sábado, 8 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (II)


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EXTRAÑO SAN CRISTÓBAL. Cierro los ojos y puedo sentir la lluvia de la mañana. Veo el incendio de las nubes asomándose tras los cerros. La ciudad es una olla siempre a punto del hervor. No puedo decir que sea bonita desde un punto de vista arquitectónico o urbanístico, pero tiene al menos dos formas de estar viva: una alborotada, tumultuosa; la otra, más emparentada con la insondable quietud de las montañas y el verde.
En la crónica anterior prometí que hablaría de los talleres y del trabajo que allí realizamos, pero la verdad es que me da mucha pereza, y prefiero dedicar este tiempo de escritura sólo al disfrute, y no tanto a la información de rigor. Así que avancemos.
El lunes, Chávez visitó San Cristóbal para apoyar a su candidato en Táchira, Leonardo Salcedo. La ciudad se vistió de rojo y la gente colmó la avenida. Yo estuve un rato ahí. Después me escapé. Caminé por las calles casi desiertas, entre comercios cerrados y vigilancia militar. La poca gente que no participaba de la marcha, seguía con sus actividades de un modo casi empecinado, hostil. La verdad es que si algo he notado es que las posiciones políticas en Venezuela están tan alejadas que parecen irreconciliables. Y, tengo que decirlo, no estoy seguro de que ninguna de las partes tenga intención de reconciliarlas. He hablado con venezolanos pro-Chávez y anti-Chávez. No he logrado hablar con ninguno que quede fuera de estas categorías. Acá, o se es acérrimo defensor o acérrimo opositor, y de alguna manera eso me provoca espanto. Trato de ver el futuro de una sociedad que juega en esos términos, donde una parte apuesta todo a una visión casi mesiánica de un particularísimo tipo de socialismo, que exige un compromiso casi devoto e incondicional. La otra, dispuesta a abrazar para siempre el actual orden de las cosas, una mirada ciega que busca negar la enorme parte podrida del mundo actual. No comulgo con ninguna de esas dos miradas: desconfío de la incondicionalidad, ese es mi problema, y desconfío porque no creo que exista la infalibilidad.
Ahora estoy en Caracas, en el Hotel Alba Caracas (ex Hilton), miro por la ventana de la habitación y veo torres (dato: en el hotel Jardín me alojé en la habitación 87, ahora en la 807, caballeros, hagan juego). Extraño San Cristóbal.

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NOSOTROS SOMOS COMPATRIOTAS. El domingo conocí uno de los barrios más peligrosos del sur de San Cristóbal, según la municipalidad, que lo catalogó como zona roja. Allí, el vecino Asdrúbal Ortíz iba a presentar su libro "Mi comunidad tiene lengua", una recopilación con relatos de sucesos y personajes de su barrio, editado a través de la Red Nacional de Imprentas, mediante el sello editor El perro y la rana, cuya gente hace una labor de inmensa generosidad. Llegamos a las 3 de la tarde. Había miembros del Consejo Comunal esperándonos. Nos pusimos a armar los toldos, las mesas y las sillas, porque el acto sería en el medio de la calle. Una calle, a propósito, que se deslizaba como un tobogán hasta darse de cara con el cerro, que se elevaba desde allí como una pared de vegetación. "Este es nuestro pulmón", me dijo un vecino.
Forramos las sillas de plástico con unas fundas blancas, y luego les atamos listones color salmón, de modo que el moño quedara hacia atrás. La tarea se me daba bien, así que pronto tuve alrededor un pequeño grupo de niños con sus madres, que querían aprender cómo hacerlo, para ayudar. Uno de los niños tenía puesta una camiseta de River de Montevideo (¿cómo había llegado a sus manos? Imposible saberlo). Otro nos tomaba fotos y después salía corriendo, muerto de risa. Y de a poco los vecinos se fueron acercando.
Antes de comenzar quisimos ir a comprar agua. Yo había visto un almacén a la vuelta de la esquina. Me dijeron que mejor no fuera. "Hay tres tipos armados", advirtieron. "¿Armados?", pregunté, "¿Están asaltando?". "No, no, están armados nomás, y tomando, así que mejor no ir". Quizá sea bueno aclarar ahora que esta zona de Venezuela está a apenas una hora de viaje de Cúcuta, en Colombia, y que los paramilitares van y vienen casi sin control, funcionando de acuerdo a una lógica mafiosa de cobro de tasas de protección. Algunos, incluso, regentean clubes de salsa.
Me quedé muy nervioso. Luego comenzó la actividad, mis compañeros (un chileno y un colombiano) hablaron primero, y luego vino mi turno. Dije un par de palabras, leí un fragmento de una novela en proceso, y nada más. Durante todos estos días he estado mucho más propenso a escuchar que a hablar, a observar que a ser observado. Lentamente todos nos emocionamos, y la gente se sorprendió, primero, para luego emocionarse con nosotros también. Yo estaba viendo un acto de verdad revolucionario, sin multitudes, sin marchas, sin discursos de puño agitado al cielo. Sesenta personas de su barrio, escuchando a tres extranjeros, llorando un poco con ellos, antes de oír a su vecino contarles por qué escribió ese libro, por qué era necesario no dejar morir la historia de su pedacito de tierra y de la gente que vivió allí, y luego, llamándolos a todos y cada uno por su nombre, para entregarles el libro en la mano.
Ese libro había salido dos días antes de la Librería del Sur de San Cristóbal, un pequeño y hermosísimo local donde un grupo reducido de personas trabajó con devoción, de modo casi artesanal para poder hacer realidad esa diminuta maravilla que al final cuajó en esa tarde de agobio y de lluvia bajo los toldos, en Genaro Méndez. Y yo tuve la suerte de estar allí para verlo.
Nos dieron abrazos y nos hicieron firmarles los libros, nos presentaron a sus hijos e hijas y nos sonrieron con toda la amplitud de sus bocas. Nos pidieron nuestras direcciones de correo. Nos hablaron de Artigas, de O’Higgins, de San Martín. Nos invitaron a volver y a quedarnos en sus casas. Nos hicieron sentir en casa. Hicieron que entendiéramos, con la absoluta elocuencia de los hechos sencillos, que es verdad, que debajo del continente corre la misma sangre. "Ustedes no son extranjeros acá", decían, "nosotros somos compatriotas". Les creí.

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PERIBECA. Luego de lloriquear como nenitas, nos llevaron a un pueblito turístico al norte de San Cristóbal. Peribeca. Muy bello. Construcciones antiguas, callejuelas empedradas, una iglesia rústica con un mural que parecía haber sido pintado en chiste, puestos de "buhoneros" (vendedores ambulantes), artesanías, dulces y licores. Bebí ponche de huevo, licor de café. Atardeció mientras estábamos en una especie de fonda, tomando cerveza Polar Solera (etiqueta verde, la que más se parece a nuestra Patricia). La noche se fue derramando sobre los cerros como si la oscuridad fuera una niebla líquida que tenía una sola misión, cubrirlo todo el tiempo suficiente para que el nuevo día se preparase. Cuando apenas quedaba una última franja de luminosidad cobriza sobre la tierra, yo pensé: "De esto ya no me olvido".

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SUPERMAN. Tras un día de trabajo agotador, mis compañeros poetas iban a hacer una lectura abierta en la Plaza Bolívar de San Cristóbal. Fueron subiendo de cinco en cinco a la tarima en la que estaban la mesa, las sillas, los micrófonos. Yo estaba cansado y no me sentía muy bien. El clima cambiante, el desayuno demasiado pesado (¡ah, las arepas!), el ron. Nada, el caso es que estaba a punto de dormirme, la cabeza me bailaba sobre los hombros, sin control de mi voluntad. En eso estaba cuando, al mirar a mi derecha, vi a Superman. Era así: negro, pelo corto con motas, 1.60 de altura, botas de cuero, traje azul con una gran "S" en el pecho, capa roja, calzoncillo –también rojo- por encima de los pantalones, anillos en todos los dedos de la mano derecha, un enorme reloj, una mochila a la espalda, sonrisa indescriptible, mirada inquietante. "Estoy peor de lo que pensé", recuerdo haberme dicho a mí mismo. Entonces comencé a oír la conversación. Horacio (Cavallo, el otro uruguayo), hablaba con Superman:
-¿Y tú de dónde eres? –preguntó Superman.
-De Uruguay –respondió Horacio.
-Ah, ¿y él de dónde es? –insistió nuestro incansable héroe.
-De Uruguay, también…
Yo a estas alturas ya entendía claramente que Superman, por algún motivo que seré incapaz de dilucidar, estaba haciendo lo posible por agregarme a la charla. Me hice el dormido. Superman entendió el mensaje.
-¿Y cómo se llama él? –preguntó.
Horacio me miró y sonrió. Una maldita idea le cruzó por la cabeza.
-Él es Clark Kent –dijo el muy desgraciado.
Los ojos de Superman se iluminaron. Ya nada podía detenerlo. Habían aceptado el juego y ahora las reglas las ponía él. Yo dije para mis adentros: "Ay, no", y me dispuse a hacerle frente a la adversidad.
-¿De veras tú eres Clark Kent? –preguntó el bizarro héroe mientras, maravillado, observaba mis lentes y un jopo rebelde que me caía sobre la frente.
-Ajá –respondí, lacónico.
-¿Y también eres Superman?
-No. Abandoné, era mucho laburo… me quedé sólo con el curro del diario.
Superman me miró sin entender. ¿Qué loco podría renunciar a ser el héroe más grande de todos los tiempos?, parecía estarse preguntando. Yo volví a mi letargo, y aunque Superman se quedó a mi lado un buen rato más, mientras la gente le tomaba fotos, al final se cansó y se fue.
Pero claro que eso no fue todo, porque al rato, Superman volvió. Había estado meditando y tenía nuevas inquietudes, además de algunas interesantes revelaciones, datos que le habrían servido a un profesional de la psiquiatría para comprender su verdadero estado mental.
-Sabes que yo soy el hijo de Superman –dijo.
-Ajá –dije yo-. El hijo de Superman.
Y acá todo adquirió ribetes de un onirismo ciertamente alucinado.
-Yo conocí a mi padre en Estados Unidos. Él está en una silla de ruedas que vuela.
"Cartón lleno", pensé.
-Así que tu padre se llama Christopher, ¿no? –completé.
-Claro, ese es mi padre.
"Misterios de la genética", me dije. Pero vean ustedes qué raro era todo: este muchacho no sólo jugaba (supongamos, de momento, que no estaba en verdad demente) a ser un superhéroe, sino que alegaba tener una relación filial, no ya con el superhéroe (¡que no existe!), sino con el actor que lo hizo famoso en el cine, un actor que ya falleció (dato que nuestro amigo venezolano omite), y que pasó sus últimos años parapléjico. Eso es lo que yo llamo tener dos corsos a contramano en el marote.
Cuando yo pensé que todo había llegado al fin, Superman volvió a la carga.
-¿Cómo dejaste de ser Superman? –preguntó.
-Kriptonita roja –respondí de inmediato. Y entonces sí, me erguí en mi asiento, lo miré fijamente, esforzándome por lograr la mirada de Marlon Brando (cuando interpretó a Jor-el), y le dije-: Todos hablan de la kriptonita verde, pero esa no te hace gran cosa, la que de verdad te liquida es la roja.
Superman se alejó, pensativo. Mientras, yo me quedé pensando en lo que había dicho, seguramente una idea que me venía de lejos, de los días más profundos de mi infancia, en los que devorar historietas era mi placer más sofisticado. "Kriptonita roja", dije, mientras veía en mi memoria la marea roja del día anterior, durante el acto de Chávez.

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NO SOMOS LATINOS. Los uruguayos –al menos Horacio y yo- no tenemos sentido del ritmo y nos aterra el ridículo –bah, nos aterra nuestra idea del ridículo-. ¿Por qué digo esto? Bueno… el autobús que nos trasladaba de un lado a otro en San Cristóbal se llamaba El Bandido, y no era un autobús, sino un club de salsa. Aquí los autobuses tienen nombres: El Renegado, El Poderoso, El Clandestino, El Convicto... y así está el tránsito, como ya dije antes. Pero hablemos del ritmo. Fernando, de Colombia, se compró un bongó. William, de Venezuela, tiene maracas. Hace un par de noches el grupo se quedó hasta el amanecer en la entrada del hotel, dale que te dale. Los guardias de seguridad primero ordenaron que cesara el alboroto. Luego instaron al diálogo. Más tarde suplicaron. Al final se rindieron. Desde mi habitación, en el tercer piso, escuché la Guantanamera más larga de la historia, y aprovecho este artículo para proponerla al Libro Guiness y para denunciarla ante el Tribunal Internacional de Derechos Humanos, todo junto.

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HABRÁ GATORADE PA’ TODOS O PA’ NAIDES. Al final llegó el día del acto de cierre del Encuentro. Luego de cinco días de trabajo, de haber elaborado un manifiesto y un documento con propuestas y programas bastante concretos, nos llevaron al Teatro Luis Gilberto Mendoza para participar de una reunión con el Ministro de Cultura. Se trataba de una reunión abierta al público, y si bien es cierto que estas son épocas electorales en Venezuela, yo fui demasiado ingenuo como para prever lo que habría de ocurrir.
El acto se convirtió, de un momento a otro, en un acto político. Pero eso no me molesta, nuestro manifiesto era muy político, en el sentido amplio y profundo del término. No. Me refiero a que la presencia del Ministro respondió a necesidades proselitistas muy evidentes, y que en el fondo la presencia de los "poetas y escritores por el Alba", fue una excusa. Eso es lo que pensé en el preciso momento en que estaba ocurriendo aquello, y eso pienso todavía ahora, dos días después, con tiempo para la reflexión y la calma.
Un par de detalles me parecieron interesantes y elocuentes. No diré que son demasiado importantes, pero sí son significativos. En cierto momento el Ministro dijo algo así (siempre gritando, claro está): "¡Hemos generado conciencia crítica! ¡Ahora uno va y habla con uno de nuestros campesinos, y si le pregunta quién es el responsable de la situación de los pueblos de América, él responde: El imperialismo yanqui!". Vaya, vaya, vaya. Para empezar, me gustaría saber cómo sabe el Ministro que ese campesino llegó a esa conclusión a través de una conciencia crítica diferente a la que impuso, hace unas décadas, la idea de que todo era culpa del comunismo. Cambiar "comunismo" por "imperialismo yanqui" en el casillero de los monstruos a los que hay que odiar, sin que se procese una verdadera reflexión crítica autónoma, no asegura nada. Es una mera cuestión de forma, una práctica de conductismo. Yo hago sonar la campana. El perro babea. Yo grito: "enemigo". Él dice: "imperialismo yanqui". Algo no me suena bien en esta idea.
Otro detalle. A todos los que estábamos sentados a la mesa con forma de herradura nos sirvieron agua sin gas (marca "Nevada", para más datos). Los jerarcas y autoridades de la mesa central fueron los primeros en quitarle la etiqueta a las botellas, y luego todos los imitamos, como niños bien educados en casa ajena. Pero más tarde, esos mismos jerarcas y autoridades recibieron sus botellitas de Gatorade, y no sólo no le quitaron las etiquetas, sino que el color naranja de la bebida energizante (que acá se toma como si fuera Jugolín), marcó claramente la diferencia entre los más importantes y los menos importantes.
¿Estoy quejándome porque no me dieron Gatorade? ¡Claro que no! ¡Si no me gusta el Gatorade! Y no sólo eso: me parece un asco. Estoy señalando un modo de pensar que me parece errado. Y ya dije que no era importante, pero sí lo considero significativo: ¿era tan difícil para los jerarcas beber agua, igual que todos los demás? ¿Era tan difícil quitarle la etiqueta al Gatorade igual que se la habían quitado al agua Nevada? ¿Era tan difícil mostrar una voluntad socialista también en los detalles? Como diría Paco: ¡Qué lástima!

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CARACAS. Es una ciudad vertical. La gente ha ganado las laderas de los cerros. Siempre recuerdo que en la escuela nos hablaban de los cultivos en terrazas de los Incas. Bueno, acá se hacen terrazas para hacer viviendas, casas que parecen, todas, haberse quedado detenidas en algún punto intermedio de su construcción. No hay revoque, apenas ladrillo (nuestro viejo y querido ticholo), bloque, chapa, formando laberintos en la montaña, como un manto precario que trepa hacia la cumbre sin mayor convicción.
Eso pasa en la periferia, mientras, en el centro, la verticalidad se manifiesta en su forma más agobiante: edificios altísimos, de metal, cemento y cristal, como lanzas. Imponentes. Faraónicos. El mismo hotel en el que estoy hospedado ahora es, a todas luces, excesivo. Denme un momento. Voy a contar los pisos de la torre norte. Hecho: veintinueve. Hay gente que dice que se podría acostumbrar a vivir así, en hoteles de lujo, con servicio a la habitación y toallas limpias todos los días. Bueno, es algo así como lo que decía en la crónica anterior, hablando de la perspectiva de la mirada de alguien que se ha acostumbrado a volar: ver el mundo desde el piso veintinueve, rodeado de calefacción central, alfombra, tv por cable y sales de baño, puede desorientar hasta al más socialista. Yo hubiera preferido que nos alojaran en algún sitio menos lujoso, más a nivel de hombre, por decirlo de algún modo.

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DESCONECTADO. Con acceso restringido a Internet; con dificultades monetarias -¡es carísimo!- para comunicarme por teléfono con mi familia, amigos o trabajo; sin ganas de ver televisión –pero sé que en EEUU ganó el negro-, me está dando curiosidad saber qué ha pasado en Uruguay. Igual, me voy a contener. No voy a entrar a la página web de los periódicos, no me voy a enterar de nada. Prefiero sorprenderme. Además, no quiero llegar y tener que hablar sólo yo, prefiero que todos tengamos cosas que contar. Así que me voy, con mis dudas a cuestas. Pero antes, una confesión: no saben lo hermoso que es escuchar Guitarra negra, estando lejos de casa. Sólo por eso ya valió la pena el viaje. Saludos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Leonardo Cabrera en Venezuela (I)

Leonardo Cabrera está en Venezuela por estos días, invitado a un congreso internacional de escritores. Días antes de su partida surgió la idea de que escribiera algunas crónicas sobre el viaje y las publicara en Tartatextual. Ayer domingo 2 me llegó la primera parte, que hoy llega a los lectores... Espero que la disfruten. DGB.

EL VUELO, LA LLEGADA, EL COMIENZO DEL ENCUENTRO
Escueta crónica de una experiencia intensa -1-
Leonardo Cabrera

1
NO TENGO MIEDO. Me subo al avión y no dejo de ver la enorme turbina que ya zumba y sisea. En el centro tiene un cono que parece un barreno, un taladro que se apronta a perforar el aire. Hace calor en Carrasco, el cielo está bastante azul y los nervios de los días previos al vuelo han ido diluyéndose hasta desaparecer. Estoy contento de haber pedido ventanilla. Entro y ocupo mi asiento, 17F, en medio no va nadie; sobre el pasillo, un brasilero. El avión va a San Pablo y la aerolínea es TAM, de modo que allí dentro reina el portugués. Practico mentalmente la única palabra que pienso pronunciar de modo más o menos decente en las próximas 15 horas: "Obrigado". Finalmente el avión se mueve, pienso que de un momento a otro llegará el miedo, y después del miedo las náuseas. De niño no podía viajar en ómnibus sin vomitar. Era terrible. Igual, peor que el vómito era la inminencia del vómito. Todo comenzaba con el aumento de temperatura de la saliva y entonces ya el proceso era indetenible, no había marcha atrás: iba a vomitar sin importar lo que hiciera. Recuerdo el gusto de los ácidos gástricos en la boca. No es agradable. No quiero vomitar. De todos modos, por si acaso, busco una bolsita en la gaveta del asiento: "bolsa para mareos", dice. Piensan en todo.
Rutina. Las aeromozas y el capitán hablan, indican, aconsejan, ordenan. El avión se pone en marcha. Acelera, desarrolla una velocidad que se me ocurre insuficiente, no es, ni por asomo, lo que esperaba: "Así, esto no va a despegar", me digo, y apenas pienso eso, la nave abandona el suelo con tal suavidad que me cuesta mucho contener la risa, ya no una sonrisa, sino una verdadera risa de júbilo -que es algo así como una alegría bíblica-, de sorpresa, de fascinación. Nos elevamos y la tierra se empequeñece, todo parece de juguete y pienso que a alguien que viaje demasiado le ha de costar recordar que las casas y los hombres que se mueven allá abajo no son juguetes, que no están hechos de plástico y de cartón pintado. Desde esa altura todo adquiere una dimensión irreal.
El brasilero está muy silencioso, con los ojos cerrados y se toma la cara con las manos. No sé si está rezando, pero me parece que es así. Pobre. Me gustaría decirle algo que lo tranquilizara, pero sería un atrevimiento de mi parte, yo, que soy apenas un novato que lleva diez minutos de vuelo y ya por eso se cree que domina las alturas.
Miro el ala. Se sacude con unas turbulencias leves. Parece fragilísima, esa es la verdad. Tiene una inscripción, dice: Do not walk overside this area, es decir: No camine sobre esta área. Me da gracia. De verdad que no se me habría ocurrido intentarlo, pero nunca se sabe, la gente es muy loca.
2
EL RESTO DEL VIAJE transcurre sobre una alfombra de nubes. Lo siguiente son 8 horas de espera en San Pablo. Es la primera vez que estoy en un lugar así, basta afinar el oído para percibir el inglés, el español –en todas sus variantes-, el francés, el alemán, y otras lenguas que no soy capaz de identificar, superpuestas, enroscándose hasta formar un bullicio digno de Babel. Veo a un niño de no más de 13 ó 14 años. Está vestido de riguroso negro. Un largo saco, pantalones hasta las rodillas, medias, grandes zapatos –enormes, enormísimos-, un sombrero de ala muy ancha, redondo. Lleva arrastrando una gran maleta también negra. Está solo. Camina entre la gente, rumbo a la salida, y arrastra la maleta, que –quizá por lo inmaculado del luto- se me ocurre una pequeña urna donde van los restos de alguien muy querido. Veo también a cuatro señores musulmanes de impecables túnicas blancas y celestes, largas hasta el piso, con sandalias en los pies y algo así como gorros turcos, también blancos. Todos llevan largas barbas grises que les llegan al pecho, barbas de profetas. Se sientan a esperar un vuelo. Casi no hablan.
Miro el reloj. La hora no pasa, el tiempo no transcurre. No tengo nada para hacer. Leer es prácticamente imposible, dado que a cada un minuto –o menos- suenan avisos por los altoparlantes llamando a los pasajeros que deben tomar el próximo vuelo a Milán, Paris, Ámsterdam, Nueva York, Atlanta. Todos esos lugares están allí, detrás de la puerta de embarque, basta dar un paso y poner pie en Italia, Francia, Holanda, Estados Unidos. Por un momento el mundo parece pequeñísimo, del tamaño de una manzana, no más que eso, a la que basta tomar en una mano y dar un gran mordisco. Eso me parece que piensan muchas de las personas que están haciendo fila para abordar, creer que van a devorarse el mundo. Y quizá lo hagan. Peor. Quizá ya lo están haciendo. Eliminemos el condicional. Ya lo están haciendo. Ahora quitemos la tercera personal del plural y probemos con la primera: Ya lo estamos haciendo.
3
PIENSO EN CUÁNTA GENTE nunca, jamás de los jamases, va a pisar este suelo lustrado, brillante, espejado. Este es un lugar restringido. Hay tantos así, pero este lo es especialmente. Si yo estoy aquí es por casualidad, por una maravilla del azar, yo no pertenezco a este lugar, y quizá por eso me siento un intruso, alguien que será expulsado sin miramientos cuando se descubra mi condición de infiltrado.
Me llaman a embarcar. Presento el pasaje y el pasaporte. Me miran. Sellan el documento y me permiten pasar. Ya es la medianoche del miércoles, estoy en esta aventura hace poco más de diez horas. Mentira. Antes de un viaje así, de un primer viaje de las características de éste, uno es un hombre proyectado al futuro. Eso lo logra la ansiedad, que nos arranca de nuestro cuerpo, aventándonos hacia delante. En el asiento del vuelo 8050 rumbo a Manaus, esa ansiedad al final se derrite y se pierde en la oscuridad impenetrable del cielo del Amazonas.
Llegar a Manaus a las 2:30 de la madrugada es como asomarse lánguidamente al alhajero de la abuela, donde ella ha dejado desperdigadas sus modestas joyas, que titilan sobre el terciopelo negro de la caja. Eso es Manaus ahora, un colosal montón de collares y prendedores y pulseras y caravanas y medallitas, desparramadas sobre la fina tela de la nada más oscura, un pozo negro abierto en medio de la selva. Descendemos con suavidad. El capitán bromea por los altoparlantes, todos ríen, también yo. Al entrar al avión, con mi gran mochila en la espalda, el hombre –un gordito de gestos amables y risueños- me dijo algo así: ¿Pero usted se trae ya su paracaídas? Qué poca confianza en mí, hombre, que no lo va a necesitar.
Volvemos a despegar. ¿Llevan la cuenta? Sí, ya son tres despegues. Esta vez me cuesta percibir el momento en el que abandonamos la pista. Mis compañeros de asiento han descendido en Manaus, de modo que puedo acostarme en los tres asientos. Pido una manta y duermo casi hasta llegar a Caracas. Será el mejor sueño que voy a disfrutar en 48 horas. Tengo que aprovecharlo.

4
LLEGO A CARACAS, finalmente, a las 5:30 de la mañana. Está amaneciendo. Para aterrizar el avión viró hacia el mar y luego hizo otro giro descendente que nos depositó en la colosal mole que es el aeropuerto, una obra digna de la época de Akenathon. Paso por todos los trámites de inmigración y recupero mi maleta –a la que, si he de ser sincero, ya consideraba irremediablemente perdida, y lo peor es que era prestada-. Pero la recupero. Qué felicidad. Salgo al hall central. Nadie está esperándome. Tranquilo, me digo, ya llegarán; pero los que llegan son los buitres, es decir, gente que ofrece taxis apenas uno ha puesto fuera del área restringida, gente que quiere que uno le dé dólares a cambio de bolívares, una transacción por demás beneficiosa, e ilegal. Y parecen buitres, de verdad. Huyo de ellos y subo hasta una cafetería, a esperar que me vayan a buscar para llevarme al hotel. Al final llegan, aunque la aventura no ha terminado, Adolfo, el chofer, tiene mi foto y la de otro compañero, Ernesto, un paraguayo que debía llegar junto conmigo, en el mismo vuelo. Le digo que lo vi en el avión, pero ya no sé dónde está. Tememos lo peor: que haya cambiado dólares, que haya tomado un taxi, que se lo hayan llevado a algún lugar para robarlo, todo eso. Hacemos que pasen su nombre por los altoparlantes, yo salgo con su foto y digo cosas como ¿Ha visto usted a esta persona? –esas frases que uno cree que jamás pronunciará-, pero nadie lo ha visto. Empiezo a dudar de haberlo visto en el avión, así que vamos a las oficinas de TAM para que nos informen si venía o no en el vuelo. No pueden darnos esa información, dicen. Pasamos tres horas dando vueltas en el aeropuerto. Al final nos vamos. Son las 8:30 de la mañana y estoy realmente cansado y hambriento. Vamos a un hotel en La Guaira, porque mi siguiente vuelo –sí, señores, el cuarto- parte a las 11 rumbo a San Cristóbal, en el estado de Táchira, donde se realizará el encuentro.
Ah, para que no se queden preocupados les diré que el amigo paraguayo al final apareció. Había tomado una puerta mal y se había quedado encerrado haciendo trámites que no le correspondía hacer. O sea, un cuento de Kafka.

5
SI USTEDES CREEN que nosotros tenemos problemas con el tránsito, los invito a ver lo que es el tráfico que circunda la capital venezolana. Creo que la palabra caos ha adquirido el verdadero sentido para mí recién ahora, que he presenciado –y sufrido- esto. Viajar en taxi sólo es recomendable para los de gran coraje y entereza, los débiles de corazón, abstenerse. Yo pasé más miedo ahí que en todos los aviones juntos. Altas velocidades. Autopistas de hasta seis carriles abarrotados de autos, camiones, camionetas 4x4 del tamaño de un elefante mediano, motociclistas jugando a esquivar los grandes vehículos, y peatones en continua lucha por la supervivencia. Confiar en semáforos y cebras es una ingenuidad que a uno bien podría costarle la vida. Las cebras están pintadas en todo el sentido de la palabra, como cuando alguien dice de otro: Ese está pintado, es decir, está ahí pero nadie le da bola. Bueno, es igual con esto. Le pregunté a mi guía que si siempre era así. Me dijo: Hoy es un día tranquilo. Temía que esa iba a ser la respuesta. Lo que más me preocupa es que entre el 6 y el 10 de noviembre vamos a estar en Caracas, para actividades en el marco de la FILVEN –la Feria Internacional del Libro de Venezuela-, y esto va a ser cosa de todos los días. Para no hablar de que los mismos venezolanos presentan a su ciudad capital como: Una de las ciudades más violentas e inseguras del continente. No es algo de lo que uno pueda jactarse, de modo que les creo a pie juntillas. Así que la consigna allí será no andar nunca solos –porque uno es extranjero y eso se huele de lejos-, y tener precaución, nada más.

6
LLEGAMOS AL AEROPUERTO de Santo Domingo. Podría tratar de describirles el calor, pero sería en vano. Es calor selvático. No he sentido nada igual, se trata de un calor que no deja margen al alivio, un calor que llena con su presencia cada espacio libre entre la ropa y uno, y además es muy cariñoso, porque todo el tiempo está abrazándonos y abrasándonos.
De camino a San Cristóbal –más o menos una hora de viaje en taxi, a 110 km-h por debajo de la pata, empieza a llover. Torrencialmente. Voy viendo el paisaje y todo son montes cubiertos de verdor, de un verdor espeso y profundo que tiene la consistencia de un ser vivo, como si cada árbol fuera parte de la misma cosa, vegetación con espíritu animal. La ruta es estrechísima y la selva se abalanza desde los bordes, como en continua amenaza de recuperar el terreno que el asfalto le ha quitado. Y ahora que la lluvia empeora y se vuelve más intensa, es como si el verdor se alimentase, cobrando fuerza.
Ya en San Cristóbal, el agua que baja de la montaña es roja, y corre por las calles como sangre diluida en barro. Querría poder decirles que el diluvio logró atemperar el calor, pero mentiría. Apenas dejó de llover el agua se hizo vapor y cuando yo pensé que ya nada podía ponerse peor –climáticamente hablando- caí en la cuenta de mi error estrepitoso. Esta es la época húmeda, me dijeron, aquí puede llover todos los días con esta intensidad, y luego nada, simplemente las nubes se abren y el sol sale y cocina todo, porque aunque estamos en otoño, la temperatura difícilmente baje de los 25º, y eso que estamos a 1.500 metros sobre el nivel del mar. A propósito de la altura, no he sentido mareos ni nada de eso, excepto el primer día, pero se lo atribuyo al cansancio antes que al mal de altura. En los próximos días tenemos pensado subir más, de modo que ya les contaré.

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ESTAMOS ALOJADOS en el Hotel Jardín de San Cristóbal. Escribo esto a las 2 de la mañana del viernes. Hoy, en Uruguay, fue el cumpleaños de mi padre, y aunque estuve todo el día acordándome, no pude llamar para saludarlo. Fue un día complicado, de verdad verdaíta, como dicen acá. Tendré que solucionar eso con un buen regalo, ¿verdad? Se escuchan sugerencias. Una camiseta del Deportivo Táchira es buena opción. Mi padre es hincha de Peñarol, y el Deportivo tiene los mismos colores del carbonero. Y esto me lleva a otra cosa que quiero dejar anotada: ayer fuimos a cenar a Kandomblé. El dueño del local es uruguayo. Vive acá hace 30 años. Saco cuentas mentales y pienso en 1978, el año en que nací, un buen año para abandonar Uruguay, pero no hago comentarios. A Horacio Cavallo –el otro representante oriental en el Encuentro- y a mí, nos agasajan. Charlamos del Carnaval, de Zitarrosa, de carne bien asada, del mate, de fútbol, de Juventud de Las Piedras, y entonces nos muestra cómo era la camiseta del Deportivo Táchira hace 20 años, cuando él vino: toda amarilla. Cosa rara. En Uruguay, él jugó en Nacional, a pesar de ser hincha de Peñarol, pero una vez en Venezuela se dio el gusto de transformar la camiseta amarilla del Táchira, mediante el agregado de unas anchas franjas negras, en un sucedáneo de la casaca oficial del manya. Si la historia es cierta o no, poco me importa –y no pienso ponerme a corroborarla-, pero no me van a decir que no es una buena historia. Así que después de todo sí estaría muy bien llevarle a mi padre una camiseta del Táchira, porque algo hay en ella del Peñarol de sus amores –y de mis odios, porque yo soy bolsilludo, pero antes que eso soy hijo, no hay nada que hacerle-.

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DESCUBRÍ QUE LO DEL JET-LAG no es chiste. Aquí hay dos horas y media menos que en Uruguay. Puede parecer poco, pero esa diferencia me ha dado vuelta el sueño y el sistema digestivo. Hoy abrí los ojos a las 6 de la mañana. Pensaba que eran las 8 o las 9, pero no, las 6 y yo, que no soy un gran madrugador, con los ojos como una lechuza chistadora. No pude volver a dormirme, así que me puse a leer una Antología de jóvenes narradores uruguayos –editada recientemente por el Ministerio de Relaciones Exteriores- y algunas páginas más de la novela de Horacio, Oso de trapo. También quise escribir algo, pero no funciono por las mañanas en el rol creativo. Al final me levanté y bajé a desayunar a las 7:50, cuando todos mis compañeros todavía dormían. Ahora mismo, que ya son las 2 y pico, y yo estoy tratando de ponerme al día con la crónica, todos los demás se fueron en un bus rumbo a alguna jarana, porque tras el recital de poesía y narrativa que abrió el Encuentro, en el Ateneo frente a la plaza Bolívar, los ánimos habían quedado demasiado acelerados como para aquietarse con facilidad. Yo no fui no porque no tuviera ganas, sino porque al fin conseguí que alguien –el gran Chucho Ñáñez- me prestase una laptop, y como soy un niño muy responsable, señorita maestra, estoy aquí, cumpliendo con mi autoimpuesta tarea domiciliaria. Y lo estoy disfrutando, espero que ustedes también, o esto habrá sido en vano –aunque suene mucho mejor decir al pedo-.
Tras el desayuno comenzó el Encuentro. Nos reunimos en la sala de conferencias del hotel, todos los poetas y narradores, somos casi 50 -19 de nosotros, extranjeros-, por lo que imaginarán lo difícil que es ponerse de acuerdo. Hoy dejamos planteado el temario de las mesas de trabajo que se desarrollarán a partir de mañana. Nos dividiremos en equipos de siete integrantes para tratar los siguientes temas: 1- el compromiso del escritor en el siglo XXI, 2- estrategias de promoción del libro y la lectura, y 3- estructura y objetivos de la red de escritores del ALBA –y es que, como dijo hoy Andrés Mejía, de Monte Ávila Editores, las soluciones son soluciones continentales, y suena lógico, pero vaya si eso implicará trabajo. Ganas no faltan.

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LOS COMPAÑEROS. Aquí hay gente de Argentina, Chile, Paraguay, Perú, Colombia, Ecuador, México, Guatemala, El Salvador, Cuba, Venezuela y Uruguay. La verdad es que más que ganas de hablar, lo que yo siento son deseos de quedarme callado y ser todo oídos, pero eso es egoísta, porque los demás también quieren saber cosas de Uruguay, y para eso estamos. Lo sorprendente –y no tanto- es que cuando comenzamos a contraponer realidades nos damos cuenta de que nuestros problemas –políticos, sociales, económicos, culturales- son muy parecidos, como si fueran síntomas de un mismo mal. Y es extraño que a pesar de esas similitudes, que en ocasiones son más fuertes que nuestras diferencias, todavía el continente esté divido en islas. Pensar el continente desde la literatura es pensarlo como un montoncito de parcelas bien compartimentadas, sin comunicación posible. Da mucha vergüenza –lo juro- que a uno le pregunten qué conoce de poesía o narrativa ecuatoriana, por ejemplo, y la respuesta sea nada. Pasa, incluso, con los nuevos escritores argentinos, que están editando a través de pequeñas editoriales independientes que no logran vencer la resistencia del río –o los piquetes-. No los conocemos. Y ellos no nos conocen. No hay comunicación, en la era de la comunicación estamos ciegos y sordos y mudos. Por eso este Encuentro tiene un valor inocultable, el de tender puentes concretos entre medio centenar de personas, y luego ya se verá a dónde nos llevan esos puentes, pero lo primero es lo primero, y lo primero es abrir la puerta y dejar que el que estaba afuera pase. Pero esto será materia de los talleres de los próximos días. Los mantendré al tanto.

-Esta crónica continuará-

domingo, 2 de noviembre de 2008

From a Plymouth '57


Tengo una fotografía de un Plymouth modelo 57 en el escritorio de mi computadora. Está destartalado, realmente en un estado pésimo. Detrás de él, entre varios arbustos y árboles, se ven otros parecidos. No sé qué modelos son. Pero el que está en primer plano es un Plymouth '57. Creo que la imagen, al menos así parece, está tomada de algún bosque del sur de Estados Unidos. Ese Sur sí que existe, sí que logró existir. No puedo sacar la fotografía del escritorio. Significa un pacto con un amigo, un pacto que incluye poder llevar adelante una historia en su fase decisiva a como dé lugar, contra todo y contra todos. Y así es... Pienso en el tiempo robado... Fernanda Trías me dijo que en el sueño que titulé acá en el blog como "Pájaros de fuego" la gente que hace los trabajos al lado de la calle a esa hora de la madrugada, toda esa gente, así, soy yo. Me sacudió por completo esa lectura, porque tiene razón... Es de noche, es más de la medianoche... En cinco o seis horas me tengo que levantar para irme al liceo... En un cuaderno verde, sin que nadie se dé cuenta, escribo un poquito más de la historia... En un momento abro los ojos y releo una frase y no entiendo absolutamente nada del sentido que pueda llegar a tener... Un poco después me quedo dormido y veo un auto que se sale de una ruta y comienza a caer... Me despierto y anoto... Mi amigo me dice: si pasa cierta cosa tenemos que comprarnos un Plymouth, un Plymouth Savoy... Me acuerdo del sábado pasado, pasando en bici por la ruta 9, por un cementerio o algo así de autos clásicos... Todas las historias que contienen esas carcazas, las situaciones que habrán cubierto, el aire de otro país que les pasó por encima... Le escribo para decirle que la próxima vez que venga a Maldonado tenemos que ir hasta allí, al norte de San Carlos... Una con niñez y con autos viejos... Cuando era chico, en el Kennedy, había a una cuadra un taller entre abierto y cerrado por algunas temporadas en el año. El dueño era de Rivera, pero se iba a Montevideo cada tanto y dejaba unos perros enormes atados afuera, contra un portón enorme de chapa gris y con un amigo íbamos y le tirábamos piedra o lo toreábamos con un palo... A unos metros, debajo de unos ligustros, había un auto viejo, abandonado... Tenía los vidrios rotos y dispersos sobre el tapizado del asiento... El interior olía mal, algún borracho se quedaba a dormir ahí, quién sabe... entonces una vez llevé a mi hermana y agarramos un fierros y yo le pegué primero a una parte cualquiera, quizás al baúl. Hice un ruido espantoso y se sintió el silencio que había antes en el barrio... Le di un nuevo fierrazo y no pude parar, me vino como un ataque y cuando me quise acordar vi que a mi lado mi hermana estaba mandando fierrazo abierto por todas partes... Gritábamos o nos reíamos... ¡¡Damián y Andreaaaaaa!!, sentimos a lo lejos... Recién ahí nos dimos cuenta de lo que hacíamos... Si nuestra madre hubiera sabido nos habría dado una paliza... Corrimos hasta la esquina y recibimos un rezongo común y corriente por habernos escapado... Yo tendría 8 ó 9 y mi hermana dos años menos... Me quedo pensando en el estado de posesión... Encuentro en el cuaderno verde donde sigo con la historia una frase de Stefan Zweig, en "Amok": "Las gentes de las aldeas saben que ningún poder de este mundo es capaz de detener al que es presa de esta crisis de sanguinaria locura (...), y cuando lo ven venir, gritan desde lo más lejos que pueden, la siniestra advertencia: '¡Amok!' '¡Amok!', ante lo que todo el mundo huye. Y el poseído, sin ver nada, sin oír nada, prosigue su carrera, y continúa matando..., matando cuanto encuentra..., hasta que lo matan a él como un perro rabioso o hasta que se deja caer, exhausto, babeando espuma..."... ¿Por qué era?... Creo que hay algo de lo que quería hablar... Ese estado de suspensión en el mismo acto de la escritura, esa sensación de arrebatamiento en la que no se ve el papel, ni las letras, ni las manos que traducen en otro tipo de marca gráfica las imágenes que pasan por la mente... No sé cuánto dura, y si se produce más de una vez... Hay un momento en el que se esfuma y uno queda contemplando la página, regresando a la observación del trabajo que hay que llevar delante con cierta vigilancia... Pero uno veía la película o revivía algo de aquello que había presenciado... Y de repente se sale y aparecen todas esas letras ahí enfrente, salidas de no se sabe dónde...

lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


domingo, 21 de setiembre de 2008

El fin de todo


(Sueño de domingo)
Estábamos con el jefe. Los tres. En el auto. El restaurant quedaba a poco más de cien metros. A esa hora empezaba la reunión. Se sabía que se iba a efectuar detrás de una pared al lado de la entrada, sobre el jardín.
No había casi tránsito. El auto estaba detenido sobre la entrada del callejón, apuntando directamente a la puerta del restaurant. El jefe era japonés. Estaba al volante y miraba hacia un costado y otro esperando la llegada de la hora indicada. A su lado estaba el otro, el rubio con lentes de aumento. Yo iba detrás, con la espalda apoyada contra un costado y las piernas casi estiradas a lo largo de todo el asiento. El jefe decía que iba a ser una lástima desaprovechar una oportunidad como aquellas. Era tirar la bomba por encima del muro, un poco a la derecha de la entrada, y todos se harían pedazos. La hora se acercaba.
Una niña apareció caminando por la vereda detrás del automóvil. La vi apenas y no le presté importancia, pero el jefe se quedó mudo.
-Es mi hija -dijo.
La niña se había detenido en una parada de ómnibus. El jefe sacó la cabeza por la ventanilla y le habló. Le preguntó qué hacía por allí sola. La niña respondió que recién había salido de la escuela y que había acompañado a otra niña hasta la casa.
-Ella nunca viene por acá -nos dijo el jefe -Alguien la hizo venir...
El rubio decía que ya era la hora.
El jefe se bajó del automóvil y nos habló bajo introduciendo la cabeza.
-Se quedan y esperan a que se tome el ómnibus. Que nadie se le acerque... Yo me encargo de esto solo.
Y se fue caminando hacia el restaurant.
La niña seguía parada en el mismo sitio.
De pronto, vimos cómo el jefe hizo que no teníamos previsto: en vez de detenerse en la vereda traspasó la puerta del restaurant. Entonces dejamos de verlo.
El rubio empezó a ponerse de mal humor. Yo no le sacaba los ojos de encima a la niña. Por la calle no pasaba nadie, ni siquiera se escuchaba el ruido de otro automóvil.
El rubio me dijo que teníamos que ir al restaurant, que teníamos que ayudar al jefe. Yo le contestaba que no podíamos dejar a la niña allí.
-Manejá -me dijo.
Al principio me resistí a escucharlo, pero la insistencia aumentó. Pasé por el medio de los dos asientos delanteros y senté al volante. Por el espejo retrovisor podía observar a la niña. tenía puesto un vestidito celeste o gris que le llegaba hasta las rodillas. Traté un par de veces de arrancar, pero el motor se resistía. En realidad, no tenía mucha idea de cómo manejar, pero el rubio me lo había ordenado y el tramo hasta el restaurant era breve. Finalmente pude hacer que el vehículo se moviera con cierta lentitud. Cuando estuvimos cerca de la entrada empezó a llover fuerte. Un par de tipos estaban sentados a una mesa en la vereda, cubiertos por una enorme sombrilla. El rubio se había bajado primero. Fue hasta la puerta pero no se animó a entrar. Vio algo que lo hizo dar marcha atrás y se sentó junto a los tipos. Justo en el medio. Los tipos lo miraron y lo reconocieron en seguida. En un solo movimiento todos saltaron de sus asientos contra una pared del restaurant. En otro movimiento más el rubio tomó del cuello a uno de ellos, sacó un cuchillo y lo degolló, pero el movimiento no terminó allí, se continuó, o casi como si sucediera en simultáneo, con el otro, que tomaba al rubio por detrás y le metía y le sacaba un puñal por debajo del hombro derecho, a la altura de la tetilla. Fue eso y luego los tres cayendo, porque el rubio había llegado en un último suspiro a acuchillar al otro. Los tres cuerpos quedaron apilados. El del que mató al rubio largaba chorros de sangre por el pecho, y después, a la altura de los intestinos abiertos hubo una reacción efervescente entre sus humores y el agua de lluvia. Quise retroceder hacia el automóvil y vi a mis pies a una mujer muerta y desnuda. Sobre ella había otra mujer, también desnuda, que la besaba por todo el cuerpo. Otra mujer más aparecía gateando detrás y le decía que no la besara, que ya se estaba descomponiendo. Las mujeres se fueron gateando, pasando por encima del cadáver. Y detrás aparecieron otras dos mujeres desnudas, gateando hacia el mismo lado. Y después dos más, y dos más... Era una fila larga que salía del interior de un pozo de la calle y que se perdía tras la esquina del restaurant.


miércoles, 17 de setiembre de 2008

Visita a Leonardo


Más sociales...
Como el lunes cumplía años Leonardo de León (LDL), el domingo a la tarde me tomé un ómnibus en la parada 25 de la Mansa rumbo a Minas. Era una tarde helada, gris y ventosa, con algo de llovizna insustancial y al mismo tiempo molesta.
A la ida no pasó mucha cosa. No pude escuchar mucha cosa tampoco. Me coloqué los auriculares y empecé a escuchar "Modern guilt", el último disco de Beck. En los intervalos entre las canciones, o haciendo pausa para hablar con el guarda, oía las voces de los asientos de atrás. Un montón de adolesentes que formaban una banda de rock más algunos amigos. Todos rumbo a Pan de Azúcar. Uno dice algo sobre escuchar a los Doors haciendo carretera. Yo tengo apretado en la mochila el disco de carretera de mis últimos tiempos: "Highway 61 revisited", de Dylan. Está ahí agazapado para cuando Beck deje de ser una novedad.
Llegué a Minas a eso de las nueve de la noche. Charlamos algunas horas con Leonardo y Estefanía, más tarde con Gorge y Rosa, y después nos fuimos a comprar algunas hamburguesas para la cena.
Al otro día, cuando me levanté y me encontré solo en el apartamento, sabiendo que los dueños de casa estarían trabajando hasta el mediodía, bajé a la calle y fui hasta la librería de Gorge a desayunar. Entonces me di cuenta de que de a poco comenzaba a bajar sobre mí, muy lentamente, como una sábana leve que se aboveda, una manera de sentir el aire y las cosas a mi alrededor. Ahí pensé que ese era uno de los viajes más raros que había hecho a Minas en mucho tiempo. No supe qué lo produjo, pero eso estaba ahí. Era un modo de recibir las palabras de los demás y de considerarlas más allá de todo, sin necesidad de replicarlas.
Almorzamos con los padres de Leonardo, más la abuela paterna y Gorge. Es un estado entre la somnolencia y la claridad más dura. Nos quedamos de sobremesa un par de horas. Sonrío. Hago comentarios. Me siento bien. Volvemos al centro. Damos algunas vueltas. Saco el pasaje de vuelta, compro chocolate para V. y silvapenes para la niña M, hablo con Leonardo de literatura, de los Beatles, de la noche perpleja en que fuimos a ver a Dylan, quizás hablamos de muchas cosas más, pero no lo recuerdo. Sí recuerdo estar en el medio de esa sensación, una sensación que me revelaba las cosas del entorno como suficientes. Leonardo me pregunta qué me gusta de Minas, o esa cuestión surge de mí mismo, no me acuerdo bien. Respondo que Minas me recuerda a los años 80. Miro hacia arriba en la estructura de hierro del techo de la terminal; observo la cartelería de los comercios, las esquinas, la gente que llega del campo o del agún pueblo del interior del departamento. Eso ya no existe en Maldonado. Todo eso fue borrado acá para bien y para mal. En Minas los ochenta están ahí y veo cosas, cosas del pasado, cosas que comienzan como a pasar por primera vez. (Una noche, en el invierno de 2004, salía del liceo nocturno de Minas, sería pasada la medianoche, y me quedé solo en la vereda esperando algo, no sé, quizás a algún alumno para acompañarlo a pie hasta su casa; sé que de repente miré el cielo y me dije: "las cosas pasan como si no hubieran pasado"... Yo estaba empezando una novela que nunca terminé y no quiero terminar, que se llamaba en el comienzo "El primero de todos los días", y ahí había encontrado la esencia de lo que el narrador trataba de decir al llegar a un pueblo que no conocía y lo atraía, como a mí). Vamos de la terminal hasta la librería de Gorge, así nos despedimos. En el camino nos cruzamos con Ana María, la hija menor de Morosoli. Lleva un montón de libros apretados en un bolsito de lana, sobre un costado. Me da un beso y un abrazo. Dice que nos vemos en seguida en la librería. Cuando llega allí, yo estoy sentado en una silla de plástico sin mayor reacción posible a lo que me rodea, o más bien entregado. Sé que me voy a despedir, sé que voy a prometer regresar en breve, sé que me voy a subir a ese ómnibus. Ana María me habla sobre la pasión de su padre por las obras de Curzio Malaparte. Leonardo me pregunta en la calle qué hago cuando voy en el ómnibus. Me sorprende la pregunta. Pienso que es una de esas cosas de las que no hemos hablado en mucho tiempo de amistad. No sé, digo, nunca me duermo, salvo que esté muy cansado. A veces, sigo, busco hablar con la persona que tengo en el asiento de al lado. Si es una señora mejor, porque las mujeres tienen una capacidad de desenvoltura en el discurso en ese tipo de situaciones que los hombres carecen por completo. Y le cuento de una mujer de edad que me habló una vez de la historia de su familia en el campo. Todo muy interesante. Me despido de Leonardo, subo los primeros peldaños del ómnibus y veo su espalda desapareciendo tras un muro. Después dejo de verlo. Unos niños con túnicas y moñas andan por todo el ómnibus. Hay olor fuerte. Uno se orinó. Ocupo mi asiento. No hay nadie al lado. me pongo los auriculares. El ómnibus arranca y comienza a sonar "Like a rolling stone". La tormenta se ha retirado. Minas es ahora un cuenco gris que recoge la luz cálida del sol del fin del invierno. Un sol que aparece y desaparece por las calles. Un sol que dora las cimas de los cerros donde terminan los caminos de la ciudad contra el arroyo. Suena "Tombstone's blues". Salimos de la ciudad. Entramos en el campo. Hay unas nubes bajas y alargadas sobre los cerros, como otra cuchilla suspendida en el aire. El sol pasa en el medio de ambas. A veces se eclipsa. Miro hacia mi izquierda. Las caras de los otros pasajeros están rojas. Una niña me mira, me sostiene la mirada varios segundos. Seguro que le parece un espectáculo raro mi cabeza aureolada, sacándole el sol. Nadie se sentó al final en el asiento de al lado. Unos minutos después empieza "It takes a lot to laugh, it takes a train to cry". Retengo los primeros versos. Es el muchacho que cruza los campos. Soy el que lleva el correo en el tren, nena... soy el que no se puede comprar ninguna emoción. Hacia Maldonado la tormenta sigue instalada. En unos minutos llegaremos a una parte en la que el sol dejará de verse. Podría dormirme en cualquier segundo. Pero no quiero.

lunes, 15 de setiembre de 2008

Visita de Leonardo


Un poquito de sociales.
Hoy estábamos desayunando cuando recibimos la visita extraordinaria, imprevista, de repente, de Leonardo Cabrera (LAC).
Me puse muy contento. Ya es la cuarta vez que lo veo en el año y el mes que viene, cuando venga a Maldonado invitado para el 3er Encuentro de Escrituras, va a ser la quinta.
¿Cómo es Leonardo?...
Bueno...
Leonardo es...
-Es escritor.
-Es ser humano.
-No muy alto pero tampoco tirando a bajo.
-Con lentes.
-Tenía puesto un jean, un buzo marrón y un saco al tono con lentes de armazón negrita.
-Pelo corto.
-Un pin en el saco con la frase: "¡Aguante la ficción!"
El encuentro fue muy lindo. Pero breve. Duró una hora. Franco llegó rápido en la bicicleta desde el Kennedy para verlo.
Hicimos...
-Hablamos.
-Yo tomaba café con leche en la taza de Minnie Mouse de la niña M y él miraba.
-Miramos videos de Capusotto en Youtube.
-Le preparé un desayuno a Franco; Leonardo lo entretenía.
-Franco nos sacó fotos en la entrada de la casa. A Leonardo no le gusta que yo haga poses andrógino cuando me fotografío con él porque piensa que en un futuro alguien se puede aprovechar de esas imágenes. Entonces se puso nervioso y las fotos salieron todas movidas y mal y raras, más raras.
-Se fue.


sábado, 13 de setiembre de 2008

Kennedy truffle


Cada vez que voy al Kennedy a visitar a mi padre o a mi hermano escarbo. Escarbo buscando trufas pasadas, porque sólo las trufas pueden sacar ciertas cosas de uno.

Mediodía gris en el Kennedy... Almuerzo con mi padre... ¡Bah! Papá no come: recién desayunó... Taladra en la pared encima de la cocina para instalar un nuevo extractor de aire... Como panchos con mostaza... 1, 2, 3, 4, 5... ffffffssssssssss Cumbia en la FM... ffffffssssssssssssssss Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí ffffffffffssssssssssss chi chi chí... Alguien me pregunta por MSN qué hago... Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... Papá toma una maceta y una punta y le entra a dar a la pared... Salta cascoterío fino para todos lados pla-pla-pla-clanck-pla-clanck Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí... pla... La voz del locutor... Mensajes... "Un saludo para Norberto del Kennedy que va por el quinto pancho"...


Hay un patio... La pastor catalán de mi padre... Un parrillero derruido... Había musgo esponjoso y muy verde... Las uñas de los dedos se me ennegrecían... O desenterraba lombrices... Las lombrices bailaban en el fondo de una botella de grappa ANCAP llena de agua. Bailaban enormes minutos... Llegaban más lombrices y era un ballet enorme... De repente mi madre me llamaba y a las horas me acordaba que había dejado a las lombrices bailando... Regresaba... Las lombrices hinchadas y reventadas como panchos recién hervidos... Después vivió allí una coneja gris que tenía su vivienda en cuevas prolongadas bajo toda la casa, a una profundidad que a nosotros se nos escapaba en los cálculos. Un día llegó una gatita blanca. Dormía en el parrillero. Pero le daba mucho frío y se arrimaba de a poco a la coneja para calentarse. La coneja la adoptó. Lentamente... Hasta que la dejó un día subírsele en el lomo. Eran dos esfinges superpuestas... La gata creció y se hizo más grande, pero el orden era siempre el mismo... Los ojos de la coneja, muy debajo, entrecerrados de amor... El patio tiene dos puertas... Algunas mañanas se perseguían entrando por una y saliendo por la otra, así un par de minutos... La coneja delante, la gata detrás demorándose a propósito... "Algún día la va a matar de un ataque cardíaco", decía mi madre. Oscar estaba debajo de la heladera y se escondía rápidamente en el caparazón cuando veía todo eso... Oscar se murió un domingo cuando jugaban Peñarol y Nacional... Se fue al otro patio, cruzó por debajo del portón y lo pasó un camión por arriba... ¡plaf!




Llega Karen, una amiga entrañable de la familia. Vamos a sacar fotos a la calle. El viento se vuelve cada vez más frío. El cielo gris parece comenzar a bajar poco a poco y apretarse contra los techos gastados de las casas.




Hay una cerca blanca... Siempre estuvo... Significaba poder escaparse... Significaba más allá de todo... El pasaje al club de golf... Una cerca bien sureña delimitando el terreno de una mansión... A la mansión fue cada vez menos gente después de una desgracia grande a finales de los '80... Hoy está casi abandonada... Un hombre de edad la cuida como puede... Mis mansiones abandonadas no son todas de Faulkner... El gótico estuvo siempre a cien pasos...





Más gótico... La iglesia de al lado de casa, con la gruta para la Virgen de Lourdes al lado... Con Andrea nos escapábamos de casa y nos íbamos hasta el monte que había tras la gruta... Las monjas tiraban cosas raras... No pasaba mucho el basurero... La basura era agradable... Bollones vacíos... Perros de porcelanda sin cabeza, llenos de caracoles... Mamá llamándonos... Y la misma iglesia... Entro luego de dos décadas... siempre ahí y dejándola de lado... El padre se está colocando la sotana, solo, muy solo, concentrado en el cordón que le va a ceñir la vestimenta a la cintura... Pido permiso... La iglesia es más pequeña... Están los mismos cuadritos representando la Pasión en colores pasteles... Los numeraron mal, dice el padre... Busco la Anunciación... No hay Anunciación... ¡¡¡Es la Pasión!!!, me digo... Con Andrea levantábamos cada cuadrito con la punta de un palo de escoba buscando lo que estaba oculto, aquello oscuro que esperábamos salir volando del reverso... Murciélagos... Muerciélagos desconcertados revoloteando contra el techo hasta que pasaban a media altura y les íbamos acertando escobazos y deribando poco a poco... Era el Diablo...
El Diablo era derrotado una vez más... Dios nos iba a querer... Los muerciélagos tenían su Pasión... Los íbamos llevando a las arrastradas hasta la mitad de la calle y nos sentábamos en las escaleras a adivinar cuántos autos tenían que pasar para que los aplastaran del todo... El padre termina de ajustarse el cordón... Va a haber Celebración... Entran tres mujeres viejas... Y como siete u ocho niños... Son los primeros en sentarse, como si esperaran que se encendiera un televisor... Tengo ganas de quedarme... Me da vergüenza y salgo... Karen esperaba fuera... Vuelvo a mirar la tarde invernal de sábado en todas las cosas que nos rodean... Esa es la fe, le digo a Karen... Ella me mira como para que me explique más... No tengo idea de qué decir... La sensación de que esa hora fue hecha para eso... Quiero ver detrás de los cuadritos... El padre sale entonces y tira de la cuerda de la campana... Es una campana para casi nadie, o para nadie más. Todos los que tienen que ir esa tarde ya lo están aguardando en los asientos... Me voy...






jueves, 4 de setiembre de 2008

Pájaros de fuego


(De lo que soñé hoy no puedo acordarme con mucha precisión. Fue un sueño largo y complicado, excepto en la última parte, que es la que retuve mejor. Me parece que en el momento de la "elaboración" me puse nervioso por la gran cantidad de imágenes que no pude ordenar y como castigo, como una puerta que se cierra de arriba hacia abajo, cayó la desmemoria.)
El final es así.
Estaba en el Kennedy con mi padre y él me pedía que me pusiera a hacer algún trabajo en especial, de manera que yo tenía que girar hacia mi derecha y un poco hacia atrás, y eso me daba la sensación de que las cosas se complicaban.
Después iba caminando por la calle San Pablo rumbo a Punta del Este, y al llegar a la unión con la rambla de la Brava me doy cuenta de que las luces de las calles están apagadas. Es de madrugada, quizás una hora próxima al amanecer, pero hay una cierta claridad que me permite ver lo que ocurre. Hacia ambas veredas, y luego más allá, sobre los médanos, observo varias personas que realizan un trabajo entre secreto y prohibido. Siento que no tienen ningún temor de que yo los haya sorprendido en esas tareas. Algunos me conocen, e incluso, sobre uno de los médanos, llego a ver al hermano de mi padre, dejando de lado su función con otras tres o cuatro personas. No sé muy bien qué es lo que hacen. De las personas que estaban sobre San Pablo puedo decir que hacían como agujeros o zanjas a los costados del camino. Pero no sé qué hacían los que estaban ya del lado de la costa. Cuando me acerco hasta allí mi tío me dice algo y eso hace que los que lo rodean me miren con cierta atención. Entonces subo un poco el médano y veo el mar y luego una formación de pájaros muy a lo lejos, como si estuvieran sobre la línea del horizonte. Aunque están a una distancia enorme puedo apreciar con nitidez que forman como una V invertida y que están prendidos fuego. Yo me asombro un poco ante los demás, pero alguien le encuentra cierta explicación racional al fenómeno. Y es que, si bien es de noche, los pájaros se mueven en un lugar en el que todavía el sol no se ha ocultado por completo, lo que les da ese brillo ardiente. Luego me parece que la explicación fue formulada por mí, o hago como si me la hubiera apropiado descaradamente y los demás me lo permitieran. Pero en el fondo sé que los pájaros son de fuego, por más que el sol los ilumine aún.


lunes, 1 de setiembre de 2008

Suficiente vaca


Estábamos en India.
Íbamos caminando por una zona del norte cerca de las montañas. El suelo era pedregoso y había matorrales dispersos. A lo lejos vimos que una vaca se acercaba. Nos quedamos quietos por algún motivo que no recuerdo y entonces la vaca, cuando ya estuvo más cerca, se paró a unos metros arrastrando la nariz sobre el suelo. Alrededor del cuello tenía algo atado. En un primer momento me pareció que podía ser un cencerro, pero mi acompañante me dijo que esperara que ya me iba a enterar de lo que era. Y así fue. En seguida llegó una persona del lugar con algo de comida para la vaca. Luego de que el animal terminó de alimentarse, el hombre sacó un par de cosas de aquello que colgaba del cuello. Mi acompañante me comentaba que en esa zona era muy común que las vacas recorrieran a veces muchos kilómetros con una bolsa de cuero colgando del cuello, y que dentro de esa bolsa había determinada cantidad de dinero y un papel. De esa manera los dueños del animal se aseguraban que no pasara hambre. Alguien, cualquiera, se le acercaba, le daba de comer y a continuación sacaba el papel y anotaba que ese día la vaca ya había tenido su ración. Después de eso la persona sacaba el dinero equivalente y cerraba la bolsa. Yo hice de inmediato un gesto que mi acompañante captó con rapidez. "A nadie en este lugar", me dijo, "jamás se le ocurriría robarse el dinero que lleva la vaca, y mucho menos anotar cualquier cosa en el papel.


domingo, 24 de agosto de 2008

Grácil


Hace algunos días leí lo siguiente: "Acabó por recordar bruscamente que en su primera infancia, cuando preguntaba de dónde había venido, su madre le mostraba siempre el pozo cercano a la casa como la fuente primera de su existencia. Desde entonces, cada vez que oía pronunciar las palabras 'pozo' o 'fuente', nacía en su alma esa singular sensación que solemos experimentar cuando recordamos algún objeto de nuestra infancia más remota." Dicho pasaje corresponde a "Andreas Hartknopf", de Karl Philipp Moritz.
En cierto modo, leerlo me devolvió la intención de escribir una serie de textos que serían algo así como unas etimologías personales. De vez en cuando me sucede que escucho una palabra aislada, o incluso si esa palabra se aísla sonoramente dentro de un discurso, y empieza a abrirse ante mí el recuerdo de la primera ocasión en que la oí, soldado para siempre. Tuve la consciencia de que eso me sucedía justamente con la palabra "grácil", que escuché, que yo sepa, por primera vez, en 1994. Esa deriva de la palabra "grácil" no sólo se establece en ese año, sino que lleva a dos palabras más: "Cecilia Bolocco". Explico.
Durante 1994, al menos, dieron de lunes a viernes en el canal 7 de Maldonado una especie de periodístico chileno (¿o mexicano?) amarillista llamado "Ocurrió así". Había un conductor general, otro más encargado de ciertas noticias especializadas o de último momento, y Cecilia Bolocco, que conducía como un micro fashion o farandulero de unos pocos minutos. En uno de esos micros, Bolocco habló de una colección de zapatos que se había presentado en un desfile de un diseñador. Los zapatos eran todos estrafalarios, muy kitsch. Por ahí venía la noticia y las sonrisas cómplices de Bolocco como pidiendo perdón y regodeándose en el mamarracho de la noticia que presentaba. Entonces la cámara vuelve al conductor principal, que juzga mal esa colección de zapatos y dice que prefiere el modelo clásico y "grácil" de siempre para los zapatos de las mujeres. Hay un nuevo cambio de plano y Bolocco, quizás con el micrófono ya inhabilitado, sonríe como una reina. Reaparece el rostro del conductor y el programa sigue su curso normal. Allí apareció en mi vida la palabra "grácil", por lo tanto.
Pero todo esto me ha traído más recuerdos. Porque el televisor en el que yo miraba "Ocurrió así" estaba en la parte más alejada de la casa, y a la hora en que lo pasaban ya mis padres y mis dos hermanos se habian ido a dormir, por lo que me tenía que quedar solo. Y eso no estaba tan bien, porque "Ocurrió así" trataba de cosas que me causaban terror, principalmente de avistamientos de ovnis y encuentros con extraterrestres. Claro, yo miraba cada una de esas noticias con un placer morboso, porque en realidad era un tema que me interesaba desde muy niño. El hecho de vivir, además, rodeado de bosques, hacía que ese miedo fuera más allá de lo meramente psicológico: era, en efecto, una posibilidad que estaba allí, detrás de cualquiera de todos aquellos pinos o eucaliptos. Morbosa también era la delectación con la que yo tomaba los vasos de jugolín que me preparaba. Mi madre me tenía prohibido agregarle más azúcar de la que ella le colocaba a cada jugolín que hacía. Entonces yo, a escondidas, consumido por los nervios que me generaba el programa cuando anunciaban para después de la pausa comercial una noticia sobre un extraterrestre o el chupa-cabras, agarraba un vaso de jugolín y le vaciaba dentro por lo menos una cucharada sopera de azúcar, a veces dos, creo. Obviamente la solución quedaba saturada y en el fondo del vaso quedaba un colchón de azúcar anaranjada o enrojecida que luego apuraba garganta abajo. Recuerdo también que hacía frío y que prefería tomarme un vaso tras otro de jugolín en vez de un buen café con leche. Y otra cosa: tomaba el jugolín con la misma cuchara sopera, como si fuera, evidentemente, sopa. Así quedaba yo después de todo ese cóctel de sensaciones. El programa finalizaba y me veía con la televisión encendida ya sin ninguna utilidad, y con la casa en un silencio insoportable, a varias habitaciones de distancia de mi cama. Yo, por ejemplo, para llegar hasta mi cuarto, tenía que atravesar el almacén que tenían mis padres. Al comienzo caminaba normal, dándome ánimos, pero de pronto se me instalaba en la mente algún croquis de un extraterrestre aparecido en el programa, o la filmación de la autopsia en el caso Roswell, y apuraba cada vez más el paso hasta que ya me llevaba por delante, a oscuras, paquetes de harina, envases vacíos de refrescos o casilleros, escobas, palas, etc. La otra consecuencia era que dormía poco, porque al otro día me tenía que levantar a las siete de la mañana para ir al liceo. A mis padres les empezaba a fastidiar por lo tanto que me quedara mirando televisión, porque me costaba despertarme. Pero así y todo yo iba, no faltaba nunca, tengo esa seguridad. En invierno, a la hora en que sacaba la bicicleta y salía, aún era de noche. Salía del Kennedy por la calle Francisco Salazar y me adentraba en todos aquellos bosques hasta llegar más o menos a la periferia de la ciudad de Maldonado. Era un viaje de unos quince o veinte minutos, pero atormentador. A veces había niebla y parecía que había cosas moviéndose en el aire. Una de esas mañanas con niebla yo pedaleaba en un repecho con la idea fija en la aparición de un chupacabras. En determinado momento, vi un par de manchas pequeñas y negras que se agitaban en el aire, casi a la altura de mi pecho, a unos tres o cuatro metros. Al principio la visión me dejó sin respuesta, y continué avanzado, pero cuando estuve a una distancia menor me di cuenta de que eran dos ojos. Primero sentí que la piel se me erizaba y que mi cuerpo se calentaba rápidamente. Después vi las formas de un caballo con unas pocas manchas marrones y sentí cómo el aire a mi alrededor se alteraba con la fuerza de su reacción al dar un respingo. Escuché los cascos chocando sobre el asfalto y en seguida, al alejarse, sobre la tierra húmeda del monte. El corazón me daba vueltas enteras dentro del pecho. No podía dejar de pedalear cada vez más fuerte. Era como si el caballo hubiera resuelto andar tras de mí. Y un sabor entre amargo y picante se me había instalado entre la lengua y el paladar. Ese era el sabor de la adrenalina.


lunes, 18 de agosto de 2008

Otro día del niño

Pasó otro Día del Niño.
Y... me regalaron... ¡un cuaderno rojo de tapas duras!

sábado, 9 de agosto de 2008

Clínica de apoyo al escritor trabado (1)

Recibimos el siguiente mensaje:
Lic. Johan Bombay:
Soy (o intento ser) un escritor. Estoy frustrado porque hace tiempo intento finalizar algunos relatos y sólo queda en mí un sabor amargo de inconformidad. He estado escribiendo pero ninguna palabra representa dignamente las ideas que acometen mi cabeza. Puedo especificar algunas de mis fallas para facilitarte la ayuda y los consejos:
1- Finales truncos, no resuelven correctamente.
2- Brevedad cuantitativa.
3- Complejidad extrema en algunos enunciados.
4- Demasiada síntesis, poco desarrollo, desenlace inmediato.
Espero me pueda asistir...
Cariñosamente
Archiduque de Applecore
* * *
Estimado Archiduque de Applecore:

Por supuesto que te quiero agradecer el hecho de que escribas buscando consejos a esta página, así como te quiero felicitar por escribirme, porque por lo visto sos un muchacho/escritor con ansias de llegar a cosas tremendas.
Leí con interés sumo tus inquietudes. Después las leí de vuelta...
Lo que manifestás de tus preocupaciones acerca de no poder conseguir ciertos detalles en tus narraciones no es para preocuparte tanto, es normaaaaaaal, diría yo, porque esas cosas un día se terminan, por una cosa u otra, pero se terminan. Bueno, sigo... A ver...
Te cito: "He estado escribiendo pero ninguna palabra representa dignamente las ideas que acometen mi cabeza."... Ahora, digo yo, ¿y qué tal si las representa "indignamente"? En una de esas nos sale por ahí un Henry Miller, qué sé yo, algún tipo así de retorcido.
Continúo comentando el punteo de lo que considerás "fallas":

1- Finales truncos, no resuelven correctamente. (No te precupés, m'hijo, los finales son lo de menos, como en el tango, ¿viste?... Dos notas y a otra cuestión... Bueno, en literatura es similar, hay finales buenos, no te voy a decir que no, pero por lo general los lectores no leen libros por el final que tengan, sino por el comienzo, así que dale para adelante...)
2- Brevedad cuantitativa. (¿Eso qué quiere decir? ¿Qué escribís poco? ¿Qué falta desarrollo? ¡¡Es normaaaaaaaaal!!... A mí me pasó mucho en una época. Seguramente querés escribir relatos largos tipo Hemingway o directamente novelas; y bueno, listo, para eso lo que se precisa es el ripio. O sea, en criollo viejo: el relleno, mi negro, el cascoterío más o menos fino que tiene que haber en toda historia. Para eso te recomiendo que te hagas instalar frente a la ventana de donde escribís una volqueta con desperdicios de alguna construcción. Es muy útil. Si estás trabado te levantás, salís y mirás todo el cascotaje distinto. Es interesante. Ahí nomás te imaginás cosas distintas que entren en la volqueta de tu imaginación.)
3- Complejidad extrema en algunos enunciados. (Seguramente eso sea, cuando no un gongorismo mal curado, una influencia desmedida del ciego Borges... Vas a tener que darle al contrapeso, viejo, y para empezar te recomiendo "La bruja de Portobello" de Paulo Coelho. La verdad que la prefiero de entre todas sus novelas porque hay algo que la hace distinta, que es la teta que hay en la tapa.)
4- Demasiada síntesis, poco desarrollo, desenlace inmediato. (Te podría decir que releyeras mi consejo para la preocupación 2, pero sería poco ético de mi parte, como no querer aplicar todo el tiempo posible en tu ayuda. Así que yo te digo esto... Pensá, pensá, Duque de Applecore, que un cuento, un relato, lo que quieras, es un repollo arriba de una mesa, y que vos agarrás y vas desgajando el repollo. Un cuento sintético es un repollo cerrado, sin pelar.
Gracias por tu consulta. Espero tus resultados.
Lic. Johan Bombay

viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.