sábado, 2 de junio de 2007

La construcción de la torre

Julio Herrera y Reissig, según Alfonso Larrea (Larry)

A la hora de comentar la reciente edición de un libro tan singular y por tanto tiempo inédito como Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer (1), de Julio Herrera y Reissig, resulta significativo empezar por otro Herrera que a comienzos del ‘900 daba su diagnóstico sobre la situación del Uruguay. Se trata de Luis Alberto de Herrera, el dirigente del Partido Nacional, quien en 1901 dedicaba a la memoria de su padre «algunas ideas de concordia» que constituirían su obra La tierra charrúa. En ella el político se interroga, luego de una vasta mirada hacia los orígenes de la república y el surgimiento de los partidos, acerca del futuro del país que ya ha entrado al siglo XX y recibe los perentorios llamados de la Modernización. Y la conclusión de Luis Alberto de Herrera no es sino esperanzada. Luego de insistir durante todo el libro con la idea de la infertilidad de declarar la supremacía de cualquier partido tradicional por sobre el otro («Los partidos existen y es preciso aceptarlos. Seamos prácticos y aprovechemos en educarlos el tiempo que perderíamos en la pretensión de suprimirlos.»), el autor vaticina en el capítulo titulado «Los nuevos horizontes» la entrada de la república «en el tercer período de su edad, que puede titularse etapa cívica.» Y va más lejos: «Cuatro años hemos corrido en ella y ya el país se ha dado cuenta de que alcanza nuevos tiempos y de que los días de una felicidad positiva han llegado por fin.» (2)
Luis Alberto de Herrera contaba con 28 años cuando formulaba estos conceptos. Sin embargo, la visión de Julio Herrera y Reissig, tan sólo dos años menor, era diametralmente opuesta. Por 1901 Herrera y Reissig escribía efusivamente su Tratado de la imbecilidad del país..., una obra quizás iniciada en coautoría con Roberto de las Carreras, su amigo por esos días y figura de los encuentros en la Torre de los Panoramas, el cenáculo que funcionaba en el altillo de la casa del primero. (Al menos podría decirse que la iniciativa de la escritura de esa obra surgió de los interminables diálogos entre ambos poetas). Dentro de las primeras treinta páginas había escrito: "Los uruguayos son (…) unos primitivos, pues no creo que exista pueblo en la tierra más refractario a las innovaciones, a los perfeccionamientos que todo progreso entraña, y que son la característica necesaria de una evolución" (pág. 138). La crítica que conlleva el título del libro y la esencia burlona, a veces devastadora y desesperanzadora, del mismo vienen de un joven de 26 años cansado y a la vez lúcido en muchos sentidos. La lectura y comparación de los pasajes citados de La tierra charrúa y de Tratado de la imbecilidad del país… denuncian la existencia de una mirada co-generacional y diferente acerca de la situación del país. ¿Cómo se explica esto? En un primer momento considerando que Herrera y Reissig era un joven que en vano buscaba un trabajo que consolidase su posición económica luego de una prebenda a la que había renunciado por principios políticos; un joven a quien defraudó la actividad en las propias filas del Partido Colorado, del que fue figura relevante su tío, Julio Herrera y Obes, elegido Presidente de la República en 1890.
Por lo anterior, precisamente, cabe señalar que la escritura del Tratado de la imbecilidad del país... es, de modo factible y al mismo tiempo, la construcción de una torre desde la que Herrera y Reissig volcará sobre la aldeana Montevideo de la época el vitriolo de su desprecio y su dolor.
Por otra parte, si nos atenemos a una dudosa clasificación de poetas modernistas que la crítica, por lo general, ha señalado como «torremarfilistas» y «comprometidos», de los que, muy a grandes rasgos, podrían ser respectivamente ejemplos representativos Darío y Martí, veremos con frecuencia que la actitud poética de Herrera y Reissig ha sido vinculada al primer grupo. El torremarfilismo, que tendría como premisa desatacada el cultivo de la belleza con el sólo fin de lograr la belleza, encuentra en Herrera y Reissig un caso interesante. Si bien la lectura de su poesía podría hacer asomar una intención de buscar la belleza y la suma expresión per se, por otro lado, la lectura del Tratado de la imbecilidad del país… nos permite encontrar de modo indirecto la figura de un poeta fuertemente comprometido, que de allí en más elaborará toda una poética que es una respuesta (aunque lateral) a todos los aspectos de la sociedad que le han desagradado. Leer el Tratado de la imbecilidad... es confirmar de dónde viene ese impulso poético que lo tendrá en vilo en sus prácticamente últimos diez años de vida; es notar que existe en él un interés muy arraigado en los problemas de su país y que para expresarlo elegirá finalmente otras vías de las que El tratado de la imbecilidad... parece ser su forma preliminar.
Herrera y Reissig tenía unos veinticinco años de edad cuando emprendió la escritura del Tratado de la imbecilidad..., al comienzo, quizás, con la firme intención de que fuera un texto en coautoría con Roberto de las Carreras, cuya influencia, tanto en cuanto a sus lecturas y su pose de poeta y ciudadano maldito, fue notoria. Las intrincadas y esquivas anotaciones que constituyeron la obra se diseminaban a lo largo de decenas y decenas de papeles de apretada escritura que durmieron una siesta poco más que centenaria hasta que el profesor, crítico y poeta Aldo Mazzucchelli llevó a cabo la ardua tarea de reordenarlos y darles forma de libro. Sin embargo, había existido hace algo más de una década un precedente: la edición de El pudor y la cachondez (Arca, 1992), a cargo de Carla Giaudrone y Nilo Berriel, y que es en realidad parte medular del Tratado de la imbecilidad...
Mazzucchelli, en un prólogo que ronda las cien páginas, describe minuciosamente los avatares de la escritura de la obra, dando al mismo tiempo un panorama valioso del contexto y de la interrelación de fenómenos que hacen del texto una de las obras que expresan más acabadamente el ideario y la reacción de los jóvenes del 900 ante la sociedad que les había tocado vivir (y sufrir en muchos aspectos). Una cosa que parece quedar clara es que en el Tratado de la imbecilidad... Herrera y Reissig se arroga hasta sus últimas consecuencias el derecho a su disidencia ante un modelo intelectual, estético y moral prestablecido, y el resultado final es una disidencia que se vuelve carne, que se vuelve un proyecto de vida (algo asimilable a, como lo sugiere Mazzucchelli en el prólogo, la desaparición del poeta del ambiente público más visible y su reclusión, o la intención de esa reclusión, en la Torre de los Panoramas). En ese sentido, si bien hay que decir que el libro está hecho del dolor de sentirse excluido y descontento por el curso general del estado y su población, no menos cierto es que con el correr de las palabras resuena tronante la risa despreciativa del poeta, una risa a la que por momentos no le interesa volcarse sobre aspectos o consideraciones que puedan llegar a ser inexactos. Eso, en el sistema de escritura del Tratado de la imbecilidad..., no interesa. Aunque en cuanto a su objeto y su tesis la expresión de esa disidencia no lo separe de otros pensadores de su generación o de épocas cercanas, el método en que la practica la transforma en algo singular (con la excepción hecha de la cercana escritura de de las Carreras). En el comienzo de La legislación escolar, por ejemplo, una obra de José Pedro Varela publicada en 1875, poco antes de su muerte, el autor había reflexionado incisivamente sobre la ignorancia y el atraso improductivo en que vivía la República en su primer siglo de vida: «Si de los sucesos políticos, descendemos a manifestaciones de otro orden para apreciar nuestro estado actual, encontraremos también que nada hay que deba causarnos satisfacción.» En el caso de Ariel, de José Enrique Rodó, por otra parte, el tono pasará a ser terminantemente moralizador; por lo que no es de extrañar que Herrera y Reissig, en sus notas preparativas al Tratado de la imbecilidad..., haya catalogado a Rodó en un margen como «el autorcillo de Ariel», ya que el tono grave o la solemnidad (ya ni siquiera la fundamentación concienzuda de Varela) no encontrarán réplica en su obra. De hecho la referencia que se hace a Herbert Spencer en el título y la constante recurrencia a pasajes de su obra Principios de sociología que se observa a lo largo de todo el Tratado de la imbecilidad... no deben despistar, porque en el transcurso de la escritura se revelarán como meras apoyaturas. Las primeras páginas introductorias, dedicadas a un diagnóstico del país y su gente, dejan ver lo antedicho. Puede leerse en ese sector la consigna desde la que parte Herrera y Reissig: «El grupo de los uruguayos me resulta una cosa que no está formada, algo primitivo que corresponde a la primera etapa de la evolución sociológica, cuyas unidades físicamente ordinarias parecen apósitos nerviosos elementales, donde no se concibe la integración de ideas, complejidad de agregados intelectuales, y por lo mismo apropiaciones psíquicas compuestas.» (pág. 108). El resto de la obra será, en consecuencia, una larga ejemplificación de estos preceptos. Y apenas dos páginas más adelante, empieza lo que se podría llamar «la impostación», el tono de escritura que utiliza Herrera y Reissig y que le permite aplicar a piacere los fundamentos de Spencer en su Principios de sociología. El uso de esos fundamentos se transformará en definitiva en un subterfugio, una estrategia para decir lo que se quiere decir, aunque, como se puede apreciar, eso no impida que se llegue a verdades inocultables acerca de nuestra idiosincrasia. También, por otra parte, la impostación se abre paso en el instante en que Herrera y Reissig contrapone el "ellos", para referirse a los uruguayos, con el "yo" de su discurso. Algunos ejemplos… Al volcarse hacia ciertas reflexiones que tratan de darle una explicación a la división partidarista del país (sobre la que Luis Alberto de Herrera proponía fórmulas conciliatorias), Herrera y Reissig deja la siguiente afirmación: "En definitiva, el partidarismo de los uruguayos no es nada más que un odio medioeval, un odio ciego, una excitación salvaje, una impulsividad heredada regularmente de sus antepasados, aquellos bárbaros que afilaron sus armas en los huesos de los consanguíneos, bajo el sol ensangrentado de las horrendas carnicerías. Esta impulsividad rencorosa coloca a los uruguayos a la altura de los pueblos más atrasados de la tierra, como ser los dacotaks, los Kamtchadales, los Africanos del Este, los papúes, los hotentotes, etc." (pág. 118). En su constante recurrencia a comparar aspectos identificatorios de los uruguayos (pasando por el tamiz de los Principios de sociología de Spencer) con otros pueblos del mundo, Herrera y Reissig se saltea evidentemente que fenómenos muy similares, quizás hasta idénticos, pueden tener orígenes no siempre reconciliables. Ejemplos y fundamentos de Spencer son expuestos como comodines para expresar su disidencia, y en eso, básicamente, consiste la "impostación" de la que hemos hablado más arriba. Se trata de una "impostación" que hace más laxas algunas consideraciones que se puedan hacer sobre el "ser nacional" y que, en el fondo, más hablan de la situación personal de quien las enuncia que de una realidad estrictamente objetiva. "Los hombres de Montevideo se parecen a las solteronas por la chismografía, fruto del celibato, del onanismo. Son excéntricos, envidiosos, irascibles (…) Los uruguayos son espías por temperamento. Hombres de todas las edades, mujeres de todas layas, se ocupan con deleite de averiguar lo ajeno. La dilatación es intuitiva en esta gente aviesa. (…) No se les escapa nada a los uruguayos, ni siquiera una aguja, cuando se empeñan en seguir los rastros de los pecadores. (…) Gozan, a semejanza de los boschimanos, de una vista telescópica. También pueden competir con los karens del Indostán los que, según Spencer, ven tanto a la simple vista como un hombre con anteojos. (…) Asimismo, poseen los uruguayos un oído delicado, no tanto para la música como para escuchar los pasos de Mefistófeles, las sandalias de Afrodita. En este sentido sobrepujan a los abispones, a los tupís y a los indígenas del Brasil, de los que refiere Rendón que oyen cosas imperceptibles para los europeos." (pág. 225). En este último caso ya parece quedar más ostensible que la reunión de la cultura uruguaya con las consideradas como "inferiores" durante todo el libro es un recurso de la escritura. Pero ese recurso de la escritura, que en definitiva pretende socavar la altanería de una clase y un pensamiento dominantes, se funda en un prejuicio del autor al abordar los casos de las otras culturas que considera más atrasadas, privándolas, en última instancia, como dice para el caso Lévy-Strauss en Raza y cultura, de un "grado de realidad" y convirtiéndolas en un "‘fantasma" o en una ‘aparición’". Esto debe sumarse a que las yuxtaposiciones entre una cultura y la otra (la uruguaya y "la otra") obvian los contextos precisos en que cada una se desenvuelve. Todo lo cual no hace sino restarle el verdadero carácter científico o sociológico al Tratado de la imbecilidad del país… para transformarlo en otra cosa, y que es un procedimiento de análisis que está superado previamente por su propósito. Por lo tanto, como se aludió anteriormente, el texto dice más sobre la necesidad de un individuo de identificarse que de la identificación de valores objetivos de una cultura. Sobre esta doble manifestación consistente en "la necesidad de identificarse" y "la identificación objetiva de un conjunto de valores" en una cultura, y a propósito de la discusión acerca del sentido de la identidad en el Uruguay, Daniel Vidart redactó un ensayo clarificador titulado "Sobre la identidad nacional" (3). Vidart impugna la carencia de una visión objetivadora sobre la identidad de los uruguayos en Viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin y El Uruguay y su gente, de Carlos Maggi: "Al igual que Darwin los anteriores y posteriores retratistas del homo uruguayensis, tanto los extraños como los propios, se guían por las primeras impresiones o por sus personales prejuicios, actitudes que los llevan a generalizar el talante grotesco de algunos personajes o exaltar frívolamente ciertos aspectos del ser colectivo." (pág. 73) Sin embargo, es probable que haya que eximir a Julio Herrera y Reissig y su Tratado de la imbecilidad del país… de este juicio de Vidart, porque el proyecto de escritura de esta obra incluye, mucho antes que el fin de una "radiografía sobre el carácter nacional", el impulso de un individuo que se está alejando de un determinado "contrato social", y para eso escribe su tratado, para tomar la debida distancia. De ahí que quizás suene excesivo extender al libro de Herrera y Reissig la lectura de ojo científico que Vidart hace de Maggi y hasta del Benedetti de El país de la cola de paja. No obstante hay que decir, y esto Vidart no lo niega en su ensayo, que las aproximaciones no científicas a los caracteres de la nacionalidad sean descartables, sino que revisten su importancia (4), tanto entre los propios como entre los que no, como es el caso de miradas extranjeras que van desde La tierra purpúrea, de William Henry Hudson a El Norte profundo, de Carlos María Domínguez, pasando por El uruguayo, de Copi (Raúl Damonte) (5). Como sea, unas palabras de Carlos Maggi en El Uruguay y su gente (6) parecen congraciarse con la actitud de Herrera y Reissig: "(…) en el Uruguay pasa exactamente lo mismo. Los hombres de pensamiento, los artistas y creadores se entristecen, se avergüenzan y por fin se van poniendo agrios a medida que salen de la adolescencia y olvidan la primera alegría de saberse con talento; es como si ese talento se les hiciera úlcera (…) Se los ve enfermarse hasta caer en la egolatría; abandonan el orgullo; se resignan a la vanidad; hablan sin dialogar; publican, cuando publican, sin dirigirse a nadie; están enojados, cuando su oficio es justamente, encarnar las fiestas del alma." (pág. 59). Si estas palabras de Maggi no resuenan como un retrato de la decepción del Herrera y Reissig que aún no ha llegado a la treintena, poco falta para ello. Asimismo, pueden encontrarse tanto en el Tratado de la imbecilidad del país… como en El Uruguay y su gente algunos puntos en común que devuelven a los lectores una imagen por momentos incambiada del país entre el 900 y la generación del ’45. Para ambos, el mate es una suerte de receptáculo de la holgazanería o de la abulia existencial de los uruguayos. Herrera y Reissig, en el pasaje en que compara a los argentinos con los uruguayos, dice de los primeros que "el té a la inglesa les había hecho olvidar el mate a la criolla; no eran holgazanes sino proyectistas, modelos de actividad febril" (pág. 172). Maggi, por su parte, habla de que "Rumiamos mate y que el mundo caiga (…) cebamos nuestra flojera, procuramos, como fin supremo, lograr el descanso y la seguridad; no el triunfo o la satisfacción o la autenticidad personal, no el cumplimiento de cada uno, sino la falta de riesgos; la previsión completa que nos saque de cuidados para siempre y nos permita decaer en la mateada, la siesta, la playa, la jubilación o cualquiera de las otras fórmulas del sosiego." (pág. 49). Las ideas no están lejos de lo que describe Richard Lamb, el protagonista de la novela La tierra purpúrea, cuando recorre Montevideo en 1870 y se encuentra con la gente sentada fuera de los comercios, esperando por lo que vaya a pasar aunque nada pase, haciendo "nada" simplemente para esperar a ver qué sucede, si se aproxima una nueva revolución o no. ¿Algo homologable a una de las seis constantes que Carlos Real de Azúa en Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (7) encuentra en nuestro carácter como sociedad?... "(…) la amortización del disenso social (…) en el sentido de generar un conformismo" (pág. 95).
El Tratado de la imbecilidad del país… es un libro que seguirá suscitando aún muchas más y extensas reflexiones. Es de particular interés también la presencia de dos capítulos de peso decisivo que se concentran en dos movimientos alternativos y complementarios: "el pudor" y "la cachondez". Herrera y Reissig extiende estos dos términos habitualmente asignados a la sexualidad hacia la manera en que los uruguayos viven y se relacionan entre sí. Y hay mucho más. Por ejemplo, su visión del campo (al que por esos tiempos le faltaban todavía los sacudones de la revolución de 1904) anticipa en cierto modo algo que se transformará en un reclamo agudo cuatro o cinco décadas después en los ensayos de Juan José Morosoli reunidos en La soledad y la creación literaria. La diferencia está, sin embargo, en el rechazo terminante que le produce el modelo de vida de nuestra campaña (a diferencia de Morosoli, cuyo perfil es notoriamente didáctico y denunciante (8)): "En varios paseos que he dado por nuestra campaña se me ha caído el alma a los pies, como vulgarmente se dice, al considerar la abominable dejadez del paisano, que ni siquiera para tener sombra durante el verano es capaz de plantar más árboles alrededor de su choza. Prefieren asarse vivos bajo el zinc o la paja durante el tiempo más caliginoso que agacharse un momento y revolver la tierra." (pág. 129). En este sentido, por ejemplo, la lectura tan sólo de los primeros poemas de Los éxtasis de la montaña supone una réplica al modelo de vida imperante, ya que en esos versos el Hombre entra en un ciclo natural, se acomoda a él, se sirve de la Naturaleza, pero no es el siervo ni el victimario de ella.
En síntesis, el volumen, descomunal, que puede caer en lo repetitivo, es comparable bloque por bloque, capítulo por capítulo, a la construcción de la torre que Herrera y Reissig erige furioso para una última finalidad que es, en la acumulación de razones (a veces razonada sinrazones o semi sinrazones) aislarse de su objeto de estudio, exorcizarlo, acceder a la cima de la torre (¿de marfil?) hasta no ver sino rasgos borrosos de los que infiere al pasar cosas que ni ese objeto de estudio ya se merece.

(1) Montevideo, Taurus, 2006 (441 págs.)
(2) Luis Alberto de Herrera: La tierra charrúa. Montevideo, Arca, 1969 (pág. 208).
(3) Publicado en Revista Nacional; Montevideo, Academia Nacional de Letras, setiembre de 1993, nº 239, pág. 62.
(4) Al respecto, véase el interesante trabajo del periodista deportivo Franklin Morales en Maracaná. Los laberintos del carácter (Montevideo, Santillana Punto de Lectura, 2005), una crónica sobre la obtención del Campeonato Mundial de Fútbol de 1950 en Brasil por parte de la selección uruguaya. Allí, Morales reflexiona, aunque a veces con suerte desigual, sobre el seleccionado del ’50 como una metáfora visible de determinados rasgos del carácter nacional y elabora la tesis de que el logro final revela un antes y un después en la historia del fútbol: el momento en el que el carácter nacional en lo futbolístico dio su último y letal coletazo en un mundo futbolístico que ya estaba desapareciendo y dejando el paso a una nueva era de disciplina y planificación en la que el fútbol uruguayo no sabría acomodarse.
(5) El reclamo de Vidart puede colmarse, o ver sus aspiraciones satisfechas, en un libro aparecido con anterioridad a su ensayo: Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (1984), de Carlos Real de Azúa, donde el pensador uruguayo concluye la identificación de seis constantes que aparecen en nuestra cultura a lo largo de los períodos históricos que van de la colonia a la dictadura de 1973.
(6) Montevideo, Alfa, 1968 (cuarta edición).
(7) Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2000.
(8) En Morosoli el reclamo por la situación acuciante del campo uruguayo deriva de la ausencia de políticas económicas y sociales que contemplen a su población, cuyo "éxodo" a las periferias de las ciudades será para el autor minuano su derrota, lo que se acentuará en las décadas inmediatamente siguientes a la implantación del modelo batllista.

martes, 29 de mayo de 2007

Retratos del artista cimarrón


Creo en Morosoli.
El fin de semana pasado estuve en el Centro Cultural de España y me encontré con una muestra dedicada a Juan José Morosoli, a ya medio siglo de su fallecimiento.
Lo que de inmediato atrajo mi atención no fueron tanto la exhibición de primeras ediciones o los textos (preparados por Óscar Brando y entre los que se leía una frase nada inocente como "Allá lejos, está el mar"), sino las fotografías del autor, entre las que se encontraba una cantidad sorprendente de imágenes que nunca había visto y que tanto la familia como los encargados del archivo Morosoli en la Facultad de Humanidades (archivo de PRODLUL) cedieron. En todas esas imágenes que yo desconocía por completo (y que pueden verse hasta el sábado 2 de junio) Morosoli aparece retratado en instancias predominantemente cotidianas, nada de poses en el estudio del fotógrafo del pueblo: reuniones de amigos, altos en tareas de campo, tomando el mate con su esposa o al lado de sus hijas, María Luz y Ana María. En todos los casos, lo que me resultó más llamativo es esa especie de "in media res" que tienen todas esas instantáneas. En ellas Morosoli parece desprenderse naturalmente de su entorno, y, paradójicamente, estar como arraigado a cuanto la fotografía dice que ha acontecido. Sobre todo me ha dado esa impresión una imagen en la que está junto a dos hombres entre unos arbustos. Por lo que se ve han estado realizando algún tipo de faena y se sacuden un poco el cansancio ante el fotógrafo. Por momentos parece imposible no ver al escritor, al hombre que está sintiendo y de algún modo atesorando la palpitación de un mundo. Morosoli no sólo parece formar parte, naturalmente, de ese mundo, sino que también parece estar vigilándolo, resguardándolo del olvido; algo como un orgullo secreto de ser parte de todo eso. Eludiendo el riesgo de las ñoñerías del tipo "¿Qué cuento se le estaría ocurriendo en ese momento?", lo que importa es ver al creador en su medio, entre aquello a lo que le dio y, a su vez, le dio a él vida. Y, sin embargo, las fotografías tienen para mí otro misterio agregado en muchos de sus ejemplos, sobre todo en aquellas en las que posa junto a algunos paisanos: Morosoli no es un escritor. Recuerdo en este preciso instante una anécdota que me contó una profesora de literatura de Minas, en el año en que yo viví en esa ciudad, año 2004. Cuando muere Morosoli en 1957 esta mujer ve a su abuelo, por única vez en su vida, llorar. El hombre entró en la casa cabizbajo (cismando, diría el autor) y no dijo nada más que "Se murió el Pepe". Luego se sentó y se puso a llorar y nadie más le pudo decir nada ni consolarlo en el resto de la noche. Esta anécdota, que es morosoliana por donde se la mire, expresa, y no lo dije antes, otra cosa: el abuelo de aquella profesora no lloraba ni por lejos al Morosoli escritor, sino al barraquero, aquel que atendía solícito desde un mostrador en la calle Sarandi, casi llegando a 18 de julio. Probablemente aquel hombre que lloraba esa muerte no supiera que el finado había sido un gran escritor. Como no lo supo tampoco otro hombre ya anciano que vi ese año y que, desvariando y ante mi total sorpresa, empezó a hablar de un cierto "Pepe" como si aún estuviera vivo. Cuando me dijo que estaba hablando de Juan José Morosoli, el dueño de la barraca Morosoli, y cuando le dije que era además escritor, no me creyó. Me dijo algo así como "¡Qué va a ser escritor ese!". El hecho de que Morosoli fuera una figura literaria, hecho inocultable en la proximidad de la gente de pueblo, era casi desconocido en cierto modo entre la gente de tierra adentro, aquella gente que él atendía a diario y a la que invitaba a matear o a compartir un asado en los fondos, donde se contaron muchas historias que el autor de "Los albañiles de Los Tapes" fue resguardando y en donde, si mal no me acuerdo, hay todavía una palmera. En Minas también supe que luego de su muerte, cuando el mobiliario de la barraca fue llevado a remate, quien compró los tablones del mostrador encontró al dorso y en los bordes de los mismos algo así como anotaciones que Morosoli hizo al pasar mientras atendía a la gente que llegaba del campo. Si la historia es falsa o no, mejor no someterlo a prueba, porque es bastante solidaria con su imagen, o la particular imagen que dejó como escritor. Ahí tenemos algo similar al caso de las fotografías: Morosoli se desprende apenas de su contexto. O mejor: es el contexto expresándose en la figura de ese hombre. Es el contexto resumiéndose en él. En las fotografías Morosoli no es un escritor: es una expresión del ambiente y sus tipos humanos que atrae hacia sí misma a los lectores. No hace el movimiento de llevar a los lectores, de ir con los lectores hasta ese mundo. En la construcción de "escritor" que Morosoli hizo de sí mismo (y que se puede rastrear en sus ensayos de "La soledad y la creación literaria"), el autor se ve a sí, o a la voz que creó, como alguien que llega desde el mundo del que pretende dar cuenta, no como alguien que llega del exterior y busca acomodar su mirada. Eso es lo que expresa el intento realista de su narrativa, dinamitar también cualquier figura previa, preestablecida de "escritor". Antes que cultivar una figura de escritor Morosoli quiere fundirse con el mundo que lleva a la literatura, quiere ser tan sólo un cronista, un cimarrón que escribe y otorga el cerno de su realidad. Morosoli se siente en la misma huella, bajo la misma sombra de lo que narra. En el comienzo de su ensayo "La novela de masas" dice: "Se sabe aquí que no soy un literato –de lo cual Dios me libre y guarde". Pero hay más, porque se revela en ese texto de 1945 el carácter que le quiere dar a su escritura: "Yo deseo hablar de aquella forma de novelística que revele lo popular para lo popular, tal como si el pueblo se novelara a sí mismo. ¿Quiero decir que los artistas están demás? No. Vamos despacio (...) si el pueblo supiera escribir lo que piensa estaríamos demás los poetas. (...) Lo que pasa es que hay que encontrar esa expresión que el pueblo anda revelando en forma vaga a veces." Creo a ciegas que en estos fragmentos está todo el proyecto narrativo de Morosoli: su necesidad de asunción, y finalmente su asunción, a secas, en o de los otros, esa gente del medio rural o de las periferias de los pueblos del interior que debido a una maltrecha política de estado andan como pedazos de carne bautizada por sobre los campos. Parte de esto creo que tiene que ver con esa mirada desdeñosa que siempre le dirigió a los círculos literarios montevideanos que cultivaron, para bien y también para mal, del intelectual, del hombre de letras uruguayo del medio siglo que en nada se avino con sus preceptos. Morosoli nace, vive y muere en Minas. Desconfió a rajatabla en la posibilidad de transformarse en una especie de maestro generacional (como lo pudo ser para Domingo Bordoli o Julio C. da Rosa), quizás por el horror con que veía a muchos actores de la generación del ’45, por momentos verdadera patota masturbatoria de Joyce, a sus ojos. Morosoli murió en su ley. Y su ley fue la de los otros. Fue los otros. Y eso es de una honestidad y entrega humanas que pocos pueden soportar, en especial cuando sobrevienen los reconocimientos y los elogios. Cuando uno recorre sus ensayos por primera vez, puede sentir que de ellos se desprende una humildad que puede llegar a resultar fastidiosa. Pero al tiempo esa humildad se transforma en la conciencia de que Morosoli está diciendo todo el tiempo que él no es lo que los demás creen que es por ser un escritor, es parte de su proyecto: él es verdaderamente el artista cimarrón. Si se hace la breve comparación con el Borges que habla de sí mismo en sus conferencias y que pretende llegar a la humildad socavando su propia figura de creador, es posible ver que en el argentino existe por detrás un orgullo de su propia grandeza (y eso tampoco está mal), con lo que la humildad se vuelve ironía, el doblez de la grandeza de lo que era Borges. En Morosoli, la humildad en sus conferencias no tiene nada que ver con grandezas mutiladas o expresadas subrepticiamente, es ni más ni menos que un aspecto que nos lleva a su credo, a su capacidad de compasión, ante lo que narra, su capacidad de acompañar la "pasión", de estar y ser parte de la "pasión" de los otros.
La mesa de la narrativa uruguaya podría tener tres patas. Una pata es Onetti, la otra Felisberto Hernández, y la restante es Morosoli. Creo que cada una representa las grandes líneas de nuestra narrativa. Si la mesa pudiera tener cuatro patas, se me ocurre que la cuarta sería intercambiable y podría llamarse Eduardo Acevedo Díaz, Horacio Quiroga o Mario Levrero. Pero no quiero ir más allá. Por encima de esas tres patas, como subidos sobre los hombros de los gigantes, andan el resto de los narradores uruguayos, deambulando hacia el sector que les dé más acomodo: hacia una de las patas, o en el medio de ambas, o, quizás más raramente, buscando una equidistancia. Morosoli es, plenamente, la pata realista de la mesa. En Onetti el realismo también ocupa su lugar, pero en una gradación, el realismo de Morosoli me parece más concentrado en sí mismo. El tema de qué es y qué no es el realismo puede revestir ciertas escabrosidades, pero en Onetti, aparte de su veta notablemente realista, también existe otra cosa, algo como un cuestionamiento del propio realismo y sus formas, donde también entran las ensoñaciones. Cuando uno repasa los a veces muy breves cuentos de Morosoli hay una cierta perplejidad ante el habla de sus personajes. Frases que en otros casos sonarían como torpes o redundantes son en boca de esos personajes verdaderos pasajes, embudos a un tiempo y un espacio precisos. Morosoli encuentra en esas frases un dolor y una sabiduría que sólo él conoce y que nosotros por momentos entrevemos.

martes, 22 de mayo de 2007

Escuela de editores

Hace unos días encontré una cosa extraña en un libro. Algo que por lo menos me llamó la atención de tal modo que tuve que leerlo un par de veces luego de la primera lectura.
Se trata de la entrada asignada a la poesía de Juan Ramón Jiménez en la segunda edición de "Laurel", una antología de la poesía moderna en lengua española con prólogo de Xavier Villaurrutia y epílogo de Octavio Paz, publicada en los ’80 por la editorial mexicana Trillas. La edición que tengo incorpora en su totalidad la primera parte, aparecida en editorial Séneca en 1941. En ningún caso hay algún tipo de biografía del poeta antologizado previo al despliegue de sus poemas (las biografías aparecen luego, como ya mencionaré). Allá por la página 111 encontramos, sin embargo, que, antes de iniciarse la selección de poemas de Juan Ramón Jiménez, y debajo de un dibujo de este en el que parece que va a reírse en cualquier momento, hay un texto firmado por lo editores. Dice así: "Juan Ramón Jiménez había manifestado a Editorial Séneca su deseo de no aparecer en este libro. Editorial Séneca se ha dirigido insistentemente al poeta solicitando un cambio de actitud. No ha obtenido respuesta alguna: favorable ni adversa. Estando ya en prensa el original de esta Antología, Editorial Séneca ha preferido interpretar este silencio favorablemente, es decir, como un tácito otorgamiento al interés general y en beneficio de los lectores de este libro.
"Editorial Séneca considera, por su parte, que haber excluido de esta Antología los trozos poéticos de Juan Ramón Jiménez que van en ella no hubiera podido hacerse in grave detrimento y menoscabo de su propósito. Y, aun a riesgo de equivocarse al interpretar el silencio del poeta, se ha decidido a publicar estos trozos seleccionados de su obra sin su autorización expresa y contrariando, tal vez, su deseo, pero sin desconocer ni tratar de lastimar con ello su derecho."
Fuera de que no logro atrapar el sentido del último enunciado, me pregunto cuál habrá sido la reacción de Jiménez. Con los editores invocando lo sacrosantos derechos de los lectores y arrogándose el cuidado de ellos no se puede, no hay poeta que valga. Creo, sin embargo, que este fragmento transcripto es, a la manera de Sancho Panza, un buen ejemplo de cómo decir algo diciéndolo y haciéndolo pasar como la cosa contraria de eso que se está diciendo.
Ya entrados propiamente en la segunda edición, en la segunda selección de poetas, la más reciente, la de los ’80, encontramos, en el sector de las notas bibliográficas, el siguiente texto entre paréntesis: "Los autores de esta Antología incluyeron en ella a los poetas Pablo Neruda y León Felipe. Cuando estaba en prensa este libro, esos señores solicitaron de nuestra Editorial no aparecer en él. Lamentándolo, cumplimos su deseo)." ¿Una nueva generación de editores? ¿El aprendizaje sobre un hecho triste? ¿Se calentó al final Juan Ramón Jiménez?

lunes, 14 de mayo de 2007

En el medio del camino (Yo soy la loba...)

El sábado a la tarde estaba en Montevideo. Como tenía un compromiso a las ocho de la noche y ni siquiera eran las cuatro de la tarde, anduve desde Tres Cruces hacia Ciudad Vieja buscando en qué ocupar mis horas. Digamos que estaba licencioso. Fui derecho hasta 18 de julio y fui entrando alternativamente en librerías y disquerías (bueno… conseguí después de tanto tiempo la versión de "Porgy and Bess" hecha por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong) hasta llegar al Centro Cultural de España, donde observé una muestra sobre Juan José Morosoli, recordado a propósito del medio siglo de su fallecimiento, muestra sobre la que creo que voy a tener que hablar en otro momento. En el tránsito entre estos lugares, en las veredas, me fui viendo asediado por muchachos que, apostados contra umbrales en desuso o contra paredes de comercios cerrados, me interceptaban para darme papeles soltando un breve rumor entre cómplice y subordinado. Me refiero a aquellos que reparten esos pequeños y discretos volantitos que promocionan las gracias de algunas damas que fumando y mirando el techo esperan al hombre que llene la tarde [verbi gratia]. Mi reacción común es aceptar los papeles (al fin y al cabo es imprescindible que uno los recoja para que ese sea el trabajo de esos muchachos) guardarlos en el bolsillo y allí estrujarlos hasta pasar por un tacho, en el que termino por tirar cuatro o cinco bolitas. Pero esta vez elegí guardarlos y después leerlos cuando estuviera en un asiento de la terminal o del ómnibus de regreso a Maldonado. Así que acá van los textos, como señas de un derrotero no sólo personal, sino de cualquiera de los transeúntes de esa tarde, o de los derroteros probables de muchos.
Veamos el primero. Es azul, mide unos cinco por seis centímetros y en el centro hay un recuadro de dos por tres con una fotografía del rostro de una muchacha de pelo negro. Nada propiamente lascivo, todo insinuante. Dice: "Te invitamos a pasar por nuestro apartamento…", y luego viene un teléfono. Los puntos suspensivos con que termina la frase, más la familiaridad y el desplazamiento que connota la palabra "apartamento", parecen hablar de algo entre casero y picantito, levemente pecaminoso, pero muy poquito. Nada de lupanares o serrallos. Claro que el plural del sujeto del enunciado, contrapuesto a la singularidad de la imagen del volante, sugiere que la chica vive con varias amigas o algo de eso. ¿O está con el marido? Me pregunto también qué tan inocentemente, en un ejercicio imaginativo, se puede tomar el texto: "Te invitamos a pasar por nuestro apartamento…" (más el teléfono). Imaginemos un adolescente que no sabe nada de nada, qué sé yo, un distraído crónico… A mí el plural tampoco me puede dejar de sonar a mafia. En fin… pasemos al siguiente ejemplo.
Segundo ejemplo: "Todos los días desde las 10 AM a tu entero placer… SENSACIONES… [luego vienen el teléfono y la dirección, más un dibujito de una fachada de una casa] T.V. Aire acondicionado". Todo en tinta roja sobre fondo blanco. ¿La foto de la chica? Es una rubia de pelo lacio, vuelta y mirando por sobre su hombro izquierdo con una sonrisa que está por empezar o está por terminar. El pelo se agita en el aire. Bueno, ¿qué me llama la atención de este volantito?... En primer lugar lo del horario. Como no se dice hasta qué hora, me imagino un tipo que, munido con lo que deba munirse, empieza a esa hora y termina veinticuatro horas después, cuando todo vuelve a estar dispuesto a su "entero placer". La hora parece la de un punto muerto que se hace un punto lleno de vida. Una muerte que se hace nacimiento. Lo otro que me parece significativo son las palabras "tu entero placer". El placer para esta gente no está compartimentado, ¡ojo al gol!. Es una cosa indivisible, única. ¡Ah! Otra cosa, las ventanas de la casita que aparece dibujada tienen rejas. ¿Un anuncio residual de la contemplación de desviaciones o conductas juguetonas del tipo "Yo soy la milica y vos el malandro"?
Tercer ejemplo: Este ejemplo me gusta. Papel blanco con tinta negra. En un cuadrito de tres por tres unas nalgas con una bombacha en parte hecha jirones, transparente en cierto modo. A través de la transparencia, en la unión de las nalgas, entreveo muy dificultosamente algo. Juro que no es un consolador, y eso me desconcierta. No sé por qué pienso en una cajita de chicles. Como sea… Sobre la cintura, a la izquierda, está la parte baja de un tatuaje casi irreconocible. El texto dice así: "LA CLINICA… aquí hacemos tus fantasías realidad only here your fantasies come trae… [luego la dirección] de Lunes a Sábados"… En el ángulo izquierdo y superior hay una cruz médica pero en el mismo negro del resto del volantito. Pasando a la consideración del texto, no puedo dejar de ver algo psicoanalítico, prácticamente freudiano, entre el nombre de la casa y su leyenda (más allá del bilingüismo). Aparte, si consideramos la fotito y dos o tres aspectos psicoanalíticos, esas nalgas son el fin de la angustia de Occidente (o al menos el fin de la angustia judía y burguesa). Ya está más que claro, la fantasía ya deja de serlo, luego no es ni más ni menos que la pura "realidad". ¿Sublimación?... Además, seamos sinceros… hablando de traumas y esas cosas, ¿quién fue el que le reveló a Edipo la fuente de sus pesares y lo trajo a la "realidad"?... ¡Pues el oráculo! ¿Y qué es lo que vemos en la fotografía del volantito! Un oráculo (el tilde no se lo saco a esa palabra porque soy fanático de la ortografía)… En lo que tiene que ver con los días de atención al público, con eso de "de Lunes a Sábados", digamos que en el séptimo día el Señor se tomó un descansito.
Cuarto ejemplo: El cuarto ejemplo lo recibí por partida doble. Papel negro satinado con tinta blanca. En un recuadrito de dos por tres aparecen dos chicas morochas y pelo enrulado, de espaldas, pero un poco dadas vueltas y mirando por encima de sus hombros. Se toman de la mano, las nalgas quedan en un lugar destacado, y a cada una se le ve un seno. La de la izquierda tiene cara de que se va a reír en cualquier momento; la de la derecha tiene una cara como si estuviera diciendo "Ya te dije que la comida estaba pronta. No te voy a llamar de nuevo." El texto dice: "AMIGA’S y algo más… Autorizado por la I.M.M Y M.S.P. … Abierto todos los días de 9 a 1 hs." Después hay otro recuadro más grande con un plano para poder llegar al lugar, luego el teléfono y la dirección y, en letra muy pequeña: "No arrojar en la vía pública". Está bien eso… Bueno, si la leyenda "AMIGA’S y algo más… se refiere a las chicas de la fotografía, es una pura reafirmación que no viene al caso. Parece estar dirigido a alguien más o menos dormido. Por otro lado: lo de "Autorizado por la I.M.M. Y M.S.P." crea una especie de inquietud y suena a pica entre varios comercios del ramo.
Quinto ejemplo: Tinta verde sobre papel blanco. Texto: "Privée… Mes de Promoción… a pasitos de Tres Cruces… Las 24 horas [luego la dirección y el teléfono]". Estos parecen ser los únicos laburantes, están las 24 horas. Casi a todo lo largo del volantito aparece una chica, también en tinta verde, y, como las otras, como todas diría ya a esta altura, vuelta sobre sí misma, mirando por sobre el hombro derecho. La boca parcialmente abierta. Si no fuera verde sería rubia.
Sexto ejemplo: El sexto ejemplo me vino por partida triple, y debe ser otro de los que más me llamó la atención. Letras e imágenes blancas sobre papel negro satinado. Texto: "Disfrutá de lo que más querés. El mejor staff de chicas las 24 hs. Todo el año. … DIVAS… habitaciones con baño privado y aire acondicionado… ABIERTO LAS 24 HS. … NUESTRA PÁGINA WEB: [y la dirección]… [luego la dirección del local y el teléfono]… Local habilitado… Visítanos. Evitate molestias. … [y más chiquito, de costado, sobre el borde izquierdo] Se entrega en mano. No arrojar en la vía pública.". La chica que aparece está recostada "panza abajo", tiene facciones delicadas y orientales, unas flores en el pelo a la altura de la oreja izquierda y ambas manos reunidas bajo el mentón. El texto que anuncia la página web va desde los codos apoyados hasta el final de sus nalgas. La frase que quiero comentar es la que dice: "Visítanos. Evitate molestias." Creo que en ella reside todo el marketing y, por qué no, el proyecto ético de la empresa que brinda ese servicio. Más allá de la alternancia confusa entre el tuteo ("Visítanos") y el voseo ("Evitate") que revisten esas palabras, creo que eso de ir hasta allí para evitarse molestias es el centro duro de la cuestión. ¿Cuáles son esas molestias? ¿Una culpa masturbatoria? ¿Pelos y cayos en las manos? ¿El terrible riesgo de engañar a la mujer con la vecina y de vivir con la permanente acechanza de la verdad? Como sea, DIVAS propone un espacio neutro donde la moral judeo cristiana no entra. Un no-lugar que suprime las diferencias…
Séptimo ejemplo: Esto de que hayan sido siete ejemplos, siete tipos distintos de volantitos es, por lo menos para mí, fruto de un designio que se me escapa… El que tenga ojos que mire. Tinta azul sobre papel blanco. (Me dieron dos volantitos). Texto: "LOBAS… ¡¡¡para tu mejor momento!!!... Te esperamos con las nenas más dulces en el mejor lugar de la city… [y luego la dirección y los dos teléfonos, uno de línea y otro celular]". La chica de la foto cruza la pierna izquierda por sobre la derecha y se lleva ambas manos hacia la cabeza revolviendo allí sus cabellos castaños. Tiene puesto un bikini, y de la parte de abajo cuelgan algunas cadenitas de fantasía. No tengo mucho para decir de este volantito salvo una observación de cómo el habla coloquial masculina al referirse al otro sexo desplaza a veces frases o nociones que en otro contexto sonarían a franca pedofília… ¡Bah! En la poesía amatoria hay otro tanto… Pero lo de "LOBAS", así, en medio de un tránsito, me parecía demasiado. Otra vez la cuestión de los valores y los "contra-valores". Se hacía de noche. Tenía que llegar al Centro Cultural de España. Dante… Dante… Per me si va a la cittá… ¿a la "cittá" qué?...

martes, 8 de mayo de 2007

La cocoa mecánica

Era un mediodía frío, quizás de uno de los días más fríos en lo que va del año. Pero al sol, en el patio del fondo de la casa, se podía leer. Contra una pared blanca puse una silla y, frente a esta, otra más para apoyar los pies. Leía unos ensayos sobre la poesía erótica en el 900 uruguayo. Desde dentro de la casa sale muy tenuemente el sonido de un clavicordio. Franco ha puesto “El arte de la fuga”, de Bach. Por momento el sonido del clavicordio se pierde en el rumor que hace el viento al pasar por las enredaderas. Unos gorriones muy atrevidos empezaron a bajar de la higuera y a remover con sus picos la tierra apenas húmeda. A través de las ramas de la higuera, que ya no tienen hojas y que parecen los brazos retorcidos de un muerto implorando, la luz tibia bajaba y hacía brillar todo, también el plumaje de los gorriones. Eran varios. Unos siete u ocho, quizás algunos más del otro lado del galpón. Todos removiendo bajo las hojas podridas de la higuera.
Luego de almorzar me acosté para seguir leyendo. La luz seguía entrando en mi cuarto. A veces se oscurecía todo cuando una nube pequeña pasaba por el barrio. A través de la pared podía sentir a Franco haciendo unas escalas en su viola.
Después de algunas horas me levanté para ir a comprar algunas cosas para la merienda: pan, leche, cocoa y una nueva lamparita de 40 watts para la portátil que tengo al lado de la cama, imprescindible para poder seguir leyendo en el resto del día. Antes de salir estuve unos minutos tratando de elegir un disco para llevar en el discman. Como a esa hora no había ningún almacén abierto en todo el Kennedy, tenía que ir hasta Tienda Inglesa, lo más cerca que tenía, sacando algún que otro comercio de San Rafael. Pero tenía ganas de hacer un trayecto de cierta extensión en la bicicleta. Así que tenía que elegir un buen disco como para el trayecto, acorde al clima, a mi estado de ánimo (el estado de ánimo era cierta melancolía), etc…
La 9ª sinfonía de Ludwig van Beethoven, ejecutada por la Sinfónica de Berlín y dirigida por Herbert von Karajan. Me preguntaba hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª de Beethoven y también cualquiera de sus otras sinfonías. Mucho tiempo. Creo que lo más que he escuchado de Beethoven en los últimos tiempos ha sido todo de música de cámara. Me alejé del Kennedy por San Pablo rumbo al mar. Uno hace ese trayecto y cruza mo0ntes de eucaliptos, luego el club de golf y después más montes de eucaliptos y más tarde montes de pinos. San Rafael, como muchos otros lugares de Maldonado, está metido dentro de un bosque. Parece un sitio levemente europeo. Tiene una torre de nombre francés y estilo normando que sobresale varios metros por sobre los pinos. Tiene una iglesia que parece una iglesia de las afueras de Londres. Tiene una calle llamada Brighton. Tiene largas calles flanqueadas por cipreses y álamos. ¿Hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª? El primero movimiento… Siempre me conmovió el patetismo del primer movimiento… Recordaba aquellos fines de semana en que con Felipe nos íbamos a su casa del balneario El Chorro. Estábamos estudiando profesorado. Llevábamos las cosas para estudiar. Y yo llevaba una caja con las nueve sinfonías de Beethoven en vinilo, dirigidas todas por Karajan. Me acuerdo de que subíamos del todo el volumen del equipo cuando la madre de Felipe se iba a La Barra a hacer algún mandado y nos preguntábamos si alguna vez alguna banda de rock pudo provocar un estruendo tal como el del primer movimiento de la 9ª. Doblé en la calle San Remo, que desemboca en la Avenida Roosevelt, a la altura de la parada 8 de la Brava. En la calle San Remo me acordé de que por esos años nació mi pasión por el Romanticismo. Sentía el rigor frío del viento que llegaba desde algún lado del sur. Desde esa época viene también mi promesa incumplida hasta el día de hoy de estudiar alemán. El rigor del invierno que se aproxima. Me acordé de una edición bilingüe, alemán-español, de “El viaje en invierno”, de Müller y de lo que significó para los poetas, artistas y pensadores románticos intuir en la cifrada superficie de la Naturaleza la presencia de un signo oculto. Lo que significó ver el poderío inconmensurable del destino y de la Naturaleza en las expresiones más adversas de la Naturaleza, como en las tempestades que se van comiendo los barcos en las pinturas de Turner, como en la pintura “Monje junto al mar”, de Friedrich, como en el caso del poeta inglés William Wordsworth, mirando los insondables abismos de los Alpes en su “Preludio”. Y recordé también a Rousseau. Simplemente a Rousseau caminando. ¿Por qué los románticos se replegaban en la Naturaleza? ¿Por qué ese énfasis? ¿Una nostalgia de Dios buscándolo en su más firme creación? ¿El paso previo al reconocimiento de su abandono?... Cuando entré a Tienda Inglesa yo también empecé a caminar. Como llevaba el discman en la campera, no escudaba a la gente que hacía sus compras, no escuchaba el audio del supermercado. Había empezado el segundo movimiento de la sinfonía, el molto vivace. En ese momento vino a mí la imagen de Alex, el protagonista de “La naranja mecánica”, en la versión de Stanley Kubrick. Sobre todo aquel momento en que está en la tienda donde compra una golosina y mira algunos discos. La tienda en donde conoce a las dos muchachas que se llevará a su casa. A mí, como a Alex, mientras paso por las góndolas del supermercado, nada me toca, todo me pasa por los costados; vivo la exaltación de la tarde en que Beethoven está conmigo, en que he sentido estrechamente a la Naturaleza en la medida de mis posibilidades. Pasé por la sección panadería. Una mujer elegía pan lacteado. Doblé hacia la parte de lácteos. Vi a una profesora que hacía sus compras. No me vio. De haberlo hecho me habría interceptado y me habría hablado insostenibles minutos. Di la vuelta haciendo un rodeo hasta llegar a la parte de lácteos por el lado opuesto. Estuvo eso que me mostró mi padre en el diario El País del día de ayer. En realidad me pasó todas las secciones para que las vichara. Había una pregunta del formulario Proust realizada a una periodista deportiva uruguaya. Algo así como “¿Si viviera de vuelta, que vida tendría?” La mujer tiene la imaginación suficiente como para contestar que sería la misma persona. Yo habría contestado eso si me hubiera llamado Walt Whitman… pero no es el caso… Yo habría contestado que me hubiera gustado una vida en algún lugar del sur de Alemania o de Suiza, más o menos a mediados o fines del siglo XVIII.
(Pip… Pip… Apenas sentí a la cajera… Pip… Pip… Setenta y cinco pesos. Pip... Se llamaba Claudia la chica.)
Cuando salí del estacionamiento puse intencionadamente el último movimiento. Salteándome el comienzo del tercero y el cuarto. Yo hacía ese recorrido en bicicleta hacía siete u ocho años. Y escuchaba también a Beethoven y su 9ª. No conocía tanto a la gente. Yo salía a caminar por los bosques de pinos y eucaliptos en invierno y bajaba hasta el mar. Y sí, podía suceder que todo, aunque fuera la ilusión de una ilusión, estuviera unido.
Cuando llegó la merienda me hice una leche con cocoa, hirviendo. Me preparé también un trozo de pan con manteca y repuse la lamparita de la portátil. Saqué de la biblioteca las “Confesiones”, de Rousseau, uno de mis libros más queridos. No lo he leído todo, me tomo su buen tiempo, pero lo quiero. Lo abrí al azar y descubrí las siguientes palabras, prácticamente al inicio del Libro Sexto, correspondiente al año 1736: “Me levantaba con el sol y era dichoso; me paseaba y era dichoso; veía a mamá y era dichoso; me apartaba de ella y era dichoso; recorría los bosques, las cuestas, divagaba por los valles, leía, estaba ocioso, trabajaba en el jardín, cogía la fruta, ayudaba al arreglo de la casa y por todas partes me seguía la felicidad; no se hallaba ésta en ningún objeto determinado; estaba toda en mí mismo sin poder abandonarme un solo instante. “Nada de cuanto me sucedió en aquella grata época, nada de cuanto hice, dije o pensé en todo el tiempo de su duración se ha borrado de mi memoria. Los tiempos anteriores y posteriores se reproducen en ella por intervalos; los recuerdo desigual y confusamente; pero a éste lo tengo tan presente como si durase todavía. Mi imaginación, que en mi juventud iba sin cesar adelante y ahora retrocede, compensa con estos dulces recuerdos la esperanza que he perdido para siempre. Nada veo ya en lo porvenir; sólo las excursiones a lo pasado son capaces de halagarme, y estos recuerdos tan vivos y verdaderos de la época a que me remonto me hacen vivir frecuentemente feliz a pesar de mis infortunios.”

jueves, 3 de mayo de 2007

Cosas con los Beatles


Este puede ser un post polémico o superfluo, según se vea... Igual... quería expresar algunas sensaciones que me vienen constantemente escuchando a los Beatles.
Estábamos ayer a la tarde (serían las 19:30) con mi hermano Franco, merendando, cuando nos pusimos a escuchar un disco de los Beatles que hacía tiempo que no escuchábamos. Decir esto quiere decir que quizás, como mucho, haría un mes o tres semanas que no colocábamos ese disco en el equipo. Ese disco era el segundo de la discografía: "With the Beatles". Franco había llegado recién de Maldonado y traía consigo, feliz, algunas partituras, como el "Pierrot lunaire", de Arnold Schoenberg, "Aventures", de Ligeti o "Ionisation" y "Octandre", de Edgar Varèse.
El asunto de la merienda, cuando estamos juntos, es todo un tema en cuanto a música, porque, si bien tenemos un gusto en común por los discos de ambos, buscamos siempre "ese" disco especial que amortigüe el clima de su chocolatada y mi café con leche. Así que él quiso poner una versión del "Pierrot lunaire" editada por Harmonia Mundi, pero yo me adelanté con "With the Beatles".
La cuestión fue que, en cierto momento, mientras yo sacaba unos bizcochos recalentados del microondas, empezó a sonar el cuarto tema del disco, una canción de Harrison titulada "Don't bother me". Lo que le dije a Franco de inmediato fue lo siguiente: que hace quizás unos diez años que conozco este disco y que ese es uno de mis temas preferidos de los Beatles. Franco juntó las cejas. Era obvio, porque ¿quién se puede aventurar a hacer un ránking de canciones de los Beatles? Si bien es, ante todo, un hecho emocional, puramente emocional y circunstancial, yo creo que sería un ejercicio interesante pensar cuáles son esas canciones que a uno (perdón por el antiacademicismo) lo matan... Y es que a mí "Don't bother me" es una de esas canciones que me matan.
Antes de pasar a señalar otras canciones que me generan ese sentimiento, tengo que decir, para que quede claro, que los Beatles con para mí una suerte de Biblia estética y de lo que podríamos llamar el impulso y la actitud artísticas. Si estoy en un comercio y suena por la radio cualquier tema de los Beatles (sobre todo si tiene ese condimento extra de sorprenderme, de no tenerlo previsto) me quedo aunque me queden mirando o pido permiso o compro cualquier otra cosa... Me acuerdo ahora de una novela de Tabajara Ruas llamada "El cerco" (en realidad, el título en portugués es "O amor de Pedro por Joao"). Hay un pasaje en el que un militante de izquierda en plena dictadura roba un banco en Porto Alegre, creo, y en medio de la redada policial, manejando un taxi robado escucha por la radio "Lucy in the sky with diamonds", y le parece que, extrañamente, todo es perfecto. Es un pasaje muy lindo de la novela (no sólo por la alusión a "Lucy...", que es más que nada un detalle). Recomendado.
Ahora, ¿cuáles son esos temas que, fuera de que amo las canciones de los Beatles, me hacen vivir una "pequeña muerte" en medio del día?
Bueno, son: "I saw her standing there"; "All I've got to do"; "Don't bother me"; "No reply"; "What you're doing?"; "Anytime at all"; "Things we said today"; "If I felt"; "I should have to know better"; "I need you"; "The night before"; "You're going to lose that girl"; "Ticket to ride"; "Norwegian wood (this bird has flown)"; "The word"; "If I needed someone"; "I'm only sleeping"; "She said She said"; "Good day sunshine"; "Doctor Robert"; "I want to tell you"; "Paperback writer"; "Lady Madonna"; "The inner light"; "Getting better"; "Fixing a hole"; "Lovely Rita"; A day in the life"; "The ballad of John and Yoko"; "Dear Prudence"; "Glass onion"; "Martha my dear"; "Piggies"; "Julia"; Sexy Sadie"; Long, long, long"; "Savoy truffle"; "Something"; "You never give me your money"; "She came in through the bathroom window"; "The end"; "For you blue"; "I've got a feeling"; "Hey bulldog"; "Only a northern song"; "Flying"; "Your mother should know"; "I'm the walrus"; "Strawberry fields forever" y, de lo último, "Free as a bird" y "Real love"...
¿Una exageración? ¿Una grosería? ¿Algo imperdonable? No lo sé... Tenía ganas de escribirlo y de hacer una lista que puedo tirar abajo mañana de mañana...

lunes, 30 de abril de 2007

Aviso breve


Dentro de una semana en TARTATEXTUAL, empezaré a republicar, con una periodicidad de un capítulo cada quince días, todos los capítulos de la novela por entregas que empecé a escribir en agosto de 2006 para la revista La Letra Breve: "Los trabajos del amor". Y cuando el quinto capítulo, el último en La Letra Breve (diciembre 2006), aparezca, cada un mes comenzarán a aparecer los nuevos capítulos.
Con fecha de octubre del año pasado, los lectores de TARTATEXTUAL podrán encontrar un texto titulado "Chicle textual", en el que hablo de las particularidades que me llevaron a empezar la escritura de "Los trabajos del amor" y su perfil folletinesco. Impedida la posibilidad de que La Letra Breve vuelva a salir, el blog se transforma para mí a partir de estos días en el mejor medio posible para recuperar el espíritu con el cual inicié ese trabajo.
Tanto a los lectores ya conocedores de lo que publiqué en La Letra Breve, como a aquellos que no lo conocían, los invito a seguir este proceso de escritura que se nutrirá, desde un primer momento, con sus atentos comentarios, que pueden ser dejados en el mismo blog.

lunes, 23 de abril de 2007

Cosas de nuestra narrativa

Una mala noticia. Hace unos días, cuando terminé de escribir el nuevo capítulo de "Los trabajos del amor", me puse a conversar con Leonardo Cabrera para decirle que en breve le mandaba el texto pasado en limpio. Entonces me dijo, así de una, que la revista La Letra Breve, donde se estaba publicando mes a mes por entregas "Los trabajos del amor", no iba a salir, y quizás no saldría más. Los motivos son los esperables, los problemas a los que se tiene que enfrentar cualquier publicación de corte "cultural" en el interior del país, Iscariote también lo ha sufrido y lo está sufriendo ahora, cuando no sale desde el mes de febrero. Y la verdad es que el hecho de que La Letra Breve no salga más me parece una verdadera lástima. Hace un año o más leía una antología de relatos cortos de Stephen King llamada "Todo es eventual". En el prólogo, King habla de cómo el arte de contar cuentos a través de las revistas que se han encargado históricamente de eso se está perdiendo en los mismísimos Estados Unidos; justamente están desapareciendo ese tipo de publicaciones que han alentado el desarrollo no sólo de autores como Stephen King, sino como Ray Bradbury, y muchos más, por supuesto... El autor de "Misery" dice que esas revistas ya son una verdadera rareza, una especie en extinción.
Con La Letra Breve teníamos en Uruguay un ejemplo hermoso. Creo que hubo algún otro ejemplo de publicación especializada solamente en narrativa, era una revista montevideana de cuyo nombre no me puedo acordar y que tiraba algo así como dos o tres números al año. La Letra Breve, editada en San José, editaba diez números al año en un formato audaz y de calidad de papel siempre agradable para la vista y el tacto de los lectores. Muchos autores desconocidos (algunos otros no tanto) llegamos a dar a conocer nuestras primeras cosas en ella. A mí a veces me preocupa saber si todos los narradores uruguayos de la actualidad, o al menos la mayoría de ellos, sabían de la existencia de la revista. ¿Por qué? Justamente porque me llamaba la atención ver cómo muchos narradores del momento no se acercaban a La Letra Breve para decir "Estoy escribiendo ahora algo como esto. ¡Mírenlo!". Las excepciones son Henry Trujillo, Horacio Verzi, Lauro Marauda, Leonardo Rossiello, Alfredo Alzugarat y Jaime Monestier. Quizás me falte algún otro. Pero a mí siempre me llamó la atención eso mismo. Que nuestros narradores no sintieran la necesidad desesperante de practicar la escritura de cuentos de forma más o menos continua en revistas especializadas y que esto no fuera precisamente esperar a que El País Cultural les pidiera un cuentito para la contratapa. Y también me parece, para concluir, que esto expresa algo de lo que adolece nuestra narrativa actual, y que para mí es la carencia de impulso, ese siempre estar en lo pequeño, en el cultivo de las miniaturas y las mesuras y la resistencia histérica a lanzarse a narrar con ímpetu y largo desarrollo. Me pareció que una vez ya dije que sería un ejercicio interesante contar cuántas novelas que no llegan a las cien o ciento cincuenta páginas se publican en Uruguay por año. Aclaro que existen novelas de menos de ciento cincuenta páginas que me mueven el piso, también. Pero son pocos los que pueden hacer eso. La mayoría de los narradores uruguayos del ahora sufren de anorexia narrativa, llenos del pudor de contar un hecho atrás de otro porque les parece hasta frívolo, muchos relamiéndose en una especie de herencia maldita (una herencia mal entendida)mezcla de Robbe-Grillet, Onetti y Levrero, yendo siempre a lo chiquito con elucubraciones que siempre tienen que tender a ser altisonantes, categorías universales, o, en otros casos, meros jugueteos inconducentes. Nuestros anoréxicos narrativos van hasta el baño de sus creaciones y se meten los dedos en la garganta para refrendar el temor de no parecer intelectuales. Todo esto viene a propósito porque pienso que revistas como La Letra Breve, número a número, hacen que los lectores empiecen a exigir que los narradores estén, que estén de continuo, que salgan de la caverna donde pergeñan los libros que sólo se ven de vez en cuando. En realidad, creo que la cosa es un poco más complicada, que existe una diferencia cualitativa entre la publicación de un libro y la de un cuento en una revista. Cuando compramos una novela, estamos yendo al autor. Cuando el autor publica un cuento en un medio como una revista de narrativa, ese mismo autor se está insertando en un continuo de lectura que ya tiene sus propios lectores. Este último parece ser un movimiento inverso, el autor (fuera de que publicando un libro puede pasar algo similar, pero no tan intenso) se desplaza de su centro; mientras que publicando el libro el autor parece estar en el centro, como sacralizado. Bueno, yo veía a La Letra Breve como un lugar "desacralizado". Quería decir eso.
Y ya que rocé el tema de la mala narrativa criolla, acá va una lista con los peores libros de narrativa de 2006. La decisión fue ardua y me llevó unos cuatro meses. Pero me asistió la gracia divina hace un rato y ahora lo veo todo claro, como infinito.
PUESTO Nº1
Sin duda alguna la peor novela de todo 2006 fue... "El código Blanes", de Marciano Durán. Su éxito de ventas, que dicen ha superado en pocos meses lo que Galeano (el más vendido en Uruguay) vende en un año y medio, se debe sin duda alguna a la falta de moral de nuestra gran masa lectora. Si no han leído "El código Blanes" no pasa nada. Pero yo recomiendo a los que empiezan a hacer sus primeras armas en el mundo de la narrativa que lean los primeros dos o tres capítulos. Están escritos de tal manera que uno no puede ceder a la tentación de empezar a corregirlos. Es una experiencia aleccionante.
PUESTO Nº2
¡Qué duda cabe ya! El segundo lugar es para "El mar escrito", de René Fuentes Gómez, novela que ganó el primer premio de narrativa en el concurso del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Fuentes Gómez, que además había ganado una mención en el último Premio Nacional de Narrativa Morosoli, logra en "El mar escrito" una narración sorprendentemente aburrida, llena de una grandilocuencia y una solemnidad contrahechas, todo lo cual redunda en un dedo índice apuntando a los jurados de los concursos en nuestro país.
PUESTO Nº 3
Fue difícil. Es que bien pudo haber tenido el puesto nº 2. Hablamos de "Atlántico", de Andrea Blanqué. A los juicios sobre la novela de Fuentes Gómez, que podrían también repetirse a la hora de hablar de "Atlántico", hay que sumar esa constante de las obras de Blanqué, algo así como un cartel luminoso que se prende y se apaga y dice "Miren. Miren. Soy feminista".
PUESTO Nº4
El puesto 4 se lo lleva un amigo mío: Alfredo Fonticelli y su novela "Migraña", una obra que suena a homenaje personalísimo a "El discurso vacío" de Mario Levrero, pero que conlleva un calco del libro del maestro hecho con un papel carbónico que destiñe por todas partes.
Nota: no me dio el tiempo para leer "La última noche frente al río" de Hugo Fontana. Hacía un año había leído la última novela del autor: "El príncipe del azafrán".

El regreso del niño freak


¿Qué fue de Beck diez años después de un disco notable como Odelay? ¿Qué fue de Beck más de diez años después de oponerle a Nirvana su propio «himno generacional», como lo fue el simple «Loser»? ¿Qué pasó con el chico rubio, carilindo y californiano que andaba entre los veinte y los treinta años? ¿Qué pasó cuando el sistema musical (MTV mediante) fagocitó al «loser» para hacerlo un «winner»? La respuesta es que Beck siguió haciendo discos interesantes (Mutations, Midnite vultures, Guero); pero, sobre todo, siguió conservando una mueca que lo distingue hasta en la entonación tan cansina que despliega lentamente tema a tema, siguió conservando esa cara que mira desde la tapa de sus discos como preguntando «¿Qué esperaban? ¿Qué cara querían que pusiera en las tapas de mis propios discos?» Beck continuó siendo ese artista ecléctico, difícil de clasificar, que suena a una mezcla extrañísima entre Zappa, Dylan, Beatles, la electrónica, el hip hop, el funk y la música de iglesia protestante.
Diez años después de Odelay, en su nuevo disco, The information (también producido por Nigel Godrich, productor de Radiohead y del último Paul Mc Cartney), el músico confirma que, al borde ya de los cuarenta años, sigue sonando tan fresco, imaginativo y audaz como a mediadios de los ‘90. Y así encontramos al Beck de siempre en «Elevator music», el primer tema, cuando apenas termina la invocación (¿del baterista?): «One , two, you know what to do» (Un, dos, ya sabés lo que tenés que hacer). Allí mismo aparece la mueca de Beck en la letra: «Pongan la música de ascensor / Empújenme a donde pertenezco / La ambulancia suena / La mosca en el muro / No sabe qué está mal / Si pudiera olvidarme a mí mismo / Encontraría otra mentira para decir / Si tuviera un alma para vender / Compraría algo de tiempo / Para hablar con mi cerebro celular». Otro de los temas más promocionados del disco, «Nausea», suelta estas palabras en el comienzo: «Ahora soy un marinero mareado / En una nave de ruidos / Tengo todos mis mapas al revés».
A estas dos canciones se les puede sumar varias más que entrarían en lo mejor de la discografía de Beck, como «Strange apparition» (una especie de canto religioso desganado), «Soldier Jane», «No complaints» (un guiño beatle que refuerza el videoclip de la canción, en el que los músicos de Beck aparecen personalizados como los Fab-four de la primera época pero algo desprolijos), «Motorcade» (un ejemplo de los mejores momentos de la música electrónica en sus discos) o «Movie theme» (que recuerda la paz evanescente de otros trabajos anteriores como «Such a beautufull world», de Midnite vultures, o «Ramshackle», de Odelay).
La edición de "The information" incluye una plancha de autoadhesivos para que cada quien pueda armar su propia carátula eligiendo de un conjunto bastante amplio. Pero la verdadera «perla escondida» es el generoso DVD adjunto que incluye los videoclips de absolutamente todos los temas del disco. Un hierático y poco o nada sonriente Beck canta frente a una cámara fija en casi todos los temas, mientras sus músicos, parientes o amigos dan vueltas a su alrededor agitándose y formando un conjunto casi dadaísta que incluye hasta un oso rapero que es molestado por otro oso (ya más propio de los programas infantiles) que está necesitado de ponerse a rapear.

sábado, 14 de abril de 2007

Entre las alas


¿Cuánto tiempo sin escribir poesía? ¿Un año? ¿Un año y medio? ¿Dos años? El último poema que escribí se llamaba "Poema para caer para siempre". Y ahora esto, escrito en la parada 16 de la Brava luego de haberme quedado dormido al sol en la arena, después de salir del mar. De todos modos, nunca dejo de sentir que la poesía, la práctica de la poesía (tal como la sentía cuando tuve 20 años) me abandonó y, creo, para siempre.



"Entre las alas"

Mueren en otoño los escarabajos
al lado del mar;
los botones de un verano
que cerró con lentitud la camisa.
Los niños los hallan sobre la arena
y los pinchan entre las alas
con agujas de pino,
descubriendo el interior evaporado,
el recuerdo golpeado de un faro
y la promesa de los que duermen tranquilos.

Mientras tanto las olas remontan
a los peces con otras promesas.

miércoles, 11 de abril de 2007

La lectura de los necios

Hace ya más de una semana estaba yo en una clase leyendo en voz alta “El primer suplicio”, un cuento de Eduardo Acevedo Díaz, cuando de pronto sentí que mi garganta no daba para más. Me ardía. Me raspaba cada vez que quería darle a mi voz algún matiz. El protagonista del cuento, Ramón Montiel, un negro corpulento y resuelto de casi mi edad, decía cosas que yo no podía reproducir sino con una voz casi de cacatúa desflorada. Entonces consideré que dos horas más de clase en esas condiciones serían nefastas, sobre todo porque había llegado al límite de mi resistencia luego de dos semanas de no ir al médico, luego de que los desajustes de temperatura de la llegada del otoño, el polvo de tiza y el tener que acostumbrarme a colocar la voz pasadas las vacaciones me inflamaran las amígdalas a tal punto que entre ellas se dan la mano y a veces hasta le hacen un cerco a la comida.
En la sala de espera del sanatorio, traté de leer algún pasaje de la novela “El bastardo”, de Carlos María Domínguez, pero me llamaron tan pronto que me vi en seguida ante un médico de unos cuarenta o cuarenta y cinco años que me examinaba. Por los papeles que estaban sobre el escritorio me di cuenta de que ese médico de guardia tenía nombre de futbolista uruguayo (uno que juega en España... no voy a dar más datos) Me preguntó si trabajaba con la voz. Y cuando le dije que daba clases de literatura los ojos se le iluminaron y me miró con un aire mitad búsqueda de confianza y mitad confesión. En realidad estaba indignado porque a su hijo, que está en 5º años del liceo, su profesora de literatura le hizo leer las primeras clases un texto de Jorge Bucay. Yo ya tenía conocimiento de que había profesoras de literatura que incurrían en estas prácticas (sí, todos los ejemplos que conozco son de mujeres), así que me sonreí socarronamente entregando mi porción de la torta de la confianza. Pero el doctor comenzó a subir la voz. No podía entender cómo un docente era capaz de llevar a clase de literatura un texto de Bucay. Yo le dije que hasta el día de hoy me hago la misma pregunta, que no comprendo cómo, teniendo los autores que se tienen en cualesquiera de los programas vigentes, las profesoras (ellas, sí) no encuentren verdaderos modelos textuales para resaltar la importancia de determinados valores, si es que ese es el objetivo. Y la verdad es que por más fuerza que hago sigo sin entenderlo, es algo tan inconcebible y fantasmagórico como ver la reproducción de los eunucos; en este caso eunucos mentales. El doctor matizaba su preocupación explicando que no teme por el ejercicio crítico de su hijo, un chico que vivió más de seis años en la Madre Patria (EE.UU.) y que lee a Hemingway directamente del inglés. Pero se preocupaba (lo mismo que yo) por aquellos chicos cuyo nivel de criticidad y sensibilidad puede sufrir ante la exposición de textos como los de Bucay o ante una persona que a todo le busca la dosis diaria de moralina y el lugar común de los buenos sentimientos ciudadanos tipo Winnie Pooh. “Ya me la veo a esa mina”, decía el doctor “Debe ser una de esas histeriquitas que además de leer al gordo plagiario ese, prenden un incienso por aquí, ponen unas bolitas para el Feng-Shui más allá y se miran las series y las películas del COSMOPOLITAN.” Yo no paraba de reírme. “Porque si a mí me decís que vamos a dar un autor fuera del programa y me traés, qué sé yo... a Borges, vamo’ arriba... O, no sé si la conocés, una obra como “La conjura de los necios”...” “Sí, claro...” dije “De John Kennedy Toole. Lo conozco. Murió muy joven, además”. Ahí nomás nos pusimos a hablar de Kennedy Toole y de su perseverante madre hasta que una enfermera golpeó la puerta llamándolo. Él se levantó, me hizo un certificado por las horas de clase que no dicté y me extendió el reposo por 24 horas más. “¡Qué hincha huevos!”, dijo, y se fue después de darme la mano.

martes, 3 de abril de 2007

Matrimonio

En esta nueva entrada publico mi último cuento: "Matrimonio". Lo escribí a finales de febrero y por esos días tuve la intención de enviarlo a un concurso de cuentos. Pero luego resultó que la extensión de mi trabajo excedía los límites requeridos en el certamen (sí, como se lee y como se comprenderá, porque este cuento es muy corto) y desistí. De todos modos, el resultado está a la vista y terminó siendo, por la materia de la que trata, un homenaje a mi abuela materna, a quien está dedicado. Lo publico en tartatextual porque, además, debe ser el cuento que más he pasado a amigos y conocidos en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, luego de varias charlas con Valentín Trujillo hace un par de semanas, empezamos a ver que este texto puede ser una versión preliminar de un cuento que necesitaría ser algo más largo... Pero acá va...

a Elcira Devitta

La última vez que mi hermana y su marido estuvieron juntos, fue cuando buscaban un caballo con la cabeza agusanada. Fue en una tarde quieta y helada de julio, cerca de la llegada de la noche y del lado de los cerros que están al norte de Aiguá, por donde se pasa hacia Lavalleja y Rocha. Ese mediodía, después de almorzar, él había estado limpiando el rifle, lo mismo que los dos o tres días anteriores; hasta que mi hermana vio que salía de la casa.
-Ya está. Hoy mismo lo despeno –dijo.
El animal se llamaba Álamo y era un tordillo que un nieto de los mayores les había regalado más o menos en la época en que el último de los hijos se había ido y ellos se quedaron solos; uno con otro. A mi hermana le daba vergüenza cuando algún curioso preguntaba por el nombre del caballo, porque todo el pago sabía de dónde venía ese nombre.
Ese mediodía, ella salió detrás de él casi sin abrigarse y lo encontró pronto en el asiento del acompañante, esperándola con el rifle apoyado en un hombro y apuntando al techo. Toda la vida habían hecho así, toda la vida desde que se habían comprado esa camioneta después que terminó la época de la guerra. Mi hermana veía a su marido sentado en la camioneta, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se subía para llevarlo en las recorridas que tenía que hacer por los campos. Él nunca había aprendido a manejar; y esa manera de esperar por ella era una costumbre más de las que tenían, como cuando ella también se quedaba callada en alguna tarea y entonces él sabía lo que tenía que hacer y se le acercaba en seguida.
-Lo lindo de ver a los bueyes que andan juntos es ver que tiran parejo –decía él de vez en cuando.
Y a mi hermana esa frase le gustaba.
Pero esos días no andaban parejo.
Cuando Álamo se quedó abichado sin remedio, él le abrió la portera como hace alguna gente y lo dejó correr a su antojo hasta que se fue haciendo un punto que no se alejaba más. Mi hermana no le habló más. Y él no sabía qué decirle.
La mañana del último día, recibieron con un peón que monteaba cerca la noticia de que unos niños que iban para la escuela al amanecer habían sido asustados por el tordillo. Uno de esos niños había perdido el control de su montura y se había quebrado una pierna al caer sobre una piedra bocha. El hecho fue en un abra que quedaba a unos cinco kilómetros; pero podía ser difícil dar con el animal porque entre los cerros nunca se sabía.
Al final, el marido nunca pudo llegar a despenar al tordillo. Entrando por el trillo que se formaba en el abra, la camioneta iba dando tumbos. Cuando vio que su marido se volcó hacia delante soltando el rifle, mi hermana pensó que la rueda derecha se había metido en un pozo. Pero no; la camioneta estaba casi horizontal, y a él el corazón le estaba dejando de funcionar.
Cuando estamos solas, algunas veces mi hermana me cuenta todo, cualquier cosa. Y me ha contado todo lo que sintió la tarde en que se le murió su marido, el único hombre que tuvo, y se quedó sola para siempre en los campos donde termina Maldonado. Ella piensa que empezó a gritar apenas lo bajó de la camioneta y lo tendió a un costado del trillo. No se acuerda bien; le parece que los cerros le devolvían muy bajito el pedido de ayuda. Lo que sí se acuerda bien fue cuando él la miró y le dijo:
-No lo mates.
Y entonces se quedó muerto.
Mi hermana fue hasta la parte trasera de la camioneta donde estaban las herramientas y sacó una pala. Volvió hasta donde estaba su marido, levantó la pala apretándola firme y la dejó caer en uno de los guardabarros. Fue entonces que le parecía que oía bien todo. El ruido de la pala al dar contra la chapa golpeó contra los costados de los cerros y volvió, se alejó y regresó otra vez. La pintura de la chapa se levantaba.
* * *
Lo que terminó en matrimonio, había empezado siendo como un divorcio de voluntades. La voluntad de nuestro padre y la voluntad del padre de su marido. Nosotras éramos unas niñas.
Por un tiempo muy corto vivimos en Cebollatí. Nuestro padre había arrendado un campo y había comprado muchas vacas. No sabemos cuántas eran, pero a nosotras nos parecieron muchas.
Teníamos un rancho recién levantado donde nos quedábamos con nuestra madre mirando el campo al atardecer. A esa hora las vacas se juntaban solas cerca del rancho y las mirábamos hasta que la manchas se les agrandaban y llegaban a tocar la noche.
Una semana después de que llegaron las vacas vino a vivir a nuestro rancho un amigo de nuestro padre: era un peón que estaba como él en la vida. El hombre necesitaba trabajo y dejó a su mujer y su hijo esperándolo. Los dos hombres se repartieron las tareas y el tiempo les empezó a dar para cultivar unas parcelas. Cuando ya iban varias semanas desde que el amigo había llegado, mi padre se dio cuenta de que en un tiempo hasta podría arrendar otro campo.
Una tarde había que curar a las vacas. Hacía unos meses, esperando el verano, mi padre había comprado un producto para cuando llegaran las moscas. Nos decía a mi madre y a nosotras dos que si pasábamos el verano no íbamos a volver más al otro pueblo, que nos quedábamos allí y que íbamos a estar bien. Pero aquella tarde él no pudo quedarse a curar las vacas. Tenía que hacer una diligencia hasta un pueblo cercano. Mi hermana y yo nos habíamos metido en un monte y con un palito sacábamos miel de mangangá de un tronco seco. De ahí miramos a nuestro padre mientras le indicaba al amigo la relación entre las cantidades de agua y del producto que había que poner en las bateas antes de rociar a los animales. Desde el monte vimos también cómo el carro con nuestro padre se alejaba mientras el otro hombre iba y volvía del pozo.
Cuando el sol se estaba ocultando rojo y enorme detrás del monte, llegó mi hermana gritando.
Nuestra madre vio lo que estaba pasando y nos hizo entrar en el rancho. Luego trancó la puerta y las ventanas y empezamos a mirar por entre las tablas de las paredes. Al amigo de nuestro padre lo veíamos de espaldas, sentado sobre el tronco cortado de un árbol. Contra el sol, las vacas mugían y corrían a veces chocándose unas con otras. Hasta que, una a una, o de dos en dos, empezaron a caerse.
Cuando quedaban tres o cuatro, apareció en el fondo del camino el carro de nuestro padre. Con las últimas luces, todavía encerrados en el rancho, los tres llegamos a ver cómo, cuando el carro se detuvo, el peón se llegó hasta nuestro padre. No escuchamos nada. Ambos caminaron a paso lento hasta el monte y desaparecieron.
Mi hermana y yo estábamos dormidas cuando nuestro padre regresó. Al peón amigo no lo volvimos a ver.
Pero a las pocas semanas nosotros tampoco estuvimos más allí. Muchas cosas fueron vendidas y con ese dinero volvimos al mismo lugar del que habíamos llegado.
* * *
Algunos años después, una noche de lluvia, mi hermana se casó. Sin embargo, ese mismo día, muy temprano, había desaparecido. Cuando nuestros padres se despertaron antes de que aclarara, mi hermana ya no estaba en la cama. Empezamos a buscarla por todas partes. En las casas de las amigas. En el pueblo. En la iglesia.
Tenía catorce años. Nunca habíamos pensado que iba a querer darnos un susto tan grande como ese. A la tarde ya la estaba buscando la policía; y más o menos en ese momento se supo que un muchacho que vivía más cerca del pueblo también había desaparecido muy temprano.
Ese fue el primer día de la inundación que hubo ese año.
A media tarde el cielo se cerró y parecía casi de noche.
A la policía se había sumado mucha gente del pueblo. Los grupos de los que buscaban a mi hermana y los de los que buscaban al muchacho se mezclaron. A las horas, ya todos estaban revisando los montes y los cerros sabiendo que encontrar a uno solo de los muchachos era encontrarlos a ambos.
Cuando cayeron las primeras gotas nos avisaron que, a muy poco kilómetros, en un campo abierto, habían encontrado al muchacho, pero nada más.
El muchacho tenía diecisiete años.
Al rato encontramos un montón de gente alrededor de un álamo solitario. Pero cuando nos acercamos más nos dimos cuenta de que, más que rodear al álamo, la gente rodeaba a un hombre que tenía empuñada con ambas manos un hacha. Era el padre del muchacho. La madre lloraba a los pies del árbol. Muy a lo alto, sentado en una rama, su hijo miraba el movimiento de la gente. En otra rama, separada del muchacho por el tronco, estaba mi hermana.
-O te bajás o te tiro el árbol abajo, sinvergüenza –gritó el padre.
Entonces un primer hachazo se clavó en el tronco del álamo. Algunos gritaron. Unos pedacitos de la corteza saltaron hacia varios lados.
-Nos bajamos casados, si no, no nos bajamos...
Un segundo hachazo.
Una lluvia rápida, gruesa y áspera comenzó a caer.
Nuestro padre desmontó, se acercó al álamo, miró a su hija y sin decir nada se acercó al padre del muchacho. Se miraron de frente y sin decirse nada, igual que aquella tarde en que las vacas se cayeron muertas y ellos se dejaban de ver en la oscuridad del monte, algunos años atrás.
El hombre apretó con firmeza el hacha y corrió hasta el álamo dándole un último golpe. El árbol tembló, el hacha quedó clavada y mi hermana dio un grito.
El hombre fue aflojando las manos del mango y se dejó resbalar suavemente contra el tronco. La lluvia le pegaba en plena cara.
-Un cura –dijo mi padre.
Un policía salió al galope hasta el pueblo y media hora después, cuando ya era de noche, llegó un cura montando su propio caballo.
Apenas llegó y desmontó, el cura dejó de rezongar al policía y comenzó a hablar en voz alta a la poca gente que llegaba a ver a la luz de unos faroles.
-¿Casar?... ¿A quiénes?...
-A los del árbol, pues... –dijo nuestro padre.
-¡Pero si no se ve nada!
-¡Usted ahora case y después se verá!
Cuando los casaron, mi hermana y su marido bajaron despacio del álamo y cada uno fue a la casa paterna. Los arroyos todavía no habían crecido como iban a crecer a la medianoche y había paso para el pueblo.
* * *
En la tarde quieta y helada en que se murió su marido, mi hermana no se dio cuenta del momento en que llegó toda aquella gente que la rodeaba. El ruido de la pala dando contra el guardabarro fue escuchado al principio por unos monteadores que la encontraron caída junto al cadáver.
La llegada de la noche dejaba ver sólo las formas casi verticales de los que se iban acercando al matrimonio, como si esa inclinación del cerro se fuera erizando igual que el lomo de un animal que sabe que se va a morir.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Feliz cumpleaños, Romina (je, je, je)



Don Carlitos Baudelaire dijo en una época que la condición misma del ser humano era la de debatirse entre dos movimientos, uno ascendente y el otro descendente.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi sobrina Romina (5 años), y fue una ocasión propicia para desarrollar esos dos sentimientos. Primero, al llegar, todo deseos de ascenso. Fui el tío ese que llegó con su novia y con la hija de esta (3 años), el tío que se dedicó a ayudar a todos los compañeritos del jardín a subir a las hamacas y a esperarlos al final del tobogán mientras tragaba empanadas de carne como un animal (no había almorzado) y tomaba Coca-Cola. Fui el tío que se juntó en la canchita de cemento que quedaba al lado del quincho a jugar al fútbol con otros tíos y alguno padres sudorosos, corriendo al sol todavía fuerte de comienzos de otoño. Fui el tío que metió un golazo infamante de pecho, pero también ese tío que quiso fundir de un guascazo a su cuñado (el padre de la cumpleañera) cuando este se puso en el arco, viendo cómo la pelota finalmente se elevaba a cuatro o cinco metros de altura del ángulo derecho, pegaba a unos diez metros de altura en el tronco de un pino y caía en el jardín de un chalet, tras una cerca de alambre y ligustros trabados.
Pero también fui ese otro (je suis l’autre) que recibió de repente, de manos de su hermana (la madre de la niña) una nariz de payaso. Ese otro al que no le bastó sentarse a la mesa cuando cortaban la torta y, con la nariz ya colocada, golpearse histriónicamente con su restante hermano, robando viejos gags de películas mudas y haciendo reír a los niños que cantaban el “quelocumplafeliz”. No. No. ¡No! No bastó ser ese tío (siempre haciendo de payaso) que llevaba en andas a los niños hasta el castillo inflable. ¡No! De pronto era otro. Otro que sentía, sabía el mal que esa nariz podía otorgar. La nariz roja y redonda de payaso es un punto de partida, inaugura un sistema de propuestas y respuestas. Pero si el sistema se rompe en algún punto hasta un niño sabría verlo... (¡je! ¡je! ¡je!...). Estaba descansando, tomando otro vaso más de Coca-Cola cuando me encuentro con el rostro de un niño que me miraba extrañado. Un segundo después entendí que el niño no sabía cómo reaccionar. Yo tenía una nariz de payaso pero estaba serio, era distinto, y el niño estaba esperando una confirmación inquietante o angustiosa o un acto que lo hiciera recaer en la ilusión más reconfortante. Entonces vino el otro, y, con el otro, el mal...
Al principio, a los otros adultos les causaba gracia ver cómo yo corría a tres o cuatro niños alrededor del castillo inflable, los amenaza con mi cara y les golpeaba las caras con un globo. Los niños se reían, pero contenidamente. Y fue entonces que la cosa empezó a gustarme, como quien mira una persona que se va acercando de a poco desde el fondo de una calle. Y todo se hizo un poco más elaborado. Yo me escondía entre los árboles del parque y los sorprendía saltando de improviso y poniendo la misma cara de seriedad y amargura tras la nariz roja. Y los niños corrían, se escondían bajo las mesas. Algunos otros niños, y todos los adultos, comenzaron a mirarme detenidamente, pero para ese momento yo no me daba cuenta, y si me hubiera dado cuenta igual no habría podido parar. Había algo absolutamente placentero en encarnar el mal, disfrazarme del mal o resumir todas las fuerzas oscuras e incontrolables para aquello niños aun en pleno día, aun cuando los adultos de confianza estaba allí (sin hacer nada). Seguía corriendo, gritando, mostrando los dientes rabioso.
El final lo trajo mi hermana cuando vino a decirme que me dejara de joder porque a una niña le había venido un ataque de llanto y pedía que llamaran a su madre para que la fuera a buscar. Me metí la nariz en un bolsillo del pantalón y me fui hasta el sector de las hamacas donde estaban mi novia y su hija. Después me saqué la nariz del bolsillo porque me di cuenta de que quedaba grosera. Más tarde cruzamos varios saludos, até a la parrilla de mi bicicleta cuatro globos (dos rosados y dos violetas) y no fuimos por Avenida Roosevelt.
Ahora escribo esto y veo a la nariz encima de la mesa de luz. Me recuerda un domingo de sol; me recuerda el acecho de un fauno; me recuerda la voz de mi hermana diciéndome que me deje de joder.

martes, 27 de marzo de 2007

Tartatextualeros... ¡¡uníos!!


Luego de algo más de dos meses de ininterrumpida y repetida ausencia, luego de recibir miles de mails (pero no sobre este blog), después de la sorpresa de hallar cierta mañana que un diario de la capital (Montevideo) aparecía una breve columna dedicada a comentar qué es tartatextual; en fin, a partir de todo eso vuelven los días de asiduidad en el blog que ha concitado la atención de varios fernandinos (falta poco para llegar a la media docena).
Para empezar la justificación, si es que vale, de que, debido a que me he separado y me he mudado algunas veces en el verano, no he podido generar la capacidad o la concentración como para dedicarle algunas horas por semana para escribir para el blog. Pero como revisando varios posts anteriores en los que retomo la actividad noto que siempre digo las mismas cosas, las mismas excusas, lo que queda por hacer es escribir y punto.
Desde finales de enero vivo (vuelvo a vivir luego de casi tres años) en el afamado barrio Kennedy, que, pese a estar integrado a la geografía puntaesteña, es un asentamiento de los más discutidos de todo el país. Aquí nací y aquí viví hasta que tuve 23 años, cuando me mudé a Minas. Vivo con mi hermano Franco. En la casa de al lado vive mi padre. El único vecino que tenemos es un hombre que tiene un bar. Del otro lado hay una iglesia cuya capilla con su fondo dan hacia nuestro patio en medio de un tendal de enredaderas frescas que se llenan de flores y se extienden hasta nuestra gran higuera. Nuestro vecino se sienta de tarde cuando casi no hay clientes y matea mirando los autos que pasan por la avenida San Pablo. A veces se levanta, le tira agua hirviendo a algún perro que pasa y le corretea alguno de sus diez gatos. Otras veces le arrima comida o agua al perro que tiene atado a una columna del cableado telefónico. Más de tardecita llega un travesti que creo que debe ser su novio. El travesti es conocido mío y debe tener unos 22 ó 23 años. Llega, se sienta junto al hombre y matean juntos hasta que van llegando algunos hombres y empiezan a hablar y hacerse chanzas en voz alta. Alguno le pellizca una nalga al travesti, este grita para hacerse ver y todos ríen. Entonces hablan de fútbol o política. Pasan de Gregorio Pérez a José Mujica con la más natural de las tranquilidades familiares. No hacen mucho ruido, y cuando lo hacen, cuando se escuchan sus conversaciones o sus puteaditas de mentiras, son siempre potencial material narrativo. Tampoco ponen música. Con esto quiero decir que el hombre no pone cumbias, salvo excepciones difíciles de recordar. Lo único que se escucha en radio es Clarín (para los tangos) y Oriental (para los partidos de fútbol). Yo me acuesto en el sillón y leo, por ejemplo, unos ensayos políticos del siglo XIX uruguayo. Si Franco no viaja a Montevideo para sus clases en la Facultad de Música, se encierra en el baño con su viola para ensayar sus partes en el Concierto Razumovsky Nº 1, de Beethoven.
Seguramente alguno de los lectores del blog debe estar esperando alguna de esas consideraciones sobre libros que yo hacía. Bueno, voy a decir algo que me pasó hace unos días, cuando fui a comprar libros a la feria de Maldonado. Debió haber sido, en materia libresca, lo más fuerte que me pasó en la última quincena. Encontré en un puesto de la feria una caja que contenía, bastante bien conservada, una primera edición de “Los molles”, de Santiago Dosetti. En realidad, eso no es lo tan sorprendente, sino el hecho de que al abrir el libro para (h)ojearlo, encontré casi una docena de pequeñas estampitas pornográficas de los años ’40 o ’50 desperdigadas en varias de sus páginas. Frente a lo que se puede ver hoy en cualquier kiosko con sólo detenerse a mirar las tapas de las revistas argentinas, o lo que se puede ver al prender la tele, las poses y las actitudes de las mujeres de las estampitas me parecieron más maternales y lácteas que pornográficas, algo lleno de una candidez asexuada que llevaba consigo ese sentimiento raro que nos puede llegar al ver a nuestra madre desnuda. Me acuerdo de una estampita colocada en el comienzo del conocido cuento “Sobeo”: una mujer contra una columna sacaba pecho como un caballo rascándose contra un palenque.