domingo, 25 de abril de 2010

Kennedy '09 (VII)

El momento preciso en el que el "Chala" Richard Pereyra va hacia la pelota para convertir con un corto cabezazo ante el arquero de Perlita, ya superado por la serie de rebotes.


-Sábado 22 de agosto de 2009. 7ª fecha: Kennedy vs Barrio Perlita-


¿Podía llegar a darse la posibilidad de que ganáramos un partido? Ya no era una cuestión que tuviera que ver con el ánimo o el amor de un hincha. No. Era algo relacionado con la natural desenvoltura de lo que tiene que ser cada uno de los episodios que constituyen al gran relato que es eso llamado "campeonato". Es decir, si uno puede seguir un campeonato exigiéndole el mismo rigor de entrega que se le puede pedir a una serie televisiva, a las telenovelas de las tardes que todas nuestras madres nos olbigaron indirectamente a presenciar y a degustar, casi podría decirse que lo que esperamos de forma radical muchos de los que vamos al fútbol, y quizás más quienes lo siguen por televisón, es una realización de un argumento. Esperamos un relato consecuente con lo que establece para nosotros y nuestra cultura el hecho de que haya un relato. Hay algo que arranca a andar, y los espectadores de ese fenómeno quieren que se cumpla lo que se tiene que cumplir. (De hecho, qué cosa más amargante resulta un campeonato trunco o un campeonato cuyo campeón cambia después de finalizado debido a problemas de sobornos, como ocurrió con Juventus de Italia hace unos años)...
¿Pero a quién le puede interesar un debate de tipo mitodológico, pseudo-estructuralista o como se le quiera llamar a toda esta disquicición histérica, hipodérmica, exaltada, ansiosa por demostrar que alguien ha leído cientos y cientos o miles de millones de páginas para exámenes de facultad o de profesorado y que ahora quiere hacer algo con todo eso que le queda dando vueltas en la cabeza. Ya tenemos un montón de críticos que mueren por explicarnos que pasa por nuestras mentes cuando vemos una telenovela o cuando observamos ese partido para llegar al Mundial, tan importante para confirmar nuestra identidad nacional, o cuando vemos distraídamente un anuncio de un cepillo de dientes con cinco filas diferentes de cerdas. O pongan a Rafael Bayce o a Hugo Achugar a patear un corner o a María Inés Obaldía a patear un penal y van a saber de qué estamos hablando. ¿A quién carajo le pueden importar las circunvoluciones de tu cerebro o todo tu ADN cultural cuando Bengoechea acaba de errar un gol debajo del arco contra la selección de Perú y, calamidad de calamidades, el tipo que lo levanta del suelo para tratar de restituirle un poco de dignidad es nada más ni nada menos que Álvaro Recoba? No es algo que te interese una explicación de ese momento cuando lo estás mirando incluso en un replay: algo como una ecuación donde aparecen términos como "ídolo caído" o "hijo pródigo". Eso no es el fútbol.
Sin embargo, para volver ya de alguna manera a la idea del comienzo, tenía que plantear la incógnita de si en ese prolongado relato que es un torneo existía la posibilidad de que Kennedy llegara a salir trinufante de algún otro partido o revolcadero plural.
Si alguien necesita la respuesta de entrada, podría decirse que luego de vistos los primeros minutos esa respuesta es, precisamente, "NO"... Los jugadores de Perlita, vestidos de pies a cabeza de verde cotorra, se pararon en el inestable piso húmedo y barroso de la cancha de Kennedy y se adueñaron de la situación como si hubieran llegado hasta allí a buscar de una vez por todas algo que les habían sacado. No era algo muy agradable de ver. Con Alexander, con quien habíamos presenciado la derrota (1-3) frente a Nacional de San Carlos, nos encontramos y nos paramos junto al alambrado del lado de la perrera municipal, justo con el sol de frente. Hacía bastante frío, pero el cielo se mantenía despejado. La parte de la cancha de nuestro sector, sin embargo, estaba poco menos que inundada por las lluvias de entre semana. Cada vez que la pelota caía allí, no sólo quedaba muerta, sino que una salpicadura inmensa y feroz de barro salía expresa en todas direcciones. Así que a cada rato todos los que estábamos de ese lado nos aprontábamos y nos dábamos vuelta. Por eso, al final del partido, terminamos todos con una especie de doble identidad higiénica. Los que no querían jugar mucho la pelota por ese sector, obviamente, eran los jugadores de Perlita. En los primeros minutos aprovecharon toda la fuerza de su ataque sobre el sector derecho, y aunque sobre ese sector el lateral Hernán Crespo defendía bastante bien, no era mucho lo que se podía esperar del partido. Antes de los quince minutos Perlita ya había tenido dos ocasiones bastante claras de gol que habían sido anuladas por off-side. De a poco empezamos a mirarnos entre los que estábamos junto al alambrado. Había algo cíclico e insoportable en lo que estábamos observando. Si bien Kennedy realizó una buena jugada que culminó con un remate casi sin fuerza alguna el "Chango", el número 5, ya estaba bastante claro quién era el dueño del partido.
Los jugadores de Perlita, principalmente sus puntas, su número 10 y un par de volantes centrales, enloquecieron a los de Kennedy. ¿Qué es enloquecer en este caso? Bueno, que al rival le salga con comodidad llegar a los quince o veinte pases seguidos, y que cuando uno quiere probar a ver cómo es eso sólo puede contar hasta tres, cuatro como posibilidad rara.
Poco después, a eso de los 20 minutos, Perlita redobló sus recursos y empezó a atacar también por la izquierda. Ahí vimos que la cosa se complicaba. Los volantes de contención y los laterales ya no estaban parando a nadie. Con todo, como Kennedy siempre puede sorprender, hubo un par de jugadas interesantes derivadas de pelotazos tirados a la cancha rival con tal de alejar el peligro. En la primera, el "Chala" Pereyra encuentra una pelota, corre con ella, driblea a un zaguero, encara al arquero y remata. Pero el arquero la saca al corner. En la segunda jugada de riesgo, Nicolás Pereyra elude dos jugadores en el área y lo tocan desde abajo. Todo el mundo (Kennedy) pide penal. Y creo que escucho al Gordo Nene gritar incluso por el reclamo de un penal y de hasta una tarjeta amarilla. Lo de pedir amarilla junto con un penal en realidad me parece un poco de gula. Pero en fin, sigamos... Porque todo eso fue un mero divertimento antes de lo que más iba a importar. Mientras todos protestaban por el penal no cobrado, a los 30 minutos, en un centro desde el corner de la izquierda, llega el gol de Perlita. Hay algunos cabezazos cerca del área chica y Alfredo Rodríguez llega a taparla a medias. Pero por detrás entra el 9 de Perlita y marca el 0-1.
A partir de ese instante nos miramos, solamente nos miramos con Alexander y supimos que la goleada se venía. Cualquier cosa que no fuera eso era tan poco discutible como que el Gordo Nene de pronto viera hacia el cielo pasar una bandada de patos rumbo al Arroyo Maldonado, levantara vuelo y se fuera con ellos a una vida mejor. Tan sólo cinco minutos después Perlita estuvo a punto de marcar el segundo gol, pero lo que lo impidió fue una volada espectacular de Alfredo Rodríguez, enviando con un manotazo la pelota a un costado del arco. La cosa fue realmente insoportable. Entre el 10 y el 7 de Perlita hicieron lo que quisieron: metieron caños, tiraron paredes, apilaron jugadores, dieron pases de taco, pararon un rato a tomar el mate, etcétera. Incluso, si repaso mis anotaciones, encuentro cada tantas líneas la palabra "centro". Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Parecía el típico movimiento de calentamiento en un entrenamiento, cuando los jugadores se van arrimando, se saludan y juegan a embocar algunos cabezazos mientras el técnico o el preparador físico preparan el trabajo. Incluso el "Canario" Fabián, el 16 de Kennedy, tan dado a medir su pierna derecha con cualquiera otra de un rival, tan sólo pudo meter una plancha más o menos prolija al 10, que siguió jugando como si nada. Con esto quiero decir: era como cuando en una película tiran la bomba pensando que van a matar a todos los monstruos y de repente se dan cuenta de que no sucede nada y de que ni siquiera hay plan B... Era imposible... Era... Pero bueno, qué sería de los relatos sin sus vueltas de tuerca, ¿no?...
Pasados ya los 30 minutos de juego, Nicolás Pereyra captura una pelotazo que le llega desde lo más remoto de la cancha. Trata de dominarla, la puntea y luego un defensor intenta desestabilizarlo. Pero Pereyra continúa hacia adelante. Logra dominar la pelota del todo y pasa otro defensa de Perlita y entrevé la posibilidad de la entrada al área mayor en diagonal, de izquierda a derecha, por un camino que pasa por el punto en el que se unen el área y la media luna. Luego de un par de zancadas, cuando parece que el delantero de Kennedy se va a meter en un túnel que lo llevará de inmediato al gol, llega una de las dos o tres acciones que cambiarán por primera vez el partido. Nicolás Pereyra es barrido desde atrás. La pelota sigue por sí misma un metro o un metro y medio más hasta que algún otro defensa de Perlita la saca de primera hacia el medio de la cancha. Pero el cuerpo del jugador locatario ya está rodando por el pasto ralo. El juez pita y acorta en un sprint esforzado la distancia con el lugar de la incidencia. Después rebusca con su mano derecha en uno de los bolsillos de su short y saca la tarjeta roja.
Para Alexander y para mí, que estábamos a unos cuarenta metros de todo eso, ver surgir de repente aquella tarjeta roja con la misma velocidad de todo lo que la precedió, fue como ver el surgimiento de un puñal escurriendo sangre y metiéndose contra la altura celeste de un cielo indiferente. Los jugadores de Perlita se tomaban las cabezas con ambas manos, se apretujaban contra el juez y le gritaban en la cara. A nuestro lado los suplentes y el técnico puteaban a pesar de la mirada del juez de línea. Del otro lado, el Gordo Nene hacía un gesto cualquiera, como ajustarse la gorra tironeándola de la visera hacia abajo. Un minuto después, cuando el mismo Nicolás Pereyra pateó el tiro libre y el arquero tuvo que hacer un esfuerzo considerable para sacarle al corner, sólo un minuto después, nos quedamos tranquilos... El juego se emparejaba. Con uno menos del lado de Perlita, parecía ahora que presenciábamos el encuentro de dos fuerzas similares, igual que dos imanes enfrentando sus campos, repeliéndose con un asco sincero. Pero las consecuencias estaban destinadas al segundo tiempo...

Para los últimos cuarenta y cinco minutos el Gordo Nene hace un cambio más o menos obvio. Saca a Fabián (el número 16) y coloca un delantero más: Walter Melo. Kennedy comienza entonces a jugar con una determinación similar a la que tuvo en el partido anterior contra Alianza Cinco, salvo que aquella vez fue una determinación, sólo una determinación. Las condiciones eran las mismas. Íbamos perdiendo por 1 a 0 y jugábamos con un hombre de más desde el final del primer tiempo contra un equipo notoriamente superior. En este caso, se podía saber que el equipo de Perlita estaba herido, pero lo lograban hacer todavía los números 10 y 7 cuando conectaban entre sí luego de cruzar hacia los últimos veinte o veinticinco metros daba para suponer que la tranquilidad podía ser pasajera. De todos modos, los volantes centrales de Kennedy empezaron a atender uno por uno a los visitantes, tal como es la regla de oro de la hospitalidad en la querida divisional B. Los jugadores de Perlita se quejaban cada vez más ante el juez, pero este no les daba mayor importancia.
En esos primeros minutos, todos pudimos ser testigos de un verdadero milagro futbolístico. Uno de esos milagros que se dan de vez en cuando en alguna cancha y que son el deleite de los cierres de los compactos de goles en la televisión. Me refiero a esa quimera que es "el gol de culo".Si el fútbol suele ser la encarnación de la masculinidad más pérfida, el campo de concentración de la homofobia, si el fútbol es un patriarcado duro en el que dos tribus se disputan el lugar en el mundo, y donde el gol es la eyaculación en la puerta de origen de la tribu rival (o sea el avasallamiento de un grupo sobre otro), entonces el gol de culo parecería ser el "anti-gol", es decir un gol impropio de este deporte. Pero no. En ese ancestral sueño sodomita que es el fútbol el gol de culo el gran gol, el gol más humillante.
Fue así. Muy poco antes de los 10 minutos del segundo tiempo, Nicolás Pereyra, una vez más, sale a buscar un pelotazo aislado sobre la derecha del ataque. Lo acompaña de cerca un defensa que ha quedado como último hombre. La carrera es encarnizada. Los jugadores se codean, se agarran y se sueltan y se vuelven a agarrar. Pero por una razón u otra, no hay foul. La jugada continúa con la pelota bajando y picando rumbo al área. En unos pocos metros más Pereyra ha logrado adelantarse a su rival. Ahora ya no hay casi último hombre. Entonces el arquero se adelanta y empieza a correr a su vez hacia la pelota. Es muy probable que no le dé el tiempo como para poder atraparla, pero sí para despejarla de un derechazo. Y eso es lo que hace. A un segundo de que el delantero de Kennedy pudiera tocarla y desviarla al fondo del arco, el arquero estira su pierna y en un salto despeja hacia cualquier lado. Nicolás Pereyra, por su parte, hace lo que se hace siempre en ese tipo de jugadas: saltar, saltar con toda la fuerza posible deseando en el medio del vuelo que la pelota rebote en él por azar. Y así, Pereyra salta enroscándose en el aire. La pelota pega contra su culo y de pronto comienza a subir y a describir una curva ascendente hacia el arco de Perlita. Es posible que el jugador de Kennedy no haya visto ni la mitad de la jugada, porque, como siempre en esos casos, la pelota cae muy lentamente, pero al mismo tiempo rápido... Al final, la pelota no entra. Baja del todo y pasa a unos centímetros por detrás del travesaño. Todo los de Kennedy suspiramos. El arquero de Perlita, a su vez, le grita una indicación al defensa, el defensa le grita a otro defensa, ese defensa le grita a otro compañero, y el técnico le grita al arquero. Nos miramos con Alexander y sacamos una conclusión instantánea: "Hubiera estado bueno empatar con un gol de culo".
Los jugadores de Kennedy ya no pueden hacer nada más por el partido salvo meter la pelota en el arco. Y así pasan una detrás de otras las oportunidades. Primero una del "Chala" que pasa muy cerca tras haber ido a buscar una pelota peinada. Después, a los 15 minutos, una definición desviada de Nicolás Pereyra tras pasar entre tres jugadores. Pero también, como suele suceder en este tipo de circunstancias, tanto un cuadro ataca sin hacer goles que le llega una réplica que congela todos los corazones. Alguien de Perlita levanta un centro perdido, por si acaso, y quiere el destino que un compañero la cabecee solo, pero quiere también ese destino que la pelota pase apenas por encima del travesaño. Es entonces el momento en que Alfredo Rodríguez toma la pelota y la coloca con sumo cuidado sobre la línea del área chica. Desde unos metros por atrás ya viene tomando carrera Carlos Miguélez para levantarla de zurda hacia la mitad de la cancha. Alguien peina la pelota, otro la va a buscar y gana la posición y logra dominarla. Es, cuándo no, el "Chala". Los rivales no pueden detener su carrera, su manera de pasar tan rápido entre todos los que se le cruzan. Parece un niño bastante fastidioso con su cuerpo menudo y quebradizo moviéndose por todo el frente del ataque. Por eso puede prácticamente lograr la audacia de tirar el centro y de ir a buscar la segunda incidencia que tiene como consecuencia ese centro. Algo similar pasa a los 20 minutos. Hay un centro desde la derecha, luego una serie de cabeceos tanto de jugadores de Kennedy como de Perlita dentro del área. El arquero no logra atraparla por dos ocasiones, sólo despeja a medias con el puño o con la palma un par de veces. Ahora la pelota está sobre la izquierda y vuelve a ser enviada al área chica. Al arquero ya no le da el tiempo para retroceder. La pelota lo supera y empieza a caer tras su espalda, sobre la derecha del arco. El tiro da contra el palo y regresa como si quisiera volver por el mismo camino. Pero a un metro de la línea de gol, habilitado por un defensa de Perlita parado contra el otro palo, el "Chala" se queda quieto para que la pelota le dé contra la cabeza y marque el empate. Es cierto que es uno de esos goles más difíciles de errar que de hacer, porque el "Chala" cabecea contra el arco como si este fuera la misma bóveda del cielo, pero lo verdaderamente importante era que ese jugador tenía que estar allí en ese sitio y allí estuvo.
El "Chala" corre ahora hacia el corner de la derecha y se abraza con varios de sus compañeros. En el área de Perlita los visitantes se quedan mirando hacia todas partes y discutiéndose entredientes todos los errores de atención en esa última jugada.
Con el partido empatado, aun sigue pareciendo algo desproporcionado el asunto. Da la impresión de que en algún instante los jugadores intercambiaron las camisetas o de que hubo algún tipo de pacto siniestro, o de que simplemente ocurre lo que está ocurriendo por defectos de unos y méritos de otros: a Kennedy le salen todas las jugadas, y a Perlita, que parecía la Holanda del '74 en el primer tiempo, ahora la pelota le parece un objeto extraño del que no se puede hacer una idea de cómo es porque no se lo dejan ver. Y eso lleva obviamente a las patadas. Unos pocos minutos más tarde, con Kennedy sacudiendo la última línea rival, llega una falta dura sobre el "Chala". Entonces hay un par de empujones, nada más que un par de empujones de esos que se dan los jugadores como tanteándose o como repeliéndose hacia sus propios territorios. Pero luego de unos segundos el número 10 de Perlita, el único jugador que, a juzgar por lo que había hecho en el primer tiempo, podía amargarnos lo que quedaba de la tarde, empieza a correr hacia un jugador en particular de Kennedy: Jorge Rodríguez. No el "Popo" Jorge Rodríguez, sino el "Maragato" Jorge Rodríguez, uno de los mediocampistas de contención. Hay un par de corridas. Entre el 10 de Perlita y el "Maragato" se gritan de todo. Saco mi cámara para tomar alguna foto de la pelea, pero la situación se resume en un par de corridas tanto de un jugador como de otro, siempre retenidos ambos a último momento por dos o tres compañeros.
-¡Ya está! -dice Alexander a mi lado -¡Ya está! Lo sacó del partido al diez...
Termina siendo así. Por lo que queda del partido el 10 de Perlita entra en una profunda contradicción entre su pensamiento y la articulación de sus tobillos. Es decir: se arrastra por el resto de segundo tiempo.
Eliminado ese problema, reducido un rival peligroso a una especie de autismo insaciable, queda sin embargo la posibilidad de una larga carrera contra el tiempo. Los minutos transcurren con los jugadores de Kennedy jugando bastante bien, pero cuando eso es algo que perdura sin generar nada más, da lo mismo ya cómo tenga que ser el gol de la victoria. Kennedy tuvo el gol del partido en una corrida solitaria del "Mono" Melo. Al principio parecía off-side, incluso para el propio jugador que llevaba la pelota; pero cuando sintió la voz del árbitro que le gritaba "¡¡¡Siga, siga, siga!!!..." no tuvo más remedio que tirar. Y la mandó a la mierda.
Sin embargo, este capítulo tiene un final feliz. El gol de Kennedy llega con la misma claridad con que de repente sabemos que ha llegado algo como la primavera (aunque en rigor estemos todavía en lo más duro del invierno). Palacio hace un cambio de frente desde la izquierda, luego hacen el centro desde la derecha y la pelota cae sobre el segundo palo. De pronto se ve al "Chala" corriendo hacia atrás, ganando distancia para poder cabecear aprovechando el descenso del esférico. El arquero entonces sale a ahogar al delantero de Kennedy, pero la apuesta le sale bastante mal. El "Chala" toca la pelota de un frentazo suave y la coloca dentro del arco por encima del arquero. Suenan los bocinazos. Saltamos. La gente que está subida en el terraplén del lado opuesto observando el partido de San Martín se da vuelta y ve sobre el mismo corner un festejo muy parecido al de unos quince minutos antes. Kennedy da vuelta por fin el partido, pasa a ganar un partido después de muchos minutos en el campeonato. Los compañeros se cierran en un abrazo múltiple sobre la diminuta figura del "Chala". Es simplemente emocionante. El rostro del "Chala", que se ha igualado al mismo recuerdo de este día, parece no expresar nada, como si estuviera bastante conmovido con todo hasta el punto de avergonzarse de ser el centro mismo de los movimientos. Pero más emocionante es ver a Gaidú, uno de los zagueros, tan eficiente como pasado de peso. Gaidú ha cruzado toda la cancha queriendo formar parte de la efervescencia sutil de ese abrazo de gol, pero cuando ya le quedan pocos metros para llegar hasta el "Chala" el resto de los jugadores ya está de regreso en la mitad de la cancha. Incluso el mismo "Chala" apenas si le retribuye el agradecimiento con alguna palmada en la espalda. Gaidú recoge lo que le dan y de inmediato regresa con la misma intensidad de su tranco corto hasta su parcela en el fondo de Kennedy. Allí juega los últimos minutos que le quedan al partido, colaborando en alejar el peligro a como dé lugar, sacrificando lo que sea para sostener lo que otros levantaron por allá adelante, del otro lado de aquel mundo, donde es hacia uno hacia donde corren los demás.
Con esas pequeñas expresiones individuales de la vida, como la de Gaidú, como la del "Mono" Melo estrellando desde afuera del área un remate en el ángulo sobre la hora; con esas pequeñas expresiones individuales de la vida dije, a propósito, se va esta tarde feliz, en la que algunos hombres tientan con unos elementos geométricos bastante elementales como una esfera y un rectángulo una cierta suerte de verse a sí mismos entre los demás hombres, para acaparar hacia la noche quién sabe qué alegrías o qué desdichas que están aguardando en los hogares, algo que está esperando tras el polvo anaranjado del atardecer que levantan las motos o los autos de los propios jugadores de vuelta a la ciudad.
Kennedy 2 - Perlita 1

miércoles, 14 de abril de 2010

Shed

Soñé con Bessie Smith. Estábamos en un galpón lleno de herramientas, en una tarde gris, ella, dos guitarristas y yo. Bessie Smith era muy joven. Los guitarristas le daban indicaciones acerca de cómo entonar una canción. Era "Black water blues". En un momento sentí que los guitarristas no iban a estar mucho tiempo más en la vida dándole indicaciones. Ella inclinaba la cabeza hacia un costado y empezaba de nuevo.

domingo, 11 de abril de 2010

domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

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martes, 23 de febrero de 2010

Verano XXII (oy gut)

Esto ocurrió hace un par de sábados, por los días en que estaba leyendo "A guerra no Bom Fim", de Moacyr Scliar. Lo que importa para el caso de esa lectura es que en algunos pasajes un par de personajes (judíos, pues la novela se centra en un barrio judío de Porto Alegre) podían volar. De repente Nathan se levanta de noche y sale por la ventana y vuela como en un cuadro de Chagall, con violín y todo. Leyendo eso me dije en un instante: "¡Ay! ¿Está repitiendo una fórmula de realismo-mágico? ¿Está rindiendo Scliar en su primera novela (año '71) cuentas a su propia época?". No lo sé. Quizás ni siquiera termine siendo algo importante. Moacyr Scliar es un autor que me gusta, y la novela por esos días me estaba entreteniendo bastante de todos modos.
La tarde del sábado del que quería hablar hacía un calor húmedo y pegajoso. No había casi viento y el cielo estaba apenas gris. En la parada 1 de la Mansa, frente a la Liga de Fomento, uno podía ver desde la orilla la tonalidad verde oliva del agua, y más allá la isla Gorriti apagada en una única línea sombría. Y aun más allá, el Pan de Azúcar, como una cresta absolutamente negra a punto de rasgar las curvas de las nubes también oscuras. Me quedé nadando, yendo y viniendo, hasta que se me hizo posible. Las primeras gotas que llegaban desde la tormenta entrevista tras la isla agujereaban la superficie del agua y formaban unas breves coronitas, como si fuera la marca de algún animal tímido y minúsculo que regresa arrepentido y a toda velocidad hacia la arena del fondo. Los primeros rayos entonces se desplegaron sobre la bahía con la misma forma del esqueleto de un abanico. No hay tiempo para un rayo único.
El guardavidas abandona su casilla de un salto y corre hacia la orilla. Comienza a hacer sonar el silbato. Casi toda la gente se ha ido, pero aún quedamos algunos. Sin embargo el guardavidas está preocupado por alguien en particular. A cien o ciento cincuenta metros hay un hombre buceando. El guardavidas se mete hasta las rodillas en el agua como si ese detalle le diera una ventaja extra sobre el buzo. Al final, no puedo saber cómo termina la escena. El viento se vuelve cada vez más imponente, recojo mis cosas y salgo corriendo hacia la rambla. Los rayos caen del otro lado del puerto, contra la isla, por todas partes. Las nubes negras se acercan en unos pocos segundos y el viento aumenta y empieza a transformarse en una turbonada. Corro hacia una calle de las que desembocan en la rambla. La lluvia se vuelve gruesa y me meto de inmediato en el garage de un edificio cuyo portón está abierto. Miro hacia todas partes para ver si el portero se encuentra cerca. Pero no hay nadie. Me quedo en un rincón, del lado de un sitio vacío que corresponde al coche del apartamento 103. Por suerte los del 103 no están en casa, pero contra la viga que divide el 103 del 104 hay atada una bicicleta muy similar a la que yo tenía cuando era niño. Una bicicleta muy de los '70 o los '80. Esas son las pequeñas cosas que me encantan de Punta del Este. Con toda posibilidad los del 103 deben de tener esa bicicleta desde un par de décadas, reciclada cada tantos veranos para sus hijos, sus nietos, qué sé yo... Afuera el viento y la lluvia forman una materia densa, casi imposible de atravesar con la mirada. Resuenan junto con los truenos y los zumbidos del viento varillas de aluminio que caen sobre la vereda desde los cortinados de los balcones y también varios vidrios. Estoy absolutamente empapado, tratando de calentarme un poco con la toalla, un poco menos húmeda que mi ropa. Pienso que si llegaran los del 103, o el mismo portero, tendría que dar explicaciones acerca de lo que estoy haciendo allí, pero es muy probable que la lluvia me ayude un poco y vuelva más tolerables a todos. Aunque no puedo decir lo mismo si el portón del garage se baja y me quedo a oscuras allí adentro.
Estaba en eso, pensando en una cosa y otra, prestándole atención a intervalos a las roturas de los vidrios o a los gritos de algunas personas cuando veo en la vereda de enfrente a un rabino apretándose su sombrero y cruzando contra el pecho su otro brazo, por encima de la abertura desabotonada del sobretodo. Si uno aislara el viento de toda esa situación y lo colocara en otra parte del mundo, por sobre unas montañas de Asia Central, por ejempo, podría ver la tranquilidad con la que el rabino caminaba mientras los vidrios repiqueteaban por todos lados y unos pocos turistas salían de sus automóviles cubriéndose la cabeza con el grueso Clarín del sábado y se tiraban casi de paloma hacia la recepción de los edificios vecinos. La sinagoga de Punta del Este queda muy cerca de allí, casi contra la terminal. Al rabino le quedaba menos de media cuadra para llegar. Era una figura agrisada recortada a medias entre el aguacero. Una figura que se deslizaba a una velocidad creciente, con el viento empujándolo sobre su nuca, su espalda, sus asentaderas, sus piernas, sus tobillos, hasta que la turbonada arremetió por última vez antes de la tregua final y los pies del rabino (que había tropezado) en tan sólo un segundo, quizás dos, se despegaron del embaldosado y patalearon en la nada. Pudo haber sido nada más que un desvarío de la percepción. El rabino tocó tierra una vez más y se reacomodó con dignidad y presteza, recuperando el paso de siempre. No tenía porqué importarle nada. Sólo la fe, que lo estaba llevando adonde tenía que ir.

Cuando la tormenta siguió de largo hacia al lado del océano, atravesando finalmente toda la península, abandoné el garage y caminé hacia el lado de la terminal para llegar a la rambla de la Brava. Apenas pasé frente a la sinagoga miré hacia adentro. El rabino no estaba por allí a la vista por supuesto. Solamente había una niña de unos siete u ocho años, apoyada contra la puerta de la entrada y mirándome con su pequeña Torá de páginas con bordes dorados, apoyada contra su boca.

viernes, 12 de febrero de 2010

En la mansión


Después de tanto tiempo, años y años, vuelvo a visitar la mansión de enfrente a casa. Entro con las hermanas A. y F., justo atravesando una de las alas de la construcción, mientras yo les explico que tuvo que haber sido en el verano de 1990 cuando estuve allí por última vez. Un poco antes de un accidente con explosivos que hizo que algunas personas murieran allí y que los dueños abandonaran poco a poco el lugar cediéndoselo a su casero. F. me indica a cada instante que me fije bien en los muebles, en los cuadros, en los adornos. "Está todo intacto, como estuvo siempre", me dice. Cuando salimos al patio central aparecen dos perros, pero en seguida se muestran bastante amigables, tanto que hasta me animo a rezongar al más grande, uno marrón, para que no me haga más fiesta. Eso me da un poco de valor y termino de entrar al patio. F. señala hacia los ventanales del otro lado y me dice que tenga en cuenta que la biblioteca está toda reconstruida, que el piano fue restaurado, etcétera. A través de los vidrios noto la penumbra del interior de la biblioteca. En eso llega el casero. Noto que tiene una nueva mujer. Una mujer ancha con el pelo pintado casi de plateado y con un niño como apresado bajo uno de sus brazos. El hombre saluda nos saluda casi sin interés y oigo que una de las hermanas le comenta a la otra que cree que el casero está regresando en ese momento de un baile de cumbia, y que consiguió allí mismo a esa mujer con el niño. Como sea... El casero, la mujer y el niño se encierran en sus dependencias y nos quedamos solos de nuevo en el patio. Entonces le digo a F. que quiero terminar de atravesar el patio y llegar al comedor. El comedor se ve oscuro, pero desde donde estoy puedo ver una fuente con frutas de cera, apenas recortada a través de la abertura de la puerta. Cuando doy un par de pasos encuentro a mi derecha, en una esquina del patio, una chimenea de hierro elaborada con mucha fineza, con muchos detalles. La chimenea tiene la forma aproximada de un cono y una línea a su alrededor que dibuja un espiral para quien la observe desde lo alto. Al pie de la chimenea hay una inscripción que dice: "Fabricado en Pelotas". Cuando me doy vuelta para contarles a A. y F. que yo estuve en Pelotas hace poco tiempo, me doy cuenta de que ellas no están allí. A la derecha de la chimenea hay unas placas y unos bustos recordando a los antiguos dueños de la mansión. Me sorprendo bastante de que sean brasileros. De pronto veo que debajo de la chimenea y de los bustos hay un compartimento cerrado con dos puertas. Entonces aparece allí el niño y las abre y veo un montón de urnas con placas metálicas llenas de inscripciones. Son las cenizas de los que habitaron la casa. En ese instante reaparece el casero, saca al niño de los pelos y cierra el compartimento de un portazo. Luego comienza una discusión con su mujer acerca de cómo hay que criar al niño. Yo sigo de largo, como si caminara hacia el comedor de una vez por todas, pero el paisaje cambia. Ya no tengo más a mi derecha la pared tras la cual estaba la cocina. Allí hay ahora un enrejado de color negro. Tengo la sensación de que estoy en Montevideo, de que lo que hay del otro lado de las rejas es un parque de algún lugar de Montevideo. En el parque hay varios árboles que no tienen hojas, pero en cuyas ramas desnudas cuelgan de unos hilos y se agitan suavemente con el viento unas placas de oro con formas curvas. Mientras me quedo observado ese espectáculo, aparece de mi lado una muchacha que había sido mi compañera en quinto o en sexto de liceo. Está igual que siempre. Tiene los párpados caídos como cuando era mi compañera de clase. Eso siempre le dio un aspecto manso y somnoliento. Entonces me toma la mano derecha y la pone a cierta altura apoyándola sobre uno de los barrotes y entrelaza mis dedos con los suyos. "No te habías dado cuenta", dice.

miércoles, 27 de enero de 2010

Una entrevista

[Con motivo de la reciente nota aparecida en el semanario Brecha (nº 1261, 22/1/2010) acerca de la nueva narrativa uruguaya, su autor, Matías Núñez, me hizo llegar un cuestionario que también había enviado a los otros escritores mencionados en el trabajo. Por una cuestión de tiempos, cuando lo respondí ya era demasiado tarde: la nota ya estaba escrita. Sin embargo, publico aquí mis respuestas como complemento a las que en nota aparte aparecieron de Rodolfo Santullo, Pedro Peña, Matías Paparamborda, Jorge Alfonso y Ramiro Sanchiz.]

¿Qué importancia tiene en su obra ser joven y uruguayo? (es decir, más allá de lo que dice el pasaporte, ¿recurre a dicha circunstancia como sustrato creativo?)

No, no es algo que me importe a la hora de escribir o de considerar mi trabajo. No me veo escribiendo historias para entrar en un diálogo con una tradición narrativa (por más que pueda considerar alguno de sus aspectos, de forma consciente o no...) o con un horizonte de expectativa generacional o nacional. No me siento delimitado por la condición de "joven" o por la de "uruguayo". De hecho, no creo que sea tan joven. A mi edad mi padre tenía tres hijos y salía hacer las cosas que un hombre hace para mantener a una familia. La vida no le imponía la condición de "joven" para nada. Había que hacer cosas y punto. Lo mismo considero yo. Hay historias que tengo y que quiero contar, pero eso no tiene que ver con el apremio de observarme dentro de una determinada franja de edad. Y en cuanto a lo de "uruguayo", no creo que sea algo que a uno le deba pesar; ni siquiera creo que pese. Es decir, no escribo pensando en un "main stream" de temáticas o recursos que puedan refrendar una idea de la siempre evanescente "identidad nacional". Además, tampoco nadie se mata por leer narrativa uruguaya en el exterior, que a mí me parezca. Así que, bueno... a escribir tranquilos.

¿Lee a sus coetáneos? ¿Reconoce alguna inquietud generacional común?

Sí, los he leído a casi todos. En general reconozco la inquietud generacional de quererse ver como generación con inquietudes generacionales. A veces percibo un cierto pudor (o subestimación) por caer en la anécdota pura, o en el factor episódico, y entonces aparece la recursividad del referente de la narración, o algo como una meta-narrativa, etc., y eso me aburre un poco.

¿Ve surgir algún aspecto novedoso en la narrativa de su generación? (ya sea en tanto innovación formal, la construcción de un lenguaje diferente, cambio de contenidos o lo que sea)

Creo que todavía no hay una cantidad de obra suficiente como para observarlo. Estamos hablando de autores que tienen tan sólo uno o dos libros publicados...

¿Cuáles son sus influencias y cómo es su relación con las mismas a partir de las nuevas perspectivas en torno a la parodia, el homenaje, la cita o incluso el plagio?

No sé si hablar de influencias en el sentido de mencionar a autores o propuestas narrativas generales que de algún modo dirijan mi creación. Trato de que los autores que me gustan o me deslumbran no pesen tanto, en el sentido de que eso puede imposibilitar la concreción de mi propia voz como narrador. Por supuesto que uno se hace deudor de otras sensibilidades que lo cautivaron a través de la lectura. A mí, por ejemplo, me fascina el realismo de Juan José Morosoli, pero no veo motivo alguno para imitar sus tipos de historias. Y sí, como él bien lo hizo, para hacer llegar al lector el pequeño e imponente mundo del alma de un personaje como si ese mundo de pronto fuera el nuestro. Eso es un objetivo, y a los objetivos, a diferencia de los recursos o los argumentos, no está tan mal copiarlos.

¿Cuál cree que debe ser la función de la crítica literaria? (si debe emitir juicios de valor o no y si tiene alguna utilidad para los creadores)

Por supuesto que emitir juicios de valor, o sea realzar el mismo oficio de la crítica literaria no sólo introduciendo a un futuro lector a un libro, sino manifestándose de acuerdo o no con ciertas propuestas. Esto es: no caer en hacer pequeñas reseñas sobre el argumento de una novela o un conjunto de cuentos. Es lo mejor que les puede suceder a los grupos editoriales. ¿Qué tiene de malo jugársela y dar una opinión si la opinión está realizada con entereza y dedicación profesional? Y al que le duela, que le duela. Si a alguien no le gustan mis libros y me dice por qué, en una de esas podré sacar algo en claro y mejorar, ¿no? ¿A alguien le dijeron que por escribir libros le iban a tirar pétalos por la calle? ¿Y quién lo necesita, por otra parte? Escribir ya de por sí es una actividad maravillosa que te renueva la vida cuando estás contigo mismo.


(*) Foto: Ignacio di Tullio

domingo, 17 de enero de 2010

Los catadores


Hace algo más de un año Leonardo Cabrera tuvo la idea de que varios de los que andábamos "en la vuelta" reuniéramos nuestras impresiones sobre lo que estábamos leyendo (sea recién editado o no) en un blog colectivo. Esta idea ya pasó desde ayer a la realidad. Los lectores pueden acceder a www.clubdecatadores.wordpress.com y entrar a un índice de lecturas bien personales de, por el momento, Leonardo Cabrera, Pedro Peña y quien escribe. Quedan invitados. Un abrazo.


(*) Foto: Leonardo Cabrera; Playa Kennedy, Punta del Este, 9/1/2010

martes, 12 de enero de 2010

Verano XXI (todos los pequeños milagros)


En el último día del año pasado, temprano por la mañana, recibí la visita de uno de esos amigos que veo cada tanto, quizás dos o tres veces por año, pero con los que es fácil entablar en seguida un diálogo ameno y franco que salva desairado el tiempo transcurrido en el que cada uno sabe muy poco o nada sobre el otro.
Yo estaba terminando de desayunar y leyendo "Bullet park", de John Cheever, cuando golpearon a la puerta. Era S. Con S. hablamos mucho de cine, así que casi de inmediato comenzamos a discutir acerca de las cosas que nos habían parecido de lo mejor en el año. Yo, de pronto, empecé a insistir en que "Ordet" (1955), de Carl Theodor Dreyer, había sido la película que más me había conmovido de todo lo que había visto. No estaba hablando de lo mejor ("Ordet" es, en mi opinión, excelente, sin dudas), de lo logrado en cuestiones técnicas (que poco manejo), etc. Estaba hablando de la posibilidad de que una película te quede en la cabeza unas cuantas horas después de vista. Y una mañana o una tarde sale uno de trabajar y se encuentra con una secuencia de esa misma película pasándose una y otra vez. Y en la semana esa secuencia de repente atraviesa todas las preocupaciones y los diversos sentimientos y pensamientos y se instala como una gaza cayendo desde el cielo y posándose con extremada lentitud sobre todos los objetos familiares. Estás comiendo con tu gente, girás a la izquierda y te das cuenta de que el espacio entre ambos está ocupado por una serie de pensamientos que despertaron las imágenes y los diálogos de una película. Es un ambiente rural de Dinamarca. El padre de familia (padre de tres hijos, uno adulto casado, otro adulto que enloqueció y se cree Jesucristo, y un tercero bastante mozo y en edad de casarse) se sienta en el galpón donde están encerrados los cerdos. Los mira solazarse tras la cerca. Su nuera, esposa de su hijo mayor y mujer de la casa se le acerca. En realidad quiere convencer desde hace rato al viejo para que consienta el casamiento de su hijo menor con una chica que pertenece a una familia ortodoxa. En cierto instante, hablan de lo imposible. O de las cosas que damos por imposibles. El viejo es testarudo, pero tampoco se come los mocos. Ambos saben que los milagros cercan nuestras vidas. El hecho está en cómo entendemos la dimensión de los milagros. La nuera se muestra muy esclarecida en lo que quiere dar a discutir. Todo el tiempo hay milagros, dice, los milagos nos pasan a cada rato bajo nnuestras narices. El problema es que buscamos los milagros siempre como algo parecido a un ángel que baja en lo peor de todo el asunto y nos pide que nos comamos un libro. El milagro no debe ser siempre (o nunca) algo como la última revelación de todo un proceso. Existen los pequeños milagros. La vida es imposible sin los pequeños milagros, y nuestra gran desgracia es no percibirlos, dejar a esos pequeños milagros desamparados. El tema, por supuesto, es tener una idea más o menos clara de qué constituye un pequeño milagro. ¿La mismísima salida del sol y, en consecuencia, cada parte del mecanismo que hace que el día se cumpla y logre su cometido? Una rama levantándose al viento, como una persona que saca pecho, te puede herir de pasión.

Ahora es de tarde. Continúa siendo el último día del año 2009. Estoy sentado en la playa Kennedy leyendo "Bullet park" luego de haber nadado un rato. A veces detengo la lectura, hago alguna anotación sobre un hecho que sucede a mi alrededor o cualquiera otra cosa. Por ejemplo escribo en la libreta: "Algo de viento fresco; el agua también un poco fresca, pero se necesita que alguien ponga un poco de uno mismo para que las cosas sean como tienen que ser o como uno hubiera querido que fueran." Sinceramente, más allá de lo que pueda interpretar ahora, no entiendo bien qué significa y no recuerdo con exactitud a raíz de qué escribí esas líneas en la libreta. Pero, de todos modos, estamos en la última tarde de 2009. Un par de adolescentes se acercan a la orilla con una pelota de fútbol. Uno de ellos, el de la izquierda intenta hacer con la pelota ese tipo de pavadas que hace Cristiano Ronaldo. No le sale nada. Tiene los pechos de una niña de 11 ó 12 años y se sacuden histéricos con cada pisada o con cada movimiento que le permita lograr el equilibrio adecuado para poder dejar la pelota trabada entra la parte posterior de su pantorrilla izquierda y el empeine de su pie derecho. Repito: no le sale nada. Creo que podría probar con ser certero en los pases de más de cinco metros. Como sea... Sigo leyendo a Cheever y subrayo una frase: "Es cierto que la sanación milagrosa es lo único que no hemos intentado, pero no sé si estoy dispuesto a arriesgarme." Después termino esa página, sigo con la otra, doy vuelta hacia la siguiente, etc. El argumento y sus manifestaciones, o cómo reaccionan los personajes ante esa manifestación argumental me atrapa cada vez más. Pero algo no funciona ahora a mi alrederor. Siempre prefiero leer en la playa Brava antes que en la Mansa simplemente porque me es más fácil concentrarme. El ruido continuo del oleaje neutraliza las conversaciones ajenas y todos los otros ruidos. Pero resulta que a partir de cierto instante no hay mucho que neutralizar. La gente se ha levantado de sus sillas, ha abandonado el agua o sus juegos de pelota o sus lecturas de diarios, libros o soluciones de sudoku y se ha apiñado en un sector de la orilla, a unos veinte metros a la derecha. Las olas traen lentamente el cuerpo oscuro y reluciente de un pequeño lobo de mar. Al principio me parece que está muerto, pero no... El lobito, que tiene un poco más de medio metro, se deja arrastrar y revolcar a medias por las olas. Hasta que llega a la orilla con su paso tambaleante y simpático. La resaca del agua que regresa le amontona arena contra la parte baja del pecho. Hay un montón de niños expectantes que comienzan a formar un semicírculo sobre el animal. Los padres están a muy poca distancia de sus hijos, como si fueran los custodios de una emoción escondida que le tenían preparada a sus hijos para esas vacaciones. Casi nadie habla. Algunas personas sacan sus teléfonos o sus cámaras y sacan las primeras fotos. Me pongo a hablar con un hombre que también es de Maldonado y rápidamente llegamos a la conclusión de que es algo bastante raro que los lobos marinos salgan así como si nada y se instalen entre la gente en la playa Brava. Uno puede verlos, enormes, en el puerto, queriendo ligar un poco de las carcazas que los pescadores arrojan desde los muelles cuando filetean lo que han recogido, pero esto es algo inusual. En seguida alguien sale corriendo hasta el puesto del guardavidas y lo hace bajar y acercarse a la multitud. El guardavidas pide con cierto tono enérgico que nadie toque al animal, que puede ser peligroso sobre todo para los niños. Luego disca un número en su celular y pasa el comunicado de la aparición . A decir verdad, al animal parece importarle muy poco lo que se suscita a su alrededor. Tuerce la cabeza entrecerrando los ojos bajo el sol y se rasca un costado con una aleta. La situación se asemeja a una pequeña muestra de adiestramiento. En unos pocos minutos llega alguien de una asociación protectora de animales marinos e intenta hacer que el animal entre a una jaula de color crema. El animal se desvía hacia la orilla. La persona hace un último intento de atrapar al animal pero este gana de inmediato la orilla y pasa por debajo de una ola y comienza a alejarse con lentitud. Su lomo azabache reluce a intervalos descubierto en la superficie. Yo sigo leyendo. Los chicos regresan con su pelota e intentan una vez más que les salga algún truco de esos que aparecen en las publicidades de ropa deportiva o en las presentaciones de los futbolistas a estadio lleno. Una mujer a mi izquierda retoma la lectura de "Elizabeth Costello", de Coetzee. Está tostándose boca abajo y pasa las páginas con rapidez. A la salida, a punto de cruzar la rambla, mientras ella vigila de cerca a sus hijos, me pregunta qué estaba leyendo.
-"Bullet park", de John Cheever -contesto.
-¡Ah, no la leí! Pero, ¿leíste "Esto es el paraíso" de él mismo? Me gustó mucho.
-No...
Yo ya sabía lo que ella estaba leyendo, pero se lo pregunté para no interrumpir la cortesía.
-"Elizabeth Costello", de Coetzee... -responde, y me da cierta buena impresión que haya pronunciado el apellido en afrikaans, es decir: "Cutsía".
-¿La leíste?...
-No...
-Me gustó mucho "Desgracia". ¿La leyó?...
-¡Ah!... Esa no...
Luego el tráfico permite una brecha por la que podemos ganar el cantero del medio de la rambla y la siguiente vereda. Ellos se acercan a su camioneta. Yo me subo a la bicicleta y me alejo ya por la calle Montecarlo rumbo al barrio Kennedy.

Y ahora es la cena de Fin de Año, en la casa del Kennedy. De un lado de la mesa está mi padre. En el lado opuesto estoy yo. Somos dos. Es una cena entre el padre y su hijo mayor para despedir a sus propios modos el año al que le queda poco más de una hora. Comemos unas milanesas al pan, y él no tiene ya problemas con que yo ponga la música que quiero para cenar. Entonces escuchamos una antología de Benny Goodman y no miramos como otros fines de año u otras Navidades esos programas de la tele abierta del tipo "Nochebuena o Fin de Año con las estrellas" (donde te dan los mismos videos de Ricky Martin o Shakira o Luis Miguel y por allá a las tres de la mañana medio dormido pescás "Ticket to ride", de los Beatles) o no escuchamos cumbias en alguna FM local. Mi padre consiente esta vez escuchar jazz de Chicago. Hasta sigue el ritmo golpeando con la palma de su mano el borde de la mesa y mirando a través del ventanal el resplandor de algún fuego artificial adelantado a la medianoche. Ya hemos llamado o escrito a Valencia, a Sicilia y a Amsterdam para saludar a una parte de nuestra familia que ya está en 2010. Para un poco más tarde queda la llamada a Estados Unidos para saludar a mi madre. Cuando se hacen las 00:00, me levanto y le doy un beso a mi padre y le digo "Feliz año nuevo, papá". Él agradece, me dice otro tanto y me da a su vez su beso y me pone una de sus grandes mano sobre un hombro. Los vecinos comienzan su media hora ininterrumpida de fuegos de artificio y explosiones. El resplandor invade la cocina. La música de Benny Goodman se escucha sólo a intervalos. Me levanto, me acerco a la computadora y respondo o hago algunos saludos a través del MSN. Cuando regreso a la mesa mi padre está ya dormido. No lleva puesta remera. El ventilador le da directo sobre el pecho, donde tiene colgada su placa metálica que indica su tipo sanguíneo y la advertencia de que es alérgico a la penicilina. Esa placa le salvó la vida en su accidente de tránsito de 1996. Ahora es 2010. Pasó una década y media. Mi padre está algo avejentado y tiene una panza alarmante. Lo contemplo mientras continúa con la cabeza pendiendo sobre su pecho, a pocos centímetros de su panza calzada contra el borde de la mesa. Suenan los últimos temas de la antología de Benny Goodman. No puedo dejar de mirar a mi padre y de pensar también qué hay exactamente o qué depara la porción de aire que nos separa al uno del otro. Me quedo allí, con ese espectáculo pensando por unos pocos segundos qué será o significará 2010 para mí. Pregunta banal para algunos asuntos y no tanto para otros. Podría suceder ahora algo que cambiara el curso de las cosas. Algo que diera un poco más de luz sobre este fragmento de vida que traemos. Pero no pasa nada. O al menos eso no se nota. Nada... De pronto las explosiones recrudecen y mi padre se despierta, parpadea rápidamente y me observa.
-Parece un ataque con explosivos... -le digo.
-Ah, sí... -responde con voz ronca.
-¿Te imaginás lo que debe ser estar bajo un bombardeo?... -vuelvo a decir.
Es una pregunta que me hago a veces cuando escucho las detonaciones de la pirotecnia.
-Y sí... -dice mi padre, pero lo dice como si respondiera a una tontería o a alguna cuestión improcedente.
Entonces su cabeza cae inerte sobre su pecho y retoma su sueño.
Recuerdo rápidamente una historia con mi padre a los 9 ó 10 años. Yo estaba sentado o acurrucado en su falda una tarde de tormenta en verano y escuchamos la explosión de la caída de un rayo, que al final resultó ser, lo supimos unos cuantos minutos después, la detonación de un explosivo que mató a un par de personas. Es una historia que un día tengo que contar. Una historia que un día, seguramente, me haga sentir en la obligación de traerla de allá para acá.
Al final, me levanto y doy un par de pasos hacia mi padre. Lo sacudo suavemente por el hombro.
-Vamos un rato hasta afuera... -le digo.
Empieza a desperezarse, bosteza y se levanta trabajosamente.
Salimos a la calle y contemplamos hasta el final los fuegos artificiales del lado del club de golf.

martes, 5 de enero de 2010

El secreto de Hugo, seguido de Sun king


[Este es el otro sueño que tuve antes de Navidad. Son dos sueños, o un sueño que se continúa en otro, o una matiné onírica, como sea...]

1: Me encontré con Leonardo Cabrera en San José. Lo primero que me dijo, con mucho entusiasmo, fue que había terminado de rodar un cortometraje titulado "El secreto de Hugo".
-¡Ah! ¿Sí?... -le dije -¿Y de qué es?
-Es sobre Hugo Fontana -me respondió.
Entonces, de golpe, comenzó a transcurrir el cortometraje, tanto como si yo me hubiera introducido en su mundo ficticio o tanto como si el relato adquiriera de pronto todas las características propias de una representación teatral. Entre tanto, Leonardo me informó que todos los personajes estaban encarnados por amigos suyos de San José, entre los que reconocí a algunos.
El cortometraje era breve. Había obviamente una leyenda al comienzo: "EL SECRETO DE HUGO", seguida de otra que decía DIRECCIÓN: LEONARDO CABRERA, y comenzaba así. Yo estaba parado en un baldío y Hugo Fontana llegaba corriendo atravesando una calle y se me paraba en frente como si fuera presa de un nerviosismo que lo mantenía crispado. De repente abría grandes los ojos, tomaba aire y extendía sus manos hacia adelante retorciendo los dedos como si estrangulara un par de gallinas en cada una.
-Todo, todo, TODO... -dijo -¡¡¡¡¡Todo debe ser... TENSO!!!!!...
Mientras tanto, más abajo, a nuestros pies, más precisamente, estaba la tumba de Ernest Hemingway. En realidad no estaba muy bien enterrado. Tenía un ramo de flores de plástico, con más hojas que flores, sobre su regazo, y una botella de whisky con poco contenido sobre su pecho... Hemingway habia estado observando y escuchando todo lo que acontecía a un metro y medio por encima de su nivel, y cuando Fontana terminó de hablar, se sacudió y gritó con una voz agrietada:
-Naaaaaaaaaa... Andá a cagar... Me voy a la mierda...
La tierra empezó a deslizarse por los costados de su cuerpo y Hemingway terminó de ponerse en pie y se alejó un poco tambaleante a la derecha. Desaparecía así de la escena.
En el final, una mujer que manejaba un Volvo sedán de color azul se detenía en la esquina al observar que Fontana estaba en el baldío. La mujer iba con su propio marido en el asiento del acompañante, y este por lo visto se sintió molesto ante el interés de su esposa por el escritor uruguayo, así que le gritó que se apurara. La mujer se sacudió asustada y giró el volante hacia la izquierda, pero el hombre volvió a gritarle y ella pareció entender que no se dirigían hacia ese lado, sino hacia la derecha.
Así terminaba el cortometraje.

2: Mi hermana Andrea y yo éramos niños. Estábamos subidos al techo de nuestra casa en el Kennedy y observábamos el cielo en la madrugada. Todo el tiempo se veían estrellas fugaces, pero Andrea no podía verlas. Cada vez que yo le decía: "¡Mira! ¡Una estrella fugaz!", ella preguntaba: "¿Dónde?... ¿Dónde?" y giraba rápidamente la cabeza hacia un lado y otro tratando de encontrarla, pero la luminosidad siempre se desvanecía en el preciso instante en el que encontraba el sitio que yo le señalaba. Así que el único que podía ver las estrellas fugaces era yo, y eso no sólo me generaba cierta contrariedad, sino una especie de amargura por que no pudiéramos ver las mismas cosas.
La luna estaba en cuarto menguante, un poco sobre el noroeste, rodeada de unas pequeñas nubes que adquirían una incandescencia amarilla.
-Mira la luna, Andrea... -decía yo -Ahora es cuando todo se pone rosado.
Observábamos la luna y las nubes a su alrededor y todo ese fragmento del cielo se encendía cada vez más.
Entonces sentimos los sonidos de una guitarra. Observamos hacia el este y supimos en seguida que lo que se venía era el inicio del día. Las primeras notas de "Sun king", de los Beatles se derramaban sobre el mundo todo, pasaban por encima de nosotros y seguían su viaje hacia el horizonte opuesto. El este adquiría un tono grisáceo y celestino y la canción continuaba. Empezaba la parte de los coros y en seguida también las primeras palabras "Here comes... the sun king..." Estábamos presenciando algo más que el comienzo de un nuevo día. Sentíamos lo que hacía la diferencia. Y eso era que nos sabíamos los poseedores de una situación o de un objeto intangible que preservábamos o cuidábamos para los demás. Era la sensación de que alguien tenía que estar observando todo aquello para que eso mismo pudiera acontecer, y acontecer para que los demás lo recibieran. QUANDO PARAMUCHO MI AMORE DEFELICE CORAZON / MUNDO PARARAZZI MI AMORE CHICKA FERDY PARASOL / CUESTO OBRIGADO TANTA MUCHO QUE CAN EAT IT CAROUSEL...
Bajamos del techo y fuimos a despertar a nuestro hermano Franco, que sería un niño de seis o siete años.
-¡Salió el sol! ¡Salió el sol! -le decíamos.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

Otro de Suárez


[Mientras se van los últimos días de 2009 algunos amigos y familiares (¡oh, mamma!) me han insistido en que está todo bien con eso de la ballena, pero, vamos, Jonás, escríbete algo de vez en cuando... Así que para los queridos insistentes van por lo menos en estos días un par de textos que me anoté en la libreta de los sueños. Uno de ellos, el que sigue, relacionado con una noticia deportiva de por estas jornadas. Abrazos.]

Soñé antes de Navidad que la selección de Portugal llegaba a Uruguay para una serie de cinco partidos ante nuestra selección al mejor estilo play-offs. Antes del primero de los encuentros hubo algunos comentarios cruzados entre los técnicos de ambas selecciones y se supo también que Cristiano Ronaldo no iba a estar por lo menos para el primero de los partidos, pero sí Figo, Simao y Deco. Entre esos cruces de noticias pequeñitas que los diarios iban recogiendo para matar el tiempo hubo una declaración del técnico de Portugal, que manifestaba que el hecho de jugar contra Uruguay tenía un componente tan especial como el de enfrentarse a un combinado de aliens. Al parecer las palabras fueron tomadas como irónicas por la afición uruguaya.
En fin, el asunto es que el primer partido iba 0 a 0 hasta pasada la mitad del segundo tiempo. En ese momento Luis Suárez abandona el campo de juego y se acerca a Tabárez pidiéndole algo. El técnico uruguayo revuelve el interior de un bolso y le alcanza de inmediato algo al jugador. Cuando Suárez retorna corriendo al área de Portugal se ve claramente que se coloca una máscara de alienígena. Es en el preciso instante en el que hay un corner para Uruguay. Forlán lo patea pasado sobre el segundo palo y entonces Suárez cabecea por encima de varios, entrando desde atrás, y pone el 1 a 0. Los jugadores uruguayos salen corriendo detrás del goleador en el festejo. Pero Suárez se adelanta bastante y llega hasta el sector en que las cámaras fotográficas pueden tomarlo de cerca. Se señala con ambas manos la cabeza cubierta con la máscara y grita:
-¡Marciano! ¡Marciano!...

(El siguiente partido se iba a jugar en Canelones).

jueves, 24 de diciembre de 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Los alienados


Comparto con mis amigos lectores una buena noticia para ir despidiendo este año.
La editorial La Propia Cartonera, de Montevideo, acaba de publicar mi relato "Los alienados".
Como muchos saben esta editorial es un proyecto alternativo que tiene un perfil de trabajo social inspirado en la argentina Eloísa Cartonera. Las tapas de los libros son confeccionadas con cartón reciclado y pintadas por niños, jóvenes y todo el que se acerque al taller del Bar Clase A, en Nuevo París, un barrio de la periferia de Montevideo.
En cuanto a mí mismo, haber publicado un libro en esta editorial tiene un contenido emocional muy importante, ya que en dicho barrio nació y se crió mi madre, a tan sólo una manzana de donde son confeccionados los libros. De hecho, la familia de mi madre (particularmente su abuelo, Giovanni Bertolino), es una de las primeras familias que pobló el lugar. Así que bueno... qué más puedo pedir...
Gracias desde ya a los editores de La Propia y, por supuesto, a todos aquellos lectores que han aportado de distintas maneras su opinión sobre mis trabajos.

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La Propia Cartonera:

www.lapropiacartonera.blogspot.com

lapropiacartonera@gmail.com

miércoles, 2 de diciembre de 2009

American patrol

Me tuve que venir por unos días a Montevideo para hacer unos trámites y atender ciertas invitaciones. Salí de Maldonado de noche. Llovía. Me acomodé contra la ventanilla y le di play al disco que tenía colocado en el discman, que era una antología de Glenn Miller. De pronto, cuando arranca "American patrol", comienzo a reírme. Me doy vuelta y apoyo mi frente contra la ventanilla fría, pero es evidente que la persona que va sentada en el asiento de al lado tiene que percibir cómo me sacudo. No puedo parar de reírme. Y acá viene una anécdota. Una anécdota muy a tono con estos aires de bonanza futbolístico-política previos al clásico de Peñarol y Nacional del próximo domingo.
Una noche de verano en Maldonado, fuimos con Valentín, y nuestras respectivas novias de esa época, a ver un clásico en el estadio del Campus. En Peñarol dirigía Garisto, jugaba el haitiano Jean Jacques; en Nacional estaba el "Loco" Abreu, etc. Se jugaba la final de la Copa Ricard, si mal no me acuerdo. Es probable que el partido lo haya empezado ganando Peñarol. (Valentín recuerda que el empate lo hizo Abreu). Como sea, hubo empate 1 a 1 y fueron a penales y el haitiano erró un penal definitorio justo en el día de su cumpleaños y Nacional ganó. Hasta ahí lo más estadístico. Pero algo de lo mejor había empezado en el entretiempo, con un muy provinciano anuncio del entretiempo, en el que se publicitaba a un sanatorio de Punta del Este con "American patrol" sonando libremente por varios segundos. Con Valentín (con quien adoramos a Glenn Miller) nos empezamos a reír por ese agujero negro que se formó entre el maremágnum cumbiero de los otros avisos. Pero el partido se reanudó y con él las ganas de los jugadores de imponerse de una manera u otra. En un momento de ese segundo tiempo hubo una serie de faltas muy duras tanto de un lado como de otro, luego unos empujones, unos manotazos y al final dos o tres piñas perdidas. Mientras la gente puteaba y alentaba según el caso, algo sucedió en la cabina de control del audio del estadio que comenzó a irradiarse la canción de Glenn Miller. Las corridas, las separaciones, los ingresos de los policías con los escudos al frente ilustraban los compases del conjunto de Miller y precedían las palabras del locutor recomendando los servicios del sanatorio. En un instante, entonces, aislados de la furia del resto de los parciales, aun de nuestras novias, que empezaron a mirarnos con cara de querer una explicación de lo que nos sucedía, Valentín y yo cruzamos nuestras miradas y nos reconocimos riendo, pero riendo a un nivel de parálisis en el que todo se iba al diablo. La trifulca se disipó de a poco y en nuestros sonidos se continuaban los ataques de los vientos de los muchachos de Miller. Entonces empezamos a llorar, a llorar de la risa. Las chicas nos miraban a punto de levantárseles una sonrisa. Otras personas se daban vuelta y nos observaban sin disimulo.
Por eso, cada vez que escucho "American patrol" termino llorando de la risa, pero de la risa histérica de un recuerdo desquiciado. Formamos con Valentín una burbuja una vez más y esa burbuja es lo que puedes sentir a veces bajo el término de "amistad".
Llegué a Montevideo casi a la medianoche. Dejó de llover. Hay un poco de viento fresco. Saqué el celular para avisarle a Valentín que llegué y de pronto me lo encuentro casi encima de mí, preparándose para el abrazo. No contaba con que me fuera a buscar a la terminal.
-¿Te acordás de "American patrol"? -le pregunto entonces.

lunes, 16 de noviembre de 2009

La respuesta en el aire

(foto: Agustín García)

Primero lo primero. Tuve que juntar fuerzas desde la mañana para ir a quejarme a la oficina de un ente público. Y cuando hablo de juntar fuerzas quiero decir que si hay una cosa que hace que la vergüenza ajena y la propia se me junten, eso es ir a quejarme a algún lado. Pero no le podía dar más vueltas al recibo con aquella suma exorbitante y entonces hice lo que tenía que hacer. Saqué número, esperé hojeando una revista que me había comprado unos minutos antes y me dirigí hasta el puesto de atención cuando me llamaron. Y esto que sigue es bien extraño (al menos para mí, que ya iba con la resignación de repensar las cuentas hasta fin de mes): primero me piden disculpas, después me dicen que estuve pagando de más y así, sin respiro, me sueltan que para la próxima factura no voy a tener que pagar nada y encima, sí, encima me tienen que dar dinero. "Pase por caja con estos papeles, señor..." Etcétera... Digamos que son las cosas de vivir en el mundo material, o de manejarse en la sustancia más material del mundo.
Minutos más tarde regresaba a casa en la bicicleta cuando algo llegó en el aire y me golpeó en la mitad del pecho. Estaba en medio de un cruce, así que demoré un poco en darme vuelta y seguir con la mirada lo que fuera que me había impactado. Así y todo, antes de que siguiera de largo y cayera al pie de un poste de luz, en medio del pasto de la vereda, llegué a apreciar que se trataba de un bicho. "Una langosta", pensé de repente. Frené, dejé la bicicleta apoyada en el cordón y caminé unos diez o quince metros hasta el poste de luz. Tardé sólo unos pocos segundos en encontrar un picaflor yaciendo de costado, temblando y moviendo un poco hacia arriba su cabecita bajo el sol abrasador. En la esquina había un almacén. Una señora y un hombre, que creo que era el dueño, salieron a la puerta y me preguntaron si se me había perdido algo. "Nnnnno... Una cosa...", dije por decir. Se quedaron entonces observádome. Y allí a mis pies, mientras tanto, estaba el picaflor en sus últimos estertores. Tembló un poco y en seguida la pequeña cabeza se acomodó sobre las briznas y todo el cuerpo se tensó para que en un instante minúsculo ya pudiera aflojarse y alargarse.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Reír


Soñé que estaba en una de estas iglesias abrasileradas donde te enseñan "el manto de la descarga", "la llama de la descarga", "el pijama de la descarga", ese tipo de cosas... Estoy en el frente, tratando de escribir un texto en el que me quiero burlar de todo lo que hay alrededor. Se me acerca uno de los patovicas y me dice que tengo que irme más al fondo. Allí me encuentro con dos amigas mías (que no sé quiénes son, pero en el sueño simplemente eran personas amigas). Me siento a una mesa y trato de continuar el texto. El patovica intuye algo y comienza a empujarme por la espalda. Me tambaleo en el asiento y no puedo escribir. Una de mis amigas se me acerca y me dice al oído: "Ahora no es momento para reírse de Dios, Damián. Espera un poco más".

domingo, 1 de noviembre de 2009

Vicaría


No tengo nada contra el e-book, pero creo que lo que me sucedió esta noche difícilmente me pueda llegar a ocurrir con ese aparato.
Hace semanas que he estado leyendo "En la frontera" (The crossing), de Cormac Mc Carthy, lentamente, casi diría yo de forma cautelosa. Es una novela larga, torrencial, áspera, dura y al mismo tiempo de un lirismo arrasador. Es una novela, como en otras de Mc Carthy, donde el recurso del "ser-haciendo" es indivisible. Los personajes hacen cosas. Los vemos haciéndolas. Por encima están sus preocupaciones, el destino que espera, etc. Pero tenemos que saber en largas tiradas de líneas cómo Billy Parham (el protagonista de esta historia) prepara el ronzal para su caballo Niño, cómo lo prepara, cómo le habla, cómo hace la cuerda cuando corre y se ajusta. Tenemos que compartir cada noche al costado del camino en ese recorrido por los devastados pueblitos mexicanos de mediados de siglo. Hay que prestar atención a cómo el personaje toma las ramas, como sus dedos se reparten cada aspecto de la tarea, cómo nace la llama y cómo sus figuran hienden la noche y cómo el chico Parham se mira las suelas de las botas y después observa las brasas y más allá la forma insinuada de un caballo aguardando hacia la noche.

"Tú quieres atrapar esa loba, dijo el viejo. Quizá quieres la piel para conseguir un poco de dinero. Quizá para comprarte unas botas o algo así. Eso puedes hacerlo. ¿Pero dónde está el lobo? El lobo es como un copo de nieve.
Un copo de nieve.
Tú atrapas un copo de nieve pero cuando te miras la mano ya no está. Puede que veas este dechado. Pero antes de que puedas verlo ha desaparecido. Si quieres verlo tienes que verlo en su propio terreno. Si lo atrapas lo pierdes. Y a donde va no hay camino de vuelta. Ni el mismo Dios puede devolverle la vida.
El chico miró la delgada y fibrosa garra que le sujetaba la mano. La luz de la ventana alta había palidecido, el sol se había puesto.
Escúchame, joven, jadeó el viejo. Si tu aliento fuera lo bastante poderoso podrías apagar de un soplo al lobo. Como se sopla un copo de nieve. Como se sopla una vela para apagarla. El lobo está hecho a imagen del mundo. No puedes tocar el mundo. No puedes cogerlo con la mano porque es una emanación, un soplo.
Para pronunciar esa proclama se había incorporado ligeramente, y ahora se hundía de nuevo en la almohada y sus ojos parecían absortos en el entramado del techo. Aflojó el delgado y frío apretón. ¿Dónde está el sol?, dijo.
Se ha ido.
Ay. Ándale pues. Ándale joven.
El chico retiró la mano y se levantó. Se puso el sombrero y se llevó una mano al ala.
Vaya con Dios.
Y tú, joven."

Cuando llegué al párrafo final (que no es lo que acabo de citar más arriba), que leí y releí, como me sucede con los libros que me terminan gustando, cuatro, cinco, seis veces, cerré el libro y lo apreté contra mi pecho. Lo estreché hacia mí presionándolo contra el frente de mi jaula de costillas, tal como pudiera haber sucedido con las pertenencias de un familiar muerto que se han ido a buscar más allá y se han recuperado. Quería a Billy Parham contra mi pecho y lo tuve acotado en un bloque de páginas resguardadas de un cartón laminado. Difícilmente, pienso, el e-book me daría esa chance, eso otro sería más bien la sensación de un sueño borgeano realizado.
Así estuve, minutos enteros con el libro contra mi pecho, respirando en medio de la noche; pensando, también, cómo gusta de vibrar en nuestros espíritus lectores el hecho de saber que los personajes sufren tanto o más que nosotros.

viernes, 30 de octubre de 2009

O incrível Springer

Noticias:
El sábado 7 de noviembre estaré en Brasil presentando mi libro "El increíble Springer", más precisamente en la Feria del Libro de Pelotas (Rio Grande do Sul). Para tal ocasión le pedí a Ignacio Fernández de Palleja una traducción de uno de los pasajes del cuento que da título al libro. No sólo lo hizo, sino que además trabajó en tiempo récord y con un cariño y una dedicación que me han conmovido; sobre todo, y aun más, observando el resultado final. Así que estás líneas que podrán leer a continuación van a ser leídas frente al público brasilero con mi pobre fonética en portugués pero con toda mi alegría de poder compartir una de mis historias con personas que, de no ser por la Literatura, no habría podido conocer jamás.
Muchísimas gracias, Ignacio, por tu delicadeza y pasión.



(...)
A cabeçada tinha me custado caro. A lingueta da bola, que soltara-se, arrancou-me a sobrancelha esquerda inteira e em poucos dias a ferida infectou-se. Estive quase duas semanas na cama, a maior parte do tempo em delírios de febre. Uma manhã, quando já estava quase recuperado, bateram a porta. Eu estava ainda na minha cama, mas tinham levado-a ao quarto da parte de diante da casa, que era cozinha, sala se jantar e sala de visitas, tudo junto. Minha mãe saiu a falar com alguém e deixou a porta aberta; então pude ver estacionado na calçada o Saab dos Springer. Depois Gastón atravessou o quarto até chegar à cama. Na parte alta, quase na união da parede com o teto, tinha uma janela pequena que servia para que desse lado entrasse a luz do sol no inverno. Tinha manhãs em que formava-se um tubo de luz brilhante e amarelada, e isso aconteceu nessa manhã em que Gastón foi me ver. Parecia a imagem dum quadro de igreja. A luz caia na sua cabeça e as formas do rosto apagavam-se, deixando visíveis apenas pontos cinzentos e inexpressivos do olhar. Era quase uma das visões dos meus dias de febre. Mas tudo isso mudou quando se aproximou um pouco mais. Na contraluz, reconheci lentamente uma pequena mancha-roxa no pômulo esquerdo. Gastón escondia esse lado do rosto, me olhava de lado e perguntava se estava melhor. Logo começou a sorrir, como dando por feito o que iria acontecer uns dias depois. Tinha coisas que não mudavam, e essa era uma delas.
Ferreira... O assunto era com ele.
Era novo na escola. O pai chegara de Montevidéu y abrira um posto de aluguel de bicicletas com oficina mecânica num dos caminhos que saiam rumo a Maldonado. No primeiro verão ganhou bastante dinheiro e comprou uma moto BMW em segunda mão com que ia procurar o filho na saída da escola. No começo aquilo era um furo. Muitos não voltavam às suas casas até que o pai não levava Ferreira. De repente ouvia-se do lado do porto uma sinfonia de explosões e a gente via o homem subindo a rua na moto. Era uma coisa esquisita, um monte de carne que se espalhava a ambos os lados do tanque, uns óculos gigantescos acima de um lenço interminável que rodeava o pescoço e quase toda a cara do homem. Seu filho, mal escutava de longe o barulho do motor, afastava-se do portão onde ficava apoiado sem falar com ninguém e atravessava a calçada olhando um pouco para cima, como se os olhares dos outros fossem grudar no seu rosto e ele tivesse que deixar a cabeça assim de reta para que eles pudessem escorregar-se e cair na rua antes que ele subisse. No encontro do pai e o filho produzia-se um fenômeno mais esquisito ainda. O homem rebolava os ombros e ajeitava-se na moto como se aquilo fosse uma cerimônia. Eram dois seres idênticos. Talvez o filho fosse um pouco menos gordo em proporção, mas seus olhos verdes e sinistros pareciam ter sido feitos na mesma oficina clandestina que os do seu pai. De certo jeito, quando o homem pegava essa atitude cerimoniosa no instante em que seu filho de ajeitava na parte de trás, parecia que estivesse levando por trás uma parte de si mesmo que deixara emprestada na escola quem sabe por que motivos. Passaram os dias e muitos sentiram-se intrigados por Ferreira e viraram seus amigos; outros, porém, entre os que estávamos Springer e eu, não tínhamos nenhum tipo de sentimento por ele que não fosse nojo. Diziam-se muitas coisas sobre Ferreira e seu filho. Uns diziam que o homem saíra pouco tempo atrás duma cadeia em Montevidéu por ter assassinado sua mulher depois de achá-la na cama com outro cara. Mas para outros a mulher fora obrigada a suicidar-se. A verdade era que o menino quase não tinha se criado com ele, e que de uns tempos para cá, até que seu pai reapareceu na vida pública, tinham tomado conta dele num lar especial. Isso talvez explicava por que apareceram do nada num verão e tentaram, principalmente o pai, obter reconhecimento na zona: possivelmente um jeito de que todos se concentrassem no presente. Se alguém pedia uma ajuda ao Ferreira, mesmo que fosse na madrugada e sob uma tormenta horrível, lá ia ele com a mesma tranqüilidade que tinha para fazer qualquer coisa que fizesse na manhã logo depois de levantar-se da cama. Quando cumprimentavam-no pela ajuda, sorria fechando um pouco os olhos, como se tudo fosse uma piada que nesse momento se dispusesse a explicar. Isso era uma coisa que muitos não gostavam mesmo.
Ferreira, o filho, era um ano mais velho do que nós, e estava no sexto grau. Ao tempo que eu estava na minha cama me recuperando da infecção, fez impossível a vida do Gastón nos recreios, dia após dia. Gastón nunca podia ter se defendido. Imagino Ferreira tensando seus músculos preparando-se para brigar, e Gastón encolhendo os ombros como se pudesse esconder a cabeça ali e sumir totalmente. Cada vez, para poupá-lo da surra, Ferreira exigia algo de grana, cualquer moeda que tivesse nos bolsos. Até que um dia Gastón percebeu que não tinha nada de grana e Ferreira não acreditou. Os amigos de Ferreira, na verdade quatro ou cinco desgraçados que queriam num dia remoto ser levados na BMW, fizeram um círculo deixando no centro seu líder e meu amigo. Foi um soco só, talvez mais macio do que Ferreira teria podido bater, mas suficiente para que Gastón caísse de costas e sofresse um corte na cabeça.
Parece que, ao outro dia, Springer e sua mulher acreditaram na versão da professora. Gastón corria pelo pátio, tropeçou com Ferreira e caiu. E Gastão não teve coragem para contradizer isso. Mas eu contei pro meu pai o que tinha acontecido de verdade. Primeiro riu e sacudiu a cabeça com o mesmo gesto de sempre que tinha para as coisas que ele não achava totalmente importantes ou perigosas.
-O que vocês tem de fazer –disse depois -é pegar esse gordinho e levar ele na floresta... onde não tenha ninguém, ninguém... Ali não vai mais se fazer de brabo porque não vai ter ninguém que olhe nele. Te planta na frente dele e vai de homem pra homem, um contra um... Com certeza ele se caga...
Essas palavras me deixaram eufórico.
Na escola, na segunda-feira seguinte, depois que a professora e os meus colegas me dessem as boas-vindas, e quando fazíamos um exercício, rasguei uma folha dum caderno sem fazer barulho e escrevi com letras grandes: TE FAZ DE MACHO COMIGO AGORA, GORDO CAGÃO. TE ESPERO NO BALDIO LA PASTORA. Quando chegou a hora do recreio chamei uma colega que era irmã de um dos amigos de Ferreira e lhe dei o papel.
-Fala pra ele que dé pro gordo....
A menina correu e dois ou três minutos depois voltou com outro papel, que dizia: TU VAI VE VIADO.
Eu juro.
E assim foram as coisas. Duas horas depois saíamos da escola e caminhávamos até o baldio de La Pastora, muito perto do campo de futebol. De um lado estávamos apenas Gastón e eu. Do outro lado estavam Ferreira, o irmão da minha colega e mais três. Tinha ainda outros guris e gurias, mas estavam parados distantes, como se não decidissem a ir embora logo, chamar algum adulto ou entrar na encrenca. Porém, era difícil que nos vissem desde a rua. O baldio estava quase fechado por um muro que alguém construira com uma intenção já perdida no tempo. Atrás sempre tinha grama cuidada, galhos podados, garrafas de leite cheias de mofo e roupa velha. Ferreira começou a caminhar e encostou-se ao muro. Os que estavam com ele fizeram o mesmo. Gastón e eu ficamos a uns dez metros, talvez menos. De improviso, do lado do caminho, retumbou o motor da BMW. O pai voltava só a sua casa, fazendo-se perguntas ou mastigando xingamentos por causa do filho ausente. Mas o filho ajeitava-se encostado no muro, evitando qualquer movimento que fizesse sentir aos outros o peso de uma possibilidade longínqua.
-Só vocês? –perguntou de repente levantando a cabeça-. Vejam que somos cinco... Vamos dar uma baita surra em vocês.
Então lembrei da frase do meu pai, palavra por palavra.
-Quem te chamou pra briga fui eu, e falei pra tu mesmo... E cá não quero... Vamos pra floresta, de homem pra homem...
Ferreira fez um gesto como de disgosto e levantou-se pegando impulso no muro.
-Vamo, então... –disse.
Apartei-me de Gastón e segui-lo de perto. Uns metros depois começava uma encosta de areia pela qual se ia à floresta. Do outro lado estavão os pinheiros e a luz do entardecer batia contra os primeiros troncos fazendo-los avermelhados. Nos fundos estava tudo escuro. Parecia que dia já tivesse acabado naquele local. Quando cheguei ao ponto mais alto da encosta com o olhar fixo nas costas e os ombros de Ferreira que sacodiam-se a um lado e outro pelo trabalho de caminhar na areia irregular, me virei e fitei Gastón. Estava parado numa ponta do muro com as mãos nos bolsos. Não conseguia perceber totalmente qué cara ele tinha, via-o de cima demais e a franja escondia-lhe os olhos. Os outros estavam muito perto, ficaram sentados falando entre eles.
Então apressei-me a baixar pela encosta porque Ferreira ia bastante adiantado. A floresta fechava-se vinte metros adiante, os pinheiros arquejavam-se uns sobre os outros nas copas e a luz virava esquisita. Eu me aproximava mais e mais do Ferreira e via-o com as mãos soltas aos lados, balançando-se com nervosismo.
-Então? Aqui tu gosta, bicha?
Não respondi. Achei que não era preciso. Só esperava o momento em que produzia-se um piscar de olhos e já estávamos os dois segurados um do outro. Esperava essa sensação em que tudo ficava preto e as coisas aconteciam como em um sonho ou um filme acelerado e as coisas aconteciam na maior velocidade com pessoas que paravam ali a cada instante. Mas não acontecia. Ferreira levantou os punhos e avançou. Consegui evitar o primeiro soco e acertar um meio fraco na orelha, mas com o segundo não tive a mesma sorte. Bateu-me em cheio no estômago. E quando contorci-me procurando com uma mão o local do murro, nesse segundo ou menos em que esquecia Ferreira para concentrar-me na minha dor, chegou o terceiro soco, de baixo para cima e direta entre os dentes e o nariz. Caí de costas e logo Ferreira aproveitou para dar duas pegadas rápidas e sentar em cima de mim. Sentia um líquido morno que baixava-me entre os dentes e que não podia engolir, mas em momento algum acreditei que aquilo fosse meu sangue.
-Então, veado? Quem é o macho agora?...
Botou um dedo atrás de cada orelha, onde nasce a queixada, e começou a afundá-los até que, lentamente, ouvi-me gritando e pedindo perdão. E então sim, tudo escureceu-se como acontecia antes das outras brigas.
Isso foi uma parte de tudo o que nos aconteceu com Ferreira. O restante vem mais adiante, um ano depois. Claro que na época Gastón já vai ser definitivamente o incrível Springer.