lunes, 27 de abril de 2009

Los alienados (III)


El jefe. El jefe era todo el problema que tenían. Cuando habían abandonado su planeta, en el mes de diciembre del planeta Tierra, las perspectivas eran bien distintas. Olga no había estudiado y entrenado toda una vida para terminar en lo que era, una más de tantas empleadas de heladería que había en la ciudad. Recordaba aquella última ceremonia en la casa familiar, un día antes de subirse a la nave para abandonar aquel mundo en busca de otro mejor por conquistar. Su padre, su madre, sus hermanos, los padres de varios de sus hermanos, todos juntos zumbando felices alrededor del gran foco del patio trasero. Y al otro día la despedida amarga, en la que estaba implícita la promesa de regresar un día para llevarlos a vivir a un mundo donde todo sería mejor. Y más... Estaba aquel discurso del Presidente ante toda la tripulación. Ella no podía parar de llorar. Recordaba la expresión que tenía cada uno de sus compañeros de misión, y muy especialmente la del jefe. En la cara del jefe estaba resumido el destino. Ahora, se preguntaba Olga, cómo pudo hacer el jefe para cambiar de parecer y desentenderse poco a poco de la misión con los primeros meses en la Tierra, eso era una pregunta que ella no podía contestarse. Cada vez que el Presidente pedía una comunicación, el jefe hablaba con evasivas, mostraba un panorama desolador para el futuro de la misión. Al principio todos se extrañaron mucho de la nueva actitud, pero pronto los empleados varones se pusieron de su lado. El mundo humano los había llamado y ellos habían respondido con la mejor de sus sonrisas. Sólo aguardaban que las mujeres reaccionaran de la misma forma. Olga había confiado en sus compañeras. Sin embargo, estaba eso nuevo, el nuevo paso en la metamorfosis de Elsa que hacía que el jefe y los otros buscaran en ella lo que buscaban en el resto de la ciudad utilizando el dinero de la heladería... "¡¡¡El dinero que iba a financiar la misión!!!", se lamentaba Olga para sí misma mordiéndose un labio y apretando los puños o raspándose una antena con la otra, según fuera. Y otra cosa: ¿qué iba a suceder si de repente llegaba un día en el que Elsa dijera "Bueno, la verdad que ahora me gusta, me gusta bastante, no puedo parar..."? No iba a esperar a que eso pasara. Olga sabía lo que iba a suceder entonces: los iba a matar a todos, empezando por el jefe. Y luego iba a comunicarse con el Presidente y le iba a contar todo, todo, todo... Lo que pasó cuando llegaron y alquilaron el local y consiguieron todo lo que necesitaban para montar la heladería. Le iba a contar cómo las cosas anduvieron bien durante el verano anterior, cuando juntaron el dinero para cada cosa y sólo les quedaba esperar que llegara el otoño con los primeros fríos para poder andar entre los humanos como si fueran humanos ellos también. Y tampoco iba a dejar de lado el pálpito que había tenido, aquella sensación tan extraña cuando todos tomaron nombres humanos y el jefe eligió el de Felipe Buenamor. No se olvidaría más del sacudón que le dio en el estómago el oír al jefe decir: "Y este es mi nombre, escuchen con atención: 'FELIPE BUENAMOR'".
-¿Y ese nombre por qué, jefe? -había preguntado uno.
-Eso es cosa mía... ¿Quién es el jefe acá? ¿A quién le tengo que dar cuentas de lo que hago? Sólo al Presidente, ¿verdad?
-Verdad... -dijeron todos a coro.
Pero persistía en todos la sospecha de que era un riesgo tomar ese nombre. Alguien podría darse cuenta y listo, ese era el fin de su empresa.
La empresa que marchaba cada día mejor, en cambio, era la propia heladería. El dinero entró en proporciones deslumbrantes. Los impuestos se pagaban en regla y en fecha para no llamar la atención de nadie, los acreedores tenían su dinero en el plazo estipulado, etcétera. Y todo ese dinero que salía era una porción insignificante al lado del que ingresaba. Olga había quedado agotada al final del verano, igual que sus compañeros. Cuando llegó la penúltima semana de marzo, el jefe les dio licencia a todos y cerró la heladería por quince días. Entonces abandonaron la pensión y buscaron las zonas que cada uno quiso para reponer las energías que se iban a necesitar para lo que estaba por venir. Pero cuando se terminaron las vacaciones llegaron todos menos uno a la pensión. El jefe no aparecía. Al otro día, por las dudas, fueron a la heladería como si fuera un día normal de trabajo. El jefe, como si nada hubiera sucedido, estaba en su oficina. Hacía pasar a cada uno por separado y le mostraba las fotos de una casa amplia en una zona boscosa, cerca del mar.
-Me compré esta casa... -decía.
-¿Cómo? -le iba preguntando cada uno.
-Eso... Mientras ustedes hacían lo suyo en sus vacaciones yo hacía lo mío... ¿Por qué me iba a quedar quieto?... Además -aquí hacía un silencio que se extendía de manera insoportable -ahora no estoy solo... tengo mujer...
-¿Cómo?...
-¡Eso! ¿Qué dije yo? Tengo mujer, tengo casa y tengo aire acondicionado en cada habitación por las dudas, así que mi mujer no me va a pisar ni me va a rociar con insecticida...
Los empleados se quedaban esperando que todo eso terminara en otra cosa, pero no, no sucedía.
-No me va a pisar ni a rociar con insecticida, ¿entienden?... JA JA JA JA JA JA...
Cuando le llegó el turno a ella, Olga saludó sin que el jefe llegara a escucharla y cerró la puerta para volver a trabajar.
¿Hasta cuándo la heladería iba a estar abierta al público? ¿Cuándo comenzarían a atacar? Esas preguntas se hacían cada vez más insoportables día tras día. Esperaban algún gesto del jefe, alguna señal de que comenzarían a cumplir con lo que estaban obligados. Había millones pendientes de lo que ellos hicieran. A la noche, al resguardarse en la pensión buscando un sueño reparador, sentían un zumbido que no los dejaba dormir. Era un zumbido único que se abría paso a través de cientos de galaxias, que atravesaba el polvo y la chatarra espacial y se instalaba en el centro mismo de sus diminutos cerebritos para hacerles la noche imposible. Al día siguiente se miraban en la heladería y sabían lo que transmitían las expresiones de cansancio de los compañeros. ¿El jefe escuchaba el zumbido al apoyar la cabeza en la almohada o al tener rodeada con su brazo la cintura de la mujer que se había conseguido? "No", se decía Olga, "Si lo oyera estaría por volverse loco en cualquier momento".
Así pasaron las semanas, y cuando llegaron los fríos más crudos a finales de mayo todos sabían que aquello no podía extenderse más. La hora de atacar ya había llegado. Por eso un día decidieron plantarse firmes ante el jefe y obligarlo a hacer justicia a su rango. El jefe, sin embargo, había anticipado esa reacción, y antes de que le dijeran "A" invitó para esa noche en su casa a todos los varones. Luego anunció que había llegado a un arreglo con un comerciante de electrodomésticos tres cuadras arriba para permitir que cualquiera de los empleados de la heladería tuviera crédito y pudiera comprarse lo que quisiera. "No creo que esto esté pasando. No lo creo", se decía Olga, pero así ocurría. Una semana después, quien más, quien menos, tenía su televisor, su reloj, su equipo de audio, su plancha para el pelo, etcétera. Todos, menos Olga. Y por ese lado se había iniciado, muy lentamente, la lucha con el jefe. Ahora Olga hacía todo mal. Resultaba que ahora, recién ahora, Olga no sabía atender al público, no colaboraba en la limpieza y, lo que ya era el colmo, llegaba tarde... ¡Ella, la más puntual de todas!...
Esa noche en que el jefe la llamaba desde la oficina era una más de tantas, la nueva introducción de una larga serie de horas amargas.
Sonó un portazo y apareció el otro empleado.
Carlos la miró con un gesto acusatorio y volvió a su trabajo.
-Dice que entres Olga... Es urgente... -le dijo el empleado.
Olga no se movió.
-¿Y si no quiero?...
Los varones cruzaron sus miradas y ninguno contestó.
-¿Y si no quiero?...
Otra vez lo mismo.
-¿Y si no quiero?... ¡¡Estoy preguntando!!...
-¿Por qué no vas a querer?... ¡Es el jefe!... -dijo Carlos.
-Yo no voy... Así que uno de ustedes va a ir hasta allí y le va a decir que no pienso moverme...
Nuevamente los otros dos se miraron. Carlos sintió en carne viva la expresión de victoria en el rostro del otro...
-Yo ya fui... -dijo el otro al fin -Ahora te toca...
-No, yo no voy... No me involucro. Es un problema de ella. Nosotros dos no tenemos nada que ver.
Olga se negaba a dar un solo paso. No quería saber nada de entrar en aquella oficina y enfrentar la risa apenas asomada en un costado de la boca del jefe. No quería sentir aquel aire más frío que el resto de todo el local, un aire que demoraba los gestos y las palabras y endurecía los billetes apilados sobre el escritorio que el jefe tomaba de vez en cuando para pasarlos de una mano a la otra sin que se cayera ninguno. Se quedó parada allí escuchando el ruido de las máquinas hasta que el vozarrón del jefe atravesó la puerta y retumbó entre sus cuerpos. Los varones escondieron el cuello entre los hombros y se inclinaron un poco más sobre lo que hacían sus manos.
-¡¡¡OOOLGAAAAAAAAAAAAA!!!
No pasó siquiera un segundo desde el grito hasta que la puerta se abrió y el jefe irrumpió en la pieza. Olga vio el cuerpo impresionante de ser humano balanceándose hacia un lado y otro y yendo hacia ella. Sabía que no podía hacer nada. El jefe le sacaba por lo menos dos cabezas de altura. Ya la había forcejeado una vez y había comprendido que no valía la pena oponer resistencia. Pero allí estaba ella, sin las fuerzas necesarias para hacer nada, o al menos con las fuerzas suficientes para poder llegar a enfrentarlo, aunque fuera sólo eso, demostrarle a los otros dos estúpidos que tenía enfrente qué era lo que había que hacer, por dónde se empezaba con aquel asunto pendiente. Entonces el jefe se le acercó de tal modo que pudo sentir su aliento. Era un olor que le irritaba la nariz.
-¿Qué está pasando acá? ¿No escuchaste que te estaba llamando?...
Olga no respondió.
-¡Contesta!
Pero Olga no decía nada. Lo único que quería hacer y hacía era mirarlo fijamente a los ojos, hacerle entrar en su cabeza una sensación como la que le entraba a ella cuando se iba a acostar y llegaba el zumbido.
-¡Contesta!...
-...
-¡Contesta! ¡Contesta!...
Los brazos del jefe tomaron altura y fueron bajando de a uno sobre la cabeza, el cuello y el pecho de Olga. El vestido se rasgó y sus pechos rebotaron hacia arriba y hacia abajo y quedaron expuestos. Los golpes no caían en un lugar en particular, el jefe los dejaba caer como les diera la gana, concentrándose nada más que en lo que decía.
-¡Contesta! ¡Contesta!...
Los empleados volvieron a mirarse y un gesto rápido de Carlos hizo que el otro fuera hacia el frente y se fijara si había clientes sobre el mostrador. Abrió la puerta y no vio más que la expresión de horror de las muchachas y la cara de comprensión imperturbable del cajero. Los bancos de cemento estaban vacíos. Dio la vuelta y cerró la puerta. El jefe seguía volcado sobre Olga.
-¡Contesta! ¡Contesta!...
-...

6 comentarios:

Ignacio dijo...

que siga, que siga

Archiduque de Applecore dijo...

Sí, Sí, que siga, que siga, que siga...

PD: Recién ahora capto lo de Kafka invertido que Ignacio había proclamado en el número anterior. ¿Me pregunto cómo hizo Ignacio para saberlo en el número anterior?

Cristian dijo...

Hola Damián,

Buen regreso.

¿Leiste la novela luminosa?

Abrazo

Damián González Bertolino dijo...

¡Hola! Muchas gracias por la atención y el entusiasmo.
En cuanto a lo de Kafka, juro que ni se me pasó por la cabeza pensar en él ni en reelaborar ni hacer ilusión ni incitar a la intertextualidad. No sé por qué me defiendo. En fin, cuando aparece un cascarudo es medio inevitable. Pero lo que dice Nacho, lo del Kafka al revés, suena gracioso, ahora que le vi la vuelta.
Fabián: Ignacio es el que me corrige los textos.
Cristian: Gracias por pasar. ¿Cómo te trató NY?... Sí, la leí cuando salió en 2005. Es un libro interesante, tanto si te gusta como si no, al menos digo esto en la órbita de la actual narrativa uruguaya. Te dejo un link a una notita que escribí para una revista de Montevideo.

http://blogs.freeway.com.uy/noviembre2007/pozo/

Un abrazo grande...

PD: El jueves, la cuarta parte de "Los alienados"

Archiduque de Applecore dijo...

PD: Retiro lo dicho con respecto al narrador de El Fondo. NO es el mismo...

Ignacio dijo...

Akfak.
Y sí, es el mismo, siempre el mismo. Hasta el del hombre que paría árboles.