martes, 24 de febrero de 2009

Pronta, lista, ¡¡ya!!


Leyendo un artículo del blog argentino Hablando del Asunto acabo de enterarme esta noche de que Inés Bortagaray va a ser incluída en una antología de nueva narrativa emergente de Latinoamerica que aparecerá en la edición de primavera (boreal) de Zoetrope. Esta revista fue fundada por Francis Ford Coppola y está considerada una de las más importantes de Estados Unidos. Así que apenas lo supe no pude disimular mi alegría y empecé a hacer correr la noticia por ahí. Inés Bortagaray es a mi juicio una de las voces más importantes de la narrativa actual uruguaya, autora de una novela hermosa como "Prontos, listos, ya" (editada por Artefato). Por lo tanto, celebro este momento en el que va a ser conocida y reconocida por un público mayor.
¡Felicitaciones, Inés!

domingo, 22 de febrero de 2009

Verano XX (poder escribir)


Hoy me encontré en el blog de Cristian Piazza con una frase de Fogwill sobre la escritura que es de esas que nos dejan pensando, por decirlo de algún modo. Eso me llevó a recordar que, revisando cosas que habían quedado a medio acomodar de la reciente mudanza, me topé con viejos números de la revista ISCARIOTE, de cuando salía como suplemento mensual del diario SERRANO, de la ciudad de Minas. En las contratapas de cuatro números distintos que por lo menos conservo, encontré entrevistas a escritores. Las preguntas eran esencialmente las mismas, y las habíamos armado con Valentín sacando ejemplos de por aquí y por allá. Hubo una pregunta en especial que la sacamos de "Mientras escribo", de Stephen King. En realidad se la hace el propio King a sí mismo: ¿Por qué escribo? Es más, el autor de "Misery" estaba intrigado por saber las posibles respuestas de varios de sus colegas, y le reprochaba a la prensa cultural en general (de su país) que no fuera tan directa como para hacer ese tipo de interrogantes con más asiduidad. Ahora, repasando las contratapas de ISCARIOTE, leo lo que algunos contestaron ante "¿Por qué decidió escribir lo que ha escrito?"...

MILTON FORNARO: "Porque todavía nadie me había contado esas historias que tenía deseos de leer".

FERNANDO BUTAZZONI: "No lo decidí yo".

HENRY TRUJILLO: "(...) me vería obligado a confesar que soy masoquista. O remitirlos a mi psiquiatra. O las dos cosas juntas. O admitir que no tengo la más pálida idea, como decía Onetti cuando le preguntaban esto, que por cierto es lo más sincero."

Lo que yo sentía a menudo ante estos ejemplos era que la pregunta se tornaba ingenua o pueril (no porque lo fueran las contestaciones de los escritores, precisamente), y más de una vez me venía la idea de retirarla del cuestionario. Sin embargo, ahí quedaba...
El verano pasado leí un libro que me pareció de lo mejor que publicaron los narradores uruguayos el año pasado en ese género híbrido que se les da a veces entre lo narrativo, lo testimonial y lo ensayístico. Me refiero a "El escritor y el otro", de Carlos Liscano (dentro de esa categoría, ya que estoy, me gustaría recalcar el valor de un libro como "Se hizo de noche", de Roberto Apratto). Allí Liscano da con una respuesta que hasta llegó a conmoverme. Yo siempre había intuído que se escribía porque escribir es una manera de interceder de algún modo en nuestro entorno, de generar ciertas consecuencias que son de índole evanescente, y que están después en todas las cosas que vemos. Pensaba cosas por el estilo, nada unívocas, quizás, pero estas palabras de Liscano resumen gran parte del asunto: "Una noche en Colonia, con Henry Trujillo y Elder Silva, mucho vino, a la una de la madrugada, en casa de Helena Corbellini, sin Helena, llegamos al asunto: por qué escribimos. Los tres compartimos algo: salimos de la nada. Mi padre era almacenero, mi madre fue sirvienta, obrera textil, de a ratos costurera. ¿Por qué nos dedicamos a escribir?
Yo ensayé una respuesta: escribo para tener poder. Hacia el poder los caminos son múltiples, pero no infinitos. La plata, la política, los conocimientos, la creación artística. Más preciso: no hay poder en la creación artística, sino independencia, libertad, la ilusión de pensar el mundo, y recrearlo. Destacarse en la sociedad, figurar, saltarse las barreras económicas y sociales. Eso he querido, dije aquella noche en Colonia. He intentado escapar del lugar que se me asignó en el mundo".

viernes, 20 de febrero de 2009

Verano XIX (anti Bergman)


Anoche mi hermano vio "La sed", de Ingmar Bergman. Cuando terminó se conectó al messenger y se puso a hablar conmigo. Me dijo que había quedado profundamente tocado por la historia. No es para menos. "La sed" es una película hermosa y amarga, y cuando terminé de verla quedó dándome vueltas y vueltas horas enteras. Así que más o menos me podía hacer una idea de lo que le pasaba a mi hermano en las primeras horas de la madrugada. Por suerte me tiene a mí. Porque en seguida le pasé el antídoto para borrar cualquier recuerdo doloroso o rastro de spleen que pueda generar "La sed". En su momento lo probé y me dio resultado. Así que por messenger le pasé la dirección y él también pudo recuperarse para dormir un poco mejor.
Se trata del anti-Bergman, más conocido como Klaus Vera, un individuo que se licenció en la especialidad de filosofía del siglo XX en la univerdidad de Upsala a fines de los '80, y que buscó por años una respuesta plausible al dolor del "ser" que atraviesa todo el pensamiento desde Sartre para adelante. Al final lo encontró, en Guayaquil. Hizo esto que aparece en el video, y fue una gran contribución para la Humanidad toda.



jueves, 19 de febrero de 2009

Verano XVIII (memoria)


Íbamos esta tarde en mi bicicleta con la niña M por el camino de la perrera, cruzando unos campos aledaños al arroyo Maldonado en el que ella podía ver a sus adorados caballos. El recorrido era largo e incluía pasar por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la 16 de la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. De lado del barco roto que hay en la curva de la perrera aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas y unos toros con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. La niña M quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca, y eso me hizo perder un poco la noción de ciertas proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté a la niña M qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante me preguntó:
-¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto?


lunes, 16 de febrero de 2009

Verano XVII (McCarthy)


He aquí un libro magistral, uno que me hizo darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía nada que me llegara tanto hasta incomodarme los huesos. Me refiero a "Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy. No sólo hablo de una prosa excelente (desconozco el original inglés, pero creo que esas cosas se transfieren a través de al menos una traducción aceptable, y esta de Luis Murillo Fort debe ser por lo menos eso), hablo de páginas y páginas ante las que me detengo y me veo sofrenando el impulso de avanzar y retrocediendo para releer una o dos veces pasajes que me parecen bellísimos. Y vuelvo a ellos intrigado por la naturaleza de su belleza, y así... Ahora sólo quiero dejar una cita de un pasaje que se puede encontrar pasando la mitad de la novela. No podía parar de exclamar, no podía...
Ahora voy a hacer dos cosas: una advertencia y una "introducción"
La Advertencia: absténganse de leer quienes: tengan una sensibilidad extrema para con el dolor de los perros / vayan a leer esta novela / no gusten de Cormac McCarthy / piensen que los microcuentos son lo mejor y más refinado de la narrativa / tengan menos de cinco años de edad...
La "Introducción": el pasaje trata sobre una cacería de perros, perros que se comen terneros enteros en los campos ásperos de Nuevo México. Una partida de vaqueros, que trabaja para un propietario que ya ha perdido varias cabezas, sale cabalgando hasta cercar a los perros con las primeras luces del alba en una especie de meseta. Y así los van enlazando para evitar que sigan comiéndose a los terneros... Es una forma de decir... Hasta que solamente quedan dos perros... A lo que voy es que me sorprendió y conmovió tanto cómo un narrador puede transmutar algo horrendo en algo simplemente hermoso y elemental (y después, otra vez lo terrible), que quedé en esa suerte de ataraxia emocional que nos llega cuando estamos en presencia de un maestro. Va...

"Alcanzó el primero a los perros y lanzó el lazo sobre el perro amarillo que iba en cabeza. El moteado atajó casi por debajo de las patas del caballo y corrió hacia el borde. El amarillo rodó y rebotó en el suelo y se levantó otra vez y continuó corriendo con el nudo en torno al cuello. John Grady llegó a la altura de Billy y lanzó su cuerda y atrapó al amarillo y cuarteó a su caballo con el extremo doblado de la cuerda y luego dio un tirón. El cabo flojo del cabestro de Billy silbó por el suelo y se detuvo y el perro grande amarillo se alzó repentinamente del suelo volando hacia adelante atrapado entre las dos cuerdas y las cuerdas vibraron con una sola nota breve y apagada y luego el perro explotó.
El sol había salido hacía menos de una hora y en la travesía de la luz sobre la
mesa la sangre que saltó en el aire delante de ellos fue tan brillante y tan inesperada como una aparición. Algo surgido de la nada y absolutamente inexplicable. La cabeza del perro dio varias volteretas, las cuerdas recularon en el aire, el cuerpo del perro aterrizó en tierra con un golpe sordo.
Maldita sea, dijo Billy."

jueves, 12 de febrero de 2009

La peonza


En realidad la tormenta ya había pasado, pero el cielo continuaba completamente gris. Miré a través de las ventanas de la cocina y vi una tromba avanzando desde el este. Los árboles del fondo de la casa no estaban, o sus ramas estaban podadas, y pude ver el desplazamiento de aquello con toda claridad. Se mantenía muy lejos y ya sobre el oeste cuando comenzó a retroceder y yo les dije a los demás que no era una tromba, era una peonza. Unos segundos después sobrevolaba el barrio. Era una peonza oscura y tenía un par de metros de largo y uno y medio de ancho, y parecía también el tramo de un caño de saneamiento o un portalámparas de baquelita invertido. Entonces se detuvo suspendida sobre nuestra casa, yendo hacia arriba y abajo. Nosotros corríamos de una ventana a otra y la veíamos siempre a punto de caer sobre algún sector del techo. Hasta que sentimos el estruendo en la parte central y un hoyo de unos diez centímetros de diámetro se abrió en la planchada. La punta de la peonza amenazaba con seguir taladrando hacia abajo, y ya nos disponíamos a abandonar la casa cuando la peonza subió de golpe. Miramos a través del pequeño hoyo y vimos otro más, mucho más grande, en el techo del primer piso. La peonza había destrozado todo allá arriba. Luego abrí la puerta y salí y la busqué inútilmente. Parecía que se había marchado, pero el zumbido no había disminuído. Y entonces sí, apareció como de la nada a unos metros de mi cabeza. Yo me corrí inmediatamente y la peonza cayó rozándome y hundiéndose casi del todo en la tierra. Los demás habían observado todo desde la puerta. Cuando aquello terminó me fijé a mis espaldas y me di cuenta de que ya se parecía bastante a un caño de los del saneamiento. En seguida escuché unas voces en la puerta, me di vuelta y vi un conejo marrón entrando apresurado hacia el lado de la cocina, como si su manera de entrar a la casa dijera "Menos mal". Un segundo más tarde entraron mis dos gatas, hacia el mismo lado.

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.

viernes, 6 de febrero de 2009

Verano XV (Cheever)


¿Qué era? ¡Ah, sí!...
Estoy terminando de leer una anotología de relatos de John Cheever titulada "La geometría del amor" (la selección es de Rodrigo Fresán). En realidad su lectura, al menos la lectura de estos relatos, me genera ciertos sentimientos encontrados. Es decir, me han parecido magistrales los siguientes ejemplos: "Las joyas de los Cabot", "Las casas a la orilla del mar", "El ladrón de Shady Hill" y "El nadador", y evidentemente Cheever es un narrador de esos pocos que tocan y dominan esa sustancia que atraviesa todas las cosas, pero también es cierto (sigo hablando de mi lectura, desde luego) que hay explicitaciones acerca de lo que los personajes sienten y que estas no me gustan tanto. Se me dirá: pero los escritores no escriben ciertas cosas esperando todo el tiempo que a uno le gusten o no, las escriben en arreglo a una imagen del mundo que ellos poseen. Está bien. Hablemos entonces de representaciones del mundo y de las relaciones entre sus distintos casos... Como sea... Lo curioso es que eso que a veces me disgusta un poquitín de algunos relatos de Cheever, en otros se vuelve algo arrasador... A continuación dejo dos momentos de su prosa que me parecieron hermosos...
"Recorrí las calles, preguntándome qué papel haría en la profesión de carterista y ladrón de bolsos, y todos los arcos y los campanarios de San Patricio me recordaban las colectas para los pobres. Tomé el tren de costumbre para volver a casa, y por la ventanilla contemplé el paisaje apacible y la tarde de primavera, y me pareció que los pescadores y los bañistas solitarios y los guardabarreras y los jugadores de pelota en los baldíos y los amantes que no se avergüenzan de su propia actividad, y los dueños de pequeños veleros y los viejos que juegan naipes en los cuarteles de bomberos eran las personas que zurcían los grandes desgarrones que los hombres como yo dejaban en el mundo." (El ladrón de Shady Hill)

"Estamos en otoño. Las hojas cambiaron de color. No hay viento esta mañana, pero las hojas caen por centenares. Creo que si uno quiere ver algo -una hoja o una mata de pasto- tiene que conocer el perfil del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi esposa no está, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo de la ciudad) rara vez está de humor estos días, de modo que tengo la impresión de que no alcanzo a percibir una parte de la mañana, como si el momento tuviese un umbral o una serie de umbrales, y ya no pudiera franquearlos. Jugar entre dos a la pelota podría ser eficaz, pero Peter es demasiado pequeño y el único vecino a quien le interesa el juego asiste a la iglesia." (La cuarta alarma)

lunes, 2 de febrero de 2009

Verano XIV (hierro 2)

Anteayer, cuando íbamos en el ómnibus con la niña M de regreso de la casa de su abuela, por el centro de Maldonado, subió el hombre que me regaló mi primer palo de golf. En realidad, suelo verlo seguido, y en cada oportunidad se agrega un rasgo más de derrumbamiento que nunca puedo llegar a identificar del todo. Esta última vez estaba un poco borracho, pero los ojos traslucían también una dificultad para ver. Su ropa era prolija, y hasta se podía decir que llevaba buena ropa, pero toda ella iba acomodada en el cuerpo del hombre como de mala gana, como si se sacudiera para todos lados tratando de zafar del contacto con aquella piel. El pelo estaba canoso en su mayoría, algo revuelto en la parte superior. Este hombre ya mayor ha sido caddie durante toda su vida en el club de golf, y fue también cliente del bar que primero tuvo mi abuelo y que después fue de mi padre, en el Kennedy. Ayer, sin embargo, no me reconoció, quizás por esa especie de ceguera espontánea que viene de la mínima timidez que nos da subir a un ómnibus, y que nos hace pasar por alto rostros familiares. La niña M y yo íbamos en los primeros asientos, sobre la puerta de subida, así que el hombre no nos vio. Nos dio la espalda para pagarle al chofer y un instante después siguió hasta el fondo del pasillo. En cuanto a mí, creo que podría haberlo saludado. Podría haberle tocado con la mano el brazo para ver de inmediato cómo sonreiría al identificarme. Pero no lo hice. Dejé que continuara. Así que toda la situación se transformó de golpe en una exposición, un desfile de una parte de mi vida. Una figura que pasaba de derecha a izquierda en un puesto de kermés para despertar un tiro de la memoria que podría dar en el blanco o no. Todo justo ahora, cuando estoy escribiendo un cuento sobre golf que me hace volver a por lo menos diez o quince años atrás.
El palo era un hierro 2, con la vara de grafito. El grafito estaba pelándose, igual que la goma del grip. Lo interesante, lo que lo hacía agradable, era que tenía le tamaño propio para un niño. Nunca recuerdo el instante en que me lo regalaron. Un día le pregunté a mi padre de dónde había salido el palo, y él me lo explicó: "Te lo regaló 'Fulano'...". En definitiva, el palo resultó muy útil como divertimento. En cierto modo, para los niños del Kennedy, un palo de golf es uno de los juguetes más usuales, o al menos lo fue en una época. Siempre había alguien que tenía uno, y los demás se acercaban para tirar con él. En determinada época me tocó entonces ser uno de los que tenía un palo de golf. No me dejaban salir seguido de casa, pero cuando eso ocurría me ponía a tirar pelotas hacia el monte de enfrente y al rato comenzaban a llegar vecinos de mi edad. Pero el palo tenía también otras utilidades. Causaba accidentes, por ejemplo, y al mismo tiempo, protagonizaba incidentes. Un accidente: cierta vez se lo persté a Rafael o a Mauro (no me acuerdo cuál de los hermanos fue), este hizo un swing y yo, que estaba detrás distraído, recibí la cabeza de hierro entre el pómulo y el arco superciliar del lado derecho. Un incidente: cuando venía Javier siempre buscaba lío... Una vez estaba yo con alguien más y apareció él y amagó con pegarnos o meternos la pesada. No sé por qué, pero en determinado momento sentí que la mejor solución posible era reventarle la cabeza del palo en medio de la frente, y eso hice, por supuesto. A partir de allí empezó una vida furtiva. No tenía muy claro cómo me podía ir peleando contra él, pero lo cierto era que si llegaba a ganar a la vuelta me las iba a ver con Esteban, que era el hermano mayor, con el que ya me había agarrado a trompadas dos o tres (en mi mente ambas peleas son el frente de mi casa y en ambas yo trataba de darle desde el piso una patada en la cara... una pura ilusión, lo de la patada digo, porque era bastante alto...), como digo, dos o tres me fui a las manos con Esteban y las dos o tres veces salí bastante mal, incluso con una de las peores cosas que te podía llegar a pasar, que era que tu padre saliera a defenderte, a espantar al otro. Por todas esas cosas yo trataba de no encontrarme con Javier. Si me mandaban al almacén y lo veía en la calle corría hasta mi casa. Una vez yo iba en bicicleta hasta El Jagüel y él salió del monte y comenzó a perseguirme. En cierto instante tuve la seguridad de que me iba a alcanzar. Yo daba pedal, miraba hacia adelante y de inmediato miraba hacia atrás. Una vez y otra vez. Una y una. Javier apretaba los dientes y resoplaba y le saltaba la baba por los costados de la boca con cada exhalación. Pero cuando llegó el repecho, no sé por qué, la distancia se amplió y él quedó atrás. Esa fue la última corrida que yo recuerdo. Después de eso tuvo que haberse cansado, porque una vez estábamos jugando al fútbol al lado de la capilla y se me acercó y me dijo: "¿Qué rajás? ¡Si ya no te voy a cagar a patadas!"...
Al fin y al cabo, la vida del hierro 2 llegó hasta que yo tenía unos 12 ó 13 años, no más. Estábamos en el driving range del club de golf en otoño o en invierno (cuando el driving quedaba un poco abandonado y nadie nos podía echar) y yo hice un swing y a la vuelta sentí el palo más liviano, luego vi algo moverse sobre mí y supe que la cabeza del palo se había separado y que caía como un meteorito. Éramos cuatro o cinco esa vez, y todos intentamos correr hacia lados distintos, chocándonos. Pero no pasó nada. La cabeza cayó y se hundió en la gramilla húmeda. A los días no sabíamos qué hacer sin el palo. Íbamos al driving por costumbre y fuimos descubriendo otras maneras de pasar el tiempo, como cuando desagotamos un tanque de aceite que se usaba para acumular agua para lavar los palos y las pelotas en la temporada. Al principio lo volteamos un poco movidos por ver el efecto de toda esa agua derramándose en estampida. Más tarde le encontramos otra vuelta al asunto y convencimos a R. para que se acostara adentro. Llevamos rodando el tanque hasta la altura del tee con el niño dentro y eso nos entretuvo un rato al llevarlo para un lado y para otro. Pero después quisimos probar algo más y miramos hacia el resto del driving. Por allí el terreno baja unos ciento cincuenta metros. Sin decir nada empujamos el tanque hacia la bajada y de inmediato nos asustamos. Apenas rodó un par de metros nos dimos cuenta de que aquello no iba a ser divertido. El tanque dio dos o tres tumbos grandes y el cuerpo que iba dentro rebotó contra las paredes. El niño empezó a chillar. No sé cómo ocurrió lo siguiente, pero cuando pensábamos que el tanque iba a pasar de largo ya el cartel de las cincuenta yardas, fue describiendo una curva hacia la izquierda y se frenó contra el alambrado que separaba el driving del hoyo 1. Corrimos hasta allí y sacamos al niño tirándolo de los brazos. Uno que estaba a mi lado se puso a llorar: "Lo matamos", dijo, y ahí vimos que la cosa era grave. Pero el niño no hablaba porque estaba blanco. Cuando se pudo parar nos empezó a decir que éramos unos hijos de puta, pero ni siquiera tenía la fuerza necesaria para decirlo, así que era como si no hablara. Después se levantó el buzo, mostró un par de magullones y murmuró que le iba a decir a sus padres. Entonces cada uno se fue para su casa esperando cualquier catástrofe, al menos yo. Sin embargo, los padres del niño ni se preocuparon por lo que le habíamos hecho o le había pasado.
Todas estas cosas me vienen a la cabeza a partir de haber visto a aquel hombre. Su deterioro no deja de parecerme el deterioro de algo más. Había un tiempo en que las cosas eran de una manera, y no digo que mejor, no quiero caer en ese facilismo. No eran peores ni mejores. El cuento que estoy escribiendo ahora es parte de eso, ir también hacia un mundo que me sigue pareciendo incomprensible. Y todo tiene que ver con el relacionamiento de la gente, más que con el cambio del paisaje o la ida o la llegada de alguien.


domingo, 1 de febrero de 2009

Verano XIII (el techo de los Beatles)

Siempre me acuerdo de esa afirmación de John Lennon ante Jan Wenner, para la revista Rolling Stone, a comienzos de los años '70. Lennon decía algo así como que lo mejor de los Beatles nunca había sido grabado, nunca había sido atrapado en un disco. Esa idea, a la que bien se le puede atribuir algo de obvio resentimiento, probablemente encierre algo más. Cosas como el mito de que de adolescentes, antes de que saliera "Please please me", John y Paul habrían compuesto más de mil canciones... Está bien... Pero el discurso de Lennon giraba en esa entrevista entre la bipolaridad "sincero" - "no sincero"... Yo creo que el ex-beatle trataba de hablar de algo como lo fermentales que eran sus sesiones, antes de cualquier retoque o arreglo. Creo que Lennon trataba de hacer entender que el verdadero fenómeno creativo de los Beatles (¿como con todo artista?) estaba en el material bruto, aquello que era inaccesible para los que se aplicaban a oír a la banda desde el mito que brindaba la industria musical, o para los que la oían, así sin más. Por ahí pasa lo de entender qué quería decir Lennon en esa entrevista cuando sostenía que al final lo que él deseaba era bajarles los pantalones a los cuatro beatles.O: ¿cómo hacían para seguir siendo fieles a sí mismos y no ceder ante una imagen fosilizada? Lo novedoso del proyecto de las sesiones de "Let it be", prescindiendo de George Martin como productor y de cualquier efecto de sonido que arrastraran de la psicodelia, dándole forma a canciones casi en una toma sola, fue eso mismo, una búsqueda de sus raíces musicales. Me quedo con lo de lo fermental y recuerdo una declaración de Billy Preston (a quien los Beatles habían invitado para acompañar a la banda con el fin de que... No, no, no... Nunca dejo de asombrarme... ¡¡Ese tipo fue un elegido!!) en la que refería que el momento cumbre de su carrera habían sido todas aquellas horas pasadas en los ensayos de las sesiones de "Let it be".
Ayer se cumplieron cuarenta años del último día en el que los Beatles se presentaron en público, justamente en el centro de Londres, en un concierto improvisado sobre el techo de su casa de negocios, la Apple. Ese es el final también de la película "Let it be", y para muchos seguidores de la banda la misma resulta un poco amarga. A mí en cambio me parece un documento increíble acerca del proceso creativo. Hasta me causa euforia. En mi casa tengo una copia de la película y cada tanto la coloco en el DVD y la dejo correr mientras me dedico a la vida doméstica y pedestre. "Let it be" es una película de una fuerza abrumadora. Muestra cómo una banda, "la banda" arquetípica, se desmorona, es cierto (para eso está, como sola muestra, la discusión agria entre Paul y George por unas líneas de guitarra en "I've got a feeling"), pero muestra asimismo que ese grupo de personas no puede parar de componer y de, por si fuera poco, sentirse unidos y felices aunque más no sea en el plano musical, en una cápsula de tres minutos de duración que los separa del bien y del mal. Quizás por eso a John y a Paul se los ve tan contentos entre sí.
Una cosa que siempre me llamó la atención es la aparición de los policías. Los Beatles, esos que le hicieron ganar tanto en impuestos y exportaciones al Reino Unido, son silenciados por la fuerza del orden lo mismo que cualquier grupo de escandalosos. Ahí hay algo. Donde uno hubiera esperado la permisividad, la excepción que confirmaba la regla de la flema inglesa, llega nomás el golpe de gracia del orden superior. De hecho, una de las fantasías de Lennon antes del concierto era la posibilidad de que los llevaran detenidos... Así que al fin y al cabo, los Beatles apagan sus equipos y son conminados a descender del escenario, como si los bajaran de un retablo de mala muerte en Hamburgo o como si los hubieran obligado a hacer silencio en la adolescencia de Liverpool. Es ese tipo raro de pasión que te despierta que los demás no puedan soportar ciertas cosas tuyas, y que por eso mismo, esas cosas, se te pegan y te definen.

(Y los Beatles siempre nos redimen)

domingo, 25 de enero de 2009

Rojo

Al principio aquel lugar parecía una iglesia, después, mientras me instalaba entre los primeros asientos, un poco sobre la derecha, me fui dando cuenta de que había algo en la ambientación que sugería un teatro. Luego empezó una representación en la que actuaban varios curas. Bailaban o se movían abriéndose paso entre ellos. Entonces yo me levanté y caminé hasta el escenario y traté de formar parte de lo que estaban haciendo. Pero en seguida me di cuenta de que al menos un par de curas no se llevaban bien entre sí o hacían cosas que a mí me dejaban espantado. Sin embargo no llegué a hacerme una idea de lo que ocurría. Desde el otro lado comencé a sentir que me llamaban o que me gritaban para que me bajara del escenario. Y eso hice, pero cuando estuve a punto de volver a ocupar mi asiento, vi en el suelo un papel maltrecho y doblado de forma despareja. Estaba muy próximo a uno de los asientos de la fila izquierda, y la persona que había allí también se fijó en el papel. El papel era un recorte de una página de un diario o era algo que yo había escrito. La persona me miró y me dijo que probablemente el papel estuviera ensopado, pero que eso se podía arreglar. Entonces apareció uno de los curas, recogió el papel y abrió una especie de cabina que había sobre la derecha, al pie del escenario. Adentro había un montón de formas hechas con papeles de colores muy suaves. Parecía el resultado de haberse puesto a pegar por los extremos tirillas de papel y doblarlas hasta darles determinada sensación de cubos o pirámides o estrellas... Pensé al mismo tiempo que los colores eran iguales a los de algunas pastillitas que me gustaba comer cuando era niño. Pero no me dio tiempo para nada más: el cura frotó el papel que había estado en el piso con algunos de los que estaban en la cabina y me aseguró que en poco tiempo se iba a secar. Cuando me lo dio, el papel ya se parecía a otra cosa. Era como un sachet muy delgado, una lámina que contenía en su interior un líquido rojo que formaba curvas donde se concentraba. Fue ahí que sentí que aquello era mi propia sangre. Y a partir de ese instante observé que las curvas se complicaban de tal manera que yo podía entrever hasta una escena como esta: la silueta de una persona de pie, un leve balanceo del cuerpo hacia adelante y la cabeza que sale despedida y cae con la violencia de una piedra liberada.

(La imagen pertenece a Jeremías)

domingo, 18 de enero de 2009

Verano XII (soñar)

Hoy debe ser el primer día del año en el que llueve en esta parte del país. Creo que todo comenzó unos momentos después del amanecer, cuando escuché a través de los postigos cómo las gotas susurraban al amortiguarse sobre las hojas de las plantas. Atrás quedó la tarde extraña de ayer, cuando estábamos con Franco en la Mansa, que se había vuelto más honda y verde, y observábamos a lo lejos la tormenta eléctrica que se extendía sobre el lado norte del departamento, mientras que del lado opuesto el sol mordía nuestras espaldas... Así que hoy llueve y está fresco. Y me la he pasado leyendo y esperando a salir a la calle para alquilar alguna película...
Hace tiempo, quizás desde hace un par de meses, que me viene preocupando el hecho de que no sueñe seguido.
Es decir, siempre estuve acostumbrado a despertarme y repasar de inmediato las imágenes de lo que soñé mientras doy vueltas por el baño o por la cocina.
Y la verdad es que ya no es lo mismo. Si tengo algún sueño las imágenes son difusas, carentes de interés y hasta desprovistas de secuencias. A veces me da por pensar también que cuando algo así sucede, al menos en mi caso, es porque atravieso períodos de tranquilidad. No sé... Quizás sea algo pasajero...
Hoy soñé con una fotografía en la que aparecía la abuela de un ex-alumno. Era una fotografía tomada en una fábrica textil de San Carlos, y en ella una mujer de unos cincuenta o sesenta años tenía en brazos, sobre la mesa de trabajo, a un bebé de pocos meses, que era mi ex-alumno. De pronto miraba hacia la derecha de la imagen y veía a mi abuela Elcira (la madre de mi madre) concentrada en su trabajo. Lo cierto es que esa fotografía se terminó transformando en la prueba crucial de una investigación, a tal punto que alguien me la robó, o me robó la imagen de mi abuela, dejando la fotografía donde estaba. El sueño era algo así, pero después se transformaba en otra cosa, algo medio estúpido como unos muchachos imitando a Led Zeppelin y bajando por la calle Tristán Narvaja de Montevideo, cambiando poco a poco el ritmo por algo más candombero. Al final los muchachos acabaron por sacudir las caderas, y creo que eso me hizo darme cuenta de que ya era la hora de despertar.
Como sea, todo eso me pareció bastante austero.
Hoy de mañana leí un cuento de Truman Capote titulado "Profesor Miseria". Es la historia de un hombre, Mr. Revercomb, que se dedica a comprar los sueños de varias personas. Las hace pasar a una habitación y las deja hablar mientras su secretaria, Miss Mozart, comienza a mecanografiar cada palabra. En realidad el relato está centrado en Sylvia, una muchacha que, como varios más, cambia su sueño del día por unos pocos dólares...
"-Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma."

(Nota: Franco se aprovechó de mi inocencia de dormido y me sacó esa foto hace un par de veranos)

jueves, 15 de enero de 2009

Verano XI (decimonónico total)

a) Extraño el siglo XIX. Es más, creo que el siglo XIX terminó demasiado pronto.
b) Tengo ganas de volver a leer a Julio Verne.
c) Leí en internet que el gobierno de Australia hizo un llamamiento para ofrecer un trabajo por el que pagará 100.000 dólares en seis meses. El postulante sólo tiene que saber nadar y bucear, porque el trabajo consiste en pasar todo ese tiempo en la isla Hamilton. El elegido deberá además dar cuenta semanalmente mediante un blog, u otro espacio similar, de lo que vive día a día. O sea, además debe saber escribir bien y hacer buenos encuadres con la cámara digital, porque la secretaría de turismo de Australia (o un entidad por el estilo) está bastante preocupada por la caída del turismo en esa zona y por lo tanto ha decidido lanzar esta propuesta. Esto me hace acordar a esos otros trabajos que hay por el mundo, en los que te pagan una fortuna, pero que tienen como contrapartida el riesgo de muerte o de locura. Una vez, un cantinero de un liceo me mostró un anuncio en un diario. Se necesitaban hombres mayores de 20 años para trabajar en plataformas petroleras en medio del mar. "Pero hay que aguantar, pibe", me decía el tipo. Pagaban mucho, realmente mucho por día, pero no era cuestión de pasar una semanita a lo avivado. Te dejaban ahí entre todos esos fierros asediados por las mareas y aguantate hasta que se te termine el contrato. Creo que fue Paul Auster el escritor que trabajó en algo por el estilo. Así que apenas uno lo piensa comienzan a vérselas las contras a toda la cuestión: la soledad (si llegado un momento uno no la resiste), la lejanía, la desolación y (que me perdonen acá) los compañeros que empiezan a ponerse mimosos. Tengo algunos conocidos que han estado en la cárcel varias veces y que de seguro me dirán: "¿Y eso qué? Por lo menos sabés que ahí te están pagando..."
d) Una vez escribí para una nota algo así como que la saturación de información, hoy en día, o la posibilidad de llegar a saber sobre cualquier cosa tan alejada (internet) hacía que el mundo se hiciera pequeño. No es la gran revelación. Todo el mundo lo dice. Pero en esa nota yo hablaba de eso en relación con el mundo que uno percibe en las novela de Julio Verne o de Emilio Salgari, en algunos relatos de Stevenson, también, y, posteriormente, en Somerset Maugham. El mundo era prácticamente inconmensurable porque aquello que daba la sensación de cercanía entre un punto y otro, y que es una noticia o una carta, era algo que demoraba o era incompleto o pasible de deteriorarse. Sin embargo, ahora me pongo a pensar en si no volverá a pasar lo de antes, que el mundo se agigante una vez más, que el hecho de disponer de cualquier tipo de información en el instante se transforme en una especie de sensación vacía, en un pasaje del "es-como-estar-ahí-mismo" a otra cosa. Por supuesto, el mundo está allí afuera, y con sólo salir se ve lo grande que es.
Esto me lleva también a pensar una y otra vez en una de mis grandes aficiones: viajar. Una afición que por otra parte siempre se vio frustrada. Los lugares más lejanos que he visitado son Salto y Chuy. Creo que por eso me emocionan tanto aquellas novelas del siglo XIX.
e) Pero sí que hay gente que viaja a la vieja usanza. Gente solitaria en un velero. Ayer estábamos en la playa, luego de muchísimo tiempo sin reunirnos, Valentín, Felipe, Rodrigo y yo (más tarde llegaron V y Franco). Felipe contó sobre un conocido de él que se dedica solamente a navegar en solitario. Un día el tipo le dijo a su familia que se iba por ahí, por el mundo en su velero. Atravesó huracanes, fue asediado por piratas, y sólo le da noticias de cómo está a su familia cuando toca puerto de vez en cuando... ¿Piratas? ¡Sí! Yo ya había oído algo sobre los piratas somalíes hace unos meses, pero ahí Valentín empezó a hablar de las "ratas de agua" brasileras, unos piratas que se apostan en el Amazonas esperando a aquellos que remontan el delta. Así murió Peter Blake, dice Valentín. No Peter Blake el que andaba con los Beatles, sino aquel que ganó la regata Whitbread cuando nosotros éramos chicos, cuando la Whitbread pasaba por Punta del Este, el único lugar de la regata donde las embarcaciones tocaban puerto dos veces. Me acuerdo de eso, fue en el '91. Las maestras andaban como locas y nos regalaron a todos unas revistas en inglés que explicaban la historia de la regata y presentaban a cada uno de los equipos. Después creo que trajeron bombones, o que en el turno de la mañana varios de los navegantes habían pasado a dar una charla con un intérprete y luego regalaron bombones, o que eso había sido sucedido en otra escuela, o en esa y además otra, y otra... No me acuerdo bien. Bueno, Peter Blake navegaba hacia Manaos, o por ahí, y fue interceptado por las ratas de agua, que andaban en motos acuáticas. Blake se resistió y fue acuchillado en el vientre. Murió unas horas después en un hospital de Belem.

sábado, 10 de enero de 2009

Verano X (intimidad)

Antes que nada creo que es conveniente no matar a las aguavivas.
Iba cruzando unos semáforos por Roosevelt hace un rato, de camino a la compra de un paquete de hamburguesas para la cena, cuando sorprendí la intimidad de alguien. Y ahí me di cuenta de que eso fue lo distintivo hoy: ser sorprendido o ser asediado por las intimidades de los demás. Hace un rato, como decía, fue un hombre, que esperaba ante el semáforo en rojo. Era un obrero que habría estado haciendo horas extras, que volvía agotado en su bicicleta a su hogar. Yo crucé haciendo una U frente a él y de golpe nuestras miradas se tocaron, justo en el instante en el que él se hurgaba la nariz con ferocidad. Hubo algo ahí. De repente mi mirada significaba yo paso casi sobre la medianoche, entre todas estas luces y sombras de la avenida y tú te sacas los mocos como lo podrías hacer en la soledad del descanso en la hora de trabajo o frente al espejo muy temprano en la mañana, pero ahora paso yo y tú no te aguantas y controlas al menos ese placer, el único placer que podrías tener hasta caer rendido en tu casa igual que un animal que se regodea con las primeras mordidas de lo que ha cazado ante la vista de sus competidores. Todo por un par de mocos, me dirán. Está bien. Pero por un momento yo tuve que mirarlo y darle un poco más de conciencia a eso de todos los días. Así que de esa forma te sacas los mocos. No sé nada de tu vida, quizás no te cruce nunca más en el resto de mis días, pero ya sé cómo es que haces con la boca cuando entra el dedo índice. El labio superior se repliega, se tuerce un tanto a la derecha y luego aparecen los dientes de arriba hasta las encías...
Tengo que reconocer que me encanta escuchar conversaciones ajenas. En la playa a veces uno lo hace sin que se lo proponga, las voces llegan solas... Pero también esto ocurre con el uso de los celulares. Así, hoy al mediodía, en la cola para pagar una factura de Antel me entero con el señor que hablaba por celular a mis espaldas que el afiche de la maratón San Fernando, que es auspiciada por Reebok, tiene en realidad la figura de un atleta que está suspendido en medio de una zancada llevando ropa Nike. Pero también me entero de que la última película de vampiros que están dando en un cine de Punta del Este "se puede ver", y que en una óptica de allí mismo están en ofertas los anteojos de sol Nike. Con esto de los celulares me parece que a veces pierdo el interés por lo que pueda sacar de pre-literario (por si se pudiera rescatar algo en cierto modo), ya que no pasa un minuto de escuchar una charla en cualquier lugar público cuando comienzo a sentir vergüenza ajena, como una vergüenza de ser yo mismo el que está hablando por ese teléfono y desnudándose así ante los demás, dándole rienda suelta a las vanidades de curso común... Una chiquilina, a la tarde en la playa, salta jugando con sus amigas y un seno se escapa del corpiño. En cierto modo, más allá de que mis anteojos oscuros pudieran hacerla dudar, sabe que yo tuve que haber visto la escena. Y así fue. Y lo mismo, la sensación bastante duradera de que nadie sino yo había visto eso en toda la playa. ¿Para qué? ¿Para qué soprender de nuevo la intimidad de alguien? Un hecho, una imagen imprecisa que al final se borró igual que las huellas que dejan los que caminan junto al agua. No hay modo. La intimidad de los otros nos llega de una manera u otra, y nosotros mismos dejamos por ahí las marcas de nuestra propia intimidad como huellas dactilares sobre un vidrio empañado. ¿Y qué hacer? ¿Seguir el juego? ¿Superponerlo a otro juego?
A las aguavivas todo esto les interesa un pepino. Y ni siquiera saben lo que es un pepino. Ellas sí que saben lo que es la intimidad. En realidad, si la intimidad está dada por algo con lo que confrontarla o distinguirla, creo que de las aguavivas se puede decir casi-casi que de ellas no emana algo que los demás podríamos reconocer como "intimidad". Ellas son la INTIMIDAD. El aguaviva es un misterio total. Hoy había un hombre sacando del mar con el baldecito de sus hijos un montón de aguavivas del tamaño de una pelota de fútbol. Las dejaba tiradas cerca de la orilla y el sol empezaba su lento trabajo de resecamiento. Tuve ganas de agarrarlas una por una y devolverlas al agua, pero eso iba a traer problemas para los que yo no estaba preparado (entiéndase que el tipo pesaba el doble que yo, por ejemplo). Era lo que hacíamos hace un par de años con Felipe en el muelle de la parada 3. La gente las sacaba y nosotros las llevábamos de nuevo al agua. Un tipo se nos acercó y nos insultó invocando las salud de su hija. Nos hicimos los tontos y seguimos. La cuestión fue que unos minutos después subimos al muelle y observamos la superficie del mar desde allí. Era como ver una nube calada. Cientos, miles de circunferencias blanquecinas flotaban por todas partes. Por eso decía, es conveniente no matarlas. Ni siquiera se justifica desde el punto de vista práctico. Pero el padre-que-demuestra-en-verano-en-el-balneario-que-él-es-el-padre-antipeligro seguía sacándolas, y así vine a ver un prodigio. Uno de esos cangrejos que habitan a veinte o más metros de profundidad en lo más oscuro de la bahía se hamacaba colgando de una de sus pinzas de los tentáculos de un aguaviva. Entonces se formó el gentío, porque es raro ver un cangrejo de esos de La Barra hacia el oeste. Un ser agrisado, pinchudo y chato que no quedaba bien bajo la luz del sol. Pero al final el cangrejo pudo recuperar su libertad. Era algo demasiado extraño, demasiado impropio como para poder contemplarlo por mucho más tiempo. Era algo que quizás no teníamos que haber visto, que había salido de un sitio que no era el nuestro; ni siquiera las patas arquéandose dejaban de transmitir la idea de que aquello no encajaba con nada. Entonces el padre lo puso en el baldecito y lo aventó unos metros más allá. La niña M había mirado todo el tiempo por entre el círculo de piernitas que habían formado todos los otros niños que sí se habían animado a acercársele. Me pregunta por qué los cangrejos tienen "agarraderas" (por las pinzas) y salimos caminando hacia donde tenemos las cosas. Trato de seguir con la lectura pero después un hombre habla con la familia de su hermana sobre los últimos días del divorcio de su última esposa. La llamaba una tarde y ella le decía: "Estoy en el shopping". La llamaba al día siguiente y ella respondía: "Estoy en las uñas". Imitaba la voz chillona de la mujer mientras su hermana y su cuñado y los hijos más grandes lo miraban simular con la mano la forma irrenunciable de un teléfono.

jueves, 8 de enero de 2009

Verano IX (quehacer)

Bueno... Terminé hace una hora más o menos un relato largo que empecé casi a mediados de diciembre. Es el primer borrador y todo eso, pero ya cacé la mariposa (supongo). Ahora tengo que sacarla del calderín y etcétera, etcétera. Así que me siento muy feliz. Y al mismo tiempo ya no sé si quedan a veces ganas de permitirse la ilusión de una completa felicidad. Prendo la tele y veo las mismas cosas de mierda que siguen ocurriendo. No estoy queriendo ser demagógico. Estoy tratando de conciliar dos estados de ánimo puntuales que se encuentran esta noche. Acabo de terminar un relato que por algún punto se toca con cosas que pasan hoy en día. Así que me sucedió esto... Puse el reproductor de la computadora, con la función de que hiciera una selección aleatoria de todos los temas que hay en el disco duro, y salió primero "All I really want to do", de Bob Dylan. Me partió al medio. Ni felicidad, ni tristeza. Un estado piadoso. Algo que se mira a sí mismo y que dice: ¿Y a qué viene todo esto?... Me estoy durmiendo. Pasan algunas motos por el Camino a la Laguna, el ventilador del techo zumba. Ya no hay ruidos de pasos de nadie en la casa. Tengo la noche por delante, puedo dormir, puedo leer, puedo ir a tomar un vaso de agua en la cocina. Tantas cosas. Todo eso es normal, completamente normal. Me doy cuenta.

lunes, 5 de enero de 2009

Verano VIII (Spielberg)

Ayer salimos a dar un paseo largo con la niña M, y al volver a casa, mientras nos disponíamos a esperar a V y preparar la merienda, nos encontramos con que en el cable estaban pasando "Parque jurásico" (1993), de Steven Spielberg. En realidad la que la encontró fue la niña M, que se puso a hacer zapping y salteó sus canales de dibujitos animados cuando vio la escena en que aparece un tiranosaurio amenazando a los ocupantes de dos camionetas. Me fui a la cocina a preparar algo y luego regresé para ver lo mismo que veo cada vez que me sale al cruce esta película en el cable: la escena en que los niños llegan a la cocina y son acechados por los velociraptors. Es una escena que me fascina, es más fuerte que yo, a tal punto que, cuando termina, ni siquiera sigo mirando el resto.
Mientras merendábamos miraba la cara de la niña M, absolutamente arrebatada por algunas escenas. ¡¡Eso es alienación!!, dijera cierto escritor nacional. ¡¡Ja!!... Luego llegó la escena de la cocina, un muy buen ejemplo de montaje y de tensión. Los niños escapan, entran y cierran la puerta, pero el velociraptor que los persigue logra abrirla e ingresar junto a otro más.
Esta escena me hace acordar siempre a una más reciente que aparece en otra película de Spielberg, "La guerra de los mundos" (2005). Se trata de la secuencia en la que uno de los "tentáculos" de los trípodes de los marcianos ingresa en el sótano en el que están escondidos el padre (Tom Cruise) y su hija (Dakota Fanning) junto a su desequilibrado anfitrión (Danny Boyle). Creo que en realidad Spielberg repitió el mismo procedimiento que en la secuencia de "Parque jurásico" (incluso aparece el recurso del engaño a través del reflejo). Pero no es que me moleste, todo lo contrario, porque el resultado sigue siendo interesante; de hecho, "La guerra de los mundos" es una muy buena película que le hace honor a la novela de H.G. Wells.
Otra cosa en común: las actuaciones de las niñas...
Dejo aquí debajo las escenas en cuestión...




sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

jueves, 1 de enero de 2009

Verano VI (Salinger: un subrayado)

Me enteré hoy a través del blog de Martín Bentancor que en el día de la fecha Jerome David Salinger llega a los 90 años de edad. Algo me dice, no sé qué, y es probable que le erre de medio a medio, que Salinger va por el lado de los longevos de veras: Ernst Jünger, Juan Filloy, Francisco Ayala... Con Filloy, sin embargo, hay otra cosa más en cuanto a las semejanzas. Se trata del tema de los libros inéditos. En el escritor argentino permanecer inédito, y reescribiendo con tenacidad algunos de sus libros, era una cuestión cercana a su arte poética. En Salinger, que se retiró de la escena pública si no mal recuerdo a fines de los '60, el valor de lo inédito radica en que no quiere que lo fastidien. Creo que vive en los bosques de New Hampshire y que los paparazzi mueren por una foto suya, más que la última de Britney Spears sin bombacha. Por ahí, una ex mujer despechada reveló que no ha dejado nunca de escribir, y que cada libro nuevo es guardado con celo en una caja fuerte. Así que el asunto de la longevidad acá me lleva a olisquear también el morbo que podrían tener algunos lectores obsesivos, esos que están deseando que un día de estos aparezca un Max Brod que traiga las buenas nuevas de las narraciones inéditas de Salinger. Pero no, como decía, algo me dice que el hombre va a aguantar mucho tiempo todavía y le va a aguar la fiesta a más de uno. Hay mucho de vampirismo siempre en todo lector "fanático". Por eso, mientras pensaba en eso de las relaciones de lector y escritor, me fijé en uno de los subrayados que tengo en la edición de "Seymour: una introducción". Es la primera frase del libro, fuera de las dos citas que aparecen al comienzo, no como epígrafes, sino como disparadores directos del relato. Se trata además de una frase que tengo como grabada a fuego desde hace tres o cuatro años, cuando leí ese libro, y que trato de seguir letra por letra. Va...
"A veces, para ser sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cincuenta años considero a mi viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de los artesanos públicos más interesantes y menos fatuos que he conocido me insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para seguir y llegar a la cuestión -y no creo que sean de las que sobreviven a una construcción interminable-, descubrí hace una buena cantidad de años prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero decir tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros."

¡Feliz 2009!

Quiero desear a todos mis lectores de tartatextual un feliz 2009. Pero también quiero agradecer profundamente el hecho de que sean mis lectores. Es siempre un gran placer para mí saber que hay personas de aquí y de otras partes del mundo que siguen mis textos y los leen con atención y cariño. A todos, a los que dejan comentarios y a los que no, a los que concuerdan con mis opiniones y a los que discrepan, otra vez gracias.
Un gran abrazo.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano V (Dumplings)

Ayer vi una película que literalmente me afectó. Pero su influencia se dio más allá de determinados logros técnicos, más allá de la temática o más bien la cuestión ética que suscitaba. Lo que me dejó reflexionando hasta la madrugada, lo que me dejó dándome vueltas en la cama pensando en cosas y cosas fue la elaboración del argumento, un argumento que a primera vista parece innovador, pero que si se lo mira entrecerrando los ojos deja aparecer una referencia antigua, anclada en el seno de nuestra cultura.
La película es "Dumplings" (2004), del chino Fruit Chan y trata acerca de una ex actriz y modelo casada con un magnate. Esa es la señora Lee, una mujer que entra en la madurez repudiando lo que el tiempo pueda hacer con su cuerpo, sobre todo porque de fondo están el rechazo y la infidelidad de su marido. Es así que la Sra. Lee busca ser joven de nuevo y contrata los servicios de una mujer que le prepara unos platos con un ingrediente secreto que no falla para mantenerse joven: fetos humanos. Lo repugnante sobrevuela toda la película, pero la historia no se queda en actualizar la repugnancia, lo que habría hecho de la misma un producto más de tantos (por más que ese efecto de lo repugnante aumente hasta el final). Hay otra cosa que viene a ser lo repugnante mayor, algo que está por encima del canibalismo y que tiene que ver con el hombre ignorando su debilidad ante el tiempo, instalándose en un sitio de la experiencia que genera sofocamiento.
Lo primero que me impactó de esta película estuvo en el desarrollo del argumento. El relato no se queda en la resolución convencional, sigue un poco más, y ese es su valor, el valor de la vuelta de tuerca.
Lo segundo también estuvo en el argumento, pero en cómo la forma del mismo disimula un argumento conocido: el del mito del dios Cronos, o al menos un solo episodio de todo el mito, el momento en el que el dios devora a sus hijos, como muchos recordarán que aparece plasmado en la pintura de Goya. La Sra. Lee se traga los dumplings en su carrera por detener el tiempo, porque en el tiempo, en esos niños no nacidos, está el signo de la muerte, lo que está por venir y desplazar a lo anterior; así como para Cronos devorar su descendencia es asegurarse a sí mismo. Y esto me lleva a una de tantas aseveraciones de Borges (ya no sé de dónde, Borges es como una internet en sí mismo), una que sostiene que, al igual que las metáforas, las historias que se pueden contar son siempre las mismas, no pasan de un número acotado de proposiciones. A veces, por más que los estructuralistas, Lévi-Strauss y Joseph Campbell hayan demostrado la validez de esa idea, yo me resisto a pensar que sea del todo así, aunque más no sea para que la imaginación siga ilusa e ingenuamente, pero andando al fin. Me digo: no puede ser que todas las historias sean en el fondo griegas o judías, pero en fin... Lo que me llegó de "Dumplings" tan profundamente es que me hizo olvidar por un buen rato cualquier intención de comparación y posterior constatación. Creo que una buena historia te hace olvidar del modelo original, o lo vuelve parcialmente innecesario, o lo disimula tanto que lo borronea de la memoria arquetípica de cada cual. ¿Por qué di tantas vueltas en la cama como escribí al comienzo? Porque Fruit Chan me pegó directo donde más me dolía, en una parte de mí mismo que está hace días y días escribiendo un cuento largo y que se ha dado cuenta ahora de que esa historia no sólo debe tener otra vuelta de tuerca, sino que se parece mucho a una historia de esas arquetípicas, tanto, que con cada vuelta en la cama pensaba en una variante distinta.
(Una curiosidad: por la web me encontré con que Fruit Chan nació un 15 de abril, igual que yo, igual que Henry James, el patrón de la tuerca.)