domingo, 11 de mayo de 2008

La vuelta de las canchas


Pensaban que no iba a volver, pero no. Once meses después de que me fracturé en medio de un partido, regresé a las canchas. Fue una vuelta esperada, prácticamente todo Maldonado estuvo pendiente. Fueron periodistas, curiosos, médicos y enfermeros. Por la mañana llegó el fax desde Zürich con la habilitación de la FIFA más un mail del Diego y otro Heber Silva Cantera. Todo estaba listo. A las cuatro de la tarde, en la cancha de fútbol cinco del barrio Iporá, allí mismo donde me había lesionado, sonó el silbatazo inicial, me pasaron una primera pelota, eludí dos jugadores seguidos, y cuando se me fue un poco larga hacia el área y el golero quiso contenerla, choca con mis pies y la pelota me queda servida, con el golero ya vencido, para el primer gol del partido. Era el inicio del partido y ya ganábamos 1 a 0. Algunos querían parar ya el partido, pero yo dije no, no, ahíto de la humildad del futbolista medio uruguayo, y dije no, no, sigamos...
Bueno, en este punto, un amigo mío, seguró que sí, me diría: "Pero Damián... Jugabas con niños de 14 ó 15 años... ¡Qué osado lo tuyo!...". Y yo diría que bueno, que sí, que eran mis estudiantes de 3º2 y 3º3, pero que también ellos jugaban, que no eran de palo, y que sí, tenían 14 ó 15 años. Pero yo ya tengo 28... Se me hacía tarde para el partido y todavía estaba en casa. Aunque la cancha me quedaba a unas cuatro o cinco cuadras, igual me fui en la bicicleta, lo más rápido que pude, y llegué cansado.
En la semana, medio en broma, había prometido diez goles, pero hice seis... Ya describí el primero, que según la prensa departamental (o sea, los periodistas de canal 11 Eduardo Batista y Marcelo Pullares justo estaban en el quincho del club tomando una cervecita y departiendo sobre la conveniencia o no del verso alejandrino de catorce sílabas en la poesía bucólica, cosa por demás innecesaria, porque el bucolismo se terminó, porque todas las publicidades de agua mineral y de jabón en polvo borronearon el concepto) fue un gol "notable", digno de aquellos regates de Claudio Paul Caniggia. Eduardo Batista lo calificó con un 8. Los siguientes cinco goles fueron así...
El segundo: Antes de este gol ya había pegado de derecha, cruzado, anticipando en un corner, y la pelota había dado en el ángulo y se había ido de la cancha... Pero el segundo gol vino también en un corner, desde la izquierda. La pelota me llega, la duermo bajo la suela derecha y ahí nomás le meto un puntazo con el mismo pie. La pelota pasa por el espacio que hay entre el estómago y el brazo del golero. (Homenaje a Romario).
El tercero: Parecido al primero, sólo que anticipo un pase entre dos defensas, eludo otro jugador y al golero y defino con el arco vacío. (Marcelo Pullares: "¡A la puta! ¡Qué poder de reacción!... Sinceramante, no pensé que fuera a llegar al partido en estas condiciones tan buenas. Creíamos que su estado físico no iba a ser el mejor, como se dice generalmente luego de que un jugador regresa de una larga inactividad, y que, por lo tanto, dado esa inactividad física a la que hacíamos referencia, no iba a estar en las mejores condiciones" [Pullares gusta de los circunloquios])
El tercero: No me acuerdo, pero estuvo buenísimo...
El cuarto: Tampoco me acuerdo bien, pero fue como uno de esos que hacía Cruyff, que es el jugador que más se me parece cuando me pongo esa remera naranja que tengo, una de tela vieja.
El quinto: Un pase al medio en la puerta del área y le pego al palo del golero. La pelota pega en el palo y entra, justo en el rinconcito. Tipo como uno que hizo Zidane una vez.
El sexto: Ante un rechazo del golero, saco una volea de zurda que cruza ante todo el arco y se incrusta en el ángulo superior izquierdo. (Antes casi había hecho un gol de taco, de espaldas, por arriba del golero. La pelota pegó en el travesaño y se fue).
Bueno: las calificaciones...
Eduardo Batista: 10
Marcelo Pullares: 10
En fin... Quedé muy contento con el desempeño, pero eso no podría haber sido nada sin el esfuerzo de todo el equipo, que peleó cada pelota como si fuera la última. Y ahí se notó el trabajo de toda la semana, que pienso "de que" es muy importante para que las cosas salgan el día del partido. Además justo hoy me terminé de bajar el Concierto por Bangla Desh, de George Harrison, y ver imágenes de ese país, o ver tocando una vez más a Ravi Shankar, me trajo recuerdo de otro de mis grandes partidos, uno que jugué en Bombay en 2003. Resulta que Felipe y yo ya habíamos terminado la carrera de profesorado y como habíamos salido medio abombados de estar tantas horas por día, nos fuimos a hacer un tour Hare Krsna! quedándonos en templos a través de las gestiones de varios de sus amigos devotos. Bueno, se armaban los propios partidos. Una vuelta bajaron unos del lado del Himalaya, casi unos renunciantes totales en lo material, se podía decir que vivían del aire, pero cuando veían una pelota dividida los tigres te metían la suela en la garganta. Además la movían con propiedad. Bueno, esa tarde jugué muy bien, también. Felipe, por una cuestión de número, porque a ellos les faltaba uno, se ofreció a jugar para el otro equipo (fue una especie de renuncia, por lo tanto, algo así como la imposibilidad de decir NO o su postura del SÍ fácil). Felipe siempre recuerda la vez en que encaré hacia el área y él me salió al cruce. Le tiré flor del caño y rematé cruzado al segundo palo. Golazo. Los gurús me levantaban, me llovían pétalos de la tribuna. Así ganamos 5 a 4 con ese gol. El asunto es que a la salida un fotógrafo galés que estaba de excursión y que había visto el partido me dijo que había tomado varias fotos, entre ellas la mi caño a Felipe. Al otro día la descargamos del mail en la laptop que había en el templo. Felipe nunca la quiso conservar, no tanto porque no salía bien parado, sino porque es una especie de recuerdo de una época que él preferiría olvidar, ya que justo ese mismísimo día en Bombay le ocurrieron cosas muy, muy fuertes, que después cuento en otro post. Pero cosas muy fuertes fueron.


domingo, 4 de mayo de 2008

Los malabarismos de un irresponsable


Ayer de tarde terminé de leer las dos primeras de las cuatro historias que componen el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde". Se trata de "El gran salmón" y de "El secreto del Presente". En realidad, para el ritmo de publicación al que nos tiene acostumbrados Aira, cada una de estas historias podría funcionar como una nouvelle. Tienen prácticamente la misma extensión, o más en algún caso, que las novelas que ha publicado para la editorial Interzona ("Yo era una niña de siete años" y "Yo era una chica moderna"), que también, según se dice, conforman una serie.
Hay por lo menos dos cosas que me fascinan de Aira: su imaginación y su (llamémosle así) irreverencia para con ciertas figuraciones de la escritura, o sea, su manera de "no importarle" determinados horizontes de expectativa que se puedan generar en torno a un tipo de escritura, a un modelo de escritor, a una determinada función de la literatura, a una cierta tradición. Pero por lo menos, esa irreverencia puede develar, de manera inversa, cierta preocupación. Hace unos días un amigo me preguntaba por qué me gustaba tanto Aira, justamente. Y mientras trataba de darle una forma a esos sentimientos tan difusos que me genera leerlo, con la intermitencia del messenger, empezó a surgir la idea de que Aira es como un niño, un niño prodigio y caprichoso que hace lo que se le viene en gana. Pero así y todo esa imagen es insuficiente, hace agua por algunos lados. Lo que sí es cierto es que Aira posee un gran talento para escribir, y como los grandes artistas, a veces subyuga los procedimientos de creación para llevarlos a otra parte. Como se dice que han hecho algunos grandes al final de su carrera, planteando cosas que no tienen nada que ver con lo que han hecho, Aira siempre tiene presente en su proceso de escritura, que se desenvuelve y continúa libro a libro, la renovación, el planteamiento de un nuevo procedimiento que desemboque en un nuevo modelo. En este último caso, con "Las aventuras de Barbaverde", aborda el mundo de los superhéroes y los villanos, asiéndose de todo el arsenal de recursos y lugares comunes del género. Pero, por si fuera poco, he notado algo así como una desescritura, una manera de subvertir esas "normas", esas maneras entendidas como correctas para exponer determinados asuntos dentro del desarrollo del relato. Por ejemplo, sucede algo imprevisto, o algo que no encaja con lo anterior, y ahí nomás el narrador no tiene ningún empacho en decir que se había olvidado de mencionar algo para que todo pueda entenderse. Creo que, considerado en algún escritor nuevo (por lo menos en un escritor nuevo) eso puede atribuirse a la falta de autocorrección, a la impericia, etc., pero en el caso de Aira es sumamente sospechoso, desde luego. Parece que Aira se hace el bobo, que no cumple con el A, B, C del narrar. Y ahí hay que ver una postura, una postura contra algo o en la línea de uno vaya a saber qué, pero hay una inflexión.
Hace unos días leía algunas reseñas de libros de Aira en el blog www.ininteresante.blogspot.com y en general tuve que coincidir con muchas cosas que se decían allí, pero hubo una afirmación que me llamó la atención. Salteándose ciertas formalidades, quien escribía decía que Aira es, lisa y llanamente, Bioy Casares, Bioy Casares en esta época, en un contexto argentino con particularidades muy diferentes. Yo, sin embargo, había tenido una idea similar. Que Aira es hoy lo que Borges fue para otra Argentina. Por lo siguiente... Comparada con las obras de otros contemporáneos, dónde se podía encontrar en la obra de Borges una referencia (¿realista?) a lo que pasaba en el país en los años que le tocó vivir. Borges se iba para atrás, hacia un mundo de compadritos que ya no existía, hacia el siglo XIX pampeano y su fascinación por lo fronterizo, que lo hizo apelar a la Banda Oriental más que al Uruguay. Con Aira sucede exactamente lo mismo. ¿Qué podemos saber de la Argentina de hoy por sus ficciones? Se puede decir que una novela como "Las noches de Flores" (2004) es sucedánea de la crisis de 2002, pero Aira ni siquiera se interesa o pone el énfasis en la crítica social. Esa novela termina directamente en las estrellas. Aira escribe historias que, retomando esa fascinación post-Borges, ocurren en el XIX, o historias que transcurren en otros lugares distantes del mundo (China, Grecia, Italia, Rusia, Honduras, Colombia, Polonia, etc.). Yo creo que, la misma negación del entorno social específico que circunda al escritor de carne y hueso como materia para sus narraciones, es también una réplica, una política indirecta. En ese sentido creo también que Aira dice mucho de la Argentina de hoy, aunque su última obra hable del superhéroe Barbaverde y tenga como comienzo un final del mundo que tiene como epicentro (otra vez más) la ciudad de Rosario.
"El gran salmón" es la primera de las historias del libro. En síntesis trata acerca de la aparición, en la órbita de la Tierra, de un enorme salmón (nunca queda muy claro si es un salmón, pero lo llaman así, qué más da) que llega de los confines del Universo para hacer peligrar a la Humanidad. Ha sido traído por el profesor Frasca (enemigo acérrimo y elemental de Barbaverde) y mide exactamante cincuenta millones de años luz. Rosario es el centro de la historia porque el salmón queda apuntando con su boca a esa ciudad. Por momentos la historia, como decimos de forma criolla, parece no tener pies ni cabeza, es un delirio permanente. Sin embargo la historia toma forma, es, increíblemente, creíble.
Hay otro aspecto que me ha llamado la atención en esta lectura parcial de "Las aventuras de Barbaverde" (me faltan "Los juguetes" y "En el gran hotel") y es la perspectiva con la que se narra, que a priori puede resultar incómoda para los que están habituados a leer historias de superhéroes. Aira parece dar vuelta como una media ciertas convenciones del género, y eso se nota en el punto que elige para narrar. Aira rompe con el modelo básico de situar la mirada en el superhéroe en los momentos precisos en que la aventura se insinúa, se transita y se consuma. Si el superhéroe es un ser misterioso (si juega con el componente del misterio de quién es y el riesgo de no ser descubierto, por aquello de que el héroe, como condición esencial, es "distinto" al resto de los seres de su comunidad) es precisamente porque hay un otro lado, otros personajes posibles para los que esa experiencia es todo misterio, personajes que determinan el misterio, porque este está elaborado en relación a ellos. Aira pone la historia, si de experimentar se trata, desde el otro lado, salteándose rotundamente la perspectiva puesta en las peripecias del superhéroe y contando los ecos de ellas en quienes están atentos a los sucesos. Como si se apoyara un vaso sobre una mesa, Aira no narra el hecho de cómo el vaso se apoya (o trata de no hacerlo, hasta donde le permite la lógica del relato), sino que parte de la marca del vaso para realizar una inferencia del incidente.
Es sobre el final de "El secreto del Presente" que sucede una de las cosas más importantes de la obra, y que se impone como una especie de centro neurálgico de la escritura que Aira desarrolla aquí. Es el encuentro entre el protagonista, el periodista Aldo Sabor, y Sergio. Aldo Sabor ha seguido las aventuras de Barbaverde en Egipto a través de Karina, que ha devenido en corresponsal involuntaria, y ha tenido en vilo a los lectores del diario rosarino El Orden a lo largo del mes en que se han desarrollado los sucesos. Sabor se descubre escritor, ha logrado que la gente se entusiasme leyendo esa historia, día a día, entrega a entrega. Acá nos podemos dar cuenta también de que Sabor termina siendo una especie de alter-ego de Aira. Puede que Sabor no haya contado en sus crónicas algo tan distinto a lo que nosotros hemos leído. El encuentro con Sergio es muy gracioso:
"-¿Hoy escribís el último artículo de la serie? ¿El gran final? ¡Qué bien la hiciste! ¡Vos sí que sos un macaneador de primera! Me los leí todos, no vayas a creer que hablo por boca de ganso. Tenés una imaginación de la San Puta.
Sabor, con helada ironía:
-Gracias.
-No, pero hablando en serio, ¡qué desastre! Qué bajo ha caído El Orden, para publicar tanta pavada, con las cosas importantes que pasan en el mundo. Aunque la culpa no es del diario sino del público, que pide morbo y frivolidad. Por supuesto, vos escribís lo que escribís para reírte de todo el mundo, no te importa nada, sos un postmoderno. Lo que hay que reconocerte es el color que le ponés. Tenés garra, lástima que no sepas escribir. (...) ¡Ojo, que no te estoy restando méritos! Ya te dije que leí todas tus notas. Es cierto que las leí para reírme nada más. Pero también es cierto que terminé sintiendo algún interés, aunque más no fuera para saber cómo te las ibas a arreglar para seguir adelante. Los malabarismos de un irresponsable pueden ser fascinantes de contemplar. (...)"

Ahora, hablado de alter-egos, es Sergio el que parece ser Aira, el Aira que se adelanta a lo que puedan decir sobre él y el relato que ha escrito, el Aira que se despacha hasta con su resistencia a que lo traten de "post-moderno", el Aira que dice: "sí, escribí esto, tal cual". Así parece que cualquier crítica se condiciona, el autor, como el esquivo Barbaverde, pasa a ser ese conejo blanco de la narrativa argentina que nadie puede atrapar.

viernes, 2 de mayo de 2008

Porro 2.0


¡No lo puedo creer! ¡Qué atavismo más grande! Dicen, según leí en algunos mails que me llegaron, que mañana sábado 3 de mayo en Montevideo, en el Molino de Pérez (¿?), habrá una marcha por la legalización de la marihuana. Yo, desde mi humilde lugar en la web, desde este blog que mal o bien es leído por 15 ó 20 gatos sueltos de todo el mundo, por el bien de esta pauperizada república, yo, Damián González Bertolino, cédula número tal, domiciliado en la ciudad de Maldonado, yo, cabeza abierta de par en par y pensante, coco fecundo que partiose expeliendo la leche de la razón, yo, el que suscribe arriba y también abajo, yo digo: NO, NO VAYAN A LA MARCHA, DÍGANLE NO A LA LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA. No lo saben, pero todo esto es un plan secreto de las potencias del primer mundo para estupidizar a los humanoides del tercer mundo (nosotros) y dejarlos fuera de combate para el día en que la polución gane aquellas patrias. Ese día, el tercer mundo, intacto, será en Nuevo Edén y nosotros, o nuestros hijos, o nuestros nietos, si es que nos queda la capacidad de la descendencia con los aparatos obturados por el humo, nosotros, entonces, seremos la ceniza del ayer más irredento. ¿Se imaginan lo que podría pasar de aquí en más si todos fumaran por todas partes libremente (ya fuman por todas partes libremente, pero bueno, la marcha vendría a ser una representación, hacer idea, manifiesto puro, una práctica, o sea lo contrario de las revoluciones del XIX para acá, lo que no es novedoso, tampoco...). ¡Dios mío! Bob Marley sería ya indiscutiblemente el patrono del humo y nadie lo escucharía (nadie lo escucha en realidad, es como el Che Guevara, que pasó a ser un dibujo que queda bastante bueno en las remeras de manga corta, y en las de manga larga también). ¿Se imaginan a nuestra juventud a nuestra senectud toda, caminando con los ojos rojos? La Patria Boba se avecina. Rodó nunca imaginó un cosmos más caótico que este. Una Patria del "to'o bien", el "arriba, vo" y la polivalente interjección "¡¡ehhhh!!". (Entre otras cosas: ya nadie leería a Herrera y Reissig, todos se pensarían que son Herrera y Reissig, o lo que es más, todos tendrían la imperturbabilidad, de pocos, de Danilo Astori, por ejemplo). ¿Qué más? Bueno, nadie se pelearía, todos escucharían todo el tiempo No Te Va Gustar o La Vela Puerca o ese tipo de música. Los policías fumarían en sus horas de trabajo y ya no habría material para escribir buenas novelas. En suma, el poco sentido crítico que nos quedaba se neutralizaría y quedaríamos medio tarados del todo y todo nos parecería bueno, como un Adán medio boludón que toca esto y lo otro y le parece buenísimo porque no conoce otra cosa, porque justo lo agarró Yahvé y se lo chupó. Más todavía, todos nos pasaríamos hablando de libros como "Las puertas de la percepción" o "El almuerzo desnudo" sin tener que haberlo leído (en realidad la mayoría no los leyó, la mayoría de los que fuman marihuana, porque arrancan a leerlo y ya les da ganas de fumar y dejan de leer, y luego no se acuerdan de lo leído y van otra vez al principio del libro y así ad infinitum). Todos nos creeríamos medio inteligentes e hipersensibles y proclives no sólo a opinar de cualquier arte, sino a practicar cualquier arte; como ahora, pero peor. ¿Qué más? Sí, las primaveras ya no serían lo mismo. El olor insoportable de los porros inundaría los jardines y las plazas y adiós a los azahares, adiós... Pero bueno, no vayan, no vayan por lo que más quieran a esa marcha. Es una cuestión estética. Piénsenlo. Además, yo, el que escribe todo esto, pienso que no hay mejor crítica que la que ofrece una alternativa. Por eso quiero recomendar a mis lectores algo que está mucho mejor que la marihuana (o debe estar, qué sé yo), mejor que la "cannabis sativa", y es la "chondrocanthus chamissoi", más conocida entre los habitantes del Pacífico Este como la "cochayuyo". Es cierto que parece joda, pero está buenísima. Con mi hermano menor hace por lo menos tres o cuarto años que conocemos la "cochayuyo" y que hemos visto cómo nuestra ha vida ha cambiado sensiblemente. De veras, cada vez estamos mejor y nos sentimos más aptos para los desafíos que se vienen. Una buena forma de consumir la "cochayuyo" es con leche, que es una mezcla bastante nutritiva al fin y al cabo. Mi hermano, por ejemplo, se pega un saque de "cochayuyo" early-in-the-morning y el pibe no para de sacar standards de jazz con la viola. Todo el día pium-pium-pium, meta glissandi y staccato y esas cosas. Yo, por mi parte, le encuentro un gustito, un qué sé yo a la literatura uruguaya actual que no sé cómo expresar. Soy feliz. Principalmente lo que hago es tomarme la "cochayuyo" con un buen café con leche hecho con tres cucharadas soperas de azúcar, o si no directamente la masco con unas galletitas de ceral y miel o de canela y manzana. El otro día terminé de leer la última novela de Milton Fornaro y me voló la cabeza. Lo que me pasó fue que en la tapa había una foto de Hemingway, y yo giraba el libro y la cabeza Pappa Hem también giraba y en una me dice: "Pará, tarado, pará de darme vueltas que voy a vomitar, que ya tengo bastante con estar acá". Y después me dijo esto: "Está bien lo del IRPF a los jubilados, que les saquen la guita, si se la terminan quemando al Kini o al 5 de Oro". Otras cosas zarpadas que hacemos con mi hermano luego del "cochayuyo" son: andar en bicicleta, hacer la plancha en la 16 de la Brava y más cosas. Está bueno el "cochayuyo", pruébenlo, no vayan a esa marcha-paloma de mañana allá en Montevideo, quédense en Uruguay. Piensen en el país. Lean a Rodó. Estudien. Sepan la letra entera del Himno. Y así...

miércoles, 23 de abril de 2008

Días con humo nºs 2 y 4


Hace como una semana le contaba a alguien el argumento del cuento "El libro de arena", de Borges. Y en un momento me reí cuando Borges personaje, desesperado por querer deshacerse del libro de arena, descarta la posibilidad de quemarlo, ya que, dice, la combustión de un libro infinito sería parejamente infinita y llenaría de humo el planeta. Creo que me reí porque le vi todo el lado hiperbólico al asunto y me quedé en eso nomás. Pero por supuesto, como en muchos otros casos, Borges no sólo está adelantado un paso, sino dos o tres. Creo que estaba en clase el jueves cuando los chicos comenzaron a mirar hacia afuera y dejaron salir palabras como "lluvia", "niebla" o "humo". Yo me hice un poco el desentendido y ordené un poco la cosa, dejando, sobre un costado relegado de mi atenció Un, el pensamiento sobre el origen de ese humo. Un incendio cercano, pensaba... Cercano... Unas horas después estaba acostado leyendo en el 33 cuando me llamó por teléfono mi padre. Mi padre, cada vez que hay una noticia importante (lo mismo que un amigo mío que es periodista) me machaca mi ignorancia. No tengo ni tele ni radio. Sólo leo noticias en internet de vez en cuando o cuando compro los diarios argentinos los sábados, pero por ahora no los estoy comprando. Mi padre, luego de varios rodeos (es un narrador oral desesperante), me explicó lo de los incendios en el norte argentino y lo del viento que trajo el humo a esta región. Me acordé en seguida, cuando salí a la calle y vi que la situación empeoraba, de lo que me había causado gracia en "El libro de arena"; pero por sobre todo eso, vino una vez más la sensación de indefensión que nos acompaña en momentos de este tenor: la caída de un meteorito, un maremoto, el desprendimiento de un bloque de hielo en la Antártida, un nuevo disco de Britney Spears, un nuevo ejemplar de El País Cultural con reseñas de libros salidos hace dos años (cfr. Nº 961). El domingo salí a andar en bicicleta aprovechando que estaba lindo; vi gente bañándose en la parada 1 de la Mansa... y estábamos a 20 de abril. Miré hacia la bahía y el humo apenas dejaba ver el contorno oscurecido de la Isla Gorriti; una buena parte del mar, antes de perderse en la nada, reverberaba al sol. Hasta por ahí llegaba Maldonado. La paz del domingo, el ambiente de playa, la poca visibilidad, me hicieron acordar a una de esas películas que nos muestran cómo es la vida después de la muerte. Era como si estuviéramos todos muertos, o viviendo el impacto de una súbita jubilación arbitraria. Seguí pedaleando hasta la península. Estaba lleno de gaúchos. La mayoría de las tiendas estaban ya cerradas. Tenían carteles que decían cosas como "Hasta el verano que viene" o "Nos vemos en Buenos Aires en las calles, etc., etc." o "Se alquila" o "Liquidamos todo". La península, en su propia evanescencia, quedó cercada por el humo. Parecíamos los supervivientes de un mal sueño. Los gaúchos dando vueltas para encontrar una buena parrillada. Unas gitanas que perseguían a algunas mujeres para decirles la suerte. Las mujeres se negaban y las gitanas se entreparaban soltando un gargajo espeso hacia un costado, luego miran hacia arriba. Me imagino todo ese humo levantándose por primera vez a miles de kilómetros, destinándose secretamente a ser aspirado por mí. Veo las imágenes difusas de los hombres que quieren apagar o alimentar el fuego. En el anochecer del viernes estaba sentado en la rambla de la Brava, comiendo unos bizcochos y tomando jugo de naranja con V. La luna plateaba las olas pequeñas. Todo listo para cualquier metáfora a la mano. Pero ella tenía media hora libre en el trabajo y debía regresar en breve. En eso cae una pavesa frente a mis ojos. Un pedacito calcinado de una hoja de pasto que vaya a saber uno cuántos kilómetros viajó para eso, para que yo la tomara entre mis dedos y la disgregara en miles de partículas. Aquel poema de Whitman, de "Canto a mí mismo", en el que el poeta se pregunta por el origen de un puñado de pasto. Una de las metáforas: es un pañuelo dejado caer a propósito por el Señor, con el nombre del dueño bordado en una punta. ¿Y aquella pavesa? ¿Me pongo trascendentalista o no me pongo trascendentalista? La aplasto entre mis dedos y es bastante más que la parte de una noticia que puedo buscar en un informativo, es un espacio íntimo que necesitaba de aquel incendio.

miércoles, 16 de abril de 2008

28


Así fue. Ayer cumplí 28 años. Los festejé en el Upper Side of Kennedy town ("El Quénide", en la lengua vernácula). Hubo pan casero. Coca-cola. Canilla libre de capítulos de La Pantera Rosa, videos de los Beatles, conciertos de Led Zeppelin y algunos fragmentos de "¿Qué he hecho para merecer esto?", de Pedro Almodóvar. Mi padre se sentó en una silla, entre tanto, y como un Buda de la memoria empezó a recitar anécdotas de los tempranos años '80, cuando yo había venido al mundo. Luego trajo fotos que su madre le había traído, fotos en las que él aparece de niño en el Kennedy o en Punta del Este, con gente que conocí de vieja, fotos en las que está con mi madre. El túnel del tiempo se ensancha. Esas fotos me vinculan, veo mi cara en la de mi padre, ya sea sonriendo o posando para la circunstancia social que era la foto a mediados de los '60 en muchos casos. Y voy más atrás, y el misterio también se ensancha y deja lugar para más espacio. Mi padre trajo hace unos días un árbol genealógico de su familia, algo que un lejano pariente suyo realizó hace algunos años. Es la historia de la familia Barrios. Barrios es el segundo apellido de mi padre. Hay varios Barrios ilustres, todos salidos de San Carlos. Todos ligados entre sí por uniones intrafamiliares... Los padres de mi padre eran primos... Los cuatro apellidos de mi padre son González Barrios Barrios González. Siguen los Barrios. Leo el árbol, escucho las precisiones y las anécdotas que agrega mi padre. Ceferino Barrios, su abuelo, que peleó junto a todos los varones de sus dieciséis hermanos en la Revolución de 1904; algunos del bando colorado, como él, otros del bando de Aparicio Saravia. Ceferino Barrios, nacido en 1877, representa, como represantaron tantos otros individuos, el paso del Uruguay de la barbarie al del civilizamiento. Antes del '04 Ceferino (Ceferino es el segundo nombre de mi padre) era un matón sanguinario, después del '04, cobrados los favores de guerra, fue el tenaz comisario de la séptima sección del departamento de Maldonado, desde las costas de José Ignacio hasta casi Aiguá, en los años en que por esos campos cercanos al límite con Rocha y Lavalleja tiraba de un carro el padre de mi abuela materna, Don Devitta; pero esa es la otra parte del asunto. Siguen las historias... Una hermana se Ceferino se casa con un tal Ferrer y se va a Buenos Aires. A Ceferino y a dos hermanos más ese Ferrer no les gusta nada. Hablamos de antes de 1900. Los tres hermanos conjurados cruzan el Río de la Plata y pasan a cuchillo a varios, entre ellos a su propio cuñado, devolviendo a San Carlos el premio de la hermana recuperada. Un hermano, el más joven, murió en una de esas contiendas. Pero el honor se había restablecido. Mi padre me muestra fotos de Ceferino Barrios, posando de uniforme o de paisano. Fotos patriarcales en las que aparece sentado y con las hijas y su mujer paradas a los costados. Hay algo en los ojos. Un brillo, una manera de cerrarlos. Ceferino Barrios, hijo de Carlos Rafael, a su vez hijo de Carlos Manuel, quien fue hijo de Antonio del Barrio, el primero en llegar a Uruguay, nacido en Piedralba, España, e hijo de Domingo del Barrio, natural de Astorga, cerca de León, que nació a mediados del siglo XVIII. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué decisiones tomó? ¿Qué decisiones tomó su hijo? ¿Qué vida llevó? ¿Por qué cruzó el océano? Las preguntas parecen ingenuas de tan transitadas, pero no son superfluas, nunca. Tengo 28 años, mi vida va hacia ese futuro apenas calculado; pero quiere ir a ese pasado, a esos pasados posibles, también apenas calculados, un pasado que devuelve el futuro...
¿Regalos?... Un buzo de hilo, color oliva; el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde"; un documental en DVD sobre algunas cantantes de jazz (Besse Smith, Billie Holiday, etc.); una nueva guitarra (la cuarta), en realidad bastante chiquita, más tirando a ukelele que a guitarra, y un par de tazas.

miércoles, 26 de marzo de 2008

La noche en que Bob Dylan tocó cerca de casa


(Antes)
Nunca en mi puta vida pude subirme a un tren. Tampoco pude ver pasar ninguno. O casi. Porque una de las experiencias más inenarrables de mi vida ocurrió en la madrugada del segundo día de 2005, en un campo del oeste de Lavalleja. El pueblito se llama Estación Andreoni y queda a unos treinta kilómetros de Minas, cerca de Canelones. Un matrimonio amigo me había invitado a pasar unos días en su casa. En Estación Andreoni había menos de treinta habitantes. La casa tenía un patio con un aljibe, animales, y un caminito que pasaba al lado de un galpón y que llevaba hasta el resto de la propiedad: un campo que empieza con unos álamos, sigue con un monte de eucaliptos y luego pradera, palmeras, flora nativa, serpientes, pozos abandonados con la historia de un gato que se murió ahogado en uno de ellos, una cruz donde un hombre había muerto, un gran tramo del arroyo Sarandí y una vía de tren. El tren, igual que el arroyo, pasaba por el campo de mi amigo. Yo conocía ese tren. En mis noches minuanas, lo escuchaba a la distancia pasando contra el cerro Verdún. Me habían dicho que el tren pasaba a recoger piedras de una cantera y que luego regresaba a Montevideo. Cerca de la medianoche, no sé si exactamente cuando llegaba, largaba un silbatazo. El silbatazo entonces empezaba a correr por encima de los campos, se saltaba los cerros y caía sobre todo Minas como un manto pesado que se perdía hacia el este. Algunas noches, muy tarde, yo volvía caminando a mi casa al salir del liceo nocturno y sentía el silbatazo bajando sobre los techos y las calles. Después me acostaba, y antes de quedarme dormido fantaseaba con el tren. Se me ocurrían historias con un maquinista atravesando la noche, con una mujer que esperaba en el mismo lugar del campo cada noche y que se subía en una parada rápida, y con un amor veloz y furtivo a lo largo de la madrugada. Pero no sé si tuve en cuenta todo eso cuando en una charla casual me dijeron que el tren siempre pasaba por el campo de mis amigos desde Estación Solís a las tres o las cuatro de la mañana. Esa noche el calor era insoportable, y dormí en una cama junto a una ventana del lado oeste de la casa. Por la ventana abierta no podía ver nada. Era como si a noche fuera algo sólido que se pegara contra las paredes del exterior. Sabía que a unos cien metros había un rancho abandonado. En ese rancho un hombre murió asesinado de una puñalada mientras dormía. Dejaron el puñal clavado al lado y nunca más se supo quién fue el autor del crimen. Detrás del rancho, en un recodo del camino, el padre de mi amigo, había protagonizado el único accidente de tránsito en la historia del pueblo. Iba en bicicleta y chocó contra un caballo y su jinete. Pero antes, antes de llegar a todo eso, se levantaba la estación abandonada, con la vía a sus pies.
Y lo que me pasó fue esto. Yo dormía profundamente, luego de dar algunas vueltas por el calor, y empecé a tener un sueño muy extraño. En ese sueño había algo vinculado con un huracán (incluso apareció la palabra "huracán"), con el Tiempo y con gente desesperada. Pero al parecer ninguno de estos aspectos mantenían entre sí relaciones de causa o consecuencia. Eran simultáneos e independientes. Hasta que en un determinado segundo comencé a abandonar el sueño porque la desesperación me estaba envolviendo. Ahí mismo comprendí que el sonido arrollador que escuchaba en el sueño y que iba creciendo cada vez más era el del tren, que estaba llegando de Estación Solís. Me incorporé con un salto brusco. El corazón me latía fuerte. Veía la silueta del tren; era algo impreciso, como una superposición de oscuridades. Los rieles chillaban como si mil personas se hubieran puesto a gritar y como si el silbatazo al pasar por la estación fuera lo que alentaba toda esa locura. Podía ver cómo el tren se alejaba, cómo más de la mitad de los vagones habían traspasado la línea de la estación. Y casi en seguida nada más se movió y los sonidos de los rieles se fueron para siempre. Me quedé unos minutos despierto, boca arriba, mientras la excitación disminuía, y me dormí. Al día siguiente recordaba el suceso y pensaba que no estaba seguro de haberlo disfrutado como hubiera querido. Me parecía que cuando me podría haber estado preparando para disfrutarlo, el tren ya era parte del pasado. Creía que la sensación de placer se me había impuesto como algo bastante retardado y que yo no podía haber hecho nada. Algo más de tres años después, hace dos noches, mientras estaba observando y escuchando a Bob Dylan cantar "Spirit on the water" o "Rollin' and tumblin'", me vino a la cabeza todo lo que me había pasado con ese tren. Me distraje totalmente y me vi a mí mismo en esas horas de Estación Andreoni.
Durante algo más de un mes, sabiendo ya que iba a asistir al concierto, pensaba en que iba a ver Dylan en persona y ese pensamiento no me generaba nada más. Cualquier reacción ansiosa quedaba contenida. Pero el día del concierto no podía más. Las horas no terminaban de pasar. Al mediodía fui a buscar a la terminal a Leonardo de León, que llegaba de Minas. Él, como mucha gente que no había podido conseguir su entrada, iba a escuchar el concierto desde la calle. Yo pedaleaba escuchando en mi discman el disco "Highway 61 revisited". Él había hecho algo parecido con su MP3 al pasar por las sierras en el ómnibus. Desde las diez de la mañana me iba mandando mensajes de texto con fragmentos de letras que iba escuchando o con impresiones sobre cosas que veía en la carretera. Cuando nos encontramos no tardamos en hablar de lo que iríamos a ver en la noche. Quedaba un poco injusto rehuir el comentario de que iba a ser algo histórico. Y sí, lo iba a ser. Dylan ya tiene unos 67 años. Se había presentado en Uruguay por primera vez en el Cilindro de Montevideo en 1988 (en un concierto que el mismo Dylan nunca dejaría de recordar por la espantosa amplificación) y la de esa noche iba a ser con toda seguridad su última vez por estas tierras. Pero no hablamos más del asunto, como si se tratara de una especie de conjura. Fuimos a un supermercado, compramos cosas para almorzar milanesas al pan, y en el camino nos encontramos con Fabián, que iba justo a nuestro encuentro. Después salimos. Acompañamos a Fabián a su casa y seguimos en las bicicletas hasta la parada 29 de la Mansa. Cuando estábamos saliendo del agua apareció Franco y volvimos a entrar a la bahía. Franco también iba a escuchar el concierto desde afuera. Había muchas, muchas personas que en los días previos me dijeron que eso era lo que iban a hacer. Cuando estábamos sobre la arena, hablando sobre cualquier cosa, pasó un helicóptero más o menos lujoso a poca altura, hacia el lado de la península. Alguien dijo que ahí iba Bob, y luego nos reímos ensayando posibilidades más o menos graciosas de lo que estaría haciendo Dylan en las horas previas al concierto. Y era así... ¿Qué podía hacer un tipo como él, harto de que lo persigan y no lo dejen en paz, en un lugar como Maldonado en esa penúltima y hermosa tarde de verano? ¿Y qué importaba lo que hiciera?
Pasó hace un par de días, pero ahora recuerdo esas horas como una ola que se detiene en el máximo de su altura posible y que en seguida baja con una velocidad inimaginable, como si ya hubiera bajado, como si lo que siguiera a esa tensión de la formación de la cresta fuera pasado, sólo pasado. Ahora vamos en bicicleta los mismos tres, más Victoria, a quien se le pinchó la rueda trasera a mitad de camino por Roosevelt. Igual sigue. Falta todavía un buen rato para el inicio del concierto, pero no hace falta tardar más de lo que haya que tardar. Minutos después nos despedimos de Leonardo y de Franco y entramos. Al principio nos equivocamos de tribuna, y nos toca sentarnos aún más cerca del escenario, a unos veinticinco o treinta metros. Pero sólo encontramos lugar al lado de una profesora más o menos conocida para mí. Me cuesta hacerme una idea de que a ella le guste Dylan considerando las pocas charlas anodinas que hemos tenido y las veces que la he escuchado opinar acerca de lo que se llama "la-cultura-en-general". Pero ahí está. De todos modos, pertenece a la generación de los que fueron jóvenes cuando Dylan comenzó a tocar. En fin, no la soporto mucho, y trato de estar atento de no mirar hacia atrás y verla sacudir sus caderas con algún rock and roll. Unas chicas atrás, con voces gangosas, hablan de una banda, o un cantante, con títulos de discos que no puedo identificar. Después hablan algunos minutos de varios temas del disco de Tribalistas. Sentada a mis pies, hay una pareja de entre treinta y treinta y cinco años. Él tiene unos binoculares pequeños y los prueba constantemente. A mi derecha está Victoria, quien tiene a su lado a una pareja algo más joven. Él es un tipo inmenso, y ella tiene unos ojos muy celestes y una nariz que parece un triángulo rectángulo perfecto, pero con una hipotenusa muy extensa. En eso estábamos, mirando gente pasar, tratando de identificar a algún conocido, cuando bajó sobre todos una voz como desde un atalaya, una voz como la de un presentador de boxeo. Y sobre la izquierda del escenario se ve algo que se revuelve en la oscuridad y que de a poco va armando la silueta de varios de músicos que se acercan a los instrumentos, hasta que se desprende de golpe la figura flaca e imperturbable de Bob Dylan, vestido de negro y con un sombrero igual al que usó en Buenos Aires, pero blanco, algo como el sombrero de un perdicador protestante. No hubo una sola palabra. La gente gritaba, aplaudía, silbaba, coreaba, pero Dylan no miraba nunca más allá del fin del escenario. Sólo estaba preocupado en colgarse la guitarra eléctrica. Los músicos se miran una vez más y suenan los primeros acordes de "Cat's in the well". Quiero sentir algo. O, mejor dicho, no estoy seguro de sentir algo bastante definido. Escucho la música y la disfruto, me encanta, pero no sé qué siento. Para colmo, la amplificación no estaba del todo bien hecha. Dylan canta algunos agudos y el sonido se satura. Después salta un acople. En ese momento, mientras sobrevuela quizás innecesariamente por mi cabeza el fantasma del concierto del '88, siento que mis oídos, sobre todo el izquierdo, me punzan con crueldad. El dolor demora en irse. Y pienso que si el concierto hubiera sido la noche anterior, habría sido una situación desesperante para mí. Había pasado toda esa noche anterior acostado con cada mano tapando cada oído, deseando que no fuera el principio de otra otitis. Y las canciones continuaban. Siguieron "Lay, lady, lay" y "Watching the river flow". Todo era breve. Me distraía un poco. Escuchaba algún comentario de alguna persona a mis espaldas, diciendo que no sabía que Dylan cantara así, que pensaba que cantaba como en los discos de los '60. Y entonces me pasaron otras cosas más antes de que el concierto terminara. El cuarto tema fue uno de mis preferidos del Dylan de los '90. "Love sick". Cuando el órgano empezó a marcar el tiempo con un solo y breve acorde fue como si me hubieran sumergido en un pasado indefinido. Quería seguir con todo eso, quería entregarme y no pensar en nada, no analizar nada, no reflexionar sobre la actualidad de Dylan en relación a una supuesta edad de oro en la que se formó el "mito", eso de lo que tanto se habló en los días previos. Había un sitio de mi sensibilidad que Dylan iba a tocar, yo estaba seguro de eso, y ocurrió cuando llegó una versión rarísima de "A hard rain's a gonna fall". No pude aplaudir como lo hicieron todos. No pude marcar el tiempo golpeando el tablón con el pie como lo había hecho desde el inicio. Me quedé con las palmas junto a las mejillas. Y entonces lloré. Lloré como un niño triste, lejos del mundo, lejos de todo, cerca de una gran verdad. Lloré hasta el último sonido de la canción como en una penitencia, una reconciliación con lo que fuera. La muchacha de la nariz con la hipotenusa me miró y se dio vuelta rápido. Se dio cuenta de que había entrado en un espacio que era sólo mío, al que nadie podía acercarse. Una mujer, en el silencio entre los aplausos y la próxima canción, gritó: "¡Aguante, Bob!", o "¡Vamo' arriba, Bob!". Yo tenía sinceras ganas de gritar otra cosa, pero me dio vergüenza. Me dio vergüenza de cómo me iría a ver la gente. Sólo quería decir: "God bless you". Quería apelar a su aguerrida idea de Dios, sin saber si le dolería o no, sin saber si lo tomaría para la risa o no. Pero era lo que quería gritar con todas mis fuerzas, yo, un tipo que no cree en Dios. Recuerdo después que se me erizó literalmente toda la espalda con los primeros versos de "Highway 61 revisited": "God said to Abraham: Kill me a son", o cuando tocó el primero de los dos bises de la noche: "Rainy day women # 12 & 35". Esa fue la primera canción que escuché de Dylan de forma consciente. Fue hace diez años. Con un amigo, en sexto del liceo, habíamos hecho de común acuerdo abandono de materia en Contabilidad y nos íbamos a su casa a escuchar música, en el barrio Pinares. Una de esas tardes me dijo: "A ver qué te parece esto...". Y puso un CD, que probablemente hubiera sido el "Blonde on blonde". Luego hablamos de la letra, y hasta el día de hoy esa letra se me fija con persistencia. En una época la tenía escrita en un papel que había pegado en el interior de mi biblioteca, bien donde nadie pudiera verla. Era sólo mía. Y el concierto se terminó.
A la salida nos encontramos con Valentín, que estaba sobre su bicicleta y que había visto a Dylan desde la vereda, derecho por un huequito entre dos tribunas. En eso llegaron corriendo Franco y Leonardo. Hablaban en voz alta al mismo tiempo y no se les entendía nada. Cada uno contaba su visión de lo que había pasado. Otro huequito entre dos tribunas... Dylan a poca distancia... La policía que fue a correrlos junto a otras personas... Agua que les tiraron desde la azotea de un edificio... Algunos golpes en un talud empinado desde donde miraban... rock and roll...
Íbamos por Bulevar Artigas tratando de que cada cual supiera qué fue lo que generó en uno el concierto. Todos comentábamos cosas que habíamos escuchado entre el resto del público: gente decepcionada o gente en estado de gracia. Hablamos de cómo pudo haber influído toda esa carga pesada del mito que llevamos sobre nuestras espaldas hasta que Dylan se puso a cantar. Hablamos de gente que no había querido ir al concierto temiendo que no le gustara. Hablamos de gente que se retiro antes. Hablamos de los que se colaron a galope entre los que entraban otra vez a las tribunas cuando pensaron que todo se había terminado, antes de los bises. Yo me había encontrado con mi amigo, aquel con el que escuché por primera vez "Rainy day women...". Me dijo que llegó hasta el mismo borde del escenario y estuvo ante los pies de aquella figura. Más tarde se nos separó Franco rumbo al Kennedy y con Victoria, Valentín y Leonardo seguimos hasta Maldonado para cenar en alguna parte. Charlamos de muchas cosas, pero una y otra vez todas las palabras vuelven a Dylan. A Valentín el concierto le gustó mucho, pero dice que hubo baches. Entonces la continuamos con eso de la fascinación por el "mito" interponiéndose en cualquier intento de reflexión. Valentín vuelve a tirar un dato: Dylan salió a andar en bicicleta solo, por la zona de Beverly Hills y, quizás, Parque del Golf. (Recién un par de días después me iba a enterar leyendo un diario de que lo hizo disfrazado de mujer.) Empezamos entonces a fantasear con la posibilidad de que, como hacen muchos turistas desprevenidos que pasean por ahí, haya pasado por el Kennedy. Ahí salta Leonardo: "¿Es cierto que Piazzolla iba a tu casa?", me pregunta. Le respondo que claro que sí, pero que cuando entraba al bar de mi padre sólo entraba a jugar a la quiniela, que no le gustaba tomar. Dylan en el Kennedy (vestido de mujer)... ¿Qué tal? ¡Qué vueltas indescriptibles daba a veces o podía dar la vida! El Dylan de esta gira fue un Dylan-fantasma. Alguien que dejó el contorno de la figura y que sólo coloreó el interior cuando estaba en el escenario. Nada de conferencias ni entrevistas; nada de fotografías ni siquiera durante el concierto, ni de parte de los periodistas ni de los aficionados; nada de persianas subidas en su habitación del hotel; nada de que se fuera a saber en qué habitación se hospedaba; nada de tener que hacer incluso un check-in. Como tantas veces, Dylan quiere escaparse, reservarse un lugar para sí mismo y, al mismo tiempo, agregar una faceta más a su multiplicidad, un Dylan más a todos los Dylan que ya han existido. Sin embargo, siempre será un misterio. Scorsese podrá rodar más horas preciosas de documental, pero nunca sabremos qué es exactamente eso que llamamos Bob Dylan, el invento de un chico de Minnesota que llegó a New York para quedarse con todo lo que veía. Aquel Dylan jovencísimo que tenía cuatro o cinco discos grabados, que cantaba casi de la mano de Joan Baez en los festivales de folklore de Newport, ese Dylan vio antes que muchos lo que se avecinaba. Muchos no lo perdonaron (¡Judas!), pero él supo ver qué era lo que iba a pasar con los artistas desde comienzo de los '60, cuando las condiciones económicas de cierta clase consumidora de música popular, cuando la maquinaria del espectáculo hicieron que las reglas de juego cambiaran y los artistas pasaran a ser manejados como marionetas. Entonces Dylan boicoteó desde el mismo interior el dispositivo de creación del espectáculo. Sacó cada pieza para mostrarla al público, e hizo con cada pieza lo que quiso. Dylan fue quizás el primer artista (antes que Warhol o al menos al mismo tiempo) que supo que las cosas habían cambiado, que para que el creador sobreviviera era necesario que entrara en el juego de la industria y sus manejos. Pero la diferencia entre "venderse al Diablo" y lo que hizo Dylan está en una inflexión, algo así como un gesto que siempre se puede apreciar en su obra, una cosa que se puede resumir en una frase como esta: "Esto es lo que estoy haciendo para llegar, pero no se crean toda esta porquería que hay alrededor". Cada vez que uno repasa esas imágenes de los '60, con Dylan corriendo entre los fans, escapando de los fotógrafos o riéndose de las preguntas de los perioditas, percibe que él está socavando, ironizando con cada gesto el show-business del que él mismo saca su buena tajada. Dylan se adelantó incluso a los adelantados de adelantados que fueron los Beatles. Cuando los Beatles estaban hartos de ser los Beatles y cuando Paul Mc Cartney comenzó a concebir el proyecto de que la banda se transformara en otra banda y así crear la Sgt. Pepper's lonely hearts club band, un tal Robert Zimmerman ya había creado un alter ego llamado Bob Dylan, y que lo había dejado a resguardo de todo.
Quizás el mito descargó sobre mí todo su terrible peso en el momento del concierto. Probablemente eso generó mi perplejidad mientras las canciones pasaban una a una. ¿Por qué no? Uno no puede dominar todo lo que sucede a su alrededor. Dylan finalmente pasó a mi lado en este punto de mi vida, una tangente que tocó el círculo de mi existencia, una vía que se llevó un tren nocturno que basta para reír o llorar.
(Después)

Woody Guthrie: "So long, It's been good to know you"

miércoles, 19 de marzo de 2008

Hacia el primero de todos los días (I)


Benny Goodman: Clouds

Es cierto que hace mucho tiempo que estoy debiendo lo de publicar ficción en el blog. Por eso quiero decir que lo que publico ahora no se tome como un remedo.
Resulta que he estado mirando cosas viejas que dejé a medio hacer y que quizás podría haber seguido, pero ya no siento las ganas de hacerlo. En todo caso, me parece que el hecho de resistirme a continuar algunos comienzos de novelas me ratifica la pérdida de un estilo que yo trataba de tener. Quizás las ideas de las que partí no me parezcan mal, pero la ejecución de las mismas me parece ya de otra persona. ¿Por qué hacer conocer estas cosas que para muchos pueden asimilarse con secretos inconfesables? No lo sé... Supongo que tampoco me cae muy en gracia tener esto tanto tiempo en una carpeta del disco duro. Esto que viene tenía un título de trabajo, absolutamente provisorio, que era "Hacia el primero de todos los días". Lo empecé a escribir a finales de 2004, cuando aún vivía en Minas. Lo que haré en estos días, entonces, va a ser publicar tres fragmentos de ese texto, más o menos todos de la misma extensión.



Todas las mañanas, si se miraba solamente con mucha atención lo más alto del pueblo, se podía ver que tres nubes se encontraban allá donde muchas otras de distinto tipo no querían llegar. Como no tenían un horario fijo para hacerlo, uno a veces las podía sorprender en medio del recorrido hacia el lugar del cielo en el que se encontraban con exactitud; pero lo desconcertante era que no se sabía de dónde podían venir. No eran volutas de humo de una fábrica (el pueblo no tenía fábricas y no había otros pueblos cerca ni lejos; de hecho, el pueblo más cercano estaba muy, muy lejos). Cuando una de las nubes parecía atrasarse las otras le hacían señas o burlas amistosas para que se apurara. Entonces, una vez juntas, hacían una ronda y ya era muy difícil saber cuál era cuál. Todo era pura adivinanza, incluido lo que irían a hacer las nubes unos segundos después. Seguirles los pasos a cada momento era casi imposible, siempre llegaba un punto en el que los ojos comenzaban a irritarse y la visión se borroneaba con la concentración de las lágrimas. Así las nubes podían aprovechar para hacer varias cosas que sólo quedaban claras después de que se estudiaban las consecuencias. Por ejemplo: si a uno de los cerros que rodeaban siempre al pueblo le faltaba la punta era seguro que las nubes hubieran elegido jugar un juego que consistía en extenderse todo lo posible sin perder su esencia de nubes y formar una levísima gasa. Yo había visto muchas veces cómo lo hacían, pero no pude entender todas sus fases con los primeros casos. En los días nublados el juego de las nubes se hacía complicado para el observador, pues sólo se las podía notar si hacían algún tipo de movimiento brusco, y esto no ocurría nunca, salvo las veces en que sin querer se iba una encima de la otra por perder el control del juego; entonces se apartaban entre sí como si llegara de pronto un viento terrible. Yo había comprendido que de todas las pocas reglas que tenían sus juegos esa era una que ellas siempre respetaban y hacían respetar: la regla de no tocarse nunca. Cuando hacían sus rondas desde cualquier cerro hasta el pueblo o atravesando los campos, se acercaban lo imprescindible como para que el juego anduviera, y luego giraban con esa mínima separación entre ellas todo el resto de la mañana hasta que el viento del mediodía cambiaba los aires y llegaban otras nubes que cubrían el resto de las cosas del pueblo; entonces se iban.
El día que decidí irme del pueblo para no volver jamás las tres nubes aparecieron juntas desde el sur, hacia donde yo seguiría mi rumbo. Pero no fue un augurio porque recién me di cuenta a los días de haberme ido. El pueblo estaba escondido entre una cadena de cerros cambiante y con la forma de un pañuelo arrugado, en cuyo hondo centro vivía la gente.
El día que llegué al pueblo lo primero que vi fueron centenares de pequeñitas nubes que pasaban como caballos escapados por sobre los cerros de los alrededores. El pueblo fue invisible hasta que el ómnibus tomó la última de las bajadas y una cruz comenzó a flotar a la distancia trayendo consigo el resto de las naves de la iglesia, y, con ella, todas las otras casas con su calles y sus personas. Pero las nubes estaban jugando un juego que yo descubriría muchos días después. Sucedía algunas veces en el año, al comienzo del otoño o en el último mes de primavera. El juego era hacer como esas plantas silvestres que diseminan por el aire las pelusas que el viento dejará estancadas en cualquier lado. Pero había un matiz emotivo, y era que las nubes no querían dejarse ver, corrían lentamente con la ambición de no ser notadas por quienes transitaban el pueblo a esas horas. “A las nubes les gusta pasar como si no estuvieran pasando”, me repetía a mí mismo en una de esas oportunidades.
Para lograr la máxima emotividad en el juego de las tres nubes que estaba comentando era obligatorio que otras nubes vinieran a jugar con las tres nubes de todos los días. De ahí la escasez del espectáculo. Pero en el primero de todos los días que yo pasé allí no lo pude notar del todo. Sólo sabía que estaba viendo una parte del pueblo que nadie estaría mirando en ese instante, pero no mucho más que eso. Hablo del primero de todos los días para referirme a todos los días que se dejan agrupar sin escándalo en el mismo lugar de un recuerdo. Ahora escribo estas palabras y hablo del primero de todos los días porque el pueblo acaba de cambiar, me enteré esta tarde. Y esto para mí no deja de ser doloroso; lo que aparezca de aquí en más es la historia en que hay que hacer algo con el dolor. El primero de todos los días es un día que puede ser llamado “el suceso”. Era una cosa, un objeto que yo manipulaba hasta que ocurrió lo de esta tarde, cuando supe que a partir de mañana empiezan otros días, que son “la mentira”. Porque esta historia, siempre que no trate del primero de todos los días, es mentira. Partamos de un punto que consiste en que me he mudado a un pueblo que, en cierta forma, desconocía. Antes de venir, antes de saber que los imprevistos de mi trabajo me conducirían a este lugar, yo consideraba que se trataba de un lugar como cualquier otro, es decir: visto en un mapa o averiguando dónde quedaba al conversar con algún amigo, el pueblo parecía ser uno de tantos, un punto como tantos otros que, apretado contra las marcas de unos accidentes, aparece en el fondo de un papel. Pero estar viviendo ahí es una cosa muy distinta porque uno empieza a descubrir que el punto empieza a tomar otras formas, y el pasar de los días se transforma en el ejercicio sin descanso de conectar aquello de lo cual a uno le hablaron con lo que está viviendo. Supuestamente, a determinada persona le han dicho que el lugar era de una particular manera y que se encontraría con un grupo más o menos reconocible de momentos y personas; cuando se llega, en los primeros días lo único que se hace es comenzar a vivir como si todo allí fuera como lo anunciado; después, las cosas tienden a ser un poco rebeldes, como si no quisieran ser del modo en que tienen que ser, y uno se queda días y días pensando, actuando y viendo como se le ha dicho, sobre todo porque hay una certeza de que de repente hay otras cosas, pero uno no sabe organizar sus actos con respecto a esas novedades y lo mejor que se puede hacer en esos casos es mirar como todos habían dicho que había que mirar. Pero eso se soporta por un período de tiempo que depende de la resistencia de cada uno y de cómo era uno antes de llegar al lugar.
Los primeros tres o cuatro días dormí en dos pensiones distintas, esperando con el correr de las horas la satisfacción de un buen precio por un alquiler. En la inmobiliaria definitiva, después de algunas preguntas solapadas con un desinterés permanente y hasta simpático, que me pareció característico de los pobladores por esos días, di a entender que yo no era de la ciudad, por lo que habría que guiarme. Tenía que elegir una casa inmediatamente porque a los días llegarían mis pertenencias. [REESCRIBIR]
A los días, quizás a las semanas, comprendí que la mujer de la inmobiliaria mostraba todo lo que me pasaría en la ciudad. Al comienzo, digamos hasta firmar el contrato, parecía honradísima por contar con mi presencia y me hacía sentir como si los demás habitantes compartieran esa sensación; yo era como el embajador de un lugar que ellos admiraban y que además se había sentido interesado por ellos. Mientras firmaba me hablaba todo el tiempo sobre actividades que se hacían en invierno y de cómo la gente se reunía en esos días en que las nubes bajaban sobre las casas y se apretaban contra los cerros de los alrededores. Y las fiestas de primavera, según ella, eran especialmente recomendables; llegaba gente desde todos los lugares del país y ya me daría cuenta de lo que era vivir allí y ver la ciudad, que, aunque era pequeña, siempre estaba bonita.
Cuando mis pertenencias me fueron enviadas a la casa que elegí, me acomodé sin querer hacer mucho esfuerzo porque el calor que había empezado a apretar en esos días me había extenuado ya sacando las cajas y los muebles del camión. Donde había vivido antes, que fue la ciudad en que había transcurrido toda mi vida, uno podía bajar a la playa en las tardes de calor y pasar el tiempo sin notarlo. Mi nuevo hogar se encontraba en una ciudad mediterránea que no tenía más que un arroyo; la época en que la gente se bañaba en ese arroyo era muy anterior a los días que me tocaron vivir allí. El escritor del pueblo (hubo en ese lugar un escritor venerado del que tendré que ocuparme más adelante; pero por ahora basta saber que hay alguien llamado “escritor”, así, a secas, en esta historia), el escritor que los niños de las escuelas recitaban y recordaban como a un abuelo lejano entrevisto en la bruma de los primeros recuerdos, había celebrado muchos años atrás el transparente y limpio flujo del arroyo en una de sus obras de madurez. Cuando mucho tiempo después un intendente de turno convenció a todos sobre las virtudes del saneamiento, el arroyo que estaba en la obra del escritor había dejado de ser algo parecido a una copia para transformarse en el ideal. Pero el escritor ya estaba felizmente muerto. Día y noche el arroyo recibía bajo su superficie un pujante alud de sustancias variadas que llegaba impulsado desde la parte alta de la ciudad. Yo no sabía todo eso cuando me acerqué al agua en aquella tarde de calor y contemplé las bolsas y las botellas que atestaban las orillas, las delgadas láminas multicolores que cubrían de a trechos las partes más reposadas del curso. Lo único que pude hacer en la primera tarde fue darme una ducha de agua fría, pero el agua salía tibia porque los caños deberían haber estado recalentándose entre las piedras de la ciudad al sol de la mañana.
Como aún no tenía cocina el día en que me instalé, tuve que salir con el sol muy en alto para conseguir algo de comer; pero me encontré con que la mayoría de los comercios estaban cerrados y tuve que hacer muchas cuadras más de lo previsto para comprar unos chorizos al pan cuya carne parecía menos consistente que lo que uno puede esperar de un chorizo; al llegar a casa, lejos de haberse enfriado, los chorizos habían perdido toda su gracia con el aire caliente de la calle. Y como todavía no tenía una mesa para comer y mucho menos un escritorio donde poder trabajar, apilé algunas cajas con libros y extendí sobre ellas algunas páginas de diarios. La compra de los chorizos me había facilitado repentinamente un conocimiento inmediato de algunas calles de la ciudad que no había visto antes; así vi cómo algunas calles terminaban abruptamente en baldíos que se abrían al amplio campo, que se abandonaba muriendo a la falda de unos cerros. Hablar de cosas como “pueblos fantasmas” para referirse a lugares que parecen olvidados por la mano de Dios es algo que no es interesante para mí en este momento, algo que puede ser evitado sin lástima. En la ciudad en que viví el primero de todos los días uno puede decir que suceden todas las cosas habituales que suceden en todas partes (las mismas que pasaban en la ciudad en donde nací), salvo que aquí hay un cierto ritmo lento para todas las cosas; tampoco se trata de que la gente se demore a propósito en la ejecución de diversas actividades, pues eso supondría que existiría un nudo de víctimas y victimarios que se atacan con el empleo indiscriminado del tiempo. Si las cosas son más lentas es porque hay como un acuerdo común, que ellos desconocen, para que lo sean así. En un primer momento yo pensé que las cosas aquí se daban lentamente, como resbalando antes que penetrando, porque no me había habituado y miraba todo con el orgullo propio del que llega de otra parte; pero esta idea me abandonó para pensar después que cada cosa tiene un propio ciclo de creación, desarrollo y acabamiento, y que es independiente del lugar en que se realice. Y así, sin que yo supiera cuándo, la ciudad ha cambiado una tarde. El hecho de cómo cambió de repente es lo más importante de todo lo que voy a tratar de decir en el comienzo. Antes que nada, había pensado que todo podría explicarse con el ejemplo de un vecino con el cual yo hablaba todas las mañanas en la vereda; imprevistamente, sin que me diera cuenta de la causa, ya no teníamos tanto de qué hablar. Sin embargo, todo esto ocurrió hace muchas semanas después de la mudanza y del comienzo de mi trabajo en uno de los diarios locales.
Los primeros días después de la mudanza también pueden reducirse a uno solo en otro sentido: el día en que hacía tanto calor que el aire, cuando abría de par en par las ventanas para poder dormir, corría como una sorda onda de caramelo líquido, volviéndose todo trabajoso de hacer e imposible de observar sin que se perdieran las líneas fundamentales que componían las cosas. Así, con esa sensación de que lo que estaba haciendo era el recuerdo de algo hecho, también en esos días empezó mi trabajo en el diario. Había dicho que mi trabajo siempre fue imprevisto, pero no lo suficiente como para mudarme de ciudad. En mi ciudad, después de que un diario quebraba, o simplemente porque tenía que irme, encontraba a los pocos días ya algún pequeño empleo en otro medio, aunque fuera empezando por cobrar la publicidad y después por encargarme del tedio de tener que redactar los horóscopos o las necrológicas. La posibilidad de trabajar en el diario de la otra ciudad se dio porque a veces hay cosas que suceden no por casualidad, sino porque parecería que mucha gente tuviera un interés en ello. El director del diario era muy conocido en mi ciudad por algunos de sus colegas y había llegado hasta allá, aunque de pasada, buscando alguien con experiencia para renovar la plana de su medio; la cuestión es que nadie, en instantes ineludibles, sabe decir “no” hasta que alguien dice “sí”; y el que dijo “Sí” fui yo. La circunstancia de cómo se dio la situación no es interesante ahora (y no sé si lo será cuando siga la narración), pero el hecho es que muchos agradecieron mi gesto como una forma de sentir el alivio de no quedar mal con el amigo de la otra ciudad. Aunque el sueldo no era bueno, y aun cuando era inferior a algunos bajos que tuve, yo había pensado que cambiar de ambiente era necesariamente crecer.
(Entre el día en que llegué a la ciudad y el día en que la ciudad cambió pasaron, como dije, muchas semanas, o quizás muchos meses, porque fue desde luego algo que no se pudo notar de un día para el otro; pero todo fue más claro cuando tuve la sensación que sentimos cuando hemos entrado a un lugar y la gente que hay allí ha dejado de discutir cruelmente hace algunos segundos, así que cuando uno toma la palabra aprecia en los demás una reticencia inexplicable, como cuando las paredes se descascaran y muestran los colores de otras épocas.)
El trabajo que me tocaba hacer fue el mejor en muchos aspectos. Como el verano se extendió inusualmente llevando un calor de enero hasta marzo, no me costaba mucho abandonar mi casa a la entrada de la noche para ir a la redacción del diario; dejaba la casa cuyos techos ya liberaban el calor del día y me internaba en unas calles oscuras algo más frescas donde venían de algún lugar los aromas de los jazmines. Lo único que me había pedido el director había sido que me encargara de la sección internacionales, tenía una página que llenar cada día de lunes a sábado; pero me advirtió que solo fueran noticias que la gente de la ciudad necesitara, de tal modo que no les hiciera falta comprar un diario de la capital del país. Lo que hacía era despertarme antes del mediodía y escuchar los noticieros de varias radios sin levantarme de la cama; allí seleccionaba las noticias que me interesaban y hacía breves esquemas de los puntos destacables de cada una, tomando a veces alguna nota veloz sobre una cifra que no podría retener jamás en mi mente. Después, casi sin variaciones, iba hasta el baño, desayunaba y llevaba la máquina de escribir hasta la cama; allí escribía siempre entre mil y mil quinientas palabras. Más tarde apartaba la máquina de escribir hacia abajo de la cama y colocaba algún disco, ya que leer era imposible en esos primeros días, la atención que le daba a la lectura se me mezclaba con el sopor de la llegada de la tarde y la vista me lloraba si es que no volvía a dormirme. Recuerdo también los primeros días por escuchar afanosamente los únicos discos que tenía: uno de jazz, en el que Chet Baker cantaba canciones de amor, y otro con los conciertos para piano números 21 y 22 de Mozart.

domingo, 16 de marzo de 2008

Mientras espero a Zimmerman


"Tombstone blues", de Bob Dylan


Uno de mis amigos me dice: "Que no se te caiga el blog ahora que empezaron las clases...". No, querido amigo, por supuesto que no... ¿Te parece que eso va a suceder? Yo creo que tengo cada cosa en su lugar... Sí, sí, sí, seguro... Aunque en verdad no sé por dónde arrancar, para qué lado ir en mis horas libres. Los chicos tienen que tener alguna idea de qué es eso que llaman Literatura, antes de empezar a leer a Horacio Quiroga. A ver, quién encontró información acerca de lo que puede ser la Literatura. Yo, yo, yo... La Literatura es un conjunto de textos y... ¿Y qué más?... No sé, no encontré nada más... Bueno, la cosa no es tan fácil, mis queridos... Planifico una clase un jueves de noche... ¿Qué decía Jonathan Culler sobre el asunto? Tenía un libro donde le daba para hacerse el gracioso, también, y le salía bien al tipo... "¿Qué es la literatura y qué importa lo que sea?" (o algo así, se llamaba un capítulo...). Bueno, este señor, Mr. Culler, terminaba diciendo que todas los cuestionamientos que uno le pudiera hacer a un texto literario se los podía hacer a cualquier texto. No había reglas que determinaran la literariedad... ¿Y qué es la "literariedad", profe"... La literariedad, claro, ¡¡y también estaba la "Literaturidad"!!... ¡Había unos rusos, ¿saben?, como a comienzos del siglo XX! Unos tipos que metían miedo... No, no, no... Me llaman de la cocina, me piden media docena de huevos... Camino hacia el almacén... ¡Ah, sí! Estaba aquello de Foucault sobre el aspecto definitorio de la Literatura... En el comienzo, cuando estaba el Verbo y todo eso, quién iba a decir, no había Literatura... Los griegos no tenían ni la más pálida idea de que existía la Literatura Griega, y los italianos del Renacimiento lo mismo... La Literatura aparece como conciencia de un lenguaje o del lenguaje... ¿Era eso?... La Literatura venía después... La Literatura socavaba el lenguaje... ¿Qué es "socavar", profe?... ¿Es cómo escarbar?... ¿Es como soplar y escarbar al mismo tiempo?... No está el almacenero de siempre, está la madre, que demora todavía un poquito más... Tengo media docena de huevos en mis palmas. La doña saca una bolsa, pero no la puede abrir. "¡Ay, pero la bolas para los huevos no se abre!"... La Literatura, chicos... ¿Vieron cuando van al almacén y la bolsita que el almacenero les da no se abre... Bueno, el lenguaje es la bolsa pegada, vieron, toda una institución así y asá... Y cuando uno pensaba que se le caían los huevos vino la Literatura, loco, y sopló o escarbó o se quedó por ahí en el medio o en un rincón y todo se abrió. ¡Ese Foucault! En realidad tengo ganas de otra cosa... ¿Saben lo que es la Literatura? No le hagan caso a los libros y los diccionarios... ¿Vieron cuando se sientan a escribir y las nalgas les quedan como llenas de hormigas? Bueno, una cosa así... Luego las pruebas diagnósticas, hay que corregir las pruebas diagnósticas. Claro... ¿Te gusta leer o no te gusta leer?... Alguien me decía: "los adolescentes no leen"... Era un choto, claro... Profe, ¿leyó "Rocanrol", de Roy Berocay?... Sí, le digo... Pero el libro que más me gustó es uno que se llama "Dejen todo en mis manos". No me acuerdo del nombre del escritor, pero me hizo reír mucho... Mario Levrero, digo, falleció hace muy poco... "Los adolescentes no leen"... Profe, ¿vamos a ver una película de Chaplin?... Profe, esto, profe lo otro... Vuelvo a casa... Me acuerdo de algo... Un crítico uruguayo de renombre me envió un breve ensayo inédito sobre la actualidad de la literatura uruguaya, algo que se va a publicar dentro de poco en una publicación especializada... Lo abro en el notebook, trato de leerlo... No puedo, ahora no puedo, se me pega la tortilla... Será para otra vez, quizás para la semana de vacaciones de Tursimo, estimado... Lo hojeo muy por arriba, veo que al final junta dos o tres palabras como "kitsch" o "Dani Umpi"... Dani Umpi... Me acuerdo del lunes, en el concierto de Andrés Calamaro en el Estadio Charrúa... Umpi fue el telonero. Mucha gente lo abucheó. Otros se reían y se dejaban llevar por su música. Umpi saltaba entre sus "amigas". Pero la homofobia crecía en el público. Hasta que Umpi, entre tema y tema, dijo al micrófono, casi riéndose: "¿Qué te pasa? ¿Nunca viste un puto?". Más críticos uruguayos... Antes de ir al concierto me compré en una librería de Tristán Narvaja el ensayo "Vivientes. Latitud de Juan José Morosoli", de Óscar Brando. Merendando con V. en una cafetería lo miro por arriba. Luego veo que por la ventana de mi lado pasa otro crítico importante, de esos de renombre. Lo conozco de hace tiempo, hasta es amigo del padre de uno de mis mejores amigos. Golpeo la ventana con mis nudillos. Me ve, se sonríe y regresa sobre sus pasos hacia el lado de la esquina de Tristán y 18. Le digo que me compré el libro de Brando y sale el tema de Morosoli. Morosoli nunca pudo superar ese nativismo, es aburrido, tendría que haber escrito sobre Ticino, sobre todo eso que traía atrás, y no lo hizo, me dice. Discutimos apenas. V. me espera, mi café con leche se enfría. Nos despedimos, y cuando regreso a la mesa le cuento a V. lo que charlamos sobre Morosoli. Es lo mismo de siempre con los montevideanos, le digo, la mirada crítica no puede salir plenamente de las murallas. No puede, parece que no podrá, aunque lo intente. Morosoli. Minas. Decido viajar hasta allá el viernes a la tarde para ver a Leonardo de León. No lo veo desde diciembre. Me subo al ómnibus y le doy play al "Highway 61 revisited", de Bob Dylan. Es un lindo día de finales de verano. El viento fresco entra por la ventanilla abierta y me da de frente en la cara y me levanta el cabello. En la Interbalnearia los cerros al norte se levantan como una promesa de felicidad. Siempre me gusta ir a Minas en las estaciones intermedias, cuando no hace ni mucho frío ni mucho calor. El ómnibus acelera en una recta, antes de doblar hacia Piriápolis. Comienza "Tombstone blues"... Mama is in the factory She ain't got no shoes Dad is in the atic He's looking for food I'm in the kitchen with this Tombstone blues... Me suena el celular. Es Valentín. Le pongo un auricular para que escuche lo que tengo en el discman. Se viene Bob... Todo un tiempo escuchándolo hasta que un día te dicen que va a tocar en tu barrio, o en algo que puede ser como tu barrio. Valentín se va a subir en uno de los balcones de los edificios linderos al estacionamiento del hotel donde Dylan va a cantar. Es así, una tarde te levantás de la siesta y Bobby te toca y te canta "Rainy day women # 12 & 35" tipo serenata... Hablamos muy poco más porque el ómnibus se mete en un abra y la señal se debilita. Sigue el viaje. No tengo nadie en el asiento de al lado hasta que cerca del castillo Pittamiglio sube una chica con un libro apretado contra el regazo. Luego de un rato me doy cuenta de que es "Paula", de Isabel Allende, y que va por la página 18. Empieza otra canción, de otro disco."Gates of Eden". Lo recuerdo bien. Voy entreviendo la falda del Cerro Pan de Azúcar. El ómnibus lo rodea hasta tomar de nuevo la Interblanearia y entrar en Pan de Azúcar. Miro las nubes. Casi siempre me doy cuenta de que al comienzo del otoño, o un poco después, llegan unas nubes pequeñas de norte a sur, como una dispersión de copos de algodón que sobrevuelan con sigilo, como si no quisieran se vistas, o como si su paso no tuviera la más mínima importancia para la gente que va debajo. Yo iba escuchando "Gates of Eden" observando esas nubes camino del mar. El ómnibus deja atrás Pan de Azúcar y entra en la ruta 60 para el tramo final hacia Minas. Ya lo dije, lo digo cada vez que puedo. El viaje a Minas para mí es el viaje a Morosoli. El viaje en el que puedo recoger un poco más de esa esencia de lo morosoliano. El viaje donde puedo ver unos niños caminando por el medio del campo y entender algo de lo que ocurre allí. Leyendo algunas páginas más del ensayo de Brando, veo unas críticas previas que el autor resume, por ejemplo una de Carina Blixen. Me llama la atención que, incluso dándole mérito al proyecto narrativo de Morosoli, tenga una mirada del campo como algo sencillo, o al menos como una "mateia prima" que comporta más sencillez que la de la ciudad. Incluso, aunque está bien escrito y es atento, el libro de Brando se me figura una mirada de vuelo rasante sobre la narrativa en conjunto del escritor minuano. Esto es algo que noto habitualmente. Los mismo tópicos comunes. Las mismas citas de "La soledad y la creación literaria". Quizás Brando vaya un poco más allá que otros, como cuando estudia el aspecto de la sexualidad en varios cuentos, pero no más. Falta todavía una mirada que desenvuelva algo más del misterio de Morosoli. El fenómeno de Morosoli escribiendo desde Minas, mirando a esa gente e intuyendo sus conflictos, superando todas las anteriores propuestas de escribir sobre el campo, todo eso es muy raro, o una expresión de lo más natural. Leonardo de León me va a decir que hace poco Mario Delgado Aparaín estuvo en Minas y dijo: "Ese tipo era un animal". Se refería a todo lo que escribía, al impulso con que lo hacía. A dejar un cuento terminado casi de una antes de marchar para trabajar en su barraca. En realidad, quiero decir esto: para conocer a Morosoli (como me supongo que hay que hacer para conocer mejor a tipos como Faulkner) es necesario dejar de mirar el texto como una entidad autónoma y andar, andar por ahí. El paisaje, el mismo paisaje está todavía allí y dice cosas. Se puede leer. Hay algo de Morosoli que todavía está suelto y que tampoco pasa por una crítica romanticona, en la que por supuesto no hay que caer. Pero también Morosoli fue (es) la piedra de la literatura uruguaya que zafó de la arquitectura montevideana. ¿La única? Creo que sí. Morosoli sigue siendo un misterio crítico porque la literatura en este país, la misma crítica, pasa por Montevideo.... Un rato después, cuando llegamos a Minas, me fijo en la página de "Paula" que la chica está leyendo: la 24.

jueves, 6 de marzo de 2008

Carne picada

"I dreamed I saw St. Augustine", de Bob Dylan

Me pasan cosas con la Hermana Bernarda...
Por ejemplo, hoy reviso el fascículo que vino con el diario El País y noto en mí un sentimiento de desajuste entre la idea y la práctica que no me hace nada bien.
¿Cómo puedo conciliar la fe y sus deberes con la Hermana Bernarda cuando es ella misma la que me arroja a uno de los grandes pecados en los que sucumbo a dirario: la GULA?
No doy más, no soporto este sufrimiento. Paso las páginas y se me hace un tormento en el que mi vida ve su última encrucijada. Me siento un San Agustín ateo, enflaquecido y más o menos despeinado.
El fascículo de hoy se titula COMIDAS CON CARNE PICADA. Es desesperante.
Igual, hay cosas que me dan pena. Como lo que expresa en letra chica la editorial que publica estos fascículos. Es como que a la Hermana Bernarda la dejan en banda o la mandan al frente. Cito: "La Editorial no se pronuncia, ni expresa implícitamente, respecto a la exactitud de la información contenida en este fascículo, razón por la cual no puede asumir ningún tipo de responsabilidad en caso de error u omisión."
En fin... Dejo un consejo de la Hermana que aparece al final y que creo que vale más que nada como consejo de vida, expandiéndose hacia cualquier actividad humana posible: "Siempre conviene elegir el corte de carne y pedirle al carnicero que la pique en el momento."
FIN

viernes, 29 de febrero de 2008

Sleepy time Dam


Sigue lloviendo, hace días que llueve.
Parece que el verano ya nos dejó. Y eso me da un poco de tristeza.
Estos días han sido todos muy parecidos. Luego de alguna de las comidas me viene una pesadez extrema. Miró por la ventana y veo la gente pasando por la calle, con paraguas o con un pilot echado sobre la cabeza. Me siento como el gato Tom en ese capítulo de Tom & Jerry que se llama "Sleepy time Tom". Hace cuatro o cinco días los niños lo estaban mirando en DVD y y me sentí feliz. Tom todo lo que quiere es dormir, ya no le importa Jerry ni lo que diga la negra cascarrabias. La noche anterior salió de parranda con otros gatos y volvió sobre el amanecer. Me acuerdo de alguna vez en que sentía lo mismo cuando era estudiante, o me había pasado toda la noche leyendo o escuchando música o había estado conversando con algún amigo. Al otro día en la clase los párpados se me caían solos. es extraña esa sensación, como si la voluntad de uno se partiera. Está la voluntad que pretende demostrarle cierto interés a los otros, y está la otra más sensual, más entregada al sueño. Me gusta mucho entonces ese pasaje en que Tom baja los párpados y se pinta unos círculos con pintura amarilla encima de ellos. La negra pasa y piensa que Tom, que está parado al lado del agujero de Jerry, está haciendo bien las cosas. Pero el gato ni se entera. De momento el artilugio ha dado resultado. Estaba acostado en la cama viendo esas imágenes cuando me sonreí. Creo que todos en la vida, en algún momento de dificultad, queremos encontrar ese exacto artilugio que haga notar en los demás que estamos en guardia. Es una tentación fuerte. Depende para qué se use, claro está. Los políticos saben de esas cosas un montón.
Pero bueno, el "sleepy time" que viene en estos largos días de lluvia tiene que ver con otras cosas. Es la forma en que uno ve que el mundo pasa por la ventana.
He estado escribiendo mucho y leyendo poco. Llevo unas 45 páginas del primer capítulo de "Nos cagaron a piñas". Y anteayer, casi insospechadamente, escribí un cuento más. Se trata de un cuento muy breve, de menos de dos mil palabras, ambientado en algún lugar del límite entre Lavalleja y Maldonado. La única persona que lo leyó hasta el momento es mi hermano Franco. Me dijo que le pareció muy Morosoli y que el final era lo más flojo. Creo que tiene razón en las dos cosas. Para empezar, el final está un tanto endeble. Anoche lo estuve retocando y va en camino de ser un final más o menos presentable, acorde con lo que lo precede en el argumento. Lo otro en lo que tiene razón es lo de Morosoli. Cada vez que me propongo escribir un cuento breve siento esa pasión por lo elíptico que me viene de Morosoli. Trato de desmarcarme todo lo posible de su "huella", digamos. Pero aparte hay otra cuetión, que es la del campo. El campo (ayer casualmente estuve leyendo algo sobre el campo en el imaginario del uruguayo "medio" [¿existe ese fantasma?]) es una especie de lugar virtual donde se juegan muchas de nuestras pasiones. Digamos que la pleitesía que solemos rendirle al campo viene del hecho de que nuestro país (más allá de que subsista económicamente por él) fue hecho en el campo. En el campo se hizo un país que terminó quedando más al sur, donde hoy es Montevideo. Es parecido a cuando uno iba a la escuela y un problema que se suscitaba en ella era resuelto no allí, sino en un campito a la vuelta. Yo nunca viví en el campo, apenas si he pasado algunos días de mi vida. Pero mi familia, una parte grande de ella, viene de allí, y siento que en el campo se abre un misterio que es muy mío, o que puede ser mío el día en que lo asuma. Algo así ya me había pasado con otro cuento que había publicado en este blog el año pasado, en abril, y que se llama "Matrimonio". Esto también me hace acordar a lo que impugnaban los críticos del '45, diciendo que era poco menos que insustancial aquella narrativa o poesía uruguaya que tenía como motivo el campo y que sin embargo era escrita por gente letrada de la capital que se iba a una estancia un fin de semana y quedaba arrebatada de romanticismo tardío. Uno de los que decía eso era Mario Benedetti. Claro, el tema es que Morosoli se murió, Espínola se murió, Julio C. da Rosa se murió... y el campo dejó de tener una representación honda en nuestra narrativa y hecha por gente que lo conocía desde adentro. Cuando aparece, está filtrado por otras cosas. Es la novela histórica, o es el doblez irónico (Julio César Castro) o el estertor de lo mágico (¿Delgado Aparaín?). ¿Y hoy dónde está el campo desnudo, crudo, realista? ¿Existirá?
Lo que he estado leyendo son cuentos de Hemingway. En la edición que tengo, hay unas palabras de García Márquez al comienzo, y sobre todo unas citas que rescata del escritor norteamericano que me infunden cierto placer y ánimo extra para escribir. "Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, sólo la muerte puede ponerle fin." Estoy escribiendo en la mesa de la cocina de mi casa del barrio 33, por ejemplo, y aparto el libro de Hemingway y lo dejo a un costado. En la tapa hay una foto suya, tomada por John Bryson. Está también en una cocina, sentado a una mesa. Pero en la mesa hay tres cosas. un vaso que es rodeado por los dedos de su mano derecha. Sin embargo, lo principal es un pato muerto. Y al lado del pato un cortaplumas. Hemingway está ya en Idaho y le quedan por delante nada más de un par de años de vida. Pero me mira insistentemente mientras escribo. Pongo un disco de jazz, uno cualquiera, uno de tantos, y Molly, mi gata, viene desde el living, al lado, donde estaba durmiendo sobre un acolchado tirado en el suelo, y se acerca y me roza los pies. Estoy presumiendo que a esta gata el jazz le gusta de veras. A veces algunos músicos la ponen especialmente feliz. Jelly Roll Morton, Fats Waller, por ejemplo. Sigo escribiendo entonces. Levanto la vista y miro por la ventana a través del jardín y veo las casas de algunos vecinos, y más allá el campo en la zona del arroyo Maldonado.

jueves, 21 de febrero de 2008

Messenger II (Puños II: cómo entrenar)

Una buena lagartija

damiano dice:
Nuevas consultas para el Prof. Leonardo Salaberry: Ejercicios Caseros y Potencia
damiano dice:
Hola, tengo 26 años y entreno boxeo hace 3 años como hobby. Durante este tiempo como complemento he hecho fierros y también ejercicios "caseros" (lagartijas, barras, sentadillas, etc.). La pregunta es ¿qué es mejor, los fierros o los ejercicios caseros? TERENCIO
Leo dice:
Los ejercicios caseros, mi viejo...
damiano dice:
(Ja....)
Leo dice:
Los fierros son para maricas...
Leo dice:
Además, es sabido que todos los que van a los gimnasios, tarde o temprano se terminan empernando una mancuerna en el upite...
Leo dice:
Por accidente o lo que sea, y después, casi siempre les gusta y reinciden...
Leo dice:
Y de ahí no hay quien los saque... escuchame bien... el empernamiento accidental o no con mancuerna metálica es un viaje de ida.
Leo dice:
Seguí haciendo lagartijitas en tu casa, y no te me olvides de sacar la lengua onda salamandra que queda remonono.
Leo dice:
Atte, Prof ( R ) Leonardo Salaberry.
Leo dice:
No hay más consultas?
damiano dice:
Sí...
damiano dice:
Yo...
damiano dice:
Profe: hola, leí su artículo sobre pesas, muy bueno pero la consulta que le voy a hacer es que si no tengo aparatos de pesas, ¿qué otro tipo de trabajos puedo hacer para tener potencia? ¿se pueden hacer sin tener eso?, ¿hay ejercicios que se hagan en el suelo o con una barra?, desde ya gracias. FILOMENO
Leo dice:
A ver, a ver...
Leo dice:
Rápido que no ando con tiempo de gilipolleces.
Leo dice:
Para tener potencia, pregunta el pibe... bueno, una forma es ir a la UTE y contratar potencia, 2.500 kw, ponele, por decir algo...
Leo dice:
Ejercicios en el suelo, querés... ah... mirá una cosa, pibe, una cosita nomás...
Leo dice:
Qué te pensás que es el boxeo...? Lucha-grecorromana? Esa con las mallitas bien ajustadas, con calzas, mostrando la poronga bajo el traje satinado...?
Leo dice:
No, pibe, no...
Leo dice:
No es lucha en el lodo tampoco, aunque se ve que te gustaría a vos...
Leo dice:
Acá, en el suelo que esté el otro, ese esl el fin, para eso entrenamos, para que el otro quede seco en la lona... bah, seco-seco no, un poco ensangrentadito...
Leo dice:
Y ahora salí de mi vista, no sé cómo Braulio te dejó entrar a mi gimnasio.
Leo dice:
Braulio, escuchame una cosita... ¿no te dije que paremos la mano con los boludos?
damiano dice:
ESTÁ bien, disculpe maestro.
Leo dice:
Por esta vez pasa.
Leo dice:
Soy misericordioso en mi magnificencia de regente de este cuchitril.

viernes, 15 de febrero de 2008

Puños


Quizás alguien ya lo dijo o lo escribió. Pero el asunto es que el hecho de escribir es casi ezquizofrenia. Uno pasa por una calle pensando en ciertas cosas y ve esas ciertas cosas en cada hecho mínimo, aislándolo de su situación original y reaprovechándolo. Una especie de ready-made, eso es para uno la realidad cuando se escribe. Entonces, el chiflido que un hombre da de una vereda a otra se transforma en el final de la trampa para un personaje. Pero puede pasar algo más, que es cuando las cosas empiezan a suceder. Y eso me pasa a mí, o me pasó ayer cuando más lo necesitaba. Me pasaron cosas. Ayer a la mañana estaba un tanto complicado con una parte de "Nos cagaron a piñas", es decir, cómo hacía yo para unir una parte con otra y para que el personaje supiera contarlo. Algo así. A eso de las cuatro de la tarde me había encontrado con mi padre en la Avenida Roosevelt, y de ahí me fui hacia el centro. Generalmente paso por un callejón detrás de un edificio y sigo hasta Sarandí para doblar a la izquierda. Pero ayer, no sé por qué, doblé dos cuadras antes, en Dodera. A la altura de la UTU veo tres chicos pegando afiches en una columna de alumbrado público. La única palabra que pude distinguir del afiche fue "BOXEO". Frené y di la vuelta. Eran tres chicos de no más de catorce años. Pegaban afiches anunciando unas peleas para hoy, cuatro combates de exhibición más una pelea internacional de fondo entre un salteño y un argentino. Le pregunté al chico que hablaba más si él boxeaba y me dijo que sí, pero que esta noche no iba a pelear porque no había entrenado bien. Le miré la nariz y traté de ver si tenía marcas de golpes, porque la nariz de un boxeador es muy importante para mí en estos días. Fue una sensación muy confusa. Vi muchas cosas más, vi la carne de todo el asunto sobre el que estoy escribiendo, y hoy espero ver más. Jamás fui a ver una pelea. De hecho, ¿cuánto hará que no hay en Maldonado un espectáculo público de estas características?... mucho tiempo... Y ahora esto, para mí... Llegué a casa y me di cuenta de que era más claro ese puente que quería hacer entre dos pasajes de mi historia, sólo me faltaba el estímulo, y para que este llegara precisaba a su vez que me pasaran y que me pasen ese tipo de cosas. A la noche empecé a escribir, pero justo nació el hijo de una amiga de V. y tuvimos que salir hacia el sanatorio, comprar pañales, bombones, esas cositas. En el sanatorio se estaba hablando mucho de un hombre que había llegado en emergencia del campo tras habérsele caído encima un caballo. Me acordé levemente del cuento de Valentín que hay en "Jaula de costillas": "Amor en febrero"... Febrero... El mes es un poco más corto, cuando ya de por sí el verano me parece corto. Los hechos se suceden rápidos, pegados entre sí sin distinción, y yo voy corriendo tras ellos hasta que el otoño me devuelva a otro lugar de mi ánimo. Como decimos con un amigo: "¡Aguante la ficción!"...