jueves, 6 de setiembre de 2007

Después del tercer café con leche

...miércoles a la noche ya a la madrugada yes we're going to a party party cantan los Beatles en el Álbum Blanco espero visitas de amigos Leonardo + Leonardo, Rodrigo Almeida desde Castillos y por supuesto Valentín el escritor soplando su trombón todos juntos de nuevo después de mucho tiempo y quizás alguna sorpresa de último momento grandes esperanzas para el fin de semana últimamente me han dicho si me he estado alimentando bien por lo menos tengo que reconocer que he estado abusando del café con leche como hacía muchos muchos meses que no lo hacía una de la mañana tercer café con leche en menos de dos horas cada café con leche debe llevar consigo tres tostadas con manteca si están hechas con pan lactal mejor suena Rubber soul bastante alto papá duerme lejos como a tres o cuatro paredes de distancia papá ronca corrijo escritos Franco y Karen (Karen toma un té solamente hecho con medio limón hervido dentro de la taza eso es actitud) intercambian cuerdas de dos de mis guitarras recuerdo la clase de mañana dos horas Roberto Fontanarrosa el anacoluto en "Wilmar Everton Cardaña número 5 de Peñarol" escribo corrijo leo escribo corrijo leo una cajera de Tienda Inglesa me preguntó si yo era Damián "No" le respondí "me llamo Norberto" vuelvo en la bici con cosas para la merienda paso por el club de golf miro el fairway reverdeciéndose anoche soñé que abría la puerta de una casa en la que viví y aparecía un muchacho yo lo saludaba dándole la mano y notaba que le faltaba el dedo meñique "Prefiero que me des un beso" me dijo esta mañana llama un hombre por teléfono preguntando si vendíamos caños para riego controlado equivocado señor mi padre se acerca y me dice que el intendente de Maldonado se quedó sin nafta de camino a una reunión importante el intendente no llega las radios reciben llamadas mi cuñado desde el sur de España me pregunta si los ambientalistas cruzaron otra vez ¿o sólo si cruzaron? al lado uruguayo no tengo idea le contesto no miro informativos sólo compro Clarín los sábados por su suplemento cultural "¿No leés noticias?" "No" nada más estoy releyendo a San Agustín como he dicho releo las noticias del alma me veo hasta donde el alma me lleva el final de este texto no es ninguna metáfora es así tampoco redondea ninguna idea ni remota ni alguna sucesión de pensamientos...

martes, 4 de setiembre de 2007

3 patas

Hace mucho tiempo, semanas, que no me puedo sacar de la cabeza un tema de Paul Mc Cartney. La canción se llama "3 legs" ("3 piernas"). Aparte de ser uno de esos temas de Paul que insuflan en quien lo escucha un sentimiento casi de euforia, tengo que decir que tiene una letra muy intersante, una letra que trata muy veladamente de una historia de amor y odio, y que puede ser también la historia de Paul y John. Ese perrito de tres patas que se nombra en "3 legs" me parece demasiado sospechoso como para dejar de ser una metáfora. Es entonces que percibo una cierta bronca en la manera en que Paul canta, una cierta desazón por algo que no pudo prosperar. En un principio está eso de "Mi perro tiene tres patas, / pero no puede correr". Pero luego, quizás revisando cómo pudo haber salido de la situación cada una de las partes, viene eso de la bronca: "Mi perro tiene tres patas / El tuyo no tiene ninguna". Va la letra en inglés...

"3 legs"
Well, when I walk, when I walk / on my horse upon the hill / (When I walk the horse upon a hill). / Well, when I walk, walk, walk, walk, / on my horse upon the hill / (When I walk the horse upon a hill). / And I lay me down, / will my lover, love me still. / A dog is here, (A dog is here). / A dog is there (A dog is there). / My dog he got three legs / but he can't run. / Well, when I thought, when I thought / when I thought you was my friend / (When I thought I could call you my friend). / When I thought, when I thought / When I thought you was my friend / (When I thought I could call you my friend). / But you laid me down, put my heart around the bend. / A fly flies in (A fly flies in). / A fly flies out (A fly flies out). / Most flies they got three legs / but mine got one. / Well, when I fly, when I fly, when I fly, / when I fly above the cloud / (When I fly above the man in the crowd). / Well, when I fly, when I fly, when I fly, / when I fly above the crowd / (When I fly above the man in the crowd). / You can knock me down with a / feather, yes you could. / But you know it's not allowed / (But you know it's not allowed) / A dog is here, (A dog is...) / My dog he got three legs. / Your dog he got none. / My dog he got three legs. / Your dog he got none. / My dog he got three legs / Your dog he got none.

Si alguien quiere escuchar el tema directamente de la web en este momento, puede hacerlo en www.youtube.com Aunque el sonido no es de lo mejor... El link es http://youtube.com/watch?v=cmGblSMH8Ug

*APÉNDICE*

Otro perro de tres patas (I)

Cuando yo tenía 16 años me encontré un perro negro de tres patas. Y tengo que decir en su honor que fue el perro más fiel de cuantos tuve. Una tarde me fui en bicicleta hasta la casa de Felipe en El Chorro (entre 10 y 15 kilómetros desde el Kennedy) y al rato de que llegué, digamos a la media hora o más, se apareció el perro. Nosotros nos asombramos de cómo pudo haber hecho una cosa así. Pero allí estaba, mirándonos, con la cola de un lado para el otro y con la lengua colgando medio muerta entre los colmillos. Había llegado cansado y sediento. A la vuelta, yo tuve que salir haciendo que Felipe encerrara al perro, porque si no la escena se iba a repetir. O no. La vuelta habría sido la muerte para el perro. También ya era de noche. Una hora después Felipe y su madre aparecieron con su automóvil por mi casa y me lo dejaron. Eso fue en el año 2000. A principios del año siguiente se murió. Yo estaba por unos días en Minas cuando una mañana mi padre me llamó y me dijo que lo encontraron muerto. Era un perro muy raro. Cuando íbamos a la playa, lo primero que hacía era correr hasta donde rompían las olas, frenar de golpe clavando su única pata delantera en la arena húmeda y comenzar a ladrar desaforadamente al agua. A lo primero yo me reía, pero luego empezaba a darme rabia que no se comportara como todos los otros perros. Todas las otras personas que llevaban perros en otoño, invierno y primavera (en verano es más complicado) caminaban y los perros los seguían olisqueando por aquí y por allá palitos, pingüinos muertos o simplemente la basura. Pero mi perro no, me seguía casi por compromiso porque le ladraba a las olas y eso le parecía mucho más importante. Entonces yo me volvía a casa y él se aparecía al rato y no me miraba porque sabía que había estado mal, que me había dejado de lado. Sin embargo, aparte de esa, tenía otras costumbres más raras. Costumbres que a mí, como dueño, y ante el resto de la gente, me dejaban mal parado. Como lo que pasó una vez que me siguió hasta Maldonado (eso era moneda corriente, porque a él le encantaba ir hasta Maldonado), cuando yo era estudiante de profesorado. Me acuerdo que en la zona de Cachimba del Rey, donde yo estudiaba, había suelto un rottweiler gigantesco. Yo les tengo terror a los rottweiler, y eso me parecía un peligro mayor. Cuando vi que mi perro, ya a lo lejos, se le arrimaba para comenzar con el olfateo mutuo, temí lo peor. Era obvio que si el rottweiler lo mordía me lo mataba. Yo tenía que entrar a clase de Teoría Gramatical así que apenas vi el comienzo de la escena. Y como vi que no pasaba nada más, me quedé tranquilo, porque el comienzo fue amistoso. Y qué amistoso que terminó siendo cuando salí de clase dos horas después y los que habían estado allí afuera porque había faltado algún profesor, o algo por el estilo, me decían que mi perro era un sodomita. Parece que fue la diversión del barrio en esas horas. El rottweiler era obviamente macho, por lo que se escabullía cuando mi perro le fue buscando la vuelta. Hasta que el rottweiler se puso a llorar ante la insistencia del otro y apareció el dueño y lo entró a la casa. Hubo otro caso similar una vez que fui a ver jugar al Kennedy a la cancha de Alianza, en la zona de Beverly Hills. Jugaba la tercera. En el entretiempo, los jugadores estiraban sentados llevándose las manos hasta la punta de los pies. En eso se apareció mi perro cruzando la cancha vacía, se frenó detrás de uno de esos jugadores, apoyó su única patita delantera en un hombro del tipo y comenzó a arremeter contra la espalda sudada. En seguida lo apartaron y se burlaron del hombre una y otra vez. Luego empezó el segundo tiempo y hubo que corretear a mi perro para que dejara jugar en paz. Yo estaba del otro lado de la cancha comiendo un choripán cuando sentí que un jugador me gritó: "¡Vo, Damián!... ¡Sacá a tu perro puto de acá!..." En fin... Mucha vergüenza después. Llamándolo. Mostrándole un choripán para coaccionarlo. Corriéndolo de atrás. Amagando con tirarle alguna piedra, luego con acariciarlo. Ese sábado el Kennedy perdió. Pero eso no tiene nada que ver.

Otro perro de tres patas (II)

En el buscador de Google me enteré de que Sandra Bullock había adoptado un perrito de tres patas. ¡¡¡Qué tierno!!!

domingo, 2 de setiembre de 2007

Sábado en el aire

(Y un día de sol llegó el mes de setiembre)

El de ayer fue el segundo sábado consecutivo en el que me levanté temprano. Eso significa a las 9 de la mañana. Significa además terminar de desayunar a las 10:30 como mucho y salir a andar en bicicleta o a pie luego de comprar el diario Clarín en San Rafael, en la esquina de San Pablo y Laureano Alonsopérez (ex- calle Las Delicias, como la sigue llamando la gente). Significa bajar hasta la playa a la altura de la 16 de la Brava y avanzar hacia el lado de la península. Hoy, igual que en el sábado pasado, hubo sol, mucho sol, sobre todo después de varios días sin verlo. El sábado pasado salí en la bici y seguí de largo hasta Punta del Este. Bordeando la rambla, cerca de la Virgen, me llegó al celular un mensaje de texto que decía "Está linda la rambla, ehhh". Por supuesto que miré para todas partes, pero no vi a ningún conocido haciéndome señas y riéndose. Por lo que todo se cerró en el misterio. Antes de llegar a la parada 1 de la Mansa para tirarme un rato a leer, me crucé con tres tipos (sí, lo juro por lo que más se quiera) que se parecían muchísimo a Ehrlich, el intendente de Montevideo. Esa noche estuve cenando con un amigo que me dijo que no le asombraba el hecho, porque de seguro en la capital a mucha gente le pasaba lo mismo, ya que lo ven tan poco que se lo confunden con gente que no es... Al final llegué a la 1 de la Mansa y me acosté a terminar un libro de tres comedias de Woody Allen reunidas bajo el nombre de "Adulterios". Apenas dejé de leer, puse el libro a un costado, me acomodé la cabeza haciéndome una especie de almohada con la bufanda y el gorro y el mundo se me fue en un instante. Me quedé profundamente dormido por lo menos una hora entera. Me despertó una respiración caliente y húmeda a la altura de la cara. Yo ya estaba por decir algo como "¡Buen día, cariño!", cuando noté que era uno de esos perros que andan de un lado para otro en la playa, y que se había recostado contra mi cuerpo. Pensé en seguida que se abría la posibilidad de una nueva amistad. Hasta ya estaba pensándole nombre y todo. Pero está claro que los perros no perdonan ciertas cosas cuando se tienen que ir. Apenas me vio la cara de recién despierto, se levantó y se fue con el primer tipo que pasaba por la orilla. Pero todo eso fue el sábado pasado, el último de agosto. El sábado primero de setiembre (ayer) fue más glorioso. Salí a pie a la playa luego de comprar el diario y caminé desde la 16 hasta la 8 o la 7. De allí subí hasta Roosevelt y luego hasta una placita de la parada 5 para leer el suplemento "Ñ", de Clarín. Al llegar a casa sonó el teléfono. Era Felipe, que me traía la computadora ya reparada. (¡¡¡Felipe es muuuuyyy crack!!!) Después de instalarla salimos a caminar por el mismo sitio que yo había hecho al mediodía y que nosotros dos habíamos recorrido el pasado miércoles. La idea de Felipe era también la de sacar algunas fotos, como la que incluyo en este texto, que tiene una perspectiva muy curiosa y que me hace parecer como un personaje de "El tigre y el dragón", o alguien en el momento de ser abducido, según se vea.. Ahora digo que salir a caminar con Felipe es muy divertido. Uno siempre se encuentra con cosas muy simples que terminan cobrando una dimensión importante. A las pocas cuadras nomás me comentó sobre una invitación que le hicieron para asistir a unas plegarias que se iban a realizar en un templo budista de una facción de la que él nunca había sentido hablar. El templo quedaba en las inmediaciones de Maldonado Nuevo, lo que ya de por sí es un poco gracioso para los que conocen ese barrio. Imagínense unos mantras emanando suavemente desde un local lleno de gente. Imagínense que esos mantras salen a la calle y se mezclan con el sonido ambiente, las puteadas de los que pasan en auto o en moto, las cumbias que van serpenteando desde todos los costados, tipo: "Vos sabés que te quiero, / vos sabés que te quiero, / así que entregame tu anillo de cuero... / Te comés la fiestita, / te comés la fiestita, / Somos veinte...". Lo que hay que agregar ahora es que a Felipe lo considero un tipo extremadamente inteligente en muchos aspectos de la vida, y que cuando me contó que asistió a la charla en el templo y que no entendió nada de nada, le creí. Sobre todo viniendo de él, que es una persona que tiene ciertos conocimientos sobre religión oriental. Al terminar la charla trató de saber por otros medios en qué radicaban ciertos fundamentos de esa facción budista, así que se encontró con alguien de los que dirigía el lugar y le pidió algunas explicaciones. Lo que ahora vale es que yo ponga los ejemplos que Felipe me dijo que le transmitieron, porque un buen ejemplo era mejor que cualquier exhortación. Entonces, a ver... Si uno ansía toda su vida tocar el piano, lo más probable es que en la próxima vida uno nazca en el seno de una familia en la que se toca el piano. Más... Si uno quiere tener doce mil pesos ("¿Doce mil pesos?, le pregunté, "¿Y por qué esa cantidad?". Felipe puso cara de "Yo qué sé. No me fastidies con esas preguntas", y siguió con el relato), si uno quiere tener doce mil pesos, entonces, uno piensa fijamente en tenerlos y al cabo de un tiempo es muy probable que uno termine por tenerlos. A Felipe le pareció rápidamente que todo eso era una ofensa seria hacia el Señor, y se quedó un rato más sin decir nada, esperando que la persona que lo había invitado decidiera irse de una vez, o algo así. Hablamos después de algunas cosas más y nos topamos en la esquina de la rambla de la Brava con Montecarlo con unos niños del Kennedy, vecinos míos, que se entretenían en tirarse rodando desde un inmenso talud. El pasto estaba un poco seco y áspero y los niños tenían algunos rayones en la cara, pero no estaba nada mal para un sábado de sol tibio. Le pregunté a Felipe si sabía que en la casa de ese talud se había quedado un par de días el presidente Bush (padre) cuando anduvo por Sudamérica en el año 1990. Felipe me dijo esto: "Cada vez que pasamos por acá me decís lo mismo". Creo que Felipe sufre de hiperbolismo... Cuando llegamos a la playa nos encontramos en seguida con que las huellas que yo había dejado hacía unas pocas horas aún estaban intactas, incluso aquellas que estaban cerca de donde llegaba el agua, en plena arena húmeda. Yo jugué un rato a pisar mis propias huellas y Felipe hizo algún chiste nombrando a Derrida o algo parecido; después se puso a sacarles fotos a varios de los cientos de peces muertos que han estado apareciendo en la costa desde hace semanas. Más adelante encontramos un paquete de spaghettis fabricado en China, pero lo que se dice chino-chino, todo en chino... Seguramente a algún marinero de uno de esos buques que se ven en el horizonte se le escapó por la cubierta o directamente lo tiró al mar. Pero la cosa daba igual; en lo único que se podía pensar era en lo que le podría pasar por la cabeza a ese chino mientras se tragaba cada tallarín. Más tarde subimos por Roosevelt hacia el lado del shopping con ganas de comprar algo para comer. Y en el momento en que pasamos por la rotonda entre Pedragosa Sierra y Roosevelt vimos una de las cosas más soprendentes de la tarde. Un par de championes número 376 (por lo menos). Iban en una chata tirada por un auto. No supimos de qué material podían ser, pero por lo menos cada uno medía un metro y medio. Felipe sacó la cámara, pero cuando tomó un par de fotos ya era tarde. Las imágenes quedaron irreconocibles y el auto se alejaba hacia el norte. En Tienda Inglesa, al final, compramos dos panes flauta y seis o siete mandarinas para ir comiendo ya en la vuelta. Sin embargo, eso no fue de lo más importante que nos pasó allí dentro. Esa tarde será recordada como uno de los momentos más tristes en la vida de don Felipe García Salaberry, la tarde en que oyendo el audio ambiente del supermercado confundió el primer movimiento de la sinfonía número 40 de Mozart, con un pasaje del concierto para piano número 21, también de Mozart. Pero él se la aguantó como un hombre, de frente, haciendo la cola en la caja como cualquiera de los que estaba allí, pagando como un ciudadano más, cruzando después Roosevelt y ofreciéndome la bolsa con las mandarinas como un gran amigo que es. El gesto estoico de Felipe, su dureza facial en la hora amarga, demuestran un espíritu hecho para los tiempos que vienen. Al final, humanum est, somatizó un poco a través de un tirón que le dio en un músculo de la espalda antes de que volviéramos a Pedragosa Sierra. ("Che, el piano no llegaba más"... "Sos un hijo de puta"... ). entonces subimos hasta Laureano Alonsopérez y nos fuimos acercando a casa en esa hora en que las copas de los pinos se van enrojeciendo y una atmósfera umbrosa y húmeda se va extendiendo por los jardines. Le explico a Felipe que cada vez que percibo esa hora incierta en que suceden esos fenómenos tan simples, me vienen siempre recuerdos de varias tardes de finales de los años '80. Yo podía pasar con mis padres en la camioneta o, a veces, muy de vez en cuando, con mi abuela materna a pie, y sentir esa especie de melancolía llegada de no sabía dónde y que se instalaba en mi pecho. Yo tendría siete, ocho, nueve años... Y siempre lo mismo. Sentía que el mundo estaba bien así. Podía ser triste, pero estaba bien. Le digo a Felipe que no puedo siquiera hacer el esfuerzo por transmitirle ese sentimiento, que es algo con uno mismo. Felipe hace que sí con la cabeza. El sábado se iba, dejando atrás la gloria de su sol, y a mí me llegaban otra vez palabras como las que releí hace unos días en las "Confesiones" de San Agustín: "Todas estas cosas las recoge la memoria, para evocarlas de nuevo y volver sobre ellas cuando sea necesario, en su vasto receptáculo y en no sé qué secretos e inefables recovecos suyos. (...) ¿Quién podrá decir cómo fueron formadas estas imágenes, aunque sea claro por cuál sentido fueron captadas y ocultas en el interior?".

viernes, 31 de agosto de 2007

Siguiendo a la liebre, siguiendo a Levrero


Otra vez muchos días sin poder colocar un post. La computadora de casa se ha roto y venir a un cyber y pasar algún texto en limpio nunca deja de ser engorroso. Dentro de unas horas quizás Felipe me arregle la máquina y pueda escribir más sueltamente. Ahora van un montón de cosas inconexas...

como una caminata con Felipe hasta la playa Breva el miércoles. Bajamos por la avenida San Pablo, doblamos por Montecarlo y de pronto, ¡zas!, una gran liebre sale disparada del jardín de una casa y comienza a correr por Montecarlo rumbo a la rambla, que cruza salvándose por un pelito de que una camioneta la matara. Después de caminar por la costa, encontramos un caballo atado en lo profundo de unos matorrales entre los médanos. El caballito, quizás un poco enano, no sé mucho del asunto, tenía una pata enredada en la cuerda. Cuando hicimos el descubrimiento todo pareció tener la sustancia de un pasaje de una película en el que las cosas cambian. Quizás alguien viviera en el médano, pensó Felipe. Quizás sea complicado tener que desenredar al caballo sin que este se ponga bravo y nos liguemos algún golpe. Quizás esté el dueño cerca y uno teniendo que dar explicaciones. El descubrimiento fue tan delicado, con todo eso del sol oblicuo e invernal patinando sobre el pelaje del animal, que pareció un detalle de una novela china, o me pareció a mí.

como frases que voy anotando y que les escucho a los alumnos: "Me tocaron amigos por sorteo", "Tengo una crisis de goma"; o que escucho en un ómnibus rumbo a Montevideo cuando un hombre llama a una barraca desde su celular y pide un metro cúbico de arena para una casa de la calle Arenal Grande, o que escucho en una librería de 18 de julio en la capital, cuando una madre octogenaria discute con su hija de cincuenta años acerca de si vale la pena comprarse un libro de $500, porque al fin y al cabo un pantalón cualquiera que "una" se pueda comprar sale $1.200... "Y bueno", dice la madre "el pantalón lo precisás para no estar desnuda"....

como los autos que pasan por la calle San Pablo muy de vez en cuando, mientras releo en el sillón del living a San Agustín o leo "El profeta imperfecto", de Fernando Butazzoni...

como las palabras de la profesora Graciela Mántaras anoche en el homenaje a Mario Levrero realizado en la Asociación de Prensa del Uruguay: "En Levrero el acto de escritura es función fundante del Ser"... o cuando dice que Levrero clausura ya todo un camino de la literatura uruguaya y que ya hay que entender que de ahí en más se tiene que ir por otro lado...

jueves, 16 de agosto de 2007

Posibilidades de las islas


El pasado sábado encontré en la "Ñ" (nº 202) una nota del escritor argentino Alberto Manguel sobre la relación que se da entre Viernes y Robinson Crusoe en la novela de Daniel Defoe. Entre otras cosas de interés dice lo siguiente: "Entonces Defoe introduce a Viernes. Sin Viernes, sin el inculto, primitivo, salvaje Viernes, las hazañas de Robinson serían tristemente secretas, no tendrían público. Sin su sombra (porque al fin y al cabo ¿qué es Viernes sino un Robinson sombrío, rústico, igual de solo y de desdichado?), Robinson se desvanecería, se volvería, como aquel precursor griego que erró de isla en isla durante diez largos años antes de volver a Ítaca, un Nadie."(…) "Lo cierto es que Viernes es necesario para que Robinson exista".
Hace un tiempo, en el inicio de mi última convalecencia, anoté en el "Diario del dedo gordo del pie derecho" algunas ideas que también se me ocurrieron sobre la figura de Viernes y que ahora me dan ganas de rescatar a partir de la lectura del texto de Manguel…


"Diario del dedo gordo del pie derecho", día 2: 27 de junio [fragmentos]:
"Ayer, luego de uno de esos silencios entre tema y tema, mientras esperábamos que el traumatólogo me llamara, Felipe me dijo: ‘¡Tenés largo el pelo, eh!’. Y tiene razón, lo tengo largo como hace años que no lo tenía. La verdad es que hace por lo menos un mes y medio que estoy amagando con ir a la peluquería y cortármelo seis o siete centímetros, pero me he dejado estar. Hoy Franco me dijo que no lo tenía tan largo desde el año 2000. La idea del pelo largo, y de la barba larga como la tengo, también, me lleva a la otra idea del ermitaño (un poco de los pelos, ¡ja!), el que se deja estar en su recinto por fuera de cierto "contrato social" y cultiva la soledad. La idea también está cerca de la del náufrago, aunque el náufrago, generalmente, acaba por volver al "contrato social". Robinson Crusoe fue una de las novelas que más me impactaron y me cautivaron. La leí en 1998, cuando yo estaba saliendo del liceo. Hace poco leí un ensayo acerca de que Robinson Crusoe encarnaba algo así como un ideal, una utopía adolescente. Creo que todos, en mayor o menos medida en nuestra adolescencia o juventud, hemos tenido la necesidad de abrigarnos del mundo, la necesidad del aislamiento extremo clausurando las vías de acceso hacia nosotros. Creo que el suicidio adolescente (…) es en parte un extremo triste de ese sentimiento. Estar en la cama durante todo un mes es un poco como ser Robinson Crusoe y estar en la isla. Victoria y las demás personas que se me acercan mientras tanto, y los objetos de los que dispongo a poca distancia son algo así o funcionan como ese barco que había naufragado a pocos metros de la costa y del que Crusoe había recuperado algunos objetos que le irían a servir para estar en la isla. Crusoe tiene que recrear la civilización. Yo tengo que crear una parte de la civilización, tengo que escribir un relato en el que la gente muestra sus pasiones básicas (por llamarlo de algún modo).
(…) Vuelvo ahora a Robinson Crusoe porque me acuerdo de una de sus partes más famosas: el momento en que Crusoe encuentra la huella humana en un rincón de la isla. Recuerdo que la tapa de esta novela en la colección Robin Hood retrataba este pasaje, lo que al final me parece un error o una impostura ante el lector. ¿Por qué sentimos cierto terror cuando Crusoe descubre la huella? Porque sabemos que eso cambia la narración para siempre, porque sabemos que esa utopía empieza a desmoronarse. Esa sensación de paraíso recuperado se desbarata por la impresión de un pie sobre la arena. Y ese es de algún modo el factor que adelanta que el protagonista y la novela entran en otro orden. Crusoe se prepara para volver al "contrato social". Pero Defoe sabía que tenía que insinuarlo, sacar de ese ensueño al lector pero de la manera menos terrible, aunque terminó siendo algo inquietante. Y la solución fue muy inteligente. Luego de la huella, que da paso a la aparición de los nativos con sus ritos caníbales, llega Viernes. Defoe presenta al lector europeo medio de la época a Viernes como algo preparativo para la vuelta de Crusoe. Viernes es una especie de hombre-desprestigiado, un proyecto o un casi hombre para el europeo de la época: un salvaje. Cuando Crusoe le inculca a Viernes determinados valores europeos-occidentales-protestantes, está preanunciando su vuelta. El retorno al orden del contrato social europeo está cercano."

lunes, 6 de agosto de 2007

Saliendo del vientre de la ballena

Hoy es el día en el que saldré del vientre de la ballena.
Luego de una convalecencia por un percance que a casi todo el mundo le pareció ridículo, luego de todo un tiempo de reposo que parece desmedido al lado del hecho que lo ameritaba, yo vuelvo al mundo, a las obligaciones normales y corrientes de todos los días. La vuelta se demoró. Hace unos diez días el traumatólogo me había negado el alta mostrándome en una pequeña placa cómo el hueso estaba demorando en cerrarse algo más de la cuenta. Sin embargo, todo estaba dentro de lo posible. Se había formado un cayo, las dos partes se iban uniendo poquito a poco… Hoy, por ejemplo, el día en que puedo caminar para donde me dé la gana, siento que el dolor todavía está allí. Atrás ha quedado un mes y medio de quietud en varios sentidos, una especie de negación del tiempo y sus particularidades. Mirando para atrás trato de recordar alguna otra instancia parecida. Recuerdo la neumonía de 2003, con sus quince días horribles de fiebres y problemas para sacar el aire de los pulmones. Y recuerdo también aquel mes y algo de 1990, una hepatitis bastante fuerte que llegó justo en el comienzo del Mundial de Italia. Pero eso era distinto. Aquel reposo fue para aquel niño una forma más de estar en el mundo materno. El mundo, todavía, esperaría unos años más para llegar con todas sus fuerzas.
La imagen evocada más arriba del “vientre de la ballena” viene, de entre otros lugares, de un libro de la Biblia que es uno de mis predilectos, tanto como lo debe ser de mucha gente. Se trata del libro de Jonás, del Antiguo Testamento. En él, Yahveh escoge a Jonás como profeta para que cumpla una misión en Nínive. Jonás se niega y se sube a una embarcación con rumbo a Tarsis (que para los hebreos era prácticamente el confín del mundo). “Pero Yahveh desencadenó un gran viento sobre el mar, y hubo en el mar una borrasca tan violenta que el barco amenazaba romperse. Los marinos tuvieron miedo y se pusieron cada uno a invocar a su dios; luego echaron al mar la carga del barco para aligerarlo. Jonás, mientras tanto, había bajado al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente.” Como se sabe, también, más tarde los marineros descubren que Jonás es la causa de que Yahveh hubiera desatado esa tormenta, y lo arrojan al mar. A punto de sucumbir a la fuerza de las olas, Jonás es tragado por un pez gigante (o ballena) que su dios le envía. Tres días y tres noches está Jonás en el vientre de la ballena meditando su situación hasta que decide que tiene que afrontar el mundo, y eso es aceptar la palabra que Yahveh ha hecho bajar sobre él: ir a Nínive y advertir a sus habitantes de lo que les va a ocurrir si siguen viviendo en el pecado.
La imagen del vientre de la ballena se ha correspondido de allí en más con un estado de penitencia del alma. Pero también con un estado de reposo equiparable a una muerte de la que se sale renovado, afrontando de nuevo el mundo y sus obligaciones. Una tregua del mundo, o de uno mismo. Para los románticos, por ejemplo, la imagen de la caída total, de tocar fondo, era el paso previo a la renovación verdadera, a la ascensión liberadora. Hay unos versos de William Wordsworth en su “Preludio” que ahora me vienen a la cabeza y que son una ilustración perfecta de todo esto. Pero me vienen a la cabeza los versos y no sus palabras precisas.
De todos modos, hay otro aspecto del libro de Jonás que me conmueve tanto como lo del vientre de la ballena, y es la de Jonás durmiendo en el fondo del barco en lo más terrible de la tormenta. Es una imagen de una sensualidad como pocas pueda haber. Esa es la exacta síntesis del individuo que escapa o niega al mundo y sus vicisitudes por sentirlos demasiado. Es ese repliegue en nosotros mismos que esperamos tener siempre que vamos a dormir. A mí, desde niño, mucho antes de saber cualquier cosa de Jonás y su misión, me llega de vez en cuando, en los momentos previos al sueño, la sensación de que estoy en una especie de embarcación que boga a merced de la corriente. La sensación se intensificaba más (o se intensifica, como en estos días) al escuchar en la noche profunda el ruido del mar.
Fue un mes y medio extraño. Un mes y medio en el que la sensualidad de ir durmiendo en el fondo de una nave que boga nunca faltó. Esto puede querer decir entre otras cosas que nunca madrugué, que, como me pasa normalmente cuando no tengo que ir a trabajar, me acuesto después de las cinco o las seis de la mañana luego de quedarme leyendo, escribiendo o escuchando música. Pero llega un momento en el que el mundo llama demasiado fuerte. En este mes y medio escribí un libro que terminó teniendo extrañas coincidencias con todo lo que me pasaba. (¿Extrañas coincidencias?). En ese libro aparece literalmente el vientre de la ballena, y su protagonista es de algún modo una especie de Jonás para con las obligaciones de todos los días. Pero en vez de un barco, lo que es protagonista tiene es un tanque de oxígeno. En este mes y medio por primera vez vi la versión de Disney de “Pinocho”, que me pareció una gran película. Eso me lleva a recordar no sólo lo que yo escribí, sino la lectura de “La invención de la soledad”, de Paul Auster, hace unos meses. En ella Auster hace referencias explícitas y extensas no sólo acerca del libro de Jonás, sino también acerca de “Pinocho”. Se sabe que ese libro de Auster gira en torno a la figura del padre. Por si fuera poco para mí, en este instante me doy cuenta de que mi convalecencia me llevó asimismo de vuelta hacia mi padre. Miro a mi padre comer, encender la estufa, salir a cortar leña bajo la higuera del fondo y veo cómo el paso del tiempo ha hecho cosas sobre él que me duele ver. Ya no es el hombre del que yo escuchaba historias de otros lugares cuando era adolescente. De a poco recuerdo una de las reflexiones cruciales del libro de Auster, y que dice algo así como que, llegados a cierto momento de la vida, nos terminamos transformando en el padre de nuestro padre. Algo así como Pinocho, que tiene que ir a rescatar a su propio padre del vientre de la ballena. Ahora sí me acuerdo de todas las palabras de un verso de Wordsworth: “The Child is father of the Man”: “El Niño es el padre del Hombre”.

Posdata

Quizás este fue el sueño más importante que tuve durante toda la convalecencia. Ocurrió el domingo 29 de julio.
Yo era niño y estaba en el fondo de mi casa, bajo la higuera. Era de noche. Tenía una sensación de malestar; algo como si no pudiera ver a mi madre por ninguna parte. De pronto levanto la cabeza hacia el cielo y comienzo a ver un espectáculo que me llena de emoción. Decenas de estrellas fugaces cruzaban toda la bóveda. Cada una más sorprendente que la otra. Brillantes, enormes, veloces. Mi padre, más joven, se me acerca, me rodea con un brazo y me pide que preste la mayor atención posible a las estrellas fugaces. Me pregunta si son hermosas y yo le digo que sí, que lo son. Hasta que en cierto momento una en particular asume protagonismo. Se acerca de a poco hacia nosotros, brillando ferozmente. La estrella, cada vez más cercana, empieza a ocultar el resto de la noche. Dentro de la luz de la estrella se recorta una figura humana. Mi padre extiende un brazo hacia arriba. Un segundo antes de que la estrella caiga sobre mí, mi padre dice “¡Mirá! Es el arcángel Gabriel que viene…”.

Ese 29 de julio yo miraba el cielo nocturno y vi una estrella fugaz grande y anaranjada cruzar desde el este hasta el nordeste. Esa estrella me hizo acordarme del sueño.


sábado, 28 de julio de 2007

Meta tarta


Un poco de chatarra para terminar el viernes a la noche...
Hace tiempo que me llama la atención las distintas reacciones que tiene mi blog. Cada vez que pongo "tartatextual" en la barra de búsqueda de Google aparecen cosas raras, o más o menos. Como estoy en un momento de la noche (2:02 am) en que me dedico nada más que a llenar el tiempo, escuchando algunos discos de Tom Waits, acá va una lista de esos datos...


1- Según la página www.technorati.com , tartatextual figura en el puesto 3.908.717 de su ranking.
2- Además me informa este sitio que tartatextual trata esencialmente de cinco cosas, a saber: literatura, música, beatles, fiambre y telenovelas... Sí, señora...
3- Ya que estamos, digamos que a esta hora, en todo el mundo, la mayor etiqueta utilizada en los post de todo el mundo es sobre "adultos". ¿A qué no saben acerca de quién es la tercera etiqueta más popular en este momento? No, no es Maradona ni Julio Frade... Es Britney Spears... En el ranking figuran Bush (4º), Harry Potter (13º), Lindsay Lohan (16º).
4- Tartatextual, gracias a que los personajes de su novela "Los trabajos del amor" se desplazan en un Fiat Premio, está entre 7.535 blogs que han hecho algo parecido a nivel mundial (lo de nombrar a un Fiat). (Me parecen pocos, pero igual...).
5- La última conexión que aparece por ahora es del sitio www.kbcafe.com , que relaciona tartatextual con sitios que hablan de zapatos en cualquiera de sus partes. Al lado de la referencia a tartatextual figura un texto que no es mío, y que dice: "¿Puedo? Puedo ser un asesino en potencia. Puedo ser un hombre de negocios, y totalmente exitoso. ..."
6- Por ahí encontré una frase que puede ser muy buena para titular un cuento: "¿Cuáles son los tipos malos y cómo matarlos?"... Se me ocurre una variante que puede estar buena también: "Cómo matar tipos malos". La verdad es que es (o son) una de esas frases que ya a uno le dispara toda una historia... A pensar, entonces...

jueves, 26 de julio de 2007

Un discurso


De todas las entregas de premios de este certamen a las que he asistido (cuatro), nunca había escuchado del ganador algunas palabras sobre Morosoli y la vinculación de este nombre con la actividad que el premiado realiza. Cuando yo obtuve una de las menciones y fue a recogerla en agosto de 2003, quise decir algo, pero parecía que en ese caso los "mencionados" no podían hablar. Me entregaron el diploma, una maestra me estampó un beso para la foto y me hicieron señas para que me sentara. Así me quedé con las ganas de decir algo sobre mi fascinación sobre Morosoli. Luego habló Hugo Fontana, quien lo ganaba por segunda vez con "Quizás el domingo", pero sus palabras fueron más bien parcas y de rigor, sólo agradecimiento. Por eso este sábado tuve una especie de revancha. Estaba sentado en el medio del auditorio, un poco escondido, cuando vi que Valentín se levantaba, sacó un papel y empezó a leer. Más tarde, mientras cenábamos en Tres Cruces esperando para ir a Maldonado (habíamos quedado varados en Minas por ir a tomar algo y no darnos cuenta de tomar el último ómnibus a Maldonado), le dije que sus palabras me habían gustado mucho. Sacó el papelito del pantalón y me lo regaló. Debo decir que comparto punto por punto estas palabras que vienen, pero desde hace tiempo.

Agradezco a la Intendencia Municipal de Lavalleja, a la Fundación Lolita Rubial y a la editorial Banda Oriental.
Es un honor estar aquí para recibir este premio que lleva el nombre de Juan José Morosoli, uno de los más ilustres hijos de Minas. Incluso a riesgo de decir las mismas palabras trilladas que estamos acostumbrados a escuchar en las premiaciones, tengo que reconocer que debo expresar que la emoción es sincera. En mi caso concreto de escritor hasta hoy inédito, este premio me da la oportunidad de ser conocido por miles de lectores en todo el país, para cumplir la experiencia misteriosa y telepática que es la lectura.
Valoro y reivindico el realismo de Morosoli, totalmente vigente en este siglo XXI.Reivindico la tarea que él logro, de unir lo pueblerino con lo universal, sin caer nunca en el facilismo localista.
Dentro del Uruguay existen muchos Uruguay que esperan que la literatura los reinvente y les dé el carácter mítico que necesitan.
Nuestra venerable historia literaria todavía muestra, con una guiñada, miles de hectáreas vírgenes. De la firmeza y la determinación con las que y los que escriben tomen las biromes, los lápices o tipeen los teclados dependerá que esos mundos que piden cancha salgan o no a la luz de una página. Dedico este premio a toda mi familia y especialmente a mi hija Julieta.
Muchas gracias.

Algo más


Los días de reposo, que me van a durar todavía hasta la primera semana de agosto, han dado para terminar un relato bastante extenso que en un momento en este blog titulé como "Papá es un tipo bastante mentiroso", un título más que falso, porque estoy pensando en enviar el material a algún concurso. Pero bueno, no estoy del todo seguro aún, puede que quizás termine por mandárselo a algún editor. Al final fueron alrededor de cien páginas de cuadernola de una historia de celos y de niños contando las cosas que su padre hizo para poder aislarse del mundo. En el "Diario del dedo gordo del pie derecho" anoté algo sobre eso: "[día 1: 26 de junio] (...) Una explicación que por qué no he corregido lo que he tenido que corregir? En gran parte el hecho de estar escribiendo apasionadamente , diría yo, un relato largo que empezó una noche de hastío de corrección, por el 13 de junio. Es más, también surgió un poco cuando me enteré del llamado a un concurso nacional de narrativa que es bastante importante. Me dieron ganas de participar con algo y de ganar, si es que en el diario voy a empezar a ser honesto del todo. Es un dinero que en mi actual condición me vendría muy bien. Sobre todo, quería encontrar un estilo de escritura que se amoldara a las obligaciones y los tiempos que tenía hace un par de semanas y que, en suma, me exigiera lo que yo estaba dispuesto a darle. Básicamente por eso es que escribo este relato y no me pongo a terminar ninguno de los cuatro o cinco otros proyectos que tengo inacabados. En casi dos semanas ya tengo algo más de treinta páginas de un relato que aún no tiene un nombre definitivo (...), un relato que por momentos me divierte y siempre me genera placer escribir, un relato en el que voy encontrando cosas que me gusta encontrar."
Ahora me voy a volver a dedicar a los restantes capítulos de "Los trabajos del amor".

jueves, 19 de julio de 2007

Bajo el peso del recuerdo

Ahora que estoy por (re) publicar la tercera parte de “Los trabajos del amor” cuento algo vinculado con esta novela y que me pasó hace unos minutos. En realidad, el asunto viene de más tiempo atrás, cuando yo soñé con algo así como la película de “Los trabajos…”, o más bien con su primer plano. Es una cámara fija, un plano abierto sobre una ruta. Algún que otro auto le pasa por al lado, pero la atención está en auto blanco que al comienzo no es más que un puntito que pincha el final de la ruta. De a poco llega el audio, una cumbia villera. El auto se acerca. Es un Fiat Premio totalmente blanco. La música se escucha más fuerte. El Premio se acerca a la cámara y de repente esta empieza a moverse como montada sobre el capó, todo sin cortes. El travelling se inicia y a través del parabrisas se ve a dos hombres con cara de cansados o hartos. El Premio gira hacia la derecha. Hasta ahí fue el sueño. Me acuerdo que una cosa que fui pensando con los días es que la música (por más que tenga que ver con el ambiente que se narra en la novela) tendría que ser otra cosa en vez de cumbia villera. Y llegó una noche en que puse “Rain dogs” de Tom Waits y encontré el tema perfecto: “Jockey full of bourbon”. Hace poco tiempo, observando cómo Felipe ha experimentado con animación en plasticina (http://www.diarioincoherente.blogspot.com/), le propuse que para este veranos al menos filmemos los primeros capítulos con el Toto y Morales hechos con plasticina. Parece que la idea le gusta. Le hice unos dibujitos del primer plano y quedamos en que más adelante íbamos a sentarnos a trabajar en lo que se podía llegar a hacer. Todo hipotético. Como cosas para hacer luego de llegar de la playa o en las tardes de verano lluviosas. Después le hice escuchar el tema de Waits con el que yo quería que empezara todo. Le encantó. Bien, hasta este punto todo va sobre ruedas, como en el plano… La cuestión es que esta noche, hablando con Franco, me entró una nostalgia por “Down by law” (Bajo el peso de la ley) una película de Jim Jarmusch que es de las películas que más adoro en la vida. Entré a http://www.youtube.com/ y encontré el trailer de la misma. Cuando empezó se me vinieron abajo ciertos sentimientos y otros subieron emocionados. La percusión y la guitarra ya me anunciaban que no iba a poder usar nunca “Jockey full of bourbon” para el eventual entretenimiento veraniego en plasticina. Esa canción era obviamente de la película y la que orquesta todo el trailer y le da ese toque sórdido y de mueca irónica que tienen las imágenes. En seguida me colgué viendo las distintas partes de la película que eran evocadas. Tengo ganas de verla de nuevo. Por supuesto que en youtube encuentro algunos otros fragmentos, como por ejemplo ese en el que los tres presos se encuentran en la celda y uno de ellos (Roberto Benigni) les pregunta si conocen a Walt Whitman y empieza a lamentarse de que los poetas norteamericanos a él le hayan llegado en italiano y no en inglés porque no sabe casi nada. Y luego la escena en que Benigni comenta cómo fue que llegó a la cárcel. Pero “Down by law” no es solamente humor. En ella Jarmusch logró expresar algo que me parece que es esa ignorada poesía de los bajos ambientes. Dejo aquí el link para que visiten la página y vean el trailer: http://youtube.com/watch?v=7BE2M-772dQ

martes, 10 de julio de 2007

Por una falange

Estimados usuarios de tartatextual:

Este post es meramente informativo.
El día 23 de junio, jugando al fútbol, casi pateé una pelota, digo “casi” porque en parte el viento me la birló y me llené la cara interior de mi pie derecho con una muy buena porción de suelo. Las consecuencias directas y más visibles de esto han sido una fractura en la segunda falange del dedo gordo del pie derecho y la imposibilidad para desplazarme a un cyber donde poder acceder a internet y colgar de este blog los textos que voy escribiendo. Los doctores de www.blogger.com me han prescripto un mes de licencia con el pie en alto y en cama desde la real comprobación de la fractura (día 26 de junio), por lo que solicito las disculpas por las molestias que esto pueda generar en el servicio. Mientras tanto me dedicaré a escribir y terminar un relato largo (o breve nouvelle), que podríamos titular acá, como para despistar, con el nombre de “Papá es un tipo bastante mentiroso”. También estoy con un diario de convalecencia que se llama (este sí es su nombre real) “Diario del dedo gordo del pie derecho”.
En el caso de que este y otros probables textos aparezcan en www.tartatextual.blogspot.com en el transcurso de este mes, eso se deberá a la inapreciable colaboración de los asistentes reunidos para el caso.
Cordial, atenta, cariñosa, amigable, entrañable y atentamente...
Damián González Bertolino

sábado, 23 de junio de 2007

El día de don VALENTÍN

El cholulismo bien al día: el enviado especial de tartatextual (izq.) posa para la fotografía junto al reciente ganador del Premio Nacional de Narrativa.

El corazón rodeado

Anteayer tenía un par de llamadas perdidas en mi celular. Yo estaba dando clase y mi teléfono, como corresponde al caso, se hallaba sepultado en la mochila en un rincón de la sala de profesores. Las llamadas venían de Montevideo, y, por algún motivo, yo sabía que eran de Valentín (aunque él use distintos números para llamarme a veces) y que tenían como fin darme una noticia que, de todos modos, yo andaba pregustando hacía varios días... Así es que a la tarde pudo encontrarme y anunciarme que había ganado la última edición del Premio Nacional de Narrativa Juan José Morosoli. El libro con el que ganó es un conjunto de cuentos y se llama "Jaula de costillas". Mi emoción fue inmensa, pero, en cierto modo, no me causó tanta sorpresa. Hará un par de meses, creo que la noche de mi cumpleaños, cuando yo lo acompañaba en bicicleta hasta su casa, le pregunté cuáles habían sido después de todo los cuentos que había presentado al concurso. Me dijo que unos seis o siete y me los nombró. Yo conocía casi todos esos cuentos y, conociendo también lo que se venía premiando en este certamen, me vino de a poco la sensación de algo como irreversible: Valentín tenía que ganar el premio. La selección constituida por "Jaula de costillas" es en realidad una parte de varios cuentos más que él quería agrupar bajo ese nombre. Como la extensión prefijada en el premio no aceptaba trabajos que excedieran las 125 páginas, tuvo que resignarse a dejar fuera del conjunto a varios cuentos que eran genuinos integrantes del mismo. Esos cuentos fueron mayormente escritos en el verano de 2006. A fines de ese verano leí uno que me pareció admirable: "Comadrejas", la historia de un profesor de filosofía atosigado entre las preocupaciones docentes, la necesidad de su mujer de ser madre y un extraño perro que cae en medio de todo eso. Recuerdo que haberlo leído me provocó uno de esos instantes eufóricos en los que uno siente la ilusión de haber querido escribir algo parecido. Uno llegaba después del mediodía a su casa, en medio del aire achicharrante del barrio Las Delicias y se lo encontraba a Valentín escribiendo contra la ventana cubierta por la cortina, al silencio de la siesta que dormía su hijita. Recuerdo especialmente de esos días la pasión con que creía en las historias que estaba haciendo, lo estrictamente personal que se le volvían. Los lectores de la colección "Lectores de Banda Oriental" tendrán a partir de julio la edición del libro que incluirá además de "Comadrejas" otros cuentos notables como "Dos padres o tres tumbas", "Sólo díganos lo que quiere" (me muero de la risa cada vez que me acuerdo de este cuento), "Amor en febrero". Así que a esperar unos días. ¿Cuál es el sentimiento que me queda después de todo esto, si es que puede referirse en términos más o menos literarios? Es que Valentín supo rodear, aprisionar y mantener aquello que hacía tanto tiempo estaba necesitando expresar: el corazón de un tiempo y un lugar. Esos tiempo y lugar son el Maldonado de hoy día. Digo también que con Valentín Trujillo y "Jaula de costillas" empieza de una vez por todas la narrativa en Maldonado. Maldonado ahora pasa a ser creado por la literatura, así como Onetti en otra época reclamaba que los escritores crearan de una vez por todas Montevideo. Para mí es el primer narrador que supo dar la dimensión de ese extraño fenómeno que es Maldonado y que estaba esperando por alguien que lo registrara con ojo avizor, imaginación y talento, de tal modo que pueda insertarse en un discurso mayor, universal. Y creo que "Sólo díganos lo que quiere" es un muy buen ejemplo de esto.

Post – data... Desmentidos

Tan pronto como se supo que un tal Trujillo había ganado el Banda Oriental, las felicitaciones y los saludos empezaron a arreciar sobre otro Trujillo: Henry Trujillo. Parece que al comienzo todo fue una broma del escritor Pablo Silva Olazábal, pero la broma se la comieron entera Inés Trabal, Carlos Caillabet y Silva Larrañaga (la ganadora del segundo premio, quien reside en Francia). La Red de Letras, una comunidad de escritores que se mandan mails todo el tiempo, casi colapsó con mensajes que iban y venían con las felicitaciones a Henry Trujillo y, al final, los prontos desmentidos de este último. El que paró un poco la pelota fue Leonardo de León, un joven narrador minuano que obtuvo una mención en el reciente Premio Espínola de narrativa. Leonardo (colaborador de Iscariote y de La Letra Breve) aclaró quien era el que se había llevado el premio. Otro tanto hizo después Alfredo Fonticelli, otro conocido nuestro con quien tuvimos, Valentín, Felipe García y yo, un programa de radio en Aspen FM en el año 2003. De todo esto de las felicitaciones erradas y los desmentidos Valentín ni se enteró. Como tampoco se habrá enterado de otra noticia que yo encontré casualmente en la web al poner en Google las palabras "Valentín Trujillo". Todos los primeros links hacían referencia a la muerte del actor mexicano de ese nombre. Lo interesante del caso, es que después venía un buen lote de links en los que el propio actor desmentía su propia muerte.

sábado, 16 de junio de 2007

Fiebre de códigos a la uruguaya


En la Ñ de hoy vi que "El código Blanes", el libro del fernandino (¿adoptado?) Marciano Durán, llegó a la vecina orilla. Hace unas semanas me había llegado un anuncio por mail acerca de que la novela se presentaba en el Centro Cultural Borges. Que a varios uruguayos, corrijo, que a varios habitantes de Maldonado, como yo, les llegara ese mensaje con tal información, significaba algo más que el abrigo de la esperanza de que fuéramos. Pues bien, hoy, 16 de junio, a ya medio año de publicada la novela, es nombrada por Ezequiel Martínez en su columna "pistas". Las palabras de Martínez ya anticipan un tiquiñazo sin tocar el libro: "¡Hasta trae un CD interactivo con extraños jeroglíficos para descifrar durante la lectura! Igualito a ya sabemos quién. En cualquier momento se vienen las páginas de ‘La conspiración Quinquela’, ‘El enigma Berni’ o ‘La hermandad Molina Campos’". No pongo ya en duda que Marciano Durán se debió haber pensado hace rato algunas de esas posibilidades que baraja Martínez o algo similar. Durán ha encontrado en la industria editorial uruguaya, y en muy poco tiempo, un hueco que casi nadie había sabido encontrar. Ese es su mérito mayor. Aunque cuando uno intenta leer alguno de sus libros se descubre que todo se resume en ese mérito. El escritor (si lo hubiera) se condensa y agazapa sólo en ese mérito y desplaza cualquier bondad literaria hipotética. El aporte de Durán, como hombre-mérito, es señalar que la industria editorial uruguaya puede sorprender en números. El asunto es que cuando uno se fija en los números de ventas no puede dejar de sorprenderse de que tanta gente haya comprado "El código Blanes" y de que ahora todo esto se extienda a Buenos Aires, que ¡vaya si tiene sus novedades! Creo que hay que sentarse a pensar en que si "El código Blanes" agotó cinco o seis ediciones en Uruguay, esto nos habla de una carencia de nuestros lectores, una carencia que, según he visto, atraviesa todos los grupos sociales. Porque que me caiga muerto ahora (con estos dichos no se juega me decía mi abuela) si esta novela, cuya supuesta trama está animada por un tema que vuelve hiperestésicos a varios de nuestros conciudadanos (a saber: las conspiraciones, la masonería, etc.), no deja de asombrarme por ese comienzo tan seco y tan kitsch, tan parecido al borrador de un borrador del guión de una de esas películas de yanquis contra rusos, chinos o musulmanes que pasan los viernes o sábados de madrugada en canal 4. Y dejo aquí consignado que no pude avanzar más que dos o tres capítulos, aunque me habría encantado tener un poco más de tiempo para saber a qué se podría haber llegado con un comienzo así. Redondeo: el éxito de su venta es la miseria del lector medio uruguayo. Y, por supuesto, que conste que no tengo nada en contra de los escritores que venden bien, porque bien que admiro a más de uno de ellos, a más de uno que pueden tildar de escritorzuelo de best-seller pero que puede narrar con una fuerza que deja en pelotas a más de uno de esos serios intelectuales de las letras.
Pero bueno, antes que yo, antes que Ezequiel Martínez, mi estimado Ignacio Fernández de Palleja (por más señas www.chorizoderueda.blogspot.com) publicó una reseña sobre "El código Blanes" en el número de enero de ISCARIOTE (nº 21). Es de las últimas buenas notas de Ignacio antes de su alejamiento de la revista, y en donde dice algunas cosas como estas: "El final de la narración queda abierto, lo que es un indicio firme de que la historia continúa. O empieza. Porque, a decir verdad, la trama es muy débil y aquello que la haría avanzar no hace más que acumularse. No hay prácticamente acción y los personajes son estereotipados y superficiales. El disco compacto tampoco aporta emoción. Es un éxito de ventas porque le ha salido al cruce a Papá Noel y lo ha encandilado con una presentación hecha por computadora, con banderas y pinturas, con el brillo del mito." La nota de Ignacio se llamó "El código frito", la de Ezequiel Martínez "El código oportunista" Yo soy más simple: "El código indescifrable".
Ahora me acuerdo de la cálida tardecita de diciembre en que se presentó el libro en el Cuartel de Dragones. Ignacio y yo nos sentamos juntos. La presentación incluía pantalla gigante con video introductorio, voz de locutor a la manera de los avances de cine y audio de óptima calidad. Antes que el libro, la importancia del evento parecía radicar en la presencia de Durán como una suerte de médium-semiólogo que revelaba algo que ni Barrán, Nahum, Williman y los que pinten se habían animado a decir sobre los orígenes de la patria y su futuro. Me acuerdo de que Ignacio andaba con su grabador, y en ese grabador él y yo empezamos a registrar en acento castizo (más él que yo) aquello que veíamos en la pantalla. Las luces estaban apagadas, y como el audio era atronador me pareció que nadie podría darse cuenta de lo que hacíamos. Hace unos meses Ignacio me trajo el casete y nos morimos de risa. Fue entonces que me acordé de una señora que estaba sentada frente a nosotros, toda endomingada y escuchando y mirando el video como si fuera el Sermón de la Montaña. A la salida, se dio vuelta y me miró como para partirme al medio, como diciéndome "¡Qué guarango!". Y sí, señora, le habría contestado yo, a veces no queda otra que hacerse el guarango.

miércoles, 13 de junio de 2007

Yes, we know you're 64


Hace un par de semanas, a propósito del 40 aniversario del disco "Sgt. Pepper’s", leí en el diario Clarín unas declaraciones de Charly García acerca de Paul Mc Cartney que me dejaron satisfecho, sobre todo porque admiten lo que a veces a costado mucho reconocer o, directamente, no se ha reconocido: "En realidad, es un disco de Paul: hace poco Ringo dijo que era una basura, y a John tampoco le gustaba. Lo que pasa es que cuesta reconocer que Paul es un genio. Odio cuando hablan de Lennon y no se dan cuenta de lo genio que es Mc Cartney; es que uno siempre idolatra al rebelde. Quizás no es tan inteligente, pero Paul es mucho más músico que John.". Estas palabras me parecen encomiables porque, si vamos al caso, Charly ha exhibido siempre un toque más o menos "lennoniano" y ha sabido jugar de "rebelde".
Recuerdo también una charla con Valentín hace también un par de semanas. Íbamos caminando un sábado de madrugada por Avenida España rumbo a su casa. Me decía que había visto la película "Let it be". "Let it be" debe ser, de toda las películas de los Beatles, aquella en que menos están los Beatles, es más, es el manual, para muchos, de cómo desarmar una banda. Por allí se ve a George y a Paul discutir por una línea de guitarra de "I’ve got a feeling". La cosa es que le pregunté a Valentín si él compartía algo que siempre se me hace presente cada vez que veo esa película. Y es que, fuera de la lucha de egos tan publicitada entre John y Paul, lo que se percibe todo el tiempo es la voluntad que tiene Paul para colaborar y tocar lo que sea y hacer lo que haya que hacer en los temas de George y de John. Es algo que casi no tiene parangón entre los otros Beatles y que quizás se deba a que Paul es multiinstrumentista (hay que recordar que en sus primeros discos solistas él tocaba absolutamente todos los instrumentos). Y no sólo se percibe esa voluntad que lo distingue de los otros, sino que es palpable que el único que está o sigue comprometido y tiene ganas (muchas ganas) de estar allí es Paul. Hay que ver la pasión que pone al hacerle los coros de "I me mine" a George, por ejemplo; o verlo tocar el piano en ese medley de rock de los ’50 al que se suma también Billy Preston (que tiene cara de no-me-puedo-creer-ni-que-me-maten-a-palos-lo-que-estoy-viviendo), mientras calientan motores. La energía de Paul en "Let it be" es altamente contagiosa. Mientras George canta mantras atrasados, mientras Ringo espera una seña y John y Yoko se juntan a hacer dibujitos debajo de un piano, Paul desborda energía por lo que está haciendo. No se aguanta. Creo que eso se nota también en su primer disco solista, el "Mc Cartney". Por cosas como estas yo he llegado a admirar a Paul, aunque algo tardíamente; y eso sin desmedro de mi pasión por las figuras de los otros.
Bueno, el caso es que, por los días en que me entero de que volvió a sacar otro disco, todavía con 64 años de edad, a poco de un gran trabajo como el "Chaos and creation in the backyard", veo en una disquería de Montevideo el disco "Ram". Así es que, después de tantas veces de verlo y desearlo y terminar por comprar otra cosa, lo sumo a lo otro que me llevaba. Antes pedí para escucharlo en una de las compacteras. Nunca había escuchado una sola canción del "Ram". Y la verdad es que me empezó a sacudir. Otra vez esa energía.
Estaba en Montevideo porque mi hermano Franco tenía que tocar como músico invitado en un espectáculo de Juventudes Musicales, en la sala Zitarrosa. Tocaba junto al compositor y guitarrista Vladimir Guicheff Bogasz una obra para guitarra, viola y marimba llamada "Ah". "Ah", de "Ah! Me olvidaba de algo", explica Guicheff en el escenario, más tarde. Por culpa de Paul, por quedarme prendido escuchando "Ram", llegaba tarde al espectáculo, por culpa de Paul, por pasar el disco a mi discman y caminar escuchándolo, me pasé por alto la sala Zitarrosa y llegué hasta la Plaza Independencia casi sin darme cuenta. Al final llegué en hora. Al comienzo hubo un recital de una pianista y una soprano haciendo cosas de Bellini, Donizetti, Mozart, Häendel y Serebrier. Después vino Guicheff, solo, con su guitarra, ejecutando piezas de Villa-Lobos, Leo Brower y también suyas. Al final subieron, para el cierre, mi hermano y la muchacha que tocaba la marimba. La obra "Ah" es, de algún modo, un tributo a los devaneos vanguardistas, a Varése y a Brower. Los instrumentos abrieron tocando segundas, produciendo un fuerte batimento en las ondas. Y así siguió todo. Cualquiera podía entrar y, como en muchas expresiones del arte moderno, percibir que "hacían que tocaban mal". En eso podría estar (en eso, o en la tranquilidad de saberse soportado por el sonido ambiente) el hombre que al fondo se echó su buen soñito y empezó a roncar cada vez más estridentemente. En un pasaje Franco tenía en la partitura un calderón (algo así como la posibilidad del interpretante de jugar a piacere con el silencio) y comenzó a dejar entrar el ronquido entre su solo, para que se acomodara de a poquito. Risas. Al final, una chica no lo soportó más. Se levantó casi desde el centro de la sala, estirándose en la oscuridad, y literalmente expulsó al hombre del recinto. A la calle.
A la calle tenía que irme yo. Eran las 21:55. La obra no había terminado y mi último ómnibus para Maldonado salía a las 22:15, para llegar a las 00:15, para acostarme a la 1:00, para levantarme a las 7:00, para entrar a clase a las 7:40. Me quedé con las ganas de conversar un rato con Franco. Hacía días que no lo veía. A una cuadra de la sala encontré un taxi que me llevó a Tres Cruces. El chofer quería saber de dónde era. Le dije que de Maldonado. Luego me dijo que él, antes de la crisis (¿qué crisis? Yo interpreté que hablaba del año 2002) había vivido en Cerro Pelado y cerca del centro. En verano vendía pareos en la playa. Hablamos de la conveniencia de vender en la Mansa y no en la Brava. "Hay gente con más guita del lado de la Brava. Pero en la Mansa no tenés tanto viento y la arena no es tan pesada, ¿viste?" Luego me habló algo más de si iban a sacar de su puesto a la Jefa de Policía de Maldonado y me bajé en la terminal. Serían ya las 22:05. No tenía tiempo de ir al baño. Me lamentaba no haber ido antes de entrar en la sala, tres horas antes. Saqué el pasaje y compré algo para comer en el camino. Un juguito multifruta y un alfajor Milka… Bueno, no sé por qué, pero me dieron ganas de comprar otro más. Subí al ómnibus. Asiento 30. Pasillo. En el asiento del lado de la ventanilla un hombre que chupaba un chupa chupa. Arranca el ómnibus. No, no. Se detiene. Sube un muchacho. Es mi hermano. Se va hasta el fondo. Recién en ese instante me ve. Me pregunta qué ando haciendo arriba de ese ómnibus. "Te vine a ver", le digo con aire de madre. Tiene asiento 42. Nos vamos para el fondo. Viene una mujer buscando el 43 y mirándome con cara de descolocada. Le hago el canje de asiento. Abro mi alfajor y le paso el otro a Franco. Dos alfajores. La vuelta a Maldonado era perfecta. No podía pedir nada más. Terminamos de compartir el juguito y me metí en el baño. Nunca había usado el baño de un ómnibus. Fue mi primera experiencia. Y bastante particular, por cierto. La ventana estaba abierta y digamos que la frescura que entraba me parecía algo sofisticado. Hasta que en unos semáforos paró al lado de mi ómnibus otro de pasajeros, uno departamental, un Cutcsa, creo, y a la señora que miró por el recuadro de la ventana, iluminado por los focos de la vía pública, no le pareció nada sofisticado lo que yo hacía. Vuelvo al asiento. Le pongo a Franco los auriculares para que escuche al menos un minuto de cada tema del "Ram". Un minuto, nada más. Lo controlo. Franco empieza a reírse, a sacudirse en el asiento. Es la energía de Paul que llega. Delante hay una pareja, más o menos adulta. Piden silencio, Quieren dormirse. Pero en realidad, se la pasan dándose besos. Y más cuando apagan las luces. Un policía, parado al lado del baño, nos observa de tanto en tanto. No entiende mucho. Le cuesta meternos el rótulo, me parece. Luego es mi turno. Me coloco los auriculares. Franco estira su asiento hacia atrás. Y yo entro en el resto de la noche mientras Paul canta "Too many people".

sábado, 2 de junio de 2007

La construcción de la torre

Julio Herrera y Reissig, según Alfonso Larrea (Larry)

A la hora de comentar la reciente edición de un libro tan singular y por tanto tiempo inédito como Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer (1), de Julio Herrera y Reissig, resulta significativo empezar por otro Herrera que a comienzos del ‘900 daba su diagnóstico sobre la situación del Uruguay. Se trata de Luis Alberto de Herrera, el dirigente del Partido Nacional, quien en 1901 dedicaba a la memoria de su padre «algunas ideas de concordia» que constituirían su obra La tierra charrúa. En ella el político se interroga, luego de una vasta mirada hacia los orígenes de la república y el surgimiento de los partidos, acerca del futuro del país que ya ha entrado al siglo XX y recibe los perentorios llamados de la Modernización. Y la conclusión de Luis Alberto de Herrera no es sino esperanzada. Luego de insistir durante todo el libro con la idea de la infertilidad de declarar la supremacía de cualquier partido tradicional por sobre el otro («Los partidos existen y es preciso aceptarlos. Seamos prácticos y aprovechemos en educarlos el tiempo que perderíamos en la pretensión de suprimirlos.»), el autor vaticina en el capítulo titulado «Los nuevos horizontes» la entrada de la república «en el tercer período de su edad, que puede titularse etapa cívica.» Y va más lejos: «Cuatro años hemos corrido en ella y ya el país se ha dado cuenta de que alcanza nuevos tiempos y de que los días de una felicidad positiva han llegado por fin.» (2)
Luis Alberto de Herrera contaba con 28 años cuando formulaba estos conceptos. Sin embargo, la visión de Julio Herrera y Reissig, tan sólo dos años menor, era diametralmente opuesta. Por 1901 Herrera y Reissig escribía efusivamente su Tratado de la imbecilidad del país..., una obra quizás iniciada en coautoría con Roberto de las Carreras, su amigo por esos días y figura de los encuentros en la Torre de los Panoramas, el cenáculo que funcionaba en el altillo de la casa del primero. (Al menos podría decirse que la iniciativa de la escritura de esa obra surgió de los interminables diálogos entre ambos poetas). Dentro de las primeras treinta páginas había escrito: "Los uruguayos son (…) unos primitivos, pues no creo que exista pueblo en la tierra más refractario a las innovaciones, a los perfeccionamientos que todo progreso entraña, y que son la característica necesaria de una evolución" (pág. 138). La crítica que conlleva el título del libro y la esencia burlona, a veces devastadora y desesperanzadora, del mismo vienen de un joven de 26 años cansado y a la vez lúcido en muchos sentidos. La lectura y comparación de los pasajes citados de La tierra charrúa y de Tratado de la imbecilidad del país… denuncian la existencia de una mirada co-generacional y diferente acerca de la situación del país. ¿Cómo se explica esto? En un primer momento considerando que Herrera y Reissig era un joven que en vano buscaba un trabajo que consolidase su posición económica luego de una prebenda a la que había renunciado por principios políticos; un joven a quien defraudó la actividad en las propias filas del Partido Colorado, del que fue figura relevante su tío, Julio Herrera y Obes, elegido Presidente de la República en 1890.
Por lo anterior, precisamente, cabe señalar que la escritura del Tratado de la imbecilidad del país... es, de modo factible y al mismo tiempo, la construcción de una torre desde la que Herrera y Reissig volcará sobre la aldeana Montevideo de la época el vitriolo de su desprecio y su dolor.
Por otra parte, si nos atenemos a una dudosa clasificación de poetas modernistas que la crítica, por lo general, ha señalado como «torremarfilistas» y «comprometidos», de los que, muy a grandes rasgos, podrían ser respectivamente ejemplos representativos Darío y Martí, veremos con frecuencia que la actitud poética de Herrera y Reissig ha sido vinculada al primer grupo. El torremarfilismo, que tendría como premisa desatacada el cultivo de la belleza con el sólo fin de lograr la belleza, encuentra en Herrera y Reissig un caso interesante. Si bien la lectura de su poesía podría hacer asomar una intención de buscar la belleza y la suma expresión per se, por otro lado, la lectura del Tratado de la imbecilidad del país… nos permite encontrar de modo indirecto la figura de un poeta fuertemente comprometido, que de allí en más elaborará toda una poética que es una respuesta (aunque lateral) a todos los aspectos de la sociedad que le han desagradado. Leer el Tratado de la imbecilidad... es confirmar de dónde viene ese impulso poético que lo tendrá en vilo en sus prácticamente últimos diez años de vida; es notar que existe en él un interés muy arraigado en los problemas de su país y que para expresarlo elegirá finalmente otras vías de las que El tratado de la imbecilidad... parece ser su forma preliminar.
Herrera y Reissig tenía unos veinticinco años de edad cuando emprendió la escritura del Tratado de la imbecilidad..., al comienzo, quizás, con la firme intención de que fuera un texto en coautoría con Roberto de las Carreras, cuya influencia, tanto en cuanto a sus lecturas y su pose de poeta y ciudadano maldito, fue notoria. Las intrincadas y esquivas anotaciones que constituyeron la obra se diseminaban a lo largo de decenas y decenas de papeles de apretada escritura que durmieron una siesta poco más que centenaria hasta que el profesor, crítico y poeta Aldo Mazzucchelli llevó a cabo la ardua tarea de reordenarlos y darles forma de libro. Sin embargo, había existido hace algo más de una década un precedente: la edición de El pudor y la cachondez (Arca, 1992), a cargo de Carla Giaudrone y Nilo Berriel, y que es en realidad parte medular del Tratado de la imbecilidad...
Mazzucchelli, en un prólogo que ronda las cien páginas, describe minuciosamente los avatares de la escritura de la obra, dando al mismo tiempo un panorama valioso del contexto y de la interrelación de fenómenos que hacen del texto una de las obras que expresan más acabadamente el ideario y la reacción de los jóvenes del 900 ante la sociedad que les había tocado vivir (y sufrir en muchos aspectos). Una cosa que parece quedar clara es que en el Tratado de la imbecilidad... Herrera y Reissig se arroga hasta sus últimas consecuencias el derecho a su disidencia ante un modelo intelectual, estético y moral prestablecido, y el resultado final es una disidencia que se vuelve carne, que se vuelve un proyecto de vida (algo asimilable a, como lo sugiere Mazzucchelli en el prólogo, la desaparición del poeta del ambiente público más visible y su reclusión, o la intención de esa reclusión, en la Torre de los Panoramas). En ese sentido, si bien hay que decir que el libro está hecho del dolor de sentirse excluido y descontento por el curso general del estado y su población, no menos cierto es que con el correr de las palabras resuena tronante la risa despreciativa del poeta, una risa a la que por momentos no le interesa volcarse sobre aspectos o consideraciones que puedan llegar a ser inexactos. Eso, en el sistema de escritura del Tratado de la imbecilidad..., no interesa. Aunque en cuanto a su objeto y su tesis la expresión de esa disidencia no lo separe de otros pensadores de su generación o de épocas cercanas, el método en que la practica la transforma en algo singular (con la excepción hecha de la cercana escritura de de las Carreras). En el comienzo de La legislación escolar, por ejemplo, una obra de José Pedro Varela publicada en 1875, poco antes de su muerte, el autor había reflexionado incisivamente sobre la ignorancia y el atraso improductivo en que vivía la República en su primer siglo de vida: «Si de los sucesos políticos, descendemos a manifestaciones de otro orden para apreciar nuestro estado actual, encontraremos también que nada hay que deba causarnos satisfacción.» En el caso de Ariel, de José Enrique Rodó, por otra parte, el tono pasará a ser terminantemente moralizador; por lo que no es de extrañar que Herrera y Reissig, en sus notas preparativas al Tratado de la imbecilidad..., haya catalogado a Rodó en un margen como «el autorcillo de Ariel», ya que el tono grave o la solemnidad (ya ni siquiera la fundamentación concienzuda de Varela) no encontrarán réplica en su obra. De hecho la referencia que se hace a Herbert Spencer en el título y la constante recurrencia a pasajes de su obra Principios de sociología que se observa a lo largo de todo el Tratado de la imbecilidad... no deben despistar, porque en el transcurso de la escritura se revelarán como meras apoyaturas. Las primeras páginas introductorias, dedicadas a un diagnóstico del país y su gente, dejan ver lo antedicho. Puede leerse en ese sector la consigna desde la que parte Herrera y Reissig: «El grupo de los uruguayos me resulta una cosa que no está formada, algo primitivo que corresponde a la primera etapa de la evolución sociológica, cuyas unidades físicamente ordinarias parecen apósitos nerviosos elementales, donde no se concibe la integración de ideas, complejidad de agregados intelectuales, y por lo mismo apropiaciones psíquicas compuestas.» (pág. 108). El resto de la obra será, en consecuencia, una larga ejemplificación de estos preceptos. Y apenas dos páginas más adelante, empieza lo que se podría llamar «la impostación», el tono de escritura que utiliza Herrera y Reissig y que le permite aplicar a piacere los fundamentos de Spencer en su Principios de sociología. El uso de esos fundamentos se transformará en definitiva en un subterfugio, una estrategia para decir lo que se quiere decir, aunque, como se puede apreciar, eso no impida que se llegue a verdades inocultables acerca de nuestra idiosincrasia. También, por otra parte, la impostación se abre paso en el instante en que Herrera y Reissig contrapone el "ellos", para referirse a los uruguayos, con el "yo" de su discurso. Algunos ejemplos… Al volcarse hacia ciertas reflexiones que tratan de darle una explicación a la división partidarista del país (sobre la que Luis Alberto de Herrera proponía fórmulas conciliatorias), Herrera y Reissig deja la siguiente afirmación: "En definitiva, el partidarismo de los uruguayos no es nada más que un odio medioeval, un odio ciego, una excitación salvaje, una impulsividad heredada regularmente de sus antepasados, aquellos bárbaros que afilaron sus armas en los huesos de los consanguíneos, bajo el sol ensangrentado de las horrendas carnicerías. Esta impulsividad rencorosa coloca a los uruguayos a la altura de los pueblos más atrasados de la tierra, como ser los dacotaks, los Kamtchadales, los Africanos del Este, los papúes, los hotentotes, etc." (pág. 118). En su constante recurrencia a comparar aspectos identificatorios de los uruguayos (pasando por el tamiz de los Principios de sociología de Spencer) con otros pueblos del mundo, Herrera y Reissig se saltea evidentemente que fenómenos muy similares, quizás hasta idénticos, pueden tener orígenes no siempre reconciliables. Ejemplos y fundamentos de Spencer son expuestos como comodines para expresar su disidencia, y en eso, básicamente, consiste la "impostación" de la que hemos hablado más arriba. Se trata de una "impostación" que hace más laxas algunas consideraciones que se puedan hacer sobre el "ser nacional" y que, en el fondo, más hablan de la situación personal de quien las enuncia que de una realidad estrictamente objetiva. "Los hombres de Montevideo se parecen a las solteronas por la chismografía, fruto del celibato, del onanismo. Son excéntricos, envidiosos, irascibles (…) Los uruguayos son espías por temperamento. Hombres de todas las edades, mujeres de todas layas, se ocupan con deleite de averiguar lo ajeno. La dilatación es intuitiva en esta gente aviesa. (…) No se les escapa nada a los uruguayos, ni siquiera una aguja, cuando se empeñan en seguir los rastros de los pecadores. (…) Gozan, a semejanza de los boschimanos, de una vista telescópica. También pueden competir con los karens del Indostán los que, según Spencer, ven tanto a la simple vista como un hombre con anteojos. (…) Asimismo, poseen los uruguayos un oído delicado, no tanto para la música como para escuchar los pasos de Mefistófeles, las sandalias de Afrodita. En este sentido sobrepujan a los abispones, a los tupís y a los indígenas del Brasil, de los que refiere Rendón que oyen cosas imperceptibles para los europeos." (pág. 225). En este último caso ya parece quedar más ostensible que la reunión de la cultura uruguaya con las consideradas como "inferiores" durante todo el libro es un recurso de la escritura. Pero ese recurso de la escritura, que en definitiva pretende socavar la altanería de una clase y un pensamiento dominantes, se funda en un prejuicio del autor al abordar los casos de las otras culturas que considera más atrasadas, privándolas, en última instancia, como dice para el caso Lévy-Strauss en Raza y cultura, de un "grado de realidad" y convirtiéndolas en un "‘fantasma" o en una ‘aparición’". Esto debe sumarse a que las yuxtaposiciones entre una cultura y la otra (la uruguaya y "la otra") obvian los contextos precisos en que cada una se desenvuelve. Todo lo cual no hace sino restarle el verdadero carácter científico o sociológico al Tratado de la imbecilidad del país… para transformarlo en otra cosa, y que es un procedimiento de análisis que está superado previamente por su propósito. Por lo tanto, como se aludió anteriormente, el texto dice más sobre la necesidad de un individuo de identificarse que de la identificación de valores objetivos de una cultura. Sobre esta doble manifestación consistente en "la necesidad de identificarse" y "la identificación objetiva de un conjunto de valores" en una cultura, y a propósito de la discusión acerca del sentido de la identidad en el Uruguay, Daniel Vidart redactó un ensayo clarificador titulado "Sobre la identidad nacional" (3). Vidart impugna la carencia de una visión objetivadora sobre la identidad de los uruguayos en Viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin y El Uruguay y su gente, de Carlos Maggi: "Al igual que Darwin los anteriores y posteriores retratistas del homo uruguayensis, tanto los extraños como los propios, se guían por las primeras impresiones o por sus personales prejuicios, actitudes que los llevan a generalizar el talante grotesco de algunos personajes o exaltar frívolamente ciertos aspectos del ser colectivo." (pág. 73) Sin embargo, es probable que haya que eximir a Julio Herrera y Reissig y su Tratado de la imbecilidad del país… de este juicio de Vidart, porque el proyecto de escritura de esta obra incluye, mucho antes que el fin de una "radiografía sobre el carácter nacional", el impulso de un individuo que se está alejando de un determinado "contrato social", y para eso escribe su tratado, para tomar la debida distancia. De ahí que quizás suene excesivo extender al libro de Herrera y Reissig la lectura de ojo científico que Vidart hace de Maggi y hasta del Benedetti de El país de la cola de paja. No obstante hay que decir, y esto Vidart no lo niega en su ensayo, que las aproximaciones no científicas a los caracteres de la nacionalidad sean descartables, sino que revisten su importancia (4), tanto entre los propios como entre los que no, como es el caso de miradas extranjeras que van desde La tierra purpúrea, de William Henry Hudson a El Norte profundo, de Carlos María Domínguez, pasando por El uruguayo, de Copi (Raúl Damonte) (5). Como sea, unas palabras de Carlos Maggi en El Uruguay y su gente (6) parecen congraciarse con la actitud de Herrera y Reissig: "(…) en el Uruguay pasa exactamente lo mismo. Los hombres de pensamiento, los artistas y creadores se entristecen, se avergüenzan y por fin se van poniendo agrios a medida que salen de la adolescencia y olvidan la primera alegría de saberse con talento; es como si ese talento se les hiciera úlcera (…) Se los ve enfermarse hasta caer en la egolatría; abandonan el orgullo; se resignan a la vanidad; hablan sin dialogar; publican, cuando publican, sin dirigirse a nadie; están enojados, cuando su oficio es justamente, encarnar las fiestas del alma." (pág. 59). Si estas palabras de Maggi no resuenan como un retrato de la decepción del Herrera y Reissig que aún no ha llegado a la treintena, poco falta para ello. Asimismo, pueden encontrarse tanto en el Tratado de la imbecilidad del país… como en El Uruguay y su gente algunos puntos en común que devuelven a los lectores una imagen por momentos incambiada del país entre el 900 y la generación del ’45. Para ambos, el mate es una suerte de receptáculo de la holgazanería o de la abulia existencial de los uruguayos. Herrera y Reissig, en el pasaje en que compara a los argentinos con los uruguayos, dice de los primeros que "el té a la inglesa les había hecho olvidar el mate a la criolla; no eran holgazanes sino proyectistas, modelos de actividad febril" (pág. 172). Maggi, por su parte, habla de que "Rumiamos mate y que el mundo caiga (…) cebamos nuestra flojera, procuramos, como fin supremo, lograr el descanso y la seguridad; no el triunfo o la satisfacción o la autenticidad personal, no el cumplimiento de cada uno, sino la falta de riesgos; la previsión completa que nos saque de cuidados para siempre y nos permita decaer en la mateada, la siesta, la playa, la jubilación o cualquiera de las otras fórmulas del sosiego." (pág. 49). Las ideas no están lejos de lo que describe Richard Lamb, el protagonista de la novela La tierra purpúrea, cuando recorre Montevideo en 1870 y se encuentra con la gente sentada fuera de los comercios, esperando por lo que vaya a pasar aunque nada pase, haciendo "nada" simplemente para esperar a ver qué sucede, si se aproxima una nueva revolución o no. ¿Algo homologable a una de las seis constantes que Carlos Real de Azúa en Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (7) encuentra en nuestro carácter como sociedad?... "(…) la amortización del disenso social (…) en el sentido de generar un conformismo" (pág. 95).
El Tratado de la imbecilidad del país… es un libro que seguirá suscitando aún muchas más y extensas reflexiones. Es de particular interés también la presencia de dos capítulos de peso decisivo que se concentran en dos movimientos alternativos y complementarios: "el pudor" y "la cachondez". Herrera y Reissig extiende estos dos términos habitualmente asignados a la sexualidad hacia la manera en que los uruguayos viven y se relacionan entre sí. Y hay mucho más. Por ejemplo, su visión del campo (al que por esos tiempos le faltaban todavía los sacudones de la revolución de 1904) anticipa en cierto modo algo que se transformará en un reclamo agudo cuatro o cinco décadas después en los ensayos de Juan José Morosoli reunidos en La soledad y la creación literaria. La diferencia está, sin embargo, en el rechazo terminante que le produce el modelo de vida de nuestra campaña (a diferencia de Morosoli, cuyo perfil es notoriamente didáctico y denunciante (8)): "En varios paseos que he dado por nuestra campaña se me ha caído el alma a los pies, como vulgarmente se dice, al considerar la abominable dejadez del paisano, que ni siquiera para tener sombra durante el verano es capaz de plantar más árboles alrededor de su choza. Prefieren asarse vivos bajo el zinc o la paja durante el tiempo más caliginoso que agacharse un momento y revolver la tierra." (pág. 129). En este sentido, por ejemplo, la lectura tan sólo de los primeros poemas de Los éxtasis de la montaña supone una réplica al modelo de vida imperante, ya que en esos versos el Hombre entra en un ciclo natural, se acomoda a él, se sirve de la Naturaleza, pero no es el siervo ni el victimario de ella.
En síntesis, el volumen, descomunal, que puede caer en lo repetitivo, es comparable bloque por bloque, capítulo por capítulo, a la construcción de la torre que Herrera y Reissig erige furioso para una última finalidad que es, en la acumulación de razones (a veces razonada sinrazones o semi sinrazones) aislarse de su objeto de estudio, exorcizarlo, acceder a la cima de la torre (¿de marfil?) hasta no ver sino rasgos borrosos de los que infiere al pasar cosas que ni ese objeto de estudio ya se merece.

(1) Montevideo, Taurus, 2006 (441 págs.)
(2) Luis Alberto de Herrera: La tierra charrúa. Montevideo, Arca, 1969 (pág. 208).
(3) Publicado en Revista Nacional; Montevideo, Academia Nacional de Letras, setiembre de 1993, nº 239, pág. 62.
(4) Al respecto, véase el interesante trabajo del periodista deportivo Franklin Morales en Maracaná. Los laberintos del carácter (Montevideo, Santillana Punto de Lectura, 2005), una crónica sobre la obtención del Campeonato Mundial de Fútbol de 1950 en Brasil por parte de la selección uruguaya. Allí, Morales reflexiona, aunque a veces con suerte desigual, sobre el seleccionado del ’50 como una metáfora visible de determinados rasgos del carácter nacional y elabora la tesis de que el logro final revela un antes y un después en la historia del fútbol: el momento en el que el carácter nacional en lo futbolístico dio su último y letal coletazo en un mundo futbolístico que ya estaba desapareciendo y dejando el paso a una nueva era de disciplina y planificación en la que el fútbol uruguayo no sabría acomodarse.
(5) El reclamo de Vidart puede colmarse, o ver sus aspiraciones satisfechas, en un libro aparecido con anterioridad a su ensayo: Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora? (1984), de Carlos Real de Azúa, donde el pensador uruguayo concluye la identificación de seis constantes que aparecen en nuestra cultura a lo largo de los períodos históricos que van de la colonia a la dictadura de 1973.
(6) Montevideo, Alfa, 1968 (cuarta edición).
(7) Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2000.
(8) En Morosoli el reclamo por la situación acuciante del campo uruguayo deriva de la ausencia de políticas económicas y sociales que contemplen a su población, cuyo "éxodo" a las periferias de las ciudades será para el autor minuano su derrota, lo que se acentuará en las décadas inmediatamente siguientes a la implantación del modelo batllista.