viernes, 29 de febrero de 2008

Sleepy time Dam


Sigue lloviendo, hace días que llueve.
Parece que el verano ya nos dejó. Y eso me da un poco de tristeza.
Estos días han sido todos muy parecidos. Luego de alguna de las comidas me viene una pesadez extrema. Miró por la ventana y veo la gente pasando por la calle, con paraguas o con un pilot echado sobre la cabeza. Me siento como el gato Tom en ese capítulo de Tom & Jerry que se llama "Sleepy time Tom". Hace cuatro o cinco días los niños lo estaban mirando en DVD y y me sentí feliz. Tom todo lo que quiere es dormir, ya no le importa Jerry ni lo que diga la negra cascarrabias. La noche anterior salió de parranda con otros gatos y volvió sobre el amanecer. Me acuerdo de alguna vez en que sentía lo mismo cuando era estudiante, o me había pasado toda la noche leyendo o escuchando música o había estado conversando con algún amigo. Al otro día en la clase los párpados se me caían solos. es extraña esa sensación, como si la voluntad de uno se partiera. Está la voluntad que pretende demostrarle cierto interés a los otros, y está la otra más sensual, más entregada al sueño. Me gusta mucho entonces ese pasaje en que Tom baja los párpados y se pinta unos círculos con pintura amarilla encima de ellos. La negra pasa y piensa que Tom, que está parado al lado del agujero de Jerry, está haciendo bien las cosas. Pero el gato ni se entera. De momento el artilugio ha dado resultado. Estaba acostado en la cama viendo esas imágenes cuando me sonreí. Creo que todos en la vida, en algún momento de dificultad, queremos encontrar ese exacto artilugio que haga notar en los demás que estamos en guardia. Es una tentación fuerte. Depende para qué se use, claro está. Los políticos saben de esas cosas un montón.
Pero bueno, el "sleepy time" que viene en estos largos días de lluvia tiene que ver con otras cosas. Es la forma en que uno ve que el mundo pasa por la ventana.
He estado escribiendo mucho y leyendo poco. Llevo unas 45 páginas del primer capítulo de "Nos cagaron a piñas". Y anteayer, casi insospechadamente, escribí un cuento más. Se trata de un cuento muy breve, de menos de dos mil palabras, ambientado en algún lugar del límite entre Lavalleja y Maldonado. La única persona que lo leyó hasta el momento es mi hermano Franco. Me dijo que le pareció muy Morosoli y que el final era lo más flojo. Creo que tiene razón en las dos cosas. Para empezar, el final está un tanto endeble. Anoche lo estuve retocando y va en camino de ser un final más o menos presentable, acorde con lo que lo precede en el argumento. Lo otro en lo que tiene razón es lo de Morosoli. Cada vez que me propongo escribir un cuento breve siento esa pasión por lo elíptico que me viene de Morosoli. Trato de desmarcarme todo lo posible de su "huella", digamos. Pero aparte hay otra cuetión, que es la del campo. El campo (ayer casualmente estuve leyendo algo sobre el campo en el imaginario del uruguayo "medio" [¿existe ese fantasma?]) es una especie de lugar virtual donde se juegan muchas de nuestras pasiones. Digamos que la pleitesía que solemos rendirle al campo viene del hecho de que nuestro país (más allá de que subsista económicamente por él) fue hecho en el campo. En el campo se hizo un país que terminó quedando más al sur, donde hoy es Montevideo. Es parecido a cuando uno iba a la escuela y un problema que se suscitaba en ella era resuelto no allí, sino en un campito a la vuelta. Yo nunca viví en el campo, apenas si he pasado algunos días de mi vida. Pero mi familia, una parte grande de ella, viene de allí, y siento que en el campo se abre un misterio que es muy mío, o que puede ser mío el día en que lo asuma. Algo así ya me había pasado con otro cuento que había publicado en este blog el año pasado, en abril, y que se llama "Matrimonio". Esto también me hace acordar a lo que impugnaban los críticos del '45, diciendo que era poco menos que insustancial aquella narrativa o poesía uruguaya que tenía como motivo el campo y que sin embargo era escrita por gente letrada de la capital que se iba a una estancia un fin de semana y quedaba arrebatada de romanticismo tardío. Uno de los que decía eso era Mario Benedetti. Claro, el tema es que Morosoli se murió, Espínola se murió, Julio C. da Rosa se murió... y el campo dejó de tener una representación honda en nuestra narrativa y hecha por gente que lo conocía desde adentro. Cuando aparece, está filtrado por otras cosas. Es la novela histórica, o es el doblez irónico (Julio César Castro) o el estertor de lo mágico (¿Delgado Aparaín?). ¿Y hoy dónde está el campo desnudo, crudo, realista? ¿Existirá?
Lo que he estado leyendo son cuentos de Hemingway. En la edición que tengo, hay unas palabras de García Márquez al comienzo, y sobre todo unas citas que rescata del escritor norteamericano que me infunden cierto placer y ánimo extra para escribir. "Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, sólo la muerte puede ponerle fin." Estoy escribiendo en la mesa de la cocina de mi casa del barrio 33, por ejemplo, y aparto el libro de Hemingway y lo dejo a un costado. En la tapa hay una foto suya, tomada por John Bryson. Está también en una cocina, sentado a una mesa. Pero en la mesa hay tres cosas. un vaso que es rodeado por los dedos de su mano derecha. Sin embargo, lo principal es un pato muerto. Y al lado del pato un cortaplumas. Hemingway está ya en Idaho y le quedan por delante nada más de un par de años de vida. Pero me mira insistentemente mientras escribo. Pongo un disco de jazz, uno cualquiera, uno de tantos, y Molly, mi gata, viene desde el living, al lado, donde estaba durmiendo sobre un acolchado tirado en el suelo, y se acerca y me roza los pies. Estoy presumiendo que a esta gata el jazz le gusta de veras. A veces algunos músicos la ponen especialmente feliz. Jelly Roll Morton, Fats Waller, por ejemplo. Sigo escribiendo entonces. Levanto la vista y miro por la ventana a través del jardín y veo las casas de algunos vecinos, y más allá el campo en la zona del arroyo Maldonado.

jueves, 21 de febrero de 2008

Messenger II (Puños II: cómo entrenar)

Una buena lagartija

damiano dice:
Nuevas consultas para el Prof. Leonardo Salaberry: Ejercicios Caseros y Potencia
damiano dice:
Hola, tengo 26 años y entreno boxeo hace 3 años como hobby. Durante este tiempo como complemento he hecho fierros y también ejercicios "caseros" (lagartijas, barras, sentadillas, etc.). La pregunta es ¿qué es mejor, los fierros o los ejercicios caseros? TERENCIO
Leo dice:
Los ejercicios caseros, mi viejo...
damiano dice:
(Ja....)
Leo dice:
Los fierros son para maricas...
Leo dice:
Además, es sabido que todos los que van a los gimnasios, tarde o temprano se terminan empernando una mancuerna en el upite...
Leo dice:
Por accidente o lo que sea, y después, casi siempre les gusta y reinciden...
Leo dice:
Y de ahí no hay quien los saque... escuchame bien... el empernamiento accidental o no con mancuerna metálica es un viaje de ida.
Leo dice:
Seguí haciendo lagartijitas en tu casa, y no te me olvides de sacar la lengua onda salamandra que queda remonono.
Leo dice:
Atte, Prof ( R ) Leonardo Salaberry.
Leo dice:
No hay más consultas?
damiano dice:
Sí...
damiano dice:
Yo...
damiano dice:
Profe: hola, leí su artículo sobre pesas, muy bueno pero la consulta que le voy a hacer es que si no tengo aparatos de pesas, ¿qué otro tipo de trabajos puedo hacer para tener potencia? ¿se pueden hacer sin tener eso?, ¿hay ejercicios que se hagan en el suelo o con una barra?, desde ya gracias. FILOMENO
Leo dice:
A ver, a ver...
Leo dice:
Rápido que no ando con tiempo de gilipolleces.
Leo dice:
Para tener potencia, pregunta el pibe... bueno, una forma es ir a la UTE y contratar potencia, 2.500 kw, ponele, por decir algo...
Leo dice:
Ejercicios en el suelo, querés... ah... mirá una cosa, pibe, una cosita nomás...
Leo dice:
Qué te pensás que es el boxeo...? Lucha-grecorromana? Esa con las mallitas bien ajustadas, con calzas, mostrando la poronga bajo el traje satinado...?
Leo dice:
No, pibe, no...
Leo dice:
No es lucha en el lodo tampoco, aunque se ve que te gustaría a vos...
Leo dice:
Acá, en el suelo que esté el otro, ese esl el fin, para eso entrenamos, para que el otro quede seco en la lona... bah, seco-seco no, un poco ensangrentadito...
Leo dice:
Y ahora salí de mi vista, no sé cómo Braulio te dejó entrar a mi gimnasio.
Leo dice:
Braulio, escuchame una cosita... ¿no te dije que paremos la mano con los boludos?
damiano dice:
ESTÁ bien, disculpe maestro.
Leo dice:
Por esta vez pasa.
Leo dice:
Soy misericordioso en mi magnificencia de regente de este cuchitril.

viernes, 15 de febrero de 2008

Puños


Quizás alguien ya lo dijo o lo escribió. Pero el asunto es que el hecho de escribir es casi ezquizofrenia. Uno pasa por una calle pensando en ciertas cosas y ve esas ciertas cosas en cada hecho mínimo, aislándolo de su situación original y reaprovechándolo. Una especie de ready-made, eso es para uno la realidad cuando se escribe. Entonces, el chiflido que un hombre da de una vereda a otra se transforma en el final de la trampa para un personaje. Pero puede pasar algo más, que es cuando las cosas empiezan a suceder. Y eso me pasa a mí, o me pasó ayer cuando más lo necesitaba. Me pasaron cosas. Ayer a la mañana estaba un tanto complicado con una parte de "Nos cagaron a piñas", es decir, cómo hacía yo para unir una parte con otra y para que el personaje supiera contarlo. Algo así. A eso de las cuatro de la tarde me había encontrado con mi padre en la Avenida Roosevelt, y de ahí me fui hacia el centro. Generalmente paso por un callejón detrás de un edificio y sigo hasta Sarandí para doblar a la izquierda. Pero ayer, no sé por qué, doblé dos cuadras antes, en Dodera. A la altura de la UTU veo tres chicos pegando afiches en una columna de alumbrado público. La única palabra que pude distinguir del afiche fue "BOXEO". Frené y di la vuelta. Eran tres chicos de no más de catorce años. Pegaban afiches anunciando unas peleas para hoy, cuatro combates de exhibición más una pelea internacional de fondo entre un salteño y un argentino. Le pregunté al chico que hablaba más si él boxeaba y me dijo que sí, pero que esta noche no iba a pelear porque no había entrenado bien. Le miré la nariz y traté de ver si tenía marcas de golpes, porque la nariz de un boxeador es muy importante para mí en estos días. Fue una sensación muy confusa. Vi muchas cosas más, vi la carne de todo el asunto sobre el que estoy escribiendo, y hoy espero ver más. Jamás fui a ver una pelea. De hecho, ¿cuánto hará que no hay en Maldonado un espectáculo público de estas características?... mucho tiempo... Y ahora esto, para mí... Llegué a casa y me di cuenta de que era más claro ese puente que quería hacer entre dos pasajes de mi historia, sólo me faltaba el estímulo, y para que este llegara precisaba a su vez que me pasaran y que me pasen ese tipo de cosas. A la noche empecé a escribir, pero justo nació el hijo de una amiga de V. y tuvimos que salir hacia el sanatorio, comprar pañales, bombones, esas cositas. En el sanatorio se estaba hablando mucho de un hombre que había llegado en emergencia del campo tras habérsele caído encima un caballo. Me acordé levemente del cuento de Valentín que hay en "Jaula de costillas": "Amor en febrero"... Febrero... El mes es un poco más corto, cuando ya de por sí el verano me parece corto. Los hechos se suceden rápidos, pegados entre sí sin distinción, y yo voy corriendo tras ellos hasta que el otoño me devuelva a otro lugar de mi ánimo. Como decimos con un amigo: "¡Aguante la ficción!"...

lunes, 11 de febrero de 2008

"El mejor juego posible"

Debo esta entrevista a la amabilidad de Pedro Peña, quien me la realizó para TALÓN DE ULISES, el suplemento cultural que él dirige en el diario Primera Hora de San José. Debido a su extensión salió en dos partes en el pasado mes de enero. Incluso Pedro tuvo que retirarle una pregunta y editar algunas respuestas porque era más extensa. Como ahora está de moda eso de que cuando algo aparece de nuevo aparezca con una especie de "bonus track", acá va la entrevista (previo permiso al editor) tal como la envié... Una especie de versión extendida, digamos. La foto también es la misma que salió en la primera entrega. Además, decidí dejarle el nombre con el que Pedro tituló la entrevista, que es el nombre que lleva este post. La segunda parte, dicho sea de paso, tenía un título que, yo no me acordaba ya, está extraído de una de mis respuestas: "No puedo dejar de ver nuestra narrativa como algo monocorde". Por supuesto que me refiero a la narrativa uruguaya actual, o a gran parte de la misma. Ahora que lo releo suena medio patotero, pero bueno... supongo que por algo sentí necesario responder así en ese momento. Va la entrevista...

por Pedro Peña

¿Qué es la literatura para vos?
En este instante me gustaría que fuera mía la definición que da Stephen King en el comienzo de "Mientras escribo". Porque allí dice que la literatura es telepatía. Pero yo tengo ganas de decir que a mí la literatura me parece magia. Sé que puede sonar poco previsible o poco original una respuesta de ese tipo, pero en realidad creo que la actividad literaria, el escribir o el leer, dependiendo de qué lado del mostrador uno se ponga, no se diferencia mucho de aquello que nosotros consideramos como magia. Porque, ¿qué es, radicalmente, la literatura, si se lo tuviéramos que explicar a un niño? Y bueno, digamos que por lo menos es un montón de manchitas de varias formas sobre un papel, y que cuando la gente se fija en eso se hace "la película", como dicen los adolescentes. Allí, en el papel que uno tiene en frente cuando lee, hay un montaje, una puesta en escena, una pura ilusión, y la gente proyecta sobre todo eso sus expectativas, temores, deseos, etcétera. Aparte, es necesario creer. Si voy a ver a un mago y no me creo nada de lo que hace, si me parece trucho, me voy porque no me ilusiona. Bueno, con los libros pasa lo mismo. Uno tiene que creer, y si no, no pasa nada; entonces la literatura no sucede, no ocurre. Y es así porque la literatura es algo personal. A veces, por ejemplo, me conmueven los esfuerzos de la teoría literaria por desentrañar qué es la literatura, pero en el fondo, la cuestión va a ser siempre íntima. El misterio de la literatura, o ella misma, va a ser eso: el hecho de que a alguien una obra no le mueva un pelo, mientras que al de al lado ya no le quedan pelos de arrancárselos debido a la emoción que está viviendo. Creo que ahora se me pueden empezar a ocurrir algunas preguntas como para complicar más lo que estoy diciendo, pero de última, el estatuto de la literatura no es algo que me esté replanteando todo el tiempo: simplemente escribo y leo, como mucha gente, en base a un recorrido que me es dictado por los intereses o las emociones de turno. Y tampoco es que los magos me gusten mucho. Si miro tele y ponen algún espectáculo de magia, seguro que cambio de canal. Más bien esas cosas me aburren; por eso quiero que lo de la magia se entienda sobre todo en un sentido más primitivo. Otra cosa que quiero decir de la literatura es que, para mí, es un lugar. Si bien me parece importante y he hecho de ella uno de los puntos en los que se apoya mi vida, también tengo que decir que no lo es todo. Porque obviamente está la vida, que es otra cosa. En la vida están las cosas más importantes. Así que la literatura se transforma en un lugar al que puedo ir, una especie de "vientre de la ballena" o un espacio de meditación mientras el mundo sigue esperando allí afuera. Es como cuando uno era chico y se enojaba con sus padres o se peleaba con otros niños y entonces se iba corriendo a una parte del patio que quedaba oculta tras un montón cachivaches. Algo así.
¿Cuándo fue que decidiste dedicarte a escribir?
De niño yo quería llegar a dedicarme a dos cosas. La primera tenía que ver con la zoología. Más tarde supe que la rama de la zoología que más me hubiera interesado era la entomología, la rama que se dedica al estudio de los insectos. En la época de la escuela yo tenía una libretita donde dibujaba los insectos que veía tanto en mi casa como en un monte que quedaba en frente, y anotaba debajo de cada dibujo observaciones acerca de las conductas de esos animales. La segunda cosa a la que me quería dedicar ya estaba presente también en esas libretitas, y era contar historias. Si miro más detenidamente hacia los recuerdos de mi infancia me veo a mí mismo sabiendo que siempre iba a estar tratando de inventar historias. Las escribía o se las contaba a mis compañeros de clase, que se las creían de la misma manera en que yo me creía las mentiras que ellos contaban. Porque yo era bastante ingenuo y crédulo. En realidad, creo que hoy en día sigo siéndolo, y que eso puede ser tanto un defecto como una virtud. La cuestión es que llegó un día en el que en la escuela dijeron que iba a aparecer una revista y pidieron que alguien se animara a escribir un cuento. Yo escribí un relato que hasta el día de hoy me causa gracia, porque no sé si al momento de escribirlo era consciente de lo disparatado que era. Se trataba de un tipo que estaba aburrido en la casa y salía de Maldonado con un perro y una escopeta rumbo a África para cazar un tití pigmeo, para cazarlo a balazos, una cosa que si uno se pone a pensar en las proporciones debe ser como querer matar a un hombre golpeándolo con una heladera. Bueno, el cuento se publicó, las maestras me dijeron algunas cosas elogiosas, mi madre se puso contenta, etcétera... Cuando salió el segundo y último número de esa revista yo ya tenía pronta mi siguiente entrega. Recuerdo que entonces una maestra me dijo que el mío no iba a salir, que iba a salir el cuento de otro niño. Me puse furioso y rompí mi cuento. Fue un berretín, pero a mí me parece que yo ya tenía esa idea fija, la de escribir, la de saber que mis textos no estaban completos hasta que no llegaban a alguien. A diferencia de la mayoría de los niños y los adolescentes, yo no tenía ninguna vergüenza de que se leyeran las cosas que escribía. Pero a lo que quiero llegar es que recuerdo estar sentado y tener el sentimiento claro y contundente de que siempre iba a estar escribiendo, de que eso no se acababa más. Así que por eso digo que no hubo un momento preciso en el que decidí escribir. Simplemente las cosas iban de ese modo. A todo esto hay que sumarle lo que yo experimenté en todo momento que escribía: placer. Un placer que no se deterioraba cuando una profesora de Idioma Español en segundo del liceo me tiró casi en la cara, y sin leer ni un renglón, un cuento de casi treinta páginas y con dos partes, la primera ambientada en Tanzania y la segunda en Rusia. El argumento de la docente fue que ella había pedido de tarea domiciliaria un cuento, no eso. Bueno, "eso" era lo que yo había pasado escribiendo dos noches seguidas en un estado febril y emocionado. Tenía trece años. Mi madre sacó plata de un monedero y me compró unas hojas de esas de escrito. La frustración que sentí luego de esa clase no pudo deteriorar lo que yo sentía. Yo sentía un impulso, algo parecido al síntoma de una enfermedad. Además, yo pasé una infancia y una adolescencia con muchas privaciones. No tenía casi juguetes, no tenía muchas cosas que muchos otros tenían. Pero cuando me encerraba en mi cuarto y escribía yo sentía que no podía ser más feliz, porque aquello era el mejor juego posible. Por eso digo que quizás el mejor regalo, o el regalo más determinante que me hicieron en la vida fue un pequeño diccionario de bolsillo que mis padres pudieron comprar cuando cumplí ocho años. Era increíble. Me parecía mentira que yo pudiera tener uno. Como todo niño obviamente busqué a escondidas palabras como "puto" o "culo", pero después de eso me leí toda la letra A.
¿Con qué otras actividades coexiste la escritura?
Por esta época reparto el tiempo entre la escritura, la lectura, nadar en el mar con mi novia o con mi hermano, andar en bicicleta y hacer algunos ajustes luego de mi reciente mudanza, como subirme a algunos árboles y podarlos o conseguir a alguien que me pueda pintar la casa. Cosas comunes y corrientes.
Muchas veces, en tu blog, repetís el concepto de diversión asociado a la labor artística (la literatura, la música). ¿El arte es sólo lo que divierte?
Por supuesto que no. En mi blog, cuando menciono esa idea, hablo de mi propia experiencia, como dije hace un momento. A mí escribir me genera placer, diversión. Hay veces en las que paro de escribir y me río de alguna cosa que se me ocurre, me levanto de la silla, doy unas vueltas por la casa y me vuelvo a sentar. Sin embargo, creo que lo de la diversión no es algo que se produzca instantáneamente, porque antes tiene que haber algunas cosas que estén definidas. Voy a poner un ejemplo cercano, que es el de mi hermano. Él es músico, toca la viola y siempre ha preferido la música de cámara a la orquestal. Quienes conviven con un músico saben que es todo un esfuerzo preparar la interpretación de una obra y que, también, ese trabajo puede ser un verdadero fastidio para el resto de la gente de la casa. Una cosa es escuchar un cuarteto de Haydn, pero otra cosa es tener a tu hermano comenzando y recomenzando una frase de ese cuarteto hasta dar con la forma adecuada en la sucesión de las notas. Eso cuesta mucho, pero hasta que eso no está definido no puede pasar lo que sigue. De hecho, mi hermano suele enojarse bastante cuando algo no le sale; pero después, al tocar en público, lo veo divertirse, cruzar alguna que otra mirada con uno de los violinistas sabiendo que está gozando, sintiendo que todo encaja. Para mí, en la escritura hay algo similar. Pensar en un problema y en la solución para ese problema puede llevar horas, pero cuando escribo el camino se allana y no puedo evitar ponerme feliz o satisfecho, porque, como dije, me encanta escribir, aunque a veces escriba sobre cosas tristes. Claro está que no quiero dejar de lado que la escritura también tiene que ver con otros procesos, distintos a la diversión. ¿Cómo desconocer y no entender el dolor? Todos, en algún momento de la vida, tenemos nuestra "temporada en el infierno", en mayor o menor medida. A todos nos alcanza el dolor del mundo. Como los judíos, escribiendo a pesar de y por la Shoah, o como James Ellroy, escribiendo de forma insufrible sobre una actriz que fue violada y descuartizada, tal como le pasó a su propia madre.
Carpentier manejaba la idea de que el escritor debía también dominar las nociones básicas de alguna otra manifestación creativa, pues eso le afinaría la sensibilidad estética. En tu caso, ¿cómo es la relación entre la música y la escritura?
Antes que nada tengo que decir que temo dejar en mi blog, cuando hablo de música, la idea equívoca de que soy un músico aficionado. Es un error. El músico de la familia es mi hermano. Yo, a lo sumo, soy un melómano, o algo similar. A veces agarro la guitarra, armo con tres o cuatro acordes una canción que canto desafinado sin darme cuenta, cierro los ojos y digo "¡Oh, sí! Soy George Harrison...". Luego viene mi hermano, me palmea el hombro y me dice: "Tranquiliza esos nervios". O mi novia: "Se te enfría el café con leche". Por eso no puedo hablar de que en lo que escribo haya correspondencias con nociones musicales, como cuando se dice de algunos pasajes de "Rayuela" que tienen recursos jazzísticos.. Me parece que no... Quizás en un género como la poesía pueda notarse en mayor medida. De todos modos, cada rama del arte tiene su propia sustancia, su propia lógica, y creo que desplazar recursos o aspectos de un campo a otro es algo que debe hacerse con demasiado cuidado, porque uno puede caer presa de las incompatibilidades. Es cierto que si uno mira, por poner un caso, la pintura y la literatura barrocas, encuentra correspondencias en los recursos que utilizan, pero eso se debe al espíritu de un tiempo. Hacer algo por el estilo de forma deliberada es peligroso. En cuanto a mi narrativa, no persigo ninguna emulación de recursos musicales de forma decidida, aunque el armado de la frase debe demostrar siempre un cierto "oído" que haga que se pueda pasar de una frase a la otra con naturalidad y no con esfuerzo, lo cual, como sabemos, bloquea la atención del lector. Creo que el caso más notable que me ha tocado leer es el de la prosa de "Cien años de soledad". La concatenación de sus frases me parece una proeza en nuestra lengua.
Hablemos concretamente de tus trabajos más recientes. Entre ellos se cuenta la novela "Los trabajos del amor", que aparece por entregas en tu blog. ¿Cómo surge la idea de una novela de esas características?
Primero que nada hay que aclarar que "Los trabajos del amor" empezó a ser publicada en la revista La Letra Breve entre agosto y diciembre de 2006. Cuando La Letra Breve dejó de salir tuve la idea de continuar la novela en mi blog, publicándola desde el primer capítulo. En principio, la historia surgió en una noche en que iba en bicicleta con mi hermano hasta el barrio Kennedy (el lugar donde me crié). Era una noche de invierno, y atravesábamos unos bosques cerrados y oscuros. Para reírnos un poco nos pusimos a contar anécdotas graciosas sobre malandros, cosas que escuchábamos en el barrio. Entonces salió la primera idea para "Los trabajos del amor". La idea de dos tipos que tienen el encargo de transportar un cadáver. Eso fue en julio de 2006 y yo estaba viviendo del lado de Maldonado. Así que cuando regresé a mi casa estuve hasta bien entrada la madrugada haciendo notas para trabajar la historia. Al comienzo pensé que era un cuento. Yo había publicado en los dos meses previos en La Letra Breve "El clavo en la cruz", un relato que había aparecido en dos entregas. Esa forma de hacer llegar un texto al público me había interesado. Sobre todo la expectativa que se había generado en muchos lectores acerca de lo que iba a hacer el protagonista, porque al final de la primera entrega yo lo había dejado en una encrucijada. Por lo tanto, eso me había entusiasmado de tal forma que me imaginé que "Los trabajos del amor" podía ser otra oportunidad de vivir una experiencia similar. Le escribí a Leonardo Cabrera, el editor de la revista, diciéndole que tenía otro cuento para publicar en un par de entregas, y la idea le gustó. Pero ocurrió que una tarde, unos días antes de enviar la primera de las entregas, salí a caminar por la playa con Valentín Trujillo y le conté el argumento total de "Los trabajos del amor". Me dijo algo que quizás yo no había querido aceptar. Que eso no era un cuento, era una novela. Y tenía razón. Cuando envié la segunda entrega ya era obvio que había muchas cosas por cerrar en la historia, y que una tercera parte iba a ser insuficiente. Entonces le dije a Leonardo que eso era una novela. Casi se tomó el primer ómnibus que salía a Maldonado para estrangularme. Fue muy cómico. Aunque lo cierto es que la idea le encantó y le deparó también ciertos desafíos como editor, desafíos que tomó de buena gana. Si uno se fija en las tapas de esos números, se puede dar cuenta de que "Los trabajos..." pasa de ser anunciado como cuento a ser anunciado como novela. Entonces emepezaron a pasarme cosas muy emotivas. Pero la principal fue estar disfrutando de ese modo de escritura que se extendió sobre todo en el siglo XIX, y me refiero básicamente a una relación entre el autor y el lector que termina influyendo decisivamente en la misma construcción del relato. Dickens, Tolstoi y Dumas, que son escritores que me apasionan, publicaron novelas por entregas e hicieron patente un vínculo con el público que llega a ser muy especial, ya que el autor está prácticamente mostrando la obra en el tiempo real de escritura. Eso tiene tantos encantos como riesgos. El mayor de los encantos está vinculado con lo que los lectores suponen que va a suceder, porque a quien escribe, esas opiniones le permiten conocer lo que sería el ingenio o la sabiduría popular para el relato, que es la manera que tenemos de articular la realidad. Todos tenemos, seamos personas dedicadas a la literatura o no, una noción de relato, en el sentido de que esa noción nos permite tener determinadas expectativas acerca de lo que nos va a pasar; es algo genético. "Los trabajos del amor" surgió, por lo tanto, mediante la puesta en práctica de un procedimiento específico derivado del hecho de que es publicada por entregas. Ese procedimiento consiste en tener en cuenta las reacciones de los lectores, de tal modo que el curso de la narración pueda estar supeditado a las mismas. Y eso ha sido así, efectivamente. Algunas apariciones o reacciones de los personajes las he tomado o creado a partir de cosas que me plantearon algunos lectores. Hace poco tiempo Leonardo de León, que también fue colaborador de La Letra Breve, me escribió en un mail que para él el Toto va a matar a Morales. Quizás decir esto sea una infidencia. Leonardo me lo dice al término del décimo capítulo, y la verdad es que no sé qué pensar de esa especulación. La tengo en cuenta, la guardo, la estudio, pero el caso es que siempre va a estar regida por algunos aspectos que de todos modos son inamovibles, y que tienen que ver con el final de la historia.
Los personajes, particularmente el Toto y Morales, son básicamente impredecibles, y el fluir de los hechos que tienen lugar en la novela es avasallante. Supongo que uno de los riesgos a la hora de escribirla tienen que ver con la incongruencia. ¿Cuál es el proceso de escritura de cada capítulo?
A las consideraciones de los lectores que tenga en cuenta o no, tengo que sumar en el proceso de armado de cada capítulo un par de cosas. Antes que nada una estricta coherencia con ciertas tensiones o cosas pendientes que se generaron en los capítulos anteriores. Porque cada capítulo nuevo tiene que ser solidario con los previos. Otra cosa que nunca quiero descuidar es, como decís, el carácter sorpresivo de los hechos, eso de que el lector no pueda asegurar con contundencia qué va a pasar, por más que muchos ya saben cuál es el final que les espera al Toto y a Morales. Pero lo que yo me propongo es que en cada nuevo capítulo pase algo nuevo, algo que no esté dentro del horizonte de expectativa generado por el capítulo precedente y que, al mismo tiempo, sea coherente con todo el conjunto. Es difícil, sí. Muchas veces he estado al borde de la incongruencia, si no es que en algún pasaje caí en ella. En cuanto a algo específico como lo imprevisible de las acciones del Toto y Morales, debo reconocer que son personajes que suelen ser contradictorios o, mejor dicho, poco consecuentes. Y eso es algo que he hecho a conciencia. Lo de las conductas de los personajes en el género novelístico ya pasa a ser todo un tema. Hace unos días leía una entrevista a Julian Barnes en LA NACIÓN. Barnes decía que, a la luz de los nuevos descubrimientos en neuro-psicología que están haciendo tambalear lo que pensábamos acerca la conducta humana, la novela por venir iba a tener que ponerse a la altura de esas revelaciones al momento de presentar sus personajes, porque cabe la pregunta de si un individuo puede ser reducido a un patrón uniforme. La preocupación no es nueva, pero parece que se acentúa cada vez más. Leyendo esa entrevista fue que me acordé de estos amigos nuestros que tienen que llevar un cadáver, porque yo creo que para algunos lectores son algo así como entrañables, cuando en sí no hay que olvidar que son dos verdaderos hijos de puta. Otra cosa que no dejo de tener en cuenta cuando escribo un capítulo es el final del mismo, para que funcione como puente al siguiente, manteniendo la tensión en la lectura. Lo que pasa es que para algunos eso es insoportable. Tengo amigos que se han disculpado diciéndome que no piensan leer un solo capítulo hasta que la novela tenga el punto final, porque sencillamente no aguantan la duda o la espera. Mientras tanto almacenan cada capítulo puntillosamente, aguardando la publicación del último. Eso es gracioso, ¿no?...
A través del humor presente en la novela, de determinados giros inesperados, incluso del lenguaje, es posible encontrar un cierto aire de picaresca española. Pienso, por ejemplo, en "Rinconete y Cortadillo". ¿Qué influencias reconocés a la hora de analizar tu trabajo?
Lo de la picaresca puede ser. De hecho, mencionás una de las Novelas Ejemplares de Cervantes que a mí más me gusta, junto con "El coloquio de los perros". En algún instante, de hecho, escribiendo "Los trabajos..." me acordé de algunas cosas de "Rinconete y Cortadillo", pero la leí hace muchos años y no la recuerdo toda. Si entendemos por picaresca un género en el que prevalece la noción de abrirse paso en el mundo orillando o directamente franqueando los límites de la ley y la moral, ya sea para ganarse el pan como para asegurarse una cierta comodidad de vida, agregando lo jocoso, entonces "Los trabajos..." puede tener que ver, aunque más no sea ligeramente, con eso. Siguiendo con las influencias, un amigo me apuntó que algo le hacía acordarse a Jules y Vincent, dos de los personajes principales de la película "Pulp-fiction", de Tarantino. Y puede ser, porque es una de mis películas favoritas. Hubo un tiempo en que tenía una copia en DVD, y hasta la colocaba cuando me iba a la cocina a lavar los platos, sintiendo los diálogos solamente. Así que como quien no quiere la cosa creo que tuve que haberla visto más de treinta veces. Otra cosa, los diálogos me parecen el principal prodigio de esa película. Porque, ¿a quién le importan las banalidades que Jules y Vincent comentan acerca de la droga en Holanda o acerca de los masajes de pies? Pero cómo quedamos enganchados de esas palabras, como si fueran las buenas nuevas. Lograr eso es dificilísimo, y Tarantino lo hizo. Siguiendo con el cine, creo que habría otro ejemplo de supuesta influencia o afinidad. Es la película "Bajo el peso de la ley", de Jim Jarmusch. Hace un par de semanas volví a verla y al otro día ya estaba con el frenesí de querer seguir escribiendo. Lo que pasa es que siempre me pareció afín con la atmósfera de "Los trabajos..." la visión que se muestra de la noche y de los problemas con la ley en esa película. Sin embargo, por sobre todas estas supuestas influncias, creo que hay que rastrear la principal en la vida misma, en las cosas que viví o que he sentido que otros han vivido. No es que haya hecho una copia fotográfica, pero cuando pienso en "Los trabajos del amor" pienso que sus hechos formen parte de una realidad que he frecuentado de algún u otro modo. No hay mucho misterio en decir que viví veinticuatro de mis veintisiete años en un asentamiento, el "famoso" barrio Kennedy, de Punta del Este. Es obvio que escribo sobre cosas que he conocido, que podría haber conocido o que voy a conocer. Voy a contar una anécdota... Hace un tiempo alguien me dijo que era una exageración o un error de apreciación el hecho de que a un personaje le llamaran "Cara con semen". Sobre todo porque quienes lo llamaban así eran el Toto y Morales, personajes que, por su procedencia social, utilizarían la palabra "leche" antes que la palabra "semen". Bueno, queridos amigos, tengo algo para contarles: "Cara con semen" existió. Cuando yo era niño había un hombre al que le decían así, vaya uno a saber por qué, y los que lo llamaban de esa manera no eran egresados de la carrera de filología, sino los caddies del club de golf que queda al lado de mi casa. Lo que sucede es que hay que tener mucho cuidado, porque si uno subestima la realidad se le cruzan todos los cables. Yo conocí delincuentes, malandros o como se los quiera llamar que sabían poemas de Benedetti de memoria. Me acuerdo de uno que era fanático de "El conde de Montecristo", de Dumas, y otro que solamente leía la novela "Papillón", una y otra vez, la terminaba y al otro día la comenzaba una vez más.
Hoy por hoy el Toto y Morales están metidos en un problema bastante serio. Cualquier error les puede costar caro. ¿Qué podemos esperar para el final?
¿Puedo prometer algo?... No sé... Cuando esta entrevista se publique es probable que me vaya a arrepentir de esto que voy a decir... Así que acá va... Dejen toda esperanza...
¿Qué reflexión te merece la literatura uruguaya actual?
¿Qué querés decir con "literatura uruguaya actual"? Yo por eso entiendo "literatura montevideana". Y mi reflexión es que me parece bastante triste. Aunque en realidad me parece que en mi caso tengo que sustituir la palabra "literatura" por "narrativa", que es lo que más sigo. Generalmente no suelo estar al tanto de qué se está publicando en poesía en este país como sí lo estoy de la narrativa, al menos por esta época. En cuanto a la dramaturgia, lamentablemente, menos que menos. Así que hablemos de narrativa para volver a decir que me parece "bastante triste". Hay narradores que me gustan, que respeto y que sigo, como Lissardi, Fornaro, Carlos Mª Domínguez o Henry Trujillo, quizás Juan Carlos Mondragón. Pero en general siento que hay cierta falta de fuerza en la narrativa y una cierta repetición en los enfoques o los procedimientos. No puedo dejar de ver nuestra narrativa como algo monocorde. Además, a todo esto hay que sumar el factor crítica. Uno lee los suplementos culturales montevideanos y en seguida nota entre líneas las rencillas provincianas de aquel lado, los favores, los compromisos adquiridos. Eso da como resultado un ambiente en el que la discusión se hace difícil. En estas últimas dos semanas las notas de Ignacio Bajter y de Roberto Echavarren aparecidas en BRECHA, a partir de una novela de Ercole Lissardi, dan la pauta de toda la tierra que estaba escondida debajo de la alfombra. Entonces esa disusión me pareció valiosa. Hay que recordar también el tema de los "levreristas", los seguidores de Levrero que llevan a cabo una especie de apostolado publicando libros que son una falsa sombra de la obra del maestro. La muerte de Levrero, entendida como la clausura del crecimiento de su obra, trajo consigo un rompecabezas que las nuevas generaciones tienen que armar, porque cierto tipo de relato se agotó con el autor de "La novela luminosa". Y me estaba olvidando de la narrativa que revisa el último proceso dictatorial, que es poco generosa con el lector, ya que se deshace en otros cometidos que dejan lo literario por el camino. La novela sobre la dictadura que a mí me parece una obra maestra, y que debe ser insuperable en cuanto al abordaje de ese tema en nuestras letras, es la novela "Las ventanas del silencio", de Amílcar Leis Márquez. Pero estamos hablando de un libro que debe ser de 1983, creo. Por eso digo que la actual narrativa uruguaya, con las excepciones que hice, me parece aburrida, poco original. Me parece que esa abstracción llamada "literatura uruguaya actual" en algún momento va a tener que reventar, es preciso que así sea. O saltar por los aires, a ver qué baja...
Cinco libros que te gustaría recomendar a los lectores de T. de U. ...
Bueno, van cinco libros que se me ocurren ahora, sin ningún propósito canónico ni nada de eso. Son obras que se me vienen a la cabeza en este instante, como mañana pueden venírseme cinco distintas... De todos modos, son libros que yo aprecio considerablemente. La balada del café triste, de Carson Mc Cullers; La costurera y el viento, de César Aira; "Confesiones", de San Agustín; "Los viajes de Gulliver", de Jonathan Swift, y "Naufragios", de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Ctrl-Z


Bueno, ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí!... Anteayer llegó a pasar unos días el amigo con el que estoy escribiendo la novela a medias. Yo ya había terminado de escribir el capítulo IX en los días anteriores, y, como dije, hace unos días acá en el blog, me dediqué a escribir en un cuaderno verde "Nos cagaron a piñas". Yo tenía como tres comienzos distintos para ese relato, y por eso no podía empezar a escribirlo el 1º de febrero, como había querido. Tuve que esperar a tener ciertas revelaciones, como estar en la playa Brava en una tarde en que se vino una tormenta y los rayos caían con toda su fuerza a la altura de la Isla de Lobos, y regresar a Maldonado y encontrarme con que V. me trajo un libro de Arthur Conan Doyle. Fue un libro que de algún modo me marcó un rumbo, porque aparte tenía que ver con lo que yo iba a escribir (más bien el tema). Así que empecé con media docena de páginas en el cuaderno encontrando la voz del narrador. Al otro día me crucé en la calle con Mauricio E. Pagola (un ex-Iscariote), y cuando le dije qué estaba leyendo, me respondió: "Siempre lunático, vos... Se ve que te encantan los ingleses... Monty Python, los Beatles... Todos lunáticos...". Viniendo de Mauricio, el término "lunático" es algo más que una palabra al vuelo, así que me gustó mucho eso que dijo. Hacía años que no leía a Conan Doyle, y la verdad es que no me acordaba que fuera tan extravagante. Este libro que leí, que no es de la saga de Sherlock Holmes, me hizo reír y asombrarme mucho. Me parece que estoy en una época en que vuelvo a los ingleses. Hace un rato, acá en el Kennedy, estaba buscando algo para leer entre mis libros (los libros que todavía no me he llevado a mi casa) y saqué "The veil painted", de William Somerset Maugham, un escritor al que yo había leído creo hace cuatro veranos y me dejó sorprendido. El título era "The vessel of wrath"; lo leí en español, pero no me acuerdo de cómo era la traducción del título. Bueno, ahí había un retrato de un personaje holandés, una especie de cónsul de una colonia en el Pacífico a fines de siglo XIX. No me olvido más de la cara de ese holandés desquiciado. Lo más parecido a Humpty-Dumpty que me acuerdo. Mi amigo mientras tanto escribe sobre una mesa de planchar, al lado del baño, en mi computadora, un relato que comenzó anoche. Dice que se acostó a las cinco de la mañana. Yo llegué al Kennedy al mediodía y lo hallé durmiendo. Ayer, por ejemplo, en el mismo lugar, en la tranquilidad de la tarde luego de volver de la playa, se puso a revisar el capítulo que yo había escrito para nuestra novela, y discutimos un par de cosas interesantes y sacamos algunos pasajes para aligerar un poco la narración. Todo muy productivo. Este amigo, que por una razón de comodidad y para reservar su identidad, llamaremos LAC, tiene una teoría interesante, o más bien un deseo interesante. En la primera de las noches que pasó acá, mientras cenábamos, aclaró para los que no sabían que trabajaba de diseñador gráfico, y que había un comando que le permitía en algunos programa (o en uno, no recuerdo bien) deshacer todo lo hecho noventa y nueve pasos atrás. Es "Ctrl-Z". Entonces dijo que hay momentos en la vida de uno en que se desearía aplicarle el Ctrl-Z a la misma vida. Pero nada solemne en los ejemplos, sino situaciones graciosas. Así que de sobre mesa todos nos pusimos a pensar en los momentos más Ctrl-Z de nuestras existencias. El narrador de "Nos cagaron a piñas", sin embargo, ya resolvió desde el principio que el "Ctrl-Z" puede ser algo a la mano para analizar su vida pasada, pero no, él se la banca y va a contar todo lo que le pasó en otra parte del mundo sin pelos en la lengua. Además, eso mismo lo llevó a una historia de amor, porque creo que en el fondo "Nos cagaron a piñas" es una historia de amor. El hecho es que leyendo este libro de Conan Doyle, que es "Relatos del cuadrilátero", me pasó otra vez eso de las conexiones. Yo había dudado en el comienzo del realto acerca de determinadas conclusiones a las que podía arribar el protagonista después de ciertas experiencias, pero igual lo escribí como forzándome. Al otro día, leyendo uno de los cuentos de Conan Doyle, encontré una frase bastante similar aplicada a la misma situación, algo como la misma idea afirmada de otro modo. Así que eso fue otra piedrita más para cruzar el estanque. ¡¡Ah!! Me olvidaba de algo sobre lo que leí y escuché mucho tiempo, pero que nunca había visto, que es la pelea en que Archie Moore dejó el título a manos (a puños) de Cassius Clay. Bueno, como www.youtube.com es el aleph, ahora podemos ver cualquier cosa que se nos ocurra, y encontré este video (http://youtube.com/watch?v=qk6empXU4EA) en el que, sorteando el audio en japonés, se puede observar la pelea. Son siete minutos que valen la pena. Cuando uno ve entrar a Clay al ring de inmediato intuye que se lo come a Moore. Moore, además, mientras se agacha para quedar en guardia, queda con unos rollitos en la panza a la vista. Clay es todo un atleta. Parecen dos épocas distintas golpeándose por la supremacía de los tiempos. Le hablo de eso a LAC saliendo de un supermercado en la Cachimba del Rey la noche en que llegó, rumbo al Kennedy. Me recuerda un cuento sobre boxeo que tiene y que a mí me gusta mucho. Se llama, simplemente, "Puños". LAC me dice que lo que a él le gusta o le interesa del boxeo en sí es la narración. Yo estoy de acuerdo, el boxeo es todo narración, pero también es, en cierto modo, mitologizante. Cada pelea, hasta la más insignificante, parece la máxima expresión de un mundo, un mundo que florece para marchitarse en el barro o en un florero de cristal, según sea. Creo que eso no pasa en cada partido de fútbol. El boxeo tiene esa condición más perentoria, desesperada, apenas inicia una pelea. El caso es que yo miraba la pelea de Moore y Clay y me pareció que podía representar el fin de una era. El paso de un tipo de boxeo gallardo a otro, aunque no menos gallardo, más atlético. Vuelvo a mirar esa pelea y me parece que en realidad el video se trata de un trabajo de edición, como si hubieran pegado cuadro por cuadro un boxeador de los '30 o '40 contra otro de varias décadas después. En un momento creo que Archie Moore deseó haber tenido el Ctrl-Z a poca distancia de sus guantes. Clay (el fututo Mohammed Alí) es avasallante, por más que se come un par de piñas de Moore que quedan para la historia. Las conexiones siguen... LAC trajo a casa algunos libros de otro amigo en común, llamémosle LDL, para enviárselos a Minas desde acá en una encomienda. Son todos libros de Paul Auster. De ellos, yo sólo había leído uno, "La noche del oráculo", incluso la edición es la misma. Lo abrí y en seguida me fijé en los subrayados que LDL le había hecho. De inmediato algo me dio ciertas dudas. Fui hasta mi biblioteca y busqué mi propio ejemplar para cotejar ambos y descubrir que, como había sospechado, LDL y yo subrayamos lo mismo de la página 234, él con negro y yo con rojo: "Había descubierto que las palabras mataban. Las palabras tenían la virtud de alterar la realidad y, por tanto, eran demasiado peligrosas para que pudieran confiarse a un hombre que las amaba por encima de todas las cosas". Ni más, ni menos.

domingo, 27 de enero de 2008

Intriga departamental


Como ya le he dicho a algunos amigos, el primer día de febrero paro de escribir lo que estoy escribiendo para dedicarme exclusivamente a otra cosa. Quiero decir que voy a dejar de lado por un mes "Los trabajos del amor" y la novela que estoy escribiendo con mi amigo (que va por el capítulo IX) para comenzar un relato extenso que ocurre muy lejos y que acá podríamos titular (para no dar a conocer del todo el título verdadero) como "Nos cagaron a piñas". De hecho, creo que va a ser tan largo como el que escribí en el pasado invierno y que acá nombré como "Papá era un tipo bastante mentiroso" (en realidad el título es bastante más corto, pero un editor no quiere que lo revele. Es una especie de secreto comunal).
Bueno, ayer bajamos a la 27 de la Mansa con Valentín, y como casi no se podía entrar al agua (baja temperatura, aguavivas), nos pusimos a charlar mientras la arena traída por el viento nos picaba las pantorrillas. Entonces le conté gran parte del argumento de "Nos cagaron a piñas". Debo decir también que, aunque la historia final que tengo en la cabeza no se parezca en mucho, se nos ocurrió a medias a Valentín y a mí hace como dos o tres veranos, cuando cruzábamos la rambla de la 25 de la Mansa hacia la playa y vimos una promotora en un semáforo. La cuestión es que Valentín empezó a reírse mucho con algunas partes y pidió saber un poco más. Después nos fuimos porque yo tenía que ir hasta la península. Pero más tarde, digamos que un par de horas después, aún de día, yo iba por el centro de Maldonado, bajando por 25 de Mayo, cuando un automóvil desde la izquierda se me encima y me deja apretado contra los otros automóviles estacionados. El auto a mi izquierda tocó la bocina cada vez más estridentemente y siguió arrinconándome. Faltaron al final pocos segundos para que me diera un buen porrazo. Y menos mal que ninguna de las puertas de los autos estacionados se abrió, si no habría sido el FIN. Pero en seguida reconocí el auto azul y la sonrisa de su conductor: era Valentín. La gente que había visto todo eso se quedó quieta en la vereda de 25 de Mayo y 18 de Julio esperando la gran piñata. Sin embargo no... Me puse del lado del conductor y lo primero que me gritó Valentín fue: "¿Viste que no escuchás nada del tránsito con esos auriculares?". [En este punto tengo que aclarar dos cosas: 1º: Yo iba escuchando "The word", de los Beatles. 2º: Valentín tiene la teoría (en sí la palabra no es "teoría", pero bueno...) de que sus padres una vez casi me atropellaron a la salida del supermercado Devoto, del lado de Avda. Roosevelt, unos días después de mi último cumpleaños, y que yo no me di cuenta, seguí de largo sin verlos.] Más adelante, en los semáforos de 25 con Sarandí, le pasé un auricular para que escuchara el final de "The word" y me dijo que estaba yendo para lo de su tía. El diálogo fue breve. Yo doblé por Sarandí y lo perdí de vista, con la idea fija en la mente de que algo había pasado. Ya no éramos los mismos. Claro, es obvio... ¿Me quiso hacer una broma o de verdad me quiso atropellar? ¿Quiso darme una lección o...? ¿ME QUISO MATAR PARA QUEDARSE CON MI RELATO Y ESCRIBIRLO ÉL?...

jueves, 24 de enero de 2008

El día del niño


Otra vez la misma frase de siempre: "El Niño es el Padre del Hombre"...
Palabras para ser tenidas en cuenta...

Desde hace ya varios meses he estado muy cerca de los niños M y B. M es una niña de tres años. B es un niño de cuatro. Ambos son primos y viven en la misma casa. Como todos los niños juegan entre sí y también se pegan entre sí. Yo a veces estoy leyendo o escribiendo y me salgo de lo que estoy haciendo para contemplarlos. Como se dice en el barrio, M y B la rompen... Pero hoy quiero hablar particularmente del niño B. El niño B es todo ternura y audacia, y, de algún modo, un futuro artista. Me sorprende día a día su capacidad para dar vuelta las cosas o ver a través de ellas, como un simple poeta. Quizás un poeta sea eso, ¿no?, un niño medio crecido. No lo sé muy bien... El caso es que en mis libretitas de anotaciones tengo varios apuntes sobre cosas que el niño B comenta o hace. Cuando escribí en el último invierno el "Diario del dedo gordo del pie derecho", recuerdo que dejé constancia de un diálogo que él tuvo con su abuela materna acerca de cómo venían los niños al mundo. Yo estaba acostado leyendo, a dos habitaciones de por medio, pero su voz me llegaba nítida a lo largo del pasillo. Eso lo cuento otro día. Lo que sí sé es que me puse el libro sobre el pecho y no podía parar de reírme. Se me salían las lágrimas. Pero el otro día, por ejemplo, estábamos en el cuarto con Victoria, la niña M y el niño B. Los grandes leíamos y los chicos miraban en DVD "La bella durmiente" o "Cenicienta", no me acuerdo bien. El caso es que en medio del silencio, o del silencio que era sentir sólo el audio de la película, el niño B suspira y exclama: "¡Hay olor a viento!"... De los dos lectores uno leía a Fernando Pessoa y el otro a Clarice Lispector, pero el niño B no les tuvo miedo, porque el niño B va en serio.
Ayer de tardecita, por ejemplo, yo estaba sentado a la mesa de la cocina leyendo "El escritor y el otro", de Carlos Liscano. La niña M dormía la siesta en uno de los cuartos. En otro cuarto estaba el niño B con su madre. Ambos habían salido del baño hacía un rato. No había nadie más en la casa. En ese silencio del final de la tarde y en los pocos ruidos amortiguados que lo cortaban, yo podía hundirme en la lectura. De repente se me acerca el niño B y me dice: "¿Cuándo vamos a poder conversar?". Miraba el libro que yo tenía colocado en la mesa y de allí llevaba su mirada a mi cara como dándome a entender que ya estaba bien eso de pasársela leyendo, que había que hacer otras cosas. "No se puede conversar...", agregó en un tono bajito. Entonces terminé de leer lo último de un apartado (el 52) del libro de Liscano. El autor tenía sus preguntas para hacerse... Transcribo una parte, lo que terminé de leer a la apurada mientras el niño B me observaba sentado al otro lado de la mesa esperando su oportunidad. "Porque de lo que se trata es de crear al escritor y no la obra. Si se logra crear al escritor la obra se hará sola. Porque el escritor se crea escribiendo, pero mucho más reflexionando sobre el trabajo de escribir, sobre la vida que se elige. Porque ser escritor es elegir una vida, un modo de estar en el mundo, de ver las cosas. Porque si el individuo no escribe no será escritor. Pero no es suficiente con escribir. En algún momento su actividad le impondrá la reflexión: ¿qué, por qué, para qué?"
-Quiero saber cómo se hizo todo -dijo el niño B en seguida -Cómo se creó el mundo, las hojas, las valijas, todas las cosas, las paredes... No sé, todo... Cómo se hicieron los planetas... Los planetas no son de este planeta...
Y ahí me quedé yo. Entre saber si le payaba algo sobre el Big-Bang o sobre el polvo del que venimos y hacia el que vamos. Fue duro. Empecé a tartamudear, porque el niño B estaba como cruzado de brazos, como diciéndome con la mirada "A ver vos, que te la pasás leyendo y no nos das pelota, explicame eso ahora...". Me quise hacer el vivo y recrear algún mito o algo parecido que leí en algún lado, algo como para salir del paso. Entonces dije:
-En el principio había una tortuga que estaba caminando en una isla. Esa isla no era muy grande, y cuando la tortuga llegó al final se dio cuenta de que era la nariz de un gigante que estaba durmiendo hundido casi del todo en un charco...
-¿Qué cosa? ¿Qué va a hacer un gigante dormido en un charco? -me interrumpió el niño B.
Era el fin para mí, pero el niño B me salvó.
-Todo lo hizo Jesús en este mundo -empezó a explicarme -Jesús hizo todo: las islas, los japoneses, los chinos. Todo lo hizo Jesús.
Luego se levantó y se fue porque la madre lo estaba llamando.
Yo abrí de vuelta el libro y comencé a leer el apartado 53, que al principio dice así: "Hay una valija. Una mujer con una valija. Hay un arroyo (...)".

viernes, 18 de enero de 2008

El día en tres pedazos

Lo primero fue un viaje hacia el futuro. Estaba en el supermercado y pedí cien gramos de muzzarella. Al principio costaban 19 pesos. En la caja me los querían cobrar a 1079 pesos. Al final la cajera sonrió, pidió disculpas, y me pidió quedarse con la factura.
Lo segundo fue sobre una niña. Yo pasaba en bicicleta cerca del centro. A un costado, entre dos casas, había un parque, casi un baldío. Una niña caminaba por él hacia una casa al fondo, llevaba sobre los hombros un Papá Noel del mismo tamaño que un hombre. Iba cansado o como si se lo estuvieran llevando en penitencia. Seguí en la bicicleta.
Lo último fue un poeta en un documental. Decía que en cierto momento se dio cuenta de que el pasado dejó de existir en su vida porque el tiempo mismo lo había borrado.

viernes, 11 de enero de 2008

( )

Bueno, no es exactamente que el verano me aleje del blog por ser época de vacaciones. Simplemente es que estoy por momentos muy atareado con el acondicionamiento de mi nueva casa. Hasta hubo un día en que, mientras tenía a alguien pintando el interior, me la pasé subido en cada uno de los cuatro árboles de mi terreno sacando ramas enormes que iban hacia los techos de las casas vecinas. Había una rama gruesa, sobre el fondo, que estaba levantando con una de sus horquetas el techo de chapra de un vecino. Me costó sacarla, pero eso incluyó un ruido tal, que el vecino se levantó de su siesta a poco de traerse el revólver. Después el hombre agradeció. Pero por lo demás, exceptuando también un poco de serrín en mi ojo derecho (que siento hasta hoy), todo fue lo más bien. Anduve por sobre la tierra varias horas y me comuniqué con la naturaleza de la mejor manera que tuve a mano, a veces invadiendo insospechadamente el lugar de muchos animalitos. Pero sin querer queriendo.
Además fueron días sin ir a la playa. Y cuando se me dio el tiempo para poder ir se vinieron las tormentas.
Leo a Carson Mc Cullers ("Frankie y la boda"), a Daniel Mella ("Pogo") y a Clarice Lispector ("Aprendiendo a vivir").
Escribo poco.
Me conecto menos a internet.
A propósito, como no tengo conexión en casa, he vuelto al cyber en que escribo esto, que queda en la reputada calle Camino de los Gauchos, una especie de calle furiosa y sucia de la periferia de Maldonado, como un reverso de una calle principal del centro. El cyber está comandado por una boliviana acaso cincuentona y sus dos hijos. Siempre me trataron bien. Pero lo cierto es que hasta hace una semana hacía un año quizás que yo no venía. Anteayer, mientras tecleaba en un nuevo teclado negro, se levantó uno de los hijos, un adolescente inspirado en el animé, y me dijo, como para que escucharan los pocos que estaban presentes que tecleara bien. Sí, así a secas, que tecleara bien. Supuestamente yo hacía mucho ruido. Tengo para mí la presunción de no ser una persona que aporree los teclados. De hecho me da cierta incomodidad ver que la gente lo haga. Así que imagínense, que me vengan a decir eso. Me puse a pensar en seguida que sin duda el sonido de mi teclado le tuvo que haber llamado la atención, porque estaba tecleando rápido y era el único que lo hacía. La cosa es que el pibe me quiso dar un curso acelerado o de emergencia sobre dactilografía. Me dijo cómo apoyar las manos porque me comentó que me había estado viendo escribir con las manos en el aire, como en vilo. Me empecé a reír. Luego le hice una mueca como para que se fuera y de repente salió la madre. Ahí me puse serio y les contesté que no me parecía que estuviera dando teclazos fuertes. (De hecho, ahora escribo con la misma intensidad, pero como hay más gente parece que no se dan cuenta. Además, aclaremos que en los cybers cada vez son menos los que escriben, los que usan las teclas la mayoría del tiempo... Pero ese es otro asunto...). Cuando me levanté para pagar y macharme, los dos estaban en el mostrador. Me dijeron lo mismo, aunque más suavemente, como temiendo ofenderme. El chico comenzó de nuevo una explicación pseudo-física sobre la presión que había que darle a cada tecla, etcétera. Yo les dije que había algo que se llamaba "gastos de empresa" y que había que bancársela. Pero no sé si me entendieron. El muchacho me preguntó si hacía poco que había empezado a usar teclados. De antes de que vos nacieras, le contesté.
Pero no voy a seguir más con esta cuestión, porque el punto al que quiero llegar es otro. ¿Se acuerdan de la anécdota de John Lennon, cuando comentaba cómo había conocido a Yoko Ono? Bueno, es muy linda. Aunque en alguna ocasión me pareció un poco ingenuo que Lennon se asombrara por el "Sí" que había encontrado en la exposición de Yoko, ahora creo que lo entiendo mejor. Porque hoy llegué al cyber y me encontré con que aparecieron nuevos carteles de advertencia a los usuarios, sin duda como reacción a la discusión que resumí más arriba. Antes de hablar y de copiar lo que dicen estos carteles, tal, pero tal cual están escritos, un par de recuerdos más. Una vez estaba yo en el liceo y me puse a ver una cartelera para los estudiantes o algo así. Me llamó la atención algo que predominaba en casi todos los anuncios, así que llamé a dos o tres estudiantes que había por allí y les hice fijarse en la cartelera para que me dijeran qué notaban. Era claro, la mayoría de los mensajes eran negativos. Todos expresaban alguna prohibición o alguna imposibilidad. Nunca dejaban abierta la opción para hacer algo, por ejemplo. Hace unas semanas, haciendo una cola en la farmacia del sanatorio, me puse a leer los carteles y me di cuenta de lo mismo, todos estaba regidos por el NO. Bueno, este cyber en el que estoy ahora no es la excepción. Va la transcripción (fidedigna, real) de los carteles que están pegados por todos lados, por el monitor, por la torre, por las paredes...
* ESTA MAQUINA NO PUEDE TENER ACOMPAÑANTE NO INSISTA
* FIJESE SU TIEMPO AL COMENSAR DESPUÉS NO HAY RECLAMOS
* Se prohibe el uso de cualquier gestor de descarga EJEMPLOS: ARES E-DONKEY TORRENTS
* MAQUINAS 15 16 17 SOLO 1 PERSONA SIN ACOMPAÑANTE
* NO USAR LOS AURICULARES EN EL CUELLO
* NO TOCAR EL MONITOR
* POR FAVOR INTENTE NO HACER RUIDO CON EL TECLADO EL RUIDO ES CAUSADO POR GOLPEARLO PIENSELO SOLO SE NESECITAN 60 GRS CUANDO MAS FUERTE APRETE MAS DURO QUEDAN LAS TECLAS
* SE HAN PUESTO TECLADOS NUEVOS PARA SU COMODIDAD POR LO MISMO SE PIDE QUE NO SE GOLPEN YA QUE NO ES NECESARIO. SI SE GOLPEA TANTO EL MOUSE COMO EL TECLADO SE REINICIARA LA MAQUINA.

viernes, 4 de enero de 2008

Sonido concreto


Ahora que ha terminado un año todos se ponen a hacer sus listas. Lo de las listas en sí puede ser tanto una forma de la vanidad (o sea: "¡Miren cuánto conozco!", etc.) o una forma de compartir, según se vea. El caso es que por algo andan por ahí. En mi caso, vi varias por estos días. Incluso, recuerdo que hace un año para ISCARIOTE le pedí a varios colaboradores que eligieran los tres libros, las tres películas y los tres discos que más habían disfrutado en el año, subrayando por sobre todo lo del disfrute, por encima de cualquier cuestión teórica o aleccionante. Yo ahora no me voy a poner a hablar de libros, películas y ni siquiera de discos, sino, particularemente, de canciones, canciones sueltas. Son canciones que de algún modo, repasando la memoria sonora de estos últimos meses me han acompañado aun cuando no las estuviera escuchando, como si fueran una función de mi conciencia. Son canciones que han reforzado instantes de felicidad o que directamente han creado felicidad sobre la misma nada. O canciones que han ilustrado el dolor. Todo depende. Cada una recorre un camino particular. Cada una sabe a qué vino y por qué. Además, me acuerdo de algo que está escrito en "Por los tiempos de Clemente Colling", de Felisberto Hernández, y que me parece una frase bellísima para expresar por qué a veces algunas canciones se nos pegan y nos dan una mano: "(...) algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra".
En cuanto al número, creo que veinte no es ni abrumador y, bastante menos, amarrete. Así que ahí van...
1-"3 legs", Paul Mc Cartney
Esta canción, como las dos siguientes, pertenece a uno de mis descubrimientos de este año, el disco "Ram". Era una asignatura pendiente que tenía con Paul. Por acá en el blog (en junio) detallo cómo fue la noche en que me compré ese disco en Montevideo y de cómo me encontré imprevistamente con mi hermano Franco a la vuelta (el post es: "Yes, we know you're 64"). Con respecto a "3 legs", fue de esas canciones que me cautivó de inmediato. También publiqué un post sobre ella, titulado "3 patas", así que no hay mucho que agregar. Sólo que escucharla una vez más me trae el recuerdo de caminatas por la playa, siempre esperando ese momento en que Paul canta "But mine got one" y luego esa parte de "When I fly..."; entonces yo también me sentía lejos del piso.
2-"Uncle Albert - Admiral Halsey", Paul Mc Cartney
Noches, luego de la lluvia, andando en bicicleta.
3-"Long haired lady", Paul Mc Cartney
Una mañana. Yo iba en un ómnibus y me recliné hacia atrás.
4-"It takes a lot to laugh, it takes a train to cry", Bob Dylan
Una de esas canciones de Dylan que no dejan jamás de conmoverme. Una crónica de la soledad, de la plegaria hacia la amante. Amo ese instante en que la armónica domina, y por supuesto ese inicio en el que las cuerdas de la guitarra parecen demorarse un poco para empezar la canción.
5-"Deep blue", George Harrison
Hace algunos años, creo que en 2001, Felipe (Hare Krsna!) consiguió "Living in the material world" de George Harrison en la feria de Maldonado y en vinilo. No estaba en buenas condiciones; estaba como ahuevado y un lado estaba casi todo rayado. Le dimos y le dimos hasta que un día el vinilo no quiso más. Llegábamos los viernes de noche a su casa del balneario El Chorro para estudiar durante el fin de semana y casi siempre lo poníamos el sábado a la tarde. Cuando arrancaba "Give me love..." la tarde se llenaba de una paz tristona y dulce. Hace poco, una tarde muy triste de mediados de octubre, pasé por una disquería y vi el CD de "Living in the material world". Me lo llevé y las canciones me devolvieron a 2001, a aquella especie de tregua que yo había hecho con ciertos dolores, como estaba tratando de hacer en esos días. Casualmente, al otro día de comprármelo, Felipe me invitó a ir a San Carlos en su Vespa para ver un espectáculo en el teatro. No me llevaba a San Carlos en la moto desde finales de 2004, cuando yo me tomaba un día libre viniéndome de Minas e íbamos a ver al diseñador de ISCARIOTE. En esta última ocasión, una tarde espléndida de primavera, el shuffle del discman me trajo imprevistamente "Deep blue", y entonces supe que si esa canción se quedaba conmigo las cosas podrían ir mejor (y lo fueron). No podía parar de escucharla. Cuando terminaba le daba a la tecla para que empezara de nuevo. Esa noche, de madrugada, me volví solo a Maldonado, en un ómnibus que llevaba gente para los bailes de cumbia. Iba todo tipo de gente. Buena materia prima para escribir, diría un amigo. Yo estaba literalmente en otra, escuchando "Deep blue" una y otra vez, tratando de distinguir algo en los barrios por los que pasábamos o mirando en el reflejo de la ventanilla las actitudes de los otros pasajeros, pero básicamente pensando y repensando mis cosas. Frente a mi asiento, una gorda con el pelo pintado de amarillo se le fue encima a un travesti e iniciaron una serie de besos que duró bastante, como dos o tres kilómetros.
6-"The Lord loves the one (that loves the Lord)", George Harrison
7-"I'm in the mood for love", Louis Armstrong
Una canción bellísima que me vino en cierto momento al pelo para la novela que estoy escribiendo a medias con mi amigo. Yo estaba escribiendo o reescribiendo una parte del capítulo II y había puesto un disco de Louis Armstrong haciendo viejos standards, grabaciones muy viejas, con mucho siseo. El disco empieza con "Stardust". En cierto instante llegó "I'm in the mood for love" y al protagonista de la novela le pasó algo muy importante en su infancia y que estuvo relacionado con esa canción y una entrañable casa en una playa. A mi amigo por suerte le gustó la situación y pasó también a ser un amante de esa canción, que convivió también con él por mucho tiempo, según consta en varios mails o conversaciones por MSN.
8-"The lady is a tramp", Stéphane Grappelli
Un caso similar al anterior. Me tocaba empezar a escribir el capítulo V de la novela con mi amigo cuando me sentí con ciertas dudas. En ese capítulo pasan ciertas cosas o se conocen ciertas cosas sobre una mujer. Me vinieron las palabras "The lady is a tramp" a la cabeza y luego el ataque del violín de Grappelli, y allí entreví el tono de las líneas de ese capítulo, la sustancia de la que iba a estar hecho. Horas, horas de escritura en un galpón de la casa de mi padre en el Kennedy, soportando el calor, con ese disco de Grappelli dando vueltas, regresando una y otra vez al tema 1: "The lady is a tramp".
9-"Strange apparition", Beck
10-"Motorcade", Beck
11-"Don't blame me", Thelonious Monk
Estaba una tarde en la casa de Victoria, haciendo reposo por mi dedo fracturado. Ella se había dormido sobre un sillón al lado de la estufa. Yo estaba en el otro sillón, acostado también, pero leyendo algo. Desde el cuarto llegaban los temas de "Criss-cross". Oí la respiración, tal vez un suspiro de Victoria en medio de un sueño, y luego las notas del piano en "Don't blame me" y hasta la voz de Monk acompañándose. Era como una estela de gracia que cubría todas las cosas de la casa, haciéndolas más transparentes mientras afuera soplaba el viento de invierno.
12-"Five", Bill Evans
A mí hermano se le pegó tanto la melodía de este tema, que a los días yo ya la tenía en la cabeza y me acompañaba mientras bajaba las escaleras, mientras cruzaba las calles o mientras esperaba algún ómnibus, sentado en una garita a cubierto de la lluvia.
13-"Moonglow", Benny Goodman
14-"If I needed someone", The Beatles
¿Qué canción o canciones de los Beatles elegir y no ser injusto? Todos los días escucho algo de los Beatles. Suelo poner de nuevo una canción con insistencia. Los Beatles tienen, como lo tienen los compositores clásicos, esa cualidad de hacer que sus sonidos ofrezcan con inusitada regularidad una especie de conciliación con la realidad, o como si cada canción trajera consigo una explicación de una arista de algo que estamos viviendo aquí y ahora. Qué sé yo... "If I needed someone" fue la primera que me vino a la cabeza y me trajo también el recuerdo de estar yendo al liceo una mañana de invierno a las 7.30. Iba pedaleando por Avda. Lavalleja cuando el sol se levantó sobre el final de la calle y derramó una luz espesa y amarilla que yo iba atravesando como podía, perplejo, mientras sonaba esa canción. Otra epifanía de entre casa, digamos.
15-Allegro del "Concierto para corno N°3, K.447", W.A.Mozart
16-"The strange effect", The Kinks
17-"Shoot me dead", Caetano Veloso
Yo estaba en la playa, en la parada 16 de la Brava. Era a mediados de abril, pero el agua seguía estando tibia. Entre las olas, mientras nadaba, me había pasado por debajo una manta raya bastante grande. Fue un espectáculo de una precisión y una tensión casi insoportables y a la vez hermosas. Salí rápidamente. No había nadie en toda la costa en un radio de cientos y cientos de metros. Y entonces el sol, otra vez más el sol.
18-"Jockey full of bourbon", Tom Waits
Un sueño. El Toto y Morales se aproximaban por la ruta Aparicio Saravia, que une La Barra con Maldonado, en su Fiat Premio blanco. Yo los veía de frente. Doblaban a mi derecha. Iban para el lado del Club de Golf.
19-"Sentimental blues", Ray Charles
En el bar de mi padre, estoy seguro, escuché por primera vez esta canción, en una vieja radio Philips. Yo no tendría ni 10 años aún. Quizás hasta la habré escuchado más de una vez, por cómo me quedó grabada. Hace unos meses me compré un disco triple de Ray Charles y la oí por primera vez en casi veinte años. Fue como una trompada en la pera.
20-"Tatuágem", Chico Buarque
El amor, claro...

domingo, 23 de diciembre de 2007

A tarta regalada...


A tarta regalada no se le ven las cremas... (¿?)
Mañana, con motivo de la llegada de una nueva Navidad, tartatextual le regala a sus lectores otro capítulo nuevo de "Los trabajos del amor", el número diez, para que no haya que esperar hasta enero.
Que el espíritu de Cristo descienda implacable y certero sobre todos nosotros.
¡Feliz Navidad!...

jueves, 20 de diciembre de 2007

De pesado


Hace ya algunos días, en estas vueltas del blog, un lector señalaba que yo le estaba dando muchas vueltas en mis textos a lo que pasa actualmente en las letras uruguayas, quizás dándole demasiada importancia. Creo que es bastante cierto. Además, el comentario viene de una persona cuyo trabajo, que sigo de vez en cuando, estimo mucho, alguien en quien tengo ciertas esperanzas. De paso, en ese comentario del que hablo, se me citaba a Roberto Bolaño y su obra póstuma "2666". Esa cita representaba de algún modo, trasladándola a nuestro ambiente, una crítica certera. Hoy casualmente, estaba tirado en la cama leyendo otro de los volúmenes póstumos del escritor chileno: "El secreto del mal", un libro que recoge relatos que el escritor dejó a medio hacer o a medio revisar o a poco de publicar. Como sea, algunos son de lectura bastante interesante, como el caso de "El hijo del coronel", pero también hay textos en los que los aspectos ficcional o de género son sacudidos, como es el caso de "Derivas de la pesada", un texto sin desperdicio que en once páginas funciona como una especie de compresión de las virtudes y las miserias de la literatura argentina del siglo XX, una especie de compendio o metonimia tan lúcida como hilarante sobre las letras del vecino país, y nada menos que a manos de un chileno. Allí encontré unos pasajes que creo también se pueden aplicar (mutatis mutandis) a algunos detallecitos de nuestras letras. Por ejemplo esto, a partir de Arlt: "La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura. O lo que es lo mismo: la literatura de la pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba."
En sí, creo que esta frase puede muy bien ser un punto a considerar para quienes pretenden (lectores, críticos especializados, etc.) ascender a veces a un autor o a una obra en particular hacia determinado lugar en un supuesto canon. Porque el resultado puede ser a veces bastante forzado y el escritor en cuestión quedar como un monigote prendido con alfileres de un cañamazo que se deshilacha en ciertas partes. (Claro, ahora me acuerdo de que el texto de Bolaño arranca con el asombro [falsamente ingenuo] de cómo determinado cúmulo de intelectuales porteños aristócratas y burgueses entronizaron al Martín Fierro de José Hernández.) El caso de Levrero, acá, se le parece bastante, por lo de ese apresuramiento que se tiene de que quede resplandeciente como una placa de bronce. Y no tengo porque tirar la piedra y esconder la mano: hace varias semanas escribí en mi columna para la revista Freeway de Montevideo una nota sobre Levrero, su novela luminosa y sus epígonos (http://blogs.freeway.com.uy/noviembre2007/pozo/). Como es una columna en la que tengo que hablar de lo que me gusta leer, así, sin aspavientos y yendo al fondo visceral de mis gustos de lector de cada día, recuerdo que empecé jugueteando con la idea de que en nuestra literatura había como una inversión, algo así como que la "rareza" (eso que quizás sembramos en el impoluto corazón de un poeta que le regalamos a Francia) se transforma en "norma", en lo "intelectualmente bien visto", en lo "común". Bueno, la frase de Bolaño de más arriba, creo que hace pensar que, como en el fútbol, hay escritores que tienen que jugar en su puesto y no salir de ahí, o no considerárselos con valoraciones que son más pertinentes para otros escritores.
Lo otro, leyendo "Derivas de la pesada", es esa confirmación incesante de la riqueza y variedad de las letras argentinas. Bolaño habla de parejas de autores como Borges-Soriano, Arlt-Piglia y O. Lamborghini-Aira y uno se da cuenta de que allí pasa algo, de que la literatura es además un campo de batalla. Así, se me ocurrió que la literatura uruguaya hoy, según leo hasta en los suplementos culturales (quizás digo "literatura uruguaya", cuando debo decir "narrativa uruguaya", mayormente) es como una especie de casa grande heredada en sucesión y habitada por muchos futuros beneficiarios. Todos comparten los espacios de todos, duermen bastante cerca. Unos roncan, otros hacen el amor, otros se masturban, y siempre, indefectiblemente, eso se siente a través de las paredes. Si alguna chispa de discordia saltara entre ellos, si eso sucediera, ellos creen que la pelea haría que la misma casa, incluso, se viniera abajo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

33


Me mudo de nuevo. Ahora vuelvo al barrio "Treinta y Tres", donde viví en los años 2005 y 2006, luego de vivir en Minas (2004). Así que en estos días he estado bastante atareado con las cuestiones vinculadas a los pasos previos a la mudanza, por ejemplo el de la limpieza. No he escrito mucho y no he podido leer tanto como he querido. Me urge mi amigo con el que estoy escribiendo una novela: él quiere seguir escribiendo, y es lógico, porque yo siempre quiero seguir después de que él escribe. Me urgen también el Toto y Morales, a quienes dejé corriendo en medio de la noche de Cerro Pelado, lo que, como sabemos, hay que pensárselo. Es que, una vez que abrí la puerta de la casa donde voy a vivir, para comprobar cómo estaba, descubrí tal desorden, tal deterioro y tal cantidad de mugre, que me he tenido que poner en campaña para dejar todo lo más habitable posible antes de traer los muebles. Ayer, por ejemplo, llegamos muy temprano con Felipe y comenzamos a pasarle brocha con agua y cloro a las paredes y a los techos del cuarto y del baño. Ordenamos luego algunas cosas más hasta que al mediodía Felipe se tuvo que ir a San Carlos. Vi que de a poco en la casa se estaba respirando otro aire, que se sentía más el olor a limpio y que se hacía más habitable. La casa del Treinta y Tres, como yo le llamo, puede ser muy acogedora. Recuerdo algunas semanas en mi infancia cuando mi abuela materna me iba a buscar a la escuela 50 del barrio San Martín, el barrio de al lado, y me traía a esta casa. Nos levantábamos muy temprano y veíamos la salida del sol sobre el arroyo Maldonado, a través de la ventana de la puerta de la cocina, mientras desayunábamos. Después salíamos a caminar hacia esa parte y pasábamos por un aljibe abandonado en la mitad del campo. Anteayer, al bajar por la calle en la camioneta con Felipe & Patricia, vimos que al fondo de la calle los árboles de ese campo ya no estaban. Todo había sido arrasado para la construcción de un complejo de viviendas. La tierra removida se veía de lejos. Pero regreso a la casa y a su irradiación de bienestar. Ahora mismo, al escribir este texto, me encuentro en una habitación vacía. Las baldosas son claras. La luz del comienzo de la mañana (digamos que son algo más de las 9) entra por un ventanal a mi derecha. En la habitación no hay mucho. Hasta hace un rato estaba completamente vacía. Ahora hay una mesa azul muy pequeña, toda despintada. Sobre esa mesa está mi notebook, desde el que además salen las notas de unas grabaciones de Bix Beiderbecke del año 1928. A la izquierda de la computadora está mi pañuelo marrón, lleno de mocos. A la derecha están el teléfono celular, una libretita de apuntes, una lapicera negra, un yogur de frutilla CONAPROLE de medio litro y un paquete de galletitas de copos y fibras. Me olvidaba de decir que la mesa está renga y tuve que poner una fotocopia de un capítulo de un libro. La encontré en una caja que tenía las únicas pertenencias que dejé aquí en mi ausencia, fuera de algunos pocos muebles. Es una fotocopia de un capítulo llamado "INÉDITOS DE G. GARCÍA MÁRQUEZ. De cómo el joven Gabriel descubrió al coronel Aureliano Buendía y a la novela juntamente", del libro "La riesgosa navegación del escritor exiliado". Gracias, Ángel Rama. Las otras cosas que hay en la habitación son la silla medio descuajerigada en la que estoy sentado, y, sobre su izquierda, en el piso, mis zapatos, los suplementos culturales "Ñ" y "adnCULTURA" del sábado pasado y el libro de cuentos "El exilio y el reino", de Albert Camus, lo que estoy leyendo ahora. Hace un rato Molly, mi gata de dos años, entró por el ventanal y cruzó la habitación rumbo al living buscando su tarrito con la ración. (Paro con la desciripción de la habitación porque si no esto va a parecer un elogio a Robbe-Grillet).
Cuando ayer se fue Felipe también me puse a escuchar a Bix Beiderbecke. Tengo una colección de catorce discos y me propuse agotarlos mientras me dedicaba a terminar de pasarle brocha al resto de la casa. Pero me ocurrió que barriendo y sacando telas de araña de la cocina, me vino un ataque de asma. Fue el primer ataque de asma del año. El último había sido, creo, a fines de 2005 o comienzos de 2006. Literalmente, quedé doblado. Me tendí unos minutos sobre una frazada vieja, en el piso y esperé en vano que se me pasara. Salí al fondo y tampoco hubo alivio. Como estaba solo y no tenía carga en el celular para llamar a mi padre para que me llevara al sanatorio, seguí esperando. Pensé en acudir hasta alguno de mis vecinos y pedirles ayuda. Pero conozco tan sólo a un par y parecían no estar, o durmiendo la siesta de la tarde del domingo, vaya uno a saber... El caso es que me parecía también bastante engorroso todo el trámite de tener que explicar qué me pasaba y ver cómo a mi alrededor se formaba un pequeño revuelo. Esperé más aún y maldije todo ese tiempo en que estuve por comprarme el inhalador y no me lo compré. Hasta que decidí salir en la bicicleta. Junté algunas cosas en la mochila y subí el repecho del comienzo del camino con la bici a un costado. Durante todo el trayecto, haciendo todo lo posible por dar la menor cantidad de pedalazos, sentí que había avanzado en mi vida medio siglo. Sé que cuando tenga entre 75 y 80 años me voy a sentir como me sentí ayer al querer ir al sanatorio.
Pero lo más interesante, como tenía que ser, ocurrió en el sanatorio, donde me tuvieron retenido un par de horas. Recuerdé que hacía un par de días había ido hasta allí, por otra complicación. (Olvidé decir que estoy con otitis en el oído derecho) Pero fue recién ayer cuando se me hizo bastante clara la idea de que ir al sanatorio con una crisis asmática no es lo mismo que ir por cualquier otra cosa. En mi caso, tiene que ver con la seguridad, porque cuando tengo una crisis asmática me vuelvo, me siento un ser absolutamente vulnerable. Pierdo la confianza en todo. Esa sensación me comunica inmediatamente con mi niñez. Yo tenía cinco años cuando enfermé de neumopatía aguda en el pulmón izquierdo. Pasé mucho tiempo internado. En esa época el sanatorio Mautone estaba sobre la calle que hoy es Joaquín de Viana (antes Avenida Artigas). Me acuerdo bien de algún domingo en que me abrían la cortina de la habitación y veía a poca distancia el ajetreo de la feria. Algunos sonidos traspasaban el vidrio y me ponían contento. Había sol. Recuerdo también una noche en que mi hermana Andrea fue con mi padre a visitarme y mi madre le pedía que no hiciera ruido porque me iba a despertar. Mi hermana tenía tres años. Trataba de llegar a una mesita en la que había algún juguete mío, creo que un autito. Cada tanto, mientras mis padres hablaban, mi hermana se movía, decía alguna cosa y volvía a intentar llegar hasta ese juguete. Entonces mi madre le repetía a mi hermana la advertencia. Tenía miedo de que yo me despertara. Lo que ninguno sabía era que yo estaba bien despierto y me hacía el dormido. Debe de ser el primer momento de mi vida del que tengo conciencia de haber ejercido esa práctica. Lo otro que me quedó bien fijado en la memoria, fue la noche que me desperté y me senté de golpe repitiendo "No me quiero morir... no me quiero morir". Mi madre, que dormía sentada al lado, se despertó también y me abrazó diciéndome que yo no me iba a morir, que ella estaba allí conmigo y que me iba a cuidar mucho. Ella creía que todo era producto de una pesadilla. Pero el hecho es que yo recuerdo muy puntualmente que sentía la angustia de la posibilidad de morir. No era una frase hecha o algo aprendido hacía unos días y que yo ponía en práctica para ver cómo era. Cuando vi "Annie Hall", de Woody Allen, me llamó la atención, aparte de reírme muchísimo, esa escena en que aparece el Woody Allen chiquito sentado en un banco de escuela y empieza a reflexionar sobre el valor de la muerte en nuesta cultura, o a preguntárselo, que es más o menos lo mismo. Yo era muy chico cuando pasó aquello, pero ya tenía esa conciencia, sabía que un día me iba a morir y que no iba a haber vuelta atrás, que después de morir no iba a pasar más nada, que todo se iba a ir o a perder, y que al menos necesitaba de la presencia de alguien a quien amaba para mitigar esa sensación. Veintidós años después no puedo cambiar mucho esa visión. De esa experiencia de la neumopatía me quedaron al menos, dos secuelas más. La primera fue el dejar de ser el niño más o menos rollizo de papá y mamá y transformarme en un flaquito enfermizo. La segunda fue un asma a veces furiosa, que me dejaba morado, al borde de la asfixia, y que hacía que mis padres agotaran recursos para poder tratármela o curármela, en el mejor de los casos. Gran parte de mi infancia es como una especie de tortuosa peregrinación hacia la soledad de verme a mí mismo esperando en salas con sillones que yo examinaba puntillosamente, o esperando que tras una puerta apareciera un doctor. Pero no sólo médicos vi, sino también, y esto creo que fue de las experiencias más extrañas de mi vida, toda una serie de expertos en sanación. Ya la palabra "sanación" tiene un reverso que es la palabra "curandero". Mis padres estaban verdaderamente despesperados. Yo casi ni podía respirar el aire del exterior. Cuando me llevaban a la escuela me envolvían en un montón de bufandas y los niños me miraban a la entrada como si llegara un emisario de Oriente. Allí mismo, en la escuela, yo tenía que pasar muchas veces los recreos dentro del salón. Había un par de maestas que me decían que yo era un niño muy imaginativo, que bajara de la luna por un rato. A mí esas palabras siempre me sonaron un poco injustas, quizás peyorativas. Como sea, para mí la imaginación estaba al alcance de la mano, y esta idea me viene de haber mencionado recién a los "sanadores" o "curanderos". Porque, ¿quién le puede explicar a un niño qué es la realidad, qué es lo normal y lo que no, cuando pasa por una experiencia como la que sigue?... Una vez mis padres me llevaron a un campo donde vivía uno de estos curanderos. El hombre tomó una "hoja" de tuna, le sacó las espinas y la abrió en dos mitades como si fuera un pan felipe. Luego colocó ambas mitades en el suelo y me pidió que me parara con los pies desnudos sobre cada mitad, como si fuean unas chancletas. Después de eso el hombre tomó las tunas, las santiguó y se las dio a mis padres con la instrucción de que las colgaran a los pies de mi cama durante determinado tiempo. No sé cuánto tiempo fue. Ahora arriesgo que fue un año, quizás. Lo cierto es que durante todo ese período yo me despertaba y veía a los pies de la cama, colgando de un piolín, a las dos tunas amarronadas, resecándonse, enroscándose la una con la otra en un abrazo cuya fuerza era la fuerza de querer hacerme algo o quitarme algo.
Vuelvo de nuevo al día de ayer, porque cuando el médico de guardia me examinó me vino súbitamente la vulnerabilidad. Y más cuando muy extrañado, el doctor me pidió que repitiera el número 33 indefinidamente mientras se fijaba con el estetoscopio en mi pulmón izuqierdo. La extrañeza le venía de que al revisarme ese pulmón, no lo escuchaba. La conclusión era medio obvia: no lo estaba utilizando. Así que me pasaron a otro consultorio para hacerme nebulizaciones y prepararme para una placa. Ese consultorio, que en realidad eran dos paredes de yeso que partían de otra de material, cuyo frente era un cortinado, era el "B3", que, ahora que lo pienso, es un 33, pero con el ceño fruncido. Inevitablemente, la concentación de la nebulización me comunicó otra vez con las experiencias previas. Otra vez esas horas de estar siempre mirando lo mismo, de saberme de memoria la variedad y las formas de los enchufes, las conexiones para el oxígeno. Otra vez ese tiempo muerto. La aguja del medidor de oxígeno y yo. Siempre. Y en seguida la certidumbre de la limpieza. La asepsia. Creo que por eso me gusta tanto la asepsia, la limpieza total en una casa. A mí el polvo me destroza, me deja como ayer. Cuando me voy tanquilizando, cuando salgo de mi vulnerabilidad en el sanatorio, entro como en una ensoñación en la que la asepsia es su marca. Ayer, entre las nebulizaciones y los varios disparos con Ventolín, el ritmo cardíaco me empezó a subir, las manos me hormiguearon y se pusieron a temblar. Un dulce mareo me hizo recostar en la camilla y dejar la vista en cualquier lugar del techo, tan blanco... Y entonces me di cuenta de una cosa que me gustaba de tener asma, cuando era chico. Eran las historias que comenzaban a llegar. Porque ayer también llegaron. Yo recostaba mi cabeza y miraba el techo mientras el suero goteaba sin apuro, y escuchaba las voces que llegaban de los otros consultorios, voces que le hablaban al mismo médico que me había atendido a mí hacía unos instantes, y que en ese momento empezaban a construir vidas, otras vidas muy distintas que se reunían con la mía a lo largo de los consultorios. Eran vidas que yo iba sintiendo a través de las paredes de yeso y que lo disgregaban al punto de que yo hacía un esfuerzo y lograba ver los rostros de esas voces. Pasaba a vivir las vidas de los otros a partir de esas voces y lo poco o mucho que le contaban al médico. Yo no lo podía evitar ni ocultar, era como si me saliera un grano en la cara. Mi madre me hablaba y yo no le daba bolilla. Y así se iban las horas de internación. Ayer había dos niños. Uno había pasado corriendo y se había hecho algunos cortes muy profundos en la cara al darse contra algo. El otro se había caído de la bicicleta. El médico y sus padres estaban a la espera de unas placas o no que confirmaran o no la fractura. Luego llegó un hombre de unos cincuenta años, quizás. Un obrero que salía de la construcción y empezaba sentir un dolor muy intenso en el brazo. Cuando llegaba a la casa no podía más. Como ayer era domingo y no trabajó, no le dolía tanto. Después llegó el cirujano para coser la cara del primer niño. Apenas dijo unas palabras ya me vi venir el resto de la historia, lo que pasaría en cinco minutos más. "Hola. Vos y yo somos amigos y vamos a estar juntos y tranquilos ahora. Vas a ver que no te va a doler nada". Yo me preguntaba por qué el hombre hablaba gritando. Cuando le fue diciendo al niño cosas como "Mi vida" o "Mi amor", me pareció una versión más o menos científica de Susana Giménez. No había duda de lo que iba a suceder. Lo primero en que pensé fue un pasaje de la primera parte de "Mientras escribo", de Stephen King. Allí King habla de su infancia y de su detestable experiencia con los doctores, y en especial con la frase "Esto no te va a doler". El autor entonces cuenta que luego de una frase como esa le metieron la aguja de una jeringa dentro de un oído y sintió cómo le reventaba todo dentro de su cabeza. Se ve que estaba para acordarme de libros. Cuando empecé a sentir los gemidos del niño me imaginé al doctor aplicando sus intrumentos sobre aquel rostro ante la mirada permisiva de los padres. Y entonces me acordé de "La isla del Dr. Moreau", de H.G. Wells, en la parte en que el protagonista siente a través de las paredes los gemidos lastimeros de los animales al ser operados sin anestesia e injertados con partes de otros animales.
Cuando pude respirar normalmente me hicieron la placa. Al final, resultó que todo estaba bien en el pulmón.
Salí del sanatorio, me subí a mi Ondina y pedalée lentamente hasta el Kennedy. Allí estaba mi padre.