sábado, 10 de julio de 2010

Los pulpos son de palo (I)



Ver el partido por el tercer puesto de un Mundial es una forma de presenciar una variante de la misma final del mundo. Y es también uno de esos partidos tan importantes como poco dramáticos en los que llevarse la victoria no está nada mal, pero en los que no es ninguna desgracia mayor salir derrotado. Apenas si queda un registro anecdótico al costado del resultado de la propia final. Tampoco es que con esto le quiera quitar trascendencia a un partido que Uruguay nunca ganó en su historia, y que todos querían ganar hoy cuando apretaron los puños y los dientes en el último tiro libre del partido que Forlán estrelló en el travesaño y dejó el partido 3 a 2 a favor de los alemanes. Otra vez la bronca por el mismo resultado que nos dejó fuera de la final, y otra vez la bronca por la falta de suerte que en ambos partidos, sin despreciar que se perdió bien antes dos grandes rivales, nos torció el curso en los instantes menos indicados. Hace una semana, antes del partido contra Holanda, un amigo me confesó que sentía un miedo enorme de que hubiéramos agotado todas nuestras reservas de "fortuna" tras el partido contra Ghana, como si esto fuera un videojuego en el que se acumulan "poderes" y se los administra con mayor o menor conciencia. La verdad es que si se observa una y otra vez el penal que marra Asamoah Gyan, cumplida la hora del alargue, todavía es algo inconcebible. La presunción de mi amigo parece estar bien explicada ahora, luego de quedarnos definitivamente con el cuarto puesto; pero también todos sabemos en este país las cosas que habríamos sacrificado de nuevo por jugar una instancia semifinal. Una de ellas fue contundente: que Suárez se perdiera el partido ante Holanda.
En cambio ahora, cuando estamos más allá de las previsiones, los nervios, los cálculos y las arengas, lo que podemos sentir es un orgullo inconmensurable por la pasión que estos futbolistas demostraron en cada segundo de juego. Tan sólo la forma en que Diego Pérez va al suelo y le roba la pelota a Schweinsteiger para el empate de Cavani, pone de ejemplo una vez más la decisión de este equipo de querer llevarse el partido por delante, siempre. Ese hecho... O cada unos de los cierres de Jorge Fucile o de Diego Godín, o la corrida por derecha de Egidio Arévalo Ríos para meterle el centro a Diego Forlán en el segundo gol; todas esas incidencias de juego, como tantas otras (incluso como la desazón de Muslera y de Lugano en cada gol alemán), estuvieron para nosotros, los hinchas de Uruguay, y también para los televidentes del planeta entero, impregnadas de coraje, de amor propio. Eso. Y nada de bravuconería o de prepotencia, viendo el resultado antes de que este se manifestara. No. Nunca. Uruguay salía a cada partido sabiendo que su rival jugaba y que le podía hacer pasar malos ratos, tal como le sucedió. Sin embargo, uno de los aspectos que causan gran satisfacción de este Uruguay es la consideración extrema del rival y la aplicación de una respuesta inmediata al problema que surge ante cada equipo. Esa respuesta no está sólo marcada por el coraje, sino que a eso hay que agregarle la gran capacidad de juego. Como hoy contra Alemania, cuando Uruguay llegaba a ganar por 2 a 1 y los alemanes no encontraban la pelota por ninguna parte. Alemania es un gran equipo. Nadie se habría asombrado si le hubiera ganado a España en la semifinal y hubiera superado a Holanda en la final. Pero Uruguay demostró que se puso a la altura de esos grandes equipos porque reunió lo mismo que ellos: trabajo, temperamento y talento. Lo demás es circunstancial. El fútbol tiene mucho de circunstancial, y por eso es un deporte que amamos, porque también logra sorprendernos siempre. Pero no se llega a los lugares más altos de un torneo gracias a las circunstancias. Por eso da gusto ver a este Uruguay. Cuando se ve en la televisión que la gente regresa tranquila a sus hogares desde las pantallas gigantes ubicadas en las plazas de las ciudades, cuando se ve eso luego del partido contra Holanda y a los días contra Alemania, allí hay un equipo que logró algo igual de importante que un campeonato. Veintitrés jugadores y un cuerpo técnico alcanzaron a tocar una dimensión del espacio entre los individuos que no había sido explorada por mucho tiempo. Y lo lograron mediante una actividad tan inofensiva como el fútbol. Lo lograron trasladando un esférico de un sector a otro de un campo delimitado con líneas blancas, como si se tratara de un actividad abstracta o geométrica... Estos jugadores uruguayos no sólo le regalaron a la gente un cuarto puesto en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica en 2010. Nos otorgaron un valor que ahora es necesario trasladar a nuestras vidas sencillas, donde no hay noventa minutos que nos agobien con su carrera loca. Ese valor se coloca en un punto que está a medio camino entre nuestras preocupaciones, nuestro dolor, y lo que nosotros tenemos para ofrecer. Y como el fútbol es metafórico a un nivel muy profundo de nuestras experiencia y sensibilidad, ahora le toca a cada uno sentarse a pensar cómo se tiene que utilizar este obsequio tan especial.

3 comentarios:

F. de P. dijo...

¿Faltamos el lunes?

F. de P. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Damián González Bertolino dijo...

Nacho: Yo trabajo durante toda la mañana. Pero apenas salga, 13:30, me tomo un ómnibus para Montevideo y me quedo allá a verlo todo.
Nos estamos viendo.