lunes, 24 de agosto de 2009

Kennedy '09 (III)


-Sábado 11 de julio de 2009. 3ª fecha: Peñarol de Maldonado vs. Kennedy-

Cuando yo iba al liceo, quince años atrás, en un aparte en una clase, una profesora de física me explicó una ley o un fenómeno que me dejó pensando. Apuntó con uno de sus dedos a su bolso de calle, que estaba sobre el escritorio, y me dijo que sobre ese objeto en cuestión interactuaba un montón de fuerzas que llegaban desde todos lados, y que al tener esas fuerzas todas el mismo valor, eso hacía que el bolso no se moviera para ningún lado. Es decir, el bolso de mano de la profesora de física, el escritorio, ella misma (lo cual hacía más curiosa la ley), cualquier cosa estaba sujeta todo el tiempo a una especie de pulseada magnífica y secreta. Hasta que, claro está, una fuerza levemente mayor influía desde cierta dirección y desajustaba la situación. Entonces nacía el movimiento. Por años, esa anécdota se transformó en lo que más recuerdo de las clases de física de tercero, y así y todo nunca pude sustraer lo que tenía de fantasmal.

Luego de haber caído ante Peñarol de San Carlos, Kennedy tenía que enfrentarse en la tercera fecha de la Divisional Ascenso ante el otro Peñarol, el Peñarol de Maldonado. Pero transcurrió mucho tiempo para que ese partido se disputara. El sábado 27 de junio, fecha que correspondía naturalmente a la tercera del campeonato, la actividad fue suspendida por la venia electoral. Al otro día fueron las elecciones internas de los partidos políticos. El siguiente sábado, el 4 de julio, se suspendió la fecha debido a la ausencia de policías que cumplieran con el servicio de 222 en las canchas de San Carlos.

Cuando llego a la cancha de Peñarol de Maldonado el partido apenas ha comenzado y me entero de que en esos primeros minutos Kennedy ha convertido su primer gol del campeonato. Lo hizo Olivera, el 5, con un remante desde afuera del área que el golero trató de retener en vano. El técnico de la tercera me describe la jugada de forma intermitente, con subidas y bajadas abruptas en el volumen de su voz. Me habla del viento a favor, pero también del arquero de Peñarol de Maldonado.
-Se lo comió al gol... Era una pelota fácil...
Observo entonces el cielo azul y límpido, el sol brillando suavemente y acariciando los números en las espaldas de los jugadores de Kennedy, los rostros de los visitantes, excitados en la búsqueda del segundo gol. Corre también un viento fuerte y helado que en ese primer tiempo favorece a Kennedy. Los pelotazos y los centros sorprenden continuamente a los jugadores de Peñarol. La pelota anuncia su caída en un sitio, pero el viento la frena o la lanza de pronto un metro o dos más allá o más acá. Los defensas de Peñarol se rezongan entre sí, pierden las referencias de las marcas, chocan entre ellos o tratan de alejar la pelota con un rechazo frontal y entonces la pelota sube y se detiene un par de segundos embolsada por el viento hasta que empieza a caer casi de forma vertical sin haber pasado la mitad de la cancha. Los delanteros de Kennedy se muestran más rápidos y atentos. Parece que el segundo gol es una realidad incuestionable. En un corner desde la derecha, por ejemplo, Nicolás Pereyra encuentra una pelota cerca del punto penal . Le da de aire, con la cara interna del zapato derecho. El tiro sale fuerte y cruzado y pasa por delante del ángulo superior derecho. Unos segundos después el golero coloca la pelota en el borde del área chica y se aparta hacia el lado del arco para que uno de los zagueros, que viene a la carrera, la reviente hacia el otro sector de la cancha. El zaguero es un muchacho moreno, alto y corpulento, que trabaja de reponedor en el supermercado al que voy siempre. Lo veo casi todos los días subido a un montacarga, surcando el espacio entre las góndolas y elevando varios metros fundas gigantescas de papel higiénico.
-¡Vamos! ¡Vamos, carajo! -grita, y corre algunos metros más luego del impacto como si se le ocurriera perseguir a la pelota, pero esta parece dar contra una barrera de goma invisible y empieza a caer en picada casi sobre el círculo central.
Y otra vuelta lo mismo. Las jugadas de peligro para el arco de Peñarol no terminan nunca, y el próximo gol de Kennedy seguro llega pronto. Pero para que eso ocurra va a pasar algo de tiempo y va a haber una interrupción de por lo menos dos o tres minutos debido a la ausencia de pelotas.
Cuando se está jugando la mitad del primer tiempo una pelota rechazada por un volante de Peñarol se pierde tras unas casillas en un terreno lindero. El juez solicita una pelota de repuesto y de repente todos comienzan a mirarse entre sí: los jugadores entre ellos, los espectadores entre sí y luego con los jugadores, los delegados y los técnicos con los jueces y los jugadores, y los jugadores otra vez con los espectadores. A los policías no los mira nadie. Ninguna de las pelotas reaparece. Desde detrás del arco de Peñarol oigo el inicio de una discusión entre el árbitro y el técnico del equipo local. No distingo bien lo que se dicen, pero si se tratara de una familia, el juez sería una madre avergonzada.
Para tratar de captar algo camino hasta el costado de la cancha, pero cuando llego ha aparecido una de las pelotas y el juego se reanuda. Por ahí veo a un muchacho trepado sobre el muro de una de las viviendas que dan sobre ese lado de la cancha. Desde la otra parte se escuchan ladridos. La gente, allí casi todos son de Peñarol, le dice que salte hacia adentro.
-No puedo, muchacho -contesta -Está lleno de perros... pero de acá se ven las dos pelotas.
El técnico de Peñarol se da vuelta.
-¿Y la mujer? -le grita -¿No está la mujer?
El muchacho responde que no y se queda haciendo equilibrio en la cima del muro, sobre la protección de alambre de púa.
El técnico vuelve a observar el partido y dispara un par de palabras de aliento para sus jugadores. Es un hombre de unos 65 años, algo gordo, vestido con cierta apariencia de paseo y con las manos siempre en los bolsillos. No saca las manos de los bolsillos ni siquiera para las indicaciones, que no son más que muestras de un afecto casi paternal, antes que ideas que los jugadores deben plasmar. Nada que ver al Gordo Nene, de quien está separado por algo menos de diez metros. El Gordo Nene está parado sobre la línea de cal y tiene los brazos tensos y levemente separados del torso, como si estuviera a punto de desenfundar un par de pistolas y arreglar todo eso del partido a su manera. Pero volviendo al técnico de Peñarol, es que, observando su rostro, me doy cuenta de una situación mayor. Se trata de los propios jugadores de Peñarol. La primera impresión que tengo al verlos, así tan de cerca y sin la molestia del sol de hace un rato, es múltiple y desordenada. Por eso necesito no dejarme llevar por la idea de que en cierto modo esos jugadores no parecen los de la primera, sino los de la reserva. Es algo más que eso. Algo más profundo. Es una cosa que puede apreciarse un segundo antes de que uno de los volantes por el sector izquierdo reciba la pelota e intente bajarla de pecho. Y ni siquiera es esa típica expresión del jugador apremiado que afronta su tiempo con el esférico como si se tratara de un compromiso engorroso. No. Es la forma en que los jugadores de Peñarol miran el balón como fenómeno físico, pero también con todo lo de abstrato o de planteamiento geométrico puede tener la cuestión. Y entonces lo sé... Eso que les está ocurriendo a los jugadores de Peñarol de Maldonado, eso que sienten cada vez que reciben la pelota sucedió hace algunos miles de años en la Humanidad, y es el mismo asombro que el Hombre tuvo cuando descubrió la rueda. Es la posibilidad de alternar con un objeto cuyas posibilidades se entrevén como magníficas, pero que todavía no sale del dominio de lo sagrado, de lo que sólo pocos elegidos pueden hacer con él. Eso elegidos vendrían a ser hoy (hoy, nomás) los jugadores de Kennedy.
A unos pocos minutos del final de primer tiempo llega el segundo gol de Kennedy. Hay un tiro libre al borde del área, del lado izquierdo de la media luna. Melo se adelanta y remata, ni fuerte ni a colocar, no llego a apreciarlo bien. Pero la pelota golpea entre las piernas de los jugadores de la barrera como en un flipper y entra suavemente, a los saltitos, contra el palo izquierdo, bajo la atenta mirada del golero, que se ha quedado clavado sobre la línea. Acá regresa la idea de las fuerzas que son ejercidas sobre los objetos. Quiero decir, nadie podía evitar que esa pelota entrara como guiada por una voluntad particular: algo antinatural.
El segundo tiempo no fue más que un estiramiento excesivo e innecesario de todos esos aspectos que afloraron entre un equipo y el otro en el primer tiempo. Aunque me perdí el tercer gol de Kennedy (de Nicolás Pereyra) por ir a buscar algo para tomar en un almacén de la zona, y aunque no pude obtener una información más o menos precisa de cómo fue el gol (porque resultó un poco imprevisto, al parecer), la forma en que me lo imagino es perfecta. Es decir, me imagino un gol bastante abstracto y que por eso mismo se aviene bien con la idea de la presencia de una fuerza (casi fantasmal). En el gol de Pereyra la pelota ha entrado, entra sola, entra porque tiene que entrar y eso corresponde justamente al curso de las cosas. Ingresa al arco rival arrastrada por aquella fuerza que ha roto el equilibrio, y las figuras de todos los jugadores y los técnicos y los jueces y el público se desvanecen y queda la verdadera representación del acto como el movimiento frío y matemático de los astros en el cielo nocturno.
El sentimiento se intensifica. La temperatura desciende y no es sólo que el sol esté bajando, es también el frío húmedo que pasa atravesando las suelas hasta entumecer las piernas. Además hay algo de todo eso que está en la manera en que el técnico de Peñarol se dirige a sus jugadores.
-Vamo', vamo'...
Pasan unos segundos.
-Meta, meta...
Pasan unos segundos.
-Ahí, ahí...
Pasan unos segundos.
-Arriba, arriba...
Es el habla de un paternalismo resignado, vivido como un dolor que le ha sido arrojado desde sus hijos.
Más tarde llega el último gol del partido, con el que Kennedy termina goleando 4 a 0 a su rival. Es el merecido gol del "Chala", un puntero interesantísimo, pequeño, movedizo y de gran corazón, que lo mismo juega por izquierda que por derecha. La jugada fue rápida. Un pase en profundidad, entra el "Chala" a buscar la pelota y gol.

El árbitro hace sonar el silbato para dar por terminado el encuentro. Algunos jugadores de Peñarol dejan caer sus brazos y estos golpean contra sus caderas, otros jugadores hacen pucheros y se lamentan entre dientes o patean el suelo. Los jugadores de Kennedy levantan los brazos y se arraciman y se gritan cosas entre sí. Es la primera victoria de Kennedy en el torneo, y es una victoria contundente, clara, incuestionable, amplia, lógica, obvia y, sin embargo, no del todo propia.
Peñarol de Maldonado 0 - Kennedy 4

Posiciones (3ª fecha): Barrio Rivera - 9 Peñarol de San Carlos - 7 Huracán - 6 Nacional de San Carlos - 6 San Martín - 6 Neptuno - 6 Barrio Perlita - 3 Alianza Cinco - 3 San Lorenzo - 3
Preñarol de Maldonado - 3 Deportivo Kennedy - 3 Punta del Este - 3 Hipódromo El Peñasco - 3 Círculo Policial - 1

miércoles, 19 de agosto de 2009

IV Encuentro de Escrituras

ARGENTINA Alicia Salinas, Carlos Bernatek, Cecilia Romana, Esteban Moore, Horacio Fiebelkorn, Mónica Sifrim, Pedro Mairal, Perla Suez BRASIL Aldyr García Schlee, Angélica Freitas CUBA Aitana Alberti PARAGUAY Jorge Montesino PERÚ Antonio Cisneros URUGUAY Alejandro Michelena, Alfredo Fressia, Ana Magnabosco, Andrea Blanqué, Damián González Bertolino, Diego Fischer, Elder Silva, Hugo Fontana, Ignacio Martínez, Inés Trabal, Julio Guerra, Leonardo De León, Malí Guzmán, Marcel Sawchik, Marciano Durán, Mario Delgado Aparain, Omar Moreira, Raquel Diana, Roberto Poy, Silvia Guerra, Washington Benavides

1er Seminario Internacional de Historia, Lengua y Literatura André Mitidiere, Gerardo Ciancio, Marcelo González, Hebert Benítez Pezzolano, Inara de Oliveira, Jorge Albistur, Roberta Loose, Silvia Niederauer.

Maldonado / 1 al 5 de setiembre de 2009
Biblioteca Municipal José Artigas / CERP del Este / Liceo Departamental Organizan: Dirección General de Cultura, CERP del Este

lunes, 17 de agosto de 2009

Kennedy '09 (II)



-Sábado 20 de junio de 2009. 2ª fecha: Kennedy vs. Peñarol de San Carlos-

"Kennedy deberá mejorar mucho si pretende pelear arriba".
Encontré esa frase en una página de internet buscando algunas repercusiones sobre el partido del sábado anterior entre Barrio Rivera y Kennedy. Recién cuando terminé de leer la nota me di cuenta de que el que la había escrito era Rodolfo, justamente. Está bien: necesitaba alguna mirada más o menos alejada o imparcial acerca de cómo se veía el equipo de Kennedy jugando.
Con esos pensamientos fui el sábado siguiente a una de las tres canchas que están en la zona de la vieja perrera, en un entorno similar al de la cancha de Barrio Rivera, aunque algo más al sur y más al borde del arroyo Maldonado. De hecho, una de las canchas, la que queda más hacia el lado de la perrera, cuando llueve mucho, es prácticamente uno de los lugares más privilegiados del departamento para la práctica del water-polo o, en su defecto, para las peleas de mujeres en lodo pegajoso, tan desacostumbradas por estas zonas, al menos en cuanto a su modalidad deportiva. Esa es la cancha de Nacional, o Nacional La Barra, ya no tengo claro si ambos equipos siguen fusionados o si se separaron o si siguen involucrados en la liga o si están esperando a que un viejo harto de pasar los domingos de mañana en su casa oyendo los últimos ronquidos de su esposa se decida a mover algunos dólares sepultados en el banco para resucitar un club en el que puedan jugar muchachos como sus nietos, los amigos de sus nietos y los amigos de los amigos de esos nietos. Lo que sí sé es que yo jugué muchos partidos en esa cancha porque estuve en ese club en los años '97 y '98. Entrabas a un partido o a una práctica en invierno, luego de unos días de lluvia, y y el agua helada comenzaba a meterse por dentro de los botines como una enfermedad infecciosa, cabeceabas una pelota y estallaba alrededor un cosmos de barro y fragmentos de pasto, etcétera. Era una cosa llena de gracia, sin embargo. No era nada que te pudiera dar asco ni causar desazón. Quiero decir, todo estaba compuesto por un ingrediente que podríamos llamar ligeramente como "libertad". Los partidos con lluvia o después de la lluvia nos encantaban. Podías encontrar en ellos algo nuevo, que se agregaba a lo habitual. Es cierto que las posibilidades de las lesiones aumentaban. Una barrida perdida de un jugador podía transformarse más fácilmente en la lesión de un rival. Un resbalón de lo más bobo se volvía un esguince de tobillo. La pelota se hinchaba con la humedad y se volvía el enemigo más odiado. Era ideal para desarmar una barrera en un tiro libre, para dejar semi inconsciente a un arquero luego de un remate justo en el medio de la cara, para aflojarte las posibilidades de descendencia y otras cosas por el estilo. Pero cuando terminaba el partido sentías que se había producido una ablución múltiple, más allá del barro, el agua y hasta a veces los restos de bosta de caballo o de vaca, que solía a haber. Supongo que muchos hoy en día buscarán algo parecido en los centros de spa: una buena sacudida de músculos, un poco de agua, otro poco de barro y algunas que otras palabras de aliento.
La cancha que está del lado opuesto, como si uno se volviera hacia Maldonado, es la cancha de un equipo de la liga senior. Está bastante más levantada con respecto al nivel del arroyo y por lo tanto el pasto crece un poco más, como lo que se esperaría de una cancha de fútbol. Entre esta cancha y la que era de Nacional La Barra y que describí más arriba está la cancha de San Martín, que utiliza ahora Kennedy para sus partidos como local. ¿Y por qué tuvo que utilizar Kennedy una cancha ajena para su primer partido como local en el campeonato? Es una pregunta de lo más sencilla de responder: porque no tiene cancha propia. Aunque, si nos pusiéramos estrictos, cabría decir que esa no es la respuesta más ajustada que se pudiera ofrecer. Porque la cancha existe. Cualquiera puede ir hasta el mismo barrio Kennedy, internarse hacia el corazón de ese lugar unas tres o cuatro cuadras y dar con los restos de lo que fue, más o menos hasta principios de los '90, la cancha de la Institución Atlética Deportivo Kennedy. Allí están colocados mis primeros recuerdos del equipo. Una tarde de fines de los '80 mi madre me manda con una canasta llena de tortas fritas. Un amigo me acompaña. Cuando estoy a unos pocos metros de la cancha no puedo creer la cantidad de gente que hay, el ajetreo nunca visto en el barrio. No pude ver mucho. La gente se me venía encima con el dinero y terminé vendiendo todo en unos pocos minutos. Pero tengo presente hasta el día de hoy la excitación del ambiente, las expresiones desencajadas y apasionadas junto al alambrado de personas que veía a diario y que por lo general manifestaban una emoción y un entusiasmo un poco por encima del promedio de un ladrillo. No sé por qué motivos ahora esa cancha dejó de utilizarse. Sí tengo memoria de un intento de recuperación. Fue como en el año '96, cuando un joven dirigente se ofreció a hacer unos arreglos del terreno de juego con una retroexcavadora propia en sus horas libres. El primer día, luego de salir del liceo, fui a ver el trabajo con un amigo. La gente de las casas que rodeaban la cancha observaba el recorrido de la máquina con algo de indiferencia y también de subestimación. Cuando fuimos al día siguiente la retroexcavadora no estaba. Más tarde me crucé con el dirigente en el club de golf (él trabajaba allí) y le pregunté qué había pasado con los arreglos. "Problemas con los vecinos", contestó. Según él, varios se le habían quejado: ¿Dónde iban a hacer pastar los caballos? ¿Dónde iban a vaciar el agua de los lavarropas? Etcétera... Hace un tiempo, un profesor amigo, que jugó hace muchos años en el equipo de La Barra, me hizo tener presente algo que era parte fundamental de jugar en la cancha del Kennedy: el fácil ingreso y la difícil salida. Es que para entrar, antes había una sola posibilidad, y era desde la calle Isabel de Castilla (ex Francisco Salazar). El camino lleno de cascotes, con la cañada siempre a un costado, se iba cerrando en un efecto casi de embudo hasta finalizar en un alambrado que corría por la parte posterior de uno de los arcos, el arco sur. Lo difícil, decía mi amigo, era la salida, si ganabas, obviamente. Si el Kennedy no ganaba, jugaras en la categoría que jugaras, te quedabas mirando todo el tiempo toda aquella gente que a un lado y otro había estado observando el partido subida a los techos. Le pregunté si una vez lo habían lastimado. No, me respondió, pero metía respeto una cosa así.

Apenas entré a la cancha de San Martín me llamó la atención que no hubiera nadie cobrando entradas; así que pasé por encima de un sector estrecho de tierra, donde la zanja al costado de la calle se interrumpía, y me quedé parado entre los vehículos estacionados detrás del arco. Estuve un par de minutos mirando para todos lados hasta que se me acercó uno de los jugadores de Kennedy. Vamos a llamarle J. Tiene unos veinticinco años y es un delantero alto, fuerte, escurridizo y con cierta delicada renuencia a la conversión, mal que le pesa a los hinchas y a los amigos. Nos saludamos, y luego de un par de comentarios más o menos insignificantes voy directo a lo que quiero saber: "El Kennedy va a subir este año?". J. me responde que sí, que le parece que hay posibilidades, y que en el partido pasado contra Barrio Rivera simplemente no hubo suerte. Me recuerda entonces un partido amistoso que jugaron hace más de un mes, en la pre-temporada, contra Punta Ballena, y en el que estuvieron cerca de ganar. "Ellos estaban entrenando desde el verano y trajeron buenos jugadores", me dice. Mientras me cuenta algunos pormenores del partido de los que tengo que concluir que Kennedy se pasó por las pelotas toda la parafernalia de pre-temporada de Punta Ballena, yo voy asintiendo en silencio. En eso llega un grupo de jugadores y J. intenta hacerlos entrar en la conversación:
-¿No es verdad que en el amistoso aquel le hicimos partido y todo a Punta Ballena y ellos venían con terrible preparación física?
Un jugador responde dos o tres palabras difíciles de recordar, como para reafirmar ante mí lo que J. dice, más que para querer agregar algo nuevo. Otro jugador gruñe y mira para el lado de la cancha, donde transcurren los últimos minutos del partido de reserva que gana Kennedy. El resto de los jugadores hace silencio y continúa su camino hacia el vestuario, que todavía, hasta nuevas reparaciones, no pasa de ser un levantamiento de bloques desnudos a la espera del techo. J. se va con ellos y vuelvo a quedarme solo. Saludo a la distancia a un par de conocidos, observo en el arco más próximo una jugada que estuvo a poco de ser otro gol de Kennedy en reserva, y me encamino de a poco hasta el costado oeste de la cancha. Allí hay una sola opción para sentarse, y es un talud de tierra y escombros. Saludo a las únicas dos o tres personas que están en ese lugar y busco un espacio donde los cascotes no me molesten demasiado en las asentaderas y donde la humedad no me traspase la tela del pantalón.
Cuando termina el preliminar se me acerca un vecino que también ha venido a ver a Kennedy y hablamos vagamente de otras épocas del club o de jugadores que se destacaron por alguna u otra razón. Hasta que en cierto instante mi vecino deja caer la siguiente observación: "Igual, ¿qué va a hacer este cuadro si sube a la A?... No le conviene. Con lo que le cuesta jugar en la A, sube y se funde... Aparte, mirá esto (señala con un brazo los alrededores): ¿Dónde están los hinchas?". Se hace un silencio y me quedo observando hacia el lugar en que están estacionados los automóviles. Después distingo a lo lejos los ejericios de calentamiento de los equipos de Kennedy y Peñarol de San Carlos, en la cancha que queda del lado de la perrera. Por un momento tengo la sensación de que hay más automóviles que personas en la cancha. Miro para otra parte y me quedo pensando.

El técnico de Kennedy, Walter Lemos (aka "El Gordo Nene") se para a pocos metros de la raya de cal y cruza las manos por detrás. Tiene los dedos rollizos y las uñas perfectamente recortadas. En la mano izquierda está apresado un encendedor Bic, en la derecha un paquete de Nevada casi terminado. El Gordo Nene tiene el pelo corto, excepto sobre la nuca, desde donde cae llovido bajo una gorra imitación Kangol. El Gordo Nene se queda quieto, separa apenas las piernas, como si estuviera en cualquier momento por sonar un himno. El que se mueve es su ayudante. Pero el Gordo Nene está muy quieto, repito. El Gordo Nene ve venir la cosa...

Comienza el partido.
De entrada, si hay algo que notamos como una verdad divina, es el cambio en el esquema ofensivo de Kennedy con respecto al partido anterior. La línea de ataque pasa a estar formada por tres jugadores, entre ellos Walter Melo, de puntero izquierdo. En los primeros minutos se percibe claramente que hay una intención del equipo de ser más incisivo de lo que fue en el partido anterior, pero cada jugada de ataque está a, como mínimo, dos o tres pases de poder ser concluída con éxito. Los defensas de Peñarol de San Carlos hacen bastante bien su labor, más allá de la idea de prolijidad que tengan, y logran hacer que sus compañeros en el mediocampo manejen la pelota intentando acercarse al último cuarto de cancha. Pero esto no sucede a menudo. Los defensas y los volantes de Kennedy recuperan por lo general cada pelota, alejan el peligro, y buscan, con cierta insistencia desmedida, a Melo. Sin embargo, pasan los minutos y Melo no pega una, ni siquiera sabe cómo encontrar a algún compañero para entregársela con claridad ante las puertas del área rival. Cada pelota que recibe termina desperdiciada, y la mayoría de las veces eso pasa porque está lento, descoordinado. Trata de hacer un caño, no le sale y protesta si el defensor le gana luego la posición. Intenta hacerse un autopase y no llega a tiempo y pierde la cuerpeada. No llega a una pelota y se tira al suelo y simula una infracción. Todo eso vendría a ser un ejemplo. El Gordo Nene comienza entonces a impacientarse. No parece un hombre que tenga ganas de verse en la situación de decir dos veces alguna cosa importante. La verdad es que no... Cada vez que el partido se detiene aprovecha para darle alguna indicación precisa, fuerte y breve a alguno de los delanteros. Melo, entre ellos, escucha o se hace el desentendido o trata de ofrecer alguna explicación a la mano, hasta que sobre mi derecha un jugador de la reserva pasa la cabeza por entre los hilos del alambrado y se asoma al interior de la cancha y grita:
-¡Mono! ¡Poné más huevos, hermano!...
Algunos minutos después, cuando comenzaba a verse que cuando Peñarol de San Carlos atacaba menos pero mejor que el local, el árbitro detiene el juego. Va hacia el lugar en que está el Gordo Nene y exige que se le entregue alguna pelota que esté bien inflada. Los ayudantes se agachan sobre un par de pelotas acumuladas contra la base del alambrado y las tantean haciéndoles presión a un lado y otro con ambas palmas.
-Están iguales... -dice uno.
-Bueno, la menos desinflada, entonces... -replica el árbitro.
Mientras tanto algunos jugadores de Kennedy se acercan y toman y reciben palabras de aliento e indicaciones del Gordo Nene. Luego se acerca también un jugador rival y pide que le den a él un poco de agua.
-Estoy hecho mierda del pedo que me agarré anoche... -comenta.
Los ayudantes de Kennedy sonríen y le ofrecen al rival una botella en la que queda un resto de agua que los jugadores han dejado. Un hincha de Kennedy de los que están a mi lado (bueno, en realidad no éramos más de cuatro o cinco en ese costado de la cancha) le hace algún tipo de broma sobre el alcohol y el jugador lo mira, se ríe justo cuando devuelve la botella vacía. Uno de los ayudantes tira la botella a un lado y el juez pita y el partido se reanuda.
Cuando recomienza el juego siguen las muestras de esa especie de camaradería. Es explicable. Hace frío. El cielo gris se cierra cada vez más y se oscurece. En un corner a favor de Kennedy que va a ejecutar el Mono Melo, por ejemplo, el línea de nuestro lado se da vuelta un par de segundos, suspendiendo su atención sobre el lado opuesto de la cancha, y nos dice lo siguiente:
-¡Si será como un gurí chico este Mono! Hace la cagada y luego me mira a mí a ver si me di cuenta. Se piensa que no vi que puso la pelota afuera del círculo...
Después la pelota se levanta y cae llovida sobre el área de Peñarol de San Carlos y es rechazada en seguida hacia el medio de la cancha.
Es preciso que vaya ahora al conflicto central del encuentro. En realidad puede sintetizarse como algo que recuerda al partido anterior. La línea delantera de Kennedy parece como una fuerza de choque. Pocas ideas, poca sorpresa en espacios reducidos, poca movilidad cerca del área. El rival llega menos, pero cuando lo hace el gol parece inminente. Por ahí, en alguna jugada, se ve a Nicolás Pereyra. Cuando pasa la mitad del primer tiempo resulta obvio que Pereyra tendría que jugar un poco más adelantado y dejar de colaborar tanto en la recuperación de la pelota y dejarle ese asunto a alguien más idóneo, aunque él también marca de forma aceptable. De pronto, por Pereyra pasa una jugada que pudo haber sido el gol de Kennedy. La pelota va hacia la izquierda, hay un par de intentos de centros o de pases quizás en profundidad, varios rebotes y pifias, hasta que alguien en la montonera le da con fuerza y el esférico pega en el brazo de un defensor de Peñarol de San Carlos. Todo pedimos penal. Algunos pasan sus brazos a través del alambrado. El juez entonces se palmea a nuca y corre siguiendo el avance de la jugada. Los insultos no son muchos porque somos pocos y porque además yo he dejado a edad muy temprana de putear en ocasiones así. El línea se da vuelta y nos entrega la expresión neutra de su rostro. Pero los jugadores de Kennedy empiezan a írsele al humo al juez en cada jugada. El juez, por su parte, es un tipo fogueado. Cuando un jugador de Peñarol de San Carlos le protesta una decisión de forma dura, el tipo se da vuelta, afloja el silbato en los labios y lo deja caer y responde:
-¡A mí vos no me metés la pesada! ¿Te queda claro?
Eso le gusta mucho a uno de los hinchas de Kennedy que están conmigo, y grita:
-¿Viste, Mono? ¡Eso es tener huevos!...

El partido se complica de a poco. Peñarol de San Carlos toma fuerza en cada jugada y Kennedy no mete tres pases seguidos. Sin embargo, al jugarse por momentos tanto en la mitad de la cancha, se hace sentir esa extrañeza o esa engañosa paridad que se plantea si uno toma una jugada aislada. Aíslo mentalmente una secuencia cualquiera y se parece mucho a cuando uno pasa por algún sitio donde hay una estructura a medio montar: lo mismo pudieran estar desarmándola que armándola.
Otra secuencia aislada: la pelota deriva a media altura hacia el lado derecho del ataque de Peñarol de San Carlos. Uno de los delanteros la captura, la domina y se va con ella hasta cerca de un metro de la línea de fondo. Luego, cuando le sale al encuentro un zaguero de Kennedy, hace algo como una doble gambeta: la pasa de su pie derecho al izquierdo y en eso el defensa estira hasta allí su pierna derecha y pierde movilidad cuando el atacante, en la misma continuidad de movimiento, hace la inversa, es decir otra gambeta, pero del pie izquierdo al derecho, y el defensa opone sólo el pie de apoyo, que se clava contra el barro, y el pase va hacia adentro del área, como saliendo, desgarrando el espacio hasta encontrar un jugador aurinegro que toca la pelota hacia el interior del arco de Kennedy como si se tratara de un penal. Los brazos del árbitro se tensan igual que las agujas de un reloj. Termina el primer tiempo y los jugadores de Kennedy ubican de a poco la distancia que los separa del Gordo Nene, porque en un minuto él va a dar inicio a la charla del entretiempo.

(En el entretiempo, los que estaban a mi lado se retiran hacia atrás del arco donde va a atacar Kennedy en el segundo tiempo. Poco después aparece un conocido del barrio de hace muchos años, ex-jugador de Kennedy, también. Vamos a llamarle Vladi. Primero que nada, Vladi se asombra de verme allí y me pregunta qué me ha dado por ir a ver al cuadro. Le recuerdo que soy del barrio, que jugué en el equipo, cosa que él sabe, y un segundo más tarde me muerdo la lengua. Entro en una lógica de discusión en la que no veo salida.
-¿Pero qué hacés acá, si nunca venís? ¿Me vas a decir que sos hincha del Kennedy ahora?
-Bueno... -respondo -hace años que no venía a ver ningún partido, pero era porque no podía, estaba ocupado...
-¿Ocupado? -Vladi no me mira a los ojos cuando me habla, jamás -Si vieras a los partidos que yo he ido, en la motito, bajo cada lluvia torrencial... ¡Eso es ser hincha!
No le respondo. Me concentro en los jugadores sentados en el pasto, haciendo un círculo en cuyo centro se mueve el Gordo Nene agitando los brazos.
Como ve que no sigo la conversación Vladi se acerca un poco más.
-¿Te puedo preguntar algo? -me dice.
Le respondo que sí.
-¿Tenés licuadora?
-¿Yo?...
-Sí, a vos te estoy hablando...
-Tengo... ¿Por?...
Vladi me mira a los ojos.
-¿Seguro tenés? ¿O me estás mintiendo?
-...
-Porque ando vendiendo números de rifa de una licuadora... Si tenés, no importa, igual... Se la regalás a alguien.
Le pregunto entonces cuánto cuesta el número y me responde una cifra que me deja asombrado; no puedo recordar cuánto era, pero sí me puedo acordar de mi asombro. Además, yo no había llevado ni de cerca esa cantidad de plata, sólo lo necesario para la entrada y algunas monedas más.
-No tengo... -digo al final.
Vladi echa la cabeza hacia atrás, abre grandes los ojos y extiende ambos brazos a los costados.
-¡Pero no podés ser tan machete! ¡Es una rifa para el cuadro, muchacho!
Le repito que no tengo tanta plata encima y se aleja gruñendo y me quedo solo.
Muy poco antes del inicio del segundo tiempo observo que Vladi se acerca de nuevo.
-Me meo... -me dice.
Pero el comtario, apenas yo había apreciado en él una mera transferencia de información, me implica. Vladi sube al terraplén, pasa hacia el otro lado y se acomoda semioculto tras mi figura.
-No te vayas a levantar que si no quedo regalado...
En seguida escucho el ruido del chorro a mis espaldas. Es un instante sin fin. El mundo todo se congela hasta que las últimas gotas se deshacen en el barro pedregoso. Entonces los jugadores de ambos equipos se distribuyen por toda la cancha y Vladi deja salir un suspiro de complacencia.)

Para el segundo tiempo el Gordo Nene dispuso algunos cambios que mejoraron desde los primeros minutos de forma notoria el juego de Kennedy. La situación, de hecho, se prolongó hasta la mitad del segundo tiempo. Walter Melo fue sustituido por Jorge Rodríguez, que pasó a jugar moviéndose por todo el frente de ataque a gran velocidad, más allá de no encontrar a veces la precisión adecuada en los remates o de no haber recibido pelotas claras como para encarar hacia el arco rival con posibilidades ciertas de gol. La salida de un volante, por otra parte, dio paso a la entrada de un volante joven y rápido: Hernán Crespo, que pasó a colaborar en la recuperación de pelota por el sector izquierdo. Este cambio, creo, permitió principalmente cierto desplazamiento de las líneas en algunas situaciones buenas del ataque de Kennedy, como cuando cubría el lado derecho de la defensa para que Palacio, un lateral derecho alto, rápido y fuerte, pudiera hacer incursiones muy interesantes hacia el último cuarto de cancha.
Es también el tiempo en el que Nicolás Pereyra pudo despreocuparse de la marca en el medio de la cancha y tener más aire para dedicarse a hacer lo que es su verdadero juego, que es recibir pelotas, aguantarlas con su cuerpo fornido, o pasarlas de primera y luego salir disparado hacia la búsqueda de la devolución. Nicolás Pereyra es un jugador extraño. Extraño porque, a primera vista, parece un jugador algo menos diestro que el común de los jugadores. Pero después de verlo durante algunos minutos, tanto con la pelota como sin ella, uno cae en la cuenta de que tiene una aptitud que muy pocos jugadores poseen, y es la de volver fácil lo complicado, la capacidad de convertir situaciones cerradas en posibilidades de ataque con una economía de movimientos realmente apreciable. Un giro, un solo segundo de más le basta a Pereyra para hacer que de pronto las piezas del campo de juego se reacomoden y determinada instancia dé paso a otra más favorable.
Con todos estos cambios se empareja el partido. Peñarol de San Carlos ya no llega tanto, y Kennedy sueña con el empate. Hay cabezazos tras desbordes, tiros libres bien ejecutados, pelotas perdidas tras un corner que exigen lo mejor del arquero visitante; Jorge Rodríguez patea incómodo, casi de espaldas, tras un corner y la pelota es sacada por un defensa cuando entraba. Parece que el empate es algo que está por llegar en cualquier instante... Peñarol de San Carlos, en cambio, se repliega a la esperanza de algún contragolpe.

Varios minutos más tarde, el partido no tiene vuelta. Un defensa suplente de Kennedy que ya no tiene posibilidad de ingresar al juego se sienta sobre el terraplén y se apresta a mirar resignado lo que queda del encuentro. Es un hombre no muy joven, pero ya completamente calvo. Está abrigado con una campera desteñida y vieja y lleva puesto por encima del short y las medias un pantalón de jean manchado y desgastado que seguramente usó también en su trabajo en la construcción entre semana, lo mismo que los zapatos amarillos con refuerzo de plomo en la punta.
Mientras tanto la tormenta se ha armado sigilosamente. Hay una tensión en el ambiente como la que puede existir en lo previo a la rotura de un dique. La temperatura ha subido un poco, el viento ha cambiado y un cinturón negro de nubes avanza desde atrás del arco de Peñarol de San Carlos como la avanzada furiosa de unos emisarios con malas noticias.

Hay una pelota que llega a los pies del lateral derecho, Palacio. Este hace un dribbling, una gran jugada. La pelota va ahora hacia Nicolás Pereyra, que la hace correr hacia la punta derecha donde la recibe otra vez más el mismo Palacio. Llega el centro. Saltan varios. Hay un posible penal. Los jugadores de Kennedy, los suplentes al lado del alambrado, el Gordo Nene, sus ayudantes, todos levantamos los brazos. El árbitro sacude un brazo, niega con la cabeza y sigue el desarrollo posterior de la jugada. El suplente que está sentado a mi lado escupe al frente, se levanta y se me acerca.
-¡Flaco! -me dice -Voy a echar una meada ahí atrás. Aguantame sentado.
Yo me quedo quieto. Hago que sí con la cabeza y trato de poner atención en los últimos instantes del encuentro. De repente empieza a sonar a mis espaldas un chorro suave y se sienta cómo penetra en el barro formando una pequeña hoyita. Dura poco, pero dura. Unos segundos después el jugador reaparece. Pasa a mi lado y se queda parado casi en lo más alto del terraplén observando lo que queda. El equipo no encuentra acomodo. Los últimos minutos se van de forma angustiosa y ya no importa el método para acercarse al área rival. La pelota debe caer en ese lugar sea de la manera que sea. Pero Hernán Crespo rechaza a medias una pelota y la tira sobre la mitad de la cancha, donde la reciben los atacantes rivales. El Gordo Nene levanta los brazos y los bajan con fuerza. Las palmas de sus manos resuenan contra sus muslos. Agacha la cabeza y grita:
-¡¡¡Esto no es baby-fútbol!!!...
Los jugadores tratan de reacomodarse. El juez, por su parte, afloja su carrera y mira solamente un punto impreciso del piso. Sus brazos se levantan y resuena duro y claro cada uno de los solbatazos. El arquero suplente de Kennedy se levanta y patea el suelo. Unas esquirlas de barro vuelan hacia donde está el Gordo Nene.
-Siempre lo mismo... -grita el arquero suplente.
Empiezan a caer las primeras gotas. Llegó la tormenta.
Kennedy 0, Peñarol de San Carlos 1

Posiciones (2ª fecha): ALIANZA CINCO - 6 BARRIO RIVERA - 6 SAN MARTÍN - 6NACIONAL (San Carlos) - 4 PEÑAROL (San Carlos) - 4 SAN LORENZO - 3 BARRIO PERLITA 3 HURACÁN - 3 PEÑAROL (Maldonado) - 3 PUNTA DEL ESTE - 1 DEP. KENNEDY - 0NEPTUNO - 0CIRC. POLICIAL - 0HIP. EL PEÑASCO - 0

viernes, 7 de agosto de 2009

Cosas que te pasan si te ganás un premio (y más si a los días salís en la tele local)

1 (En el liceo):
Una alumna me dice: Profe, no se vaya a ofender... Pero mi tía me mandó preguntarle si tenía novia.

2 (En el almacén, ante varios vecinos más, luego de una entrada súbita a la mañana siguiente de aparecer en la tele):
Palabras de una vecina (medio alto): ¿Pero ese libro lo escribiste vos solo así todo?

3 (Otra vez en el liceo):
Una alumna: Profe, en mi casa, cuando usted apareció en la tele, todos empezamos a aplaudir.

4 (En la bicicletería del barrio, dejando mi bicicleta por un pinchazo en la rueda delantera):
Bicicletero (cuando estoy abandonado el taller y me tiene dándole ya la espalda): ¡Te vi en la tele!... ¡Así-que-ahora-so-escritor-vo-andá!
Yo: ¡Ah!
Bicicletero: ¿Y de qué es el libro ese?
Entonces le cuento muy por arriba dos o tres aspectos de "Threesomes", y para rematarla agrego que son historias sobre gente común y corriente.
Bicicletero: Ta bien, eso... A lo sencillo, nomá... Mi mujer, no sabés, lee como loca... Pasa leyendo los libros de Coelho... ¡Ah, no! Pero te juro que cuando me empieza a salir con lo de los ángeles me dan ganas de irme a la mierda pa'l bar, te juro...

PD: Las preguntas en la entrevista televisiva fueron las siguientes:
1- Bueno, me imagino que una emoción muy grande por el premio...
2- Contanos quién es el increíble Springer.
3- ¿Qué sentiste cuando recibiste el premio?


viernes, 31 de julio de 2009

Cristina y el viento

(Con mi hermana Andrea; Kennedy, 1989)

[Mientras preparo un texto sobre lo ocurrido el sábado pasado en Minas, mencionando lo sucedido desde el partido de fútbol hasta las horas posteriores a la premiación, publico aquí este pequeño texto que escribí en una libreta la noche previa]

(I) Estoy en Minas. Son las 2:50 de la mañana del sábado en que voy a recibir el premio nacional de narrativa... mmm... V. duerme, los anfitriones de la casa duermen... Estaba tratando de anotar algunas frases de Morosoli en un papel para poder tenerlas en cuenta mañana cuando me toque hablar en el acto...

(II) Me acuerdo de mi primer viaje a Minas, en 1989. Yo tenía 9 años. Fue un viaje con mi grupo de cuarto año de la escuela. Observaba todo el tiempo fascinado el paisaje de las sierras. Sentía que era el único que le prestaba atención a eso más allá de la vibración especial del viaje. Trataba de entender lo diferente. Cuando yo tenía 9 años quería ser escritor. Escribía historias de aventuras en el espacio...

(III) Pero también historias que acontecían en Uruguay. Tomaba un mapa, me fijaba en los departamentos, en los ríos, y entonces ideaba un itinerario para un relato. "¡Ay! ¡Pero que imaginación tiene este Damián!", decía la maestra de quinto. Se llamaba Cristina, y por las tardes, cuando ya se aproximaba la noche, se cambiaba la túnica y salía de su casa para trabajar de telefonista en Antel. Yo me la imaginaba...

(IV) Me la imaginaba sola, en una habitación con una solitaria consola ante la que ella estaba sentada metiendo cablecitos en unos huequitos para comunicar una llamada del norte de Rusia con Uruguay, pongamos por caso. Me la imaginaba sola, pensando en sus cosas, lo que iba a hacer el día siguiente en la escuela, lo que prepararía para comer el domingo. La maestra Cristina no tenía ni hijos ni marido. No los tenía...

(V) No los tenía porque yo me imaginaba que era así. Y punto.

(VI) Una vez yo iba en el asiento de atrás de la camioneta. Mi padre manejaba por la calle Florida y yo observaba hacia atrás. Y ahí vi a la maestra Cristina, manejando su Honda 70 azul a muy pocos metros de la camioneta nuestra. Pero no me veía, y yo tampoco quise hacer señas para que me viera. Podía observarla de una forma en que no la había visto nunca, y no iba a dejar escapar ese momento.

(VII) Seguramente estaba yendo hasta su casa, para salir de inmediato hacia la oficina de Antel. En esa oficina de Antel, cuando era invierno, podías sentir el viento rampante contra las paredes del edificio y sentir también cómo sacudía los ventanales.

(VIII) En la escuela siempre estaba cansada. Me encantaba cuando hacía una lectura y nosotros la seguíamos mirando el texto en nuestros libros del alumno. La maestra Cristina se equivocaba de vez en cuando sustituyendo una palabra por otra distinta. Entonces resonaba mi voz chillona corrigiéndola. Un día de esos sentí que no existían los demás niños. Éramos sólo la maestra Cristina y yo, jugando un tipo de juego que para cada uno de los dos era distinto.

(IX) Era niño, ¿no?

(X) Hace unas horas, cuando el ómnibus atravesaba con su haz de luces la soledad fría y áspera del campo y de las sierras, cuando sentía que casi todos los pasajeros dormían, cuando yo también estaba a punto de dormirme, me puse a mirar el costado derecho del camino iluminado permanentemente por el ómnibus. Voy a Minas, exactamente veinte años después de aquel primer viaje, me decía.

(XI) A veces, me ocurrió esta noche, envuelto en la soledad y en el silencio, me sucede que quiero comunicarle algo aquel niño, y creo que puedo. Otras veces tengo la sensación de que es una especie de pariente muerto al que trato de honrar.

El increíble Springer



Estoy seguro de que fue en el verano del '57 cuando Gastón Springer se transformó en el increíble Springer.
Por ese entonces Punta del Este era un lugar muy distinto del que es ahora. Yo tenía doce años, y para ese verano ya había salido de la escuela y me sentía el dueño incuestionable de todo lo que me rodeaba. El espacio donde las olas rompían y se deshacían en la orilla, los médanos, los montes de pinos, los caminos viejos de pedregullo invadidos por las ramas y con hormigueros enormes y viejos a uno y otro lado; todo eso era mío. Y nadie alrededor. No había nadie que se parara y que apuntara con un dedo hacia una parte y después a otra y me dijera que todo eso le pertenecía. No. Yo andaba y andaba y en ningún momento nadie se me venía encima para obligarme a irme.

(...)

(disponible en su librería amiga)

lunes, 20 de julio de 2009

Una pequeña forma de la vida

(dibujo: niña M)

Soñé esto...
Iba caminando de noche por mi casa y me caía al suelo y me rompía el brazo derecho. De pronto alguien me levantaba y me sostenía hasta que podía tenerme en pie.
Había sido mi padre. Pero era distinto. Tenía la misma edad que yo, era delgado, llevaba un vaquero bastante usado y una camisa roja a cuadros metida por dentro. El pelo era negro y empezaba a verse el comienzo de la calvicie. Estuve un momento largo mirándolo y entonces sentí que no podía ser más feliz.

lunes, 13 de julio de 2009

Génesis 3:7

(dibujo: niña M)


Voy con la niña M en bicicleta. Cruzamos como casi todos los mediodías por la calle 25 de Mayo hacia el lado del centro. Este, en particular, es un mediodía frío y algo ventoso, pero el sol tibio hace bastante disfrutable el recorrido. Ella va sentada sobre un almohadón colocado en el cuadro. Mira hacia adelante, se aferra al manubrio y está atenta siempre a mi voz, que resuena a su alrededor sin que ella pueda girar para verme directamente a los ojos.
-¿Por qué estaban tan ricos los fideos de anoche? -pregunta la niña M.
-Mmm... Porque les puse un ingrediente secreto.
-No empieces ya con esas cosas... Tú sabes que el ingrediente secreto no existe en este país...

sábado, 4 de julio de 2009

Kennedy '09 (I)



-Sábado 13 de junio de 2009. 1ª fecha: Barrio Rivera vs. Kennedy-

Y un sábado de sol, ante las puertas del invierno, comenzó el campeonato en la divisional de ascenso del fútbol de Maldonado.
Llegué más o menos temprano a la cancha de Barrio Rivera, lo justo como para poder ver la última mitad del segundo tiempo del partido de reserva y apreciar el gol con el que los locales terminaron venciendo por 1 a 0. Hacía tiempo que no iba a esa cancha. Creo que la última vez había ido con mi cuñado hacía unos tres o cuatro años, una tarde lluviosa y fría de julio o agosto, cuando se suponía que el Kennedy iba a lograr una victoria que lo dejaría con más soltura en lo alto de la tabla. Pero esa vez perdió, y perdió jugando bastante mal. A partir de entonces el equipo se acomodó en cierta parte de la mitad de la tabla y se quedó allí hasta fin de año.
Para este 2009 hubo alguien que me dijo que el equipo era bueno y que teníamos ciertas chances de subir a la "A".
Así que llegué, me ubiqué en la parte baja de la única tribuna que hay en la cancha de Barrio Rivera y empecé a mirar hacia todas partes como queriendo entrar en contacto con algo más que el partido de reserva y su desarrollo y la conexión entre esos hechos inmediatos y las reacciones de la gente. Es decir: ¿para qué fui con la idea de escribir más tarde algo sobre el partido de la primera? Tendría que rebuscar en muchos aspectos entre los que están: las ganas de escribir, naturalmente; el hecho de que el Kennedy es el equipo de mi barrio y de que fue el último club en el que jugué (dejé en 2000 por seguir estudiando Literatura); la cantidad sorprendente de hechos grotescos que presencié en muchos de los partidos que jugó; el recuerdo de viejas amistades con las que solía ir a la cancha casi todos los sábados, etcétera. Pero hay algo que me atrae más que nada: la Institución Atlética Deportivo Kennedy, desde su fundación en 1962, jamás subió de categoría. Algo similar sucedió en los '80, cuando la "C" se suprimió por la poca cantidad de equipos y los pocos que quedaban se integraron en bloque a la "B". A partir de entonces la historia del Kennedy es más o menos la historia de la "B". Hubo campañas en las que el Kennedy estuvo a punto de pasar a la primera "A", pero las ilusiones, las extrañas ilusiones de un equipo muy pequeño de un pequeño barrio obrero de Punta del Este, se fueron al traste, siempre. No importan las causas. Pudo ser una final perdida a fines de los '80 por culpa de un jugador que, dicen, entró ebrio al campo del juego (esto entra en el siempre nutritivo folclore que llega de la carencia casi total de datos o efemérides), o pudo ser, a finales de los '90, un partido crucial perdido final contra un equipo que había contratado al "Pelado" Enrique Peña cuando ya andaba cerca de los cuarenta años. Es más: necesitábamos ganar. No necesitábamos sufrir al "Pelado" Peña jugando de 10 y marcándonos un gol de tiro libre y otro de cabeza (final: 0 a 3)...
La cancha de Barrio Rivera es un lugar bastante interesante. A la izquierda de la tribuna uno puede ver la zona de los bajos de Maldonado Nuevo; de hecho, la cancha está ubicada justo donde termina la calle 7. Las casas, varias de ellas construcciones improvisadas, se encaraman unas sobre otras hacia el tope del repecho, y uno ve una escalinata descomunal repleta de vidrios que devuelven a veces furiosos la luz del sol. Del lado opuesto se completa la circunferencia del horizonte, y la mirada va más lejos y avanza hasta los campos atravesados por el arroyo Maldonado, con el Cerro de Urquiza de fondo. Por allí hay un pequeño camino que pasa por el otro lado del arroyo. A cada rato se pueden ver camiones que van y regresan. Son todos camiones de barométricas que pasan por allí hacia los vertederos. Los camiones que van marchan lentos, los que regresan lo hacen más rápido. Pero puede ser que a la distancia el cálculo de la velocidad se vuelva algo arbitrario. Los camiones son como unos bultos borrosos que se recortan sobre el verde-gris del campo. Más hacia el lado de la cancha hay algunas lagunas cortadas, restos de agua de una creciente de hace pocos días, y entre ellas y la parte de atrás del arco hay un grupo espeso y alargado de chircas.
Observando todo eso, entre la gracia del paisaje y las jugadas más o menos riesgosas del partido, es que veo pasar a un costado a Rodolfo, un amigo de la época del liceo que trabaja como periodista deportivo. Nos saludamos y lo acompaño hasta la parte alta de la tribuna, donde está la cabina de prensa. Allí en lo alto el panorama es diferente; no hay tanta gente, y la que está debajo no hace mucho esfuerzo por mirar hacia arriba, así que logro deshacerme un poco de cierta vergüenza que me había venido de que me vieran sacando notas en mi libreta. Mientras tanto Rodolfo me habla de que ahora está trabajando para Radio Maldonado y que esa misma tarde lo han enviado para cubrir el partido entre Barrio Rivera y Kennedy. Cuando veo que de repente elige sentarse a cierta distancia de la cabina, al aire libre, es que se me da por asomarme al interior. Era obvio; el olor a meado me da vuelta. Rodolfo sabe bien que soy del Kennedy y me pregunta si este año lo voy a seguir. Entonces me despacho, no sé por qué, con que voy a hace un libro sobre el campeonato. Me escucha asintiendo en silencio y juntando las cejas. Es un gesto que parece llegado a toda velocidad desde diez años atrás. Después me dice que le parece interesante, pero creo que hay algo en su respuesta que queda oculto, y lo encuentro cuando le pregunto cuáles son en su opinión los candidatos a subir a la "A" este año. Entonces se larga: Barrio Rivera, Huracán de San Carlos, Alianza Cinco, Nacional de San Carlos, Peñarol de San Carlos y Punta del Este... Luego me entero de otras cosas que desconocía totalmente, como por ejemplo el modo de disputa del campeonato. Es así. Primero el campeonato Apertura, del que salen ocho equipos clasificados para jugar el Clausura. El campeón del Apertura, además, se reserva el derecho de definición del torneo anual en el caso de que le vaya mal en la segunda parte. Por otro lado, los campeones del Apertura y del Clausura participan después en una liguilla junto a tres o cuatro equipos más de mejor puntaje y etcétera, etcétera, etcétera...
En eso estábamos cuando terminó el partido preliminar y los equipos de primera pasaban por detrás de la tribuna para calentar en la zona de las canchas de baby-fútbol. Me dio en seguida la sensación de que este año el Kennedy utiliza una camiseta diferente a la del año pasado, al menos en los detalles. La camiseta sigue siendo amarilla, pero ahora tiene, sobre la parte derecha del pecho, tres bastones: uno verde, otro rojo y otro azul; el azul casi debajo del brazo. Todo lo demás, los cuellos, los puños, el short y las medias, es azul también.

* * *

El primer equipo en entrar fue el local. Después entraron los jueces en la típica media carrera que hacen hasta el círculo central: los dos líneas empuñando cada uno su banderín, a ambos costados, escoltando más destacada del árbitro; sólo que en esta oportunidad el árbitro surge apocado cada vez que los cuerpos de los líneas lo descubren. Es decir: metido entre los líneas, que son tipos corpulentos (uno mucho más gordo que el otro), la figura del árbitro parece la de un niño contento que trota hacia la mitad de la cancha como si le hubieran dado el gusto de ser juez por un rato. Segundos más tarde, cuando los tres hombres se detienen, suena un silbatazo breve. Pero el Kennedy demora en ingresar. Intercambio unas pocas palabras con Rodolfo sobre el estado de la cancha. El pasto es desparejo y, sobre todo en el sector que da sobre nuestro lado, hay unos parches de arena donde la pelota cae muerta en cada pique, sin embargo, un poco más allá, se ven unas islitas de pastos gruesos, con montículos donde la pelota puede salir disparada para casi de manera vertical. Como el Kennedy continúa demorando en entrar, aprovecho para espiar las anotaciones de Rodolfo sobre la formación de los equipos. Veo varios conocidos del barrio, algunos ya no viven allí, han recibido el beneficio de una vivienda y se han marchado al otro lado de Maldonado. En el arco que hay en el croquis de la cancha en la planilla de Rodolfo, distingo también el nombre de Alfredo Rodríguez, uno de los goleros históricos del club. Debe tener ya unos cuarenta años. Miro después hacia el vestuario de Kennedy y noto los destellos amarillos yendo y viniendo a través de la abertura oscura de la puerta. La cosa se tarda más de lo previsto. Saco un diario de la mochila y me pongo a hojearlo buscando el suplemento cultural. En ese pasar de las hojas hallo el suplemento deportivo; hay una foto de un jugador de Independiente de Avellaneda (es un diario argentino) y un titular sobre una derrota espantosa. Le paso el suplemento a Rodolfo y le digo que se lo regalo. Ahora no sé si se lo regalé por macanudo o por expiar la culpa de haberle sacado tantos datos que yo mismo podría haber buscado. En fin; paso las páginas del suplemento cultural y encuentro sobre el final una reseña sobre un nuevo libro de César Aira, "La confesión". Pero cuando estoy terminando la primera columna la gente empieza a aplaudir y el Kennedy entra a la cancha.

* * *

De entrada, los primeros minutos del partido fueron para Barrio Rivera. Algunos cabezazos claros que se desviaron apenas del arco de Kennedy, poco después una pelota que pegó en el palo luego de una carga al golero, más un remate muy bueno desde afuera del área, más otro también muy bueno a los 10 minutos que Alfredo Rodríguez sacó al corner con mano cambiada cuando se metía en el ángulo, y así... Los de Barrio Rivera se arman bien en cada zona. Cuando el Kennedy ataca, por ejemplo, sus dos delanteros (a lo sumo otro atacante más con la llegada de un volante) se dan de frente contra cuatro o cinco rivales, siempre.
Cuando pasa el primer cuarto de hora, ya sea porque los jugadores locales se deciden ahora a administrar energías, o ya sea porque los de Kennedy se han avivado un poco más, el partido se empareja un poco, aunque siempre queda flotando en el ambiente la sensación de que si cualquiera de los punteros de Barrio Rivera logra pasar un jugador y en seguida combinar con un compañero, allí puede estar el primero de los goles del partido. Todo eso, además, quizás haya sido la causa, más la tibieza y el resplandor a veces molesto del sol casi de frente, de que comenzara a distraerme. En realidad no soy yo solo. A mi derecha, varias personas se entretiene mirando hacia el lado del campo, detrás del arco de Kennedy. Entre el límite de la cancha y el chircal hay dos tipos caminando con siete galgos de distintos tamaños dando vueltas por todos lados. Algunos animales juegan entre sí, otros corren un poco alejados, pero cada pocos segundos vuelven a reunirse en torno a los dos hombres y giran como si se tratara de un enjambre.
Frente a mí, a un par de gradas más abajo, conversan dos chicos:
-¡Juegan bien estos cuadros de la B! Yo pensé que no jugaban nada...
-No -dice el otro -El Barrio Rivera es el que juega...
Hacia los 30 minutos el partido ya se pone definitivamente aburrido. Se estanca en la mitad de la cancha. El Kennedy nunca llega al área rival, y cuando Barrio Rivera sí lo hace no sucede nada de interés. Me pongo de nuevo a escuchar a los chicos. Tienen doce o trece años y tampoco parecen demasiado interesados por el partido. Incluso el tema de conversación varió drásticamente del fútbol a los mejores métodos caseros para hacerse orificios en el lóbulo de la oreja. Uno dice que el alcohol azul es bueno, el otro discute de inmediato el uso del alcohol azul argumentando que el colorante hace que la herida tienda a infectarse. El mejor alcohol es el alcohol blanco, agrega. Como la conversación sube un poco de tono sobre el final lo miro a Rodolfo para poder reírme con alguien de todo aquello. Pero Rodolfo está en lo suyo. Observa el partido jugada a jugada sosteniendo con una mano un auricular para seguir la transmisión de Radio Maldonado y con la otra el handy por el que habla cada vez que lo convocan. Así he escuchado, por ejemplo, que, en su opinión, el marco de público es "interesante". Doy un rápido vistazo por la tribuna y sus alrededores y calculo unas doscientas o trescientas personas. Aunque no sé muy bien cómo se distinguen doscientas de trescientas entre tanta montonera. Quizás haya cien...
Sigo con los chicos. Ahora ya no se aguantan sentados. Se paran de vez en cuando y me tapan la mitad de la cancha. De repente uno se sienta sobre la baranda lateral y comienzo a sentir cierto malestar. Del otro lado no hay nada, salvo unos cuatro o cinco metros de caída libre. Entonces el otro lo amenaza con acercársele y empujarlo.
-Te tiro pa'bajo, puto...
-Vo, no jodas, boludo...
Vuelvo a mirar a Rodolfo. Tiene el handy pegado a la oreja derecha. Están por llamarlo.
Un segundo después el chico que estaba sobre la baranda salta sobre el otro y ambos se traban en un forcejeo cuya intensidad aumenta entre risas. Luego se separan y vuelven a estar como antes. El de la baranda dice:
-Anoche soñé que me la chupabas...
-Y yo anoche soñé que te culeaba y que te gustaba -le responde el otro.
Entonces se acercan una vez más. Uno amaga a pegarle al otro en la cara, y cuando este se descubre intenta darle un manotazo entre las piernas. El chico reacciona, recula justo a tiempo para esconder el bulto.
-¡Ah!, ¿viste?... No te descuidés porque te la chapo...
A partir de allí parecen serenarse un poco, pero es porque se ponen a practicar el "truco del besito".
-¿Sabés cómo es el truco del besito? -dice el que había intentado tocar y/o golpear los testículos del otro -Hacés así y así, mirá...
Y otra vez lo mismo, salvo que en el momento en que la mano se dirige a la parte baja, suena un beso. ("fffliuuu" o "fffflurp" o "fffffffffiiiiiuuuuuuuaaaaap!").
Cuando los dos se ponen a la par en cuanto al conocimiento, comienzan a sonar los besitos. En un metro o metro y medio de tribuna los chicos vuelven a forcejear, siempre encorvándose hacia atrás para ocultar la entrepierna del avance del rival.
Cuando quiero darme cuenta, soy el único que les está prestando atención. El partido estaba creciendo en voltaje.

* * *

Y fue entonces que arremetió un delantero de Barrio Rivera por entre los centrales de Kennedy y la mandó al fondo del arco. Los jugadores locales empiezan a correr hacia el goleador, pero fue como accionar un aparato con pilas vencidas. El árbitro pitó, levantó un brazo y con el otro señaló al línea, que estaba levantando el banderín.
-¿Gol? -preguntó uno, unos escalones más abajo, sobre la derecha.
-No -le respondió una mujer -Era en orsai... No valió...
El tipo también se había distraído, pero en este caso con los galgos. Detrás del arco de Kennedy estaban aún los dos hombres, sólo que uno de ellos había caminado hacia el lado de la tribuna hasta que quedaron separados unos cincuenta metros. Por algún tipo de estímulo que se me escapó (creo que al resto de la gente que empezó a mirar hacia allí también) los galgos iniciaron una carrera desenfrenada y casi en óvalo, pasando alternativamente por detrás de cada hombre. Era una cosa de la que uno no podía apartar la vista con facilidad. Además, al vértigo de los lomos ondulando tras la cabeza afinada como una lanza, había que agregar la gracia de un cachorro que no conseguía ponerse a tiro. En cierto instante el pelotón logró sacarle una vuelta y el cachorro se salió de curso casi con la cola entre las patas.
¡Penal!
No sé muy bien cómo sucedió, pero tenía que ver con el 3 de Barrio Rivera. Había ingresado al área de Kennedy y lo habían topado, o algo así. En cierto modo, eso era algo difícil de imaginar. El número 3 de Barrio Rivera es, por decirlo de alguna manera, un jugador grande, grande... grande... y también pelado.
Pero había que escuchar, por otra parte, al árbitro gritando: "¡Siga, siga!". Los locales se le fueron encima. Pronto fueron cuatro, cinco, seis los jugadores que lo rodearon. Hasta que de la tribuna alguien, un hincha de Kennedy, se paró y gritó:
-¡¡¡A ver si nosotros metemos gaucho ahí también, eh!!!
Todo eso puso las cosas un poco más interesantes. Cuando se reanudó el juego, en la primera pelota, el 6 de Kennedy le metió los tapones en el muslo al punto derecho, justo en el instante en que se le venía encima con la pelota dominada. El árbitro cobró la falta pero no mostró tarjeta. Un par de jugadores empezaron a pecharse, pero los separaron de inmediato. La gente comenzó a putear al árbitro... Entonces todo se detiene, se hace un corte y todo eso que ocurre en la cancha se hincha para expulsar algo más. Es Rodolfo que entrega un flash y su voz vibra por unos segundos en todos los transistores de Maldonado que están a 1560 kilohertz: "¡¡En cuarenta y dos minutos ya no domina tanto Barrio Rivera!! ¡Continúa 0 a 0!" Y así fue. En la recarga, un remate desde afuera del área de uno de los delanteros de Kennedy pasa algo desviado. Un minuto después, en una jugada similar, el visitante logra el primer corner a favor. Pero el centro es despejado hacia la mitad de la cancha, y con eso termina el primer tiempo.

* * *

El segundo tiempo pareció retomar toda la intensidad que había quedado suspendida sobre el final del tiempo anterior. Y esto de los tiempos me hace pensar en algo que me gusta, y que es la cuestión de que todo partido de fútbol es, por lo menos, dos partidos. Primero ese en el que los jugadores rivales se encuentran, se olfatean, se reconocen y se rechazan; y más tarde ese segundo en el que un sentimiento de muerte figurada va creciendo hasta transformarse en una atmósfera tensa y apremiante. Creo que todo esto se nota mucho más en los partidos de score bajo, y ni que hablar en un 0 a 0. Como sea, el segundo tiempo siempre es un retorno al enemigo, que es la prueba final de sí mismo. En los hechos, toda esta circunstancia entre Barrio Rivera y Kennedy vino acompañada por un humo que se espesó sobre la cancha y que llegó sobre el entretiempo, procedente de unas quemazones del otro lado del arroyo.
Kennedy se paró mucho mejor, sea lo que "pararse", signifique en estos casos, aunque la idea de que los locales hicieran el primero nunca fue algo impensable. Así y todo se dio la primera jugada importante para Kennedy, que terminó en una pelota que sacaron los de Barrio Rivera de la línea. Entonces vi con más precisión al director técnico de Kennedy, parado sobre el lado opuesto de la cancha. Ante cada avance se emparejaba a la línea de cal y levantaba los brazos llevándolos de un lado hacia otro como si eso fuera suficiente para arrear a sus jugadores. A eso le seguía la revelación ampulosa y colorada de su vientre asomando por debajo de la camisa levantada, una cosa que quedaba flotando en el medio del espacio por varios segundos como si mostrara una forma posible de esfuerzo por cambiarlo todo.
Había que aceptar que Kennedy estaba jugando mejor. No mejor que el rival, pero se había mejorado a sí mismo, lo que ayuda mucho. La mejoría se acentuó con la entrada de Walter Melo, también conocido como el "Mono" Melo, como susurró Rodolfo para sí mismo cuando lo distinguió pidiendo el cambio junto al línea. A la gente le gusta que el "Mono" entre a jugar.
-Mono... si no llegás a hacer un gol te agarramos a patadas... -gritó alguien de Kennedy desde la tribuna. Probablemente un conocido del jugador, por qué no...
Apenas lo veo correr hacia el área y recibir dos o tres pelotas caigo en la cuenta de que el "Mono" ya no es el jugador veloz e impredecible que fue en su mejor momento. Pero de eso ya hace diez años, cuando yo llegué a jugar con él en la reserva de Kennedy en 1999, cuando, por diversas razones de violencia física contra algunos árbitros, la delantera de aquella reserva se desmembró por suspensiones y procesamientos penales y yo llegué a jugar en la punta izquierda, corriendo hacia el área para esperar la mayoría de las veces un centro del "Mono" desde la derecha. Una época interesante.
Ya no es el "jugador veloz e impredecible", decía más arriba, pero el "Mono" conserva un resabio de experiencia que al Kennedy le hizo acercarse cada vez más al área de Barrio Rivera en el segundo tiempo. Hablo de esa forma que tienen algunos delanteros para lograr que los defensas les cometan faltas hasta en las situaciones menos pensadas. El "Mono" Melo tiene eso, precisamente. Y una cosa así, para la "B", rinde, rinde mucho, sobre todo cuando las patadas perdidas y gratuitas son la moneda corriente. Con ese método el "Mono" Melo consiguió que el árbitro cobrara una falta a favor de Kennedy. Un jugador lo pateó de inmediato y la pelota cayó sobre el segundo palo, a la altura del punto penal. Un volante de Kennedy apareció de la nada, cabeceó, y la pelota pasó cerca del palo derecho del arco de Barrio Rivera. Había algo que se estaba anunciando de a poco, pensábamos todos.
Hasta que unos pocos minutos después, luego de que un zaguero de Kennedy rechazara al medio un centro rival, un volante de Barrio Rivera tomó la pelota y la puso en profundidad sobre el área chica de Kennedy. Yony Ferreira anticipó al arquero de Kennedy cacheteando el esférico a media altura y marcó el gol. Barrio Rivera 1, Kennedy 0.
A partir de ese momento Barrio Rivera le dejó la cancha a Kennedy. Los visitantes se fueron a buscar de forma desesperada el gol del empate, mientras que los visitantes esperaban en el contragolpe la oportunidad de aumentar la diferencia. Esa fue la historia del segundo tiempo. Cuando faltaban tres minutos para el final, tras un corner cerrado sobre el primer palo, se le escapó la pelota a Alfredo Rodríguez y un jugador rival, Federico Esquibel, quizás más como reacción alérgica que como otra cosa, la empujó hasta ahí nomás, donde estaba la línea de gol. Barrio Rivera 2, Kennedy 0.

* * *

El sol era grande, grande, o sea gordo, y también naranja. Se ocultaba sobre las casas montadas unas sobre otras de Maldonado Nuevo. El frío comenzaba su avance sobre los dedos de la gente, mordiendo las uñas, los huesos de las falanges. El sol se ocultaba, desaparecía, era la panza del director técnico de Kennedy, cuando la camisa se le bajó, cuando no hizo falta hacer más indicaciones para que sus jugadores buscaran el arco de enfrente.

Posiciones (1ª fecha): Huracán de San Carlos 3, Nacional de San Carlos 3, Alianza Cinco 3, Barrio Rivera 3, Neptuno 3, Peñarol de Maldonado 3, Círculo Policial 1, Peñarol de San Carlos 1, San Martin 0, Hipódromo El Peñasco 0, San Lorenzo 0, Kennedy 0, Barrio Perlita 0, Punta del Este 0.

viernes, 3 de julio de 2009

Ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta...


La idea comenzó con un post en el que Pedro Peña establecía ciertas analogías (que estarán por comprobarse, de todos modos) entre la manera de narrar y la forma de jugar al fútbol. Días después, charlando por messenger con Ignacio Fernández, se nos vino la idea de que una buena manera de reencontrarnos, para algunos, y de vernos por primera vez, para otros, sería la de jugar un partido de fútbol 5 en la ciudad de Minas el mismo día de la premiación del Premio Nacional de Narrativa. Ese fue el inicio, digamos... Con el correr de las horas me puse a sondear las distintas posibilidades de asistencia al partido. Y resultó que muchos podían jugarlo. Algunos días más tarde, Valentín comentó el asunto en Banda Oriental y a Heber Raviolo lo entusiasmó de tal manera que no sólo quiere ser espectador del match entre escritores, sino que ofreció que la editorial lo auspiciara. Y en esas estamos... Lo cierto es que Banda Oriental puso ciertas condiciones. Primero: que el partido se juegue de mañana para que más tarde haya un almuerzo de camaradería. Segundo: que el encuentro sea entre San José y Maldonado. Esto último, sobre todo, encauzó de forma más o menos indiscutible las alineaciones. Pero como cada equipo no llega a completar con naturales de cada departamento, se hizo la excepción de permitir jugadores "extranjeros".
Acá van las alineaciones:

MALDONADO: Ignacio di Tullio (invitado desde Buenos Aires), Ignacio Fernández de Palleja, Damián González Bertolino, Alfonso Larrea y Valentín Trujillo.

SAN JOSÉ: Leonardo Cabrera, Leonardo de León (invitado desde Minas), Gastón (apellido a confirmar), Pedro Peña y Rodolfo Santullo (invitado desde Montevideo).
Veedor del partido: Martín Bentancor (representante de la liga de árbitros de fútbol-cinco de Los Cerrillos)

(Nota: la imagen de ilustración de este texto es obra de Leonardo Cabrera, y fue pensada en un momento para la tapa de "El increíble Springer". En ella se puede ver, además, la alineación de un equipo en particular: La Barra, categoría 9 años, de 1962. La fotografía tiene un aspecto emotivo para mí, porque en ella se ve a mi padre, que es el tercero de derecha a izquierda, mirando a un niño un poco separado del resto. Esto tiene que ver con el hecho de que el cuento "El increíble Springer" está, justamente, dedicado a mi padre, por cosas que los lectores del mismo ya sabrán o calcularán)


lunes, 22 de junio de 2009

Anuncio


Tengo el agrado de comunicar a mis amigos lectores de tartatextual la próxima aparición de una serie de textos reunidos bajo el título común de Kennedy '09. Ya estoy, de hecho, preparando las dos primeras entregas, que espero puedan aparecer en el correr de la próxima semana, si no antes.
El tipo de texto de esta serie está más bien orientado a la crónica, pero no de forma estricta, y la idea estaba germinando en mí desde hace ya varios años. Este 2009 me decidí a seguirla para ver hasta dónde llego y ese nuevo desafío me pone contento.
Un abrazo a todos y desde ya muchas gracias.

domingo, 21 de junio de 2009

La calle hacia el mar


El viernes pasado salimos a andar en bicicleta con un amigo y pasamos por la calle Juan José Morosoli, que atraviesa Rincón del Indio y desemboca en la rambla de la playa Brava, más o menos en la parada 26. Verla y empezar a sacarnos fotos fue cosa de un segundo. Después, sin embargo, empecé a pensar en la delicadeza de la ubicación de esta calle, quizás (ojalá que no) desatendida por quienes manejaron en aquel momento la nomenclatura de Punta del Este. La calle Morosoli es una de tantas de las de Rincón del Indio: estrecha hasta el punto de hacerse íntima en la proximidad con los bosques y las casas de jardines apretados, hecha con un pedregullo trasegado hasta el cansancio y levemente poceada. Su particularidad, en cambio, viene del nombre que convoca y de una pequeña historia. La historia me la contó una vez una nieta de Morosoli... Cuando el escritor minuano fallece a fines de 1957 dejó, como se sabe, interrumpidas varias aspiraciones. Una de ellas era la continuación de Muchachos (1950). Las otras dos (u otras dos) estaban ligadas de forma directa con el mar. Una era visitar por fin Ticino, el cantón suizo del que sus padres eran originarios. Era un viaje hacia el mar que lo llevaría a sus propias raíces. La otra era vivir, o pasar bastante tiempo del año, cerca del mar, en una casa en La Floresta. De ahí que me guste tanto la ubicación de la calle Morosoli en Punta del Este.

(Y, bueno, ahora que estoy escribiendo todo esto, me doy cuenta de otra cosa... Más o menos por allí, en la misma orilla de la playa Brava, acontece un episodio de El increíble Springer que es bastante crucial.)

viernes, 5 de junio de 2009

El prófugo


Con esto de los resultados del XVI Premio Nacional de Narrativa las buenas noticias no paran. Hoy acabo de enterarme de que una mención (no sé si hubo más) fue para "El prófugo", novela de Alfonso Larrea. He aquí una preciosa noticia. Alfonso también se crió en Punta del Este y también nació en 1980. Y además, como habrán adivinado por toda esta presentación, es un amigo.
Con Alfonso fuimos juntos al Liceo Departamental de Maldonado allá por finales de los '90, jugamos al fútbol (él era nuestro, grosso modo, Paolo Montero, pero con proyección de 5) y, hará un par de años ya, trabajamos juntos en la revista ISCARIOTE: todas las caricaturas aparecidas en la segunda época, más alguna nota, son de su autoría. Alfonso es licenciado en ciencias de la comunicación y trabaja habitualmente en medios de prensa escrita y radio. Hacía tiempo que no nos veíamos. Algún viaje al exterior, algunas reclusiones, las vidas disparadas quién sabe hacia dónde de cada uno habían impuesto un tanto de distancia, que no indiferencia, entre uno y otro. Ahora, con todo esto, nos encontramos una vez más. Eso no es poca cosa. ¡Felicitaciones, Alfonso!

martes, 2 de junio de 2009

El increíble Springer


(Hace muchos, muchos veranos, empezaron a pasar cosas en el lugar donde yo había nacido. Un día junté esas cosas y a partir de allí comenzaron a suceder otras)

Quiero comunicar a todos mis amigos de tartatextual que esta tarde, hace tan sólo un par de horas, me fue notificado que gané el XVI Premio Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental con mi libro de cuentos "El increíble Springer".
Estoy muy feliz y no tengo mucho para decir en estos momentos. Sólo que recuerdo y tengo presente a mi familia, a mis amigos, a toda la gente que en suma me alentó de una u otra manera, invariablemente. A todos un gran abrazo. Gracias, siempre.

lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti (1920-2009)

Yo creo que a lo último había un sentimiento de contrariedad cada vez que salía un nuevo libro de Benedetti. Llegaban las novedades a la librería y te decían: "¡Ah! También otro de Benedetti..." Es decir, había algo que incomodaba en ese ritmo de publicación anual que llevaba desde hacía años, una alianza resistida entre lo prolífico y el requerimiento editorial. Una noche, va a ser tres años ya, enganché una entrevista que le hacían en una radio para saludarlo por el medio siglo de "Poemas de la oficina" (1956). La verdad es que me sorprendió mucho escuchar a Benedetti reprochándole a los periodistas que lo hubieran llamado para felicitarlo por eso, para requerirle una reflexión más sobre ese libro, etc. Hasta insinuó, con ironía, que su escritura había continuado un poco después de esa obra. Quiero tomar esto último, algo bien aislado, para expresar una cosa que también he sentido viéndolo en muchas entrevistas (como en el documental tan entrañable que le dedica Ricardo Casas), y que es esto: había una cosa que podías sentir en Benedetti y era que era auténtico, que él era así y que no te estaba dando gato por liebre. Podía no gustarte, pero bueno, él era así... De todos modos, a veces suele haber cierta injusticia. Si existió una especie de deporte intelectual llamado "péguele a Benedetti", esa actitud en muchas oportunidades borroneó la faceta del Benedetti de las primeras épocas, el de Asir, el de Marcha, un intelectual, un crítico literario que, como si se dijera bajo el ala de los popes de la crítica como Real de Azúa, Ángel Rama, Rodríguez Monegal, o también José Pedro Díaz, supo ofrecer, a diferencia de estos, un tipo de discurso llamémosle más aireado, más coloquial o sencillo, y no por eso poco fermental.
Estoy escribiendo esto en la madrugada del domingo. Hace unas horas, en la tarde, mi padre me llamó para darme la noticia. Un poco después mirando el resumen de la fecha de fútbol en TV Española, me encuentro con el hecho de que al final del informativo han dedicado unos largos, largos instantes a pasar imágenes suyas. Esto se sabe, en España Benedetti tiene una gran acogida. Aquí también, pero sabemos que cierto sector no se lo tragaba, quizás por eso de que a los uruguayos la popularidad, o más abiertamente la fama (porque Benedetti era famoso, y punto) les parece algo como una culpa muy grande que hay que cargar.
Quiero terminar con algo que siempre me ha tocado de Benedetti. No es algo para la razón, no es algo para la crítica literaria, ni nada de eso, y tiene que ver con su origen, con su infancia humilde, con su manera de sentir la pobreza. Pero no es eso en sí, sino que es el tratamiento que le dio, lejos del lloriqueo o de la demagogia. Cuando lo escuchaba hablar y contar cómo leía de niño, o cuando pensaba en que quería escribir, yo percibía algo así como una convicción, una pasión en sí. Y a eso iba, podía no gustarme algo que había escrito, como me han gustado varias otras cosas (los cuentos "Puntero izquierdo" e "Inocencia", por ejemplo, muchas de sus reseñas críticas para Marcha), pero siempre sentía que más allá de eso él tenía la convicción, la seguridad de lo que estaba haciendo, y que por sobre todo era lo primero que te transmitía, porque había logrado alcanzar un tono; y eso no es poca cosa, nada que ver... Es decir, si no es de mis autores uruguayos favoritos, ¿por qué razón me pongo tan triste en esta madrugada cuando pienso en que se murió?

domingo, 17 de mayo de 2009

Examen de filosofía


Toda la situación comenzaba y se desarrollaba en el liceo al que fuimos de adolescentes. Valentín estaba del lado de la secretaría y yo estaba en frente, junto a la puerta de la cantina. Entre uno y otro estaba el patio, y eso era más o menos una distancia de treinta metros. Entonces empecé a correr hacia él y en ese instante se formó un pasillo, con pequeños bancos de cemento hacia ambos costados. Se parecía, sacando lo del pasillo, al liceo de hace diez o quince años atrás, antes de la reforma. Pero yo seguía corriendo, y sin embargo, cuando tenía ya recorrida la mitad del trecho, llegaba a la conclusión de que no tenía mucho sentido apurarme. Corría con bastante lentitud para el esfuerzo que estaba haciendo, y comencé a pensar en esas parodias que a veces se hacen de "Carros de fuego". De hecho creo que escuchaba o llegué a tararearme la melodía de Vangelis hasta que todo aquello se hizo insoportable, primero porque las piernas ya me dolían, segundo porque estaba seguro de que me estaban mirando desde las puertas de los salones de la izquierda. Así y todo llegué hasta donde estaba Valentín y le pregunté qué estaba haciendo. Me contestó que estaba por dar el examen de Filosofía, y que esa era la única materia que le quedaba para terminar el liceo. Ahí me vino una sensación de malestar en el pecho. No por él, sino por mí mismo. Yo también tenía una materia pendiente para terminar bachillerato, pero me lo callaba. La materia era Derecho, y había entrado a hacer profesorado y lo había culminado sin que nadie se hubiera enterado. Sentí una vergüenza indescriptible por él y por mí, pero también entendí que él estaba enmendándose y que yo, lejos de hacer algo así, andaba dando vueltas en el liceo sin ningún propósito. Pensaba en esas cosas cuando de pronto me vi un poco alejado, ya más cerca de la puerta de entrada, y vi a Valentín aguardando el llamado al examen junto con media docena de estudiantes. Pero pasaba algo. Valentín observaba hacia todas partes y un segundo después espiaba a través de la cerradura de la secretaría como si allí encontrase algún tipo de secreto que pudiera ser usado con éxito a la hora de la prueba. Los estudiantes lo miraban, se sonreían entre ellos y lo alentaban a continuar espiando. Cuando él se daba vuelta y les decía lo que veía se ponían serios y simulaban escucharlo con atención. Entonces se agachó de nuevo para poner el ojo en la cerradura y descubrí por fin lo que funcionaba mal. Valentín no sólo tenía el pantalón roto en la parte de atrás, sino también el calzoncillo. El hecho era que cuando se inclinaba sobre la puerta los desperfectos se alineaban y las carcajadas comenzaban a sacudir a los estudiantes. Tenía la intención de caminar hasta allí para poner las cosas en su lugar cuando se me acercó una profesora de edad ya madura y empezó a hablarme de cualquier cosa. Yo quería sacármela de encima con la vista fija en lo que pasaba en la secretaría, pero de golpe me di cuenta de que se me arrimaba tanto que ya podía sentir la presión de sus senos sobre mi pecho. Para salir del paso le dije lo siguiente:
-¡Qué día para pasárselo tomando exámenes de filosofía!...
Y ella me respondió:
-¡Ay, sí! ¡Horrible!...
Y ahí se me tiró arriba. Fue una situación que me avergonzó.
-¿Qué está haciendo? -dije en voz alta.
La mujer se separó, hizo un amague de recomponerse y me miró con un poco de desprecio. Fue entonces que recordé que su marido estaba postrado en silla de ruedas.
"¡Pobre!", me dije, "Es medio Lady Chatterley, lo que pasa".


jueves, 14 de mayo de 2009

do / don't



Ya casi es el mediodía. Camino por Roosevelt aguantando el viento y las oleadas de lluvia. Tal vez me quedan como seis o siete cuadras para llegar a la casa de la abuela materna de la niña M, cuando empiezo a pensar en el resto del día. Cruzo la rotonda, paso por una estación de servicio, saludo en los semáforos a un conocido que me saluda a su vez desde el interior de su auto (¡Ah! Ahora tiene auto, me digo...) y de inmediato veo el supermercado en la manzana siguiente. Me anoto mentalmente las cosas que hay que comprar, pero no ahora, más tarde, en algún huequito de la tarde. Sigo pensando... Ir a buscar a la niña M, subir a un ómnibus con ella, llegar a casa, prender las estufas, poner a calentar algo para el almuerzo, esperar a V., corregir escritos, leer un poco, después sí, ir al supermercado en una escapada en bicicleta a través de la tormenta, planear un par de clases, cosas por el estilo. Pero allá al final queda un espacio más o menos elástico... Hay un momento de la noche en el que puedo apartar lo que haya encima de la cocina y llevarme el cuaderno, una lapicera y la computadora, después prendo la lámpara portátil. Ahí puedo escribir aunque sea una página hasta que digo está bien, el día tiene que terminar. Y me está pasando en estos últimos tiempos que me doy cuenta de que tengo en la vuelta al menos un par de historias que se están terminando, que se juntan con otras historias que ya fueron terminadas. No va a venir aquí el lloriqueo de no haber publicado y todo eso. Esas cosas pasan. Estaba pensando en lo otro, en lo inalterable: que uno escribe, más allá de ser leído por dos o por quinientos, que uno sabe que llega un momento del día en el que ya se terminó con las obligaciones y que otro asunto queda aguardando allí, a un costado... Llego a la rotonda siguiente con ese pensamiento fijo: si hay ciertas cosas, dispuestas de tal manera que al final, y a través de todo eso, puedo encontrar algo mío, entonces, me digo, entonces está bien. No me molesta la repetición, el tema no es con la repetición. Siempre tengo en la vuelta una frase de Orhan Pamuk que me encontré en verano y que reescribí en mi diario: "¿Es un defecto ser feliz? (...) De vez en cuando también he pensado que ser feliz no es un defecto, sino una muestra de inteligencia. Cuando mi hija Rüya y yo vamos a bañarnos al mar soy el hombre más feliz del mundo. ¿Qué puede pretender el hombre más feliz del mundo? Seguir siéndolo. Y uno comprende que para conseguirlo debe hacer siempre las mismas cosas. Aquí nosotros siempre hacemos lo mismo". (Al margen, bastante al margen: Esto me recuerda una vez más a cuando viví en Minas, a algo que pensaba continuamente cuando vivía allí. Yo no conocía a Pamuk ni de nombre, desde luego, pero yo intuía que mucha gente que conocí en ese lugar había alcanzado cierto tipo de felicidad que les llegaba de la repetición de ciertas acciones simples y al mismo tiempo elementales, simples en su superficie, claro... Esa especie de felicidad dentro de un ciclo que nunca se cortaba, que era como ver que un viento que anunciaba una nueva estación determinaba cambios en la vida, esa especie de felicidad, digo, me fascinaba. No era la mía, la que yo buscaba, pero eso no la hacía menos que otras).
"Terminé mi historia número 65", dice la entrevistada. Estoy sentado en el sillón esperando que pare un poco la lluvia para poder salir con la niña M hacia la parada. Ella y el niño B están sentados en la silla mecedora y miran dibujitos. Yo leo en una revista Paula que saqué del revistero de mi suegra una entrevista a Amélie Nothomb. El periodista se pone zalamero, le dice que es fiel a otro belga prolífico: Georges Simenon. ¿Va a llegar a las doscientas novelas?... Mmmm... Ella no sabe, no, ¡qué pregunta! Pero por ahora escribe y sabe que tiene muchas historias todavía por escribir. De todos modos está contenta porque terminó la 65. El periodista pregunta: ¿y cuántas ha publicado hasta ahora?... Diecisiete, responde Nothomb... Y entonces viene la pregunta de cajón: ¿Y por qué no las publica todas?... Hay historias que no son importantes como para publicar, que son más para mí, responde la escritora. No termino la entrevista. La tormenta amaina y salimos. Llegamos a la terminal y el ómnibus aparece en seguida. Viene lleno de estudiantes. Subimos. Tengo un lío con la niña M cargada sobre un brazo, la mochila asida de un lado solo, el paraguas y el cambio y el boleto y el arranque... Un chico se levanta de su asiento y me lo cede... Me siento con la niña M en la falda, dejo el paraguas y la mochila en el piso y miro hacia afuera a través del vidrio empañado pensando que es grandioso viajar con niños, que es como tener un boleto con comodín o como imponer una suerte de fuero inapelable. El viaje se hace corto. Suben alumnos, me ven sentado tras el chofer y me saludan. La niña M pregunta por el nombre de cada uno. La chica que está sentada a nuestro lado se pone de pie y le cede el asiento a una mujer más o menos cincuentona, algo baja. Tiene el pelo de un color amarillo que me hace acordar al pelo de algunas muñecas. Después me fijo en sus championes revestidos de charol negro y pienso que todo encaja. La niña M va concentrada en cada cosa del camino, en el estadio, en el cuartel de bomberos, en un pegotín de Bugs Bunny que ve detrás de una camioneta, etc., pero cada vez que se da vuelta y mira hacia la puerta del ómnibus, la mujer del pelo de muñeca hace lo posible por llamarle la atención. Hasta que lo logra, por supuesto.
-¡Hola, linda! -le dice.
La niña M la mira de reojo, pestañeando.
-¡Hola! -vuelve a decir la mujer -¿No te reís?...
La niña M sacude la cabeza.
-No, no me río... -contesta, y se da vuelta para seguir mirando por la ventana.
Yo también giro y me hago el que de repente vi a un conocido cruzando en una esquina, o algo por el estilo. Me muerdo los labios para no soltar la carcajada. No puedo parar. Y entonces empiezo a llorar pegado al pelo de la niña M. Hasta que la tentación pasa.
Más tarde... La niña M duerme sobre el sillón al lado de la estufa. V., a un costado, termina de leer un libro. Yo estoy navegando en internet, sobrevolando algunos blogs vecinos y pensando en escribir algo para el mío, pero con aquellas palabras de la entrevista a Nothomb presentes. Hoy es jueves 14 de mayo, me digo. Miro hacia la biblioteca en la que están los diarios de Virginia Woolf y los reviso buscando justamente una anotación que no corresponda solamente a un 14 de mayo, sino a un jueves 14 de mayo. Y la encuentro en el año 1925:
"Oh qué día de campo -y algunos de mis amigos están leyendo ahora La señora Dalloway en el campo. Pero lo curioso es esto: honestamente, apenas si estoy nerviosa respecto a La sra. D. ¿Por qué será? La verdad es que escribir es el placer profundo y ser leído, el superficial."
Y así es como de verdad empezó este texto.