lo que pasó después que dejamos Florida y llegábamos a Santa Lucía y escuché cuatro o cinco asientos más adelante que alguien decía algo sobre Winston Churchill... Será para otra oportunidad.
Estoy leyendo una novela policial (mala) que una alumna del liceo 3 me prestó, se trata de “El castigo de los Foyle”, de Jean Ray... es una de esas novelas del investigador Harry Dickson... me muero de risa con algunas situaciones insoportablemente mal narradas que siempre viene muy bien leer... Te alcanzo estas dos entre varias, que hasta me dan la pauta de poder escribir algo así sobre un personaje con un sesgo irónico...
 “Harry Dickson examinaba la pieza con esa inteligente celeridad que lo caracteriza.”
 “Y, de pronto, a partir de esos fragmentos, todo un sórdido y lamentable romance se reveló a Harry Dickson, el psicólogo sin igual.”


POEMAS DE CRISTINA CARNEIRO
(de Para simplificar)

vigilia I

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
del sueño de que tengo madre.
Apenas despierto me pongo a soñar que tengo madre
y creo que la sueño despierta
creyéndola apenas despertar soñada.
Ella pasó en esta tierra sus días, yo
toqué su cuerpo de carne.
De ahí mis confusiones.
No intento engañar a nadie.
Estoy sinceramente equivocado.

vigilia II
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
hasta que un día no despierte
para que ella se retracte.

vigilia III
Me le rendí a causa del viejo de la bolsa
amniótica. Luz, oscuridad rojiza
en la pared interior del párpado,
esperan al ojo al volver de ver.

vigilia IV
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre.
Si seré necio.

vigilia V
Hurgón de alcantarillas,
modesto mercader de huesos,
todos los días
soy el viejo duelo entre mi cirujano y mi gozador
y mastico el habitual narcótico con la prótesis del habitual amor.
El príncipe del mundo no me sobresalta.
Todo es, por desgracia, inteligible.
Y despierto creyéndome y me duermo sin haber creído.

vigilia VI
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre,
soñando que al caer la noche tengo por fin madre.
Comida caliente. Comida caliente y ropa limpia
para el bruto que vuelve de ganar el día a tiniebla y
crujir de dientes, comida en la mesa
para el duro traficante que llega del osario,
comida para resistir la noche,
comida, comida caliente me esperará al caer la noche, pues
la vida humana es aún sagrada, si no me confundo,
si estoy sinceramente confundido.

vigilia VII
Todos los días, todos los días, todos los días.

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*

Bueno, un abrazo y mandame esos textos... ¡Venga!
D.

domingo, 27 de enero de 2008

Intriga departamental


Como ya le he dicho a algunos amigos, el primer día de febrero paro de escribir lo que estoy escribiendo para dedicarme exclusivamente a otra cosa. Quiero decir que voy a dejar de lado por un mes "Los trabajos del amor" y la novela que estoy escribiendo con mi amigo (que va por el capítulo IX) para comenzar un relato extenso que ocurre muy lejos y que acá podríamos titular (para no dar a conocer del todo el título verdadero) como "Nos cagaron a piñas". De hecho, creo que va a ser tan largo como el que escribí en el pasado invierno y que acá nombré como "Papá era un tipo bastante mentiroso" (en realidad el título es bastante más corto, pero un editor no quiere que lo revele. Es una especie de secreto comunal).
Bueno, ayer bajamos a la 27 de la Mansa con Valentín, y como casi no se podía entrar al agua (baja temperatura, aguavivas), nos pusimos a charlar mientras la arena traída por el viento nos picaba las pantorrillas. Entonces le conté gran parte del argumento de "Nos cagaron a piñas". Debo decir también que, aunque la historia final que tengo en la cabeza no se parezca en mucho, se nos ocurrió a medias a Valentín y a mí hace como dos o tres veranos, cuando cruzábamos la rambla de la 25 de la Mansa hacia la playa y vimos una promotora en un semáforo. La cuestión es que Valentín empezó a reírse mucho con algunas partes y pidió saber un poco más. Después nos fuimos porque yo tenía que ir hasta la península. Pero más tarde, digamos que un par de horas después, aún de día, yo iba por el centro de Maldonado, bajando por 25 de Mayo, cuando un automóvil desde la izquierda se me encima y me deja apretado contra los otros automóviles estacionados. El auto a mi izquierda tocó la bocina cada vez más estridentemente y siguió arrinconándome. Faltaron al final pocos segundos para que me diera un buen porrazo. Y menos mal que ninguna de las puertas de los autos estacionados se abrió, si no habría sido el FIN. Pero en seguida reconocí el auto azul y la sonrisa de su conductor: era Valentín. La gente que había visto todo eso se quedó quieta en la vereda de 25 de Mayo y 18 de Julio esperando la gran piñata. Sin embargo no... Me puse del lado del conductor y lo primero que me gritó Valentín fue: "¿Viste que no escuchás nada del tránsito con esos auriculares?". [En este punto tengo que aclarar dos cosas: 1º: Yo iba escuchando "The word", de los Beatles. 2º: Valentín tiene la teoría (en sí la palabra no es "teoría", pero bueno...) de que sus padres una vez casi me atropellaron a la salida del supermercado Devoto, del lado de Avda. Roosevelt, unos días después de mi último cumpleaños, y que yo no me di cuenta, seguí de largo sin verlos.] Más adelante, en los semáforos de 25 con Sarandí, le pasé un auricular para que escuchara el final de "The word" y me dijo que estaba yendo para lo de su tía. El diálogo fue breve. Yo doblé por Sarandí y lo perdí de vista, con la idea fija en la mente de que algo había pasado. Ya no éramos los mismos. Claro, es obvio... ¿Me quiso hacer una broma o de verdad me quiso atropellar? ¿Quiso darme una lección o...? ¿ME QUISO MATAR PARA QUEDARSE CON MI RELATO Y ESCRIBIRLO ÉL?...

miércoles, 10 de octubre de 2007

Centenario de Álvaro Figueredo (wordsworthian journey)


"A Life, a Presence like the Air,
Scattering thy gladness without care"
William Wordsworth (The green linnet)

Digamos que era el mediodía de un brillante lunes de octubre.
Yo salía del liceo cuando recibí un mensaje de texto de Valentín. Estaba en Maldonado y me decía que había arreglado su bicicleta. Eso quería decir, tácitamente, cumplir una promesa.
Lo encontré unos veinte minutos después en la casa de sus padres, y de inmediato salimos en las bicis hacia Rincón de Olivera.
Se cumplen cien años del nacimiento del poeta Álvaro Figueredo. Con Valentín, desde hacía un buen tiempo, estaba la idea de hacer una especie de peregrinación hacia alguno de los sitios que representaran al poeta. El elegido fue Rincón de Olivera, un paraje rural atorado entre el mar y la ruta Interbalnearia, a unos diez o quince kilómetros de Pirápolis. Figueredo frecuentaba Rincón de Olivera en los veranos.
¿Cómo restarle fanatizante ingenuidad al acto que queríamos llevar a cabo?... Simplemente diciendo que se trataba ni más ni menos que de dos amigos que salieron a andar en bicicleta un día de sol, con el viento este a favor, yendo hacia el corazón del día y buscando en él lo que cada uno, pretextando, y no tanto, el nombre de un poeta y la tan venerada Naturaleza, buscaba: llegar a pensamientos para uno mismo, para uno mismo pero en el acompañamiento con el otro.
A Valentín la rueda trasera se le pinchó unos kilómetros después de pasar el aeropuerto de Laguna del Sauce. Tenía que suceder. No nos importó mucho. Tenía que suceder porque si no el viaje no era "viaje". Pinchada, igual daba lo suyo.
La Naturaleza no es un frasco cuya tapa uno pueda desenroscar para que salga una sensación de bienestar acompañada de olores, como en las publicidades de suavizantes de ropa en la televisión. Destapar la Naturaleza, encontrar el doblez, ese resquicio por el que se llega a determinados signos ocultos, intransmisibles y que nos colman de perplejidad eléctrica, es otra cosa. Saber, como decía Percy Shelley, que en determinado punto las cosas familiares pasan a ser como si no fueran familiares. ¿Quién dice que puede hacerlo cuando quiera? ¿Quién lo ha hecho completamente? Acaso si a veces nos podemos contentar en la placidez de un aire fresco, con un perfume o con la acritud de la bosta fresca que eleva su sopor; acaso si a veces el tacto se revela en el pelaje trémulo, acaso si la vista descubre el peso del arco del cielo y todas las cosas debajo se reúnen y dicen una sola cosa emparejándose. Pero, ¿qué es que el signo del día caiga sobre uno como una estrella dirigida? ¿Qué es ver el otro rostro, el alma inquieta del mundo visitándonos? Me pregunto qué buscábamos mientras hacíamos crujir por kilómetros el pedregullo caliente, dejando atrás una cinta naranja y quebrada, un camino que quizás no volvamos a transitar. ¿Pensar a Figueredo una mañana cualquiera de inicios de los '50, yendo hacia el mar, mirando los caballos paciendo y descansando la vista en esos árboles que llevan décadas y décadas siendo la fuerza de un tallo, una fuerza misteriosa que los lleva arriba para qué? Quizás muy pocas, realmente muy pocas cosas hayan cambiado en el paisaje que Figueredo vio y que nosotros vimos el lunes. Algunas construcciones nuevas y suntuosas, montes que han aparecido y desaparecido contra los cerros, un pequeñito barrio cuyas casas son vagones de tren emplazados sobre fragmentos de vías (una visión casi del sur norteamericano; y nadie en la vuelta, las casas con índices de vida, pero cerradas, como recién abandonadas)...
Tuvo que haber sucedido en un instante de esos, tuvo que haber sucedido. Éramos tres. Y lo sabíamos. Pero ninguno lo decía. Éramos tres y también ya no éramos ninguno; y entonces el aire se balanceó una vez más y dejó caer como monedas pesadas los signos nuevos sobre los pechos.

NATURALEZA
"Vi también la pezuña el ceniciento / antidiós de pie hendido / hollaba el aire / la memoria su página el absorto / color hollaba hollábase / terrible y no y él solo / era tan dulce y más / que lo pensado y que / lo creído y que la / puerta en su ahí vi el rastro / vi el ojo de la bestia / mirándome vi el hueso / con las alas plegadas / pero no vi la burla caminando / desatinadamente vi lo puro / lo vi lo vi sin perdición lo puro / vi lo que siempre y antes / vi pero vi / Dios hizo la pezuña / la puerta y todavía..."
Álvaro Figueredo (del libro "Mundo a la vez")

jueves, 26 de julio de 2007

Un discurso


De todas las entregas de premios de este certamen a las que he asistido (cuatro), nunca había escuchado del ganador algunas palabras sobre Morosoli y la vinculación de este nombre con la actividad que el premiado realiza. Cuando yo obtuve una de las menciones y fue a recogerla en agosto de 2003, quise decir algo, pero parecía que en ese caso los "mencionados" no podían hablar. Me entregaron el diploma, una maestra me estampó un beso para la foto y me hicieron señas para que me sentara. Así me quedé con las ganas de decir algo sobre mi fascinación sobre Morosoli. Luego habló Hugo Fontana, quien lo ganaba por segunda vez con "Quizás el domingo", pero sus palabras fueron más bien parcas y de rigor, sólo agradecimiento. Por eso este sábado tuve una especie de revancha. Estaba sentado en el medio del auditorio, un poco escondido, cuando vi que Valentín se levantaba, sacó un papel y empezó a leer. Más tarde, mientras cenábamos en Tres Cruces esperando para ir a Maldonado (habíamos quedado varados en Minas por ir a tomar algo y no darnos cuenta de tomar el último ómnibus a Maldonado), le dije que sus palabras me habían gustado mucho. Sacó el papelito del pantalón y me lo regaló. Debo decir que comparto punto por punto estas palabras que vienen, pero desde hace tiempo.

Agradezco a la Intendencia Municipal de Lavalleja, a la Fundación Lolita Rubial y a la editorial Banda Oriental.
Es un honor estar aquí para recibir este premio que lleva el nombre de Juan José Morosoli, uno de los más ilustres hijos de Minas. Incluso a riesgo de decir las mismas palabras trilladas que estamos acostumbrados a escuchar en las premiaciones, tengo que reconocer que debo expresar que la emoción es sincera. En mi caso concreto de escritor hasta hoy inédito, este premio me da la oportunidad de ser conocido por miles de lectores en todo el país, para cumplir la experiencia misteriosa y telepática que es la lectura.
Valoro y reivindico el realismo de Morosoli, totalmente vigente en este siglo XXI.Reivindico la tarea que él logro, de unir lo pueblerino con lo universal, sin caer nunca en el facilismo localista.
Dentro del Uruguay existen muchos Uruguay que esperan que la literatura los reinvente y les dé el carácter mítico que necesitan.
Nuestra venerable historia literaria todavía muestra, con una guiñada, miles de hectáreas vírgenes. De la firmeza y la determinación con las que y los que escriben tomen las biromes, los lápices o tipeen los teclados dependerá que esos mundos que piden cancha salgan o no a la luz de una página. Dedico este premio a toda mi familia y especialmente a mi hija Julieta.
Muchas gracias.

sábado, 23 de junio de 2007

El día de don VALENTÍN

El cholulismo bien al día: el enviado especial de tartatextual (izq.) posa para la fotografía junto al reciente ganador del Premio Nacional de Narrativa.

El corazón rodeado

Anteayer tenía un par de llamadas perdidas en mi celular. Yo estaba dando clase y mi teléfono, como corresponde al caso, se hallaba sepultado en la mochila en un rincón de la sala de profesores. Las llamadas venían de Montevideo, y, por algún motivo, yo sabía que eran de Valentín (aunque él use distintos números para llamarme a veces) y que tenían como fin darme una noticia que, de todos modos, yo andaba pregustando hacía varios días... Así es que a la tarde pudo encontrarme y anunciarme que había ganado la última edición del Premio Nacional de Narrativa Juan José Morosoli. El libro con el que ganó es un conjunto de cuentos y se llama "Jaula de costillas". Mi emoción fue inmensa, pero, en cierto modo, no me causó tanta sorpresa. Hará un par de meses, creo que la noche de mi cumpleaños, cuando yo lo acompañaba en bicicleta hasta su casa, le pregunté cuáles habían sido después de todo los cuentos que había presentado al concurso. Me dijo que unos seis o siete y me los nombró. Yo conocía casi todos esos cuentos y, conociendo también lo que se venía premiando en este certamen, me vino de a poco la sensación de algo como irreversible: Valentín tenía que ganar el premio. La selección constituida por "Jaula de costillas" es en realidad una parte de varios cuentos más que él quería agrupar bajo ese nombre. Como la extensión prefijada en el premio no aceptaba trabajos que excedieran las 125 páginas, tuvo que resignarse a dejar fuera del conjunto a varios cuentos que eran genuinos integrantes del mismo. Esos cuentos fueron mayormente escritos en el verano de 2006. A fines de ese verano leí uno que me pareció admirable: "Comadrejas", la historia de un profesor de filosofía atosigado entre las preocupaciones docentes, la necesidad de su mujer de ser madre y un extraño perro que cae en medio de todo eso. Recuerdo que haberlo leído me provocó uno de esos instantes eufóricos en los que uno siente la ilusión de haber querido escribir algo parecido. Uno llegaba después del mediodía a su casa, en medio del aire achicharrante del barrio Las Delicias y se lo encontraba a Valentín escribiendo contra la ventana cubierta por la cortina, al silencio de la siesta que dormía su hijita. Recuerdo especialmente de esos días la pasión con que creía en las historias que estaba haciendo, lo estrictamente personal que se le volvían. Los lectores de la colección "Lectores de Banda Oriental" tendrán a partir de julio la edición del libro que incluirá además de "Comadrejas" otros cuentos notables como "Dos padres o tres tumbas", "Sólo díganos lo que quiere" (me muero de la risa cada vez que me acuerdo de este cuento), "Amor en febrero". Así que a esperar unos días. ¿Cuál es el sentimiento que me queda después de todo esto, si es que puede referirse en términos más o menos literarios? Es que Valentín supo rodear, aprisionar y mantener aquello que hacía tanto tiempo estaba necesitando expresar: el corazón de un tiempo y un lugar. Esos tiempo y lugar son el Maldonado de hoy día. Digo también que con Valentín Trujillo y "Jaula de costillas" empieza de una vez por todas la narrativa en Maldonado. Maldonado ahora pasa a ser creado por la literatura, así como Onetti en otra época reclamaba que los escritores crearan de una vez por todas Montevideo. Para mí es el primer narrador que supo dar la dimensión de ese extraño fenómeno que es Maldonado y que estaba esperando por alguien que lo registrara con ojo avizor, imaginación y talento, de tal modo que pueda insertarse en un discurso mayor, universal. Y creo que "Sólo díganos lo que quiere" es un muy buen ejemplo de esto.

Post – data... Desmentidos

Tan pronto como se supo que un tal Trujillo había ganado el Banda Oriental, las felicitaciones y los saludos empezaron a arreciar sobre otro Trujillo: Henry Trujillo. Parece que al comienzo todo fue una broma del escritor Pablo Silva Olazábal, pero la broma se la comieron entera Inés Trabal, Carlos Caillabet y Silva Larrañaga (la ganadora del segundo premio, quien reside en Francia). La Red de Letras, una comunidad de escritores que se mandan mails todo el tiempo, casi colapsó con mensajes que iban y venían con las felicitaciones a Henry Trujillo y, al final, los prontos desmentidos de este último. El que paró un poco la pelota fue Leonardo de León, un joven narrador minuano que obtuvo una mención en el reciente Premio Espínola de narrativa. Leonardo (colaborador de Iscariote y de La Letra Breve) aclaró quien era el que se había llevado el premio. Otro tanto hizo después Alfredo Fonticelli, otro conocido nuestro con quien tuvimos, Valentín, Felipe García y yo, un programa de radio en Aspen FM en el año 2003. De todo esto de las felicitaciones erradas y los desmentidos Valentín ni se enteró. Como tampoco se habrá enterado de otra noticia que yo encontré casualmente en la web al poner en Google las palabras "Valentín Trujillo". Todos los primeros links hacían referencia a la muerte del actor mexicano de ese nombre. Lo interesante del caso, es que después venía un buen lote de links en los que el propio actor desmentía su propia muerte.