La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.
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Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.














