sábado, 28 de julio de 2007

Meta tarta


Un poco de chatarra para terminar el viernes a la noche...
Hace tiempo que me llama la atención las distintas reacciones que tiene mi blog. Cada vez que pongo "tartatextual" en la barra de búsqueda de Google aparecen cosas raras, o más o menos. Como estoy en un momento de la noche (2:02 am) en que me dedico nada más que a llenar el tiempo, escuchando algunos discos de Tom Waits, acá va una lista de esos datos...


1- Según la página www.technorati.com , tartatextual figura en el puesto 3.908.717 de su ranking.
2- Además me informa este sitio que tartatextual trata esencialmente de cinco cosas, a saber: literatura, música, beatles, fiambre y telenovelas... Sí, señora...
3- Ya que estamos, digamos que a esta hora, en todo el mundo, la mayor etiqueta utilizada en los post de todo el mundo es sobre "adultos". ¿A qué no saben acerca de quién es la tercera etiqueta más popular en este momento? No, no es Maradona ni Julio Frade... Es Britney Spears... En el ranking figuran Bush (4º), Harry Potter (13º), Lindsay Lohan (16º).
4- Tartatextual, gracias a que los personajes de su novela "Los trabajos del amor" se desplazan en un Fiat Premio, está entre 7.535 blogs que han hecho algo parecido a nivel mundial (lo de nombrar a un Fiat). (Me parecen pocos, pero igual...).
5- La última conexión que aparece por ahora es del sitio www.kbcafe.com , que relaciona tartatextual con sitios que hablan de zapatos en cualquiera de sus partes. Al lado de la referencia a tartatextual figura un texto que no es mío, y que dice: "¿Puedo? Puedo ser un asesino en potencia. Puedo ser un hombre de negocios, y totalmente exitoso. ..."
6- Por ahí encontré una frase que puede ser muy buena para titular un cuento: "¿Cuáles son los tipos malos y cómo matarlos?"... Se me ocurre una variante que puede estar buena también: "Cómo matar tipos malos". La verdad es que es (o son) una de esas frases que ya a uno le dispara toda una historia... A pensar, entonces...

jueves, 26 de julio de 2007

Un discurso


De todas las entregas de premios de este certamen a las que he asistido (cuatro), nunca había escuchado del ganador algunas palabras sobre Morosoli y la vinculación de este nombre con la actividad que el premiado realiza. Cuando yo obtuve una de las menciones y fue a recogerla en agosto de 2003, quise decir algo, pero parecía que en ese caso los "mencionados" no podían hablar. Me entregaron el diploma, una maestra me estampó un beso para la foto y me hicieron señas para que me sentara. Así me quedé con las ganas de decir algo sobre mi fascinación sobre Morosoli. Luego habló Hugo Fontana, quien lo ganaba por segunda vez con "Quizás el domingo", pero sus palabras fueron más bien parcas y de rigor, sólo agradecimiento. Por eso este sábado tuve una especie de revancha. Estaba sentado en el medio del auditorio, un poco escondido, cuando vi que Valentín se levantaba, sacó un papel y empezó a leer. Más tarde, mientras cenábamos en Tres Cruces esperando para ir a Maldonado (habíamos quedado varados en Minas por ir a tomar algo y no darnos cuenta de tomar el último ómnibus a Maldonado), le dije que sus palabras me habían gustado mucho. Sacó el papelito del pantalón y me lo regaló. Debo decir que comparto punto por punto estas palabras que vienen, pero desde hace tiempo.

Agradezco a la Intendencia Municipal de Lavalleja, a la Fundación Lolita Rubial y a la editorial Banda Oriental.
Es un honor estar aquí para recibir este premio que lleva el nombre de Juan José Morosoli, uno de los más ilustres hijos de Minas. Incluso a riesgo de decir las mismas palabras trilladas que estamos acostumbrados a escuchar en las premiaciones, tengo que reconocer que debo expresar que la emoción es sincera. En mi caso concreto de escritor hasta hoy inédito, este premio me da la oportunidad de ser conocido por miles de lectores en todo el país, para cumplir la experiencia misteriosa y telepática que es la lectura.
Valoro y reivindico el realismo de Morosoli, totalmente vigente en este siglo XXI.Reivindico la tarea que él logro, de unir lo pueblerino con lo universal, sin caer nunca en el facilismo localista.
Dentro del Uruguay existen muchos Uruguay que esperan que la literatura los reinvente y les dé el carácter mítico que necesitan.
Nuestra venerable historia literaria todavía muestra, con una guiñada, miles de hectáreas vírgenes. De la firmeza y la determinación con las que y los que escriben tomen las biromes, los lápices o tipeen los teclados dependerá que esos mundos que piden cancha salgan o no a la luz de una página. Dedico este premio a toda mi familia y especialmente a mi hija Julieta.
Muchas gracias.

Algo más


Los días de reposo, que me van a durar todavía hasta la primera semana de agosto, han dado para terminar un relato bastante extenso que en un momento en este blog titulé como "Papá es un tipo bastante mentiroso", un título más que falso, porque estoy pensando en enviar el material a algún concurso. Pero bueno, no estoy del todo seguro aún, puede que quizás termine por mandárselo a algún editor. Al final fueron alrededor de cien páginas de cuadernola de una historia de celos y de niños contando las cosas que su padre hizo para poder aislarse del mundo. En el "Diario del dedo gordo del pie derecho" anoté algo sobre eso: "[día 1: 26 de junio] (...) Una explicación que por qué no he corregido lo que he tenido que corregir? En gran parte el hecho de estar escribiendo apasionadamente , diría yo, un relato largo que empezó una noche de hastío de corrección, por el 13 de junio. Es más, también surgió un poco cuando me enteré del llamado a un concurso nacional de narrativa que es bastante importante. Me dieron ganas de participar con algo y de ganar, si es que en el diario voy a empezar a ser honesto del todo. Es un dinero que en mi actual condición me vendría muy bien. Sobre todo, quería encontrar un estilo de escritura que se amoldara a las obligaciones y los tiempos que tenía hace un par de semanas y que, en suma, me exigiera lo que yo estaba dispuesto a darle. Básicamente por eso es que escribo este relato y no me pongo a terminar ninguno de los cuatro o cinco otros proyectos que tengo inacabados. En casi dos semanas ya tengo algo más de treinta páginas de un relato que aún no tiene un nombre definitivo (...), un relato que por momentos me divierte y siempre me genera placer escribir, un relato en el que voy encontrando cosas que me gusta encontrar."
Ahora me voy a volver a dedicar a los restantes capítulos de "Los trabajos del amor".

jueves, 19 de julio de 2007

Bajo el peso del recuerdo

Ahora que estoy por (re) publicar la tercera parte de “Los trabajos del amor” cuento algo vinculado con esta novela y que me pasó hace unos minutos. En realidad, el asunto viene de más tiempo atrás, cuando yo soñé con algo así como la película de “Los trabajos…”, o más bien con su primer plano. Es una cámara fija, un plano abierto sobre una ruta. Algún que otro auto le pasa por al lado, pero la atención está en auto blanco que al comienzo no es más que un puntito que pincha el final de la ruta. De a poco llega el audio, una cumbia villera. El auto se acerca. Es un Fiat Premio totalmente blanco. La música se escucha más fuerte. El Premio se acerca a la cámara y de repente esta empieza a moverse como montada sobre el capó, todo sin cortes. El travelling se inicia y a través del parabrisas se ve a dos hombres con cara de cansados o hartos. El Premio gira hacia la derecha. Hasta ahí fue el sueño. Me acuerdo que una cosa que fui pensando con los días es que la música (por más que tenga que ver con el ambiente que se narra en la novela) tendría que ser otra cosa en vez de cumbia villera. Y llegó una noche en que puse “Rain dogs” de Tom Waits y encontré el tema perfecto: “Jockey full of bourbon”. Hace poco tiempo, observando cómo Felipe ha experimentado con animación en plasticina (http://www.diarioincoherente.blogspot.com/), le propuse que para este veranos al menos filmemos los primeros capítulos con el Toto y Morales hechos con plasticina. Parece que la idea le gusta. Le hice unos dibujitos del primer plano y quedamos en que más adelante íbamos a sentarnos a trabajar en lo que se podía llegar a hacer. Todo hipotético. Como cosas para hacer luego de llegar de la playa o en las tardes de verano lluviosas. Después le hice escuchar el tema de Waits con el que yo quería que empezara todo. Le encantó. Bien, hasta este punto todo va sobre ruedas, como en el plano… La cuestión es que esta noche, hablando con Franco, me entró una nostalgia por “Down by law” (Bajo el peso de la ley) una película de Jim Jarmusch que es de las películas que más adoro en la vida. Entré a http://www.youtube.com/ y encontré el trailer de la misma. Cuando empezó se me vinieron abajo ciertos sentimientos y otros subieron emocionados. La percusión y la guitarra ya me anunciaban que no iba a poder usar nunca “Jockey full of bourbon” para el eventual entretenimiento veraniego en plasticina. Esa canción era obviamente de la película y la que orquesta todo el trailer y le da ese toque sórdido y de mueca irónica que tienen las imágenes. En seguida me colgué viendo las distintas partes de la película que eran evocadas. Tengo ganas de verla de nuevo. Por supuesto que en youtube encuentro algunos otros fragmentos, como por ejemplo ese en el que los tres presos se encuentran en la celda y uno de ellos (Roberto Benigni) les pregunta si conocen a Walt Whitman y empieza a lamentarse de que los poetas norteamericanos a él le hayan llegado en italiano y no en inglés porque no sabe casi nada. Y luego la escena en que Benigni comenta cómo fue que llegó a la cárcel. Pero “Down by law” no es solamente humor. En ella Jarmusch logró expresar algo que me parece que es esa ignorada poesía de los bajos ambientes. Dejo aquí el link para que visiten la página y vean el trailer: http://youtube.com/watch?v=7BE2M-772dQ

martes, 10 de julio de 2007

Por una falange

Estimados usuarios de tartatextual:

Este post es meramente informativo.
El día 23 de junio, jugando al fútbol, casi pateé una pelota, digo “casi” porque en parte el viento me la birló y me llené la cara interior de mi pie derecho con una muy buena porción de suelo. Las consecuencias directas y más visibles de esto han sido una fractura en la segunda falange del dedo gordo del pie derecho y la imposibilidad para desplazarme a un cyber donde poder acceder a internet y colgar de este blog los textos que voy escribiendo. Los doctores de www.blogger.com me han prescripto un mes de licencia con el pie en alto y en cama desde la real comprobación de la fractura (día 26 de junio), por lo que solicito las disculpas por las molestias que esto pueda generar en el servicio. Mientras tanto me dedicaré a escribir y terminar un relato largo (o breve nouvelle), que podríamos titular acá, como para despistar, con el nombre de “Papá es un tipo bastante mentiroso”. También estoy con un diario de convalecencia que se llama (este sí es su nombre real) “Diario del dedo gordo del pie derecho”.
En el caso de que este y otros probables textos aparezcan en www.tartatextual.blogspot.com en el transcurso de este mes, eso se deberá a la inapreciable colaboración de los asistentes reunidos para el caso.
Cordial, atenta, cariñosa, amigable, entrañable y atentamente...
Damián González Bertolino

sábado, 23 de junio de 2007

El día de don VALENTÍN

El cholulismo bien al día: el enviado especial de tartatextual (izq.) posa para la fotografía junto al reciente ganador del Premio Nacional de Narrativa.

El corazón rodeado

Anteayer tenía un par de llamadas perdidas en mi celular. Yo estaba dando clase y mi teléfono, como corresponde al caso, se hallaba sepultado en la mochila en un rincón de la sala de profesores. Las llamadas venían de Montevideo, y, por algún motivo, yo sabía que eran de Valentín (aunque él use distintos números para llamarme a veces) y que tenían como fin darme una noticia que, de todos modos, yo andaba pregustando hacía varios días... Así es que a la tarde pudo encontrarme y anunciarme que había ganado la última edición del Premio Nacional de Narrativa Juan José Morosoli. El libro con el que ganó es un conjunto de cuentos y se llama "Jaula de costillas". Mi emoción fue inmensa, pero, en cierto modo, no me causó tanta sorpresa. Hará un par de meses, creo que la noche de mi cumpleaños, cuando yo lo acompañaba en bicicleta hasta su casa, le pregunté cuáles habían sido después de todo los cuentos que había presentado al concurso. Me dijo que unos seis o siete y me los nombró. Yo conocía casi todos esos cuentos y, conociendo también lo que se venía premiando en este certamen, me vino de a poco la sensación de algo como irreversible: Valentín tenía que ganar el premio. La selección constituida por "Jaula de costillas" es en realidad una parte de varios cuentos más que él quería agrupar bajo ese nombre. Como la extensión prefijada en el premio no aceptaba trabajos que excedieran las 125 páginas, tuvo que resignarse a dejar fuera del conjunto a varios cuentos que eran genuinos integrantes del mismo. Esos cuentos fueron mayormente escritos en el verano de 2006. A fines de ese verano leí uno que me pareció admirable: "Comadrejas", la historia de un profesor de filosofía atosigado entre las preocupaciones docentes, la necesidad de su mujer de ser madre y un extraño perro que cae en medio de todo eso. Recuerdo que haberlo leído me provocó uno de esos instantes eufóricos en los que uno siente la ilusión de haber querido escribir algo parecido. Uno llegaba después del mediodía a su casa, en medio del aire achicharrante del barrio Las Delicias y se lo encontraba a Valentín escribiendo contra la ventana cubierta por la cortina, al silencio de la siesta que dormía su hijita. Recuerdo especialmente de esos días la pasión con que creía en las historias que estaba haciendo, lo estrictamente personal que se le volvían. Los lectores de la colección "Lectores de Banda Oriental" tendrán a partir de julio la edición del libro que incluirá además de "Comadrejas" otros cuentos notables como "Dos padres o tres tumbas", "Sólo díganos lo que quiere" (me muero de la risa cada vez que me acuerdo de este cuento), "Amor en febrero". Así que a esperar unos días. ¿Cuál es el sentimiento que me queda después de todo esto, si es que puede referirse en términos más o menos literarios? Es que Valentín supo rodear, aprisionar y mantener aquello que hacía tanto tiempo estaba necesitando expresar: el corazón de un tiempo y un lugar. Esos tiempo y lugar son el Maldonado de hoy día. Digo también que con Valentín Trujillo y "Jaula de costillas" empieza de una vez por todas la narrativa en Maldonado. Maldonado ahora pasa a ser creado por la literatura, así como Onetti en otra época reclamaba que los escritores crearan de una vez por todas Montevideo. Para mí es el primer narrador que supo dar la dimensión de ese extraño fenómeno que es Maldonado y que estaba esperando por alguien que lo registrara con ojo avizor, imaginación y talento, de tal modo que pueda insertarse en un discurso mayor, universal. Y creo que "Sólo díganos lo que quiere" es un muy buen ejemplo de esto.

Post – data... Desmentidos

Tan pronto como se supo que un tal Trujillo había ganado el Banda Oriental, las felicitaciones y los saludos empezaron a arreciar sobre otro Trujillo: Henry Trujillo. Parece que al comienzo todo fue una broma del escritor Pablo Silva Olazábal, pero la broma se la comieron entera Inés Trabal, Carlos Caillabet y Silva Larrañaga (la ganadora del segundo premio, quien reside en Francia). La Red de Letras, una comunidad de escritores que se mandan mails todo el tiempo, casi colapsó con mensajes que iban y venían con las felicitaciones a Henry Trujillo y, al final, los prontos desmentidos de este último. El que paró un poco la pelota fue Leonardo de León, un joven narrador minuano que obtuvo una mención en el reciente Premio Espínola de narrativa. Leonardo (colaborador de Iscariote y de La Letra Breve) aclaró quien era el que se había llevado el premio. Otro tanto hizo después Alfredo Fonticelli, otro conocido nuestro con quien tuvimos, Valentín, Felipe García y yo, un programa de radio en Aspen FM en el año 2003. De todo esto de las felicitaciones erradas y los desmentidos Valentín ni se enteró. Como tampoco se habrá enterado de otra noticia que yo encontré casualmente en la web al poner en Google las palabras "Valentín Trujillo". Todos los primeros links hacían referencia a la muerte del actor mexicano de ese nombre. Lo interesante del caso, es que después venía un buen lote de links en los que el propio actor desmentía su propia muerte.

sábado, 16 de junio de 2007

Fiebre de códigos a la uruguaya


En la Ñ de hoy vi que "El código Blanes", el libro del fernandino (¿adoptado?) Marciano Durán, llegó a la vecina orilla. Hace unas semanas me había llegado un anuncio por mail acerca de que la novela se presentaba en el Centro Cultural Borges. Que a varios uruguayos, corrijo, que a varios habitantes de Maldonado, como yo, les llegara ese mensaje con tal información, significaba algo más que el abrigo de la esperanza de que fuéramos. Pues bien, hoy, 16 de junio, a ya medio año de publicada la novela, es nombrada por Ezequiel Martínez en su columna "pistas". Las palabras de Martínez ya anticipan un tiquiñazo sin tocar el libro: "¡Hasta trae un CD interactivo con extraños jeroglíficos para descifrar durante la lectura! Igualito a ya sabemos quién. En cualquier momento se vienen las páginas de ‘La conspiración Quinquela’, ‘El enigma Berni’ o ‘La hermandad Molina Campos’". No pongo ya en duda que Marciano Durán se debió haber pensado hace rato algunas de esas posibilidades que baraja Martínez o algo similar. Durán ha encontrado en la industria editorial uruguaya, y en muy poco tiempo, un hueco que casi nadie había sabido encontrar. Ese es su mérito mayor. Aunque cuando uno intenta leer alguno de sus libros se descubre que todo se resume en ese mérito. El escritor (si lo hubiera) se condensa y agazapa sólo en ese mérito y desplaza cualquier bondad literaria hipotética. El aporte de Durán, como hombre-mérito, es señalar que la industria editorial uruguaya puede sorprender en números. El asunto es que cuando uno se fija en los números de ventas no puede dejar de sorprenderse de que tanta gente haya comprado "El código Blanes" y de que ahora todo esto se extienda a Buenos Aires, que ¡vaya si tiene sus novedades! Creo que hay que sentarse a pensar en que si "El código Blanes" agotó cinco o seis ediciones en Uruguay, esto nos habla de una carencia de nuestros lectores, una carencia que, según he visto, atraviesa todos los grupos sociales. Porque que me caiga muerto ahora (con estos dichos no se juega me decía mi abuela) si esta novela, cuya supuesta trama está animada por un tema que vuelve hiperestésicos a varios de nuestros conciudadanos (a saber: las conspiraciones, la masonería, etc.), no deja de asombrarme por ese comienzo tan seco y tan kitsch, tan parecido al borrador de un borrador del guión de una de esas películas de yanquis contra rusos, chinos o musulmanes que pasan los viernes o sábados de madrugada en canal 4. Y dejo aquí consignado que no pude avanzar más que dos o tres capítulos, aunque me habría encantado tener un poco más de tiempo para saber a qué se podría haber llegado con un comienzo así. Redondeo: el éxito de su venta es la miseria del lector medio uruguayo. Y, por supuesto, que conste que no tengo nada en contra de los escritores que venden bien, porque bien que admiro a más de uno de ellos, a más de uno que pueden tildar de escritorzuelo de best-seller pero que puede narrar con una fuerza que deja en pelotas a más de uno de esos serios intelectuales de las letras.
Pero bueno, antes que yo, antes que Ezequiel Martínez, mi estimado Ignacio Fernández de Palleja (por más señas www.chorizoderueda.blogspot.com) publicó una reseña sobre "El código Blanes" en el número de enero de ISCARIOTE (nº 21). Es de las últimas buenas notas de Ignacio antes de su alejamiento de la revista, y en donde dice algunas cosas como estas: "El final de la narración queda abierto, lo que es un indicio firme de que la historia continúa. O empieza. Porque, a decir verdad, la trama es muy débil y aquello que la haría avanzar no hace más que acumularse. No hay prácticamente acción y los personajes son estereotipados y superficiales. El disco compacto tampoco aporta emoción. Es un éxito de ventas porque le ha salido al cruce a Papá Noel y lo ha encandilado con una presentación hecha por computadora, con banderas y pinturas, con el brillo del mito." La nota de Ignacio se llamó "El código frito", la de Ezequiel Martínez "El código oportunista" Yo soy más simple: "El código indescifrable".
Ahora me acuerdo de la cálida tardecita de diciembre en que se presentó el libro en el Cuartel de Dragones. Ignacio y yo nos sentamos juntos. La presentación incluía pantalla gigante con video introductorio, voz de locutor a la manera de los avances de cine y audio de óptima calidad. Antes que el libro, la importancia del evento parecía radicar en la presencia de Durán como una suerte de médium-semiólogo que revelaba algo que ni Barrán, Nahum, Williman y los que pinten se habían animado a decir sobre los orígenes de la patria y su futuro. Me acuerdo de que Ignacio andaba con su grabador, y en ese grabador él y yo empezamos a registrar en acento castizo (más él que yo) aquello que veíamos en la pantalla. Las luces estaban apagadas, y como el audio era atronador me pareció que nadie podría darse cuenta de lo que hacíamos. Hace unos meses Ignacio me trajo el casete y nos morimos de risa. Fue entonces que me acordé de una señora que estaba sentada frente a nosotros, toda endomingada y escuchando y mirando el video como si fuera el Sermón de la Montaña. A la salida, se dio vuelta y me miró como para partirme al medio, como diciéndome "¡Qué guarango!". Y sí, señora, le habría contestado yo, a veces no queda otra que hacerse el guarango.

miércoles, 13 de junio de 2007

Yes, we know you're 64


Hace un par de semanas, a propósito del 40 aniversario del disco "Sgt. Pepper’s", leí en el diario Clarín unas declaraciones de Charly García acerca de Paul Mc Cartney que me dejaron satisfecho, sobre todo porque admiten lo que a veces a costado mucho reconocer o, directamente, no se ha reconocido: "En realidad, es un disco de Paul: hace poco Ringo dijo que era una basura, y a John tampoco le gustaba. Lo que pasa es que cuesta reconocer que Paul es un genio. Odio cuando hablan de Lennon y no se dan cuenta de lo genio que es Mc Cartney; es que uno siempre idolatra al rebelde. Quizás no es tan inteligente, pero Paul es mucho más músico que John.". Estas palabras me parecen encomiables porque, si vamos al caso, Charly ha exhibido siempre un toque más o menos "lennoniano" y ha sabido jugar de "rebelde".
Recuerdo también una charla con Valentín hace también un par de semanas. Íbamos caminando un sábado de madrugada por Avenida España rumbo a su casa. Me decía que había visto la película "Let it be". "Let it be" debe ser, de toda las películas de los Beatles, aquella en que menos están los Beatles, es más, es el manual, para muchos, de cómo desarmar una banda. Por allí se ve a George y a Paul discutir por una línea de guitarra de "I’ve got a feeling". La cosa es que le pregunté a Valentín si él compartía algo que siempre se me hace presente cada vez que veo esa película. Y es que, fuera de la lucha de egos tan publicitada entre John y Paul, lo que se percibe todo el tiempo es la voluntad que tiene Paul para colaborar y tocar lo que sea y hacer lo que haya que hacer en los temas de George y de John. Es algo que casi no tiene parangón entre los otros Beatles y que quizás se deba a que Paul es multiinstrumentista (hay que recordar que en sus primeros discos solistas él tocaba absolutamente todos los instrumentos). Y no sólo se percibe esa voluntad que lo distingue de los otros, sino que es palpable que el único que está o sigue comprometido y tiene ganas (muchas ganas) de estar allí es Paul. Hay que ver la pasión que pone al hacerle los coros de "I me mine" a George, por ejemplo; o verlo tocar el piano en ese medley de rock de los ’50 al que se suma también Billy Preston (que tiene cara de no-me-puedo-creer-ni-que-me-maten-a-palos-lo-que-estoy-viviendo), mientras calientan motores. La energía de Paul en "Let it be" es altamente contagiosa. Mientras George canta mantras atrasados, mientras Ringo espera una seña y John y Yoko se juntan a hacer dibujitos debajo de un piano, Paul desborda energía por lo que está haciendo. No se aguanta. Creo que eso se nota también en su primer disco solista, el "Mc Cartney". Por cosas como estas yo he llegado a admirar a Paul, aunque algo tardíamente; y eso sin desmedro de mi pasión por las figuras de los otros.
Bueno, el caso es que, por los días en que me entero de que volvió a sacar otro disco, todavía con 64 años de edad, a poco de un gran trabajo como el "Chaos and creation in the backyard", veo en una disquería de Montevideo el disco "Ram". Así es que, después de tantas veces de verlo y desearlo y terminar por comprar otra cosa, lo sumo a lo otro que me llevaba. Antes pedí para escucharlo en una de las compacteras. Nunca había escuchado una sola canción del "Ram". Y la verdad es que me empezó a sacudir. Otra vez esa energía.
Estaba en Montevideo porque mi hermano Franco tenía que tocar como músico invitado en un espectáculo de Juventudes Musicales, en la sala Zitarrosa. Tocaba junto al compositor y guitarrista Vladimir Guicheff Bogasz una obra para guitarra, viola y marimba llamada "Ah". "Ah", de "Ah! Me olvidaba de algo", explica Guicheff en el escenario, más tarde. Por culpa de Paul, por quedarme prendido escuchando "Ram", llegaba tarde al espectáculo, por culpa de Paul, por pasar el disco a mi discman y caminar escuchándolo, me pasé por alto la sala Zitarrosa y llegué hasta la Plaza Independencia casi sin darme cuenta. Al final llegué en hora. Al comienzo hubo un recital de una pianista y una soprano haciendo cosas de Bellini, Donizetti, Mozart, Häendel y Serebrier. Después vino Guicheff, solo, con su guitarra, ejecutando piezas de Villa-Lobos, Leo Brower y también suyas. Al final subieron, para el cierre, mi hermano y la muchacha que tocaba la marimba. La obra "Ah" es, de algún modo, un tributo a los devaneos vanguardistas, a Varése y a Brower. Los instrumentos abrieron tocando segundas, produciendo un fuerte batimento en las ondas. Y así siguió todo. Cualquiera podía entrar y, como en muchas expresiones del arte moderno, percibir que "hacían que tocaban mal". En eso podría estar (en eso, o en la tranquilidad de saberse soportado por el sonido ambiente) el hombre que al fondo se echó su buen soñito y empezó a roncar cada vez más estridentemente. En un pasaje Franco tenía en la partitura un calderón (algo así como la posibilidad del interpretante de jugar a piacere con el silencio) y comenzó a dejar entrar el ronquido entre su solo, para que se acomodara de a poquito. Risas. Al final, una chica no lo soportó más. Se levantó casi desde el centro de la sala, estirándose en la oscuridad, y literalmente expulsó al hombre del recinto. A la calle.
A la calle tenía que irme yo. Eran las 21:55. La obra no había terminado y mi último ómnibus para Maldonado salía a las 22:15, para llegar a las 00:15, para acostarme a la 1:00, para levantarme a las 7:00, para entrar a clase a las 7:40. Me quedé con las ganas de conversar un rato con Franco. Hacía días que no lo veía. A una cuadra de la sala encontré un taxi que me llevó a Tres Cruces. El chofer quería saber de dónde era. Le dije que de Maldonado. Luego me dijo que él, antes de la crisis (¿qué crisis? Yo interpreté que hablaba del año 2002) había vivido en Cerro Pelado y cerca del centro. En verano vendía pareos en la playa. Hablamos de la conveniencia de vender en la Mansa y no en la Brava. "Hay gente con más guita del lado de la Brava. Pero en la Mansa no tenés tanto viento y la arena no es tan pesada, ¿viste?" Luego me habló algo más de si iban a sacar de su puesto a la Jefa de Policía de Maldonado y me bajé en la terminal. Serían ya las 22:05. No tenía tiempo de ir al baño. Me lamentaba no haber ido antes de entrar en la sala, tres horas antes. Saqué el pasaje y compré algo para comer en el camino. Un juguito multifruta y un alfajor Milka… Bueno, no sé por qué, pero me dieron ganas de comprar otro más. Subí al ómnibus. Asiento 30. Pasillo. En el asiento del lado de la ventanilla un hombre que chupaba un chupa chupa. Arranca el ómnibus. No, no. Se detiene. Sube un muchacho. Es mi hermano. Se va hasta el fondo. Recién en ese instante me ve. Me pregunta qué ando haciendo arriba de ese ómnibus. "Te vine a ver", le digo con aire de madre. Tiene asiento 42. Nos vamos para el fondo. Viene una mujer buscando el 43 y mirándome con cara de descolocada. Le hago el canje de asiento. Abro mi alfajor y le paso el otro a Franco. Dos alfajores. La vuelta a Maldonado era perfecta. No podía pedir nada más. Terminamos de compartir el juguito y me metí en el baño. Nunca había usado el baño de un ómnibus. Fue mi primera experiencia. Y bastante particular, por cierto. La ventana estaba abierta y digamos que la frescura que entraba me parecía algo sofisticado. Hasta que en unos semáforos paró al lado de mi ómnibus otro de pasajeros, uno departamental, un Cutcsa, creo, y a la señora que miró por el recuadro de la ventana, iluminado por los focos de la vía pública, no le pareció nada sofisticado lo que yo hacía. Vuelvo al asiento. Le pongo a Franco los auriculares para que escuche al menos un minuto de cada tema del "Ram". Un minuto, nada más. Lo controlo. Franco empieza a reírse, a sacudirse en el asiento. Es la energía de Paul que llega. Delante hay una pareja, más o menos adulta. Piden silencio, Quieren dormirse. Pero en realidad, se la pasan dándose besos. Y más cuando apagan las luces. Un policía, parado al lado del baño, nos observa de tanto en tanto. No entiende mucho. Le cuesta meternos el rótulo, me parece. Luego es mi turno. Me coloco los auriculares. Franco estira su asiento hacia atrás. Y yo entro en el resto de la noche mientras Paul canta "Too many people".

sábado, 2 de junio de 2007

La construcción de la torre

Julio Herrera y Reissig, según Alfonso Larrea (Larry)

A la hora de comentar la reciente edición de un libro tan singular y por tanto tiempo inédito como Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer (1), de Julio Herrera y Reissig, resulta significativo empezar por otro Herrera que a comienzos del ‘900 daba su diagnóstico sobre la situación del Uruguay. Se trata de Luis Alberto de Herrera, el dirigente del Partido Nacional, quien en 1901 dedicaba a la memoria de su padre «algunas ideas de concordia» que constituirían su obra La tierra charrúa. En ella el político se interroga, luego de una vasta mirada hacia los orígenes de la república y el surgimiento de los partidos, acerca del futuro del país que ya ha entrado al siglo XX y recibe los perentorios llamados de la Modernización. Y la conclusión de Luis Alberto de Herrera no es sino esperanzada. Luego de insistir durante todo el libro con la idea de la infertilidad de declarar la supremacía de cualquier partido tradicional por sobre el otro («Los partidos existen y es preciso aceptarlos. Seamos prácticos y aprovechemos en educarlos el tiempo que perderíamos en la pretensión de suprimirlos.»), el autor vaticina en el capítulo titulado «Los nuevos horizontes» la entrada de la república «en el tercer período de su edad, que puede titularse etapa cívica.» Y va más lejos: «Cuatro años hemos corrido en ella y ya el país se ha dado cuenta de que alcanza nuevos tiempos y de que los días de una felicidad positiva han llegado por fin.» (2)
Luis Alberto de Herrera contaba con 28 años cuando formulaba estos conceptos. Sin embargo, la visión de Julio Herrera y Reissig, tan sólo dos años menor, era diametralmente opuesta. Por 1901 Herrera y Reissig escribía efusivamente su Tratado de la imbecilidad del país..., una obra quizás iniciada en coautoría con Roberto de las Carreras, su amigo por esos días y figura de los encuentros en la Torre de los Panoramas, el cenáculo que funcionaba en el altillo de la casa del primero. (Al menos podría decirse que la iniciativa de la escritura de esa obra surgió de los interminables diálogos entre ambos poetas). Dentro de las primeras treinta páginas había escrito: "Los uruguayos son (…) unos primitivos, pues no creo que exista pueblo en la tierra más refractario a las innovaciones, a los perfeccionamientos que todo progreso entraña, y que son la característica necesaria de una evolución" (pág. 138). La crítica que conlleva el título del libro y la esencia burlona, a veces devastadora y desesperanzadora, del mismo vienen de un joven de 26 años cansado y a la vez lúcido en muchos sentidos. La lectura y comparación de los pasajes citados de La tierra charrúa y de Tratado de la imbecilidad del país… denuncian la existencia de una mirada co-generacional y diferente acerca de la situación del país. ¿Cómo se explica esto? En un primer momento considerando que Herrera y Reissig era un joven que en vano buscaba un trabajo que consolidase su posición económica luego de una prebenda a la que había renunciado por principios políticos; un joven a quien defraudó la actividad en las propias filas del Partido Colorado, del que fue figura relevante su tío, Julio Herrera y Obes, elegido Presidente de la República en 1890.
Por lo anterior, precisamente, cabe señalar que la escritura del Tratado de la imbecilidad del país... es, de modo factible y al mismo tiempo, la construcción de una torre desde la que Herrera y Reissig volcará sobre la aldeana Montevideo de la época el vitriolo de su desprecio y su dolor.
Por otra parte, si nos atenemos a una dudosa clasificación de poetas modernistas que la crítica, por lo general, ha señalado como «torremarfilistas» y «comprometidos», de los que, muy a grandes rasgos, podrían ser respectivamente ejemplos representativos Darío y Martí, veremos con frecuencia que la actitud poética de Herrera y Reissig ha sido vinculada al primer grupo. El torremarfilismo, que tendría como premisa desatacada el cultivo de la belleza con el sólo fin de lograr la belleza, encuentra en Herrera y Reissig un caso interesante. Si bien la lectura de su poesía podría hacer asomar una intención de buscar la belleza y la suma expresión per se, por otro lado, la lectura del Tratado de la imbecilidad del país… nos permite encontrar de modo indirecto la figura de un poeta fuertemente comprometido, que de allí en más elaborará toda una poética que es una respuesta (aunque lateral) a todos los aspectos de la sociedad que le han desagradado. Leer el Tratado de la imbecilidad... es confirmar de dónde viene ese impulso poético que lo tendrá en vilo en sus prácticamente últimos diez años de vida; es notar que existe en él un interés muy arraigado en los problemas de su país y que para expresarlo elegirá finalmente otras vías de las que El tratado de la imbecilidad... parece ser su forma preliminar.
Herrera y Reissig tenía unos veinticinco años de edad cuando emprendió la escritura del Tratado de la imbecilidad..., al comienzo, quizás, con la firme intención de que fuera un texto en coautoría con Roberto de las Carreras, cuya influencia, tanto en cuanto a sus lecturas y su pose de poeta y ciudadano maldito, fue notoria. Las intrincadas y esquivas anotaciones que constituyeron la obra se diseminaban a lo largo de decenas y decenas de papeles de apretada escritura que durmieron una siesta poco más que centenaria hasta que el profesor, crítico y poeta Aldo Mazzucchelli llevó a cabo la ardua tarea de reordenarlos y darles forma de libro. Sin embargo, había existido hace algo más de una década un precedente: la edición de El pudor y la cachondez (Arca, 1992), a cargo de Carla Giaudrone y Nilo Berriel, y que es en realidad parte medular del Tratado de la imbecilidad...
Mazzucchelli, en un prólogo que ronda las cien páginas, describe minuciosamente los avatares de la escritura de la obra, dando al mismo tiempo un panorama valioso del contexto y de la interrelación de fenómenos que hacen del texto una de las obras que expresan más acabadamente el ideario y la reacción de los jóvenes del 900 ante la sociedad que les había tocado vivir (y sufrir en muchos aspectos). Una cosa que parece quedar clara es que en el Tratado de la imbecilidad... Herrera y Reissig se arroga hasta sus últimas consecuencias el derecho a su disidencia ante un modelo intelectual, estético y moral prestablecido, y el resultado final es una disidencia que se vuelve carne, que se vuelve un proyecto de vida (algo asimilable a, como lo sugiere Mazzucchelli en el prólogo, la desaparición del poeta del ambiente público más visible y su reclusión, o la intención de esa reclusión, en la Torre de los Panoramas). En ese sentido, si bien hay que decir que el libro está hecho del dolor de sentirse excluido y descontento por el curso general del estado y su población, no menos cierto es que con el correr de las palabras resuena tronante la risa despreciativa del poeta, una risa a la que por momentos no le interesa volcarse sobre aspectos o consideraciones que puedan llegar a ser inexactos. Eso, en el sistema de escritura del Tratado de la imbecilidad..., no interesa. Aunque en cuanto a su objeto y su tesis la expresión de esa disidencia no lo separe de otros pensadores de su generación o de épocas cercanas, el método en que la practica la transforma en algo singular (con la excepción hecha de la cercana escritura de de las Carreras). En el comienzo de La legislación escolar, por ejemplo, una obra de José Pedro Varela publicada en 1875, poco antes de su muerte, el autor había reflexionado incisivamente sobre la ignorancia y el atraso improductivo en que vivía la República en su primer siglo de vida: «Si de los sucesos políticos, descendemos a manifestaciones de otro orden para apreciar nuestro estado actual, encontraremos también que nada hay que deba causarnos satisfacción.» En el caso de Ariel, de José Enrique Rodó, por otra parte, el tono pasará a ser terminantemente moralizador; por lo que no es de extrañar que Herrera y Reissig, en sus notas preparativas al Tratado de la imbecilidad..., haya catalogado a Rodó en un margen como «el autorcillo de Ariel», ya que el tono grave o la solemnidad (ya ni siquiera la fundamentación concienzuda de Varela) no encontrarán réplica en su obra. De hecho la referencia que se hace a Herbert Spencer en el título y la constante recurrencia a pasajes de su obra Principios de sociología que se observa a lo largo de todo el Tratado de la imbecilidad... no deben despistar, porque en el transcurso de la escritura se revelarán como meras apoyaturas. Las primeras páginas introductorias, dedicadas a un diagnóstico del país y su gente, dejan ver lo antedicho. Puede leerse en ese sector la consigna desde la que parte Herrera y Reissig: «El grupo de los uruguayos me resulta una cosa que no está formada, algo primitivo que corresponde a la primera etapa de la evolución sociológica, cuyas unidades físicamente ordinarias parecen apósitos nerviosos elementales, donde no se concibe la integración de ideas, complejidad de agregados intelectuales, y por lo mismo apropiaciones psíquicas compuestas.» (pág. 108). El resto de la obra será, en consecuencia, una larga ejemplificación de estos preceptos. Y apenas dos páginas más adelante, empieza lo que se podría llamar «la impostación», el tono de escritura que utiliza Herrera y Reissig y que le permite aplicar a piacere los fundamentos de Spencer en su Principios de sociología. El uso de esos fundamentos se transformará en definitiva en un subterfugio, una estrategia para decir lo que se quiere decir, aunque, como se puede apreciar, eso no impida que se llegue a verdades inocultables acerca de nuestra idiosincrasia. También, por otra parte, la impostación se abre paso en el instante en que Herrera y Reissig contrapone el "ellos", para referirse a los uruguayos, con el "yo" de su discurso. Algunos ejemplos… Al volcarse hacia ciertas reflexiones que tratan de darle una explicación a la división partidarista del país (sobre la que Luis Alberto de Herrera proponía fórmulas conciliatorias), Herrera y Reissig deja la siguiente afirmación: "En definitiva, el partidarismo de los uruguayos no es nada más que un odio medioeval, un odio ciego, una excitación salvaje, una impulsividad heredada regularmente de sus antepasados, aquellos bárbaros que afilaron sus armas en los huesos de los consanguíneos, bajo el sol ensangrentado de las horrendas carnicerías. Esta impulsividad rencorosa coloca a los uruguayos a la altura de los pueblos más atrasados de la tierra, como ser los dacotaks, los Kamtchadales, los Africanos del Este, los papúes, los hotentotes, etc." (pág. 118). En su constante recurrencia a comparar aspectos identificatorios de los uruguayos (pasando por el tamiz de los Principios de sociología de Spencer) con otros pueblos del mundo, Herrera y Reissig se saltea evidentemente que fenómenos muy similares, quizás hasta idénticos, pueden tener orígenes no siempre reconciliables. Ejemplos y fundamentos de Spencer son expuestos como comodines para expresar su disidencia, y en eso, básicamente, consiste la "impostación" de la que hemos hablado más arriba. Se trata de una "impostación" que hace más laxas algunas consideraciones que se puedan hacer sobre el "ser nacional" y que, en el fondo, más hablan de la situación personal de quien las enuncia que de una realidad estrictamente objetiva. "Los hombres de Montevideo se parecen a las solteronas por la chismografía, fruto del celibato, del onanismo. Son excéntricos, envidiosos, irascibles (…) Los uruguayos son espías por temperamento. Hombres de todas las edades, mujeres de todas layas, se ocupan con deleite de averiguar lo ajeno. La dilatación es intuitiva en esta gente aviesa. (…) No se les escapa nada a los uruguayos, ni siquiera una aguja, cuando se empeñan en seguir los rastros de los pecadores. (…) Gozan, a semejanza de los boschimanos, de una vista telescópica. También pueden competir con los karens del Indostán los que, según Spencer, ven tanto a la simple vista como un hombre con anteojos. (…) Asimismo, poseen los uruguayos un oído delicado, no tanto para la música como para escuchar los pasos de Mefistófeles, las sandalias de Afrodita. En este sentido sobrepujan a los abispones, a los tupís y a los indígenas del Brasil, de los que refiere Rendón que oyen cosas imperceptibles para los europeos." (pág. 225). En este último caso ya parece quedar más ostensible que la reunión de la cultura uruguaya con las consideradas como "inferiores" durante todo el libro es un recurso de la escritura. Pero ese recurso de la escritura, que en definitiva pretende socavar la altanería de una clase y un pensamiento dominantes, se funda en un prejuicio del autor al abordar los casos de las otras culturas que considera más atrasadas, privándolas, en última instancia, como dice para el caso Lévy-Strauss en Raza y cultura, de un "grado de realidad" y convirtiéndolas en un "‘fantasma" o en una ‘aparición’". Esto debe sumarse a que las yuxtaposiciones entre una cultura y la otra (la uruguaya y "la otra") obvian los contextos precisos en que cada una se desenvuelve. Todo lo cual no hace sino restarle el verdadero carácter científico o sociológico al Tratado de la imbecilidad del país… para transformarlo en otra cosa, y que es un procedimiento de análisis que está superado previamente por su propósito. Por lo tanto, como se aludió anteriormente, el texto dice más sobre la necesidad de un individuo de identificarse que de la identificación de valores objetivos de una cultura. Sobre esta doble manifestación consistente en "la necesidad de identificarse" y "la identificación objetiva de un conjunto de valores" en una cultura, y a propósito de la discusión acerca del sentido de la identidad en el Uruguay, Daniel Vidart redactó un ensayo clarificador titulado "Sobre la identidad nacional" (3). Vidart impugna la carencia de una visión objetivadora sobre la identidad de los uruguayos en Viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin y El Uruguay y su gente, de Carlos Maggi: "Al igual que Darwin los anteriores y posteriores retratistas del homo uruguayensis, tanto los extraños como los propios, se guían por las primeras impresiones o por sus personales prejuicios, actitudes que los llevan a generalizar el talante grotesco de algunos personajes o exaltar frívolamente ciertos aspectos del ser colectivo." (pág. 73) Sin embargo, es probable que haya que eximir a Julio Herrera y Reissig y su Tratado de la imbecilidad del país… de este juicio de Vidart, porque el proyecto de escritura de esta obra incluye, mucho antes que el fin de una "radiografía sobre el carácter nacional", el impulso de un individuo que se está alejando de un determinado "contrato social", y para eso escribe su tratado, para tomar la debida distancia. De ahí que quizás suene excesivo extender al libro de Herrera y Reissig la lectura de ojo científico que Vidart hace de Maggi y hasta del Benedetti de El país de la cola de paja. No obstante hay que decir, y esto Vidart no lo niega en su ensayo, que las aproximaciones no científicas a los caracteres de la nacionalidad sean descartables, sino que revisten su importancia (4), tanto entre los propios como entre los que no, como es el caso de miradas extranjeras que van desde La tierra purpúrea, de William Henry Hudson a El Norte profundo, de Carlos María Domínguez, pasando por El uruguayo, de Copi (Raúl Damonte) (5). Como sea, unas palabras de Carlos Maggi en El Uruguay y su gente (6) parecen congraciarse con la actitud de Herrera y Reissig: "(…) en el Uruguay pasa exactamente lo mismo. Los hombres de pensamiento, los artistas y creadores se entristecen, se avergüenzan y por fin se van poniendo agrios a medida que salen de la adolescencia y olvidan la primera alegría de saberse con talento; es como si ese talento se les hiciera úlcera (…) Se los ve enfermarse hasta caer en la egolatría; abandonan el orgullo; se resignan a la vanidad; hablan sin dialogar; publican, cuando publican, sin dirigirse a nadie; están enojados, cuando su oficio es justamente, encarnar las fiestas del alma." (pág. 59). Si estas palabras de Maggi no resuenan como un retrato de la decepción del Herrera y Reissig que aún no ha llegado a la treintena, poco falta para ello. Asimismo, pueden encontrarse tanto en el Tratado de la imbecilidad del país… como en El Uruguay y su gente algunos puntos en común que devuelven a los lectores una imagen por momentos incambiada del país entre el 900 y la generación del ’45. Para ambos, el mate es una suerte de receptáculo de la holgazanería o de la abulia existencial de los uruguayos. Herrera y Reissig, en el pasaje en que compara a los argentinos con los uruguayos, dice de los primeros que "el té a la inglesa les había hecho olvidar el mate a la criolla; no eran holgazanes sino proyectistas, modelos de actividad febril" (pág. 172). Maggi, por su parte, habla de que "Rumiamos mate y que el mundo caiga (…) cebamos nuestra flojera, procuramos, como fin supremo, lograr el descanso y la seguridad; no el triunfo o la satisfacción o la autenticidad personal, no el cumplimiento de cada uno, sino la falta de riesgos; la previsión completa que nos saque de cuidados para siempre y nos permita decaer en la mateada, la siesta, la playa, la jubilación o cualquiera de las otras fórmulas del sosiego." (pág. 49). Las ideas no están lejos de lo que describe Richard Lamb, el protagonista de la novela La tierra purpúrea, cuando recorre Montevideo en 1870 y se encuentra con la gente sentada fuera de los comercios, esperando por lo que vaya a pasar aunque nada pase, haciendo "nada" simplemente para esperar a ver qué sucede, si se aproxima una nueva revolución o no. ¿Algo homologable a una de las seis constantes que Carlos Real de Azúa en Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (7) encuentra en nuestro carácter como sociedad?... "(…) la amortización del disenso social (…) en el sentido de generar un conformismo" (pág. 95).
El Tratado de la imbecilidad del país… es un libro que seguirá suscitando aún muchas más y extensas reflexiones. Es de particular interés también la presencia de dos capítulos de peso decisivo que se concentran en dos movimientos alternativos y complementarios: "el pudor" y "la cachondez". Herrera y Reissig extiende estos dos términos habitualmente asignados a la sexualidad hacia la manera en que los uruguayos viven y se relacionan entre sí. Y hay mucho más. Por ejemplo, su visión del campo (al que por esos tiempos le faltaban todavía los sacudones de la revolución de 1904) anticipa en cierto modo algo que se transformará en un reclamo agudo cuatro o cinco décadas después en los ensayos de Juan José Morosoli reunidos en La soledad y la creación literaria. La diferencia está, sin embargo, en el rechazo terminante que le produce el modelo de vida de nuestra campaña (a diferencia de Morosoli, cuyo perfil es notoriamente didáctico y denunciante (8)): "En varios paseos que he dado por nuestra campaña se me ha caído el alma a los pies, como vulgarmente se dice, al considerar la abominable dejadez del paisano, que ni siquiera para tener sombra durante el verano es capaz de plantar más árboles alrededor de su choza. Prefieren asarse vivos bajo el zinc o la paja durante el tiempo más caliginoso que agacharse un momento y revolver la tierra." (pág. 129). En este sentido, por ejemplo, la lectura tan sólo de los primeros poemas de Los éxtasis de la montaña supone una réplica al modelo de vida imperante, ya que en esos versos el Hombre entra en un ciclo natural, se acomoda a él, se sirve de la Naturaleza, pero no es el siervo ni el victimario de ella.
En síntesis, el volumen, descomunal, que puede caer en lo repetitivo, es comparable bloque por bloque, capítulo por capítulo, a la construcción de la torre que Herrera y Reissig erige furioso para una última finalidad que es, en la acumulación de razones (a veces razonada sinrazones o semi sinrazones) aislarse de su objeto de estudio, exorcizarlo, acceder a la cima de la torre (¿de marfil?) hasta no ver sino rasgos borrosos de los que infiere al pasar cosas que ni ese objeto de estudio ya se merece.

(1) Montevideo, Taurus, 2006 (441 págs.)
(2) Luis Alberto de Herrera: La tierra charrúa. Montevideo, Arca, 1969 (pág. 208).
(3) Publicado en Revista Nacional; Montevideo, Academia Nacional de Letras, setiembre de 1993, nº 239, pág. 62.
(4) Al respecto, véase el interesante trabajo del periodista deportivo Franklin Morales en Maracaná. Los laberintos del carácter (Montevideo, Santillana Punto de Lectura, 2005), una crónica sobre la obtención del Campeonato Mundial de Fútbol de 1950 en Brasil por parte de la selección uruguaya. Allí, Morales reflexiona, aunque a veces con suerte desigual, sobre el seleccionado del ’50 como una metáfora visible de determinados rasgos del carácter nacional y elabora la tesis de que el logro final revela un antes y un después en la historia del fútbol: el momento en el que el carácter nacional en lo futbolístico dio su último y letal coletazo en un mundo futbolístico que ya estaba desapareciendo y dejando el paso a una nueva era de disciplina y planificación en la que el fútbol uruguayo no sabría acomodarse.
(5) El reclamo de Vidart puede colmarse, o ver sus aspiraciones satisfechas, en un libro aparecido con anterioridad a su ensayo: Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (1984), de Carlos Real de Azúa, donde el pensador uruguayo concluye la identificación de seis constantes que aparecen en nuestra cultura a lo largo de los períodos históricos que van de la colonia a la dictadura de 1973.
(6) Montevideo, Alfa, 1968 (cuarta edición).
(7) Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2000.
(8) En Morosoli el reclamo por la situación acuciante del campo uruguayo deriva de la ausencia de políticas económicas y sociales que contemplen a su población, cuyo "éxodo" a las periferias de las ciudades será para el autor minuano su derrota, lo que se acentuará en las décadas inmediatamente siguientes a la implantación del modelo batllista.

martes, 29 de mayo de 2007

Retratos del artista cimarrón


Creo en Morosoli.
El fin de semana pasado estuve en el Centro Cultural de España y me encontré con una muestra dedicada a Juan José Morosoli, a ya medio siglo de su fallecimiento.
Lo que de inmediato atrajo mi atención no fueron tanto la exhibición de primeras ediciones o los textos (preparados por Óscar Brando y entre los que se leía una frase nada inocente como "Allá lejos, está el mar"), sino las fotografías del autor, entre las que se encontraba una cantidad sorprendente de imágenes que nunca había visto y que tanto la familia como los encargados del archivo Morosoli en la Facultad de Humanidades (archivo de PRODLUL) cedieron. En todas esas imágenes que yo desconocía por completo (y que pueden verse hasta el sábado 2 de junio) Morosoli aparece retratado en instancias predominantemente cotidianas, nada de poses en el estudio del fotógrafo del pueblo: reuniones de amigos, altos en tareas de campo, tomando el mate con su esposa o al lado de sus hijas, María Luz y Ana María. En todos los casos, lo que me resultó más llamativo es esa especie de "in media res" que tienen todas esas instantáneas. En ellas Morosoli parece desprenderse naturalmente de su entorno, y, paradójicamente, estar como arraigado a cuanto la fotografía dice que ha acontecido. Sobre todo me ha dado esa impresión una imagen en la que está junto a dos hombres entre unos arbustos. Por lo que se ve han estado realizando algún tipo de faena y se sacuden un poco el cansancio ante el fotógrafo. Por momentos parece imposible no ver al escritor, al hombre que está sintiendo y de algún modo atesorando la palpitación de un mundo. Morosoli no sólo parece formar parte, naturalmente, de ese mundo, sino que también parece estar vigilándolo, resguardándolo del olvido; algo como un orgullo secreto de ser parte de todo eso. Eludiendo el riesgo de las ñoñerías del tipo "¿Qué cuento se le estaría ocurriendo en ese momento?", lo que importa es ver al creador en su medio, entre aquello a lo que le dio y, a su vez, le dio a él vida. Y, sin embargo, las fotografías tienen para mí otro misterio agregado en muchos de sus ejemplos, sobre todo en aquellas en las que posa junto a algunos paisanos: Morosoli no es un escritor. Recuerdo en este preciso instante una anécdota que me contó una profesora de literatura de Minas, en el año en que yo viví en esa ciudad, año 2004. Cuando muere Morosoli en 1957 esta mujer ve a su abuelo, por única vez en su vida, llorar. El hombre entró en la casa cabizbajo (cismando, diría el autor) y no dijo nada más que "Se murió el Pepe". Luego se sentó y se puso a llorar y nadie más le pudo decir nada ni consolarlo en el resto de la noche. Esta anécdota, que es morosoliana por donde se la mire, expresa, y no lo dije antes, otra cosa: el abuelo de aquella profesora no lloraba ni por lejos al Morosoli escritor, sino al barraquero, aquel que atendía solícito desde un mostrador en la calle Sarandi, casi llegando a 18 de julio. Probablemente aquel hombre que lloraba esa muerte no supiera que el finado había sido un gran escritor. Como no lo supo tampoco otro hombre ya anciano que vi ese año y que, desvariando y ante mi total sorpresa, empezó a hablar de un cierto "Pepe" como si aún estuviera vivo. Cuando me dijo que estaba hablando de Juan José Morosoli, el dueño de la barraca Morosoli, y cuando le dije que era además escritor, no me creyó. Me dijo algo así como "¡Qué va a ser escritor ese!". El hecho de que Morosoli fuera una figura literaria, hecho inocultable en la proximidad de la gente de pueblo, era casi desconocido en cierto modo entre la gente de tierra adentro, aquella gente que él atendía a diario y a la que invitaba a matear o a compartir un asado en los fondos, donde se contaron muchas historias que el autor de "Los albañiles de Los Tapes" fue resguardando y en donde, si mal no me acuerdo, hay todavía una palmera. En Minas también supe que luego de su muerte, cuando el mobiliario de la barraca fue llevado a remate, quien compró los tablones del mostrador encontró al dorso y en los bordes de los mismos algo así como anotaciones que Morosoli hizo al pasar mientras atendía a la gente que llegaba del campo. Si la historia es falsa o no, mejor no someterlo a prueba, porque es bastante solidaria con su imagen, o la particular imagen que dejó como escritor. Ahí tenemos algo similar al caso de las fotografías: Morosoli se desprende apenas de su contexto. O mejor: es el contexto expresándose en la figura de ese hombre. Es el contexto resumiéndose en él. En las fotografías Morosoli no es un escritor: es una expresión del ambiente y sus tipos humanos que atrae hacia sí misma a los lectores. No hace el movimiento de llevar a los lectores, de ir con los lectores hasta ese mundo. En la construcción de "escritor" que Morosoli hizo de sí mismo (y que se puede rastrear en sus ensayos de "La soledad y la creación literaria"), el autor se ve a sí, o a la voz que creó, como alguien que llega desde el mundo del que pretende dar cuenta, no como alguien que llega del exterior y busca acomodar su mirada. Eso es lo que expresa el intento realista de su narrativa, dinamitar también cualquier figura previa, preestablecida de "escritor". Antes que cultivar una figura de escritor Morosoli quiere fundirse con el mundo que lleva a la literatura, quiere ser tan sólo un cronista, un cimarrón que escribe y otorga el cerno de su realidad. Morosoli se siente en la misma huella, bajo la misma sombra de lo que narra. En el comienzo de su ensayo "La novela de masas" dice: "Se sabe aquí que no soy un literato –de lo cual Dios me libre y guarde". Pero hay más, porque se revela en ese texto de 1945 el carácter que le quiere dar a su escritura: "Yo deseo hablar de aquella forma de novelística que revele lo popular para lo popular, tal como si el pueblo se novelara a sí mismo. ¿Quiero decir que los artistas están demás? No. Vamos despacio (...) si el pueblo supiera escribir lo que piensa estaríamos demás los poetas. (...) Lo que pasa es que hay que encontrar esa expresión que el pueblo anda revelando en forma vaga a veces." Creo a ciegas que en estos fragmentos está todo el proyecto narrativo de Morosoli: su necesidad de asunción, y finalmente su asunción, a secas, en o de los otros, esa gente del medio rural o de las periferias de los pueblos del interior que debido a una maltrecha política de estado andan como pedazos de carne bautizada por sobre los campos. Parte de esto creo que tiene que ver con esa mirada desdeñosa que siempre le dirigió a los círculos literarios montevideanos que cultivaron, para bien y también para mal, del intelectual, del hombre de letras uruguayo del medio siglo que en nada se avino con sus preceptos. Morosoli nace, vive y muere en Minas. Desconfió a rajatabla en la posibilidad de transformarse en una especie de maestro generacional (como lo pudo ser para Domingo Bordoli o Julio C. da Rosa), quizás por el horror con que veía a muchos actores de la generación del ’45, por momentos verdadera patota masturbatoria de Joyce, a sus ojos. Morosoli murió en su ley. Y su ley fue la de los otros. Fue los otros. Y eso es de una honestidad y entrega humanas que pocos pueden soportar, en especial cuando sobrevienen los reconocimientos y los elogios. Cuando uno recorre sus ensayos por primera vez, puede sentir que de ellos se desprende una humildad que puede llegar a resultar fastidiosa. Pero al tiempo esa humildad se transforma en la conciencia de que Morosoli está diciendo todo el tiempo que él no es lo que los demás creen que es por ser un escritor, es parte de su proyecto: él es verdaderamente el artista cimarrón. Si se hace la breve comparación con el Borges que habla de sí mismo en sus conferencias y que pretende llegar a la humildad socavando su propia figura de creador, es posible ver que en el argentino existe por detrás un orgullo de su propia grandeza (y eso tampoco está mal), con lo que la humildad se vuelve ironía, el doblez de la grandeza de lo que era Borges. En Morosoli, la humildad en sus conferencias no tiene nada que ver con grandezas mutiladas o expresadas subrepticiamente, es ni más ni menos que un aspecto que nos lleva a su credo, a su capacidad de compasión, ante lo que narra, su capacidad de acompañar la "pasión", de estar y ser parte de la "pasión" de los otros.
La mesa de la narrativa uruguaya podría tener tres patas. Una pata es Onetti, la otra Felisberto Hernández, y la restante es Morosoli. Creo que cada una representa las grandes líneas de nuestra narrativa. Si la mesa pudiera tener cuatro patas, se me ocurre que la cuarta sería intercambiable y podría llamarse Eduardo Acevedo Díaz, Horacio Quiroga o Mario Levrero. Pero no quiero ir más allá. Por encima de esas tres patas, como subidos sobre los hombros de los gigantes, andan el resto de los narradores uruguayos, deambulando hacia el sector que les dé más acomodo: hacia una de las patas, o en el medio de ambas, o, quizás más raramente, buscando una equidistancia. Morosoli es, plenamente, la pata realista de la mesa. En Onetti el realismo también ocupa su lugar, pero en una gradación, el realismo de Morosoli me parece más concentrado en sí mismo. El tema de qué es y qué no es el realismo puede revestir ciertas escabrosidades, pero en Onetti, aparte de su veta notablemente realista, también existe otra cosa, algo como un cuestionamiento del propio realismo y sus formas, donde también entran las ensoñaciones. Cuando uno repasa los a veces muy breves cuentos de Morosoli hay una cierta perplejidad ante el habla de sus personajes. Frases que en otros casos sonarían como torpes o redundantes son en boca de esos personajes verdaderos pasajes, embudos a un tiempo y un espacio precisos. Morosoli encuentra en esas frases un dolor y una sabiduría que sólo él conoce y que nosotros por momentos entrevemos.

martes, 22 de mayo de 2007

Escuela de editores

Hace unos días encontré una cosa extraña en un libro. Algo que por lo menos me llamó la atención de tal modo que tuve que leerlo un par de veces luego de la primera lectura.
Se trata de la entrada asignada a la poesía de Juan Ramón Jiménez en la segunda edición de "Laurel", una antología de la poesía moderna en lengua española con prólogo de Xavier Villaurrutia y epílogo de Octavio Paz, publicada en los ’80 por la editorial mexicana Trillas. La edición que tengo incorpora en su totalidad la primera parte, aparecida en editorial Séneca en 1941. En ningún caso hay algún tipo de biografía del poeta antologizado previo al despliegue de sus poemas (las biografías aparecen luego, como ya mencionaré). Allá por la página 111 encontramos, sin embargo, que, antes de iniciarse la selección de poemas de Juan Ramón Jiménez, y debajo de un dibujo de este en el que parece que va a reírse en cualquier momento, hay un texto firmado por lo editores. Dice así: "Juan Ramón Jiménez había manifestado a Editorial Séneca su deseo de no aparecer en este libro. Editorial Séneca se ha dirigido insistentemente al poeta solicitando un cambio de actitud. No ha obtenido respuesta alguna: favorable ni adversa. Estando ya en prensa el original de esta Antología, Editorial Séneca ha preferido interpretar este silencio favorablemente, es decir, como un tácito otorgamiento al interés general y en beneficio de los lectores de este libro.
"Editorial Séneca considera, por su parte, que haber excluido de esta Antología los trozos poéticos de Juan Ramón Jiménez que van en ella no hubiera podido hacerse in grave detrimento y menoscabo de su propósito. Y, aun a riesgo de equivocarse al interpretar el silencio del poeta, se ha decidido a publicar estos trozos seleccionados de su obra sin su autorización expresa y contrariando, tal vez, su deseo, pero sin desconocer ni tratar de lastimar con ello su derecho."
Fuera de que no logro atrapar el sentido del último enunciado, me pregunto cuál habrá sido la reacción de Jiménez. Con los editores invocando lo sacrosantos derechos de los lectores y arrogándose el cuidado de ellos no se puede, no hay poeta que valga. Creo, sin embargo, que este fragmento transcripto es, a la manera de Sancho Panza, un buen ejemplo de cómo decir algo diciéndolo y haciéndolo pasar como la cosa contraria de eso que se está diciendo.
Ya entrados propiamente en la segunda edición, en la segunda selección de poetas, la más reciente, la de los ’80, encontramos, en el sector de las notas bibliográficas, el siguiente texto entre paréntesis: "Los autores de esta Antología incluyeron en ella a los poetas Pablo Neruda y León Felipe. Cuando estaba en prensa este libro, esos señores solicitaron de nuestra Editorial no aparecer en él. Lamentándolo, cumplimos su deseo)." ¿Una nueva generación de editores? ¿El aprendizaje sobre un hecho triste? ¿Se calentó al final Juan Ramón Jiménez?

lunes, 14 de mayo de 2007

En el medio del camino (Yo soy la loba...)

El sábado a la tarde estaba en Montevideo. Como tenía un compromiso a las ocho de la noche y ni siquiera eran las cuatro de la tarde, anduve desde Tres Cruces hacia Ciudad Vieja buscando en qué ocupar mis horas. Digamos que estaba licencioso. Fui derecho hasta 18 de julio y fui entrando alternativamente en librerías y disquerías (bueno… conseguí después de tanto tiempo la versión de "Porgy and Bess" hecha por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong) hasta llegar al Centro Cultural de España, donde observé una muestra sobre Juan José Morosoli, recordado a propósito del medio siglo de su fallecimiento, muestra sobre la que creo que voy a tener que hablar en otro momento. En el tránsito entre estos lugares, en las veredas, me fui viendo asediado por muchachos que, apostados contra umbrales en desuso o contra paredes de comercios cerrados, me interceptaban para darme papeles soltando un breve rumor entre cómplice y subordinado. Me refiero a aquellos que reparten esos pequeños y discretos volantitos que promocionan las gracias de algunas damas que fumando y mirando el techo esperan al hombre que llene la tarde [verbi gratia]. Mi reacción común es aceptar los papeles (al fin y al cabo es imprescindible que uno los recoja para que ese sea el trabajo de esos muchachos) guardarlos en el bolsillo y allí estrujarlos hasta pasar por un tacho, en el que termino por tirar cuatro o cinco bolitas. Pero esta vez elegí guardarlos y después leerlos cuando estuviera en un asiento de la terminal o del ómnibus de regreso a Maldonado. Así que acá van los textos, como señas de un derrotero no sólo personal, sino de cualquiera de los transeúntes de esa tarde, o de los derroteros probables de muchos.
Veamos el primero. Es azul, mide unos cinco por seis centímetros y en el centro hay un recuadro de dos por tres con una fotografía del rostro de una muchacha de pelo negro. Nada propiamente lascivo, todo insinuante. Dice: "Te invitamos a pasar por nuestro apartamento…", y luego viene un teléfono. Los puntos suspensivos con que termina la frase, más la familiaridad y el desplazamiento que connota la palabra "apartamento", parecen hablar de algo entre casero y picantito, levemente pecaminoso, pero muy poquito. Nada de lupanares o serrallos. Claro que el plural del sujeto del enunciado, contrapuesto a la singularidad de la imagen del volante, sugiere que la chica vive con varias amigas o algo de eso. ¿O está con el marido? Me pregunto también qué tan inocentemente, en un ejercicio imaginativo, se puede tomar el texto: "Te invitamos a pasar por nuestro apartamento…" (más el teléfono). Imaginemos un adolescente que no sabe nada de nada, qué sé yo, un distraído crónico… A mí el plural tampoco me puede dejar de sonar a mafia. En fin… pasemos al siguiente ejemplo.
Segundo ejemplo: "Todos los días desde las 10 AM a tu entero placer… SENSACIONES… [luego vienen el teléfono y la dirección, más un dibujito de una fachada de una casa] T.V. Aire acondicionado". Todo en tinta roja sobre fondo blanco. ¿La foto de la chica? Es una rubia de pelo lacio, vuelta y mirando por sobre su hombro izquierdo con una sonrisa que está por empezar o está por terminar. El pelo se agita en el aire. Bueno, ¿qué me llama la atención de este volantito?... En primer lugar lo del horario. Como no se dice hasta qué hora, me imagino un tipo que, munido con lo que deba munirse, empieza a esa hora y termina veinticuatro horas después, cuando todo vuelve a estar dispuesto a su "entero placer". La hora parece la de un punto muerto que se hace un punto lleno de vida. Una muerte que se hace nacimiento. Lo otro que me parece significativo son las palabras "tu entero placer". El placer para esta gente no está compartimentado, ¡ojo al gol!. Es una cosa indivisible, única. ¡Ah! Otra cosa, las ventanas de la casita que aparece dibujada tienen rejas. ¿Un anuncio residual de la contemplación de desviaciones o conductas juguetonas del tipo "Yo soy la milica y vos el malandro"?
Tercer ejemplo: Este ejemplo me gusta. Papel blanco con tinta negra. En un cuadrito de tres por tres unas nalgas con una bombacha en parte hecha jirones, transparente en cierto modo. A través de la transparencia, en la unión de las nalgas, entreveo muy dificultosamente algo. Juro que no es un consolador, y eso me desconcierta. No sé por qué pienso en una cajita de chicles. Como sea… Sobre la cintura, a la izquierda, está la parte baja de un tatuaje casi irreconocible. El texto dice así: "LA CLINICA… aquí hacemos tus fantasías realidad only here your fantasies come trae… [luego la dirección] de Lunes a Sábados"… En el ángulo izquierdo y superior hay una cruz médica pero en el mismo negro del resto del volantito. Pasando a la consideración del texto, no puedo dejar de ver algo psicoanalítico, prácticamente freudiano, entre el nombre de la casa y su leyenda (más allá del bilingüismo). Aparte, si consideramos la fotito y dos o tres aspectos psicoanalíticos, esas nalgas son el fin de la angustia de Occidente (o al menos el fin de la angustia judía y burguesa). Ya está más que claro, la fantasía ya deja de serlo, luego no es ni más ni menos que la pura "realidad". ¿Sublimación?... Además, seamos sinceros… hablando de traumas y esas cosas, ¿quién fue el que le reveló a Edipo la fuente de sus pesares y lo trajo a la "realidad"?... ¡Pues el oráculo! ¿Y qué es lo que vemos en la fotografía del volantito! Un oráculo (el tilde no se lo saco a esa palabra porque soy fanático de la ortografía)… En lo que tiene que ver con los días de atención al público, con eso de "de Lunes a Sábados", digamos que en el séptimo día el Señor se tomó un descansito.
Cuarto ejemplo: El cuarto ejemplo lo recibí por partida doble. Papel negro satinado con tinta blanca. En un recuadrito de dos por tres aparecen dos chicas morochas y pelo enrulado, de espaldas, pero un poco dadas vueltas y mirando por encima de sus hombros. Se toman de la mano, las nalgas quedan en un lugar destacado, y a cada una se le ve un seno. La de la izquierda tiene cara de que se va a reír en cualquier momento; la de la derecha tiene una cara como si estuviera diciendo "Ya te dije que la comida estaba pronta. No te voy a llamar de nuevo." El texto dice: "AMIGA’S y algo más… Autorizado por la I.M.M Y M.S.P. … Abierto todos los días de 9 a 1 hs." Después hay otro recuadro más grande con un plano para poder llegar al lugar, luego el teléfono y la dirección y, en letra muy pequeña: "No arrojar en la vía pública". Está bien eso… Bueno, si la leyenda "AMIGA’S y algo más… se refiere a las chicas de la fotografía, es una pura reafirmación que no viene al caso. Parece estar dirigido a alguien más o menos dormido. Por otro lado: lo de "Autorizado por la I.M.M. Y M.S.P." crea una especie de inquietud y suena a pica entre varios comercios del ramo.
Quinto ejemplo: Tinta verde sobre papel blanco. Texto: "Privée… Mes de Promoción… a pasitos de Tres Cruces… Las 24 horas [luego la dirección y el teléfono]". Estos parecen ser los únicos laburantes, están las 24 horas. Casi a todo lo largo del volantito aparece una chica, también en tinta verde, y, como las otras, como todas diría ya a esta altura, vuelta sobre sí misma, mirando por sobre el hombro derecho. La boca parcialmente abierta. Si no fuera verde sería rubia.
Sexto ejemplo: El sexto ejemplo me vino por partida triple, y debe ser otro de los que más me llamó la atención. Letras e imágenes blancas sobre papel negro satinado. Texto: "Disfrutá de lo que más querés. El mejor staff de chicas las 24 hs. Todo el año. … DIVAS… habitaciones con baño privado y aire acondicionado… ABIERTO LAS 24 HS. … NUESTRA PÁGINA WEB: [y la dirección]… [luego la dirección del local y el teléfono]… Local habilitado… Visítanos. Evitate molestias. … [y más chiquito, de costado, sobre el borde izquierdo] Se entrega en mano. No arrojar en la vía pública.". La chica que aparece está recostada "panza abajo", tiene facciones delicadas y orientales, unas flores en el pelo a la altura de la oreja izquierda y ambas manos reunidas bajo el mentón. El texto que anuncia la página web va desde los codos apoyados hasta el final de sus nalgas. La frase que quiero comentar es la que dice: "Visítanos. Evitate molestias." Creo que en ella reside todo el marketing y, por qué no, el proyecto ético de la empresa que brinda ese servicio. Más allá de la alternancia confusa entre el tuteo ("Visítanos") y el voseo ("Evitate") que revisten esas palabras, creo que eso de ir hasta allí para evitarse molestias es el centro duro de la cuestión. ¿Cuáles son esas molestias? ¿Una culpa masturbatoria? ¿Pelos y cayos en las manos? ¿El terrible riesgo de engañar a la mujer con la vecina y de vivir con la permanente acechanza de la verdad? Como sea, DIVAS propone un espacio neutro donde la moral judeo cristiana no entra. Un no-lugar que suprime las diferencias…
Séptimo ejemplo: Esto de que hayan sido siete ejemplos, siete tipos distintos de volantitos es, por lo menos para mí, fruto de un designio que se me escapa… El que tenga ojos que mire. Tinta azul sobre papel blanco. (Me dieron dos volantitos). Texto: "LOBAS… ¡¡¡para tu mejor momento!!!... Te esperamos con las nenas más dulces en el mejor lugar de la city… [y luego la dirección y los dos teléfonos, uno de línea y otro celular]". La chica de la foto cruza la pierna izquierda por sobre la derecha y se lleva ambas manos hacia la cabeza revolviendo allí sus cabellos castaños. Tiene puesto un bikini, y de la parte de abajo cuelgan algunas cadenitas de fantasía. No tengo mucho para decir de este volantito salvo una observación de cómo el habla coloquial masculina al referirse al otro sexo desplaza a veces frases o nociones que en otro contexto sonarían a franca pedofília… ¡Bah! En la poesía amatoria hay otro tanto… Pero lo de "LOBAS", así, en medio de un tránsito, me parecía demasiado. Otra vez la cuestión de los valores y los "contra-valores". Se hacía de noche. Tenía que llegar al Centro Cultural de España. Dante… Dante… Per me si va a la cittá… ¿a la "cittá" qué?...

martes, 8 de mayo de 2007

La cocoa mecánica

Era un mediodía frío, quizás de uno de los días más fríos en lo que va del año. Pero al sol, en el patio del fondo de la casa, se podía leer. Contra una pared blanca puse una silla y, frente a esta, otra más para apoyar los pies. Leía unos ensayos sobre la poesía erótica en el 900 uruguayo. Desde dentro de la casa sale muy tenuemente el sonido de un clavicordio. Franco ha puesto “El arte de la fuga”, de Bach. Por momento el sonido del clavicordio se pierde en el rumor que hace el viento al pasar por las enredaderas. Unos gorriones muy atrevidos empezaron a bajar de la higuera y a remover con sus picos la tierra apenas húmeda. A través de las ramas de la higuera, que ya no tienen hojas y que parecen los brazos retorcidos de un muerto implorando, la luz tibia bajaba y hacía brillar todo, también el plumaje de los gorriones. Eran varios. Unos siete u ocho, quizás algunos más del otro lado del galpón. Todos removiendo bajo las hojas podridas de la higuera.
Luego de almorzar me acosté para seguir leyendo. La luz seguía entrando en mi cuarto. A veces se oscurecía todo cuando una nube pequeña pasaba por el barrio. A través de la pared podía sentir a Franco haciendo unas escalas en su viola.
Después de algunas horas me levanté para ir a comprar algunas cosas para la merienda: pan, leche, cocoa y una nueva lamparita de 40 watts para la portátil que tengo al lado de la cama, imprescindible para poder seguir leyendo en el resto del día. Antes de salir estuve unos minutos tratando de elegir un disco para llevar en el discman. Como a esa hora no había ningún almacén abierto en todo el Kennedy, tenía que ir hasta Tienda Inglesa, lo más cerca que tenía, sacando algún que otro comercio de San Rafael. Pero tenía ganas de hacer un trayecto de cierta extensión en la bicicleta. Así que tenía que elegir un buen disco como para el trayecto, acorde al clima, a mi estado de ánimo (el estado de ánimo era cierta melancolía), etc…
La 9ª sinfonía de Ludwig van Beethoven, ejecutada por la Sinfónica de Berlín y dirigida por Herbert von Karajan. Me preguntaba hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª de Beethoven y también cualquiera de sus otras sinfonías. Mucho tiempo. Creo que lo más que he escuchado de Beethoven en los últimos tiempos ha sido todo de música de cámara. Me alejé del Kennedy por San Pablo rumbo al mar. Uno hace ese trayecto y cruza mo0ntes de eucaliptos, luego el club de golf y después más montes de eucaliptos y más tarde montes de pinos. San Rafael, como muchos otros lugares de Maldonado, está metido dentro de un bosque. Parece un sitio levemente europeo. Tiene una torre de nombre francés y estilo normando que sobresale varios metros por sobre los pinos. Tiene una iglesia que parece una iglesia de las afueras de Londres. Tiene una calle llamada Brighton. Tiene largas calles flanqueadas por cipreses y álamos. ¿Hacía cuánto tiempo que no escuchaba la 9ª? El primero movimiento… Siempre me conmovió el patetismo del primer movimiento… Recordaba aquellos fines de semana en que con Felipe nos íbamos a su casa del balneario El Chorro. Estábamos estudiando profesorado. Llevábamos las cosas para estudiar. Y yo llevaba una caja con las nueve sinfonías de Beethoven en vinilo, dirigidas todas por Karajan. Me acuerdo de que subíamos del todo el volumen del equipo cuando la madre de Felipe se iba a La Barra a hacer algún mandado y nos preguntábamos si alguna vez alguna banda de rock pudo provocar un estruendo tal como el del primer movimiento de la 9ª. Doblé en la calle San Remo, que desemboca en la Avenida Roosevelt, a la altura de la parada 8 de la Brava. En la calle San Remo me acordé de que por esos años nació mi pasión por el Romanticismo. Sentía el rigor frío del viento que llegaba desde algún lado del sur. Desde esa época viene también mi promesa incumplida hasta el día de hoy de estudiar alemán. El rigor del invierno que se aproxima. Me acordé de una edición bilingüe, alemán-español, de “El viaje en invierno”, de Müller y de lo que significó para los poetas, artistas y pensadores románticos intuir en la cifrada superficie de la Naturaleza la presencia de un signo oculto. Lo que significó ver el poderío inconmensurable del destino y de la Naturaleza en las expresiones más adversas de la Naturaleza, como en las tempestades que se van comiendo los barcos en las pinturas de Turner, como en la pintura “Monje junto al mar”, de Friedrich, como en el caso del poeta inglés William Wordsworth, mirando los insondables abismos de los Alpes en su “Preludio”. Y recordé también a Rousseau. Simplemente a Rousseau caminando. ¿Por qué los románticos se replegaban en la Naturaleza? ¿Por qué ese énfasis? ¿Una nostalgia de Dios buscándolo en su más firme creación? ¿El paso previo al reconocimiento de su abandono?... Cuando entré a Tienda Inglesa yo también empecé a caminar. Como llevaba el discman en la campera, no escudaba a la gente que hacía sus compras, no escuchaba el audio del supermercado. Había empezado el segundo movimiento de la sinfonía, el molto vivace. En ese momento vino a mí la imagen de Alex, el protagonista de “La naranja mecánica”, en la versión de Stanley Kubrick. Sobre todo aquel momento en que está en la tienda donde compra una golosina y mira algunos discos. La tienda en donde conoce a las dos muchachas que se llevará a su casa. A mí, como a Alex, mientras paso por las góndolas del supermercado, nada me toca, todo me pasa por los costados; vivo la exaltación de la tarde en que Beethoven está conmigo, en que he sentido estrechamente a la Naturaleza en la medida de mis posibilidades. Pasé por la sección panadería. Una mujer elegía pan lacteado. Doblé hacia la parte de lácteos. Vi a una profesora que hacía sus compras. No me vio. De haberlo hecho me habría interceptado y me habría hablado insostenibles minutos. Di la vuelta haciendo un rodeo hasta llegar a la parte de lácteos por el lado opuesto. Estuvo eso que me mostró mi padre en el diario El País del día de ayer. En realidad me pasó todas las secciones para que las vichara. Había una pregunta del formulario Proust realizada a una periodista deportiva uruguaya. Algo así como “¿Si viviera de vuelta, que vida tendría?” La mujer tiene la imaginación suficiente como para contestar que sería la misma persona. Yo habría contestado eso si me hubiera llamado Walt Whitman… pero no es el caso… Yo habría contestado que me hubiera gustado una vida en algún lugar del sur de Alemania o de Suiza, más o menos a mediados o fines del siglo XVIII.
(Pip… Pip… Apenas sentí a la cajera… Pip… Pip… Setenta y cinco pesos. Pip... Se llamaba Claudia la chica.)
Cuando salí del estacionamiento puse intencionadamente el último movimiento. Salteándome el comienzo del tercero y el cuarto. Yo hacía ese recorrido en bicicleta hacía siete u ocho años. Y escuchaba también a Beethoven y su 9ª. No conocía tanto a la gente. Yo salía a caminar por los bosques de pinos y eucaliptos en invierno y bajaba hasta el mar. Y sí, podía suceder que todo, aunque fuera la ilusión de una ilusión, estuviera unido.
Cuando llegó la merienda me hice una leche con cocoa, hirviendo. Me preparé también un trozo de pan con manteca y repuse la lamparita de la portátil. Saqué de la biblioteca las “Confesiones”, de Rousseau, uno de mis libros más queridos. No lo he leído todo, me tomo su buen tiempo, pero lo quiero. Lo abrí al azar y descubrí las siguientes palabras, prácticamente al inicio del Libro Sexto, correspondiente al año 1736: “Me levantaba con el sol y era dichoso; me paseaba y era dichoso; veía a mamá y era dichoso; me apartaba de ella y era dichoso; recorría los bosques, las cuestas, divagaba por los valles, leía, estaba ocioso, trabajaba en el jardín, cogía la fruta, ayudaba al arreglo de la casa y por todas partes me seguía la felicidad; no se hallaba ésta en ningún objeto determinado; estaba toda en mí mismo sin poder abandonarme un solo instante. “Nada de cuanto me sucedió en aquella grata época, nada de cuanto hice, dije o pensé en todo el tiempo de su duración se ha borrado de mi memoria. Los tiempos anteriores y posteriores se reproducen en ella por intervalos; los recuerdo desigual y confusamente; pero a éste lo tengo tan presente como si durase todavía. Mi imaginación, que en mi juventud iba sin cesar adelante y ahora retrocede, compensa con estos dulces recuerdos la esperanza que he perdido para siempre. Nada veo ya en lo porvenir; sólo las excursiones a lo pasado son capaces de halagarme, y estos recuerdos tan vivos y verdaderos de la época a que me remonto me hacen vivir frecuentemente feliz a pesar de mis infortunios.”

jueves, 3 de mayo de 2007

Cosas con los Beatles


Este puede ser un post polémico o superfluo, según se vea... Igual... quería expresar algunas sensaciones que me vienen constantemente escuchando a los Beatles.
Estábamos ayer a la tarde (serían las 19:30) con mi hermano Franco, merendando, cuando nos pusimos a escuchar un disco de los Beatles que hacía tiempo que no escuchábamos. Decir esto quiere decir que quizás, como mucho, haría un mes o tres semanas que no colocábamos ese disco en el equipo. Ese disco era el segundo de la discografía: "With the Beatles". Franco había llegado recién de Maldonado y traía consigo, feliz, algunas partituras, como el "Pierrot lunaire", de Arnold Schoenberg, "Aventures", de Ligeti o "Ionisation" y "Octandre", de Edgar Varèse.
El asunto de la merienda, cuando estamos juntos, es todo un tema en cuanto a música, porque, si bien tenemos un gusto en común por los discos de ambos, buscamos siempre "ese" disco especial que amortigüe el clima de su chocolatada y mi café con leche. Así que él quiso poner una versión del "Pierrot lunaire" editada por Harmonia Mundi, pero yo me adelanté con "With the Beatles".
La cuestión fue que, en cierto momento, mientras yo sacaba unos bizcochos recalentados del microondas, empezó a sonar el cuarto tema del disco, una canción de Harrison titulada "Don't bother me". Lo que le dije a Franco de inmediato fue lo siguiente: que hace quizás unos diez años que conozco este disco y que ese es uno de mis temas preferidos de los Beatles. Franco juntó las cejas. Era obvio, porque ¿quién se puede aventurar a hacer un ránking de canciones de los Beatles? Si bien es, ante todo, un hecho emocional, puramente emocional y circunstancial, yo creo que sería un ejercicio interesante pensar cuáles son esas canciones que a uno (perdón por el antiacademicismo) lo matan... Y es que a mí "Don't bother me" es una de esas canciones que me matan.
Antes de pasar a señalar otras canciones que me generan ese sentimiento, tengo que decir, para que quede claro, que los Beatles con para mí una suerte de Biblia estética y de lo que podríamos llamar el impulso y la actitud artísticas. Si estoy en un comercio y suena por la radio cualquier tema de los Beatles (sobre todo si tiene ese condimento extra de sorprenderme, de no tenerlo previsto) me quedo aunque me queden mirando o pido permiso o compro cualquier otra cosa... Me acuerdo ahora de una novela de Tabajara Ruas llamada "El cerco" (en realidad, el título en portugués es "O amor de Pedro por Joao"). Hay un pasaje en el que un militante de izquierda en plena dictadura roba un banco en Porto Alegre, creo, y en medio de la redada policial, manejando un taxi robado escucha por la radio "Lucy in the sky with diamonds", y le parece que, extrañamente, todo es perfecto. Es un pasaje muy lindo de la novela (no sólo por la alusión a "Lucy...", que es más que nada un detalle). Recomendado.
Ahora, ¿cuáles son esos temas que, fuera de que amo las canciones de los Beatles, me hacen vivir una "pequeña muerte" en medio del día?
Bueno, son: "I saw her standing there"; "All I've got to do"; "Don't bother me"; "No reply"; "What you're doing?"; "Anytime at all"; "Things we said today"; "If I felt"; "I should have to know better"; "I need you"; "The night before"; "You're going to lose that girl"; "Ticket to ride"; "Norwegian wood (this bird has flown)"; "The word"; "If I needed someone"; "I'm only sleeping"; "She said She said"; "Good day sunshine"; "Doctor Robert"; "I want to tell you"; "Paperback writer"; "Lady Madonna"; "The inner light"; "Getting better"; "Fixing a hole"; "Lovely Rita"; A day in the life"; "The ballad of John and Yoko"; "Dear Prudence"; "Glass onion"; "Martha my dear"; "Piggies"; "Julia"; Sexy Sadie"; Long, long, long"; "Savoy truffle"; "Something"; "You never give me your money"; "She came in through the bathroom window"; "The end"; "For you blue"; "I've got a feeling"; "Hey bulldog"; "Only a northern song"; "Flying"; "Your mother should know"; "I'm the walrus"; "Strawberry fields forever" y, de lo último, "Free as a bird" y "Real love"...
¿Una exageración? ¿Una grosería? ¿Algo imperdonable? No lo sé... Tenía ganas de escribirlo y de hacer una lista que puedo tirar abajo mañana de mañana...

lunes, 30 de abril de 2007

Aviso breve


Dentro de una semana en TARTATEXTUAL, empezaré a republicar, con una periodicidad de un capítulo cada quince días, todos los capítulos de la novela por entregas que empecé a escribir en agosto de 2006 para la revista La Letra Breve: "Los trabajos del amor". Y cuando el quinto capítulo, el último en La Letra Breve (diciembre 2006), aparezca, cada un mes comenzarán a aparecer los nuevos capítulos.
Con fecha de octubre del año pasado, los lectores de TARTATEXTUAL podrán encontrar un texto titulado "Chicle textual", en el que hablo de las particularidades que me llevaron a empezar la escritura de "Los trabajos del amor" y su perfil folletinesco. Impedida la posibilidad de que La Letra Breve vuelva a salir, el blog se transforma para mí a partir de estos días en el mejor medio posible para recuperar el espíritu con el cual inicié ese trabajo.
Tanto a los lectores ya conocedores de lo que publiqué en La Letra Breve, como a aquellos que no lo conocían, los invito a seguir este proceso de escritura que se nutrirá, desde un primer momento, con sus atentos comentarios, que pueden ser dejados en el mismo blog.