domingo, 13 de junio de 2010

Green goes to the bottom


1: Hey!... ¡También te apareció un agujero a ti!

Desde hace unas dos o tres semanas antes del Mundial, vengo pensando que a Inglaterra le puede ocurrir algo muy similar a lo de Italia en el campeonato pasado. No me refiero tanto a que vaya a ganar la copa (es una posibilidad), sino a que silenciosamente pueda acercarse a las instancias de definición gracias a las características de los rivales de su grupo (Estados Unidos, Argelia y Eslovenia) y a los posibles cruzamientos que se le presenten a partir de octavos de final. En Alemania 2006, cuando nos quisimos dar cuenta, la azurra estaba jugando la semifinal contra el dueño de casa y metiéndole esos dos goles sorpresivos en el alargue. Por otra parte, Inglaterra es lo que se parece, de entre todos los supuestos candidatos, junto con España, a un equipo con buen funcionamiento, donde no existe tanto la necesidad de esperar la aparición de alguna supernova. Y además, Inglaterra tiene, como Uruguay, una deuda pendiente con su historia. Desde que obtuvo el título del '66 jugando como local se terminó alejando, salvo alguna aislada ocasión, de las instancias de definición. Por supuesto, Inglaterra no es Uruguay. Aunque tiene un título mundial menos que nuestra selección, a Inglaterra le sobran recursos como para que nadie se asombre demasiado si lo gana de nuevo. Con todo ese panorama, el partido debut contra Estados Unidos revestía no poca importancia.

Hace un par de días un amigo estadounidense nos escribió a varios bromeando un poco y diciendo que si Estados Unidos le ganaba a Inglaterra el deporte tendría que dejar de llamarse "football" para pasar a ser "soccer". Luego hubo un par de mensajes de ida y de vuelta y alguien terminó indicando que, pese a lo que se cree, "soccer" es en realidad un término británico, así como existe también la alternativa británica "rugger" para "rugby", ejemplos que ya se podían ver bastante antes de finalizar el siglo XIX. Pero el tono de los comentarios en las subsiguientes respuestas se volvió un poco más ácido con las horas. Mi amigo escribe: "¿Y qué tal si se abren un agujero para ellos en el Mar del Norte luego de perder?"... Es que para él, las bondades del final de la primavera en el estado de Oregon no lo podían distraer del desastre ecológico que se vive en la costa del Sur profundo de su país, luego de que sobre finales de abril a la compañía petrolera británica BP se le fuera de las manos el control de un pozo en el fondo del Golfo de México. Como en el ejemplo casi más recurrente en este tipo de cuestiones, que es la actuación de Maradona ante Inglaterra en México '86, muchas veces los campeonatos mundiales intentan restituir por una vía menos que indirecta una porción del orgullo nacional herido por otra nación. En el caso de Argentina, los goles de Maradona fueron una reivindicación de la gallardía de la Nación ante el conflicto por las Islas Malvinas. El propio Estados Unidos lo sufrió cuando en el Mundial de Francia '98 fue derrotado 2 a 1 por Irán. Ambos equipos ya estaban eliminados antes del encuentro, pero para los musulmanes eso fue como castigar al mismo Diablo. Sin embargo, la incidencia de un partido entre Estados Unidos e Inglaterra, en lo previo, no podía agregar mucho al asunto de una supuesta restitución del "orgullo", por la obvia razón de que el fútbol, el soccer, es seguido por una minoría de la población, sobre todo la latina. De todos modos la abrumadora mayoría de los estadounidenses se haría llevar por la lógica y atendería a los resultados de la reunión que Obama sostuvo el mismo día del partido con David Cameron, el primer ministro inglés. En dicha reunión, el presidente de Estados Unidos indicó que su país no tiene ningún tipo de resentimiento hacia el Reino Unido tras el desastre ambiental del Golfo de México.
Por todo lo anterior, para los estadounidenses, sean los que sean que crean que en este partido un tropezón de Inglaterra les daría una suerte de indemnización moral, para ellos, luego de una serie de interminables acontecimientos azarosos de la vida, fue creado Robert Green. A sus 30 años, la carrera deportiva de Robert Green, arquero de esta selección inglesa, no es lo que se dice un recorrido exitoso. Más bien parece ser una larga preparación, demasiado larga, hacia la espera de un premio de esos que la vida suele dar al esfuerzo o a la constancia. Sus logros fueron... 1: 18 partidos preservando el arco invicto en una de sus últimas temporadas en el Norwich City y 2: el reconocimiento de mejor jugador del West-Ham United en la temporada 2007-2008 de la Premier League. Nada de títulos obtenidos. Sólo eso. Y sus momentos más penosos hasta llegar a Sudáfrica fueron... 1: una lesión de aductores en un amistoso contra Bielorrusia que lo dejó fuera del plantel que Inglaterra llevó a Alemania 2006, y 2: en las Eliminatorias europeas para Sudáfrica 2010 se convirtió en el primer arquero de la historia de la selección inglesa en ser expulsado; fue contra Ucrania en octubre de 2009, e Inglaterra perdió por 1 a 0.
Su reaparición en el arco inglés en el debut del Mundial, en el partido entre los gringos, era el momento de su carrera, visto desde el ángulo que se lo observe. Desconfiado de todos los otros arqueros que había probado, entre ellos "Calamity" James, Capello resolvió darle otra oportunidad. Era su momento. No había más vuelta que darle...
Antes de los 5 minutos de juego, Gerard, el capitán de Inglaterra, va a buscar una pelota a la entrada del área entregada de primera por Heskey y define de forma sutil con la cara externa de su pie derecho, como bien lo haría un 9 goleador, sólo que Gerard es un jugador completo, un jugador de dos áreas como los hay contados en el mundo. En la transmisión televisiva un comentarista agrega el dato de que Gerard es uno de los diez jugadores de la Premier League que más distancia recorren por partido, algo así como 18 kilómetros, 600 metros de promedio. Todo era perfecto en ese primer tiempo para Inglaterra. Aunque Rooney no encontraba todavía su oportunidad de gol, aunque Lampard estaba casi a tiro, el equipo funcionaba bien. El entrenador Favio Capello seguía las jugadas con cierta reticencia a dejarse llevar por los impulsos emocionales. A un costado, y enfocado por las cámaras cada tanto, David Beckham, que no jugará el Mundial, aplaudía y alentaba a sus compañeros con simpatía, parado con una elegancia propia de un festival de cine, con su traje gris calzado a la perfección, con una estampa que tiene más de ese aplomo inglés que de la producción para la cámara de hoy en día.
A los 40 minutos, Clint Dempsey entra por el medio con la pelota dominada ante varios defensas ingleses. La acomoda, se da vuelta, la acomoda otra vez y vuelve a girar, siempre ante el mismo marcador, hasta que saca desde detrás de la media luna un remate frontal. El tiro no tiene mucha fuerza, y hasta se podría parecer bastante a uno de esos pases que los defensas en apuros suelen enviarle a sus arqueros. Robert Green se agacha y espera la llegada de la pelota casi sobre la línea de gol. Hay algo extraño en cómo Green coloca su cuerpo, sin embargo. Esta como clavado y envía sus manos hacia el costado derecho como si fueran dos sirvientes saliendo a recibir a un huésped un poco fastidioso y a deshora. Pero los sirvientes son perezosos o tienen mala voluntad. No reciben al huésped, o apenas lo saludan. Green, o sea el otro lado donde está la verdadera parte de Robert Green, no puede creer lo que ve. La pelota roza sus palmas y se manda sola hacia el fondo del arco. Por más que salte e intente dar un último manotazo, el tiempo no le da. Estados Unidos logra así empatar el partido. Green retira la pelota del arco y la avienta hacia adelante de un patadón. Después levanta una mano con la palma extendida hacia sus compañeros en señal de disculpa. Todos saben íntimamente que la jugada no tiene nada que ver con las críticas que antes del Mundial ha recibido la pelota "Jabulani" por sus movimientos imprevisibles, que han hecho que se le desprestigie como a una "pelota de playa".Sus compañeros regresan a sus ubicaciones antes del silbatazo que reanude el juego. Parece que nadie de Inglaterra ha tenido que hacer el trayecto hasta lo profundo del área para cruzar al menos dos o tres palabras de aliento con Green. No, nada... nada de nada. La discreción y el aplomo ingleses han bajado como una bruma repentina y cada uno se aviene con sus propios pensamientos. Hay que mirar un poco más a Green ahora, o recordarlo un poco más. Aunque en el segundo tiempo, con el partido nivelado, vaya a evitar con un manotazo lo que pudo haber sido el gol del triunfo de Estados Unidos. Eso no agrega o cambia nada. Lo que queda, la imagen que a la mañana siguiente van a hurgar los diarios ingleses, varios de ellos crueles(*), es la de Green parado de espaldas a pocos metros del arco, la de su rostro recuadrado por la cámara ultralenta que lo muestra con su nariz apenas enrojecida por el frío de la noche en Rustenberg, con la superficie lisa y frágil de sus ojos celestes enfrentados hacia la nada, iguales a un cartel colgado en la puerta de un comercio con las palabras "Regreso en seguida". Green, que logró su objetivo de poder llegar a atajar en un Mundial, ahora está entendiendo que ese lugar no lo lleva a un futuro, sino que lo devuelve una y otra vez a un pasado de postergaciones. Y es por eso que va a tener que llevar ese peso por mucho tiempo, porque sabe que son sólo los niños buenos los que se van al cielo.


2: De la inteligencia de nuestros relatores y comentaristas televisivos

Desde su ubicación de comentarista en el estadio, Mario Uberti es el encargado de agregar datos anecdóticos, curiosos y hasta, en algunas ocasiones, poco funcionales al juego que el espectador observa por la pantalla de canal 4. Pero todo eso es bienvenido ante el habitual bodrio de los comentarios mayormente reiterativos, carentes de agudeza o de respeto por la lengua española a que nos tienen acostumbrados en la televisión uruguaya, tanto sea en TV abierta como en cable.
La voz de Uberti se cuela entre las palabras de Federico Paz y Mario Bardanca y destaca la figura de Gerard unos minutos después de su gol indicando que además ha publicado un libro de memorias deportivas que recibió el premio a la mejor publicación en esa categoría en Inglaterra. Uberti utiliza el término "ilustrado" para referirse al futbolista inglés. Paz replica si entonces Gerard será "tan ilustrado como valiente". ... Zzzzz zzz zzzz...
Varios minutos después, posiblemente en el segundo tiempo, Uberti comenta algunos aspectos de la vida de Favio Capello, cosas como que es católico practicante, que con su esposa de toda la vida se conocen desde los 12 años de edad, que posee una colección de arte tasada en unos 25 millones de dólares... Paz se orienta hacia la necesidad de reflexionar, o de insinuar, más bien, si desde los 12 años ya habría habido algo parecido al coito, o algo así. Bardanca, por su parte, se asombra de que Capello, siendo un hombre tan metódico, calculador y disciplinado, deje librada a Dios la suerte de lo que le va acontecer. Bardanca, evidentemente, confunde "religión" con "horóscopo", ignora, u olvida, quizás por la prisa de tener que decir algo al aire, que la misma práctica de una religión exige a su fiel la constancia, el método y la disciplina como pruebas de fe, de una fe que está hecha de la seguridad de que ciertas cosas suceden.



(*) El Sunday Mirror nombró el hecho como "the hand of clod" (la mano del tonto), aludiendo irónicamente a la famosa expresión que los toca de cerca: "the hand of God" (la mano de Dios), con la que Maradona les hace un gol ilícito en México '86.

sábado, 12 de junio de 2010

0 a 0 con Francia, o cómo hacer para que no me pisen los huevos


Lo vio todo el mundo. En el segundo tiempo el juez Nushimura paró una acción de la selección francesa. Entre los cambios de cámara y que el problema aparentemente se resolvió de inmediato, quizás se haya demorado un poco en entender qué era lo que pasaba. Nada más que lo que se llama un "objeto extraño" en el campo de juego. En este caso dos globos celestes unidos por sus nudos. El replay definitivo muestra a los globos celestes en un primerísimo primer plano, recortados con perfección sobre el verde flamante del césped del estadio Green Point de Ciudad del Cabo. De repente, en cámara lenta, aparece un botín amarillo y pisa el globo de la izquierda y lo hace estallar. La cámara es tan, pero tan lenta que vemos el curso de la goma contrayéndose y algún que otro pedazo despistado saltando a la nada. Luego, de forma muy anunciada y terrible, el botín reaparece, una vez más de arriba hacia abajo, y revienta el globo de la derecha. Chau, globos celestes.
Ahora, ahora mismo, pensemos por un momento que esos globos celestes, ya que estamos, ya que eran celestes, en fin, representan el "carácter" de Uruguay, los "huevos", lo-que-hay-que poner-cuando-hay-que-poner-lo-que-hay-que-poner", todo eso. Es una metáfora demasiado evidente, pero da lástima dejarla seguir de largo. Así que ahora tenemos el botín amarillo, que aparece súbitamente desde arriba hacia abajo y manda a la miércoles los dos "huevos".
Uno puede pensar que en el minuto 81 Nicolás Lodeiro cometió una de las tonterías más grandes de lo que va de su corta trayectoria profesional. La jugada no admite réplica. Lodeiro va con la suela hacia adelante y la calza contra el cuello del pie de apoyo de Bakary Sagna. Cualquier otro jugador que no hubiera sido Sagna, que parece esculpido en bronce, terminaba fracturado o por lo menos bastante sentido como para terminar abandonando el campo de juego. Cuando el árbitro japonés es enfocado, corriendo hacia el centro de la acción, la tarjeta amarilla en su mano parece más bien una delicadeza exagerada. Lodeiro ya había recibido una tarjeta amarilla cuando ya llevaba poco tiempo como reemplazante de Ignacio González. Su expulsión ya va camino de ser uno de esos detalles que se recuerdan de Uruguay en los Mundiales, del tipo del cabezazo del "Chengue" Morales que pudo haber sido el cuarto gol contra Senegal en Japón y Corea del Sur 2002, o el penal errado por Rúben Sosa contra España en Italia '90 o, de forma algo similar, la expulsión inmediata, a los 56 segundos de ingresar al campo de juego, de José Batista, contra Escocia en México '86. Sin embargo, el problema no es de Lodeiro. Si bien su falta fue desmedida, estaba en sintonía con algo mayor, expresaba un estado de cosas que era muy superior a él en ese instante del juego. Por eso cargar sobre sus espaldas el hecho de que Uruguay se viera al borde de la derrota es en cierto modo una especie de canallada. Porque no hay que exigirle mucho a un chico de 20 años que es un muy buen jugador y al que se lo insertó en la selección en los partidos de repechaje ante Costa Rica como alternativa de algo que en realidad ni siquiera existe en la selección: un conductor del juego, un armador de jugadas. El vacío que Lodeiro dejó con su expulsión en realidad ya estaba en la cancha desde el inicio del partido. Estaba presente en la imposibilidad de Ignacio González de poder concretar alguna jugada clara que abasteciera a Forlán o a Suárez. Por eso Forlán hizo un muy buen partido, y por eso Suárez hizo un muy mal partido. El primero de ambos tuvo que bajar varios metros para poder encontrar la pelota, pasársela a alguien, pedir que se la devolvieran y generar con alguna gambeta el espacio necesario como para sacar un remate franco al arco: cosa que hizo en el primer tiempo cuando Lloris, el arquero francés, no tuvo más remedio que rechazar a un costado el tiro. En el caso de Suárez, sus intentos fueron vanos. No pudo retener la pelota, no estuvo claro para pasarla, etcétera, etcétera...
Casualmente, Francia sufrió el mismo mal: no tener a alguien que pudiera armar el juego, alguien que hiciera que sus compañeros se mostraran como opciones de pase, libres por completo de marca. Ribéry tuvo algunas incursiones muy buenas por la izquierda, pero en todos los casos la defensa uruguaya, mal o bien, lo resolvió, sobre todo con un gran juego de Diego Godín y con la seguridad en el arco que presentó Muslera. Además, el hecho de jugar con Anelka y no con Henry como delantero nos alivió bastante. En mi memoria de espectador de fútbol por televisión, tengo a Anelka como el jugador que más goles claros ha errado en la Premier League. Así que verlo jugar me causó una gran satisfacción.
Lo otro que reveló la expulsión de Lodeiro en realidad estuvo siempre visible en las Eliminatorias, y es la escasa posibilidad de recambio de esta selección dirigida por Washington Tabárez. Y ni siquiera pasa porque se dude de que pueda tener buenos resultados. Es simplemente que nos hemos acostumbrado a los equilibrios precarios. Y cuando el equilibrio es precario, lo que hay que tener es temple, carácter, y Uruguay es un equipo que lo tiene de sobra, hasta el punto de que nos ha hecho conmover sinceramente a sus hinchas. Así que lo terminó demostrando en esos quince minutos finales en los que Francia nos metió contra el arco y buscó romper de una vez por todas el 0 a 0 que en cierto modo reflejaba bastante bien lo que había sido el encuentro. Si uno no fuera hincha de Uruguay, ni de Francia, con toda probabilidad este partido hubiera sido un aburrimiento total.
Pero atendamos un poco a esos minutos finales. Sebastián Abreu, que había entrado por Suárez y que era la opción de encontrar en una pelota aérea el gol de la victoria, terminó siendo un pilar de la defensa. Forlán jugó pegado a los volantes centrales. Cada envío que llovía buscando la cabeza de Henry era un fastidio. Lugano y Godín volaban, cabeceaban, se tiraban al suelo. El "Palito" Pereira jugó hasta el borde de sus capacidades físicas. Todo fue el sufrimiento total. Si a Francia le quedó la amargura de no haber podido obtener el triunfo, creo que a nosotros nos quedó el sabor en cierto modo dulce de comprobar que nuestra "garra" estaba presente. Lo de Lodeiro, en sí, fue la expresión extrema de ese sentimiento, que llevó a su vez a sus compañeros a redoblar la actitud.
Ahora quiero decir por qué este partido me dejó feliz...
Uruguay no va a ser nunca más campeón del mundo. Admitámoslo... No sólo pesa sobre nosotros el hecho de ser un país con pocos atractivos y poco peso para el resto del mundo, sino que el hecho de que ganemos otra vez un Mundial debe estar entre las opciones de menor rédito para la FIFA. Y por si fuera poco, el tiempo es breve y está el asunto del calentamiento global, o de la bomba atómica en poder de Irán o de Corea del Norte... Es decir, ¿qué nos queda por hacer ante tan aplastante panorama? Simplemente molestar. Molestar todo lo posible contra los intereses, aún considerando que nosotros mismos entremos de vez en cuando en el concierto de esos intereses. Pero como nuestras chances siempre son mínimas, siempre seremos una molestia, un dolor de cabeza, una pateadura en el culo. Como lo fuimos ahora para Francia, una de las supuestas potencias del fútbol, último vice-campeón mundial, un candidato, sino de primera, de segunda línea para ganar el Mundial. Va de nuevo: admitámoslo, y entonces va a ser más divertido, quizás el juego nos dé verdaderas satisfacciones, como la de ayer. Los franceses haciendo lo posible por regresar al pedestal del que han descendido, contra sus periodistas, contra su afición... Había que verlos, era muy gracioso. Y si uno ponía el televisor en "mute" y encima colocaba algún disco de Chayanne o de Ricky Martin, todo era mucho más gracioso. En serio. Y nosotros, nosotros que pudimos haber sido descalificados por Costa Rica, pusimos una piedra más en el camino. Esas cosas...
Pocas horas después del partido, me encontré con que un amigo en facebook había publicado las siguientes palabras: "Estos modernos futbolistas metrosexuales... ¡hay que lijar, pasarlos por lo carpido!, ¡basta de efectos comerciales, hay que ser URUGUAY!! Huevo, garra, codo, rodillazo, paralítica; palabras suplantadas por segunda pelota, galácticos, show, ser cautos... ¿Qué calculadora?... Sacá el ábaco y partíselo en la cabeza". Aparte de conmovedoras, estas frases son todo un dechado de capacidad de síntesis de instinto tribal, como vemos... Y aunque la verdad es que hay que decir que algunos de nuestros futbolistas pueden pasar por galácticos, sobre todo los goleadores de Europa Forlán y Suárez, y aunque algunos otros tengan algo de metrosexual, caso de Lugano o de Muslera... la verdad, continúo, es que hay que decir que estamos muy lejos de que esa sea nuestra norma o nuestra necesidad. Y creo que nos gusta mucho que se libere en los partidos todo lo que no tiene que ver con eso: ver a Arévalo Ríos, petizo, morocho, surgido como de las profundidades de la tierra, por fuera de todo el artificio de la prensa y el manejo de la imagen, trancando y llevándose por delante a todos, ver a todos esos sabuesos del medio campo repartiéndola a diestra y siniestra, atendiendo por número; ver esas cosas que nos hacen también distintivos, y saber que están otra vez más allí en un Mundial y que las cámaras se lo muestran a todas las personas del planeta, eso, todo eso es embriagador, y para todo lo demás está Master Card.
Las estadísticas del partido dirán, sin embargo, que Francia cometió más faltas que Uruguay. Pero sus infracciones y su juego brusco no podrían hacer asomar lo mismo que en nuestro caso. Por eso, ahora que recién empezó el Mundial, pensémoslo bien: ¿qué vamos a hacer con el poco tiempo que nos queda? Aguar la fiesta... Es lo que nos encanta, como cuando nos cuentan que Jules Rimet tuvo que improvisar su discurso al entregarle la copa a Obdulio Varela. Quizás la escala hoy sea otra y Maracaná ya se ha convertido en un modelo arquetípico. Pero ante un tipo de fútbol que difícilmente podamos alcanzar por el beneficio de los modelos económicos que nos agobian hoy, ¿qué más podemos ofrecer sino el carácter? Eso de pronto explique por qué en algún lugar donde se halla nuestra información genética los globos celestes aplastados por el botín amarillento-dorado, a un nivel así de profundo, nos dolieron.

martes, 8 de junio de 2010

Aira, el Mago, realidad, ¡blup!

(César Aira y Diego Recoba; Nuevo París, mayo de 2010)


A las nueve de la noche en punto había cuatro tipos en el bar.
Uno había estado apoyado contra el mostrador, mirando a la distancia el informativo en un televisor 14 pulgadas y cuidando el lugar hasta que llegara el dueño. En un pocos minutos aparecieron entonces el dueño y un tercero, ambos cargando media docena de bolsas de supermercado que terminaron desparramando encima del mostrador. El que había estado cuidando el bar separó hacia su lado una bolsa con algunos kilos de chorizo. Después apareció el cuarto hombre, y entre los cuatro comenzaron a quejarse del frío. Luego se pusieron a hablar del partido que Nacional había perdido contra Cruzeiro el miércoles anterior por la Copa Libertadores. De ahí pasaron a comentar cómo había jugado el "Tito" Ferro, y eso los llevó a un retorcido y poco inteligible repaso de algunas campañas del Salus FC... Jugadores que habían surgido del club y que ahora estaban en el extranjero; jugadores que no habían llegado a tanto; jugadores de los que uno se acordaba y otros no... A los minutos uno rechazó un vaso de whisky y se puso a hablar de que había dejado la bebida. Después se levantó la camisa y se palpó la panza. "Mirá todo lo que me falta ahora", dijo.
Eso fue a las nueve de la noche, a un costado de la calle Santa Lucía, en el barrio Nuevo París, de Montevideo.
Una hora más tarde, apareció allí el escritor argentino César Aira. Todas las miradas saltaron en seguida sobre ese hombre de algo más de un metro ochenta de altura, andar cansino y gestos lentos y benevolentes, enfundado en una gruesa campera de nylon verde. Era el escritor que habían estado esperando.
César Aira. Nacido en Coronel Pringles en 1949. Autor de más de medio centenar de libros. Considerado uno de los autores más influyentes de la actualidad en lengua española. Lo mismo polémico que indiferente al parloteo intelectual. Lo mismo afectuoso que encarnizado en sus juicios. Lo mismo simpático que levemente ausente. Ese es el punto. De Aira, incluso desde su alrededor, surge cualquier cosa. Ese es, de nuevo, el punto.
Visto desde una altura de uno o dos kilómetros, en medio de una de las noches más frías en lo que va del año, el sitio en el que se halla el bar Clase A, de Nuevo París, apenas si puede ser visible, desplazado como está por la luminosidad del centro de la capital. Sin embargo, se está produciendo allí un acontecimiento que con los años podrá ser recordado como una curiosidad extraordinaria de las tantas que aparecen dispersas en la historia de la cultura uruguaya... 7 de mayo de 2000. César Aira presenta su libro "Mil gotas" en el bar Clase A de Nuevo París, también taller de la editorial cartonera La Propia.
Aira da unos pasos sobre el piso de portland del amplio salón del bar del Armenio, observa la mesa en donde hablará en un rato, el aparador con los libros de La Propia, los adornos del otro lado del mostrador: una foto de Gardel vestido de criollo, una boa de cartón con el nombre de la editorial, una camiseta de Danubio... En esos minutos previos Aira termina apoyándose contra una de las dos mesas de pool del sector izquierdo del bar y charlando con las personas que de a poco están llegando. Cuando se le pregunta si es la primera vez que viene a Uruguay, Aira abre bien los ojos como si se lo hubiera acusado de algo vergonzoso. "No", responde, "Vengo por lo menos dos veces al año". Entonces la pregunta se afina: "¿Es la primera vez que presenta un libro en Uruguay?". Ahí el escritor baja la guardia y asiente con una melancolía visible. "Sí. La primera vez...". El tema, a partir de allí, es Uruguay...
-¿Sigue pensando que, como dijo en su ensayo sobre Copi, Uruguay es una extrañeza en sí misma, un "objeto artístico a priori"?
-Es que es como un país de juguete... -dice, y se sonríe muy despacio, como si no hubiera apuro, y la sonrisa se queda fija en su rostro -Una vez estuve en México -continúa -en un congreso sobre literatura argentina y uruguaya, y dije que en Uruguay no había regionalismo, porque era tan pequeño que no había región... A la salida me agarró Pablo Rocca y uuuuuhhhhhh, me dijo de todo... que Tacuarembó, que esto y que lo otro... -y vuelve a sonreírse.
Aira continúa con las anécdotas y con el tema de la relación entre su país y el nuestro, el tema de esa tradición argentina que consiste en ubicar gran parte de sus pasiones en este lado del río Uruguay, desde Hudson, pasando por Borges y hasta el mismo Copi. Como ejemplo, entonces, relata un encuentro entre Enrique Estrázulas y Borges. El escritor uruguayo llega al apartamento de Borges para entrevistarlo. La charla se extiende por horas, y en un momento dado Estrázulas se permite corregirle a Borges que en uno de sus cuentos ubicado en nuestro país, donde un personaje dice: "Viva el Presidente de la Nación", debería decir "Viva el Presidente de la República", porque los uruguayos no utilizan el término "Nación". Borges se alarma y le pide a Estrázulas el teléfono para avisar urgentemente a la correctora de la editorial Emecé. "Maestro", le responde Estrázulas, "son las tres de la mañana" (*)
En eso llega el perro del Clase A, también mascota de La Propia. Es un perro negro, robusto y con ojos bonachones que se lo queda mirando a Aira como si estuviera a punto de explicarle algo. Aira se queda concentrado en la mirada del perro y pregunta cómo se llama "Mago", responden. El "Mago" es un perro tan tranquilo como enorme, apenas si huele un poco a cualquiera que entre al bar. Pero basta tan sólo el amague de que le van a arrojar algo por delante para que se adueñe de él la excitación más descontrolada. Cualquier cosa que le lancen él la va a buscar. Una botella de plástico, un bollo de papel, un cascote. Lo que sea. Cuando lo captura empieza a sacudir la cabeza hacia ambos costados y a veces la baba salta en todas direcciones. Algunas veces no se aguanta y arremete contra las tapas de los libros que se están secando en el patio del Clase A y las deshace con furia mientras los chicos corren detrás de él. Pero eso sólo algunas veces. Muy de vez en cuando. Es un perro que necesita algo más de lo que precisa cualquier otro. Pero el "Mago" es, esencialmente, un perro bueno. Así que Aira se queda sorprendido un instante después cuando alguien le recuerda que el animal se llama igual a una novela suya ("El mago", 2000). Casi parece que está a punto de decir algo al respecto, pero entonces lo llaman porque la presentación está por comenzar.
Una vez que Diego Recoba (uno de los editores responsables de La Propia) dijo unas palabras sobre el escritor argentino, Aira se dedicó a hacer aquello que le sale tan bien y que ratifica siempre en cada una de las entrevistas que se le han hecho: la capacidad de escandalizar, romper con los prejuicios de sus espectadores y al mismo tiempo dejar en ellos una huella profunda de humanidad y de pasión por el oficio de la escritura.
Mientras el aroma de los chorizos en la parrilla llegaba hasta el público y el ruido de los ómnibus pasando por Santa Lucía superaba la capacidad del cubo Samick al que estaba conectado el micrófono, la voz de Aira se desgranaba en el Clase A con su suavidad gangosa, tanto para aquellos que lo habían ido a ver, escritores, periodistas, estudiantes (o todo al mismo tiempo), como también los desprevenidos clientes habituales del Clase A que llegaban para el inicio de la madrugada de sábado a puro alcohol y cumbia.
Luego de leídas las dos primeras página de "Mil gotas", fueron un capítulo aparte sus opiniones sobre el nuevo cine argentino ("habría que hacer una pila con todo ese celuloide y prenderlo fuego"), la literatura política ("vivir de reivindicaciones y de desaparecidos no es ya honesto, creo...") o Cortázar:
-Cortázar es un escritor de iniciación, que releído treinta años después descubrimos que es una bazofia y que no renunciamos a ello por no defraudar esa juventud... Cortázar inventó el cuento del vaciado de información y eso fue una mala influencia para los nuevos cuentistas argentinos. Es muy fácil retacear información: queda una cosa miesteriosa, sugerente, barata...
Un periodista entre el público le pregunta si Levrero, a quien acababa de elogiar, no lo había hecho también.
-No -contesta Aira -él lo arreglaba por otro lado... "París" es una cumbre de la novela del siglo XX.
Así es Aira. Parece que entre una afirmación incómoda y otra gratificante para el público no hubiera mediado ninguna clase de esfuerzo retórico. Las frases salen con la misma suavidad, con la misma prosodia de un oráculo perezoso.
Cuando se le interroga, incluso, sobre su reciente fascinación por la lógica imaginativa del relato de hadas (visible en su novela "Yo era una niña de siete años") y en la distancia que media con el gusto por la forma narrativa tomada del modelo decimonónico de sus primeras novelas, simplemente rsponde:
-Es una evolución...
Cuando se le pregunta por qué reivindica las vanguardias sin tomar su componente político, la voz que sale de esa cabeza tenuemente iluminada por una lámpara colgada a poca distancia responde que quizás no sea entonces un vanguardista, luego cita una frase de Baudelaire y hace que todos se rían. El oráculo prosigue. Los ademanes se hacen lentos, el aire se espesa y se hace disfrutable. Todos consultan sobre lo que sea ya a determinada altura de la noche. Es probable que alguien tenga la pregunta de si Argentina ganará el Mundial de Sudáfrica y, consecuentemente, se acabará el mundo tal cual lo conocemos... El oráculo responde con dureza, con liviandad, con frases a medias, con interjecciones, y, súbitamente, se hace el silencio.
-Bueno, sugiero que comamos y bebamos... -dice por último la voz.
Aira se levanta y da por terminada así la presentación.
A partir de entonces empieza a salir la cumbia de la rocola, la bebida circula en mayor cantidad , los chorizos salen de la parrilla, Aira firma libros, firma la camiseta de Danubio, charla con todos los que se le acercan y siempre tiene un gesto de sincero agradecimiento y felicidad por todo lo que esa noche ha traído.
En un alto de la firma de autógrafos, uno de los muchachos de La Propia le acerca un choripán. Aira se apoya de espaldas al mostrador y comienza a comer. De pronto una mirada se coloca sobre él. Es el Mago. Está parado de frente a Aira, con la boca cerrada y apenas sin parpadear. Aira se sonríe, comenta alguna cosa y le suelta al perro un pedazo de chorizo con algo de pan. El "Mago" lo ataja con su boca antes de que llegue al suelo y lo engulle y vuelve a quedarse observando igual que si no le hubieran dado nada.
-¡Quiere más!... ¡Pobrecito!... -dice Aira.
Entonces lo convida de nuevo. Y luego otra vez, y otra vez, y otra... Así hasta que lo único que Aira tiene para ofrecerle es un trozo de pan con una desfallecida rodaja de tomate, pero casi completa.
-No sé si se comerá esto también... No le debe gustar el tomate...
Error.
El "Mago" deja caer el tomate al suelo, lo olfatea un poco y en seguida comienza a masticarlo.
-¡¡¡¡¡SE COME TODOOOOOO!!!!!
Es ahora cuando el "Mago" tiene uno de sus ataques de insatisfacción y salta sobre el escritor y empieza a devorarlo poco a poco. La desazón recorre los rostros de todos los presentes como en un dominó prematuro. Las reacciones se vuelven demasiado lentas. Parece que todo sucede en otra instancia del mundo. Así que cuando el perro se termina lo poco que le queda de César Aira ("Coronel Pringles, 1949... muchísimos libros publicados, muchos muy, muy buenos, y... y pienso que nunca me va a dejar de gustar "Una novela china" o "La costurera y el viento", porque, bueno, ahora no me acuerdo bien...")... así que cuando el perro se termina lo que queda de César Aira, continúa con cada uno de los presentes. No se salva nadie, ni siquiera el dueño, que le dice: "Atrás, chiquito... Soy papá...". Luego vienen todos los chorizos restantes, las botellas, el mostrador, las mesas de pool con sus respectivos tacos y bolas, la rocola, la misma música que queda perviviendo falsamente en el eco de los rincones... entonces la realidad hace así: ¡BLUP! y sólo queda el perro quieto, bien negro, quieto, con sus ojos sin parpadeo, en medio de la noche fría, quieta, alejada, de Nuevo París, apenas recortado, como flotando, esa misma noche en que pasó por allí César Aira.




(*) El cuento es "Avelino Arredondo".

domingo, 30 de mayo de 2010

Cura


Hace unos días soñé esto:

Entro al almacén a comprar algunas cosas, pero el almacén no es como ninguno de los del barrio, o más bien se combinan en él características de varios almacenes que conozco.
De repente veo que en un sector hay un cura eligiendo alguna cosa para llevarse. Al principio me sorprendo un poco de ver a un cura allí, pero en seguida me digo que no debe tener nada de extraño, porque también es una persona, etcétera, etcétera...
Así que ya me estaba olvidando de él y me fijaba en algo que me quería comprar cuando siento que me empujan. El cura había pasado muy cerca y, como el espacio entre las góndolas era muy estrecho, había terminado por darse contra mi cuerpo. De inmediato el cura me pide disculpas. Yo le digo que no se preocupe y entonces tengo un tiempo para verlo más de cerca y comprobar que es un hombre ya maduro y bastante grande de cuerpo.
Pasa un tiempo breve, y cuando estoy en otra sección siento que me empujan de nuevo, de costado y sobre un hombro. Miro a un lado y lo tengo al cura pidiéndome disculpas otra vez más, asegurándome que tampoco esa vez me había visto. Sé que trato de mostrarme cortés y hasta de sonreír mientras le digo que no pasa nada y él se aleja; pero lo sigo con la vista un poco de reojo y comienzo a preguntarme si no habrá sido a propósito.
Un momento más tarde estoy parado frente a la sección carnicería, esperando por mi turno. Disimuladamente veo que desde la parte izquierda, bajando por una especie de rampa, se acerca el cura con algunos artículos. Una cosa que noto en ese instante es que hay suficiente espacio entre donde estoy y el resto de la gente como para que el cura pase sin siquiera rozar a nadie. Pero ocurre que me distraigo, o miro hacia abajo tratando de no pensar más en el cura, y otra vez, otra vez más, el cura me lleva por delante. En esta oportunidad el golpe es tan violento que todo el brazo izquierdo me queda doliendo. Escucho entonces la consecuente disculpa del cura. Sin embargo no me parece ya percibir en sus palabras ni el más mínimo indicio de sinceridad. El cura me dice "¡Disculpe!", se ríe un poco como pensando en que a ambos nos parece algo muy curioso que nos hayamos chocado a lo largo de todo el almacén y sigue de largo hacia el lado donde está la caja.
Yo permanezco frente a la carnicería y lo observo alejarse mientras pienso que el cura se está buscando que le dé una buena paliza. Y ganas ya no me faltan.

domingo, 25 de abril de 2010

Kennedy '09 (VII)

El momento preciso en el que el "Chala" Richard Pereyra va hacia la pelota para convertir con un corto cabezazo ante el arquero de Perlita, ya superado por la serie de rebotes.


-Sábado 22 de agosto de 2009. 7ª fecha: Kennedy vs Barrio Perlita-


¿Podía llegar a darse la posibilidad de que ganáramos un partido? Ya no era una cuestión que tuviera que ver con el ánimo o el amor de un hincha. No. Era algo relacionado con la natural desenvoltura de lo que tiene que ser cada uno de los episodios que constituyen al gran relato que es eso llamado "campeonato". Es decir, si uno puede seguir un campeonato exigiéndole el mismo rigor de entrega que se le puede pedir a una serie televisiva, a las telenovelas de las tardes que todas nuestras madres nos olbigaron indirectamente a presenciar y a degustar, casi podría decirse que lo que esperamos de forma radical muchos de los que vamos al fútbol, y quizás más quienes lo siguen por televisón, es una realización de un argumento. Esperamos un relato consecuente con lo que establece para nosotros y nuestra cultura el hecho de que haya un relato. Hay algo que arranca a andar, y los espectadores de ese fenómeno quieren que se cumpla lo que se tiene que cumplir. (De hecho, qué cosa más amargante resulta un campeonato trunco o un campeonato cuyo campeón cambia después de finalizado debido a problemas de sobornos, como ocurrió con Juventus de Italia hace unos años)...
¿Pero a quién le puede interesar un debate de tipo mitodológico, pseudo-estructuralista o como se le quiera llamar a toda esta disquicición histérica, hipodérmica, exaltada, ansiosa por demostrar que alguien ha leído cientos y cientos o miles de millones de páginas para exámenes de facultad o de profesorado y que ahora quiere hacer algo con todo eso que le queda dando vueltas en la cabeza. Ya tenemos un montón de críticos que mueren por explicarnos que pasa por nuestras mentes cuando vemos una telenovela o cuando observamos ese partido para llegar al Mundial, tan importante para confirmar nuestra identidad nacional, o cuando vemos distraídamente un anuncio de un cepillo de dientes con cinco filas diferentes de cerdas. O pongan a Rafael Bayce o a Hugo Achugar a patear un corner o a María Inés Obaldía a patear un penal y van a saber de qué estamos hablando. ¿A quién carajo le pueden importar las circunvoluciones de tu cerebro o todo tu ADN cultural cuando Bengoechea acaba de errar un gol debajo del arco contra la selección de Perú y, calamidad de calamidades, el tipo que lo levanta del suelo para tratar de restituirle un poco de dignidad es nada más ni nada menos que Álvaro Recoba? No es algo que te interese una explicación de ese momento cuando lo estás mirando incluso en un replay: algo como una ecuación donde aparecen términos como "ídolo caído" o "hijo pródigo". Eso no es el fútbol.
Sin embargo, para volver ya de alguna manera a la idea del comienzo, tenía que plantear la incógnita de si en ese prolongado relato que es un torneo existía la posibilidad de que Kennedy llegara a salir trinufante de algún otro partido o revolcadero plural.
Si alguien necesita la respuesta de entrada, podría decirse que luego de vistos los primeros minutos esa respuesta es, precisamente, "NO"... Los jugadores de Perlita, vestidos de pies a cabeza de verde cotorra, se pararon en el inestable piso húmedo y barroso de la cancha de Kennedy y se adueñaron de la situación como si hubieran llegado hasta allí a buscar de una vez por todas algo que les habían sacado. No era algo muy agradable de ver. Con Alexander, con quien habíamos presenciado la derrota (1-3) frente a Nacional de San Carlos, nos encontramos y nos paramos junto al alambrado del lado de la perrera municipal, justo con el sol de frente. Hacía bastante frío, pero el cielo se mantenía despejado. La parte de la cancha de nuestro sector, sin embargo, estaba poco menos que inundada por las lluvias de entre semana. Cada vez que la pelota caía allí, no sólo quedaba muerta, sino que una salpicadura inmensa y feroz de barro salía expresa en todas direcciones. Así que a cada rato todos los que estábamos de ese lado nos aprontábamos y nos dábamos vuelta. Por eso, al final del partido, terminamos todos con una especie de doble identidad higiénica. Los que no querían jugar mucho la pelota por ese sector, obviamente, eran los jugadores de Perlita. En los primeros minutos aprovecharon toda la fuerza de su ataque sobre el sector derecho, y aunque sobre ese sector el lateral Hernán Crespo defendía bastante bien, no era mucho lo que se podía esperar del partido. Antes de los quince minutos Perlita ya había tenido dos ocasiones bastante claras de gol que habían sido anuladas por off-side. De a poco empezamos a mirarnos entre los que estábamos junto al alambrado. Había algo cíclico e insoportable en lo que estábamos observando. Si bien Kennedy realizó una buena jugada que culminó con un remate casi sin fuerza alguna el "Chango", el número 5, ya estaba bastante claro quién era el dueño del partido.
Los jugadores de Perlita, principalmente sus puntas, su número 10 y un par de volantes centrales, enloquecieron a los de Kennedy. ¿Qué es enloquecer en este caso? Bueno, que al rival le salga con comodidad llegar a los quince o veinte pases seguidos, y que cuando uno quiere probar a ver cómo es eso sólo puede contar hasta tres, cuatro como posibilidad rara.
Poco después, a eso de los 20 minutos, Perlita redobló sus recursos y empezó a atacar también por la izquierda. Ahí vimos que la cosa se complicaba. Los volantes de contención y los laterales ya no estaban parando a nadie. Con todo, como Kennedy siempre puede sorprender, hubo un par de jugadas interesantes derivadas de pelotazos tirados a la cancha rival con tal de alejar el peligro. En la primera, el "Chala" Pereyra encuentra una pelota, corre con ella, driblea a un zaguero, encara al arquero y remata. Pero el arquero la saca al corner. En la segunda jugada de riesgo, Nicolás Pereyra elude dos jugadores en el área y lo tocan desde abajo. Todo el mundo (Kennedy) pide penal. Y creo que escucho al Gordo Nene gritar incluso por el reclamo de un penal y de hasta una tarjeta amarilla. Lo de pedir amarilla junto con un penal en realidad me parece un poco de gula. Pero en fin, sigamos... Porque todo eso fue un mero divertimento antes de lo que más iba a importar. Mientras todos protestaban por el penal no cobrado, a los 30 minutos, en un centro desde el corner de la izquierda, llega el gol de Perlita. Hay algunos cabezazos cerca del área chica y Alfredo Rodríguez llega a taparla a medias. Pero por detrás entra el 9 de Perlita y marca el 0-1.
A partir de ese instante nos miramos, solamente nos miramos con Alexander y supimos que la goleada se venía. Cualquier cosa que no fuera eso era tan poco discutible como que el Gordo Nene de pronto viera hacia el cielo pasar una bandada de patos rumbo al Arroyo Maldonado, levantara vuelo y se fuera con ellos a una vida mejor. Tan sólo cinco minutos después Perlita estuvo a punto de marcar el segundo gol, pero lo que lo impidió fue una volada espectacular de Alfredo Rodríguez, enviando con un manotazo la pelota a un costado del arco. La cosa fue realmente insoportable. Entre el 10 y el 7 de Perlita hicieron lo que quisieron: metieron caños, tiraron paredes, apilaron jugadores, dieron pases de taco, pararon un rato a tomar el mate, etcétera. Incluso, si repaso mis anotaciones, encuentro cada tantas líneas la palabra "centro". Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Centro de Perlita, la rechazan los de Kennedy... Parecía el típico movimiento de calentamiento en un entrenamiento, cuando los jugadores se van arrimando, se saludan y juegan a embocar algunos cabezazos mientras el técnico o el preparador físico preparan el trabajo. Incluso el "Canario" Fabián, el 16 de Kennedy, tan dado a medir su pierna derecha con cualquiera otra de un rival, tan sólo pudo meter una plancha más o menos prolija al 10, que siguió jugando como si nada. Con esto quiero decir: era como cuando en una película tiran la bomba pensando que van a matar a todos los monstruos y de repente se dan cuenta de que no sucede nada y de que ni siquiera hay plan B... Era imposible... Era... Pero bueno, qué sería de los relatos sin sus vueltas de tuerca, ¿no?...
Pasados ya los 30 minutos de juego, Nicolás Pereyra captura una pelotazo que le llega desde lo más remoto de la cancha. Trata de dominarla, la puntea y luego un defensor intenta desestabilizarlo. Pero Pereyra continúa hacia adelante. Logra dominar la pelota del todo y pasa otro defensa de Perlita y entrevé la posibilidad de la entrada al área mayor en diagonal, de izquierda a derecha, por un camino que pasa por el punto en el que se unen el área y la media luna. Luego de un par de zancadas, cuando parece que el delantero de Kennedy se va a meter en un túnel que lo llevará de inmediato al gol, llega una de las dos o tres acciones que cambiarán por primera vez el partido. Nicolás Pereyra es barrido desde atrás. La pelota sigue por sí misma un metro o un metro y medio más hasta que algún otro defensa de Perlita la saca de primera hacia el medio de la cancha. Pero el cuerpo del jugador locatario ya está rodando por el pasto ralo. El juez pita y acorta en un sprint esforzado la distancia con el lugar de la incidencia. Después rebusca con su mano derecha en uno de los bolsillos de su short y saca la tarjeta roja.
Para Alexander y para mí, que estábamos a unos cuarenta metros de todo eso, ver surgir de repente aquella tarjeta roja con la misma velocidad de todo lo que la precedió, fue como ver el surgimiento de un puñal escurriendo sangre y metiéndose contra la altura celeste de un cielo indiferente. Los jugadores de Perlita se tomaban las cabezas con ambas manos, se apretujaban contra el juez y le gritaban en la cara. A nuestro lado los suplentes y el técnico puteaban a pesar de la mirada del juez de línea. Del otro lado, el Gordo Nene hacía un gesto cualquiera, como ajustarse la gorra tironeándola de la visera hacia abajo. Un minuto después, cuando el mismo Nicolás Pereyra pateó el tiro libre y el arquero tuvo que hacer un esfuerzo considerable para sacarle al corner, sólo un minuto después, nos quedamos tranquilos... El juego se emparejaba. Con uno menos del lado de Perlita, parecía ahora que presenciábamos el encuentro de dos fuerzas similares, igual que dos imanes enfrentando sus campos, repeliéndose con un asco sincero. Pero las consecuencias estaban destinadas al segundo tiempo...

Para los últimos cuarenta y cinco minutos el Gordo Nene hace un cambio más o menos obvio. Saca a Fabián (el número 16) y coloca un delantero más: Walter Melo. Kennedy comienza entonces a jugar con una determinación similar a la que tuvo en el partido anterior contra Alianza Cinco, salvo que aquella vez fue una determinación, sólo una determinación. Las condiciones eran las mismas. Íbamos perdiendo por 1 a 0 y jugábamos con un hombre de más desde el final del primer tiempo contra un equipo notoriamente superior. En este caso, se podía saber que el equipo de Perlita estaba herido, pero lo lograban hacer todavía los números 10 y 7 cuando conectaban entre sí luego de cruzar hacia los últimos veinte o veinticinco metros daba para suponer que la tranquilidad podía ser pasajera. De todos modos, los volantes centrales de Kennedy empezaron a atender uno por uno a los visitantes, tal como es la regla de oro de la hospitalidad en la querida divisional B. Los jugadores de Perlita se quejaban cada vez más ante el juez, pero este no les daba mayor importancia.
En esos primeros minutos, todos pudimos ser testigos de un verdadero milagro futbolístico. Uno de esos milagros que se dan de vez en cuando en alguna cancha y que son el deleite de los cierres de los compactos de goles en la televisión. Me refiero a esa quimera que es "el gol de culo".Si el fútbol suele ser la encarnación de la masculinidad más pérfida, el campo de concentración de la homofobia, si el fútbol es un patriarcado duro en el que dos tribus se disputan el lugar en el mundo, y donde el gol es la eyaculación en la puerta de origen de la tribu rival (o sea el avasallamiento de un grupo sobre otro), entonces el gol de culo parecería ser el "anti-gol", es decir un gol impropio de este deporte. Pero no. En ese ancestral sueño sodomita que es el fútbol el gol de culo el gran gol, el gol más humillante.
Fue así. Muy poco antes de los 10 minutos del segundo tiempo, Nicolás Pereyra, una vez más, sale a buscar un pelotazo aislado sobre la derecha del ataque. Lo acompaña de cerca un defensa que ha quedado como último hombre. La carrera es encarnizada. Los jugadores se codean, se agarran y se sueltan y se vuelven a agarrar. Pero por una razón u otra, no hay foul. La jugada continúa con la pelota bajando y picando rumbo al área. En unos pocos metros más Pereyra ha logrado adelantarse a su rival. Ahora ya no hay casi último hombre. Entonces el arquero se adelanta y empieza a correr a su vez hacia la pelota. Es muy probable que no le dé el tiempo como para poder atraparla, pero sí para despejarla de un derechazo. Y eso es lo que hace. A un segundo de que el delantero de Kennedy pudiera tocarla y desviarla al fondo del arco, el arquero estira su pierna y en un salto despeja hacia cualquier lado. Nicolás Pereyra, por su parte, hace lo que se hace siempre en ese tipo de jugadas: saltar, saltar con toda la fuerza posible deseando en el medio del vuelo que la pelota rebote en él por azar. Y así, Pereyra salta enroscándose en el aire. La pelota pega contra su culo y de pronto comienza a subir y a describir una curva ascendente hacia el arco de Perlita. Es posible que el jugador de Kennedy no haya visto ni la mitad de la jugada, porque, como siempre en esos casos, la pelota cae muy lentamente, pero al mismo tiempo rápido... Al final, la pelota no entra. Baja del todo y pasa a unos centímetros por detrás del travesaño. Todo los de Kennedy suspiramos. El arquero de Perlita, a su vez, le grita una indicación al defensa, el defensa le grita a otro defensa, ese defensa le grita a otro compañero, y el técnico le grita al arquero. Nos miramos con Alexander y sacamos una conclusión instantánea: "Hubiera estado bueno empatar con un gol de culo".
Los jugadores de Kennedy ya no pueden hacer nada más por el partido salvo meter la pelota en el arco. Y así pasan una detrás de otras las oportunidades. Primero una del "Chala" que pasa muy cerca tras haber ido a buscar una pelota peinada. Después, a los 15 minutos, una definición desviada de Nicolás Pereyra tras pasar entre tres jugadores. Pero también, como suele suceder en este tipo de circunstancias, tanto un cuadro ataca sin hacer goles que le llega una réplica que congela todos los corazones. Alguien de Perlita levanta un centro perdido, por si acaso, y quiere el destino que un compañero la cabecee solo, pero quiere también ese destino que la pelota pase apenas por encima del travesaño. Es entonces el momento en que Alfredo Rodríguez toma la pelota y la coloca con sumo cuidado sobre la línea del área chica. Desde unos metros por atrás ya viene tomando carrera Carlos Miguélez para levantarla de zurda hacia la mitad de la cancha. Alguien peina la pelota, otro la va a buscar y gana la posición y logra dominarla. Es, cuándo no, el "Chala". Los rivales no pueden detener su carrera, su manera de pasar tan rápido entre todos los que se le cruzan. Parece un niño bastante fastidioso con su cuerpo menudo y quebradizo moviéndose por todo el frente del ataque. Por eso puede prácticamente lograr la audacia de tirar el centro y de ir a buscar la segunda incidencia que tiene como consecuencia ese centro. Algo similar pasa a los 20 minutos. Hay un centro desde la derecha, luego una serie de cabeceos tanto de jugadores de Kennedy como de Perlita dentro del área. El arquero no logra atraparla por dos ocasiones, sólo despeja a medias con el puño o con la palma un par de veces. Ahora la pelota está sobre la izquierda y vuelve a ser enviada al área chica. Al arquero ya no le da el tiempo para retroceder. La pelota lo supera y empieza a caer tras su espalda, sobre la derecha del arco. El tiro da contra el palo y regresa como si quisiera volver por el mismo camino. Pero a un metro de la línea de gol, habilitado por un defensa de Perlita parado contra el otro palo, el "Chala" se queda quieto para que la pelota le dé contra la cabeza y marque el empate. Es cierto que es uno de esos goles más difíciles de errar que de hacer, porque el "Chala" cabecea contra el arco como si este fuera la misma bóveda del cielo, pero lo verdaderamente importante era que ese jugador tenía que estar allí en ese sitio y allí estuvo.
El "Chala" corre ahora hacia el corner de la derecha y se abraza con varios de sus compañeros. En el área de Perlita los visitantes se quedan mirando hacia todas partes y discutiéndose entredientes todos los errores de atención en esa última jugada.
Con el partido empatado, aun sigue pareciendo algo desproporcionado el asunto. Da la impresión de que en algún instante los jugadores intercambiaron las camisetas o de que hubo algún tipo de pacto siniestro, o de que simplemente ocurre lo que está ocurriendo por defectos de unos y méritos de otros: a Kennedy le salen todas las jugadas, y a Perlita, que parecía la Holanda del '74 en el primer tiempo, ahora la pelota le parece un objeto extraño del que no se puede hacer una idea de cómo es porque no se lo dejan ver. Y eso lleva obviamente a las patadas. Unos pocos minutos más tarde, con Kennedy sacudiendo la última línea rival, llega una falta dura sobre el "Chala". Entonces hay un par de empujones, nada más que un par de empujones de esos que se dan los jugadores como tanteándose o como repeliéndose hacia sus propios territorios. Pero luego de unos segundos el número 10 de Perlita, el único jugador que, a juzgar por lo que había hecho en el primer tiempo, podía amargarnos lo que quedaba de la tarde, empieza a correr hacia un jugador en particular de Kennedy: Jorge Rodríguez. No el "Popo" Jorge Rodríguez, sino el "Maragato" Jorge Rodríguez, uno de los mediocampistas de contención. Hay un par de corridas. Entre el 10 de Perlita y el "Maragato" se gritan de todo. Saco mi cámara para tomar alguna foto de la pelea, pero la situación se resume en un par de corridas tanto de un jugador como de otro, siempre retenidos ambos a último momento por dos o tres compañeros.
-¡Ya está! -dice Alexander a mi lado -¡Ya está! Lo sacó del partido al diez...
Termina siendo así. Por lo que queda del partido el 10 de Perlita entra en una profunda contradicción entre su pensamiento y la articulación de sus tobillos. Es decir: se arrastra por el resto de segundo tiempo.
Eliminado ese problema, reducido un rival peligroso a una especie de autismo insaciable, queda sin embargo la posibilidad de una larga carrera contra el tiempo. Los minutos transcurren con los jugadores de Kennedy jugando bastante bien, pero cuando eso es algo que perdura sin generar nada más, da lo mismo ya cómo tenga que ser el gol de la victoria. Kennedy tuvo el gol del partido en una corrida solitaria del "Mono" Melo. Al principio parecía off-side, incluso para el propio jugador que llevaba la pelota; pero cuando sintió la voz del árbitro que le gritaba "¡¡¡Siga, siga, siga!!!..." no tuvo más remedio que tirar. Y la mandó a la mierda.
Sin embargo, este capítulo tiene un final feliz. El gol de Kennedy llega con la misma claridad con que de repente sabemos que ha llegado algo como la primavera (aunque en rigor estemos todavía en lo más duro del invierno). Palacio hace un cambio de frente desde la izquierda, luego hacen el centro desde la derecha y la pelota cae sobre el segundo palo. De pronto se ve al "Chala" corriendo hacia atrás, ganando distancia para poder cabecear aprovechando el descenso del esférico. El arquero entonces sale a ahogar al delantero de Kennedy, pero la apuesta le sale bastante mal. El "Chala" toca la pelota de un frentazo suave y la coloca dentro del arco por encima del arquero. Suenan los bocinazos. Saltamos. La gente que está subida en el terraplén del lado opuesto observando el partido de San Martín se da vuelta y ve sobre el mismo corner un festejo muy parecido al de unos quince minutos antes. Kennedy da vuelta por fin el partido, pasa a ganar un partido después de muchos minutos en el campeonato. Los compañeros se cierran en un abrazo múltiple sobre la diminuta figura del "Chala". Es simplemente emocionante. El rostro del "Chala", que se ha igualado al mismo recuerdo de este día, parece no expresar nada, como si estuviera bastante conmovido con todo hasta el punto de avergonzarse de ser el centro mismo de los movimientos. Pero más emocionante es ver a Gaidú, uno de los zagueros, tan eficiente como pasado de peso. Gaidú ha cruzado toda la cancha queriendo formar parte de la efervescencia sutil de ese abrazo de gol, pero cuando ya le quedan pocos metros para llegar hasta el "Chala" el resto de los jugadores ya está de regreso en la mitad de la cancha. Incluso el mismo "Chala" apenas si le retribuye el agradecimiento con alguna palmada en la espalda. Gaidú recoge lo que le dan y de inmediato regresa con la misma intensidad de su tranco corto hasta su parcela en el fondo de Kennedy. Allí juega los últimos minutos que le quedan al partido, colaborando en alejar el peligro a como dé lugar, sacrificando lo que sea para sostener lo que otros levantaron por allá adelante, del otro lado de aquel mundo, donde es hacia uno hacia donde corren los demás.
Con esas pequeñas expresiones individuales de la vida, como la de Gaidú, como la del "Mono" Melo estrellando desde afuera del área un remate en el ángulo sobre la hora; con esas pequeñas expresiones individuales de la vida dije, a propósito, se va esta tarde feliz, en la que algunos hombres tientan con unos elementos geométricos bastante elementales como una esfera y un rectángulo una cierta suerte de verse a sí mismos entre los demás hombres, para acaparar hacia la noche quién sabe qué alegrías o qué desdichas que están aguardando en los hogares, algo que está esperando tras el polvo anaranjado del atardecer que levantan las motos o los autos de los propios jugadores de vuelta a la ciudad.
Kennedy 2 - Perlita 1

miércoles, 14 de abril de 2010

Shed

Soñé con Bessie Smith. Estábamos en un galpón lleno de herramientas, en una tarde gris, ella, dos guitarristas y yo. Bessie Smith era muy joven. Los guitarristas le daban indicaciones acerca de cómo entonar una canción. Era "Black water blues". En un momento sentí que los guitarristas no iban a estar mucho tiempo más en la vida dándole indicaciones. Ella inclinaba la cabeza hacia un costado y empezaba de nuevo.

domingo, 11 de abril de 2010

domingo, 28 de febrero de 2010

El origen de "El increíble Springer"

(foto: "Jewish giant", de Diane Arbus)

Algunas cosas se sumaron con los días. Primero fue la crítica de "El increíble Springer" hecha por Elvio E. Gandolfo para El País Cultural del viernes pasado.
Después, al otro día, mientras conversábamos en el Kennedy, mi padre reflotó su idea, más o menos fija de unas semanas hasta ahora, de tener un blog en el que publicar los textos que ha estado escribiendo y acumulando desde hace varios años. Su intención sobre todo es que sus otros hijos, que viven en el exterior, tengan a disposición lo que escribe. Así que nos pusimos a discutir cómo sería el blog, qué imagen colocarle, etc. Hasta que llegó el momento de pensar en el texto inaugural. Anoche, después de cenar en su casa, mi padre pensó un par de minutos y me dijo que quería que el primer texto publicado fuera "Amigo".
Como muchos familiares y amigos y conocidos saben, "El increíble Springer" es en realidad una variación de un relato que mi padre escribió sobre algo que le ocurrió en su infancia, y que tiene que ver con la relación que mantuvo con un niño bastante particular del barrio La Pastora, de Punta del Este. Desde hace muchos años yo sentí una admiración bastante fuerte por esa parte de la historia de su vida. Hasta que un día junté coraje y le dije a mi padre que yo quería escribir algo basado en su texto y en las cosas que me había dicho directamente sobre ese episodio. Lo que pasó a partir de allí no tiene mucha relevancia ahora, salvo que a mi padre le encanta decirle a algún desprevenido que va a iniciar acciones legales contra mí. Después se ríe y sacude la cabeza, como hace siempre.
Parte de lo que ahora importa, por ejemplo, es que hace un par de horas, mientras transcribía "Amigo" (que es así como se llama el relato) para colgarlo a los pocos minutos en su blog, no pude dejar de emocionarme profundamente, hasta las mismas lágrimas, recreándome para mí solo una vez más la imagen difusa y recortada de mi padre siendo niño, atravesando un paisaje en algunos casos también común al de mi infancia. Una historia se cerraba. Otra parte comenzaba. Cosas por el estilo.

"Amigo" comienza diciendo así:

"
Cada vez que febrero viene llovedor y con tormentas eléctricas llegan a mi memoria como un rayo recuerdos y nostalgias de un pasado lejano. Después de deambular por varias escuelas por motivos de domicilio, ingreso en el año ‘60 en la escuela que me trae los recuerdos más fuertes de mi infancia. No era muy bueno en los estudios, pero sobresalía en la parte deportiva. Me daba cierta ventaja frente a mis compañeros a la hora de las evaluaciones.
A los pocos días conocí a un “chico” que me impactó no sólo por su personalidad, muy superior a la de todos nosotros, sino por su problema físico, que lo aislaba de los demás. (...)"

Para seguir leyendo, hacer click aquí.

martes, 23 de febrero de 2010

Verano XXII (oy gut)

Esto ocurrió hace un par de sábados, por los días en que estaba leyendo "A guerra no Bom Fim", de Moacyr Scliar. Lo que importa para el caso de esa lectura es que en algunos pasajes un par de personajes (judíos, pues la novela se centra en un barrio judío de Porto Alegre) podían volar. De repente Nathan se levanta de noche y sale por la ventana y vuela como en un cuadro de Chagall, con violín y todo. Leyendo eso me dije en un instante: "¡Ay! ¿Está repitiendo una fórmula de realismo-mágico? ¿Está rindiendo Scliar en su primera novela (año '71) cuentas a su propia época?". No lo sé. Quizás ni siquiera termine siendo algo importante. Moacyr Scliar es un autor que me gusta, y la novela por esos días me estaba entreteniendo bastante de todos modos.
La tarde del sábado del que quería hablar hacía un calor húmedo y pegajoso. No había casi viento y el cielo estaba apenas gris. En la parada 1 de la Mansa, frente a la Liga de Fomento, uno podía ver desde la orilla la tonalidad verde oliva del agua, y más allá la isla Gorriti apagada en una única línea sombría. Y aun más allá, el Pan de Azúcar, como una cresta absolutamente negra a punto de rasgar las curvas de las nubes también oscuras. Me quedé nadando, yendo y viniendo, hasta que se me hizo posible. Las primeras gotas que llegaban desde la tormenta entrevista tras la isla agujereaban la superficie del agua y formaban unas breves coronitas, como si fuera la marca de algún animal tímido y minúsculo que regresa arrepentido y a toda velocidad hacia la arena del fondo. Los primeros rayos entonces se desplegaron sobre la bahía con la misma forma del esqueleto de un abanico. No hay tiempo para un rayo único.
El guardavidas abandona su casilla de un salto y corre hacia la orilla. Comienza a hacer sonar el silbato. Casi toda la gente se ha ido, pero aún quedamos algunos. Sin embargo el guardavidas está preocupado por alguien en particular. A cien o ciento cincuenta metros hay un hombre buceando. El guardavidas se mete hasta las rodillas en el agua como si ese detalle le diera una ventaja extra sobre el buzo. Al final, no puedo saber cómo termina la escena. El viento se vuelve cada vez más imponente, recojo mis cosas y salgo corriendo hacia la rambla. Los rayos caen del otro lado del puerto, contra la isla, por todas partes. Las nubes negras se acercan en unos pocos segundos y el viento aumenta y empieza a transformarse en una turbonada. Corro hacia una calle de las que desembocan en la rambla. La lluvia se vuelve gruesa y me meto de inmediato en el garage de un edificio cuyo portón está abierto. Miro hacia todas partes para ver si el portero se encuentra cerca. Pero no hay nadie. Me quedo en un rincón, del lado de un sitio vacío que corresponde al coche del apartamento 103. Por suerte los del 103 no están en casa, pero contra la viga que divide el 103 del 104 hay atada una bicicleta muy similar a la que yo tenía cuando era niño. Una bicicleta muy de los '70 o los '80. Esas son las pequeñas cosas que me encantan de Punta del Este. Con toda posibilidad los del 103 deben de tener esa bicicleta desde un par de décadas, reciclada cada tantos veranos para sus hijos, sus nietos, qué sé yo... Afuera el viento y la lluvia forman una materia densa, casi imposible de atravesar con la mirada. Resuenan junto con los truenos y los zumbidos del viento varillas de aluminio que caen sobre la vereda desde los cortinados de los balcones y también varios vidrios. Estoy absolutamente empapado, tratando de calentarme un poco con la toalla, un poco menos húmeda que mi ropa. Pienso que si llegaran los del 103, o el mismo portero, tendría que dar explicaciones acerca de lo que estoy haciendo allí, pero es muy probable que la lluvia me ayude un poco y vuelva más tolerables a todos. Aunque no puedo decir lo mismo si el portón del garage se baja y me quedo a oscuras allí adentro.
Estaba en eso, pensando en una cosa y otra, prestándole atención a intervalos a las roturas de los vidrios o a los gritos de algunas personas cuando veo en la vereda de enfrente a un rabino apretándose su sombrero y cruzando contra el pecho su otro brazo, por encima de la abertura desabotonada del sobretodo. Si uno aislara el viento de toda esa situación y lo colocara en otra parte del mundo, por sobre unas montañas de Asia Central, por ejempo, podría ver la tranquilidad con la que el rabino caminaba mientras los vidrios repiqueteaban por todos lados y unos pocos turistas salían de sus automóviles cubriéndose la cabeza con el grueso Clarín del sábado y se tiraban casi de paloma hacia la recepción de los edificios vecinos. La sinagoga de Punta del Este queda muy cerca de allí, casi contra la terminal. Al rabino le quedaba menos de media cuadra para llegar. Era una figura agrisada recortada a medias entre el aguacero. Una figura que se deslizaba a una velocidad creciente, con el viento empujándolo sobre su nuca, su espalda, sus asentaderas, sus piernas, sus tobillos, hasta que la turbonada arremetió por última vez antes de la tregua final y los pies del rabino (que había tropezado) en tan sólo un segundo, quizás dos, se despegaron del embaldosado y patalearon en la nada. Pudo haber sido nada más que un desvarío de la percepción. El rabino tocó tierra una vez más y se reacomodó con dignidad y presteza, recuperando el paso de siempre. No tenía porqué importarle nada. Sólo la fe, que lo estaba llevando adonde tenía que ir.

Cuando la tormenta siguió de largo hacia al lado del océano, atravesando finalmente toda la península, abandoné el garage y caminé hacia el lado de la terminal para llegar a la rambla de la Brava. Apenas pasé frente a la sinagoga miré hacia adentro. El rabino no estaba por allí a la vista por supuesto. Solamente había una niña de unos siete u ocho años, apoyada contra la puerta de la entrada y mirándome con su pequeña Torá de páginas con bordes dorados, apoyada contra su boca.

viernes, 12 de febrero de 2010

En la mansión


Después de tanto tiempo, años y años, vuelvo a visitar la mansión de enfrente a casa. Entro con las hermanas A. y F., justo atravesando una de las alas de la construcción, mientras yo les explico que tuvo que haber sido en el verano de 1990 cuando estuve allí por última vez. Un poco antes de un accidente con explosivos que hizo que algunas personas murieran allí y que los dueños abandonaran poco a poco el lugar cediéndoselo a su casero. F. me indica a cada instante que me fije bien en los muebles, en los cuadros, en los adornos. "Está todo intacto, como estuvo siempre", me dice. Cuando salimos al patio central aparecen dos perros, pero en seguida se muestran bastante amigables, tanto que hasta me animo a rezongar al más grande, uno marrón, para que no me haga más fiesta. Eso me da un poco de valor y termino de entrar al patio. F. señala hacia los ventanales del otro lado y me dice que tenga en cuenta que la biblioteca está toda reconstruida, que el piano fue restaurado, etcétera. A través de los vidrios noto la penumbra del interior de la biblioteca. En eso llega el casero. Noto que tiene una nueva mujer. Una mujer ancha con el pelo pintado casi de plateado y con un niño como apresado bajo uno de sus brazos. El hombre saluda nos saluda casi sin interés y oigo que una de las hermanas le comenta a la otra que cree que el casero está regresando en ese momento de un baile de cumbia, y que consiguió allí mismo a esa mujer con el niño. Como sea... El casero, la mujer y el niño se encierran en sus dependencias y nos quedamos solos de nuevo en el patio. Entonces le digo a F. que quiero terminar de atravesar el patio y llegar al comedor. El comedor se ve oscuro, pero desde donde estoy puedo ver una fuente con frutas de cera, apenas recortada a través de la abertura de la puerta. Cuando doy un par de pasos encuentro a mi derecha, en una esquina del patio, una chimenea de hierro elaborada con mucha fineza, con muchos detalles. La chimenea tiene la forma aproximada de un cono y una línea a su alrededor que dibuja un espiral para quien la observe desde lo alto. Al pie de la chimenea hay una inscripción que dice: "Fabricado en Pelotas". Cuando me doy vuelta para contarles a A. y F. que yo estuve en Pelotas hace poco tiempo, me doy cuenta de que ellas no están allí. A la derecha de la chimenea hay unas placas y unos bustos recordando a los antiguos dueños de la mansión. Me sorprendo bastante de que sean brasileros. De pronto veo que debajo de la chimenea y de los bustos hay un compartimento cerrado con dos puertas. Entonces aparece allí el niño y las abre y veo un montón de urnas con placas metálicas llenas de inscripciones. Son las cenizas de los que habitaron la casa. En ese instante reaparece el casero, saca al niño de los pelos y cierra el compartimento de un portazo. Luego comienza una discusión con su mujer acerca de cómo hay que criar al niño. Yo sigo de largo, como si caminara hacia el comedor de una vez por todas, pero el paisaje cambia. Ya no tengo más a mi derecha la pared tras la cual estaba la cocina. Allí hay ahora un enrejado de color negro. Tengo la sensación de que estoy en Montevideo, de que lo que hay del otro lado de las rejas es un parque de algún lugar de Montevideo. En el parque hay varios árboles que no tienen hojas, pero en cuyas ramas desnudas cuelgan de unos hilos y se agitan suavemente con el viento unas placas de oro con formas curvas. Mientras me quedo observado ese espectáculo, aparece de mi lado una muchacha que había sido mi compañera en quinto o en sexto de liceo. Está igual que siempre. Tiene los párpados caídos como cuando era mi compañera de clase. Eso siempre le dio un aspecto manso y somnoliento. Entonces me toma la mano derecha y la pone a cierta altura apoyándola sobre uno de los barrotes y entrelaza mis dedos con los suyos. "No te habías dado cuenta", dice.

miércoles, 27 de enero de 2010

Una entrevista

[Con motivo de la reciente nota aparecida en el semanario Brecha (nº 1261, 22/1/2010) acerca de la nueva narrativa uruguaya, su autor, Matías Núñez, me hizo llegar un cuestionario que también había enviado a los otros escritores mencionados en el trabajo. Por una cuestión de tiempos, cuando lo respondí ya era demasiado tarde: la nota ya estaba escrita. Sin embargo, publico aquí mis respuestas como complemento a las que en nota aparte aparecieron de Rodolfo Santullo, Pedro Peña, Matías Paparamborda, Jorge Alfonso y Ramiro Sanchiz.]

¿Qué importancia tiene en su obra ser joven y uruguayo? (es decir, más allá de lo que dice el pasaporte, ¿recurre a dicha circunstancia como sustrato creativo?)

No, no es algo que me importe a la hora de escribir o de considerar mi trabajo. No me veo escribiendo historias para entrar en un diálogo con una tradición narrativa (por más que pueda considerar alguno de sus aspectos, de forma consciente o no...) o con un horizonte de expectativa generacional o nacional. No me siento delimitado por la condición de "joven" o por la de "uruguayo". De hecho, no creo que sea tan joven. A mi edad mi padre tenía tres hijos y salía hacer las cosas que un hombre hace para mantener a una familia. La vida no le imponía la condición de "joven" para nada. Había que hacer cosas y punto. Lo mismo considero yo. Hay historias que tengo y que quiero contar, pero eso no tiene que ver con el apremio de observarme dentro de una determinada franja de edad. Y en cuanto a lo de "uruguayo", no creo que sea algo que a uno le deba pesar; ni siquiera creo que pese. Es decir, no escribo pensando en un "main stream" de temáticas o recursos que puedan refrendar una idea de la siempre evanescente "identidad nacional". Además, tampoco nadie se mata por leer narrativa uruguaya en el exterior, que a mí me parezca. Así que, bueno... a escribir tranquilos.

¿Lee a sus coetáneos? ¿Reconoce alguna inquietud generacional común?

Sí, los he leído a casi todos. En general reconozco la inquietud generacional de quererse ver como generación con inquietudes generacionales. A veces percibo un cierto pudor (o subestimación) por caer en la anécdota pura, o en el factor episódico, y entonces aparece la recursividad del referente de la narración, o algo como una meta-narrativa, etc., y eso me aburre un poco.

¿Ve surgir algún aspecto novedoso en la narrativa de su generación? (ya sea en tanto innovación formal, la construcción de un lenguaje diferente, cambio de contenidos o lo que sea)

Creo que todavía no hay una cantidad de obra suficiente como para observarlo. Estamos hablando de autores que tienen tan sólo uno o dos libros publicados...

¿Cuáles son sus influencias y cómo es su relación con las mismas a partir de las nuevas perspectivas en torno a la parodia, el homenaje, la cita o incluso el plagio?

No sé si hablar de influencias en el sentido de mencionar a autores o propuestas narrativas generales que de algún modo dirijan mi creación. Trato de que los autores que me gustan o me deslumbran no pesen tanto, en el sentido de que eso puede imposibilitar la concreción de mi propia voz como narrador. Por supuesto que uno se hace deudor de otras sensibilidades que lo cautivaron a través de la lectura. A mí, por ejemplo, me fascina el realismo de Juan José Morosoli, pero no veo motivo alguno para imitar sus tipos de historias. Y sí, como él bien lo hizo, para hacer llegar al lector el pequeño e imponente mundo del alma de un personaje como si ese mundo de pronto fuera el nuestro. Eso es un objetivo, y a los objetivos, a diferencia de los recursos o los argumentos, no está tan mal copiarlos.

¿Cuál cree que debe ser la función de la crítica literaria? (si debe emitir juicios de valor o no y si tiene alguna utilidad para los creadores)

Por supuesto que emitir juicios de valor, o sea realzar el mismo oficio de la crítica literaria no sólo introduciendo a un futuro lector a un libro, sino manifestándose de acuerdo o no con ciertas propuestas. Esto es: no caer en hacer pequeñas reseñas sobre el argumento de una novela o un conjunto de cuentos. Es lo mejor que les puede suceder a los grupos editoriales. ¿Qué tiene de malo jugársela y dar una opinión si la opinión está realizada con entereza y dedicación profesional? Y al que le duela, que le duela. Si a alguien no le gustan mis libros y me dice por qué, en una de esas podré sacar algo en claro y mejorar, ¿no? ¿A alguien le dijeron que por escribir libros le iban a tirar pétalos por la calle? ¿Y quién lo necesita, por otra parte? Escribir ya de por sí es una actividad maravillosa que te renueva la vida cuando estás contigo mismo.


(*) Foto: Ignacio di Tullio

domingo, 17 de enero de 2010

Los catadores


Hace algo más de un año Leonardo Cabrera tuvo la idea de que varios de los que andábamos "en la vuelta" reuniéramos nuestras impresiones sobre lo que estábamos leyendo (sea recién editado o no) en un blog colectivo. Esta idea ya pasó desde ayer a la realidad. Los lectores pueden acceder a www.clubdecatadores.wordpress.com y entrar a un índice de lecturas bien personales de, por el momento, Leonardo Cabrera, Pedro Peña y quien escribe. Quedan invitados. Un abrazo.


(*) Foto: Leonardo Cabrera; Playa Kennedy, Punta del Este, 9/1/2010

martes, 12 de enero de 2010

Verano XXI (todos los pequeños milagros)


En el último día del año pasado, temprano por la mañana, recibí la visita de uno de esos amigos que veo cada tanto, quizás dos o tres veces por año, pero con los que es fácil entablar en seguida un diálogo ameno y franco que salva desairado el tiempo transcurrido en el que cada uno sabe muy poco o nada sobre el otro.
Yo estaba terminando de desayunar y leyendo "Bullet park", de John Cheever, cuando golpearon a la puerta. Era S. Con S. hablamos mucho de cine, así que casi de inmediato comenzamos a discutir acerca de las cosas que nos habían parecido de lo mejor en el año. Yo, de pronto, empecé a insistir en que "Ordet" (1955), de Carl Theodor Dreyer, había sido la película que más me había conmovido de todo lo que había visto. No estaba hablando de lo mejor ("Ordet" es, en mi opinión, excelente, sin dudas), de lo logrado en cuestiones técnicas (que poco manejo), etc. Estaba hablando de la posibilidad de que una película te quede en la cabeza unas cuantas horas después de vista. Y una mañana o una tarde sale uno de trabajar y se encuentra con una secuencia de esa misma película pasándose una y otra vez. Y en la semana esa secuencia de repente atraviesa todas las preocupaciones y los diversos sentimientos y pensamientos y se instala como una gaza cayendo desde el cielo y posándose con extremada lentitud sobre todos los objetos familiares. Estás comiendo con tu gente, girás a la izquierda y te das cuenta de que el espacio entre ambos está ocupado por una serie de pensamientos que despertaron las imágenes y los diálogos de una película. Es un ambiente rural de Dinamarca. El padre de familia (padre de tres hijos, uno adulto casado, otro adulto que enloqueció y se cree Jesucristo, y un tercero bastante mozo y en edad de casarse) se sienta en el galpón donde están encerrados los cerdos. Los mira solazarse tras la cerca. Su nuera, esposa de su hijo mayor y mujer de la casa se le acerca. En realidad quiere convencer desde hace rato al viejo para que consienta el casamiento de su hijo menor con una chica que pertenece a una familia ortodoxa. En cierto instante, hablan de lo imposible. O de las cosas que damos por imposibles. El viejo es testarudo, pero tampoco se come los mocos. Ambos saben que los milagros cercan nuestras vidas. El hecho está en cómo entendemos la dimensión de los milagros. La nuera se muestra muy esclarecida en lo que quiere dar a discutir. Todo el tiempo hay milagros, dice, los milagos nos pasan a cada rato bajo nnuestras narices. El problema es que buscamos los milagros siempre como algo parecido a un ángel que baja en lo peor de todo el asunto y nos pide que nos comamos un libro. El milagro no debe ser siempre (o nunca) algo como la última revelación de todo un proceso. Existen los pequeños milagros. La vida es imposible sin los pequeños milagros, y nuestra gran desgracia es no percibirlos, dejar a esos pequeños milagros desamparados. El tema, por supuesto, es tener una idea más o menos clara de qué constituye un pequeño milagro. ¿La mismísima salida del sol y, en consecuencia, cada parte del mecanismo que hace que el día se cumpla y logre su cometido? Una rama levantándose al viento, como una persona que saca pecho, te puede herir de pasión.

Ahora es de tarde. Continúa siendo el último día del año 2009. Estoy sentado en la playa Kennedy leyendo "Bullet park" luego de haber nadado un rato. A veces detengo la lectura, hago alguna anotación sobre un hecho que sucede a mi alrededor o cualquiera otra cosa. Por ejemplo escribo en la libreta: "Algo de viento fresco; el agua también un poco fresca, pero se necesita que alguien ponga un poco de uno mismo para que las cosas sean como tienen que ser o como uno hubiera querido que fueran." Sinceramente, más allá de lo que pueda interpretar ahora, no entiendo bien qué significa y no recuerdo con exactitud a raíz de qué escribí esas líneas en la libreta. Pero, de todos modos, estamos en la última tarde de 2009. Un par de adolescentes se acercan a la orilla con una pelota de fútbol. Uno de ellos, el de la izquierda intenta hacer con la pelota ese tipo de pavadas que hace Cristiano Ronaldo. No le sale nada. Tiene los pechos de una niña de 11 ó 12 años y se sacuden histéricos con cada pisada o con cada movimiento que le permita lograr el equilibrio adecuado para poder dejar la pelota trabada entra la parte posterior de su pantorrilla izquierda y el empeine de su pie derecho. Repito: no le sale nada. Creo que podría probar con ser certero en los pases de más de cinco metros. Como sea... Sigo leyendo a Cheever y subrayo una frase: "Es cierto que la sanación milagrosa es lo único que no hemos intentado, pero no sé si estoy dispuesto a arriesgarme." Después termino esa página, sigo con la otra, doy vuelta hacia la siguiente, etc. El argumento y sus manifestaciones, o cómo reaccionan los personajes ante esa manifestación argumental me atrapa cada vez más. Pero algo no funciona ahora a mi alrederor. Siempre prefiero leer en la playa Brava antes que en la Mansa simplemente porque me es más fácil concentrarme. El ruido continuo del oleaje neutraliza las conversaciones ajenas y todos los otros ruidos. Pero resulta que a partir de cierto instante no hay mucho que neutralizar. La gente se ha levantado de sus sillas, ha abandonado el agua o sus juegos de pelota o sus lecturas de diarios, libros o soluciones de sudoku y se ha apiñado en un sector de la orilla, a unos veinte metros a la derecha. Las olas traen lentamente el cuerpo oscuro y reluciente de un pequeño lobo de mar. Al principio me parece que está muerto, pero no... El lobito, que tiene un poco más de medio metro, se deja arrastrar y revolcar a medias por las olas. Hasta que llega a la orilla con su paso tambaleante y simpático. La resaca del agua que regresa le amontona arena contra la parte baja del pecho. Hay un montón de niños expectantes que comienzan a formar un semicírculo sobre el animal. Los padres están a muy poca distancia de sus hijos, como si fueran los custodios de una emoción escondida que le tenían preparada a sus hijos para esas vacaciones. Casi nadie habla. Algunas personas sacan sus teléfonos o sus cámaras y sacan las primeras fotos. Me pongo a hablar con un hombre que también es de Maldonado y rápidamente llegamos a la conclusión de que es algo bastante raro que los lobos marinos salgan así como si nada y se instalen entre la gente en la playa Brava. Uno puede verlos, enormes, en el puerto, queriendo ligar un poco de las carcazas que los pescadores arrojan desde los muelles cuando filetean lo que han recogido, pero esto es algo inusual. En seguida alguien sale corriendo hasta el puesto del guardavidas y lo hace bajar y acercarse a la multitud. El guardavidas pide con cierto tono enérgico que nadie toque al animal, que puede ser peligroso sobre todo para los niños. Luego disca un número en su celular y pasa el comunicado de la aparición . A decir verdad, al animal parece importarle muy poco lo que se suscita a su alrededor. Tuerce la cabeza entrecerrando los ojos bajo el sol y se rasca un costado con una aleta. La situación se asemeja a una pequeña muestra de adiestramiento. En unos pocos minutos llega alguien de una asociación protectora de animales marinos e intenta hacer que el animal entre a una jaula de color crema. El animal se desvía hacia la orilla. La persona hace un último intento de atrapar al animal pero este gana de inmediato la orilla y pasa por debajo de una ola y comienza a alejarse con lentitud. Su lomo azabache reluce a intervalos descubierto en la superficie. Yo sigo leyendo. Los chicos regresan con su pelota e intentan una vez más que les salga algún truco de esos que aparecen en las publicidades de ropa deportiva o en las presentaciones de los futbolistas a estadio lleno. Una mujer a mi izquierda retoma la lectura de "Elizabeth Costello", de Coetzee. Está tostándose boca abajo y pasa las páginas con rapidez. A la salida, a punto de cruzar la rambla, mientras ella vigila de cerca a sus hijos, me pregunta qué estaba leyendo.
-"Bullet park", de John Cheever -contesto.
-¡Ah, no la leí! Pero, ¿leíste "Esto es el paraíso" de él mismo? Me gustó mucho.
-No...
Yo ya sabía lo que ella estaba leyendo, pero se lo pregunté para no interrumpir la cortesía.
-"Elizabeth Costello", de Coetzee... -responde, y me da cierta buena impresión que haya pronunciado el apellido en afrikaans, es decir: "Cutsía".
-¿La leíste?...
-No...
-Me gustó mucho "Desgracia". ¿La leyó?...
-¡Ah!... Esa no...
Luego el tráfico permite una brecha por la que podemos ganar el cantero del medio de la rambla y la siguiente vereda. Ellos se acercan a su camioneta. Yo me subo a la bicicleta y me alejo ya por la calle Montecarlo rumbo al barrio Kennedy.

Y ahora es la cena de Fin de Año, en la casa del Kennedy. De un lado de la mesa está mi padre. En el lado opuesto estoy yo. Somos dos. Es una cena entre el padre y su hijo mayor para despedir a sus propios modos el año al que le queda poco más de una hora. Comemos unas milanesas al pan, y él no tiene ya problemas con que yo ponga la música que quiero para cenar. Entonces escuchamos una antología de Benny Goodman y no miramos como otros fines de año u otras Navidades esos programas de la tele abierta del tipo "Nochebuena o Fin de Año con las estrellas" (donde te dan los mismos videos de Ricky Martin o Shakira o Luis Miguel y por allá a las tres de la mañana medio dormido pescás "Ticket to ride", de los Beatles) o no escuchamos cumbias en alguna FM local. Mi padre consiente esta vez escuchar jazz de Chicago. Hasta sigue el ritmo golpeando con la palma de su mano el borde de la mesa y mirando a través del ventanal el resplandor de algún fuego artificial adelantado a la medianoche. Ya hemos llamado o escrito a Valencia, a Sicilia y a Amsterdam para saludar a una parte de nuestra familia que ya está en 2010. Para un poco más tarde queda la llamada a Estados Unidos para saludar a mi madre. Cuando se hacen las 00:00, me levanto y le doy un beso a mi padre y le digo "Feliz año nuevo, papá". Él agradece, me dice otro tanto y me da a su vez su beso y me pone una de sus grandes mano sobre un hombro. Los vecinos comienzan su media hora ininterrumpida de fuegos de artificio y explosiones. El resplandor invade la cocina. La música de Benny Goodman se escucha sólo a intervalos. Me levanto, me acerco a la computadora y respondo o hago algunos saludos a través del MSN. Cuando regreso a la mesa mi padre está ya dormido. No lleva puesta remera. El ventilador le da directo sobre el pecho, donde tiene colgada su placa metálica que indica su tipo sanguíneo y la advertencia de que es alérgico a la penicilina. Esa placa le salvó la vida en su accidente de tránsito de 1996. Ahora es 2010. Pasó una década y media. Mi padre está algo avejentado y tiene una panza alarmante. Lo contemplo mientras continúa con la cabeza pendiendo sobre su pecho, a pocos centímetros de su panza calzada contra el borde de la mesa. Suenan los últimos temas de la antología de Benny Goodman. No puedo dejar de mirar a mi padre y de pensar también qué hay exactamente o qué depara la porción de aire que nos separa al uno del otro. Me quedo allí, con ese espectáculo pensando por unos pocos segundos qué será o significará 2010 para mí. Pregunta banal para algunos asuntos y no tanto para otros. Podría suceder ahora algo que cambiara el curso de las cosas. Algo que diera un poco más de luz sobre este fragmento de vida que traemos. Pero no pasa nada. O al menos eso no se nota. Nada... De pronto las explosiones recrudecen y mi padre se despierta, parpadea rápidamente y me observa.
-Parece un ataque con explosivos... -le digo.
-Ah, sí... -responde con voz ronca.
-¿Te imaginás lo que debe ser estar bajo un bombardeo?... -vuelvo a decir.
Es una pregunta que me hago a veces cuando escucho las detonaciones de la pirotecnia.
-Y sí... -dice mi padre, pero lo dice como si respondiera a una tontería o a alguna cuestión improcedente.
Entonces su cabeza cae inerte sobre su pecho y retoma su sueño.
Recuerdo rápidamente una historia con mi padre a los 9 ó 10 años. Yo estaba sentado o acurrucado en su falda una tarde de tormenta en verano y escuchamos la explosión de la caída de un rayo, que al final resultó ser, lo supimos unos cuantos minutos después, la detonación de un explosivo que mató a un par de personas. Es una historia que un día tengo que contar. Una historia que un día, seguramente, me haga sentir en la obligación de traerla de allá para acá.
Al final, me levanto y doy un par de pasos hacia mi padre. Lo sacudo suavemente por el hombro.
-Vamos un rato hasta afuera... -le digo.
Empieza a desperezarse, bosteza y se levanta trabajosamente.
Salimos a la calle y contemplamos hasta el final los fuegos artificiales del lado del club de golf.

martes, 5 de enero de 2010

El secreto de Hugo, seguido de Sun king


[Este es el otro sueño que tuve antes de Navidad. Son dos sueños, o un sueño que se continúa en otro, o una matiné onírica, como sea...]

1: Me encontré con Leonardo Cabrera en San José. Lo primero que me dijo, con mucho entusiasmo, fue que había terminado de rodar un cortometraje titulado "El secreto de Hugo".
-¡Ah! ¿Sí?... -le dije -¿Y de qué es?
-Es sobre Hugo Fontana -me respondió.
Entonces, de golpe, comenzó a transcurrir el cortometraje, tanto como si yo me hubiera introducido en su mundo ficticio o tanto como si el relato adquiriera de pronto todas las características propias de una representación teatral. Entre tanto, Leonardo me informó que todos los personajes estaban encarnados por amigos suyos de San José, entre los que reconocí a algunos.
El cortometraje era breve. Había obviamente una leyenda al comienzo: "EL SECRETO DE HUGO", seguida de otra que decía DIRECCIÓN: LEONARDO CABRERA, y comenzaba así. Yo estaba parado en un baldío y Hugo Fontana llegaba corriendo atravesando una calle y se me paraba en frente como si fuera presa de un nerviosismo que lo mantenía crispado. De repente abría grandes los ojos, tomaba aire y extendía sus manos hacia adelante retorciendo los dedos como si estrangulara un par de gallinas en cada una.
-Todo, todo, TODO... -dijo -¡¡¡¡¡Todo debe ser... TENSO!!!!!...
Mientras tanto, más abajo, a nuestros pies, más precisamente, estaba la tumba de Ernest Hemingway. En realidad no estaba muy bien enterrado. Tenía un ramo de flores de plástico, con más hojas que flores, sobre su regazo, y una botella de whisky con poco contenido sobre su pecho... Hemingway habia estado observando y escuchando todo lo que acontecía a un metro y medio por encima de su nivel, y cuando Fontana terminó de hablar, se sacudió y gritó con una voz agrietada:
-Naaaaaaaaaa... Andá a cagar... Me voy a la mierda...
La tierra empezó a deslizarse por los costados de su cuerpo y Hemingway terminó de ponerse en pie y se alejó un poco tambaleante a la derecha. Desaparecía así de la escena.
En el final, una mujer que manejaba un Volvo sedán de color azul se detenía en la esquina al observar que Fontana estaba en el baldío. La mujer iba con su propio marido en el asiento del acompañante, y este por lo visto se sintió molesto ante el interés de su esposa por el escritor uruguayo, así que le gritó que se apurara. La mujer se sacudió asustada y giró el volante hacia la izquierda, pero el hombre volvió a gritarle y ella pareció entender que no se dirigían hacia ese lado, sino hacia la derecha.
Así terminaba el cortometraje.

2: Mi hermana Andrea y yo éramos niños. Estábamos subidos al techo de nuestra casa en el Kennedy y observábamos el cielo en la madrugada. Todo el tiempo se veían estrellas fugaces, pero Andrea no podía verlas. Cada vez que yo le decía: "¡Mira! ¡Una estrella fugaz!", ella preguntaba: "¿Dónde?... ¿Dónde?" y giraba rápidamente la cabeza hacia un lado y otro tratando de encontrarla, pero la luminosidad siempre se desvanecía en el preciso instante en el que encontraba el sitio que yo le señalaba. Así que el único que podía ver las estrellas fugaces era yo, y eso no sólo me generaba cierta contrariedad, sino una especie de amargura por que no pudiéramos ver las mismas cosas.
La luna estaba en cuarto menguante, un poco sobre el noroeste, rodeada de unas pequeñas nubes que adquirían una incandescencia amarilla.
-Mira la luna, Andrea... -decía yo -Ahora es cuando todo se pone rosado.
Observábamos la luna y las nubes a su alrededor y todo ese fragmento del cielo se encendía cada vez más.
Entonces sentimos los sonidos de una guitarra. Observamos hacia el este y supimos en seguida que lo que se venía era el inicio del día. Las primeras notas de "Sun king", de los Beatles se derramaban sobre el mundo todo, pasaban por encima de nosotros y seguían su viaje hacia el horizonte opuesto. El este adquiría un tono grisáceo y celestino y la canción continuaba. Empezaba la parte de los coros y en seguida también las primeras palabras "Here comes... the sun king..." Estábamos presenciando algo más que el comienzo de un nuevo día. Sentíamos lo que hacía la diferencia. Y eso era que nos sabíamos los poseedores de una situación o de un objeto intangible que preservábamos o cuidábamos para los demás. Era la sensación de que alguien tenía que estar observando todo aquello para que eso mismo pudiera acontecer, y acontecer para que los demás lo recibieran. QUANDO PARAMUCHO MI AMORE DEFELICE CORAZON / MUNDO PARARAZZI MI AMORE CHICKA FERDY PARASOL / CUESTO OBRIGADO TANTA MUCHO QUE CAN EAT IT CAROUSEL...
Bajamos del techo y fuimos a despertar a nuestro hermano Franco, que sería un niño de seis o siete años.
-¡Salió el sol! ¡Salió el sol! -le decíamos.