martes, 11 de diciembre de 2007

Gusto a perro

El domingo, creo, tuvo que haber sido uno de los días más importantes de mis últimos cuarenta años... Todo aconteció en un taller de bicicletas y motos de Punta del Este, uno que queda al lado del liceo. Quienes pasan a esa altura de Bulevar Artigas tienen que conocerlo, y tienen que haber visto alguna que otra vez el perrazo enorme que hay allí. Se trata de un gran danés negro casi de mi tamaño. Si lo ponen en dos patas yo creo que termina siendo más alto que yo, que mido un metro ochenta y cuatro. El asunto es que yo tenía mi ONDINA con una pinchadura en la rueda trasera y con los tacos de los frenos de ambas ruedas totalmente gastados. Cuando llegué ese domingo al mediodía, la bici todavía no estaba pronta, así que me tuve que aguantar por ahí mientras un chico me la arreglaba. Tenía un ensayo de Montesquieu sobre el tema del gusto, así que me apoyé en una barra de hierro que aguantaba el techo de chapa que luego al cerrar se transforma en portón, algo de eso. Yendo a lo del libro de Montesquieu, ¿verdad que es una reverenda estupidez esa frase que dice que "Sobre gustos no hay nada escrito"? Porque sobre gustos, sobre gusto, hay mucho escrito, camiones de camiones. El tema es que Montesquieu escribió ese ensayo para la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, y yo lo estaba leyendo lo más bien, porque se nota que Montesquieu andaba volando, ¿no?, la rompía el pibe... Estaba en eso digo, cuando con mi vista periférica detecté una especie de tormenta al nivel del suelo que se aproximaba ni muy rápida ni muy lenta. Recuerdo que muchas veces yo pasaba en bicicleta por Bulevar Artigas y miraba hacia la calle lateral adonde da el taller y me detenía a observar a ese perro inmenso, durmiendo en medio de la callecita, ocupando todo, y me asombraba de que la gente le pasara por al lado como si fuera de bronce. A mí me daba cierta envidia esa gente. Hasta que me llegó el momento. El perro se me acercaba. Noté que ya no era joven, porque caminaba como si tuviera las extremidades flojas. O a lo mejor las tenía entumecidas de tanto dormir... y se levantaba con ganas de comer algo o de pura acción. Yo hice como que seguía leyendo, y de pronto sentí que me tocaba el muslo derecho con su nariz húmeda. Me dejó una mancha del tamaño de una aceituna en mi pantalón claro. A mí se me aflojó todo. Pensé que si esa situación se prolongaba un poco más, me iba a terminar desmayando, y ahí sí, el perro me iba a apretar el cuello y me lo iba a desgarrar. Pero el perro empezó a mirar hacia los costados como buscando algo más y se alejó. ¡¡¡Se alejó!!! ¿¿¿Entienden lo que eso significa??? ¡Que no me hizo nada! ¡No me mordió!... Bueno, más tarde le conté todo a Victoria y me dijo que en realidad no había ningún mérito en lo que había pasado, porque lo que suele ocurrir cuando uno se queda quieto ante un perro es eso: lograr la indiferencia del animal. Yo entonces le expliqué que eso no era así, que los perros tienen un mecanismo en su capacidad de olfatear que les permite detectar no sé qué reacciones químicas que se producen en nuestro cuerpo cuando sentimos miedo. Además, agregué que es mentira eso de que para que a uno no lo muerda un perro, tiene que quedarse parado. Mi madre me hizo ese mismo consejo cuando era chico, y la primera vez que lo puse en práctica, tendría yo unos 8 ó 9 años, no más, terminé con los colmillos de una perra hundidos en mi nalga izquierda. Y todo por ir a buscar una pelota al fondo de lo de unos vecinos. Todo por meterme sin permiso, a lo malandro, pero bueno, no era ese el punto después de todo... Para mí lo del domingo fue un hecho que me va a cambiar la vida, lo sé...
Después siguieron las cuestiones con los perros... Por ejemplo, ayer me encontré con Felipe y lo acompañé junto con Franco al supermercado. En el camino, a la vuelta, me contó que casi lo corrieron de un cumpleaños más o menos íntimo de un tipo que no era tan conocidio suyo. Es decir, Felipe se rio de algo y al parecer no tenía tanta confianza como para reírse así, de la forma en que él se ríe. Porque quienes conocen a Felipe saben que en determinado instante le viene como un acceso y se queda literalmente "trancado". La risa se le congela, los ojos se le contraen, la frente se le arruga y empieza a quedar del color de una zanahoria. En medio de todo ese cuadro se escucha una risa como de hiena. Al final, a Felipe le dio uno de esos accesos al enterarse de la triste vida de un perrito caniche (mini-toy) que era epiléptico y estaba medicado de continuo. Hasta ahí era sólo el anuncio de lo que estaba por venir, pero cuando los dueños comenzaron a detallar los distintos aspectos emocionales de su mascota y las situaciones en las que le llega la epilepsia, Felipe no pudo más. Explotó. Se imaginó al bicho dándose vuelta y cayendo de espaldas, metiéndose la lengua contra la garganta y convulsionándose. El resultado, en un caniche, sí, es conmovedor. Todo esto me recuerda dos cosas más de Felipe en relación con los perros. Ambas de los primeros tiempos de nuestra amistad, cuando éramos estudiantes. La primera tiene que ver con un librito que yo había encontrado en la casa de otro amigo, y que era un manual para adiestrar perritos pequineses, que son unos perros muy feos con cara de integrante del Foro Batllista que se pueden ver en las casas de algunos jubilados. Resulta que el libro era de una lectura apasionante. Cuando teníamos la revista MAT y hacíamos vanguardia fotocopiada, nos reuníamos también a leer cosas, de todo... Una de esas cosas que nos causó mucha gracia en un tiempo fue ese librito, porque leído con un mínimo de malicia, cada enunciado parecía contribuir a la formación de un mini-tratado de zoofilia. Era increíble, pero era así. La ambigüedad de las proposiciones y las formulaciones era tal, que me acuerdo de ver a Felipe "trancado" por minutos y minutos. ¡Ojalá pudiera encontrar yo ese libro entre varios de los cahivaches que hay acá en el Kennedy! O también está la posibilidad de que yo pueda conseguir un ejemplar del número del MAT en el que reprodujimos una página de ese manual. Esto me trae a la memoria otro episodio de la vida de Felipe fuertemente vinculado a su relación con los caninos. Un día su madre se apareció con una perra que a Felipe, con los días, le pareció absolutamente insoportable. Entonces llegó un día en que encontró una foto que la madre le había sacado al animal. Felipe había estado comiendo y tenía a mano un cuchillo, y, medio en broma o medio en serio, le hizo una cruz en cada ojo a la imagen de la perra. A los pocos días desapareció. Nunca se supo cómo ni qué fue de su vida. Esos fueron los inicios de Felipe en la macumba.
Otra cosa más, y esto lo voy a decir por puro interés de divulgación, por el hecho de que este blog no olvida nunca su función de mantener informada y al tanto a la comunidad. Hace algunas semanas, mi padre me consiguió un perro. Es un pastor catalán al que le puse Bob. Con los días notamos que Atenea, la perra de mi hermana, que también está acá (la perra, no mi hermana), se le sube encima a Bob como para hacer cachorritos. ¿Podrán creer?... Bueno, ayer una profesora de química (lo de química no tiene nada que ver, es sólo una cuestión de identidad) me dijo en el liceo que en su casa pasa lo mismo. Y entonces me explicó que el veterinario, a su vez, le dijo que eso significaba que la hembra trataba de dominar al macho. ¡Qué tierno! ¿No?... Sólo que lo que le causaba más ternura a esta profesora era el hecho de que su perrita cimarrona, pobrecita, era muy chiquita, y no le daba la altura para subírsele al perro de la casa. ¡Pero qué ambiciosa!, ¿no?... Tan chiquita y ya con la idea fija.

4 comentarios:

Ignacio dijo...

che, me dijo Vasil que fue testigo de un acceso de risa de Phil, en los tiempos en que éste rondaba el Pamelita luego de tomarse el Quaker. Parece que el streap tease de Pamelita (en ese momento rondando los setenta y cuatro y medio, cincuenta y dos de los cuales de carrera deportiva)activó la hilaridad de Phil el Fotocopiador, quien fue íntegramente retirado del recinto por dos taitas más o menos. Zarpado, profe.

Damián González Bertolino dijo...

¿Eh?

Anónimo dijo...

DAMIAN: I'M HATE 'U! YOU WILL GET BURNT IN HELL... YUOR SPONTANEUS DEATH, I'M NOT FEAR... AND YOU? THIL DEATH!!! MOTHER F**KER, SON OF A BITCH,

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Damián González Bertolino dijo...

Jaaaaaaaaa

¡Hare Krsna!...