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domingo, 1 de febrero de 2009

Verano XIII (el techo de los Beatles)

Siempre me acuerdo de esa afirmación de John Lennon ante Jan Wenner, para la revista Rolling Stone, a comienzos de los años '70. Lennon decía algo así como que lo mejor de los Beatles nunca había sido grabado, nunca había sido atrapado en un disco. Esa idea, a la que bien se le puede atribuir algo de obvio resentimiento, probablemente encierre algo más. Cosas como el mito de que de adolescentes, antes de que saliera "Please please me", John y Paul habrían compuesto más de mil canciones... Está bien... Pero el discurso de Lennon giraba en esa entrevista entre la bipolaridad "sincero" - "no sincero"... Yo creo que el ex-beatle trataba de hablar de algo como lo fermentales que eran sus sesiones, antes de cualquier retoque o arreglo. Creo que Lennon trataba de hacer entender que el verdadero fenómeno creativo de los Beatles (¿como con todo artista?) estaba en el material bruto, aquello que era inaccesible para los que se aplicaban a oír a la banda desde el mito que brindaba la industria musical, o para los que la oían, así sin más. Por ahí pasa lo de entender qué quería decir Lennon en esa entrevista cuando sostenía que al final lo que él deseaba era bajarles los pantalones a los cuatro beatles.O: ¿cómo hacían para seguir siendo fieles a sí mismos y no ceder ante una imagen fosilizada? Lo novedoso del proyecto de las sesiones de "Let it be", prescindiendo de George Martin como productor y de cualquier efecto de sonido que arrastraran de la psicodelia, dándole forma a canciones casi en una toma sola, fue eso mismo, una búsqueda de sus raíces musicales. Me quedo con lo de lo fermental y recuerdo una declaración de Billy Preston (a quien los Beatles habían invitado para acompañar a la banda con el fin de que... No, no, no... Nunca dejo de asombrarme... ¡¡Ese tipo fue un elegido!!) en la que refería que el momento cumbre de su carrera habían sido todas aquellas horas pasadas en los ensayos de las sesiones de "Let it be".
Ayer se cumplieron cuarenta años del último día en el que los Beatles se presentaron en público, justamente en el centro de Londres, en un concierto improvisado sobre el techo de su casa de negocios, la Apple. Ese es el final también de la película "Let it be", y para muchos seguidores de la banda la misma resulta un poco amarga. A mí en cambio me parece un documento increíble acerca del proceso creativo. Hasta me causa euforia. En mi casa tengo una copia de la película y cada tanto la coloco en el DVD y la dejo correr mientras me dedico a la vida doméstica y pedestre. "Let it be" es una película de una fuerza abrumadora. Muestra cómo una banda, "la banda" arquetípica, se desmorona, es cierto (para eso está, como sola muestra, la discusión agria entre Paul y George por unas líneas de guitarra en "I've got a feeling"), pero muestra asimismo que ese grupo de personas no puede parar de componer y de, por si fuera poco, sentirse unidos y felices aunque más no sea en el plano musical, en una cápsula de tres minutos de duración que los separa del bien y del mal. Quizás por eso a John y a Paul se los ve tan contentos entre sí.
Una cosa que siempre me llamó la atención es la aparición de los policías. Los Beatles, esos que le hicieron ganar tanto en impuestos y exportaciones al Reino Unido, son silenciados por la fuerza del orden lo mismo que cualquier grupo de escandalosos. Ahí hay algo. Donde uno hubiera esperado la permisividad, la excepción que confirmaba la regla de la flema inglesa, llega nomás el golpe de gracia del orden superior. De hecho, una de las fantasías de Lennon antes del concierto era la posibilidad de que los llevaran detenidos... Así que al fin y al cabo, los Beatles apagan sus equipos y son conminados a descender del escenario, como si los bajaran de un retablo de mala muerte en Hamburgo o como si los hubieran obligado a hacer silencio en la adolescencia de Liverpool. Es ese tipo raro de pasión que te despierta que los demás no puedan soportar ciertas cosas tuyas, y que por eso mismo, esas cosas, se te pegan y te definen.

(Y los Beatles siempre nos redimen)

domingo, 30 de noviembre de 2008

I'm in the mood for love



Hace dos días que llueve más o menos sin parar. Como siempre que la lluvia reaparece después de varias semanas de ausencia, el mundo parece tender a la detención, o al menos los momentos en los que uno puede estarse quieto se profundizan de una manera inigualable. Encontré en la web ese video de un disco de vinilo girando y me pareció que podía ilustrar algo de lo que ha pasado. Ayer de tarde llegué a mi casa del 33, donde escribo y leo, y noté que mi gato Percy no estaba. Abrí la puerta y las otras dos gatas, Molly y Cecilia, corrieron hasta la cocina esperando que les diera de comer. Pero Percy no aparecía. Lo busqué por todo el terreno y el galpón, hablé con unos niños de los vecinos del fondo y nada. Finalmente entró a mi casa un vecino que me vio llegar y me dijo que Percy se había muerto la madrugada anterior. Había pasado por debajo del portón y los perros de la casa de frente lo atacaron. Fue como a las cuatro de la madrugada, y mi vecino salió de su casa apenas sintió los ladridos, pero llegó tarde. Después me describió como quedó el gato, el largo que adquirió su cuerpo tendido en el asfalto. Aparto el rostro hacia un costado para que no siga. Esa nueva imagen me repugna y deja de lado la de todos los días, la del brillo del pelaje negro y las patas blancas. Entré otra vez a la casa y me senté en costado de la cama. En el piso del cuarto tengo una bandeja de vinilos. En ese momento tenía la tapa levantada. Un disco de Benny Goodman, con el centro de papel naranja, giraba. Giraba.
¿Por qué "I'm in the mood for love"? Casualmente encontré también esa canción en una versión de Fats Domino. Es un pieza que significa mucho en mi relación con uno de mis amigos. Digamos que cierto día esa canción, cantada por Louis Armstrong, resignificó algunas cosas, afianzó otras y nos alivió un poco del dolor que cada uno cargaba a cuestas por esa época.
Justo hace unos días estaba pensando en algo por el estilo. Hacía cualquier cosa, como lavar los platos o barrer, y me vino el pensamiento de que cuando uno cree que todo está bien, a veces ignora, sólo lo ignora desde una pura ingenuidad, que hay un tornillo que se ha aflojado bastante. Y que algo está por saltar. Justo cuando le había dicho a V., como si fuera una reflexión aislada: "Siempre me pasan cosas en los pies". Me estaba mirando una ampolla que se me hizo caminando y un par más de un partido de fútbol de la semana anterior. Me quedé observando el pie izquierdo el viernes a la tarde, en una calle de Montevideo, adonde no tenía ni pensado ir tres o cuatro horas antes. Pero allí estaba. Éramos varios para subir al taxi. En un instante el chofer no vio que yo me había bajado desde la puerta trasera derecha para volver a subir por la trasera izquierda. Simplemente no lo vio. No hubo nada de malicia ni de lo que llamamos inconsciencia. Ya dije, éramos varios en el taxi, cada uno hablando con quien tenía que hablar. El taxi arrancó con la puerta de mi lado abierta y con mi pierna izquierda fuera del automóvil. Un segundo después sentí la presión sobre mi talón y mi tobillo izquierdos, una presión que se contenía apenas sobre el costado de la pantorrilla. Luego lo esperable. Mi grito, el taxi dando marcha atrás, la gente aproximándose, yo sacándome el zapato y pisando las asperezas de la vereda. Pero nada más. Quizás sólo un susto. Sólo mi mente unos minutos más tarde imaginándose veinte o quince centímetros más en el avance de la rueda. Dicen que las heridas se hacen sentir más con las tormentas. Pues bien, el talón me ha dolido ayer y me dolido hoy... Aunque... ni siquiera es eso, un dolor completo como dolor. Parece más bien una idea fastidiosa alojada en un rincón de mi cuerpo.
Sigue la lluvia. Hablo con amigo y familiares por messenger. Leo, escribo, hago de comer para la niña M y para mí, miro un poco del DVD que ella está viendo, arreglo algunas cosas de la cocina, atiendo llamadas telefónicas que no son para mí...
La niña M se ha parado sobre la cama y observa hacia la calle por la ventana. La lluvia se hizo más intensa. Me dice que con esa lluvia no se va a poder salir a pasear, que está aburrida. "A ver", le digo, "Vamos a inventar un juego". Tomo los dos tomos del diccionario de la RAE. Le paso uno y yo me quedo con el otro. "Cada uno tiene que elegir sin mirar una palabra y prenguntarle al otro lo que quiere decir. Después cambiamos de diccionario...". La niña M tiene cuatro años y sólo reconoce algunas letras en mayúscula, pero abre el diccionario con decisión, pone el dedo sobre cualquier lugar de la página mirando hacia el techo y me dice una palabra. Contesto y luego viene mi turno. Y así. Ella me dice que yo pierdo, que no digo bien lo que significan las palabras que me propone. Yo, sin embargo, le digo que todos los significados que me dice están bien, y anoto varios, de entre los que se destacan estos:
OBRA = MIRAR
CAÑADA = ESTAR CALLADO
NEONAZI = JUEGA AL FÚTBOL
MESURAR = CORTAR LAS UÑAS
COLISIONAR = TRABAJAR, DEMORAR Y DORMIR UNA SIESTA LARGA
APLICACIÓN = DEMORAR UN POQUITO
COMUNIDAD = UNA PALABRA CORTA
MISA = ES IR A MONTEVIDEO

miércoles, 26 de marzo de 2008

La noche en que Bob Dylan tocó cerca de casa


(Antes)
Nunca en mi puta vida pude subirme a un tren. Tampoco pude ver pasar ninguno. O casi. Porque una de las experiencias más inenarrables de mi vida ocurrió en la madrugada del segundo día de 2005, en un campo del oeste de Lavalleja. El pueblito se llama Estación Andreoni y queda a unos treinta kilómetros de Minas, cerca de Canelones. Un matrimonio amigo me había invitado a pasar unos días en su casa. En Estación Andreoni había menos de treinta habitantes. La casa tenía un patio con un aljibe, animales, y un caminito que pasaba al lado de un galpón y que llevaba hasta el resto de la propiedad: un campo que empieza con unos álamos, sigue con un monte de eucaliptos y luego pradera, palmeras, flora nativa, serpientes, pozos abandonados con la historia de un gato que se murió ahogado en uno de ellos, una cruz donde un hombre había muerto, un gran tramo del arroyo Sarandí y una vía de tren. El tren, igual que el arroyo, pasaba por el campo de mi amigo. Yo conocía ese tren. En mis noches minuanas, lo escuchaba a la distancia pasando contra el cerro Verdún. Me habían dicho que el tren pasaba a recoger piedras de una cantera y que luego regresaba a Montevideo. Cerca de la medianoche, no sé si exactamente cuando llegaba, largaba un silbatazo. El silbatazo entonces empezaba a correr por encima de los campos, se saltaba los cerros y caía sobre todo Minas como un manto pesado que se perdía hacia el este. Algunas noches, muy tarde, yo volvía caminando a mi casa al salir del liceo nocturno y sentía el silbatazo bajando sobre los techos y las calles. Después me acostaba, y antes de quedarme dormido fantaseaba con el tren. Se me ocurrían historias con un maquinista atravesando la noche, con una mujer que esperaba en el mismo lugar del campo cada noche y que se subía en una parada rápida, y con un amor veloz y furtivo a lo largo de la madrugada. Pero no sé si tuve en cuenta todo eso cuando en una charla casual me dijeron que el tren siempre pasaba por el campo de mis amigos desde Estación Solís a las tres o las cuatro de la mañana. Esa noche el calor era insoportable, y dormí en una cama junto a una ventana del lado oeste de la casa. Por la ventana abierta no podía ver nada. Era como si a noche fuera algo sólido que se pegara contra las paredes del exterior. Sabía que a unos cien metros había un rancho abandonado. En ese rancho un hombre murió asesinado de una puñalada mientras dormía. Dejaron el puñal clavado al lado y nunca más se supo quién fue el autor del crimen. Detrás del rancho, en un recodo del camino, el padre de mi amigo, había protagonizado el único accidente de tránsito en la historia del pueblo. Iba en bicicleta y chocó contra un caballo y su jinete. Pero antes, antes de llegar a todo eso, se levantaba la estación abandonada, con la vía a sus pies.
Y lo que me pasó fue esto. Yo dormía profundamente, luego de dar algunas vueltas por el calor, y empecé a tener un sueño muy extraño. En ese sueño había algo vinculado con un huracán (incluso apareció la palabra "huracán"), con el Tiempo y con gente desesperada. Pero al parecer ninguno de estos aspectos mantenían entre sí relaciones de causa o consecuencia. Eran simultáneos e independientes. Hasta que en un determinado segundo comencé a abandonar el sueño porque la desesperación me estaba envolviendo. Ahí mismo comprendí que el sonido arrollador que escuchaba en el sueño y que iba creciendo cada vez más era el del tren, que estaba llegando de Estación Solís. Me incorporé con un salto brusco. El corazón me latía fuerte. Veía la silueta del tren; era algo impreciso, como una superposición de oscuridades. Los rieles chillaban como si mil personas se hubieran puesto a gritar y como si el silbatazo al pasar por la estación fuera lo que alentaba toda esa locura. Podía ver cómo el tren se alejaba, cómo más de la mitad de los vagones habían traspasado la línea de la estación. Y casi en seguida nada más se movió y los sonidos de los rieles se fueron para siempre. Me quedé unos minutos despierto, boca arriba, mientras la excitación disminuía, y me dormí. Al día siguiente recordaba el suceso y pensaba que no estaba seguro de haberlo disfrutado como hubiera querido. Me parecía que cuando me podría haber estado preparando para disfrutarlo, el tren ya era parte del pasado. Creía que la sensación de placer se me había impuesto como algo bastante retardado y que yo no podía haber hecho nada. Algo más de tres años después, hace dos noches, mientras estaba observando y escuchando a Bob Dylan cantar "Spirit on the water" o "Rollin' and tumblin'", me vino a la cabeza todo lo que me había pasado con ese tren. Me distraje totalmente y me vi a mí mismo en esas horas de Estación Andreoni.
Durante algo más de un mes, sabiendo ya que iba a asistir al concierto, pensaba en que iba a ver Dylan en persona y ese pensamiento no me generaba nada más. Cualquier reacción ansiosa quedaba contenida. Pero el día del concierto no podía más. Las horas no terminaban de pasar. Al mediodía fui a buscar a la terminal a Leonardo de León, que llegaba de Minas. Él, como mucha gente que no había podido conseguir su entrada, iba a escuchar el concierto desde la calle. Yo pedaleaba escuchando en mi discman el disco "Highway 61 revisited". Él había hecho algo parecido con su MP3 al pasar por las sierras en el ómnibus. Desde las diez de la mañana me iba mandando mensajes de texto con fragmentos de letras que iba escuchando o con impresiones sobre cosas que veía en la carretera. Cuando nos encontramos no tardamos en hablar de lo que iríamos a ver en la noche. Quedaba un poco injusto rehuir el comentario de que iba a ser algo histórico. Y sí, lo iba a ser. Dylan ya tiene unos 67 años. Se había presentado en Uruguay por primera vez en el Cilindro de Montevideo en 1988 (en un concierto que el mismo Dylan nunca dejaría de recordar por la espantosa amplificación) y la de esa noche iba a ser con toda seguridad su última vez por estas tierras. Pero no hablamos más del asunto, como si se tratara de una especie de conjura. Fuimos a un supermercado, compramos cosas para almorzar milanesas al pan, y en el camino nos encontramos con Fabián, que iba justo a nuestro encuentro. Después salimos. Acompañamos a Fabián a su casa y seguimos en las bicicletas hasta la parada 29 de la Mansa. Cuando estábamos saliendo del agua apareció Franco y volvimos a entrar a la bahía. Franco también iba a escuchar el concierto desde afuera. Había muchas, muchas personas que en los días previos me dijeron que eso era lo que iban a hacer. Cuando estábamos sobre la arena, hablando sobre cualquier cosa, pasó un helicóptero más o menos lujoso a poca altura, hacia el lado de la península. Alguien dijo que ahí iba Bob, y luego nos reímos ensayando posibilidades más o menos graciosas de lo que estaría haciendo Dylan en las horas previas al concierto. Y era así... ¿Qué podía hacer un tipo como él, harto de que lo persigan y no lo dejen en paz, en un lugar como Maldonado en esa penúltima y hermosa tarde de verano? ¿Y qué importaba lo que hiciera?
Pasó hace un par de días, pero ahora recuerdo esas horas como una ola que se detiene en el máximo de su altura posible y que en seguida baja con una velocidad inimaginable, como si ya hubiera bajado, como si lo que siguiera a esa tensión de la formación de la cresta fuera pasado, sólo pasado. Ahora vamos en bicicleta los mismos tres, más Victoria, a quien se le pinchó la rueda trasera a mitad de camino por Roosevelt. Igual sigue. Falta todavía un buen rato para el inicio del concierto, pero no hace falta tardar más de lo que haya que tardar. Minutos después nos despedimos de Leonardo y de Franco y entramos. Al principio nos equivocamos de tribuna, y nos toca sentarnos aún más cerca del escenario, a unos veinticinco o treinta metros. Pero sólo encontramos lugar al lado de una profesora más o menos conocida para mí. Me cuesta hacerme una idea de que a ella le guste Dylan considerando las pocas charlas anodinas que hemos tenido y las veces que la he escuchado opinar acerca de lo que se llama "la-cultura-en-general". Pero ahí está. De todos modos, pertenece a la generación de los que fueron jóvenes cuando Dylan comenzó a tocar. En fin, no la soporto mucho, y trato de estar atento de no mirar hacia atrás y verla sacudir sus caderas con algún rock and roll. Unas chicas atrás, con voces gangosas, hablan de una banda, o un cantante, con títulos de discos que no puedo identificar. Después hablan algunos minutos de varios temas del disco de Tribalistas. Sentada a mis pies, hay una pareja de entre treinta y treinta y cinco años. Él tiene unos binoculares pequeños y los prueba constantemente. A mi derecha está Victoria, quien tiene a su lado a una pareja algo más joven. Él es un tipo inmenso, y ella tiene unos ojos muy celestes y una nariz que parece un triángulo rectángulo perfecto, pero con una hipotenusa muy extensa. En eso estábamos, mirando gente pasar, tratando de identificar a algún conocido, cuando bajó sobre todos una voz como desde un atalaya, una voz como la de un presentador de boxeo. Y sobre la izquierda del escenario se ve algo que se revuelve en la oscuridad y que de a poco va armando la silueta de varios de músicos que se acercan a los instrumentos, hasta que se desprende de golpe la figura flaca e imperturbable de Bob Dylan, vestido de negro y con un sombrero igual al que usó en Buenos Aires, pero blanco, algo como el sombrero de un perdicador protestante. No hubo una sola palabra. La gente gritaba, aplaudía, silbaba, coreaba, pero Dylan no miraba nunca más allá del fin del escenario. Sólo estaba preocupado en colgarse la guitarra eléctrica. Los músicos se miran una vez más y suenan los primeros acordes de "Cat's in the well". Quiero sentir algo. O, mejor dicho, no estoy seguro de sentir algo bastante definido. Escucho la música y la disfruto, me encanta, pero no sé qué siento. Para colmo, la amplificación no estaba del todo bien hecha. Dylan canta algunos agudos y el sonido se satura. Después salta un acople. En ese momento, mientras sobrevuela quizás innecesariamente por mi cabeza el fantasma del concierto del '88, siento que mis oídos, sobre todo el izquierdo, me punzan con crueldad. El dolor demora en irse. Y pienso que si el concierto hubiera sido la noche anterior, habría sido una situación desesperante para mí. Había pasado toda esa noche anterior acostado con cada mano tapando cada oído, deseando que no fuera el principio de otra otitis. Y las canciones continuaban. Siguieron "Lay, lady, lay" y "Watching the river flow". Todo era breve. Me distraía un poco. Escuchaba algún comentario de alguna persona a mis espaldas, diciendo que no sabía que Dylan cantara así, que pensaba que cantaba como en los discos de los '60. Y entonces me pasaron otras cosas más antes de que el concierto terminara. El cuarto tema fue uno de mis preferidos del Dylan de los '90. "Love sick". Cuando el órgano empezó a marcar el tiempo con un solo y breve acorde fue como si me hubieran sumergido en un pasado indefinido. Quería seguir con todo eso, quería entregarme y no pensar en nada, no analizar nada, no reflexionar sobre la actualidad de Dylan en relación a una supuesta edad de oro en la que se formó el "mito", eso de lo que tanto se habló en los días previos. Había un sitio de mi sensibilidad que Dylan iba a tocar, yo estaba seguro de eso, y ocurrió cuando llegó una versión rarísima de "A hard rain's a gonna fall". No pude aplaudir como lo hicieron todos. No pude marcar el tiempo golpeando el tablón con el pie como lo había hecho desde el inicio. Me quedé con las palmas junto a las mejillas. Y entonces lloré. Lloré como un niño triste, lejos del mundo, lejos de todo, cerca de una gran verdad. Lloré hasta el último sonido de la canción como en una penitencia, una reconciliación con lo que fuera. La muchacha de la nariz con la hipotenusa me miró y se dio vuelta rápido. Se dio cuenta de que había entrado en un espacio que era sólo mío, al que nadie podía acercarse. Una mujer, en el silencio entre los aplausos y la próxima canción, gritó: "¡Aguante, Bob!", o "¡Vamo' arriba, Bob!". Yo tenía sinceras ganas de gritar otra cosa, pero me dio vergüenza. Me dio vergüenza de cómo me iría a ver la gente. Sólo quería decir: "God bless you". Quería apelar a su aguerrida idea de Dios, sin saber si le dolería o no, sin saber si lo tomaría para la risa o no. Pero era lo que quería gritar con todas mis fuerzas, yo, un tipo que no cree en Dios. Recuerdo después que se me erizó literalmente toda la espalda con los primeros versos de "Highway 61 revisited": "God said to Abraham: Kill me a son", o cuando tocó el primero de los dos bises de la noche: "Rainy day women # 12 & 35". Esa fue la primera canción que escuché de Dylan de forma consciente. Fue hace diez años. Con un amigo, en sexto del liceo, habíamos hecho de común acuerdo abandono de materia en Contabilidad y nos íbamos a su casa a escuchar música, en el barrio Pinares. Una de esas tardes me dijo: "A ver qué te parece esto...". Y puso un CD, que probablemente hubiera sido el "Blonde on blonde". Luego hablamos de la letra, y hasta el día de hoy esa letra se me fija con persistencia. En una época la tenía escrita en un papel que había pegado en el interior de mi biblioteca, bien donde nadie pudiera verla. Era sólo mía. Y el concierto se terminó.
A la salida nos encontramos con Valentín, que estaba sobre su bicicleta y que había visto a Dylan desde la vereda, derecho por un huequito entre dos tribunas. En eso llegaron corriendo Franco y Leonardo. Hablaban en voz alta al mismo tiempo y no se les entendía nada. Cada uno contaba su visión de lo que había pasado. Otro huequito entre dos tribunas... Dylan a poca distancia... La policía que fue a correrlos junto a otras personas... Agua que les tiraron desde la azotea de un edificio... Algunos golpes en un talud empinado desde donde miraban... rock and roll...
Íbamos por Bulevar Artigas tratando de que cada cual supiera qué fue lo que generó en uno el concierto. Todos comentábamos cosas que habíamos escuchado entre el resto del público: gente decepcionada o gente en estado de gracia. Hablamos de cómo pudo haber influído toda esa carga pesada del mito que llevamos sobre nuestras espaldas hasta que Dylan se puso a cantar. Hablamos de gente que no había querido ir al concierto temiendo que no le gustara. Hablamos de gente que se retiro antes. Hablamos de los que se colaron a galope entre los que entraban otra vez a las tribunas cuando pensaron que todo se había terminado, antes de los bises. Yo me había encontrado con mi amigo, aquel con el que escuché por primera vez "Rainy day women...". Me dijo que llegó hasta el mismo borde del escenario y estuvo ante los pies de aquella figura. Más tarde se nos separó Franco rumbo al Kennedy y con Victoria, Valentín y Leonardo seguimos hasta Maldonado para cenar en alguna parte. Charlamos de muchas cosas, pero una y otra vez todas las palabras vuelven a Dylan. A Valentín el concierto le gustó mucho, pero dice que hubo baches. Entonces la continuamos con eso de la fascinación por el "mito" interponiéndose en cualquier intento de reflexión. Valentín vuelve a tirar un dato: Dylan salió a andar en bicicleta solo, por la zona de Beverly Hills y, quizás, Parque del Golf. (Recién un par de días después me iba a enterar leyendo un diario de que lo hizo disfrazado de mujer.) Empezamos entonces a fantasear con la posibilidad de que, como hacen muchos turistas desprevenidos que pasean por ahí, haya pasado por el Kennedy. Ahí salta Leonardo: "¿Es cierto que Piazzolla iba a tu casa?", me pregunta. Le respondo que claro que sí, pero que cuando entraba al bar de mi padre sólo entraba a jugar a la quiniela, que no le gustaba tomar. Dylan en el Kennedy (vestido de mujer)... ¿Qué tal? ¡Qué vueltas indescriptibles daba a veces o podía dar la vida! El Dylan de esta gira fue un Dylan-fantasma. Alguien que dejó el contorno de la figura y que sólo coloreó el interior cuando estaba en el escenario. Nada de conferencias ni entrevistas; nada de fotografías ni siquiera durante el concierto, ni de parte de los periodistas ni de los aficionados; nada de persianas subidas en su habitación del hotel; nada de que se fuera a saber en qué habitación se hospedaba; nada de tener que hacer incluso un check-in. Como tantas veces, Dylan quiere escaparse, reservarse un lugar para sí mismo y, al mismo tiempo, agregar una faceta más a su multiplicidad, un Dylan más a todos los Dylan que ya han existido. Sin embargo, siempre será un misterio. Scorsese podrá rodar más horas preciosas de documental, pero nunca sabremos qué es exactamente eso que llamamos Bob Dylan, el invento de un chico de Minnesota que llegó a New York para quedarse con todo lo que veía. Aquel Dylan jovencísimo que tenía cuatro o cinco discos grabados, que cantaba casi de la mano de Joan Baez en los festivales de folklore de Newport, ese Dylan vio antes que muchos lo que se avecinaba. Muchos no lo perdonaron (¡Judas!), pero él supo ver qué era lo que iba a pasar con los artistas desde comienzo de los '60, cuando las condiciones económicas de cierta clase consumidora de música popular, cuando la maquinaria del espectáculo hicieron que las reglas de juego cambiaran y los artistas pasaran a ser manejados como marionetas. Entonces Dylan boicoteó desde el mismo interior el dispositivo de creación del espectáculo. Sacó cada pieza para mostrarla al público, e hizo con cada pieza lo que quiso. Dylan fue quizás el primer artista (antes que Warhol o al menos al mismo tiempo) que supo que las cosas habían cambiado, que para que el creador sobreviviera era necesario que entrara en el juego de la industria y sus manejos. Pero la diferencia entre "venderse al Diablo" y lo que hizo Dylan está en una inflexión, algo así como un gesto que siempre se puede apreciar en su obra, una cosa que se puede resumir en una frase como esta: "Esto es lo que estoy haciendo para llegar, pero no se crean toda esta porquería que hay alrededor". Cada vez que uno repasa esas imágenes de los '60, con Dylan corriendo entre los fans, escapando de los fotógrafos o riéndose de las preguntas de los perioditas, percibe que él está socavando, ironizando con cada gesto el show-business del que él mismo saca su buena tajada. Dylan se adelantó incluso a los adelantados de adelantados que fueron los Beatles. Cuando los Beatles estaban hartos de ser los Beatles y cuando Paul Mc Cartney comenzó a concebir el proyecto de que la banda se transformara en otra banda y así crear la Sgt. Pepper's lonely hearts club band, un tal Robert Zimmerman ya había creado un alter ego llamado Bob Dylan, y que lo había dejado a resguardo de todo.
Quizás el mito descargó sobre mí todo su terrible peso en el momento del concierto. Probablemente eso generó mi perplejidad mientras las canciones pasaban una a una. ¿Por qué no? Uno no puede dominar todo lo que sucede a su alrededor. Dylan finalmente pasó a mi lado en este punto de mi vida, una tangente que tocó el círculo de mi existencia, una vía que se llevó un tren nocturno que basta para reír o llorar.
(Después)

Woody Guthrie: "So long, It's been good to know you"

viernes, 4 de enero de 2008

Sonido concreto


Ahora que ha terminado un año todos se ponen a hacer sus listas. Lo de las listas en sí puede ser tanto una forma de la vanidad (o sea: "¡Miren cuánto conozco!", etc.) o una forma de compartir, según se vea. El caso es que por algo andan por ahí. En mi caso, vi varias por estos días. Incluso, recuerdo que hace un año para ISCARIOTE le pedí a varios colaboradores que eligieran los tres libros, las tres películas y los tres discos que más habían disfrutado en el año, subrayando por sobre todo lo del disfrute, por encima de cualquier cuestión teórica o aleccionante. Yo ahora no me voy a poner a hablar de libros, películas y ni siquiera de discos, sino, particularemente, de canciones, canciones sueltas. Son canciones que de algún modo, repasando la memoria sonora de estos últimos meses me han acompañado aun cuando no las estuviera escuchando, como si fueran una función de mi conciencia. Son canciones que han reforzado instantes de felicidad o que directamente han creado felicidad sobre la misma nada. O canciones que han ilustrado el dolor. Todo depende. Cada una recorre un camino particular. Cada una sabe a qué vino y por qué. Además, me acuerdo de algo que está escrito en "Por los tiempos de Clemente Colling", de Felisberto Hernández, y que me parece una frase bellísima para expresar por qué a veces algunas canciones se nos pegan y nos dan una mano: "(...) algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra".
En cuanto al número, creo que veinte no es ni abrumador y, bastante menos, amarrete. Así que ahí van...
1-"3 legs", Paul Mc Cartney
Esta canción, como las dos siguientes, pertenece a uno de mis descubrimientos de este año, el disco "Ram". Era una asignatura pendiente que tenía con Paul. Por acá en el blog (en junio) detallo cómo fue la noche en que me compré ese disco en Montevideo y de cómo me encontré imprevistamente con mi hermano Franco a la vuelta (el post es: "Yes, we know you're 64"). Con respecto a "3 legs", fue de esas canciones que me cautivó de inmediato. También publiqué un post sobre ella, titulado "3 patas", así que no hay mucho que agregar. Sólo que escucharla una vez más me trae el recuerdo de caminatas por la playa, siempre esperando ese momento en que Paul canta "But mine got one" y luego esa parte de "When I fly..."; entonces yo también me sentía lejos del piso.
2-"Uncle Albert - Admiral Halsey", Paul Mc Cartney
Noches, luego de la lluvia, andando en bicicleta.
3-"Long haired lady", Paul Mc Cartney
Una mañana. Yo iba en un ómnibus y me recliné hacia atrás.
4-"It takes a lot to laugh, it takes a train to cry", Bob Dylan
Una de esas canciones de Dylan que no dejan jamás de conmoverme. Una crónica de la soledad, de la plegaria hacia la amante. Amo ese instante en que la armónica domina, y por supuesto ese inicio en el que las cuerdas de la guitarra parecen demorarse un poco para empezar la canción.
5-"Deep blue", George Harrison
Hace algunos años, creo que en 2001, Felipe (Hare Krsna!) consiguió "Living in the material world" de George Harrison en la feria de Maldonado y en vinilo. No estaba en buenas condiciones; estaba como ahuevado y un lado estaba casi todo rayado. Le dimos y le dimos hasta que un día el vinilo no quiso más. Llegábamos los viernes de noche a su casa del balneario El Chorro para estudiar durante el fin de semana y casi siempre lo poníamos el sábado a la tarde. Cuando arrancaba "Give me love..." la tarde se llenaba de una paz tristona y dulce. Hace poco, una tarde muy triste de mediados de octubre, pasé por una disquería y vi el CD de "Living in the material world". Me lo llevé y las canciones me devolvieron a 2001, a aquella especie de tregua que yo había hecho con ciertos dolores, como estaba tratando de hacer en esos días. Casualmente, al otro día de comprármelo, Felipe me invitó a ir a San Carlos en su Vespa para ver un espectáculo en el teatro. No me llevaba a San Carlos en la moto desde finales de 2004, cuando yo me tomaba un día libre viniéndome de Minas e íbamos a ver al diseñador de ISCARIOTE. En esta última ocasión, una tarde espléndida de primavera, el shuffle del discman me trajo imprevistamente "Deep blue", y entonces supe que si esa canción se quedaba conmigo las cosas podrían ir mejor (y lo fueron). No podía parar de escucharla. Cuando terminaba le daba a la tecla para que empezara de nuevo. Esa noche, de madrugada, me volví solo a Maldonado, en un ómnibus que llevaba gente para los bailes de cumbia. Iba todo tipo de gente. Buena materia prima para escribir, diría un amigo. Yo estaba literalmente en otra, escuchando "Deep blue" una y otra vez, tratando de distinguir algo en los barrios por los que pasábamos o mirando en el reflejo de la ventanilla las actitudes de los otros pasajeros, pero básicamente pensando y repensando mis cosas. Frente a mi asiento, una gorda con el pelo pintado de amarillo se le fue encima a un travesti e iniciaron una serie de besos que duró bastante, como dos o tres kilómetros.
6-"The Lord loves the one (that loves the Lord)", George Harrison
7-"I'm in the mood for love", Louis Armstrong
Una canción bellísima que me vino en cierto momento al pelo para la novela que estoy escribiendo a medias con mi amigo. Yo estaba escribiendo o reescribiendo una parte del capítulo II y había puesto un disco de Louis Armstrong haciendo viejos standards, grabaciones muy viejas, con mucho siseo. El disco empieza con "Stardust". En cierto instante llegó "I'm in the mood for love" y al protagonista de la novela le pasó algo muy importante en su infancia y que estuvo relacionado con esa canción y una entrañable casa en una playa. A mi amigo por suerte le gustó la situación y pasó también a ser un amante de esa canción, que convivió también con él por mucho tiempo, según consta en varios mails o conversaciones por MSN.
8-"The lady is a tramp", Stéphane Grappelli
Un caso similar al anterior. Me tocaba empezar a escribir el capítulo V de la novela con mi amigo cuando me sentí con ciertas dudas. En ese capítulo pasan ciertas cosas o se conocen ciertas cosas sobre una mujer. Me vinieron las palabras "The lady is a tramp" a la cabeza y luego el ataque del violín de Grappelli, y allí entreví el tono de las líneas de ese capítulo, la sustancia de la que iba a estar hecho. Horas, horas de escritura en un galpón de la casa de mi padre en el Kennedy, soportando el calor, con ese disco de Grappelli dando vueltas, regresando una y otra vez al tema 1: "The lady is a tramp".
9-"Strange apparition", Beck
10-"Motorcade", Beck
11-"Don't blame me", Thelonious Monk
Estaba una tarde en la casa de Victoria, haciendo reposo por mi dedo fracturado. Ella se había dormido sobre un sillón al lado de la estufa. Yo estaba en el otro sillón, acostado también, pero leyendo algo. Desde el cuarto llegaban los temas de "Criss-cross". Oí la respiración, tal vez un suspiro de Victoria en medio de un sueño, y luego las notas del piano en "Don't blame me" y hasta la voz de Monk acompañándose. Era como una estela de gracia que cubría todas las cosas de la casa, haciéndolas más transparentes mientras afuera soplaba el viento de invierno.
12-"Five", Bill Evans
A mí hermano se le pegó tanto la melodía de este tema, que a los días yo ya la tenía en la cabeza y me acompañaba mientras bajaba las escaleras, mientras cruzaba las calles o mientras esperaba algún ómnibus, sentado en una garita a cubierto de la lluvia.
13-"Moonglow", Benny Goodman
14-"If I needed someone", The Beatles
¿Qué canción o canciones de los Beatles elegir y no ser injusto? Todos los días escucho algo de los Beatles. Suelo poner de nuevo una canción con insistencia. Los Beatles tienen, como lo tienen los compositores clásicos, esa cualidad de hacer que sus sonidos ofrezcan con inusitada regularidad una especie de conciliación con la realidad, o como si cada canción trajera consigo una explicación de una arista de algo que estamos viviendo aquí y ahora. Qué sé yo... "If I needed someone" fue la primera que me vino a la cabeza y me trajo también el recuerdo de estar yendo al liceo una mañana de invierno a las 7.30. Iba pedaleando por Avda. Lavalleja cuando el sol se levantó sobre el final de la calle y derramó una luz espesa y amarilla que yo iba atravesando como podía, perplejo, mientras sonaba esa canción. Otra epifanía de entre casa, digamos.
15-Allegro del "Concierto para corno N°3, K.447", W.A.Mozart
16-"The strange effect", The Kinks
17-"Shoot me dead", Caetano Veloso
Yo estaba en la playa, en la parada 16 de la Brava. Era a mediados de abril, pero el agua seguía estando tibia. Entre las olas, mientras nadaba, me había pasado por debajo una manta raya bastante grande. Fue un espectáculo de una precisión y una tensión casi insoportables y a la vez hermosas. Salí rápidamente. No había nadie en toda la costa en un radio de cientos y cientos de metros. Y entonces el sol, otra vez más el sol.
18-"Jockey full of bourbon", Tom Waits
Un sueño. El Toto y Morales se aproximaban por la ruta Aparicio Saravia, que une La Barra con Maldonado, en su Fiat Premio blanco. Yo los veía de frente. Doblaban a mi derecha. Iban para el lado del Club de Golf.
19-"Sentimental blues", Ray Charles
En el bar de mi padre, estoy seguro, escuché por primera vez esta canción, en una vieja radio Philips. Yo no tendría ni 10 años aún. Quizás hasta la habré escuchado más de una vez, por cómo me quedó grabada. Hace unos meses me compré un disco triple de Ray Charles y la oí por primera vez en casi veinte años. Fue como una trompada en la pera.
20-"Tatuágem", Chico Buarque
El amor, claro...

jueves, 3 de mayo de 2007

Cosas con los Beatles


Este puede ser un post polémico o superfluo, según se vea... Igual... quería expresar algunas sensaciones que me vienen constantemente escuchando a los Beatles.
Estábamos ayer a la tarde (serían las 19:30) con mi hermano Franco, merendando, cuando nos pusimos a escuchar un disco de los Beatles que hacía tiempo que no escuchábamos. Decir esto quiere decir que quizás, como mucho, haría un mes o tres semanas que no colocábamos ese disco en el equipo. Ese disco era el segundo de la discografía: "With the Beatles". Franco había llegado recién de Maldonado y traía consigo, feliz, algunas partituras, como el "Pierrot lunaire", de Arnold Schoenberg, "Aventures", de Ligeti o "Ionisation" y "Octandre", de Edgar Varèse.
El asunto de la merienda, cuando estamos juntos, es todo un tema en cuanto a música, porque, si bien tenemos un gusto en común por los discos de ambos, buscamos siempre "ese" disco especial que amortigüe el clima de su chocolatada y mi café con leche. Así que él quiso poner una versión del "Pierrot lunaire" editada por Harmonia Mundi, pero yo me adelanté con "With the Beatles".
La cuestión fue que, en cierto momento, mientras yo sacaba unos bizcochos recalentados del microondas, empezó a sonar el cuarto tema del disco, una canción de Harrison titulada "Don't bother me". Lo que le dije a Franco de inmediato fue lo siguiente: que hace quizás unos diez años que conozco este disco y que ese es uno de mis temas preferidos de los Beatles. Franco juntó las cejas. Era obvio, porque ¿quién se puede aventurar a hacer un ránking de canciones de los Beatles? Si bien es, ante todo, un hecho emocional, puramente emocional y circunstancial, yo creo que sería un ejercicio interesante pensar cuáles son esas canciones que a uno (perdón por el antiacademicismo) lo matan... Y es que a mí "Don't bother me" es una de esas canciones que me matan.
Antes de pasar a señalar otras canciones que me generan ese sentimiento, tengo que decir, para que quede claro, que los Beatles con para mí una suerte de Biblia estética y de lo que podríamos llamar el impulso y la actitud artísticas. Si estoy en un comercio y suena por la radio cualquier tema de los Beatles (sobre todo si tiene ese condimento extra de sorprenderme, de no tenerlo previsto) me quedo aunque me queden mirando o pido permiso o compro cualquier otra cosa... Me acuerdo ahora de una novela de Tabajara Ruas llamada "El cerco" (en realidad, el título en portugués es "O amor de Pedro por Joao"). Hay un pasaje en el que un militante de izquierda en plena dictadura roba un banco en Porto Alegre, creo, y en medio de la redada policial, manejando un taxi robado escucha por la radio "Lucy in the sky with diamonds", y le parece que, extrañamente, todo es perfecto. Es un pasaje muy lindo de la novela (no sólo por la alusión a "Lucy...", que es más que nada un detalle). Recomendado.
Ahora, ¿cuáles son esos temas que, fuera de que amo las canciones de los Beatles, me hacen vivir una "pequeña muerte" en medio del día?
Bueno, son: "I saw her standing there"; "All I've got to do"; "Don't bother me"; "No reply"; "What you're doing?"; "Anytime at all"; "Things we said today"; "If I felt"; "I should have to know better"; "I need you"; "The night before"; "You're going to lose that girl"; "Ticket to ride"; "Norwegian wood (this bird has flown)"; "The word"; "If I needed someone"; "I'm only sleeping"; "She said She said"; "Good day sunshine"; "Doctor Robert"; "I want to tell you"; "Paperback writer"; "Lady Madonna"; "The inner light"; "Getting better"; "Fixing a hole"; "Lovely Rita"; A day in the life"; "The ballad of John and Yoko"; "Dear Prudence"; "Glass onion"; "Martha my dear"; "Piggies"; "Julia"; Sexy Sadie"; Long, long, long"; "Savoy truffle"; "Something"; "You never give me your money"; "She came in through the bathroom window"; "The end"; "For you blue"; "I've got a feeling"; "Hey bulldog"; "Only a northern song"; "Flying"; "Your mother should know"; "I'm the walrus"; "Strawberry fields forever" y, de lo último, "Free as a bird" y "Real love"...
¿Una exageración? ¿Una grosería? ¿Algo imperdonable? No lo sé... Tenía ganas de escribirlo y de hacer una lista que puedo tirar abajo mañana de mañana...

lunes, 23 de abril de 2007

El regreso del niño freak


¿Qué fue de Beck diez años después de un disco notable como Odelay? ¿Qué fue de Beck más de diez años después de oponerle a Nirvana su propio «himno generacional», como lo fue el simple «Loser»? ¿Qué pasó con el chico rubio, carilindo y californiano que andaba entre los veinte y los treinta años? ¿Qué pasó cuando el sistema musical (MTV mediante) fagocitó al «loser» para hacerlo un «winner»? La respuesta es que Beck siguió haciendo discos interesantes (Mutations, Midnite vultures, Guero); pero, sobre todo, siguió conservando una mueca que lo distingue hasta en la entonación tan cansina que despliega lentamente tema a tema, siguió conservando esa cara que mira desde la tapa de sus discos como preguntando «¿Qué esperaban? ¿Qué cara querían que pusiera en las tapas de mis propios discos?» Beck continuó siendo ese artista ecléctico, difícil de clasificar, que suena a una mezcla extrañísima entre Zappa, Dylan, Beatles, la electrónica, el hip hop, el funk y la música de iglesia protestante.
Diez años después de Odelay, en su nuevo disco, The information (también producido por Nigel Godrich, productor de Radiohead y del último Paul Mc Cartney), el músico confirma que, al borde ya de los cuarenta años, sigue sonando tan fresco, imaginativo y audaz como a mediadios de los ‘90. Y así encontramos al Beck de siempre en «Elevator music», el primer tema, cuando apenas termina la invocación (¿del baterista?): «One , two, you know what to do» (Un, dos, ya sabés lo que tenés que hacer). Allí mismo aparece la mueca de Beck en la letra: «Pongan la música de ascensor / Empújenme a donde pertenezco / La ambulancia suena / La mosca en el muro / No sabe qué está mal / Si pudiera olvidarme a mí mismo / Encontraría otra mentira para decir / Si tuviera un alma para vender / Compraría algo de tiempo / Para hablar con mi cerebro celular». Otro de los temas más promocionados del disco, «Nausea», suelta estas palabras en el comienzo: «Ahora soy un marinero mareado / En una nave de ruidos / Tengo todos mis mapas al revés».
A estas dos canciones se les puede sumar varias más que entrarían en lo mejor de la discografía de Beck, como «Strange apparition» (una especie de canto religioso desganado), «Soldier Jane», «No complaints» (un guiño beatle que refuerza el videoclip de la canción, en el que los músicos de Beck aparecen personalizados como los Fab-four de la primera época pero algo desprolijos), «Motorcade» (un ejemplo de los mejores momentos de la música electrónica en sus discos) o «Movie theme» (que recuerda la paz evanescente de otros trabajos anteriores como «Such a beautufull world», de Midnite vultures, o «Ramshackle», de Odelay).
La edición de "The information" incluye una plancha de autoadhesivos para que cada quien pueda armar su propia carátula eligiendo de un conjunto bastante amplio. Pero la verdadera «perla escondida» es el generoso DVD adjunto que incluye los videoclips de absolutamente todos los temas del disco. Un hierático y poco o nada sonriente Beck canta frente a una cámara fija en casi todos los temas, mientras sus músicos, parientes o amigos dan vueltas a su alrededor agitándose y formando un conjunto casi dadaísta que incluye hasta un oso rapero que es molestado por otro oso (ya más propio de los programas infantiles) que está necesitado de ponerse a rapear.

domingo, 7 de enero de 2007

Buena leche, mala leche


Estimados tartatextualeros:
Lamento haber perdido la asiduidad que me estaba caracterizando en las últimas semanas. Las causas son muchas, pero la principal es que la computadora se me ha roto otra vez, como lo estuvo casi todo el invierno. Ahora escribo en la computadora de Ignacio Fernández, porque como se fue unos días a La Pedrera me la cedió con todos los derechos incluídos. ¡Gracias, Ignacio!
La otra causa de que no haya podido escribir es que hay ciertos estíumulos que me secuestran. Entre ellos el más interesante ha sido (está siendo) el Festival de Jazz de La Pataia. Como muchos saben, esto de traer de EEUU a músicos de primer nivel y hacerlos tocar al lado de las vacas mientras estas comen su ración diaria, esto,precisamente, es lo que se dice algo muy "cool". Los mismos músicos se dan vuelta a veces hasta la parte trasera del escenario, apuntan con un dedo una vaca y dicen "Oh! It's really cool, man!".
Bueno, anoche fue la segunda fecha del Festival. Fui nuevamente con Servando, el fotógrafo de Iscariote (a quien estoy esperando en este preciso momento... está en algún lugar de la ruta 39, uniendo San Carlos con San Fernando de Maldonaaaaaaawwwwwwwhhhhaaaaaaaaaaammmmmmmmmmmmmmmmm!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!), y la verdad es que después de todo lo que disfrutamos, sobre todo escuchando y observando una vez más al contrabajista Avishai Cohen, y por primera vez al pianista Bill Charlap, al contrabajista Scott Colley y al saxofonista Ravi Coltrane (sí, el hijo del mismísimo John Coltrane, y con un fraseo fatto in casa, como decía mi abuelo...lo que se hereda no se roba...). La luna casi llena se levantaba por sobre el monte de eucaliptos, el olor de una lluvia que cayó por otros lados del departamento llegó con el viento, algunas vacas mugían, por allí andaba el poeta uruguayo Luis Bravo, o Danilo Astori, o Jorge Batlle. Los automóviles abandonan el campo, se orientan hacia Punta Ballena o Villa Delia, algunos pocos van hacia el norte, hacia el lado de San Carlos. Servando dice algo acerca de lo bien que estuvieron los conciertos esa noche, de cómo el clima fue ideal (increíblemente llovió en el cerro de Las Cumbres, a trescientos o cuatrocientos metros, y no en el escenario abierto del tambo), de la comida, etc.
Vino Servando. Nos vamos para el tambo.
(Seis horas después).
Había quedado en que Servando estaba en uno de esos arranques de reflexión en los que uno huele que afirmaciones del tipo "Bueno, no todo podía salir bien" están al caer. Y fue así, por supuesto, porque cuando llegamos hasta su moto vimos que la rueda de atrás estaba pinchada. Nos quedamos en el medio del campo. Entre el tambo y Maldonado hay por lo menos alrededor de 20 ó 30 kilómetros. Los automóviles se iban y no llegábamos a ver a través de los vidrios a alguno de los conocidos que habíamos visto en durante la noche. Seguramente también se habrían ido. Servando insiste en que yo consiga a alguien que me arrime a Maldonado y que él se va solo en la moto hasta San Carlos, donde vive, dice que con el aire que le queda a la rueda le alcanza para llegar. En eso llega uno de los sonidistas en una Vespa, atravesando el campo. Ve la moto y hace los comentarios llenos de compasión que las buenas costumbres mandan. Agrega que la noche anterior eso le pasó a él. Y le recomienda a Servando que no se le ocurra irse solo, porque los pozos del camino terminarán de desinflar la rueda. "Yo llegué todo engrasado a casa, loco", dice. De todos modos se compromete a conseguirnos algún transporte. El sonidista se aleja en la Vespa. A los diez minutos vuelve trayendo a Juan Ángel Italiano, uno de los poetas violentos de Maldonado. Yo no sabía que también trabajaba en el montaje del Festival. Mientras mira nuestra moto me dice que un conocido en común está aún cerca del escenario y que probablemente esté por irse en auto hasta Maldonado. Italiano y el sonidista de la Vespa se excusan y entran en el restaurant del tambo. La noche ha sido larga y el hambre no le ha ido en zaga. Así que nosotros nos vamos a buscar a ese conocido y caminamos los más de quinientos metros que separan el estacionamiento del escenario. Pero no encontramos a nadie. De nuevo nos vemos solos en el medio del campo. En el escenario algunos técnicos desenganchan del techo algunos focos y los revisan. Un empleado sofoca el fuego de la parrillada anexa. Volvemos. Nos detenemos. Unos caballos se acercan a un alambrado y nos miran. La luna sigue levantándose. Un avión recién despegado de Laguna del Sauce sobrevuela la Sierra de la Ballena y gira muy lento y casi sin estrépito (nada más que un zumbido) rumbo a Buenos Aires. Caminamos hasta el restaurant. Algunos músicos ya han cenado y se sientan a una mesa del patio, cerca de uno de los pasillos por donde en cierto momento de la mañana pasarán las vacas para ser ordeñadas. Entre esos músicos está Avishai Cohen, gesticulando y explicando algo acerca de un músico que tocaba el contrabajo de una manera que lo sorprendía. Cómo será, me pregunto. Entramos al restaurant, compramos un par de Coca-colas. Entonces nos encontramos con la coordinadora de prensa, que ya está enterada de que se nos pinchó la moto. Promete que en un rato nos puede conseguir un lugar en una de las camionetas contratadas para el transporte. "Esta es la nuestra", le digo a Servando. Es la posibilidad de viajar con algunos músicos mientras viajan hasta algún hotel de Punta del Este. Es la posibilidad de charlar con ellos y hasta de oírlos cantar y tocar a muy poca distancia. Todas cosas que además de placenteras alimentan la crónica que quiero escribir para Iscariote. Salimos y nos sentamos a una mesa a cuatro o cinco metros de donde están los músicos. A través del vidrio de una de las puertas puedo ver al hijo de John Coltrane cenando, comiendo pasta o costillas, no sé bien. La voz de Avishai Cohen sigue dominando el ambiente. Del interior llegan algunos temas de jazz clásico, versiones estándar, etc. Saco mi cuaderno y aprovecho para hacer algunas anotaciones para la crónica. No me da la memoria o la atención para poder registrar todas las cosas interesantes que pasan en ese lugar antes, durante y después de cada actuación. Los estímulos son riquísimos. Servando, mientras tanto, saca sus cámaras y las revisa. Coloca lentes, los prueba y los retira; observa en la cámara digital algunas de las tomas que ha hecho en los conciertos; toma nuevas fotografías, ahora tomas casuales de Avishai Cohen y los otros charlando. Siento que me podría quedar allí toda la madrugada, esperar que salga el sol y después sí, empezar la caminata hasta Maldonado. Pero para Servando es distinto: entra a trabajar en la librería a las 9:30, y todavía le resta, cuando lo dejen en Maldonado, tomarse un ómnibus hasta San Carlos...
En eso estaba pensando cuando llegó la coordinadora de prensa avisándonos que estaba una camioneta lista para salir y esperándonos. Magnífico.
Abandonamos el patio y buscamos la camioneta. Adentro hay unos cuatro o cinco pasajeros. Me parece que no me va a dar mucha vergüenza con tan pocos músicos. Cuando subimos me los quedo mirando. No sé si saludar en inglés o en español. Tengo un momento de duda. No me pareció verlos nunca en el escenario. No. Nunca los vi. No son músicos. "Buenas...", dicen... Eran unos sonidistas montevideanos contratados para este festival. Están de mal humor, tiene sueño y están esperando que el chofer se decida de una vez por todas a llevarlos al hotel. Deben ser ya como las dos y media. Hace una hora y media que terminó la última actuación, la del Scott Colley trio. Los sonidistas empiezan a hacer comentarios acerca de una de las cocineras, una muchacha muy joven, que ven a través de una de las puertas de la cocina. Le piden al chofer que la lleve para el hotel. El chofer o está de muy mal humor, o no los soporta, o no entendió nada. Partimos. El chofer me ubica por el espejo retrovisor y me pregunta dónde tiene que dejarnos. Yo le pregunto si entra por Bulevar Artigas. Me dice que no sabe dónde queda eso. Debe ser montevideano, pienso. Mientras, los sonidistas, despatarrados en los largos asientos, empiezan a reírse desvergonzadamente de mi pregunta. Agarro al vuelo la lectura. Traerles a esa hora el recuerdo del Bulevar Artigas montevideano con la ansiedad de mujer que tienen seguramente sea equivalente a salir de putas. Me parece que varios de ellos son unos buenos maridos bien entrenados que están como probándoles a los demás que tienen como tres o cuatro pitos. Uno dice, con sorna, "Chofer, ¿no me baja en terminal Río Branco?". Me hago el que no oigo y me pongo a mirar el campo alumbrado por la luna. Servando cabecea de sueño contra un vidrio. Le digo algo sobre lo bueno de no habernos llenado de tierra a la vuelta con cada automóvil que nos rebasa... un consuelo un poco tonto. Ha tenido que llamar a un hermano que trabaja en una barraca para que a la mañana siguiente se desvíe (desviación es una manera delicada de referirse al asunto) con el camión de reparto y se lleve la moto hasta un taller de San Carlos. Al final, los sonidistas se hospedaban en un pequeño hotel de Solanas, y no en Punta del Este como yo había supuesto. El chofer dijo que él iba hasta la parada 23 de la Mansa, pero que nos arrimaba un poco más. Para no abusar de su gentileza le pedimos que nos dejara en la plaza. Cuando nos bajábamos se nos apersonaron tres o cuatro trasnochados que empezaron a pedirnos plata para el vino. Les dije que no teníamos nada (grandísima mentira, tenía muchas, muchísimas monedas, y billetes, mmmmm), que nos habíamos venido a dedo porque ni para el ómnibus teníamos. "Arriba, flaco, arriba...", decían. Después comenzaron a patear botellas de plástico que encontraban en las veredas y a mirar torcido a un par de policías que hacían la ronda. Ahí nomás Servando y yo nos separamos. Él fue hasta la calle Dodera a tomarse su ómnibus, y yo caminé para el lado este de la ciudad. De las últimas cosas que recuerdo antes de llegar a casa, darle un beso a Mª y caer fulminado en la cama, es de haber pasado frente a un prostíbulo-cabaret de la calle de mi casa, antes de cruzar Camino de los Gauchos. A través de la cortina de la puerta de entrada vi unos tipos jugando al pool y a unas gorditas bailando a su alrededor, arrimándoles las caderas. Los tipos hacían como que no sabían nada del asunto, como si el pool fuera lo importante. Al menos eso vi yo en el breve recorte que tuve de la situación al haber pasado frente a la puerta. Pero lo que más me quedó fue la cumbia que sonaba, una cumbia que era más que elemental, mejor dicho, era paleozoica. Lo comento porque después de tantas horas de sentirme exigido por los músicos que llegaron hasta el tambo La Pataia uno termina hasta con cierto agotamiento. Cuando oí esa cumbia, en esas circunstancias, me vino como un efecto Gulliver, la sensación de no haber estado nunca en ese mundo y de haber llegado de repente, tratando de adaptarme a la medida de las cosas que estaba viendo y, sobre todo, oyendo...

viernes, 15 de diciembre de 2006

Just LOVE

Ayer Valentín me había enviado un mail en el que me decía que allí en donde trabaja, al lado, tenía el último disco de los Beatles: “Love”. “Love” es un disco que surgió a partir de la intención que los productores del Cirque du Soleil tenían de incluir un espectáculo basado en la banda de Liverpool. La palabra de Valentín para definir lo que sentía fue: “I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E”. Cuestiones de permisos mediante, George Martin (para mí sin duda ninguna el verdadero 5º beatle) y su hijo Giles realizaron una mezcla y una remasterización de varias canciones. Hoy Mª fue hasta Punta del Este y se apareció con el disco. Me trajo de regalo además (como una suerte de Papá Noel adelantado y fuera de tono) una antología de Medesky, Martin and Word, que casi ni escuché. Hace unos instantes que terminé de escuchar completamente los casi 80 minutos de “Love”, y ya estoy escuchándolo de nuevo. Es cierto que Valentín y yo somos un poco traumados. Pero él se quedó corto… Esta nueva colección de canciones es (un) S-U-E-Ñ-O… El concepto del disco es además muy psicodélico, altamente psicodélico, lo que no podía dejar de ser si se trata de música destinada a un espectáculo circense. Al escuchar mezcladas varias canciones entre sí uno vuelve a redescubrirlas o, como en algunos casos, a descubrir aspectos pasados por alto. Es la vieja técnica de la yuxtaposición o la comparación: uno pone cosas al lado de otras y ahí recién nota las características particulares de cada una. Escuchando estas mezclas me sorprendí notando tonalidades en común, escalas recurrentes, etc. Hay momentos gloriosos, como el pasaje en que se unen “Drive my car”, “The Word” y “What you’re doing” (¡¡con el solo de guitarra de “Taxman” unido al final del solo de “Drive my car”!!). O el pasaje previo que va desde “Get back” a “Glass onion”. Me impactó escuchar juntas canciones como “I want you (she’s so heavy)” y “Welter Skelter”, o “Within you without you” con “Tomorrow never knows”. O las versiones de “Lady Madonna” y “Strawberry fields forever”. Ayer entré en Google luego de leer el mail de Valentín, queriendo saber más sobre el disco, y me encontré con un blog en el que un crítico de música, creo que chileno, comentaba particularidades de cada tema. En un momento dijo que le sorprendió la batería en “Within you without you / Tomorrow never knows”, como si tuviera algo de los Chemical brothers. Al punto le escribió alguien diciéndole “Ignorante!!!”. Y es que cuando uno piensa en la música electrónica o “trance”, etc., empieza a rascar para encontrar algo parecido a sus orígenes y ¿a dónde llega, por ejemplo?: a “Tomorrow never knows”, precisamente. Es un lugar bastante común lo que voy a decir, pero este disco nos recuerda la vigencia incontrovertible de esta música, su carácter clásico, el sonido que muchos, hoy, cuarenta años después, quisieran obtener. Sólo algunas veces había sentido algo parecido a lo que me pasó hoy cuando escuché este disco. Y había sido durmiendo. Recuerdo algunos sueños absolutamente disfrutables en los que escuchaba canciones de los Beatles, pero por alguna razón esas canciones eran inapresables, eran una canción y en seguida eran otra y luego ambas y otra distinta al segundo. Este nuevo disco logra por varios minutos esa unión utópica, esa síntesis de la esencia de la obra de uno o varios artistas que uno sólo concibe a veces en la tierra de los sueños.