lunes, 17 de diciembre de 2007

33


Me mudo de nuevo. Ahora vuelvo al barrio "Treinta y Tres", donde viví en los años 2005 y 2006, luego de vivir en Minas (2004). Así que en estos días he estado bastante atareado con las cuestiones vinculadas a los pasos previos a la mudanza, por ejemplo el de la limpieza. No he escrito mucho y no he podido leer tanto como he querido. Me urge mi amigo con el que estoy escribiendo una novela: él quiere seguir escribiendo, y es lógico, porque yo siempre quiero seguir después de que él escribe. Me urgen también el Toto y Morales, a quienes dejé corriendo en medio de la noche de Cerro Pelado, lo que, como sabemos, hay que pensárselo. Es que, una vez que abrí la puerta de la casa donde voy a vivir, para comprobar cómo estaba, descubrí tal desorden, tal deterioro y tal cantidad de mugre, que me he tenido que poner en campaña para dejar todo lo más habitable posible antes de traer los muebles. Ayer, por ejemplo, llegamos muy temprano con Felipe y comenzamos a pasarle brocha con agua y cloro a las paredes y a los techos del cuarto y del baño. Ordenamos luego algunas cosas más hasta que al mediodía Felipe se tuvo que ir a San Carlos. Vi que de a poco en la casa se estaba respirando otro aire, que se sentía más el olor a limpio y que se hacía más habitable. La casa del Treinta y Tres, como yo le llamo, puede ser muy acogedora. Recuerdo algunas semanas en mi infancia cuando mi abuela materna me iba a buscar a la escuela 50 del barrio San Martín, el barrio de al lado, y me traía a esta casa. Nos levantábamos muy temprano y veíamos la salida del sol sobre el arroyo Maldonado, a través de la ventana de la puerta de la cocina, mientras desayunábamos. Después salíamos a caminar hacia esa parte y pasábamos por un aljibe abandonado en la mitad del campo. Anteayer, al bajar por la calle en la camioneta con Felipe & Patricia, vimos que al fondo de la calle los árboles de ese campo ya no estaban. Todo había sido arrasado para la construcción de un complejo de viviendas. La tierra removida se veía de lejos. Pero regreso a la casa y a su irradiación de bienestar. Ahora mismo, al escribir este texto, me encuentro en una habitación vacía. Las baldosas son claras. La luz del comienzo de la mañana (digamos que son algo más de las 9) entra por un ventanal a mi derecha. En la habitación no hay mucho. Hasta hace un rato estaba completamente vacía. Ahora hay una mesa azul muy pequeña, toda despintada. Sobre esa mesa está mi notebook, desde el que además salen las notas de unas grabaciones de Bix Beiderbecke del año 1928. A la izquierda de la computadora está mi pañuelo marrón, lleno de mocos. A la derecha están el teléfono celular, una libretita de apuntes, una lapicera negra, un yogur de frutilla CONAPROLE de medio litro y un paquete de galletitas de copos y fibras. Me olvidaba de decir que la mesa está renga y tuve que poner una fotocopia de un capítulo de un libro. La encontré en una caja que tenía las únicas pertenencias que dejé aquí en mi ausencia, fuera de algunos pocos muebles. Es una fotocopia de un capítulo llamado "INÉDITOS DE G. GARCÍA MÁRQUEZ. De cómo el joven Gabriel descubrió al coronel Aureliano Buendía y a la novela juntamente", del libro "La riesgosa navegación del escritor exiliado". Gracias, Ángel Rama. Las otras cosas que hay en la habitación son la silla medio descuajerigada en la que estoy sentado, y, sobre su izquierda, en el piso, mis zapatos, los suplementos culturales "Ñ" y "adnCULTURA" del sábado pasado y el libro de cuentos "El exilio y el reino", de Albert Camus, lo que estoy leyendo ahora. Hace un rato Molly, mi gata de dos años, entró por el ventanal y cruzó la habitación rumbo al living buscando su tarrito con la ración. (Paro con la desciripción de la habitación porque si no esto va a parecer un elogio a Robbe-Grillet).
Cuando ayer se fue Felipe también me puse a escuchar a Bix Beiderbecke. Tengo una colección de catorce discos y me propuse agotarlos mientras me dedicaba a terminar de pasarle brocha al resto de la casa. Pero me ocurrió que barriendo y sacando telas de araña de la cocina, me vino un ataque de asma. Fue el primer ataque de asma del año. El último había sido, creo, a fines de 2005 o comienzos de 2006. Literalmente, quedé doblado. Me tendí unos minutos sobre una frazada vieja, en el piso y esperé en vano que se me pasara. Salí al fondo y tampoco hubo alivio. Como estaba solo y no tenía carga en el celular para llamar a mi padre para que me llevara al sanatorio, seguí esperando. Pensé en acudir hasta alguno de mis vecinos y pedirles ayuda. Pero conozco tan sólo a un par y parecían no estar, o durmiendo la siesta de la tarde del domingo, vaya uno a saber... El caso es que me parecía también bastante engorroso todo el trámite de tener que explicar qué me pasaba y ver cómo a mi alrededor se formaba un pequeño revuelo. Esperé más aún y maldije todo ese tiempo en que estuve por comprarme el inhalador y no me lo compré. Hasta que decidí salir en la bicicleta. Junté algunas cosas en la mochila y subí el repecho del comienzo del camino con la bici a un costado. Durante todo el trayecto, haciendo todo lo posible por dar la menor cantidad de pedalazos, sentí que había avanzado en mi vida medio siglo. Sé que cuando tenga entre 75 y 80 años me voy a sentir como me sentí ayer al querer ir al sanatorio.
Pero lo más interesante, como tenía que ser, ocurrió en el sanatorio, donde me tuvieron retenido un par de horas. Recuerdé que hacía un par de días había ido hasta allí, por otra complicación. (Olvidé decir que estoy con otitis en el oído derecho) Pero fue recién ayer cuando se me hizo bastante clara la idea de que ir al sanatorio con una crisis asmática no es lo mismo que ir por cualquier otra cosa. En mi caso, tiene que ver con la seguridad, porque cuando tengo una crisis asmática me vuelvo, me siento un ser absolutamente vulnerable. Pierdo la confianza en todo. Esa sensación me comunica inmediatamente con mi niñez. Yo tenía cinco años cuando enfermé de neumopatía aguda en el pulmón izquierdo. Pasé mucho tiempo internado. En esa época el sanatorio Mautone estaba sobre la calle que hoy es Joaquín de Viana (antes Avenida Artigas). Me acuerdo bien de algún domingo en que me abrían la cortina de la habitación y veía a poca distancia el ajetreo de la feria. Algunos sonidos traspasaban el vidrio y me ponían contento. Había sol. Recuerdo también una noche en que mi hermana Andrea fue con mi padre a visitarme y mi madre le pedía que no hiciera ruido porque me iba a despertar. Mi hermana tenía tres años. Trataba de llegar a una mesita en la que había algún juguete mío, creo que un autito. Cada tanto, mientras mis padres hablaban, mi hermana se movía, decía alguna cosa y volvía a intentar llegar hasta ese juguete. Entonces mi madre le repetía a mi hermana la advertencia. Tenía miedo de que yo me despertara. Lo que ninguno sabía era que yo estaba bien despierto y me hacía el dormido. Debe de ser el primer momento de mi vida del que tengo conciencia de haber ejercido esa práctica. Lo otro que me quedó bien fijado en la memoria, fue la noche que me desperté y me senté de golpe repitiendo "No me quiero morir... no me quiero morir". Mi madre, que dormía sentada al lado, se despertó también y me abrazó diciéndome que yo no me iba a morir, que ella estaba allí conmigo y que me iba a cuidar mucho. Ella creía que todo era producto de una pesadilla. Pero el hecho es que yo recuerdo muy puntualmente que sentía la angustia de la posibilidad de morir. No era una frase hecha o algo aprendido hacía unos días y que yo ponía en práctica para ver cómo era. Cuando vi "Annie Hall", de Woody Allen, me llamó la atención, aparte de reírme muchísimo, esa escena en que aparece el Woody Allen chiquito sentado en un banco de escuela y empieza a reflexionar sobre el valor de la muerte en nuesta cultura, o a preguntárselo, que es más o menos lo mismo. Yo era muy chico cuando pasó aquello, pero ya tenía esa conciencia, sabía que un día me iba a morir y que no iba a haber vuelta atrás, que después de morir no iba a pasar más nada, que todo se iba a ir o a perder, y que al menos necesitaba de la presencia de alguien a quien amaba para mitigar esa sensación. Veintidós años después no puedo cambiar mucho esa visión. De esa experiencia de la neumopatía me quedaron al menos, dos secuelas más. La primera fue el dejar de ser el niño más o menos rollizo de papá y mamá y transformarme en un flaquito enfermizo. La segunda fue un asma a veces furiosa, que me dejaba morado, al borde de la asfixia, y que hacía que mis padres agotaran recursos para poder tratármela o curármela, en el mejor de los casos. Gran parte de mi infancia es como una especie de tortuosa peregrinación hacia la soledad de verme a mí mismo esperando en salas con sillones que yo examinaba puntillosamente, o esperando que tras una puerta apareciera un doctor. Pero no sólo médicos vi, sino también, y esto creo que fue de las experiencias más extrañas de mi vida, toda una serie de expertos en sanación. Ya la palabra "sanación" tiene un reverso que es la palabra "curandero". Mis padres estaban verdaderamente despesperados. Yo casi ni podía respirar el aire del exterior. Cuando me llevaban a la escuela me envolvían en un montón de bufandas y los niños me miraban a la entrada como si llegara un emisario de Oriente. Allí mismo, en la escuela, yo tenía que pasar muchas veces los recreos dentro del salón. Había un par de maestas que me decían que yo era un niño muy imaginativo, que bajara de la luna por un rato. A mí esas palabras siempre me sonaron un poco injustas, quizás peyorativas. Como sea, para mí la imaginación estaba al alcance de la mano, y esta idea me viene de haber mencionado recién a los "sanadores" o "curanderos". Porque, ¿quién le puede explicar a un niño qué es la realidad, qué es lo normal y lo que no, cuando pasa por una experiencia como la que sigue?... Una vez mis padres me llevaron a un campo donde vivía uno de estos curanderos. El hombre tomó una "hoja" de tuna, le sacó las espinas y la abrió en dos mitades como si fuera un pan felipe. Luego colocó ambas mitades en el suelo y me pidió que me parara con los pies desnudos sobre cada mitad, como si fuean unas chancletas. Después de eso el hombre tomó las tunas, las santiguó y se las dio a mis padres con la instrucción de que las colgaran a los pies de mi cama durante determinado tiempo. No sé cuánto tiempo fue. Ahora arriesgo que fue un año, quizás. Lo cierto es que durante todo ese período yo me despertaba y veía a los pies de la cama, colgando de un piolín, a las dos tunas amarronadas, resecándonse, enroscándose la una con la otra en un abrazo cuya fuerza era la fuerza de querer hacerme algo o quitarme algo.
Vuelvo de nuevo al día de ayer, porque cuando el médico de guardia me examinó me vino súbitamente la vulnerabilidad. Y más cuando muy extrañado, el doctor me pidió que repitiera el número 33 indefinidamente mientras se fijaba con el estetoscopio en mi pulmón izuqierdo. La extrañeza le venía de que al revisarme ese pulmón, no lo escuchaba. La conclusión era medio obvia: no lo estaba utilizando. Así que me pasaron a otro consultorio para hacerme nebulizaciones y prepararme para una placa. Ese consultorio, que en realidad eran dos paredes de yeso que partían de otra de material, cuyo frente era un cortinado, era el "B3", que, ahora que lo pienso, es un 33, pero con el ceño fruncido. Inevitablemente, la concentación de la nebulización me comunicó otra vez con las experiencias previas. Otra vez esas horas de estar siempre mirando lo mismo, de saberme de memoria la variedad y las formas de los enchufes, las conexiones para el oxígeno. Otra vez ese tiempo muerto. La aguja del medidor de oxígeno y yo. Siempre. Y en seguida la certidumbre de la limpieza. La asepsia. Creo que por eso me gusta tanto la asepsia, la limpieza total en una casa. A mí el polvo me destroza, me deja como ayer. Cuando me voy tanquilizando, cuando salgo de mi vulnerabilidad en el sanatorio, entro como en una ensoñación en la que la asepsia es su marca. Ayer, entre las nebulizaciones y los varios disparos con Ventolín, el ritmo cardíaco me empezó a subir, las manos me hormiguearon y se pusieron a temblar. Un dulce mareo me hizo recostar en la camilla y dejar la vista en cualquier lugar del techo, tan blanco... Y entonces me di cuenta de una cosa que me gustaba de tener asma, cuando era chico. Eran las historias que comenzaban a llegar. Porque ayer también llegaron. Yo recostaba mi cabeza y miraba el techo mientras el suero goteaba sin apuro, y escuchaba las voces que llegaban de los otros consultorios, voces que le hablaban al mismo médico que me había atendido a mí hacía unos instantes, y que en ese momento empezaban a construir vidas, otras vidas muy distintas que se reunían con la mía a lo largo de los consultorios. Eran vidas que yo iba sintiendo a través de las paredes de yeso y que lo disgregaban al punto de que yo hacía un esfuerzo y lograba ver los rostros de esas voces. Pasaba a vivir las vidas de los otros a partir de esas voces y lo poco o mucho que le contaban al médico. Yo no lo podía evitar ni ocultar, era como si me saliera un grano en la cara. Mi madre me hablaba y yo no le daba bolilla. Y así se iban las horas de internación. Ayer había dos niños. Uno había pasado corriendo y se había hecho algunos cortes muy profundos en la cara al darse contra algo. El otro se había caído de la bicicleta. El médico y sus padres estaban a la espera de unas placas o no que confirmaran o no la fractura. Luego llegó un hombre de unos cincuenta años, quizás. Un obrero que salía de la construcción y empezaba sentir un dolor muy intenso en el brazo. Cuando llegaba a la casa no podía más. Como ayer era domingo y no trabajó, no le dolía tanto. Después llegó el cirujano para coser la cara del primer niño. Apenas dijo unas palabras ya me vi venir el resto de la historia, lo que pasaría en cinco minutos más. "Hola. Vos y yo somos amigos y vamos a estar juntos y tranquilos ahora. Vas a ver que no te va a doler nada". Yo me preguntaba por qué el hombre hablaba gritando. Cuando le fue diciendo al niño cosas como "Mi vida" o "Mi amor", me pareció una versión más o menos científica de Susana Giménez. No había duda de lo que iba a suceder. Lo primero en que pensé fue un pasaje de la primera parte de "Mientras escribo", de Stephen King. Allí King habla de su infancia y de su detestable experiencia con los doctores, y en especial con la frase "Esto no te va a doler". El autor entonces cuenta que luego de una frase como esa le metieron la aguja de una jeringa dentro de un oído y sintió cómo le reventaba todo dentro de su cabeza. Se ve que estaba para acordarme de libros. Cuando empecé a sentir los gemidos del niño me imaginé al doctor aplicando sus intrumentos sobre aquel rostro ante la mirada permisiva de los padres. Y entonces me acordé de "La isla del Dr. Moreau", de H.G. Wells, en la parte en que el protagonista siente a través de las paredes los gemidos lastimeros de los animales al ser operados sin anestesia e injertados con partes de otros animales.
Cuando pude respirar normalmente me hicieron la placa. Al final, resultó que todo estaba bien en el pulmón.
Salí del sanatorio, me subí a mi Ondina y pedalée lentamente hasta el Kennedy. Allí estaba mi padre.

4 comentarios:

Hebert Zarrizuela dijo...

Damián:

Precioso texto. Sensiblemente desbordado por la evocación. Al leerte, recoré mi propia infancia, nada exenta de enfermedades, máscaras de oxígeno, y escenarios gélidos como los que describes. Y sobre todo el miedo...el horror y la impotencia de saberme enfermo y subyugado a esos seres blancos que yo veía como monstruos.
¿Recuerdas la simbología maligna del blanco usada, entre otros, por Melville?
También recuerdo a mis padres, pobres... Se morían de miedo.

Ignacio dijo...

18

Anónimo dijo...

Un poco bravo lo de esos sucesos del asma que referís. El lector queda un poco en ascuas, aunque sabiendo que la cosa no pasó a mayores, porque hay algo escrito al respecto, y eso sólo puede pasar si el tipo se recuperó.
Pedro.

Baguette dijo...

Conozco otras historias de personas que estuvieron muy enfermas o en cama durante mucho tiempo en la infancia, y que también resultaron ser escritores (uno de ellos, Levrero) o personas muy creativas. Se ve que ese estado empuja hacia adentro y conecta con la sensibilidad.

Me conmovió mucho este post.

Lo de la hoja de tuna como chancletas es genial.

Gracias!