jueves, 12 de octubre de 2006

"O", de Olivetti (Lettera 30)

Como con cualquier objeto sobre el que recaigan ciertas emociones, de las máquinas de escribir deben de contarse miles de historias. No importa si el dueño de la máquina es un escritor o no. De las computadoras, ahora sí, cuando uno habla de escribir, no sé si se puede decir lo mismo. Todas las partes que componen el hardware hacen de la computadora un objeto demasiado disperso. La máquina de escribir concentra y simplifica varias funciones en una sola pieza.
La primera máquina de escribir que utilicé me la prestó un amigo del liceo cuando tenía diecisiete años. Era una Olivetti de un color verde oliva en la que empecé a escribir una serie de cuentos de fútbol (todos bastante malos, pero de divertido recuerdo). Me gustaba escribir a máquina, era una experiencia rarísima que con su sonido le informaba a los demás habitantes de la casa que si no me molestaban todo andaba mucho mejor. A veces el ruido se salía por las ventanas abiertas en la noche. Supongo que sería un ruido extraño para el barrio. Alguno pasaba por la calle y gritaba: "Seccional..." o "Marche preso...". Luego de un tiempo le devolví la máquina a mi amigo. Pero meses después volví a pedírsela para hacer unos trabajos del último año liceal.
Fue en enero de 1999 cuando mi madre se dio cuenta de que la cosa me gustaba mucho. Me regaló una Olivetti modelo "Lettera 30"de color rojo, que fue pagando en cuotas. Era verano. Yo trabajaba desde la mañana en el club de golf y esperaba que llegaran las ocho de la tarde para llegar a casa y escribir cualquier cosa... escribir por escribir... Es la máquina en la que estoy escribiendo la primera versión de este texto, antes de pasarlo al blog. Es la máquina que acabo de traer hace un par de horas del taller en que la arreglaron luego de cuatro años de desuso. Y qué placer me da, luego de tantos y tantos meses de usar computadoras, volver a escribir en este blanquísimo y apretado teclado.
En el mismo año de 1999 participé en mi primer concurso literario. Era el Premio Nacional de Narrativa de la editorial Banda Oriental. A los cuentos de fútbol que tenía sumé un conjunto de relatos que iban desde lo onírico a la ciencia-ficción y lo fantástico. Como cualquiera puede comprobar, el certamen de ese año fue declarado desierto por el jurado. No me importó demasiado, aunque algunas noches, ingenuamente, me desvelaba la ansiedad por saber el resultado. Por otra parte, fue a finales de ese mismo año cuando escribí tres relatos que no tenían nada que ver con lo que había hecho antes. Entonces me di cuenta de que el libro que había enviado al concurso era sólo una prueba de escritura que me había impuesto a mí mismo. "Escribir un libro no es difícil", me dije. Pero yo quería escribir un libro que no me diera vergüenza luego de tres meses de terminado. Aquellos tres relatos eran muy raros y me dieron la pauta de que podía hacer cosas distintas. Se llamaban "Ana y la tortuga de patas plásticas", "El baño del viejo Giménez" y "Los paseadores de bestias".
Cuando un par de años después Felipe García, Valentín Trujillo, Rodrigo Almeida, Ignacio Fernández de Palleja y yo creamos el M.A.T. (o sea, el Movimiento del Agujero de la Tortafrita), cada uno de los números de la revista del mismo nombre fue escrito con esta máquina más la de Felipe García, otra Olivetti, pero mucho más robusta, como si la mía fuera un gallo y la suya un pavo. Escribíamos los textos en hojas de tamaño carta y se las entregábamos a Felipe, que las fotocopiaba reduciendo el tamaño hasta darle la forma de la página de la revista. Era un trabajo que nos llevaba muchas horas y el dinero que no teníamos, y que hacíamos cuando el quiosco de la madre de Felipe cerraba. Tendríamos entre 20 y 22 años. Había que ver cómo resistíamos tantas horas hasta el amanecer para hacer esas revistas. Horas y horas de escribir textos que de repente faltaban, recortar, pegar, fotocopiar y volver a fotocopiar y luego a recortar y pegar de nuevo. Es que éramos tipos durísimos... (sic) Para poder soportar y soportarnos nos veíamos obligados a ingerir grandes cantidades de galletitas dulces, agua mineral (a veces jugo) y a escuchar de manera interminable los mismos discos de los Beatles, Pink Floyd, los Doors, Beethoven, Rachmaninov u Bach. Y así era, éramos incorregibles.
En el año 2002 se me ocurrió relatar más extensamente una historia que había escuchado en la sede del equipo de fútbol del barrio Kennedy. Era algo sobre un partido que se suspendió cuando un juez de línea manco y un delantero sordomudo se tomaron a golpes de puño. Eso tuvo que haber ocurrido antes de que yo naciera, en la época de la dictadura, cuando en Maldonado existía aún la divisional C.Yo había hecho un relato de media página con esa anécdota el año anterior. Pero de pronto me di cuenta de que había algo mayor escondido allí. Así que me propuse desenterrarlo hasta donde pudiera. Era el último año de la carrera de profesorado que estaba estudiando y no me quedaba mucho tiempo para escribir; aunque en vez de "tiempo" debí haber escrito "concentración". Me planteé, por lo tanto, que no debía pasar una sola semana sin que escribiera algo referente a esa historia, que terminé llamando "Historia de la agresión". Además, había una fecha que podía ser tomada como un aliciente: el 15 de noviembre. Ese día cerraba el plazo de entrega de obras para un nuevo Premio Nacional de Narrativa, que se entregaría al año siguiente. Y yo quería volver a participar. La historia de cómo me fue con ese concurso termina una tarde en que me carcomía la fiebre; había contraído una neumonía muy fuerte desde hacía una semana y casi no podía sacar el aire de los pulmones para volver a inspirar. Se me acercó mi padre y me dijo algo raro, como que Carrasco me había llamado para la Selección. Carrasco era en esa época el técnico de la selección uruguaya de fútbol. Pero cuando mi padre te dice algún disparate de ese tipo es que en realidad sí hay algo importante por detrás. Luego me dijo que me habían otorgado una mención en el Premio. Fue una convalecencia muy rara. Esa noticia cayó en mi conciencia como si estuviera viendo una mancha de humedad que se deforma constantemente. Todavía me acuerdo de los libros que leí en esos días. "Final del juego", de Julio Cortázar; "Introducción a la literatura fantástica", de Tzvetan Todorov; "La caja de hueso", de Antoinette Peské e "Informe sobre probabilidad A", de Brian Aldiss. Todo literatura fantástica o al menos terriblemente ambigua (incluído el ensayo de Todorov).
(Shhh... Me parece que ya me fui de tema... pero... ¡total! ¿No estoy escribiendo por escribir?)
La anécdota de mi máquina de escribir, en definitiva, es la siguiente.
Al comienzo, escribía "Historia de la agresión" a mano y al día siguiente, o sin falta el fin de semana, corregía y transcribía todo a máquina, en esta Olivetti. Me acuerdo de que por esos días en que la historia empezó a desarrollarse sostenidamente yo leía una antología de cuentos de Arthur Machen y que en especial me había fascinado uno llamado "N". El trabajo empezó a acumularse. También era la época en que teníamos parciales y algunos exámenes amenazaban con su cercanía. Ya por esa época, María José, mi novia, se quedaba en mi casa por muchos días. Estudiábamos juntos y luego de un rato ella se iba a mirar televisión y yo me quedaba escribiendo en el cuarto en una cuadernola o en hojas sueltas. Con frecuencia ocurría que yo me iba a dormir y María José (alias Mª) pasaba en limpio en la máquina lo que yo había escrito a mano. En una de esas noches en que yo dormía y Mª escribía a máquina, ella me despertó y me dijo que no podía seguir escribiendo: la máquina se había roto... un martillito de los que pegan contra la cinta de tinta había saltado por los aires, arrancado por la fuerza de un teclazo (¡había que ver la fuerza que Mª ponía en esa actividad!). "¿Qué tecla es?", le pregunté. "La de la 'ene'", dijo. Al principio pensé que si se trataba de una "equis", una "doble uve" o hasta una "zeta" me podría arreglar bien. Pero con la "ene" no había remedio. Porque, ¿cuántas "enes" usamos promedialmente en una sola línea? Al otro día fue cuando me di cuenta de que la tecla de la "ene" era la "N" del cuento de Arthur Machen que me gustaba. Y con cierta amargura empecé a descubrir que la idea de "Historia de la agresión" era la misma de "N". (Por eso, cuando tuve que preparar todo para presentarme al concurso, elegí un seudónimo muy pomposo, pero que trataba de explicar aquello que me había pasado: Arnold, Perrott y Harliss... los personajes de ese cuento de Machen...). Tuvo que pasar un fin de semana para que Mª fuera a su casa de Minas y me trajera una de sus máquinas de escribir, una Tippa alemana, gris y de teclas color crema. En esa máquina terminé de escribir "Historia de la agresión", y escribí todo lo que se me ocurrió el año siguiente. Cuando en 2004 me mudé a Minas, dejé esta Olivetti guardada en un armario del cuarto de mi hermano. En Minas usé también una Olivetti Linea 98 (grande como la máquina-pavo de Felipe) y, ocasionalmente, alguna de las siete Underwood de comienzos de siglo XX que Mª tenía guardadas en la casa de su madre y que unos tíos le habían regalado luego de comprarlas por lote en un remate, la mayoría de ellas esperando una restauración postergada. Pero cuando casi a finales de ese año Mª compró la computadora, me olvidé por completo de las Olivetti o las Underwood.
Hace un par de meses, mi hermana hizo una limpieza en la casa de mi madre y apartó esta máquina que nunca trasladé en ninguna de mis mudanzas. Le faltaba alguna tecla más, estaba llena de polvo y tenía algunos resortes vencidos. Cuando la llevé a arreglar, la empleada que me atendió me dijo que estaba a la miseria. Yo la miraba como si me estuviera confundiendo con Corín Tellado (nada más que por haber dado tanta tecla, nada más...). Así que ahora vuelvo a tener mi Olivetti Lettera 30, la que me regaló mi madre, casi como desde el primer día. Las teclas suenan con otro eco distinto, el carrete se desliza con facilidad aceitosa, la mugre se fue...
Hace un año me pasó otra cosa. Hacía mucho tiempo que quería leer la novela "Misery", de Stephen King. Una estudiante me la prestó. Creo que es una gran novela, sobre todo una gran novela sobre el oficio de escribir; deja muchas enseñanzas en ese sentido. ¿Y cuál pudo haber sido mi reacción cuando descubrí, bien avanzada la historia, que la mujer que tiene secuestrado a su escritor favorito le entrega a este una desusada máquina de escribir a la que le falta la tecla "N"?

2 comentarios:

Hebert Zarrizuela dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Hebert Zarrizuela dijo...

Quizá nunca leas este comentario.
Es de mañana, afuera suenan los autos, y en menos de una hora estaré comenzando con mis clases. Estoy nervioso y con una gastritis galopante. Quizá hoy de noche vaya a Maldonado para el concierto de Fito Paéz, y probablemente nos veamos. No te lo diré en persona, pero te lo digo ahora, acá mismo: este texto me gustó mucho.