domingo, 3 de mayo de 2009

Los alienados (V)


Cuando estuvo todo listo se puso a armar la pila. La pila de diarios era de gran importancia. Tenía que tener la altura indicada para que no se le perdiera ningún detalle, o, mejor dicho, para que cada detalle estuviera expuesto de la mejor manera posible, y al mismo tiempo tener cierta estabilidad como para que se balanceara sin peligro de derrumbe. En los primeros tiempos había sido difícil. Los posters eran todos de papel satinado y los reflectores del depósito derramaban demasiado brillo sobre las imágenes. Llegar a saber cuántas diarios doblados con prolijidad requería el asunto le había llevado toda una noche. Al principio sentía miedo de estar haciendo alguna estupidez. La pila quedaba tan alta que apenas podía subirse a ella saltando desde una silla, como si fuera un enano trepando al lomo de un caballo. Pero las noches pasaban una a una y la estructura nunca le fallaba. Esa noche, finalmente, se quitó la ropa, dio el salto de siempre desde la silla y quedó encaramado contemplando la pared cubierta con los cuerpos en que había pensado cierta parte del día. Y no quedaba más que hacer lo que tenía que hacer. Empuñó la verga y comenzó a trabajarla con suavidad. Su vista se perdió en una imagen bastante imprecisa pero contundente. Se encontraba con Charlie Lane, por ejemplo, en la rambla y un segundo más tarde terminaban de tomar algo sentados a una mesa con la vista del mar; y otro segundo después ella le comentaba que tenía un apartamento allí cerca, a tan sólo un par de cuadras. No, así no, se decía... O al menos todavía no... Pasaba a otra imagen. Las gemelas Trevor estaban en un bosque. En realidad era él el que iba por el bosque, un poco desorientado, cuando escuchó unas risas. Caminó unos pasos y apartando unas ramas vio un claro por el que corría un pequeño arroyo. Allí en medio del agua había dos rubias desnudas salpicándose los pechos con gotas frescas. De pronto lo vieron, como si supieran que él iba a aparecer por allí, por esa enramada, y lo saludaron haciéndole una par de señas para que se acercara. "Nos quedamos en un banco de arena... Ahí está hondo y no podemos cruzar a la orilla", le decían las dos, o una cualquiera, pero era lo mismo que hablara sólo una, porque hablaba por las dos. No sabía si cruzar el río. Podía incluso dejar suspendida esa escena, desviar su vista hacia otro poster. No lo había decidido aún cuando oyó un ruido impreciso a sus espaldas. Saltó de inmediato de lo alto de la pila y se abalanzó sobre la llave de luz. Luego se vistió y fue hasta la puerta. La entreabrió sin hacer ruido y dejó que su vista se acostumbrara a los rincones oscuros del local. No había nada que le llamara la atención, sin embargo se mantuvo unos minutos interminables en total silencio, a veces cerrando los ojos con todas sus fuerzas para concentrarse únicamente en lo que le decía su oído. Pero nada. Una falsa alarma, pensó. Entonces abrió la puerta del todo y fue hasta la entrada del local a buscar su abrigo. De paso recorrió cada uno de los rincones adonde la luz de la calle no llegaba, revisó tras el mostrador y abrió la puerta del baño. Nada. Sólo un susto.
Regresó al depósito, cerró la puerta con suavidad, prendió la luz y soltó su abrigo a un costado de la pila. Esa vez no se iba a desvestir del todo. Si lo agarraban que lo agarraran vestido, sospechando cualquier cosa, eso no le importaba, pero nunca con el chorizo bamboléandose. Se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos y saltó una vez más desde la silla a la altura donde confluían todas las miradas de sus elegidas. Estaban allí, no se habían ido. Eso era lo bueno. Sabía que ellas siempre estaban, que no se enojaban por nada, que no cambiaban de parecer. Habían quedado así y así quedarían para siempre, aunque el papel se fuera gastando y mostrando grietas blancas cada vez más grandes. Pero eso no tenía nada que ver, eso no cambiaba lo esencial, y lo esencial eran esas sonrisas, esas bocas torcidas por el mejor deseo, esos ojos desencajados, esa curvatura del torso, eso no se terminaba más, era como la misma idea del infinito, pensaba Mariano.
¿En qué estaba yo, mientras tanto? Ah, sí... ¿Cruzaba el arroyo hasta alcanzar a una de las gemelas Trevor, o no?... Esa era la cuestión. Hasta podría llevarla calzada como si fuera una bola de esas de bowling... "Hey!! What about me, daddy?", esa era Nikki Skybell... "And remember what you promised to me! I'm in the mood for fuck, I'm in the mooood, babe... Better if you don't forget me... Oh, my God! I'm very wet, wet, wet, weeeeetyeeeeaaaaahhhhh...", esa era Sussy. Ellas le hablaban, y además le hablaban en inglés. Él las podía sentir sin ningún esfuerzo. Las voces llegaban como el ruido de un río que se desplazaba a toda velocidad y atravesaba su consciencia, a pesar de que él no supiera inglés. Pero su drama principal era su propia ambición. Si pudiera juntar todas las historias, todas las sensaciones distintas y resumirlas en un solo punto de la pared que fuera idéntico a todos los demás... En algún instante, en una ínfima fracción del tiempo, tenía la sensación de que eso ocurría, o la ilusión de esa sensación, que podía ser algo completamente distinto. Cuando esa manera de entender todo a su alrededor aparecía, se escurría en sí mismo para preguntarse, en medio de todo el torbellino, si esa habría sido la mejor de todas las opciones. ¿Las opciones de qué? No sabía... Allí había algo como unas opciones, pero no sabía discernir mucho más que eso. En eso reflexionaba cuando escuchó otro ruido, no supo muy bien desde dónde, pero mucho más fuerte. El corazón le dio un vuelco y comenzó a batirse como una serpiente atrapada dentro de un frasco. Sin embargo, no podía rehusarse a continuar masturbándose. Tenía que concluir lo que había estado formando segundo a segundo. Por eso le importó poco el balanceo que hacía la pila. Él pensaba, en lo alto, que esa impresión de movimiento gelatinoso estaba sólo en su mente, pero no. La pila se inclinaba hacia adelante cada vez con mayor peligro y formó al cabo de una pausa interminable una ola en cuya altura se deslizaba el muchacho, como sentado en una alfombra mágica.
¡PAFGURUMBELITIMTRMTRUMTRELPLONGPLOTROVLOT!
¡PLUM!
¡WAM!
¡ETCÉTERA!
Cualquier sonido parecido a esos estalló en la pared del depósito."Es fuerte, es muy fuerte", se decía Mariano. Y entonces, al rendirse del todo, recibió el estremecimiento final con un sonido como PAF o PLUM o WAM, como dice más arriba. El muchacho sintió el golpe casi simultáneo en la frente, en ambas rodillas y en seguida en las nalgas. Entonces todo fue apaciguándose. Lo cubría por completo un polvo blanco que se estacionaba en el aire como amortiguando todas las cosas. A un par de metros logró ver, pese a todo, unas figuras imprecisas que se sacudían a impulsos irregulares. Observó también a un costado un pedazo de pared con un pedazo de la cara de Sussy. "¡¡Sussy!!..." Ahora no era más que esa especie de semisonrisa sufrida, todo el resto se había esfumado, como un recuerdo a medias. El desastre era general. Miró hacia el otro costado y vio más trozos de mampostería. Después un fragmento de una pierna. "¿La de Lil Garlin?". Levantó la vista y divisó los bordes de unas mesas y de unas maquinarias. Ahí se dio cuenta de que tenía que haber caído en la parte de atrás de la heladería de al lado, y que las figuras que se movían allí nomás eran algunos de sus empleados. Sólo que había algunos detalles de la escena, algo borrosos todavía por el polvo flotando, que no le cerraban. No se le podía pedir mucho todavía a nivel de comprensión. Estaba doblemente aturdido, y la realidad se le recomponía alrededor como la pantalla de un televisor cuando una señal vuelve a funcionar de forma normal sin que todos los cuadritos interactúen al mismo tiempo. Pero cuando terminó de adquirir una visibilidad aceptable de lo que tenía enfrente, lo que vio lo dejó paralizado. Tres tipos forcejeaban con una mujer, con un propósito que se le escapaba, era cierto, pero que no le dejaba lugar a dudas acerca de la intención que podían tener. Le restaba además asimilar lo otro, que era nada menos que la mujer, una muchacha hermosa desnuda de la cintura para arriba. No entendía cómo podía haberse desarrollado una situación como esa, y se quedó varios segundos sentado tal como había caído. Sentía en las nalgas el ardor que le provocaban los cortes que se le habían hecho, sin embargo esa y otras sensaciones no contaban al lado de la que lo abrumaba desde que la vista se había despejado. Era la sensación del asombro por un deseo cumplido, sobre todo un deseo que nunca fue entendido, se dio cuenta en ese instante, como algo que efectivamente se podía cumplir.

Carlos y el otro empleado cruzaron un par de miradas para decidir quién iba a ir al frente ante eso que había aparecido. En cierto modo, a ellos también les costaba abandonar su propio asombro. No podían creer cómo aquello había atravesado una pared justo en aquel momento. El jefe, por su parte, había comenzado a tirar de Olga tomándola de las axilas con la decisión firme de arrastrarla hasta su oficina. Carlos y el otro se adelantaron cuando el muchacho terminó de subirse el pantalón. No tenían mucha idea de lo que iría a suceder. Quizás el que menos idea tenía era el otro, que recibió de inmediato un puñetazo en el medio del cráneo y cayó como una mosca. El jefe vio eso y abrió bien grandes los ojos. Olga dejó de resistirse y contempló al muchacho con algo más de atención. Carlos, en cambio, se fijó en su compañero en el piso y dijo:
-¡Qué gil!...
Y ahí empezó la pelea en serio, porque Mariano avanzó un par de pasos y dio un salto sobre Carlos. Ambos cayeron y rodaron por debajo de una mesa, tirando varias cosas al suelo. Entre ellas, cayó una pequeña cuchara de forma casi semiesférica que utilizaban en la heladería para formar pequeñas bolitas en los cucuruchos más económicos. Carlos la alcanzó de un rápido manotazo y la dirigió en seguida a la cara de su oponente. Sabía que si la giraba haciendo un movimiento preciso con su muñeca podía arrancarle al otro uno de los ojos. Pero no fue tan sencillo. El muchacho tenía una fuerza extraordinaria. Fue entonces que se le pasó por la mente un pensamiento que lo dejó confundido. Era la primera vez desde que estaba en el planeta que medía sus fuerzas con un humano de verdad, y le resultaba más complicado de lo que había imaginado. Quizás hubiera seres humanos más débiles que ese ejemplar, pero seguro habría muchos tanto o más poderosos. Se estaba sorprendiendo, y eso no le convenía. El muchacho había atenazado la mano con la cuchara, pero había descuidado la otra, con la que le dio un golpe directo en la mandíbula. El muchacho retrocedió un poco y quedó semiagachado debajo de la mesa. Luego colocó ambas palmas a la altura de sus hombros e hizo volar la mesa por encima de las cabezas de ambos. El estruendo fue imponente. Toda la parte trasera de la heladería se sacudió. Se rompieron objetos de vidrio, se cayeron máquinas, tintinearon cubiertos. La puerta que comunicaba con el frente se abrió y apareció la figura obesa del cajero. El muchacho no esperó a que se sumara a la pelea. Tomó una de las enormes batidoras que había en el suelo y la lanzó sobre el vientre del recién llegado. Ya iban dos menos, se decía. Por encima del cuerpo del cajero aparecieron dos mujeres jóvenes. El muchacho les sonrió y volvió a la lucha con Carlos. El enfrentamiento no duró mucho más, porque parecía que a Mariano le llegaban fuerzas cuyo origen desconocía. A él mismo le llamaba la atención lo que hacía. Levantó a Carlos por el cuello como si fuera un muñeco y lo hizo volar todo a lo largo de la pieza hasta darlo contra la pared más alejada. El empleado se levantó cabeceando, abriendo y cerrando los ojos como en una borrachera, y se arrastró de rodillas hacia adelante. Pensaba en no rendirse, fuera como fuera, en apoyar a su jefe pese a todo. Pero no tuvo más pensamientos, porque después vio todo negro y ya ni se puso a pensar en nada más, ni siquiera en que el color negro que había bajado frente a sus ojos venía de algo que tenía la forma como de un telón.

jueves, 30 de abril de 2009

Los alienados (IV)


Nadie más podía escuchar lo que ocurría entre esas cuatro paredes.
Bueno, en realidad sí... Esta era una especie de historia de amor, ¿no?...
Había alguien que sí podría haber estado en condiciones de oír lo que ocurría, pero estaba al mismo tiempo cerca y muy lejos, lo que en un principio era una gran tragedia. Mientras tanto, los golpes y los empujones que el jefe le daba a Olga la hicieron retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared.
La pared estaba formada por una doble lámina de yeso con una capa de algún tipo de pegamento entre una lámina y otra. Una cosa muy rara.
Si esta historia transcurre, para poner un ejemplo, en 1999, se podría decir que la pared fue hecha en 1986, por dejar una separación de cierta cantidad de años entre un momento y otro.
Detrás de la pared había un depósito repleto hasta el techo con pilas de diarios y revistas, y quizás media docena de cajas con colecciones de libros que los diarios sacan en verano para leer en la playa.
Atravesando el depósito se llegaba a una puerta.
Si se abría la puerta se daba a un amplio local de venta de diarios y revistas, por supuesto. Había varios estantes y alambres donde se apilaban o se colgaban revistas de todos los tipos, colores, tamaños y temas. Además había algunas bateas en las que se exhibían las ofertas, más un par de carameleras, un aparador de vidrio con cigarrillos nacionales, etcétera.

Del lado opuesto a la puerta del depósito estaba la puerta de calle.

A esa hora el local ya estaba cerrado hacía mucho. El encargado había hecho las últimas cuentas un par de horas atrás y ya estaba en su casa cenando con su familia. Había sido el último en retirarse, como todos los días. Esa noche, en la oscuridad total, sólo las formas rectangulares de las ventanas atravesadas por la luz de la calle se recortaban sobre los pisos y todo lo demás. Era como una noche cualquiera de cualquier día del año en ese local. Salvo por algunos movimientos que duraban quizás una hora o una hora y media, y que se repetían últimamente con cierta frecuencia. Luego de eso, sin embargo, el local quedaba tan tranquilo y silencioso como siempre.
El movimiento inusual empieza con el eco del chasquido que hace la llave con la segunda vuelta. Y continúa cuando la puerta del local se abre y entra un muchacho de poco más de veinte años. Lleva un abrigo liviano que se saca apenas cierra la puerta y le da una vuelta sola a la llave. Ahora sólo tiene puesta una musculosa violeta que deja perfectamente visibles sus pectorales bien trabajados y delineados. Mientras da algunos pasos observando hacia los rincones más apartados y oscuros como queriendo ver algo, la luz del exterior le golpea sobre una parte del cuello, un hombro y un brazo. Se ve en el resto del cuerpo el mismo esmerado trabajo que se puede apreciar en su pecho. Son horas y horas de gimnasio que han dado su fruto. El muchacho lo sabe, nunca deja de ser consciente de eso, y trata de transmitirlo en su manera de caminar o en cada cosa que hace. Como cuando deja caer como hace un instante el canguro que lo abriga. Hay en ese gesto una determinación que nada ni nadie le pueden quitar. Y esa determinación tiene que ver con el hecho de saber que hay dos llaves como la que ha abierto la puerta tras sus anchas espaldas. Una es esa, precisamente, la que tiene él, la que le dieron un par de semanas atrás por ser el empleado de mayor abnegación y confianza que poseía la empresa. Él, sobre todo él, y por encima de otros de mayor antigüedad. La otra llave es la del encargado, pero ese está muy lejos a esa hora de la noche, atendiendo a sus hijos o escuchando lo que su mujer tiene para decirle. Se imagina al encargado desnudándose en un par de horas y yendo a la cama junto a su mujer, arrastrando su panza flácida a lo largo de la habitación hasta caer rendido. Pero ella se acerca, le susurra unas palabras y el hombre hace entonces una mueca o dice algo que no llega a entenderse del todo y ya están haciendo el amor. Ella arriba y él debajo, durmiéndose. Mariano, el muchacho que se dirige hacia la puerta del depósito sin tener que encender ninguna luz, sin chocar con nada, se ve a sí mismo ocupando el lugar del encargado. Ha visto cómo algunas tardes la mujer deja el auto estacionado en doble fila y entra en busca de su marido para pedirle dinero o dejarle el mensaje de algún familiar. Y luego se vuelve a ver a sí mismo, pero vistiendo la ropa del encargado. Llega a la casa y la mujer lo recibe como si fuera su propio esposo; no se da cuenta de que Mariano está debajo de toda esa ropa. Eso ocurre finalmente cuando se desvisten al pie de la cama y ella nota que la panza flácida ha desaparecido, y que en su lugar están los abdominales más marcados que haya visto en su vida.
-¡Parecés Batman, mi amor!...
-¿Batman?... -responde Mariano -Mirame bien y vas a ver quién soy...
La mujer descubre el engaño y no hace nada por saber cómo aquel empleado de la revistería fue a dar allí o qué le ocurrió a su marido. Simplemente se entrega porque no puede resistirse por más tiempo ante el cuerpo de Mariano. Hunde su rostro en la entrepierna del muchacho y este empuja con una mano en la nuca de la mujer.
"¡Batman!", piensa de repente Mariano, sorprendido por la historia que se le ha venido a la cabeza. No se acuerda si fue por Batman o por Superman o por Hulk, pero cuando entró al gimnasio por primera vez sabía que los abdominales tenían que ser como los que veía en las historietas. Ese era el tipo de cosas del cuerpo de un hombre que podían atraer a una mujer, pensaba. Por eso entró al gimnasio. Ahora, que ya tenía el cuerpo que había deseado, las mujeres tampoco le llegaban a su vida. Pero era cosa de tiempo, él lo sabía. Como lo de la mujer del encargado. Era verla pasar por la puerta e inclinarse sobre el mostrador con el culo levantado para preguntar un segundo más tarde si su marido estaba o no; era mirarla salir y notar cómo sacaba el freno de mano del auto, apretando la palanca y bajando el dedo pulgar con una vibración particular sobre el botoncito, para luego partir quién sabe adónde, a encontrarse con quién sabe quién; era observar todo eso para darse cuenta de que era una puta más, un ama de casa caliente y totalmente insatisfecha con el trapo de piso de marido que le llegaba todos los días del trabajo. Para él era cuestión de tiempo. Un día de esos ella iba a caer, estaba seguro. Mientras tanto se las tenía que arreglar solo. Pensaba si la podría llevar a la pieza que alquilaba, porque en un primer momento se le venía la imagen de que la estaba desnudando sobre su cama. Pero sabía que era imposible. Para empezar, la pieza era muy chica y eso la hacía incómoda por la cantidad de cosas amontonadas. Una mujer como esa querría otra cosa. Y para terminar, estaba lo de la doña. Él ya sabía, la doña no quería polleras en la vuelta, si no, que se fuera a alquilar a otro lado. Así que se le ocurrió que una noche él llegaba al local y notaba que la puerta estaba abierta. ¿Pero cómo? ¿A las once y media de la noche? ¿Quién sería? Cuando entraba veía a la mujer del encargado, revolviendo unas cosas detrás del mostrador. "Vine a buscar algo que mi marido se olvidó", le decía. Y él le respondía sacándose el buzo "Claro, claro...", y le sonreía de una manera que ella entendía. Ahí nomás se iban al depósito y armaban un colchón improvisado con los diarios de devolución que habría que se llevarían a la mañana siguiente. Sabía que algo así podía llegar a pasar. Las imágenes eran tan reales que le parecían una forma que el futuro tenía de asomarse. Sin embargo, tenía un problema por resolver. La solución, como todas las noches previas, estaba en el depósito.
En un rincón alejado, dentro de una caja tapada con una pila de revistas de cocina de la década del '80 (¿Por qué no se habían devuelto, por qué no se quemaban esas revistas? No se sabe...) estaban las publicaciones que él había seleccionado tras horas y horas que se fueron formando con los minutos que le sacaba a alguna tarea de clasificación. Las miraba al pasar abriéndolas por la página central y las escondía de apuro si oía que tanteaban el pestillo. Y así iba haciendo su propia selección. Él no era de irse de una a cualquier opción, no, nada que ver, él tenía su olfato especial, y con esa virtud la caja se llenaba con lo más selecto del depósito. Charlotte Lane, 25 años... Miss julio '96 en CALENTITAS. Nacida en Iowa, del seno de una familia campesina sencilla y protestante. Y ahí estaba el poster desplegable. Ella y el burro. "Como en "Platero y yo", había pensado Mariano la primera vez que vio la imagen, "Mejor dicho... Lechero y yo". El burro con su mirada de vidrio empañado lo distraía un poco, era cierto, pero lo que se mostraba de Charlie Lane no tenía desperdicio. Ninguna como ella. Aunque Nikki Skybell era buena, eh... Otro tipo de mujer, sin embargo. Nikki Skybell, 31 años... Miss agosto '89 en CLITORISTORIAS. Nacida en Palo Alto, California, de joven se integró en una comunidad más o menos hippie donde todos vivían desnudos, todo el año. Mariano cerraba los ojos y se imaginaba bajando de su cuarto y caminando por la calle desnudo, junto con todas las otras personas de la ciudad desnudas, todo el día, hiciera frío o calor. Y todo porque él leía lo que decían las revistas. Nadie se daba cuenta de que allí estaba todo. Llevaba su tiempo, pero qué recompensa encontraba luego. Las imágenes adquirían dimensiones y evocaciones inaccesibles para quienes se saltearan las letras. Tal vez esa noche, quizás, porque mientras daba los primeros pasos en el depósito tras encender la luz se hacía un plan de lo que haría en pocos minutos, quizás esa noche, entonces, le diera una buena chance a Nikki Skybell. Era ese poster el que quería en el centro de todo. Nikki Skybell solamente vestida con la minifalda de amplio vuelo. Nada debajo, sólo el santuario. La minifalda tenía, de hecho, una cierta forma de campana. A PURO CAMPANAZO!! se leía al pie de la figura. Sí, Nikki iba a ocupar el mejor lugar esa noche, justo frente a él. Sería la primera que vería cuando levantara la vista desde sus manos en el segundo preciso. Y no sabía bien por qué, pero en determinado instante de la tarde se había`puesto a pensar en ella como quien piensa en un pariente lejano que de pronto se extraña profundamente. Y después las demás; alrededor de Nikki estarían todas las demás, o al menos las que a él le parecieran mejor para esa noche. Charlie Lane, y también Samantha Gordon y Lil Garlin, y Susan McClaldey. Sussy había estado tantas y tantas noches en el centro de todo, que nunca estaría celosa, jamás; sería una reina consciente de sus capacidades, tomaría ese relegamiento con una gran dosis de clase y sin nada de resentimiento. Y tampoco iría a olvidarse de las gemelas Trevor... tal vez contra la pared de la derecha, tal vez... Las gemelas Trevor la habían tenido difícil en los comienzos. Su madre había muerto cuando eran muy niñas, y al llegar a la adolescencia el padre empezó a maltratarlas y a abusar de ellas y hasta entregarlas a sus amigos por dinero o favores. Una noche ellas le robaron el auto al padre y llegaron a una farmacia. Una distrajo al único empleado que había mientras la otra sacaba el revólver. Entonces empezaron a ser malas, malas de verdad, y se vengaron de los hombres. Y ahí las tenía Mariano. Ambas soplando el caño del mismo revólver. Ambas apoyando una bota sobre cada uno de los hombros de un pobre tipo arrodillado entre un montón de dólares, con cara de no me maten o no me hagan sufrir o que esto acabe de una vez. Un día, Mariano se lo prometía cada tanto, un día las llevaría a su cuarto. Conocerían dónde vivía, donde comía, donde dormía y se cambiaba y andaba desnudo de un lado para otro. No tenía idea de cómo iba a hacer. El problema seguía siendo la doña. Ella no le permitía que su habitación estuviera bajo llave. Más que eso: ella tenía la llave guardada en algún rincón de la casa. "Acá nadie tiene que esconder nada... Nunca faltó dinero de nadie, para que sepa... Así que no hay que desconfiar", le decía. Pero no había vuelta. Dos por tres se cambiaba de ropa y allí aparecía ella, asomando la cabeza por un espacio mínimo entre la puerta y el marco. Nunca hacía ruido. Él se daba vuelta y de repente la tenía allí mirándole el culo. Si se tapaba en seguida con lo primero que encontraba la doña se reía, bajaba la cabeza y le decía: "Pero si yo puedo ser su abuela... ¿Se piensa que nunca antes vi un hombre desnudo? No es la primera vez ni va a ser la última, para que sepa." Era rara, la doña. No iba a poder montar todo aquello que él hacía en el depósito allá en su cuarto. Estaba seguro de que en el momento menos indicado la cabeza de la vieja iba a asomar y contemplar todo aquello. ¿Y qué le iba a decir? "¿Qué se piensa? ¿Qué nunca vi mujeres desnudas, que nunca vi un burro? Para que sepa no es la primera vez y no va a ser la última..." Y más tarde qué... ¿Le pediría para entrar? ¿En qué iba a acabar eso?... Y con el baño de la casa no se podía contar. Para empezar, le daba asco ver todo aquel juego de pelelas, bombachas de seda beige, chancletas y pañales. Estaba todo apilado sobre el bidet, a veces, y la doña ya no se cuidaba de ocultarlo, como sí había sucedido en las primeras semanas de alquiler. Y faltaba por supuesto el tema del tiempo que podía estar ocupado el baño. No podía estar sentado tranquilo cinco minutos sin que escuchara los golpes apresurados en la puerta. "¿Cuándo queda libre? Preciso usar el baño..." Luego abría y ella ni siquiera esperaba a que él saliera del todo. Se metía con la nariz en alto como tratando de encontrar un olor escondido entre las distintas capas de aire. Así que en el baño era imposible, había pensado muchas veces. Era el depósito o nada. En el depósito, después de todo, contaba con el gran espacio de la pared del fondo. Sacaba el rollito de cinta adhesiva y la caja de preservativos y los colocaba sobre una pila cualquiera de diarios. Entonces caminaba hasta el rincón y elegía las revistas separando los posters con mucho cuidado. Luego volvía por la cinta adhesiva y se subía a una silla para comenzar a pegar cada uno de los posters a la pared.

martes, 28 de abril de 2009

Idea Vilariño (1920-2009)


Falleció hoy Idea Vilariño, una de las autoras fundamentales de la poesía uruguaya. Quiero decir entonces tan sólo una cosa...
Cuando se habla de su obra, creo que siempre está el tema de mencionarla como una poeta de la amargura o, quizás, de cuño existencialista. Que eso está, está, digamos; se ve por ejemplo hasta en la reiteración del color amarillo (el color de las páginas viejas, de las fotografías que son requeridas por el tiempo), que remite al "amarus", latino, o sea "amargo". Pero a mí siempre me llamó la atención el último poema del libro "No". O más bien el último en relación con el penúltimo. El 57, como tantos otros, trae el tema de la muerte:

57

Tanto tiempo que estuve amando
tanto tiempo
tanto que amé
que tuve
y que ya dejo
porque este mundo mío
ya no es mío
porque ahora abandono
y resigno
y me voy
y doy la espalda.


Podía haber sido el último poema, pero no... Viene este otro:

58

Inútil decir más.
Nombrar alcanza.


Este es el poema que me hace pensar. La muerte, pero la muerte para algo... Idea se fue, cruzó la frontera entre la vida y la muerte. Pero algo había para recoger allí en el paso. Ese "Inútil decir más" es la supresión del puente hecho de palabras entre el sujeto y el objeto, ahora nombrar es más que traer la cosa, el objeto: es realizarlo una vez más. Ese es el oficio del verdadero poeta. Y luego el silencio.

lunes, 27 de abril de 2009

Los alienados (III)


El jefe. El jefe era todo el problema que tenían. Cuando habían abandonado su planeta, en el mes de diciembre del planeta Tierra, las perspectivas eran bien distintas. Olga no había estudiado y entrenado toda una vida para terminar en lo que era, una más de tantas empleadas de heladería que había en la ciudad. Recordaba aquella última ceremonia en la casa familiar, un día antes de subirse a la nave para abandonar aquel mundo en busca de otro mejor por conquistar. Su padre, su madre, sus hermanos, los padres de varios de sus hermanos, todos juntos zumbando felices alrededor del gran foco del patio trasero. Y al otro día la despedida amarga, en la que estaba implícita la promesa de regresar un día para llevarlos a vivir a un mundo donde todo sería mejor. Y más... Estaba aquel discurso del Presidente ante toda la tripulación. Ella no podía parar de llorar. Recordaba la expresión que tenía cada uno de sus compañeros de misión, y muy especialmente la del jefe. En la cara del jefe estaba resumido el destino. Ahora, se preguntaba Olga, cómo pudo hacer el jefe para cambiar de parecer y desentenderse poco a poco de la misión con los primeros meses en la Tierra, eso era una pregunta que ella no podía contestarse. Cada vez que el Presidente pedía una comunicación, el jefe hablaba con evasivas, mostraba un panorama desolador para el futuro de la misión. Al principio todos se extrañaron mucho de la nueva actitud, pero pronto los empleados varones se pusieron de su lado. El mundo humano los había llamado y ellos habían respondido con la mejor de sus sonrisas. Sólo aguardaban que las mujeres reaccionaran de la misma forma. Olga había confiado en sus compañeras. Sin embargo, estaba eso nuevo, el nuevo paso en la metamorfosis de Elsa que hacía que el jefe y los otros buscaran en ella lo que buscaban en el resto de la ciudad utilizando el dinero de la heladería... "¡¡¡El dinero que iba a financiar la misión!!!", se lamentaba Olga para sí misma mordiéndose un labio y apretando los puños o raspándose una antena con la otra, según fuera. Y otra cosa: ¿qué iba a suceder si de repente llegaba un día en el que Elsa dijera "Bueno, la verdad que ahora me gusta, me gusta bastante, no puedo parar..."? No iba a esperar a que eso pasara. Olga sabía lo que iba a suceder entonces: los iba a matar a todos, empezando por el jefe. Y luego iba a comunicarse con el Presidente y le iba a contar todo, todo, todo... Lo que pasó cuando llegaron y alquilaron el local y consiguieron todo lo que necesitaban para montar la heladería. Le iba a contar cómo las cosas anduvieron bien durante el verano anterior, cuando juntaron el dinero para cada cosa y sólo les quedaba esperar que llegara el otoño con los primeros fríos para poder andar entre los humanos como si fueran humanos ellos también. Y tampoco iba a dejar de lado el pálpito que había tenido, aquella sensación tan extraña cuando todos tomaron nombres humanos y el jefe eligió el de Felipe Buenamor. No se olvidaría más del sacudón que le dio en el estómago el oír al jefe decir: "Y este es mi nombre, escuchen con atención: 'FELIPE BUENAMOR'".
-¿Y ese nombre por qué, jefe? -había preguntado uno.
-Eso es cosa mía... ¿Quién es el jefe acá? ¿A quién le tengo que dar cuentas de lo que hago? Sólo al Presidente, ¿verdad?
-Verdad... -dijeron todos a coro.
Pero persistía en todos la sospecha de que era un riesgo tomar ese nombre. Alguien podría darse cuenta y listo, ese era el fin de su empresa.
La empresa que marchaba cada día mejor, en cambio, era la propia heladería. El dinero entró en proporciones deslumbrantes. Los impuestos se pagaban en regla y en fecha para no llamar la atención de nadie, los acreedores tenían su dinero en el plazo estipulado, etcétera. Y todo ese dinero que salía era una porción insignificante al lado del que ingresaba. Olga había quedado agotada al final del verano, igual que sus compañeros. Cuando llegó la penúltima semana de marzo, el jefe les dio licencia a todos y cerró la heladería por quince días. Entonces abandonaron la pensión y buscaron las zonas que cada uno quiso para reponer las energías que se iban a necesitar para lo que estaba por venir. Pero cuando se terminaron las vacaciones llegaron todos menos uno a la pensión. El jefe no aparecía. Al otro día, por las dudas, fueron a la heladería como si fuera un día normal de trabajo. El jefe, como si nada hubiera sucedido, estaba en su oficina. Hacía pasar a cada uno por separado y le mostraba las fotos de una casa amplia en una zona boscosa, cerca del mar.
-Me compré esta casa... -decía.
-¿Cómo? -le iba preguntando cada uno.
-Eso... Mientras ustedes hacían lo suyo en sus vacaciones yo hacía lo mío... ¿Por qué me iba a quedar quieto?... Además -aquí hacía un silencio que se extendía de manera insoportable -ahora no estoy solo... tengo mujer...
-¿Cómo?...
-¡Eso! ¿Qué dije yo? Tengo mujer, tengo casa y tengo aire acondicionado en cada habitación por las dudas, así que mi mujer no me va a pisar ni me va a rociar con insecticida...
Los empleados se quedaban esperando que todo eso terminara en otra cosa, pero no, no sucedía.
-No me va a pisar ni a rociar con insecticida, ¿entienden?... JA JA JA JA JA JA...
Cuando le llegó el turno a ella, Olga saludó sin que el jefe llegara a escucharla y cerró la puerta para volver a trabajar.
¿Hasta cuándo la heladería iba a estar abierta al público? ¿Cuándo comenzarían a atacar? Esas preguntas se hacían cada vez más insoportables día tras día. Esperaban algún gesto del jefe, alguna señal de que comenzarían a cumplir con lo que estaban obligados. Había millones pendientes de lo que ellos hicieran. A la noche, al resguardarse en la pensión buscando un sueño reparador, sentían un zumbido que no los dejaba dormir. Era un zumbido único que se abría paso a través de cientos de galaxias, que atravesaba el polvo y la chatarra espacial y se instalaba en el centro mismo de sus diminutos cerebritos para hacerles la noche imposible. Al día siguiente se miraban en la heladería y sabían lo que transmitían las expresiones de cansancio de los compañeros. ¿El jefe escuchaba el zumbido al apoyar la cabeza en la almohada o al tener rodeada con su brazo la cintura de la mujer que se había conseguido? "No", se decía Olga, "Si lo oyera estaría por volverse loco en cualquier momento".
Así pasaron las semanas, y cuando llegaron los fríos más crudos a finales de mayo todos sabían que aquello no podía extenderse más. La hora de atacar ya había llegado. Por eso un día decidieron plantarse firmes ante el jefe y obligarlo a hacer justicia a su rango. El jefe, sin embargo, había anticipado esa reacción, y antes de que le dijeran "A" invitó para esa noche en su casa a todos los varones. Luego anunció que había llegado a un arreglo con un comerciante de electrodomésticos tres cuadras arriba para permitir que cualquiera de los empleados de la heladería tuviera crédito y pudiera comprarse lo que quisiera. "No creo que esto esté pasando. No lo creo", se decía Olga, pero así ocurría. Una semana después, quien más, quien menos, tenía su televisor, su reloj, su equipo de audio, su plancha para el pelo, etcétera. Todos, menos Olga. Y por ese lado se había iniciado, muy lentamente, la lucha con el jefe. Ahora Olga hacía todo mal. Resultaba que ahora, recién ahora, Olga no sabía atender al público, no colaboraba en la limpieza y, lo que ya era el colmo, llegaba tarde... ¡Ella, la más puntual de todas!...
Esa noche en que el jefe la llamaba desde la oficina era una más de tantas, la nueva introducción de una larga serie de horas amargas.
Sonó un portazo y apareció el otro empleado.
Carlos la miró con un gesto acusatorio y volvió a su trabajo.
-Dice que entres Olga... Es urgente... -le dijo el empleado.
Olga no se movió.
-¿Y si no quiero?...
Los varones cruzaron sus miradas y ninguno contestó.
-¿Y si no quiero?...
Otra vez lo mismo.
-¿Y si no quiero?... ¡¡Estoy preguntando!!...
-¿Por qué no vas a querer?... ¡Es el jefe!... -dijo Carlos.
-Yo no voy... Así que uno de ustedes va a ir hasta allí y le va a decir que no pienso moverme...
Nuevamente los otros dos se miraron. Carlos sintió en carne viva la expresión de victoria en el rostro del otro...
-Yo ya fui... -dijo el otro al fin -Ahora te toca...
-No, yo no voy... No me involucro. Es un problema de ella. Nosotros dos no tenemos nada que ver.
Olga se negaba a dar un solo paso. No quería saber nada de entrar en aquella oficina y enfrentar la risa apenas asomada en un costado de la boca del jefe. No quería sentir aquel aire más frío que el resto de todo el local, un aire que demoraba los gestos y las palabras y endurecía los billetes apilados sobre el escritorio que el jefe tomaba de vez en cuando para pasarlos de una mano a la otra sin que se cayera ninguno. Se quedó parada allí escuchando el ruido de las máquinas hasta que el vozarrón del jefe atravesó la puerta y retumbó entre sus cuerpos. Los varones escondieron el cuello entre los hombros y se inclinaron un poco más sobre lo que hacían sus manos.
-¡¡¡OOOLGAAAAAAAAAAAAA!!!
No pasó siquiera un segundo desde el grito hasta que la puerta se abrió y el jefe irrumpió en la pieza. Olga vio el cuerpo impresionante de ser humano balanceándose hacia un lado y otro y yendo hacia ella. Sabía que no podía hacer nada. El jefe le sacaba por lo menos dos cabezas de altura. Ya la había forcejeado una vez y había comprendido que no valía la pena oponer resistencia. Pero allí estaba ella, sin las fuerzas necesarias para hacer nada, o al menos con las fuerzas suficientes para poder llegar a enfrentarlo, aunque fuera sólo eso, demostrarle a los otros dos estúpidos que tenía enfrente qué era lo que había que hacer, por dónde se empezaba con aquel asunto pendiente. Entonces el jefe se le acercó de tal modo que pudo sentir su aliento. Era un olor que le irritaba la nariz.
-¿Qué está pasando acá? ¿No escuchaste que te estaba llamando?...
Olga no respondió.
-¡Contesta!
Pero Olga no decía nada. Lo único que quería hacer y hacía era mirarlo fijamente a los ojos, hacerle entrar en su cabeza una sensación como la que le entraba a ella cuando se iba a acostar y llegaba el zumbido.
-¡Contesta!...
-...
-¡Contesta! ¡Contesta!...
Los brazos del jefe tomaron altura y fueron bajando de a uno sobre la cabeza, el cuello y el pecho de Olga. El vestido se rasgó y sus pechos rebotaron hacia arriba y hacia abajo y quedaron expuestos. Los golpes no caían en un lugar en particular, el jefe los dejaba caer como les diera la gana, concentrándose nada más que en lo que decía.
-¡Contesta! ¡Contesta!...
Los empleados volvieron a mirarse y un gesto rápido de Carlos hizo que el otro fuera hacia el frente y se fijara si había clientes sobre el mostrador. Abrió la puerta y no vio más que la expresión de horror de las muchachas y la cara de comprensión imperturbable del cajero. Los bancos de cemento estaban vacíos. Dio la vuelta y cerró la puerta. El jefe seguía volcado sobre Olga.
-¡Contesta! ¡Contesta!...
-...

domingo, 26 de abril de 2009

Yo te doy, tú recibes


Ahora está todo el mundo jodiendo con eso del libro que Chávez le regaló a Obama ("Las venas abiertas de América Latina", de Eduardo Galeano). Pero por lo visto, como ocurre con muchas noticias, ocultan otras que tienen una incidencia más cercana a nosotros. Tabaré Vázquez le regalaría a Cristina Kirchner "Ulisa", de Ercole Lissardi. ¿Solución pronta a la ya aplastada diplomacia entre ambos países? ¿Mayor fluidez? Los políticos, libro va, libro viene, parece que se han dado cuenta de que la Literatura al fin puede servir para algo, al menos como punto de partida, comodín, papel de cambio, etcétera.
(Ahora sí, yo que Néstor me andaría con cuidado cuando la presi prenda la portátil para leer de noche...)

viernes, 24 de abril de 2009

Los alienados (II)

(imagen perteneciente a este lugar de Flickr)
La historia es así:
Un escarabajo cruza de una vereda a otra en una calle que es una de las tantas que tiene el centro de la ciudad. Está comenzando a hacer un poco de frío y es de noche, no muy tarde, sin embargo; apenas si pasó una hora desde el atardecer. Son pocos los comercios que permanecen abiertos. El tránsito es escaso y el viento pasa a lo largo de toda la cuadra y se deja oír de vez en cuando pasando contra el filo de los carteles. Contra el cartel de la farmacia de la esquina, por ejemplo. La empleada de la farmacia estaba aburrida y salió a la vereda para mirar hacia un lado y otro, pero el aire fresco la obligó a regresar al interior del comercio. No hay muchas más personas que trabajen por allí, aparentemente. Un viejo que atiende un kiosko y dos o tres empleados en una heladería que queda justo a mitad de cuadra. Sobre la vereda de la heladería hay un par de bancos de cemento gris. Allí hay cuatro personas, cada una comiendo un helado. Un padre y su hija pequeña de cinco o seis años y un matrimonio mayor. El hombre y la mujer del matrimonio están abrigados con bufandas de lana que les dan media docena de vueltas al cuello y llevan camperas gruesas y botas forradas por dentro con cordero. Me parece (pero esta es sólo mi opinión) que tuvieron que haber comprado la ropa en el mismo lugar y en el mismo día. Si uno los ve de lejos se hace difícil saber quién es el viejo y quién es la vieja. Todo empieza a acelerarse, sin embargo, cuando los clientes notan que el frío se acentúa. Los dos viejitos no necesitan decirse nada. Son como un mismo organismo, reaccionan igual ante cualquier fenómeno. Con el padre y su hija no ocurre lo mismo. El hombre está preocupado. El frío los ha sorprendido en la calle sin que él se diera cuenta y es probable que la niña se resfríe o se enferme con algo de gravedad. Piensa en las palabras de su mujer al llegar a la casa, o cuando más tarde la niña tenga fiebre. Entonces le dice a su hija que se apure. Pero no hacía falta decirlo, la niña come todo lo rápido que puede y lo mira como si él le hubiera amenazado con pegarle. En esa mirada el padre nota las mejillas y la nariz enrojecidas y vuelve a pensar en su mujer.
No eran los únicos que estaban apurados. El escarabajo que estaba cruzando la calle tenía tres grandes razones para terminar el trayecto hacia la otra vereda. La primera y principal de ellas era el tránsito. Sabía que la hora lo favorecía a cruzar despacio y caminando, dejando de lado la posibilidad de volar y terminar en cualquier lugar complicado con aquel viento insoportable. La segunda razón importante para cruzar de una vez era el mismo frío, como se verá después. Y la tercera era el tiempo, el paso del tiempo. El escarabajo estaba llegando tarde y eso era lo que más lo preocupaba de entre todas las cosas. Bueno, en realidad hay que decir "la" preocupaba en vez de "lo" preocupaba. Porque el escarabajo era hembra. Era como mujer, pero escarabajo.
Se le hacía tarde. Desde la vereda que había dejado atrás había calculado a la perfección la línea que tenía que seguir para dar derecho a la amplia entrada de la heladería y entrar pasando junto a la pared izquierda. Era difícil, pero lo estaba logrando. Lo más complicado había sido subir al cordón. Había tenido que agarrarse con fuerza a las irregularidades de la piedra y soportar allí los embates del viento. Luego de eso llegó otra instancia de riesgo: atravesar la vereda hasta entrar a la heladería. El resplandor difuso de la luz del comercio y el brillo colorido de las bateas la tentaban a bajar la cabeza y arremeter a toda velocidad el resto del camino. Pero sabía que tenía que ser precavida, y mucho más en una noche como esa, en la que había tan pocos peatones. No era la primera vez que pasaba una desgracia de ese tipo. Hacía dos semanas un escarabajo de la misma especie que ella había sido aplastado por un hombre que apareció corriendo de la nada. Surgió y ¡pracksh!, murió el escarabajo. Y eso sin contar lo que había sucedido hacía ya casi un año, cuando una mujer se levantó de uno de los bancos y aplastó con un taco de aguja la coraza de otro escarabajo gritando: "¡Una cucaracha!... ¡Una cucaracha!...". Eso sí que era ofensivo. Recordaba las palabras de la mujer y no sabía de dónde le venía más lástima, si de la pérdida de aquel compañero o de la confusión con las cucarachas, que le parecían inmundas. Aunque pensándolo bien, no se podría haber culpado del todo a aquella mujer. No era ya una cuestión de ignorancia, sino de novedad. Que aquel escarabajo fuera confundido con una cucaracha se debía evidentemente a que ese tipo de escarabajo era único, no tenía nada, pero nada que ver con ningún otro tipo de escarabajo que fuera común ver en ese lugar, y al mismo tiempo era un escarabajo, uno lo miraba y decía "Un escarabajo" o "Un cascarudo", que es lo mismo. Además, aquella era una ciudad pequeña, una ciudad como algunas otras del interior del país, y allí no andaban de un lado para el otro los entomólogos que se dedicaban a anunciar nuevos hallazgos. Era una nueva especie y se la podía ver en los alrededores de la heladería como si se tratara de una especie común y corriente o una cucaracha. Como fuera, la escarabajo no estaba en condiciones de distraerse a sí misma con recuerdos o reflexiones que ya no tenían mucho que ver. Lo que ella tenía que hacer era cruzar ese metro y medio de vereda y entonces sí, verse resbalando sobre el pulcro mármol. Cada uno de los pasos de sus patitas se hizo firme y le dio una determinación inigualable al atravesar las anfractuosidades de las baldosas partidas y levantadas. Eso no escapó a la mirada de la única persona que estaba en condiciones de percibirla, que era la niña. Los viejos simplemente no tenían una visión tan ajustada como para relacionar la mancha que veían moverse con un escarabajo, y si hubieran identificado al insecto, no habrían desperdiciado fuerzas en levantarse y pisarlo. El padre de la niña, por su parte, carecía de la capacidad de ver el presente. Toda su inteligencia estaba puesta en ensayar distintas réplicas ante las modulaciones del regaño de su esposa. Así que fue la niña la que dejó la cucharita suspendida en el aire y chilló:
-¡Un bicho!
Pero el padre sólo le contestó:
-Me importa un pito... Comé que se te chorrea la frutilla...
De esa forma pasó el único riesgo que tuvo la travesía de la escarabajo hasta el interior de la heladería. Unos segundos después ya estaba enfilando con la misma decisión hacia un pequeño túnel que pasaba justo por debajo de una de las vitrinas y que conducía a la parte trasera del mostrador, casi frente a la puerta por la que los empleados iban y volvían y se hacían visibles o invisibles para la clientela. Y ya que estamos hablando de los empleados, las dos muchachas que despachaban los helados y el muchacho corpulento que estaba sentado ante la caja, va a haber que decir que ninguno de ellos se dio por enterado de la entrada del insecto; y si lo hicieron, no lo dejaron ver ni en un solo parpadeo. Quizás pudieron haberla visto cuando ella aminoró la marcha una fracción de segundo para inclinar su cabecita hacia un costado y poder observar con mejor ángulo el reloj de pared que estaba colocado en lo alto, detrás de la caja. Pero al parecer fue así: no la vieron. De todos modos la escarabajo retomó su ritmo, una patita adelante, la otra patita atrás, esa patita adelante y esa otra atrás, y la de más allá adelante y la del otro lado atrás, un, dos, un, dos, o un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, etcétera... hasta que la oscuridad del tunelcito la borró del mapa.
La escarabajo atravesó la puerta del fondo y entró directamente en la trastienda de la heladería, un lugar algo gélido en el que estaban las máquinas con las que se hacían las distintas cremas. En realidad se sentía bien, había llegado en hora y eso le causaba un gran alivio. Por una parte, debido al simple hecho de cumplir con el horario que tenía que cumplir, y, por otra parte, ahora que estaba tras una puerta, porque no tenía que temer que se vieran los efectos que el frío producía sobre su cuerpo. Otra cosa muy distinta hubiera sido que se demorara en la calle y que todos vieran qué le pasaba. En ese caso habría sido mejor que la confundieran con una cucaracha gorda y asquerosa y que la pisaran como a aquellos otros. Pero allí, mientras un par de empleados daban algunas vueltas entre las máquinas, se sentía como en casa. Nadie se mostró sorprendido de que de pronto el cuerpo de la escarabajo comenzara a abultarse hasta formar una bola viscosa e irregular de medio metro. Lo único que hiceron los otros fue dejar libre el espacio necesario como para que aquello no se detuviera. La bola cambió del color marrón rojizo al azul y luego, con lentitud, al verde. Cuando pasaron unos segundos, se formaron cinco bultos que se prolongaron como si fueran unos tentáculos que tantearan lo que había más allá. Después de todo eso, el proceso se completó de inmediato cuando los bultos se transformaron en una cabeza, dos piernas y dos brazos. Y ya estaba. Algo parecido a una mujer más o menos normal se paraba y miraba hacia todas partes. Uno de los empleados se dio media vuelta y la miró por encima de un hombro.
-Hay que avisarle al jefe que ya llegó Olga... -dijo.
-¡Qué! ¿Le tengo que avisar yo? -replicó el otro empleado.
-Por supuesto... ¿Quién fue a hablar con el jefe cuando llegó el proveedor hoy?... Fui yo, ¿no?...
El otro golpeó una espátula sobre la mesa y se apartó hacia un pasillo que formaba un codo hacia la izquierda.
Durante la breve discusión, la mujer había tenido tiempo de caminar un par de pasos hasta un perchero y colocarse un vestido igual al que usaban las que trabajaban al frente. Cuando se estaba calzando unas sandalias sintió la voz del empleado que se había quedado con ella.
-¿Y, Olga?...
Ese era Carlos. Y a Olga no le gustaba nada hablar con él. Siempre estaba comportándose con ella de una manera muy extraña desde que habían llegado a la ciudad el verano pasado. Antes no había sido así. Se conocían sólo de vista, pero el trato era de lo más respetuoso. Las cosas habían cambiado, sin embargo.
-¿Qué pasa? -le preguntó.
-¿Ya se te formó ahí abajo?
Olga no entendió del todo el sentido de la pregunta. Le solía pasar que se quedaba un poco aturdida unos minutos después de la transformación.
-¿Cómo?
-Que si ya tenés la vulva te estoy preguntando...
Un calor desagradable corrió por la espalda de Olga.
-Hoy estábamos hablando con los otros muchachos... No sabemos por qué a vos y a las otras no se le formó nada ahí abajo... A la única que se le formó es a Elsa. Pero Elsa es una sola, y es complicado, ¿no?... -agregó Carlos.
Olga recordó la cara de Elsa tras el mostrador cuando atravesó la vereda unos minutos atrás. Era la cara de alegría perfecta que había que poner para despachar los helados. Pero ella sabía que tras esa cara Elsa sufría. Hacía una semana que a Elsa le había salido aquello entre las piernas y que a las pocas horas ya estaban el jefe y todos los otros llevándosela por turnos a la oficina del fondo. Olga y las otras dos pasaron a hacer horas extras para cubrir a la compañera. Al otro día lo mismo, y al siguiente igual. Recién a los cuatro o cinco días el jefe dijo que ya era suficiente y que Elsa hiciera el horario normal. Pero eso no se cumplió del todo. Cada tanto Elsa tenía que abandonar el mostrador y pasar al fondo. Entonces quedaba una sola para atender y la heladería se volvía un caos. Así que los empleados estaban esperando que a las otras les pasara lo mismo que a Elsa. Olga se acordó también de las palabras de su compañera cada vez que regresaba del fondo o que se la encontraba en la pensión donde vivían todos, menos el jefe.
-No me duele, no me gusta... No siento nada... Pero igual me molesta... -decía.
Fue entonces cuando a Olga le llegó un malestar formado por lo que le parecía lo que le hacían a Elsa, lo que esperaban de ella y la cantidad extenuante de horas que había pasado trabajando en los últimos días. Y encima eso de que el jefe quería hablarle.

martes, 21 de abril de 2009

Los alienados (I)


Mucho tiempo sin publicar... Vuelvo con un poco de ficción, en este caso un cuento que escribí en diciembre. Va por partes. Un abrazo grande...

a Franco


Hola, amigos... Estaba pensando en el amor...
Solamente eso. Yo sé que puede sonar raro lo que estoy diciendo, o sea, me refiero al hecho de saludar y decir de inmediato que estaba pensando en algo como el amor; porque, después de todo, quizás alguno de ustedes se esté preguntando quién soy o cómo soy y qué hago o a qué me dedico y por qué tengo que venir a decirles algo sobre el amor... ese tipo de cosas. Bueno, no sé... me parece que eso puede esperar un poco o dejar de importarnos, según sea. Aunque para ser sincero (voy a ser muy sincero todo el tiempo... En realidad, yo soy un hombre sincero, siempre lo fui...) tendría que agregar que no hace falta dar muchos datos acerca de quién soy. Ustedes se van a dar cuenta, ¿no? En cierto modo, eso siempre se revela de una manera u otra, ¿verdad? En fin... ustedes leen, son personas inteligentes, etcétera. Ya está, dejémoslo de lado. Ahí están ustedes, acá estoy yo, y algo tiene que pasar. Lo que pasa es que a veces uno tiene que dar más vueltas. Y con los años me voy dando cuenta de que no se puede pensar nada si no se va de un lado para el otro, como si uno tuviera de repente en el aire todos los platos de la casa y empezaran a caer todos juntos. Es como algo salido de un sueño. Uno sale al patio a ver cómo está el día y se encuentra con eso, con gran parte de la vajilla a punto de romperse como si alguien fuera a decir tres, dos, uno y al piso. ¿Y entonces qué hacemos? ¿Cuál agarrar primero?... ¿Los hondos? ¿Los llanos? ¿Uno hondo y uno llano? ¿Luego uno de postre y otro hondo? ¿U otro llano?... Porque, a ver si me explico mejor: uno tampoco quiere que se caigan y se rompan todos... Mmmm... Me gustó esto de los platos en el aire, porque si vamos al caso tiene mucho que ver con la historia que quiero contar. Es una especie de comparación lo que hice, ¿no?... Como si los platos suspendidos en el aire fueran todos los puntos que uno quiere considerar de un asunto... y esos puntos son importantes y uno no quiere descuidar ninguno, pero todos son igual de urgentes, y los platos bajan y bajan y y no le dejan a uno mucho tiempo para atajarlos a todos. Entonces siempre tiene que haber algún plato que se rompa... Esto también me gusta, lo de pensar que los platos que se terminan rompiendo son puntos de un tema que uno no llega a solucionar o que a uno se le escapan porque no entiende del todo.
Ya sé que no tenía que haberlo explicado, que es como algo descortés de mi parte haberlo hecho. Sólo que... Nada, nada... Olvídense de lo que dije recién. Bórrenselo de la cabeza...
Me estoy dando cuenta de que parezco serio o de que quiero dar la sensación de que lo que voy a contar es algo serio y necesita una introducción adecuada. En realidad no es así. Tengo en mente una historia bastante estúpida, o quizás bastante tonta, para que no suene tan fuerte. Ya dije al comienzo que estaba pensando en el amor, en el amor como tema. Es algo que nos toca o nos tocó en algún momento de la vida. Es también uno de los temas más profundos sobre los que piensa el Hombre. Eso, increíblemente, hace que sea otro de los temas más tontos en los que piensa el Hombre. Y sí, me sigue pareciendo increíble... Bueno, de pronto todo esto se explique diciendo que estoy solo, que ya no tengo que trabajar y que por lo tanto me la paso mirando a través de la ventana a ver cómo se va otro día más, y que entonces me pongo a pensar, a pensar demasiado. Pero no es así, tengo muchas otras cosas que hacer. Me importa mucho la quiniela, por ejemplo, y no me pierdo ni uno de los sorteos de la semana. Me quedo pegado a la radio esperando que la voz del niño cantor dé el número exacto en el que yo estuve pensando. Eso es vida, o eso hace que uno viva, mejor dicho, y que no se entregue a cualquier pensamiento idiota todo el tiempo. ¡Ese es el gran problema de la juventud de este país, que a mí me perdonen! Fíjense en toda la gente que tiene entre veinte y treinta y que termina en el suicidio. ¿Qué hacen?... No sé muy bien las cosas que hacen. En realidad no conozco a casi nadie que tenga esa edad, pero si hay una cosa que sí sé es que no juegan a la quiniela. La quiniela ya es una cosa de viejos en este país, y cuando nosotros, los que tenemos de cincuenta para arriba, vayamos a desaparecer o a morir, la quiniela se acaba, porque con pocos apostantes el juego no se sostiene, me parece a mí. Es así de fácil: si uno tiene el marote dándole vueltas siempre a las mismas cosas se queda frito. Y con la quiniela no. La quiniela hace que todo sea nuevo. Uno mira el día de mañana y se ve con plata, comprando esto y lo otro. Y si llega el día de mañana y uno continúa con las facturas de luz y teléfono atrasadas, por lo menos sabe que el día de mañana (otro "día de mañana", viene a ser como una segunda parte del "día de mañana", o un reenganche...) va a verse a sí mismo jugando a la quiniela. Eso es seguro. Lo que no quiere decir que yo no me pueda entregar a reflexionar sobre temas que a uno le llevan tiempo y tiempo. Por ejemplo con el tema del amor, como venía diciendo. Mi madre decía que el amor era como un vaso de vidrio lleno de agua en el medio de una habitación a oscuras. La imagen es fuerte, ¿no? Es oscura. Y seguramente ustedes se estén preguntando cuál era el significado que mi madre le daba más allá del que se le pueda ocurrir a ustedes. Bueno, mi madre decía cosas por decir nomás, y no tendría ni puta idea de lo que quería llegar a sugerir con una cosa así. Era una mujer muy tosca que se dedicó toda la vida a lavar y a planchar ropa de los vecinos y no le sobraba el tiempo para pensar en cosas que le quitaran concentración para las tareas que había que realizar en la casa. Tenía un marido, que era mi padre, cinco hijos (uno de los cuales era yo), una madre que se pasaba babeando toda la mañana en una silla de ruedas al sol del invierno en un patio lleno de perros y una vecina que vivía muro por medio y que le servía para enterarse de lo que ocurría en las otras casas del barrio. De esa otra mujer habrá sacado mi madre la frase esa. Esa mujer sí que tenía frases para todo, y como mi madre se creía que nosotros en casa no sabíamos los dichos de la vecina, entonces los repetía y se hacía la misteriosa haciéndonos pensar. Pero después a la noche mi padre juntaba bronca de no entender nada y la hacía confesar. Y ahí se sabía de dónde venían las frases. Sin embargo, los significados seguían en el aire. La cuestión en todo esto es que mi madre repetía siempre la misma frase cada vez que miraba las telenovelas o que se enteraba del desenlace de algún amorío en el barrio. Era infalible, la frase te caía encima como si fuera granizo de mierda. Nos quedábamos esperando la continuación, la explicación, y ella lo que hacía era mirar para la otra pared dejándonos picados. Pero estaba bien, no tenía que tener sentido. Las telenovelas que miraba mi madre, todas llenas de amores frustrados o encontrados, no tenían sentido. No se podían entender. Por eso cada año le cambian los actores y los escenarios a una telenovela y la pasan de nuevo con otro nombre. Porque la gente que las ve no las puede entender. Es imposible. Y lo mismo pasa con las otras historias que parecen más elevadas. Con Shakespeare, si vamos a hablar de algo bueno y que todo el mundo más o menos conoce. ¿Qué es "Romeo y Julieta"?... ¡Mi Dios!... ¡Hay gente que llora y todo cuando la ve en el teatro o la pasan en una película en la tele! ¡Es verdad! !No embromo!... Yo la fui a ver dos veces al teatro, con varios años de separación entre una vez y otra, y en ambas ocasiones sentí lo mismo sobre el final de la obra. Estuve por pararme arriba de mi butaca y gritarle al actor que hacía de Romeo en el instante en que se llevaba el veneno a la boca: "¡Estúpido! ¡Enfermo mental!... ¡No está muerta! ¡Date cuenta!". Pero no, el imbécil se baja de un saque el frasco con el veneno y cae diciendo un par de boludeces. No estoy insultando a Shakespeare ni nada parecido, aclaro. A lo que voy es que Shakespeare, que era un genio, ojo al gol, se vio en la necesidad de plantear esa estupidez de un muchacho que se viene abajo y se lamenta como una magdalena sólo porque a él, a Romeo, claro, le parece, leeeeee pareeeeeece, que la novia está muerta. ¿Para qué? Para mostrar lo que el amor hace con la gente, sobre todo con la gente joven. Y después, como se sabe, Julieta despierta y encuentra al otro nabo durmiendo para siempre y se encaja el puñal. Ahí yo estaba a punto de saltar de nuevo desde mi butaca: "¡Ni te gastes, mongólica!... ¿No ves que ese vejiga ni siquiera esperó a ver si podías revivir? ¡No fue a llamar a nadie!... ¡Ni siquiera se le cruzó por la cabeza que podías tener catalepsia!..."
El ejemplo de "Romeo y Julieta" es bastante bueno, la verdad, creo yo... Por algo Shakespeare es un genio, ¿no?... Un tipo que se puso a pensar en serio lo que era la vida, como Mussolini, o Schiaffino.
A lo que voy es que las buenas historias de amor son cada vez menos. Capaz que una puede ser "Romeo y Julieta". Puede ser... Puede ser... A mí me parece que las buenas historias de amor quedaron en el pasado, que ya a nadie le importa el amor en sí. Las películas o las letras de las canciones de ahora hablan del amor en segunda o tercera instancia. Me parece a mí... Bueno, a lo mejor estoy divagando, hablando de más y diciendo lo primero que se me ocurre. Pero, ¿no creen que por algo las cosas se nos ocurren, que por algo vienen a nuestras cabezas ciertas ideas?... No sé por qué exactamente... Igual es interesante pensarlo, ¿no?... Mmmm... No, en una de esas no...
¡"Casablanca"!... Se me ocurre algo con "Casablanca", que es una película que todo el mundo conoce, o casi todo el mundo, y que además nadie vio, sólo los críticos de cine divorciados, con mucho tiempo. ¿A quién le puede gustar "Casablanca"? Prueben a ver "Casablanca" sin volumen. Es cierto que no se va a entender nada, ni siquiera se va a poder oír a Sam, pero ahí uno observa que la trama es tonta. El final mismo... Ella se va y lo deja, o él se tiene que ir y la abandona, o se van los dos, no me acuerdo bien... Si uno mira toda la secuencia sin sonido no se sabe qué hacer con esa parte, nunca se va a entender. Y así nos damos cuenta de que el sonido agrega algo. Agrega el amor... Igual no importa, la película tampoco sirve mucho... ¡Humphrey Bogart! Me olvidaba... Humphrey Bogart no es real... No puede haber una historia de amor con Humphrey Bogart. Es antiestético y tiene cara de estar festejando el día del golero. Está, obviamente, colocado ahí a propósito, para demostrar que el amor es tonto, que nadie se puede enamorar de eso. Y cuando eso sucede, entonces nos damos cuenta de que algo marcha mal, contraflecha. (Bueno, esa frase me gustó, me quedó muy bien, digamos... O la idea, en vez de la frase. Porque la frase en sí podría ser: "El amor surge cuando algo marcha mal". Es linda. Es mejor que la de mi madre, me parece.)
Y mi historia empieza con las cosas yendo muy mal... Mmmm... Pienso que es una historia que les va a gustar mucho, y seguro que nunca habían pensado leer una cosa así. Nunca más se van a olvidar de ella en la vida, van a ver. Créanme... Porque es algo que no pasa seguido. Bueno, las historias de amor tampoco pasan seguido, si nos ponemos muy exquisitos, es cierto... Pero ustedes ya saben... Además, como muchas historias de amor, esta que voy a contar también está basada en hechos reales. Sucedió en nuestra ciudad, y puede ser que cuando la terminen, mañana, o dentro de un rato, caminen por las calles fijándose bien en donde caminan y con quiénes se cruzan. Y bueno... No me gustaría que diera inicio sin que yo dijera que es una historia tonta, como si fuera otra cosa en realidad... Le puse de título "Los alienados" porque me pareció que tenía que ver mucho con lo que pasaba en cierto modo con los personajes, pero eso lo van encontrar más o menos cuando vayan por la mitad de la lectura, quizás un poco más adelante. Algunos pueden notarlo antes, otros después, en síntesis, pero no quería dejar pasar el momento de hablar del título y de decirles que no es nada complicado, que no tiene un sentido profundo, que es un título cualquiera como pudo haber sido otro, como "Romeo y Julieta".

lunes, 16 de marzo de 2009

Este león acá


Cada vez que me sucede algo así el orden de los sentimientos es el siguiente: 1- euforia 2- desengaño 3-desazón 4-¿simpatía? 5-oquedad 6-mansedumbre 7-pena 8-vuelta al 2...
La policía colombiana confiscó ayer (u hoy, no sé) varios bienes a un narcotraficante, entre los que se hallaba un león... ¿Para qué?... Cito: "El león fue hallado en una de las haciendas pertenecientes a 'Macaco' ubicada en Caucasia, en el departamento de Antioquía (noroeste), en donde según testigos, 'al parecer era usado por el extraditado para ajustar cuentas con sus enemigos', indica el comunicado."
En seguida me acordé de mi querido don Gallet, de "Los trabajos del amor". En el capítulo VIII el Toto, uno de los protagonistas, recuerda una noche en particular, una de las pocas noches en las que visitaron a su jefe en su casa. Sobre el final, y antes creo que también, se insinuaba la existencia de un león en la hacienda de don Gallet. Era algo que quedaba para cerrar justamente sobre el final de la novela. Ahora mientras estoy ya calculando el día en que voy a retomar "Los trabajos del amor" hasta terminarla, luego de finalizar o estar por finalizar otras cosas, el león se me adelanta. Me dice "Te gané", o sale corriendo más rápido de lo que esperaba.
Cosas que me suceden.

sábado, 14 de marzo de 2009

142

Esta tarde. En Montevideo.
Corro. Trato de alcanzar un ómnibus. No era. Es el de atrás. Hace frío. Hace calor. Uno y en seguida y otro y después así.
Llega el 142. Subo y pago el boleto. Queda un asiento libre. Hay dos chicos en el medio del pasillo. Uno es bastante alto y tiene pelo largo y una barba en la pera. Toca la guitarra. El otro está parado enfrente. Canta los últimos versos de "Mariposa technicolor", de Fito Páez, y con una mano me indica el único asiento libre a su lado. Me siento. Tiene buena voz. Apenas me quedo quieto siento el pegote del sudor bajo la camisa. En los brazos, en los hombros, en la espalda. El ómnibus hace una parada más y luego arranca en un impulso prolongado. Ya son las cuatro de la tarde de una de las últimas tardes del verano. Me miro la camisa y por un segundo pienso que es demasiado gruesa, que me equivoqué al salir de Maldonado. El ómnibus adquiere mayor velocidad, las cortinas se hinchan y un aire fresco pasa por encima de todas las cabezas y baja de golpe a los asientos. El chico que canta anuncia la próxima canción: "Cotton fields... es un tema de Creedence que significa Campos de algodón". Empiezan. Los primeros versos a capella hacen una incisión en el centro del movimiento, el aire se concentra sobre la camisa. Me miro las mangas. When I was a little bitty baby / My mama would rock me in the cradle, /In them old cotton fields back home... El ómnibus vuelve a balancearse de atrás hacia adelante y se descarga sobre la avenida Rivera. Vuelvo a contemplar las mangas de la camisa. Ahora me gusta que tenga cuadros, y eso me hace feliz. Es decir, la felicidad no tiene nada que ver con eso, pero parece que algo de ella se aloja o va y viene en el diseño de los cuadros.
Los músicos agradecen, recogen algunas monedas y algunos billetes y descienden en unos semáforos. Un niño con uniforme colegial, que estaba sentado detrás del guitarrista, le pregunta a su madre, que está sentada del otro lado del pasillo:
-¿Necesitan plata?
-Es su trabajo... -responde la madre.
-¿Son pobres?
-No, no son pobres... -hay un silencio -Si fueran pobres no iban a cantar en inglés...

martes, 10 de marzo de 2009

Este...

Cada vez que empiezan las clases surgen cosas parecidas.
¿Qué es la Literatura? ¿Para qué Literatura? ¿Qué importa para qué sirva?...
Todo eso... De repente salta uno: "¡Profe, profe! ¡Dígale a esta niña que los libros no muerden!"... Ahí salta la bendita frase... "Los libros no muerden"... En realidad debo intervenir... ¡Pero no, los libros sí que muerden!, digo. Y sin embargo la mayoría de los que tratan de ganar adeptos a la lectura de libros lo hacen bajo ese emblema... Creo que venimos de ahí, de esa invitación doméstica... Pero después no se nos avisa que ciertos libros nos van a morder de un brazo y nos van a llevar a regiones desconocidas o entrevistas, algunos con dientes más o menos incisivos, con mayor o menor fuerza en el tirón, otros nos van a desgarrar, directamente... Cuéntese una... ¡Pero mire si no!... Mi madre había ido a un funeral en Montevideo. En casa nunca había habido libros, salvo algunos tomos con decenas de enciclopedias Mente Sagaz encuadernadas... Cuando mi madre regresó fue en una tarde de veranillo, quizás en julio. Jugábamos en la vereda con mi hermana sobre las piedras lajas humedecidas por el aire. En el bolso traía ropa de unos primos que ya nos podría servir, más algunos championes, y en el fondo cuatro libros: "Corazón", de Edmundo de Ámicis, "Perico", de Morosoli y "Memorias de Juan Pedro Camargo", de José Monegal, más un manual de zoología sobre otarios, con varios dibujados en grabados apretados... Mi madre siempre nos ordenaba limpiar el placar. Sacábamos la ropa, la amontonábamos sobre las camas y comenzábamos a doblarla, pero aquello no terminaba nunca. Se iban las horas y no habíamos hecho nada... Mi madre entraba y nos rezongaba... Pero una tarde sucedió algo distinto: el montón de ropa permaneció sin ser tocado: había encontrado los libros en la parte baja del placar, donde iban los zapatos. En un momento estaba en cierta parte del tiempo y de repente pasé a estar en otra... Los libros se transformaban en un reverso... Hago memoria y recuerdo en seguida las peleas y los castigos de "Corazón" y luego descripciones de lluvias en el campo (hasta el día de hoy muero por leer descripciones de escenas lluvias)... Pasan los años, estoy en la época del liceo, terminando sexto... Mi padre me llama desde el fondo para que lo ayude a cortar leña, etcétera... Yo leo en la cama... Mi hermano me dice que no le gusta leer, que es aburrido... Hasta que llega "Los primeros hombres en la Luna", de H.G. Wells... Simplemente le prohíbo su lectura a mi hermano, le escondo el libro, cosas por el estilo... Hasta que consigue leerlo... Desde entonces no dejo de hablar de libros con él... Pero hay una anécdota que es única, creo que es de Raymond Carver, o me la contaron como si fuera suya. El joven Raymond cruzaba en tren una noche de un estado a otro, o a mí se me antoja que sea entre un estado y otro para darle profundidad (esa profundidad narrativa estadounidense para los viajes)... Un hombre lee un libro en el asiento de adelante... Antes de descender, se acerca al joven Carver y le extiende el libro y le dice que se lo regala... Carver lo lee... Con los años se pregunta adónde habría ido a parar si ese hombre no hubiera estado allí enfrente, a punto de bajarse...
Si usted considera que la anécdota es auténticamente de Carver, ponga No, si opina lo contrario, ponga SÍ...

martes, 3 de marzo de 2009

Descansa, Salvador...

Hoy falleció Salvador Puig.
Su poesía me gustaba mucho. Y decir eso es poco. Quizás era el único poeta uruguayo vivo que me conmovía, me desestabilizaba.
La primera vez en que lo vi y lo escuché fue en el Cuartel de Dragones, en 2005. Era una maratón de poetas y narradores. Yo estaba en los últimos asientos, escuchando con cierto esfuerzo. Simplemente no me podía concentrar en lo que decían, me costaba seguir el hilo. Me sigue costando mucho. En determinado momento Gabriel di Leone pasó al frente y presentó a Salvador Puig. Tenía una voz fuerte, pero era sólo el receptáculo de una fuerza mayor. El tiempo comenzó a pasar de otra forma. Puig leía poemas de distintos libros suyos. Evocaba a Juan Cunha y a Fernando Pessoa, decía algo para rodear el secreto de la magnolia que sabía, sólo sabía, y cuando me quise dar cuenta estábamos caminando por una vereda, al fresco agradable de aquella noche de abril. También iban Gabriel e Ignacio. Nos sentamos a comer algo en un pequeño boliche. Hablamos de Morosoli, de Simplicio Bobadilla y de Eduardo Acevedo Díaz, y de repente Puig estaba contando una historia con un caballo. No me puedo acordar bien del argumento de esa historia. Pero aquello no era lo importante. Lo importante era el misterio que cubría todo, la voz de Puig abalanzándose sobre la mesa y entregándonos aquellas imágenes que nos hacían sonreír.
Cuando un poeta muere el mundo se achica un poco.

lunes, 2 de marzo de 2009

The Fab-tastic four



Se viene... Se viene...
¡¡Uhhh!!
¿?

martes, 24 de febrero de 2009

Pronta, lista, ¡¡ya!!


Leyendo un artículo del blog argentino Hablando del Asunto acabo de enterarme esta noche de que Inés Bortagaray va a ser incluída en una antología de nueva narrativa emergente de Latinoamerica que aparecerá en la edición de primavera (boreal) de Zoetrope. Esta revista fue fundada por Francis Ford Coppola y está considerada una de las más importantes de Estados Unidos. Así que apenas lo supe no pude disimular mi alegría y empecé a hacer correr la noticia por ahí. Inés Bortagaray es a mi juicio una de las voces más importantes de la narrativa actual uruguaya, autora de una novela hermosa como "Prontos, listos, ya" (editada por Artefato). Por lo tanto, celebro este momento en el que va a ser conocida y reconocida por un público mayor.
¡Felicitaciones, Inés!

domingo, 22 de febrero de 2009

Verano XX (poder escribir)


Hoy me encontré en el blog de Cristian Piazza con una frase de Fogwill sobre la escritura que es de esas que nos dejan pensando, por decirlo de algún modo. Eso me llevó a recordar que, revisando cosas que habían quedado a medio acomodar de la reciente mudanza, me topé con viejos números de la revista ISCARIOTE, de cuando salía como suplemento mensual del diario SERRANO, de la ciudad de Minas. En las contratapas de cuatro números distintos que por lo menos conservo, encontré entrevistas a escritores. Las preguntas eran esencialmente las mismas, y las habíamos armado con Valentín sacando ejemplos de por aquí y por allá. Hubo una pregunta en especial que la sacamos de "Mientras escribo", de Stephen King. En realidad se la hace el propio King a sí mismo: ¿Por qué escribo? Es más, el autor de "Misery" estaba intrigado por saber las posibles respuestas de varios de sus colegas, y le reprochaba a la prensa cultural en general (de su país) que no fuera tan directa como para hacer ese tipo de interrogantes con más asiduidad. Ahora, repasando las contratapas de ISCARIOTE, leo lo que algunos contestaron ante "¿Por qué decidió escribir lo que ha escrito?"...

MILTON FORNARO: "Porque todavía nadie me había contado esas historias que tenía deseos de leer".

FERNANDO BUTAZZONI: "No lo decidí yo".

HENRY TRUJILLO: "(...) me vería obligado a confesar que soy masoquista. O remitirlos a mi psiquiatra. O las dos cosas juntas. O admitir que no tengo la más pálida idea, como decía Onetti cuando le preguntaban esto, que por cierto es lo más sincero."

Lo que yo sentía a menudo ante estos ejemplos era que la pregunta se tornaba ingenua o pueril (no porque lo fueran las contestaciones de los escritores, precisamente), y más de una vez me venía la idea de retirarla del cuestionario. Sin embargo, ahí quedaba...
El verano pasado leí un libro que me pareció de lo mejor que publicaron los narradores uruguayos el año pasado en ese género híbrido que se les da a veces entre lo narrativo, lo testimonial y lo ensayístico. Me refiero a "El escritor y el otro", de Carlos Liscano (dentro de esa categoría, ya que estoy, me gustaría recalcar el valor de un libro como "Se hizo de noche", de Roberto Apratto). Allí Liscano da con una respuesta que hasta llegó a conmoverme. Yo siempre había intuído que se escribía porque escribir es una manera de interceder de algún modo en nuestro entorno, de generar ciertas consecuencias que son de índole evanescente, y que están después en todas las cosas que vemos. Pensaba cosas por el estilo, nada unívocas, quizás, pero estas palabras de Liscano resumen gran parte del asunto: "Una noche en Colonia, con Henry Trujillo y Elder Silva, mucho vino, a la una de la madrugada, en casa de Helena Corbellini, sin Helena, llegamos al asunto: por qué escribimos. Los tres compartimos algo: salimos de la nada. Mi padre era almacenero, mi madre fue sirvienta, obrera textil, de a ratos costurera. ¿Por qué nos dedicamos a escribir?
Yo ensayé una respuesta: escribo para tener poder. Hacia el poder los caminos son múltiples, pero no infinitos. La plata, la política, los conocimientos, la creación artística. Más preciso: no hay poder en la creación artística, sino independencia, libertad, la ilusión de pensar el mundo, y recrearlo. Destacarse en la sociedad, figurar, saltarse las barreras económicas y sociales. Eso he querido, dije aquella noche en Colonia. He intentado escapar del lugar que se me asignó en el mundo".

viernes, 20 de febrero de 2009

Verano XIX (anti Bergman)


Anoche mi hermano vio "La sed", de Ingmar Bergman. Cuando terminó se conectó al messenger y se puso a hablar conmigo. Me dijo que había quedado profundamente tocado por la historia. No es para menos. "La sed" es una película hermosa y amarga, y cuando terminé de verla quedó dándome vueltas y vueltas horas enteras. Así que más o menos me podía hacer una idea de lo que le pasaba a mi hermano en las primeras horas de la madrugada. Por suerte me tiene a mí. Porque en seguida le pasé el antídoto para borrar cualquier recuerdo doloroso o rastro de spleen que pueda generar "La sed". En su momento lo probé y me dio resultado. Así que por messenger le pasé la dirección y él también pudo recuperarse para dormir un poco mejor.
Se trata del anti-Bergman, más conocido como Klaus Vera, un individuo que se licenció en la especialidad de filosofía del siglo XX en la univerdidad de Upsala a fines de los '80, y que buscó por años una respuesta plausible al dolor del "ser" que atraviesa todo el pensamiento desde Sartre para adelante. Al final lo encontró, en Guayaquil. Hizo esto que aparece en el video, y fue una gran contribución para la Humanidad toda.



jueves, 19 de febrero de 2009

Verano XVIII (memoria)


Íbamos esta tarde en mi bicicleta con la niña M por el camino de la perrera, cruzando unos campos aledaños al arroyo Maldonado en el que ella podía ver a sus adorados caballos. El recorrido era largo e incluía pasar por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la 16 de la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. De lado del barco roto que hay en la curva de la perrera aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas y unos toros con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. La niña M quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca, y eso me hizo perder un poco la noción de ciertas proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté a la niña M qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante me preguntó:
-¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto?


lunes, 16 de febrero de 2009

Verano XVII (McCarthy)


He aquí un libro magistral, uno que me hizo darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía nada que me llegara tanto hasta incomodarme los huesos. Me refiero a "Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy. No sólo hablo de una prosa excelente (desconozco el original inglés, pero creo que esas cosas se transfieren a través de al menos una traducción aceptable, y esta de Luis Murillo Fort debe ser por lo menos eso), hablo de páginas y páginas ante las que me detengo y me veo sofrenando el impulso de avanzar y retrocediendo para releer una o dos veces pasajes que me parecen bellísimos. Y vuelvo a ellos intrigado por la naturaleza de su belleza, y así... Ahora sólo quiero dejar una cita de un pasaje que se puede encontrar pasando la mitad de la novela. No podía parar de exclamar, no podía...
Ahora voy a hacer dos cosas: una advertencia y una "introducción"
La Advertencia: absténganse de leer quienes: tengan una sensibilidad extrema para con el dolor de los perros / vayan a leer esta novela / no gusten de Cormac McCarthy / piensen que los microcuentos son lo mejor y más refinado de la narrativa / tengan menos de cinco años de edad...
La "Introducción": el pasaje trata sobre una cacería de perros, perros que se comen terneros enteros en los campos ásperos de Nuevo México. Una partida de vaqueros, que trabaja para un propietario que ya ha perdido varias cabezas, sale cabalgando hasta cercar a los perros con las primeras luces del alba en una especie de meseta. Y así los van enlazando para evitar que sigan comiéndose a los terneros... Es una forma de decir... Hasta que solamente quedan dos perros... A lo que voy es que me sorprendió y conmovió tanto cómo un narrador puede transmutar algo horrendo en algo simplemente hermoso y elemental (y después, otra vez lo terrible), que quedé en esa suerte de ataraxia emocional que nos llega cuando estamos en presencia de un maestro. Va...

"Alcanzó el primero a los perros y lanzó el lazo sobre el perro amarillo que iba en cabeza. El moteado atajó casi por debajo de las patas del caballo y corrió hacia el borde. El amarillo rodó y rebotó en el suelo y se levantó otra vez y continuó corriendo con el nudo en torno al cuello. John Grady llegó a la altura de Billy y lanzó su cuerda y atrapó al amarillo y cuarteó a su caballo con el extremo doblado de la cuerda y luego dio un tirón. El cabo flojo del cabestro de Billy silbó por el suelo y se detuvo y el perro grande amarillo se alzó repentinamente del suelo volando hacia adelante atrapado entre las dos cuerdas y las cuerdas vibraron con una sola nota breve y apagada y luego el perro explotó.
El sol había salido hacía menos de una hora y en la travesía de la luz sobre la
mesa la sangre que saltó en el aire delante de ellos fue tan brillante y tan inesperada como una aparición. Algo surgido de la nada y absolutamente inexplicable. La cabeza del perro dio varias volteretas, las cuerdas recularon en el aire, el cuerpo del perro aterrizó en tierra con un golpe sordo.
Maldita sea, dijo Billy."

jueves, 12 de febrero de 2009

La peonza


En realidad la tormenta ya había pasado, pero el cielo continuaba completamente gris. Miré a través de las ventanas de la cocina y vi una tromba avanzando desde el este. Los árboles del fondo de la casa no estaban, o sus ramas estaban podadas, y pude ver el desplazamiento de aquello con toda claridad. Se mantenía muy lejos y ya sobre el oeste cuando comenzó a retroceder y yo les dije a los demás que no era una tromba, era una peonza. Unos segundos después sobrevolaba el barrio. Era una peonza oscura y tenía un par de metros de largo y uno y medio de ancho, y parecía también el tramo de un caño de saneamiento o un portalámparas de baquelita invertido. Entonces se detuvo suspendida sobre nuestra casa, yendo hacia arriba y abajo. Nosotros corríamos de una ventana a otra y la veíamos siempre a punto de caer sobre algún sector del techo. Hasta que sentimos el estruendo en la parte central y un hoyo de unos diez centímetros de diámetro se abrió en la planchada. La punta de la peonza amenazaba con seguir taladrando hacia abajo, y ya nos disponíamos a abandonar la casa cuando la peonza subió de golpe. Miramos a través del pequeño hoyo y vimos otro más, mucho más grande, en el techo del primer piso. La peonza había destrozado todo allá arriba. Luego abrí la puerta y salí y la busqué inútilmente. Parecía que se había marchado, pero el zumbido no había disminuído. Y entonces sí, apareció como de la nada a unos metros de mi cabeza. Yo me corrí inmediatamente y la peonza cayó rozándome y hundiéndose casi del todo en la tierra. Los demás habían observado todo desde la puerta. Cuando aquello terminó me fijé a mis espaldas y me di cuenta de que ya se parecía bastante a un caño de los del saneamiento. En seguida escuché unas voces en la puerta, me di vuelta y vi un conejo marrón entrando apresurado hacia el lado de la cocina, como si su manera de entrar a la casa dijera "Menos mal". Un segundo más tarde entraron mis dos gatas, hacia el mismo lado.

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.