miércoles, 28 de marzo de 2007

Feliz cumpleaños, Romina (je, je, je)



Don Carlitos Baudelaire dijo en una época que la condición misma del ser humano era la de debatirse entre dos movimientos, uno ascendente y el otro descendente.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi sobrina Romina (5 años), y fue una ocasión propicia para desarrollar esos dos sentimientos. Primero, al llegar, todo deseos de ascenso. Fui el tío ese que llegó con su novia y con la hija de esta (3 años), el tío que se dedicó a ayudar a todos los compañeritos del jardín a subir a las hamacas y a esperarlos al final del tobogán mientras tragaba empanadas de carne como un animal (no había almorzado) y tomaba Coca-Cola. Fui el tío que se juntó en la canchita de cemento que quedaba al lado del quincho a jugar al fútbol con otros tíos y alguno padres sudorosos, corriendo al sol todavía fuerte de comienzos de otoño. Fui el tío que metió un golazo infamante de pecho, pero también ese tío que quiso fundir de un guascazo a su cuñado (el padre de la cumpleañera) cuando este se puso en el arco, viendo cómo la pelota finalmente se elevaba a cuatro o cinco metros de altura del ángulo derecho, pegaba a unos diez metros de altura en el tronco de un pino y caía en el jardín de un chalet, tras una cerca de alambre y ligustros trabados.
Pero también fui ese otro (je suis l’autre) que recibió de repente, de manos de su hermana (la madre de la niña) una nariz de payaso. Ese otro al que no le bastó sentarse a la mesa cuando cortaban la torta y, con la nariz ya colocada, golpearse histriónicamente con su restante hermano, robando viejos gags de películas mudas y haciendo reír a los niños que cantaban el “quelocumplafeliz”. No. No. ¡No! No bastó ser ese tío (siempre haciendo de payaso) que llevaba en andas a los niños hasta el castillo inflable. ¡No! De pronto era otro. Otro que sentía, sabía el mal que esa nariz podía otorgar. La nariz roja y redonda de payaso es un punto de partida, inaugura un sistema de propuestas y respuestas. Pero si el sistema se rompe en algún punto hasta un niño sabría verlo... (¡je! ¡je! ¡je!...). Estaba descansando, tomando otro vaso más de Coca-Cola cuando me encuentro con el rostro de un niño que me miraba extrañado. Un segundo después entendí que el niño no sabía cómo reaccionar. Yo tenía una nariz de payaso pero estaba serio, era distinto, y el niño estaba esperando una confirmación inquietante o angustiosa o un acto que lo hiciera recaer en la ilusión más reconfortante. Entonces vino el otro, y, con el otro, el mal...
Al principio, a los otros adultos les causaba gracia ver cómo yo corría a tres o cuatro niños alrededor del castillo inflable, los amenaza con mi cara y les golpeaba las caras con un globo. Los niños se reían, pero contenidamente. Y fue entonces que la cosa empezó a gustarme, como quien mira una persona que se va acercando de a poco desde el fondo de una calle. Y todo se hizo un poco más elaborado. Yo me escondía entre los árboles del parque y los sorprendía saltando de improviso y poniendo la misma cara de seriedad y amargura tras la nariz roja. Y los niños corrían, se escondían bajo las mesas. Algunos otros niños, y todos los adultos, comenzaron a mirarme detenidamente, pero para ese momento yo no me daba cuenta, y si me hubiera dado cuenta igual no habría podido parar. Había algo absolutamente placentero en encarnar el mal, disfrazarme del mal o resumir todas las fuerzas oscuras e incontrolables para aquello niños aun en pleno día, aun cuando los adultos de confianza estaba allí (sin hacer nada). Seguía corriendo, gritando, mostrando los dientes rabioso.
El final lo trajo mi hermana cuando vino a decirme que me dejara de joder porque a una niña le había venido un ataque de llanto y pedía que llamaran a su madre para que la fuera a buscar. Me metí la nariz en un bolsillo del pantalón y me fui hasta el sector de las hamacas donde estaban mi novia y su hija. Después me saqué la nariz del bolsillo porque me di cuenta de que quedaba grosera. Más tarde cruzamos varios saludos, até a la parrilla de mi bicicleta cuatro globos (dos rosados y dos violetas) y no fuimos por Avenida Roosevelt.
Ahora escribo esto y veo a la nariz encima de la mesa de luz. Me recuerda un domingo de sol; me recuerda el acecho de un fauno; me recuerda la voz de mi hermana diciéndome que me deje de joder.

martes, 27 de marzo de 2007

Tartatextualeros... ¡¡uníos!!


Luego de algo más de dos meses de ininterrumpida y repetida ausencia, luego de recibir miles de mails (pero no sobre este blog), después de la sorpresa de hallar cierta mañana que un diario de la capital (Montevideo) aparecía una breve columna dedicada a comentar qué es tartatextual; en fin, a partir de todo eso vuelven los días de asiduidad en el blog que ha concitado la atención de varios fernandinos (falta poco para llegar a la media docena).
Para empezar la justificación, si es que vale, de que, debido a que me he separado y me he mudado algunas veces en el verano, no he podido generar la capacidad o la concentración como para dedicarle algunas horas por semana para escribir para el blog. Pero como revisando varios posts anteriores en los que retomo la actividad noto que siempre digo las mismas cosas, las mismas excusas, lo que queda por hacer es escribir y punto.
Desde finales de enero vivo (vuelvo a vivir luego de casi tres años) en el afamado barrio Kennedy, que, pese a estar integrado a la geografía puntaesteña, es un asentamiento de los más discutidos de todo el país. Aquí nací y aquí viví hasta que tuve 23 años, cuando me mudé a Minas. Vivo con mi hermano Franco. En la casa de al lado vive mi padre. El único vecino que tenemos es un hombre que tiene un bar. Del otro lado hay una iglesia cuya capilla con su fondo dan hacia nuestro patio en medio de un tendal de enredaderas frescas que se llenan de flores y se extienden hasta nuestra gran higuera. Nuestro vecino se sienta de tarde cuando casi no hay clientes y matea mirando los autos que pasan por la avenida San Pablo. A veces se levanta, le tira agua hirviendo a algún perro que pasa y le corretea alguno de sus diez gatos. Otras veces le arrima comida o agua al perro que tiene atado a una columna del cableado telefónico. Más de tardecita llega un travesti que creo que debe ser su novio. El travesti es conocido mío y debe tener unos 22 ó 23 años. Llega, se sienta junto al hombre y matean juntos hasta que van llegando algunos hombres y empiezan a hablar y hacerse chanzas en voz alta. Alguno le pellizca una nalga al travesti, este grita para hacerse ver y todos ríen. Entonces hablan de fútbol o política. Pasan de Gregorio Pérez a José Mujica con la más natural de las tranquilidades familiares. No hacen mucho ruido, y cuando lo hacen, cuando se escuchan sus conversaciones o sus puteaditas de mentiras, son siempre potencial material narrativo. Tampoco ponen música. Con esto quiero decir que el hombre no pone cumbias, salvo excepciones difíciles de recordar. Lo único que se escucha en radio es Clarín (para los tangos) y Oriental (para los partidos de fútbol). Yo me acuesto en el sillón y leo, por ejemplo, unos ensayos políticos del siglo XIX uruguayo. Si Franco no viaja a Montevideo para sus clases en la Facultad de Música, se encierra en el baño con su viola para ensayar sus partes en el Concierto Razumovsky Nº 1, de Beethoven.
Seguramente alguno de los lectores del blog debe estar esperando alguna de esas consideraciones sobre libros que yo hacía. Bueno, voy a decir algo que me pasó hace unos días, cuando fui a comprar libros a la feria de Maldonado. Debió haber sido, en materia libresca, lo más fuerte que me pasó en la última quincena. Encontré en un puesto de la feria una caja que contenía, bastante bien conservada, una primera edición de “Los molles”, de Santiago Dosetti. En realidad, eso no es lo tan sorprendente, sino el hecho de que al abrir el libro para (h)ojearlo, encontré casi una docena de pequeñas estampitas pornográficas de los años ’40 o ’50 desperdigadas en varias de sus páginas. Frente a lo que se puede ver hoy en cualquier kiosko con sólo detenerse a mirar las tapas de las revistas argentinas, o lo que se puede ver al prender la tele, las poses y las actitudes de las mujeres de las estampitas me parecieron más maternales y lácteas que pornográficas, algo lleno de una candidez asexuada que llevaba consigo ese sentimiento raro que nos puede llegar al ver a nuestra madre desnuda. Me acuerdo de una estampita colocada en el comienzo del conocido cuento “Sobeo”: una mujer contra una columna sacaba pecho como un caballo rascándose contra un palenque.

miércoles, 17 de enero de 2007

La tarde del cometa

Estaba entrando en un supermercado,a eso de las 20:30, cuando me sonó el teléfono celular. Era Felipe, que me llamaba desde San Carlos algo sorprendido. Me pedía que mirara al cielo sobre el oeste. Yo no veía nada extraordinario. Él insistía en que había algo así como un cometa, con cola y todo. En San Carlos lo veían hacia el lado de Pan de Azúcar. Dejamos de hablar y entré en el supermercado para comprar algo de arroz y carne para los perros. De inmediato empecé a sentir eso que podríamos llamar como una "desestabilización ancestral por lo imprevisto". Es inevitable. Sobre todo cuando las pruebas acerca de lo que se ve son irrefutables. Uno siente de inmediato esa precariedad de la vida humana, esa sensación de que en este planeta estamos viviendo un poco más que de regalo, como mero producto de ciertas circunstancias o casualidades físicas, climatológicas, etc. (Esto si usted no cree en Dios, como yo). ¿Cuántas veces hemos leído noticias acerca de esos meteoritos que pasan como taponazo cerca de la Tierra? Creo que hace cuatro o cinco años leí algo sobre un meteorito del tamaño de toda Europa que pasó muy (muy) cerca. Por supuesto que nadie se enteró mientras eso sucedía. Lo dijeron después como si nada, y probablemente habrá aparecido como un dato más o menos anecdótico en esa revistas destinadas a las salas de espera de los consultorios odontológicos. Además, también tengo la sensación de que hay un pronóstico bastante fiero de que dentro de algunas décadas un asteroide gigantesco que se acerca nos hará pasar un momento amargo. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Tirarle un cohete, partirlo al medio y que las dos mitades sigan de largo por ambos costados de la Tierra? ¿Hacer como en "Armagedón" y mandar un lote de locos para que le metan cien o doscientas bombas de Hiroshima en la garganta más profunda? ¿Convertirnos instantáneamente al hinduismo? ¿Abrir un sobrecito con tierra de las orillas del Ganges, aspirar y empezar a gritar OM y flotar hacia Krsna? El carnicero que me despachaba la carne me miraba de manera rara. Parecía necesitar decirme algo; hasta que habló. Su perrita, que no tiene un año, no le come carne, sólo alitas de pollo. ¡Cuántas preocupaciones! ¿En qué estamos mientras se viene el cascotazo final? Yo quería irme cuanto antes a ver si podía llegar hasta casa, que queda en una parte más alta, y ver el fenómeno. Las cajeras seguían allí, pasando los productos por el lente y PIP, PIP, PIP. Encuentro una caja donde solamente hay una pareja de dos adolescentes. PIP PIP PIP. Se demoran. La cajera los mira. Yo los mira. Él quiere comprarle a ella unos chocolates. ¡¡¡¡AAHHHHH!!!! PIP PIP PIP. Se cae un meteorito, ¿qué estabas haciendo? ¿Qué haces si sabes que quedan pocas horas para vivir? PIP PIP PIP. ¿Y vale la pena hacer algo distinto?... ¡Qué tanto me da entonces que mis perros coman o no! Seguramente se vienen las cosas de siempre. Llego a los semáforos de Avenida Aiguá con Bulevar Artigas. Rojo. Miro el cielo. Nada. Gente que me mira mirar el cielo. Verde. Algunos no ven la luz. BIP BIP BIIIIP. Algunos se desbandarán. ¿Robarán comercios y tendrán efímeramente lo que han deseado tanto tiempo? No sé. Creo que todo pensamos en el sexo en esas eventualidades. Sí. Creo que sí. Discúlpeme, señorita. Pero vio que cayó el meteorito ese, ¿no?... ¿No me haría el favor, entonces?... Y por supuesto las violaciones. Es el fin de la ética. Es el fin del Otro como digno de atención. Sin embargo, en el fondo, la paradoja de que la especie se quiere perpetuar en el momento más adverso de todos. Se nos ocurren varias situaciones hipotéticas. Historias, películas, cuentos. Un hombre en el medio del campo, escuchando la noticia en la radio. El momento de ir a buscar esa mujer... Llegué a casa y llamé a Felipe, que me dijo que mientras se dirigía hacia Maldonado por la ruta 39, seguía viendo el cometa. Me subí al techo y sin querer enganché con mi pie derecho la chapa del alero de la puerta de entrada. Cuando terminé de subir vi a mi vecino salir de su casa, posiblemente alarmado por el ruido de la chapa. De repente me identificó y se subió a su techo porque no me quedó otra que decirle que había algo raro en el cielo. Pero no vimos nada. No sé cómo, empezó a hablarme de unas reformas que la intendencia va a hacer en el barrio de al lado. Luego siguió con unas expropiaciones de terrenos que hicieron los militares en la dictadura. Hasta que comencé a alejarme para darle la sensación de que la charla debía terminarse. Él iba a seguir haciendo su comida, dijo. Al bajar llamé a Mª, que está en Minas. Salió de la casa de su madre (viven en la cima de un cerrito, en las afueras de la ciudad) y observó también la bola cerca del horizonte. Luego, media hora más tarde, alguien, no sé quién, me mandó un mensaje de texto diciéndome que mirara el canal 11. Allí explicaron que efectivamente se trataba de un cometa descubierto en el 2006 y que actualmente estaba pasando por la constelación de Sagitario. En la tele mostraban unas imágenes tomadas en la playa Mansa.
Me acuerdo ahora, fuera de las obvias películas, de algunas novelas que tratan sobre la aparición de un cometa. Está "El día del cometa", de Mario Delgado Aparaín; uno de los libros que me resultan más simpáticos de este escritor. En "El día del cometa" la extrañeza del fenómeno sirve para un momento decisivo de una batalla. Después hay otra obra uruguaya, otra novela, que me parece más notable y que pertenece al que me parece uno de los dos o tres narradores uruguayos vivos más importantes de la actualidad; se trata de "Evangelio para el final de los tiempos", de Ercole Lissardi. Es de lo más disparatado e imaginativo que se tuvo que haber escrito en este país en las últimas décadas, que yo sepa. Resulta que un cataclismo ocurre y un grupo de montevideanos se recluyen en Villa Serrana y fundan una nueva comunidad, una especie de patriarcado desopilante en el que la sexualidad (otra vez la sexualidad, uno de los grandes temas en Lissardi, por otra parte) cobra dimensiones cósmicas. Recuerdo además una brava crítica de esa novela que Aldo Mazzuchelli publicó en el suplmento INSOMNIA hace cosa de diez años quizás. Allí el crítico dijo una de las observaciones que más recuerdo de un crítico uruguayo hacia nuestra narrativa actual. Dijo algo así como qué bendición la lectura de esa novela de Lissardi ante la producción de imaginación tan ñoña (sí, usó la palabra "ñoña", de eso no me olvido) que mostraban las letras uruguayas de esos días. Lástima (¿?) que Ercole Lissardi sea el seudónimo de un escritor que bajo ningún concepto se deja ver y que casi ni concede entrevistas. La otra novela es de un inglés. Se llama "El día de los trífidos" y está escrita por John Wyndham. Todavía puede conseguirse en una edición de Minotauro. En este creo recordar que el fenómeno que desata todos los desastres no es exactamente un cometa, sino una serie de luces que aparecen durante una noche entera en todo el mundo. La consecuencia es que al día siguiente todos amanecen completamente ciegos. El fenónemo desprendió las retinas o inutilizó de alguna manera la visión, salvo en los casos de aquellos que estaban durmiendo o, como el protagonista, estaban hospitalizados. La otra consecuencia, quizás más desastrosa, tiene como protagonistas a unas plantas (inventadas en la novela) llamadas "trífidos" y que son aprovechadas por sus cualidades oleaginosas. Los trífidos cobran la capacidad de moverse luego del fenómeno estelar. Esto puede sonar descabellado y no me acuerdo de si se da alguna explicación más o menos soportable acerca de cómo se produce ese hecho, pero el caso es que contribuye y mucho a la acción de la novela. Los trífidos, que son carnívoros, empiezan a comerse a los humanos que gatean ciegos por la campiña y las ciudades. La novela llega a ser asfixiante en muchos pasajes. Cuando hace un tiempo vi "24 days later", traducida como "Exterminio",de Danny Boyle, me pareció ver demasiadas similitudes entre esta novela y la película, aunque esta trate sobre zombies.
Para mañana y pasado mañana se espera que el cometa vuelva a verse si el cielo se mantiene despejado en el crepúsculo. Ahora que todos saben de qué se trata, vamos a ver cómo reacciona la gente.

domingo, 14 de enero de 2007

El corazón del domingo a la noche


Hoy es domingo. Ya es de noche. Mª se fue a Minas esta tarde a visitar a su madre por una semana. Estoy recostado en la cama, escribiendo. En el equipo de audio suena la voz de Tom Waits. Hace varios días que vengo pensando en la idea de actualizar el blog. (Esto de los blogueros que escriben sobre el blog en sí mismo puede transformarse en una epidemia, en la muerte del blog)... mmm, se terminó el disco de Tom Waits (era "The heart of saturday night", qué ocurrente, ¿no?... mmmm...). Lo cambié por uno de Paul Mc Cartney: "Run devil run", un disco en el que Paul juega a ser Elvis Presley, Carl Perkins,y toca junto a Ian Paice (el baterista de Deep Purple) y David Gilmour, etc. Un lujo que un tipo como Paul puede darse. Y que le sale muy bien, por cierto. A todo esto iba a decir que varias causas me quitaron tiempo como para tener más o menos al día el blog. La principal de ellas fue estar trabajando para ISCARIOTE, sobre todo diseñando en el Pagemaker y escribiendo algunas notas de último momento cuando aparecía espacio libre. El poco tiempo que me quedaba lo dediqué a seguir escribiendo esa novela breve que estoy por terminar y que tiene forma de diario. Como no puedo decir el título porque es muy probable que la mande a un concurso, vamos a llamarla acá simplemente como "La novela-diario". Los tiempos de escritura se me han ido haciendo morosos. Quería tener terminada o a punto de terminar esta novela para inicios de enero, máximo mediados de mes. Y lo cierto es que ahora me doy cuenta que apenas he pasado la mitad. Quería terminarla y retomar otra novela breve que empecé a fines de noviembre de 2005, llamémosle a esta novela "La novela asimétrica", por ponerle un nombre. Aparte, ya a mediados de febrero tengo que escribir el capítulo de "Los trabajos del amor" que va a aparecer en La Letra Breve de marzo. El viernes de noche, en un concierto de rock en la parada 23 de la Mansa (¿rock?... Lo único que escuché fue un continuo chiqui-chiqui-chiqui imitación pasada por lavandina de reggae, tipo La Vela Puerca, pero hecho por bandas jóvenes de Maldonado...), me encontré con una muchacha que me dijo que estaba leyendo "Los trabajos del amor" y que estaba muy mal con eso de esperar número a número de la revista qué era lo que iba a pasar. ¡Ja! Eso estuvo bueno. Es más... creo que subrepticiamente trataba de sacarme alguna futura novedad sobre el Toto y Morales, los protagonistas. A propósito, el otro día soñé con el comienzo de una película que era justamente "Los trabajos...". El primer plano era el de una ruta (la que va para La Barra, la Aparicio Saravia). Los autos pasaban y la cámara permanecía sobre el carril que daba a su izquierda. De repente un autito, a lo lejos, quedaba en la atención particular de la cámara, hasta que se acercaba del todo, frenaba y doblaba lentamente a la derecha. La cámara, que estaba fija sorbe la ruta, ahora se fijaba a la parte delantera del auto, de tal modo que se podía ver a Morales y al Toto manejando a través del parabrisas. Ahí aparecían unas letras grandes, rosadas, entre psicodélicas y funk, que anunciaban el nombre de la película. De fondo había música, quizás la música que los hombres escuchaban en la radio del auto, pero ya no recuerdo si era música funk, precisamente, o cumbia, lo que debería ser. Bueno, hablando de cosas atrasadas, aún me queda un cuento largo que empecé el verano pasado, vamos a llamarle "Un cuento con un pito". De lecturas estoy atrasado, atrasadísimo. No he podido terminar algunos libros que empecé sobre fin de año, y en cambio, entre medio, leí otros. Por ahora estoy con "Os voluntários", de Moacyr Scliar; "La región sumergida", de Tabajara Ruas; "Cartas de Hastings y de París", de Pierre Teilhard de Chardin y algunas de las "Novelas ejemplares" de Cervantes, que nunca hay que dejar de leer, nunca, nunca, nunquita. ¡Ah! Y también leo "El Uruguay y su gente", de Carlos Maggi. Aparte en mi pilita de prioridades (prioridades vanas, según mi ánimo del día) andan "Delirio", de Laura Restrepo; "La invención de la soledad", de Paul Auster (todavía sigue en la pila desde el año pasado, desde antes de las vacaciones); "Tratado sobre la imbecilidad del país", de Julio Herrera y Reissig y "El bastardo", de Carlos Mª Domínguez.
Pese a tantas postergaciones, lo que sí no he postergado es la playa. Aunque ayer y hoy no fui. Ayer sopló muchísimo viento luego del mediodía: oleaje bravo y revuelto y arena volando como en un desierto. Hoy me levanté bastante tarde y me puse a escribir algunas notas para la revista. Pero anteayer fuimos con Felipe a un lugar de Punta del Este conocido como Las mesitas, y ocurrió algo más o menos digno de contar. Las mesitas es un lugar rocoso en el que el mar entra y ha entrado formando algo así como unas piscinas naturales cuya agua se renueva cuando las olas que rompen a unos diez metros de las "piscinas" hacen subir la marea. Y, por supuesto, hay mesitas de material construidas sobre las rocas, a unos pasos del agua; bueno, en realidad queda una sola en pie, y que yo recuerde nunca vi más de una. Cuando llegamos no había mucha gente. Una mujer tomando sol en una reposera con un perro de bolsillo atado a una pata del asiento y unos niños casi adolescentes dándose chapuzones, serían unos cuatro o cinco. Hacía calor, muchísimo calor. Dejamos las cosas sobre unas piedras y nos tiramos al agua en seguida. Fue después de salir del agua que me di cuenta que a nuestra izquierda, casi escondidas sobre unas rocas bastante avanzadas sobre el mar, había tres mujeres más o menos gordas sentadas. Yo las miraba de reojo porque me había dado cuenta de que ellas también miraban de reojo por si las miraban de reojo. Eso mismo. Me pareció que por su aspecto bien podría tratarse de una hija más su madre, más la madre de esta. Tres generaciones tomando el sol. También me di cuenta de que no eran turistas. Las mujeres parecían ser santiagueñas, pero no de Santiago de Chile, sino de Santiago del Estero. O sea, generalmente son las empleadas de muchos turistas argentinos que se las traen para las vacaciones. En fin, podría decirse que, como estas mujeres tomando sol, su turismo es algo indirecto, pero turismo después de todo. INTERRUPCIÓN... Me llamó Ignacio Fernández por teléfono. Yo lo había llamado para devolverle esta computadora en la que estoy escribiendo y no lo había encontrado. Quedamos en que esta noche, quizás a eso de las dos de la madrugada pasa y le doy el notebook. Debe ser duro para él. Se está muriendo de ganas de escribir en SU computadora y yo se la estoy usando. Pero quede en su honor el hecho de que me la prestó para sacar de un brete editorial a ISCARIOTE. Pero es bravo, es como que seas Rambo y de repente aparezca Chuk Norris y te pida prestado el cuchillo. No, eso no se hace. Y si se hace, se hace rapidito. También se había terminado el disco de Paul; así que lo cambié por uno de Bob Dylan: "Time out of mind". Ahora acaba de empezar un tema llamado "Dirt road blues". ¡Carajo! ¡Cómo me enloquece esta canción! Me dan ganas de robar un auto ahora mismo y salir a hacer carretera tipo "Telma & Louis", poner una cámara pegada a una puerta y acelerar. RRRRUUUMMMM!!!!!... pero en realidad no sé ni pasar un cambio en un auto, ni apretar el embrague. Seguramente jamás en mi vida aprenda a manejar uno. Debe ser más o menos como las tres gorditas que vi sobre las piedras cuando fui con Felipe a Las mesitas. Tenían las piscinas naturales allí nomás, pero no se podían zambullir, seguramente no sabrían nadar o la corriente les jugaría una mala pasada y se golpearían contra las rocas. Así que lo que pueden hacer es quedarse allí sobre las rocas, de cara al sol y esperar a que le bueno del mar se levante en una buena ola que sobrepase las piedras y las bañe, incluso a la que no se animó a sacarse la remera y deja también que el pantalón largo se le moje. Cuando nos fuimos, como a las siete, el mar estaba subiendo y muchas olan subían a las piedras. Miré de reojo a las gordas y una me miró también. Se reían.

domingo, 7 de enero de 2007

Buena leche, mala leche


Estimados tartatextualeros:
Lamento haber perdido la asiduidad que me estaba caracterizando en las últimas semanas. Las causas son muchas, pero la principal es que la computadora se me ha roto otra vez, como lo estuvo casi todo el invierno. Ahora escribo en la computadora de Ignacio Fernández, porque como se fue unos días a La Pedrera me la cedió con todos los derechos incluídos. ¡Gracias, Ignacio!
La otra causa de que no haya podido escribir es que hay ciertos estíumulos que me secuestran. Entre ellos el más interesante ha sido (está siendo) el Festival de Jazz de La Pataia. Como muchos saben, esto de traer de EEUU a músicos de primer nivel y hacerlos tocar al lado de las vacas mientras estas comen su ración diaria, esto,precisamente, es lo que se dice algo muy "cool". Los mismos músicos se dan vuelta a veces hasta la parte trasera del escenario, apuntan con un dedo una vaca y dicen "Oh! It's really cool, man!".
Bueno, anoche fue la segunda fecha del Festival. Fui nuevamente con Servando, el fotógrafo de Iscariote (a quien estoy esperando en este preciso momento... está en algún lugar de la ruta 39, uniendo San Carlos con San Fernando de Maldonaaaaaaawwwwwwwhhhhaaaaaaaaaaammmmmmmmmmmmmmmmm!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!), y la verdad es que después de todo lo que disfrutamos, sobre todo escuchando y observando una vez más al contrabajista Avishai Cohen, y por primera vez al pianista Bill Charlap, al contrabajista Scott Colley y al saxofonista Ravi Coltrane (sí, el hijo del mismísimo John Coltrane, y con un fraseo fatto in casa, como decía mi abuelo...lo que se hereda no se roba...). La luna casi llena se levantaba por sobre el monte de eucaliptos, el olor de una lluvia que cayó por otros lados del departamento llegó con el viento, algunas vacas mugían, por allí andaba el poeta uruguayo Luis Bravo, o Danilo Astori, o Jorge Batlle. Los automóviles abandonan el campo, se orientan hacia Punta Ballena o Villa Delia, algunos pocos van hacia el norte, hacia el lado de San Carlos. Servando dice algo acerca de lo bien que estuvieron los conciertos esa noche, de cómo el clima fue ideal (increíblemente llovió en el cerro de Las Cumbres, a trescientos o cuatrocientos metros, y no en el escenario abierto del tambo), de la comida, etc.
Vino Servando. Nos vamos para el tambo.
(Seis horas después).
Había quedado en que Servando estaba en uno de esos arranques de reflexión en los que uno huele que afirmaciones del tipo "Bueno, no todo podía salir bien" están al caer. Y fue así, por supuesto, porque cuando llegamos hasta su moto vimos que la rueda de atrás estaba pinchada. Nos quedamos en el medio del campo. Entre el tambo y Maldonado hay por lo menos alrededor de 20 ó 30 kilómetros. Los automóviles se iban y no llegábamos a ver a través de los vidrios a alguno de los conocidos que habíamos visto en durante la noche. Seguramente también se habrían ido. Servando insiste en que yo consiga a alguien que me arrime a Maldonado y que él se va solo en la moto hasta San Carlos, donde vive, dice que con el aire que le queda a la rueda le alcanza para llegar. En eso llega uno de los sonidistas en una Vespa, atravesando el campo. Ve la moto y hace los comentarios llenos de compasión que las buenas costumbres mandan. Agrega que la noche anterior eso le pasó a él. Y le recomienda a Servando que no se le ocurra irse solo, porque los pozos del camino terminarán de desinflar la rueda. "Yo llegué todo engrasado a casa, loco", dice. De todos modos se compromete a conseguirnos algún transporte. El sonidista se aleja en la Vespa. A los diez minutos vuelve trayendo a Juan Ángel Italiano, uno de los poetas violentos de Maldonado. Yo no sabía que también trabajaba en el montaje del Festival. Mientras mira nuestra moto me dice que un conocido en común está aún cerca del escenario y que probablemente esté por irse en auto hasta Maldonado. Italiano y el sonidista de la Vespa se excusan y entran en el restaurant del tambo. La noche ha sido larga y el hambre no le ha ido en zaga. Así que nosotros nos vamos a buscar a ese conocido y caminamos los más de quinientos metros que separan el estacionamiento del escenario. Pero no encontramos a nadie. De nuevo nos vemos solos en el medio del campo. En el escenario algunos técnicos desenganchan del techo algunos focos y los revisan. Un empleado sofoca el fuego de la parrillada anexa. Volvemos. Nos detenemos. Unos caballos se acercan a un alambrado y nos miran. La luna sigue levantándose. Un avión recién despegado de Laguna del Sauce sobrevuela la Sierra de la Ballena y gira muy lento y casi sin estrépito (nada más que un zumbido) rumbo a Buenos Aires. Caminamos hasta el restaurant. Algunos músicos ya han cenado y se sientan a una mesa del patio, cerca de uno de los pasillos por donde en cierto momento de la mañana pasarán las vacas para ser ordeñadas. Entre esos músicos está Avishai Cohen, gesticulando y explicando algo acerca de un músico que tocaba el contrabajo de una manera que lo sorprendía. Cómo será, me pregunto. Entramos al restaurant, compramos un par de Coca-colas. Entonces nos encontramos con la coordinadora de prensa, que ya está enterada de que se nos pinchó la moto. Promete que en un rato nos puede conseguir un lugar en una de las camionetas contratadas para el transporte. "Esta es la nuestra", le digo a Servando. Es la posibilidad de viajar con algunos músicos mientras viajan hasta algún hotel de Punta del Este. Es la posibilidad de charlar con ellos y hasta de oírlos cantar y tocar a muy poca distancia. Todas cosas que además de placenteras alimentan la crónica que quiero escribir para Iscariote. Salimos y nos sentamos a una mesa a cuatro o cinco metros de donde están los músicos. A través del vidrio de una de las puertas puedo ver al hijo de John Coltrane cenando, comiendo pasta o costillas, no sé bien. La voz de Avishai Cohen sigue dominando el ambiente. Del interior llegan algunos temas de jazz clásico, versiones estándar, etc. Saco mi cuaderno y aprovecho para hacer algunas anotaciones para la crónica. No me da la memoria o la atención para poder registrar todas las cosas interesantes que pasan en ese lugar antes, durante y después de cada actuación. Los estímulos son riquísimos. Servando, mientras tanto, saca sus cámaras y las revisa. Coloca lentes, los prueba y los retira; observa en la cámara digital algunas de las tomas que ha hecho en los conciertos; toma nuevas fotografías, ahora tomas casuales de Avishai Cohen y los otros charlando. Siento que me podría quedar allí toda la madrugada, esperar que salga el sol y después sí, empezar la caminata hasta Maldonado. Pero para Servando es distinto: entra a trabajar en la librería a las 9:30, y todavía le resta, cuando lo dejen en Maldonado, tomarse un ómnibus hasta San Carlos...
En eso estaba pensando cuando llegó la coordinadora de prensa avisándonos que estaba una camioneta lista para salir y esperándonos. Magnífico.
Abandonamos el patio y buscamos la camioneta. Adentro hay unos cuatro o cinco pasajeros. Me parece que no me va a dar mucha vergüenza con tan pocos músicos. Cuando subimos me los quedo mirando. No sé si saludar en inglés o en español. Tengo un momento de duda. No me pareció verlos nunca en el escenario. No. Nunca los vi. No son músicos. "Buenas...", dicen... Eran unos sonidistas montevideanos contratados para este festival. Están de mal humor, tiene sueño y están esperando que el chofer se decida de una vez por todas a llevarlos al hotel. Deben ser ya como las dos y media. Hace una hora y media que terminó la última actuación, la del Scott Colley trio. Los sonidistas empiezan a hacer comentarios acerca de una de las cocineras, una muchacha muy joven, que ven a través de una de las puertas de la cocina. Le piden al chofer que la lleve para el hotel. El chofer o está de muy mal humor, o no los soporta, o no entendió nada. Partimos. El chofer me ubica por el espejo retrovisor y me pregunta dónde tiene que dejarnos. Yo le pregunto si entra por Bulevar Artigas. Me dice que no sabe dónde queda eso. Debe ser montevideano, pienso. Mientras, los sonidistas, despatarrados en los largos asientos, empiezan a reírse desvergonzadamente de mi pregunta. Agarro al vuelo la lectura. Traerles a esa hora el recuerdo del Bulevar Artigas montevideano con la ansiedad de mujer que tienen seguramente sea equivalente a salir de putas. Me parece que varios de ellos son unos buenos maridos bien entrenados que están como probándoles a los demás que tienen como tres o cuatro pitos. Uno dice, con sorna, "Chofer, ¿no me baja en terminal Río Branco?". Me hago el que no oigo y me pongo a mirar el campo alumbrado por la luna. Servando cabecea de sueño contra un vidrio. Le digo algo sobre lo bueno de no habernos llenado de tierra a la vuelta con cada automóvil que nos rebasa... un consuelo un poco tonto. Ha tenido que llamar a un hermano que trabaja en una barraca para que a la mañana siguiente se desvíe (desviación es una manera delicada de referirse al asunto) con el camión de reparto y se lleve la moto hasta un taller de San Carlos. Al final, los sonidistas se hospedaban en un pequeño hotel de Solanas, y no en Punta del Este como yo había supuesto. El chofer dijo que él iba hasta la parada 23 de la Mansa, pero que nos arrimaba un poco más. Para no abusar de su gentileza le pedimos que nos dejara en la plaza. Cuando nos bajábamos se nos apersonaron tres o cuatro trasnochados que empezaron a pedirnos plata para el vino. Les dije que no teníamos nada (grandísima mentira, tenía muchas, muchísimas monedas, y billetes, mmmmm), que nos habíamos venido a dedo porque ni para el ómnibus teníamos. "Arriba, flaco, arriba...", decían. Después comenzaron a patear botellas de plástico que encontraban en las veredas y a mirar torcido a un par de policías que hacían la ronda. Ahí nomás Servando y yo nos separamos. Él fue hasta la calle Dodera a tomarse su ómnibus, y yo caminé para el lado este de la ciudad. De las últimas cosas que recuerdo antes de llegar a casa, darle un beso a Mª y caer fulminado en la cama, es de haber pasado frente a un prostíbulo-cabaret de la calle de mi casa, antes de cruzar Camino de los Gauchos. A través de la cortina de la puerta de entrada vi unos tipos jugando al pool y a unas gorditas bailando a su alrededor, arrimándoles las caderas. Los tipos hacían como que no sabían nada del asunto, como si el pool fuera lo importante. Al menos eso vi yo en el breve recorte que tuve de la situación al haber pasado frente a la puerta. Pero lo que más me quedó fue la cumbia que sonaba, una cumbia que era más que elemental, mejor dicho, era paleozoica. Lo comento porque después de tantas horas de sentirme exigido por los músicos que llegaron hasta el tambo La Pataia uno termina hasta con cierto agotamiento. Cuando oí esa cumbia, en esas circunstancias, me vino como un efecto Gulliver, la sensación de no haber estado nunca en ese mundo y de haber llegado de repente, tratando de adaptarme a la medida de las cosas que estaba viendo y, sobre todo, oyendo...

jueves, 28 de diciembre de 2006

Mariconadas animadas de ayer y hoy


Cuando yo iba a la escuela (hablo de la segunda mitad de los ’80) si uno miraba telenovelas era medio maricón. Mejor dicho, nos gloriábamos de haber visto todo lo de Schwarzenegger salido hasta la fecha, soñábamos con Robocop y envidiábamos la dureza de aquel moco que Rambo lanzó para darle a una lamparita (creo que en “Rambo III”, cuando los yanquis peleaban contra los rusos en Afganistán, apoyando a los talibanes). Pero ninguno quería confesar que nos matábamos con las producciones de O Globo, aquellos novelones brasileros inspirados en obras de Jorge Amado. Cómo me acuerdo de eso. Yo me las miraba todas. Dos por tres se venía anunciando algún capítulo medio zafado en el que Beija Flor se bañaba en una cascada y se le veían las tetas. Entonces uno se las arreglaba para ver ese capítulo prohibido. Hoy esto suena a risa. Sobre todo porque para las generaciones recientes es del todo imposible no ver tetas apenas uno deja la lactancia.
Desde la mitad de la tarde hasta las once de la noche estuve en una elección de horas de profesores. Si hubo un comentario recurrente, aparte del calor, fue que esta noche pasaban el último capítulo de “Montecristo”, la telenovela del canal argentino TELEFÉ. Con Mª llegamos tarde a casa; ella (que ha seguido la serie) se lamentaba de la hora y pensaba que se había perdido todo… ¡Pero no!... Prende la tele y se encuentra con algo parecido a “Operación triunfo”… ¡Está Marley en exteriores conduciendo el preámbulo al capítulo final! ¡Hay como 7.000 personas ahí para mirar en una pantalla gigante el final de la vendetta interpretada por Pablo Echarri!
Ahora ha transcurrido por lo menos media hora desde que todo empezó. Yo salí a hacer unos mandados, volví y me senté a escribir estas palabras. A mis espaldas están Mª, su televisor y esa historia. Para que el ruido no me moleste me conecté los auriculares y escucho bien alto un disco de Charles Mingus.
Debo decir que nunca miré ni dos minutos seguidos de “Montecristo” A decir verdad, me ha aburrido cada vez que me le he acercado). Sí soy un apasionado lector de “El conde de Montecristo”, la novela de Alejandro Dumas en la que dicen que la serie se basa. La leí cuando tenía 19 años; me la habían prestado. Mi entusiasmo fue tanto que se lo contagié a mi hermano, siete años menor que yo. Era un niño que estaba en su último año escolar y que con unos pesos que tenía se compró una edición en tapa dura que terminó de leer en dos o tres semanas.
(En este momento, en un tiroteo, ha muerto uno de los buenos a balazos. Mª me dice que se llama Ramón… ¡No! ¡Alto! Era una actuación… Parece que después de que todo terminó se dedicó al cine. Menos mal, porque se había dejado matar prácticamente.)
Como llegamos tarde y no teníamos ganas de cocinar, yo fui hasta un 24 horas que queda a unas cuadras de acá. Tenía que comprar agua, fiambre y mayonesa. Así que pedaleé hasta la calle Camino de los Gauchos, una calle que detesto, sobre todo a la madrugada, cuando puede ponerse peligrosa; pero sobre todo porque todo en ella respira suciedad, más allá de la mugre. Cuando ingresé al supermercado entraban junto a mí unos muchachos que saldrían de trabajar a esa hora. Allí había un televisor, con “Montecristo”, volviendo de la pausa, como no podía ser de otra manera·Por los uniformes supe que los muchachos trabajaban en una casa de instalación de toldos del centro de Maldonado. Venían hablando entre ellos y uno por lo visto embromaba al otro diciéndole “¡Dejá! ¡No seas puto!”. El que dijo esto, se abalanzó de repente sobre una cometa de Peñarol y estampó un beso sobre su escudo. Me dieron ganas de no ser de Peñarol. Luego de que fui hasta las vitrinas del fondo por una botella de agua, me arrimé hasta la entrada, hacia el lugar en que despachaban el fiambre y estaba el televisor. Una precisión: las dos mujeres que trabajan en este supermercado me parecen levemente hombrunas. Simplificando, son machonas. Tuve que estar parado por lo menos un minuto hasta que ella por casualidad me viera y apartara la vista de la tele. Yo estaba en un estrecho pasillo, de frente al televisor y de espaldas a la caja. Por allí andaban los muchachos del comienzo.
-¡Vo! ¡Sabés qué! Llego a las casas y me pongo a ver “Montecristo”… -dijo el que había besado la cometa de Peñarol.
-Pero apurate porque termina –dijo la machona.
Y bueno, las verdad es que me gustó eso de que la gente estuviera enganchada con eso de un relato y sus desenlaces. Se nota que el ser humano tiene hambre de esas cosas, como para salir muerto de trabajar y quedarse hasta tarde viendo la tele para saber qué pasa. Sentí algo de envidia como alguien que intenta crear historias.
-¡¡Echarri!!... ¡¡Qué actorazo!! ¡¡Por Dios!! –de nuevo el muchacho del beso.
Por mi cabeza pasaron los apellidos de varios actores que me fascinan…
Mientras tanto, la machona cortaba el fiambre que le había pedido (algo de salame), pero yo miraba la tele. Cuando le pedí que me cortara algo de queso un tipo casi sin dientes y con un aliento que me pareció parecido al del vino se me acercó y me preguntó si estaba atendido. Le dije que sí. (En este momento, estando con Mª acá en casa, Santiago le clava algo en la panza a Marcos [el traidor]… Me parece que lo está por matar). La siguiente vez que saqué la vista de la pantalla y la dirigí a la machona, me di cuenta de que ella colocaba sobre la bolsa de nylon la última feta de queso… con-la-mano… La verdad es que me dio repulsión… ¿Eso qué quería decir? ¿Que había colocado también el resto del queso y todo el salame con la mano? No lo sé… Ahora estamos masticando ese fiambre bien metido entre dos panes. A Mª no le dije nada, por supuesto. ¿Qué derecho tengo para estropearle la noche?
1: 20 AM Mª come su pan con fiambre mientras Pablo Echarri se reencuentra y se besuquea con Paola Krum. Finale con tutti…
De pronto, Mª me toca el hombro.
-La verdad es que hay que ser maricón para mirar esta novela –dice.
¡!...

domingo, 24 de diciembre de 2006

Parábola de la higuera

Estas palabras están dedicadas a todas aquellas personas con las que me crucé esta noche en el centro de Maldonado, todas aquellas personas histéricas, que se empujaban unas a otras en medio del fragor de las compras de Navidad. Estas palabras van para aquel gordo de aquel Fiat que quería llegar cuanto antes a un comercio y se insultó con otro gordo porque este le había sacado el lugar para estacionar. A todos ellos, ¡Feliz Navidad!

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". (Mateo 24:35)

jueves, 21 de diciembre de 2006

Peluquerías


Algunos comentarios que tienen que ver con lo que tenemos sobre la cabeza.

1- Hace un par de días iba caminando por la calle 24 de Punta del Este. En cierto momento giré la cabeza hacia una peluquería que había por allí. La peluquería tenía una sola clienta. Una mujer, creo que era una matrona judía, que me miraba fijamente como tratando de decirme algo. Le sostuve la mirada algunos segundos hasta notar que, efectivamente, sus ojos me estaban recriminando. Yo estaba haciendo algo que no debía: MIRARLA. En la cabeza tenía una especie de batido, como si le hubieran vaciado un tarro de helado de dulce de leche y crema. Además, había una especie de nylon grueso que cubría algunas partes. De algunos huequitos sobre distintos puntos salían disparados unos pinchos rubios y blancos. Evidentemente, la peluquera la había dejado sola por un instante. Y allí estaba la doña, como algo frágil, pero una fragilidad hecha de ridículo. Mientras me daba el ángulo no dejé de mirar un solo segundo la cabeza de aquella mujer. Sus ojos me decían de todo, me excomulgaban, me decían que era siete veces maldito, que maldito sería al levantarme y maldito al acostarme, maldito al almorzar y maldito al cenar. Me acuerdo ahora de un cuento de Giovanni Papini, “El espejo que huye”. Es un cuento en el que se plantea lo triste que sería el hecho de que de repente el mundo se detuviera y sin embargo permaneciéramos con la conciencia intacta, de tal modo que pudiéramos contemplar con total tranquilidad eso que estábamos haciendo cuando el mundo se detuvo. Difícil rehuir la idea de la ridiculez, ¿no es cierto? Yo, por ejemplo, apenas terminada la oración pasada, estaba matando un mosquito, si el mundo se hubiera detenido yo habría quedado con las palmas abiertas, iluminadas por esta lamparita que me alumbra el teclado (además, le erré al mosquito: mayor ridículo aun).

2- Volvía de jugar al fútbol antes de anoche y tomé por la calle 25 de Mayo, en Maldonado. Quienes puedan, vayan y vean el cartel que está sobre una peluquería que queda en esa calle, a pocas cuadras de Joaquín de Viana. En realidad, son dos carteles. El más grande es extraño, llama la atención, si eso es lo que se quiere hacer con un cartel. Se ve la cabeza de una rubia de bucles inclinada sobre una almohada o un colchón (no importa qué). Es una chica muy linda. Pero… ¡le falta un ojo! Es decir, lleva un parche, como un pirata, como Daryl Hanna en “Kill Bill”. ¿Conclusión? Debe de ser una chica mala, una chica atrevida, por eso va a esa peluquería. Ok. Pero el cartel que está abajo, más chiquito, me conmueve. Aparece allí la típica familia contenta. Papá, mamá y la nena. Mamá, luce como recién salida de la peluquería, y la nena también. Pero mamá se ve recatada. La nena, por otra parte, exaltada en su ser de “nena”. ¿Y papi? Bueno, este… Papi es un pelado…

3- Siguiendo por las calles de Maldonado, pasemos ahora a una peluquería que queda por la calle Sarandí, más específicamente entre las calles Treinta y Tres y Arturo Santana. Bueno, no es necesario que pasemos al interior de la peluquería. Solamente démonos una vuelta por la calle y miremos hacia la puerta. Como hago yo de vez en cuando al volver de ver a Felipe en su trabajo. Si tenemos suerte (yo la he tenido en este sentido) vamos a ver que la dueña, o al menos la peluquera-alma-mater, está afuera, tomando el sol de la tarde o refrescándose, no importa. Se la puede ver de lejos. ¿Por qué? Por su peinado, que es una especie de peluca de cotillón, esas que tienen la parte superior aplastada y ambos costados llovidos hasta el nacimiento de los hombros. El color es una mezcla entre el fucsia y el violeta. Algo así. La verdad es que uno supone que el peinado se lo hizo ella misma, o al menos se lo hicieron bajo su atenta mirada. Si alguien que está al frente de una peluquería luce de esa manera, tiene que llamar la atención. Para empezar, como publicidad de la propia peluquería es bastante ambigua. ¿Qué hacer, señora, si usted se encuentra en el trance de acceder a la casa y se encuentra con que la encargada tiene eso en el cuero cabelludo? Entiendo, depende de lo que usted busque. Yo, por lo menos, me quedo pensando en que uno ve cada vez más este tipo de peinados en mujeres que ya no son tan jóvenes; hablo de mujeres de entre 40 y 50. Pensar que cuando uno era chico le pedía a sus padres alguna peluca como esas para poder disfrazarse en Carnaval o sencillamente para asustar en una fecha cualquiera. Hoy en día ese chirriante objeto de deseo está por sobre nuestras madres, un poco inaccesible como para apropiárselo.
(Cosa rara: acabo de escribir las líneas anteriores y en el equipo de audio Muddy Waters canta “She’s all right”)

viernes, 15 de diciembre de 2006

Just LOVE

Ayer Valentín me había enviado un mail en el que me decía que allí en donde trabaja, al lado, tenía el último disco de los Beatles: “Love”. “Love” es un disco que surgió a partir de la intención que los productores del Cirque du Soleil tenían de incluir un espectáculo basado en la banda de Liverpool. La palabra de Valentín para definir lo que sentía fue: “I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E”. Cuestiones de permisos mediante, George Martin (para mí sin duda ninguna el verdadero 5º beatle) y su hijo Giles realizaron una mezcla y una remasterización de varias canciones. Hoy Mª fue hasta Punta del Este y se apareció con el disco. Me trajo de regalo además (como una suerte de Papá Noel adelantado y fuera de tono) una antología de Medesky, Martin and Word, que casi ni escuché. Hace unos instantes que terminé de escuchar completamente los casi 80 minutos de “Love”, y ya estoy escuchándolo de nuevo. Es cierto que Valentín y yo somos un poco traumados. Pero él se quedó corto… Esta nueva colección de canciones es (un) S-U-E-Ñ-O… El concepto del disco es además muy psicodélico, altamente psicodélico, lo que no podía dejar de ser si se trata de música destinada a un espectáculo circense. Al escuchar mezcladas varias canciones entre sí uno vuelve a redescubrirlas o, como en algunos casos, a descubrir aspectos pasados por alto. Es la vieja técnica de la yuxtaposición o la comparación: uno pone cosas al lado de otras y ahí recién nota las características particulares de cada una. Escuchando estas mezclas me sorprendí notando tonalidades en común, escalas recurrentes, etc. Hay momentos gloriosos, como el pasaje en que se unen “Drive my car”, “The Word” y “What you’re doing” (¡¡con el solo de guitarra de “Taxman” unido al final del solo de “Drive my car”!!). O el pasaje previo que va desde “Get back” a “Glass onion”. Me impactó escuchar juntas canciones como “I want you (she’s so heavy)” y “Welter Skelter”, o “Within you without you” con “Tomorrow never knows”. O las versiones de “Lady Madonna” y “Strawberry fields forever”. Ayer entré en Google luego de leer el mail de Valentín, queriendo saber más sobre el disco, y me encontré con un blog en el que un crítico de música, creo que chileno, comentaba particularidades de cada tema. En un momento dijo que le sorprendió la batería en “Within you without you / Tomorrow never knows”, como si tuviera algo de los Chemical brothers. Al punto le escribió alguien diciéndole “Ignorante!!!”. Y es que cuando uno piensa en la música electrónica o “trance”, etc., empieza a rascar para encontrar algo parecido a sus orígenes y ¿a dónde llega, por ejemplo?: a “Tomorrow never knows”, precisamente. Es un lugar bastante común lo que voy a decir, pero este disco nos recuerda la vigencia incontrovertible de esta música, su carácter clásico, el sonido que muchos, hoy, cuarenta años después, quisieran obtener. Sólo algunas veces había sentido algo parecido a lo que me pasó hoy cuando escuché este disco. Y había sido durmiendo. Recuerdo algunos sueños absolutamente disfrutables en los que escuchaba canciones de los Beatles, pero por alguna razón esas canciones eran inapresables, eran una canción y en seguida eran otra y luego ambas y otra distinta al segundo. Este nuevo disco logra por varios minutos esa unión utópica, esa síntesis de la esencia de la obra de uno o varios artistas que uno sólo concibe a veces en la tierra de los sueños.

martes, 5 de diciembre de 2006

Otra versión de Judas Iscariote

Hoy martes a la tarde di algunas vueltas por el centro haciendo mandados, etc. Antes de llegar a casa pasé por el Super Market de Avda. Aiguá para comprar algo de comida para los perros. En seguida, apenas me bajé de la bicicleta y mientras la trancaba, se me aparecieron dos niños que sin siquiera saludarme me pidieron plata para el Judas. Uno, el más alto, tenía la cara mugrienta, y el otro, el más bajo, tenía los dientes más o menos partidos. Olvidándome de que que no tenía ni una moneda encima y de que iba a hacer la compra con una tarjeta, les dije que si me cuidaban la bicicleta les daba algo. Antes de salir del supermercado me di cuenta, y resolví comprarles un par de barritas de chocolate. Al regresar al estacionamiento, le di una barrita a cada uno. Las pelaron y se me quedaron mirando.
-¿Saben quién fue Judas? –pregunté mientras iba destrancando la bicicleta.
Los chicos se miraron y empezaron a reírse; pero era una risa rara, como si las barritas de chocolate les dieran hipo.
-¡Qué sé yo! –contestó el más alto.
-Pero si ustedes piden plata para el Judas tienen que saber quién fue… Averigüen por ahí… Es fácil…
El más alto se repone…
-Yo sabía –dijo –pero ahora me olvidé…
De pronto el más bajo habló.
-Para mí que es Dios…
-¡Opa! –dije –Eso sí que es una respuesta fuerte.
-¿No es Dios, entonces?
-No… no es Dios…
Me fui diciéndoles que averiguaran para cuando volviera, y entonces les daría plata para el Judas.
uando llegué a los semáforos en el cruce con Bulevar Artigas, me pregunté por qué no podía ser Dios… Y si hubiera sido Dios tendría que haber pasado lo siguiente… Como Jesús se endulzó demasiado con el eso de ser el Mesías, Dios Padre calculó que la Pasión no iba a producirse como tenía que producirse y la redención del género humano corría serios riesgos. De modo que (Él, que todo lo puede) tuvo que asumir otra forma más para poder hacer que el Plan siguiera como estaba previsto. Y se hizo Judas para poder entregar aquella parte de Sí mismo que no se resignaba a cumplir con su cuota (Jesús). En definitiva, Dios Padre se sacrifica hecho carne, pero un poco más elaboradamente, como si todo hubiera sido una simple agitación en el Espíritu del más alto, una agitación de un espíritu que se rebela contra Sí y que es preciso sofocar.
Es como decía Vaz Ferreira, “Los únicos dioses buenos resultaron los hechos a base de hombres.”
Entonces llegué a casa y me comí la barrita de chocolate que me había comprado para mí.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Adiós, Fulano...



Quevedo dijo que el amor era más poderoso que la muerte… Para no dejar mal parada a la muerte, voy a decir que ella es por lo menos un poco más poderosa (depende del caso como siempre) que la pasión con que algunos lectores se enfrentan a sus libros, como se verá a continuación.

Hoy hizo mucho calor, volvió a hacer mucho calor. Como ya no estoy trabajando, ahora me encuentro en el pleno trance de luchar contra mi cuerpo, porque trato de levantarme temprano (digamos que 9:00 ó 9:30 está bien…) para aprovechar mejor el día… Siempre me pasa lo mismo en verano, el alma se me separa tanto del cuerpo que al final termino ansiando el tedio de los horarios… Lo cierto es que hoy me levanté a eso de las 10:30 luego de haber apagado el despertador a las 10:00. Como Ma está en Minas, en casa no hay ruidos y se puede dormir mucho mejor. Apenas me levanté seguí con la lectura de “Leviatán”, de Paul Auster (muy buena…). A eso del mediodía me llegan un par de mensajes de Felipe desde la playa, anunciándome lo hermosa que estaba el agua. Me pedía que nos viéramos a eso de las 19:30 en la parada 3, luego de que él saliera del trabajo… Pero como hoy era día de cobro, yo también tuve que hacer mis cositas mientras Felipe se dedicaba al ejercicio de la burguesía, mientras soñaba con el mar. Tuve que ir al liceo (lo que implicó encontrarme con el desolador panorama de varios administrativos metidos en sus oficinas y escuchando la radio, ¿soñando con el mar?), ir al banco, a una casa de fotografía y a un supermercado. Luego volví a mi casa, me cambié y junté una bolsa con ropa sucia para llevar al lavadero. Cuando llegué allí vi un espectáculo conmovedor, similar al que había visto en el caso de los administrativos del liceo o en los cajeros del banco o en las cajeras del supermercado: el Agobio. La mujer que atiende el lavadero (que es tan, pero tan, pero tan flaquita que parece un personaje de "El extraño mundo de Jack") se queja del calor que hace allí dentro debido al aire caliente que sueltan las máquinas. Su marido también andaba por allí. De repente ambos me miran y me dicen "¡Se nota que vas para la playa!" . ¿Qué debía sentir yo exactamente? ¿Piedad? ¿Culpa? ¿Indiferencia?... No lo sé, quizás un licuado con las tres cosas, pero con muchos cubitos de hielo. Llegué al mar a eso de las 17:30. El agua no estaba tan encantadora como me había dicho Felipe en sus mensajes del mediodía. Además, desde el lado de la playa Brava soplaba un viento que levantaba algo de arena. Esto último a mí no me molestaba mucho, pero sí irritó un poquito a cinco turistas españoles que había a mi derecha (dos parejas y un hombre solo, todos entre los cuarenta y los cincuenta). En el agua no había nadie. El agua estaba un tanto fría y tuve que nadar y entrar en calor para poder pasarlo lo mejor posible. Recién cuando salí del agua el viento que arrastraba arena me molestó... la mochila se me había llenado de arena. De los cinco españoles, cuatro estaban leyendo. En uno de los matrimonios, ella leía la antología (?) "La vida te despeina" y él leía la última novela de Carlos Fuentes. El hombre solo leía una guía del Uruguay con fotografías básicas y el hombre del otro matrimonio leía un libro que no pude espiar lo suficiente como para saber cuál era. Entonces yo saqué mi ejemplar de "Leviatán", de Auster para matar sus últimas cincuenta o sesenta páginas. En eso, mientras todos leíamos, una mujer vieja pasó caminando por la orilla en el momento justo en que sonó su celular. Algunos dejamos de leer de inmediato para escuchar lo que decía la mujer, el resto de los lectores lo hizo más paulatinamente. Antes debo aclarar que era imposible no escuchar a la vieja, porque no hablaba, GRITABA.

"Hola. ¿Quién habla?" (esto no nos decía mucho, no nos compensaba lo suficiente por la interrupción...).

"¡No te puedo creer!" (esto otro ya era algo...).

"¿Te vas a quedar a dormir acá entonces?" (nada que decir...).

"¿Hoy mismo es el sepelio?" (¿Y ahora?...).

Los turistas intercambiaron miradas entre sí... La vieja se alejaba con sus gritos hacia el lado del muelle pero ya era imposible oírla. Yo miraba a los turistas, ahora los turistas me miraban a mí. El sol seguía bajando por el cielo de la playa Mansa. Luego me acordé de los administrativos... Y luego, naturalemente, pensé en el muerto. En el que se había ido. Ese que para mí no iba a ver más, nunca más, brillar el sol sobre la tierra. ¿Qué son estas palabras en total? ¿Algo como esos ingenuos graffitis que dice que vivamos la vida porque es una sola? Por supuesto que no. Eso es una guasada. Hay que comer, hay que trabajar, hay que criar hijos. Hay muchsa cosas elementales, que las hay, las hay... Luego llegó Felipe, pasadas las 19:30, comentando cosas que se le ocurrían mientras atendía el kiosko. Es que a veces nos dedicamos a hacer reflexiones taradas pero no menos necesarias sobre qué hacemos con el tiempo y por qué...


Ahora me acuerdo de algunas cosas más que tienen que ver con todo esto. Anoche leía en "Leviatán" un diálogo entre el narrador y Ben Sachs (su amigo), hablaban acerca de lo que es de repente saber que a uno no lo separa nada, o muy poco, de la mismísima muerte. ¿Qué cosas se lamentaría uno?... Hoy de tarde, en medio de los quehaceres luego de salir del banco, pasé a ver a Fiorella en la librería del centro de Maldonado, donde trabaja. Entre una cosa y otra (somos muy divagados cuando conversamos) me habló de un poema de Raymond Carver que habla de algo parecido, habla de esa sensación que a veces podemos tener de vivir ciertas cosas "de propina", es decir, vivir ciertas cosas buenas inmerecidamente pero vivirlas al fin y al cabo... En fin, lo de siempre... son temas tan delicados, que uno parece oscilar entre el lenguaje zen o el lenguaje de la Reader's Digest.


domingo, 26 de noviembre de 2006

El subrayado de la viuda

Ahora que las clases han terminado, me decidí a hacer una pilita con todos aquellos libros que tengo que leer en el verano y que he deseado leer durante el transcurso del año. Como siempre, como todos los años, esta pilita se caerá por su propio peso y por la negligencia de sus ambiciones. Sé que dentro de dos o tres semanas varios de estos libros que he elegido van a volver a la biblioteca y se sumarán algunos imprevistos. Por lo pronto mi pilita tiene los títulos "Un hombre y su mundo", de Arturo Sergio Visca, "Leviatán" y "La invención de la soledad", ambos de Paul Auster, "La guerra de los gimnasios", de César Aira y "Redoble por Rancas", de Manuel Scorza. Por ahora empecé con el primero de los que nombré, el libro de ensayos de Arturo Sergio Visca". Luego de haber leído con deleite "Abril rojo", de Santiago Roncagliolo y con no tanto deleite "El mago", de César Aira, proseguí leyendo la novelita de la que he hablado "Devoradores de plástico", pero como ha sido destinada al baño, su lectura es ocasional. La edición del libro de Visca que tengo es interesante. Es del año 1978 y fue editado por la Biblioteca Nacional. Uno lo abre y encuentra en la primera página (en blanco, claro) un "20" tachado y debajo un "10", o sea el precio por el cual lo compré hace más o menos un año. Tuve que haberlo comprado en alguna de mis idas a Montevideo en diciembre, cuando fui a ver a mi abuela materna por su cumpleaños; debió haber sido en alguna de las librerías de la calle Tristán Narvaja; aunque una parte de mí se resiste y me dice que puede existir la mínima posibilidad de que ese libro haya sido comprado en la feria de los domingos de Maldonado. Pero la particularidad más sobresaliente de este libro como objeto es la dedicatoria del propio autor a la viuda del narrador Víctor Dotti. Dice así: "Para Irma G. de Dotti, amistosamente y con el recuerdo de Víctor y su admirable narrativa. Arturo Sergio Visca. Montevideo, 28, V, 79". Las páginas siguientes están llenas de presuntos subrayados de la viuda y, en muchos casos, se limitan a asociar lo que plantea Visca con el pensamiento de José Ortega y Gasset. Es más, al final de un ensayo titulado "Un rostro y su enigma", la lectora escribió lo siguiente: "Excelente, pero ortegasiano". Pasando a la obra en sí, cuando uno lee el prólogo del autor parece interesante, más que nada porque aparece allí planteado el procedimiento de escritura que va a animar todos los ensayos que vendrán a continuación: "(...) para una justa intelección de las intenciones que han orientado la elaboración de estas páginas no debe olvidarse (...) que en las mismas se ha procurado fundir sensibilidad y conceptuación." Sin embargo, cuando empecé a leer el libro, de inmediato, en los primeros ensayos, encontré un esquema típico que se va reproduciendo una y otra vez. 1- El autor mira su entorno y se siente ensimismado, o sobrecogido por el ambiente que lo rodea 2- Se sucede una serie de metáforas más o menos evidentes, más o menos interesantes, para detallar, recrear ese momento de sobrecogimiento. 3- Por último, se plantea la "tesis", lo que el autor pretende decir (ideas sobre la soledad, sobre la relación del hombre con las cosas, etc.) 4- Conclusión. Bien... debo decir que en la mayoría de los casos me ha extrañado encontrarme con reflexiones que, aunque probablemente ciertas, me han parecido evidentes o, en los casos más soprendentes, plenas de un panteísmo (creo que ateo) medio trasnochado. Seguiré leyendo...

lunes, 13 de noviembre de 2006

Devoradores II


Hemos vuelto de la playa con Felipe. Ahora él anda por algún lugar de la cocina preparando unos fideos. Después de nadar un rato y sacar unas fotos, le leí el comienzo de "Devoradores de plástico", primero en portugués y luego traducida al español, y lo cierto es que en la segunda oportunidad no nos daba tanta gracia... (Antes que nada quiero aclarar que todo esto no se trata de eso que los estudiosos de la lengua llaman "prejuicio lingüístico"; muy por el contrario, me fascina la lengua portuguesa). Acá va el comienzo... (entónese con la prosodia de un narrador de radio, y si es deportivo, mejor).

"Eram sete horas da noite no bairro do Harlem, em Nova Iorque. Os moradores do lugar (que trabalhavam no centro de Manhattan) regressavam a suas casas para jantar, quando das luzes das ruas se apagaram. Havia muito tempo que nao acontecia nenhum defeito nas instalacoes elétricas e os transeuntes ficaram surpreendidos. Mas aquilo nao era suficiente para incomodá-los. As luzes dos faróis dos carros passaram a iluminar as ruas escuras. Mas o contratempo aumentou, quando a outra metade do bairro também ficou imersa na escuridao. Já preocupados com o insólito acontecimento, alguns moradores do Harlem telefonearam para a polícia, exigindo providências.
E, de repente, todos os telefones deixaram de funcionar! Isso já era mais grave! Nunca acontecera uma 'pane' geral nos telefones de Manhattan e ninguém sabia a que atribuir o defeito. Sem comunicacoes com o resto da cidade, os habitantes do Harlem comecaram a se assustar. Nao havia luz elétrica, nem telefones! Que mais estaria para acontecer? A resposta nao se fez esperar. (...)"

Primero quiero decir que los signos de esclamación me han conmovido profundamente. Segundo, que si uno se fija cómo empiezan generalmente este tipo de historias uno encuentra un manual de todos los pasos que hay que recorrer para captar al lector, lo demás es el arte que uno le ponga al asunto.
Hoy, más temprano, cuando coloqué en el blog el texto "Devoradores I", dije que tenía casi la total seguridad de que se trataba de extraterrestres... ¡¡Error!! Tres o cuatro páginas más adelante aparecen los verdaderos responsables de los desastres en "Nova Iorque"... Me parece que varios ya habrán adivinado... Continúa...

"Enquanto isso, muito longe dali, num 'Laboratório de Pesquisas Científicas' instalado em um subúrbio de Pequim, o General Mio-Kang-woo, um dos dez primeiros na hierarquia do Partido Comunista Chinês, visitava uma sala secreta do prédio, onde era recebido pelo Professor Ham-fong, perito em guerras bacteriológicas. Nesse momento, o cientista estava debrucado sobre uma grande tina de vidro, cheia de água espumejante. Seus assessores, que conduizam o general naquela visita, mantiveram-se respeitosamente de pé, perfilados contra a parede do laboratório.

-Que é que o senhor quer me mostrar? -indagou o general, aproximando-se do professor.

-Olhe, general! Quero que o senhor conheca os meus truques!

O militar olhou para a água e nao viu nada que lhe chamasse a atencao. Mas nao quis passar por ignorante.
-Virus? Bacilos?
-Nao, general. Bactérias artificiais! Eu consegui aperfeicoar a descoberta do meu colega, Professor Herbert Caldwell, de Londres! E usarei, contra o Ocidente, uma arma criada no própio Ocidente! Mas muito mais eficaz, sem dúvida alguma...
-Nao comprendo. Nao estamos em guerra como eles... ainda.

-Nao se trata de uma guerra... ainda.

-Entao, o que é?"

Más o menos hasta esa instancia llegué. Habría leído más si no me hubiera pasado gran parte de la tarde rascándome las picaduras de unas aguavivas chiquitas en la espalda. Pero, como siempre que uno lee este tipo de novelas, da para pensar en muchas cosas. El sábado a la noche estuve en la Feria del Libro hablando con Milton Fornaro, cuya última novela "Cadáver se necesita", me gustó mucho. Precisamente me decía cómo gran parte de nuestros narradores actuales (los uruguayos) descuidan el factor de la acción, mejor dicho, la necesaria continuidad de los hechos. Y también, y esto creo yo que está íntimamente relacionado con lo anterior, me hablaba de esa suerte de estigma que entre nuestros narradores poseen géneros como el policial y el thriller. Casualmente (y no tanto) estoy leyendo "Abril rojo", de Santiago Roncagliolo, y me he encontrado con una gran historia, muy bien narrada, y por sobre todo, con un thriller, con un thriller que no le falta el respeto (por el tema que trata) a otros novelistas peruanos como Manuel Scorza...
Mañana o pasado mañana sigo hablando de los devoradores.

Devoradores I

Primero, un comentario de una estudiante esta mañana de lunes. Me contó que fue a la Feria del Libro de Maldonado con su madre y le pidió que le comprara un libro de poemas. "¿Y para qué querés un libro de poemas?", le preguntó la madre. "¿Para qué lo voy a querer?", respondió la hija "¡Para leerlo!". Dejo las conclusiones en manos de los lectores.
Pero, de todos modos, quería hablar de lo que me pasó el fin de semana... Este fue el fin de semana de los devoradores...
Mª se había ido a Minas a visitar a su madre, así que a la tarde aproveché para reunirme con tres de mis estudiantes a tocar algunas canciones. Hasta la misma tarde de ese sábado banda tenía nombres tan dudosos como "Los tomates rellenos", "Gagá Dadá" o "Porjobi". En una de esas, mientras ensayábamos, apareció Ignacio Fernández, al que había visto relativamente poco luego de su vuelta desde Pelotas (había ido invitado por Aldyr Garcia Schlee a la Feria del Libro de esa ciudad, que aún no ha terminado). Apenas llegó nos sacó unas fotos y sacó su pequeño grabadorcito para captar algunas muestras de nuestras canciones. Antes de irse me pasó unos libros en portugués que había traído. Yo le había pedido algunas cosas de Murilo Rubiao y Moacyr Scliar, pero no me consiguió nada en particular; así que me pasó un par de libros "Orgias", de Luis Fernando Verissimo (¡qué apellido impertinente para un escritor!) y una de esas novelas de bolsillo de ciencia ficción (que en lengua española solía publicar Bruguera) llamada "Devoradores de plástico", de Tony Manhattan. Cuando Ignacio leyó en voz alta el título de este libro poniendo esa voz de relator de fútbol brasilero, supimos que el nombre de la banda ya estaba asignado. ¡Hay que leer ese tipo de cosas en portugués! ¡Son muy graciosas! Sobre todo porque muchas frases, palabras o giros del portugués nos suenan arcaicos o ingenuos en nuestra lengua... Con Valentín solemos reírnos de un par de ejemplos buenísimos en los que se percibe esa extraña sensación: "Gasolina sem chumbo" - "Nafta sin plomo"; "O abogado do Mandinga" - "El abogado del Diablo"; "O planeta dos macacos" - "El planeta de los simios". Claro está que una de esas pronunciaciones típicas de presentador brasilero contribuye al efecto. ¿Dónde estaba? Ah!, sí... en la novela "Devoradores de plástico"... Resulta que se produce un gran apagón en New York y luego los automóviles comienzan a apagarse uno a uno... Está claro, un OVNI está entre los humanos. Leí un par de páginas, así que no puedo precisar con certeza si los devoradores de plástico son extraterrestres, pero tiene toda la pinta de que va a ser así.
[Amigos... Felipe acaba de llamarme para ir a la playa... La seguimos luego...]

jueves, 9 de noviembre de 2006

El feriado sincrético del Dr. Vázquez

Creo que muchos ya se habrán enterado de lo último que dijo el presidente Tabaré Vázquez. Yo había ido en la tarde de ayer, miércoles, a la casa de mi padre a merendar; y en eso, en medio del café con leche, vemos a Vázquez hablando en un acto en la ciudad de Salto. Su idea era (es... sigue siendo...) la de resumir todos los feriados del año concentrándolos en una sola fecha, la fecha del natalicio de José Gervasio Artigas (19 de junio). La intención es algo así como la de aunar todos los hechos que se festejan en cada feriado (con sus respectivas convicciones) en un solo festejo, el festejo del nacimiento del máximo líder de los uruguayos. Ademas, el presidente manifestó haber tratado la idea con un grupo de asesores... O sea que la cosa ya está bastante maquinada, de manera que cuando uno tenía la esperanza de que todo esto fuera sólo el producto de una insolación salteña, se descubre que hay más gente que está en la misma.
Digamos algunas cosas al respecto.
1- Es un tremendo disparate, de los más grandes que he escuchado en este año.
2- Es cierto que uno de los males de los uruguayos es esa especie de carnavalización de la vida (y del año). Siempre buscando huequitos y oportunidades para hacer lo que realmente se tiene ganas de hacerse (muchas veces nada)... Siempre contabilizando los fines de semana largos que traerá el nuevo año... Siempre empezando el año después de la semana de Turismo... Pero esto de que haya un feriado por año es abusivo; como si a uno le fueran a dar una paliza en las nalgas y, en vez de recibirla con una vara, se la recibiera con una de las columnas del Palacio Legislativo.
3- De aprobarse esa medida, estaríamos llegando al punto final de un degeneramiento que lleva algún que otro lustro. Hace tiempo que los uruguayos venimos observando cómo las fechas de los feriados cercanos a un fin de semana (y ni tanto) se corren hacia un viernes o un lunes y nos dejan trotando a lo bobo, despreocupándonos del valor real y efectivo del feriado en cuestión y persiguiendo la zanahoria del fin de semana largo que nos cuelgan delante. Las fechas patria, los feriados, o como se les quiera llamar, son puntos de referencia para una comunidad. Cada comunidad mide el ritmo de su Tiempo, de sus procesos, según fechas en que las actividades se detienen, marcando la llegada de un "no-Tiempo", la llegada de una mirada que viene del pasado que nos revisa; el arribo, en definitiva, de una instancia en la que dejamos de hacer lo que hacíamos para medirnos como comunidad, para tomarnos el pulso ante el mundo y sus acontecimientos. Pensemos en cualquier tipo de sociedad que consideremos medianamente modélica y veremos en seguida que son indisociables de esos "tiempos-sin-tiempo" en los que todo se detiene y cada ser se vuelve sobre sí mismo por causa de una fecha pasada, remota... En la Biblia, encontramos en el Salmo 90 las siguientes palabras: "Devuélvenos en gozo los días que nos humillaste, / los años en que desdicha conocimos." La idea que se desprende rápidamente de estos versículos es la del temor de caer en arrogancia, la clara conciencia del dolor fructífero que, reconocido, se transformará en gracia. La creación de un feriado sincrético (un feriado que condense todos los feriados) es uno de los pasos más peligrosos (arrogantes) que podemos dar como comunidad, y sería un trastocamiento sensible de nuestro ciclo. Es cierto que los feriados y sus significaciones en nuestro país puedan estar deprimidos, pero esta medida acentúa ese estado, pues hay cosas que operan a un nivel muy profundo en la sociedad. Además, desplazar los significados de varias fechas y hacerlos reposar en un lecho artiguista es otro error. Hay fechas que, si bien no son irreconciliables, de juntarse, de convertirse en una sola, borrarían los necesarios límites que existen entre ellas. En otras el ejemplo se vuelve aun más escandaloso: reconocer que el 19 de junio es, también, de algún modo (?), el 1º de mayo y el 12 de octubre (me sigo preguntando todavía si todo esto es verdad) es alterar estructuras complejas, delicadas. Por otra parte, ¿cuál es la imagen de José Artigas que el Gobierno está legando? ¿La de un ser inconmensurable que atraviesa la Historia y se expande en todas las cosas? ¿Un "panartiguismo"? No quiero ser exagerado, pero he leído cosas parecidas en algunas novelas de ciencia-ficción o de anticipación... cosas del tipo: "En Él se resume todo. Él ya lo hizo. Estuvo antes que todos y lo hizo (...)".
Por si fuera poco, hoy me enteré también de que Chávez, el presidente de Venezuela (una suerte de hermano-mayor-sábelo-puédelo-todo para Vàzquez) ha prohibido la Navidad en cualesquiera de sus manifestaciones que huelan a Yanquilandia...
Tenía para el final una serie de chistes que aparecían en un diálogo entre padre e hija en el Uruguay de 2037. Cosas como Artigas en el palo mayor de una carabela gritándole "¡Tierra!... ¡América!" a Colón. O la escena sobrecogedora de una noche de 1886 en Chicago, cuando la Divina Gracia de Artigas asiste a un grupo de trabajadores, días antes del desastre.
Pero ya ni me dan ganas de reír.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

La caca y el terror

Bien, han continuado los días de alejamiento de tartatextual...
Ahora, debido a los trabajos que me ha llevado la edición de la revista Iscariote del mes de noviembre.
He recibido comentarios (por fuera del medio del blog) acerca de mi última entrada, sobre todo de ese comentario acerca de un pacto con el Diablo. El primero fue de Leonardo Cabrera, diciéndome si la figura de ese gordo no era en realidad un fiolo cualquiera del barrio Kennedy que me había extorsionado (por decirlo de una manera delicada)... El segundo comentario fue un mail de mi propia madre, implicada directamente en los hechos. ¿Por qué nunca le había contado nada?, me preguntaba. Y sobre todo, quería saber por qué diablos (sí, "diablos") el carnicero no me había cobrado aquel kilo de chorizos... En realidad, no he tenido tiempo para responder a esas inquietudes... Pero seamos justos, tampoco me lo he tomado como para pensarlas...
¿Qué estoy leyendo?... Estoy leyendo en estos días, y estoy casi a punto de terminar, una novela del escritor uruguayo Milton Fornaro: "Cadáver se necesita". Creo que puede ser la mejor novela uruguaya del año. Aún no leí "Diario de un demócrata moribundo", de Fernando Loustaunau... Pero esto de Fornaro me parece de lo más entretenido y bien escrito que ha dado la narrativa uruguaya en, digamos, los últimos diez meses. Aun cuando tenga algunas frases o giros expresivos que me suenan a verdadero cliché literario, la estructura (sobre todo eso) y la suspensión de esa Verdad que todos queremos saber y que se va escamoteando a lo largo de las páginas es lo que me hace sentir que estoy en presencia de una muy buena novela. Hay una buena manera de medir una buena novela, y es sentir que lo primero que queremos hacer cuando lleguemos a casa es masticar algo en la merienda y sentarnos cómodamente a leer ese libro del que hemos estado pensando en algunos instantes del día... y si es posible no comer nada y empezar a leer. Bueno, eso me pasa con "Cadáver se necesita". Así que, amigo Fornaro, has subido conmigo un par de escalones hacia mi Cielo... JA!
Hoy me escribió un mail muy lindo Mauricio E. Pagola (colaborador rutilante de Iscariote). Creo que lo poco que tiene de íntimo es de todos modos compartible, es decir publicable sin riesgo de que Mauricio salga a la calle y sea identificado y lapidado por activistas feministas. Aquí va...
Damián: para este número no te mandé nada, creí que estaba a tiempo. Mi intención era abordar con una nota el libro "Filosofía del Terror o paradojas del corazon", del filósofo norteamericano Nöel Carroll. Lo que pasó, o lo que pasa, es que todavía estoy leyendo el libro. Quiero, necesito releer ciertos pasajes y capítulos enteros. Después, comenzar a escribir todo lo que ya tengo escrito en la cabeza, siempre y cuando el bebé ya tenga tomada la memita, haya hecho su provechito, y haya olor a cremita y no a caca en su ropita. O sea mi espíritu y mis ganas siguen estando con Iscariote, así que disculpas.
P.D : Qué lindos y qué jovenes quedaron en las fotitos, esos pelos...tienen un aire tan lennonmacartniano, o sea a lo mejor de la década de los 60.
Abrazos.

Bien, creo que es toda una definición de nuestro amateurismo intelectual. Ya lo saben, estimados seres pensantes, asediadios por los problemas cotidianos que nos quitan el tiempo... Se puede cambiar los pañales del nene de cuatro o cinco meses y pensar en la estética del terror en el cine. Gracias, Mauricio, me tocaste el corazón con un dedo.

can-sa-do

Estimados lectores de tartatextual:

Lamento profundamente haber hecho un silencio por algo más de diez días... Aunque, si no había nada para decir, no veo por qué persistir en publicar cualquier cosa... Pero, como sea, sí había algo para decir, en realidad había mucho para decir... Bueno, se me está yendo la mano... a decir verdad, había muchísimo para comentar sobre estos días... Muy mucho (verbi gratia)...(Digamos que ahora estoy en mi cyber preferido, el de la calle Camino de los Gauchos, el cyber más indómito en doscientos metros a la redonda de mi casa. Es un cyber atendido por una simpatiquísima inmigrante boliviana y sus dos hijos rebeldes (adolescentes). Algún día tendré que hacerles la debida fama a estos personajes que condimentan cada día que entro a la web. ¿Por qué no? Y también tendré que hablar de todos estos chicos que me rodean desde hace un año o más y que se la pasan todo el día jugando a la computadora... A cualquier hora que yo llegue al cyber ellos están acá jugando a unos juegos extrañísimos de tácticas y estrategias y magia y persecusiones y acumulaciones siderales de puntos y créditos para luego salir del cyber y encontrarse con que ¡opa! ¡el sol seguía brillando ahí afuera!...)Hace días que he estado trabajando para Iscariote, diseñando, leyendo notas y ocasionalmente escribiéndolas... Todo contacto con internet quedó restringido a algunos mails a los colaboradores y la búsqueda de imágenes para pegar en la revista. Hasta estoy leyendo muy poco y viendo pocas películas (creo que lo último fue "Mr. Arkadin", de Orson Welles y "Vértigo", de Alfred Hitchcock). Ocasionalmente he salpicado mis días con lecturas de "El éxtasis de la montaña", de Julio Herrera y Reissig. Lo que más he hecho con toda certeza ha sido escuchar música. Si la música se pesara en gramos, tendría un par de camiones llenos. Redescubrí incluso un disco que había escuchado parcialmente hacía unos años, un disco en el que los Beach Boys tocan en una fiesta. Uno escucha las risas de aquellos hombres y aquellas mujeres de California que los estarían rodeando con sus blancas sonrisas y sus cabellos llenos de sal y dañados por el sol. Allí está la famosa "Barbara Anne". Pero también se encuentran sorprendentes versiones de tres temas de los Beatles, "Tell me why", "You've got to hide your love away" y "I should have to know better". Probablemente sea "Tell me why" la más linda versión de las tres... (Mañana me voy a arrepentir de lo que digo). Y hay algunas joyitas más, como un cover de un tema de Bob Dylan, "The times they're are they changing", y una versión grandiosa, hecha ahí nomás, de "Blueberry Hill" un clásico standard de jazz del que Louis Armstrong hizo alguna versión memorable. Pero por sobre todo, no he podido dejar de escuchar un disco de John Coltrane llamado "Coltrane plays the blues". Es un disco hermoso, pleno de intereses y sentimientos diferentes que terminan reuniéndose en un sólo punto. (¿No sienten que cualquier cosa, cualquier opinión que uno haga sobre una composición musical, en realidad, no quiere decir nada? ¿Qué fue eso que dije de que todo se reúne "en un solo punto"? Dejo fuera de esta crítica, obviamente, a los estudios técnicos sobre música, del tipo: "si nos detenemos en estos compases observaremos que el cambio en la tonalidad... etc., etc.) Hoy estuve en Punta del Este con Alfonso Larrea (amigo mío desde la época del liceo y colaborador de Iscariote) y me dijo que casualmente hacía poco que se había comprado ese disco y que no podía dejar de escucharlo... Hablando de Iscariote, la semana pasada fue la presentación (el jueves 26) y tengo que decir que fue moy emotiva, porque no sólo se apareció por allí gente muy querida, sino gente que ni conocía y que se mostró muy interesada. Incluso, algunas preguntas del público motivaron un debate muy interesante acerca de la situación de los contenidos o medios culturales en el interior de nuestro país. Al final, cuando nos estábamos sacando unas fotitos posando con todos aquellos ejemplares de la revista, Mª empezó a vender revistas con un sentido salvaje y conmovedor de lo que es el capitalismo. Y vendió muchas... Nos fuimos contentos... ella, Valentín, Francisco (el hermano de Valentín), Felipe y yo terminamos comiendo unas hamburguesas gordotas en un quincho de comidas en la Avda. Joaquín de Viana, al lado de un pelotero lleno de niños. De vez en cuando caían algunas pelotitas al lado de la mesa. Incluso había algo muy cómico. Había una columna de las que sostenía el techo al lado de donde estábamos comiendo y que tenía un adhesivo que marcaba la altura en centímetros. Como en el metro cuarenta de altura había una línea roja o de otro color chillón y acusador, al lado estaba escrita una leyenda que prohibía el ingreso al pelotero a todo aquel que sobrepasara dicha línea. La idea estaba muy buena. Estuvimos un rato coleccionando el recuerdo de personas adultas que habíamos conocido y que estaban por debajo de la altura que marcaba esa línea. Pero no valía citar enanos. El que citaba enanos perdía... Igual, creo que ninguno conocía un enano. el único enano que conocí yo fue el enano "Puchito", que vino con un circo a mediados de este año a Maldonado. Era un circo aburrido. Me acuerdo que había ido con Romina, mi sobrina de cuatro años, que estaba emocionada porque nunca en su vida había ido a un circo (sobre todo porque, ella no lo sabía, tenía cuatro años). En cierto momento de la función, cuando estaban actuando los payasos, la miro y me doy cuenta de que estaba mirando el techo concentradamente. A la salida le pregunté si le habían gustado los payasos. "No", me respondió "Estaba mirando el techo"... Bueno, mi sobrina es un poco especial...¿En qué estaba? Ah, sí... Estábamos hablando de gente de baja estatura (aún con el peligro de que Valentín se enojara). Y nos acordamos de una conocida que casi se ahogó en las termas de Salto, en una piscina que no superaba el metro treinta o cuarenta de profundidad en toda su superficie.¡Ah! Hoy pasé por la iglesia de Punta del Este y vi los arreglos que le han hecho, más que nada la nueva pintura, una especie de celeste. Estaba buscando al Presbítero Pablo Maguna para darle un ejemplar de Iscariote. No había nadie en la iglesia. Me senté en uno de los bancos y me quedé allí un rato. La iglesia de Punta del Este tiene un aire decididamente anglosajón, igual que la del barrio San Rafael. Lo que no me doy cuenta aún es si el estilo es del todo gótico. Voy a tener que repasar algunas cuestiones o preguntar por ahí. La cuestión fue que me dieron ganas de ser cristiano de verdad, no un tipo que vive con la carga de querer serlo. (Por favor, que después de esta afirmación nadie me mande mails asegurándome la pronta Salvación). Esta semana, además, a alguien se le dio por decir que yo había hecho un pacto con el Diablo, y esa afirmación corrió por el liceo donde trabajo, y unos alumnos vinieron en medio de un recreo queriendo saber cómo había sido, ni siquiera preguntando acerca de la autenticidad del comentario. ¡Qué honroso eso de creer ciegamente en esas cosas todavía! "¿No le van a contar nada a nadie?", "No, no, profe... Se lo juramos"... "Bueno, resulta que una noche cuando yo vivía en el Kennedy mi madre me mandó a comprar chorizos a la carnicería. En eso veo que uno de los bosques había una lucecita naranja que bajaba y subía... Y sentí una voz que decía: 'Damián. Damián. Ven sólo un momento, Damián' Entonces fui y llegué a ver un hombre gordo vestido de traje. La lucecita naranja era de un habano que estaba fumando. '¿Quieres ser grande?', me preguntó. 'Sí, sí, quiero ser grande, señor', le contesté... 'Entonces ya está', dijo 'ya estamos hecho... Tú y yo tenemos un trato.' Y eso fue todo. Después fui hasta la carnicería y el carnicero no me quiso cobrar. Ahí empezó todo, más o menos".Esa fue la historia.
Bueno, no cuento más: ya me puse muy confesional por hoy. (Ampliaremos)
Son casi la una de la mañana. Estoy cansado, me voy a dormir.
Sólo quedarán aquí estos chicos jugando sus juegos en la computadora. Aguantando la noche.

jueves, 19 de octubre de 2006

Chicle textual

No sé por qué, pero la escena se ha repetido, salvo unas pocas excepciones, siempre de la misma forma. Voy por la bajada de la calle de mi casa, estoy volviendo del liceo. Brilla el sol del mediodía. Mientras freno (el estado de los tacos de los frenos es lo que puede variar en todo este asunto), veo que el cartero me ha dejado sobre el muro, apenas resguardado por el contador de luz de mi vecino, un paquete con el envío mensual de la revista La Letra Breve. Hoy me llegó el número correspondiente a este mes, el número 22. Lo abro de inmediato al entrar en la casa y, como se me sale el egocéntrico por los poros, hojeo buscando las páginas en que aparezca la tercera parte de mi novela corta "Los trabajos del amor" (lo de "novela corta" es una denominación de uno de los editores de la revista: Leonardo Cabrera). Veo un cuento de Leonardo de León ("Fantasmas de agua") que aún no he leído y sigo hasta encontrar mi texto. Miro la fotografía que le han puesto para ilustrarlo y me parece muy acertada. Es una ruta vacía, iluminada con agunos focos casi sobre el fin de la tarde. Pero además me gusta que la imagen esté tomada desde uno de los costados de la ruta, y justamente desde un lugar como aquel en el que imaginé estacionado el automóvil de los protagonistas. Sigo pasando las páginas. Veo un cuento de Hernán Casciari, que tampoco he leído. Luego aparece un artículo de Pedro Peña. Lo mismo: no lo he leído. ¿Qué leí? Pues solamente mi texto. Y para mal... El primer párrafo me pareció de una torpeza molesta. Sobre todo cuando podría haberse arreglado agregando un "luego" o un "entonces" (aun cuando tengo la íntima convicción de que abuso de la palabra "entonces"). Y haber dividido ese párrafo en cuatro o cinco también me habría hecho muy feliz. La primera página, en definitiva, no me parece gran cosa. Me gustó mucho más la segunda y última. Pero es en esta donde noto la peor torpeza: un error en el orden de los diálogos tal que lo que debe decir un personaje termina atribuyéndosele a otro. Así que para el próximo número voy a tener que escribir una "fe de errata" que diga algo así como: "Estimado lector: tendré en muy alta consideración que sepas disculpar el orden de los diálogos en el tercer capítulo de "Los trabajos del amor", específicamente en la línea 61 de la columna 1 de la página 5. Deberás omitir el diálogo que dice: '-Estás de gracioso...' y sustituirlo por 'El Toto empezó a reírse'. Gracias."
Más tarde me encontré con Fiorella en la librería Libros-Libros, del centro de Maldonado. Trató de consolarme diciéndome más o menos lo siguiente: "¿Y qué querías? ¿De qué te quejas?... ¿No querías hacer esto, ir escribiendo sobre la marcha y apurado por un plazo de entrega?"... En efecto, el corazón de Fiorella no cabe en esa librería... Yo le respondía que sí, que claro, pero que había que sacar aquellos errores. Después me puse a pensar que un error esperable del hecho de escribir por entregas pueda ser perder la perspectiva que se tiene sobre la historia, salvo que seas Dumas o Tolstoi, claro... Pero las entregas de Dumas o Tolstoi eran, creo, cuando menos, semanales. Ahora, cuando uno tiene todo un mes por delante para que se le ocurran cosas, eso ya es otra cosa. En un principio, "Los trabajos del amor" fue pensado como un cuento, días después, mientras caminaba con Valentín Trujillo en unsa fría pero soleada tarde de julio, por la Playa Mansa, surgió la posibilidad de que fuera una novela. En realidad la idea fue de Valentín. Fue él el que me dijo que en esa historia que se me había ocurrido pasaban tantas cosas que ya era posible hablar de novela. (Voy a tener que hacer un alto para decir que mientras caminábamos entre los médanos en esa tarde en que no se veía a casi nadie por ningún lado, encontramos de pronto, agachados en círculo como rodeando alguna cosa, unos niños cuyas edades no pasaban de ocho o nueve años a lo sumo. ¿Qué rodeaban esos niños? ¿No había ningún adulto por allí? Eran cuantro niños, tres varones y una niña. En el centro, cuando nos acercamos, vimos una tortuga de mar enorme, muerta, hinchada de pudrición y como a punto de reventar. Había un pozo improvisado junto a un médano y los niños trataban de empujar el animal hasta allí. Nos pidieron ayudar y empezamos a rodear la tortuga buscándole gusanos o algo por el estilo. Valentín le dio suavemente con la punta de un zapato. Yo hice lo mismo, y la impresión fue la de pegarle a una bolsa de agua caliente rellena de dulce de leche. Valentín decía que nos fuéramos. Yo hice un intento de mover la tortuga empujándola con un pie, pero era demasiado pesada, había que cargarla con los brazos para llevarla hasta el pozo contra el médano. Me daba asco, pero esa sensación se entreveraba con la cara de Valentín haciéndome señas para que siguiéramos camino y con las voces de los niños pidiéndome que por favor llevara la tortuga hasta donde ellos me decían. Me olfateé las manos y fui tras Valentín, que bajaba el médano. Allí nomás, del otro lado, como a unos veinte o treinta metros, encontramos una niña de unos cinco o seis años, con cara de enojada y sucia, despeinada. Estaba sentada al sol y escarbaba con un palito en el médano. "¡Hola!", dijimos. Pero la niña nos miraba y no nos decía nada. Es más, comenzó a obervarnos de una manera insoportable. "¿Te peleaste con los otros niños", le pregunté. Ella no dijo nada y siguió escarbando con el palito. "¡Qué horrible estos niños solos en la playa! ¿Dónde están los padres?", decía Valentín. Luego agregó: "¿De dónde habrán venido?". "De las profundidades de la tierra", dije. "¿Eh?..." Lo que mencioné es un título de un cuento de Arthur Machen que recomiendo ampliamente. Pero eso sí, después de leerlo te vas a tener que pensar tres o cuatro veces el hecho de tomar sol en una paya solitaria, sobre todo si de repente ves que empiezan a aparecer algunos niños sucios o desprolijos a tu alrededor. ¡Pero, bueno!... Creo que debe ser la tercera vez consecutiva que menciono a Machen en este blog.) Sigamos con la charla sobre "Los trabajos..." en aquella caminata de julio. Valentín me insistía en que mi idea podía transformarse en una novela de algo así como cuatrocientas o quinientas páginas. Íntimamente yo sabía que no podía dar para tanto, pero esa noche diseñé un esquema de trabajo distribuyendo el argumento en una serie de hechos con posibles variantes que se me iban ocurriendo. Así calculé que "Los trabajos..." podía distribuirse en ocho partes, de aproximadamente dos o tres páginas cada una. Lo que significa que quizás ni estemos en presencia de una novela corta ni una nouvelle. Es cierto que la esencia de una novela no está dada necesariamente por su extensión, sino, como dice Eco, por una serie de movimientos semejantes a los de la respiración. Pero creo que mi persistencia en llamar simplemente relato a "Los trabajos..." tiene que ver con mi aversión a una costumbre tan de nuestras letras uruguayas por estos días: la cantidad de novelas de setenta o cien páginas que inundan las vidrieras de la librerías. En efecto, a veces "menos" es "más", y lo cuantitativo puede transformarse en cualitativo. ¿Como imaginar entonces esas magníficas obras que son "La guerra y la paz" o "El conde de Montecristo" sin sus tiempos muertos y sus lagunas?
Sucedió por esos días que le planteé a Leonardo Cabrera la posibilidad de publicar un nuevo cuento en La Letra Breve (el anterior había sido "El clavo en la cruz", en dos entregas). En un principio, "Los trabajos..." estaría constituído por dos partes que saldrían en los números de agosto y setiembre. Leonardo, con una confianza ciega que me honra y me conmueve, recibió la primera parte y la publicó. Días antes de que le enviara la segunda, me animé a decirle que no eran dos partes, sino ocho, por lo cual el relato se extendería hasta el mes de abril del año siguiente por lo menos. Fue un delicado abuso de mi parte hacia la figura del editor. Leonardo, como es lógico pensarlo, me quería matar, pero no encontró ningún ómnibus que le facilitara las combinaciones posibles entre San José y Maldonado. Pero instantes después empezamos a sentirnos cómodos con la idea. Ahí fue cuando tuve la sensación, sostenida por el compromiso que marca la publicación mes a mes, de estar escrbiendo un "texto-chicle". Durante todo el mes tengo el tiempo suficiente como para hacer lo que quiera con la idea que ya había establecido sobre lo que pasaría en cada capítulo. Así que me la paso masticando y hago con el chicle un globo o un símil de tallarín. Como Leonardo me permite escribir hasta dos páginas (lo ideal para él sería una) en agosto me di cuenta de que el capítulo tres debía subdividirse necesariamente en dos, por lo que la cantidad de capítulos pasó de ocho a nueve. (En este momento en que estoy escribiendo esto siento olor a quemado... Era el arroz que estaba preparando para los perros, quedó hecho un mazacote...). Quería decir también que exste un capítulo, el 8, que está escrito y al que le voy a agregar muy pocas cosas. Es algo así como una recreación del pasaje de Paolo y Francesca de la "Divina Comedia". El Toto y Morales son alternativamente ambos personajes de la obra de Dante. Pero ya estoy mostrando demasiadas cartas... Hoy, por ejemplo, iba en bicicleta bajando por la calle Arturo Santana y se me ocurrió cómo contar la cuarta parte de "Los trabajos..."; y espero darle un cambio significativo.
En fin, la escritura de "Los trabajos..." me divierte muchísimo y me debe quedar como un pasaje de experimentación. Y eso debe ser el escribir, ¿no? Un ver hasta dónde llegamos... Y si no llegamos a donde esperábamos, bueno, a lo siguiente entonces. Hace unos días miraba "Octubre", de Eisenstein y me acordaba de otras películas y algunos de los escritos de este notable director. En "El sentido del cine", por ejemplo, postulaba la necesidad de que, para llevar a un espectador a donde se lo quiera llevar, era imprescindible que las imágenes concitadas estuvieran en permanente tensión. Eisenstein recurría en sus explicaciones a los componentes de la tagedia griega y sobre todo al concepto de dialéctica para la filosofía de Hegel. Para Eisenstein las imágenes tenían que ser presentadas, a partir del montaje, en conflicto. En ese sentido, más allá de "El acorazado Potemkin", recuerdo mucho otra de sus películas: "La huelga".
Para el final, me pongo a pensar ahora en que me estoy contradiciendo con lo que calificaba hace unos meses como "texto-chicle". Porque me fastidian los narradores que toman un elemento del argumento y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran y lo estiran (dije "lo estiran" siete veces, con esta son ocho...) pues en verdad no tienen mucha idea de a dónde llevar la narración, entonces: "como cosas nuevas no tengo, con lo que hay me mantengo". Por lo tanto, la idea del texto-chicle me parece muy sugerente como para dilapidarla en narradores que a uno no le gustan mientras podría ser utilizada para orientar lo que nos gustaría hacer.