lunes, 30 de abril de 2007

Aviso breve


Dentro de una semana en TARTATEXTUAL, empezaré a republicar, con una periodicidad de un capítulo cada quince días, todos los capítulos de la novela por entregas que empecé a escribir en agosto de 2006 para la revista La Letra Breve: "Los trabajos del amor". Y cuando el quinto capítulo, el último en La Letra Breve (diciembre 2006), aparezca, cada un mes comenzarán a aparecer los nuevos capítulos.
Con fecha de octubre del año pasado, los lectores de TARTATEXTUAL podrán encontrar un texto titulado "Chicle textual", en el que hablo de las particularidades que me llevaron a empezar la escritura de "Los trabajos del amor" y su perfil folletinesco. Impedida la posibilidad de que La Letra Breve vuelva a salir, el blog se transforma para mí a partir de estos días en el mejor medio posible para recuperar el espíritu con el cual inicié ese trabajo.
Tanto a los lectores ya conocedores de lo que publiqué en La Letra Breve, como a aquellos que no lo conocían, los invito a seguir este proceso de escritura que se nutrirá, desde un primer momento, con sus atentos comentarios, que pueden ser dejados en el mismo blog.

lunes, 23 de abril de 2007

Cosas de nuestra narrativa

Una mala noticia. Hace unos días, cuando terminé de escribir el nuevo capítulo de "Los trabajos del amor", me puse a conversar con Leonardo Cabrera para decirle que en breve le mandaba el texto pasado en limpio. Entonces me dijo, así de una, que la revista La Letra Breve, donde se estaba publicando mes a mes por entregas "Los trabajos del amor", no iba a salir, y quizás no saldría más. Los motivos son los esperables, los problemas a los que se tiene que enfrentar cualquier publicación de corte "cultural" en el interior del país, Iscariote también lo ha sufrido y lo está sufriendo ahora, cuando no sale desde el mes de febrero. Y la verdad es que el hecho de que La Letra Breve no salga más me parece una verdadera lástima. Hace un año o más leía una antología de relatos cortos de Stephen King llamada "Todo es eventual". En el prólogo, King habla de cómo el arte de contar cuentos a través de las revistas que se han encargado históricamente de eso se está perdiendo en los mismísimos Estados Unidos; justamente están desapareciendo ese tipo de publicaciones que han alentado el desarrollo no sólo de autores como Stephen King, sino como Ray Bradbury, y muchos más, por supuesto... El autor de "Misery" dice que esas revistas ya son una verdadera rareza, una especie en extinción.
Con La Letra Breve teníamos en Uruguay un ejemplo hermoso. Creo que hubo algún otro ejemplo de publicación especializada solamente en narrativa, era una revista montevideana de cuyo nombre no me puedo acordar y que tiraba algo así como dos o tres números al año. La Letra Breve, editada en San José, editaba diez números al año en un formato audaz y de calidad de papel siempre agradable para la vista y el tacto de los lectores. Muchos autores desconocidos (algunos otros no tanto) llegamos a dar a conocer nuestras primeras cosas en ella. A mí a veces me preocupa saber si todos los narradores uruguayos de la actualidad, o al menos la mayoría de ellos, sabían de la existencia de la revista. ¿Por qué? Justamente porque me llamaba la atención ver cómo muchos narradores del momento no se acercaban a La Letra Breve para decir "Estoy escribiendo ahora algo como esto. ¡Mírenlo!". Las excepciones son Henry Trujillo, Horacio Verzi, Lauro Marauda, Leonardo Rossiello, Alfredo Alzugarat y Jaime Monestier. Quizás me falte algún otro. Pero a mí siempre me llamó la atención eso mismo. Que nuestros narradores no sintieran la necesidad desesperante de practicar la escritura de cuentos de forma más o menos continua en revistas especializadas y que esto no fuera precisamente esperar a que El País Cultural les pidiera un cuentito para la contratapa. Y también me parece, para concluir, que esto expresa algo de lo que adolece nuestra narrativa actual, y que para mí es la carencia de impulso, ese siempre estar en lo pequeño, en el cultivo de las miniaturas y las mesuras y la resistencia histérica a lanzarse a narrar con ímpetu y largo desarrollo. Me pareció que una vez ya dije que sería un ejercicio interesante contar cuántas novelas que no llegan a las cien o ciento cincuenta páginas se publican en Uruguay por año. Aclaro que existen novelas de menos de ciento cincuenta páginas que me mueven el piso, también. Pero son pocos los que pueden hacer eso. La mayoría de los narradores uruguayos del ahora sufren de anorexia narrativa, llenos del pudor de contar un hecho atrás de otro porque les parece hasta frívolo, muchos relamiéndose en una especie de herencia maldita (una herencia mal entendida)mezcla de Robbe-Grillet, Onetti y Levrero, yendo siempre a lo chiquito con elucubraciones que siempre tienen que tender a ser altisonantes, categorías universales, o, en otros casos, meros jugueteos inconducentes. Nuestros anoréxicos narrativos van hasta el baño de sus creaciones y se meten los dedos en la garganta para refrendar el temor de no parecer intelectuales. Todo esto viene a propósito porque pienso que revistas como La Letra Breve, número a número, hacen que los lectores empiecen a exigir que los narradores estén, que estén de continuo, que salgan de la caverna donde pergeñan los libros que sólo se ven de vez en cuando. En realidad, creo que la cosa es un poco más complicada, que existe una diferencia cualitativa entre la publicación de un libro y la de un cuento en una revista. Cuando compramos una novela, estamos yendo al autor. Cuando el autor publica un cuento en un medio como una revista de narrativa, ese mismo autor se está insertando en un continuo de lectura que ya tiene sus propios lectores. Este último parece ser un movimiento inverso, el autor (fuera de que publicando un libro puede pasar algo similar, pero no tan intenso) se desplaza de su centro; mientras que publicando el libro el autor parece estar en el centro, como sacralizado. Bueno, yo veía a La Letra Breve como un lugar "desacralizado". Quería decir eso.
Y ya que rocé el tema de la mala narrativa criolla, acá va una lista con los peores libros de narrativa de 2006. La decisión fue ardua y me llevó unos cuatro meses. Pero me asistió la gracia divina hace un rato y ahora lo veo todo claro, como infinito.
PUESTO Nº1
Sin duda alguna la peor novela de todo 2006 fue... "El código Blanes", de Marciano Durán. Su éxito de ventas, que dicen ha superado en pocos meses lo que Galeano (el más vendido en Uruguay) vende en un año y medio, se debe sin duda alguna a la falta de moral de nuestra gran masa lectora. Si no han leído "El código Blanes" no pasa nada. Pero yo recomiendo a los que empiezan a hacer sus primeras armas en el mundo de la narrativa que lean los primeros dos o tres capítulos. Están escritos de tal manera que uno no puede ceder a la tentación de empezar a corregirlos. Es una experiencia aleccionante.
PUESTO Nº2
¡Qué duda cabe ya! El segundo lugar es para "El mar escrito", de René Fuentes Gómez, novela que ganó el primer premio de narrativa en el concurso del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Fuentes Gómez, que además había ganado una mención en el último Premio Nacional de Narrativa Morosoli, logra en "El mar escrito" una narración sorprendentemente aburrida, llena de una grandilocuencia y una solemnidad contrahechas, todo lo cual redunda en un dedo índice apuntando a los jurados de los concursos en nuestro país.
PUESTO Nº 3
Fue difícil. Es que bien pudo haber tenido el puesto nº 2. Hablamos de "Atlántico", de Andrea Blanqué. A los juicios sobre la novela de Fuentes Gómez, que podrían también repetirse a la hora de hablar de "Atlántico", hay que sumar esa constante de las obras de Blanqué, algo así como un cartel luminoso que se prende y se apaga y dice "Miren. Miren. Soy feminista".
PUESTO Nº4
El puesto 4 se lo lleva un amigo mío: Alfredo Fonticelli y su novela "Migraña", una obra que suena a homenaje personalísimo a "El discurso vacío" de Mario Levrero, pero que conlleva un calco del libro del maestro hecho con un papel carbónico que destiñe por todas partes.
Nota: no me dio el tiempo para leer "La última noche frente al río" de Hugo Fontana. Hacía un año había leído la última novela del autor: "El príncipe del azafrán".

El regreso del niño freak


¿Qué fue de Beck diez años después de un disco notable como Odelay? ¿Qué fue de Beck más de diez años después de oponerle a Nirvana su propio «himno generacional», como lo fue el simple «Loser»? ¿Qué pasó con el chico rubio, carilindo y californiano que andaba entre los veinte y los treinta años? ¿Qué pasó cuando el sistema musical (MTV mediante) fagocitó al «loser» para hacerlo un «winner»? La respuesta es que Beck siguió haciendo discos interesantes (Mutations, Midnite vultures, Guero); pero, sobre todo, siguió conservando una mueca que lo distingue hasta en la entonación tan cansina que despliega lentamente tema a tema, siguió conservando esa cara que mira desde la tapa de sus discos como preguntando «¿Qué esperaban? ¿Qué cara querían que pusiera en las tapas de mis propios discos?» Beck continuó siendo ese artista ecléctico, difícil de clasificar, que suena a una mezcla extrañísima entre Zappa, Dylan, Beatles, la electrónica, el hip hop, el funk y la música de iglesia protestante.
Diez años después de Odelay, en su nuevo disco, The information (también producido por Nigel Godrich, productor de Radiohead y del último Paul Mc Cartney), el músico confirma que, al borde ya de los cuarenta años, sigue sonando tan fresco, imaginativo y audaz como a mediadios de los ‘90. Y así encontramos al Beck de siempre en «Elevator music», el primer tema, cuando apenas termina la invocación (¿del baterista?): «One , two, you know what to do» (Un, dos, ya sabés lo que tenés que hacer). Allí mismo aparece la mueca de Beck en la letra: «Pongan la música de ascensor / Empújenme a donde pertenezco / La ambulancia suena / La mosca en el muro / No sabe qué está mal / Si pudiera olvidarme a mí mismo / Encontraría otra mentira para decir / Si tuviera un alma para vender / Compraría algo de tiempo / Para hablar con mi cerebro celular». Otro de los temas más promocionados del disco, «Nausea», suelta estas palabras en el comienzo: «Ahora soy un marinero mareado / En una nave de ruidos / Tengo todos mis mapas al revés».
A estas dos canciones se les puede sumar varias más que entrarían en lo mejor de la discografía de Beck, como «Strange apparition» (una especie de canto religioso desganado), «Soldier Jane», «No complaints» (un guiño beatle que refuerza el videoclip de la canción, en el que los músicos de Beck aparecen personalizados como los Fab-four de la primera época pero algo desprolijos), «Motorcade» (un ejemplo de los mejores momentos de la música electrónica en sus discos) o «Movie theme» (que recuerda la paz evanescente de otros trabajos anteriores como «Such a beautufull world», de Midnite vultures, o «Ramshackle», de Odelay).
La edición de "The information" incluye una plancha de autoadhesivos para que cada quien pueda armar su propia carátula eligiendo de un conjunto bastante amplio. Pero la verdadera «perla escondida» es el generoso DVD adjunto que incluye los videoclips de absolutamente todos los temas del disco. Un hierático y poco o nada sonriente Beck canta frente a una cámara fija en casi todos los temas, mientras sus músicos, parientes o amigos dan vueltas a su alrededor agitándose y formando un conjunto casi dadaísta que incluye hasta un oso rapero que es molestado por otro oso (ya más propio de los programas infantiles) que está necesitado de ponerse a rapear.

sábado, 14 de abril de 2007

Entre las alas


¿Cuánto tiempo sin escribir poesía? ¿Un año? ¿Un año y medio? ¿Dos años? El último poema que escribí se llamaba "Poema para caer para siempre". Y ahora esto, escrito en la parada 16 de la Brava luego de haberme quedado dormido al sol en la arena, después de salir del mar. De todos modos, nunca dejo de sentir que la poesía, la práctica de la poesía (tal como la sentía cuando tuve 20 años) me abandonó y, creo, para siempre.



"Entre las alas"

Mueren en otoño los escarabajos
al lado del mar;
los botones de un verano
que cerró con lentitud la camisa.
Los niños los hallan sobre la arena
y los pinchan entre las alas
con agujas de pino,
descubriendo el interior evaporado,
el recuerdo golpeado de un faro
y la promesa de los que duermen tranquilos.

Mientras tanto las olas remontan
a los peces con otras promesas.

miércoles, 11 de abril de 2007

La lectura de los necios

Hace ya más de una semana estaba yo en una clase leyendo en voz alta “El primer suplicio”, un cuento de Eduardo Acevedo Díaz, cuando de pronto sentí que mi garganta no daba para más. Me ardía. Me raspaba cada vez que quería darle a mi voz algún matiz. El protagonista del cuento, Ramón Montiel, un negro corpulento y resuelto de casi mi edad, decía cosas que yo no podía reproducir sino con una voz casi de cacatúa desflorada. Entonces consideré que dos horas más de clase en esas condiciones serían nefastas, sobre todo porque había llegado al límite de mi resistencia luego de dos semanas de no ir al médico, luego de que los desajustes de temperatura de la llegada del otoño, el polvo de tiza y el tener que acostumbrarme a colocar la voz pasadas las vacaciones me inflamaran las amígdalas a tal punto que entre ellas se dan la mano y a veces hasta le hacen un cerco a la comida.
En la sala de espera del sanatorio, traté de leer algún pasaje de la novela “El bastardo”, de Carlos María Domínguez, pero me llamaron tan pronto que me vi en seguida ante un médico de unos cuarenta o cuarenta y cinco años que me examinaba. Por los papeles que estaban sobre el escritorio me di cuenta de que ese médico de guardia tenía nombre de futbolista uruguayo (uno que juega en España... no voy a dar más datos) Me preguntó si trabajaba con la voz. Y cuando le dije que daba clases de literatura los ojos se le iluminaron y me miró con un aire mitad búsqueda de confianza y mitad confesión. En realidad estaba indignado porque a su hijo, que está en 5º años del liceo, su profesora de literatura le hizo leer las primeras clases un texto de Jorge Bucay. Yo ya tenía conocimiento de que había profesoras de literatura que incurrían en estas prácticas (sí, todos los ejemplos que conozco son de mujeres), así que me sonreí socarronamente entregando mi porción de la torta de la confianza. Pero el doctor comenzó a subir la voz. No podía entender cómo un docente era capaz de llevar a clase de literatura un texto de Bucay. Yo le dije que hasta el día de hoy me hago la misma pregunta, que no comprendo cómo, teniendo los autores que se tienen en cualesquiera de los programas vigentes, las profesoras (ellas, sí) no encuentren verdaderos modelos textuales para resaltar la importancia de determinados valores, si es que ese es el objetivo. Y la verdad es que por más fuerza que hago sigo sin entenderlo, es algo tan inconcebible y fantasmagórico como ver la reproducción de los eunucos; en este caso eunucos mentales. El doctor matizaba su preocupación explicando que no teme por el ejercicio crítico de su hijo, un chico que vivió más de seis años en la Madre Patria (EE.UU.) y que lee a Hemingway directamente del inglés. Pero se preocupaba (lo mismo que yo) por aquellos chicos cuyo nivel de criticidad y sensibilidad puede sufrir ante la exposición de textos como los de Bucay o ante una persona que a todo le busca la dosis diaria de moralina y el lugar común de los buenos sentimientos ciudadanos tipo Winnie Pooh. “Ya me la veo a esa mina”, decía el doctor “Debe ser una de esas histeriquitas que además de leer al gordo plagiario ese, prenden un incienso por aquí, ponen unas bolitas para el Feng-Shui más allá y se miran las series y las películas del COSMOPOLITAN.” Yo no paraba de reírme. “Porque si a mí me decís que vamos a dar un autor fuera del programa y me traés, qué sé yo... a Borges, vamo’ arriba... O, no sé si la conocés, una obra como “La conjura de los necios”...” “Sí, claro...” dije “De John Kennedy Toole. Lo conozco. Murió muy joven, además”. Ahí nomás nos pusimos a hablar de Kennedy Toole y de su perseverante madre hasta que una enfermera golpeó la puerta llamándolo. Él se levantó, me hizo un certificado por las horas de clase que no dicté y me extendió el reposo por 24 horas más. “¡Qué hincha huevos!”, dijo, y se fue después de darme la mano.

martes, 3 de abril de 2007

Matrimonio

En esta nueva entrada publico mi último cuento: "Matrimonio". Lo escribí a finales de febrero y por esos días tuve la intención de enviarlo a un concurso de cuentos. Pero luego resultó que la extensión de mi trabajo excedía los límites requeridos en el certamen (sí, como se lee y como se comprenderá, porque este cuento es muy corto) y desistí. De todos modos, el resultado está a la vista y terminó siendo, por la materia de la que trata, un homenaje a mi abuela materna, a quien está dedicado. Lo publico en tartatextual porque, además, debe ser el cuento que más he pasado a amigos y conocidos en tan breve lapso de tiempo. Por otra parte, luego de varias charlas con Valentín Trujillo hace un par de semanas, empezamos a ver que este texto puede ser una versión preliminar de un cuento que necesitaría ser algo más largo... Pero acá va...

a Elcira Devitta

La última vez que mi hermana y su marido estuvieron juntos, fue cuando buscaban un caballo con la cabeza agusanada. Fue en una tarde quieta y helada de julio, cerca de la llegada de la noche y del lado de los cerros que están al norte de Aiguá, por donde se pasa hacia Lavalleja y Rocha. Ese mediodía, después de almorzar, él había estado limpiando el rifle, lo mismo que los dos o tres días anteriores; hasta que mi hermana vio que salía de la casa.
-Ya está. Hoy mismo lo despeno –dijo.
El animal se llamaba Álamo y era un tordillo que un nieto de los mayores les había regalado más o menos en la época en que el último de los hijos se había ido y ellos se quedaron solos; uno con otro. A mi hermana le daba vergüenza cuando algún curioso preguntaba por el nombre del caballo, porque todo el pago sabía de dónde venía ese nombre.
Ese mediodía, ella salió detrás de él casi sin abrigarse y lo encontró pronto en el asiento del acompañante, esperándola con el rifle apoyado en un hombro y apuntando al techo. Toda la vida habían hecho así, toda la vida desde que se habían comprado esa camioneta después que terminó la época de la guerra. Mi hermana veía a su marido sentado en la camioneta, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se subía para llevarlo en las recorridas que tenía que hacer por los campos. Él nunca había aprendido a manejar; y esa manera de esperar por ella era una costumbre más de las que tenían, como cuando ella también se quedaba callada en alguna tarea y entonces él sabía lo que tenía que hacer y se le acercaba en seguida.
-Lo lindo de ver a los bueyes que andan juntos es ver que tiran parejo –decía él de vez en cuando.
Y a mi hermana esa frase le gustaba.
Pero esos días no andaban parejo.
Cuando Álamo se quedó abichado sin remedio, él le abrió la portera como hace alguna gente y lo dejó correr a su antojo hasta que se fue haciendo un punto que no se alejaba más. Mi hermana no le habló más. Y él no sabía qué decirle.
La mañana del último día, recibieron con un peón que monteaba cerca la noticia de que unos niños que iban para la escuela al amanecer habían sido asustados por el tordillo. Uno de esos niños había perdido el control de su montura y se había quebrado una pierna al caer sobre una piedra bocha. El hecho fue en un abra que quedaba a unos cinco kilómetros; pero podía ser difícil dar con el animal porque entre los cerros nunca se sabía.
Al final, el marido nunca pudo llegar a despenar al tordillo. Entrando por el trillo que se formaba en el abra, la camioneta iba dando tumbos. Cuando vio que su marido se volcó hacia delante soltando el rifle, mi hermana pensó que la rueda derecha se había metido en un pozo. Pero no; la camioneta estaba casi horizontal, y a él el corazón le estaba dejando de funcionar.
Cuando estamos solas, algunas veces mi hermana me cuenta todo, cualquier cosa. Y me ha contado todo lo que sintió la tarde en que se le murió su marido, el único hombre que tuvo, y se quedó sola para siempre en los campos donde termina Maldonado. Ella piensa que empezó a gritar apenas lo bajó de la camioneta y lo tendió a un costado del trillo. No se acuerda bien; le parece que los cerros le devolvían muy bajito el pedido de ayuda. Lo que sí se acuerda bien fue cuando él la miró y le dijo:
-No lo mates.
Y entonces se quedó muerto.
Mi hermana fue hasta la parte trasera de la camioneta donde estaban las herramientas y sacó una pala. Volvió hasta donde estaba su marido, levantó la pala apretándola firme y la dejó caer en uno de los guardabarros. Fue entonces que le parecía que oía bien todo. El ruido de la pala al dar contra la chapa golpeó contra los costados de los cerros y volvió, se alejó y regresó otra vez. La pintura de la chapa se levantaba.
* * *
Lo que terminó en matrimonio, había empezado siendo como un divorcio de voluntades. La voluntad de nuestro padre y la voluntad del padre de su marido. Nosotras éramos unas niñas.
Por un tiempo muy corto vivimos en Cebollatí. Nuestro padre había arrendado un campo y había comprado muchas vacas. No sabemos cuántas eran, pero a nosotras nos parecieron muchas.
Teníamos un rancho recién levantado donde nos quedábamos con nuestra madre mirando el campo al atardecer. A esa hora las vacas se juntaban solas cerca del rancho y las mirábamos hasta que la manchas se les agrandaban y llegaban a tocar la noche.
Una semana después de que llegaron las vacas vino a vivir a nuestro rancho un amigo de nuestro padre: era un peón que estaba como él en la vida. El hombre necesitaba trabajo y dejó a su mujer y su hijo esperándolo. Los dos hombres se repartieron las tareas y el tiempo les empezó a dar para cultivar unas parcelas. Cuando ya iban varias semanas desde que el amigo había llegado, mi padre se dio cuenta de que en un tiempo hasta podría arrendar otro campo.
Una tarde había que curar a las vacas. Hacía unos meses, esperando el verano, mi padre había comprado un producto para cuando llegaran las moscas. Nos decía a mi madre y a nosotras dos que si pasábamos el verano no íbamos a volver más al otro pueblo, que nos quedábamos allí y que íbamos a estar bien. Pero aquella tarde él no pudo quedarse a curar las vacas. Tenía que hacer una diligencia hasta un pueblo cercano. Mi hermana y yo nos habíamos metido en un monte y con un palito sacábamos miel de mangangá de un tronco seco. De ahí miramos a nuestro padre mientras le indicaba al amigo la relación entre las cantidades de agua y del producto que había que poner en las bateas antes de rociar a los animales. Desde el monte vimos también cómo el carro con nuestro padre se alejaba mientras el otro hombre iba y volvía del pozo.
Cuando el sol se estaba ocultando rojo y enorme detrás del monte, llegó mi hermana gritando.
Nuestra madre vio lo que estaba pasando y nos hizo entrar en el rancho. Luego trancó la puerta y las ventanas y empezamos a mirar por entre las tablas de las paredes. Al amigo de nuestro padre lo veíamos de espaldas, sentado sobre el tronco cortado de un árbol. Contra el sol, las vacas mugían y corrían a veces chocándose unas con otras. Hasta que, una a una, o de dos en dos, empezaron a caerse.
Cuando quedaban tres o cuatro, apareció en el fondo del camino el carro de nuestro padre. Con las últimas luces, todavía encerrados en el rancho, los tres llegamos a ver cómo, cuando el carro se detuvo, el peón se llegó hasta nuestro padre. No escuchamos nada. Ambos caminaron a paso lento hasta el monte y desaparecieron.
Mi hermana y yo estábamos dormidas cuando nuestro padre regresó. Al peón amigo no lo volvimos a ver.
Pero a las pocas semanas nosotros tampoco estuvimos más allí. Muchas cosas fueron vendidas y con ese dinero volvimos al mismo lugar del que habíamos llegado.
* * *
Algunos años después, una noche de lluvia, mi hermana se casó. Sin embargo, ese mismo día, muy temprano, había desaparecido. Cuando nuestros padres se despertaron antes de que aclarara, mi hermana ya no estaba en la cama. Empezamos a buscarla por todas partes. En las casas de las amigas. En el pueblo. En la iglesia.
Tenía catorce años. Nunca habíamos pensado que iba a querer darnos un susto tan grande como ese. A la tarde ya la estaba buscando la policía; y más o menos en ese momento se supo que un muchacho que vivía más cerca del pueblo también había desaparecido muy temprano.
Ese fue el primer día de la inundación que hubo ese año.
A media tarde el cielo se cerró y parecía casi de noche.
A la policía se había sumado mucha gente del pueblo. Los grupos de los que buscaban a mi hermana y los de los que buscaban al muchacho se mezclaron. A las horas, ya todos estaban revisando los montes y los cerros sabiendo que encontrar a uno solo de los muchachos era encontrarlos a ambos.
Cuando cayeron las primeras gotas nos avisaron que, a muy poco kilómetros, en un campo abierto, habían encontrado al muchacho, pero nada más.
El muchacho tenía diecisiete años.
Al rato encontramos un montón de gente alrededor de un álamo solitario. Pero cuando nos acercamos más nos dimos cuenta de que, más que rodear al álamo, la gente rodeaba a un hombre que tenía empuñada con ambas manos un hacha. Era el padre del muchacho. La madre lloraba a los pies del árbol. Muy a lo alto, sentado en una rama, su hijo miraba el movimiento de la gente. En otra rama, separada del muchacho por el tronco, estaba mi hermana.
-O te bajás o te tiro el árbol abajo, sinvergüenza –gritó el padre.
Entonces un primer hachazo se clavó en el tronco del álamo. Algunos gritaron. Unos pedacitos de la corteza saltaron hacia varios lados.
-Nos bajamos casados, si no, no nos bajamos...
Un segundo hachazo.
Una lluvia rápida, gruesa y áspera comenzó a caer.
Nuestro padre desmontó, se acercó al álamo, miró a su hija y sin decir nada se acercó al padre del muchacho. Se miraron de frente y sin decirse nada, igual que aquella tarde en que las vacas se cayeron muertas y ellos se dejaban de ver en la oscuridad del monte, algunos años atrás.
El hombre apretó con firmeza el hacha y corrió hasta el álamo dándole un último golpe. El árbol tembló, el hacha quedó clavada y mi hermana dio un grito.
El hombre fue aflojando las manos del mango y se dejó resbalar suavemente contra el tronco. La lluvia le pegaba en plena cara.
-Un cura –dijo mi padre.
Un policía salió al galope hasta el pueblo y media hora después, cuando ya era de noche, llegó un cura montando su propio caballo.
Apenas llegó y desmontó, el cura dejó de rezongar al policía y comenzó a hablar en voz alta a la poca gente que llegaba a ver a la luz de unos faroles.
-¿Casar?... ¿A quiénes?...
-A los del árbol, pues... –dijo nuestro padre.
-¡Pero si no se ve nada!
-¡Usted ahora case y después se verá!
Cuando los casaron, mi hermana y su marido bajaron despacio del álamo y cada uno fue a la casa paterna. Los arroyos todavía no habían crecido como iban a crecer a la medianoche y había paso para el pueblo.
* * *
En la tarde quieta y helada en que se murió su marido, mi hermana no se dio cuenta del momento en que llegó toda aquella gente que la rodeaba. El ruido de la pala dando contra el guardabarro fue escuchado al principio por unos monteadores que la encontraron caída junto al cadáver.
La llegada de la noche dejaba ver sólo las formas casi verticales de los que se iban acercando al matrimonio, como si esa inclinación del cerro se fuera erizando igual que el lomo de un animal que sabe que se va a morir.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Feliz cumpleaños, Romina (je, je, je)



Don Carlitos Baudelaire dijo en una época que la condición misma del ser humano era la de debatirse entre dos movimientos, uno ascendente y el otro descendente.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi sobrina Romina (5 años), y fue una ocasión propicia para desarrollar esos dos sentimientos. Primero, al llegar, todo deseos de ascenso. Fui el tío ese que llegó con su novia y con la hija de esta (3 años), el tío que se dedicó a ayudar a todos los compañeritos del jardín a subir a las hamacas y a esperarlos al final del tobogán mientras tragaba empanadas de carne como un animal (no había almorzado) y tomaba Coca-Cola. Fui el tío que se juntó en la canchita de cemento que quedaba al lado del quincho a jugar al fútbol con otros tíos y alguno padres sudorosos, corriendo al sol todavía fuerte de comienzos de otoño. Fui el tío que metió un golazo infamante de pecho, pero también ese tío que quiso fundir de un guascazo a su cuñado (el padre de la cumpleañera) cuando este se puso en el arco, viendo cómo la pelota finalmente se elevaba a cuatro o cinco metros de altura del ángulo derecho, pegaba a unos diez metros de altura en el tronco de un pino y caía en el jardín de un chalet, tras una cerca de alambre y ligustros trabados.
Pero también fui ese otro (je suis l’autre) que recibió de repente, de manos de su hermana (la madre de la niña) una nariz de payaso. Ese otro al que no le bastó sentarse a la mesa cuando cortaban la torta y, con la nariz ya colocada, golpearse histriónicamente con su restante hermano, robando viejos gags de películas mudas y haciendo reír a los niños que cantaban el “quelocumplafeliz”. No. No. ¡No! No bastó ser ese tío (siempre haciendo de payaso) que llevaba en andas a los niños hasta el castillo inflable. ¡No! De pronto era otro. Otro que sentía, sabía el mal que esa nariz podía otorgar. La nariz roja y redonda de payaso es un punto de partida, inaugura un sistema de propuestas y respuestas. Pero si el sistema se rompe en algún punto hasta un niño sabría verlo... (¡je! ¡je! ¡je!...). Estaba descansando, tomando otro vaso más de Coca-Cola cuando me encuentro con el rostro de un niño que me miraba extrañado. Un segundo después entendí que el niño no sabía cómo reaccionar. Yo tenía una nariz de payaso pero estaba serio, era distinto, y el niño estaba esperando una confirmación inquietante o angustiosa o un acto que lo hiciera recaer en la ilusión más reconfortante. Entonces vino el otro, y, con el otro, el mal...
Al principio, a los otros adultos les causaba gracia ver cómo yo corría a tres o cuatro niños alrededor del castillo inflable, los amenaza con mi cara y les golpeaba las caras con un globo. Los niños se reían, pero contenidamente. Y fue entonces que la cosa empezó a gustarme, como quien mira una persona que se va acercando de a poco desde el fondo de una calle. Y todo se hizo un poco más elaborado. Yo me escondía entre los árboles del parque y los sorprendía saltando de improviso y poniendo la misma cara de seriedad y amargura tras la nariz roja. Y los niños corrían, se escondían bajo las mesas. Algunos otros niños, y todos los adultos, comenzaron a mirarme detenidamente, pero para ese momento yo no me daba cuenta, y si me hubiera dado cuenta igual no habría podido parar. Había algo absolutamente placentero en encarnar el mal, disfrazarme del mal o resumir todas las fuerzas oscuras e incontrolables para aquello niños aun en pleno día, aun cuando los adultos de confianza estaba allí (sin hacer nada). Seguía corriendo, gritando, mostrando los dientes rabioso.
El final lo trajo mi hermana cuando vino a decirme que me dejara de joder porque a una niña le había venido un ataque de llanto y pedía que llamaran a su madre para que la fuera a buscar. Me metí la nariz en un bolsillo del pantalón y me fui hasta el sector de las hamacas donde estaban mi novia y su hija. Después me saqué la nariz del bolsillo porque me di cuenta de que quedaba grosera. Más tarde cruzamos varios saludos, até a la parrilla de mi bicicleta cuatro globos (dos rosados y dos violetas) y no fuimos por Avenida Roosevelt.
Ahora escribo esto y veo a la nariz encima de la mesa de luz. Me recuerda un domingo de sol; me recuerda el acecho de un fauno; me recuerda la voz de mi hermana diciéndome que me deje de joder.

martes, 27 de marzo de 2007

Tartatextualeros... ¡¡uníos!!


Luego de algo más de dos meses de ininterrumpida y repetida ausencia, luego de recibir miles de mails (pero no sobre este blog), después de la sorpresa de hallar cierta mañana que un diario de la capital (Montevideo) aparecía una breve columna dedicada a comentar qué es tartatextual; en fin, a partir de todo eso vuelven los días de asiduidad en el blog que ha concitado la atención de varios fernandinos (falta poco para llegar a la media docena).
Para empezar la justificación, si es que vale, de que, debido a que me he separado y me he mudado algunas veces en el verano, no he podido generar la capacidad o la concentración como para dedicarle algunas horas por semana para escribir para el blog. Pero como revisando varios posts anteriores en los que retomo la actividad noto que siempre digo las mismas cosas, las mismas excusas, lo que queda por hacer es escribir y punto.
Desde finales de enero vivo (vuelvo a vivir luego de casi tres años) en el afamado barrio Kennedy, que, pese a estar integrado a la geografía puntaesteña, es un asentamiento de los más discutidos de todo el país. Aquí nací y aquí viví hasta que tuve 23 años, cuando me mudé a Minas. Vivo con mi hermano Franco. En la casa de al lado vive mi padre. El único vecino que tenemos es un hombre que tiene un bar. Del otro lado hay una iglesia cuya capilla con su fondo dan hacia nuestro patio en medio de un tendal de enredaderas frescas que se llenan de flores y se extienden hasta nuestra gran higuera. Nuestro vecino se sienta de tarde cuando casi no hay clientes y matea mirando los autos que pasan por la avenida San Pablo. A veces se levanta, le tira agua hirviendo a algún perro que pasa y le corretea alguno de sus diez gatos. Otras veces le arrima comida o agua al perro que tiene atado a una columna del cableado telefónico. Más de tardecita llega un travesti que creo que debe ser su novio. El travesti es conocido mío y debe tener unos 22 ó 23 años. Llega, se sienta junto al hombre y matean juntos hasta que van llegando algunos hombres y empiezan a hablar y hacerse chanzas en voz alta. Alguno le pellizca una nalga al travesti, este grita para hacerse ver y todos ríen. Entonces hablan de fútbol o política. Pasan de Gregorio Pérez a José Mujica con la más natural de las tranquilidades familiares. No hacen mucho ruido, y cuando lo hacen, cuando se escuchan sus conversaciones o sus puteaditas de mentiras, son siempre potencial material narrativo. Tampoco ponen música. Con esto quiero decir que el hombre no pone cumbias, salvo excepciones difíciles de recordar. Lo único que se escucha en radio es Clarín (para los tangos) y Oriental (para los partidos de fútbol). Yo me acuesto en el sillón y leo, por ejemplo, unos ensayos políticos del siglo XIX uruguayo. Si Franco no viaja a Montevideo para sus clases en la Facultad de Música, se encierra en el baño con su viola para ensayar sus partes en el Concierto Razumovsky Nº 1, de Beethoven.
Seguramente alguno de los lectores del blog debe estar esperando alguna de esas consideraciones sobre libros que yo hacía. Bueno, voy a decir algo que me pasó hace unos días, cuando fui a comprar libros a la feria de Maldonado. Debió haber sido, en materia libresca, lo más fuerte que me pasó en la última quincena. Encontré en un puesto de la feria una caja que contenía, bastante bien conservada, una primera edición de “Los molles”, de Santiago Dosetti. En realidad, eso no es lo tan sorprendente, sino el hecho de que al abrir el libro para (h)ojearlo, encontré casi una docena de pequeñas estampitas pornográficas de los años ’40 o ’50 desperdigadas en varias de sus páginas. Frente a lo que se puede ver hoy en cualquier kiosko con sólo detenerse a mirar las tapas de las revistas argentinas, o lo que se puede ver al prender la tele, las poses y las actitudes de las mujeres de las estampitas me parecieron más maternales y lácteas que pornográficas, algo lleno de una candidez asexuada que llevaba consigo ese sentimiento raro que nos puede llegar al ver a nuestra madre desnuda. Me acuerdo de una estampita colocada en el comienzo del conocido cuento “Sobeo”: una mujer contra una columna sacaba pecho como un caballo rascándose contra un palenque.

miércoles, 17 de enero de 2007

La tarde del cometa

Estaba entrando en un supermercado,a eso de las 20:30, cuando me sonó el teléfono celular. Era Felipe, que me llamaba desde San Carlos algo sorprendido. Me pedía que mirara al cielo sobre el oeste. Yo no veía nada extraordinario. Él insistía en que había algo así como un cometa, con cola y todo. En San Carlos lo veían hacia el lado de Pan de Azúcar. Dejamos de hablar y entré en el supermercado para comprar algo de arroz y carne para los perros. De inmediato empecé a sentir eso que podríamos llamar como una "desestabilización ancestral por lo imprevisto". Es inevitable. Sobre todo cuando las pruebas acerca de lo que se ve son irrefutables. Uno siente de inmediato esa precariedad de la vida humana, esa sensación de que en este planeta estamos viviendo un poco más que de regalo, como mero producto de ciertas circunstancias o casualidades físicas, climatológicas, etc. (Esto si usted no cree en Dios, como yo). ¿Cuántas veces hemos leído noticias acerca de esos meteoritos que pasan como taponazo cerca de la Tierra? Creo que hace cuatro o cinco años leí algo sobre un meteorito del tamaño de toda Europa que pasó muy (muy) cerca. Por supuesto que nadie se enteró mientras eso sucedía. Lo dijeron después como si nada, y probablemente habrá aparecido como un dato más o menos anecdótico en esa revistas destinadas a las salas de espera de los consultorios odontológicos. Además, también tengo la sensación de que hay un pronóstico bastante fiero de que dentro de algunas décadas un asteroide gigantesco que se acerca nos hará pasar un momento amargo. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Tirarle un cohete, partirlo al medio y que las dos mitades sigan de largo por ambos costados de la Tierra? ¿Hacer como en "Armagedón" y mandar un lote de locos para que le metan cien o doscientas bombas de Hiroshima en la garganta más profunda? ¿Convertirnos instantáneamente al hinduismo? ¿Abrir un sobrecito con tierra de las orillas del Ganges, aspirar y empezar a gritar OM y flotar hacia Krsna? El carnicero que me despachaba la carne me miraba de manera rara. Parecía necesitar decirme algo; hasta que habló. Su perrita, que no tiene un año, no le come carne, sólo alitas de pollo. ¡Cuántas preocupaciones! ¿En qué estamos mientras se viene el cascotazo final? Yo quería irme cuanto antes a ver si podía llegar hasta casa, que queda en una parte más alta, y ver el fenómeno. Las cajeras seguían allí, pasando los productos por el lente y PIP, PIP, PIP. Encuentro una caja donde solamente hay una pareja de dos adolescentes. PIP PIP PIP. Se demoran. La cajera los mira. Yo los mira. Él quiere comprarle a ella unos chocolates. ¡¡¡¡AAHHHHH!!!! PIP PIP PIP. Se cae un meteorito, ¿qué estabas haciendo? ¿Qué haces si sabes que quedan pocas horas para vivir? PIP PIP PIP. ¿Y vale la pena hacer algo distinto?... ¡Qué tanto me da entonces que mis perros coman o no! Seguramente se vienen las cosas de siempre. Llego a los semáforos de Avenida Aiguá con Bulevar Artigas. Rojo. Miro el cielo. Nada. Gente que me mira mirar el cielo. Verde. Algunos no ven la luz. BIP BIP BIIIIP. Algunos se desbandarán. ¿Robarán comercios y tendrán efímeramente lo que han deseado tanto tiempo? No sé. Creo que todo pensamos en el sexo en esas eventualidades. Sí. Creo que sí. Discúlpeme, señorita. Pero vio que cayó el meteorito ese, ¿no?... ¿No me haría el favor, entonces?... Y por supuesto las violaciones. Es el fin de la ética. Es el fin del Otro como digno de atención. Sin embargo, en el fondo, la paradoja de que la especie se quiere perpetuar en el momento más adverso de todos. Se nos ocurren varias situaciones hipotéticas. Historias, películas, cuentos. Un hombre en el medio del campo, escuchando la noticia en la radio. El momento de ir a buscar esa mujer... Llegué a casa y llamé a Felipe, que me dijo que mientras se dirigía hacia Maldonado por la ruta 39, seguía viendo el cometa. Me subí al techo y sin querer enganché con mi pie derecho la chapa del alero de la puerta de entrada. Cuando terminé de subir vi a mi vecino salir de su casa, posiblemente alarmado por el ruido de la chapa. De repente me identificó y se subió a su techo porque no me quedó otra que decirle que había algo raro en el cielo. Pero no vimos nada. No sé cómo, empezó a hablarme de unas reformas que la intendencia va a hacer en el barrio de al lado. Luego siguió con unas expropiaciones de terrenos que hicieron los militares en la dictadura. Hasta que comencé a alejarme para darle la sensación de que la charla debía terminarse. Él iba a seguir haciendo su comida, dijo. Al bajar llamé a Mª, que está en Minas. Salió de la casa de su madre (viven en la cima de un cerrito, en las afueras de la ciudad) y observó también la bola cerca del horizonte. Luego, media hora más tarde, alguien, no sé quién, me mandó un mensaje de texto diciéndome que mirara el canal 11. Allí explicaron que efectivamente se trataba de un cometa descubierto en el 2006 y que actualmente estaba pasando por la constelación de Sagitario. En la tele mostraban unas imágenes tomadas en la playa Mansa.
Me acuerdo ahora, fuera de las obvias películas, de algunas novelas que tratan sobre la aparición de un cometa. Está "El día del cometa", de Mario Delgado Aparaín; uno de los libros que me resultan más simpáticos de este escritor. En "El día del cometa" la extrañeza del fenómeno sirve para un momento decisivo de una batalla. Después hay otra obra uruguaya, otra novela, que me parece más notable y que pertenece al que me parece uno de los dos o tres narradores uruguayos vivos más importantes de la actualidad; se trata de "Evangelio para el final de los tiempos", de Ercole Lissardi. Es de lo más disparatado e imaginativo que se tuvo que haber escrito en este país en las últimas décadas, que yo sepa. Resulta que un cataclismo ocurre y un grupo de montevideanos se recluyen en Villa Serrana y fundan una nueva comunidad, una especie de patriarcado desopilante en el que la sexualidad (otra vez la sexualidad, uno de los grandes temas en Lissardi, por otra parte) cobra dimensiones cósmicas. Recuerdo además una brava crítica de esa novela que Aldo Mazzuchelli publicó en el suplmento INSOMNIA hace cosa de diez años quizás. Allí el crítico dijo una de las observaciones que más recuerdo de un crítico uruguayo hacia nuestra narrativa actual. Dijo algo así como qué bendición la lectura de esa novela de Lissardi ante la producción de imaginación tan ñoña (sí, usó la palabra "ñoña", de eso no me olvido) que mostraban las letras uruguayas de esos días. Lástima (¿?) que Ercole Lissardi sea el seudónimo de un escritor que bajo ningún concepto se deja ver y que casi ni concede entrevistas. La otra novela es de un inglés. Se llama "El día de los trífidos" y está escrita por John Wyndham. Todavía puede conseguirse en una edición de Minotauro. En este creo recordar que el fenómeno que desata todos los desastres no es exactamente un cometa, sino una serie de luces que aparecen durante una noche entera en todo el mundo. La consecuencia es que al día siguiente todos amanecen completamente ciegos. El fenónemo desprendió las retinas o inutilizó de alguna manera la visión, salvo en los casos de aquellos que estaban durmiendo o, como el protagonista, estaban hospitalizados. La otra consecuencia, quizás más desastrosa, tiene como protagonistas a unas plantas (inventadas en la novela) llamadas "trífidos" y que son aprovechadas por sus cualidades oleaginosas. Los trífidos cobran la capacidad de moverse luego del fenómeno estelar. Esto puede sonar descabellado y no me acuerdo de si se da alguna explicación más o menos soportable acerca de cómo se produce ese hecho, pero el caso es que contribuye y mucho a la acción de la novela. Los trífidos, que son carnívoros, empiezan a comerse a los humanos que gatean ciegos por la campiña y las ciudades. La novela llega a ser asfixiante en muchos pasajes. Cuando hace un tiempo vi "24 days later", traducida como "Exterminio",de Danny Boyle, me pareció ver demasiadas similitudes entre esta novela y la película, aunque esta trate sobre zombies.
Para mañana y pasado mañana se espera que el cometa vuelva a verse si el cielo se mantiene despejado en el crepúsculo. Ahora que todos saben de qué se trata, vamos a ver cómo reacciona la gente.

domingo, 14 de enero de 2007

El corazón del domingo a la noche


Hoy es domingo. Ya es de noche. Mª se fue a Minas esta tarde a visitar a su madre por una semana. Estoy recostado en la cama, escribiendo. En el equipo de audio suena la voz de Tom Waits. Hace varios días que vengo pensando en la idea de actualizar el blog. (Esto de los blogueros que escriben sobre el blog en sí mismo puede transformarse en una epidemia, en la muerte del blog)... mmm, se terminó el disco de Tom Waits (era "The heart of saturday night", qué ocurrente, ¿no?... mmmm...). Lo cambié por uno de Paul Mc Cartney: "Run devil run", un disco en el que Paul juega a ser Elvis Presley, Carl Perkins,y toca junto a Ian Paice (el baterista de Deep Purple) y David Gilmour, etc. Un lujo que un tipo como Paul puede darse. Y que le sale muy bien, por cierto. A todo esto iba a decir que varias causas me quitaron tiempo como para tener más o menos al día el blog. La principal de ellas fue estar trabajando para ISCARIOTE, sobre todo diseñando en el Pagemaker y escribiendo algunas notas de último momento cuando aparecía espacio libre. El poco tiempo que me quedaba lo dediqué a seguir escribiendo esa novela breve que estoy por terminar y que tiene forma de diario. Como no puedo decir el título porque es muy probable que la mande a un concurso, vamos a llamarla acá simplemente como "La novela-diario". Los tiempos de escritura se me han ido haciendo morosos. Quería tener terminada o a punto de terminar esta novela para inicios de enero, máximo mediados de mes. Y lo cierto es que ahora me doy cuenta que apenas he pasado la mitad. Quería terminarla y retomar otra novela breve que empecé a fines de noviembre de 2005, llamémosle a esta novela "La novela asimétrica", por ponerle un nombre. Aparte, ya a mediados de febrero tengo que escribir el capítulo de "Los trabajos del amor" que va a aparecer en La Letra Breve de marzo. El viernes de noche, en un concierto de rock en la parada 23 de la Mansa (¿rock?... Lo único que escuché fue un continuo chiqui-chiqui-chiqui imitación pasada por lavandina de reggae, tipo La Vela Puerca, pero hecho por bandas jóvenes de Maldonado...), me encontré con una muchacha que me dijo que estaba leyendo "Los trabajos del amor" y que estaba muy mal con eso de esperar número a número de la revista qué era lo que iba a pasar. ¡Ja! Eso estuvo bueno. Es más... creo que subrepticiamente trataba de sacarme alguna futura novedad sobre el Toto y Morales, los protagonistas. A propósito, el otro día soñé con el comienzo de una película que era justamente "Los trabajos...". El primer plano era el de una ruta (la que va para La Barra, la Aparicio Saravia). Los autos pasaban y la cámara permanecía sobre el carril que daba a su izquierda. De repente un autito, a lo lejos, quedaba en la atención particular de la cámara, hasta que se acercaba del todo, frenaba y doblaba lentamente a la derecha. La cámara, que estaba fija sorbe la ruta, ahora se fijaba a la parte delantera del auto, de tal modo que se podía ver a Morales y al Toto manejando a través del parabrisas. Ahí aparecían unas letras grandes, rosadas, entre psicodélicas y funk, que anunciaban el nombre de la película. De fondo había música, quizás la música que los hombres escuchaban en la radio del auto, pero ya no recuerdo si era música funk, precisamente, o cumbia, lo que debería ser. Bueno, hablando de cosas atrasadas, aún me queda un cuento largo que empecé el verano pasado, vamos a llamarle "Un cuento con un pito". De lecturas estoy atrasado, atrasadísimo. No he podido terminar algunos libros que empecé sobre fin de año, y en cambio, entre medio, leí otros. Por ahora estoy con "Os voluntários", de Moacyr Scliar; "La región sumergida", de Tabajara Ruas; "Cartas de Hastings y de París", de Pierre Teilhard de Chardin y algunas de las "Novelas ejemplares" de Cervantes, que nunca hay que dejar de leer, nunca, nunca, nunquita. ¡Ah! Y también leo "El Uruguay y su gente", de Carlos Maggi. Aparte en mi pilita de prioridades (prioridades vanas, según mi ánimo del día) andan "Delirio", de Laura Restrepo; "La invención de la soledad", de Paul Auster (todavía sigue en la pila desde el año pasado, desde antes de las vacaciones); "Tratado sobre la imbecilidad del país", de Julio Herrera y Reissig y "El bastardo", de Carlos Mª Domínguez.
Pese a tantas postergaciones, lo que sí no he postergado es la playa. Aunque ayer y hoy no fui. Ayer sopló muchísimo viento luego del mediodía: oleaje bravo y revuelto y arena volando como en un desierto. Hoy me levanté bastante tarde y me puse a escribir algunas notas para la revista. Pero anteayer fuimos con Felipe a un lugar de Punta del Este conocido como Las mesitas, y ocurrió algo más o menos digno de contar. Las mesitas es un lugar rocoso en el que el mar entra y ha entrado formando algo así como unas piscinas naturales cuya agua se renueva cuando las olas que rompen a unos diez metros de las "piscinas" hacen subir la marea. Y, por supuesto, hay mesitas de material construidas sobre las rocas, a unos pasos del agua; bueno, en realidad queda una sola en pie, y que yo recuerde nunca vi más de una. Cuando llegamos no había mucha gente. Una mujer tomando sol en una reposera con un perro de bolsillo atado a una pata del asiento y unos niños casi adolescentes dándose chapuzones, serían unos cuatro o cinco. Hacía calor, muchísimo calor. Dejamos las cosas sobre unas piedras y nos tiramos al agua en seguida. Fue después de salir del agua que me di cuenta que a nuestra izquierda, casi escondidas sobre unas rocas bastante avanzadas sobre el mar, había tres mujeres más o menos gordas sentadas. Yo las miraba de reojo porque me había dado cuenta de que ellas también miraban de reojo por si las miraban de reojo. Eso mismo. Me pareció que por su aspecto bien podría tratarse de una hija más su madre, más la madre de esta. Tres generaciones tomando el sol. También me di cuenta de que no eran turistas. Las mujeres parecían ser santiagueñas, pero no de Santiago de Chile, sino de Santiago del Estero. O sea, generalmente son las empleadas de muchos turistas argentinos que se las traen para las vacaciones. En fin, podría decirse que, como estas mujeres tomando sol, su turismo es algo indirecto, pero turismo después de todo. INTERRUPCIÓN... Me llamó Ignacio Fernández por teléfono. Yo lo había llamado para devolverle esta computadora en la que estoy escribiendo y no lo había encontrado. Quedamos en que esta noche, quizás a eso de las dos de la madrugada pasa y le doy el notebook. Debe ser duro para él. Se está muriendo de ganas de escribir en SU computadora y yo se la estoy usando. Pero quede en su honor el hecho de que me la prestó para sacar de un brete editorial a ISCARIOTE. Pero es bravo, es como que seas Rambo y de repente aparezca Chuk Norris y te pida prestado el cuchillo. No, eso no se hace. Y si se hace, se hace rapidito. También se había terminado el disco de Paul; así que lo cambié por uno de Bob Dylan: "Time out of mind". Ahora acaba de empezar un tema llamado "Dirt road blues". ¡Carajo! ¡Cómo me enloquece esta canción! Me dan ganas de robar un auto ahora mismo y salir a hacer carretera tipo "Telma & Louis", poner una cámara pegada a una puerta y acelerar. RRRRUUUMMMM!!!!!... pero en realidad no sé ni pasar un cambio en un auto, ni apretar el embrague. Seguramente jamás en mi vida aprenda a manejar uno. Debe ser más o menos como las tres gorditas que vi sobre las piedras cuando fui con Felipe a Las mesitas. Tenían las piscinas naturales allí nomás, pero no se podían zambullir, seguramente no sabrían nadar o la corriente les jugaría una mala pasada y se golpearían contra las rocas. Así que lo que pueden hacer es quedarse allí sobre las rocas, de cara al sol y esperar a que le bueno del mar se levante en una buena ola que sobrepase las piedras y las bañe, incluso a la que no se animó a sacarse la remera y deja también que el pantalón largo se le moje. Cuando nos fuimos, como a las siete, el mar estaba subiendo y muchas olan subían a las piedras. Miré de reojo a las gordas y una me miró también. Se reían.

domingo, 7 de enero de 2007

Buena leche, mala leche


Estimados tartatextualeros:
Lamento haber perdido la asiduidad que me estaba caracterizando en las últimas semanas. Las causas son muchas, pero la principal es que la computadora se me ha roto otra vez, como lo estuvo casi todo el invierno. Ahora escribo en la computadora de Ignacio Fernández, porque como se fue unos días a La Pedrera me la cedió con todos los derechos incluídos. ¡Gracias, Ignacio!
La otra causa de que no haya podido escribir es que hay ciertos estíumulos que me secuestran. Entre ellos el más interesante ha sido (está siendo) el Festival de Jazz de La Pataia. Como muchos saben, esto de traer de EEUU a músicos de primer nivel y hacerlos tocar al lado de las vacas mientras estas comen su ración diaria, esto,precisamente, es lo que se dice algo muy "cool". Los mismos músicos se dan vuelta a veces hasta la parte trasera del escenario, apuntan con un dedo una vaca y dicen "Oh! It's really cool, man!".
Bueno, anoche fue la segunda fecha del Festival. Fui nuevamente con Servando, el fotógrafo de Iscariote (a quien estoy esperando en este preciso momento... está en algún lugar de la ruta 39, uniendo San Carlos con San Fernando de Maldonaaaaaaawwwwwwwhhhhaaaaaaaaaaammmmmmmmmmmmmmmmm!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!), y la verdad es que después de todo lo que disfrutamos, sobre todo escuchando y observando una vez más al contrabajista Avishai Cohen, y por primera vez al pianista Bill Charlap, al contrabajista Scott Colley y al saxofonista Ravi Coltrane (sí, el hijo del mismísimo John Coltrane, y con un fraseo fatto in casa, como decía mi abuelo...lo que se hereda no se roba...). La luna casi llena se levantaba por sobre el monte de eucaliptos, el olor de una lluvia que cayó por otros lados del departamento llegó con el viento, algunas vacas mugían, por allí andaba el poeta uruguayo Luis Bravo, o Danilo Astori, o Jorge Batlle. Los automóviles abandonan el campo, se orientan hacia Punta Ballena o Villa Delia, algunos pocos van hacia el norte, hacia el lado de San Carlos. Servando dice algo acerca de lo bien que estuvieron los conciertos esa noche, de cómo el clima fue ideal (increíblemente llovió en el cerro de Las Cumbres, a trescientos o cuatrocientos metros, y no en el escenario abierto del tambo), de la comida, etc.
Vino Servando. Nos vamos para el tambo.
(Seis horas después).
Había quedado en que Servando estaba en uno de esos arranques de reflexión en los que uno huele que afirmaciones del tipo "Bueno, no todo podía salir bien" están al caer. Y fue así, por supuesto, porque cuando llegamos hasta su moto vimos que la rueda de atrás estaba pinchada. Nos quedamos en el medio del campo. Entre el tambo y Maldonado hay por lo menos alrededor de 20 ó 30 kilómetros. Los automóviles se iban y no llegábamos a ver a través de los vidrios a alguno de los conocidos que habíamos visto en durante la noche. Seguramente también se habrían ido. Servando insiste en que yo consiga a alguien que me arrime a Maldonado y que él se va solo en la moto hasta San Carlos, donde vive, dice que con el aire que le queda a la rueda le alcanza para llegar. En eso llega uno de los sonidistas en una Vespa, atravesando el campo. Ve la moto y hace los comentarios llenos de compasión que las buenas costumbres mandan. Agrega que la noche anterior eso le pasó a él. Y le recomienda a Servando que no se le ocurra irse solo, porque los pozos del camino terminarán de desinflar la rueda. "Yo llegué todo engrasado a casa, loco", dice. De todos modos se compromete a conseguirnos algún transporte. El sonidista se aleja en la Vespa. A los diez minutos vuelve trayendo a Juan Ángel Italiano, uno de los poetas violentos de Maldonado. Yo no sabía que también trabajaba en el montaje del Festival. Mientras mira nuestra moto me dice que un conocido en común está aún cerca del escenario y que probablemente esté por irse en auto hasta Maldonado. Italiano y el sonidista de la Vespa se excusan y entran en el restaurant del tambo. La noche ha sido larga y el hambre no le ha ido en zaga. Así que nosotros nos vamos a buscar a ese conocido y caminamos los más de quinientos metros que separan el estacionamiento del escenario. Pero no encontramos a nadie. De nuevo nos vemos solos en el medio del campo. En el escenario algunos técnicos desenganchan del techo algunos focos y los revisan. Un empleado sofoca el fuego de la parrillada anexa. Volvemos. Nos detenemos. Unos caballos se acercan a un alambrado y nos miran. La luna sigue levantándose. Un avión recién despegado de Laguna del Sauce sobrevuela la Sierra de la Ballena y gira muy lento y casi sin estrépito (nada más que un zumbido) rumbo a Buenos Aires. Caminamos hasta el restaurant. Algunos músicos ya han cenado y se sientan a una mesa del patio, cerca de uno de los pasillos por donde en cierto momento de la mañana pasarán las vacas para ser ordeñadas. Entre esos músicos está Avishai Cohen, gesticulando y explicando algo acerca de un músico que tocaba el contrabajo de una manera que lo sorprendía. Cómo será, me pregunto. Entramos al restaurant, compramos un par de Coca-colas. Entonces nos encontramos con la coordinadora de prensa, que ya está enterada de que se nos pinchó la moto. Promete que en un rato nos puede conseguir un lugar en una de las camionetas contratadas para el transporte. "Esta es la nuestra", le digo a Servando. Es la posibilidad de viajar con algunos músicos mientras viajan hasta algún hotel de Punta del Este. Es la posibilidad de charlar con ellos y hasta de oírlos cantar y tocar a muy poca distancia. Todas cosas que además de placenteras alimentan la crónica que quiero escribir para Iscariote. Salimos y nos sentamos a una mesa a cuatro o cinco metros de donde están los músicos. A través del vidrio de una de las puertas puedo ver al hijo de John Coltrane cenando, comiendo pasta o costillas, no sé bien. La voz de Avishai Cohen sigue dominando el ambiente. Del interior llegan algunos temas de jazz clásico, versiones estándar, etc. Saco mi cuaderno y aprovecho para hacer algunas anotaciones para la crónica. No me da la memoria o la atención para poder registrar todas las cosas interesantes que pasan en ese lugar antes, durante y después de cada actuación. Los estímulos son riquísimos. Servando, mientras tanto, saca sus cámaras y las revisa. Coloca lentes, los prueba y los retira; observa en la cámara digital algunas de las tomas que ha hecho en los conciertos; toma nuevas fotografías, ahora tomas casuales de Avishai Cohen y los otros charlando. Siento que me podría quedar allí toda la madrugada, esperar que salga el sol y después sí, empezar la caminata hasta Maldonado. Pero para Servando es distinto: entra a trabajar en la librería a las 9:30, y todavía le resta, cuando lo dejen en Maldonado, tomarse un ómnibus hasta San Carlos...
En eso estaba pensando cuando llegó la coordinadora de prensa avisándonos que estaba una camioneta lista para salir y esperándonos. Magnífico.
Abandonamos el patio y buscamos la camioneta. Adentro hay unos cuatro o cinco pasajeros. Me parece que no me va a dar mucha vergüenza con tan pocos músicos. Cuando subimos me los quedo mirando. No sé si saludar en inglés o en español. Tengo un momento de duda. No me pareció verlos nunca en el escenario. No. Nunca los vi. No son músicos. "Buenas...", dicen... Eran unos sonidistas montevideanos contratados para este festival. Están de mal humor, tiene sueño y están esperando que el chofer se decida de una vez por todas a llevarlos al hotel. Deben ser ya como las dos y media. Hace una hora y media que terminó la última actuación, la del Scott Colley trio. Los sonidistas empiezan a hacer comentarios acerca de una de las cocineras, una muchacha muy joven, que ven a través de una de las puertas de la cocina. Le piden al chofer que la lleve para el hotel. El chofer o está de muy mal humor, o no los soporta, o no entendió nada. Partimos. El chofer me ubica por el espejo retrovisor y me pregunta dónde tiene que dejarnos. Yo le pregunto si entra por Bulevar Artigas. Me dice que no sabe dónde queda eso. Debe ser montevideano, pienso. Mientras, los sonidistas, despatarrados en los largos asientos, empiezan a reírse desvergonzadamente de mi pregunta. Agarro al vuelo la lectura. Traerles a esa hora el recuerdo del Bulevar Artigas montevideano con la ansiedad de mujer que tienen seguramente sea equivalente a salir de putas. Me parece que varios de ellos son unos buenos maridos bien entrenados que están como probándoles a los demás que tienen como tres o cuatro pitos. Uno dice, con sorna, "Chofer, ¿no me baja en terminal Río Branco?". Me hago el que no oigo y me pongo a mirar el campo alumbrado por la luna. Servando cabecea de sueño contra un vidrio. Le digo algo sobre lo bueno de no habernos llenado de tierra a la vuelta con cada automóvil que nos rebasa... un consuelo un poco tonto. Ha tenido que llamar a un hermano que trabaja en una barraca para que a la mañana siguiente se desvíe (desviación es una manera delicada de referirse al asunto) con el camión de reparto y se lleve la moto hasta un taller de San Carlos. Al final, los sonidistas se hospedaban en un pequeño hotel de Solanas, y no en Punta del Este como yo había supuesto. El chofer dijo que él iba hasta la parada 23 de la Mansa, pero que nos arrimaba un poco más. Para no abusar de su gentileza le pedimos que nos dejara en la plaza. Cuando nos bajábamos se nos apersonaron tres o cuatro trasnochados que empezaron a pedirnos plata para el vino. Les dije que no teníamos nada (grandísima mentira, tenía muchas, muchísimas monedas, y billetes, mmmmm), que nos habíamos venido a dedo porque ni para el ómnibus teníamos. "Arriba, flaco, arriba...", decían. Después comenzaron a patear botellas de plástico que encontraban en las veredas y a mirar torcido a un par de policías que hacían la ronda. Ahí nomás Servando y yo nos separamos. Él fue hasta la calle Dodera a tomarse su ómnibus, y yo caminé para el lado este de la ciudad. De las últimas cosas que recuerdo antes de llegar a casa, darle un beso a Mª y caer fulminado en la cama, es de haber pasado frente a un prostíbulo-cabaret de la calle de mi casa, antes de cruzar Camino de los Gauchos. A través de la cortina de la puerta de entrada vi unos tipos jugando al pool y a unas gorditas bailando a su alrededor, arrimándoles las caderas. Los tipos hacían como que no sabían nada del asunto, como si el pool fuera lo importante. Al menos eso vi yo en el breve recorte que tuve de la situación al haber pasado frente a la puerta. Pero lo que más me quedó fue la cumbia que sonaba, una cumbia que era más que elemental, mejor dicho, era paleozoica. Lo comento porque después de tantas horas de sentirme exigido por los músicos que llegaron hasta el tambo La Pataia uno termina hasta con cierto agotamiento. Cuando oí esa cumbia, en esas circunstancias, me vino como un efecto Gulliver, la sensación de no haber estado nunca en ese mundo y de haber llegado de repente, tratando de adaptarme a la medida de las cosas que estaba viendo y, sobre todo, oyendo...

jueves, 28 de diciembre de 2006

Mariconadas animadas de ayer y hoy


Cuando yo iba a la escuela (hablo de la segunda mitad de los ’80) si uno miraba telenovelas era medio maricón. Mejor dicho, nos gloriábamos de haber visto todo lo de Schwarzenegger salido hasta la fecha, soñábamos con Robocop y envidiábamos la dureza de aquel moco que Rambo lanzó para darle a una lamparita (creo que en “Rambo III”, cuando los yanquis peleaban contra los rusos en Afganistán, apoyando a los talibanes). Pero ninguno quería confesar que nos matábamos con las producciones de O Globo, aquellos novelones brasileros inspirados en obras de Jorge Amado. Cómo me acuerdo de eso. Yo me las miraba todas. Dos por tres se venía anunciando algún capítulo medio zafado en el que Beija Flor se bañaba en una cascada y se le veían las tetas. Entonces uno se las arreglaba para ver ese capítulo prohibido. Hoy esto suena a risa. Sobre todo porque para las generaciones recientes es del todo imposible no ver tetas apenas uno deja la lactancia.
Desde la mitad de la tarde hasta las once de la noche estuve en una elección de horas de profesores. Si hubo un comentario recurrente, aparte del calor, fue que esta noche pasaban el último capítulo de “Montecristo”, la telenovela del canal argentino TELEFÉ. Con Mª llegamos tarde a casa; ella (que ha seguido la serie) se lamentaba de la hora y pensaba que se había perdido todo… ¡Pero no!... Prende la tele y se encuentra con algo parecido a “Operación triunfo”… ¡Está Marley en exteriores conduciendo el preámbulo al capítulo final! ¡Hay como 7.000 personas ahí para mirar en una pantalla gigante el final de la vendetta interpretada por Pablo Echarri!
Ahora ha transcurrido por lo menos media hora desde que todo empezó. Yo salí a hacer unos mandados, volví y me senté a escribir estas palabras. A mis espaldas están Mª, su televisor y esa historia. Para que el ruido no me moleste me conecté los auriculares y escucho bien alto un disco de Charles Mingus.
Debo decir que nunca miré ni dos minutos seguidos de “Montecristo” A decir verdad, me ha aburrido cada vez que me le he acercado). Sí soy un apasionado lector de “El conde de Montecristo”, la novela de Alejandro Dumas en la que dicen que la serie se basa. La leí cuando tenía 19 años; me la habían prestado. Mi entusiasmo fue tanto que se lo contagié a mi hermano, siete años menor que yo. Era un niño que estaba en su último año escolar y que con unos pesos que tenía se compró una edición en tapa dura que terminó de leer en dos o tres semanas.
(En este momento, en un tiroteo, ha muerto uno de los buenos a balazos. Mª me dice que se llama Ramón… ¡No! ¡Alto! Era una actuación… Parece que después de que todo terminó se dedicó al cine. Menos mal, porque se había dejado matar prácticamente.)
Como llegamos tarde y no teníamos ganas de cocinar, yo fui hasta un 24 horas que queda a unas cuadras de acá. Tenía que comprar agua, fiambre y mayonesa. Así que pedaleé hasta la calle Camino de los Gauchos, una calle que detesto, sobre todo a la madrugada, cuando puede ponerse peligrosa; pero sobre todo porque todo en ella respira suciedad, más allá de la mugre. Cuando ingresé al supermercado entraban junto a mí unos muchachos que saldrían de trabajar a esa hora. Allí había un televisor, con “Montecristo”, volviendo de la pausa, como no podía ser de otra manera·Por los uniformes supe que los muchachos trabajaban en una casa de instalación de toldos del centro de Maldonado. Venían hablando entre ellos y uno por lo visto embromaba al otro diciéndole “¡Dejá! ¡No seas puto!”. El que dijo esto, se abalanzó de repente sobre una cometa de Peñarol y estampó un beso sobre su escudo. Me dieron ganas de no ser de Peñarol. Luego de que fui hasta las vitrinas del fondo por una botella de agua, me arrimé hasta la entrada, hacia el lugar en que despachaban el fiambre y estaba el televisor. Una precisión: las dos mujeres que trabajan en este supermercado me parecen levemente hombrunas. Simplificando, son machonas. Tuve que estar parado por lo menos un minuto hasta que ella por casualidad me viera y apartara la vista de la tele. Yo estaba en un estrecho pasillo, de frente al televisor y de espaldas a la caja. Por allí andaban los muchachos del comienzo.
-¡Vo! ¡Sabés qué! Llego a las casas y me pongo a ver “Montecristo”… -dijo el que había besado la cometa de Peñarol.
-Pero apurate porque termina –dijo la machona.
Y bueno, las verdad es que me gustó eso de que la gente estuviera enganchada con eso de un relato y sus desenlaces. Se nota que el ser humano tiene hambre de esas cosas, como para salir muerto de trabajar y quedarse hasta tarde viendo la tele para saber qué pasa. Sentí algo de envidia como alguien que intenta crear historias.
-¡¡Echarri!!... ¡¡Qué actorazo!! ¡¡Por Dios!! –de nuevo el muchacho del beso.
Por mi cabeza pasaron los apellidos de varios actores que me fascinan…
Mientras tanto, la machona cortaba el fiambre que le había pedido (algo de salame), pero yo miraba la tele. Cuando le pedí que me cortara algo de queso un tipo casi sin dientes y con un aliento que me pareció parecido al del vino se me acercó y me preguntó si estaba atendido. Le dije que sí. (En este momento, estando con Mª acá en casa, Santiago le clava algo en la panza a Marcos [el traidor]… Me parece que lo está por matar). La siguiente vez que saqué la vista de la pantalla y la dirigí a la machona, me di cuenta de que ella colocaba sobre la bolsa de nylon la última feta de queso… con-la-mano… La verdad es que me dio repulsión… ¿Eso qué quería decir? ¿Que había colocado también el resto del queso y todo el salame con la mano? No lo sé… Ahora estamos masticando ese fiambre bien metido entre dos panes. A Mª no le dije nada, por supuesto. ¿Qué derecho tengo para estropearle la noche?
1: 20 AM Mª come su pan con fiambre mientras Pablo Echarri se reencuentra y se besuquea con Paola Krum. Finale con tutti…
De pronto, Mª me toca el hombro.
-La verdad es que hay que ser maricón para mirar esta novela –dice.
¡!...

domingo, 24 de diciembre de 2006

Parábola de la higuera

Estas palabras están dedicadas a todas aquellas personas con las que me crucé esta noche en el centro de Maldonado, todas aquellas personas histéricas, que se empujaban unas a otras en medio del fragor de las compras de Navidad. Estas palabras van para aquel gordo de aquel Fiat que quería llegar cuanto antes a un comercio y se insultó con otro gordo porque este le había sacado el lugar para estacionar. A todos ellos, ¡Feliz Navidad!

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". (Mateo 24:35)

jueves, 21 de diciembre de 2006

Peluquerías


Algunos comentarios que tienen que ver con lo que tenemos sobre la cabeza.

1- Hace un par de días iba caminando por la calle 24 de Punta del Este. En cierto momento giré la cabeza hacia una peluquería que había por allí. La peluquería tenía una sola clienta. Una mujer, creo que era una matrona judía, que me miraba fijamente como tratando de decirme algo. Le sostuve la mirada algunos segundos hasta notar que, efectivamente, sus ojos me estaban recriminando. Yo estaba haciendo algo que no debía: MIRARLA. En la cabeza tenía una especie de batido, como si le hubieran vaciado un tarro de helado de dulce de leche y crema. Además, había una especie de nylon grueso que cubría algunas partes. De algunos huequitos sobre distintos puntos salían disparados unos pinchos rubios y blancos. Evidentemente, la peluquera la había dejado sola por un instante. Y allí estaba la doña, como algo frágil, pero una fragilidad hecha de ridículo. Mientras me daba el ángulo no dejé de mirar un solo segundo la cabeza de aquella mujer. Sus ojos me decían de todo, me excomulgaban, me decían que era siete veces maldito, que maldito sería al levantarme y maldito al acostarme, maldito al almorzar y maldito al cenar. Me acuerdo ahora de un cuento de Giovanni Papini, “El espejo que huye”. Es un cuento en el que se plantea lo triste que sería el hecho de que de repente el mundo se detuviera y sin embargo permaneciéramos con la conciencia intacta, de tal modo que pudiéramos contemplar con total tranquilidad eso que estábamos haciendo cuando el mundo se detuvo. Difícil rehuir la idea de la ridiculez, ¿no es cierto? Yo, por ejemplo, apenas terminada la oración pasada, estaba matando un mosquito, si el mundo se hubiera detenido yo habría quedado con las palmas abiertas, iluminadas por esta lamparita que me alumbra el teclado (además, le erré al mosquito: mayor ridículo aun).

2- Volvía de jugar al fútbol antes de anoche y tomé por la calle 25 de Mayo, en Maldonado. Quienes puedan, vayan y vean el cartel que está sobre una peluquería que queda en esa calle, a pocas cuadras de Joaquín de Viana. En realidad, son dos carteles. El más grande es extraño, llama la atención, si eso es lo que se quiere hacer con un cartel. Se ve la cabeza de una rubia de bucles inclinada sobre una almohada o un colchón (no importa qué). Es una chica muy linda. Pero… ¡le falta un ojo! Es decir, lleva un parche, como un pirata, como Daryl Hanna en “Kill Bill”. ¿Conclusión? Debe de ser una chica mala, una chica atrevida, por eso va a esa peluquería. Ok. Pero el cartel que está abajo, más chiquito, me conmueve. Aparece allí la típica familia contenta. Papá, mamá y la nena. Mamá, luce como recién salida de la peluquería, y la nena también. Pero mamá se ve recatada. La nena, por otra parte, exaltada en su ser de “nena”. ¿Y papi? Bueno, este… Papi es un pelado…

3- Siguiendo por las calles de Maldonado, pasemos ahora a una peluquería que queda por la calle Sarandí, más específicamente entre las calles Treinta y Tres y Arturo Santana. Bueno, no es necesario que pasemos al interior de la peluquería. Solamente démonos una vuelta por la calle y miremos hacia la puerta. Como hago yo de vez en cuando al volver de ver a Felipe en su trabajo. Si tenemos suerte (yo la he tenido en este sentido) vamos a ver que la dueña, o al menos la peluquera-alma-mater, está afuera, tomando el sol de la tarde o refrescándose, no importa. Se la puede ver de lejos. ¿Por qué? Por su peinado, que es una especie de peluca de cotillón, esas que tienen la parte superior aplastada y ambos costados llovidos hasta el nacimiento de los hombros. El color es una mezcla entre el fucsia y el violeta. Algo así. La verdad es que uno supone que el peinado se lo hizo ella misma, o al menos se lo hicieron bajo su atenta mirada. Si alguien que está al frente de una peluquería luce de esa manera, tiene que llamar la atención. Para empezar, como publicidad de la propia peluquería es bastante ambigua. ¿Qué hacer, señora, si usted se encuentra en el trance de acceder a la casa y se encuentra con que la encargada tiene eso en el cuero cabelludo? Entiendo, depende de lo que usted busque. Yo, por lo menos, me quedo pensando en que uno ve cada vez más este tipo de peinados en mujeres que ya no son tan jóvenes; hablo de mujeres de entre 40 y 50. Pensar que cuando uno era chico le pedía a sus padres alguna peluca como esas para poder disfrazarse en Carnaval o sencillamente para asustar en una fecha cualquiera. Hoy en día ese chirriante objeto de deseo está por sobre nuestras madres, un poco inaccesible como para apropiárselo.
(Cosa rara: acabo de escribir las líneas anteriores y en el equipo de audio Muddy Waters canta “She’s all right”)

viernes, 15 de diciembre de 2006

Just LOVE

Ayer Valentín me había enviado un mail en el que me decía que allí en donde trabaja, al lado, tenía el último disco de los Beatles: “Love”. “Love” es un disco que surgió a partir de la intención que los productores del Cirque du Soleil tenían de incluir un espectáculo basado en la banda de Liverpool. La palabra de Valentín para definir lo que sentía fue: “I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E”. Cuestiones de permisos mediante, George Martin (para mí sin duda ninguna el verdadero 5º beatle) y su hijo Giles realizaron una mezcla y una remasterización de varias canciones. Hoy Mª fue hasta Punta del Este y se apareció con el disco. Me trajo de regalo además (como una suerte de Papá Noel adelantado y fuera de tono) una antología de Medesky, Martin and Word, que casi ni escuché. Hace unos instantes que terminé de escuchar completamente los casi 80 minutos de “Love”, y ya estoy escuchándolo de nuevo. Es cierto que Valentín y yo somos un poco traumados. Pero él se quedó corto… Esta nueva colección de canciones es (un) S-U-E-Ñ-O… El concepto del disco es además muy psicodélico, altamente psicodélico, lo que no podía dejar de ser si se trata de música destinada a un espectáculo circense. Al escuchar mezcladas varias canciones entre sí uno vuelve a redescubrirlas o, como en algunos casos, a descubrir aspectos pasados por alto. Es la vieja técnica de la yuxtaposición o la comparación: uno pone cosas al lado de otras y ahí recién nota las características particulares de cada una. Escuchando estas mezclas me sorprendí notando tonalidades en común, escalas recurrentes, etc. Hay momentos gloriosos, como el pasaje en que se unen “Drive my car”, “The Word” y “What you’re doing” (¡¡con el solo de guitarra de “Taxman” unido al final del solo de “Drive my car”!!). O el pasaje previo que va desde “Get back” a “Glass onion”. Me impactó escuchar juntas canciones como “I want you (she’s so heavy)” y “Welter Skelter”, o “Within you without you” con “Tomorrow never knows”. O las versiones de “Lady Madonna” y “Strawberry fields forever”. Ayer entré en Google luego de leer el mail de Valentín, queriendo saber más sobre el disco, y me encontré con un blog en el que un crítico de música, creo que chileno, comentaba particularidades de cada tema. En un momento dijo que le sorprendió la batería en “Within you without you / Tomorrow never knows”, como si tuviera algo de los Chemical brothers. Al punto le escribió alguien diciéndole “Ignorante!!!”. Y es que cuando uno piensa en la música electrónica o “trance”, etc., empieza a rascar para encontrar algo parecido a sus orígenes y ¿a dónde llega, por ejemplo?: a “Tomorrow never knows”, precisamente. Es un lugar bastante común lo que voy a decir, pero este disco nos recuerda la vigencia incontrovertible de esta música, su carácter clásico, el sonido que muchos, hoy, cuarenta años después, quisieran obtener. Sólo algunas veces había sentido algo parecido a lo que me pasó hoy cuando escuché este disco. Y había sido durmiendo. Recuerdo algunos sueños absolutamente disfrutables en los que escuchaba canciones de los Beatles, pero por alguna razón esas canciones eran inapresables, eran una canción y en seguida eran otra y luego ambas y otra distinta al segundo. Este nuevo disco logra por varios minutos esa unión utópica, esa síntesis de la esencia de la obra de uno o varios artistas que uno sólo concibe a veces en la tierra de los sueños.

martes, 5 de diciembre de 2006

Otra versión de Judas Iscariote

Hoy martes a la tarde di algunas vueltas por el centro haciendo mandados, etc. Antes de llegar a casa pasé por el Super Market de Avda. Aiguá para comprar algo de comida para los perros. En seguida, apenas me bajé de la bicicleta y mientras la trancaba, se me aparecieron dos niños que sin siquiera saludarme me pidieron plata para el Judas. Uno, el más alto, tenía la cara mugrienta, y el otro, el más bajo, tenía los dientes más o menos partidos. Olvidándome de que que no tenía ni una moneda encima y de que iba a hacer la compra con una tarjeta, les dije que si me cuidaban la bicicleta les daba algo. Antes de salir del supermercado me di cuenta, y resolví comprarles un par de barritas de chocolate. Al regresar al estacionamiento, le di una barrita a cada uno. Las pelaron y se me quedaron mirando.
-¿Saben quién fue Judas? –pregunté mientras iba destrancando la bicicleta.
Los chicos se miraron y empezaron a reírse; pero era una risa rara, como si las barritas de chocolate les dieran hipo.
-¡Qué sé yo! –contestó el más alto.
-Pero si ustedes piden plata para el Judas tienen que saber quién fue… Averigüen por ahí… Es fácil…
El más alto se repone…
-Yo sabía –dijo –pero ahora me olvidé…
De pronto el más bajo habló.
-Para mí que es Dios…
-¡Opa! –dije –Eso sí que es una respuesta fuerte.
-¿No es Dios, entonces?
-No… no es Dios…
Me fui diciéndoles que averiguaran para cuando volviera, y entonces les daría plata para el Judas.
uando llegué a los semáforos en el cruce con Bulevar Artigas, me pregunté por qué no podía ser Dios… Y si hubiera sido Dios tendría que haber pasado lo siguiente… Como Jesús se endulzó demasiado con el eso de ser el Mesías, Dios Padre calculó que la Pasión no iba a producirse como tenía que producirse y la redención del género humano corría serios riesgos. De modo que (Él, que todo lo puede) tuvo que asumir otra forma más para poder hacer que el Plan siguiera como estaba previsto. Y se hizo Judas para poder entregar aquella parte de Sí mismo que no se resignaba a cumplir con su cuota (Jesús). En definitiva, Dios Padre se sacrifica hecho carne, pero un poco más elaboradamente, como si todo hubiera sido una simple agitación en el Espíritu del más alto, una agitación de un espíritu que se rebela contra Sí y que es preciso sofocar.
Es como decía Vaz Ferreira, “Los únicos dioses buenos resultaron los hechos a base de hombres.”
Entonces llegué a casa y me comí la barrita de chocolate que me había comprado para mí.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Adiós, Fulano...



Quevedo dijo que el amor era más poderoso que la muerte… Para no dejar mal parada a la muerte, voy a decir que ella es por lo menos un poco más poderosa (depende del caso como siempre) que la pasión con que algunos lectores se enfrentan a sus libros, como se verá a continuación.

Hoy hizo mucho calor, volvió a hacer mucho calor. Como ya no estoy trabajando, ahora me encuentro en el pleno trance de luchar contra mi cuerpo, porque trato de levantarme temprano (digamos que 9:00 ó 9:30 está bien…) para aprovechar mejor el día… Siempre me pasa lo mismo en verano, el alma se me separa tanto del cuerpo que al final termino ansiando el tedio de los horarios… Lo cierto es que hoy me levanté a eso de las 10:30 luego de haber apagado el despertador a las 10:00. Como Ma está en Minas, en casa no hay ruidos y se puede dormir mucho mejor. Apenas me levanté seguí con la lectura de “Leviatán”, de Paul Auster (muy buena…). A eso del mediodía me llegan un par de mensajes de Felipe desde la playa, anunciándome lo hermosa que estaba el agua. Me pedía que nos viéramos a eso de las 19:30 en la parada 3, luego de que él saliera del trabajo… Pero como hoy era día de cobro, yo también tuve que hacer mis cositas mientras Felipe se dedicaba al ejercicio de la burguesía, mientras soñaba con el mar. Tuve que ir al liceo (lo que implicó encontrarme con el desolador panorama de varios administrativos metidos en sus oficinas y escuchando la radio, ¿soñando con el mar?), ir al banco, a una casa de fotografía y a un supermercado. Luego volví a mi casa, me cambié y junté una bolsa con ropa sucia para llevar al lavadero. Cuando llegué allí vi un espectáculo conmovedor, similar al que había visto en el caso de los administrativos del liceo o en los cajeros del banco o en las cajeras del supermercado: el Agobio. La mujer que atiende el lavadero (que es tan, pero tan, pero tan flaquita que parece un personaje de "El extraño mundo de Jack") se queja del calor que hace allí dentro debido al aire caliente que sueltan las máquinas. Su marido también andaba por allí. De repente ambos me miran y me dicen "¡Se nota que vas para la playa!" . ¿Qué debía sentir yo exactamente? ¿Piedad? ¿Culpa? ¿Indiferencia?... No lo sé, quizás un licuado con las tres cosas, pero con muchos cubitos de hielo. Llegué al mar a eso de las 17:30. El agua no estaba tan encantadora como me había dicho Felipe en sus mensajes del mediodía. Además, desde el lado de la playa Brava soplaba un viento que levantaba algo de arena. Esto último a mí no me molestaba mucho, pero sí irritó un poquito a cinco turistas españoles que había a mi derecha (dos parejas y un hombre solo, todos entre los cuarenta y los cincuenta). En el agua no había nadie. El agua estaba un tanto fría y tuve que nadar y entrar en calor para poder pasarlo lo mejor posible. Recién cuando salí del agua el viento que arrastraba arena me molestó... la mochila se me había llenado de arena. De los cinco españoles, cuatro estaban leyendo. En uno de los matrimonios, ella leía la antología (?) "La vida te despeina" y él leía la última novela de Carlos Fuentes. El hombre solo leía una guía del Uruguay con fotografías básicas y el hombre del otro matrimonio leía un libro que no pude espiar lo suficiente como para saber cuál era. Entonces yo saqué mi ejemplar de "Leviatán", de Auster para matar sus últimas cincuenta o sesenta páginas. En eso, mientras todos leíamos, una mujer vieja pasó caminando por la orilla en el momento justo en que sonó su celular. Algunos dejamos de leer de inmediato para escuchar lo que decía la mujer, el resto de los lectores lo hizo más paulatinamente. Antes debo aclarar que era imposible no escuchar a la vieja, porque no hablaba, GRITABA.

"Hola. ¿Quién habla?" (esto no nos decía mucho, no nos compensaba lo suficiente por la interrupción...).

"¡No te puedo creer!" (esto otro ya era algo...).

"¿Te vas a quedar a dormir acá entonces?" (nada que decir...).

"¿Hoy mismo es el sepelio?" (¿Y ahora?...).

Los turistas intercambiaron miradas entre sí... La vieja se alejaba con sus gritos hacia el lado del muelle pero ya era imposible oírla. Yo miraba a los turistas, ahora los turistas me miraban a mí. El sol seguía bajando por el cielo de la playa Mansa. Luego me acordé de los administrativos... Y luego, naturalemente, pensé en el muerto. En el que se había ido. Ese que para mí no iba a ver más, nunca más, brillar el sol sobre la tierra. ¿Qué son estas palabras en total? ¿Algo como esos ingenuos graffitis que dice que vivamos la vida porque es una sola? Por supuesto que no. Eso es una guasada. Hay que comer, hay que trabajar, hay que criar hijos. Hay muchsa cosas elementales, que las hay, las hay... Luego llegó Felipe, pasadas las 19:30, comentando cosas que se le ocurrían mientras atendía el kiosko. Es que a veces nos dedicamos a hacer reflexiones taradas pero no menos necesarias sobre qué hacemos con el tiempo y por qué...


Ahora me acuerdo de algunas cosas más que tienen que ver con todo esto. Anoche leía en "Leviatán" un diálogo entre el narrador y Ben Sachs (su amigo), hablaban acerca de lo que es de repente saber que a uno no lo separa nada, o muy poco, de la mismísima muerte. ¿Qué cosas se lamentaría uno?... Hoy de tarde, en medio de los quehaceres luego de salir del banco, pasé a ver a Fiorella en la librería del centro de Maldonado, donde trabaja. Entre una cosa y otra (somos muy divagados cuando conversamos) me habló de un poema de Raymond Carver que habla de algo parecido, habla de esa sensación que a veces podemos tener de vivir ciertas cosas "de propina", es decir, vivir ciertas cosas buenas inmerecidamente pero vivirlas al fin y al cabo... En fin, lo de siempre... son temas tan delicados, que uno parece oscilar entre el lenguaje zen o el lenguaje de la Reader's Digest.


domingo, 26 de noviembre de 2006

El subrayado de la viuda

Ahora que las clases han terminado, me decidí a hacer una pilita con todos aquellos libros que tengo que leer en el verano y que he deseado leer durante el transcurso del año. Como siempre, como todos los años, esta pilita se caerá por su propio peso y por la negligencia de sus ambiciones. Sé que dentro de dos o tres semanas varios de estos libros que he elegido van a volver a la biblioteca y se sumarán algunos imprevistos. Por lo pronto mi pilita tiene los títulos "Un hombre y su mundo", de Arturo Sergio Visca, "Leviatán" y "La invención de la soledad", ambos de Paul Auster, "La guerra de los gimnasios", de César Aira y "Redoble por Rancas", de Manuel Scorza. Por ahora empecé con el primero de los que nombré, el libro de ensayos de Arturo Sergio Visca". Luego de haber leído con deleite "Abril rojo", de Santiago Roncagliolo y con no tanto deleite "El mago", de César Aira, proseguí leyendo la novelita de la que he hablado "Devoradores de plástico", pero como ha sido destinada al baño, su lectura es ocasional. La edición del libro de Visca que tengo es interesante. Es del año 1978 y fue editado por la Biblioteca Nacional. Uno lo abre y encuentra en la primera página (en blanco, claro) un "20" tachado y debajo un "10", o sea el precio por el cual lo compré hace más o menos un año. Tuve que haberlo comprado en alguna de mis idas a Montevideo en diciembre, cuando fui a ver a mi abuela materna por su cumpleaños; debió haber sido en alguna de las librerías de la calle Tristán Narvaja; aunque una parte de mí se resiste y me dice que puede existir la mínima posibilidad de que ese libro haya sido comprado en la feria de los domingos de Maldonado. Pero la particularidad más sobresaliente de este libro como objeto es la dedicatoria del propio autor a la viuda del narrador Víctor Dotti. Dice así: "Para Irma G. de Dotti, amistosamente y con el recuerdo de Víctor y su admirable narrativa. Arturo Sergio Visca. Montevideo, 28, V, 79". Las páginas siguientes están llenas de presuntos subrayados de la viuda y, en muchos casos, se limitan a asociar lo que plantea Visca con el pensamiento de José Ortega y Gasset. Es más, al final de un ensayo titulado "Un rostro y su enigma", la lectora escribió lo siguiente: "Excelente, pero ortegasiano". Pasando a la obra en sí, cuando uno lee el prólogo del autor parece interesante, más que nada porque aparece allí planteado el procedimiento de escritura que va a animar todos los ensayos que vendrán a continuación: "(...) para una justa intelección de las intenciones que han orientado la elaboración de estas páginas no debe olvidarse (...) que en las mismas se ha procurado fundir sensibilidad y conceptuación." Sin embargo, cuando empecé a leer el libro, de inmediato, en los primeros ensayos, encontré un esquema típico que se va reproduciendo una y otra vez. 1- El autor mira su entorno y se siente ensimismado, o sobrecogido por el ambiente que lo rodea 2- Se sucede una serie de metáforas más o menos evidentes, más o menos interesantes, para detallar, recrear ese momento de sobrecogimiento. 3- Por último, se plantea la "tesis", lo que el autor pretende decir (ideas sobre la soledad, sobre la relación del hombre con las cosas, etc.) 4- Conclusión. Bien... debo decir que en la mayoría de los casos me ha extrañado encontrarme con reflexiones que, aunque probablemente ciertas, me han parecido evidentes o, en los casos más soprendentes, plenas de un panteísmo (creo que ateo) medio trasnochado. Seguiré leyendo...