jueves, 19 de octubre de 2006

Chicle textual

No sé por qué, pero la escena se ha repetido, salvo unas pocas excepciones, siempre de la misma forma. Voy por la bajada de la calle de mi casa, estoy volviendo del liceo. Brilla el sol del mediodía. Mientras freno (el estado de los tacos de los frenos es lo que puede variar en todo este asunto), veo que el cartero me ha dejado sobre el muro, apenas resguardado por el contador de luz de mi vecino, un paquete con el envío mensual de la revista La Letra Breve. Hoy me llegó el número correspondiente a este mes, el número 22. Lo abro de inmediato al entrar en la casa y, como se me sale el egocéntrico por los poros, hojeo buscando las páginas en que aparezca la tercera parte de mi novela corta "Los trabajos del amor" (lo de "novela corta" es una denominación de uno de los editores de la revista: Leonardo Cabrera). Veo un cuento de Leonardo de León ("Fantasmas de agua") que aún no he leído y sigo hasta encontrar mi texto. Miro la fotografía que le han puesto para ilustrarlo y me parece muy acertada. Es una ruta vacía, iluminada con agunos focos casi sobre el fin de la tarde. Pero además me gusta que la imagen esté tomada desde uno de los costados de la ruta, y justamente desde un lugar como aquel en el que imaginé estacionado el automóvil de los protagonistas. Sigo pasando las páginas. Veo un cuento de Hernán Casciari, que tampoco he leído. Luego aparece un artículo de Pedro Peña. Lo mismo: no lo he leído. ¿Qué leí? Pues solamente mi texto. Y para mal... El primer párrafo me pareció de una torpeza molesta. Sobre todo cuando podría haberse arreglado agregando un "luego" o un "entonces" (aun cuando tengo la íntima convicción de que abuso de la palabra "entonces"). Y haber dividido ese párrafo en cuatro o cinco también me habría hecho muy feliz. La primera página, en definitiva, no me parece gran cosa. Me gustó mucho más la segunda y última. Pero es en esta donde noto la peor torpeza: un error en el orden de los diálogos tal que lo que debe decir un personaje termina atribuyéndosele a otro. Así que para el próximo número voy a tener que escribir una "fe de errata" que diga algo así como: "Estimado lector: tendré en muy alta consideración que sepas disculpar el orden de los diálogos en el tercer capítulo de "Los trabajos del amor", específicamente en la línea 61 de la columna 1 de la página 5. Deberás omitir el diálogo que dice: '-Estás de gracioso...' y sustituirlo por 'El Toto empezó a reírse'. Gracias."
Más tarde me encontré con Fiorella en la librería Libros-Libros, del centro de Maldonado. Trató de consolarme diciéndome más o menos lo siguiente: "¿Y qué querías? ¿De qué te quejas?... ¿No querías hacer esto, ir escribiendo sobre la marcha y apurado por un plazo de entrega?"... En efecto, el corazón de Fiorella no cabe en esa librería... Yo le respondía que sí, que claro, pero que había que sacar aquellos errores. Después me puse a pensar que un error esperable del hecho de escribir por entregas pueda ser perder la perspectiva que se tiene sobre la historia, salvo que seas Dumas o Tolstoi, claro... Pero las entregas de Dumas o Tolstoi eran, creo, cuando menos, semanales. Ahora, cuando uno tiene todo un mes por delante para que se le ocurran cosas, eso ya es otra cosa. En un principio, "Los trabajos del amor" fue pensado como un cuento, días después, mientras caminaba con Valentín Trujillo en unsa fría pero soleada tarde de julio, por la Playa Mansa, surgió la posibilidad de que fuera una novela. En realidad la idea fue de Valentín. Fue él el que me dijo que en esa historia que se me había ocurrido pasaban tantas cosas que ya era posible hablar de novela. (Voy a tener que hacer un alto para decir que mientras caminábamos entre los médanos en esa tarde en que no se veía a casi nadie por ningún lado, encontramos de pronto, agachados en círculo como rodeando alguna cosa, unos niños cuyas edades no pasaban de ocho o nueve años a lo sumo. ¿Qué rodeaban esos niños? ¿No había ningún adulto por allí? Eran cuantro niños, tres varones y una niña. En el centro, cuando nos acercamos, vimos una tortuga de mar enorme, muerta, hinchada de pudrición y como a punto de reventar. Había un pozo improvisado junto a un médano y los niños trataban de empujar el animal hasta allí. Nos pidieron ayudar y empezamos a rodear la tortuga buscándole gusanos o algo por el estilo. Valentín le dio suavemente con la punta de un zapato. Yo hice lo mismo, y la impresión fue la de pegarle a una bolsa de agua caliente rellena de dulce de leche. Valentín decía que nos fuéramos. Yo hice un intento de mover la tortuga empujándola con un pie, pero era demasiado pesada, había que cargarla con los brazos para llevarla hasta el pozo contra el médano. Me daba asco, pero esa sensación se entreveraba con la cara de Valentín haciéndome señas para que siguiéramos camino y con las voces de los niños pidiéndome que por favor llevara la tortuga hasta donde ellos me decían. Me olfateé las manos y fui tras Valentín, que bajaba el médano. Allí nomás, del otro lado, como a unos veinte o treinta metros, encontramos una niña de unos cinco o seis años, con cara de enojada y sucia, despeinada. Estaba sentada al sol y escarbaba con un palito en el médano. "¡Hola!", dijimos. Pero la niña nos miraba y no nos decía nada. Es más, comenzó a obervarnos de una manera insoportable. "¿Te peleaste con los otros niños", le pregunté. Ella no dijo nada y siguió escarbando con el palito. "¡Qué horrible estos niños solos en la playa! ¿Dónde están los padres?", decía Valentín. Luego agregó: "¿De dónde habrán venido?". "De las profundidades de la tierra", dije. "¿Eh?..." Lo que mencioné es un título de un cuento de Arthur Machen que recomiendo ampliamente. Pero eso sí, después de leerlo te vas a tener que pensar tres o cuatro veces el hecho de tomar sol en una paya solitaria, sobre todo si de repente ves que empiezan a aparecer algunos niños sucios o desprolijos a tu alrededor. ¡Pero, bueno!... Creo que debe ser la tercera vez consecutiva que menciono a Machen en este blog.) Sigamos con la charla sobre "Los trabajos..." en aquella caminata de julio. Valentín me insistía en que mi idea podía transformarse en una novela de algo así como cuatrocientas o quinientas páginas. Íntimamente yo sabía que no podía dar para tanto, pero esa noche diseñé un esquema de trabajo distribuyendo el argumento en una serie de hechos con posibles variantes que se me iban ocurriendo. Así calculé que "Los trabajos..." podía distribuirse en ocho partes, de aproximadamente dos o tres páginas cada una. Lo que significa que quizás ni estemos en presencia de una novela corta ni una nouvelle. Es cierto que la esencia de una novela no está dada necesariamente por su extensión, sino, como dice Eco, por una serie de movimientos semejantes a los de la respiración. Pero creo que mi persistencia en llamar simplemente relato a "Los trabajos..." tiene que ver con mi aversión a una costumbre tan de nuestras letras uruguayas por estos días: la cantidad de novelas de setenta o cien páginas que inundan las vidrieras de la librerías. En efecto, a veces "menos" es "más", y lo cuantitativo puede transformarse en cualitativo. ¿Como imaginar entonces esas magníficas obras que son "La guerra y la paz" o "El conde de Montecristo" sin sus tiempos muertos y sus lagunas?
Sucedió por esos días que le planteé a Leonardo Cabrera la posibilidad de publicar un nuevo cuento en La Letra Breve (el anterior había sido "El clavo en la cruz", en dos entregas). En un principio, "Los trabajos..." estaría constituído por dos partes que saldrían en los números de agosto y setiembre. Leonardo, con una confianza ciega que me honra y me conmueve, recibió la primera parte y la publicó. Días antes de que le enviara la segunda, me animé a decirle que no eran dos partes, sino ocho, por lo cual el relato se extendería hasta el mes de abril del año siguiente por lo menos. Fue un delicado abuso de mi parte hacia la figura del editor. Leonardo, como es lógico pensarlo, me quería matar, pero no encontró ningún ómnibus que le facilitara las combinaciones posibles entre San José y Maldonado. Pero instantes después empezamos a sentirnos cómodos con la idea. Ahí fue cuando tuve la sensación, sostenida por el compromiso que marca la publicación mes a mes, de estar escrbiendo un "texto-chicle". Durante todo el mes tengo el tiempo suficiente como para hacer lo que quiera con la idea que ya había establecido sobre lo que pasaría en cada capítulo. Así que me la paso masticando y hago con el chicle un globo o un símil de tallarín. Como Leonardo me permite escribir hasta dos páginas (lo ideal para él sería una) en agosto me di cuenta de que el capítulo tres debía subdividirse necesariamente en dos, por lo que la cantidad de capítulos pasó de ocho a nueve. (En este momento en que estoy escribiendo esto siento olor a quemado... Era el arroz que estaba preparando para los perros, quedó hecho un mazacote...). Quería decir también que exste un capítulo, el 8, que está escrito y al que le voy a agregar muy pocas cosas. Es algo así como una recreación del pasaje de Paolo y Francesca de la "Divina Comedia". El Toto y Morales son alternativamente ambos personajes de la obra de Dante. Pero ya estoy mostrando demasiadas cartas... Hoy, por ejemplo, iba en bicicleta bajando por la calle Arturo Santana y se me ocurrió cómo contar la cuarta parte de "Los trabajos..."; y espero darle un cambio significativo.
En fin, la escritura de "Los trabajos..." me divierte muchísimo y me debe quedar como un pasaje de experimentación. Y eso debe ser el escribir, ¿no? Un ver hasta dónde llegamos... Y si no llegamos a donde esperábamos, bueno, a lo siguiente entonces. Hace unos días miraba "Octubre", de Eisenstein y me acordaba de otras películas y algunos de los escritos de este notable director. En "El sentido del cine", por ejemplo, postulaba la necesidad de que, para llevar a un espectador a donde se lo quiera llevar, era imprescindible que las imágenes concitadas estuvieran en permanente tensión. Eisenstein recurría en sus explicaciones a los componentes de la tagedia griega y sobre todo al concepto de dialéctica para la filosofía de Hegel. Para Eisenstein las imágenes tenían que ser presentadas, a partir del montaje, en conflicto. En ese sentido, más allá de "El acorazado Potemkin", recuerdo mucho otra de sus películas: "La huelga".
Para el final, me pongo a pensar ahora en que me estoy contradiciendo con lo que calificaba hace unos meses como "texto-chicle". Porque me fastidian los narradores que toman un elemento del argumento y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran (dije "lo estiran" siete veces, con esta son ocho...) pues en verdad no tienen mucha idea de a dónde llevar la narración, entonces: "como cosas nuevas no tengo, con lo que hay me mantengo". Por lo tanto, la idea del texto-chicle me parece muy sugerente como para dilapidarla en narradores que a uno no le gustan mientras podría ser utilizada para orientar lo que nos gustaría hacer.

viernes, 13 de octubre de 2006

El mundo de arena

Hoy ya volvió a hacer frío. No mucho. Pero la sensación primaveral se retiró. Desde ayer a la tarde que el cielo se quedó gris y sin movimientos. Mª me dijo que para anoche estaba anunciada una alerta meteorológica. No sé qué está pasando en este país en materia meteorológica. Desde el 23 de agosto de 2005, cuando algo parecido a un huracán se llevó muchas cosas de la zona sureste del país, a los meteorólogos se les ha dado por anunciar alertas con una regularidad de una o dos cada un par de meses o menos. Y no pasa nada. Cuando la alarma debió haber cundido, aquel 23 de agosto, ¿por qué no se dio? ¿Por qué nos sorprendió aquel temporal? ¿Qué son estas alarmas constantes? ¿Una culpa? Siento tantas alarmas que me parece estar viviendo en la isla de Java. Digo Java como quien dice un lugar cualquiera en el que pueden pasar cosas complicadas, aunque las tengamos a la vuelta de la esquina.
Esto último me lleva a recordar una noticia que leí en el Clarín de Buenos Aires el sábado. Un grupo de climatólogos reunidos en Bournemouth, Inglaterra, reportó que en 2100 la Tierra será un enorme desierto, como resultado del (re)calentamiento global. Es una noticia terrible y vergonzosa, sobre todo vergonzosa. El domingo, un día después de haberla leído, seguía sin poder dejar esa idea de lado. Estaba nadando. Giré la cabeza y miré la isla Gorriti, luego los bosques que se extienden por todo Maldonado. La noción de que todo eso podría o va a desaparecer en algo más de nueve décadas me dejó apesadumbrado. Creo que por eso mismo traté de amargar un poco a la gente que me rodea con ese pronóstico. Yo repetía esta frase: "El mundo, tal cual lo conocemos, va a desaparecer". Sin duda, es una de esas frases que le puede estropear la jornada a cualquier Miss Mundo. También me pareció que de tanto repetirla y ver el efecto que causaba en los demás empecé a sentir un placer perverso. Debe ser el placer perverso de los que traen las malas nuevas. Ahora entiendo a los que se meten de pastores y salen a predicar. Sí, los comprendo tiernamente.
Y ya que he dicho que la Tierra va a ser un desierto, me acuerdo de otra noticia con otro pronóstico que leí hace algunas semanas. Tenía que ver con los problemas que hay hoy en Europa a causa de la inmigración. Sobre todo con la inmigración musulmana. El domingo Rodrigo Almeida me contó que en un canal de televisión de España vio una entrevista a un musulmán que vivía con todas sus esposas e hijos en un apretado apartamento. Cada mujer tenía asignada una habitación. Cuando los vecinos se enteraron todo llegó a un nivel de discusión antropológica. La noticia de la que hablé al comienzo del párrafo decía algo así como que en unas dos o tres décadas los musulmanes se constituirán en el grupo de mayor población en Europa. Por supuesto que no es para asustarse (como he visto por ahí). Si nos asustamos tendremos que ver dentro de nosotros qué porción de nuestro ser cae en la intolerancia y cuál otra es una defensa de nuestra occidentalidad (?), me refiero a una defensa honesta con respecto al otro que es diferente y que, por lo tanto, es de alguna manera nuestro. Como sea, es una cuestión extremadamente delicada y a la vez muy interesante. ¿Qué caminos tomará el pensamiento, la filosofía, la literatura? Sólo asocio la idea de la venida del desierto y de la cultura musulmana porque me acuerdo con insistencia de unos versos de Walt Whitman (ahora sí, un profeta de verdad) que hablan de la llegada de Oriente sobre el resto del mundo. ¿Era en "Passage to India"? ¿O en alguno de los poemas de "Song of myself"? Tengo prestada mi edición de "Hojas de hierba", de modo que no puedo verificarlo ahora... Un buen motivo para volver a Whitman, entonces.

jueves, 12 de octubre de 2006

"O", de Olivetti (Lettera 30)

Como con cualquier objeto sobre el que recaigan ciertas emociones, de las máquinas de escribir deben de contarse miles de historias. No importa si el dueño de la máquina es un escritor o no. De las computadoras, ahora sí, cuando uno habla de escribir, no sé si se puede decir lo mismo. Todas las partes que componen el hardware hacen de la computadora un objeto demasiado disperso. La máquina de escribir concentra y simplifica varias funciones en una sola pieza.
La primera máquina de escribir que utilicé me la prestó un amigo del liceo cuando tenía diecisiete años. Era una Olivetti de un color verde oliva en la que empecé a escribir una serie de cuentos de fútbol (todos bastante malos, pero de divertido recuerdo). Me gustaba escribir a máquina, era una experiencia rarísima que con su sonido le informaba a los demás habitantes de la casa que si no me molestaban todo andaba mucho mejor. A veces el ruido se salía por las ventanas abiertas en la noche. Supongo que sería un ruido extraño para el barrio. Alguno pasaba por la calle y gritaba: "Seccional..." o "Marche preso...". Luego de un tiempo le devolví la máquina a mi amigo. Pero meses después volví a pedírsela para hacer unos trabajos del último año liceal.
Fue en enero de 1999 cuando mi madre se dio cuenta de que la cosa me gustaba mucho. Me regaló una Olivetti modelo "Lettera 30"de color rojo, que fue pagando en cuotas. Era verano. Yo trabajaba desde la mañana en el club de golf y esperaba que llegaran las ocho de la tarde para llegar a casa y escribir cualquier cosa... escribir por escribir... Es la máquina en la que estoy escribiendo la primera versión de este texto, antes de pasarlo al blog. Es la máquina que acabo de traer hace un par de horas del taller en que la arreglaron luego de cuatro años de desuso. Y qué placer me da, luego de tantos y tantos meses de usar computadoras, volver a escribir en este blanquísimo y apretado teclado.
En el mismo año de 1999 participé en mi primer concurso literario. Era el Premio Nacional de Narrativa de la editorial Banda Oriental. A los cuentos de fútbol que tenía sumé un conjunto de relatos que iban desde lo onírico a la ciencia-ficción y lo fantástico. Como cualquiera puede comprobar, el certamen de ese año fue declarado desierto por el jurado. No me importó demasiado, aunque algunas noches, ingenuamente, me desvelaba la ansiedad por saber el resultado. Por otra parte, fue a finales de ese mismo año cuando escribí tres relatos que no tenían nada que ver con lo que había hecho antes. Entonces me di cuenta de que el libro que había enviado al concurso era sólo una prueba de escritura que me había impuesto a mí mismo. "Escribir un libro no es difícil", me dije. Pero yo quería escribir un libro que no me diera vergüenza luego de tres meses de terminado. Aquellos tres relatos eran muy raros y me dieron la pauta de que podía hacer cosas distintas. Se llamaban "Ana y la tortuga de patas plásticas", "El baño del viejo Giménez" y "Los paseadores de bestias".
Cuando un par de años después Felipe García, Valentín Trujillo, Rodrigo Almeida, Ignacio Fernández de Palleja y yo creamos el M.A.T. (o sea, el Movimiento del Agujero de la Tortafrita), cada uno de los números de la revista del mismo nombre fue escrito con esta máquina más la de Felipe García, otra Olivetti, pero mucho más robusta, como si la mía fuera un gallo y la suya un pavo. Escribíamos los textos en hojas de tamaño carta y se las entregábamos a Felipe, que las fotocopiaba reduciendo el tamaño hasta darle la forma de la página de la revista. Era un trabajo que nos llevaba muchas horas y el dinero que no teníamos, y que hacíamos cuando el quiosco de la madre de Felipe cerraba. Tendríamos entre 20 y 22 años. Había que ver cómo resistíamos tantas horas hasta el amanecer para hacer esas revistas. Horas y horas de escribir textos que de repente faltaban, recortar, pegar, fotocopiar y volver a fotocopiar y luego a recortar y pegar de nuevo. Es que éramos tipos durísimos... (sic) Para poder soportar y soportarnos nos veíamos obligados a ingerir grandes cantidades de galletitas dulces, agua mineral (a veces jugo) y a escuchar de manera interminable los mismos discos de los Beatles, Pink Floyd, los Doors, Beethoven, Rachmaninov u Bach. Y así era, éramos incorregibles.
En el año 2002 se me ocurrió relatar más extensamente una historia que había escuchado en la sede del equipo de fútbol del barrio Kennedy. Era algo sobre un partido que se suspendió cuando un juez de línea manco y un delantero sordomudo se tomaron a golpes de puño. Eso tuvo que haber ocurrido antes de que yo naciera, en la época de la dictadura, cuando en Maldonado existía aún la divisional C.Yo había hecho un relato de media página con esa anécdota el año anterior. Pero de pronto me di cuenta de que había algo mayor escondido allí. Así que me propuse desenterrarlo hasta donde pudiera. Era el último año de la carrera de profesorado que estaba estudiando y no me quedaba mucho tiempo para escribir; aunque en vez de "tiempo" debí haber escrito "concentración". Me planteé, por lo tanto, que no debía pasar una sola semana sin que escribiera algo referente a esa historia, que terminé llamando "Historia de la agresión". Además, había una fecha que podía ser tomada como un aliciente: el 15 de noviembre. Ese día cerraba el plazo de entrega de obras para un nuevo Premio Nacional de Narrativa, que se entregaría al año siguiente. Y yo quería volver a participar. La historia de cómo me fue con ese concurso termina una tarde en que me carcomía la fiebre; había contraído una neumonía muy fuerte desde hacía una semana y casi no podía sacar el aire de los pulmones para volver a inspirar. Se me acercó mi padre y me dijo algo raro, como que Carrasco me había llamado para la Selección. Carrasco era en esa época el técnico de la selección uruguaya de fútbol. Pero cuando mi padre te dice algún disparate de ese tipo es que en realidad sí hay algo importante por detrás. Luego me dijo que me habían otorgado una mención en el Premio. Fue una convalecencia muy rara. Esa noticia cayó en mi conciencia como si estuviera viendo una mancha de humedad que se deforma constantemente. Todavía me acuerdo de los libros que leí en esos días. "Final del juego", de Julio Cortázar; "Introducción a la literatura fantástica", de Tzvetan Todorov; "La caja de hueso", de Antoinette Peské e "Informe sobre probabilidad A", de Brian Aldiss. Todo literatura fantástica o al menos terriblemente ambigua (incluído el ensayo de Todorov).
(Shhh... Me parece que ya me fui de tema... pero... ¡total! ¿No estoy escribiendo por escribir?)
La anécdota de mi máquina de escribir, en definitiva, es la siguiente.
Al comienzo, escribía "Historia de la agresión" a mano y al día siguiente, o sin falta el fin de semana, corregía y transcribía todo a máquina, en esta Olivetti. Me acuerdo de que por esos días en que la historia empezó a desarrollarse sostenidamente yo leía una antología de cuentos de Arthur Machen y que en especial me había fascinado uno llamado "N". El trabajo empezó a acumularse. También era la época en que teníamos parciales y algunos exámenes amenazaban con su cercanía. Ya por esa época, María José, mi novia, se quedaba en mi casa por muchos días. Estudiábamos juntos y luego de un rato ella se iba a mirar televisión y yo me quedaba escribiendo en el cuarto en una cuadernola o en hojas sueltas. Con frecuencia ocurría que yo me iba a dormir y María José (alias Mª) pasaba en limpio en la máquina lo que yo había escrito a mano. En una de esas noches en que yo dormía y Mª escribía a máquina, ella me despertó y me dijo que no podía seguir escribiendo: la máquina se había roto... un martillito de los que pegan contra la cinta de tinta había saltado por los aires, arrancado por la fuerza de un teclazo (¡había que ver la fuerza que Mª ponía en esa actividad!). "¿Qué tecla es?", le pregunté. "La de la 'ene'", dijo. Al principio pensé que si se trataba de una "equis", una "doble uve" o hasta una "zeta" me podría arreglar bien. Pero con la "ene" no había remedio. Porque, ¿cuántas "enes" usamos promedialmente en una sola línea? Al otro día fue cuando me di cuenta de que la tecla de la "ene" era la "N" del cuento de Arthur Machen que me gustaba. Y con cierta amargura empecé a descubrir que la idea de "Historia de la agresión" era la misma de "N". (Por eso, cuando tuve que preparar todo para presentarme al concurso, elegí un seudónimo muy pomposo, pero que trataba de explicar aquello que me había pasado: Arnold, Perrott y Harliss... los personajes de ese cuento de Machen...). Tuvo que pasar un fin de semana para que Mª fuera a su casa de Minas y me trajera una de sus máquinas de escribir, una Tippa alemana, gris y de teclas color crema. En esa máquina terminé de escribir "Historia de la agresión", y escribí todo lo que se me ocurrió el año siguiente. Cuando en 2004 me mudé a Minas, dejé esta Olivetti guardada en un armario del cuarto de mi hermano. En Minas usé también una Olivetti Linea 98 (grande como la máquina-pavo de Felipe) y, ocasionalmente, alguna de las siete Underwood de comienzos de siglo XX que Mª tenía guardadas en la casa de su madre y que unos tíos le habían regalado luego de comprarlas por lote en un remate, la mayoría de ellas esperando una restauración postergada. Pero cuando casi a finales de ese año Mª compró la computadora, me olvidé por completo de las Olivetti o las Underwood.
Hace un par de meses, mi hermana hizo una limpieza en la casa de mi madre y apartó esta máquina que nunca trasladé en ninguna de mis mudanzas. Le faltaba alguna tecla más, estaba llena de polvo y tenía algunos resortes vencidos. Cuando la llevé a arreglar, la empleada que me atendió me dijo que estaba a la miseria. Yo la miraba como si me estuviera confundiendo con Corín Tellado (nada más que por haber dado tanta tecla, nada más...). Así que ahora vuelvo a tener mi Olivetti Lettera 30, la que me regaló mi madre, casi como desde el primer día. Las teclas suenan con otro eco distinto, el carrete se desliza con facilidad aceitosa, la mugre se fue...
Hace un año me pasó otra cosa. Hacía mucho tiempo que quería leer la novela "Misery", de Stephen King. Una estudiante me la prestó. Creo que es una gran novela, sobre todo una gran novela sobre el oficio de escribir; deja muchas enseñanzas en ese sentido. ¿Y cuál pudo haber sido mi reacción cuando descubrí, bien avanzada la historia, que la mujer que tiene secuestrado a su escritor favorito le entrega a este una desusada máquina de escribir a la que le falta la tecla "N"?

lunes, 9 de octubre de 2006

La arena del fondo

¡Uf!

Ya hacía unos tres meses casi que no tocaba este blog. Quizás pueda, aparte de mi pereza, agruparse varios motivos, entre ellos el hecho de que mi computadora ha estado convaleciente todo este tiempo, si a esto se le suma que me exaspera escribir en los cybers la salud del blog también se ve resentida.
¿Qué ha pasado en estos tres meses? Bueno... 1: Iscariote ya parece un proyecto de nuevo firme... Este viernes 13 de octubre volvería a salir a la venta luego de alrededor de diez meses. 2: El documental sobre Morosoli entró en una zona de inacción peligrosa, que se agravó cuando me llamaron desde Minas para avisarme sobre la muerte de don Mario Morosoli, el hermano del escritor que aún quedaba vivo. 3: Otras cosas más...
(Ahora tengo que luchar con el sentimiento de despojar de intimidad al blog, así que voy a contar algunas reflexiones de estos días...)
El sábado llegó desde Castillos (Rocha) Rodrigo Almeida. Cuando al día siguiente, el domingo más caluroso quizás desde que terminó el invierno, fuimos a la playa. Hace mucho tiempo, sobre todo desde bien entrado el otoño, que añoraba esa extraña sensación que uno siente cuando se hunde en el agua y se va hasta el fondo y se queda allí, muy íntimamente consigo mismo (valga la apología del "yo"). Creo que fue lo primero que hice. Luego nadé de espaldas simplemente mirando el cielo mientras Felipe y Rodrigo nadaban más cerca de la playa. Como siempre, cuando estoy con Felipe, me viene esa idea de que en cualquier momento, mientras me dejo llevar, va a aparecer un tiburón y me va a morder abarcando con su dentadura mi vientre y mi espalda. Como soy tan flaco, es probable que abarque muchas cosas más de un solo mordisco. Pero yo trabajo con la idea de que va a ser solamente en el vientre y en la espalda. Felipe no puede nadar solo en el mar. Casi... Antes de ser profesor se dedicaba a hacer morey. Una vez, tomando una ola, del lado de la Brava, vio cómo un tiburón pasaba justo debajo de él. Alcanzó rápidamente la costa y se fue sin decirle nada a nadie. Entonces tardó muchos días en volver al mar. Una vez, muchos años después, Valentín Trujillo le insistía con que tenía que leer la novela "Tiburón", de Peter Benchley, y, sobre todo, su final. Felipe se resisitía a que Valentín le prestara el libro aunque se moría de ganas de leerlo. Su argumento para negarse tanto era que podía venirle tal miedo que ya no pudiera nadar nunca más en la playa. (Cuando yo era chico, tendría unos seis o siete años, mi madre me llevaba a la piscina del Campus Municipal. Como no sabía diferenciar la realidad de la ficción, o, mejor dicho, la piscina de la televisión, me daban frecuentes ataques de pánico porque pensaba como si fuera una verdad sobreentendida, que alguien había venido de madrugada y había puesto en la piscina un tiburón. Yo me contenía y nunca le decía nada a mi madre. Creo que por eso nunca aprendí a nadar, todos los niños que habían empezado junto conmigo las clases, al promediar el año, ya habían pasado al nivel 4 ó 5 cuando yo era el único en el 1. Y así hasta fin de año. Porque fui el único al que no le sacaron ni uno de los tres flotadores. Eso tenía la ventaja de que cuando los otros niños me saludaban desde el sector 8 ó 9 yo no podía hundirme. recién aprendí a nadar hace unos cuatro o cinco años. Felipe me enseñó.) Creo que estaba en la discusión entre Felipe y Valentín. Como fuera que se daba, porque ya hartaba escucharlos, me parece que de algún modo traté de resumirla en un cuento que escribí en 2003: "La hora del nadador"; quizás el mejor de todos los cuentos fantásticos que ya no me gusta escribir. Pero vuelvo a la emoción del mar. A la emoción de anticipar el verano y las idas a la playa un 8 o un 9 de octubre, cuando hace poco que comenzó la primavera. En ese cuento también le dediqué algunas líneas al placer que sentía el protagonista en flotar de espaldas y dejarse llevar al interior del mar por la corriente. Era un muchacho de no más de diecisiete años. En esos momentos, le gustaba recordar todas las penurias del invierno y de las clases (soporíferas) liceales. En todo sentido ese comportamiento es mío. Al menos en lo que tiene que ver con gozar (por oposición) de las inclemencias del frío... En fin, a eso se reduce mi fin de semana, al momento en que entré al agua un poco fresca y me fui hasta el fondo y me hice todas esas preguntas que uno no se puede hacer ni siquiera cuando camina por la calle en el anonimato de un grupo de peatones. Y luego emerger y flotar y dejarse llevar. Felipe dice, en frases que en un comienzo pueden sonar ingenuas, pero que nos gusta repetir, que la vida es un poquito menos complicada entonces. Ergo, somos unos sibaritas asquerosos. Hoy hicimos lo mismo. Cancelé mi cita con la dentista y nos fuimos cerca de las cinco de la tarde al muelle de la parada 3. Un poco en honor de Rodrigo, que a esas horas estaría rodando bajo el sol de Castillos. A la vuelta hicimos el camino andando en bicicleta por la parte donde la arena se hace más dura, por la misma ribera. Pasó algo muy extraño. Dos niñas de unos seis, siete u ocho años se le escaparon a la madre (que les gritaba que no hicieran lo que iban a hacer y que volvieran) y empezaron a perseguirnos. Al principio parecía un juego. Pero había que ver las caras de esas niñas cuando la carrera se extendía y se iba transformando en otra cosa... Yo bromeaba y les decía que no nos siguieran porque íbamos hasta Montevideo y se cansarían. Pero no se reían. Corrían y corrían y corrían. Hasta que Felipe, desde adelante, me gritó: "Los niños de Arthur Machen..." (eso sí que me asustó: me acordé de un cuento llamado "De las profundidades de la tierra), y entonces aceleramos y las cansamos del todo. El sol se ocultaba y dejaba anaranjada la bahía de Maldonado. Por aquí saltaba una lisa, por acá un lobo de mar la atrapaba.

miércoles, 12 de julio de 2006

Una cabeza familiar


El fútbol cuenta

Si, como se ha dicho, el fútbol es un relato en sí mismo, parecería muy difícil o riesgoso crear una narración que suplante o se superponga a un partido ya visto. Cuando miramos un partido de fútbol por televisión (como le pasó a la mayoría del mundo en este último Campeonato del Mundo) nos enfrentamos a algo codificado. Un partido de fútbol es una película cuyo montaje se va realizando en la marcha, una película que es todo presente (un presente que elige o condesciende a su propia memoria en los replays), una película que sólo nos deja la posibilidad del comentario. Hay una frase de Mario Arregui refiriéndose a Jorge Luis Borges que viene bien para el caso: "un eunuco, un tipo que en vez de contarte un cuento te lo explica". Porque... ¿cuántos grandes (o al menos "buenos") cuentos de fútbol existen? ¿cuántas novelas legibles hay sobre fútbol?... Al parecer, la potencia del discurso que es el fútbol nos deja transformados en eunucos narrativos.

Zidane y yo

¿Por qué hinché por Francia en la final del Mundial jugada el domingo 9 de julio? No tenía en mí motivos de ascendencia gala... más bien todo lo contrario, la sangre italiana por parte de madre, el recuerdo de aquellos que llegaron de Milano o Trento, pudieron haber inclinado mi fervor hacia la "azurra". Pero no, nunca me gustó el fútbol de Italia, una selección en la que siempre primó el efecto por sobre el desarrollo. En cambio Francia, sobre todo a partir del trinfo 2-0 ante Togo, se fue consolidando, a medida que el campeonato avanzaba, en una selección que cada vez más mostraba un nivel de juego colectivo óptimo (si exceptuamos el ejemplo de la malograda selección de Argentina). Hay que agregar el detalle revelador: la mejoría de Francia estuvo signada por el renacimiento futbolístico de su capitán y líder, Zinedine Zidane, en los octavos de final ante España. Zidane es un jugador subyugante; no sólo es un jugador completo (prácticamente ambidiestro, notable para cabecear, definir de pelota quieta o en movimiento, habilitar o recuperar el juego), sino que es poseedor de un magnetismo que no tiene nada que ver con el que generan las publicidades de indumentaria deportiva. Zidane posee un hieratismo insondable, de una tranquilidad propia de los que saben a dónde van las cosas. Esto es lo que ha definido a Zidane como jugador y lo que define a todo líder, profeta o padre: la capacidad de guiar manteniendo la tranquilidad cuando los signos desfavorables amenazan con hacer del rebaño una turba precipitada. ¿Por qué hinché por Francia en la final de Mundial? Porque Zidane es uno de esos jugadores que hacen que uno mismo sienta horror ante su posible fracaso. Digamos que no nos disgusta o no nos deja de dar placer que el héroe mate a todos los malos y se quede con la más linda.

La cólera del pelado

Desde que Grosso selló la definición por penales a favor de Italia no he querido (a menos de una semana de jugada la final) ver una sola imagen del partido. El solo recuerdo me causa ya una sensación de malestar raro e indescriptible. Sin embargo, ayer, en la sala de espera del dentista, escuché la conversación de cuatro mujeres comentando por algunos minutos las causas y las consecuencias del cabezazo que Zidane le metió en el pecho al defensor italiano Materazzi. Esto le valió la expulsión al capitán de Francia en la parte final del segundo tiempo, con su selección jugando bien y haciendo méritos por lograr un segundo gol que les daría la segunda Copa del Mundo. Una de las mujeres de la sala de espera dijo no haber visto la final y otras dos admitieron que el fútbol no les gustaba. Pero en todas había como una sensación de triste extrañeza... Y a mí me volvió el malestar...
En "La Ilíada" se comienza cantando (o contando) acerca de la cólera de Aquiles, "que infligió a los aqueos mil dolores, / y muchas almas de héroes esforzados / precipitó al Hades". El origen de la palabra "cólera" en griego está asociado a "bilis". Así que podemos anotar que dejarse llevar por la bilis es una respuesta más instintiva o más ligada a los apetitos que el hecho de dejarse llevar por la discreción o la inteligencia en el uso de la cabeza. Pero Aquiles ha perdido la cabeza, su cólera ha llevado a los que confían en él a la desazón y al padecimiento de las saetas de Apolo. Zidane también tuvo su segundo de cólera al agredir a Materazzi, precipitando con su ausencia al resto de los franceses al Hades, el reino de los muertos. Y es que eso es una final, una instancia última donde se debaten términos trascendentes como "todo" o "nada", o "vida" o "muerte"...

El nombre del padre

Zidane fue un padre pródigo, un padre que conducía, jugaba y hacía jugar bien, como repartiendo los sumos bienes en su grupo. Zidane le había dado a Francia el título mundial en 1998, metiendo dos veces la cabeza para anotar dos de los tres goles con que dejaron por el camino al temible Brasil de Ronaldo. Los nuevos campeones del mundo tuvieron suerte distinta cuatro años después, en el Mundial de Japón y Corea del Sur. Francia no pasó la primera fase: empató 0 a 0 con Uruguay y perdió con Senegal y Dinamarca. ¿Era el fin? ¿Francia se había colado entre los ganadores históricos de los mundiales para quedar con un solitario título de local a la manera de Inglaterra en 1966? No. Cuando la campaña del Mundial de 2002 parecía repetirse, Francia venció a Togo y luego, con la destreza pasmante de un Zidane de 34 años, a España, Brasil (que había ganado el Mundial antes de jugarlo) y Portugal. Antes de la final, los jugadores franceses disfrutaban del don de estar con el padre Zidane. "Ellos no tienen a Zidane", dijo un jugador francés dirigiéndose a los italianos. Y era la verdad... ¿Quién iba a poder desbancar a Zidane? ¿Totti?... La respuesta íntima debió haber sido un "tutti" tímido.
A los siete minutos de empezada la final Zidane marcó el camino al patear un penal con una delicadeza suicida. La pelota pegó en el horizontal y se introdujo menos de medio metro en el arco italiano para salir inmediatamante. ¿A quién le pareció arriesgado el tiro mientras la pelota viajaba al arco? Los franceses sonrieron: el padre sabe. A pesar del pronto empate italiano, el partido lograba con los minutos una tersura de cosa destinada. Francia jugaba mejor y tuvo oportunidades para pasar a ganar la final, como cuando Zidane metió la cabeza tras un centro de Sagnol, forzando una atajada extraordinaria de Buffon. El padre estaba tronante. Era su último partido; ya desde antes del Mundial había anunciado su retiro. El padre estaba guiando hacia el fin de su tiempo. Pero llegó la cólera del héroe. El replay reveló algo que la inmediatez había ocultado. El padre perdió la cabeza. Ahora Zidane le metía la cabeza en el pecho a Materazzi... mejor dicho, Zidane le entregó su cabeza a Materazzi. El padre había fallado. La pantalla gigante del estadio repetía desde distintos ángulos el hecho. El padre había quedado degradado en sus funciones. El juez Elizondo consulta a un asistente: Zidane es expulsado de inmediato. El padre había fallado, se tenía que ir... Ahora el padre era todo ausencia. Ya no estaba en casa.
Y aquí viene entonces el malestar, el sentimiento incómodo, no de reprobación, sí de desconcierto, cuando se recuerda el segundo en que Zidane perdió la cabeza en una (¿su?) final del mundo.
En la novela "Hadjí Murat", de Tolstoi, cuando un alto rango ruso aparece sorpresivamente en medio de la noche con la cabeza del líder Murat, varios personajes (quizás el narrador, quizás el lector) se sumen en un desconcierto desagradable. (He contado el final de la novela: perdí la cabeza). La ausencia o la muerte del líder se transforma en el pánico de sus seguidores, los límites y objetivos se borronean. Es necesario aferrarse a algo, porque la ausencia es la muerte. Con Zidane fuera de la cancha, ¿dónde encontrar al padre? ¿En Barthez, que heredó el brazalete de capitán? No, Barthez es más una madre que un padre. ¿En Vieira, Ribery o Henry? Ya no estaban tampoco, las lesiones o los cambios se los habían llevado. ¿Dónde y con quién hacer al menos una presencia fetiche que recordara al menos vagamente la imagen de un padre? La respuesta podía ser Trezeguet, un remanente de aquella Francia de 1998. Pero a Trezeguet el técnico casi ni lo había puesto en todo el campeonato; jugó la final gracias a que Saha estaba suspendido... Pero Trezeguet ya era algo, un ídolo suplementario, un becerro de oro, un líder en la ausencia. ¿Qué esperar entonces cuando llegan los penales y los jugadores italianos se sienten más enteros? Cabía esperar que ningún francés fallara su penal, especialmente Trezeguet. Y el tiro penal de Trezeguet que se levanta, pega en el horizontal y al bajar recuerda de pronto otro penal, otro momento, cierta presencia; pero la pelota pica del lado de afuera del arco, dentro de la cancha. Ahora sí se nota, el padre se fue, se fue para siempre.

domingo, 9 de julio de 2006

Volviendo

Hace ya tres meses...

La última entrada en el blog había sido aproximadamente a mediados de abril, precisamente en las vacaciones de Turismo o Semana Santa. Ahora, justo en la mitad de las invernales vacaciones de julio, retomo, cuando menos para darle un sacudón al blog, la intención de la costumbre de querer publicar ciertas ideas u ocurrencias... La ausencia de la revista "Iscariote" ha tenido mucho que ver en esto. No me he sentido con ganas de escribir para el blog. El hecho de no escribir para "Iscariote" me sacó de entrenamiento. De todos modos, la revista volverá en agosto. Estuve la semana pasada en Montevideo realizando algunos trámites (que no llevaron a mucho) para poner en marcha la segunda época de "Iscariote". No es sencillo... no se trata de registrar simplemente la idea de "Iscariote" en el Ministerio de Edcucación y Cultura (MEC). La revista debe tener un propietario, y ese propietario debe poseer una empresa registrada tanto en BPS como en DGI. ¡Uf! Por suerte un muy buen conocido tiene una empresa que pondrá a disposición de "Iscariote". Dicha persona será a partir de unos meses "el propietario" de "Iscariote", y yo pasaré a ser el redactor responsable. Nada mal, teniendo en cuenta que era esta situación o que la revista no viera más la luz del sol.
"Iscariote" viene con muchos cambios. Cambios en el enfoque, algunas secciones nuevas, algunos colaboradores menos y algunos colaboradores nuevos. Desde hace un tiempo estamos con Valentín Trujillo discutiendo acerca del desarrollo de una sustancia que tenía la publicación, y que sólo se apreciaba muy de a poco debido al formato restringido que teníamos. Anoten en las expectativas que "Iscariote" no sólo será una revista literaria. Es más, nunca quiso ser y nunca fue concebida como una revista estrictamente literaria, pero mucha gente se ha empeñado en anunciarla con ese rótulo; quizás escapando al rótulo que ya aparece en el subtítulo de la publicación: "(revista de mitologías)". Hay que decir que nuestra publicación debe tapar un enorme agujero que existe en los medios gráficos de nuestro país (por no pasar al resto de ellos). Quizás esta decisión de encarar la publicación hacia artículos más narrativos, más "etnográficos" podía haberse visto en los números de enero y febrero, si el diario Serrano (de Minas) hubiera tenido tiempo de publicarlos en el correr del presente año. (Ahora se me ocurre que una excepción haya sido Carlos Mª Domínguez y su excepcional serie de crónicas reunidas en el libro "El norte profundo". Pero a no exagerar con las serpentinas: Domínguez es argentino.) Creo que perdí un poco el rumbo. Lo que quería decir es que es necesario rescatar una forma de escribir en este país (no ya solamente en el interior), o de crearla de una vez por todas, en la que primen palabras como "creación", "humor" (nuestros medios conocen sólo la acepción antigua del término), "consustanciación" e "irreverencia".
"Iscariote" tendrá mayor tamaño y más páginas. Incluso llegará a nuevos departamentos del país. ¡El imperio continúa! Saludos a David Foster Wallace, Tom Wolfe, la revista Playboy norteamericana, Carlos Mª Domínguez, Norman Mailer, Juan José Morosoli, Charles Dickens...

martes, 18 de abril de 2006

Lecturas de vacaciones


Había faltado a la cita de actualizar el blog durante alrededor de diez días. Las vacaciones de Semana Santa tienen su buena culpa. He aquí una manera de reponerme contando brevemente que leí.Roald Dahl

Leer en vacaciones

Vivir en un balneario hace que uno se familiarice rápidamente con ciertas costumbres. Una de ellas está vinculada con la lectura y representa a aquellos que en las vacaciones quieren o pretenden un supuesto descanso intelectual, saliéndose de las habituales lecturas (que habría que considerar más exigentes para que la costumbre sea tal) y buscando aquellas que generen un nivel menor de preocupaciones. Es cierto que al decir esto puedo sufrir los insultos de más de un turista. Pero lo cierto es que continuamente, verano a verano, escucho de los turistas expresiones del tipo “Quiero entretenerme” o “No quiero fatigarme”. Claro que una buena pregunta sería por qué esta gente hace de las lecturas habituales algo no entretenido y fatigante. Como sea, los ejemplos de las lecturas de vacaciones son múltiples e inagotables. A mí me gusta siempre acechar las lecturas de los otros cuando estoy en la playa, realizando a veces piruetas con el cuello para entrever algún autor o título en especial.

De modo que para estas vacaciones de Semana Santa, yo también me quise salir de aquellas lecturas que tenía previstas y aventurarme de repente en libros tomados al azar, o llegados recientemente a mis mano. Me aparté entonces de la relectura de los cuentos y los ensayos de Juan José Morosoli, así como de volver a repasar “La novela luminosa”, de Mario Levrero. Me aparté también de continuar con “El cinematismo”, de Einsenstein, y de comenzar la novela “Echándonos de menos”, del escritor argentino Roberto Gárriz.

Lo primero que leí en vacaciones fue “El tilo”, de César Aira. ¿Qué puedo decir de Aira, un escritor que me fascina y subyuga? “El tilo” es un relato hermoso sobre la infancia, sobre la manera de quedar perplejo ante el mundo que se tiene en la infancia. Aira a veces deja su verdadero fuerte, que es ese poderoso modo de hacer avanzar la narración y llevarla a niveles inesperadísimos. Aira siempre busca (y reflexiona sobre) la clave o el procedimiento con el cual elabora cada relato o novela. En “El tilo” la palabra clave para entrar es “Perón”. Esta lectura me generó algunas ideas para pensar lo que diferencia a la literatura sobre pueblos de la literatura sobre ciudades. Quizás dentro de un tiempito las elabore aunque más no sea para romperlas.

De inmediato pasé a un relato algo extenso del escritor israelí Amos Oz. Se llama “La bicicleta de Sumji”. No sé qué decir de este libro, salvo que he leído cosas más interesantes del mismo autor, y que la idea, o la idea que me hice de la idea del libro, me pareció más interesante que el desarrollo de la historia misma. De aquí pasé a interesarme en las narraciones para adolescentes (parece que aquí traicioné el no tener lecturas previstas para las vacaciones, pero no me lo tomé muy en serio). De hecho, me parece que hay que ser un narrador de gran categoría para soportar a generaciones y generaciones de lectores adolescentes. He observado desde algún tiempo que los adolescentes son lectores que poco se dejan embaucar con tretas o triquiñuelas narrativas. Son una especie de devoradores salvajes de relatos, una especie a la que todos deberíamos regresar o aspirar de vez en cuando. De hecho, ¿por qué persisten a lo largo del tiempo entre los gustos de los adolescentes toda esa pléyade de narradores anglosajones como Wells, Wilde, Stevenson, Defoe, Swift o Carroll? Además, ¿qué buscan y qué encuentran en lecturas como las de Corín Tellado sino un puro avance de la historia, por torpe que parezca? De hecho, yo, que soy un lector lento, muy leeeeeentooooo, me he sorprendido de la velocidad con la que he avanzado en lecturas de Corín Tellado, la mayoría ridículas, pero igualmente absorbentes. Acepto y a la vez defiendo “gritos en el cielo”. [Me gustaría también decir que pocas veces leí una descripción de un coito tan extraña como la que aparece al final de la novelita “No sé qué me pasa”, de la citada autora española].

Veamos, todo las anteriores consideraciones me llevaron de uno u otro modo a los libros del escritor galés Roald Dahl, en especial a “Charlie y la fábrica de chocolate” y “James y el melocotón gigante”. Qué decir de la primera novela más allá de que me pareció muy floja, tan floja que me llevó a reconsiderar a Tim Burton, que dirigió la película del mismo nombre, como un director muy inteligente. La novela se agota en una suerte de “Divina Comedia” edulcorada, donde lo único que se espera es la confirmación del castigo adecuado para cada uno de esos niños mal enseñados y sus padres y, por otra parte, la gracia que evidentemente le será concedida al pequeño Charlie Bucket por parte del Sr. Willy Wonka. En cambio en la película, fiel en cuanto a los castigos que aparecen en la novela, Tim Burton agrega mayor profundidad al que parece el verdadero protagonista: Willy Wonka. Burton agrega (como dijo Mauricio E. Pagola en una nota aparecida en la revista Iscariote) la cuestión del “padre terrible”.

“James y el melocotón gigante” ya es otra cosa. Entre los ecos del Mabinogion y de Lewis Carroll, entre los requisitos de narrar sobre un niño huérfano y sus detestables tías solteronas, Dahl crea una historia de un delirio enternecedor, tan delirante y tierno como un durazno gigante que va por los aires.

Las vacaciones se me iban de las manos con algunos cuentos de J.M. Machado de Assis (entre ellos uno tan bueno, pero resuelto tan brevemente que da la sensación de que se podría haber narrado muchísimo más. Se trata de “Tres tesoros perdidos”, un cuento que el escritor brasileño escribió cuando tenía 19 años y que a algún cineasta le encantaría adaptar.) y terminaron de irse con “Levantad, carpinteros, la viga maestra”, de J.D. Salinger. Este relato, que es parte de la saga que empieza con la novela “El cazador oculto”, da cuenta de los avatares del casamiento de Seymour, narrados por el hermano que le sigue en edad. En realidad, “Levantad...” me trajo el recuerdo de la consecuencia que a la larga tiene ese casamiento, y que se cuenta en otra pieza del autor titulada “Un día perfecto para el pez banana”. Lo leí en una fotocopia que me regaló un verano un amigo, hará ya cinco o seis años. No recuerdo mucho del cuento, salvo algunos acontecimientos entre Seymour y una niña en la playa y el hecho de que después de todo me encontré leyendo una historia que en sí es una tragedia terrible, pero que a la vez es una historia hermosísima.

viernes, 7 de abril de 2006

El desfile de Roberto Giordano. Punta del Este. Enero de 2006.


De los textos que escribí en el último verano, al del viaje a La Paloma se agrega este que presento hoy, en el que jugueteo un tanto sobre las representaciones que se ofrecían del más famoso de los peluqueros argentinos tanto en la televisión como en los diarios. Roberto Giordano es un personaje inusual, a veces mal interpretado y mal odiado por los "opinadores" de buena moral pública. Si Giordano fue o va a ser procesado por un delito efectivamente cometido, eso es harina de otro costal. Pero en cuanto al fenómeno en sí, las opiniones dejan mucho que desear, sobre todo si entran a analizarse las ideologías que se agazapan en los discursos.

Yo, Roberto

En alguno de sus ensayos Borges deslizaba la convicción de una tradición argentina que consiste en situar determinadas pasiones en la Banda Oriental. Algunos de sus propios cuentos son buenos ejemplos, también lo son La tierra purpúrea, de William H. Hudson o El uruguayo, de Copi. Hoy en día esta religión persiste con ejecuciones más modestas y se sitúa en Punta del Este.
Charly García le metió una piña a un fotógrafo de la revista New Men en un boliche de La Barra. Cuando la denuncia fue formulada, el músico ya había declarado “Me chupa un huevo” y se había subido al primer avión que encontró hacia Argentina. Ahora es un prófugo de la justicia uruguaya hasta que la denuncia prescriba recién dentro de cuatro años según la legislación.
No obstante, los capítulos más interesantes y recientes del verano son autoría del pope de la peluquería en el Río de la Plata: Roberto Giordano. Su tradicional desfile, efectuado el día domingo 15 de enero, fue uno de los acontecimientos más interesantes de la temporada si se lo observa como la asunción de una personalidad que pareció llegar a su punto de máxima revelación y / o evolución; algo que ameritaría la realización de un documental que no muchos (ya sea por prejuicio o por incapacidad) se animarían a rodar.
Los antecedentes, las declaraciones de Giordano y las distintas notas que se le dedicaban en la prensa, auguraban un espectáculo imperdible, pleno de tensión entre instituciones más o menos tangibles pertenecientes a ambas orillas del Plata. De un lado estaba la legislación uruguaya para los menores (concentrada en el INAU: Instituto del Niño y del Adolescente del Uruguay), por el otro lado todo el glamour argentino (Giordano, por supuesto). El conflicto se desató cuando el INAU tomó conocimiento de que en el evento se emplearía a una adolescente de 14 años, algo ilegal. A esto se le debe sumar la bronca de los titulares del INAU ante el tradicional uso del nombre de la institución que ha hecho Giordano para promover sus desfiles con supuestos fines benéficos. En una nota aparecida en El País el 13/1, Roberto Arévalo, titular de INAU Maldonado, no ahorró comentarios al respecto: “(...) no hubo ninguna negociación , ni ninguna conversación para el uso del nombre del instituto”. “En el año 2003 entregó algunos cuadernitos, unos lápices de colores y algunas cositas”.
(Al mismo tiempo, alrededor de cuatro mil personas se preparaban para una marcha convocada por FUCVAM (Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda de Ayuda Mutua) desde La Mano hasta la Plaza de los Artesanos de Punta del Este, reclamándole al gobierno de Vázquez la supresión del 7% de interés por las viviendas sociales).
Pero la lluvia que cayó a lo largo de todo el día sábado obligó a que el espectáculo fuera suspendido para el día siguiente. Hubo que esperar veinticuatro horas más para conocer al nuevo Giordano. Porque esa era una de las novedades del desfile. El peluquero pasó de un estado a otro rompiendo la crisálida glamorosa en la que ayer nomás se revolvía. En el verano de 2005 el desfile había tenido por escenario las instalaciones del hotel Conrad, a lo que se debe agregar la milimétrica adecuación que el contexto requería. Giordano asumía allí una suerte de ética torremarfilista, preciosista y etérea por demás
i. Pero algo ha ocurrido. Giordano se está haciendo a sí mismo. En unas breves declaraciones aparecidas en la edición del diario Clarín de Buenos Aires del 14/1, afirma: “Antes hacía desfiles en lugares limitados, pero este será para todos”. “Volví a lo natural, me fui a vivir a las sierras uruguayas y lo que importa son los afectos.” (En esos días el canal 11 de Punta del Este emitía un spot publicitario en el que Giordano exhortaba a la población de todos los barrios de Maldonado a asistir a su desfile llevando una prenda de color azul, el color de su vida...)
Como todo discurso, fenómeno o mito, Roberto Giordano admite ser segmentado en dos. Existe el Roberto Giordano superficial y existe el Roberto Giordano profundo. El superficial está constituido por la imagen que él brinda y vende de sí mismo, esa imagen que algunos comunicadores de audacia a corto plazo se tragan como un caramelo en el que se han relamido con excesiva delectación. Cosa que ocurre en el caso de la entrevista aparecida en la prensa local, en el Estediario del 13/1, firmada por Soledad Bauzá, quien se despacha con una larga introducción previa al diálogo con Giordano y en la que lo somete a una maratón de epítetos del tipo “comunicador fallido”, “peluquero poco activo”, “esteta poco probable e indudable buen negociante”, “figura (...) ridícula”, “falaz benefactor de la belleza” y “dudoso promotor de Punta del Este”. Ya casi como gritando, y como no parece tener más nada que agregar, Bauzá pega más bajo algunas líneas más adelante: “Por momentos su mirada nerviosa y paranoica incapaz de posarse en los ojos del interlocutor da lástima y parece que fuera a brotar de sus labios un angustiado ‘no me peguen, soy Giordano’”... Todo esto constituye finalmente, y no más que eso, una celebración del Giordano superficial, en el que la periodista pasa a creer punto por punto. Giordano pasa a tener todas las de ganar; las preguntas, a priori provocativas, caen sobre el entrevistado y este se las sacude como si fuera caspa en sus hombros (imagen indigna para Giordano, pero imagen al fin). El sumo ejemplo son las dos últimas preguntas y respuestas; la indisposición latente de la periodista le impide continuar la charla justo llega al centro neurálgico del asunto: Bauzá: “Punta del Este, entonces, nuevamente le dará el escenario y ganancias de su desfile . ¿Qué le da Giordano a Punta del Este? Giordano: “No, yo no le doy nada. Es grande, y tiene lo suyo. Lo que yo hago es disfrutarlo porque es muy grande , es la celebración de la belleza.” Bauzá: ¿La celebración de la belleza o de los números? Giordano: “Los números cuando tenía veinte años me importaban, ahora tengo sesenta y me importa mi familia. ¡Te quiero mucho, hasta siempre!”. La frase “Lo que yo hago es disfrutarlo (a Punta del Este)” es importante porque sitúa a Giordano como un turista más que como un empresario.
Bastó ver sólo algunos minutos el desfile de este año para apreciar qué poca relación mantenía con cualquier otro desfile que se pueda encontrar en la televisión. La diferencia era, obviamente, Giordano. Cerca de la hora de comienzo, aún con la amenaza cierta de tener que suspender por lluvia, las cámaras registraban los últimos detalles previos a la fiesta. Una cámara fija, a lo lejos, como si hubiera sido encendida por descuido, captaba un Giordano histérico que comenzaba a dar órdenes a un sector del público, demandando al acción inminente de los funcionarios de la prefectura. “¡¡Prefectura!! ¡¡Prefectura!! ¡A ver los de Prefectura! ¡A trabajar! ¡A trabajar aquí! Si no se sienta esta gente no empiezo el desfile... ¡A ver, vos, te sentás! ¡Te sentááááás, te digo! ¡Sí, a vos, te sentás! ¡¡¡Te sentás!!! ¡Vamos que está lloviendo en Punta Ballena y en cinco minutos llueve acá”. Cuando el desfile pudo comenzar, lo que se vio a continuación fue una fiesta, pero la fiesta exclusiva de Giordano en la que este se había dignado invitar al pueblo. Las modelos pasaban por la pasarela, pero la cámara recogía su imagen una y otra, y su voz se escuchaba dando rienda suelta a su improvisación (la suya). parecía un desfile de los años anteriores, pero algo empezó a cambiar, algo se puso extraño. Primero fue la abierta provocación al INAU (cuyos inspectores habían tratado en vano de realizar sus funciones previo al inicio gracias al séquito del peluquero) cuando la tan mentada adolescente de 14 años cruzó por primera vez la pasarela con la unción de Giordano: “¡La nueva Valeria Mazza!”. Después fueron los cortes continuos, irreverentes y disparatados con que cortaba el desfile para realizar una mini-entrevista a alguna modelo... “Pará, pará la música”, decía... Luego estuvo la tradicional pasada de las modelas vestidas con los colores del club de los amores de Giordano: Boca Jrs. Nuevamente deja su lugar junto a Teté Coustarot y se abandona en un arrebato de talud en medio de la pasarela, agitando una bandera del club argentino. “¡Sos lo más grande, Boca!”. Le alcanzan una bolsa con pelotas y empieza a lanzarlas hacia el público. Pasa la lluvia de pelotas; ahora Giordano, mientras pasan una canción de Juanes, dice que si todo el mundo no se para y se pone a bailar se termina todo, que hay que divertirse. Algunos invitados bailan, la mayoría se miran un poco perplejos y se mueven un poco con cada frase de aliento / advertencia que llega de la pasarela. Pero el momento más llamativo se da cuando le acercan un botellón de Chandon; lo agita empapando a las modelos y algunos técnicos y bebe, luego lo pasa hacia la parte más VIP del público, donde el Chandon comienza un curso imprevisto en el que cada cual a su turno se lleva el botellón a la boca y bebe brevemente. Los primeros planos de las tomas muestran a algunos notables con el champagne chorréandole por las comisuras de los labios.
¿A qué hemos asistido? ¿A un desfile? No, tanto... Asistimos a una fiesta personal, a la fiesta personal de Giordano, que, a diferencia de otras de Punta del Este, es abierta al público; una fiesta que no se realiza en la privacidad de ningún jardín de San Rafael, Rincón del Indio o La Barra y que tiene como fin único celebrar la figura de Giordano, satisfacer todos sus caprichos y convicciones, hacer que lo miremos solamente a él. Una orgía en clave para la televisión y en la que las modelos son meros bufones en la corte de este peluquero.
Se ha hablado a menudo, realizando determinadas interpolaciones, del carácter surrealista de Giordano, quizás por lo divagante. Pero donde más cómoda queda su figura es en la imagen ligeramente romántica, plena de ideal, capricho y persecución de sí mismo, con la que parece hacer lo que quiere llevándose todo por delante, desarrollando un impulso de voluntad que lo afirma una y otra vez. Y este es el Roberto Giordano profundo, un tipo que se hace pasar por tonto para pasarla bien, para crear a su alrededor aquello lo haga vivir su fantasía. (La búsqueda del dinero no es suficiente, no lo puede ser llegado un momento)
La tensión con la Justicia es un índice de apoteosis en el camino que ha trazado. Porque, como si fuera poco, como una entidad que se manifiesta y se deja ver a su sola voluntad, Giordano desapareció inmediatamente después de terminado el desfile. Los inspectores de INAU lo acechaban y no pudieron dar con él. Ahora tendrá que responder a algunas denuncias que han sido formuladas en su contra. Giordano ha rozado los límites que le imponía la sociedad, ahora la provocación que ha hecho a las instituciones lo erige como un verdadero “maldito”. Y no se trata solamente de emplear a menores para trabajar en el desfile. Otra nota de Estediario, del día 17/1, deja entrever algo más abominable, algo que quien firma la nota no se atreve a nombrar: “¿Por qué las niñas permanecen tanto tiempo en Uruguay si el desfile se realiza durante una sola jornada? ¿Dónde se alojan? ¿Quién es responsable por ellas durante su permanencia en el país?” En su breve espacio televisivo del mismo día (emitido a través de canal 4 y retransmitido por canal 11 de Punta del Este), Roberto Giordano comenzó diciendo: “Ustedes se preguntarán dónde estoy, qué está haciendo Giordano. Bueno, estoy con la modelo...”, luego dice el nombre de la modelo y pasa a hablar de ella. Pero sus palabras sonaron como un eco de Bin Laden, como una bravata contra aquellos que no pueden acceder a él, como esas transmisiones en que los villanos toman por asalto la televisión desde un lugar ignoto para transmitir su voluntad. Y por allí debe andar Roberto, flotando y brillando en algún lugar inaccesible para las convenciones y las razones. Un puro gusto.

miércoles, 5 de abril de 2006

Viaje a La Paloma


En este último verano escribí para la revista Iscariote algunos textos que tenían como temática común las diversas manifestaciones que se producen en la época estival en nuestras costas. Por motivos varios, las ediciones de Iscariote correspondientes a los meses de enero y febrero nunca vieron la luz. Para cuando la revista se encuentre con su público lector, estos textos habrán perdido determinada cercanía temporal. Creo, sin embargo, que todavía es posible compartirlos por este medio. El primer escrito nace de un viaje que realicé a La Paloma para visitar a una amiga que vive allí. Solamente había estado en La Paloma una vez, hacía ya algo más de un año desde mi segunda visita, que se detalla en la nota. Pero en aquella oportunidad (a comienzos de noviembre de 2004) La Paloma dormía su siesta anual. Las calles estaban completamente vacías. Los vientos primaverales y duros al costado del mar afinaban la sensación de soledad.


La Paloma era una fiesta



“Los viajes empiezan después que uno llega”, dice Tertuliano, uno de los protagonistas de El largo viaje de placer, el admirable relato de Juan José Morosoli. Una semana después de haber viajado a Rocha, estoy tratando de entender esa superstición uruguaya llamada La Paloma.
Llegué al balneario sobre el mediodía del 5 de enero. Lo primero que vi fue la terminal de ómnibus, luego esta se hizo borrosa y quedó cubierta por una nube de polvo que había levantado alguno de los servicios interdepartamentales que llegaban hasta allí. Es posible que me hubiera vuelto exigente con el entorno después de cumplido el primer tramo del viaje, que me llevó desde Maldonado hasta la ciudad de Rocha. Es posible que me hubiera predispuesto a algún tipo de sorpresa con la que La Paloma me recibiría. Había dejado atrás algunos acontecimientos en la terminal de Maldonado que ameritaban un sondeo. Una señora cincuentona intentaba hablar en un teléfono público como si fuera el teléfono de su casa y hacía caso omiso de las recomendaciones que le hacía el guardia para que comprara una tarjeta. La mujer insistía en que era una emergencia, que el ómnibus que la llevaría a Montevideo no podía partir, que nunca había imaginado que esos teléfonos necesitaran de una tarjeta que había que pagar. Dos hombres, cada uno con un maletín de cuero, se despiden. En el momento de aflojar el abrazo, el que se iba a Montevideo tantea la mano del otro para hacerse del otro maletín; comienza entonces un forcejeo en sordina. Es obvio que ninguno quiere llamar la atención, pero la escena es universal, dos muchachas norteamericanas, rosadas y rollizas, sentadas a un lado de los teléfonos, dejan ver en sus rostros el probable desenlace de la acción. Al final aquel al que se le ha querido arrebatar el maletín logra tomar distancia y alejándose escupe las siguientes palabras: “Cuando tengas la plata te llevás este maletín”. Ambos hombres se dan la espalda y se retiran. El ómnibus a Montevideo espera; a unos metros, inaudibles, se ve a la mujer que necesita hablar por teléfono y al chofer; ella le ruega que no parta aún, él se disculpa, es su trabajo. Las muchachas norteamericanas se levantan, le piden información de horarios a un chico que trabaja en una de las agencias. No saben nada de español. Intercedo. Me preguntan de dónde soy. Me causa gracia. “I’m from Kent, England...”, miento. “Really?”, preguntan con emoción. Aclaro que era una broma; ellas dicen ser de New England. Ahí queda el intercambio: uno de los hombres con los maletines, el que se iba a la capital, vuelve y se pierde en dirección hacia donde había ido el otro. Pasan unos minutos. Regresa con el maletín de siempre hacia el ómnibus que ya parte. En el viaje a Rocha, saliendo de la ciudad de Maldonado, subió un matrimonio conocido. Van a un velorio en Rocha. El hijo se sienta conmigo, interrumpo la lectura de El último encuentro, de Sándor Márai, y me someto a un avance de las principales atracciones que voy a encontrar en La Paloma, que en las palabras del muchacho se remiten a boliches bailables en los que me encontraré “agitándome” hasta pasado el amanecer...
Cuando mi ómnibus se internó en la nube, tuve que dejar de pensar en estas cosas. Mi compañera de asiento, una muchacha de unos 18 años, suspira y cierra su libro de Tolkien. Lleva una campera de jean repleta de pins con consignas neo-punks; sobre el pecho, en una remera negra, se lee “Led Zeppelin”. Cosa curiosa. Antes de salir de Rocha, para los escasos kilómetros a La Paloma, había puesto en mi discman el disco “Led Zeppelin I” antes de subir al ómnibus. Vuelvo a ver la terminal. Desciendo del ómnibus y paso a tener esa sensación agridulce de extrañeza, propia del que no conoce. Trato de ver hacia dónde tengo que ir. Pero desisto en seguida. Veo por allí a un hombre algo mayor que yo, digamos de algo más de treinta años. Me le acerco y le pregunto: “Perdón, ¿dónde queda el centro de La Paloma”. Luego de explicarme agradezco: “Muy amable, gracias”. Las palabras del otro no se hacen esperar: “¡No! ¡Arriba! ¡Todo bien, flaco! ¡Arriba, eh!”. Me siento un minusválido. Claro que las palabras me son conocidas, pero pronto noto que es una forma del lugar. Rumbo a la avenida principal padezco cada automóvil que pasa y que deja interminables polvaredas. Las gomas y los amortiguadores resuenan sobre los pozos. De pronto veo la limpidez de una pequeña bahía y me interno en la avenida principal. Más pozos. Más tierra en el aire. Cuatro muchachos, tres de ellos con guitarras y uno con un bombo, interpretan algunas canciones de protesta tirados sobre la vereda. Están al sol del mediodía, los automóviles pasan y amortiguan su espectáculo. No están cantando por propinas, no se oye mucho, parece menos una ejecución que un cumplido. Minutos más tarde consigo saber de un lugar para almorzar; es un pequeño supermercado en cuya vereda han puesto algunas mesas. A mis espaldas una familia uruguaya extensa, a partir de los abuelos, come y discute largamente sobre los tópicos de La Paloma. Celebran con comentarios altisonantes cuando ven pasar a un turista argentino en un BMW descapotable y se quejan de unos vecinos jóvenes que alquilan al lado de su residencia y que se la pasan escuchando música hasta el amanecer. Llega un amigo que los ve comer, baja de su Ford Taurus y se suma a la conversación; en su casa pasa lo mismo, los vecinos jóvenes sacuden con sus equipos de audio toda la cuadra, pero a él no le importa, dice que se consiguió una novela atrapante sobre un marinero que recorre el mundo, no se acuerda del título ni del autor, pero estuvo leyendo hasta las cuatro de la mañana. La conversación vira hacia el acontecimiento que habrá esa noche en La Pedrera: el VOX POP, espectáculo que contará con las presentaciones de Astroboy, de Uruguay, y de la banda argentina Babasónicos. Quizás eso les traiga alivio en las próximas veinticuatro horas... Empieza a apretar el calor; los comensales planifican la ida a la playa. Cruza la vereda un hombre al que le falta el brazo izquierdo; las conversaciones cruzadas se suspenden porque el manco ha tropezado con un cascote que sobresale entre algunas baldosas. Hay un segundo angustioso, el hombre extiende su brazo hacia la caída. Sin embargo se recupera con pequeños pasos apresurados y algo encorvado. Continúa caminando hasta que se interna en la oscuridad de un taller de bicicletas. Una mujer suspira. Entonces me fijo en las bicicletas de del taller y pienso en las que he visto en La Paloma, temiendo una observación desentonada. Hasta ahora la abrumadora mayoría de las bicicletas que he visto están avejentadas, despintadas por el sol, naturalmente cubiertas de polvo y comidas por el salitre. Varios turistas alquilan bicicletas como estas y se desbandan por la costa y sus adyacencias. Las estacionan sin necesidad de pasarles una cadena y un candado ni de asegurarlas contra algún poste. Cuando vuelven de las compras las bicicletas siguen estando allí. ¿Por qué no?, parecen decir.
Luego de almorzar, habiendo gastado el tiempo a como fuera posible, fui a buscar a mi anfitriona a la salida de su trabajo. Se trata de una joven profesora de literatura nacida en París, pero que vivió la mayor parte de su vida en La Paloma. Luego de egresar volvió a París por un par de años, asistió un tiempo a La Sorbone para hacer las reválidas con el fin de poder ejercer el profesorado en Francia y se volvió a su balneario a fines de 2004. En verano trabaja en una tienda de ropa desde que abre hasta la hora del cierre. A media tarde tiene unas horas libres para el almuerzo. Me comenta que he llegado en el momento de mayor auge del balneario, momento que se extenderá, fin de semana largo mediante, hasta el domingo 8. Dice que muy pocas veces había visto tal cantidad de gente en La Paloma; en la tienda se aprontan para una noche agitada, la noche previa al Día de Reyes. Caminamos hasta un taller donde su madre ha dejado para reparar una bicicleta que me servirá para trasladarme en los días que estaré allí. A su costado lleva la suya; sobre el cuadro tiene una calcomanía con las palabras “EL TOPO”; pero ella insiste en que su bicicleta se llama “LA TOPOLINA”. “La topolina” no escapa a las características generales de sus colegas, y cuando llegamos al taller veo que la que va a ser mi bicicleta por unos días sigue la tradición. Un gordo grande y un gordo chico salen a recibir a mi acompañante cuando hace el reclamo. La bicicleta, a la que había que repararle el guardabarros trasero y emparcharle la rueda trasera, parece estar escondida entre algunas decenas más que se apilan a lo largo de la vereda. El gordo grande se acerca y tira hacia sí un montón de bicicletas, mientras que el gordo chico hace lo mismo en el otro extremo; los manubrios se enlazan entre sí, los pedales traen las cadenas y los rayos de ruedas de algunas otras. La muchacha entra en el medio e intenta retirar la bicicleta en cuestión, algunas se le escapan al gordo grande y también tiene que apartarlas mientras separa la suya. En determinado momento los tres, ella, el gordo grande y el gordo chico, quedan inmóviles, una especie de Laocoonte engrasado que no logro apresar en su totalidad y a cuyo desenlace, todo incógnita, llego tarde. Cuando vamos a retomar el camino, las varillas que sostienen el guardabarros trasero se zafan por sí mismas. El gordo grande ensaya algún tipo de disculpa y tuerce las varillas con poca ortodoxia hasta que parece convencernos. Doscientos metros más adelante tengo que detener la marcha para reacomodar las varillas, además se ha escapado la mitad del aire de la rueda trasera. Seguimos así hasta que una mujer nos enfrenta con su bicicleta y nos sonríe; no la conozco, pero como tiene la misma sonrisa que la joven profesora concluyo que por supuesto debe tratarse de su madre. La mujer avisa que se va a trabajar a la tienda, a dar una mano porque la noche previa al 6 de enero va a ser intensa.
Algunas horas después, cuando ya he quedado solo en mi alojamiento, subo a la bicicleta y me propongo cumplir con una de las ideas fijas que tenía al llegar a La Paloma: encontrarme con Leonardo Cabrera (joven escritor, editor de la revista La letra breve y colaborador de Iscariote), que estaría en esos días acampando en algún lugar de la zona hasta el domingo 8, en algún lugar cuyo nombre no había anotado y no podía recordar. El primer camping al que se me ocurre ir es el Camping La Aguada, un complejo administrado por la Intendencia Municipal de Rocha. Bordeo la costa. Mucha gente. Cruzo en determinado momento frente a la antigua estación de trenes, ya en desuso. Un cartel señala el nombre de la localidad; al costado otros marcan la distancia con Montevideo y la altitud de La Paloma con respecto al Cerro de Montevideo: cuatro metros. ¿Leí bien? ¿Entendí? La confusión me sorprende y me lleva algunos kilómetros hasta que llego a un parador en cuyas arenas debe haber por lo menos mil personas a lo largo de algunos cientos de metros. Unos altoparlantes llenan de sonidos la playa. Pasan unas canción de Los Redondos. Hay varios picaditos de fútbol por todas partes. Las pelotas salen del partido, chocan por aquí y por allá con la gente que toma sol o vuelve del agua. Sin mucha esperanza, infructuosamente, busco a Leonardo. Abandono el parador cuando comienzan a sonar unos acordes de sitar indio. Hay algo que me ha llamado la atención en las pocas horas que he estado en La Paloma: no he escuchado ninguna de las versiones indignas de la cumbia que riegan nuestro país. Hay como un continuo musical en los comercios y en los automóviles que me han pasado por al lado, y está compuesto por los sonidos de La Vela Puerca, No te va gustar (sic), Once Tiros y demás ejemplos de rock-chabón.
Llego al Camping La Aguada. Un hombre sostiene una valla que levanta y baja cada quince segundos para dejar salir o entrar automóviles; exige impasiblemente una identificación. Entro a la oficina esquivando algunas decenas de personas, jóvenes casi todos, que esperan para ser atendidos. Se oyen protestas, bostezos, risas, bromas de poco gusto para con los funcionarios municipales, acusaciones de que alguien no ha respetado el turno... Yo sólo necesito saber si mi amigo se aloja allí. Busco en las esquinas para retirar un número... no hay nada parecido. La única autoridad es la del orden de llegada, un orden que los funcionarios parecen constatar. Espero media hora, por lo menos, hasta que me abro paso para salir. Cruzo la ruta y entro en la oficina de otro camping situado al frente y que es exclusivo para gente relacionada con un ministerio. Allí me atienden rápido: no hay ningún Leonardo Cabrera ni nadie que haya llegado desde San José. Me doy ánimos para probar suerte otra vez en La Aguada; la tarde se termina. Demoro en cruzar la ruta, llegan un par de ómnibus desde Montevideo que arrojan algunas decenas más de jóvenes que se aprestan a correr hasta la oficina de La Aguada apenas no haya peligro en el cruce. El panorama en la oficina es insostenible, los empleados hablan por sobre algunas personas que ocupan el mostrador, el mensaje es claro: NO HAY MÁS LUGARES... La gente desespera, algunos se preguntan o preguntan al aire dónde pasarán la noche; otros apenas se ríen y hacen como si no hubiera sido nada, dormirán en la playa o “donde pinte”. Cuando uno viene a La Paloma hay que estar a full, dispuesto a todo lo que pase, a disfrutar, a no quemarse, a darle para adelante y ¡arriba! Arriba. Arriba... Algunos muchachos se distienden, comentan algo sobre el año ya pasado o sobre algún conocido de los estudios. Me doy cuenta de que varios de los montevideanos casi veinteañeros que están allí son universitarios. Oigo sus comentarios sobre los días anteriores y los venideros. Veo sus gestos. Hay futuros abogados, ingenieros, médicos, profesores, dentistas, etc., que están posando para sus quince minutos de bohemia. Se despliega un celular, se sacan fotos que irán al disco duro de una computadora que queda a algunos cientos de kilómetros: recuerdos de La Paloma... ¡Arriba! Muchachos con los pelos duros por la sal del mar y con la barba de una semana, muchachas delicadamente sucias, señoras refrescadas, señores en musculosa y con el mate y el termo bajo el brazo, argentinos que se quejan por una cabaña sin energía eléctrica, chicas recién bañadas oliendo a crema de enjuague y con los pies blanquísimos recortados contra las hawaianas, un símil rastafari con la guitarra a cuestas, otra muchacha con el cabello recogido y la nuca espolvoreada de arena, todos se frotan unos a otros y me frotan para tratar de acomodarse en el espacio. Y yo sólo quiero preguntar si mi amigo se aloja allí... De repente una empleada se dirige a un matrimonio: “Ya tenemos alojamiento para ustedes”. ¿Cómo?, la muchedumbre se agita. ¿Tienen privilegios? La empleada explica sin mirar definidamente nada: “Estas personas hace horas que están sentadas aquí esperando”. Localizo un empleado que casualmente me mira. Le explico mi situación, que consiste en realizar una consultita (aflauto la voz todo lo que puedo al llegar al diminutivo). Muy gentil me deriva a una compañera que tiene todos los datos en la computadora. Miro hacia mi izquierda, la mujer de la computadora está dando cabida a los ingresos y las salidas del camping, imprimiendo tíquets que traslada hacia otra empleada que se encarga de las cobranzas. Me hago un lugar y le comento a la mujer mi situación, simplemente me mira y luego atiende a otra persona, me pide un segundo. “¿Quién estaba?”, pregunta. Se alzan las manos. El reloj marca las 20:00. Cuando son las 20:30 juzgo que soy el hombre invisible, me subo a la bicicleta y vuelvo a la casa para terminar la noche leyendo la novela de Márai.

Recién al mediodía siguiente, luego de volver a ser el hombre invisible por tres cuartos de hora, pude encontrarme con Leonardo Cabrera; estaba pasando esos días en La Aguada, pero se iba en algo más de una hora. El breve encuentro dio para, entre olas, hablar de Hemingway, Onetti, Hesse, la última novela de Hugo Fontana y las vicisitudes del viaje de cada uno. Más tarde siguió viaje hacia Piriápolis.
El 6 de enero fue el día con mejor clima para la “temporada alta” de La Paloma. Por la tarde, volví a la playa junto a mi anfitriona. Por todos lados se continuaban los pozos, los automóviles pasaban y bastaba para que uno quedase con los ojos irritados por la tierra. Por uno de esos caminos apareció una camioneta corriendo velozmente. Un par de muchachos iban en su interior; en la caja exterior, ondeando las cabelleras, venían algunos más. La camioneta frenó bruscamente. Temimos alguna complicación. Pero en seguida entendimos el juego. El juego consistía en que la camioneta aceleraba y frenaba de golpe tratando de desestabilizar a los que iban fuera. Doblaron en una esquina una cuadra más adelante y los perdimos de vista. Antes de llegar a la playa vi basura amontonada en alguna vereda o algún baldío. En la misma playa, saliendo oscuramente de unos pastizales, bajaba un agua viscosa que sin embargo no llegaba a la parte en que los bañistas se tendían a tomar sol. La gente le daba la espalda al asunto, un mar azul verdoso, calmo y límpido la recibía. En la arena algunas señoras leían las lecturas del momento. Repasé desvergonzadamente las tapas de los libros que había a mi alrededor. Saramago ganaba por varios cuerpos. Ensayo sobre la lucidez y Las intermitencias de la muerte eran las lecturas predominantes. Hasta entonces no pude ver a Jorge Bucay por ningún lado. Pregunté por la procedencia del agua viscosa. Me respondieron que mejor no saber. Algunas horas antes, mientras hacía algunas compras en el centro, había hablado con gente del lugar. El reflejo de las administraciones anteriores de la Intendencia de Rocha es evidente. Palabras como “Riet” o “Puñales”, los apellidos de los dos intendentes en los pasados veinte años, son malsonantes y estigmatizan el pasado de algunos como los pozos insalvables. Mucha, muchísima gente parece esperanzada en el nuevo intendente perteneciente al Frente Amplio, Artigas Barrios. Me han dicho que es un hombre de tesón, claro y de soluciones prácticas. Más tarde, un poco en broma y otro poco en serio, le pregunté a la profesora dónde se reunían los poetas, los escritores de La Paloma. Por toda respuesta me consiguió una anuncio con la programación del Centro Cultural de La Paloma. Entre los días 5 y 31 de enero están programadas unas treinta actividades que van desde las presentaciones de los libros Desde las cenizas, de Claudia Amengual, y Ángeles entre nosotros, de Alberto Gallo, hasta la infaltable presencia de Juan Antonio Varese si de hablar de faros y costas rochenses se trata, pasando también por una disertación de un profesor de la zona acerca de la historia del escudo y el himno de Rocha, y una obra de teatro, cuyo título me ha conmovido: Cómo rellenar una túnica salvaje, representada por un grupo local. Agrego un par de datos que resultan de un tenor cultural importante para la zona y que he conocido en esos días, el primero es la ilustre presencia de Maitena, que decidió hace un tiempo establecerse en La Pedrera; el segundo es la prolongada visita de Rosa Montero en el pasado invierno.
A la tarde empezó a escasear el agua potable. El corte del servicio se extendió hasta cerca de la medianoche. La madre de la profesora está indignada. Ha llamado a la sección de atención al consumidor de OSE. La atiende un señor que no sabe mucho del asunto. Ella le pregunta cuánto durará el corte. El otro no tiene idea, “Y capaz que todo el verano”, le dice. “¿Qué me está diciendo?”. Ella quiere información, le pregunta quién se la puede dar, del otro lado del teléfono no le saben decir nada de nada. “¿Y cómo usted está ahí para atender los reclamos?”... “¡Y bué!...”, responde el hombre. “¿¡Cómo ‘Y bué’!?”.
Al día siguiente recibimos el diario local, el Diario Regional La Paloma. Debajo del título reza una leyenda: “Juventud unida para el progreso de la zona”. El ejemplar llega con una mini-separata dedicada a la “movida veraniega” en La Pedrera, lo que pasa a ser muy buena, porque pronto ambas publicaciones se revelan como un intrincado ejemplo de un anti-periodismo, una rareza que parece hecha a propósito y que nos deparó una sobremesa plena de humor. Algunas de sus notas parecen de rigor: “(...) esta calle está casi en el centro, detrás del cine de La Paloma, y se está cerrando poco a poco por la gran cantidad de basura que tiran allí la gente [sic]. Es de no creer, pero cierto, a veces somos los mismos ciudadanos que no cuidamos el lugar donde vivimos. Un tirón de orejas para los que hacen esto y a limpiar...” También están las respuestas de Paolo Anastassi, director de La Aguada, en severa complicidad con el periodista que le realiza la entrevista: “Tenemos ya varios sectores totalmente habilitados para recibir al turista, y en la parte de las cabañas, terminamos de techar la parte de la cabaña que tuvimos el incidente (cuando se incendió una de las cabañas), ya está techada y se está tratando de terminar en la parte de pintura.” Y cómo dejar pasar por alto este anuncio solitario en un recuadro de las últimas páginas: “PREFECTURA NACIONAL NAVAL DEPARTAMENTO DE RELACIONES PÚBLICAS LA PREFECTURA DEL PUERTO DE LA PALOMA PONE EN CONOCIMIENTO DE LA POBLACIÓN Y HACE LAS SUGERENCIAS SIGUIENTES [.] 1- La Prefectura Nacional Naval SOLICITA su colaboración para el mantenimiento y salubridad de nuestras costas. Arroje los desperdicios en los lugares destinados para ello.” ¡Y hay más!: “Con respecto al número de artesanos que ocupan el predio, se habla de más de 40 entre los que se ha creado un muy lindo ambiente. Entre las artesanías que se pueden encontrar allí, hay ropa, artículos realizados con caracoles, y todo tipo de artesanías.” Pero el premio mayor, sin ningún tipo de concesiones, se lo lleva una de las notas principales denominada: “El tema bomberos está que quema...”, en la que la constante recursividad temática y léxica parece forzada, pero sin duda alguna ocultando algún tipo de mecanismo de apelación extrema a la conciencia ciudadana.
Más tarde, en una librería del centro, casualmente, comenté el hallazgo de esa publicación. Alguien más se sumó y me dijo que no estaban todas las noticias, que no se hablaba de la cantidad de robos que se habían efectuado. Agregué que a mí me había parecido bastante tranquila la situación. Comenté el caso de la casa en la que me estaba quedando: las bicicletas son dejadas por la noche en la vereda, sin tranca, tiradas unas sobre otras, y a la mañana siguiente aparecen tal cual se las ha dejado. De inmediato me aclararon que nadie se refería a robos de bicicletas; hace un par de días entraron en pleno día en la casa de unos turistas argentinos y mientras estos merendaban les habían robado las dos computadoras que habían traído. Al parecer ya no se trata de simples rateritos locales, sino de gente especializada que llega desde otros lugares. La policía no ha podido resolver nada hasta el momento. En la memoria de los habitantes de La Paloma sigue fija la presencia de aquel ladrón jamás atrapado que entraba en las casas mientras todos dormían y que solamente robaba dinero. Jamás llevó nada que no fuera dinero. Si se llevaba una billetera, la revisaba afuera y la dejaba en la puerta de la casa dejando en su interior los documentos intactos. De un día para el otro, después de hacer lo que quiso, el hombre desapareció de La Paloma. Tampoco se ha podido olvidar la tarde de verano (hace ya unos seis o siete años) en que la paz idílica de La Paloma tambaleó cuando asaltaron la sucursal del Banco República; esa tarde, después de una ráfaga disparada con una automática por parte de los delincuentes, falleció un policía que había advertido desde la calle las discretas maniobras de la banda. El operativo consecuente fue inmenso, las fronteras se cerraron y los controles abundaron, pero la identidad de aquellos hombres y el paradero del dinero pasaron a ser todo un misterio.

¿REVELACIÓN?

La especialidad del día 7 fue el concierto al aire libre de No te va gustar, al final de la avenida principal, contra el mar. Un par de horas antes del concierto, cerca de las 20:00 horas, el balneario espera el evento, cientos de personas, sobre todo jóvenes recorren las calles una y otra vez, son los jóvenes que según el diario local constituyen la causa de La Paloma sea “moda”; por eso, aunque se levanten protestas, el medio local encuentra una “bienpensante” fórmula para justificar cualquier desmán: “(...) habría que imaginarse si todos estos lugares de diversión no estarían ahí, qué sería de este balneario. Habría tanta vida, habría tanta gente como hay hoy.” [más allá de ambigüedades, los tildes son nuestros], para finalizar: “Pero mientras haya juventud y lugares para ellos no hay nada que pueda detener el crecimiento de un lugar, porque detrás de cada joven hay un padre, una madre, un abuelo y una familia que quieren lo mejor para él.”. Cerca del horario del concierto intento comer una hamburguesa; espero quince minutos en un lugar sin que me registren visualmente... otra vez el síntoma del hombre invisible... Camino unas cuadras por la calle Paloma hasta llegar a un gran baldío que funciona como estacionamiento y donde han colocado no menos de media docena de puestos de comidas que venden casi lo mismo. Elijo uno que es de los más grandes, quizás porque tiene unas mesas, aunque de inmediato decido comer sentado en un banco: un montón inesperado de gente ha ganado las mesas... Espero largamente mi hamburguesa. Un muchacho, montevideano, se sienta a mi lado, luego llega el resto de sus amigos y prosiguen con la charla que llevaban, toda llena de proezas de medio pelo en la noche de bailes y tragos; de pronto se desentiende de los otros y se inclina levemente sobre sí mismo, abre su celular, aprieta unos botones y aguarda. “¡Hola, papá!”. Le dice que está pasando bien, que está por ver el concierto de No te va gustar. Hay unos segundos de suspensión, con toda probabilidad son las preguntas paternas clásicas, hasta que cae la pregunta del hijo. “Che... pa’... ¿Me podés hacer un giro?”.
Llega la hamburguesa, como con rapidez porque llega el sonido de No te va gustar. El concierto ha comenzado. Tal como se esperaba, la avenida principal acogía cientos de personas. Unos niños argentinos de diez u once años me detienen y me preguntan cómo se llama la banda. Cuando contesto se echan a reír. Sigo caminando, me siento a escuchar. Familias enteras, niños, abuelos, parejas jóvenes, barras de amigos y de amigas se sientan también en el cantero central de la avenida. Algunos encienden abiertamente un cigarrillo de marihuana o destapan una tras otra botellas de cerveza. Todo bien. La gente no mira nada, no censura a nadie. Todo fluye. No te va gustar arremete con uno de sus éxitos. Los celulares suben como boyas después de hundirse en el agua. Todos se sacan fotos. Alguien llama a unos amigos: “¡Vo’! Estoy en el toque de No te va gustar... ¡Arriba!”. Siguen los éxitos. El mismo muchacho vuelve a llamar a más amigos por teléfono. “¡Vo’! Estoy en el toque de No te va gustar... ¡Arriba!”. La fórmula se repetirá algunas veces más en la noche. La fórmula de No te va gustar también, canciones previsibles, llenas de buenos sentimientos de rebeldía edulcorada y complaciente, amalgamas de ska y reggae nada riesgosas. Sobre el final, cerca del escenario se sucede una pelea entre un fanático y un oficial de policía. La banda deja de tocar y persuade a ambos contendientes. “Ya está. Ya fue...” La canción sigue en el mismo acorde. Un par de chicas adolescentes, ayudadas por sus amigas, salen de entre el público y se tienden en el pasto a desmayarse. Algunos miran como si fuera lluvia. Cuando vuelven en sí regresan a la multitud.
El recital culmina. La gente comienza a buscar su propia ubicación en la creciente noche del balneario. Algunos se sientan en una esquina a mezclar gin y pomelo; otros hacen una ronda en el cantero y van pasando la cerveza. Otros siguen fumando, o los hay quienes tratan de buscar algún sitio libre en algún restaurant. Llega de repente un grupo de muchachos con panderetas y berimbaus, se aprestan para una sesión de capoeira a la una de la mañana. De repente pasa un automóvil que me llama la atención: escucho cumbia-villera en su interior. Me pregunto qué es específicamente lo que busca allí la gente que veranea, más allá de la consabida respuesta de una playa y tranquilidad. La Paloma parece un ritual que hay que cumplir. El turismo uruguayo no encuentra nada allí salvo lo que ya lleva consigo antes del viaje. Cada quien lleva una necesidad de revelarse algo a sí mismo, de jugar un juego que tiene sus reglas bastante ortodoxas. Un fluir adormilado y sensual va ganando todas las cosas.

Tenía que haberme marchado al día siguiente, pero me fue imposible conseguir una reserva para cualquier ómnibus que fuera hacia Montevideo o Maldonado; los lugares para viajar parado también estaban agotados. Conseguí un pasaje de Rocha a Maldonado recién para la tarde del día siguiente. Hacía dos días que llovía. Mucha gente estaba yéndose y quejándose del clima. Recién al subir al ómnibus que me llevaría a Rocha la tormenta pareció retirarse. En el ómnibus la gente, sin límite de edad, recibía llamados en sus celulares, llamaba o simplemente los hacía sonar al cambiar los timbres o al jugar al “gusanito”. Al subir al último ómnibus en Rocha se me ocurrió pensar, como por lo general pensamos en plena vuelta, acerca de la irrealidad que parecen tener los lugares apenas los dejamos después de un viaje. Me coloqué los auriculares y entré como en otro sueño.