martes, 5 de agosto de 2008

Clínica de apoyo al escritor trabado (presentación)

El benemérito e infalible Lic. Johan Bombay

El servicio que los asiduos lectores de la tartatextual estaban esperando. El crucifijo que viene a ahuyentar al vampiro de la falta de ideas. La bala de plata en el pecho del hombre-lobo de la página en blanco. La caricia de la madre que enciende la luz del cuarto para que el cuco de la inseguridad no se atreva a sacar sus afiladas garras de debajo de la cama. Basta, señores escritores, de amilanarse ante su propia ineptitud
Es tiempo de dejar en el pasado esa condición que tan famosos los ha hecho a los ojos del mundo: la condición de seres pusilánimes, aterrados ante el duro desafío de contar una historia.
"Uy, uy. Qué miedo. Quiero contar algo pero no sé cómo empezar, no sé qué palabras usar, no sé dónde meterme el punto y coma, no sé si quiero que el protagonista se llame Waldemar o Asdrúbal, no sé si quiero que use lentes de carey y sombrero de bombín, no sé si quiero sonar como un nihilista o como un creyente empedernido, ¿imito a Bukowski o a Tom Wolfe?, no sé, es todo tan difícil, ah, ah, qué insoportable sufrimiento el del artista que aspira a la fama y la fortuna.
¡Pero por Cheever! ¡Basta de autocompasión! Desde este blog nos hemos propuesto transformar a estas personas (más para no tener que seguir soportando sus desgarradores quejas que por un espíritu altruista que no poseemos) en gente más recia, más confiada, menos pelotuda. Así que damos comienzo a partir de este momento al curso on-line y gratuito para escritores bloqueados: la Clínica de Apoyo al Escritor Trabado.
Para ello hemos hecho el esfuerzo de contratar a un especialista infalible en la materia: el Lic. Johan Bombay, conocido en el ambiente como "el maestro", pero que se define a sí mismo como el plomero que ha destapado las cañerías creativas de cientos de autores discretos en los cinco continentes.
De aquí en más los lectores de tartatextual, más precisamente aquellos que tengan en sí el germen, la voluntad de traspasar a papel aquello que aparece en su cerebro, tendrán en Bombay el receptáculo idóneo para depositar sus inquietudes.

(idea y producción: DGB y LAC)


lunes, 4 de agosto de 2008

USB + Uruguay


La verdad sea dicha: el famoso puerto usb de las computadoras nos está cambiando la vida. A través de él no sólo podemos introducir en una máquina determinada información, y, obviamente, realizar el proceso inverso... No, no se trata de eso solamente, ya que en realidad el verdadero potencial está en lo que puede generar el puerto usb hacia el exterior. Por ejemplo, recuerdo hace más de un año haber escuchado la noticia de que se había inventado un dispositivo que permitía a cualquier oficinista tipo poder mantener su café o té caliente con la ayuda de un cable usb especial para el caso. Era sencillo: era un cable que se vendía a bajo costo y que se conectaba a la computadora, por un extremo, y se dejaba caer hacia el fondo de la taza por el otro. Y listo, la bebia siempre caliente.
Navegando en la web el otro día me encontré con un nuevo invento. Se trata de un cable usb que termina en una especie de circulito o espiral que se aplica debajo del nudo de la corbata. ¿Cuántas veces hemos sentido, tras horas y horas de trabajo y decorosa vestimenta, que el cuello palpita queriendo liberarse de cualquier tipo de plus valía? Pero acá está la solución. Como se puede apreciar en la imagen que encabeza esta entrada, este nuevo dispositivo emite determinadas ondas que mitigan la presión que se concentra en la zona de contacto con el nudo de la corbata, haciendo de cualquier oficinista medio un ser humano más light.
En fin, movido por mi curiosidad, que me llevó a preguntarme hasta dónde llegaría este tipo de aplicaciones de los USB, y sobre todo en nuestro país, entré a la página líder en software nacional (www.softwareuruguayo.com). Y la verdad es que quedé sorprendido, porque me topé con creaciones de interés 100% charrúa. De entre todas las que vi detallo las siguientes.
Cabe resaltar, en primera instancia, dos tipos de cables USB de carácter doméstico. El primero de ellos, incluso, está recomendado hasta para los estudiantes. Se trata del USB-Mucus V-2. ¿Cuántas veces hemos estado en alguna reunión familiar importante o en alguna clase silenciosa y hemos sentido que la nariz está a punto de gotearnos como una catarata? Es una situación decepcionante que todos hemos vivido en mayor o menor medida. Entre el miedo a la vergüenza de que nos vean sacando un pañuelo (a veces hasta medio sucio) y el terror de no tener con qué limpiarnos y tragarnos los mocos así nomás, el nuevo cable USB ofrece un un mecanismo de succión con dos cañitos, uno para cada narina, que extraen cualquier secreción de manera rápida y discreta. Se puede utilizar desde un i-pod o MP3.
El siguiente cable USB, de uso estrictamente masculino, termina en una especie de red más o menos dura y consistente. Es el USB Andros-H2, y se coloca directamente en el interior del calzoncillo evitando todo tipo de estrangulamiento ante una mala elección de la talla de dicha ropa interior. Está altamente recomendado para jugadores de ping-pong y de los clubes grandes del país.
Por otra parte, la literatura, y en particular nuestra narrativa, no podía escapar a todos estos progresos. Banda Oriental, Planeta Uruguay y Alfaguara ya firmaron contratos para aplicar en sus ediciones las ventajas de la tecnología USB. En todos los casos el cable USB irá desde la computadora hasta una entrada ubicada en la parte baja del lomo de cada ejemplar. Alfaguara ya adelantó que los próximos libros de Milton Fornaro y Andrea Blanqué vendrán con un función especial para el caso, con palabras que se subrayarán y brillarán automáticamente mientras el lector esté leyendo para que se pueda dar cuenta de por donde puede estar el significado de lo que lee. Planeta, por su parte, anunció que la próxima novela de Mercedes Vigil, "La olla podrida", saldrá al mercado con una función USB que le permitirá al lector no tener que leer el libro. Simplemente tendrá que conectar el ejemplar al puerto USB de su computadora para que el libro se "lea solo", ya que la propia voz de la autora comenzará a leerlo de principio a fin. Los lectores, además, van a poder elegir entre tres versiones distintas de entonación: 1-Hot; 2-Monja y 3-Tupamara enojada. En tanto Ediciones de la Banda Oriental ya dejó entender a través de Heber Raviolo que el próximo libro de cuentos de Valentín Trujillo incluirá imágenes interactivas del autor haciendo nudismo en playa Chihuahua con algunos de sus admiradores más cercanos.
Pasando a lo periodístico, hay dos novedades interesantes. Tenfield firmó con www.softwareuruguayo.com para la distribución de un cable que una computadora con televisor en las emisiones en directo de partidos del fútbol uruguayo, particularmente importantes para los relatos de Rodrigo Romano y los comentarios de Juan Carlos Scleza. El cable permitirá eliminar y de inmediato sustituir las frases hechas de Romano ("Frutilla", "Baja"; "T.Z.: Terrible zapatazo"; "S.P. Sin palabras"; "Está calenchu", etc. etc.) y los comentarios perifrásticos de Scelza (El partido está vibrante... Vibrante por el trámite, vibrante por la hinchada, vibrante por la entrega de los futbolistas, vibrante por todo lo que está en juego, vibrante por todo lo que significa este partido, etc. etc.) por opciones más elaboradas.
El otro medio de comunicación que ofrecerá a sus usuarios la novedad USB va a ser el diario La República. Con una mínima conexión a internet y entrando en la página web del citado medio, el cable USB indicado será uno que termina en una especie de círculo de tela de unos veinte centímetros de diámetro. Fasano, director de La República, indicó que en un comienzo este dispositivo está pensado para ser ubicado bajo los platos de sopa de letras, con la finalidad de que las mismas puedan ser acomodadas mediante una señal desde la redacción, ofreciendo en tiempo real a los comensales servicios como el horóscopo, resúmenes diarios de los discursos de Chávez, aforismos de Eduardo Galeano y, desde luego, los principales titulares que se podrán leer en la edición impresa de la fecha.
Por último, www.softwareuruguayo.com da la primicia de dos bandas uruguayas que darán beneficios en sus próximos discos. El dispositivo USB indicado será tan simple como un cable que se pegará en un extremo sobre la carátula del CD, permitiendo, en todos los casos, consecuencias distintas e interesantes para los adolescentes de hoy. El próximo disco de Trosky Vengarán tendrá como novedad que, una vez conectada su tapa al USB, esta se abrirá dejando ver cómo el mismo cd comienza a girar vertiginosamente hasta tomar cada vez mayor altura y volar al carajo. En cuanto a La Vela Puerca, su nuevo disco desprenderá en cuestión de sólo segundos una bruma de auténtico humo de marihuana, que se formará a partir de una reacción química entre el plástico de la tapa y la corriente entregada por el USB. Teseyra, el líder del grupo, explica que los fanáticos además escucharán en el instante un bonus track con un número cómico realizado especialmente para el disco por Jorge Batlle y José Mujica, titulado: "Dos en uno: Vos la metiste y yo no".

sábado, 2 de agosto de 2008

Jetattore

"Jetattura" es el nombre de una obra de Gregorio de Laferrére que fui a ver al teatro hace un par de noches. Cuando en el transcurso de la misma vi de qué iba a la cosa, empecé a entender que ciertas suposiciones que yo tuve sobre algunas personas en particular también fueron sostenidas por otros. Siempre me había parecido (vanidad de vanidades) más o menos original y mía la idea de que cierta gente era capaz de generar en su entorno hechos desgraciados. En fin, más que "idea" en sí, era una especie de ensoñación. Aunque, desde luego, sí tenía en cuenta que ciertas personas eran consideradas "causantes de mala suerte". En el fútbol es bastante común. Pero ese es otro asunto. Porque "Jetattura", la obra, gira en torno al tema de una persona que es considerada como terriblemente influyente en sus seres allegados. Es una comedia muy divertida, pero cuando salí del teatro me quedé pensando en un cuento que escribí hace más de cinco años. En seguida, en el estacionamiento, me encontré con una conocida que me preguntó en broma si yo había conocido alguna vez un "jetattore". Respondí que sí, en serio, y eso motivó algunas risas, y muchas más cuando me di vuelta hacia donde estaba mi bicicleta y me pegué en la cabeza con uno de los espejos del ómnibus que transportaba a los actores. Cosas que "pasan".
Mi cuento, en definitiva, se llama (o se llamó, o se llamaba) "Los que están ahí". Sin embargo, lo que me importa es que ese cuento está basado en una experiencia real, porque yo, como dije, conocí un "jetattore".
Hace muchos años mi hermana tenía un novio que, llegado un momento, empezó a llamarme la atención por algo en particular. Un día llegaba y decía que había presenciado un accidente. Otro día se aparecía y decía que había estado cerca de un incendio donde alguien había muerto. Otra vez comentaba que un vecino o un conocido se había matado. Cosas por el estilo. En un principio eso era llamativo. Pero acá va algo más. Estamos hablando del año '99, y por esa época yo ya llevaba un diario personal. Un día pasó algo desgraciado, y recuerdo que lo comenté a varias personas y al final del día lo consigné en el diario. Al poco tiempo, otra cosa similar. Y así de nuevo a los pocos días. Y, más adelante, un par de veces la misma historia. Entonces se me vino una idea a la cabeza. Los hechos desgraciados se continuaban en una serie ininterrumpida porque mi discurso lo permitía. Es decir, cada vez que yo le comentaba a alguien un episodio desgraciado, esa sola enunciación generaba un vacío a posteriori que iría a ser colmado por otra enunciación. Era como pensar que el mismo discurso estaba creando otra realidad, idea por demás borgiana, por otra parte, ¿no? El punto es que se me ocurrió que si yo podía resistirme a comunicar el hecho infausto, de inmediato la serie se interrumpiría. Y eso era todo un tema, porque, que yo sepa, hay en el ser humano una innata fascinación por lo lúgubre o lo triste, lo que, como sabemos, estira bastante bien muchos resortes narrativos. Creo que resolví aguantarme y no manifestar lo último de lo que me había enterado. Así que el ciclo se interrumpió. O eso creo que pasó para que todo esto que cuento quede lindo. Lo siguiente a todo eso fue entender (¿entender?) que aquel novio de mi hermana alimentaba al mundo de hechos penosos porque tenía la capacidad de crearlos con su habla, porque realmente, el maldito disfrutaba contándolos, lo juro.
Por todo esto escribí aquel cuento titulado "Los que están ahí", que empezaba con una cita que, para mí, en aquellos años, era más de Borges que de su propio autor, Chesterton: "A cloud that is larger than the world / And a monster made of eyes". A mí siempre me gustó Chesterton y llegué a él antes de haber leído a Borges, lo cual es toda una suerte, pero no conocía la "Balada de Santa Bárbara" donde están esos versos y la citaba derecho de alguna conferencia de Borges. En mi historia, que integró un libro de relatos llamado "Historia de la agresión", un escritor más o menos fracasado o por fracasar entraba en contacto con una persona que gustaba de narrar sucesos desgraciados. De ahí en más el relato se disparaba hacia una trama de sectas con poderes que excedían cualquier entendimiento humano. Hasta que el propio narrador se daba cuenta de que generaba desastres en su entorno y en sus propios seres queridos. Los integrantes de la secta se denominaban "los incidentalistas", y se extendían por todo el globo como una especie de causa de aquellas cosas que se tenían que dar para que el mundo siguiera siendo mundo, por triste que fuera... Me acuerdo de que lo comencé a escribir en un cuaderno en el Kennedy mientras mi madre y mi hermano miraban la entrega del Oscar el 24 de marzo de 2002. No tengo cómo olvidarme, porque en la madrugada entrante nació mi sobrina, única hija de mi hermana. Cuando le ponía el punto final a la reescritura inmediata del cuento en la máquina de escribir, sonó el teléfono. Mi madre me decía que Romina había llegado al mundo. Colgué y me apronté para ir al sanatorio mientras se acercaba un nuevo amanecer.

jueves, 31 de julio de 2008

Leo Ping y Leo Pong

El sábado pasado viajé a Minas. Fui a encontrarme con Leonardo Cabrera (LAC), a quien le iban a entregar la mención en el último Premio Nacional de Narrativa por "Mecanismos sensibles". Allá, obviamente, nos íbamos a ver también con Leonardo de León (LDL).
Esa mañana, al sacar pasaje, las cosas se me empezaron a complicar. No me dio el tiempo para bañarme, desayunar y aprontar las cosas. LAC quería que le llevara algunos libros, pero no pude poner ninguno en la mochila, ni los cuentos completos de Flannery O'Connor ni los de Carson Mc Cullers. Salí disparado otra vez a la terminal, pero antes le escribí un mail a LDL. Le decía que llegaba a Minas antes de las tres y que desgraciadamente me había tocado el asiento 14 y no el 15. Fue una estupidez para rellenar un poco el mail, pero la estupidez se transformó en otra cosa cuando subí al ómnibus. El asiento 14 daba al pasillo, y a mí siempre me gusta viajar contra la ventana. Pero el 15 de momento estaba vacío. Así que me tranquilicé un poco y me puse los auriculares para escuchar "Highway 61 revisited" de Dylan (clásico disco rutero para ir por las sierras, junto con el "Bringing it all back home"). La cuestión es que el ómnibus arrancó y nadie se sentó en el 15; esperé un poco más pensando en que alguien lo ocuparía al llegar a la parada de la 25 de la Mansa, pero no, el 15 siguió vacío. Entonces me moví un poco para sentarme contra la ventana y mi asiento, el 14, salió despedido hacia atrás. La parte de la cabecera le dio en el medio del pecho a una mujer que estaba detrás, pensando en cualquier cosa de su vida. Me gritó algo de forma ahogada y me miró como para pegarme con el bolso en la cabeza. Pero yo me adelanté.
-¡¡¡Está roto, señora!!! ¡¡¡Está roto!!!... -dije.
En realidad creo que grité. Fue una reacción espontánea, desmedida, producida por el volumen alto que tenía en los auriculares. Varias personas se dieron vuelta y nos miraron. Pero yo estaba de suerte. La mujer abrió un poco los ojos, miró cómo hacía el asiento cuando yo lo manipulaba de un lado a otro como si fuera una palanca, y después me sonrió. Por lo demás, el viaje fue lo más bien. El ómnibus fue directo a Pan de Azúcar, sin dar toda la vuelta por Piriápolis, y de ahí por la 60 rumbo a Minas. Había sol.
Siempre me gusta ir a Minas cuando hay sol. Es una ciudad para llegar con sol. Me recuesto en el asiento 15 con la cabeza pegada al vidrio y dejo que la luz me atraviese los párpados y me envuelva.
* * *
Me bajo en la esquina de la plaza, camino quince o veinte metros y llego al apartamento de LDL. Lo encuentro con LAC. Ambos están almorzando empanadas. En una fuente de metal, incluso, hay una partida al medio, como si la hubieran retorcido sin ningún propósito; la carne le cuelga por todos lados. Miro a LAC y a LDL, alternativamente. Con LDL no nos veíamos desde abril o mayo, cuando vino a Maldonado; con LAC, sin embargo, nos habíamos visto por última vez en las vacaciones de julio, en la presentación de la antología-achugariana "El descontento y la promesa" (ediciones Trilce), en Montevideo.
De eso, de las palabras iniciales con las que nos saludamos me acuerdo bastante. Fue más o menos normal: abrazos, intercambios de libros, complementos a algunos diálogos de messenger o a ciertos mails, etc. LAC vestía buzo beige con pantalón al tono, muy coqueto. LDL vestía con colores claros, a medio camino entre el jogging y la deconstrucción. Pero como siempre que uno se encuentra con amigos el tiempo se enrosca. De repente estamos saliendo a caminar. Con LDL conducimos a LAC a una de las catedrales de la narrativa uruguaya. Un galpón abandonado sobre la calle Sarandí, casi en la esquina con 18 de julio, en pleno centro. Las puertas del galpón son unas hojas de chapa despintada, oxidadas, entre rojizas y marrones, que tapan el espacio interior donde se dieron diálogos que quizás luego leímos. El resto de la fachada es gris. Arriba, una leyenda lleva más de medio siglo sin deteriorarse: BARRACA MOROSOLI. Por encima, contra el cielo, hay una cabeza de palmera; es lo que se llega a ver de la vereda de enfrente. Nos queda como una hora todavía para que empiece la entrega de premios. Seguimos hasta la plaza Rivera y allí LAC cuenta una historia que me hace acordar a ese momento de la película "Eraser head", de David Lynch, en la que una muchacha baila en un escenario y del techo caen como fetos. Estábamos sentados sobre el murito de protección de la fuente. El sol se iba rápido. Los únicos que lo tenían para sí antes de que se ocultara del todo tras los árboles de la plaza, esos, eran unos jubilados del lado opuesto de la fuente. Parecía una protesta. Cuando terminó la historia de LAC apareció un niño de unos tres años, con una pelota. Se internó en la plaza por una diagonal, hacia nosotros. La madre lo vigilaba desde la esquina. Parecía que la pelota se le iba a ir larga y que yo iba a poder pegarle. Pero no. El niño llegó antes. Al volver hacia su madre, pisó la pelota o hizo un movimiento raro y se cayó hacia adelante. No lloró. Incluso se cayó otra vez más y tampoco lloró. En verdad, no sé de qué más hablamos. Sé que miré alrededor y me acordé sin parar de cuando vivía a cinco o seis cuadras de allí.
Minutos después nos encontramos con Gorge, otro amigo, en la esquina del hotel donde va a ser la ceremonia. Es entonces que bajan los premios. Miro de pronto para la vereda de enfrente y aparecen como hormigas. Son muchos, demasiados, todos juntos, no llego a procesar el movimiento dentro del conjunto: Hugo Fontana, Luis Fernando Iglesias y Guillermo Álvarez Castro merodean la puerta del hotel. Iglesias nos pasa por al lado y compra fósforos o algo así en el kiosko de al lado. (No sé si eran fósforos o cigarrillos, pero queda bien literario eso del escritor fumando o por fumar... ¿Gauloises?...). Después me parece que, desde la esquina cruzada, los ojos de Fontana encuentran la línea de los míos. Es un momento raro, no sé si llegó a darse efectivamente porque nunca antes había experimentado una cosa así. Es un temblorcito raro. Me miro los zapatos y me doy cuenta de que los cordones de ambos están desatados. Cuando vuelvo la mirada hacia la esquina Fontana ya no me mira. Tal cual. Fuma La Paz. Álvarez Castro, el premiado en la ocasión, se acerca en un movimiento espiral al hall del hotel; luego aparece Heber Raviolo como una madre que llama para la comida, y cruzamos la calle.
El acto es todo lo acartonado de siempre, una especie de dialéctica surrealista á la Fellini que se da entre lo provinciano y lo capitalino (que es un provincianismo más estilizado). Se caracterizó por los siguientes acontecimientos:
1- Lectura del acta del fallo por parte de la maestra de ceremonias: todos se terminaron de acomodar en los asientos y se callaron.
2- Palabras (leídas) de la directora de cultura de la Intendencia de Lavalleja: prosodia entre conmoverdoramente escolar y geriátrica; se me humedeció el ojo derecho.
3- Palabras (inventadas) de uno de los popes de la Fundación Lolita Rubial: no me acuerdo bien de ninguna frase en especial, sólo que hablaba de lo importante que era para el interior del país que existiera este premio.
4- Palabras de Rosario Peyrou: parecido a lo del pope, pero desde Montevideo.
5- Una maestra de escuela lee un fragmento de uno de los cuentos premiados de Álvarez Castro: de lo mejor, porque no nos hizo olvidar que afuera estaba la tarde, así, tan quietecita y friíta, y que te daba ganas de dormir, y mejor era olvidarse del cuento porque lo podías leer otro día o cuando te viniera el libro cuando te lo mandara Banda Oriental por correo. Ahhh... Era de un tipo que chocaba, y la mujer se le moría, y se bajaba y ponía las valizas. Conclusión: maestras de escuela, no lean más en público, no estamos preparados.
6- Un gordo se durmió y se puso a roncar en el fondo cuando promediaba la lectura de la maestra: momento de tensión uniformemente acelerado. Gorge, que está cubriendo el evento para un diario local, me mira a través de varios asientos. Le tiro un besito a la distancia. Se tienta y la panza le sube y le baja. Es impresionante, se ríe con la panza.
7- Le dan los premios a los escritores.
8- Habla Álvarez Castro. Sobresaliente muy bueno.
9- Lo mejor... Una chica canta karaoke. Son dos temas de Patricia Sosa. Las voluntades de todos los presentes se ponen a prueba. Los labios de LAC se vuelven una sola y apretadísima línea de compostura desopilante. Peyrou se busca a sí misma en un ladrillo del techo, entre dos tirantes. Yo miro el piso. LDL, a mi lado, no me mira. Un verso que me quedó: "Aunque te duela, grita".
10- Fin del acto.
11- Cóctel: había sandwichitos y unos refuercitos de salame. Gorge nos saca fotos a los tres. (A los días, cuando me llegan por mail, me doy cuenta de que todos salimos mal, con caras de drogados o como si nos hubieran metido un gancho a la quijada; así que para ilustrar este post tuve que recurrir al asesoramiento fotoyópico de LAC. Gracias, LAC) Gorge después me acusa de que le descompuse la cámara digital cuando quise sacar mis propias fotos. Un atrevido. Lo único que hice fue cambiar la función a filmadora.
12- Nos fuimos.
Del hotel fuimos hasta una confitería a merendar. Yo pedí un capuchino, LAC un cortado y Gorge lo mismo. Pero LDL pidió un café irlandés con mucho chocolate, con cognac, no sé, con Castrol dos tiempos. La cosa es que se fue a dar una clase y con LAC nos fuimos a su apartamento a esperarlo. Al rato le llega a LAC un mensaje de texto de LDL, algo así como que se le estaba dando vuelta el mundo. No me acuerdo sobre qué era la clase que dio, pero parece que sólo había cuatro alumnos y que a LDL le parecía que los pibes subían y bajaban del techo y que él era Joyce y les decía: "la estrella, la estrella... Shakespeare... Una estrella, un halo que se le clavó entre las bragas, bien en la luna llena, a la impoluta Isabel...". Cuando regresó, casi dos horas más tarde, todo eso se le había pasado, y nos pareció bueno, porque luego de mirar algunos libros y comentar cosas de esas de Literatura nos fuimos a hacer lo que estábamos esperando: a jugar al ping-pong.
La verdad es que nos divertíamos mucho. Pero todos queríamos ganar, desde un principio. Cada uno tenía sus propias estrategias. LDL, por ejemplo, decía que los ojos le lloraban, entonces se los restregaba sacándose los lentes y te pedía tiempo para ir al baño. Entonces te sacaba de partido. Ibas ganando, es un decir, 14 a 10, y el tipo no sé qué hacía en el baño que regresaba con los ojos sanos y te hacía partido a la vuelta, porque te agarraba en frío y te tenías que cuidar de no tirarte de punta a punta así nomás, por cualquier desgarro. Lo de LAC, aunque no menos cruel, llevaba menos tiempo. Lo que hacía era, en el momento de jugar el tanto inicial para ver quién sacaba (momento más que cortés del partido), fajarte de una, así, desprevenidamente. Entonces el tipo te bajaba la autoestima y sacaba y de seguro se te iba tres o cuatro puntos de ventaja. Por mi parte, mis estretegias, se daban dentro del partido mismo y tenían que ver con mis saques, mi capacidad de reacción, etc, etc. Pero tuve complicaciones que no me permitieron acceder a la primera posición en cuanto a partidos ganados, sobre todo en los partidos contra LAC. Se trató de una hernia cerca de mi entrepiera, sobre la izquierda, hernia que me hacía ver las estrellas cada vez que la pelota me era jugada a ese lado. LAC, que tenía los lentes puestos, se dio cuenta de esa situación, y me empezó a mandar reveses cruzados para ahí y pum pam paf prammm... me revolví como pude... la cuestión es que después, de vuelta en lo de LDL, descubrí que no tenía ninguna hernia, que quizás la incomodidad se hubiera originado en una pésima elección de calzoncillo, pero el punto es que cuando uno se figura una cosa, por improbable que sea (pongamos como ejemplo eso mismo: la existencia de una hernia) el cerebro, nuestra sensibilidad toda, dirige nuestra voluntad en arreglo a esa realidad, por empíricamente indemostrable que sea. Así, yo jugué con una hernia. Bueno, las posiciones: LAC, 8 partidos ganados; DGB, 5; LDL, 0. Todo esto por una hora de ping-pong, ¿no?
A la vuelta compramos pizza, deliramos con la historia inventada de un superhéroe judío llamado Goldman (por influjo de un afiche de Ironman que vimos en la pizzería), leímos el diario de Bioy Casares sobre Borges (nos reímos mucho, sobre todo con los rótulos que les ponían a algunos libros: "curiosa ortografía"; "malo, malazo"; "entusiasta y agrícola), escuchamos la teoría de LAC de imponer una veda mundial de ficción por diez años (nadie puede publicar ficción por diez años, creo que para que podamos leer lo atrasado, no me acuerdo bien, estaba apasionado por la pizza), vimos "No country for old men" (bah! la vieron ellos dos, yo me quedé dormido a un costado en un colchón y de vez en cuando escuchaba algo, pero por suerte la película no tenía banda sonora).
Al otro día, cuando cantaban los pajaritos de la plaza, nos levantamos, desayunamos y salimos a jugar al paddle. En realidad jugaron ellos dos. Yo jugué un solo partido con LAC porque no quería ni transpirar, ni ensuciarme ni nada de eso. Además saqué una pelota al carajo y cayó como a dos casas de distancia. Pero gané un game. Los que jugaron todo el tiempo entonces fueron LDL y LAC. Yo fui hasta la terminal en una escapada a reservar el pasaje de vuelta a Maldonado, y cuando regresé los encontré cansados, dando raquetazos como si fueran monteadores dándose en las cabezas con hachas de goma hasta la extenuación total. Esa extenuación total, esa resaca de la intensidad del cuerpo fue ganando la tarde, se comió algunas milanesas napolitanas deliciosas y se disolvió con la partida de un par de ómnibus, uno para cada lado del país.

sábado, 12 de julio de 2008

Martillos


(Ayer soñé esto...)
Estaba en el Kennedy, apurado. Leonardo Cabrera era mi hermano, y vivía a sólo una cuadra de mi casa; la suya era una casa oscura y con montones de cachivaches atravesados que impedían el desplazamiento en cualquier habitación. Él había llegado tarde de trabajar. Estaba cansado y decía algo sobre unas ideas que se le habían ocurrido. Yo me alegraba de verlo, pero debía irme. Me había enterado que había llegado desde España un experto en gestión cultural o algo parecido, y que iba a dirigir un taller de intercambio de experiencias en el hotel Conrad. Según me habían dicho, para participar adecuadamente, yo, como los otros participantes, sólo debía planificar algunas preguntas para que el taller se realizara sobre algo sólido. Sin embargo, el tiempo no me daba. Tenía que bañarme y en mi casa no había agua caliente. Además, había bosquejado un par de preguntas y las había borrado disgustado. Ambas preguntas tenían que ver con las estrategias de financiación de editoriales menores en España. Mientras estaba tratando de encontrar una solución al problema del baño, apareció en el Kennedy el señor Poczter. Hacía algunos años que no lo veía, y me saludó con las palabras de siempre: "¿Qué hacés, nene?"... Me comentó que había alquilado una casa entre el Club de Golf y el Kennedy, y como me vio saliendo de mi casa, se ofreció a llevarme a donde fuera. Miré hacia la calle y vi el Mazda 626 color púrpura que tenía antes, no el que tiene ahora. Subimos al auto y me llevó hasta un edificio de la parada 5. El portero me consiguió un baño de servicio cerca del garage. Al mismo tiempo que me bañaba miraba por una ventanita vigilando que el Sr. Poczter no se fuera. En eso me di cuenta de que en el asiento de acompañante estaba su mujer. Yo la había tratado un par de veces y me había parecido bastante simpática, pero no sabía cómo podía reaccionar ante esa espera desmedida que yo les estaba haciendo sufrir, porque en el baño recién entendí que no había llevado ropa para cambiarme. Cuando terminé de enjuagarme y fui a recoger la toalla me fijé por la ventanita y vi que el Mazda ya no estaba.
Inmediatamente me vi caminando por la avenida San Pablo, subiendo un repecho a tres cuadras de casa, rumbo a Punta del Este. Todavía tenía en mente llegar al Conrad, pero sabía que me estaba tardando más de la cuenta. Por si fuera poco, recordé que luego de eso tenía que prepararme porque tenía un vuelo a Río de Janeiro. De repente se me cruzó un patrullero y bajaron dos policías. El conductor era más alto que yo y algo musculoso. El otro era un negro esmirriado, un muchacho que yo ya conocía de antes y que se había vuelto policía después de haber estudiado profesorado de Literatura. Entre los dos me rodearon y me forzaron para subir al patrullero. Pero yo me resistía. Hasta que en determinado el más grande me atenazó con sus brazos y esperó a que el otro sacara algo de un bolsillo. Era una jeringa. Aparentemente, yo sabía que era habitual en ese tipo de procedimientos que se le extrajera sangre al sospechoso. Pero cuando yo me aprontaba a sentir la aguja clavándose en mi carne, sentí solamente una leve presión sobre mi cadera. El policía más pequeño había retirado la aguja y simulado sacarme sangre. Después de eso me metieron en la partulla y me condujeron a un lugar que parecía el Liceo Departamental de Maldonado. Yo estaba indignadísimo. Les decía que no sólo me hacían faltar a una reunión importante, sino perder un vuelo que tendría en pocas horas. Ellos no decían nada. Recuerdo que en pocos minutos mucha gente que me conocía había expresado el repudio a mi apresamiento. Yo tenía ciertas esperanzas plenas de la venganza más cruel. Se me acusaba de algo, pero en ningún momento me revelaban esa información. Eso era angustiante. Finalmente me condujeron a uno de los salones del liceo, uno cuyas ventanas dan sobre el estacionamiento del Campus. Me hicieron sentar en uno de los primeros bancos y casi en seguida empezaron a llegar conocidos, muchos ex-alumnos y amigos. Los policías estaban cada uno a mi lado. Y miraban hacia el pizarrón del frente. Entonces comencé a percibir un tipo de sensación que estaba como flotando en el aire. No todos los que estaban allí estaban convencidos de mi inocencia. Eso llegó a dolerme, porque yo podía girar la cabeza a cualquier lado del salón y ver personas que quería mucho. Todos esos pensamientos se interrumpieron cuando una mujer vestida de traje atravesó la entrada y se dirigió al escritorio. Era la autoridad. Dirigió algunas palabras formales al público y luego extendió una lona blanca sobre el pizarrón. "Antes del juicio", dijo "tenemos que ver este documental". Las luces se apagaron y comenzó a proyectarse una película. Era en blanco y negro, pero el blanco era algo amarillento. El primer plano mostraba el rincón de una especie de fábrica abandonada, con un sinfín de tubos de acero, pedazos de calderas, herramientas y cables atravesados. Entonces, desde el lado derecho, apareció Hitler y se paró delante de todas las porquerías. En cada mano tenía un martillo de mango muy largo.Hitler se paró firme y alargó cada martillo dando golpecitos a algunas de las porquerías. Los sonidos metálicos se sucedieron formando una suerte de melodía deshilachada. Hitler siguió golpeando, haciendo un recorrido horizontal como si tocara un xilofón, pero la melodía nunca llegaba a armarse del todo, a tener una conclusión suficiente. Poco después llegó con los martillos a la pared, le dio a unos tubos un par de golpes más, y dejó de tocar. En ese preciso segundo la filmación terminó y todos a mi alrededor se rieron mirándose los unos a los otros.


lunes, 7 de julio de 2008

Twice Dylan


Hoy soñé esto.
Bob Dylan volvía a tocar una vez más en Uruguay, y lo hacía de nuevo en Maldonado.
El concierto me había tomado bastante de sorpresa. Me enteré muy pocos minutos antes de que empezara. Pasé por la Cachimba del Rey, en la periferia de Maldonado, y vi cientos y cientos de personas amontonadas. Mi hermano apareció de pronto en lo alto de una escalera de los accesos al espectáculo. Yo empecé a acercarme y me encaramé sobre un talud o un muro. Bob Dylan aparecía muy a lo lejos, a más de cien metros, sobre la parte derecha del escenario, apartado de sus músicos y sentado al órgano. Estaba vestido de blanco y llevaba un sombrero texano. Sentía que no podía dar crédito todavía al hecho de ver a Dylan una vez más. Estaba como tratando de acostumbrarme a la realidad. Pero no dio para más. Hubo una desbandada de gente, que corría hacia mí. Detrás de ellos venía un vendaval de piedras y cascotes. Yo retrocedí rápidamente y me resguardé tras un muro, pero de a poco entendí que tenía que seguir corriendo, siguiendo la marea de personas. Alguien gritaba por ahí que las piedras era porque Dylan estaba cantando "Rainy day women # 12 & 35". Alguien más se puso a explicar, dando resoplidos por la carrera, algo sobre lo literal y lo metafórico. En eso la policía tomó cierta importancia. No sé cuál, pero yo me metí en un automóvil que estaba arrancando con dos o tres tipos más. El automóvil tomó gran velocidad, y de a poco fui observando por la ventanilla que estábamos por abandonar el límite del departamento. Yo no quería alejarme tanto, así que pedí para bajarme. Los tipos pusieron mala cara, pero no me dijeron nada, ni siquiera se despidieron. El automóvil desapareció hacia el norte y yo caminé en la dirección opuesta. Tenía la intención de regresar cuanto antes al concierto. Estaba en un tramo de la ruta 12 flanqueado de eucaliptos oscuros. Sin embargo no tuve que andar mucho a pie. Hice dedo al primer atomóvil que pasó y se detuvo. Era una mujer como de unos cuarenta años, viajando sola. Cuando subí en el asiento del acompañante y le dije que iba hasta Maldonado, me di cuenta de que se detuvo para de algún modo evitar cierta soledad o cierto temor que se le hacían molestos en el recorrido. Parecía como si estuviera escapando de algo. Y creo que tenía razón. Entrando a la ciudad, por uno de los barrios de la periferia, se atravesó en medio de la calle un niño de unos tres o cuatro años. Cuando estábamos a unos treinta o veinte metros tuve la seguridad de que la mujer iba a disminuir la velocidad y a clavar los frenos. Pero no se daba por enterada de nada, o sí, pero sentía que era imposible detenerse. El niño se quedó clavado en el mismo lugar y escuché en seguida el golpe de su torso contra el paragolpes y lo vi desaparecer por debajo. Luego miré hacia atrás y vi el niño tendido boca abajo. La mujer se puso más nerviosa, y entonces me habló de que tenía que ir de inmediato a ocultarse en la casa de unos amigos que estaban ausentes, de viaje o algo así. La mujer frenó y me hizo bajar, y yo caminé hasta llegar al concierto. Todo estaba más ordenado. En la entrada había una mujer fortachona que vigilaba y pedía las entradas. Le rogué que me dejara pasar, o le inventé que era periodista y que querías entrevistar a Dylan, pero la mujer se reía de mí y casi en seguida se ponía seria. Yo tenía la idea de que dentro me iba a encontrar con Valentín y nos íbamos a abir paso hasta llegar a Dylan. Algunas veces yo daba un rodeo y lograba colarme, pero la vigilante o alguno de sus compañeros me sacaban a la calle en unos pocos segundos. Mientras tanto el concierto llegaba a su fin. Hasta que apareció una niña y me condujo por un bosque que terminaba casi en el Kennedy, en un barrio cercano que se llama Beverly Hills. Había algunas personas a medias escondidas que parecían estar en la misma situación que nosotros, más algunos policías que parecían ver nada y un par de ovejas. Creo que habíamos entrado a una zona de exclusión, y por eso lo policías pensaban que ya estábamos habilitados a andar por allí. La compañía no me duró mucho, sin embargo. Un lobo enorme salió desde una parte espesa del bosque. Algunos corrieron, entre ellos la niña y algunas otras ovejas. Pero yo avancé hacia el lobo y lo sujeté por el hocico cerrándoselo. No sé cómo, pero de pronto el lobo desapareció y llegué a una parte del bosque, bastante oscura, en la que había estacionado un automóvil blanco, un Cadillac o un Plymouth de los '50. Había algunos otros policías en la vuelta custodiando el coche. Así que fui caminando semiagachado por detrás de algunos pinos hasta llegar a la parte trasera del vehículo. A través del parabrisas trasero pude ver el perfil de Dylan, sentado en la parte de atrás, y, a su derecha, vi a Valentín. En los asientos delanteros había algunas personas que me parecían grupies o algo por el estilo. Quise hacer algún ruido para entrar, pero un policía pasó muy cerca y tuve que alejarme.


jueves, 3 de julio de 2008

Go, Leo, go (ahead)...


Hoy recibí una gran noticia.
Leonardo Cabrera fue uno de los finalistas del último Premio Nacional de Narrativa de Ediciones de la Banda Oriental. Con su libro de relatos "Mecanismos sensibles", recibió una de las menciones. La verdad es que lo siento como algo personal. Esto me deja muy feliz...
Lindos días para Leonardo, además, porque, por otra parte, su relato "El borde difuso", fue incluído en una antología de narrativa joven que publicó la editorial Trilce en esta semana.
Bueno, quiero por lo menos de momento decir una cosa de la narrativa de Leonardo, algo que siempre me ha cautivado, y que se lo he dicho más de una vez, y es la sensualidad, la sugerencia de su prosa. Me encanta, así, de una. Creo que tiene un cuidado de la palabra muy importante, pero que no se agota en eso, porque además posee un fuerte sentido de la anécdota o de lo episódico. Pero las anécdotas de sus relatos (y esto es algo que me agrada mucho) corren por debajo, pegadas al reverso de los renglones.
(Él seguramente vaya a enojarse por esto que voy a decir, pero acá va: es una de las voces originales que se vienen...)
¡Felicitaciones, Leonardo!...
(PD: Estuve buscando alguna foto suya que no fuera muy rigurosa, y encontré esta que aparece más arriba y que es muy simpática, en la que está en un cumpleaños jugando con la viola de mi hermano, con una niña llamada Julieta, hija de Valentín Trujillo.)

domingo, 29 de junio de 2008

El Toto y Morales cabalgan de nuevo


A partir del mes de julio, con el capítulo XII, comienza la segunda temporada de "Los trabajos del amor", la que irá hasta fin de año, con el final de la novela.
A continuación va la transcripción de una nota aparecida en la prensa fernandina en el correr de la semana pasada.

REALIDAD DE LA SEMANA (Maldonado, 23 de julio de 2008)
Especial, por Mariano Durango

El 15 de enero había sido publicado el último de los capítulos, el XI. Con la resucitación del Toto, varios lectores habían quedado esperando saber en qué quedaba la historia. Pues bien, uno de los secretos más guardados de las letras de Maldonado empezará a ver la luz con el correr de los próximos meses.
Quienes han seguido uno a uno los distintos capítulos de la novela "Los trabajos del amor", que el escritor Damián González Bertolino ha ido publicando en su blog, www.tartatextual.blogspot.com, han sabido darse cuenta de que no se sabe para dónde va la historia. Muchos de ellos han hecho hacer llegar su decepción tanto al blog del autor como a otras fuentes, o entre ellos. Lo cierto es que a partir del mes de julio el autor va a tener la posibilidad de, a través de su obra, desmentir los rumores y los comentarios que lo acusaban de falta de carácter o de rumbo en su creación.
Así lo afirmó González Bertolino en una rueda de prensa improvisada que se realizara el miércoles próximo pasado en el quinto piso del edificio comunal. Ante la pregunta de si van a aparecer personajes nuevos, respondió que: "Sí".
Por otra parte, la ocasión fue propicia para que se anunciara también la entrega al autor del premio Flaco de Oro a su trayectoria, aunque breve no por eso menos tayectoria, premio que instituye la Comuna a los realizadores con algo de suceso en el departamento. González Bertolino, sinceramente emocionado, agradeció ante las autoridades la entrega de la estatuilla y se la llevó para su hogar, como es de recibo, por otra parte, en este tipo de oportunidades.
González Bertolino habló con el micrófono de REALIDAD DE LA SEMANA y expresó lo siguiente en los términos que siguen:
¿Está contento por la obtención de este premio?:
La verdad que mucho. Sinceramente no me lo esperaba. Es una satisfacción muy grande. Uno piensa en la familia, en toda esa gente que estuvo al lado de uno y lo apoyó de una manera o de otra, pero siempre apoyándolo, de última.
¿Cuántos capítulos más se esperan de "Los trabajos del amor"?:
Bueno, creo que serán unos nueve o diez capítulos. Con eso creo yo que se terminaría la novela.
¿Qué mensaje tiene para todos aquellos escritores que están empezando y que quizás vean en usted y su blog una fuente de inspiración?:
Bueno, que principalmente se sigan inspirando, porque la inspiración es lo primero que se pierde, y después no se encuentra más, nunca más en la vida. Además, les diría que no empiecen por los blogs, y mucho menos escribiendo novelas para blogs. Lleva mucho trabajo, uno está muy expuesto, y también se corre el riesgo, como me ha pasado, de parecer un incoherente. Ya hay muchas novelas en blogs. Mejor esperar a que esa gran editorial nos ponga el ojo encima, nunca tenemos que resistir nuestros sueños.
¿Nunca se ha sentido trabado? ¿Nunca ha sentido ese vacío ante la página en blanco? Parece que usted escribe demasiado a veces... ¿Qué mensaje tiene para aquellos que sienten que no tienen palabras que poner en la página, incluso para aquellos escritores que no escriben?
Bueno, son varias preguntas todas juntas, así que voy a tratar de responderlas con una sola respuesta, y para eso me acuerdo de algo de un escritor norteamericano que decía algo como esto: Si un escritor dice que no puede escribir o que está trabado ante la página en blanco, la mejor solución sería que se incline un poco para adelante apoyándose las manos en las rodillas. Entonces viene uno por atrás y le mete una buena patada en el culo. De este modo este escritor dará paso a veintitrés tipos más con ganas de escribir.
Así finalizó la entrevista con Damián González Bertolino, siempre tan polémico, tan loco, tan haciéndose ver. Un montón de gente lo acompañó a la salida, donde tomó el ascensor y fue recibido en la explanada del edificio comunal por un grupo importante de niños que lo vitoreaban, fruto de una excursión escolar repentina para ir a verlo.

martes, 17 de junio de 2008

La cédula judía


Ayer soñé que había una nueva disposición en el registro de identificación civil, y que trataba de lo siguiente: todos los judíos del Uruguay debían tener una cédula nueva, un documento especial. Yo fui a hacer el trámite y luego cuando me dieron el documento me di cuenta de varias cosas raras. Pero en realidad, el trámite ya había sido bastante particular, porque fue en una casa cualquiera, y para la foto me hicieron sentarme arriba del capot de un automóvil abandonado que había en la vereda y hasta me dejaron sonreír y todo; incluso tenía puestos los lentes de sol.
El asunto fue cuando me dieron la cédula. Ahí nomás me llamó la atención el estado de la misma. El plastificado era débil, desgastado y sucio. El documento estaba abierto por la parte superior y yo podía meter un dedo y tocar la foto. Después observé que, donde se lee "Lugar de nacimiento", decía "Kennedy. R.O. del Uruguay". Volví otra vez el documento y me puse a pensar en que tendría que pegar la foto con cascola porque ya se estaba despegando. Entonces alguien se me acercó y me dijo que lo mejor iba a ser que dejara todo como estaba. Me fijé un poco más en la fotografía y, para mi asombro, yo aparecía sentado en el capot, pero pasando el brazo por encima del hombro de alguien más. Y movía la imagen y yo mismo me parecía muy poco a mí, parecía Jaime Roos.


jueves, 5 de junio de 2008

Inconsciente político


Ayer soñé con Sanguinetti. Bueno, en realidad el sueño fue un poco más complejo...
Resulta que todo ocurría en uno de esos baldíos en los que se hacen los típicos intercambios ente los secuestradores y los afectados por el secuestro, o entre quienes negocian algo en negro, cosas usuales en las series de televisión. Yo estaba cerca de la escena, digamos que muy pegado a los personajes principales, pero era menos que un contorno, algo que jamás iba a poder afectar en nada la situación.
A mi lado iban Lacalle y Sanguinetti. Caminamos unos breves pasos hasta que llegamos a un automóvil descapotable, estacionado sobre el polvoriento y pedregoso baldío. -Ahí en el auto está el Presidente de Argentina... -dice Lacalle.
En efecto, los ocupantes del automóvil eran el chofer (personaje neutro, olvidable) y, sentado en el lugar del acompañante, el Presidente argentino, un hombre igualito a Julio María Sanguinetti. En eso hay una especie de seña o algo así y el Sanguinetti argentino recibe del uruguayo una libretita o un bloc de notas. Lacalle le mete un codazo suave a Sanguinetti haciendo un ademán con la cabeza hacia adelante y murmura:
-Es igualito...
Sanguinetti se irrita con el comentario, niega entredientes y trata de mantener la compostura. Pero el Presidente argentino ha captado algo y suspende el recorrido de su lapicera por sobre la hoja del bloc o la libretita. Ahí me doy cuenta de una cosa: Sanguinetti está nervioso, y es porque le ha pedido al Presidente argentino un autógrafo. Pero el autógrafo se demora y se demora. Lacalle se ríe como tratando de hacerle una broma a Sanguinetti, y este empieza a irritarse.
No me acuerdo si al final el autógrafo terminaba de firmarse.
FIN


sábado, 31 de mayo de 2008

Harry Dickson, el psicólogo sin igual

(Revolviendo en algunas carpetas de la computadora con la finalidad de borrar archivos inútiles, me encontré con una copia de un mail que le envié a Valentín hace dos años exactos. Era por los días en que yo había hecho el segundo viaje más largo de mi vida, un viaje a Paysandú. Publico el mail porque me hizo reír, además de que ni me acordaba de algunas cosas, y de algunas otras sigo sin acordarme... Los poemas de Carneiro que transcribo al final los saqué seguramente de una edición de Brecha que me fui leyendo en el tramo final del viaje, Montevideo-Maldonado; si mal no me acuerdo estaban como material adjunto a una nota de Alicia Migdal sobre la poeta.)

Valentín:

VIAJE DESDE PAYSANDÚ

Acá va la primera parte de los escritos que Llarvi hiciera cuando volvía de Paysandú.
“Hemos pasado por Young (We’re in Young... Where were when we’re in Young...). En honor a un conocido que vende libros y que es de este pueblo pongo un disco de Dizzie Gillespie. Una mujer sentada un par de asientos más adelante saca cosas de su bolso, y lo que haya para leer en ellas. Es hermosa, tiene algunos rasgos de raza negra y las pestañas largas. En cierto momento saca una cámara digital y trata de enfocar algo a su alrededor: pudo ser el final del pasillo del ómnibus (por donde descenderemos), o un par de hombres conversando a su derecha. Ahora ha sacado un discman y escucha (escuchará, me digo yo) música. Sobre su pelo, una luna creciente sale entre la resolana de los campos de Río Negro. Muchos aprovechan para dormir. Yo no me aguanto en el asiento porque ahora Dizzie hace con su banda ‘Sometimes I’m happy’ y me dan ganas de salir corriendo. A lo lejos surgen tras las lomas unos árboles encorvados como caballos de Figari. Cruzamos el Río Negro. Ahora el relieve es más accidentado. Hay unos campos con lomas cargadas de granos a punto de recoger. A lo alto, recortándose amarilla contra el cielo celeste, muy lejos, una segadora sin apuro avanza con un hombre que va sentado en su interior un sábado a la tarde, recibiendo la tibieza del sol a través de los cristales.” (...)
Ahora que transcribo este texto me doy cuenta de que no es tan bueno... Pensé que había escrito otra cosa, aunque falte referir lo que pasó después que dejamos Florida y llegábamos a Santa Lucía y escuché cuatro o cinco asientos más adelante que alguien decía algo sobre Winston Churchill... Será para otra oportunidad.
Estoy leyendo una novela policial (mala) que una alumna del liceo 3 me prestó, se trata de “El castigo de los Foyle”, de Jean Ray... es una de esas novelas del investigador Harry Dickson... me muero de risa con algunas situaciones insoportablemente mal narradas que siempre viene muy bien leer... Te alcanzo estas dos entre varias, que hasta me dan la pauta de poder escribir algo así sobre un personaje con un sesgo irónico...
 “Harry Dickson examinaba la pieza con esa inteligente celeridad que lo caracteriza.”
 “Y, de pronto, a partir de esos fragmentos, todo un sórdido y lamentable romance se reveló a Harry Dickson, el psicólogo sin igual.”


POEMAS DE CRISTINA CARNEIRO
(de Para simplificar)

vigilia I

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
del sueño de que tengo madre.
Apenas despierto me pongo a soñar que tengo madre
y creo que la sueño despierta
creyéndola apenas despertar soñada.
Ella pasó en esta tierra sus días, yo
toqué su cuerpo de carne.
De ahí mis confusiones.
No intento engañar a nadie.
Estoy sinceramente equivocado.

vigilia II
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
hasta que un día no despierte
para que ella se retracte.

vigilia III
Me le rendí a causa del viejo de la bolsa
amniótica. Luz, oscuridad rojiza
en la pared interior del párpado,
esperan al ojo al volver de ver.

vigilia IV
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre.
Si seré necio.

vigilia V
Hurgón de alcantarillas,
modesto mercader de huesos,
todos los días
soy el viejo duelo entre mi cirujano y mi gozador
y mastico el habitual narcótico con la prótesis del habitual amor.
El príncipe del mundo no me sobresalta.
Todo es, por desgracia, inteligible.
Y despierto creyéndome y me duermo sin haber creído.

vigilia VI
Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre,
soñando que al caer la noche tengo por fin madre.
Comida caliente. Comida caliente y ropa limpia
para el bruto que vuelve de ganar el día a tiniebla y
crujir de dientes, comida en la mesa
para el duro traficante que llega del osario,
comida para resistir la noche,
comida, comida caliente me esperará al caer la noche, pues
la vida humana es aún sagrada, si no me confundo,
si estoy sinceramente confundido.

vigilia VII
Todos los días, todos los días, todos los días.

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*

Bueno, un abrazo y mandame esos textos... ¡Venga!
D.

domingo, 18 de mayo de 2008

¡Pero mire qué Sabor!


Tengo serias sospechas de que César Aira me está persiguiendo... De hecho han pasado cosas muy extrañas, tanto como que él se ma ha aparecido... Pero todo a su tiempo.
En un texto anterior ("Los malabarismos de un irresponsable") había mencionado la recurrencia que hacía Aira de la cotidianidad argentina, sobre todo los conflictos sociales. No me quedé muy conforme con lo que dije. Dije algo así como que Aira borraba todo rastro de ello. En realidad me parece que no es tan así. Me acordé del telón de fondo que es la Argentina pre-menemista en la novela "Embalse", pero también me topé con la tercera parte de "Las aventuras de Barbaverde", llamada "Los juguetes", y en donde puede leerse esto: "Un consorcio de laboratorios multinacionales había construído en medio del río un complejo de alta tecnología para la producción de células madre, por un acuerdo con los gobiernos de las dos provincias que compartían la jurisdicción de las islas. Los trabajos se habían hecho con poca publicidad, y fue la investigación de periodistas de El Orden la que sacó a la luz las implicancias del proyecto en términos de contaminación del medio y peligros para la salud de la población. La opinión pública se había movilizado, y el asunto no tardó en volverse una causa nacional". Suena muy conocido, ¿no? Bueno, el punto es que ahora me parece que Aira no toma un elemento de la realidad social para discutirlo, enfrentarlo, sino que lo usa como segundo o tercer plano, como un cañamazo alucinado donde va tejiendo la descripción de unos personajes. En el fondo, eso es, como había dicho, algo político, una réplica. Pero una réplica tan irónica, tan indirecta, que es difícil clasificarla como una toma de posición ante un conflicto social (en este caso el de las papeleras entre Argentina y Uruguay); más bien parece la intención de borronear algo. Sigo citando: "No tardaron en surgir disensiones en el seno de la resistencia. Se dividieron en res bandos: Asambleístas Duros, que exigían el desmantelamiento inmediato de las plantas, sin atender razones; Asambleístas Dialoguistas, que dejaban abierta la posibilidad de la instalación y la permanencia de las plantas, aunque mediando estudios fehacientes realizados por un comité científico independiente; y Ambientalistas, aliados con Greenpeace. Unos y otros se acusaban de connivencia con el gobierno y el consorcio, y los tres estaban infiltrados por militantes de distintos partidos políticos. Una buena docena de líderes de las distintas facciones habían alcanzado una notoriedad estelar." Por supuesto que el punto de lo que yo estaba diciendo radica en qué pasa con la narración luego de esta situación de partida. Y ahí está eso de que Aira lo toma para acomodar sus piezas según le convenga, ya que no le importa proseguir con las implicancias de ese supuesto conflicto, sino que termina siendo el lugar, el imperio de las causas y las consecuencias de uno más de los capítulos de la lucha entre Barbaverde y el profesor Frasca. Por ahí viene el borroneo.
Hace una semana, dentro del marco de mi asistencia anual a un cumpleaños de 15, estábamos con V. sentados a una mesa mientras charlábamos entre nosotros o con algunos conocidos, mirando el desarrollo del evento. De vez en cuando jugábamos a encontrar gente parecida a alguien. Llegado un momento de la noche o de la madrugada encontramos a un tipo muy parecido a Julio Ramón Ribeyro y a una viejita casi llevada en andas que se parecía a Marguerite Duras. Hasta que pasó lo que pasó. Se me acercó un mozo ofreciéndome algo, no me acuerdo qué. Era César Aira. Aira es muy polifacético, eso todo el mundo lo sabe. Y además es un burlón de primera. Por lo que esto de hacer de mozo en un cumpleaños de 15 de un pueblo perdido del Uruguay, para burlarse de un joven más o menos traumado con sus obras, esto, esto mismo, es muy de él. V. no lo vio. Me dijo que ya no jodiera más con lo mismo. Yo sabía que algo iba a tener que pasar. El mozo era demasiado parecido a César Aira como para no ser él mismo. Y lo que sucedió fue que en la vuelta siguiente se me aparecía con una bandeja enorme y me dijo:
-¿Salmón?...
En efecto, en la bandeja había algunas decenas de bocadillos de salmón. Todo ese color rosa era como el color de una broma.
Me acordé del primero de los capítulos de "Las aventuras de Barbaverde", que se llama "El gran salmón". Luego Aira, pensando en que yo dudaba mucho, dijo:
-¡Pero mire que tienen rico sabor, eh!...
Pronunció la palabra "sabor" de una forma demasiado evidente. Aldo Sabor es el protagonista de esta última novela.
Me seguí negando. Aira frunció el ceño y luego se encogió de hombros dirigiéndose hacia otro lugar de la mesa. V. me preguntó si no me gustaba el salmón. En realidad creo que nunca lo probé o que no tengo memoria de haberlo probado. Tendría que preguntarle a mi madre.
Después de esa vez, Aira no pasó más por mi mesa ni se vio más en el cumpleaños. Y yo me puse a pensar que había pifiado algo en mi texto del blog sobre su última obra.

viernes, 16 de mayo de 2008

An epic apple around a sunny mouth


Se viene el fin de semana, y no hay como esas peliculitas para todas las edades.
Pensando en eso, me acordé de esta filmación que me realizó Felipe en abril de 2007. Le pusimos "An epic apple around a sunny motuh", así, bien pomposo y tonteril. La música corre por cuenta de Charles Mingus.

domingo, 11 de mayo de 2008

La vuelta de las canchas


Pensaban que no iba a volver, pero no. Once meses después de que me fracturé en medio de un partido, regresé a las canchas. Fue una vuelta esperada, prácticamente todo Maldonado estuvo pendiente. Fueron periodistas, curiosos, médicos y enfermeros. Por la mañana llegó el fax desde Zürich con la habilitación de la FIFA más un mail del Diego y otro Heber Silva Cantera. Todo estaba listo. A las cuatro de la tarde, en la cancha de fútbol cinco del barrio Iporá, allí mismo donde me había lesionado, sonó el silbatazo inicial, me pasaron una primera pelota, eludí dos jugadores seguidos, y cuando se me fue un poco larga hacia el área y el golero quiso contenerla, choca con mis pies y la pelota me queda servida, con el golero ya vencido, para el primer gol del partido. Era el inicio del partido y ya ganábamos 1 a 0. Algunos querían parar ya el partido, pero yo dije no, no, ahíto de la humildad del futbolista medio uruguayo, y dije no, no, sigamos...
Bueno, en este punto, un amigo mío, seguró que sí, me diría: "Pero Damián... Jugabas con niños de 14 ó 15 años... ¡Qué osado lo tuyo!...". Y yo diría que bueno, que sí, que eran mis estudiantes de 3º2 y 3º3, pero que también ellos jugaban, que no eran de palo, y que sí, tenían 14 ó 15 años. Pero yo ya tengo 28... Se me hacía tarde para el partido y todavía estaba en casa. Aunque la cancha me quedaba a unas cuatro o cinco cuadras, igual me fui en la bicicleta, lo más rápido que pude, y llegué cansado.
En la semana, medio en broma, había prometido diez goles, pero hice seis... Ya describí el primero, que según la prensa departamental (o sea, los periodistas de canal 11 Eduardo Batista y Marcelo Pullares justo estaban en el quincho del club tomando una cervecita y departiendo sobre la conveniencia o no del verso alejandrino de catorce sílabas en la poesía bucólica, cosa por demás innecesaria, porque el bucolismo se terminó, porque todas las publicidades de agua mineral y de jabón en polvo borronearon el concepto) fue un gol "notable", digno de aquellos regates de Claudio Paul Caniggia. Eduardo Batista lo calificó con un 8. Los siguientes cinco goles fueron así...
El segundo: Antes de este gol ya había pegado de derecha, cruzado, anticipando en un corner, y la pelota había dado en el ángulo y se había ido de la cancha... Pero el segundo gol vino también en un corner, desde la izquierda. La pelota me llega, la duermo bajo la suela derecha y ahí nomás le meto un puntazo con el mismo pie. La pelota pasa por el espacio que hay entre el estómago y el brazo del golero. (Homenaje a Romario).
El tercero: Parecido al primero, sólo que anticipo un pase entre dos defensas, eludo otro jugador y al golero y defino con el arco vacío. (Marcelo Pullares: "¡A la puta! ¡Qué poder de reacción!... Sinceramante, no pensé que fuera a llegar al partido en estas condiciones tan buenas. Creíamos que su estado físico no iba a ser el mejor, como se dice generalmente luego de que un jugador regresa de una larga inactividad, y que, por lo tanto, dado esa inactividad física a la que hacíamos referencia, no iba a estar en las mejores condiciones" [Pullares gusta de los circunloquios])
El tercero: No me acuerdo, pero estuvo buenísimo...
El cuarto: Tampoco me acuerdo bien, pero fue como uno de esos que hacía Cruyff, que es el jugador que más se me parece cuando me pongo esa remera naranja que tengo, una de tela vieja.
El quinto: Un pase al medio en la puerta del área y le pego al palo del golero. La pelota pega en el palo y entra, justo en el rinconcito. Tipo como uno que hizo Zidane una vez.
El sexto: Ante un rechazo del golero, saco una volea de zurda que cruza ante todo el arco y se incrusta en el ángulo superior izquierdo. (Antes casi había hecho un gol de taco, de espaldas, por arriba del golero. La pelota pegó en el travesaño y se fue).
Bueno: las calificaciones...
Eduardo Batista: 10
Marcelo Pullares: 10
En fin... Quedé muy contento con el desempeño, pero eso no podría haber sido nada sin el esfuerzo de todo el equipo, que peleó cada pelota como si fuera la última. Y ahí se notó el trabajo de toda la semana, que pienso "de que" es muy importante para que las cosas salgan el día del partido. Además justo hoy me terminé de bajar el Concierto por Bangla Desh, de George Harrison, y ver imágenes de ese país, o ver tocando una vez más a Ravi Shankar, me trajo recuerdo de otro de mis grandes partidos, uno que jugué en Bombay en 2003. Resulta que Felipe y yo ya habíamos terminado la carrera de profesorado y como habíamos salido medio abombados de estar tantas horas por día, nos fuimos a hacer un tour Hare Krsna! quedándonos en templos a través de las gestiones de varios de sus amigos devotos. Bueno, se armaban los propios partidos. Una vuelta bajaron unos del lado del Himalaya, casi unos renunciantes totales en lo material, se podía decir que vivían del aire, pero cuando veían una pelota dividida los tigres te metían la suela en la garganta. Además la movían con propiedad. Bueno, esa tarde jugué muy bien, también. Felipe, por una cuestión de número, porque a ellos les faltaba uno, se ofreció a jugar para el otro equipo (fue una especie de renuncia, por lo tanto, algo así como la imposibilidad de decir NO o su postura del SÍ fácil). Felipe siempre recuerda la vez en que encaré hacia el área y él me salió al cruce. Le tiré flor del caño y rematé cruzado al segundo palo. Golazo. Los gurús me levantaban, me llovían pétalos de la tribuna. Así ganamos 5 a 4 con ese gol. El asunto es que a la salida un fotógrafo galés que estaba de excursión y que había visto el partido me dijo que había tomado varias fotos, entre ellas la mi caño a Felipe. Al otro día la descargamos del mail en la laptop que había en el templo. Felipe nunca la quiso conservar, no tanto porque no salía bien parado, sino porque es una especie de recuerdo de una época que él preferiría olvidar, ya que justo ese mismísimo día en Bombay le ocurrieron cosas muy, muy fuertes, que después cuento en otro post. Pero cosas muy fuertes fueron.


domingo, 4 de mayo de 2008

Los malabarismos de un irresponsable


Ayer de tarde terminé de leer las dos primeras de las cuatro historias que componen el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde". Se trata de "El gran salmón" y de "El secreto del Presente". En realidad, para el ritmo de publicación al que nos tiene acostumbrados Aira, cada una de estas historias podría funcionar como una nouvelle. Tienen prácticamente la misma extensión, o más en algún caso, que las novelas que ha publicado para la editorial Interzona ("Yo era una niña de siete años" y "Yo era una chica moderna"), que también, según se dice, conforman una serie.
Hay por lo menos dos cosas que me fascinan de Aira: su imaginación y su (llamémosle así) irreverencia para con ciertas figuraciones de la escritura, o sea, su manera de "no importarle" determinados horizontes de expectativa que se puedan generar en torno a un tipo de escritura, a un modelo de escritor, a una determinada función de la literatura, a una cierta tradición. Pero por lo menos, esa irreverencia puede develar, de manera inversa, cierta preocupación. Hace unos días un amigo me preguntaba por qué me gustaba tanto Aira, justamente. Y mientras trataba de darle una forma a esos sentimientos tan difusos que me genera leerlo, con la intermitencia del messenger, empezó a surgir la idea de que Aira es como un niño, un niño prodigio y caprichoso que hace lo que se le viene en gana. Pero así y todo esa imagen es insuficiente, hace agua por algunos lados. Lo que sí es cierto es que Aira posee un gran talento para escribir, y como los grandes artistas, a veces subyuga los procedimientos de creación para llevarlos a otra parte. Como se dice que han hecho algunos grandes al final de su carrera, planteando cosas que no tienen nada que ver con lo que han hecho, Aira siempre tiene presente en su proceso de escritura, que se desenvuelve y continúa libro a libro, la renovación, el planteamiento de un nuevo procedimiento que desemboque en un nuevo modelo. En este último caso, con "Las aventuras de Barbaverde", aborda el mundo de los superhéroes y los villanos, asiéndose de todo el arsenal de recursos y lugares comunes del género. Pero, por si fuera poco, he notado algo así como una desescritura, una manera de subvertir esas "normas", esas maneras entendidas como correctas para exponer determinados asuntos dentro del desarrollo del relato. Por ejemplo, sucede algo imprevisto, o algo que no encaja con lo anterior, y ahí nomás el narrador no tiene ningún empacho en decir que se había olvidado de mencionar algo para que todo pueda entenderse. Creo que, considerado en algún escritor nuevo (por lo menos en un escritor nuevo) eso puede atribuirse a la falta de autocorrección, a la impericia, etc., pero en el caso de Aira es sumamente sospechoso, desde luego. Parece que Aira se hace el bobo, que no cumple con el A, B, C del narrar. Y ahí hay que ver una postura, una postura contra algo o en la línea de uno vaya a saber qué, pero hay una inflexión.
Hace unos días leía algunas reseñas de libros de Aira en el blog www.ininteresante.blogspot.com y en general tuve que coincidir con muchas cosas que se decían allí, pero hubo una afirmación que me llamó la atención. Salteándose ciertas formalidades, quien escribía decía que Aira es, lisa y llanamente, Bioy Casares, Bioy Casares en esta época, en un contexto argentino con particularidades muy diferentes. Yo, sin embargo, había tenido una idea similar. Que Aira es hoy lo que Borges fue para otra Argentina. Por lo siguiente... Comparada con las obras de otros contemporáneos, dónde se podía encontrar en la obra de Borges una referencia (¿realista?) a lo que pasaba en el país en los años que le tocó vivir. Borges se iba para atrás, hacia un mundo de compadritos que ya no existía, hacia el siglo XIX pampeano y su fascinación por lo fronterizo, que lo hizo apelar a la Banda Oriental más que al Uruguay. Con Aira sucede exactamente lo mismo. ¿Qué podemos saber de la Argentina de hoy por sus ficciones? Se puede decir que una novela como "Las noches de Flores" (2004) es sucedánea de la crisis de 2002, pero Aira ni siquiera se interesa o pone el énfasis en la crítica social. Esa novela termina directamente en las estrellas. Aira escribe historias que, retomando esa fascinación post-Borges, ocurren en el XIX, o historias que transcurren en otros lugares distantes del mundo (China, Grecia, Italia, Rusia, Honduras, Colombia, Polonia, etc.). Yo creo que, la misma negación del entorno social específico que circunda al escritor de carne y hueso como materia para sus narraciones, es también una réplica, una política indirecta. En ese sentido creo también que Aira dice mucho de la Argentina de hoy, aunque su última obra hable del superhéroe Barbaverde y tenga como comienzo un final del mundo que tiene como epicentro (otra vez más) la ciudad de Rosario.
"El gran salmón" es la primera de las historias del libro. En síntesis trata acerca de la aparición, en la órbita de la Tierra, de un enorme salmón (nunca queda muy claro si es un salmón, pero lo llaman así, qué más da) que llega de los confines del Universo para hacer peligrar a la Humanidad. Ha sido traído por el profesor Frasca (enemigo acérrimo y elemental de Barbaverde) y mide exactamante cincuenta millones de años luz. Rosario es el centro de la historia porque el salmón queda apuntando con su boca a esa ciudad. Por momentos la historia, como decimos de forma criolla, parece no tener pies ni cabeza, es un delirio permanente. Sin embargo la historia toma forma, es, increíblemente, creíble.
Hay otro aspecto que me ha llamado la atención en esta lectura parcial de "Las aventuras de Barbaverde" (me faltan "Los juguetes" y "En el gran hotel") y es la perspectiva con la que se narra, que a priori puede resultar incómoda para los que están habituados a leer historias de superhéroes. Aira parece dar vuelta como una media ciertas convenciones del género, y eso se nota en el punto que elige para narrar. Aira rompe con el modelo básico de situar la mirada en el superhéroe en los momentos precisos en que la aventura se insinúa, se transita y se consuma. Si el superhéroe es un ser misterioso (si juega con el componente del misterio de quién es y el riesgo de no ser descubierto, por aquello de que el héroe, como condición esencial, es "distinto" al resto de los seres de su comunidad) es precisamente porque hay un otro lado, otros personajes posibles para los que esa experiencia es todo misterio, personajes que determinan el misterio, porque este está elaborado en relación a ellos. Aira pone la historia, si de experimentar se trata, desde el otro lado, salteándose rotundamente la perspectiva puesta en las peripecias del superhéroe y contando los ecos de ellas en quienes están atentos a los sucesos. Como si se apoyara un vaso sobre una mesa, Aira no narra el hecho de cómo el vaso se apoya (o trata de no hacerlo, hasta donde le permite la lógica del relato), sino que parte de la marca del vaso para realizar una inferencia del incidente.
Es sobre el final de "El secreto del Presente" que sucede una de las cosas más importantes de la obra, y que se impone como una especie de centro neurálgico de la escritura que Aira desarrolla aquí. Es el encuentro entre el protagonista, el periodista Aldo Sabor, y Sergio. Aldo Sabor ha seguido las aventuras de Barbaverde en Egipto a través de Karina, que ha devenido en corresponsal involuntaria, y ha tenido en vilo a los lectores del diario rosarino El Orden a lo largo del mes en que se han desarrollado los sucesos. Sabor se descubre escritor, ha logrado que la gente se entusiasme leyendo esa historia, día a día, entrega a entrega. Acá nos podemos dar cuenta también de que Sabor termina siendo una especie de alter-ego de Aira. Puede que Sabor no haya contado en sus crónicas algo tan distinto a lo que nosotros hemos leído. El encuentro con Sergio es muy gracioso:
"-¿Hoy escribís el último artículo de la serie? ¿El gran final? ¡Qué bien la hiciste! ¡Vos sí que sos un macaneador de primera! Me los leí todos, no vayas a creer que hablo por boca de ganso. Tenés una imaginación de la San Puta.
Sabor, con helada ironía:
-Gracias.
-No, pero hablando en serio, ¡qué desastre! Qué bajo ha caído El Orden, para publicar tanta pavada, con las cosas importantes que pasan en el mundo. Aunque la culpa no es del diario sino del público, que pide morbo y frivolidad. Por supuesto, vos escribís lo que escribís para reírte de todo el mundo, no te importa nada, sos un postmoderno. Lo que hay que reconocerte es el color que le ponés. Tenés garra, lástima que no sepas escribir. (...) ¡Ojo, que no te estoy restando méritos! Ya te dije que leí todas tus notas. Es cierto que las leí para reírme nada más. Pero también es cierto que terminé sintiendo algún interés, aunque más no fuera para saber cómo te las ibas a arreglar para seguir adelante. Los malabarismos de un irresponsable pueden ser fascinantes de contemplar. (...)"

Ahora, hablado de alter-egos, es Sergio el que parece ser Aira, el Aira que se adelanta a lo que puedan decir sobre él y el relato que ha escrito, el Aira que se despacha hasta con su resistencia a que lo traten de "post-moderno", el Aira que dice: "sí, escribí esto, tal cual". Así parece que cualquier crítica se condiciona, el autor, como el esquivo Barbaverde, pasa a ser ese conejo blanco de la narrativa argentina que nadie puede atrapar.

viernes, 2 de mayo de 2008

Porro 2.0


¡No lo puedo creer! ¡Qué atavismo más grande! Dicen, según leí en algunos mails que me llegaron, que mañana sábado 3 de mayo en Montevideo, en el Molino de Pérez (¿?), habrá una marcha por la legalización de la marihuana. Yo, desde mi humilde lugar en la web, desde este blog que mal o bien es leído por 15 ó 20 gatos sueltos de todo el mundo, por el bien de esta pauperizada república, yo, Damián González Bertolino, cédula número tal, domiciliado en la ciudad de Maldonado, yo, cabeza abierta de par en par y pensante, coco fecundo que partiose expeliendo la leche de la razón, yo, el que suscribe arriba y también abajo, yo digo: NO, NO VAYAN A LA MARCHA, DÍGANLE NO A LA LEGALIZACIÓN DE LA MARIHUANA. No lo saben, pero todo esto es un plan secreto de las potencias del primer mundo para estupidizar a los humanoides del tercer mundo (nosotros) y dejarlos fuera de combate para el día en que la polución gane aquellas patrias. Ese día, el tercer mundo, intacto, será en Nuevo Edén y nosotros, o nuestros hijos, o nuestros nietos, si es que nos queda la capacidad de la descendencia con los aparatos obturados por el humo, nosotros, entonces, seremos la ceniza del ayer más irredento. ¿Se imaginan lo que podría pasar de aquí en más si todos fumaran por todas partes libremente (ya fuman por todas partes libremente, pero bueno, la marcha vendría a ser una representación, hacer idea, manifiesto puro, una práctica, o sea lo contrario de las revoluciones del XIX para acá, lo que no es novedoso, tampoco...). ¡Dios mío! Bob Marley sería ya indiscutiblemente el patrono del humo y nadie lo escucharía (nadie lo escucha en realidad, es como el Che Guevara, que pasó a ser un dibujo que queda bastante bueno en las remeras de manga corta, y en las de manga larga también). ¿Se imaginan a nuestra juventud a nuestra senectud toda, caminando con los ojos rojos? La Patria Boba se avecina. Rodó nunca imaginó un cosmos más caótico que este. Una Patria del "to'o bien", el "arriba, vo" y la polivalente interjección "¡¡ehhhh!!". (Entre otras cosas: ya nadie leería a Herrera y Reissig, todos se pensarían que son Herrera y Reissig, o lo que es más, todos tendrían la imperturbabilidad, de pocos, de Danilo Astori, por ejemplo). ¿Qué más? Bueno, nadie se pelearía, todos escucharían todo el tiempo No Te Va Gustar o La Vela Puerca o ese tipo de música. Los policías fumarían en sus horas de trabajo y ya no habría material para escribir buenas novelas. En suma, el poco sentido crítico que nos quedaba se neutralizaría y quedaríamos medio tarados del todo y todo nos parecería bueno, como un Adán medio boludón que toca esto y lo otro y le parece buenísimo porque no conoce otra cosa, porque justo lo agarró Yahvé y se lo chupó. Más todavía, todos nos pasaríamos hablando de libros como "Las puertas de la percepción" o "El almuerzo desnudo" sin tener que haberlo leído (en realidad la mayoría no los leyó, la mayoría de los que fuman marihuana, porque arrancan a leerlo y ya les da ganas de fumar y dejan de leer, y luego no se acuerdan de lo leído y van otra vez al principio del libro y así ad infinitum). Todos nos creeríamos medio inteligentes e hipersensibles y proclives no sólo a opinar de cualquier arte, sino a practicar cualquier arte; como ahora, pero peor. ¿Qué más? Sí, las primaveras ya no serían lo mismo. El olor insoportable de los porros inundaría los jardines y las plazas y adiós a los azahares, adiós... Pero bueno, no vayan, no vayan por lo que más quieran a esa marcha. Es una cuestión estética. Piénsenlo. Además, yo, el que escribe todo esto, pienso que no hay mejor crítica que la que ofrece una alternativa. Por eso quiero recomendar a mis lectores algo que está mucho mejor que la marihuana (o debe estar, qué sé yo), mejor que la "cannabis sativa", y es la "chondrocanthus chamissoi", más conocida entre los habitantes del Pacífico Este como la "cochayuyo". Es cierto que parece joda, pero está buenísima. Con mi hermano menor hace por lo menos tres o cuarto años que conocemos la "cochayuyo" y que hemos visto cómo nuestra ha vida ha cambiado sensiblemente. De veras, cada vez estamos mejor y nos sentimos más aptos para los desafíos que se vienen. Una buena forma de consumir la "cochayuyo" es con leche, que es una mezcla bastante nutritiva al fin y al cabo. Mi hermano, por ejemplo, se pega un saque de "cochayuyo" early-in-the-morning y el pibe no para de sacar standards de jazz con la viola. Todo el día pium-pium-pium, meta glissandi y staccato y esas cosas. Yo, por mi parte, le encuentro un gustito, un qué sé yo a la literatura uruguaya actual que no sé cómo expresar. Soy feliz. Principalmente lo que hago es tomarme la "cochayuyo" con un buen café con leche hecho con tres cucharadas soperas de azúcar, o si no directamente la masco con unas galletitas de ceral y miel o de canela y manzana. El otro día terminé de leer la última novela de Milton Fornaro y me voló la cabeza. Lo que me pasó fue que en la tapa había una foto de Hemingway, y yo giraba el libro y la cabeza Pappa Hem también giraba y en una me dice: "Pará, tarado, pará de darme vueltas que voy a vomitar, que ya tengo bastante con estar acá". Y después me dijo esto: "Está bien lo del IRPF a los jubilados, que les saquen la guita, si se la terminan quemando al Kini o al 5 de Oro". Otras cosas zarpadas que hacemos con mi hermano luego del "cochayuyo" son: andar en bicicleta, hacer la plancha en la 16 de la Brava y más cosas. Está bueno el "cochayuyo", pruébenlo, no vayan a esa marcha-paloma de mañana allá en Montevideo, quédense en Uruguay. Piensen en el país. Lean a Rodó. Estudien. Sepan la letra entera del Himno. Y así...

miércoles, 23 de abril de 2008

Días con humo nºs 2 y 4


Hace como una semana le contaba a alguien el argumento del cuento "El libro de arena", de Borges. Y en un momento me reí cuando Borges personaje, desesperado por querer deshacerse del libro de arena, descarta la posibilidad de quemarlo, ya que, dice, la combustión de un libro infinito sería parejamente infinita y llenaría de humo el planeta. Creo que me reí porque le vi todo el lado hiperbólico al asunto y me quedé en eso nomás. Pero por supuesto, como en muchos otros casos, Borges no sólo está adelantado un paso, sino dos o tres. Creo que estaba en clase el jueves cuando los chicos comenzaron a mirar hacia afuera y dejaron salir palabras como "lluvia", "niebla" o "humo". Yo me hice un poco el desentendido y ordené un poco la cosa, dejando, sobre un costado relegado de mi atenció Un, el pensamiento sobre el origen de ese humo. Un incendio cercano, pensaba... Cercano... Unas horas después estaba acostado leyendo en el 33 cuando me llamó por teléfono mi padre. Mi padre, cada vez que hay una noticia importante (lo mismo que un amigo mío que es periodista) me machaca mi ignorancia. No tengo ni tele ni radio. Sólo leo noticias en internet de vez en cuando o cuando compro los diarios argentinos los sábados, pero por ahora no los estoy comprando. Mi padre, luego de varios rodeos (es un narrador oral desesperante), me explicó lo de los incendios en el norte argentino y lo del viento que trajo el humo a esta región. Me acordé en seguida, cuando salí a la calle y vi que la situación empeoraba, de lo que me había causado gracia en "El libro de arena"; pero por sobre todo eso, vino una vez más la sensación de indefensión que nos acompaña en momentos de este tenor: la caída de un meteorito, un maremoto, el desprendimiento de un bloque de hielo en la Antártida, un nuevo disco de Britney Spears, un nuevo ejemplar de El País Cultural con reseñas de libros salidos hace dos años (cfr. Nº 961). El domingo salí a andar en bicicleta aprovechando que estaba lindo; vi gente bañándose en la parada 1 de la Mansa... y estábamos a 20 de abril. Miré hacia la bahía y el humo apenas dejaba ver el contorno oscurecido de la Isla Gorriti; una buena parte del mar, antes de perderse en la nada, reverberaba al sol. Hasta por ahí llegaba Maldonado. La paz del domingo, el ambiente de playa, la poca visibilidad, me hicieron acordar a una de esas películas que nos muestran cómo es la vida después de la muerte. Era como si estuviéramos todos muertos, o viviendo el impacto de una súbita jubilación arbitraria. Seguí pedaleando hasta la península. Estaba lleno de gaúchos. La mayoría de las tiendas estaban ya cerradas. Tenían carteles que decían cosas como "Hasta el verano que viene" o "Nos vemos en Buenos Aires en las calles, etc., etc." o "Se alquila" o "Liquidamos todo". La península, en su propia evanescencia, quedó cercada por el humo. Parecíamos los supervivientes de un mal sueño. Los gaúchos dando vueltas para encontrar una buena parrillada. Unas gitanas que perseguían a algunas mujeres para decirles la suerte. Las mujeres se negaban y las gitanas se entreparaban soltando un gargajo espeso hacia un costado, luego miran hacia arriba. Me imagino todo ese humo levantándose por primera vez a miles de kilómetros, destinándose secretamente a ser aspirado por mí. Veo las imágenes difusas de los hombres que quieren apagar o alimentar el fuego. En el anochecer del viernes estaba sentado en la rambla de la Brava, comiendo unos bizcochos y tomando jugo de naranja con V. La luna plateaba las olas pequeñas. Todo listo para cualquier metáfora a la mano. Pero ella tenía media hora libre en el trabajo y debía regresar en breve. En eso cae una pavesa frente a mis ojos. Un pedacito calcinado de una hoja de pasto que vaya a saber uno cuántos kilómetros viajó para eso, para que yo la tomara entre mis dedos y la disgregara en miles de partículas. Aquel poema de Whitman, de "Canto a mí mismo", en el que el poeta se pregunta por el origen de un puñado de pasto. Una de las metáforas: es un pañuelo dejado caer a propósito por el Señor, con el nombre del dueño bordado en una punta. ¿Y aquella pavesa? ¿Me pongo trascendentalista o no me pongo trascendentalista? La aplasto entre mis dedos y es bastante más que la parte de una noticia que puedo buscar en un informativo, es un espacio íntimo que necesitaba de aquel incendio.

miércoles, 16 de abril de 2008

28


Así fue. Ayer cumplí 28 años. Los festejé en el Upper Side of Kennedy town ("El Quénide", en la lengua vernácula). Hubo pan casero. Coca-cola. Canilla libre de capítulos de La Pantera Rosa, videos de los Beatles, conciertos de Led Zeppelin y algunos fragmentos de "¿Qué he hecho para merecer esto?", de Pedro Almodóvar. Mi padre se sentó en una silla, entre tanto, y como un Buda de la memoria empezó a recitar anécdotas de los tempranos años '80, cuando yo había venido al mundo. Luego trajo fotos que su madre le había traído, fotos en las que él aparece de niño en el Kennedy o en Punta del Este, con gente que conocí de vieja, fotos en las que está con mi madre. El túnel del tiempo se ensancha. Esas fotos me vinculan, veo mi cara en la de mi padre, ya sea sonriendo o posando para la circunstancia social que era la foto a mediados de los '60 en muchos casos. Y voy más atrás, y el misterio también se ensancha y deja lugar para más espacio. Mi padre trajo hace unos días un árbol genealógico de su familia, algo que un lejano pariente suyo realizó hace algunos años. Es la historia de la familia Barrios. Barrios es el segundo apellido de mi padre. Hay varios Barrios ilustres, todos salidos de San Carlos. Todos ligados entre sí por uniones intrafamiliares... Los padres de mi padre eran primos... Los cuatro apellidos de mi padre son González Barrios Barrios González. Siguen los Barrios. Leo el árbol, escucho las precisiones y las anécdotas que agrega mi padre. Ceferino Barrios, su abuelo, que peleó junto a todos los varones de sus dieciséis hermanos en la Revolución de 1904; algunos del bando colorado, como él, otros del bando de Aparicio Saravia. Ceferino Barrios, nacido en 1877, representa, como represantaron tantos otros individuos, el paso del Uruguay de la barbarie al del civilizamiento. Antes del '04 Ceferino (Ceferino es el segundo nombre de mi padre) era un matón sanguinario, después del '04, cobrados los favores de guerra, fue el tenaz comisario de la séptima sección del departamento de Maldonado, desde las costas de José Ignacio hasta casi Aiguá, en los años en que por esos campos cercanos al límite con Rocha y Lavalleja tiraba de un carro el padre de mi abuela materna, Don Devitta; pero esa es la otra parte del asunto. Siguen las historias... Una hermana se Ceferino se casa con un tal Ferrer y se va a Buenos Aires. A Ceferino y a dos hermanos más ese Ferrer no les gusta nada. Hablamos de antes de 1900. Los tres hermanos conjurados cruzan el Río de la Plata y pasan a cuchillo a varios, entre ellos a su propio cuñado, devolviendo a San Carlos el premio de la hermana recuperada. Un hermano, el más joven, murió en una de esas contiendas. Pero el honor se había restablecido. Mi padre me muestra fotos de Ceferino Barrios, posando de uniforme o de paisano. Fotos patriarcales en las que aparece sentado y con las hijas y su mujer paradas a los costados. Hay algo en los ojos. Un brillo, una manera de cerrarlos. Ceferino Barrios, hijo de Carlos Rafael, a su vez hijo de Carlos Manuel, quien fue hijo de Antonio del Barrio, el primero en llegar a Uruguay, nacido en Piedralba, España, e hijo de Domingo del Barrio, natural de Astorga, cerca de León, que nació a mediados del siglo XVIII. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué decisiones tomó? ¿Qué decisiones tomó su hijo? ¿Qué vida llevó? ¿Por qué cruzó el océano? Las preguntas parecen ingenuas de tan transitadas, pero no son superfluas, nunca. Tengo 28 años, mi vida va hacia ese futuro apenas calculado; pero quiere ir a ese pasado, a esos pasados posibles, también apenas calculados, un pasado que devuelve el futuro...
¿Regalos?... Un buzo de hilo, color oliva; el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde"; un documental en DVD sobre algunas cantantes de jazz (Besse Smith, Billie Holiday, etc.); una nueva guitarra (la cuarta), en realidad bastante chiquita, más tirando a ukelele que a guitarra, y un par de tazas.