sábado, 2 de agosto de 2008

Jetattore

"Jetattura" es el nombre de una obra de Gregorio de Laferrére que fui a ver al teatro hace un par de noches. Cuando en el transcurso de la misma vi de qué iba a la cosa, empecé a entender que ciertas suposiciones que yo tuve sobre algunas personas en particular también fueron sostenidas por otros. Siempre me había parecido (vanidad de vanidades) más o menos original y mía la idea de que cierta gente era capaz de generar en su entorno hechos desgraciados. En fin, más que "idea" en sí, era una especie de ensoñación. Aunque, desde luego, sí tenía en cuenta que ciertas personas eran consideradas "causantes de mala suerte". En el fútbol es bastante común. Pero ese es otro asunto. Porque "Jetattura", la obra, gira en torno al tema de una persona que es considerada como terriblemente influyente en sus seres allegados. Es una comedia muy divertida, pero cuando salí del teatro me quedé pensando en un cuento que escribí hace más de cinco años. En seguida, en el estacionamiento, me encontré con una conocida que me preguntó en broma si yo había conocido alguna vez un "jetattore". Respondí que sí, en serio, y eso motivó algunas risas, y muchas más cuando me di vuelta hacia donde estaba mi bicicleta y me pegué en la cabeza con uno de los espejos del ómnibus que transportaba a los actores. Cosas que "pasan".
Mi cuento, en definitiva, se llama (o se llamó, o se llamaba) "Los que están ahí". Sin embargo, lo que me importa es que ese cuento está basado en una experiencia real, porque yo, como dije, conocí un "jetattore".
Hace muchos años mi hermana tenía un novio que, llegado un momento, empezó a llamarme la atención por algo en particular. Un día llegaba y decía que había presenciado un accidente. Otro día se aparecía y decía que había estado cerca de un incendio donde alguien había muerto. Otra vez comentaba que un vecino o un conocido se había matado. Cosas por el estilo. En un principio eso era llamativo. Pero acá va algo más. Estamos hablando del año '99, y por esa época yo ya llevaba un diario personal. Un día pasó algo desgraciado, y recuerdo que lo comenté a varias personas y al final del día lo consigné en el diario. Al poco tiempo, otra cosa similar. Y así de nuevo a los pocos días. Y, más adelante, un par de veces la misma historia. Entonces se me vino una idea a la cabeza. Los hechos desgraciados se continuaban en una serie ininterrumpida porque mi discurso lo permitía. Es decir, cada vez que yo le comentaba a alguien un episodio desgraciado, esa sola enunciación generaba un vacío a posteriori que iría a ser colmado por otra enunciación. Era como pensar que el mismo discurso estaba creando otra realidad, idea por demás borgiana, por otra parte, ¿no? El punto es que se me ocurrió que si yo podía resistirme a comunicar el hecho infausto, de inmediato la serie se interrumpiría. Y eso era todo un tema, porque, que yo sepa, hay en el ser humano una innata fascinación por lo lúgubre o lo triste, lo que, como sabemos, estira bastante bien muchos resortes narrativos. Creo que resolví aguantarme y no manifestar lo último de lo que me había enterado. Así que el ciclo se interrumpió. O eso creo que pasó para que todo esto que cuento quede lindo. Lo siguiente a todo eso fue entender (¿entender?) que aquel novio de mi hermana alimentaba al mundo de hechos penosos porque tenía la capacidad de crearlos con su habla, porque realmente, el maldito disfrutaba contándolos, lo juro.
Por todo esto escribí aquel cuento titulado "Los que están ahí", que empezaba con una cita que, para mí, en aquellos años, era más de Borges que de su propio autor, Chesterton: "A cloud that is larger than the world / And a monster made of eyes". A mí siempre me gustó Chesterton y llegué a él antes de haber leído a Borges, lo cual es toda una suerte, pero no conocía la "Balada de Santa Bárbara" donde están esos versos y la citaba derecho de alguna conferencia de Borges. En mi historia, que integró un libro de relatos llamado "Historia de la agresión", un escritor más o menos fracasado o por fracasar entraba en contacto con una persona que gustaba de narrar sucesos desgraciados. De ahí en más el relato se disparaba hacia una trama de sectas con poderes que excedían cualquier entendimiento humano. Hasta que el propio narrador se daba cuenta de que generaba desastres en su entorno y en sus propios seres queridos. Los integrantes de la secta se denominaban "los incidentalistas", y se extendían por todo el globo como una especie de causa de aquellas cosas que se tenían que dar para que el mundo siguiera siendo mundo, por triste que fuera... Me acuerdo de que lo comencé a escribir en un cuaderno en el Kennedy mientras mi madre y mi hermano miraban la entrega del Oscar el 24 de marzo de 2002. No tengo cómo olvidarme, porque en la madrugada entrante nació mi sobrina, única hija de mi hermana. Cuando le ponía el punto final a la reescritura inmediata del cuento en la máquina de escribir, sonó el teléfono. Mi madre me decía que Romina había llegado al mundo. Colgué y me apronté para ir al sanatorio mientras se acercaba un nuevo amanecer.

4 comentarios:

Hebert Zarrizuela dijo...

No sé, conviene averiguar (yo, holgazán empedernido, no lo hice), pero estoy casi seguro que esos versos de Chesterton pertenecen a "The second childhood".
Un abrazo grande.

Damián González Bertolino dijo...

Desde luego, son de ese poema, que a su vez forma parte de "La balada de Santa Bárbara".
Otro abrazo.

Rafael Tortt dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Rafael Tortt dijo...

Un muy lindo relato. Me cautivó y debo decir que quiero leer ese cuento. Un abrazo.