domingo, 18 de enero de 2009

Verano XII (soñar)

Hoy debe ser el primer día del año en el que llueve en esta parte del país. Creo que todo comenzó unos momentos después del amanecer, cuando escuché a través de los postigos cómo las gotas susurraban al amortiguarse sobre las hojas de las plantas. Atrás quedó la tarde extraña de ayer, cuando estábamos con Franco en la Mansa, que se había vuelto más honda y verde, y observábamos a lo lejos la tormenta eléctrica que se extendía sobre el lado norte del departamento, mientras que del lado opuesto el sol mordía nuestras espaldas... Así que hoy llueve y está fresco. Y me la he pasado leyendo y esperando a salir a la calle para alquilar alguna película...
Hace tiempo, quizás desde hace un par de meses, que me viene preocupando el hecho de que no sueñe seguido.
Es decir, siempre estuve acostumbrado a despertarme y repasar de inmediato las imágenes de lo que soñé mientras doy vueltas por el baño o por la cocina.
Y la verdad es que ya no es lo mismo. Si tengo algún sueño las imágenes son difusas, carentes de interés y hasta desprovistas de secuencias. A veces me da por pensar también que cuando algo así sucede, al menos en mi caso, es porque atravieso períodos de tranquilidad. No sé... Quizás sea algo pasajero...
Hoy soñé con una fotografía en la que aparecía la abuela de un ex-alumno. Era una fotografía tomada en una fábrica textil de San Carlos, y en ella una mujer de unos cincuenta o sesenta años tenía en brazos, sobre la mesa de trabajo, a un bebé de pocos meses, que era mi ex-alumno. De pronto miraba hacia la derecha de la imagen y veía a mi abuela Elcira (la madre de mi madre) concentrada en su trabajo. Lo cierto es que esa fotografía se terminó transformando en la prueba crucial de una investigación, a tal punto que alguien me la robó, o me robó la imagen de mi abuela, dejando la fotografía donde estaba. El sueño era algo así, pero después se transformaba en otra cosa, algo medio estúpido como unos muchachos imitando a Led Zeppelin y bajando por la calle Tristán Narvaja de Montevideo, cambiando poco a poco el ritmo por algo más candombero. Al final los muchachos acabaron por sacudir las caderas, y creo que eso me hizo darme cuenta de que ya era la hora de despertar.
Como sea, todo eso me pareció bastante austero.
Hoy de mañana leí un cuento de Truman Capote titulado "Profesor Miseria". Es la historia de un hombre, Mr. Revercomb, que se dedica a comprar los sueños de varias personas. Las hace pasar a una habitación y las deja hablar mientras su secretaria, Miss Mozart, comienza a mecanografiar cada palabra. En realidad el relato está centrado en Sylvia, una muchacha que, como varios más, cambia su sueño del día por unos pocos dólares...
"-Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma."

(Nota: Franco se aprovechó de mi inocencia de dormido y me sacó esa foto hace un par de veranos)

jueves, 15 de enero de 2009

Verano XI (decimonónico total)

a) Extraño el siglo XIX. Es más, creo que el siglo XIX terminó demasiado pronto.
b) Tengo ganas de volver a leer a Julio Verne.
c) Leí en internet que el gobierno de Australia hizo un llamamiento para ofrecer un trabajo por el que pagará 100.000 dólares en seis meses. El postulante sólo tiene que saber nadar y bucear, porque el trabajo consiste en pasar todo ese tiempo en la isla Hamilton. El elegido deberá además dar cuenta semanalmente mediante un blog, u otro espacio similar, de lo que vive día a día. O sea, además debe saber escribir bien y hacer buenos encuadres con la cámara digital, porque la secretaría de turismo de Australia (o un entidad por el estilo) está bastante preocupada por la caída del turismo en esa zona y por lo tanto ha decidido lanzar esta propuesta. Esto me hace acordar a esos otros trabajos que hay por el mundo, en los que te pagan una fortuna, pero que tienen como contrapartida el riesgo de muerte o de locura. Una vez, un cantinero de un liceo me mostró un anuncio en un diario. Se necesitaban hombres mayores de 20 años para trabajar en plataformas petroleras en medio del mar. "Pero hay que aguantar, pibe", me decía el tipo. Pagaban mucho, realmente mucho por día, pero no era cuestión de pasar una semanita a lo avivado. Te dejaban ahí entre todos esos fierros asediados por las mareas y aguantate hasta que se te termine el contrato. Creo que fue Paul Auster el escritor que trabajó en algo por el estilo. Así que apenas uno lo piensa comienzan a vérselas las contras a toda la cuestión: la soledad (si llegado un momento uno no la resiste), la lejanía, la desolación y (que me perdonen acá) los compañeros que empiezan a ponerse mimosos. Tengo algunos conocidos que han estado en la cárcel varias veces y que de seguro me dirán: "¿Y eso qué? Por lo menos sabés que ahí te están pagando..."
d) Una vez escribí para una nota algo así como que la saturación de información, hoy en día, o la posibilidad de llegar a saber sobre cualquier cosa tan alejada (internet) hacía que el mundo se hiciera pequeño. No es la gran revelación. Todo el mundo lo dice. Pero en esa nota yo hablaba de eso en relación con el mundo que uno percibe en las novela de Julio Verne o de Emilio Salgari, en algunos relatos de Stevenson, también, y, posteriormente, en Somerset Maugham. El mundo era prácticamente inconmensurable porque aquello que daba la sensación de cercanía entre un punto y otro, y que es una noticia o una carta, era algo que demoraba o era incompleto o pasible de deteriorarse. Sin embargo, ahora me pongo a pensar en si no volverá a pasar lo de antes, que el mundo se agigante una vez más, que el hecho de disponer de cualquier tipo de información en el instante se transforme en una especie de sensación vacía, en un pasaje del "es-como-estar-ahí-mismo" a otra cosa. Por supuesto, el mundo está allí afuera, y con sólo salir se ve lo grande que es.
Esto me lleva también a pensar una y otra vez en una de mis grandes aficiones: viajar. Una afición que por otra parte siempre se vio frustrada. Los lugares más lejanos que he visitado son Salto y Chuy. Creo que por eso me emocionan tanto aquellas novelas del siglo XIX.
e) Pero sí que hay gente que viaja a la vieja usanza. Gente solitaria en un velero. Ayer estábamos en la playa, luego de muchísimo tiempo sin reunirnos, Valentín, Felipe, Rodrigo y yo (más tarde llegaron V y Franco). Felipe contó sobre un conocido de él que se dedica solamente a navegar en solitario. Un día el tipo le dijo a su familia que se iba por ahí, por el mundo en su velero. Atravesó huracanes, fue asediado por piratas, y sólo le da noticias de cómo está a su familia cuando toca puerto de vez en cuando... ¿Piratas? ¡Sí! Yo ya había oído algo sobre los piratas somalíes hace unos meses, pero ahí Valentín empezó a hablar de las "ratas de agua" brasileras, unos piratas que se apostan en el Amazonas esperando a aquellos que remontan el delta. Así murió Peter Blake, dice Valentín. No Peter Blake el que andaba con los Beatles, sino aquel que ganó la regata Whitbread cuando nosotros éramos chicos, cuando la Whitbread pasaba por Punta del Este, el único lugar de la regata donde las embarcaciones tocaban puerto dos veces. Me acuerdo de eso, fue en el '91. Las maestras andaban como locas y nos regalaron a todos unas revistas en inglés que explicaban la historia de la regata y presentaban a cada uno de los equipos. Después creo que trajeron bombones, o que en el turno de la mañana varios de los navegantes habían pasado a dar una charla con un intérprete y luego regalaron bombones, o que eso había sido sucedido en otra escuela, o en esa y además otra, y otra... No me acuerdo bien. Bueno, Peter Blake navegaba hacia Manaos, o por ahí, y fue interceptado por las ratas de agua, que andaban en motos acuáticas. Blake se resistió y fue acuchillado en el vientre. Murió unas horas después en un hospital de Belem.

sábado, 10 de enero de 2009

Verano X (intimidad)

Antes que nada creo que es conveniente no matar a las aguavivas.
Iba cruzando unos semáforos por Roosevelt hace un rato, de camino a la compra de un paquete de hamburguesas para la cena, cuando sorprendí la intimidad de alguien. Y ahí me di cuenta de que eso fue lo distintivo hoy: ser sorprendido o ser asediado por las intimidades de los demás. Hace un rato, como decía, fue un hombre, que esperaba ante el semáforo en rojo. Era un obrero que habría estado haciendo horas extras, que volvía agotado en su bicicleta a su hogar. Yo crucé haciendo una U frente a él y de golpe nuestras miradas se tocaron, justo en el instante en el que él se hurgaba la nariz con ferocidad. Hubo algo ahí. De repente mi mirada significaba yo paso casi sobre la medianoche, entre todas estas luces y sombras de la avenida y tú te sacas los mocos como lo podrías hacer en la soledad del descanso en la hora de trabajo o frente al espejo muy temprano en la mañana, pero ahora paso yo y tú no te aguantas y controlas al menos ese placer, el único placer que podrías tener hasta caer rendido en tu casa igual que un animal que se regodea con las primeras mordidas de lo que ha cazado ante la vista de sus competidores. Todo por un par de mocos, me dirán. Está bien. Pero por un momento yo tuve que mirarlo y darle un poco más de conciencia a eso de todos los días. Así que de esa forma te sacas los mocos. No sé nada de tu vida, quizás no te cruce nunca más en el resto de mis días, pero ya sé cómo es que haces con la boca cuando entra el dedo índice. El labio superior se repliega, se tuerce un tanto a la derecha y luego aparecen los dientes de arriba hasta las encías...
Tengo que reconocer que me encanta escuchar conversaciones ajenas. En la playa a veces uno lo hace sin que se lo proponga, las voces llegan solas... Pero también esto ocurre con el uso de los celulares. Así, hoy al mediodía, en la cola para pagar una factura de Antel me entero con el señor que hablaba por celular a mis espaldas que el afiche de la maratón San Fernando, que es auspiciada por Reebok, tiene en realidad la figura de un atleta que está suspendido en medio de una zancada llevando ropa Nike. Pero también me entero de que la última película de vampiros que están dando en un cine de Punta del Este "se puede ver", y que en una óptica de allí mismo están en ofertas los anteojos de sol Nike. Con esto de los celulares me parece que a veces pierdo el interés por lo que pueda sacar de pre-literario (por si se pudiera rescatar algo en cierto modo), ya que no pasa un minuto de escuchar una charla en cualquier lugar público cuando comienzo a sentir vergüenza ajena, como una vergüenza de ser yo mismo el que está hablando por ese teléfono y desnudándose así ante los demás, dándole rienda suelta a las vanidades de curso común... Una chiquilina, a la tarde en la playa, salta jugando con sus amigas y un seno se escapa del corpiño. En cierto modo, más allá de que mis anteojos oscuros pudieran hacerla dudar, sabe que yo tuve que haber visto la escena. Y así fue. Y lo mismo, la sensación bastante duradera de que nadie sino yo había visto eso en toda la playa. ¿Para qué? ¿Para qué soprender de nuevo la intimidad de alguien? Un hecho, una imagen imprecisa que al final se borró igual que las huellas que dejan los que caminan junto al agua. No hay modo. La intimidad de los otros nos llega de una manera u otra, y nosotros mismos dejamos por ahí las marcas de nuestra propia intimidad como huellas dactilares sobre un vidrio empañado. ¿Y qué hacer? ¿Seguir el juego? ¿Superponerlo a otro juego?
A las aguavivas todo esto les interesa un pepino. Y ni siquiera saben lo que es un pepino. Ellas sí que saben lo que es la intimidad. En realidad, si la intimidad está dada por algo con lo que confrontarla o distinguirla, creo que de las aguavivas se puede decir casi-casi que de ellas no emana algo que los demás podríamos reconocer como "intimidad". Ellas son la INTIMIDAD. El aguaviva es un misterio total. Hoy había un hombre sacando del mar con el baldecito de sus hijos un montón de aguavivas del tamaño de una pelota de fútbol. Las dejaba tiradas cerca de la orilla y el sol empezaba su lento trabajo de resecamiento. Tuve ganas de agarrarlas una por una y devolverlas al agua, pero eso iba a traer problemas para los que yo no estaba preparado (entiéndase que el tipo pesaba el doble que yo, por ejemplo). Era lo que hacíamos hace un par de años con Felipe en el muelle de la parada 3. La gente las sacaba y nosotros las llevábamos de nuevo al agua. Un tipo se nos acercó y nos insultó invocando las salud de su hija. Nos hicimos los tontos y seguimos. La cuestión fue que unos minutos después subimos al muelle y observamos la superficie del mar desde allí. Era como ver una nube calada. Cientos, miles de circunferencias blanquecinas flotaban por todas partes. Por eso decía, es conveniente no matarlas. Ni siquiera se justifica desde el punto de vista práctico. Pero el padre-que-demuestra-en-verano-en-el-balneario-que-él-es-el-padre-antipeligro seguía sacándolas, y así vine a ver un prodigio. Uno de esos cangrejos que habitan a veinte o más metros de profundidad en lo más oscuro de la bahía se hamacaba colgando de una de sus pinzas de los tentáculos de un aguaviva. Entonces se formó el gentío, porque es raro ver un cangrejo de esos de La Barra hacia el oeste. Un ser agrisado, pinchudo y chato que no quedaba bien bajo la luz del sol. Pero al final el cangrejo pudo recuperar su libertad. Era algo demasiado extraño, demasiado impropio como para poder contemplarlo por mucho más tiempo. Era algo que quizás no teníamos que haber visto, que había salido de un sitio que no era el nuestro; ni siquiera las patas arquéandose dejaban de transmitir la idea de que aquello no encajaba con nada. Entonces el padre lo puso en el baldecito y lo aventó unos metros más allá. La niña M había mirado todo el tiempo por entre el círculo de piernitas que habían formado todos los otros niños que sí se habían animado a acercársele. Me pregunta por qué los cangrejos tienen "agarraderas" (por las pinzas) y salimos caminando hacia donde tenemos las cosas. Trato de seguir con la lectura pero después un hombre habla con la familia de su hermana sobre los últimos días del divorcio de su última esposa. La llamaba una tarde y ella le decía: "Estoy en el shopping". La llamaba al día siguiente y ella respondía: "Estoy en las uñas". Imitaba la voz chillona de la mujer mientras su hermana y su cuñado y los hijos más grandes lo miraban simular con la mano la forma irrenunciable de un teléfono.

jueves, 8 de enero de 2009

Verano IX (quehacer)

Bueno... Terminé hace una hora más o menos un relato largo que empecé casi a mediados de diciembre. Es el primer borrador y todo eso, pero ya cacé la mariposa (supongo). Ahora tengo que sacarla del calderín y etcétera, etcétera. Así que me siento muy feliz. Y al mismo tiempo ya no sé si quedan a veces ganas de permitirse la ilusión de una completa felicidad. Prendo la tele y veo las mismas cosas de mierda que siguen ocurriendo. No estoy queriendo ser demagógico. Estoy tratando de conciliar dos estados de ánimo puntuales que se encuentran esta noche. Acabo de terminar un relato que por algún punto se toca con cosas que pasan hoy en día. Así que me sucedió esto... Puse el reproductor de la computadora, con la función de que hiciera una selección aleatoria de todos los temas que hay en el disco duro, y salió primero "All I really want to do", de Bob Dylan. Me partió al medio. Ni felicidad, ni tristeza. Un estado piadoso. Algo que se mira a sí mismo y que dice: ¿Y a qué viene todo esto?... Me estoy durmiendo. Pasan algunas motos por el Camino a la Laguna, el ventilador del techo zumba. Ya no hay ruidos de pasos de nadie en la casa. Tengo la noche por delante, puedo dormir, puedo leer, puedo ir a tomar un vaso de agua en la cocina. Tantas cosas. Todo eso es normal, completamente normal. Me doy cuenta.

lunes, 5 de enero de 2009

Verano VIII (Spielberg)

Ayer salimos a dar un paseo largo con la niña M, y al volver a casa, mientras nos disponíamos a esperar a V y preparar la merienda, nos encontramos con que en el cable estaban pasando "Parque jurásico" (1993), de Steven Spielberg. En realidad la que la encontró fue la niña M, que se puso a hacer zapping y salteó sus canales de dibujitos animados cuando vio la escena en que aparece un tiranosaurio amenazando a los ocupantes de dos camionetas. Me fui a la cocina a preparar algo y luego regresé para ver lo mismo que veo cada vez que me sale al cruce esta película en el cable: la escena en que los niños llegan a la cocina y son acechados por los velociraptors. Es una escena que me fascina, es más fuerte que yo, a tal punto que, cuando termina, ni siquiera sigo mirando el resto.
Mientras merendábamos miraba la cara de la niña M, absolutamente arrebatada por algunas escenas. ¡¡Eso es alienación!!, dijera cierto escritor nacional. ¡¡Ja!!... Luego llegó la escena de la cocina, un muy buen ejemplo de montaje y de tensión. Los niños escapan, entran y cierran la puerta, pero el velociraptor que los persigue logra abrirla e ingresar junto a otro más.
Esta escena me hace acordar siempre a una más reciente que aparece en otra película de Spielberg, "La guerra de los mundos" (2005). Se trata de la secuencia en la que uno de los "tentáculos" de los trípodes de los marcianos ingresa en el sótano en el que están escondidos el padre (Tom Cruise) y su hija (Dakota Fanning) junto a su desequilibrado anfitrión (Danny Boyle). Creo que en realidad Spielberg repitió el mismo procedimiento que en la secuencia de "Parque jurásico" (incluso aparece el recurso del engaño a través del reflejo). Pero no es que me moleste, todo lo contrario, porque el resultado sigue siendo interesante; de hecho, "La guerra de los mundos" es una muy buena película que le hace honor a la novela de H.G. Wells.
Otra cosa en común: las actuaciones de las niñas...
Dejo aquí debajo las escenas en cuestión...




sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

jueves, 1 de enero de 2009

Verano VI (Salinger: un subrayado)

Me enteré hoy a través del blog de Martín Bentancor que en el día de la fecha Jerome David Salinger llega a los 90 años de edad. Algo me dice, no sé qué, y es probable que le erre de medio a medio, que Salinger va por el lado de los longevos de veras: Ernst Jünger, Juan Filloy, Francisco Ayala... Con Filloy, sin embargo, hay otra cosa más en cuanto a las semejanzas. Se trata del tema de los libros inéditos. En el escritor argentino permanecer inédito, y reescribiendo con tenacidad algunos de sus libros, era una cuestión cercana a su arte poética. En Salinger, que se retiró de la escena pública si no mal recuerdo a fines de los '60, el valor de lo inédito radica en que no quiere que lo fastidien. Creo que vive en los bosques de New Hampshire y que los paparazzi mueren por una foto suya, más que la última de Britney Spears sin bombacha. Por ahí, una ex mujer despechada reveló que no ha dejado nunca de escribir, y que cada libro nuevo es guardado con celo en una caja fuerte. Así que el asunto de la longevidad acá me lleva a olisquear también el morbo que podrían tener algunos lectores obsesivos, esos que están deseando que un día de estos aparezca un Max Brod que traiga las buenas nuevas de las narraciones inéditas de Salinger. Pero no, como decía, algo me dice que el hombre va a aguantar mucho tiempo todavía y le va a aguar la fiesta a más de uno. Hay mucho de vampirismo siempre en todo lector "fanático". Por eso, mientras pensaba en eso de las relaciones de lector y escritor, me fijé en uno de los subrayados que tengo en la edición de "Seymour: una introducción". Es la primera frase del libro, fuera de las dos citas que aparecen al comienzo, no como epígrafes, sino como disparadores directos del relato. Se trata además de una frase que tengo como grabada a fuego desde hace tres o cuatro años, cuando leí ese libro, y que trato de seguir letra por letra. Va...
"A veces, para ser sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cincuenta años considero a mi viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de los artesanos públicos más interesantes y menos fatuos que he conocido me insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para seguir y llegar a la cuestión -y no creo que sean de las que sobreviven a una construcción interminable-, descubrí hace una buena cantidad de años prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero decir tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros."

¡Feliz 2009!

Quiero desear a todos mis lectores de tartatextual un feliz 2009. Pero también quiero agradecer profundamente el hecho de que sean mis lectores. Es siempre un gran placer para mí saber que hay personas de aquí y de otras partes del mundo que siguen mis textos y los leen con atención y cariño. A todos, a los que dejan comentarios y a los que no, a los que concuerdan con mis opiniones y a los que discrepan, otra vez gracias.
Un gran abrazo.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano V (Dumplings)

Ayer vi una película que literalmente me afectó. Pero su influencia se dio más allá de determinados logros técnicos, más allá de la temática o más bien la cuestión ética que suscitaba. Lo que me dejó reflexionando hasta la madrugada, lo que me dejó dándome vueltas en la cama pensando en cosas y cosas fue la elaboración del argumento, un argumento que a primera vista parece innovador, pero que si se lo mira entrecerrando los ojos deja aparecer una referencia antigua, anclada en el seno de nuestra cultura.
La película es "Dumplings" (2004), del chino Fruit Chan y trata acerca de una ex actriz y modelo casada con un magnate. Esa es la señora Lee, una mujer que entra en la madurez repudiando lo que el tiempo pueda hacer con su cuerpo, sobre todo porque de fondo están el rechazo y la infidelidad de su marido. Es así que la Sra. Lee busca ser joven de nuevo y contrata los servicios de una mujer que le prepara unos platos con un ingrediente secreto que no falla para mantenerse joven: fetos humanos. Lo repugnante sobrevuela toda la película, pero la historia no se queda en actualizar la repugnancia, lo que habría hecho de la misma un producto más de tantos (por más que ese efecto de lo repugnante aumente hasta el final). Hay otra cosa que viene a ser lo repugnante mayor, algo que está por encima del canibalismo y que tiene que ver con el hombre ignorando su debilidad ante el tiempo, instalándose en un sitio de la experiencia que genera sofocamiento.
Lo primero que me impactó de esta película estuvo en el desarrollo del argumento. El relato no se queda en la resolución convencional, sigue un poco más, y ese es su valor, el valor de la vuelta de tuerca.
Lo segundo también estuvo en el argumento, pero en cómo la forma del mismo disimula un argumento conocido: el del mito del dios Cronos, o al menos un solo episodio de todo el mito, el momento en el que el dios devora a sus hijos, como muchos recordarán que aparece plasmado en la pintura de Goya. La Sra. Lee se traga los dumplings en su carrera por detener el tiempo, porque en el tiempo, en esos niños no nacidos, está el signo de la muerte, lo que está por venir y desplazar a lo anterior; así como para Cronos devorar su descendencia es asegurarse a sí mismo. Y esto me lleva a una de tantas aseveraciones de Borges (ya no sé de dónde, Borges es como una internet en sí mismo), una que sostiene que, al igual que las metáforas, las historias que se pueden contar son siempre las mismas, no pasan de un número acotado de proposiciones. A veces, por más que los estructuralistas, Lévi-Strauss y Joseph Campbell hayan demostrado la validez de esa idea, yo me resisto a pensar que sea del todo así, aunque más no sea para que la imaginación siga ilusa e ingenuamente, pero andando al fin. Me digo: no puede ser que todas las historias sean en el fondo griegas o judías, pero en fin... Lo que me llegó de "Dumplings" tan profundamente es que me hizo olvidar por un buen rato cualquier intención de comparación y posterior constatación. Creo que una buena historia te hace olvidar del modelo original, o lo vuelve parcialmente innecesario, o lo disimula tanto que lo borronea de la memoria arquetípica de cada cual. ¿Por qué di tantas vueltas en la cama como escribí al comienzo? Porque Fruit Chan me pegó directo donde más me dolía, en una parte de mí mismo que está hace días y días escribiendo un cuento largo y que se ha dado cuenta ahora de que esa historia no sólo debe tener otra vuelta de tuerca, sino que se parece mucho a una historia de esas arquetípicas, tanto, que con cada vuelta en la cama pensaba en una variante distinta.
(Una curiosidad: por la web me encontré con que Fruit Chan nació un 15 de abril, igual que yo, igual que Henry James, el patrón de la tuerca.)

Verano IV (elección de horas)

Ayer fue la elección de horas docentes de Literatura para el departamento de Maldonado. Uno puede ver a varios colegas conocidos y queridos, ex-compañeros de generación, ex compañeros de otros años en ciertos liceos... Hasta ahí todo lo más bien, pero después están el calor, los celulares sonando sin parar, las carcajadas en las que te muestra qué tan torcida tienen la campanilla de la garganta algunas grado 7, la impaciencia y más tarde la indecisión y la carga de tener que resolver los horarios que uno tendrá el año que viene. Por suerte me encuentro, año a año, con Felipe. Nos apartamos, tomamos o comemos algo en alguna mesa del patio, hablamos de literatura, de cine, de lugares con playas, etc. Este año Felipe se apareció con un panamá con un listón negro en la base de la copa. Parecía una foto que vi de Truman Capote.
Voy a ser sincero (¿?)... Si hay otra cosa que me llama la atención o me incomoda (no sé cómo precisarlo), es cierto vacío que se forma en la montonera. Lleno, llenito de profesores de literatura, y lo que más escucho son quejas sobre el precio del kilo de cordero a fin de año, o sobre los reglamentos de elección de horas o pasaje de grado, o lamentaciones sobre el marido o la esposa de turno... Cosas por el estilo... Pero muy pocas veces me topo con alguien que me hable de lo que está leyendo. Tampoco me quiero pasar para el otro lado y terminar con una actitud snob del intelectual que atomiza con actitudes imprescindibles y perentorias acerca de que no leer mata, causa impotencia, lo que sea... Nada que ver... Pero... Así que me gusta preguntar, con toda la discreción del caso, qué es lo que andan leyendo, no por que eso represente un tipo de "contienda del intelecto", sino por ese cierto voyeurismo que todos los que leemos tenemos. Al final de la elección de horas sólo tres profesores me hablaron de lo que estaban leyendo. El profesor F(elipe) leía una serie de artículos de Homero Alsina Thevenet sobre la censura en Hollywood. De ahí pasamos a hablar de la casa de brujas del comunismo, pasando por la censura a una película de Howard Hughes por mostrar demasiado los pechos de su actriz principal (lo que se puede ver en "El aviador", de Scorsese), volviendo de nuevo al comunismo y, en especial, a las películas de Chaplin, sus cortos para la Keystone y un dato que yo no conocía: "Candilejas" (Limelight) estuvo casi veinte años sin ser estrenada en Estados Unidos porque los notables del comité de censura no la habían considerado apta hasta entonces. El profesor F(elipe) es mi amigo, y esto me da cierta confianza para juzgar que dos por tres me sale con cualquier exageración, pero quizás sea así nomás... El profesor S. más tarde me comenta que está leyendo "Descanso de caminantes", una selección de los diarios de Adolfo Bioy Casares. "¡Qué putero era el viejo!", dice. "¿Viste?", dice el otro. Más tarde el profesor G. me habla de que terminó de leer dos cosas casi en simultáneo. Por un lado "Mascaró, el cazador americano", de Haroldo Conti, y destaca lo guimaraesiano de esa narración. Y por otro lado "Didáctica de la liberación" (editado por HUM), de Luis Camnitzer. De este libro se habló mucho hace un par de meses, cuando trascendió que en sus páginas se homologaban las acciones tupamaras como la toma de Pando con acciones performáticas propias del arte conceptual. Como se vio, a algunos (¿ex?) tupamaros la idea les desagradó de entrada, y a otros les pareció bastante pertinente. Para pensarlo, me parece, porque si sos o fuiste guerrillero y luego vienen y te dicen que lo que hiciste es un "como si" artístico, bueno, entonces es para pensarlo, como digo...
En cuanto a mí, me llevé para leer tanto el tomo con las primeras Novelas Ejemplares como "Agua viva", de Clarice Lispector; sin embargo terminé leyendo "Espacios de la memoria", de Fernando Aínsa, un libro que me compré en un puesto instalado dentro del liceo. Me pasa algo raro con la lectura de ensayos. Si estoy en medio de una multitud, como era ayer el caso, me es casi imposible leer ficción. No puedo, cierro el libro en seguida. Pero no me sucede lo mismo con los ensayos, que a mí parecen de lectura más complicada; puedo leer un ensayo con tres docenas de voces alrededor y es como si esas voces formaran al final un muro que me aísla. Creo que llegué, después de todo, a la lectura de este ensayo de Aínsa porque la noche anterior en la casa del 33, mientras esperaba que hirviera el arroz que le hacía a los perros, estuve releyendo algunas de las primeras páginas de "Las vueltas de César Aira", de Sandra Contreras. Allí Contreras habla de esa larga convención de la narrativa argentina de personajes que van al desierto, al sur, a la frontera donde está el "otro", el gaucho, la cautiva o el salvaje, en definitiva. Pero sobre todo, explica Contreras, esa construcción de ese espacio se hizo desde el exotismo, desde esa mirada de los extranjeros, en su mayoría ingleses (Darwin, Hudson, etc.). Eso le da pie para comentar qué es lo que hace Aira con novelas como "La liebre". Eso, a su vez, me dio para pensar cómo se dio aquí en Uruguay la cuestión. Para esta literatura, en principio, no había sur, sino norte. Es cierto que tuvimos las miradas foráneas (la de Hudson, también, en "La tierra purpúrea", y un siglo después la de Copi en "El uruguayo"), pero me quedé pensando en si pesaron más que las visiones "más uruguayas", como las casi inaugurales de Eduardo Acevedo Díaz, por ejemplo en esa entrada hacia el norte del país, levemente romantizada, que hace el protagonista de "Nativa". Esta lectura de Aínsa me cae en el mejor momento. Vuelvo a la cuestión una vez más antes de pasar a otra cosa. Hay una manera en que los textos literarios nos hacen sentir un espacio, un lugar que incluso no hayamos visitado nunca, de tal manera que esa construcción luego es irremovible. (Sigo pensando al vuelo, a los teclazos...) Si en Argentina la mirada exótica pesó de forma crucial en la construcción de un espacio, ¿ocurrió igual en Uruguay?... Me parece que un punto de partida hipotético puede ser pensar que no, que la construcción exótica no fue determinante, lo que me lleva a preguntarme sobre qué bases se dio entonces (porque, del mismo modo... ¿no estuvo siempre "el otro europeo" antes que el criollo?). (Ahora me digo, ¿tengo que dejar fuera de discusión el nacimiento mismo de un país que queda entre Argentina y Brasil, como un algodón entre dos vidrios colocado por un inglés?...) Hace poco leí una entrevista a Beatriz Sarlo en la que hablaba de la asombrosa semejanza que existe entre Argentina y Uruguay y cómo, al mismo tiempo, hay aspectos determinantes (en lo político partidario, por ejemplo) que los diferencian a simple vista. Bueno, ahí tengo un tema como para darle algunas vueltas con varias lecturas.
Esto anterior me lleva a unas cosas que conversamos con Felipe sobre los Beatles. Él dice que en una entrevista vio a Mike Myers (sus padres son de Liverpool) asegurar que los Beatles hicieron de su ciudad natal un lugar más alegre en el que poder vivir, que Liverpool no era así antes de ellos. Diría Aínsa según lo que estoy leyendo, que los Beatles lograron trocar la memoria del espacio del que surgieron. ¿Y qué tanto más se le puede pedir a un artista? Así que yo le conté a Felipe que hace un par de días se me dio por escuchar solamente canciones de los primeros discos y dejar de lado un poco la experimentación más manifiesta que se da desde "Rubber soul" (?¿) hacia el final. Para algunos las canciones de los primeros discos son más simples, para otros los Beatles no dejaron de hacer lo mismo, sólo que cambiaron en la parte arreglística, como sea... A lo que voy es que la alegría que se desprende de esos primeros discos es una cosa que no era de este planeta. Y para mí, lo bueno en arte, cuando además alegra, dos veces bueno. Ahí nomás, mientras hablábamos de esas cosas, Felipe sacó un ogo, que viene a ser un aparatito que tiene teléfono, internet y que tiene MSN y te sirve para saber la temperatura, recordarte todo en una agenda y avisarte cada cuántos segundos nace un poeta en Tacuarembó. Y también se puede oír música en él... Pusimos el disco "Love" y entre tema y tema empezamos a intercambiar anécdotas. Felipe me comenta una declaración de Paul sobre la época de la beatlemanía, cuando las cosas se salieron de curso y los Beatles comenzaron a entender que tocar el cielo con las manos costaba lo suyo. En un concierto de tantos, creo que tocando "I'm down", a Paul se le da por mirar a John tocando el piano y descubre que había algo que no encajaba, que John era presa de una alteración que ni siquiera tenía que ver con el frenesí rockero. Cruzó un par de miradas con George y Ringo y descubrió en los otros la misma sorpresa. Para Paul, eso no sólo fue un indicio de que cierto tiempo había llegado a su fin, sino de que John no iba a ser el mismo a partir de allí. Eso me recuerda un video de esos años en el que prácticamente todo el tiempo aparecen John y Paul en un mismo plano. Están tocando "We can work it out" en evidente y hasta grosero playback, pero el resultado está lejos de la seriedad de la anécdota de Felipe. Basta con ver el esfuerzo que hace Paul por no mirar a John.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Verano III (siesta)

Anoche dormí poco y mal... Poco, primero, porque me quedé hasta bien entrada la madrugada leyendo y escribiendo. Poco y mal, en segundo término, porque el calor era insoportable, y la tormenta que llegó a las cuatro o las cuatro y media de la mañana no ayudó a refrescar el aire que entraba por la ventana. Así que hoy, después de almorzar, me acosté a leer y me quedé durmiendo una siesta impensada en la que soñé lo que sigue... Estaba en el patio de la casa de mis padres, pero al mismo tiempo ese patio era como una calle peatonal, con un montón de cahivaches tirados sobre la vereda, pero no exactamente basura. En eso veo venir hacia mí a tres personas, dos de ellas son niños varones, que sostienen a alguien más. Es decir, había que mirar con cierta atención para determinar lo que era en realidad ese "alguien más": otro niño, pero uno al que le ha sucedido una cosa que le cambió el aspecto físico de manera increíble. Lo que me hace acordar (en el mismo sueño) a lo que estaba escribiendo la noche anterior. Entonces les pregunto a los niños que van a los costados si ese que está en el medio es el que yo creo que es, o sea el personaje principal de mi cuento. Los dos niños abren los ojos demostrando no sólo sorpresa, sino algo de vergüenza ajena.
-¿En serio no te diste cuenta? -preguntan.
Y siguen de largo como ignorándome.
Cuando me desperté volví a la lectura de "La gitanilla", de Cervantes, y marqué en seguida un párrafo que me ha sorprendido por el cambio de la perspectiva del narrador. No se trata ya del narrador pudiendo opinar sobre cual o tal pensamiento o acción de un personaje, sino otra cosa que muchos podrán juzgar "cinematográfica", cuando sabemos que es al contrario: muchos recursos del cine son hallables en la literatura, si es que se puede dar hasta cierto punto eso de homologar recursos de un lenguaje a otro. Cuando el futuro Andrés Caballero, quien se sacrificará por lograr el amor de la gitanilla, lee por azar un soneto que le ha sido dedicado a esta por un paje, Preciosa no deja pasar el tiempo para infundir celos.
"-No es poeta, señor, sino un paje muy galán y muy hombre de bien -dijo Preciosa."
Hasta acá parece que vamos a encontrar la respuesta de Andrés o la reacción que tienen en él esas palabras. No del todo. Viene un aparte entre el narrador y Preciosa que crea una atmósfera de detención, como si todos los demás personajes se hubieran petrificado y sólo la gitanilla tuviera el don del movimiento. Parece ser un recurso que recuerda vagamente algo de la tragedia griega, pero acá es bastante cómico y no menos original. Dice el narrador a continuación:
"Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir, que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hiera y sobresalte el menor de vuestros descuidos. (...)"
Lo mejor, viene luego, cuando la cinta vuelve a rodar y el narrador ya nos presenta un Andrés distinto: "Todo esto pasó así como se ha dicho: que Andrés, en oyendo el soneto, mil celosas imaginaciones le sobresaltaron. No se desmayó pero perdió la color (...)"



sábado, 27 de diciembre de 2008

Verano II (Cervantes)

Estoy también con las "Novelas ejemplares", de Cervantes. Releyendo algunas y leyendo por primera vez otras. Con Cervantes me pasa que debe ser el único dentro de todos los clásicos que me vuelve frenético. Simplemente no puedo jamás dejar de asombrarme del nivel de creación que desplegó en toda su vida. No hablo siquiera de la cantidad que escribió, sino de lo variado de sus argumentos y de las escenas que ha imaginado. En eso está lo prolífico. Pero además en lo apasionantes que se vuelven esas creaciones. ¡Mire que ocurrírsele a un escritor un personaje que de repente se cree que está hecho de vidrio! ¡Vaya! Cosas así, puntos de partida de ese tipo con sus subsiguientes desarrollos son los que me conmueven y me dejan, como ya dije, en un estado de frenesí inigualable. Pensar en Cervantes es pensar en escribir. Como me pasa con otro autor que, más allá de las obvias diferencias, yo junto con Cervantes en las afinidades de mi cabeza lectora: César Aira. A Aira va a haber que leerlo un día como a Cervantes se lo lee hoy en tomos de Aguilar. Yo creo que ahí, cuando se recopile todo Aira, se va a tener la muestra cabal de lo que es su poder de imaginación.
Volviendo a Cervantes, quiero terminar sin embargo este apunte copiando algunas frases que aparecen en el prólogo a las "Novelas ejemplares", y que se me han pegado como un chorro de helado derretido entre las uniones de los dedos:
"Y así te digo (otra vez, lector amable) que destas novelas que te ofrezco en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca (...)"
"Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.
Sí, que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean: horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse."


Verano I (sebos)

Estoy en la playa Mansa con la niña M. Es Navidad y trajimos su flamante pelota verde de los Backyardigans para estrenarla. Hay algo de viento, y cuando la sacamos de la mochila se nos escapa de las manos y empieza a rodar hacia la orilla. La niña M se despespera y sale tras ella. Es su tesoro, es su vida. Corre y corre y no le importa nada. La pelota da uno tras otro tumbos cortos a ras del suelo y tumbos altos al pegar en la parte alta que dejó alguna huella. Yo la sigo con una actitud más moderada. Sé que el la pelota va a llegar al agua y que la ola la va a devolver. La niña M continúa pese a todo. Ya lleva diez o quince metros esquivando sillas, bolsos y toallas. En los últimos metros hay una mujer joven tomando sol, boca arriba. La niña M le pasa a menos de medio metro y la llena de arena. La mujer se levanta y mira con cara de que la hubieran cacheteado. Yo le paso por al lado sin darme por enterado de nada. En ese momento la niña M llega casi sobre la el agua y se inclina sobre la pelota, pero la resaca de la ola vuelve al mar, se la saca casi de las manos y la niña M cae al agua con su remera y short todavía puestos. Después regresamos de la mano. La mujer está sentada observándonos, yo pongo cara de circunstancia con una media sonrisa un poco hipócrita. Pero la niña M la ignora olímpicamente con la pelota asegurada contra la curva de su barriguita.
-¿Por qué me caí cuando fui a agarrar la pelota?
-Porque el mar te la sacó...
-¿Por qué el mar me la sacó?
(...)
Tratamos luego de jugar a pasarnos la pelota pero la niña M se aburre porque el viento es bastante molesto. Así que vamos al agua. Tiro la pelota hacia adentro y cuando la ola la devuelve la niña M va chapoteando y tropezando tras ella. Eso le parece más divertido, y también cansador. Así que volvemos adonde tenemos las cosas y le prometo que si se porta bien le compro un helado. Ella se sienta y juega a hacer tortitas con arena. Yo saco un libro de Clarice Lispector y trato de leer algo, pero no me concentro, el viento sigue firme y alrededor pasan cosas que me quitan el interés por la lectura, nada extraordinario, sólo la gente viviendo su vida común de todos los días en un feriado de playa. Familias numerosas, familias pequeñas, amigos adolescentes, adultos, niños. Novios, esposos, futuros novios. Una chica le pide fuego a un muchacho que pasa con sus amigos en busca de un lugar libre para jugar al fútbol. Él parece estar desinteresado más allá del favor. Ella lo mira todo el tiempo. Se da vuelta más tarde en su reposera y continúa observándolo. Tendrá 17 ó 18 años, y uno de sus hermanos le dice al padre o a la madre que la hermana gusta de fulano, etc. El fulano va al agua a buscar la pelota y el chico tiene una nueva oportunidad para acusar a su hermana.
-¡Ese malandro! -dice la madre apretando los dientes al hablar.
Pasan muy pocos minutos, levantan sus cosas y se van, como si hubieran recibido una orden o como si hubieran alquilado su parcela de playa hasta cierta hora, o como si se hubieran enterado en ese instante que el sol hace mucho daño, demasiado daño, etcétera.
Vuelvo a la única frase de Lispector que me quedó clara, aunque con ese libro ("Agua viva") no importa que haya cosas que tengan que quedar claras. Hay aspectos que corren por ríos demasiado subterráneos como para que uno pueda pescar todo. La frase estaba realcionada con la pesca, de hecho. No tengo el libro a la mano, pero decía algo así como que escribir es utilizar palabras, palabras que son sebos para pescar lo que no son las palabras. La frase era más larga y tenía algunas vueltas más, pero en esencia es esa. Me parece haber escuchado o leído algo similar en alguna otra parte y también se me vienen a la cabeza las palabras Ernest Hemingway. Así que me pongo a pensar qué sebos estoy tirando. Bueno, al menos tiro mil sebos por día para intentar pescar algunas no palabras. En este caso las no palabras son algo del comienzo de la adolescencia de mi padre, cuando Punta del Este era algo más pueblerino de lo que es ahora. Hablo de medio siglo justo hacia atrás. Estoy imaginándome a mi padre andando en una bicicleta regalada por Rincón del Indio. Estoy haciendo un esfuerzo por penetrar en algo que se vuelve un contorno indefinido a partir de las pocas cosas que sé de la relación entre mi padre y el suyo, algo que tiene capítulos, que tiene un capítulo que tengo que abordar con otros sebos distintos más adelante en el verano, porque la historia se hace otra historia veinte años después, con policías y ladrones.
Me tiendo boca abajo y con la cabeza hacia el lado en el que juega la niña M. Estoy por quedarme adormilado, pero sé que no puedo prolongar mucho la sensación con ella bajo mi cuidado. Entonces siento algo que retumba, hondo, muy hondo, pero de una hondura que parece más temporal que física. Y luego otro sonido similar, más alargado, que le responde. La niña M se quedó suspendida.
-¿Qué es eso?
Miro hacia el lado de la isla Gorriti y veo dos cruceros. Uno estaba cuando habíamos llegado, pero el otro, el que está más cerca, no. De pronto noto que el que está más sobre la isla está dando la vuelta para alejarse de la bahía. Y siguen los saludos. Son sonidos cansados. Parecen dos bestias colosales, inmemoriales, saludándose más allá del bien y del mal, por encima de la amplitud del tiempo, resignados a un próximo encuentro para el que saben que tendrán que hacer ese saludo, para que sea oído por la gente que desde la costa se imagina esa otra vida flotando allí a un par de kilómetros.
El heladero nunca apareció.
Subimos a la rambla y dimos unas vuelta en la bicicleta hasta llegar a una panadería cerca de casa. En el camino nos cruzamos con uno de tantos ómnibus que pasan hacia Montevideo.
-Ese ómnibus pero con otro sonido -dice la niña M.
Ella prefirió un helado vasito de crema y chocolate, y yo me compré un sandwich triple. Nos sentamos bajo el toldo de la panadería, viendo el tránsito de la avenida y fijándonos en las personas que entraban a comprar. Hacía tiempo que no sentía el sabor de la oblea contra la crema. Siempre hay un flash cuando reincido en alguna experiencia placentera luego de mucho tiempo. Y eso ocurre allí mismo. Recuerdo algo difuso, cualquier cosa de hace muchos años estando en casa con mis padres, también en verano. Y listo, creo que una cosa así, que me llena el pecho de aire, cierra bien la tarde de playa.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Predicciones

Aries: ¿Y ese viaje nunca realizado a Burkina Faso? Su luna entra en la casa de Acuario, ideal para nadar. Así que anímese. Del otro lado del Atlántico lo esperan los negros".

Tauro: Yo sé que está bien respetar nuestra parte infantil, esa cálida llama que ilumina nuestra vida, pero hágame el favor de comer bien, con la boca cerrada y sin salpicar, ¡me cachendié!

Géminis: Ha ido dejando acumular tantas pequeñas deudas, tantas tareas incumplidas y promesas truncas, que hoy vive en el caos. Sugerencia: cambie de identidad y empiece de cero en Bahamas.

Cáncer: Usted odia el sol de diciembre casi tanto como detesta el frío de julio. Una persona de media estación o, yo diría, a la que nada le viene bien. Como si la primavera y el otoño fueran la gran cosa.

Leo: El león. Como la propaganda esa, en la que un tipo con cabeza de león anda por ahí, entre la gente, de traje y corbata. Creo que promociona celulares. No la entiendo.

Virgo: La amistad está sobrevalorada. Los amigos están en las buenas. Los que se quedan a las malas es porque quieren aprovechar para verlo mal y gozar en secreto. Sépalo.

Libra: ¡Qué año, mama mía! No se mueva. No chiste. No respire. Ya termina. Ya se va pa’ no volver. El problema es que viene otro. ¿Y si es peor? ¡Úpale! ¿Y si gana el Cuqui! ¡A la mier...!

Escorpio: Ese dolor en el pecho no es nada. Viva la vida. Dinero: 151 a la cabeza, 5 pesos. Amor: desista, no es lo suyo. Consejo: no imite más a Frank Sinatra en el espejo del baño.

Sagitario: Reflexión: la vida es como un mantel, con manchas de tuco y todo. ¡Piénselo! ¡Vamos, piénselo! Dinero: nada, muy poco. Salud: menos. Amor: Sin dinero y sin salud, mejor olvídelo.

Capricornio: Usted es de los que no van a hacerse los análisis «por las dudas de que les salga algo». Eso le pasó al tipo aquel de Alien. Aguantó y aguantó todo lo que pudo, pobre hombre...

Acuario: No sabe por qué, pero comprará un rastrillo antes del fin de semana. Trate de no evitarlo. Amor: lo más bien. Dato curioso: el half derecho de Bayern Leverkusen soñó con usted.

Piscis: No salga de su casa en toda la semana. Lunes: pinchará la bici. Martes: se encontrará con un promotor de una AFAP. Miércoles: mormones. Jueves y Viernes: su ex suegra. Repiten "Telma & Louise" en el cable. Buena opción.

(DGB & LAC)

jueves, 11 de diciembre de 2008

El sur del norte




El siguiente diálogo se produce en el cuarto para fumadores de un tren que cruza el estado de Louisiana:
-Entonces, ¿usted quiere que vuelva? ¿La recibiría? -Pero no necesitó mirar la cara del otro; dijo rápidamente. -Disculpe, retiro eso. Es más de lo que cualquier hombre puede contestar.
-Dios mío -dijo el otro -. ¡Dios mío! Debía abofetearlo. -Y añadió con un tono de atónita incredulidad: -¿Por qué no lo hago? ¿Puede decírmelo? ¿No entiende que un médico, cualquier médico, es una autoridad en glándulas humanas?

---Cuando estaba en segundo del liceo una profesora pidió que estudiáramos algo sobre blues y jazz. Éramos el peor segundo del año '93. Nos cambiaban de salón a cada mes. Hasta los otros grupos se quejaban de nosotros. Terminamos en el último piso, en el único salón que tenía el último piso. No sé por qué, quizás por hacer un buen papel delante de mi madre al verme estudiando, me puse a leer algo sobre los orígenes del blues. Allí se hablaba de una canción de Bessie Smith, no me acuerdo cuál. Lo único que recuerdo es que se comentaba la letra, y se decía que en ella Bessi Smith se quejaba de dolor de muelas. ¡Buena!, me dije. Eso era distinto. No era nada parecido a "Jugate conmigo", con Cris Morena y su corte de adolescentes pavotes. Llegó el día del oral. Nadie levantó la mano. Sólo yo. Eso era raro. Hablé de lo que había leído y me encargué de que quedara claro de que hablaba una canción de Bessie Smith. Dolor de muelas. Eso era real.---

De pronto Wilbourne oyó su propia voz hablando con asombrada y quieta incredulidad. Le pareció que los dos estaban alineados en orden de batalla y sentenciados y perdidos, ante el entero principio femenino:
-No sé. Tal vez le haría bien.

Me ocurre leyendo a Faulkner, a Carson Mc Cullers, a Flannery O'Connor... Hay una intención de no querer mostrar todo el mundo, de reservar la porción de misterio ajustada... ¿Para qué? ¿Para condescender con cierta idea literaria acerca del alcance limitado de la representación? Creo que algo más... Para decir que estamos ante el misterio de un mundo que ya no existe, que dejó de existir o existía a impulsos ciegos cuando ellos escribieron sobre el sur. Nunca voy a entender "Enoch y el gorila", de Flannery O'Connor, y ni quiero entenderlo. O quizás el único entendimiento que me satisfaga esté en un nivel subterráneo, lejos de lo mensurable... Un par de hombres se escapan de la cárcel. Hay algo mítico. Esa fuga es de algún modo la primera fuga de dos hombres en la historia. La siento así.

Pero pasó el momento. Rittenmeyer se dio vuelta y extrajo un cigarrillo del bolsillo y sacó a tientas un fósforo de la caja pegada a la pared. Wilbourne lo miró - la espalda elegante; se sorprendió preguntándose si el otro deseaba que se quedara y lo acompañara hasta que el tren llegara a Hammond. Pero de nuevo Rittenmeyer pareció adivinar su pensamiento.

---Como en el período Gótico, muchos siglos antes, en el Sur de entre el XIX y el XX ya no hubo una Verdad; la Verdad única fue desplazada por una verdad laica, o sea múltiple. Los valores religiosos y patriarcales cedieron ante los cambios económicos y sociales instalados a partir de la Guerra Civil. La mansión del patriarca protector, iracundo o no, se transformó en la casa del heredero gangrenado. (Ese es el drama faulkneriano, duro, pero no tan novedoso, de "Manderlay", de Lars von Trier) bla bla bla---

-Vaya -le dijo-. Váyase al demonio y déjeme solo.

A veces pienso qué veo en los viajes por el campo nuestro, en las lecturas de Morosoli. ¿Hay alguna relación entre aquello del sur del norte y el campo de este sur que aparece en las narraciones de Morosoli, donde vemos los efectos de la modernización luego de una Guerra Civil, donde vemos que un tiempo que ya no volverá aparece evocado como en "Muchachos" (1950)? ¿O es sólo un ready-made que me invento para pasarla bien y sentirme una especie de Monsieur Bovary gótico mientras miro el paisaje a través de la ventanilla del ómnibus?

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Duerme o no duerme


Quedaban dos chicos por terminar la prueba de fin de año. Eran K y Á. Estaban sentados muy cerca. El viento caliente pasaba entre la puerta y las ventanas de ese salón del segundo piso. Todo me estaba resultando incómodo o penoso... la ansiedad de que a los chicos les fuera bien, las partículas de tiza que se desprendían del pizarrón y que me llovían sobre la cabeza, el resplandor del lado del ventanal, la silla, las patas alternando de un lado a otro por el desnivel del piso de portland... En realidad había una explicación un poco más simple.
-¡Profe!... ¡No se duerma, profe!... -dice de pronto K.
Entonces me sacudo y los miro, ambos con los lápices apenas levantados de sus hojas. Me sonríen, les sonrío y cada cual regresa a lo suyo. Ellos, quizás, al final de la respuesta 3, yo, seguro, a bambolear la cabeza.
-¿No durmió?...
Hago un gesto como para que no se preocupe y siga escribiendo. K sacude la cabeza como diciendo: "¡Qué cosa!".
Si le contara le tendría que señalar antes la novela que tengo sobre el escritorio y cuya lectura no quiero continuar: "En busca del Rey", de Gore Vidal. La madrugada anterior estaba leyéndola en la cama, luchando con el cansancio, y cuando creí que me quedaba dormido del todo, surgió algo, una cosa que me hizo estar despabilado cinco minutos más hasta que concluí el pasaje.
"En busca del Rey" está ambientada a finales de siglo XII y trata acerca de la vuelta de Ricardo Corazón de León desde las Cruzadas. Lo acompaña su fiel Blondel, el trovador que se termina transformando en el personaje principal del libro. En un reparto de botines en Palestina, Ricardo ha afrentado a otro monarca y, consecuentemente, es acusado del asesinato de otro. Esto lleva a que el Rey se cuide las espaldas en la vuelta a Francia, dejando de lado atravesar todo el Mediterráneo y haciendo tierra en el Adriático para atravesar Austria a pie. Hasta ahí no echo a perder ninguna expectativa, porque eso es lo que ocurre en las tres o cuatro primeras páginas, sino antes. Pero lo que pronto cautivó mi atención, más allá de las reflexiones de los personajes y sus conflictos, es la constante narración de su desplazamiento por los bosques, día y noche. Los bosques protegen a los personajes de muchos peligros, pero al mismo tiempo los exponen a otros, a ciertos peligros propios de la Naturaleza y a otros que estaban instalados en las creencias o supersticiones del hombre medieval. De hecho, la representación de uno de esos temores asociados con lo supersticioso es lo que me hizo relegar el sueño esa noche. A lo que quiero llegar es que hay narraciones que solamente me han atrapado por la descripción del bosque, de un bosque en el que un hombre o un grupo de hombres se cuidan de algo. Me sucedió con "La comunidad del anillo" de JRR Tolkien, sobre todo con el final del mismo y el pasaje a "Las dos torres", cuando los protagonistas , un poco antes de separarse, pasan una noche junto a un río, sintiendo el acecho terrible de las criaturas enviadas por Sauron. Es más, no me olvido jamás del momento en que sienten una oscuridad que aletea en medio de la oscuridad de la noche y Legolas levanta su arco, apunta y dispara. Y luego la preciosa tensión del paso de las palabras que no termina de definir qué sucedió, hasta que sí, terminamos por saberlo.
Es lo que me gustó de "La chica que amaba a Tom Gordon", de Stephen King; lo que me fascinó de "El río dos corazones" de Ernest Hemingway, en el que Nick Adams simplemente hace cosas comunes y corrientes para alguien que acampa y busca pescar algunas buenas truchas. Pero allí cerca, detrás de todo aquel ramaje, hay algo que late, que permanece innominado y que sin embargo intuimos, porque lo conocemos de larga data. Es un temor ancestral, emparentado quizás con las leyes más elementales que aseguran nuestra supervivencia, pero también vinculado con algún anhelo terrible. Copio un fragmento de "En busca del Rey" que me parece relacionado con esto: "Cuatro figuras blancas, despojadas de sus recuerdos y sus historias, moviéndose en las negras aguas negras de un bosque encantado donde no gorjeaba ningún pájaro, donde no se movía criatura alguna salvo ellos y las imágenes creadas por la magia. Esto era mejor que la vida, y tal vez era semejante a la muerte". Aquí aparece la idea de la detención y el peligro como orillas donde finaliza la vida, y, por el contrario, donde la vida se hace más intensa ante la proximidad de la muerte.
Esto me hace acordar a mi infancia en el Kennedy. Yo crecí en un barrio que estaba (está) rodeado de bosques. Quizás hoy los bosques no sean tan profundos como antes, pero si alguien pasa por el Kennedy puede hacerse una idea de lo que digo. Antes en el Kennedy había mucha menos gente. Uno podía meterse en un bosque y pasar toda una tarde sin siquiera escuchar algún sonido vinculado con lo humano. Yo no tendría diez años cuando me escapaba de mi casa y me iba a un monte corría todo a lo largo de los fairways de los hoyos 12 y 13 del campo de golf. A veces, si uno no se dejaba ver, se podía cruzar esa parte del campo de golf y pasar a otro monte de pinos mucho más profundo, que terminaba en algún sitio de Rincón del Indio. En mis caminatas, muchas veces tratando de encontrar pelotas de golf perdidas para venderlas luego en el estacionamiento del club, empezaba a conocer cosas que no estaban en los libros, que no estaban en la televisión y ni siquiera en las charlas de los adultos. Con el tiempo mis padres se escandalizaban de que yo anduviera tan solo por esos lugares. Al principio, digamos que los primeros años, yo pasaba maravillado entre los árboles o las trabazones que formaban los arbustos y las enredaderas, pasaba extasiado por las galerías que se hacían naturalmente entre la vegetación. Me tiraba en medio de un pastizal y disfrutaba minutos enteros el ruido que me envolvía. Por eso me emocioné casi hasta las lágrimas muchos años después cuando leí "Andrada" de Morosoli. Si sentía algún paso, simplemente me quedaba quieto. El pasto era tan alto que yo me quedaba sentado y no se me veía un pelo. Y una sensación extraña, única, me recorría la espalda. Eso era lo mejor. Sentir que yo estaba ahí y de algún modo no lo estaba. Pero un día eso se terminó. No sé por qué y cuándo. Sé que una tarde percibí algo que no era bueno. Algo que ya no tenía nada que ver con el placer de siempre. Había una cosa que no encajaba, o que me acechaba. Desde entonces caminar solo por los montes me da generalmente pánico, y el pánico quizás se transmute en placer, al fin y al cabo, pero es una cosa que no puedo resistir por mucho tiempo. La única vez que me pasó algo por el estilo fue leyendo un cuento: "El pueblo blanco", de Arthur Machen.
Hubo otra época, sin embargo, cuando yo tendría 20 ó 21 años, en que salía a caminar por los montes en plena noche, y en verano. Eso fue en Minas, en ciertas vacaciones. Llegaba un momento en el que no me importaba si me mordía una víbora o me sucedía alguna otra desgracia. Sólo salía de la casa de mis anfitriones y daba unos pasos hasta el alambrado, después pasaba a través de los hilos y seguía rumbo a un monte de eucaliptos. Cuando llegaba a un eucalipto donde un hombre se había ahorcado quince años atrás, me detenía y me quedaba un rato. El eucalipto parecía una pluma negra recortándose contra el cielo de la noche. Nunca crecía demasiado, me decían, porque los vecinos lo podaban cada tanto. Después de unos minutos junto a ese eucalipto continuaba mi trayecto. Es cierto que me daba algún arranque de romanticismo bobalicón y escribía en seguida un poema que describía las sensaciones que juntaba en el camino, pero hasta el día de hoy no puedo traducir lo irresistible de esa experiencia.
Finalizo recordando el mito del dios Pan. De hecho, del nombre del dios deriva la palabra "pánico", que expresa la sensación de temor que nos invade en determinadas circunstancias, sobre todo si nos sentimos perdidos. Se dice que el dios Pan siempre estaba al tanto de lo que hacían los que visitaban un bosque (en especial si eran doncellas); pero lo que más me gusta de su conducta es que se retiraba a lo profundo para dormir, y que si alguien lo sorprendía en ese estado y lo despertaba, eso significaba la muerte. Por eso dejo para el final "The Pan piper", de Miles Davis, tema que pertenece al disco "Sketches of Spain". Esto me lleva asimismo al final de "La flauta", un hermosísimo soneto de "Los éxtasis de la montaña", de Julio Herrera y Reissig: "Upilio se confía dulcemente a su flauta / sin saber que de amores, tras un álamo, incauta, / contemplándole Fílida muere como un cordero".
¿No es como el "anhelo terrible" del que hablaba más arriba? En los bosques somos Fílida. Nos dejamos llevar, arrebatar por algo que, como en ese caso el amor, nos arroja con toda nuestra inocencia de cordero a lo fatal.

domingo, 30 de noviembre de 2008

I'm in the mood for love



Hace dos días que llueve más o menos sin parar. Como siempre que la lluvia reaparece después de varias semanas de ausencia, el mundo parece tender a la detención, o al menos los momentos en los que uno puede estarse quieto se profundizan de una manera inigualable. Encontré en la web ese video de un disco de vinilo girando y me pareció que podía ilustrar algo de lo que ha pasado. Ayer de tarde llegué a mi casa del 33, donde escribo y leo, y noté que mi gato Percy no estaba. Abrí la puerta y las otras dos gatas, Molly y Cecilia, corrieron hasta la cocina esperando que les diera de comer. Pero Percy no aparecía. Lo busqué por todo el terreno y el galpón, hablé con unos niños de los vecinos del fondo y nada. Finalmente entró a mi casa un vecino que me vio llegar y me dijo que Percy se había muerto la madrugada anterior. Había pasado por debajo del portón y los perros de la casa de frente lo atacaron. Fue como a las cuatro de la madrugada, y mi vecino salió de su casa apenas sintió los ladridos, pero llegó tarde. Después me describió como quedó el gato, el largo que adquirió su cuerpo tendido en el asfalto. Aparto el rostro hacia un costado para que no siga. Esa nueva imagen me repugna y deja de lado la de todos los días, la del brillo del pelaje negro y las patas blancas. Entré otra vez a la casa y me senté en costado de la cama. En el piso del cuarto tengo una bandeja de vinilos. En ese momento tenía la tapa levantada. Un disco de Benny Goodman, con el centro de papel naranja, giraba. Giraba.
¿Por qué "I'm in the mood for love"? Casualmente encontré también esa canción en una versión de Fats Domino. Es un pieza que significa mucho en mi relación con uno de mis amigos. Digamos que cierto día esa canción, cantada por Louis Armstrong, resignificó algunas cosas, afianzó otras y nos alivió un poco del dolor que cada uno cargaba a cuestas por esa época.
Justo hace unos días estaba pensando en algo por el estilo. Hacía cualquier cosa, como lavar los platos o barrer, y me vino el pensamiento de que cuando uno cree que todo está bien, a veces ignora, sólo lo ignora desde una pura ingenuidad, que hay un tornillo que se ha aflojado bastante. Y que algo está por saltar. Justo cuando le había dicho a V., como si fuera una reflexión aislada: "Siempre me pasan cosas en los pies". Me estaba mirando una ampolla que se me hizo caminando y un par más de un partido de fútbol de la semana anterior. Me quedé observando el pie izquierdo el viernes a la tarde, en una calle de Montevideo, adonde no tenía ni pensado ir tres o cuatro horas antes. Pero allí estaba. Éramos varios para subir al taxi. En un instante el chofer no vio que yo me había bajado desde la puerta trasera derecha para volver a subir por la trasera izquierda. Simplemente no lo vio. No hubo nada de malicia ni de lo que llamamos inconsciencia. Ya dije, éramos varios en el taxi, cada uno hablando con quien tenía que hablar. El taxi arrancó con la puerta de mi lado abierta y con mi pierna izquierda fuera del automóvil. Un segundo después sentí la presión sobre mi talón y mi tobillo izquierdos, una presión que se contenía apenas sobre el costado de la pantorrilla. Luego lo esperable. Mi grito, el taxi dando marcha atrás, la gente aproximándose, yo sacándome el zapato y pisando las asperezas de la vereda. Pero nada más. Quizás sólo un susto. Sólo mi mente unos minutos más tarde imaginándose veinte o quince centímetros más en el avance de la rueda. Dicen que las heridas se hacen sentir más con las tormentas. Pues bien, el talón me ha dolido ayer y me dolido hoy... Aunque... ni siquiera es eso, un dolor completo como dolor. Parece más bien una idea fastidiosa alojada en un rincón de mi cuerpo.
Sigue la lluvia. Hablo con amigo y familiares por messenger. Leo, escribo, hago de comer para la niña M y para mí, miro un poco del DVD que ella está viendo, arreglo algunas cosas de la cocina, atiendo llamadas telefónicas que no son para mí...
La niña M se ha parado sobre la cama y observa hacia la calle por la ventana. La lluvia se hizo más intensa. Me dice que con esa lluvia no se va a poder salir a pasear, que está aburrida. "A ver", le digo, "Vamos a inventar un juego". Tomo los dos tomos del diccionario de la RAE. Le paso uno y yo me quedo con el otro. "Cada uno tiene que elegir sin mirar una palabra y prenguntarle al otro lo que quiere decir. Después cambiamos de diccionario...". La niña M tiene cuatro años y sólo reconoce algunas letras en mayúscula, pero abre el diccionario con decisión, pone el dedo sobre cualquier lugar de la página mirando hacia el techo y me dice una palabra. Contesto y luego viene mi turno. Y así. Ella me dice que yo pierdo, que no digo bien lo que significan las palabras que me propone. Yo, sin embargo, le digo que todos los significados que me dice están bien, y anoto varios, de entre los que se destacan estos:
OBRA = MIRAR
CAÑADA = ESTAR CALLADO
NEONAZI = JUEGA AL FÚTBOL
MESURAR = CORTAR LAS UÑAS
COLISIONAR = TRABAJAR, DEMORAR Y DORMIR UNA SIESTA LARGA
APLICACIÓN = DEMORAR UN POQUITO
COMUNIDAD = UNA PALABRA CORTA
MISA = ES IR A MONTEVIDEO

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Comedia divina (II)


Mientras terminaba de leer "El lamento de Portnoy", de Philip Roth, me encontré con un fragmento en el que se habla del humor entre los judíos, tema que toqué en una entrada anterior. Publico el pasaje entero, por lo tanto, como complemento no sólo de la entrada referida, sino de los comentarios que algunos lectores dejaron.

"-¡La forma en que desapruebas tu vida! ¿Por qué haces eso? No le sirve de nada a un hombre desaprobar su vida como lo haces tú. Pareces experimentar cierto placer, encontrar cierto orgullo, convirtiéndote a ti mismo en blanco de tu peculiar sentido del humor. No creo que quieras realmente mejorar tu vida. Todo lo que dices está siempre retorcido, de una manera u otra, para que resulte 'divertido'. Todo el día lo mismo. En un sentido o en otro, todo es irónico, o autodepreciador. ¿Autodepreciador?
-Autodeprecador.
-¡Exactamente! Y eres un hombre muy inteligente, eso es lo que lo hace aún más desagradable. ¡La aportación que tú podías hacer!¡Esa estúpida autodeprecación! ¡Qué desagradable!
-Oh, no sé -dije -, la autodeprecación es, después de todo, una forma clásica de humor judío.
-¡Humor judío, no! ¡Humor de ghetto!
Le aseguro que no había mucho amor en aquella observación. Para el amanecer, se me había hecho comprender que yo era el epítome de lo más vergonzoso que existía en 'la cultura de la Diáspora'. Aquellos siglos y siglos de apatridia habían producido hombres tan desagradables como yo, aterrorizados, defensivos, afeminados y corrompidos por la vida en el mundo gentil".


domingo, 23 de noviembre de 2008

Volaaaba


Sucedió el viernes, en el cumpleaños de mi hermano Franco.
Habían venido desde Montevideo nuestra abuela materna, Elcira, y nuestro primo Mateo, y, desde el corazón del Kennedy mismo, nuestra abuela paterna, Nélida.
Parecía un momento cualquiera de la conversación, hasta que un comentario quizás relacionado con las palabras "enfermedad" o "fiebre" desató el recuerdo de la abuela Nélida.
Ocurrió hace pocas semanas, mientras estaba haciendo reposo en su cuarto. Antes que nada, sin embargo, había aparecido la fiebre. Hacía bastante rato que la temperatura le había subido y estaba esperando que se mantuviera o que comenzara a bajar de una buena vez. Estaba pensando en cualquier cosa cuando sintió el temblor debajo de la cama. Ahí vi que un gato no era... Eso es una cosa más grande dije en seguida... Y entonces vio que algo salía de debajo de la cama, lentamente. Primero vio el brazo y después, poco a poco, el torso y la cabeza, y ahí se dio cuenta de que era Cristo. Volaba bajito a pocos centímetros del suelo, con los brazos extendidos a ambos lados. Cuando salió del todo, se elevó, se elevó casi hasta la mitad del cuarto. Después empezó a girar para agarrar rumbo, pero muy despacio para no tirar ninguno de los adornos de las paredes. La abuela lo miraba. Escúchame una cosa... Yo sé lo que es tener fiebre... Pero también sé darme cuenta cuando el que está adelante es Jesús... Luego, sin ningún movimiento brusco, con la misma paz, atravesaba el umbral del cuarto hacia el otro lado de la casa. La abuela se sentó en la cama y se estiró para poder ver. La puerta de entrada a la casa de mi abuela es pequeña, muy estrecha. Cristo iba hacia allí, y como no pasaba sin chocarse con el marco, fue girando hasta dar con la posición indicada para salir al jardincito. Hizo así así y entonces pasó para afuera y desapareció.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Comedia divina


No tenía mucho sobre lo que escribir o desarrollar para este texto. Sólo decir que me sentí impulsado a escribirlo por haber leído algunas cosas de Woody Allen que me hicieron reír hasta las lágrimas, principalmente el relato "Los pergaminos". El hallazgo de unos antiquísimos rollos de pergamino por parte de un pastor le da pie a Allen para deslizar versiones apócrifas de algunas de las historias de la Biblia. Esto me llevó a volver a pensar una vez más en lo que me fascina el humor de los judíos, sean mucho o poco ortodoxos. Creo que poseen una especie de humor que no se da en los católicos o los cristianos. ¿Cómo explicarlo? No lo sé a ciencia cierta. Creo que mejor será decir que me llega más, que me he reído con algunos pasajes del Antiguo Testamento y que sin embargo no he sentido nada similar con el Nuevo Testamento. Hay un pasaje de Números, ahora no sé con precisión qué capítulo es, en el que Yahvé se pregunta a sí mismo por qué ha escogido para guiar a ese pueblo tan testarudo que se deja llevar por cualquier tipo de idolatrías. No sé cómo pudo haberse interpretado eso hace algunos milenios. Pero a mí me hace reír, como me hace reír por momentos Jonás. Eso es Woody Allen. Dios se pega en la frente con la palma de la mano y exclama: "¡No puede ser!"; o Jonás dice: "¿Por qué yo?... ¡Cuando esos tipos escuchen lo que tengo para decirles me van a dar la tunda de mi vida!"... El comienzo de la lectura americana del sacrificio de Isaac que hace Dylan en "Highway 61 revisited": "Dios dijo a Abraham, 'Mátame un hijo' / Abe dice: '¡Hombre, me estás tomando el pelo!' / Dios dice: 'No' / Abe dice: '¿Qué?' / Dios dice: 'Haz lo que quieras, pero / la próxima vez que me veas llegar mejor empieza a correr' / Entonces Abe dice: '¿Dónde quieres que sea el sacrificio?' / Dios dice: 'Fuera, en la ruta 61'."... O el momento en que el patriarca mira la cámara en el musical "El violinista en el tejado", de Norman Jewison, y dice "¡Tradición!"... La mejor explicación que encuentro son ejemplos como esos, que me vinieron a la mente a la primera. Y, por supuesto, el fragmento del texto de Woody Allen del que salió esta reflexión al pasar:

"Y en cierta ocasión el Señor, mientras enviaba calamidades a su fiel siervo, se acercó demasiado y Job le asió por el cuello, gritando:
-¡Ajá! ¡Ahora te tengo! ¿Por qué se las estás haciendo pasar moradas a Job, eh? ¿Eh? ¡Habla!
Y el Señor respondió:
-Ejem, mira... es mi cuello lo que estás agarrando. ¿Puedes soltarme?
Pero Job no tuvo compasión y replicó:
-Me iba muy bien hasta que Tú viniste. Tenía mirra e higueras en abundancia y una chaqueta de muchos colores con dos pares de pantalones de muchos colores. Ahora mira.
Y el Señor habló y su voz retumbó como un trueno:
-¿Yo, que he creado los cielos y la tierra, te he de dar cuenta de mis caminos a ti? ¿Qué has creado tú que así osas interrogarme?
-Respuesta denegada -contestó Job -. Y para ser omnipotente, permíteme que te lo diga, 'tabernáculo' se escribe con una sola 'l'.
Luego Job cayó de rodillas y gritó al Señor:
-Tuyo es el reino y el poder y la gloria. Has hecho un buen trabajo. No lo fastidies".

martes, 11 de noviembre de 2008

¿Y qué pasó con las tortugas?


El sábado pasado encontré en La Nación de Buenos Aires esta foto recientemente aparecida de Julio Cortázar junto a su amigo Julio Silva (pintor que diseñó por ejemplo la tapa de la primera edición de "Rayuela"). Es una imagen que me sensibilizó de inmediato, no sólo por Cortázar en esa pose entre el boxeo, la complicidad amistosa y la sorna, sino también por el entorno en el que se realiza todo eso. Sentí por un momento ciert emoción que me llegaba no sólo de Cortázar hace años, sino por todo lo que estaba aparejado con sus textos, la imagen pregnante de lo autoral. Igual... Tengo idas y vueltas con Cortázar. Por una parte es el autor con el que me vi deslumbrado cuando tenía 20 años, especialmente con "Rayuela". Me acuerdo de que por esa época sólo quería escribir cosas fragmentadas, elementalmente trascendentales desde lo cotidiano, etc. Había adaptado algunos relatos anteriores para formar una "rayuelita". Tenía, por ejemplo, un texto que había escrito en 1999 y se llamaba "Anna y la tortuga de patas plásticas"... Una muchacha llorando en un bosque luego de una tala + Un enamorado que va a la casa de los padres de ella, alemanes + Una mujerona cocinando repollos; la cocina llena de vapor de agua + Un hombre macizo aburrido esperando el amuerzo + Tortugas de juguete + "Tannhäuser", de Wagner... Algo por el estilo. La novela se llamaba "Pregusto de la muerte" (por un verso de Borges: "el sueño, ese pregusto de la muerte") y había muchas tortugas. Me costó mucho en realidad desprenderme de esa lógica y esa sintaxis o manera de afrontar los fenómenos de la "realidad" propia de Cortázar. Esas pueden ser las idas. Después están las vueltas, como sentir que a veces Cortázar se volvió una imagen de sí mismo o, así como él decía de los surrealistas, que se colgaron de las palabras, él se colgó de sí mismo o, mejor dicho, lo colgaron de sí mismo. Hace un par de años apareció una entrevista muy polémica en el suplemento Ñ del diario Clarín de Buenos Aires en la que César Aira decía algo similar, o sea que no es nuevo. La entrevista se llamaba algo así como "El mejor Cortázar es un mal Borges". Más allá de la boutade, creo que hay algo cierto. Hay una formulación de Cortázar que se ha vuelto rígida. Va de la caída en el sentimentalismo de terminar escuchando "Toco tu boca..." con música melosa en un video cualquiera de Youtube a algo más intelectual como estar todo el tiempo dando vuelta las cosas, viendo el más allá de todo, separando cronopios de famas, etc. Ese el problema, justamente: las reducciones. Y muchas veces veo con cierto fastidio como Cortázar queda atrapado de forma irresoluble en determinados enfoques, procedimientos muy suyos. Lo noto en los relatos de sus imitadores, lo noto en sus fanáticos, cuando todo se vuelve en su contra y termina en una serie de conceptos comunes y trabajados en exceso. Para mí las cosas salen o no salen. No siempre estamos del otro lado o nos tenemos que instalar sensiblemente en ese otro espacio; hacerlo sería traicionarlo, gastarlo como una moneda que va y viene. ¿Soy claro? Me parece que no, porque... ¿y qué pasó con las tortugas?... Bueno, por esa época había muchas tortugas en la vuelta, las de lo que yo quería escribir, las de mis sueños y las que andaban en la casa del Kennedy. Era el fin de la adolescencia y había algo en las tortugas que me dejaba perplejo. Teníamos una llamada Óscar, que un día desapareció misteriosamente. De veras. No dejó ni rastro. Fue como si hubiera entrado a la casa un ladrón de tortugas... Porque para los chinos era importante. Decían que tenía una parte chata y otra parte en forma de bóveda, tal como vemos con la tierra y el cielo. Eso estaba bien. Después leí que la tortuga era un mero símbolo de la realidad existencial, no de las cosas trascendentes, y que se la contraponía a menudo con lo alado... Hace unos días retomé un libro que había dejado sin terminar del verano. No sé por qué, pero se me había perdido entre otros libros y me olvidé de que lo había estado leyendo, todos estos meses. Se trata de las crónicas que Clarice Lispector escribió a fines de los '60 y a comienzos de los '70 para el Jornal do Brasil. Y me topé una vez más con las tortugas. Dice Lispector: "Se me olvidó decir que la tortuga me parece completamente inmoral (...) no me interesa: demasiado estúpido, no se relaciona con nadie, ni consigo mismo. Es una abstracción. (...) ¿Cómo comprender una tortuga?" Así que me quedé prendido de esas frases de Lispector, que es una autora de la intuición más sorprendente, cosa que respeto como pocas en este mundo. Sin embargo me quedo pensando en las tortugas, en esa perseverancia que parecen tener o que tienen. Algunas mañanas me despertaba y mientras me quedaba restregándome los ojos y bostezando para esperar la decisión de levantarme, veía a Óscar salir caminando de debajo de la cama con una indiferencia total. Lo seguía con la vista hasta que desaparecía y me iba convenciendo de que debía empezar el día, como se dice... Una vez fui hasta un campo donde había una vieja casona. El dueño era un hombre rico que entre otras cosas, más allá de la riqueza, había heredado de su padre una tortuga terrestre. Era bastante grande. En un momento nos quedamos todos callados viéndola pasar de pronto a nuestro lado y alejarse como si nada. El dueño de casa se quedó ensimismado, y unos segundos después dijo: "Pensar que en un tiempo yo me muero y esta va a seguir todavía en pie". Nos quedamos sintiendo todo nuestro cuerpo de una manera terrible. Allá se iba la tortuga al otro extremo del campo, apartándose como un día se va a apartar el mundo material.