lunes, 20 de octubre de 2008

Sobre voz

Después de varias semanas bastante ajetreadas en las que mi blog quedó de lado, lo retomo en la quietud obligada de una nueva enfermedad (esta vez broncoespasmos). Para ponerme realmente al día tendría que haber puesto antes de este post otro mucho más extenso y sustancioso sobre los que nos pasó a mi hermano y a mí en Rocha hace dos fines de semana. Una de las experiencias más delirantes, mágicas, enternecedoras y cómicas de nuestras vidas, y todo en una sola noche y un resto de la mañana siguiente, incluyendo un piano, una bicicleta, dos viejitas clonadas, allanamientos policiales, etc. Hoy domingo, mientras la fiebre me viene y se me va, me llegan mensajes de texto y llamadas de Franco cada cierta cantidad de horas. No ha podido venir a visitarme, pero de todos modos se hace presente. Entonces me pongo a repasar algunas de las fotos que tomamos en Rocha y encuentro una en la que estoy tomando un café con leche en una cafetería frente a la plaza. Es ya de noche, una noche tibia de comienzos de primavera en una ciudad del interior, con la gente que va y viene sin apuro. Hace un rato que yo llegué y que me encontré con Franco en la plaza. Mientras me tomo el café con leche él, que ya merendó, saca la cámara y me toma algunas fotos al mismo tiempo que suena en el ambiente una versión de "The way you are" por Barry White. Un tipo enorme, todo vestido de blanco, con los pelos parados y una barba de dos semanas, nos mira sin ningún disimulo del lado de la pared opuesta, en una mesa que está junto a la puerta del baño. Tiene cara de metelío, pero cuando me fijo en que sólo está tomando agua mineral con gas me entra cierta ternura. Vuelvo a la foto. No tiene mucha luz, pero creo que eso le da una atmósfera que la hace más especial. Es la representación de un momento muy especial en nuestra relación de hermanos. Hablamos de pronto de que nos parece muy raro que nos encontremos en Rocha, así, como si nada, y luego empiezo a pensar para mí mismo que el verano se acerca y que el año entra como en un tobogán y que en poco tiempo mi hermano se va a ir a vivir a otra parte del mundo. Tengo la sensación de que todo a mi alrededor adquiere una voluminosidad extra. Observo todo. Franco me dice que se nos hace tarde, pero yo sigo deleitándome con todo lo que pueda ver. En cada cosa, en la gente que va y viene por la plaza o por las calles angostas, en el tipo que tenemos al lado, en el vidrio con marcas de dedos, en los sobrecitos de azúcar abiertos y tirados sobre la mesa, en todo eso veo el momento. ¿Quién sabe cuántos instante de estos nos queden antes de fin de año y en qué lugar vayamos a revivirlo dentro de un año exacto?
Como sea... Hoy es domingo. Miré tres películas con la niña M: "La cenicienta", "Pollitos en fuga" y "Buffalo 66", de Vincent Gallo. La niña M también está enferma, pero más cerca de reponerse del todo que yo. Como "Buffalo 66" no tiene doblaje al español tengo que resumirle con mis propias palabras cada veinte segundos lo que los personajes dicen o alguna escena que a mí me causa gracia. Cortamos para merendar y ella se durmió por suerte antes de la escena del club de strip-tease. Así que se quedó acurrucada contra mí, mientras yo terminaba de ver la película y me ponía a leer de un tirón "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había comenzado a leerla hace algunos días, pero sólo diez o quince páginas. Por lo que puedo decir que hoy me la leí prácticamente toda. De inmediato transcribí en mi libretita de apuntes una frase que me gustó, sobre todo por el contexto, y que es esta: "Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura, un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar, mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro..." Después se me vino otra idea, que es la de la "sobre voz", como le puse entre mis pensamientos de ida y vuelta con la fiebre. Seguro que ya hay acuñado un término en teoría literaria al respecto, pero si lo supe y lo manejé en algún momento, ahora no me acuerdo. Debe ser porque mi voz hoy no parece mi voz. El punto es que Pascual Duarte, narrador, es un campesino que narra las memorias de su vida (en principio parece sólo ese el móvil de su escritura) aclarando, como en una especie de convención, que él no es ningún letrado y que va a hacer las cosas como le salgan, siempre sin apartarse un punto de la verdad, como dicen. Y acá me puse a pensar que este es un viejo simulacro de la literatura, el del narrador que se quita de encima cualquier posibilidad de ser tomado tal como un narrador experimentado, léase: como un escritor. Y todo con la finalidad de que el relato acceda a ciertos mundos distintos. Creo que pasa a menudo con los relatos en los que los personajes son niños. Ahí está el simuacro mucho más en la superficie. Me pongo a pensar en novelas de César Aira como "Cómo me hice monja" o "Yo era una niña de siete años", en las que, si uno se pone frío, intransigente, descubre que los narradores, que son niñas, abren un discurso con una capacidad de abstracción y de teorización del relato de dificilísimo acceso a niños de edad escolar. Obviamente hay allí un filtro. Y por ahí está eso que llaman la perspectiva: el narrador en perspectiva de niño, etc. Pero en realidad todo esto me llevó a la otra idea, la de idea de si sería posible que un escritor elabore una obra en la que, dentro del conjunto de su producción, no deje ningún tipo de rastro que lo pueda vincular con lo ya hecho, como si pudiera tomar una voz nueva. Se me dirá: "¡Pero cada vez que un escritor comienza una nueva obra trabaja con una nueva voz, hay modulaciones! Y yo diré: "Sí, pero yo hablo de que el escritor se separe del todo de la lógica de su lenguaje, de su sintaxis, que haga de cuenta que es otro". Se me dirá: "Eso no se puede". Y yo diré: "Perdón. Cosas que se me ocurrían con la fiebre". Por eso me puse a pensar que cuando se da esa "sobre voz", cuando el escritor le da paso en una de sus obras a un narrador que corresponde con un tipo humano distinto al suyo hay allí una fractura. Si la fractura es pequeña, me parece que estamos en presencia de un buen escritor. Mmmm... Tampoco me digo a mí mismo que esto no quiere decir que un hombre que trabajó toda su vida de panadero no se pueda sentar un día y escribir una buena novela sobre algo vinculado con su oficio, por poner un ejemplo crocante. Pero yo me sigo diciendo cosas acerca de cuando el escritor trabaja con la mentalidad de alguien que no es y quiere ser. En "La familia de Pascual Duarte", por ejemplo, tenemos y no tenemos a un campesino que nos habla. Cela recorrió muchísimo toda España para conocer casi a la perfección sus tipos humanos. Logra en esta novela hacer sentir el aire que pasa entre las casas en el campo de las afuera de Almendralejo.
Después encontré dos frases más para subrayar, y que me cautivaron porque resumen, o plantean de otra forma, algunas cosas parecidas que se me ocurrieron en un cuento largo que escribí al final del verano:
1: "Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar."
2: "El odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño, y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá."
Otra cosa que se me ocurrió leyendo esta novela es una discusión más o menos cómica que tuve con V. y algunos amigos al fin del verano, sobre "El túnel", de Ernesto Sabato. Resulta que era de lo poco que me quedaba por leer del autor. Ya había leído "Abbadón, el exterminador" y me había parecido interesante en líneas generales. Después leí "Sobre héroes y tumbas" y quedé deslumbrado con el capítulo "Informe sobre ciegos". Por ahí entonces algún amigo me decía: "Cuando leas "El túnel" vas a ver lo que es eso"... Bueno, esta frase quiere decir, al estar incompleta, que el libro es notable. Sólo que la ambigüedad del final de la misma te puede matar. [Se me acaba de desayunar la memoria... el término de teoría literaria del que no me acordaba es "autor implícito"] La cuestión es que "El túnel" no me gustó nada, pero nada de nada. Por momentos hasta llegué a reírme de algunas cosas. Estábamos en la playa con V., por ejemplo, y ella me miraba fijamente. Yo le decía: "¿Qué habría pensado Bioy Casares cuando leyó esto?". Tal cual. Un tiempo después Leonardo de León me contó que Sabato le había dado una copia de "El túnel" a Bioy para que le diera una opinión. Bioy le devolvió el texto todo subrayado y lleno de anotaciones y enmiendas. Sabato se enojó y Bioy, justificándose ante alguien, dijo: "¿Qué quería que le dijera? ¿Que era una obra maestra?" La conexión con la novela de Cela, en este caso, viene por el lado de que tanto "La familia de Pascual Duarte" como "El túnel" son apologías, o de otro modo, largas fundamentaciones de un crimen. Pero en "El túnel" la fractura de la sobre voz se me hizo insalvable, sobre todo con todas esas exclamaciones (por ejemplo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!) y esa intención permanente de hacer sentir en el lector la eterna y sublime solemnidad de todo cuanto acontece. En eso es donde "La familia de Pascual Duarte" salva la petiza.


domingo, 21 de setiembre de 2008

El fin de todo


(Sueño de domingo)
Estábamos con el jefe. Los tres. En el auto. El restaurant quedaba a poco más de cien metros. A esa hora empezaba la reunión. Se sabía que se iba a efectuar detrás de una pared al lado de la entrada, sobre el jardín.
No había casi tránsito. El auto estaba detenido sobre la entrada del callejón, apuntando directamente a la puerta del restaurant. El jefe era japonés. Estaba al volante y miraba hacia un costado y otro esperando la llegada de la hora indicada. A su lado estaba el otro, el rubio con lentes de aumento. Yo iba detrás, con la espalda apoyada contra un costado y las piernas casi estiradas a lo largo de todo el asiento. El jefe decía que iba a ser una lástima desaprovechar una oportunidad como aquellas. Era tirar la bomba por encima del muro, un poco a la derecha de la entrada, y todos se harían pedazos. La hora se acercaba.
Una niña apareció caminando por la vereda detrás del automóvil. La vi apenas y no le presté importancia, pero el jefe se quedó mudo.
-Es mi hija -dijo.
La niña se había detenido en una parada de ómnibus. El jefe sacó la cabeza por la ventanilla y le habló. Le preguntó qué hacía por allí sola. La niña respondió que recién había salido de la escuela y que había acompañado a otra niña hasta la casa.
-Ella nunca viene por acá -nos dijo el jefe -Alguien la hizo venir...
El rubio decía que ya era la hora.
El jefe se bajó del automóvil y nos habló bajo introduciendo la cabeza.
-Se quedan y esperan a que se tome el ómnibus. Que nadie se le acerque... Yo me encargo de esto solo.
Y se fue caminando hacia el restaurant.
La niña seguía parada en el mismo sitio.
De pronto, vimos cómo el jefe hizo que no teníamos previsto: en vez de detenerse en la vereda traspasó la puerta del restaurant. Entonces dejamos de verlo.
El rubio empezó a ponerse de mal humor. Yo no le sacaba los ojos de encima a la niña. Por la calle no pasaba nadie, ni siquiera se escuchaba el ruido de otro automóvil.
El rubio me dijo que teníamos que ir al restaurant, que teníamos que ayudar al jefe. Yo le contestaba que no podíamos dejar a la niña allí.
-Manejá -me dijo.
Al principio me resistí a escucharlo, pero la insistencia aumentó. Pasé por el medio de los dos asientos delanteros y senté al volante. Por el espejo retrovisor podía observar a la niña. tenía puesto un vestidito celeste o gris que le llegaba hasta las rodillas. Traté un par de veces de arrancar, pero el motor se resistía. En realidad, no tenía mucha idea de cómo manejar, pero el rubio me lo había ordenado y el tramo hasta el restaurant era breve. Finalmente pude hacer que el vehículo se moviera con cierta lentitud. Cuando estuvimos cerca de la entrada empezó a llover fuerte. Un par de tipos estaban sentados a una mesa en la vereda, cubiertos por una enorme sombrilla. El rubio se había bajado primero. Fue hasta la puerta pero no se animó a entrar. Vio algo que lo hizo dar marcha atrás y se sentó junto a los tipos. Justo en el medio. Los tipos lo miraron y lo reconocieron en seguida. En un solo movimiento todos saltaron de sus asientos contra una pared del restaurant. En otro movimiento más el rubio tomó del cuello a uno de ellos, sacó un cuchillo y lo degolló, pero el movimiento no terminó allí, se continuó, o casi como si sucediera en simultáneo, con el otro, que tomaba al rubio por detrás y le metía y le sacaba un puñal por debajo del hombro derecho, a la altura de la tetilla. Fue eso y luego los tres cayendo, porque el rubio había llegado en un último suspiro a acuchillar al otro. Los tres cuerpos quedaron apilados. El del que mató al rubio largaba chorros de sangre por el pecho, y después, a la altura de los intestinos abiertos hubo una reacción efervescente entre sus humores y el agua de lluvia. Quise retroceder hacia el automóvil y vi a mis pies a una mujer muerta y desnuda. Sobre ella había otra mujer, también desnuda, que la besaba por todo el cuerpo. Otra mujer más aparecía gateando detrás y le decía que no la besara, que ya se estaba descomponiendo. Las mujeres se fueron gateando, pasando por encima del cadáver. Y detrás aparecieron otras dos mujeres desnudas, gateando hacia el mismo lado. Y después dos más, y dos más... Era una fila larga que salía del interior de un pozo de la calle y que se perdía tras la esquina del restaurant.


miércoles, 17 de setiembre de 2008

Visita a Leonardo


Más sociales...
Como el lunes cumplía años Leonardo de León (LDL), el domingo a la tarde me tomé un ómnibus en la parada 25 de la Mansa rumbo a Minas. Era una tarde helada, gris y ventosa, con algo de llovizna insustancial y al mismo tiempo molesta.
A la ida no pasó mucha cosa. No pude escuchar mucha cosa tampoco. Me coloqué los auriculares y empecé a escuchar "Modern guilt", el último disco de Beck. En los intervalos entre las canciones, o haciendo pausa para hablar con el guarda, oía las voces de los asientos de atrás. Un montón de adolesentes que formaban una banda de rock más algunos amigos. Todos rumbo a Pan de Azúcar. Uno dice algo sobre escuchar a los Doors haciendo carretera. Yo tengo apretado en la mochila el disco de carretera de mis últimos tiempos: "Highway 61 revisited", de Dylan. Está ahí agazapado para cuando Beck deje de ser una novedad.
Llegué a Minas a eso de las nueve de la noche. Charlamos algunas horas con Leonardo y Estefanía, más tarde con Gorge y Rosa, y después nos fuimos a comprar algunas hamburguesas para la cena.
Al otro día, cuando me levanté y me encontré solo en el apartamento, sabiendo que los dueños de casa estarían trabajando hasta el mediodía, bajé a la calle y fui hasta la librería de Gorge a desayunar. Entonces me di cuenta de que de a poco comenzaba a bajar sobre mí, muy lentamente, como una sábana leve que se aboveda, una manera de sentir el aire y las cosas a mi alrededor. Ahí pensé que ese era uno de los viajes más raros que había hecho a Minas en mucho tiempo. No supe qué lo produjo, pero eso estaba ahí. Era un modo de recibir las palabras de los demás y de considerarlas más allá de todo, sin necesidad de replicarlas.
Almorzamos con los padres de Leonardo, más la abuela paterna y Gorge. Es un estado entre la somnolencia y la claridad más dura. Nos quedamos de sobremesa un par de horas. Sonrío. Hago comentarios. Me siento bien. Volvemos al centro. Damos algunas vueltas. Saco el pasaje de vuelta, compro chocolate para V. y silvapenes para la niña M, hablo con Leonardo de literatura, de los Beatles, de la noche perpleja en que fuimos a ver a Dylan, quizás hablamos de muchas cosas más, pero no lo recuerdo. Sí recuerdo estar en el medio de esa sensación, una sensación que me revelaba las cosas del entorno como suficientes. Leonardo me pregunta qué me gusta de Minas, o esa cuestión surge de mí mismo, no me acuerdo bien. Respondo que Minas me recuerda a los años 80. Miro hacia arriba en la estructura de hierro del techo de la terminal; observo la cartelería de los comercios, las esquinas, la gente que llega del campo o del agún pueblo del interior del departamento. Eso ya no existe en Maldonado. Todo eso fue borrado acá para bien y para mal. En Minas los ochenta están ahí y veo cosas, cosas del pasado, cosas que comienzan como a pasar por primera vez. (Una noche, en el invierno de 2004, salía del liceo nocturno de Minas, sería pasada la medianoche, y me quedé solo en la vereda esperando algo, no sé, quizás a algún alumno para acompañarlo a pie hasta su casa; sé que de repente miré el cielo y me dije: "las cosas pasan como si no hubieran pasado"... Yo estaba empezando una novela que nunca terminé y no quiero terminar, que se llamaba en el comienzo "El primero de todos los días", y ahí había encontrado la esencia de lo que el narrador trataba de decir al llegar a un pueblo que no conocía y lo atraía, como a mí). Vamos de la terminal hasta la librería de Gorge, así nos despedimos. En el camino nos cruzamos con Ana María, la hija menor de Morosoli. Lleva un montón de libros apretados en un bolsito de lana, sobre un costado. Me da un beso y un abrazo. Dice que nos vemos en seguida en la librería. Cuando llega allí, yo estoy sentado en una silla de plástico sin mayor reacción posible a lo que me rodea, o más bien entregado. Sé que me voy a despedir, sé que voy a prometer regresar en breve, sé que me voy a subir a ese ómnibus. Ana María me habla sobre la pasión de su padre por las obras de Curzio Malaparte. Leonardo me pregunta en la calle qué hago cuando voy en el ómnibus. Me sorprende la pregunta. Pienso que es una de esas cosas de las que no hemos hablado en mucho tiempo de amistad. No sé, digo, nunca me duermo, salvo que esté muy cansado. A veces, sigo, busco hablar con la persona que tengo en el asiento de al lado. Si es una señora mejor, porque las mujeres tienen una capacidad de desenvoltura en el discurso en ese tipo de situaciones que los hombres carecen por completo. Y le cuento de una mujer de edad que me habló una vez de la historia de su familia en el campo. Todo muy interesante. Me despido de Leonardo, subo los primeros peldaños del ómnibus y veo su espalda desapareciendo tras un muro. Después dejo de verlo. Unos niños con túnicas y moñas andan por todo el ómnibus. Hay olor fuerte. Uno se orinó. Ocupo mi asiento. No hay nadie al lado. me pongo los auriculares. El ómnibus arranca y comienza a sonar "Like a rolling stone". La tormenta se ha retirado. Minas es ahora un cuenco gris que recoge la luz cálida del sol del fin del invierno. Un sol que aparece y desaparece por las calles. Un sol que dora las cimas de los cerros donde terminan los caminos de la ciudad contra el arroyo. Suena "Tombstone's blues". Salimos de la ciudad. Entramos en el campo. Hay unas nubes bajas y alargadas sobre los cerros, como otra cuchilla suspendida en el aire. El sol pasa en el medio de ambas. A veces se eclipsa. Miro hacia mi izquierda. Las caras de los otros pasajeros están rojas. Una niña me mira, me sostiene la mirada varios segundos. Seguro que le parece un espectáculo raro mi cabeza aureolada, sacándole el sol. Nadie se sentó al final en el asiento de al lado. Unos minutos después empieza "It takes a lot to laugh, it takes a train to cry". Retengo los primeros versos. Es el muchacho que cruza los campos. Soy el que lleva el correo en el tren, nena... soy el que no se puede comprar ninguna emoción. Hacia Maldonado la tormenta sigue instalada. En unos minutos llegaremos a una parte en la que el sol dejará de verse. Podría dormirme en cualquier segundo. Pero no quiero.

lunes, 15 de setiembre de 2008

Visita de Leonardo


Un poquito de sociales.
Hoy estábamos desayunando cuando recibimos la visita extraordinaria, imprevista, de repente, de Leonardo Cabrera (LAC).
Me puse muy contento. Ya es la cuarta vez que lo veo en el año y el mes que viene, cuando venga a Maldonado invitado para el 3er Encuentro de Escrituras, va a ser la quinta.
¿Cómo es Leonardo?...
Bueno...
Leonardo es...
-Es escritor.
-Es ser humano.
-No muy alto pero tampoco tirando a bajo.
-Con lentes.
-Tenía puesto un jean, un buzo marrón y un saco al tono con lentes de armazón negrita.
-Pelo corto.
-Un pin en el saco con la frase: "¡Aguante la ficción!"
El encuentro fue muy lindo. Pero breve. Duró una hora. Franco llegó rápido en la bicicleta desde el Kennedy para verlo.
Hicimos...
-Hablamos.
-Yo tomaba café con leche en la taza de Minnie Mouse de la niña M y él miraba.
-Miramos videos de Capusotto en Youtube.
-Le preparé un desayuno a Franco; Leonardo lo entretenía.
-Franco nos sacó fotos en la entrada de la casa. A Leonardo no le gusta que yo haga poses andrógino cuando me fotografío con él porque piensa que en un futuro alguien se puede aprovechar de esas imágenes. Entonces se puso nervioso y las fotos salieron todas movidas y mal y raras, más raras.
-Se fue.


sábado, 13 de setiembre de 2008

Kennedy truffle


Cada vez que voy al Kennedy a visitar a mi padre o a mi hermano escarbo. Escarbo buscando trufas pasadas, porque sólo las trufas pueden sacar ciertas cosas de uno.

Mediodía gris en el Kennedy... Almuerzo con mi padre... ¡Bah! Papá no come: recién desayunó... Taladra en la pared encima de la cocina para instalar un nuevo extractor de aire... Como panchos con mostaza... 1, 2, 3, 4, 5... ffffffssssssssss Cumbia en la FM... ffffffssssssssssssssss Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí ffffffffffssssssssssss chi chi chí... Alguien me pregunta por MSN qué hago... Cumbia en la FM... Cumbia en la FM... Papá toma una maceta y una punta y le entra a dar a la pared... Salta cascoterío fino para todos lados pla-pla-pla-clanck-pla-clanck Cumbia en la FM... chi chi chí - chi chi chí... pla... La voz del locutor... Mensajes... "Un saludo para Norberto del Kennedy que va por el quinto pancho"...


Hay un patio... La pastor catalán de mi padre... Un parrillero derruido... Había musgo esponjoso y muy verde... Las uñas de los dedos se me ennegrecían... O desenterraba lombrices... Las lombrices bailaban en el fondo de una botella de grappa ANCAP llena de agua. Bailaban enormes minutos... Llegaban más lombrices y era un ballet enorme... De repente mi madre me llamaba y a las horas me acordaba que había dejado a las lombrices bailando... Regresaba... Las lombrices hinchadas y reventadas como panchos recién hervidos... Después vivió allí una coneja gris que tenía su vivienda en cuevas prolongadas bajo toda la casa, a una profundidad que a nosotros se nos escapaba en los cálculos. Un día llegó una gatita blanca. Dormía en el parrillero. Pero le daba mucho frío y se arrimaba de a poco a la coneja para calentarse. La coneja la adoptó. Lentamente... Hasta que la dejó un día subírsele en el lomo. Eran dos esfinges superpuestas... La gata creció y se hizo más grande, pero el orden era siempre el mismo... Los ojos de la coneja, muy debajo, entrecerrados de amor... El patio tiene dos puertas... Algunas mañanas se perseguían entrando por una y saliendo por la otra, así un par de minutos... La coneja delante, la gata detrás demorándose a propósito... "Algún día la va a matar de un ataque cardíaco", decía mi madre. Oscar estaba debajo de la heladera y se escondía rápidamente en el caparazón cuando veía todo eso... Oscar se murió un domingo cuando jugaban Peñarol y Nacional... Se fue al otro patio, cruzó por debajo del portón y lo pasó un camión por arriba... ¡plaf!




Llega Karen, una amiga entrañable de la familia. Vamos a sacar fotos a la calle. El viento se vuelve cada vez más frío. El cielo gris parece comenzar a bajar poco a poco y apretarse contra los techos gastados de las casas.




Hay una cerca blanca... Siempre estuvo... Significaba poder escaparse... Significaba más allá de todo... El pasaje al club de golf... Una cerca bien sureña delimitando el terreno de una mansión... A la mansión fue cada vez menos gente después de una desgracia grande a finales de los '80... Hoy está casi abandonada... Un hombre de edad la cuida como puede... Mis mansiones abandonadas no son todas de Faulkner... El gótico estuvo siempre a cien pasos...





Más gótico... La iglesia de al lado de casa, con la gruta para la Virgen de Lourdes al lado... Con Andrea nos escapábamos de casa y nos íbamos hasta el monte que había tras la gruta... Las monjas tiraban cosas raras... No pasaba mucho el basurero... La basura era agradable... Bollones vacíos... Perros de porcelanda sin cabeza, llenos de caracoles... Mamá llamándonos... Y la misma iglesia... Entro luego de dos décadas... siempre ahí y dejándola de lado... El padre se está colocando la sotana, solo, muy solo, concentrado en el cordón que le va a ceñir la vestimenta a la cintura... Pido permiso... La iglesia es más pequeña... Están los mismos cuadritos representando la Pasión en colores pasteles... Los numeraron mal, dice el padre... Busco la Anunciación... No hay Anunciación... ¡¡¡Es la Pasión!!!, me digo... Con Andrea levantábamos cada cuadrito con la punta de un palo de escoba buscando lo que estaba oculto, aquello oscuro que esperábamos salir volando del reverso... Murciélagos... Muerciélagos desconcertados revoloteando contra el techo hasta que pasaban a media altura y les íbamos acertando escobazos y deribando poco a poco... Era el Diablo...
El Diablo era derrotado una vez más... Dios nos iba a querer... Los muerciélagos tenían su Pasión... Los íbamos llevando a las arrastradas hasta la mitad de la calle y nos sentábamos en las escaleras a adivinar cuántos autos tenían que pasar para que los aplastaran del todo... El padre termina de ajustarse el cordón... Va a haber Celebración... Entran tres mujeres viejas... Y como siete u ocho niños... Son los primeros en sentarse, como si esperaran que se encendiera un televisor... Tengo ganas de quedarme... Me da vergüenza y salgo... Karen esperaba fuera... Vuelvo a mirar la tarde invernal de sábado en todas las cosas que nos rodean... Esa es la fe, le digo a Karen... Ella me mira como para que me explique más... No tengo idea de qué decir... La sensación de que esa hora fue hecha para eso... Quiero ver detrás de los cuadritos... El padre sale entonces y tira de la cuerda de la campana... Es una campana para casi nadie, o para nadie más. Todos los que tienen que ir esa tarde ya lo están aguardando en los asientos... Me voy...






jueves, 4 de setiembre de 2008

Pájaros de fuego


(De lo que soñé hoy no puedo acordarme con mucha precisión. Fue un sueño largo y complicado, excepto en la última parte, que es la que retuve mejor. Me parece que en el momento de la "elaboración" me puse nervioso por la gran cantidad de imágenes que no pude ordenar y como castigo, como una puerta que se cierra de arriba hacia abajo, cayó la desmemoria.)
El final es así.
Estaba en el Kennedy con mi padre y él me pedía que me pusiera a hacer algún trabajo en especial, de manera que yo tenía que girar hacia mi derecha y un poco hacia atrás, y eso me daba la sensación de que las cosas se complicaban.
Después iba caminando por la calle San Pablo rumbo a Punta del Este, y al llegar a la unión con la rambla de la Brava me doy cuenta de que las luces de las calles están apagadas. Es de madrugada, quizás una hora próxima al amanecer, pero hay una cierta claridad que me permite ver lo que ocurre. Hacia ambas veredas, y luego más allá, sobre los médanos, observo varias personas que realizan un trabajo entre secreto y prohibido. Siento que no tienen ningún temor de que yo los haya sorprendido en esas tareas. Algunos me conocen, e incluso, sobre uno de los médanos, llego a ver al hermano de mi padre, dejando de lado su función con otras tres o cuatro personas. No sé muy bien qué es lo que hacen. De las personas que estaban sobre San Pablo puedo decir que hacían como agujeros o zanjas a los costados del camino. Pero no sé qué hacían los que estaban ya del lado de la costa. Cuando me acerco hasta allí mi tío me dice algo y eso hace que los que lo rodean me miren con cierta atención. Entonces subo un poco el médano y veo el mar y luego una formación de pájaros muy a lo lejos, como si estuvieran sobre la línea del horizonte. Aunque están a una distancia enorme puedo apreciar con nitidez que forman como una V invertida y que están prendidos fuego. Yo me asombro un poco ante los demás, pero alguien le encuentra cierta explicación racional al fenómeno. Y es que, si bien es de noche, los pájaros se mueven en un lugar en el que todavía el sol no se ha ocultado por completo, lo que les da ese brillo ardiente. Luego me parece que la explicación fue formulada por mí, o hago como si me la hubiera apropiado descaradamente y los demás me lo permitieran. Pero en el fondo sé que los pájaros son de fuego, por más que el sol los ilumine aún.


lunes, 1 de setiembre de 2008

Suficiente vaca


Estábamos en India.
Íbamos caminando por una zona del norte cerca de las montañas. El suelo era pedregoso y había matorrales dispersos. A lo lejos vimos que una vaca se acercaba. Nos quedamos quietos por algún motivo que no recuerdo y entonces la vaca, cuando ya estuvo más cerca, se paró a unos metros arrastrando la nariz sobre el suelo. Alrededor del cuello tenía algo atado. En un primer momento me pareció que podía ser un cencerro, pero mi acompañante me dijo que esperara que ya me iba a enterar de lo que era. Y así fue. En seguida llegó una persona del lugar con algo de comida para la vaca. Luego de que el animal terminó de alimentarse, el hombre sacó un par de cosas de aquello que colgaba del cuello. Mi acompañante me comentaba que en esa zona era muy común que las vacas recorrieran a veces muchos kilómetros con una bolsa de cuero colgando del cuello, y que dentro de esa bolsa había determinada cantidad de dinero y un papel. De esa manera los dueños del animal se aseguraban que no pasara hambre. Alguien, cualquiera, se le acercaba, le daba de comer y a continuación sacaba el papel y anotaba que ese día la vaca ya había tenido su ración. Después de eso la persona sacaba el dinero equivalente y cerraba la bolsa. Yo hice de inmediato un gesto que mi acompañante captó con rapidez. "A nadie en este lugar", me dijo, "jamás se le ocurriría robarse el dinero que lleva la vaca, y mucho menos anotar cualquier cosa en el papel.


domingo, 24 de agosto de 2008

Grácil


Hace algunos días leí lo siguiente: "Acabó por recordar bruscamente que en su primera infancia, cuando preguntaba de dónde había venido, su madre le mostraba siempre el pozo cercano a la casa como la fuente primera de su existencia. Desde entonces, cada vez que oía pronunciar las palabras 'pozo' o 'fuente', nacía en su alma esa singular sensación que solemos experimentar cuando recordamos algún objeto de nuestra infancia más remota." Dicho pasaje corresponde a "Andreas Hartknopf", de Karl Philipp Moritz.
En cierto modo, leerlo me devolvió la intención de escribir una serie de textos que serían algo así como unas etimologías personales. De vez en cuando me sucede que escucho una palabra aislada, o incluso si esa palabra se aísla sonoramente dentro de un discurso, y empieza a abrirse ante mí el recuerdo de la primera ocasión en que la oí, soldado para siempre. Tuve la consciencia de que eso me sucedía justamente con la palabra "grácil", que escuché, que yo sepa, por primera vez, en 1994. Esa deriva de la palabra "grácil" no sólo se establece en ese año, sino que lleva a dos palabras más: "Cecilia Bolocco". Explico.
Durante 1994, al menos, dieron de lunes a viernes en el canal 7 de Maldonado una especie de periodístico chileno (¿o mexicano?) amarillista llamado "Ocurrió así". Había un conductor general, otro más encargado de ciertas noticias especializadas o de último momento, y Cecilia Bolocco, que conducía como un micro fashion o farandulero de unos pocos minutos. En uno de esos micros, Bolocco habló de una colección de zapatos que se había presentado en un desfile de un diseñador. Los zapatos eran todos estrafalarios, muy kitsch. Por ahí venía la noticia y las sonrisas cómplices de Bolocco como pidiendo perdón y regodeándose en el mamarracho de la noticia que presentaba. Entonces la cámara vuelve al conductor principal, que juzga mal esa colección de zapatos y dice que prefiere el modelo clásico y "grácil" de siempre para los zapatos de las mujeres. Hay un nuevo cambio de plano y Bolocco, quizás con el micrófono ya inhabilitado, sonríe como una reina. Reaparece el rostro del conductor y el programa sigue su curso normal. Allí apareció en mi vida la palabra "grácil", por lo tanto.
Pero todo esto me ha traído más recuerdos. Porque el televisor en el que yo miraba "Ocurrió así" estaba en la parte más alejada de la casa, y a la hora en que lo pasaban ya mis padres y mis dos hermanos se habian ido a dormir, por lo que me tenía que quedar solo. Y eso no estaba tan bien, porque "Ocurrió así" trataba de cosas que me causaban terror, principalmente de avistamientos de ovnis y encuentros con extraterrestres. Claro, yo miraba cada una de esas noticias con un placer morboso, porque en realidad era un tema que me interesaba desde muy niño. El hecho de vivir, además, rodeado de bosques, hacía que ese miedo fuera más allá de lo meramente psicológico: era, en efecto, una posibilidad que estaba allí, detrás de cualquiera de todos aquellos pinos o eucaliptos. Morbosa también era la delectación con la que yo tomaba los vasos de jugolín que me preparaba. Mi madre me tenía prohibido agregarle más azúcar de la que ella le colocaba a cada jugolín que hacía. Entonces yo, a escondidas, consumido por los nervios que me generaba el programa cuando anunciaban para después de la pausa comercial una noticia sobre un extraterrestre o el chupa-cabras, agarraba un vaso de jugolín y le vaciaba dentro por lo menos una cucharada sopera de azúcar, a veces dos, creo. Obviamente la solución quedaba saturada y en el fondo del vaso quedaba un colchón de azúcar anaranjada o enrojecida que luego apuraba garganta abajo. Recuerdo también que hacía frío y que prefería tomarme un vaso tras otro de jugolín en vez de un buen café con leche. Y otra cosa: tomaba el jugolín con la misma cuchara sopera, como si fuera, evidentemente, sopa. Así quedaba yo después de todo ese cóctel de sensaciones. El programa finalizaba y me veía con la televisión encendida ya sin ninguna utilidad, y con la casa en un silencio insoportable, a varias habitaciones de distancia de mi cama. Yo, por ejemplo, para llegar hasta mi cuarto, tenía que atravesar el almacén que tenían mis padres. Al comienzo caminaba normal, dándome ánimos, pero de pronto se me instalaba en la mente algún croquis de un extraterrestre aparecido en el programa, o la filmación de la autopsia en el caso Roswell, y apuraba cada vez más el paso hasta que ya me llevaba por delante, a oscuras, paquetes de harina, envases vacíos de refrescos o casilleros, escobas, palas, etc. La otra consecuencia era que dormía poco, porque al otro día me tenía que levantar a las siete de la mañana para ir al liceo. A mis padres les empezaba a fastidiar por lo tanto que me quedara mirando televisión, porque me costaba despertarme. Pero así y todo yo iba, no faltaba nunca, tengo esa seguridad. En invierno, a la hora en que sacaba la bicicleta y salía, aún era de noche. Salía del Kennedy por la calle Francisco Salazar y me adentraba en todos aquellos bosques hasta llegar más o menos a la periferia de la ciudad de Maldonado. Era un viaje de unos quince o veinte minutos, pero atormentador. A veces había niebla y parecía que había cosas moviéndose en el aire. Una de esas mañanas con niebla yo pedaleaba en un repecho con la idea fija en la aparición de un chupacabras. En determinado momento, vi un par de manchas pequeñas y negras que se agitaban en el aire, casi a la altura de mi pecho, a unos tres o cuatro metros. Al principio la visión me dejó sin respuesta, y continué avanzado, pero cuando estuve a una distancia menor me di cuenta de que eran dos ojos. Primero sentí que la piel se me erizaba y que mi cuerpo se calentaba rápidamente. Después vi las formas de un caballo con unas pocas manchas marrones y sentí cómo el aire a mi alrededor se alteraba con la fuerza de su reacción al dar un respingo. Escuché los cascos chocando sobre el asfalto y en seguida, al alejarse, sobre la tierra húmeda del monte. El corazón me daba vueltas enteras dentro del pecho. No podía dejar de pedalear cada vez más fuerte. Era como si el caballo hubiera resuelto andar tras de mí. Y un sabor entre amargo y picante se me había instalado entre la lengua y el paladar. Ese era el sabor de la adrenalina.


lunes, 18 de agosto de 2008

Otro día del niño

Pasó otro Día del Niño.
Y... me regalaron... ¡un cuaderno rojo de tapas duras!

sábado, 9 de agosto de 2008

Clínica de apoyo al escritor trabado (1)

Recibimos el siguiente mensaje:
Lic. Johan Bombay:
Soy (o intento ser) un escritor. Estoy frustrado porque hace tiempo intento finalizar algunos relatos y sólo queda en mí un sabor amargo de inconformidad. He estado escribiendo pero ninguna palabra representa dignamente las ideas que acometen mi cabeza. Puedo especificar algunas de mis fallas para facilitarte la ayuda y los consejos:
1- Finales truncos, no resuelven correctamente.
2- Brevedad cuantitativa.
3- Complejidad extrema en algunos enunciados.
4- Demasiada síntesis, poco desarrollo, desenlace inmediato.
Espero me pueda asistir...
Cariñosamente
Archiduque de Applecore
* * *
Estimado Archiduque de Applecore:

Por supuesto que te quiero agradecer el hecho de que escribas buscando consejos a esta página, así como te quiero felicitar por escribirme, porque por lo visto sos un muchacho/escritor con ansias de llegar a cosas tremendas.
Leí con interés sumo tus inquietudes. Después las leí de vuelta...
Lo que manifestás de tus preocupaciones acerca de no poder conseguir ciertos detalles en tus narraciones no es para preocuparte tanto, es normaaaaaaal, diría yo, porque esas cosas un día se terminan, por una cosa u otra, pero se terminan. Bueno, sigo... A ver...
Te cito: "He estado escribiendo pero ninguna palabra representa dignamente las ideas que acometen mi cabeza."... Ahora, digo yo, ¿y qué tal si las representa "indignamente"? En una de esas nos sale por ahí un Henry Miller, qué sé yo, algún tipo así de retorcido.
Continúo comentando el punteo de lo que considerás "fallas":

1- Finales truncos, no resuelven correctamente. (No te precupés, m'hijo, los finales son lo de menos, como en el tango, ¿viste?... Dos notas y a otra cuestión... Bueno, en literatura es similar, hay finales buenos, no te voy a decir que no, pero por lo general los lectores no leen libros por el final que tengan, sino por el comienzo, así que dale para adelante...)
2- Brevedad cuantitativa. (¿Eso qué quiere decir? ¿Qué escribís poco? ¿Qué falta desarrollo? ¡¡Es normaaaaaaaaal!!... A mí me pasó mucho en una época. Seguramente querés escribir relatos largos tipo Hemingway o directamente novelas; y bueno, listo, para eso lo que se precisa es el ripio. O sea, en criollo viejo: el relleno, mi negro, el cascoterío más o menos fino que tiene que haber en toda historia. Para eso te recomiendo que te hagas instalar frente a la ventana de donde escribís una volqueta con desperdicios de alguna construcción. Es muy útil. Si estás trabado te levantás, salís y mirás todo el cascotaje distinto. Es interesante. Ahí nomás te imaginás cosas distintas que entren en la volqueta de tu imaginación.)
3- Complejidad extrema en algunos enunciados. (Seguramente eso sea, cuando no un gongorismo mal curado, una influencia desmedida del ciego Borges... Vas a tener que darle al contrapeso, viejo, y para empezar te recomiendo "La bruja de Portobello" de Paulo Coelho. La verdad que la prefiero de entre todas sus novelas porque hay algo que la hace distinta, que es la teta que hay en la tapa.)
4- Demasiada síntesis, poco desarrollo, desenlace inmediato. (Te podría decir que releyeras mi consejo para la preocupación 2, pero sería poco ético de mi parte, como no querer aplicar todo el tiempo posible en tu ayuda. Así que yo te digo esto... Pensá, pensá, Duque de Applecore, que un cuento, un relato, lo que quieras, es un repollo arriba de una mesa, y que vos agarrás y vas desgajando el repollo. Un cuento sintético es un repollo cerrado, sin pelar.
Gracias por tu consulta. Espero tus resultados.
Lic. Johan Bombay

viernes, 8 de agosto de 2008

El limo de los sueños


a Gloria
Hace poco en un blog amigo me encontré con una idea que también me estaba rondando. La idea se me hizo tan persistente que no sólo la encontré en el blog amigo, sino también en algún que otro libro. Hablo de cómo a veces el placer que nos generan ciertas lecturas forma una especie de contralor al influjo de nuestras preocupaciones laborales, afectivas, físicas, etc. Algo así como un escudo protector. Bueno, desde luego que eso no lo genera cualquier libro, y por eso creo que a veces tenemos rachas. Normalmente miro hacia atrás en mi vida y recuerdo períodos en los que me veo regresando a casa en la bicicleta o a pie y apurando el recorrido porque sé que al lado de la cama me está esperando una historia encerrada en un libro. Después esa sensación se extiende hasta mis sueños o hasta las ensoñaciones diarias cuando me distraigo. Por ejemplo, ahora que estoy convaleciente por una infección en la garganta (luego de una exitosa infección pulmonar hace seis semanas) y que me paso el día entero mirando por la ventana, me quedo hasta tarde en la cama presintiendo el frío que puede hacer afuera, y en ese estado de semivigilia me vienen solas las imágenes de los libros que estoy leyendo. Forman como un limo, un depósito grueso como un acolchado bajo el que me escondo de cualquier desánimo. Estoy por ejemplo soñando o pensando con los personajes de "Las palmeras salvajes" de Faulkner. Estoy por allí frente a la playa, y es de noche, y un personaje acude a un médico, y hay una mujer que sangra. Es una sensación dulce, por definirlo de algún modo. Son las diez de la mañana, soy todos los personajes, soy el espacio de la narración, o todo eso está sobre mí y me contiene. Si me muevo, si cualquier pensamiento extraño llega, el limo se sacude y sus partículas vuelan hacia todos lados, y tengo que mantener cierta calma, cierta entrega, hasta que el conjunto vuelve a formarse. Y entonces estoy una vez más en el sur de Estados Unidos. En cierto modo vivo con "Las palmeras salvajes" una conexión indirecta. Es una novela que empecé y que no puedo continuar porque me la dejé olvidada en la casa del Kennedy. Mi madre llegó de Estados Unidos, estuvo casi tres semanas de visita, y cada día que yo iba a estar con ella me olvidaba de traerme el libro. Algo similar me sucede con "Los siete pilares de la sabiduría", de Lawrence de Arabia. Es una novela que tengo en la casa del 33, adonde generalmente voy casi todos los días a leer o escribir o darle de comer a Molly y a los perros F y B. Hace más de una semana que no puedo ir al 33. Mi hermano se encarga de ir a alimentar a los animales y me tiene al tanto de cualquier movimiento. Pero la novela sigue allí. Es un ladrillo de papel colocado sobre una mesita azul muy pequeña, donde escribo. Enfrente hay un ventanal por el que pasa el sol del invierno. El libro está sobre una de las esquinas de la izquierda de la mesa. Un movimiento distraído con la mano y se va al suelo. Hace unas noches me desvelé. Era muy de madrugada. Entonces me acordé de aquellos hombres arrastrando por el desierto sus cuerpos despreciables como un castigo. La sensación de desmesura me invadió. Yo me imaginaba que agarraba el rifle y veía algo a lo lejos y hacía que todos los demás se agazaparan, creo que también mezclé escenas de "La patrulla perdida", una película de John Ford que me gusta mucho. Luego me quedé dormido.
La cuestión con todo esto se me terminó de revelar cuando llegué a las "Confesiones", de Rousseau. No sé por qué, pero siempre que estoy enfermo o algo por el estilo este libro siempre anda en la vuelta, este y las otras confesiones, las de San Agustín. Pero el caso es que estiré un brazo hasta la biblioteca y saqué el libro de Rousseau y me puse a leer siguiendo subrayados y esas cosas. Y encontré un pasaje que viene muy al caso, porque yo creo que desde niño, tal como lo plantea Rousseau allí, tenía una actividad o una actitud similar con respecto a las historias que leía. No sé si en mi caso, como en el de Rousseau, se haya tratado de una sensualidad desplazada, en fin.... Pero bueno, va la cita. "En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mí mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto, en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado." ¿Qué tal?... ¡Toma y lee!, como le dijeron a más de uno.
Sigo leyendo y, media docena de páginas más adelante, me encuentro con algo que había pasado por alto en otra lectura y que ahora me deja perplejo. Pero para esto tengo que contar un poco sobre mí mismo. Cuando yo tenía doce años comencé a trabajar en el club de golf de al lado de mi casa como cuidacoches. Del club me dieron autorización para atender una pequeña explanada al borde de un monte donde los automóviles se quedaban cuatro o cinco horas al sol y a la sombra hasta que sus dueños terminaban los dieciocho hoyos y se los llevaban. Ahí me caían las propinas de todos colores, de los feos y de los lindos, se entiende. Ese comienzo fue en el verano del '92, y seguí trabajando allí hasta que pude tener cierta independencia económica como para no necesitar trabajar en verano, digamos el verano de '03. Pues bien, el asunto es que todos los que me conocían pasaban por la calle, me miraban o paraban a conversar conmigo y se mataban de la risa cuando me comparaban con otros cuidacoches. Porque en realidad, a primera vista, yo no parecía estar cuidando los coches. La mayoría de los que cumplen ese trabajo pasan en la calle o en al vereda yendo de un lado a otro, cobrando, corriendo, gritando, etcétera. Yo no tenía porqué hacer nada de eso, porque, como dije, los coches tardaban horas en moverse. Así que me sentaba en mi silla de playa y arrancaba a leer, muy temprano en la mañana, mientras desayunaba allí mismo. Paraba al mediodía con el cambio de automóviles y alguna ayuda extra que necesitaba algún socio, y volvía a la lectura cuando los de la tarde ya estaban todos instalados. Tengo muchas anécdotas, recuerdos infelices y felices de esos años, y sobre todo el grato conocimiento de algunas personas que me ayudaron mucho. Como el señor E., por ejemplo, un argentino al que yo le cuidaba un Renault, o un Mercedes Benz, o una Toyota... Me acuerdo de que de inmediato el señor E. se me representó como una persona que, atravesando cualquier ilusión de diferencia de clases, se comprometía realmente por el otro. Era algo que excedía cualquier idea previa de solidaridad, porque con E. llegamos a tener una especie de amistad que tenía mucho de paternalismo por su parte. Casi siempre hablábamos de literatura. Él era fanático de Proust, por ejemplo, y cuando me veía leyendo a algún clásico siempre tenía algo para decir. Si yo me enfermaba, iba hasta mi casa, me llevaba algo para leer y se quedaba un rato. Cuando llegaba el fin del verano, había un día en el que me dejaba un par de bolsas de libros recién comprados. Eso, para un adolescente que ama leer y que añora formar una bilioteca personal, es, más o menos, como ofrecerle el paraíso. Eran libros que yo empezaba a desentrañar en el invierno. Al verano siguiente hablábamos de ellos. Una vez, por la época en que estaba terminando el liceo, me ofreció irme a vivir a Buenos Aires para estudiar en la UBA. Pero las cosas se complicaron un poco. Su vida cambió de repente y se mudó a otro país. Y mi propia vida se alejó también del club de golf. Así que no lo vi más. Algunas veces lo recordábamos con personas del ambiente del club y nos referíamos a él con el término de "prínicipe", porque había algunos que lo llamaban así. En realidad no había metáfora, porque E. pertenecía a una familia noble francesa muy antigua y había heredado un título como de príncipe, o algo por el estilo, de alguna provincia o condado de Francia. Sigo leyendo las "Confesiones", de Rousseau, entonces. El Rousseau adolescente de dieciséis años, tan febrilmente aficionado a la lectura, se escapa de la casa de su patrón, adonde su padre lo había dejado confiado, y sale de Ginebra. Luego de encontrarse con un cura católico que lo trata con recelo, este lo envía con una carta de recomendación a una mujer noble separada de su marido y protegida por un rey. Se trata de una mujer que va a ser muy importante en la vida del autor. Cuando leo su apellido de soltera, me doy cuenta de que pertenece a la misma familia noble de E. Y veo más coincidencias cuando se habla de su carácter, de su trato con los demás y hasta, increíblemente, de su aspecto físico. Es el año 1728.

* * *

Más caminos hacia mi infancia-adolescencia.
Estoy recostado leyendo. Llega el niño B (cinco años) y se para en el umbral de la puerta. Está llorando. Está en calzoncillos y medias. Me pregunta si los chicles pueden tragarse y le respondo que no. Entonces se va. Siento que le comenta algo a la niña M (su prima, cuatro años). Ambos están acostados en la cama de su abuela, mirando dibujitos en el cable. A los pocos minutos llega la niña M. Me pide que por favor vaya al cuarto con ellos y sale corriendo. No hay nadie más en la casa, salvo la madre del niño B, durmiendo en su habitación una siesta. Dejo el libro a un costado, me calzo y salgo. Cuando llego al cuarto de la abuela encuentro que el televisor está apagado, hay un silencio triste. El niño B y la niña M están sentados en la cama, con las frazadas tapándolas hasta las barriguitas. Están abrazados y en silencio. Al niño B le ruedan unos lagrimones gruesos por ambas mejillas. La niña M llora despacito y hunde su cara en el cuello de su primo. "¿Qué pasa?", pregunto. La niña M me contesta que su primo se va a morir porque se tragó un chicle. Y estallan en un llanto renovado y más amargo. Termino de rodear la cama, los abrazo fuerte y les digo que esas cosas no pasan, que el estómago se encarga de desintegrar el chicle, y que yo me he tragado muchos y no me ha pasado nada (mentira). Como ya se estaba haciendo tarde y quería animarlos un poco, me fui hasta la cocina a preparar una merienda para los tres. Fue una merienda agradable. Tomamos yogur de frutilla y comimos unos sandwiches de pan integral con queso. Ellos pusieron el canal RETRO y vimos un capítulo de HE-MAN. Y acá viene lo otro: porque no sé los años que hará que no veía completamente un capítulo de HE-MAN. Algunas veces haciendo zapping, he visto algunos segundos con una semisonrisa y he seguido de largo. Pero esta vez quedé impactado. Es cierto que HE-MAN, fuera de muchas otras cosas, es un dibujito muy "guerra fría" (es decir, esa polarización de rubios buenos de un lado y malos y feos [comunistas] del otro), pero lo cierto es que de niño, cuando lo miraba a fines de los '80, todo eso se me escapaba. A la niña M también le gusta HE-MAN, y me encanta cómo lo pronuncia. De esta manera, nos pusimos a ver un capítulo en el que uno, no sé quién, crea una máquina capaz de duplicar cualquier objeto, pero sólo con la mitad de su tamaño. Esto lleva a que Skeletor, el malísimo malo, sin saber ese pequeño detalle que tiene la duplicación, robe la máquina para duplicarse a sí mismo. Así, aparece un montón de Skeletor enanitos, muy irrisorios, que ayudan al original a estar a punto de obtener cierto dominio del mundo. Lo que hace He-Man, al final, es lograr cierta sedición entre los enanitos para que todo se vaya al diablo. En realidad He-Man se vuelve medio subversivo, pero bueno, no importa. Ese es el capítulo, a lo que habría que sumarle cierta ambición de Skeletor por un tipo de diamante verde que se llama "bambita" y que pertenece a unos ositos tipo ewok. Una suerte de kriptonita plantígrada que no sé para qué le puede servir a Skeletor, eso no me quedó muy claro... Sin embargo, disfruté muchísimo viendo todo el capítulo, tanto como los niños. Por un intervalo muy extenso de tiempo logré sentir cierta paz que me precedió, cuando yo también fui niño. Creo que eso no sólo se debió al diseño del dibujo, sino a la continuidad misma de la historia y si se quiere a la sonoridad propia del doblaje, el mismo obviamente de cuando yo lo miraba hace veinte años. Sentí a mi alrededor cómo el aire se acomodaba de la misma manera en que se acomodó en un cuartito muy pequeño en el Kennedy. Había una cama grande, había dos camas chicas, una para mí, la otra para mi hermana. Había un televisor Philips 14 pulgadas, blanco y negro. Había una ventana cuadrada con una cortina azul con flores blancas. Las paredes tienen las marcas de la unión de los bloques. Llega mi madre, coloca una mesa y me da algo de comer, mientras miro televisión. Tiene que ser un sábado de mañana. El canal es el 4. Mi madre tiene la misma edad que yo tengo hoy. En ese recuerdo es una mujer muy joven a la que aún le falta dar a luz un hijo más. Es inevitable ver cómo se va de una cosa a otra. Hoy, 8 de agosto, es su cumpleaños. Yo estoy en una casa en Maldonado, escribiendo esto. Ella está en una casa en un campo cerca del límite entre New Jersey y Pennsylvania. Llega tarde del trabajo. Quizás se siente a una mesa a comer y mire hacia afuera, hacia cualquier tipo de horizonte, sintiendo el aire fresco del final de una tarde de verano. Y hay un tipo de distancia, hay un tipo de amor, hay un tipo de conocimiento de lo que es el aire común a dos personas, y eso sólo pertenece a una madre y a su hijo.

martes, 5 de agosto de 2008

Clínica de apoyo al escritor trabado (presentación)

El benemérito e infalible Lic. Johan Bombay

El servicio que los asiduos lectores de la tartatextual estaban esperando. El crucifijo que viene a ahuyentar al vampiro de la falta de ideas. La bala de plata en el pecho del hombre-lobo de la página en blanco. La caricia de la madre que enciende la luz del cuarto para que el cuco de la inseguridad no se atreva a sacar sus afiladas garras de debajo de la cama. Basta, señores escritores, de amilanarse ante su propia ineptitud
Es tiempo de dejar en el pasado esa condición que tan famosos los ha hecho a los ojos del mundo: la condición de seres pusilánimes, aterrados ante el duro desafío de contar una historia.
"Uy, uy. Qué miedo. Quiero contar algo pero no sé cómo empezar, no sé qué palabras usar, no sé dónde meterme el punto y coma, no sé si quiero que el protagonista se llame Waldemar o Asdrúbal, no sé si quiero que use lentes de carey y sombrero de bombín, no sé si quiero sonar como un nihilista o como un creyente empedernido, ¿imito a Bukowski o a Tom Wolfe?, no sé, es todo tan difícil, ah, ah, qué insoportable sufrimiento el del artista que aspira a la fama y la fortuna.
¡Pero por Cheever! ¡Basta de autocompasión! Desde este blog nos hemos propuesto transformar a estas personas (más para no tener que seguir soportando sus desgarradores quejas que por un espíritu altruista que no poseemos) en gente más recia, más confiada, menos pelotuda. Así que damos comienzo a partir de este momento al curso on-line y gratuito para escritores bloqueados: la Clínica de Apoyo al Escritor Trabado.
Para ello hemos hecho el esfuerzo de contratar a un especialista infalible en la materia: el Lic. Johan Bombay, conocido en el ambiente como "el maestro", pero que se define a sí mismo como el plomero que ha destapado las cañerías creativas de cientos de autores discretos en los cinco continentes.
De aquí en más los lectores de tartatextual, más precisamente aquellos que tengan en sí el germen, la voluntad de traspasar a papel aquello que aparece en su cerebro, tendrán en Bombay el receptáculo idóneo para depositar sus inquietudes.

(idea y producción: DGB y LAC)


lunes, 4 de agosto de 2008

USB + Uruguay


La verdad sea dicha: el famoso puerto usb de las computadoras nos está cambiando la vida. A través de él no sólo podemos introducir en una máquina determinada información, y, obviamente, realizar el proceso inverso... No, no se trata de eso solamente, ya que en realidad el verdadero potencial está en lo que puede generar el puerto usb hacia el exterior. Por ejemplo, recuerdo hace más de un año haber escuchado la noticia de que se había inventado un dispositivo que permitía a cualquier oficinista tipo poder mantener su café o té caliente con la ayuda de un cable usb especial para el caso. Era sencillo: era un cable que se vendía a bajo costo y que se conectaba a la computadora, por un extremo, y se dejaba caer hacia el fondo de la taza por el otro. Y listo, la bebia siempre caliente.
Navegando en la web el otro día me encontré con un nuevo invento. Se trata de un cable usb que termina en una especie de circulito o espiral que se aplica debajo del nudo de la corbata. ¿Cuántas veces hemos sentido, tras horas y horas de trabajo y decorosa vestimenta, que el cuello palpita queriendo liberarse de cualquier tipo de plus valía? Pero acá está la solución. Como se puede apreciar en la imagen que encabeza esta entrada, este nuevo dispositivo emite determinadas ondas que mitigan la presión que se concentra en la zona de contacto con el nudo de la corbata, haciendo de cualquier oficinista medio un ser humano más light.
En fin, movido por mi curiosidad, que me llevó a preguntarme hasta dónde llegaría este tipo de aplicaciones de los USB, y sobre todo en nuestro país, entré a la página líder en software nacional (www.softwareuruguayo.com). Y la verdad es que quedé sorprendido, porque me topé con creaciones de interés 100% charrúa. De entre todas las que vi detallo las siguientes.
Cabe resaltar, en primera instancia, dos tipos de cables USB de carácter doméstico. El primero de ellos, incluso, está recomendado hasta para los estudiantes. Se trata del USB-Mucus V-2. ¿Cuántas veces hemos estado en alguna reunión familiar importante o en alguna clase silenciosa y hemos sentido que la nariz está a punto de gotearnos como una catarata? Es una situación decepcionante que todos hemos vivido en mayor o menor medida. Entre el miedo a la vergüenza de que nos vean sacando un pañuelo (a veces hasta medio sucio) y el terror de no tener con qué limpiarnos y tragarnos los mocos así nomás, el nuevo cable USB ofrece un un mecanismo de succión con dos cañitos, uno para cada narina, que extraen cualquier secreción de manera rápida y discreta. Se puede utilizar desde un i-pod o MP3.
El siguiente cable USB, de uso estrictamente masculino, termina en una especie de red más o menos dura y consistente. Es el USB Andros-H2, y se coloca directamente en el interior del calzoncillo evitando todo tipo de estrangulamiento ante una mala elección de la talla de dicha ropa interior. Está altamente recomendado para jugadores de ping-pong y de los clubes grandes del país.
Por otra parte, la literatura, y en particular nuestra narrativa, no podía escapar a todos estos progresos. Banda Oriental, Planeta Uruguay y Alfaguara ya firmaron contratos para aplicar en sus ediciones las ventajas de la tecnología USB. En todos los casos el cable USB irá desde la computadora hasta una entrada ubicada en la parte baja del lomo de cada ejemplar. Alfaguara ya adelantó que los próximos libros de Milton Fornaro y Andrea Blanqué vendrán con un función especial para el caso, con palabras que se subrayarán y brillarán automáticamente mientras el lector esté leyendo para que se pueda dar cuenta de por donde puede estar el significado de lo que lee. Planeta, por su parte, anunció que la próxima novela de Mercedes Vigil, "La olla podrida", saldrá al mercado con una función USB que le permitirá al lector no tener que leer el libro. Simplemente tendrá que conectar el ejemplar al puerto USB de su computadora para que el libro se "lea solo", ya que la propia voz de la autora comenzará a leerlo de principio a fin. Los lectores, además, van a poder elegir entre tres versiones distintas de entonación: 1-Hot; 2-Monja y 3-Tupamara enojada. En tanto Ediciones de la Banda Oriental ya dejó entender a través de Heber Raviolo que el próximo libro de cuentos de Valentín Trujillo incluirá imágenes interactivas del autor haciendo nudismo en playa Chihuahua con algunos de sus admiradores más cercanos.
Pasando a lo periodístico, hay dos novedades interesantes. Tenfield firmó con www.softwareuruguayo.com para la distribución de un cable que una computadora con televisor en las emisiones en directo de partidos del fútbol uruguayo, particularmente importantes para los relatos de Rodrigo Romano y los comentarios de Juan Carlos Scleza. El cable permitirá eliminar y de inmediato sustituir las frases hechas de Romano ("Frutilla", "Baja"; "T.Z.: Terrible zapatazo"; "S.P. Sin palabras"; "Está calenchu", etc. etc.) y los comentarios perifrásticos de Scelza (El partido está vibrante... Vibrante por el trámite, vibrante por la hinchada, vibrante por la entrega de los futbolistas, vibrante por todo lo que está en juego, vibrante por todo lo que significa este partido, etc. etc.) por opciones más elaboradas.
El otro medio de comunicación que ofrecerá a sus usuarios la novedad USB va a ser el diario La República. Con una mínima conexión a internet y entrando en la página web del citado medio, el cable USB indicado será uno que termina en una especie de círculo de tela de unos veinte centímetros de diámetro. Fasano, director de La República, indicó que en un comienzo este dispositivo está pensado para ser ubicado bajo los platos de sopa de letras, con la finalidad de que las mismas puedan ser acomodadas mediante una señal desde la redacción, ofreciendo en tiempo real a los comensales servicios como el horóscopo, resúmenes diarios de los discursos de Chávez, aforismos de Eduardo Galeano y, desde luego, los principales titulares que se podrán leer en la edición impresa de la fecha.
Por último, www.softwareuruguayo.com da la primicia de dos bandas uruguayas que darán beneficios en sus próximos discos. El dispositivo USB indicado será tan simple como un cable que se pegará en un extremo sobre la carátula del CD, permitiendo, en todos los casos, consecuencias distintas e interesantes para los adolescentes de hoy. El próximo disco de Trosky Vengarán tendrá como novedad que, una vez conectada su tapa al USB, esta se abrirá dejando ver cómo el mismo cd comienza a girar vertiginosamente hasta tomar cada vez mayor altura y volar al carajo. En cuanto a La Vela Puerca, su nuevo disco desprenderá en cuestión de sólo segundos una bruma de auténtico humo de marihuana, que se formará a partir de una reacción química entre el plástico de la tapa y la corriente entregada por el USB. Teseyra, el líder del grupo, explica que los fanáticos además escucharán en el instante un bonus track con un número cómico realizado especialmente para el disco por Jorge Batlle y José Mujica, titulado: "Dos en uno: Vos la metiste y yo no".

sábado, 2 de agosto de 2008

Jetattore

"Jetattura" es el nombre de una obra de Gregorio de Laferrére que fui a ver al teatro hace un par de noches. Cuando en el transcurso de la misma vi de qué iba a la cosa, empecé a entender que ciertas suposiciones que yo tuve sobre algunas personas en particular también fueron sostenidas por otros. Siempre me había parecido (vanidad de vanidades) más o menos original y mía la idea de que cierta gente era capaz de generar en su entorno hechos desgraciados. En fin, más que "idea" en sí, era una especie de ensoñación. Aunque, desde luego, sí tenía en cuenta que ciertas personas eran consideradas "causantes de mala suerte". En el fútbol es bastante común. Pero ese es otro asunto. Porque "Jetattura", la obra, gira en torno al tema de una persona que es considerada como terriblemente influyente en sus seres allegados. Es una comedia muy divertida, pero cuando salí del teatro me quedé pensando en un cuento que escribí hace más de cinco años. En seguida, en el estacionamiento, me encontré con una conocida que me preguntó en broma si yo había conocido alguna vez un "jetattore". Respondí que sí, en serio, y eso motivó algunas risas, y muchas más cuando me di vuelta hacia donde estaba mi bicicleta y me pegué en la cabeza con uno de los espejos del ómnibus que transportaba a los actores. Cosas que "pasan".
Mi cuento, en definitiva, se llama (o se llamó, o se llamaba) "Los que están ahí". Sin embargo, lo que me importa es que ese cuento está basado en una experiencia real, porque yo, como dije, conocí un "jetattore".
Hace muchos años mi hermana tenía un novio que, llegado un momento, empezó a llamarme la atención por algo en particular. Un día llegaba y decía que había presenciado un accidente. Otro día se aparecía y decía que había estado cerca de un incendio donde alguien había muerto. Otra vez comentaba que un vecino o un conocido se había matado. Cosas por el estilo. En un principio eso era llamativo. Pero acá va algo más. Estamos hablando del año '99, y por esa época yo ya llevaba un diario personal. Un día pasó algo desgraciado, y recuerdo que lo comenté a varias personas y al final del día lo consigné en el diario. Al poco tiempo, otra cosa similar. Y así de nuevo a los pocos días. Y, más adelante, un par de veces la misma historia. Entonces se me vino una idea a la cabeza. Los hechos desgraciados se continuaban en una serie ininterrumpida porque mi discurso lo permitía. Es decir, cada vez que yo le comentaba a alguien un episodio desgraciado, esa sola enunciación generaba un vacío a posteriori que iría a ser colmado por otra enunciación. Era como pensar que el mismo discurso estaba creando otra realidad, idea por demás borgiana, por otra parte, ¿no? El punto es que se me ocurrió que si yo podía resistirme a comunicar el hecho infausto, de inmediato la serie se interrumpiría. Y eso era todo un tema, porque, que yo sepa, hay en el ser humano una innata fascinación por lo lúgubre o lo triste, lo que, como sabemos, estira bastante bien muchos resortes narrativos. Creo que resolví aguantarme y no manifestar lo último de lo que me había enterado. Así que el ciclo se interrumpió. O eso creo que pasó para que todo esto que cuento quede lindo. Lo siguiente a todo eso fue entender (¿entender?) que aquel novio de mi hermana alimentaba al mundo de hechos penosos porque tenía la capacidad de crearlos con su habla, porque realmente, el maldito disfrutaba contándolos, lo juro.
Por todo esto escribí aquel cuento titulado "Los que están ahí", que empezaba con una cita que, para mí, en aquellos años, era más de Borges que de su propio autor, Chesterton: "A cloud that is larger than the world / And a monster made of eyes". A mí siempre me gustó Chesterton y llegué a él antes de haber leído a Borges, lo cual es toda una suerte, pero no conocía la "Balada de Santa Bárbara" donde están esos versos y la citaba derecho de alguna conferencia de Borges. En mi historia, que integró un libro de relatos llamado "Historia de la agresión", un escritor más o menos fracasado o por fracasar entraba en contacto con una persona que gustaba de narrar sucesos desgraciados. De ahí en más el relato se disparaba hacia una trama de sectas con poderes que excedían cualquier entendimiento humano. Hasta que el propio narrador se daba cuenta de que generaba desastres en su entorno y en sus propios seres queridos. Los integrantes de la secta se denominaban "los incidentalistas", y se extendían por todo el globo como una especie de causa de aquellas cosas que se tenían que dar para que el mundo siguiera siendo mundo, por triste que fuera... Me acuerdo de que lo comencé a escribir en un cuaderno en el Kennedy mientras mi madre y mi hermano miraban la entrega del Oscar el 24 de marzo de 2002. No tengo cómo olvidarme, porque en la madrugada entrante nació mi sobrina, única hija de mi hermana. Cuando le ponía el punto final a la reescritura inmediata del cuento en la máquina de escribir, sonó el teléfono. Mi madre me decía que Romina había llegado al mundo. Colgué y me apronté para ir al sanatorio mientras se acercaba un nuevo amanecer.

jueves, 31 de julio de 2008

Leo Ping y Leo Pong

El sábado pasado viajé a Minas. Fui a encontrarme con Leonardo Cabrera (LAC), a quien le iban a entregar la mención en el último Premio Nacional de Narrativa por "Mecanismos sensibles". Allá, obviamente, nos íbamos a ver también con Leonardo de León (LDL).
Esa mañana, al sacar pasaje, las cosas se me empezaron a complicar. No me dio el tiempo para bañarme, desayunar y aprontar las cosas. LAC quería que le llevara algunos libros, pero no pude poner ninguno en la mochila, ni los cuentos completos de Flannery O'Connor ni los de Carson Mc Cullers. Salí disparado otra vez a la terminal, pero antes le escribí un mail a LDL. Le decía que llegaba a Minas antes de las tres y que desgraciadamente me había tocado el asiento 14 y no el 15. Fue una estupidez para rellenar un poco el mail, pero la estupidez se transformó en otra cosa cuando subí al ómnibus. El asiento 14 daba al pasillo, y a mí siempre me gusta viajar contra la ventana. Pero el 15 de momento estaba vacío. Así que me tranquilicé un poco y me puse los auriculares para escuchar "Highway 61 revisited" de Dylan (clásico disco rutero para ir por las sierras, junto con el "Bringing it all back home"). La cuestión es que el ómnibus arrancó y nadie se sentó en el 15; esperé un poco más pensando en que alguien lo ocuparía al llegar a la parada de la 25 de la Mansa, pero no, el 15 siguió vacío. Entonces me moví un poco para sentarme contra la ventana y mi asiento, el 14, salió despedido hacia atrás. La parte de la cabecera le dio en el medio del pecho a una mujer que estaba detrás, pensando en cualquier cosa de su vida. Me gritó algo de forma ahogada y me miró como para pegarme con el bolso en la cabeza. Pero yo me adelanté.
-¡¡¡Está roto, señora!!! ¡¡¡Está roto!!!... -dije.
En realidad creo que grité. Fue una reacción espontánea, desmedida, producida por el volumen alto que tenía en los auriculares. Varias personas se dieron vuelta y nos miraron. Pero yo estaba de suerte. La mujer abrió un poco los ojos, miró cómo hacía el asiento cuando yo lo manipulaba de un lado a otro como si fuera una palanca, y después me sonrió. Por lo demás, el viaje fue lo más bien. El ómnibus fue directo a Pan de Azúcar, sin dar toda la vuelta por Piriápolis, y de ahí por la 60 rumbo a Minas. Había sol.
Siempre me gusta ir a Minas cuando hay sol. Es una ciudad para llegar con sol. Me recuesto en el asiento 15 con la cabeza pegada al vidrio y dejo que la luz me atraviese los párpados y me envuelva.
* * *
Me bajo en la esquina de la plaza, camino quince o veinte metros y llego al apartamento de LDL. Lo encuentro con LAC. Ambos están almorzando empanadas. En una fuente de metal, incluso, hay una partida al medio, como si la hubieran retorcido sin ningún propósito; la carne le cuelga por todos lados. Miro a LAC y a LDL, alternativamente. Con LDL no nos veíamos desde abril o mayo, cuando vino a Maldonado; con LAC, sin embargo, nos habíamos visto por última vez en las vacaciones de julio, en la presentación de la antología-achugariana "El descontento y la promesa" (ediciones Trilce), en Montevideo.
De eso, de las palabras iniciales con las que nos saludamos me acuerdo bastante. Fue más o menos normal: abrazos, intercambios de libros, complementos a algunos diálogos de messenger o a ciertos mails, etc. LAC vestía buzo beige con pantalón al tono, muy coqueto. LDL vestía con colores claros, a medio camino entre el jogging y la deconstrucción. Pero como siempre que uno se encuentra con amigos el tiempo se enrosca. De repente estamos saliendo a caminar. Con LDL conducimos a LAC a una de las catedrales de la narrativa uruguaya. Un galpón abandonado sobre la calle Sarandí, casi en la esquina con 18 de julio, en pleno centro. Las puertas del galpón son unas hojas de chapa despintada, oxidadas, entre rojizas y marrones, que tapan el espacio interior donde se dieron diálogos que quizás luego leímos. El resto de la fachada es gris. Arriba, una leyenda lleva más de medio siglo sin deteriorarse: BARRACA MOROSOLI. Por encima, contra el cielo, hay una cabeza de palmera; es lo que se llega a ver de la vereda de enfrente. Nos queda como una hora todavía para que empiece la entrega de premios. Seguimos hasta la plaza Rivera y allí LAC cuenta una historia que me hace acordar a ese momento de la película "Eraser head", de David Lynch, en la que una muchacha baila en un escenario y del techo caen como fetos. Estábamos sentados sobre el murito de protección de la fuente. El sol se iba rápido. Los únicos que lo tenían para sí antes de que se ocultara del todo tras los árboles de la plaza, esos, eran unos jubilados del lado opuesto de la fuente. Parecía una protesta. Cuando terminó la historia de LAC apareció un niño de unos tres años, con una pelota. Se internó en la plaza por una diagonal, hacia nosotros. La madre lo vigilaba desde la esquina. Parecía que la pelota se le iba a ir larga y que yo iba a poder pegarle. Pero no. El niño llegó antes. Al volver hacia su madre, pisó la pelota o hizo un movimiento raro y se cayó hacia adelante. No lloró. Incluso se cayó otra vez más y tampoco lloró. En verdad, no sé de qué más hablamos. Sé que miré alrededor y me acordé sin parar de cuando vivía a cinco o seis cuadras de allí.
Minutos después nos encontramos con Gorge, otro amigo, en la esquina del hotel donde va a ser la ceremonia. Es entonces que bajan los premios. Miro de pronto para la vereda de enfrente y aparecen como hormigas. Son muchos, demasiados, todos juntos, no llego a procesar el movimiento dentro del conjunto: Hugo Fontana, Luis Fernando Iglesias y Guillermo Álvarez Castro merodean la puerta del hotel. Iglesias nos pasa por al lado y compra fósforos o algo así en el kiosko de al lado. (No sé si eran fósforos o cigarrillos, pero queda bien literario eso del escritor fumando o por fumar... ¿Gauloises?...). Después me parece que, desde la esquina cruzada, los ojos de Fontana encuentran la línea de los míos. Es un momento raro, no sé si llegó a darse efectivamente porque nunca antes había experimentado una cosa así. Es un temblorcito raro. Me miro los zapatos y me doy cuenta de que los cordones de ambos están desatados. Cuando vuelvo la mirada hacia la esquina Fontana ya no me mira. Tal cual. Fuma La Paz. Álvarez Castro, el premiado en la ocasión, se acerca en un movimiento espiral al hall del hotel; luego aparece Heber Raviolo como una madre que llama para la comida, y cruzamos la calle.
El acto es todo lo acartonado de siempre, una especie de dialéctica surrealista á la Fellini que se da entre lo provinciano y lo capitalino (que es un provincianismo más estilizado). Se caracterizó por los siguientes acontecimientos:
1- Lectura del acta del fallo por parte de la maestra de ceremonias: todos se terminaron de acomodar en los asientos y se callaron.
2- Palabras (leídas) de la directora de cultura de la Intendencia de Lavalleja: prosodia entre conmoverdoramente escolar y geriátrica; se me humedeció el ojo derecho.
3- Palabras (inventadas) de uno de los popes de la Fundación Lolita Rubial: no me acuerdo bien de ninguna frase en especial, sólo que hablaba de lo importante que era para el interior del país que existiera este premio.
4- Palabras de Rosario Peyrou: parecido a lo del pope, pero desde Montevideo.
5- Una maestra de escuela lee un fragmento de uno de los cuentos premiados de Álvarez Castro: de lo mejor, porque no nos hizo olvidar que afuera estaba la tarde, así, tan quietecita y friíta, y que te daba ganas de dormir, y mejor era olvidarse del cuento porque lo podías leer otro día o cuando te viniera el libro cuando te lo mandara Banda Oriental por correo. Ahhh... Era de un tipo que chocaba, y la mujer se le moría, y se bajaba y ponía las valizas. Conclusión: maestras de escuela, no lean más en público, no estamos preparados.
6- Un gordo se durmió y se puso a roncar en el fondo cuando promediaba la lectura de la maestra: momento de tensión uniformemente acelerado. Gorge, que está cubriendo el evento para un diario local, me mira a través de varios asientos. Le tiro un besito a la distancia. Se tienta y la panza le sube y le baja. Es impresionante, se ríe con la panza.
7- Le dan los premios a los escritores.
8- Habla Álvarez Castro. Sobresaliente muy bueno.
9- Lo mejor... Una chica canta karaoke. Son dos temas de Patricia Sosa. Las voluntades de todos los presentes se ponen a prueba. Los labios de LAC se vuelven una sola y apretadísima línea de compostura desopilante. Peyrou se busca a sí misma en un ladrillo del techo, entre dos tirantes. Yo miro el piso. LDL, a mi lado, no me mira. Un verso que me quedó: "Aunque te duela, grita".
10- Fin del acto.
11- Cóctel: había sandwichitos y unos refuercitos de salame. Gorge nos saca fotos a los tres. (A los días, cuando me llegan por mail, me doy cuenta de que todos salimos mal, con caras de drogados o como si nos hubieran metido un gancho a la quijada; así que para ilustrar este post tuve que recurrir al asesoramiento fotoyópico de LAC. Gracias, LAC) Gorge después me acusa de que le descompuse la cámara digital cuando quise sacar mis propias fotos. Un atrevido. Lo único que hice fue cambiar la función a filmadora.
12- Nos fuimos.
Del hotel fuimos hasta una confitería a merendar. Yo pedí un capuchino, LAC un cortado y Gorge lo mismo. Pero LDL pidió un café irlandés con mucho chocolate, con cognac, no sé, con Castrol dos tiempos. La cosa es que se fue a dar una clase y con LAC nos fuimos a su apartamento a esperarlo. Al rato le llega a LAC un mensaje de texto de LDL, algo así como que se le estaba dando vuelta el mundo. No me acuerdo sobre qué era la clase que dio, pero parece que sólo había cuatro alumnos y que a LDL le parecía que los pibes subían y bajaban del techo y que él era Joyce y les decía: "la estrella, la estrella... Shakespeare... Una estrella, un halo que se le clavó entre las bragas, bien en la luna llena, a la impoluta Isabel...". Cuando regresó, casi dos horas más tarde, todo eso se le había pasado, y nos pareció bueno, porque luego de mirar algunos libros y comentar cosas de esas de Literatura nos fuimos a hacer lo que estábamos esperando: a jugar al ping-pong.
La verdad es que nos divertíamos mucho. Pero todos queríamos ganar, desde un principio. Cada uno tenía sus propias estrategias. LDL, por ejemplo, decía que los ojos le lloraban, entonces se los restregaba sacándose los lentes y te pedía tiempo para ir al baño. Entonces te sacaba de partido. Ibas ganando, es un decir, 14 a 10, y el tipo no sé qué hacía en el baño que regresaba con los ojos sanos y te hacía partido a la vuelta, porque te agarraba en frío y te tenías que cuidar de no tirarte de punta a punta así nomás, por cualquier desgarro. Lo de LAC, aunque no menos cruel, llevaba menos tiempo. Lo que hacía era, en el momento de jugar el tanto inicial para ver quién sacaba (momento más que cortés del partido), fajarte de una, así, desprevenidamente. Entonces el tipo te bajaba la autoestima y sacaba y de seguro se te iba tres o cuatro puntos de ventaja. Por mi parte, mis estretegias, se daban dentro del partido mismo y tenían que ver con mis saques, mi capacidad de reacción, etc, etc. Pero tuve complicaciones que no me permitieron acceder a la primera posición en cuanto a partidos ganados, sobre todo en los partidos contra LAC. Se trató de una hernia cerca de mi entrepiera, sobre la izquierda, hernia que me hacía ver las estrellas cada vez que la pelota me era jugada a ese lado. LAC, que tenía los lentes puestos, se dio cuenta de esa situación, y me empezó a mandar reveses cruzados para ahí y pum pam paf prammm... me revolví como pude... la cuestión es que después, de vuelta en lo de LDL, descubrí que no tenía ninguna hernia, que quizás la incomodidad se hubiera originado en una pésima elección de calzoncillo, pero el punto es que cuando uno se figura una cosa, por improbable que sea (pongamos como ejemplo eso mismo: la existencia de una hernia) el cerebro, nuestra sensibilidad toda, dirige nuestra voluntad en arreglo a esa realidad, por empíricamente indemostrable que sea. Así, yo jugué con una hernia. Bueno, las posiciones: LAC, 8 partidos ganados; DGB, 5; LDL, 0. Todo esto por una hora de ping-pong, ¿no?
A la vuelta compramos pizza, deliramos con la historia inventada de un superhéroe judío llamado Goldman (por influjo de un afiche de Ironman que vimos en la pizzería), leímos el diario de Bioy Casares sobre Borges (nos reímos mucho, sobre todo con los rótulos que les ponían a algunos libros: "curiosa ortografía"; "malo, malazo"; "entusiasta y agrícola), escuchamos la teoría de LAC de imponer una veda mundial de ficción por diez años (nadie puede publicar ficción por diez años, creo que para que podamos leer lo atrasado, no me acuerdo bien, estaba apasionado por la pizza), vimos "No country for old men" (bah! la vieron ellos dos, yo me quedé dormido a un costado en un colchón y de vez en cuando escuchaba algo, pero por suerte la película no tenía banda sonora).
Al otro día, cuando cantaban los pajaritos de la plaza, nos levantamos, desayunamos y salimos a jugar al paddle. En realidad jugaron ellos dos. Yo jugué un solo partido con LAC porque no quería ni transpirar, ni ensuciarme ni nada de eso. Además saqué una pelota al carajo y cayó como a dos casas de distancia. Pero gané un game. Los que jugaron todo el tiempo entonces fueron LDL y LAC. Yo fui hasta la terminal en una escapada a reservar el pasaje de vuelta a Maldonado, y cuando regresé los encontré cansados, dando raquetazos como si fueran monteadores dándose en las cabezas con hachas de goma hasta la extenuación total. Esa extenuación total, esa resaca de la intensidad del cuerpo fue ganando la tarde, se comió algunas milanesas napolitanas deliciosas y se disolvió con la partida de un par de ómnibus, uno para cada lado del país.

sábado, 12 de julio de 2008

Martillos


(Ayer soñé esto...)
Estaba en el Kennedy, apurado. Leonardo Cabrera era mi hermano, y vivía a sólo una cuadra de mi casa; la suya era una casa oscura y con montones de cachivaches atravesados que impedían el desplazamiento en cualquier habitación. Él había llegado tarde de trabajar. Estaba cansado y decía algo sobre unas ideas que se le habían ocurrido. Yo me alegraba de verlo, pero debía irme. Me había enterado que había llegado desde España un experto en gestión cultural o algo parecido, y que iba a dirigir un taller de intercambio de experiencias en el hotel Conrad. Según me habían dicho, para participar adecuadamente, yo, como los otros participantes, sólo debía planificar algunas preguntas para que el taller se realizara sobre algo sólido. Sin embargo, el tiempo no me daba. Tenía que bañarme y en mi casa no había agua caliente. Además, había bosquejado un par de preguntas y las había borrado disgustado. Ambas preguntas tenían que ver con las estrategias de financiación de editoriales menores en España. Mientras estaba tratando de encontrar una solución al problema del baño, apareció en el Kennedy el señor Poczter. Hacía algunos años que no lo veía, y me saludó con las palabras de siempre: "¿Qué hacés, nene?"... Me comentó que había alquilado una casa entre el Club de Golf y el Kennedy, y como me vio saliendo de mi casa, se ofreció a llevarme a donde fuera. Miré hacia la calle y vi el Mazda 626 color púrpura que tenía antes, no el que tiene ahora. Subimos al auto y me llevó hasta un edificio de la parada 5. El portero me consiguió un baño de servicio cerca del garage. Al mismo tiempo que me bañaba miraba por una ventanita vigilando que el Sr. Poczter no se fuera. En eso me di cuenta de que en el asiento de acompañante estaba su mujer. Yo la había tratado un par de veces y me había parecido bastante simpática, pero no sabía cómo podía reaccionar ante esa espera desmedida que yo les estaba haciendo sufrir, porque en el baño recién entendí que no había llevado ropa para cambiarme. Cuando terminé de enjuagarme y fui a recoger la toalla me fijé por la ventanita y vi que el Mazda ya no estaba.
Inmediatamente me vi caminando por la avenida San Pablo, subiendo un repecho a tres cuadras de casa, rumbo a Punta del Este. Todavía tenía en mente llegar al Conrad, pero sabía que me estaba tardando más de la cuenta. Por si fuera poco, recordé que luego de eso tenía que prepararme porque tenía un vuelo a Río de Janeiro. De repente se me cruzó un patrullero y bajaron dos policías. El conductor era más alto que yo y algo musculoso. El otro era un negro esmirriado, un muchacho que yo ya conocía de antes y que se había vuelto policía después de haber estudiado profesorado de Literatura. Entre los dos me rodearon y me forzaron para subir al patrullero. Pero yo me resistía. Hasta que en determinado el más grande me atenazó con sus brazos y esperó a que el otro sacara algo de un bolsillo. Era una jeringa. Aparentemente, yo sabía que era habitual en ese tipo de procedimientos que se le extrajera sangre al sospechoso. Pero cuando yo me aprontaba a sentir la aguja clavándose en mi carne, sentí solamente una leve presión sobre mi cadera. El policía más pequeño había retirado la aguja y simulado sacarme sangre. Después de eso me metieron en la partulla y me condujeron a un lugar que parecía el Liceo Departamental de Maldonado. Yo estaba indignadísimo. Les decía que no sólo me hacían faltar a una reunión importante, sino perder un vuelo que tendría en pocas horas. Ellos no decían nada. Recuerdo que en pocos minutos mucha gente que me conocía había expresado el repudio a mi apresamiento. Yo tenía ciertas esperanzas plenas de la venganza más cruel. Se me acusaba de algo, pero en ningún momento me revelaban esa información. Eso era angustiante. Finalmente me condujeron a uno de los salones del liceo, uno cuyas ventanas dan sobre el estacionamiento del Campus. Me hicieron sentar en uno de los primeros bancos y casi en seguida empezaron a llegar conocidos, muchos ex-alumnos y amigos. Los policías estaban cada uno a mi lado. Y miraban hacia el pizarrón del frente. Entonces comencé a percibir un tipo de sensación que estaba como flotando en el aire. No todos los que estaban allí estaban convencidos de mi inocencia. Eso llegó a dolerme, porque yo podía girar la cabeza a cualquier lado del salón y ver personas que quería mucho. Todos esos pensamientos se interrumpieron cuando una mujer vestida de traje atravesó la entrada y se dirigió al escritorio. Era la autoridad. Dirigió algunas palabras formales al público y luego extendió una lona blanca sobre el pizarrón. "Antes del juicio", dijo "tenemos que ver este documental". Las luces se apagaron y comenzó a proyectarse una película. Era en blanco y negro, pero el blanco era algo amarillento. El primer plano mostraba el rincón de una especie de fábrica abandonada, con un sinfín de tubos de acero, pedazos de calderas, herramientas y cables atravesados. Entonces, desde el lado derecho, apareció Hitler y se paró delante de todas las porquerías. En cada mano tenía un martillo de mango muy largo.Hitler se paró firme y alargó cada martillo dando golpecitos a algunas de las porquerías. Los sonidos metálicos se sucedieron formando una suerte de melodía deshilachada. Hitler siguió golpeando, haciendo un recorrido horizontal como si tocara un xilofón, pero la melodía nunca llegaba a armarse del todo, a tener una conclusión suficiente. Poco después llegó con los martillos a la pared, le dio a unos tubos un par de golpes más, y dejó de tocar. En ese preciso segundo la filmación terminó y todos a mi alrededor se rieron mirándose los unos a los otros.