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martes, 7 de setiembre de 2010

Procesión


Estábamos caminando con un amigo por las afueras de Maldonado, cuando nos topamos con una procesión que venía andando por donde antes había unas vías de tren. Como el tendido estaba en una parte alta del terreno, veíamos a las personas de la procesión un poco desde abajo. No llegué a darme cuenta de qué llevaban quienes iban al frente, pero en el medio de todo venía caminando trabajosamente, como si fuera lo último que le quedaba por hacer, un buey blancuzco al que le habían colocado unas alas inmensas. Lo que le habían hecho es lo siguiente: lo habían abierto a cada costado de la columna y allí le habían encajado las alas, que eran tan largas como su lomo. Pero las alas iban como muertas y caían hacia un lado y otro. Donde se producía la unión entre el cuerpo del buey y las alas había una mescolanza de sangre, emplastos y crema. Mi amigo, o alguien más que no llegaba a ver bien, me decía que no había dado el tiempo como para que las cicatrices se cerraran del todo, y que era probable que las alas se soltaran un poco de la carne del buey. En cierto momento, la procesión se detuvo. El buey, que había estado avanzando todo el tiempo entre resoplidos, se había desviado un poco y había comenzado a trastabillar. Entonces empezó a desender por la pendiente de la vía sin poder afirmarse por completo. Parecía que en cualquier instante se iba a caer sobre su ala izquierda y que terminaría rodando hacia el lugar en que estábamos nosotros. Pero cuando las patas iban marcando surcos en la bajada, el buey de pronto se irguió y levantó un breve vuelo. La procesión se desbandó y todos empezaron a gritar. Mientras el buey avanzaba a media altura aleteando casi sin poder batir las alas, le pregunté a mi amigo si eso era un pegaso. "Eso no es un pegaso", me respondió. De pronto, como a unos cien metros, el buey se acercó al suelo y se quedó quieto. No fue una caída. Después todos corrimos hasta el lugar y nos quedamos parados frente al buey, que comenzaba a morirse. Sin embargo, no le podías ver los ojos.

domingo, 20 de junio de 2010

Bardanca en el área con tulipanes


Y anoche soñé con Mario Bardanca... Atajaba en un equipo que podía ser Peñarol o Danubio, y ese equipo enfrentaba a Nacional por la final del Campeonato Uruguayo. Sobre la hora, en una jugada de ataque de Nacional, y con el resultado a favor, Bardanca sale a cortar un centro pasado casi sobre el extremo derecho de su área. Es una jugada arriesgada, aunque no hay jugadores rivales muy cerca. En pleno vuelo Bardanca sostiene entre sus manos el balón y se nota claramente que se sale del área; pero justo en ese momento el árbitro señala el final del partido. Sus compañeros comienzan a correr hacia todos lados y los hinchas de Peñarol o Danubio se meten en la cancha. Los jugadores de Nacional corren hacia el túnel. De pronto me doy cuenta de que en el área de Bardanca está lleno de tulipanes. Los jugadores y los fanáticos corren de un lado a otro, pero los tulipanes siempre permanecen sanos. Pareciera que todo el mundo los respeta. En la transmisión los comentaristas empiezan a analizar la victoria del equipo campeón. Uno de los comentaristas es el propio Mario Bardanca, que, pese a alguna sugerencia de sus colegas en el estudio televisivo, se muestra reticente a querer hablar de su actuación en el partido. Sus comentarios le ponen un freno a la emoción por el campeonato obtenido e intentan analizar algunos aspectos técnicos. Mientras tanto las cámaras enfocan a los hinchas de Nacional retirándose de las tribunas y cantando por su equipo. La voz de Bardanca, de fondo, vuelve sobre los conceptos de "mesura" o "tranquilidad". Y el sueño se termina.

domingo, 30 de mayo de 2010

Cura


Hace unos días soñé esto:

Entro al almacén a comprar algunas cosas, pero el almacén no es como ninguno de los del barrio, o más bien se combinan en él características de varios almacenes que conozco.
De repente veo que en un sector hay un cura eligiendo alguna cosa para llevarse. Al principio me sorprendo un poco de ver a un cura allí, pero en seguida me digo que no debe tener nada de extraño, porque también es una persona, etcétera, etcétera...
Así que ya me estaba olvidando de él y me fijaba en algo que me quería comprar cuando siento que me empujan. El cura había pasado muy cerca y, como el espacio entre las góndolas era muy estrecho, había terminado por darse contra mi cuerpo. De inmediato el cura me pide disculpas. Yo le digo que no se preocupe y entonces tengo un tiempo para verlo más de cerca y comprobar que es un hombre ya maduro y bastante grande de cuerpo.
Pasa un tiempo breve, y cuando estoy en otra sección siento que me empujan de nuevo, de costado y sobre un hombro. Miro a un lado y lo tengo al cura pidiéndome disculpas otra vez más, asegurándome que tampoco esa vez me había visto. Sé que trato de mostrarme cortés y hasta de sonreír mientras le digo que no pasa nada y él se aleja; pero lo sigo con la vista un poco de reojo y comienzo a preguntarme si no habrá sido a propósito.
Un momento más tarde estoy parado frente a la sección carnicería, esperando por mi turno. Disimuladamente veo que desde la parte izquierda, bajando por una especie de rampa, se acerca el cura con algunos artículos. Una cosa que noto en ese instante es que hay suficiente espacio entre donde estoy y el resto de la gente como para que el cura pase sin siquiera rozar a nadie. Pero ocurre que me distraigo, o miro hacia abajo tratando de no pensar más en el cura, y otra vez, otra vez más, el cura me lleva por delante. En esta oportunidad el golpe es tan violento que todo el brazo izquierdo me queda doliendo. Escucho entonces la consecuente disculpa del cura. Sin embargo no me parece ya percibir en sus palabras ni el más mínimo indicio de sinceridad. El cura me dice "¡Disculpe!", se ríe un poco como pensando en que a ambos nos parece algo muy curioso que nos hayamos chocado a lo largo de todo el almacén y sigue de largo hacia el lado donde está la caja.
Yo permanezco frente a la carnicería y lo observo alejarse mientras pienso que el cura se está buscando que le dé una buena paliza. Y ganas ya no me faltan.

miércoles, 14 de abril de 2010

Shed

Soñé con Bessie Smith. Estábamos en un galpón lleno de herramientas, en una tarde gris, ella, dos guitarristas y yo. Bessie Smith era muy joven. Los guitarristas le daban indicaciones acerca de cómo entonar una canción. Era "Black water blues". En un momento sentí que los guitarristas no iban a estar mucho tiempo más en la vida dándole indicaciones. Ella inclinaba la cabeza hacia un costado y empezaba de nuevo.

viernes, 12 de febrero de 2010

En la mansión


Después de tanto tiempo, años y años, vuelvo a visitar la mansión de enfrente a casa. Entro con las hermanas A. y F., justo atravesando una de las alas de la construcción, mientras yo les explico que tuvo que haber sido en el verano de 1990 cuando estuve allí por última vez. Un poco antes de un accidente con explosivos que hizo que algunas personas murieran allí y que los dueños abandonaran poco a poco el lugar cediéndoselo a su casero. F. me indica a cada instante que me fije bien en los muebles, en los cuadros, en los adornos. "Está todo intacto, como estuvo siempre", me dice. Cuando salimos al patio central aparecen dos perros, pero en seguida se muestran bastante amigables, tanto que hasta me animo a rezongar al más grande, uno marrón, para que no me haga más fiesta. Eso me da un poco de valor y termino de entrar al patio. F. señala hacia los ventanales del otro lado y me dice que tenga en cuenta que la biblioteca está toda reconstruida, que el piano fue restaurado, etcétera. A través de los vidrios noto la penumbra del interior de la biblioteca. En eso llega el casero. Noto que tiene una nueva mujer. Una mujer ancha con el pelo pintado casi de plateado y con un niño como apresado bajo uno de sus brazos. El hombre saluda nos saluda casi sin interés y oigo que una de las hermanas le comenta a la otra que cree que el casero está regresando en ese momento de un baile de cumbia, y que consiguió allí mismo a esa mujer con el niño. Como sea... El casero, la mujer y el niño se encierran en sus dependencias y nos quedamos solos de nuevo en el patio. Entonces le digo a F. que quiero terminar de atravesar el patio y llegar al comedor. El comedor se ve oscuro, pero desde donde estoy puedo ver una fuente con frutas de cera, apenas recortada a través de la abertura de la puerta. Cuando doy un par de pasos encuentro a mi derecha, en una esquina del patio, una chimenea de hierro elaborada con mucha fineza, con muchos detalles. La chimenea tiene la forma aproximada de un cono y una línea a su alrededor que dibuja un espiral para quien la observe desde lo alto. Al pie de la chimenea hay una inscripción que dice: "Fabricado en Pelotas". Cuando me doy vuelta para contarles a A. y F. que yo estuve en Pelotas hace poco tiempo, me doy cuenta de que ellas no están allí. A la derecha de la chimenea hay unas placas y unos bustos recordando a los antiguos dueños de la mansión. Me sorprendo bastante de que sean brasileros. De pronto veo que debajo de la chimenea y de los bustos hay un compartimento cerrado con dos puertas. Entonces aparece allí el niño y las abre y veo un montón de urnas con placas metálicas llenas de inscripciones. Son las cenizas de los que habitaron la casa. En ese instante reaparece el casero, saca al niño de los pelos y cierra el compartimento de un portazo. Luego comienza una discusión con su mujer acerca de cómo hay que criar al niño. Yo sigo de largo, como si caminara hacia el comedor de una vez por todas, pero el paisaje cambia. Ya no tengo más a mi derecha la pared tras la cual estaba la cocina. Allí hay ahora un enrejado de color negro. Tengo la sensación de que estoy en Montevideo, de que lo que hay del otro lado de las rejas es un parque de algún lugar de Montevideo. En el parque hay varios árboles que no tienen hojas, pero en cuyas ramas desnudas cuelgan de unos hilos y se agitan suavemente con el viento unas placas de oro con formas curvas. Mientras me quedo observado ese espectáculo, aparece de mi lado una muchacha que había sido mi compañera en quinto o en sexto de liceo. Está igual que siempre. Tiene los párpados caídos como cuando era mi compañera de clase. Eso siempre le dio un aspecto manso y somnoliento. Entonces me toma la mano derecha y la pone a cierta altura apoyándola sobre uno de los barrotes y entrelaza mis dedos con los suyos. "No te habías dado cuenta", dice.

martes, 5 de enero de 2010

El secreto de Hugo, seguido de Sun king


[Este es el otro sueño que tuve antes de Navidad. Son dos sueños, o un sueño que se continúa en otro, o una matiné onírica, como sea...]

1: Me encontré con Leonardo Cabrera en San José. Lo primero que me dijo, con mucho entusiasmo, fue que había terminado de rodar un cortometraje titulado "El secreto de Hugo".
-¡Ah! ¿Sí?... -le dije -¿Y de qué es?
-Es sobre Hugo Fontana -me respondió.
Entonces, de golpe, comenzó a transcurrir el cortometraje, tanto como si yo me hubiera introducido en su mundo ficticio o tanto como si el relato adquiriera de pronto todas las características propias de una representación teatral. Entre tanto, Leonardo me informó que todos los personajes estaban encarnados por amigos suyos de San José, entre los que reconocí a algunos.
El cortometraje era breve. Había obviamente una leyenda al comienzo: "EL SECRETO DE HUGO", seguida de otra que decía DIRECCIÓN: LEONARDO CABRERA, y comenzaba así. Yo estaba parado en un baldío y Hugo Fontana llegaba corriendo atravesando una calle y se me paraba en frente como si fuera presa de un nerviosismo que lo mantenía crispado. De repente abría grandes los ojos, tomaba aire y extendía sus manos hacia adelante retorciendo los dedos como si estrangulara un par de gallinas en cada una.
-Todo, todo, TODO... -dijo -¡¡¡¡¡Todo debe ser... TENSO!!!!!...
Mientras tanto, más abajo, a nuestros pies, más precisamente, estaba la tumba de Ernest Hemingway. En realidad no estaba muy bien enterrado. Tenía un ramo de flores de plástico, con más hojas que flores, sobre su regazo, y una botella de whisky con poco contenido sobre su pecho... Hemingway habia estado observando y escuchando todo lo que acontecía a un metro y medio por encima de su nivel, y cuando Fontana terminó de hablar, se sacudió y gritó con una voz agrietada:
-Naaaaaaaaaa... Andá a cagar... Me voy a la mierda...
La tierra empezó a deslizarse por los costados de su cuerpo y Hemingway terminó de ponerse en pie y se alejó un poco tambaleante a la derecha. Desaparecía así de la escena.
En el final, una mujer que manejaba un Volvo sedán de color azul se detenía en la esquina al observar que Fontana estaba en el baldío. La mujer iba con su propio marido en el asiento del acompañante, y este por lo visto se sintió molesto ante el interés de su esposa por el escritor uruguayo, así que le gritó que se apurara. La mujer se sacudió asustada y giró el volante hacia la izquierda, pero el hombre volvió a gritarle y ella pareció entender que no se dirigían hacia ese lado, sino hacia la derecha.
Así terminaba el cortometraje.

2: Mi hermana Andrea y yo éramos niños. Estábamos subidos al techo de nuestra casa en el Kennedy y observábamos el cielo en la madrugada. Todo el tiempo se veían estrellas fugaces, pero Andrea no podía verlas. Cada vez que yo le decía: "¡Mira! ¡Una estrella fugaz!", ella preguntaba: "¿Dónde?... ¿Dónde?" y giraba rápidamente la cabeza hacia un lado y otro tratando de encontrarla, pero la luminosidad siempre se desvanecía en el preciso instante en el que encontraba el sitio que yo le señalaba. Así que el único que podía ver las estrellas fugaces era yo, y eso no sólo me generaba cierta contrariedad, sino una especie de amargura por que no pudiéramos ver las mismas cosas.
La luna estaba en cuarto menguante, un poco sobre el noroeste, rodeada de unas pequeñas nubes que adquirían una incandescencia amarilla.
-Mira la luna, Andrea... -decía yo -Ahora es cuando todo se pone rosado.
Observábamos la luna y las nubes a su alrededor y todo ese fragmento del cielo se encendía cada vez más.
Entonces sentimos los sonidos de una guitarra. Observamos hacia el este y supimos en seguida que lo que se venía era el inicio del día. Las primeras notas de "Sun king", de los Beatles se derramaban sobre el mundo todo, pasaban por encima de nosotros y seguían su viaje hacia el horizonte opuesto. El este adquiría un tono grisáceo y celestino y la canción continuaba. Empezaba la parte de los coros y en seguida también las primeras palabras "Here comes... the sun king..." Estábamos presenciando algo más que el comienzo de un nuevo día. Sentíamos lo que hacía la diferencia. Y eso era que nos sabíamos los poseedores de una situación o de un objeto intangible que preservábamos o cuidábamos para los demás. Era la sensación de que alguien tenía que estar observando todo aquello para que eso mismo pudiera acontecer, y acontecer para que los demás lo recibieran. QUANDO PARAMUCHO MI AMORE DEFELICE CORAZON / MUNDO PARARAZZI MI AMORE CHICKA FERDY PARASOL / CUESTO OBRIGADO TANTA MUCHO QUE CAN EAT IT CAROUSEL...
Bajamos del techo y fuimos a despertar a nuestro hermano Franco, que sería un niño de seis o siete años.
-¡Salió el sol! ¡Salió el sol! -le decíamos.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

Otro de Suárez


[Mientras se van los últimos días de 2009 algunos amigos y familiares (¡oh, mamma!) me han insistido en que está todo bien con eso de la ballena, pero, vamos, Jonás, escríbete algo de vez en cuando... Así que para los queridos insistentes van por lo menos en estos días un par de textos que me anoté en la libreta de los sueños. Uno de ellos, el que sigue, relacionado con una noticia deportiva de por estas jornadas. Abrazos.]

Soñé antes de Navidad que la selección de Portugal llegaba a Uruguay para una serie de cinco partidos ante nuestra selección al mejor estilo play-offs. Antes del primero de los encuentros hubo algunos comentarios cruzados entre los técnicos de ambas selecciones y se supo también que Cristiano Ronaldo no iba a estar por lo menos para el primero de los partidos, pero sí Figo, Simao y Deco. Entre esos cruces de noticias pequeñitas que los diarios iban recogiendo para matar el tiempo hubo una declaración del técnico de Portugal, que manifestaba que el hecho de jugar contra Uruguay tenía un componente tan especial como el de enfrentarse a un combinado de aliens. Al parecer las palabras fueron tomadas como irónicas por la afición uruguaya.
En fin, el asunto es que el primer partido iba 0 a 0 hasta pasada la mitad del segundo tiempo. En ese momento Luis Suárez abandona el campo de juego y se acerca a Tabárez pidiéndole algo. El técnico uruguayo revuelve el interior de un bolso y le alcanza de inmediato algo al jugador. Cuando Suárez retorna corriendo al área de Portugal se ve claramente que se coloca una máscara de alienígena. Es en el preciso instante en el que hay un corner para Uruguay. Forlán lo patea pasado sobre el segundo palo y entonces Suárez cabecea por encima de varios, entrando desde atrás, y pone el 1 a 0. Los jugadores uruguayos salen corriendo detrás del goleador en el festejo. Pero Suárez se adelanta bastante y llega hasta el sector en que las cámaras fotográficas pueden tomarlo de cerca. Se señala con ambas manos la cabeza cubierta con la máscara y grita:
-¡Marciano! ¡Marciano!...

(El siguiente partido se iba a jugar en Canelones).

viernes, 13 de noviembre de 2009

Reír


Soñé que estaba en una de estas iglesias abrasileradas donde te enseñan "el manto de la descarga", "la llama de la descarga", "el pijama de la descarga", ese tipo de cosas... Estoy en el frente, tratando de escribir un texto en el que me quiero burlar de todo lo que hay alrededor. Se me acerca uno de los patovicas y me dice que tengo que irme más al fondo. Allí me encuentro con dos amigas mías (que no sé quiénes son, pero en el sueño simplemente eran personas amigas). Me siento a una mesa y trato de continuar el texto. El patovica intuye algo y comienza a empujarme por la espalda. Me tambaleo en el asiento y no puedo escribir. Una de mis amigas se me acerca y me dice al oído: "Ahora no es momento para reírse de Dios, Damián. Espera un poco más".

jueves, 29 de octubre de 2009

Flying away


Hoy soñé que andaba en bicicleta por las calles de New York con John Lennon. Él iba a la derecha, se me adelantaba bastante y yo tenía que meter pedal sin tregua para tenerlo cerca. Llevaba una boina y el pelo largo y el viento se lo movía en ondas suaves. En una de esas, pasamos por un sitio donde unos obreros salían justo de su trabajo en la construcción y los hombres lo saludaron y Lennon no sé si saludó o no, pero en un puente sobre el Hudson comenzó a levantar vuelo tipo E.T. y se alejó ya sin posiblidad alguna de que yo pudiera alcanzarlo. Y entonces yo empecé a pensar: "Seguro que eso fue idea de Yoko".

lunes, 20 de julio de 2009

Una pequeña forma de la vida

(dibujo: niña M)

Soñé esto...
Iba caminando de noche por mi casa y me caía al suelo y me rompía el brazo derecho. De pronto alguien me levantaba y me sostenía hasta que podía tenerme en pie.
Había sido mi padre. Pero era distinto. Tenía la misma edad que yo, era delgado, llevaba un vaquero bastante usado y una camisa roja a cuadros metida por dentro. El pelo era negro y empezaba a verse el comienzo de la calvicie. Estuve un momento largo mirándolo y entonces sentí que no podía ser más feliz.

domingo, 17 de mayo de 2009

Examen de filosofía


Toda la situación comenzaba y se desarrollaba en el liceo al que fuimos de adolescentes. Valentín estaba del lado de la secretaría y yo estaba en frente, junto a la puerta de la cantina. Entre uno y otro estaba el patio, y eso era más o menos una distancia de treinta metros. Entonces empecé a correr hacia él y en ese instante se formó un pasillo, con pequeños bancos de cemento hacia ambos costados. Se parecía, sacando lo del pasillo, al liceo de hace diez o quince años atrás, antes de la reforma. Pero yo seguía corriendo, y sin embargo, cuando tenía ya recorrida la mitad del trecho, llegaba a la conclusión de que no tenía mucho sentido apurarme. Corría con bastante lentitud para el esfuerzo que estaba haciendo, y comencé a pensar en esas parodias que a veces se hacen de "Carros de fuego". De hecho creo que escuchaba o llegué a tararearme la melodía de Vangelis hasta que todo aquello se hizo insoportable, primero porque las piernas ya me dolían, segundo porque estaba seguro de que me estaban mirando desde las puertas de los salones de la izquierda. Así y todo llegué hasta donde estaba Valentín y le pregunté qué estaba haciendo. Me contestó que estaba por dar el examen de Filosofía, y que esa era la única materia que le quedaba para terminar el liceo. Ahí me vino una sensación de malestar en el pecho. No por él, sino por mí mismo. Yo también tenía una materia pendiente para terminar bachillerato, pero me lo callaba. La materia era Derecho, y había entrado a hacer profesorado y lo había culminado sin que nadie se hubiera enterado. Sentí una vergüenza indescriptible por él y por mí, pero también entendí que él estaba enmendándose y que yo, lejos de hacer algo así, andaba dando vueltas en el liceo sin ningún propósito. Pensaba en esas cosas cuando de pronto me vi un poco alejado, ya más cerca de la puerta de entrada, y vi a Valentín aguardando el llamado al examen junto con media docena de estudiantes. Pero pasaba algo. Valentín observaba hacia todas partes y un segundo después espiaba a través de la cerradura de la secretaría como si allí encontrase algún tipo de secreto que pudiera ser usado con éxito a la hora de la prueba. Los estudiantes lo miraban, se sonreían entre ellos y lo alentaban a continuar espiando. Cuando él se daba vuelta y les decía lo que veía se ponían serios y simulaban escucharlo con atención. Entonces se agachó de nuevo para poner el ojo en la cerradura y descubrí por fin lo que funcionaba mal. Valentín no sólo tenía el pantalón roto en la parte de atrás, sino también el calzoncillo. El hecho era que cuando se inclinaba sobre la puerta los desperfectos se alineaban y las carcajadas comenzaban a sacudir a los estudiantes. Tenía la intención de caminar hasta allí para poner las cosas en su lugar cuando se me acercó una profesora de edad ya madura y empezó a hablarme de cualquier cosa. Yo quería sacármela de encima con la vista fija en lo que pasaba en la secretaría, pero de golpe me di cuenta de que se me arrimaba tanto que ya podía sentir la presión de sus senos sobre mi pecho. Para salir del paso le dije lo siguiente:
-¡Qué día para pasárselo tomando exámenes de filosofía!...
Y ella me respondió:
-¡Ay, sí! ¡Horrible!...
Y ahí se me tiró arriba. Fue una situación que me avergonzó.
-¿Qué está haciendo? -dije en voz alta.
La mujer se separó, hizo un amague de recomponerse y me miró con un poco de desprecio. Fue entonces que recordé que su marido estaba postrado en silla de ruedas.
"¡Pobre!", me dije, "Es medio Lady Chatterley, lo que pasa".


jueves, 12 de febrero de 2009

La peonza


En realidad la tormenta ya había pasado, pero el cielo continuaba completamente gris. Miré a través de las ventanas de la cocina y vi una tromba avanzando desde el este. Los árboles del fondo de la casa no estaban, o sus ramas estaban podadas, y pude ver el desplazamiento de aquello con toda claridad. Se mantenía muy lejos y ya sobre el oeste cuando comenzó a retroceder y yo les dije a los demás que no era una tromba, era una peonza. Unos segundos después sobrevolaba el barrio. Era una peonza oscura y tenía un par de metros de largo y uno y medio de ancho, y parecía también el tramo de un caño de saneamiento o un portalámparas de baquelita invertido. Entonces se detuvo suspendida sobre nuestra casa, yendo hacia arriba y abajo. Nosotros corríamos de una ventana a otra y la veíamos siempre a punto de caer sobre algún sector del techo. Hasta que sentimos el estruendo en la parte central y un hoyo de unos diez centímetros de diámetro se abrió en la planchada. La punta de la peonza amenazaba con seguir taladrando hacia abajo, y ya nos disponíamos a abandonar la casa cuando la peonza subió de golpe. Miramos a través del pequeño hoyo y vimos otro más, mucho más grande, en el techo del primer piso. La peonza había destrozado todo allá arriba. Luego abrí la puerta y salí y la busqué inútilmente. Parecía que se había marchado, pero el zumbido no había disminuído. Y entonces sí, apareció como de la nada a unos metros de mi cabeza. Yo me corrí inmediatamente y la peonza cayó rozándome y hundiéndose casi del todo en la tierra. Los demás habían observado todo desde la puerta. Cuando aquello terminó me fijé a mis espaldas y me di cuenta de que ya se parecía bastante a un caño de los del saneamiento. En seguida escuché unas voces en la puerta, me di vuelta y vi un conejo marrón entrando apresurado hacia el lado de la cocina, como si su manera de entrar a la casa dijera "Menos mal". Un segundo más tarde entraron mis dos gatas, hacia el mismo lado.

domingo, 25 de enero de 2009

Rojo

Al principio aquel lugar parecía una iglesia, después, mientras me instalaba entre los primeros asientos, un poco sobre la derecha, me fui dando cuenta de que había algo en la ambientación que sugería un teatro. Luego empezó una representación en la que actuaban varios curas. Bailaban o se movían abriéndose paso entre ellos. Entonces yo me levanté y caminé hasta el escenario y traté de formar parte de lo que estaban haciendo. Pero en seguida me di cuenta de que al menos un par de curas no se llevaban bien entre sí o hacían cosas que a mí me dejaban espantado. Sin embargo no llegué a hacerme una idea de lo que ocurría. Desde el otro lado comencé a sentir que me llamaban o que me gritaban para que me bajara del escenario. Y eso hice, pero cuando estuve a punto de volver a ocupar mi asiento, vi en el suelo un papel maltrecho y doblado de forma despareja. Estaba muy próximo a uno de los asientos de la fila izquierda, y la persona que había allí también se fijó en el papel. El papel era un recorte de una página de un diario o era algo que yo había escrito. La persona me miró y me dijo que probablemente el papel estuviera ensopado, pero que eso se podía arreglar. Entonces apareció uno de los curas, recogió el papel y abrió una especie de cabina que había sobre la derecha, al pie del escenario. Adentro había un montón de formas hechas con papeles de colores muy suaves. Parecía el resultado de haberse puesto a pegar por los extremos tirillas de papel y doblarlas hasta darles determinada sensación de cubos o pirámides o estrellas... Pensé al mismo tiempo que los colores eran iguales a los de algunas pastillitas que me gustaba comer cuando era niño. Pero no me dio tiempo para nada más: el cura frotó el papel que había estado en el piso con algunos de los que estaban en la cabina y me aseguró que en poco tiempo se iba a secar. Cuando me lo dio, el papel ya se parecía a otra cosa. Era como un sachet muy delgado, una lámina que contenía en su interior un líquido rojo que formaba curvas donde se concentraba. Fue ahí que sentí que aquello era mi propia sangre. Y a partir de ese instante observé que las curvas se complicaban de tal manera que yo podía entrever hasta una escena como esta: la silueta de una persona de pie, un leve balanceo del cuerpo hacia adelante y la cabeza que sale despedida y cae con la violencia de una piedra liberada.

(La imagen pertenece a Jeremías)

domingo, 18 de enero de 2009

Verano XII (soñar)

Hoy debe ser el primer día del año en el que llueve en esta parte del país. Creo que todo comenzó unos momentos después del amanecer, cuando escuché a través de los postigos cómo las gotas susurraban al amortiguarse sobre las hojas de las plantas. Atrás quedó la tarde extraña de ayer, cuando estábamos con Franco en la Mansa, que se había vuelto más honda y verde, y observábamos a lo lejos la tormenta eléctrica que se extendía sobre el lado norte del departamento, mientras que del lado opuesto el sol mordía nuestras espaldas... Así que hoy llueve y está fresco. Y me la he pasado leyendo y esperando a salir a la calle para alquilar alguna película...
Hace tiempo, quizás desde hace un par de meses, que me viene preocupando el hecho de que no sueñe seguido.
Es decir, siempre estuve acostumbrado a despertarme y repasar de inmediato las imágenes de lo que soñé mientras doy vueltas por el baño o por la cocina.
Y la verdad es que ya no es lo mismo. Si tengo algún sueño las imágenes son difusas, carentes de interés y hasta desprovistas de secuencias. A veces me da por pensar también que cuando algo así sucede, al menos en mi caso, es porque atravieso períodos de tranquilidad. No sé... Quizás sea algo pasajero...
Hoy soñé con una fotografía en la que aparecía la abuela de un ex-alumno. Era una fotografía tomada en una fábrica textil de San Carlos, y en ella una mujer de unos cincuenta o sesenta años tenía en brazos, sobre la mesa de trabajo, a un bebé de pocos meses, que era mi ex-alumno. De pronto miraba hacia la derecha de la imagen y veía a mi abuela Elcira (la madre de mi madre) concentrada en su trabajo. Lo cierto es que esa fotografía se terminó transformando en la prueba crucial de una investigación, a tal punto que alguien me la robó, o me robó la imagen de mi abuela, dejando la fotografía donde estaba. El sueño era algo así, pero después se transformaba en otra cosa, algo medio estúpido como unos muchachos imitando a Led Zeppelin y bajando por la calle Tristán Narvaja de Montevideo, cambiando poco a poco el ritmo por algo más candombero. Al final los muchachos acabaron por sacudir las caderas, y creo que eso me hizo darme cuenta de que ya era la hora de despertar.
Como sea, todo eso me pareció bastante austero.
Hoy de mañana leí un cuento de Truman Capote titulado "Profesor Miseria". Es la historia de un hombre, Mr. Revercomb, que se dedica a comprar los sueños de varias personas. Las hace pasar a una habitación y las deja hablar mientras su secretaria, Miss Mozart, comienza a mecanografiar cada palabra. En realidad el relato está centrado en Sylvia, una muchacha que, como varios más, cambia su sueño del día por unos pocos dólares...
"-Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma."

(Nota: Franco se aprovechó de mi inocencia de dormido y me sacó esa foto hace un par de veranos)

domingo, 28 de diciembre de 2008

Verano III (siesta)

Anoche dormí poco y mal... Poco, primero, porque me quedé hasta bien entrada la madrugada leyendo y escribiendo. Poco y mal, en segundo término, porque el calor era insoportable, y la tormenta que llegó a las cuatro o las cuatro y media de la mañana no ayudó a refrescar el aire que entraba por la ventana. Así que hoy, después de almorzar, me acosté a leer y me quedé durmiendo una siesta impensada en la que soñé lo que sigue... Estaba en el patio de la casa de mis padres, pero al mismo tiempo ese patio era como una calle peatonal, con un montón de cahivaches tirados sobre la vereda, pero no exactamente basura. En eso veo venir hacia mí a tres personas, dos de ellas son niños varones, que sostienen a alguien más. Es decir, había que mirar con cierta atención para determinar lo que era en realidad ese "alguien más": otro niño, pero uno al que le ha sucedido una cosa que le cambió el aspecto físico de manera increíble. Lo que me hace acordar (en el mismo sueño) a lo que estaba escribiendo la noche anterior. Entonces les pregunto a los niños que van a los costados si ese que está en el medio es el que yo creo que es, o sea el personaje principal de mi cuento. Los dos niños abren los ojos demostrando no sólo sorpresa, sino algo de vergüenza ajena.
-¿En serio no te diste cuenta? -preguntan.
Y siguen de largo como ignorándome.
Cuando me desperté volví a la lectura de "La gitanilla", de Cervantes, y marqué en seguida un párrafo que me ha sorprendido por el cambio de la perspectiva del narrador. No se trata ya del narrador pudiendo opinar sobre cual o tal pensamiento o acción de un personaje, sino otra cosa que muchos podrán juzgar "cinematográfica", cuando sabemos que es al contrario: muchos recursos del cine son hallables en la literatura, si es que se puede dar hasta cierto punto eso de homologar recursos de un lenguaje a otro. Cuando el futuro Andrés Caballero, quien se sacrificará por lograr el amor de la gitanilla, lee por azar un soneto que le ha sido dedicado a esta por un paje, Preciosa no deja pasar el tiempo para infundir celos.
"-No es poeta, señor, sino un paje muy galán y muy hombre de bien -dijo Preciosa."
Hasta acá parece que vamos a encontrar la respuesta de Andrés o la reacción que tienen en él esas palabras. No del todo. Viene un aparte entre el narrador y Preciosa que crea una atmósfera de detención, como si todos los demás personajes se hubieran petrificado y sólo la gitanilla tuviera el don del movimiento. Parece ser un recurso que recuerda vagamente algo de la tragedia griega, pero acá es bastante cómico y no menos original. Dice el narrador a continuación:
"Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hiera y sobresalte el menor de vuestros descuidos. (...)"
Lo mejor, viene luego, cuando la cinta vuelve a rodar y el narrador ya nos presenta un Andrés distinto: "Todo esto pasó así como se ha dicho: que Andrés, en oyendo el soneto, mil celosas imaginaciones le sobresaltaron. No se desmayó pero perdió la color (...)"



domingo, 21 de setiembre de 2008

El fin de todo


(Sueño de domingo)
Estábamos con el jefe. Los tres. En el auto. El restaurant quedaba a poco más de cien metros. A esa hora empezaba la reunión. Se sabía que se iba a efectuar detrás de una pared al lado de la entrada, sobre el jardín.
No había casi tránsito. El auto estaba detenido sobre la entrada del callejón, apuntando directamente a la puerta del restaurant. El jefe era japonés. Estaba al volante y miraba hacia un costado y otro esperando la llegada de la hora indicada. A su lado estaba el otro, el rubio con lentes de aumento. Yo iba detrás, con la espalda apoyada contra un costado y las piernas casi estiradas a lo largo de todo el asiento. El jefe decía que iba a ser una lástima desaprovechar una oportunidad como aquellas. Era tirar la bomba por encima del muro, un poco a la derecha de la entrada, y todos se harían pedazos. La hora se acercaba.
Una niña apareció caminando por la vereda detrás del automóvil. La vi apenas y no le presté importancia, pero el jefe se quedó mudo.
-Es mi hija -dijo.
La niña se había detenido en una parada de ómnibus. El jefe sacó la cabeza por la ventanilla y le habló. Le preguntó qué hacía por allí sola. La niña respondió que recién había salido de la escuela y que había acompañado a otra niña hasta la casa.
-Ella nunca viene por acá -nos dijo el jefe -Alguien la hizo venir...
El rubio decía que ya era la hora.
El jefe se bajó del automóvil y nos habló bajo introduciendo la cabeza.
-Se quedan y esperan a que se tome el ómnibus. Que nadie se le acerque... Yo me encargo de esto solo.
Y se fue caminando hacia el restaurant.
La niña seguía parada en el mismo sitio.
De pronto, vimos cómo el jefe hizo que no teníamos previsto: en vez de detenerse en la vereda traspasó la puerta del restaurant. Entonces dejamos de verlo.
El rubio empezó a ponerse de mal humor. Yo no le sacaba los ojos de encima a la niña. Por la calle no pasaba nadie, ni siquiera se escuchaba el ruido de otro automóvil.
El rubio me dijo que teníamos que ir al restaurant, que teníamos que ayudar al jefe. Yo le contestaba que no podíamos dejar a la niña allí.
-Manejá -me dijo.
Al principio me resistí a escucharlo, pero la insistencia aumentó. Pasé por el medio de los dos asientos delanteros y senté al volante. Por el espejo retrovisor podía observar a la niña. tenía puesto un vestidito celeste o gris que le llegaba hasta las rodillas. Traté un par de veces de arrancar, pero el motor se resistía. En realidad, no tenía mucha idea de cómo manejar, pero el rubio me lo había ordenado y el tramo hasta el restaurant era breve. Finalmente pude hacer que el vehículo se moviera con cierta lentitud. Cuando estuvimos cerca de la entrada empezó a llover fuerte. Un par de tipos estaban sentados a una mesa en la vereda, cubiertos por una enorme sombrilla. El rubio se había bajado primero. Fue hasta la puerta pero no se animó a entrar. Vio algo que lo hizo dar marcha atrás y se sentó junto a los tipos. Justo en el medio. Los tipos lo miraron y lo reconocieron en seguida. En un solo movimiento todos saltaron de sus asientos contra una pared del restaurant. En otro movimiento más el rubio tomó del cuello a uno de ellos, sacó un cuchillo y lo degolló, pero el movimiento no terminó allí, se continuó, o casi como si sucediera en simultáneo, con el otro, que tomaba al rubio por detrás y le metía y le sacaba un puñal por debajo del hombro derecho, a la altura de la tetilla. Fue eso y luego los tres cayendo, porque el rubio había llegado en un último suspiro a acuchillar al otro. Los tres cuerpos quedaron apilados. El del que mató al rubio largaba chorros de sangre por el pecho, y después, a la altura de los intestinos abiertos hubo una reacción efervescente entre sus humores y el agua de lluvia. Quise retroceder hacia el automóvil y vi a mis pies a una mujer muerta y desnuda. Sobre ella había otra mujer, también desnuda, que la besaba por todo el cuerpo. Otra mujer más aparecía gateando detrás y le decía que no la besara, que ya se estaba descomponiendo. Las mujeres se fueron gateando, pasando por encima del cadáver. Y detrás aparecieron otras dos mujeres desnudas, gateando hacia el mismo lado. Y después dos más, y dos más... Era una fila larga que salía del interior de un pozo de la calle y que se perdía tras la esquina del restaurant.


jueves, 4 de setiembre de 2008

Pájaros de fuego


(De lo que soñé hoy no puedo acordarme con mucha precisión. Fue un sueño largo y complicado, excepto en la última parte, que es la que retuve mejor. Me parece que en el momento de la "elaboración" me puse nervioso por la gran cantidad de imágenes que no pude ordenar y como castigo, como una puerta que se cierra de arriba hacia abajo, cayó la desmemoria.)
El final es así.
Estaba en el Kennedy con mi padre y él me pedía que me pusiera a hacer algún trabajo en especial, de manera que yo tenía que girar hacia mi derecha y un poco hacia atrás, y eso me daba la sensación de que las cosas se complicaban.
Después iba caminando por la calle San Pablo rumbo a Punta del Este, y al llegar a la unión con la rambla de la Brava me doy cuenta de que las luces de las calles están apagadas. Es de madrugada, quizás una hora próxima al amanecer, pero hay una cierta claridad que me permite ver lo que ocurre. Hacia ambas veredas, y luego más allá, sobre los médanos, observo varias personas que realizan un trabajo entre secreto y prohibido. Siento que no tienen ningún temor de que yo los haya sorprendido en esas tareas. Algunos me conocen, e incluso, sobre uno de los médanos, llego a ver al hermano de mi padre, dejando de lado su función con otras tres o cuatro personas. No sé muy bien qué es lo que hacen. De las personas que estaban sobre San Pablo puedo decir que hacían como agujeros o zanjas a los costados del camino. Pero no sé qué hacían los que estaban ya del lado de la costa. Cuando me acerco hasta allí mi tío me dice algo y eso hace que los que lo rodean me miren con cierta atención. Entonces subo un poco el médano y veo el mar y luego una formación de pájaros muy a lo lejos, como si estuvieran sobre la línea del horizonte. Aunque están a una distancia enorme puedo apreciar con nitidez que forman como una V invertida y que están prendidos fuego. Yo me asombro un poco ante los demás, pero alguien le encuentra cierta explicación racional al fenómeno. Y es que, si bien es de noche, los pájaros se mueven en un lugar en el que todavía el sol no se ha ocultado por completo, lo que les da ese brillo ardiente. Luego me parece que la explicación fue formulada por mí, o hago como si me la hubiera apropiado descaradamente y los demás me lo permitieran. Pero en el fondo sé que los pájaros son de fuego, por más que el sol los ilumine aún.


lunes, 1 de setiembre de 2008

Suficiente vaca


Estábamos en India.
Íbamos caminando por una zona del norte cerca de las montañas. El suelo era pedregoso y había matorrales dispersos. A lo lejos vimos que una vaca se acercaba. Nos quedamos quietos por algún motivo que no recuerdo y entonces la vaca, cuando ya estuvo más cerca, se paró a unos metros arrastrando la nariz sobre el suelo. Alrededor del cuello tenía algo atado. En un primer momento me pareció que podía ser un cencerro, pero mi acompañante me dijo que esperara que ya me iba a enterar de lo que era. Y así fue. En seguida llegó una persona del lugar con algo de comida para la vaca. Luego de que el animal terminó de alimentarse, el hombre sacó un par de cosas de aquello que colgaba del cuello. Mi acompañante me comentaba que en esa zona era muy común que las vacas recorrieran a veces muchos kilómetros con una bolsa de cuero colgando del cuello, y que dentro de esa bolsa había determinada cantidad de dinero y un papel. De esa manera los dueños del animal se aseguraban que no pasara hambre. Alguien, cualquiera, se le acercaba, le daba de comer y a continuación sacaba el papel y anotaba que ese día la vaca ya había tenido su ración. Después de eso la persona sacaba el dinero equivalente y cerraba la bolsa. Yo hice de inmediato un gesto que mi acompañante captó con rapidez. "A nadie en este lugar", me dijo, "jamás se le ocurriría robarse el dinero que lleva la vaca, y mucho menos anotar cualquier cosa en el papel.


viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

sábado, 12 de julio de 2008

Martillos


(Ayer soñé esto...)
Estaba en el Kennedy, apurado. Leonardo Cabrera era mi hermano, y vivía a sólo una cuadra de mi casa; la suya era una casa oscura y con montones de cachivaches atravesados que impedían el desplazamiento en cualquier habitación. Él había llegado tarde de trabajar. Estaba cansado y decía algo sobre unas ideas que se le habían ocurrido. Yo me alegraba de verlo, pero debía irme. Me había enterado que había llegado desde España un experto en gestión cultural o algo parecido, y que iba a dirigir un taller de intercambio de experiencias en el hotel Conrad. Según me habían dicho, para participar adecuadamente, yo, como los otros participantes, sólo debía planificar algunas preguntas para que el taller se realizara sobre algo sólido. Sin embargo, el tiempo no me daba. Tenía que bañarme y en mi casa no había agua caliente. Además, había bosquejado un par de preguntas y las había borrado disgustado. Ambas preguntas tenían que ver con las estrategias de financiación de editoriales menores en España. Mientras estaba tratando de encontrar una solución al problema del baño, apareció en el Kennedy el señor Poczter. Hacía algunos años que no lo veía, y me saludó con las palabras de siempre: "¿Qué hacés, nene?"... Me comentó que había alquilado una casa entre el Club de Golf y el Kennedy, y como me vio saliendo de mi casa, se ofreció a llevarme a donde fuera. Miré hacia la calle y vi el Mazda 626 color púrpura que tenía antes, no el que tiene ahora. Subimos al auto y me llevó hasta un edificio de la parada 5. El portero me consiguió un baño de servicio cerca del garage. Al mismo tiempo que me bañaba miraba por una ventanita vigilando que el Sr. Poczter no se fuera. En eso me di cuenta de que en el asiento de acompañante estaba su mujer. Yo la había tratado un par de veces y me había parecido bastante simpática, pero no sabía cómo podía reaccionar ante esa espera desmedida que yo les estaba haciendo sufrir, porque en el baño recién entendí que no había llevado ropa para cambiarme. Cuando terminé de enjuagarme y fui a recoger la toalla me fijé por la ventanita y vi que el Mazda ya no estaba.
Inmediatamente me vi caminando por la avenida San Pablo, subiendo un repecho a tres cuadras de casa, rumbo a Punta del Este. Todavía tenía en mente llegar al Conrad, pero sabía que me estaba tardando más de la cuenta. Por si fuera poco, recordé que luego de eso tenía que prepararme porque tenía un vuelo a Río de Janeiro. De repente se me cruzó un patrullero y bajaron dos policías. El conductor era más alto que yo y algo musculoso. El otro era un negro esmirriado, un muchacho que yo ya conocía de antes y que se había vuelto policía después de haber estudiado profesorado de Literatura. Entre los dos me rodearon y me forzaron para subir al patrullero. Pero yo me resistía. Hasta que en determinado el más grande me atenazó con sus brazos y esperó a que el otro sacara algo de un bolsillo. Era una jeringa. Aparentemente, yo sabía que era habitual en ese tipo de procedimientos que se le extrajera sangre al sospechoso. Pero cuando yo me aprontaba a sentir la aguja clavándose en mi carne, sentí solamente una leve presión sobre mi cadera. El policía más pequeño había retirado la aguja y simulado sacarme sangre. Después de eso me metieron en la partulla y me condujeron a un lugar que parecía el Liceo Departamental de Maldonado. Yo estaba indignadísimo. Les decía que no sólo me hacían faltar a una reunión importante, sino perder un vuelo que tendría en pocas horas. Ellos no decían nada. Recuerdo que en pocos minutos mucha gente que me conocía había expresado el repudio a mi apresamiento. Yo tenía ciertas esperanzas plenas de la venganza más cruel. Se me acusaba de algo, pero en ningún momento me revelaban esa información. Eso era angustiante. Finalmente me condujeron a uno de los salones del liceo, uno cuyas ventanas dan sobre el estacionamiento del Campus. Me hicieron sentar en uno de los primeros bancos y casi en seguida empezaron a llegar conocidos, muchos ex-alumnos y amigos. Los policías estaban cada uno a mi lado. Y miraban hacia el pizarrón del frente. Entonces comencé a percibir un tipo de sensación que estaba como flotando en el aire. No todos los que estaban allí estaban convencidos de mi inocencia. Eso llegó a dolerme, porque yo podía girar la cabeza a cualquier lado del salón y ver personas que quería mucho. Todos esos pensamientos se interrumpieron cuando una mujer vestida de traje atravesó la entrada y se dirigió al escritorio. Era la autoridad. Dirigió algunas palabras formales al público y luego extendió una lona blanca sobre el pizarrón. "Antes del juicio", dijo "tenemos que ver este documental". Las luces se apagaron y comenzó a proyectarse una película. Era en blanco y negro, pero el blanco era algo amarillento. El primer plano mostraba el rincón de una especie de fábrica abandonada, con un sinfín de tubos de acero, pedazos de calderas, herramientas y cables atravesados. Entonces, desde el lado derecho, apareció Hitler y se paró delante de todas las porquerías. En cada mano tenía un martillo de mango muy largo.Hitler se paró firme y alargó cada martillo dando golpecitos a algunas de las porquerías. Los sonidos metálicos se sucedieron formando una suerte de melodía deshilachada. Hitler siguió golpeando, haciendo un recorrido horizontal como si tocara un xilofón, pero la melodía nunca llegaba a armarse del todo, a tener una conclusión suficiente. Poco después llegó con los martillos a la pared, le dio a unos tubos un par de golpes más, y dejó de tocar. En ese preciso segundo la filmación terminó y todos a mi alrededor se rieron mirándose los unos a los otros.